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Gabriela Montero para no olvidar

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Sábado 2 de febrero, 19:00 horas. Palau de la Música Catalana, Barcelona. Gabriela Montero (piano), Orquestra Simfònica del Vallès, Rubén Gimeno (director). Obras de Copland, Ginastera, Gabriela Montero y Beethoven.

Mi historia de este concierto va unida al amor por la música, a mi rara ingenuidad pese a los 54 años recién cumplidos, a la fe en las personas, buenas por naturaleza, y sobre todo a la grandeza integral de artistas como la venezolana Gabriela Montero (Caracas, 1970), cercanas en el trato, sencillas, dando todo allá donde van, aún más que en los conciertos, aunque lo escuchado el primer sábado de febrero en Barcelona formará parte de mi vida, así como los días previos.

Confluían en este regalo tres factores: el maravilloso Palau de la Música Catalana donde aún no había asistido a ningún concierto, emblemático e histórico escenario donde Beethoven también tiene su hueco, incluyendo esta vez su Concierto «Emperador» y especialmente escucharlo en vivo por esta pianista a la que sigo hace años por internet, esperando compartir toda su maestría algún día en mi tierra asturiana donde celebramos unas Jornadas de Piano «Luis G. Iberni» que quedarán huérfanas sin su presencia. Se lo comenté al finalizar el concierto y le aseguré que tenemos dos orquestas de altura, OSPA y OvFi por si prefiere la opción acompañada… Al valenciano Rubén Gimeno (1972) que dirigió este programa ya le conocemos por aquí, por lo que la invitación la amplío al actual titular de la OSVallés, orquesta perteneciente a la Fundación del mismo nombre y modelo a seguir en estos tiempos de recortes brutales donde la música no se salva de la tijera.

El concierto comenzaba con los músicos realizando el ostinato con pies y palmas del conocido tema de Queen We will rock you con unas breves palabras en off explicando el tributo a la primera obra: Fanfare for the Common Man (Copland), la fanfarria ó metales y percusión de la orquesta con el ímpetu necesario para abrir velada y considerándome uno de esos hombres comunes destinatarios de esta partitura ideal para comenzar cualquier concierto.

Después llegaría el Ballet Estancia, op. 8 del argentino con raíces catalanas Alberto Ginastera, obra que comienza a programarse con cierta frecuencia y que precisamente otros venezolanos (Dudamel y La Bolívar) han popularizado. Las onomatopeyas y gesto con arcos anticipaban el primer número (Los trabajadores agrícolas), tiempos ajustados sin buscar virtuosismo, buena sonoridad de la formación catalana aunque adoleciese de más violines para compensar el poderío orquestal que sí se intentó equilibrar con el peso en la cuerda grave (cellos y cuatro contrabajos). Lirismo en estado puro para la Danza del trigo, con solos destacados (flauta y concertino impecables) incluso con iluminación ad hoc y puestos en pie, sin olvidar ese toque didáctico del Palau, nuevamente esperando más cuerda aunque el maestro Gimeno se encargase de equilibrar masas sonoras, labor ardua con la plantilla que tiene. Los peones de hacienda devolvieron el poderío de metales y percusión, protagonistas con el «colchón» de la cuerda grave que resultó el número más completo. Y el «Malambo», Danza Final que supone una inyección de alegría donde los músicos también disfrutaron, perdonando desajustes puntuales o dinámicas algo desesquilibradas, un auténtico caleidoscopio tímbrico y rítmico con un Gimeno que transmite energía y vigor a su formación titular.

Gabriela Montero sería la auténtica «Emperatriz» de la segunda parte, primero explicando su primera composición, el Poema tonal para piano y orquesta ExPatria (2011) estrenado en Lugano el 15 de junio de 2012: «tuve la necesidad de hablar a través de la música sobre la tristeza y la incertidumbre de los venezolanos. Busqué que el público sintiera la desesperación de Venezuela en estos momentos, al margen de las estadísticas que reflejan el elevado número de muertos por la violencia en mi país». Con la partitura al piano y una orquesta que entendió a la perfección el lenguaje elegido, académico pero de nuestro tiempo, riguroso y exigente para todos, protagonismo compartido con la solista – compositora, la obra fue capaz de emocionarnos cual denuncia musical de una situación que muchos como ella no compartimos aunque el inmenso poder de la música y artistas comprometidos como Gabriela Montero estoy convencido que pueden cambiar el mundo… Al menos remover las conciencias además de las entrañas. Gimeno y la Orquesta Sinfónica del Vallés fueron partícipes de ello y el público aplaudió con ganas.

Y llegaba el esperado Concierto para piano y orquesta nº 5, Op. 73 «Emperador» (Beethoven), esa delicia que Gabriela Montero interpretó con la limpieza, claridad y emoción a la que nos tiene acostumbrados, rubati deliciosos bien encajados con la orquesta, dinámicas de vértigo desde unos sutiles pianissimi hasta los ff superando la masa orquestal, pese a la aparente inseguridad en el arranque del Allegro, angustias aún latentes de su obra, a partir de ahí fraseos impecables, un Adagio un poco mosso donde afloró el mejor Beethoven de los movimientos lentos buscando intimismo y texturas de emociones a flor de piel, para en un suspiro donde el silencio remarca el paso de la agonía a la luz entrar en el Rondo: Allegro que devolverá la esperanza. Buen concertador Gimeno sacó de sus músicos lo mejor para dejarnos una interpretación más emotiva que excelsa donde Montero se autocoronó «Emperatriz».

No podían faltar más regalos y qué mejor que sus improvisaciones, las que la han hecho famosa aunque sea una mínima parte de su talento, auténtica catarata musical desde una técnica hepatante que puede vestir de cualquier compositor el «Cumpleaños Feliz» o tres notas al azar para poder recrear Bach, Mozart, Chopin, Prokofiev o Rachmaninov, éste supongo que empujando en el subconsciente por preparar en breve otra joya como el segundo. Éxito total de La Divina y prisas de los trabajadores que encendieron las luces de la sala porque podría haber continuado con Harry Potter, El cant del ocells o Amalia Rosa que pedíamos el público.

