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Carácter de florete y seda

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Viernes 14 de noviembre, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo, Abono 3: OSPA, Truls Mørk (violonchelo), Guillermo García Calvo (director). Obras de Holst, Saint-Saëns y Stravinsky.

Raro en mí no escribir en caliente nada más llegar a casa del concierto para no perderme nada de las emociones y sensaciones, pero esta vez necesitaba reposar sabores y esencias. Podría haber titulado esta entrada como «El titular que hemos perdido» porque el regreso de García Calvo al podio volvió a corroborar mi primera impresión de un director completo, con proyección y carácter, capaz de hacer sonar a la orquesta asturiana como otra muy distinta, pues el director español transmite seguridad, confianza y sobre todo mando, elegancia, trabajo e ideas muy claras y bidireccionales. También cabría encabezar esta crónica como «Cuando el carácter es música» porque en el tercero de abono hubo caracteres para dar y tomar con otro regreso de lujo, el del chelista noruego Truls Mørk en una hazaña, puede que irrepetible, de interpretar los dos conciertos de chelo de Saint-Saëns en la misma velada, para redondear velada con dos obras poco escuchadas, en vivo aún menos, exigentes, auténticas maravillas sinfónicas que hicieron aún más grande el protagonismo del director madrileño, eclipsando incluso al solista.

Beni Mora: suite oriental, op 29, nº 1 (Gustav Holst) arrancó quitándonos el aire al público en la Primera danza, con una gestualidad magistral de respuesta inmediata para las primeras notas sinfónicas, clima sonoro desde una cuerda que al fin sonó hiriente, potente, compacta, ligera y clara, espoleada por esa batuta cual florete equilibrada por la mano izquierda, esa tan difícil de encontrar en los directores, terciopelo o seda según las exigencias. La versión de García Calvo devolvió la grandeza de esta suite menos conocida que Los planetas, que también ha interpretado nuestra OSPA, desde un diseño claro en cada una de las tres danzas, con las secciones y solistas convencidos de lo que tocaban, escuchándose y gustándose en cada intervención. La Segunda danza mantuvo la entrega y buen entendimiento, percusiones apoyando sin martillear, viento preclaro sonando unitariamente y espoleado con la batuta en las intervenciones que salían a flote sin perder ni un detalle, escuchándolo todo desde el ambiente nebuloso de la partitura pero nunca borroso en el sonido, nuevamente con la cuerda asombrando por calidad y calidez. El Finale: En la calle de «Ouled Nails» remató ese carácter norteafricano, argelino, del Próximo Oriente en la mejor orquestación del compositor inglés bien resuelta por los intérpretes con esa luminosidad mediterránea y la precisión vienesa, germánica, al mando desde la cercanía asturiana de la tripulación. Extraña la poca calidez del público, apático y desentrenado para estas delicias puede que alejadas del carácter vetusto.

El bellísimo y conocido Concierto para violonchelo nº 1 en la menor, op. 33 de Saint-Saëns es una obra de cabecera para todos los grandes solistas, recordando Juan Manuel Viana en las notas al programa (links o hipervínculos en los títulos) cómo Pau Casals lo eligió para su debut londinense en marzo de 1905. Menguada la orquesta tras Holst y recolocados los contrabajos a la izquierda, Mørk se encargó de hacernos vibrar el alma desde la tercera cuerda, el carácter intimista de su Noruega en verano por la luz vertida en cada intervención desde esa introspección tan suya, arropado por una orquesta desconocida por colores y enamorados del estilo directorial de García Calvo. Concertar como él lo hizo demuestra el amor por su trabajo y el carácter global de la música, siempre protagonismo compartido, más en las obras solistas donde trata al músico cual cantante de ópera, ayudando, subrayando, ensalzando las intervenciones con la atención e intención que se merecen. Si el Tristán con la OSPA me descubrió esa faceta corroborada con los hermanos Del Valle, el Saint-Saëns con Mørk supone un hito para todos por el resultado alcanzado y el buen hacer que llegó hasta el último rincón de un auditorio algo más ocupado (y «sano») que en anteriores conciertos.

Necesario descanso para afrontar el segundo del francés por parte del noruego. El Concierto para violonchelo nº 2 en re menor, op. 119 parece otro mundo por los treinta años de separación con el primero, pero igualmente bello, más complejo y profundo, con el virtuosismo necesario para una obra de estas connotaciones en la madurez interpretativa y compositiva. Curioso que Truls Mørk necesitase partitura, extraño verle incómodo aunque su sonido siguiese siendo impoluto, carácter noruego invernal y parada inesperada en el pasahoja previo a la última cadenza, perdido en la blancura pero que la honda respiración sirvió para afrontar la recta final rápidamente en busca del calor que puso la orquesta y la seda de García Calvo, apartando el florete, sable para este segundo concierto y un nuevo éxito musical para este hito a tres partes: solista, director y orquesta.

Y otra rareza para acabar, el siempre innovador Stravinsky con Juego de cartas: ballet en tres repartos, un póquer sin danzarines pero donde a la voz de «¡Hagan juego!» se repartió carácter en cada mano, las dos del croupier García Calvo y unos músicos con cartas ganadoras, aunque siempre gana la banca, esta vez el público que sí entendió la apuesta arriesgada y aceptando el resultado de esta partida que corrobora nuevamente la ductilidad de la formación asturiana, la enorme calidad de todas sus secciones y su asombrosa transformación cuando hay un Director (con mayúscula) capaz de lograr la empatía desde el carácter. Realmente qué titular hemos perdido…

Sin sobresaltos en cuatrocientos años

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Viernes 7 de noviembre, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo, Abono 2: OSPA, Maarten van Weverwijk (corno da caccia), Miquel Ortega (director). Obras de Miquel Ortega, Johan Baptist Neruda y F. Mendelssohn.

Noviembre nos devuelve a nuestra orquesta tras el paréntesis operístico, retomado por la OvFi, y con un programa variado, poco escuchado, incluyendo un estreno del propio director invitado y la participación como solista del trompeta de la casa aunque con un instrumento para muchos desconocido. Primero tuvimos conferencia de la gerente Ana Mateo que compartió con «El camino hacia el concierto» la enorme trastienda y camino a recorrer, con un equipo poco reconocido e igualmente necesario antes de llegar al punto final, y que este segundo de abono nos traía al catalán Miquel Ortega en su triple vertiente de compositor, clavecinista y director, lo que redundó en una respuesta homogénea y entregada por parte de nuestra OSPA.

El bestiario que comenzó como ballet de encargo, como sucede en la mayoría de obras para danza, acaba conformando una suite que se estrenaba en Asturias (el jueves dentro del programa «Avanti» en Piedras Blancas) de la mano del propio compositor.

Del ballet de 2010, inspirado en el bestiario de García Lorca quedaban diez animales pequeños que el músico catalán acaba reduciendo a cuatro danzas y una persecución, con principio y final, de las que extrae esta suite con cinco números agradables de escuchar, cercanos al público por la utilización de un lenguaje lleno de «guiños» al tiempo que nos ha tocado vivir a la mayoría, desde el excelente Prokofiev del Romeo y Julieta hasta el tango porteño, la música popular de mi época donde en las casas escuchábamos el «pop» de los 40 y 50, el jazz, Glenn Miller y Cole Porter, Ginger y Fred hasta la pulga de cuplé y cabarets, todo «citado» con una música bailable y consumible incluso en esta versión sinfónica de cinco números. Como suelo hacer, dejo mis anotaciones ante esta primera escucha según iban apareciendo, corroborando tras la entrevista en OSPA TV al maestro, visualizada siempre después para impedir «interferencias», las impresiones de un compositor de mi generación, cercanía cronológica y vivencial.

El primer número de tempo medio, arranca con una melodía en el clarinete de ritmo ternario que pasará a fagot y dúo de trompetas en la cercanía de Nino Rota con Fellini, bien construida con planos equilibrados y una estructura clara. La cuerda siempre aterciopelada toma otra melodía más española, zarzuelístico por terreno bien conocido del maestro catalán cual homenaje a La canción del olvido, continuando con diálogos de maderas a dos, trompetas con sordina, intervenciones del glockenspiel o la flauta marcando a uno el compás ternario para finalizar este animal de forma seca.

Lúgubre arranca el segundo con el toque de gong, misterioso, melodía en el registro agudo del oboe, de nuevo la trompeta con sordina, toques de pandereta, flauta y los pizzicati de la cuerda donde el protagonismo en dinámicas medias, comedidas, va alternando hasta llegar a cambios de tempo para lograr una densa atmósfera en la cuerda con rellenos del tutti siempre en mezzo forte y estructura compositiva muy clásica, vueltas al inicio incluso en las sonoridades que huyen de tentaciones rompedoras y finalizan en un retardando parejo al descenso melódico de agudos a graves hasta los contrabajos antes del final seco y fortísimo.

El tercer movimiento de la suite es vivo, «rusamente prokofieviano» (con perdón) en orquestación, utilización en la percusión de silbato y caja militar, con disonancias delicadas dentro de la tensión y ligereza del motivo que crece globalmente, en tempo, volúmenes, texturas y el cuco, número exigente para toda la orquesta que solventaron limpiamente permitiendo disfrutar de todos los detalles.

Para el cuarto nos picó la pulga del cabaret al que hacía referencia más arriba, instrumentación muy de musical en Broadway, marimba y temple-block marcando ritmos para la melodía del clarinete como si Fred Astaire y Ginger Rogers bailasen otro «Cheek to cheek», mejilla con mejilla, cuerda de película, trompeta de jazz bien traída y melódicamente pegadiza con mucha calidad y elegancia para un final seco y fuerte, por otra parte previsible.

El cierre de la suite resultó un tango sinfónico tan argentino como Piazzolla, con solo de violín porteño (aunque ruso en estado puro), llevando el ritmo el resto de la cuerda compartiendo y dialogando acentos, dialogando con maderas y dúo «por dos cabezas» entre los solistas primero y segundo nacarados, de discurso cálido, meloso, con el güiro remarcando los pasos, la melodía engrandeciéndose en toda la cuerda y la madera para un «crescendus interruptus» que devuelve dúo a flauta y clarinete, Myra–Andreas antes de apropiárselo Vasiliev–Ordieres, arietes de arco traspasados a Ferriol–Romero en juego vertiginosamente acelerado para frenarse en una «paradinha» aumentativa rematada a puerta.

Un placer de suite agradecida de principio a fin en un bestiario diminuto en sustantivo y enormemente adjetivado.

Salto cronológico del siglo XXI al XVIII, cuatrocientos años que separan a Miquel Ortega Pujol de Johann Baptist Georg Neruda, abismo estilístico para el barroquísimo Concierto para corno da caccia y cuerdas en mi bemol mayor (1750) con nuestro solista Maarten van Weverwjik en un instrumento para cazar bestias mayores con el maestro catalán dirigiendo desde el clave a la cuerda de nuestra OSPA capaz de dar este giro con toda la naturalidad y adaptándose a una obra puede que menor aunque exigente para todos pues solista y cuerda caminan a la par en tres movimientos contrastados escritos según la receta de la época: Allegro-Largo-Vivace con las correspondientes cadencias para lucimiento del solista en un instrumento traicionero siempre, más en el movimiento lento, organizado cual aria operística donde no faltan saltos melódicos, ornamentaciones y todo tipo de recursos expresivos que tanto Maarten como la cuerda y el clave entendieron de principio a fin.

El Allegro presentó un sonido dulce y potente con agilidades claras y fraseos precisos, con la cuerda siempre en su sitio en cada momento y el apoyo necesario, cadencia primera breve y lograda en todo, segura además de matizada. El Largo resultó delicioso, de esencia italiana, corroborando la colocación del solista detrás y no delante para estar más arropado por la cuerda siempre reconfortante, movimiento difícil por las notas largas soltándose, como es de esperar, en la cadencia correspondiente. El Vivace siempre exigente, más «operístico» por respiraciones, ornamentos y la orquesta ajustada al solista y el apoyo del clave directorial que siempre mimó el canto, nuevamente desde la trayectoria de un Ortega que domina la música escénica como pocos. La última cadencia resultó virtuosa por saltos, registros extremos sin perder el carácter «cantabile» y dejándose gustar. Bien todos los ritardandi, preparatorios o conclusivos y todas las dinámicas nada exageradas en cada uno de los movimientos, destacando el perfecto entendimiento entre todos y una dirección siempre precisa, clara y respetuosa con un estilo musical agradecido siempre para intérpretes y público. Podemos seguir presumiendo de tener unos solistas capaces de ofrecernos obras como la de Neruda con una profesionalidad y musicalidad dignas de los mejores especialistas, sin movernos de la OSPA.