Sin cambiarse y a la puerta del camerino atendió uno a uno la legión de admiradores, músicos de la orquesta incluidos… No (le) importó la espera. Tenía que agradecerle este regalo, contarle el viaje Asturias – Barcelona con mi esposa el mismo sábado, la admiración como persona y pianista o hablarle de amistades venezolanas comunes igualmente comprometidas. Si ya me consideraba fan, ahora será adoración.

Gracias Gabriela

La música derriba barreras

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Sábado 2 de febrero, 19:00 horas. Palau de la Música, Barcelona. Gabriela Montero (piano), Orquesta Sinfónica del Vallés, Rubén Gimeno (director). Obras de Copland, Ginastera, Montero y Beethoven.
Este concierto tenía para mí connotaciones muy especiales, El Palau, El Emperador y La Divina Gabriela Montero, quien por cosas increíbles para algunos, me lanzó el reto de invitarme si escapaba a Barcelona. No dudé y el sueño se cumplió.
Musicalmente escribiré desde Siana. Hoy en el resto del mundo además de la magia y emoción del momento, reconocer que la música también remueve conciencias, que Ex Patria (Lugano, 2012) de la propia Gabriela, para piano y orquesta, es una denuncia clara por contundencia de la añorada Venezuela actual, que El Emperador de Beethoven coronó a La Divina Emperatriz del piano, y que las improvisaciones sobre el «Cumpleaños Feliz» o las cuatro notas del momento suponen una lección estilística y romántica en tonalidad menor y arte mayor, con Rachmaninov ya presente en su subconsciente, como no podía ser menos.
La Sinfónica del Vallés con Rubén Gimeno lució en la Fanfarria de Copland, aguantó el tipo con la Estancia de Ginastera y rubricó a «La Montero» en la obra por ella compuesta e interpretada (se volcaron) más un Beethoven exigente que Gabriela hace parecer fácil.
Desde casa ahondaremos pero en la Ciudad Condal la música y Gabriela Montero han derribado barreras, removido conciencias… Y mucho trasero en el asiento con un aire fresco caraqueño desde el puerto de Barcelona.

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Fuego que no quema

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Viernes 1 de febrero, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo: Jornadas de Piano «Luis G. Iberni». Rudolf Buchbinder (piano), David Menéndez (barítono), Coro Universitario de Oviedo (director: Joaquín Valdeón), Joven Coro de la Fundación Príncipe de Asturias (director: José Ángel Émbil), Oviedo Filarmonía, Marzio Conti (director). Obras de G. Fauré (1845-1924), G. Gershwin (1898-1937), Ildebrando Pizzetti (1880-1968) e I. Stravinski (1882-1971).

Programa variopinto con música más cercana a nuestro tiempo y donde el protagonismo estuvo compartido entre el magisterio pianístico y el vocal de mi tierra.

Cual pastillas para arrancar la chimenea Le Pas Espagnol de «Dolly Suite para orquesta», Op. 56 (Fauré) originalmente para piano a cuatro manos en orquestación de Henry Rabaud, breve y agradecido número con la orquesta preparándose para el más puro estilo newyorker.

El Concierto para piano y orquesta en Fa (Gershwin) aún bebe del lenguaje de su «hermana azul» aunque resulte más académico sin perder un ápice el genuino sabor americano pese a que «el Rachmaninov de Broadway» presente la estructura tripartira con pasajes pianísticos realmente hermosos. El fraseo claro y la limpieza de Buchbinder siempre atento a un Conti con quien se entendió a la perfección mantuvieron ese difícil equilibrio entre el swing y el rubato, disfrutando todos de los Allegro extremos y recreándose en el central Adagio – Andante con moto en el más caldeado ambiente con humo de los clubs de jazz. Agradecer esta obra poco programada aunque del amplio repertorio que domina ésta de Don Jorge sea casi una bandeja de carbayones de Camilo de Blas.

Y evidentemente un concierto enmarcado en El Piano, el intérprete austríaco no podía marcharse sin más a pesar del excelente «concierto americano», por lo que nos regaló una auténtica perla de virtuosismo, limpieza, ritmo vienés y música de piano en estado puro con la paráfrasis sobre «El murciélago» de J. Strauss titulada Soirée de Vienne, Op. 56 (A. Grünfeld) que rubricaba el título de las Jornadas y nos dejaba con ganas de más.

La segunda parte vendría con más fuego que (me) da juego a la colaboración de dos coros jóvenes y con talento como los dirigidos por Valdeón y Émbil, hoy dos coralistas más, capaces de sonar empastados como si llevasen juntos años y logrado olvidar la descompensación entre voces graves y blancas en una obra breve de apenas 12 minutos pero muy exigente para todo el elenco de casa, incluyendo al barítono David Menéndez que sigue mostrando poderío y gusto en cualquier repertorio que le echen. La Sinfonía del fuego (Pizzetti) para barítono, coro y orquesta que Luis Suñén describe a la perfección en las notas al programa, es la invocación a Moloch de la banda sonora en vivo para la película muda Cabiria (1914) dirigida por Giovanni Pastrone y efectos especiales del español Segundo de Chomón, «género filmográfico» que Conti domina y se encarga de traernos con su orquesta, alcanzando niveles de madurez y complicidad con su titular, esta vez con el coprotagonismo vocal de solista y coros, todos en su sitio, vibrando y avivando un fuego que no les quemó. Ojalá los organizadores continúen apostando por formaciones y solistas de la tierra, cuyo nivel no tiene nada que envidiar a muchos de fuera con renombre.

Para acabar esta especie de danza prima invernal y cinematográfica alrededor de las llamas musicales, El pájaro de fuego (versión 1919) de Stravinski para corroborar el excelente momento de la Oviedo Filarmonía en todas sus secciones y solistas en esta música de ballet que Conti llevó de memoria, conocedor de partitura y músicos para transmitir en los cuatro números la calidad de esta formación. Interpretación brillante, solos emocionantes de Miljin, Cadenas, Giménez, Bronte y demás, cuerda que va puliendo una sonoridad propia muy firme y delicada, sin olvidarme de la percusión, consiguiendo sacar adelante un programa peligrosamente inflamable controlando chispas y llamaradas con el «Jefe de Bomberos» Don Marzio responsable de un cálido concierto en una tarde noche fría y lluviosa que siempre es de agradecer.