La segunda parte nos dejaba casi a medio camino en el tiempo de las dos obras anteriores, ahora ocupada por una primera escasamente programada, la Sinfonía nº 1 en do menor, op. 11 (1824) de Mendelssohn, obra de juventud pero delicada a la vez que complicada de interpretar, apareciendo muchos de los signos que el hamburgués desarrollará en años posteriores y hacen de esta primera obra sinfónica todo un reto en su interpretación. Cuatro movimientos muy académicos que la orquesta del Principado solventó como si se tratase de la Escocesa o la siempre bella Italiana, casi podríamos rebautizarla como Asturiana por el sentido con que el maestro Ortega llevó cada uno de los mosaicos sonoros de esta primeriza composición, bocetos para las posteriores sin olvidar su «Sueño», sonoridades, armonías y formas del pasado actualizadas para convertir la orquesta en un laboratorio sonoro y por momentos camerístico: Allegro di molto, Andante, Minueto: Allegro molto y Allegro con fuoco, cuatro juegos para todas las secciones sin perder nunca uniformidad, belleza comedida, dinámicas de recogimiento sin arrebatos románticos, dirección de gestos precisos, tiempos ajustados, fraseos marcados y claros para otra obra «menor» e igualmente bella y bien ejecutada, sentida y consentida desde el podio y asentida por unos músicos a los que se les notó la empatía con el director. Velada agradable sin sobresaltos pese a las diferencias en el tiempo y estilos.

Sir John impuso el silencio con la música

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Domingo 26 de octubre, 19:00 horas. Conciertos del Auditorio, Oviedo: Ann Hallenberg (mezzo), Orquesta Revolucionaria y Romántica, Sir John Eliot Gardiner (director). Obras de Beethoven y Berlioz.

Es triste que la megafonía tenga que avisar al «respetable» cómo comportarse o amenazar en nombre del señor director que de persistir la mala educación se vería obligado a detener el concierto. También es triste y hace sentir vergüenza ajena, que solo «por las malas» y a base de imperativos, todo funcione como debería, dado que la incultura, falta de civismo o directamente grosería de parte del público lleva tiempo siendo preocupante. No es ahora el momento de detenernos en esta cuestión, pero me hace interrogarme por las causas de esta situación, así como no llenar el auditorio cuando programa e intérpretes pasarán a la historia musical local, con un horario dominical más europeo y hasta una climatología benigna, casi veraniega cuando esperan los santos a la vuelta de la esquina.

Atesoro grabaciones que con el tiempo resultan joyas, y así guardo la integral de las sinfonías de Beethoven que ya tienen 20 años con los mismos intérpretes de este concierto único e irrepetible, incluso la primera aproximación a Berlioz, sin olvidarse de Brahms. No están tan distantes pero sí (re)posados y los oídos cada vez más hechos a estas sonoridades de las que Sir John y esta orquesta, más romántica que revolucionaria tras sus bodas de plata, nos ofrecieron con el directo siempre único y la interpretación de las dos «B» que resultaron literalmente «BBB» no ya de muy buenas sino de magistrales.
La Obertura Leonore nº 2, op. 72a de Beethoven nos dejó con el alma en un puño desde el primer acorde, con unos silencios, rotos por la «legión revientaconciertos», sobrecogedores, realmente preparatorios de una acción que la música del sordo genial prepara en cada nota para su Fidelio. Instrumentos originales, colocación, sonoridades cuidadas al detalle y la sabiduría de la batuta del maestro con una orquesta entregada, atenta, tocando todo lo escrito pero plegada a cada gesto de su líder. El solo de trompeta desde el segundo piso redondeó una Leonora magistral como Beethoven probablemente la hubiese querido escuchar.
Les nuits d’étè, op. 7 (Berlioz) con esta formación son seis delicias para voz (tenor o mezzo) y piano con los poemas de Gautier que orquestadas por un dominador como el francés e interpretadas desde el buen gusto tanto por la mezzo sueca como desde el sonido aterciopelado de «la orquesta de Gardiner», resultaron íntimas, dulces sin almibarismos, contrastadas y románticas de trazo fino. Ann Hallenberg en esta gira forma parte de un trío que completan según calendario y disponibilidades Susan Graham y Anna Caterina Antonacci, tal vez más apropiadas para esta obra temprana del francés que la sueca, pero su musicalidad, correcta emisión, grave débil pero consistente y ausencia de estridencias, siendo arropada en cada uno de los poemas por una orquesta cual guante para su voz, nos dieron una versión más que aseada de esta maravillosa partitura, especialmente en Le spectre de la rose y L’ile inconnue.
El aviso amenazante por megafonía tras el escándalo de ruidos, toses, portazos y demás durante la primera parte, surtió el efecto deseado y cual liturgia profana en total silencio, pudimos escuchar la Sinfonía nº 5 en do menor, op. 67, «la Quinta de Beethoven» con todo el poder musical de transportarnos al momento de su estreno en tarde otoñal tras «noches de verano» antes del descanso, violines en pie, metales también durante sus intervenciones siempre ajustadas. No es cuestión de descubrir cualidades de intérpretes o de una obra maestra, pero desde el inicio Gardiner marca las diferencias: Allegro con brio, el tiempo justo, casi metronómico leyendo todo, marcando todo, manejando dinámicas y agógica con el magisterio reconocido y una orquesta plegada, disciplinada, esforzada en responder a cada llamada desde el podio. Poder escuchar todas las notas escritas por Beethoven en el plano justo es casi milagroso en directo pero funcionó y de qué manera.
El Andante con moto dibujó el rigor con la esquisitez del mando bien entendido, matices extremos sin perder compostura ni unidad sonora, la lectura al pie de la letra con las duraciones exactas de cada figura, de cada silencio, los crescendo, ataques, fraseos, equilibrio entre las secciones. Otra maravilla.
Un poco de aire y afinación fueron aprovechados por algún desconsiderado que se atrevió a toser aunque «mezzoforte» antes de afrontar los dos movimientos que quedaban. El Scherzo nunca lo volveremos a escuchar igual, creador de intrigas en una cuerda presente nada hiriente, pasajes delineados a la perfección, la transición al Allegro con maderas nobles y la aparición brillante de un «tutti» como nunca en el final, todo medido pero exhuberante en calidades sonoras, ambicioso de principio a fin, destacando hasta el «piccolo» de madera colocada la intérprete atrás y arriba con los trombones para no sobrevolar en su tesitura y frecuencias ni un ápice por encima del resto, discreción sonora sin perdernos ni una nota. Músicos humanos, alguna nota falsa (normal en instrumentos naturales) e incluso alguna entrada mínimamente fuera de sitio, pero que nunca empañaron una visión de conjunto que Gardiner entiende desde hace muchos años, más con esta orquesta adaptada a repertorios clásicos y románticos que todavía nos dará alegrías y nuevas grabaciones.