Wagner se sumó al poderío ruso

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Jueves 17 de enero, 20:00 horas. Conciertos del Auditorio, Oviedo. Orquesta Sinfónica del Teatro Mariinsky de San Petersburgo, Valery Gergiev (director). Obras de Mozart, Wagner y Shostakóvich.

Una hora antes del concierto la violonchelista Marie-Elisabeth Hecker tendría un desmayo con posterior envío al hospital y nos privaría de escucharla en las Variaciones sobre un tema rococó, Op. 33 de Tchaikovsky que figuraban en el programa. Claro que una orquesta y director como los de esta velada son capaces de remontar y regalarnos el primer Wagner del año con los preludios de los actos I y III de Lohengrin.

Mozart y su Sinfonía nº 40 en Sol m., K. 550 abrían boca y oídos para un auditorio lleno hasta la bandera ante el primer acontecimiento musical de primera en este otro año de crisis e impidiendo asistir a la presentación de «La misa de gaita. Hibridaciones sacroasturianas» de Ángel Medina una hora antes en el Paraninfo de la Universidad de Oviedo con presencia de muchos amigos y conocidos y recordando a mi querido Lolo «el de Cornellana», pero Gergiev mandaba y sobre todo por la esperada segunda parte.

Mozart me resultó algo exagerado en plantilla aunque sean capaces de sonar cual orquesta clásica. Versión de disco pero que no me emocionó aunque reconozca detalles del maestro ruso. Molto allegro no tal cual sino «menos», sin excesos, un Andante equilibrado, reposado, juego bien llevado, Menuetto: Allegretto-Trio donde la colocación vienesa se agradece para paladear un movimiento con enjundia, y el Finale. Allegro assai tan aseado y bien ejecutado escuchando todas y cada una de las notas, diría que aséptico e impecable pero sin engancharme.

«No hay mal que por bien no venga» y escuchar los dos preludios wagnerianos resultó una bocanada de tensión y energía, brillo y sabiduría desde el pianissimo inicial de unos violines perfectos en el primero hasta el poderío de metales redondos y humanos del tercer acto, siempre conducidos con el estilo tan personal pero eficaz de Gergiev con su orquesta, pues así la debemos considerar. Cambiar el programa una hora antes y hacerlo con la calidad y consistencia demostradas no está al alcance de cualquiera. Ya quisiera haber sonado así en el Concierto de Año Nuevo de este año con el soso Welser-Möst.

La Sinfonía nº 10 en Mi m., Op. 93 de Shostakóvich sería la protagonista del esperado concierto, una hora que pasó volando y donde cada nota parece correr por las venas de esta formación. Aurelio M. Seco en las notas al programa explica perfectamente esta sinfonía que refleja en palabras de Viora «la horrible crueldad del asesino de masas» y le sumaría el carácter obsesivo que subyace en toda ella junto con los toques marciales, sin olvidar las palabras del propio compositor de introducir «mas tempi lentos y episodios líricos que pasajes heróico-dramáticos y trágicos». La orquesta es un bloque perfecto en todas sus secciones y solistas, logrando unas texturas perfectas para «la décima» y un impulso vital que convierte esta obra de 1953 en una de las grandes del pasado siglo y protagonista asidua desde hace unos años para toda formación y director que se precie. Claro que el binomio Mariinsky-Gergiev la sitúa como cimera e inigualable, molestándole las pausas entre movimientos porque entiende las obras en su globalidad, y este Shostakóvich fue como beber directamente de la fuente, el auténtico poderío ruso donde Mozart hizo de telonero y Wagner se sumó a la fiesta.

Camilos carbayones

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Sábado 12 de enero, 20:00 horas. Conciertos del Auditorio, Oviedo: Alexandre Da Costa (violín), Oviedo Filarmonía, Marzio Conti (director). Obras de C. Saint-Saëns.

Arrancaba mi 2013 del Auditorio ovetense con el regreso del violinista Alexandre Da Costa, esta vez con la OvFi dirigida por su titular y en un monográfico Saint-Saëns que se grabará para el Sello Warner en estos días. Reconozco que el compositor francés no está entre mis elegidos, sin entrar en la «corriente de opinión que desvalorizaba a este compositor acusándolo entre otras cosas de frío academicismo…» que comenta en las notas del programa la profesora Miriam Perandones, pero resultó un placer seguir comprobando el crecimiento artístico de la orquesta carbayona y el buen entendimiento con el maestro italiano que está dándole a la formación nuevos colores y el espíritu mediterráneo del que Haider carece pero que nos hace más cercana en los repertorios y sus interpretaciones.

Además del protagonismo del virtuoso violinista canadiense y su Stradivarius «Di Barbaro» (1727) con un arco Sartory, cortesía de la Fundación Canimex, una delicia completa, la orquesta con Monti estuvo a su altura, todo un logro haciendo que Oviedo tenga ahora dos Camilos: Camilo de Blas y Camilo Saint-Saëns, destronando a Wolf-Ferrari del repertorio discográfico emprendido con el maestro austriaco.

La Introducción y rondó caprichoso en La m., Op. 28 abría el concierto, obra que tiene mucho de nuestro virtuoso español Sarasate no ya por haberla estrenado y dedicatario de la misma sino por la cantidad de temas hispanos, con una orquestación muy académica pero también exigente desde ese inicio en pianísimo hasta todo el desarrollo cual catálogo de exhibición violinística. El canadiense sacó de la joya una amplísima gama de sonidos siempre presentes en primer plano, con una técnica impactante perfectamente concertada por Conti que llevó a la orquesta a ser perfecta acompañante. El disco dejará constancia de ello.

Más complejo, igualmente estrenado y dedicado a mi tocayo navarro, el Concierto para violín y orquesta nº 3 en Si m., Op. 61 está entre los habituales del repertorio. Sus tres movimientos resultaron bien contrastados y ejecutados, poderío en el Allegro non troppo, lirismo en el Andantino quasi allegretto y fortaleza en el Molto moderato e maestoso, majestuoso encuentro solista y orquesta que la obra, con sus altibajos emocionales, resultó más que aseada, equilibrada y por momentos plena de emotividad. Destacar nuevamente el entendimiento entre solista y orquesta que brillaron con luz propia.