Cuando el concierto es sagrado, los silencios son tan importantes como la propia música, y solamente Gardiner cual máxima pontífice, logró alcanzar el milagro interpretativo. Otro hito para Oviedo y su auditorio.

Ensayando para los reyes

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Miércoles 22 de octubre, 20:30 horas. Auditorio de Oviedo, XXIII Concierto Premios Príncipe de Asturias, ensayo general. W. A. Mozart: Réquiem en re menor, K. 626. Ainhoa Arteta (soprano), Maite Arruabarrena (mezzo), Luis Dámaso (tenor), José Antonio López (barítono-bajo), Coro de la Fundación Príncipe de Asturias (maestro de coro: José Esteban García Miranda), OSPA, Rossen Milanov (director). Entrada libre previa recogida de invitación.

Veintitrés años de conciertos para una semana donde Oviedo se viste de gala para entregar sus galardones más internacionales, pero donde la crisis se nota también. Atrás quedaron las semanas de música con el patrocinio de unas perdidas cajas de ahorros y sus obras sociales, reeconvertidas en bancos que no suelen entender la música como inversión, con figuras internacionales y obras para recordar.

Para este 2014 la FPA ha programado el siempre bello, emocionante y exigente Réquiem de Mozart a cuyo ensayo general acudió público variado que llenó el auditorio aunque desconociendo probablemente qué es un ensayo, donde los solistas no suelen darlo todo (enhorabuena para los que sí), se cronometran y ajustan últimos detalles de protocolo, para finalmente retocar o dar esas anotaciones necesarias que desemboquen en un concierto lo mejor posible.

Con la plantilla al completo y en pie se comenzó con el Himno nacional de España que el maestro Milanov aún no parece dominar, siendo imperdonables desajustes hasta en los platillazos. Menos mal que no se tiene en cuenta para la crítica la ejecución (nunca más literal) del himno patrio, sin letra aunque el coro permaneció en escena preparado para la siguiente.

Reubicados y con la plantilla mozartiana para su obra póstuma comenzó titubeante el Requiem aeternam, primero orquesta y después un coro que se adapta a lo que le pidan, y personalmente me congratula porque creo que les faltó más confianza con el director, aunque solventaron la papeleta con una profesionalidad de la que siempre hacen gala. El trabajo de años con Pepu al frente se nota, logrando una formación moldeable, rigurosa y precisa, con una gama dinámica sobresaliente en todas las cuerdas, aportando seguridad. Hasta el Confutatis no hubo comunicación ni interpretación, demasiado silábico y marcado todo, faltando más legato y expresividad, mayor contraste entre orquesta y coro, que no tienen porqué sonar iguales, el contraste es una de las grandezas de esta obra del prodigio de Salzburgo. El Lacrimosa resultó de lo mejor, realmente emocionante y a punto de saltársenos las lágrimas porque la sal apareció por fin. Y con el Sanctus ya parecieron entenderse todos mejor (bien el fugado), si bien eran las voces quienes acababan encontrando la pulsación poco precisa del maestro búlgaro que no parece encontrarse cómodo con estos repertorios, debiendo percatarse que los coristas deben tener siempre claro el tempo y las entradas, algo difícil con la gestualidad del titular. Conocer la obra como este coro siempre ayuda y fueron realmente quienes mantuvieron el tipo. Mis felicitaciones para ellos.

Del cuarteto solista siempre destacar a Ainhoa Arteta, una figura internacional cercana, volcada durante todo el ensayo, incluso en las repeticiones posteriores, cuya voz siempre es un placer degustar con Mozart. Otro tanto de José Antonio López, potencia, claridad de emisión y musicalidad en todas sus intervenciones, convenciendo en el Tuba mirum de inicio a final, bien secundado por Luis Dámaso que cumplió y empastó con sus compañeros, línea de canto hermosa perfectamente adaptada a la partitura; pues el director no pareció pedirles nada especial, por otra parte difícil en una obra tan conocida y cantada. Una pena Maite Arruabarrena que «dejó cojo el banco» y siempre oscurecida, poco volumen, tapada en la mayoría de sus intervenciones, de registro grave inaudible (y esta vez estaba en la fila siete) dejando el medio y agudo justo para poder apreciarla. Supongo que en el concierto será otra cosa, aunque a la vista de los mimbres no sé qué cesto saldrá. Tampoco se contagió de la entrega de sus compañeros, aunque repito que un ensayo general suele ser así.

La orquesta tiene a Mozart en sus genes, siendo capaz de lo mejor y lo peor, incluso de combinarlo en una misma obra. Por lo menos el director corrigió al final detalles que son casi de manual, de los que los profesores tomaron nota. Pienso que sigue faltando más precisión en el podio, no es solamente el discurso musical o los matices, que están siempre pero que sin una pulsación clara (haya o no rubati) es inexistente el encaje necesario, por otra parte más difícil en los ritardandi que sí entienden a la primera. La preocupación por el color sigue vigente, colocaciones incluso de los solistas entre coro y orquesta, eligiendo timbales de bronce o trompetas de llaves, pero la línea no debe sacrificarse en pos del color, menos en el Clasicismo. Felicitar esta vez a los trombones, especialmente en los solos, capaces de transmitir esa sensación orgánica que todo el Requiem respira.

Final con Asturias patria querida y mismas sensaciones, tapado por un público que no mantiene pulso con el escenario y acaba «mandando», populismo mal entendido nuevamente para un himno que, hace tiempo ya comenté, se le viste de solemnidad con una orquestación para estos momentos.

Después vinieron las correcciones puntuales con parte del público interrumpiendo al salir en plena labor directorial. Del técnico de sonido preparando la microfonía mientras sonaba Mozart mejor ni opino porque denota falta de prudencia, algo parecido a los fotógrafos cuyos clic enturbian y rompen un ambiente necesariamente de concentración. Hubo tiempo para enchufar antes del inicio, y ajustar niveles sin tanta molestia para todos, incluso la visual.

El jueves es el día, Felipe y Letizia estuvieron como príncipes y vuelven como reyes, aunque todos sabemos que la melómana es Doña Sofía. El concierto no llega a la hora y Mozart gusta a todos, incluso a los entendidos…

Distintos, no distantes

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Viernes 17 de octubre, 20:00 horas. Conciertos del Auditorio, Oviedo: Sabina Puértolas (soprano), Mª José Suárez (mezzo), Roger Padullés (tenor), Christopher Robertson (barítono), Coro «El León de Oro» (director: Marco A. García de Paz), Oviedo Filarmonía, Marzio Conti (Director). Obras de Bach y Schönberg.

Comienza la temporada de los Conciertos del Auditorio con dos mundos totalmente distintos en un mismo universo sonoro, dos obras opuestas, «amor sacro y amor profano» que titula Juan Manuel Viana sus notas al programa, dos visiones distintas pero no distantes pero capaces de mostrar la versatilidad de una orquesta que sigue ganando en calidades bajo la dirección de su titular, y disfrutar de nuevo con el mejor coro asturiano capaz de cantar «a capella» o con orquesta siendo su sonoridad la de un instrumento más sin renunciar a sus señas de identidad: la búsqueda de la perfección desde un arduo y meticuloso trabajo que les ha llevado a triunfar incluso en Londres y todavía nos seguirán dando muchas alegrías.

El Magnificat en re mayor, BWV 243 (J. S. Bach) representa un despliegue sonoro y catálogo de emociones en sus doce números bien contrapuestos como joya barroca que es y cántico de la iglesia católica donde el genio nacido en Eisenach logra exprimir los textos en latín como si de su lengua vernácula se tratase. Una orquesta reducida y colocada para la ocasión (con el continuo de Sergei Bezrodni), cuatro solistas aseados y un coro valiente, convencido desde la primera intervención, siempre con las intensidades adecuadas, presencia y musicalidad en una formación que sigue renovando voces sin perder un ápice una sonoridad y estilo propio. Conviene recordar la dificultad técnica de esta obra cuya virtud está en parecer sencilla, y los tres números corales finales así sonaron, desde el potente fugado del Fecit potentiam hasta el Gloria Patri en momentos celestiales.

Me sorprendió la actitud corporal de Sabina Puértolas por una gestualidad a la que no estamos acostumbrados en estas obras. siempre más recogida incluso en la posición para sujetar la partitura, pero su voz y gusto superaron presencia en el Et exsultavit y continuaron en Quia respexit, cumpliendo sobradamente (con su «Micaela» madrileña aún en el subconsciente). El barítono Robertson, estadounidense afincado en Bilbao, cantó con el continuo su Quia fecit algo corto en el grave -parece difícil encontrar bajos cantantes, recurriendo a barítonos cuyo color de voz nunca es igual- aunque suficientemente. Del tenor catalán especialista en estos repertorios, me gustó cómo empastó con la mezzo asturiana en Et misericordia pero su Deposuit quedó algo mermado en volúmenes buscando asegurar afinaciones desde unas dinámicas menos arriesgadas, con una voz agradable y bien colocada. De mi querida Mª José Suárez siempre hay que destacar su profesionalidad y saber estar, sin excesos vocales en el citado dúo y bien en su Esurientes, fluido para esa ternura del texto latino. Finalmente la orquesta sin ser especialista ni dotarse de instrumentos para la ocasión, desde una sonoridad cercana al barroco pero con cierto romanticismo en cuanto a la intención por parte de todos, estuvo siempre acertada, un trío de trompetas sin complejos, los timbales mandando y con los ritardandi perfectos, maderas de tímbricas recogidas, y una cuerda siempre con el «vibrato» adecuado dando una textura homogénea para una obra tan bien concebida. Conti mimó cada número y se le vio cómodo tanto con los solistas como con un coro que muchas batutas quisieran tener enfrente, redondeando una interpretación bachiana no memorable pero si honrada en sus planteamientos y ejecución.

El salto espacio-temporal resultaría impensable tras la primera parte, no por los estilos, que también, sino por la búsqueda de sonoridades, y es que el Pelleas und Melisande, op. 5 (Schönberg) puso sobre el escenario una gran formación sinfónica (con muchos refuerzos) para un poema sinfónico exigente, vibrante, en cuatro secciones sin pausa, cercanas, emocionantes, disfrutando con cada tema en intervenciones solistas personales y de calidad, empaste, dinámicas extremas perfectamente logradas por Marzio Conti, versátil como su orquesta, capaz de afrontar en un mismo concierto dos mundos distintos pero no distantes, al gusto de todo buen melómano, extremos que se tocan, el «padre de todas las músicas» y el compositor vienés que revolucionaría la escritura musical desde la investigación y el conocimiento de los orígenes, el contrapunto como «madre de la composición», esponsales musicales para este inicio de temporada de grandes conciertos en la capital del Principado.  Obra compleja la del vienés basada en el drama de Maeterlinck que la Oviedo Filarmonía llevó fiel a su espíritu, sigue creciendo fuera del foso, aunque resulte un espejismo la plantilla desplegada para esta apertura, pero el florentino es capaz de liderar proyectos arriesgados como el de este luminoso viernes otoñal.

El próximo domingo 26 a las 19:00 horas nos espera otra celebración con Sir John Eliot Gardiner y su Orquesta Revolucionaria y Romántica no Bach o Monteverdi sino un Beethoven que seguro pondrá el listón muy alto, y un Berlioz en medio corroborando esta leyenda de distintos, no distantes…

Buenos deseos pero incertidumbre

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Viernes 3 de octubre, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo, OSPA, Abono 1, Javier Perianes (piano), Rossen Milanov (director). Obras de Mozart, Grieg y Chaikovski (notas al programa de Ramón G. Avello en los links de los compositores).

Arranca la temporada 2014-2015 de la orquesta de todos los asturianos, primero en Gijón y a continuación Oviedo, con la Consejera de Educación, Cultura y Deporte de testigo, el búlgaro Milanov en el podio titular y el onubense Javier Perianes pianista solista que siempre aporta esos detalles que resultan diferenciadores para un programa conservador equilibrando conocido y olvidado.