Una versión a solo de la Asturiana de Falla fue un regalo con guiño local desde la universalidad de la música, donde no lloró el pino sino el violín de Alexandre, expléndido nuevamente.

La segunda parte nos trajo la nada habitual Sinfonía nº 3 en Do m., Op. 78 con el compositor Guillermo Martínez al órgano (bien amplificado incluso con un subwoofer) y el piano a cuatro manos de Olga Semouchina y la mierense Silvia Carrera, protagonistas dentro del conjunto orquestal que así concibió Saint-Saëns y volviendo a preguntarme por qué no hay órganos de tubos en todos los auditorios, enriqueciendo una tímbrica que la orquesta ovetense comienza a tener como signo de identidad en todas sus secciones, no ya la cuerda que ha alcanzado su madurez a pesar de la plantilla siempre corta, sino en una madera bien ensamblada, unos metales seguros y nada estridentes, más la percusión siempre con un toque de calidad que envidio para otras formaciones queridas.

Los dos bloques de la sinfonía estuvieron bien delineados por el maestro italiano el Adagio-Allegro moderato – Poco adagio claro de diseño, sacando a flote los recovecos melódicos que esconde y jugando con las dinámicas y cambios de tempo, más la irrupción orgánica y pianística del Allegro moderato – Presto – Maestoso – Allegro perfectamente encajados cual bloque cálido jugando con los protagonismos de todas las familias instrumentales. Versión brillante de esta sinfonía «orgánica» casi pariente lejana aunque con menos recursos que el posterior Preludio Festivo Op. 61 de R. Strauss.

La Jota Aragonesa para orquesta en LA M., Op. 64 fue la propina a plantilla completa para cerrar este monográfico, aunque vuelve mi opinión de la falta de «pegada» en esta partitura del compositor francés dedicada a Paquita Sarasate y deudora de la de Pablo o Tárrega, frente a orquestaciones mucho más brillantes para obras de un folklore como el español que tanto ha inspirado (y lo que queda aún) a músicos de muchas y distintas generaciones, aunque dentro de la grabación ayude a completar la duración y visión española de Monti y la Oviedo Filarmonía. Esperaremos a disfrutarla también en CD.

Más que un regalo musical de Reyes

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Sábado 5 de enero, 22:00 horas. Auditorio de Galicia, Santiago de Compostela. Concierto de Reyes: Beatriz Díaz (soprano), Real Filharmonía de Galicia, Manuel Hernández Silva (director). Obras de Mozart, Haydn y Schubert. Entrada: 15€.

«Noche mágica» titulaba a la salida de un concierto en horario nada habitual pero que tuvo una excelente entrada en la Sala Ángel Brage de acústica perfecta. La orquesta gallega es la excelencia musical en todas sus secciones y perfecta para el programa elegido. El maestro venezolano pergeñó una selección del clasicismo vienés que domina como nadie, transmitiendo todo su conocimiento a los profesores que funcionaron como el gran instrumento que es la orquesta cuando al frente se pone un director de la talla y carisma de Manuel Hernández Silva, quien además comentó cada obra con el humor y gracejo suyos haciendo gala de su vertiente pedagógica. El premio del roscón de Reyes fue la soprano asturiana Beatriz Díaz con unas arias operísticas nuevas pero ya plenamente integradas en una voz que ha ganado cuerpo en el registro grave y le abren un abanico de roles que eran impensables no hace mucho, unido a su teatralidad inconmensurable viviendo cada papel sobre el escenario, contagiando su saber estar y cantar a todos, algo que el director supo ver y sacar a flote.

El concierto comenzaba con la obertura de La Clemenza di Tito, KV 621 (Mozart) que sonó impecable en una orquesta dúctil y de sonoridad cristalina, conducida con gusto y dominio.

Papá Haydn nos trajo dos arias de la ópera jocosa La vera costanza, Hob. 28/8 para disfrutar de Beatriz Díaz en estado puro, verdadera constancia la suya: «Non s’innalza, non stride sdegnosa», la mandamás y metomentodo Baronesa Irene, papel de amplia gama dinámica y de tesitura perfectamente solventado por la allerana, y «Con un tenero sospiro» de la pescadora Rosina, dulzura y buen hacer global, metamorfósis total para dos interpretaciones casi antagónicas como bien explico el maestro Hernández Silva antes de escucharlas. Grandes ovaciones en esta primera aparición vocal lógicas por el resultado global, orquesta en su sitio y protagonismo vocal.

El «Menuetto» de la Sinfonía nº 3 en RE M, D. 200 (Schubert) sonó puramente vienés, «prevals» bien explicado por la acentuación de la tercera parte que los profesores de la Filharmonía bordaron al responder en total comunión con la batuta, entendimiento como si el maestro venezolano llevase con ellos toda la vida.

Y volvía el gran Mozart de Le Nozze di Figaro, KV 492, primero la Obertura «de disco», todas las notas dibujadas y escuchadas en una cuerda de lujo y un viento siempre claro, el preludio de esa ópera única en la historia lírica que más allá del libreto de Da Ponte la música del de Salzburgo ilumina. En el aria «Giunse alfin il momento» la orquesta fue un acompañamiento soñado para el gusto en grado sumo que derrochó Beatriz Díaz (alumna aventajada de La Freni) desde el recitativo, deleitando con unos pianissimi siempre presentes y arropados por la musicalidad de una orquesta de lujo funcionando como un único instrumento tocado por la batuta de Hernández Silva. Todo un descubrimiento esta Rosina «Condesa de Boo» que el público valoró con atronadores aplausos y varias salidas de la soprano para saludar.