Mozart es siempre traicionero porque su música es agradecida, terapéuticamente positiva pero exigente de principio a fin. La selección de la suite del ballet de Idomeneo K. 367 se redujo a dos números de los cinco, la Chaconne y el Pas à deux, con los que la OSPA pareció dar el primer aviso de que aún falta rodaje, como si de un coche fuera de punto y funcionando con tres cilindros se tratase: las secciones aunque ensambladas todavía desajustadas y el conjunto aún más (aunque los solistas siguen siendo de seguridad pasmosa), con pasajes poco claros que hacían irreconocible el sonido del motor. Desconozco si la mecánica era fruto de la conducción de Milanov o directamente la necesidad de lubricar pistones, pero no hubo entendimiento, indecisiones en entradas, dinámicas sólo en papel, y había muchas, sin ensamblarse para dejar esa sensación de tirones continuos.

El plenamente romántico Concierto para piano en la menor, op. 16 de Grieg pareció ir tomando el punto a la marcha, pero sólo la magia de Javier Perianes sacó a flote la belleza de una partitura que todos conocen. Faltó unificar el discurso entre solista y director, el instrumento piano con el instrumento orquesta, de nuevo indecisiones en las caídas entre ambos. Cierto que hay momentos donde es imposible no emocionarse y donde las intervenciones de todos llegan solas a lo más profundo, pero faltó química. El aire ligero del primer movimiento Allegro molto moderato resultó más cómodo para el piano frente al Adagio preciso para todos con claridad de líneas exhibida por un Perianes de gamas dinámicas conseguidas y que pareció contagiar a sus compañeros más que al maestro. El Allegro moderato molto e marcato volvió a evidenciar las carencias apuntadas, la orquesta detrás frente al poderío del andaluz en cada cadencia con su impronta interpretativa y la contestación en otro idioma con unos rubati mal entendidos o transmitidos por el director y matices poco cuidados por todos, lo que impidió una mejor interpretación global.

El Nocturno en do sostenido menor, Op. póstumo de Chopin fue la propina que reivindicó la calidad y calidez del pianismo de Javier Perianes en un momento de su carrera que sigue en ascenso y todavía queda recorrido, demostración de lo que Grieg pudo haber sido y no fue.

La Sinfonía nº 2 en do menor, op. 17 «Pequeña Rusia» de Chaikovski no es que se programe tanto como las tres últimas del ruso pese a ser la más cercana al alma de su pueblo por los motivos usados y una orquestación que recuerda a sus correligionarios. Con alguna cara nueva y refuerzos puntuales, la formación asturiana fue entrando en calor pese a los aires nórdicos del concierto, el cuarto cilindro al fin arrancó y el motor retomó el sonido potente al que nos tiene acostumbrados, aunque sólo en el cuarto movimiento, con un Milanov que nunca pisó a fondo aunque se dejó llevar por una partitura con demasiadas curvas tomadas casi por los atajos. Sin hacer paralelismos, está pasándome como con Alonso y Ferrari, deseo siempre lo mejor pero parece que tampoco ganará su tercer mundial, aunque los anteriores ya están en la historia. La temporada es larga, hay paréntesis «obligados» y los conductores deberán conocer y entrenar más con el coche. Los invitados previstos son de primera, pero el maridaje y entendimiento entre todos será necesario para el éxito total, ya que los parciales hacen que parte del público marche al descanso, como si una vez conocida la «pole» el resultado de la carrera volviese a deparar el resultado no deseado.

Entrevista de Javier Neira a Javier Perianes en LNE:

Celebraciones con música, por supuesto

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Viernes 19 de septiembre, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo, Concierto Celebración Cruz Roja Española 150 Aniversario. OSPA, Coro de la Fundación P. de Asturias (maestro de coro: José Esteban García Miranda), director: Óliver Díaz. Obras de Bizet, Verdi y Wagner. Entrada por invitación.

Día de fiesta en Oviedo este 19 de septiembre desde hace años conocido como el «Día de América en Asturias» y celebración en este 2014 con Cruz Roja de su 150 aniversario (diez menos en mi tierra) que convocó en el auditorio carbayón a socios, colaboradores, personal técnico y voluntarios para festejar un cumpleaños con conocidos coros de ópera a cargo de dos formaciones asturianas tan solidarias como la propia Cruz Roja, y el maestro Díaz al frente de ambas, haciendo que el lema de esta ONG «cada vez más cerca de las personas» lo extendiésemos a la música.

Primero el vídeo y los discursos habituales de estos eventos donde no se pierde el protocolo, con la presencia y presentación del conocido periodista asturiano Juan Ramón Lucas que fue dando paso a las intervenciones de Agustín Iglesias Caunedo, alcalde de la capital, Esther Díaz, consejera de Bienestar Social y exalcaldesa langreana, y Celia Fernández, presidenta de Cruz Roja de Asturias.

Público no habitual de conciertos pero que disfrutó con la selección musical operística como no podía ser menos en la capital lírica, que está estrenando su LXVII temporada precisamente con Verdi, emparejado con Wagner al igual que en sus aniversarios todavía recientes, aunque fue Bizet y la Suite nº 1 de Carmen la que abría concierto. Independientemente de los aplausos entre números, las conocidas melodías de esta ópera tan española fueron bien «cantadas» por una OSPA y los distintos solistas bien llevados por el asturiano Óliver Díaz, algo sobreactuado gestualmente pero que contagia a todos ímpetu y gusto por las páginas líricas. Con trazo grueso y pocas sutilezas fueron sonando las hermosísimas melodías de Bizet, falto de esa unidad puede que rota ante las interrupciones de un público no muy conocedor de las normas de cortesía habituales aunque mucho más educado mientras la música sonaba, sin toses ni ruidos no deseados.

Verdi salió más centrado y homogéneo, la obertura de Nabucco prepararía este título que resultaría protagonista de la noche, dando entrada al coro cantando el «Patria oppressa» del cuarto acto de Macbeth antes del archiconocido coro de esclavos «Va pensiero» que se bisaría con participación de todos, aunque desconozco la causa de no situarlo tras su obertura. Todavía quedaba otro famoso coro, el «Vedi le Fosche» de Il Trovatore, en ambos un coro afinado, seguro en volúmenes medios y fuertes pero nuevamente corto en los graves aunque menos por la propia escritura vocal de estos conocidos fragmentos verdianos. La orquesta también quedó algo descompensada en el equilibrio entre familias, unos cellos nunca presentes o unos metales con colores no siempre homogéneos. Con todo el coro y la fragua estuvieron bien forjados por Óliver Díaz antes del último Wagner.

Foto © Marta Barbón – OSPA

En la temporada musical asturiana que comienza con paso firme, el coro dirigido por José Esteban Gª Miranda será coprotagonista en marzo nada menos que con la Orquesta del Teatro Mariinski y Valeri Gergiev al frente precisamente con Wagner (primer acto de La Walkiria y segundo de Parsifal), por lo que Los maestros cantores de Nüremberg resultaron un aperitivo para ellos, la Obertura sacó lo mejor de nuestra OSPA entregada al maestro Díaz, y la joya del «Wach auf!… Ehrt Eure deutschen Meister» el mejor colofón para esta formación coral que logró en alemán la sutileza que faltó en italiano, concertación y equilibrio para una partitura enorme.

Difícil era un regalo final optando por repetir o bisar el ya comentado «Va pensiero» participativo, tarareado, con letras inventadas tipo «Va pa’ Siero, camín de Noreña…» o ceñido al papel en algunos coralistas y músicos que compartían emociones, conocedores del simbolismo de un número coral que en Italia sigue siendo himno vigente (también en un 150 aniversario) del que carecemos en España (tal vez buceando alguna zarzuela), aunque los tiempos vayan paralelos. Tras Wagner no habría más pero el poder de comunicación y persuasión de Óliver Díaz hicieron posible el guiño popular de celebrar ideales como los de la homenajeada Cruz Roja con música de ópera.

Aún me quedaba bajar hasta la Plaza de la Catedral a disfrutar con Vuelta Abajo y Los Sabandeños, pero es otro cantar, igualmente irrepetible… la razón de escribir antes de comer y no después de cenar, aunque ya sabe quien me lee, sigue y conoce el menú de este omnívoro musical.

Prensa del sábado 20:

 

Armas solo musicales

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Lunes 30 de junio, 20.00 horas. S. I. B. Catedral de San Salvador, Oviedo. Coro de la Universidad de Oviedo, Orquesta Clásica de Asturias (OCA), Joaquín Valdeón (director): The Armed Man: A Mass for Peace –selección- (Karl Jenkins, 1944).

Mi generación ha bebido de muchas y variadas fuentes, declarándome y aceptando el calificativo de omnívoro musical, por lo que puedo decir pasado un tiempo que podemos presumir de tener amplitud de miras sin prejuicios, algo similar a la de esos viejos rockeros (que nunca mueren) como Sir Paul McCartney o nuestro Karl Jenkins que dieron el salto a la llamada “música culta” con obras sinfónico corales plagadas de guiños a épocas que seguimos disfrutando como si fuese la primera vez, caso del «Oratorio de Liverpool» (1991) del exbeatle o esta «Misa para la paz» del miembro de Soft Machine, titulada “El hombre armado” que ha inspirado a tantos otros músicos de la historia como bien aparece en el programa de mano.

La obra compuesta en 1999 por encargo del Real Museo de Armamento de Leeds y dedicada a los muertos de Kosovo (extensible a todas las víctimas de la guerra), se estrenó en el Royal Albert Hall londinense el 25 de abril de 2000 con el propio Jenkins dirigiendo la London Philharmonic Orchestra, y consta de trece números (se añadió el decimocuarto en octubre de 2010) con textos de diversa procedencia, mayoritariamente cristiana, en latín lo que será el ordinario de la misa, aunque el compositor galés prescinde del Gloria y el Credo, pasando por el árabe de la llamada a la oración (Al-Adhan), el francés del tema original «L’homme armé«, canción popular sobre la que también han compuesto entre otros muchos Dufay, Palestrina, Josquin Desprez, japonés y por supuesto inglés, con textos bíblicos pero también de Kipling, el Mahabharata, y muchos más, entroncando con el impresionante War Requiem de Britten que pudimos disfrutar en el centenario también en nuestra capital asturiana.

The Armed man es obra poco programada en nuestro país aunque gozando de popularidad sobre todo entre coros jóvenes, por lo que no será extraño que también sea llamada a escucharse como cierre de ciclos sinfónicos por su impactante y atemporal mensaje.

Partitura con amplia orquestación, aunque abierta, que incluye por ejemplo pícolos, flautas, oboes, corno inglés, clarinete, clarinete bajo, fagot, trompetas, trompas, percusión abundante así como órgano, más la cuerda, coro a cuatro voces mixtas, cuarteto vocal solista, un muecín, y solo de violoncello en el antepenúltimo número, Valdeón realizó una selección con la mitad de sus números que pudimos escuchar por primera vez en Asturias (puede que en España) en una catedral a rebosar (y eso que había otro concierto en el Auditorio de la ALAAK) al frente de “su” coro universitario, con una OCA algo mermada en efectivos, de plantilla siempre variable aunque de nuevo resultase garante de profesionalidad desde una media de edad siempre joven, sumándose un músico integral como Guillermo Martínez al órgano, adaptando estos mimbres para construir una versión más que digna de esta forma musical que transciende lo litúrgico o sacro, como en el antes citado Oratorio de Liverpool.

Siete de los catorce movimientos fueron desgranándose por un coro entregado en cuerpo y alma, afinado, empastado, multilingüe en los distintos números, corto en potencia pero rico en dinámicas, sobre todo las voces agudas, con una orquesta disciplinada y casi camerística donde metales y percusión brillaron sin necesidad de avasallar en volumen, sumando magisterio organístico por la elección de los registros adecuados, complementarios o solistas, todo desde la atenta y convincente dirección del maestro Valdeón, conocedor y defensor de la obra, los músicos y sobre todo el entorno, dominando la siempre difícil acústica catedralicia para utilizarla como un plus en vez de enemigo. Lástima unos ruidos molestos en las pausas, tal vez golpes en el micrófono abierto, pero tomados como si de la propia obra se tratase.

El primer número L’homme armé presentó credenciales vocales e instrumentales, arrancando con el ritmo militar en los pies de los intérpretes para ir engordando la escritura instrumental y la aparición del órgano desde el contagioso ritmo del original que finalizado el público no pudo reprimir los aplausos, pese a la indicación contraria del director.