Quedaba todavía la Sinfonía nº 35 en REM, KV 385 «Haffner» interpretada como nunca antes había escuchado en vivo, posible por la simbiosis de director y orquesta en una obra tan interiorizada por el venezolano quasi vienés (sus 20 años de residencia en la capital austriaca se notan siempre) que los cuatro movimientos fueron auténticas delicias, fuego, amor y rapidez máxima posible que el propio Mozart dejó anotado en la partitura estrenada en Salzburgo como bien nos contó el maestro: desde el Allegro con spirito, fogoso sin perder nunca ímpetu y abanico de dinámicas; el Andante auténtica declaración amorosa hecha música sinfónica, delicadeza en cada plano sonoro, en cada acento, en cada matiz, en cada intervención instrumental y sobre todo en cada gesto del director; un Menuetto sublime de paladeo en todo su desarrollo, incluyendo el trío; y ese Finale. Presto tan rápido y preclaro que sólo una orquesta con el virtuosismo unido a la calidad de la orquesta gallega es capaz, y Hernández Silva logró que lo diesen todo. Realmente apoteósica.

La noche mágica todavía nos depararía el «premio» de los roscones de reyes al volver Beatriz Díaz para regalarnos «Una voce poco fa» de El Barbero de Sevilla (Rossini), sorpresa y nueva lección interpretativa donde las cadenzas y rubati jugosos de esta nueva Rosina fueron engarzados con el oro directorial de Manuel al mando del instrumento sinfónico atento y respetuoso, escuchándose todos en ese juego musical que resultó esta joya cantada por la asturiana. El público rendido, nueva salva de aplausos y  BraBoos de izquierda a derecha del patio de butacas, un aria conocida y recreada que surgió por sorpresa añadiendo un nuevo papel en el amplio repertorio de nuestra adorada Beatriz Díaz.

La cuerda de la RFG soltó arcos y con el humor que solo la maestría de los grandes logran sacar de los profesores, cerraron la Noche Mágica con una Pizzicato Polka de los hermanos Johann y Josef Strauss que igualó las mejores de Año Nuevo por lo jugosa en matices, calderones, cambios de tempi… ¡Tan sólo faltó el triángulo para hacerla insuperable!

Imposible comenzar 2013 mejor. Gracias a la orquesta, a Beatriz y a mi admirado y querido Manolín… Esta vez llevé «MUCHO CUCHO®» personalmente y el regalo imperecedero.

Händel cierra mi 2012

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Viernes 21 de diciembre, 20:00 horas. Catedral de Oviedo: Fundación Príncipe de Asturias, Concierto «Europa canta a la Navidad»: El Mesías, HWV 56 (Händel). Raquel Lojendio (soprano), Carlos Mena (contratenor), Gustavo Peña (tenor), Jochen Kupfer (barítono), Coro de la Fundación Príncipe de Asturias (director: José Esteban García Miranda), OSPA, Juanjo Mena (director).

Como el famoso anuncio televisivo, el oratorio del alemán nacionalizado inglés «vuelve a casa por Navidad», siempre Mesías y siempre distinto. Con un coro que domina la obra como nadie y disciplinado ante todos los directores que han abordado esta obra maestra, la otra parte de la OSPA (esta vez con algún refuerzo JASP) que Händel tiene ocupada todo este último mes del año, un cuarteto vocal bien equilibrado y en parte conocido ya de nuestra tierra, con la presencia del contratenor Carlos Mena y su hermano Juanjo al frente, resultó un concierto espléndido en una catedral abarrotada desde media hora antes, con público variopinto, minoría maleducada, pasillos sin un hueco con sillas trasegadas, pantallas gigantes, cámaras por doquier, y las ganas de poner punto final a mi año musical.

El Coro de la Fundación rinde a tope con maestros exigentes y el vitoriano les hizo trabajar en todas las intervenciones, aportando detalles que dan los toques de distinción más allá del «Aleluya», llevando los tempi alegres con agilidades brillantes y matices ricos donde los ff estuvieron cantados, y un «Amen» realmente brillante. Enhorabuena a mis muchas amistades corales.

La OSPA en pequeña formación y abordando el barroco siempre es un placer (qué bien sonó «Pifa»), esta vez con alguna cara nueva que me llenó de alegría, unos timbales de terciopelo, trompeta solista excelente, oboe genial, la cuerda seguro de éxito, y el clave / órgano de Óscar Camacho, perfecto en todas sus intervenciones, con el maestro Mena llevando cada número bien contrastado, colores tímbricos mimados y planos sonoros bien equilibrados, concertando a la perfección una obra que tiene mucho que dirigir. Destacar la afinación bien mantenida en las dos horas, solamente con un reajuste entre los coros «His yoke» y «Behold the Lamb». Enhorabuena a la orquesta de todos los asturianos.

Del cuarteto solista destacar al barítono alemán Jochen Kupfer que volvió con un hermoso timbre igualado en toda su tesitura, potente en los recitativos, con cuerpo en el registro central y una línea melódica que dejó unas arias emocionantes, especialmente en «The Trumpet» final a dúo con el holandés. Otro tanto del contratenor Carlos Mena cuya voz fluye en Händel limpia y clara, grosor y color perfectos olvidándome de las versiones femeninas de mezzo o contralto para decantarme por una voz que, gracias a tantos compañeros de cuerda, está volviendo a protagonizar la música barroca. Un placer para el oido cada aria y el precioso dúo «He shall feed His flock» con la canaria Raquel Lojendio que fue a más en su vuelta barroca a Asturias, calentando todos en el discurrir del concierto, con la soprano entregada en la siempre agradecida «Rejoice» y su último «I know that my Redeemer» que resultó como el texto, alzándose sobre el polvo, esta vez frío de invierno recién estrenado. Y enorme satisfacción redescubrir a Gustavo Peña, pensando que Las Palmas algo debe tener para dar tenores tan brillantes, color vocal ajustado al género y estilo, recitativos decididos y seguridad en las arias, completando un elenco de solistas más que aseado para «El Mesías de la Catedral». Enhorabuena al cuarteto.

Todavía nos regalaría un arreglo para coro y orquesta del villancico más universal, «Noche de Paz» cantado con parte del público (al que no puedo dar la Enhorabuena) y el maestro Mena concertando.

Punto y final para un año 2012 que ha sido completo. La carta a los Magos llegará puntual y aprovecho para desear a mis habituales y quienes aquí lleguen por vez primera, unas musicales y

FELICES FIESTAS

Nina Stemme ¡placeres suecos!

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Sábado 15 de diciembre, 20:00 horas. Conciertos del Auditorio, Oviedo, «El Amor, la Esperanza y el Destino»: Nina Stemme (soprano), Orquesta de Cámara de Suecia, Thomas Dausgaard (director). Obras de Beethoven, Grieg, Sibelius, Wagner, Ravel, Weill, Brahms, Berlioz, Schubert, Elgar y R. Strauss.

Podría haber titulado «Nina Stemme sin más» como la primera impresión tras escuchar a la cantante sueca, pero evidentemente hubo mucho más, una orquesta de su país que se llama «de cámara» aunque ya quisiéramos aquí formaciones con estos efectivos, más un director danés con el podemos estar en deacuerdo con alguna interpretación, versión o incluso estilo directorial, pero que no hay dudas sobre su magisterio y comunicación entre todas las partes implicadas en esta gira ya escuchada en Bilbao y el Kursaal donostiarra el día anterior.

Llamar fríos a los nórdicos tiene que ir desterrándose del imaginario colectivo como otras tantas cosas, y tenemos muchas pruebas, musicales en nuestro caso, de la calidad unida a la calidez como con otras grandes sopranos: la ya fallecida Birgit Nilsson, la mezzo también sueca Anne Sofie von Otter o la finlandesa Karita Mattila, todavía en activo.

Nina Stemme (Estocolmo, 11 de mayo de 1963) que obtuviese en 2010 uno de los Premios Líricos Teatro Campoamor, es un ejemplo vivo de cómo hay que cantar, una diva más diosa terrenal con un programa de una hora sin interrupciones, intermedios musicales donde no abandona el escenario sino que se adereza sobre él con un toque floral trasero o un «guardapolvo» negro para ir recreando cada poema musicado (de agradecer que figurasen los textos en el programa aunque faltase luz para leerlos) y colocarse para cantar delante o detrás de la orquesta sin perder nunca una línea melódica magistral, técnica al servicio de temas tan diferentes sin ninguna estridencia y deleitándonos con cada sílaba emitida, pero sobre todo un color de voz que rompe la clasificación habitual de las voces porque cuando se canta como la sueca, sobran etiquetas, casi diría que hasta estos comentarios míos.

Y la orquesta consiguió contrastes y dinámicas sobrecogedoras, especialmente en los pianissimi, ya desde el primer acorde de la Obertura Coriolano, Op. 62 (Beethoven) con la soprano en escena para indicarnos la visión global que el título del programa tenía. Podremos buscar un hilo conductor, un argumentario a las obras y autores elegidos o simplemente disfrutarlas «de un tirón» que fue lo que hicimos (se escaparon algunos aplausos, lógicos por la emoción contenida). La versión «dausgaardiana» me resultó demasiado lineal, ceñida sin más a la partitura, olvidando todo lo que esconde detrás el genio de Bonn…

De lo que antes llamé «intermedios musicales» o mejor «puentes instrumentales», tal vez académicos y sin grandes aportaciones por parte de Dausgaard pero con una orquesta tan buena y trabajada que es capaz de seguirle siempre, me quedo con la Pavana para una infanta difunta (Ravel) y el «Nimrod» nº 9 de las Variaciones Enigma, Op. 36 (Elgar) por el conjunto logrado, bien ubicadas en el discurrir del programa y auténticos puentes dramáticos en el devenir de las canciones.

De «la Stemme» cada tema un placer, amor, esperanza y destino nunca mejor hilados. Además de los textos traducidos, siempre es un placer leer notas al programa como las de Mª Encina Cortizo para «una selección de las mejores obras vocales y sinfónicas del repertorio romántico». Si el arreglo del director danés, como los textos de Hans Christian Andersen para la obra noruega Jeg elsker dig, nº 3 Op. 5 (Grieg) de las llamadas «Melodías del corazón», un Te amo cantado por la sueca reúne mis amados países nórdicos hechos Arte Musical, lo mismo puedo aplicar a Sibelius y Flickan kom ifrån sin älsklings möte (La chica volvió del encuentro con su amante), nº 5 Op. 37. «De la serenidad a la pasión erótica» destilada en los Wesendonck Lieder de Wagner y el nº 2 Stehe still! (Detente!) en orquestación de Felix Mottl con una orquesta delicada y sensual más «La Voz» embriagadora de Nina, que pasado el «puente raveliano» se cubrió de negro sobre rojo pasión de su intervención para «La saga de Jenny» de Lady in the Dark (K. Weill), mujer nada sombría diametralmente distinta a la reciente de Ute Lemper, aquí nos devolvía «una mujer moderna, escéptica y pragmática, alejada de las angustiadas féminas románticas», colores vocales perfectamente arropados por una cuerda de lencería que hace recordar el piano original antes de «El espectro de la rosa» nº 2 de Les Nuits d’eté (Berlioz), otra lección vocal para una melodía preciosa y dominando los idiomas desde la música. Tras la vuelta al sosiego de Elgar la concertino Katarina Andreasson y el arpa Patrizia Carciani  serían compañeras de camino para Morgen, Op. 4 (R. Strauss), «una de las obras más hermosas de toda la historia de la música» que comparto con la doctora Cortizo, y que en la voz de Nina Stemme fueron capaces de emocionarme hasta lo profundo. Imposible describir el delirio final y la propina de un lied de Brahms para ir preparándonos la segunda parte. Recordaremos a la soprano sueca muchos años.

La Sinfonía nº 1 en Do m., Op. 68 (Brahms) volvió a corroborar la calidad de una joven orquesta sueca plegada a su director en cada gesto. La sonoridad y empaque son asombrosos, seguramente en poco tiempo estará a la par de su compatriota dirigida por Dudamel, y se nota el trabajo previo porque la versión que Dausgaard brindó de «la primera» no es fácil de seguir, sobre todo en los movimientos extremos donde el danés creo que abusó del rubato conocedor de la flexibilidad de esta formación y la técnica en cada sección, especialmente la cuerda y la madera. Tengo muchas primeras en vivo realmente mejores que esta sueco-danesa. Sin entrar a comentar la disposición que descubre sonoridades nuevas (trompas a la derecha y en «su lugar» trompetas y trombones), mejor los movimientos centrales sin que me convenciese su forma de dirigir ni la visión algo distorsionada del sinfonismo brahmsiano. Lo mismo podría añadir de las dos propinas, la lenta y ese Allegro Molto de la Danza Húngara nº 1 (con un trombonista al triángulo) impecable que puso el remate a dos horas de buena música, incidiendo en mi opinión, aunque Nina Stemme fuese quien nos dejó LO MEJOR.

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Lágrimas doradas

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Viernes 14 de diciembre, 20:00 horas. Conciertos del Auditorio, Oviedo: Coro El León de Oro (LDO), Beatriz Díaz (soprano), Borja Quiza (barítono), Oviedo Filarmonía, Marzio Conti (director). Obras de Sergio Rendine (1954), Debussy y Fauré.

Esta semana estoy bajo de moral por la pérdida de un amigo entrañable que el programa de esta tarde ayudó a mantenerlo vivo en mi memoria, con emociones diversas por muchos motivos y cercanías sobre el escenario.
El auténtico protagonista de la velada fue el coro que dirige Marco Gª de Paz, «El León de Oro» capaz  de afrontar con solvencia, seguridad y musicalidad en cada nota la obra que le encarguen, con el secreto del trabajo duro, un auténtico equipo que disfruta cantando y transmite ese amor coral a la legión de «leónigan» que les seguimos. Volvía a colaborar con la OvFi y no me extraña que se hagan asiduos porque sus actuaciones son siempre únicas.
Esta vez comenzaba el concierto con el estreno de Lamentum in mortem herois del napolitano Rendine, obra sinfónico-coral encargada por la orquesta ovetense, un auténtico «collage» desde un lenguaje actual deudor del antiguo como base, espíritu religioso en letra y música con reminiscencias del Ars Antiqva, Leonin, Perotin, Notre Dame… el origen de la llamada «música moderna», con cuartas y quintas, también el tritono pecaminoso y demoniaco como bien comenta Nuria Blanco en las notas al programa, de una orquestación rica en timbres organísticos donde la percusión y hasta dos gaitas (los directores de la Banda «Ciudad de Oviedo» El Pravianu y Guti fuera de escena) ambientan un medievo casi de película, obra llena de dificultades para todos, especialmente para el coro que con 42 voces sonó presente, rico en matices y recreando una obra que acabará sonando en muchos más escenarios, aunque LDO haya dado a luz esta obra que ruega por el alma de los muertos, con una dirección de Conti en su línea de contagiarnos su ímpetu, y aplaudiendo la idea de encargar obras a compositores de nuestro tiempo como es su compatriota Rendine.
Los tres Nocturnos (Debussy) volvieron a demostrar el excelente momento de la orquesta capitalina que ha dado un salto de calidad desde la llegada del director italiano. Cuidadoso del detalle optó por mimar la tímbrica en todas las secciones, desde unos timbales siempre aterciopelados (alguno que me sigue está pensando la enorme diferencia con «el otro») hasta una cuerda etérea pero limpia, arpas de ensueño: el rondó Nuages realmente blancas, luminosas, el viento como brisa dando sensación global y detallista al mismo tiempo; Fêtes trajo el colorido y la danza, banda de música sinfónica bien trazada (qué poco le gustaba a Don Claudio que calificasen su música de impresionista) y llevadas con decisión por Conti, hasta las Sirènes donde las voces blancas del LDO realmente enamoraron, vocalizaciones dificilísimas con poliritmias perfectas, mar dorado más que plateado para dejar flotando en el ambiente una espiritualidad preparatoria de la segunda parte.
Hay un libro del recordado Federico Sopeña que es de obligada lectura para comprender mejor el de esta triste tarde de viernes: El «Requiem» de la Música Romántica (Rialp, 1965), donde hace un estudio del Réquiem en Re m., Op. 48 de Fauré que no tiene desperdicio (como nada de lo que ha escrito el Padre Sopeña), considerándolo como la más significativa introducción a la música del organista y compositor parisino, emparedado y oscurecido entre el romanticismo y el impresionismo frente a la «apisonadora» de su compatriota Debussy, y tengo que seguir citándolo para poder expresar lo sentido en esta obra que amo desde lo profundo de mi espíritu «mundano» y poco creyente como el propio Fauré, que «sucumbre, no a la sensualidad, sino a un raro espíritu de esa sensualidad que se llama charme, encanto, sugestión para lo más fino y lo más peligroso de lo corporal».
Interpretación nada exagerada, adaptada a los medios y nuevamente el coro como protagonista, deleitándonos desde el Introit et Kyrie, seguro, empastado, celestial, con pianísimos siempre primorosos y fortes contenidos pero potentes como los ataques orquestales, avanzando con paso firme voces graves, blancas que siguen sorprendiendo, tutti, contrastes deslumbrantes sin perder sonoridad con una formación instrumental igualmente poderosa a la vez que delicada. Nueva luz en la entrada de la cuerda del Offertoire con el coro otra vez puro terciopelo vocal, y el tránsito con la primera intervención de Borja Quiza sobre la palabra Hostias, una de las cumbres de Fauré, registro rotundo, lleno, sin sentimentalismos pero sí de expresión que está más allá de lo amoroso-profano, color perfecto para esta obra que Sopeña tilda de «Encanto y austeridad» en el capítulo XI por ir contracorriente y no usar abundantes ni variadas intervenciones de solistas, sólo barítono y soprano. El Sanctus va trenzando esa espiral de coro y cuerda donde la orquesta estuvo plena, casi «parsifaliana», el «organístico» Hossana y el concertino cual remolino y trino final antes del cambio del Benedictus por el Pie Jesu que traería a nuestra asturiana Beatriz Díaz entonándolo como ella sabe aunque Monti optase por la brillantez en vez del recogimiento especialmente acentuado en esta parte de la obra. Emoción contenida e intensidad ajustada de la soprano allerana en su breve intervención.
Volvería el protagonismo coral con el Agnus Dei et Lux Aeterna subyugante, coro celestial recreándose en cada frase y matices, muchos en este número, sin olvidarme del órgano también importantísimo en la vida y obra de Fauré, magistralmente interpretado por el virtuoso Sergei Bezrodny, arrancando el emocionante, profundo y subyugante Libera Me con un Quiza y un LDO capaces de lograr convencernos de una ira de Dios con la orquesta entregada a lo que el compositor pretendía y Monti buscó: «feliz liberación, una aspiración a una felicidad superior, antes que una penosa experencia», final de trayecto In Paradisum, las mujeres angelicales, los hombres sustento, coro divinamente terrenal y último suspiro tras la contención del dolor y la angustia, consecución de una paz interior que sólo la música sinfónico-coral logra.

No es cuento: Volo2 resultó Volo3

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Sábado 1 de diciembre de 2012, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo, Jornadas de Piano «Luis G. Iberni»: Arcadi Volodos (piano), Oviedo Filarmonía, Michael Francis (director). Obras de Brahms y Mendelssohn.

La anterior visita en mayo de 2009 del gran Volodos me recordó a Shrek porque las apariencias engañan y el monstruo resultó ser encantador, sensible, dulce y tierno. Esta vez Fiona resultó una OvFi que tras el paso por el foso parece salir a flote engrandecida, y Burro, buen amigo en este cuento le correspondió nada menos que al inglés Michael Francis, una estrella en ascenso sin necesidad de doblarlo porque su acento británico era imprescindible para el programa de este primer día del último mes del año. Tres obras y tres patas suficientes para asegurar el equilibrio: orquesta, solista y director. De este cuento El Gato con Botas está independizado (¿el público?) y ocuparía otra película con Antonio Banderas poniendo voz hispana al personaje.

Brahms sería el protagonista de la primera parte, Obertura trágica, Op. 81 contrapuesta a la «académica», más enérgica que lacrimosa desde la primera nota. El maestro Francis se encargó de trazar las líneas claras de su visión, energía, tensión y dulzura, logrando sonoridades dignas de elogio en la orquesta carbayona, dinámicas extremas donde los pp eran sobrecogedores y capaces de acallar toses pese al frío invernal del exterior, que engrasarían la maquinaria para la obra y solista esperados. Lástima tener más cuerda en la plantilla porque la obra así lo exigía y sólo faltó el lógico volumen y «pegada» en los graves para redondear la perfección buscada por Mr. Francis. Ya indicaba Alejandro G. Villalibre en las notas al programa que esta obertura «no busca agradar tanto como epatar», aunque personalmente logró ambas cosas.

Sin caer en todos los calificativos que el ruso Arcadi Volodos (San Petersburgo, 1972) es capaz de verter en sus semblanzas biográficas, me quedo con «su virtuosismo junto con su sentido único y fraseo, color y poesía, le han convertido en el narrador ideal de las historias musicales románticas». Dominador de Rachmaninov o Liszt, «el segundo de Brahms» (Concierto para piano y orquesta nº 2 en SI b M., Op. 83) engrosa su larga lista de interpretaciones geniales, fácil de entender y hasta de acompañar como demostró el tándem OvFi-Francis. Un pianista capaz de sacar miles de matices a un instrumento mínimamente desajustado y sentado en una silla igual al resto como uno más a sumar en esta «sinfonía con piano», color orquestal desde las teclas como así lo escribió el de Hamburgo, misma paleta y agógica desde la batuta, concertación ajustada en cada uno de los cuatro movimientos, solista pendiente del concertino para «respirar» con sus arcos y un podio atento al teclado. Grandeza de Volodos para quien no hay retos técnicos una vez superados otros anteriores. Allegro non troppo así entendido por solista y director, empaste y complicidad con trompas y maderas, igual que el Allegro appasionato en la línea de bloque orquestal incluyendo el piano, hasta el reposo del Andante, con un Gabriel Ureña haciendo hablar el cello (pediremos a en navidades madera con más solera para redondear el «sabor en boca» que logra siempre el avilesino), protagonismo bien entendido y asimilado por Volodos (lo demostró en la propina). El rondó final del Allegretto grazioso volvió al cuento de «Shrek», simpático y sobrio, juguetón bien secundado por el buen amigo Francis en este «cuento Burro», capaz de aligerar toda la densidad del último movimiento redondeando una interpretación excelente en una «Fiona» enamorada y fiel de este «Relato a 3».

Y de regalo unas variaciones sobre Damunt de tus nomes les flors del gran Mompou, nuevo derroche dinámico e interpretativo lleno de emotividad (también la tiene en YouTube® hacia el minuto 4:23), agradeciendo el recuerdo a nuestra tierra española (o catalana sin Más) suficiente para recordar esta segunda visita al Auditorio.

No nos podemos quejar de Mendelssohn en Oviedo, pero la Sinfonía nº 3 «Escocesa» en La m., Op. 56 que nos dejó Michael Francis con una OvFi que resultó distinta y cercana, nacionalista y británica sentida desde el conocimiento de folclores que flotan como en la rememorada Escocia musicada por Donizetti para su Lucia di Lamermoor, esencia en el germanismo compositivo que no cae en tópicos, ayudado por una orquestación brillante de la que el director sacó todo lo mejor en cada sección. Si Brahms fue sobrecogedor y brillante, Mendelssohn devolvió toda la paleta romántica de texturas, agógicas (cambios de tempo), majestuosidad y empuje sin pausa desde la Introducción: Andante con moto – Allegro un poco agitato – Assai animato – Andante come I, neblina otoñal que nunca impidió perder la línea del horizonte, cuerdas muy trabajadas, maderas empastadas, metales sutiles, timbales aterciopelados siempre a punto para un Scherzo: Vivace non troppo, exigente para todos pero cumpliendo como buen ejército sonoro. Incluso el tránsito del Adagio cantabile al Finale guerriero no dejó tiempo a rupturas indeseadas por el «público enfermo» (toses entre movimientos indeseadas), más pendiente de la hora que de disfrutar una versión distinta a las últimas escuchadas en este auditorio ovetense, orquesta guerrera al mando de un buen general.

Si tras las «galeras» que parece suponer el foso para esta orquesta, nos la devuelven rejuvenecida a escena, bien venidas sean. Claro que la maestría en la dirección tuvo mucho que ver en este «Spa», y Volo2 resultó Volo3… no es cuento.

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