Sin canto árabe de llamada a la oración pasamos al número tres, Kyrie de estructura clásica (Kyrie-Christe-Kyrie) que contó con el solo inicial de la soprano Ana Peinado, bien vocalizado y más que suficiente en presencia y proyección, bien arropada por el resto del coro y una orquesta templada.

El imponente Sanctus, quinto número, hizo vibrar a todos por la capacidad mostrada desde el podio de alcanzar el difícil equilibrio de planos sonoros entre coro, percusión y metales extremos en las dinámicas, pp realmente logrados y ff impactantes donde la orquesta nunca tapó al coro, aprovechando la reverberación para duplicar sensaciones, duraciones acortadas y silencios remarcando la intensidad dramática: coro silábico, rítmico con las trompetas contestando, unísonos de cuerda y coro con la percusión guerrera y cinematográfica casi de romanos, timbales y platillos, efectismos plenos de belleza en la línea del proyecto «Adiemus» del propio Jenkins, el latín idioma musical en el ocaso del siglo XX, lengua muerta pero resucitada siempre para el canto sacro.

El sexto número, Hymn before action (Himno antes de la batalla) con texto en inglés de Rudyard Kipling resultó difícil de entender pero plenamente conmovedor: «La tierra se ha llenado de cólera, los mares, de furia se han oscurecido. Las naciones reúnen a sus guarniciones para cruzarlas en nuestro camino…» y la música perfectamente adaptada a una letra realmente trágica como ese final «… Tú mejor que nadie, Señor, danos fuerzas para morir», tintes épicos de nuevo con referencias a bandas sonoras de los verdaderos clásicos sinfónicos que están en nuestra memoria auditiva, lenguaje universal.

La tensión creciente llegaría en el siguiente número, séptimo «de caballería con verdadera carga», Charge! -que bisarían- realmente épico, fanfarrias dignas de un Péplum, agradecidas de interpretar y escuchar, efectistas, cañonazos sobre parches para llegar a dar las sopranos unos agudos al límite en tesitura y matices bien resueltos, sumando dificultades y riqueza de reguladores por parte de todos, coro incluido hasta las aclamaciones sobrecogedoras, reguladores infinitos de horrores pero nunca gritos en un final (omitido en la propina) impactante como el concluyente silencio.

El toque de trompeta, militar y dulce, fin del horror y del movimiento séptimo, cual canto a los caídos sobre notas pedales, desemboca en el hermosísimo Agnus Dei, número décimo de esta misa, recogimiento roto con disonancias y notas tenidas en la cuerda, lejanas campanadas de muerte, recuerdos de Britten, antes de saltar al duodécimo número con el registro de armonio preparatorio anímicamente al inigualable Benedictus, digno final (aunque faltasen los números siguientes) como reza el programa: «Con su dulzura melancólica que simboliza el fin de la guerra, la tristeza y la asunción de sus consecuencias y, también, cómo no, la esperanza; «Bendito el que viene en nombre del Señor. ¡Hosanna en el cielo!»», melancolía y paz desde el lirismo en el solo de cello a cargo de Elena Robledillo contestado por maderas (oboe, flautas), después dúo de trompas aterciopeladas, las cuatro voces del coro en entradas sucesivas (sopranos, tenores, contraltos, bajos), de buen gusto en escritura y ejecución, sutiles en los pianísimos y rompedoras en los «fortissimi» contrastando volúmenes de todos en un tiempo lento majestuoso antes del “da capo”, esperanzador como el propio concierto, apuesta por repertorios nuevos que serán clásicos dentro de uno o dos siglos y con armas estrictamente musicales.

Sólo me queda pedir y esperar la escucha completa de la obra, completa en todos los sentidos sin desmerecer lo vivido en San Salvador, pues las emociones colmaron cualquier necesidad anímica para cerrar un curso musical con este junio que todavía no respira verano en Asturias, por otra parte lo habitual contrastado con lo especial de esta paz musical siempre necesaria tras la guerra no deseada.

Despedida agridulce

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Viernes 6 de junio, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo, Clausura temporada OSPA, Abono 14, Renaud Capuçon (violín), Rossen Milanov (director). «El mundo de ayer», obras de Berg y Mahler.

Sabor vienés, amores eternos, referencias al pasado, calidades contrastadas y distintas concepciones de una realidad siempre cambiante. Así se me amontonaba el día después las sensaciones del último concierto de la OSPA para los abonados y antes de su rápida gira por Bulgaria, tierra del maestro titular donde Asturias sonará con nuestra mejor embajadora cultural.

La conferencia previa a cargo de Daniel Moro Vallina, autor de las notas al programa que aparecen, como casi siempre, enlazadas en el inicio con los autores, la más nutrida de las programadas a lo largo del curso musical, nos preparó para lo que vendría a continuación, completando con magisterio tal vez demasiado arduo y técnico para el público asistente pero siempre de agradecer. Escuchándole parecía estar describiendo, con matices, nuestra actualidad aunque Austria no sea Asturias pese a que Oviedo  y Viena programen casi las mismas actividades musicales sin tener los «pesos pesados» de la época que bebieron y vivieron Mahler y Berg.

El Concierto para violín «A la memoria de un ángel» (1935) de Alban Berg es difícil no ya de interpretar sino de digerir por el público pese a ser una obra conmovedora de principio a fin donde el violín transforma sentimientos en música desde un dodecafonismo pleno de expresión, y el gran Renaud Capuçon transmitió dolor, pasión, poesía, en un diálogo con la orquesta que se adaptó al mismo como un guante de seda perfectamente guiado por Milanov. Obra dedicada a la muerte de Manon, la hija de Alma Mahler y Gropius, se estrenó en Barcelona, siempre a la vanguardia por geografía y cultura, suena actual y desgarradora en igual proporción como ajena para muchos de los presentes que prefieren otro canon de belleza menos conflictivo y más «cómodo de escuchar». Los intérpretes apostaron por el primer caso, lirismo desde el dolor, referencias escritas a corales bachianos donde la sección de viento me transportó a los órganos de Leipzig y el violín de Capuçon puso la voz sin palabras a esta obra que va unida a su propia vida. Impresionantes sonoridades desde dinámicas amplias por parte de todos. De regalo el violín desgranó la hermosísima e intimista «Danza de los espíritus» del Orfeo y Eurídice de Gluck que pareció acallar tripas tras las tensiones de Berg, versión solística llena de la musicalidad que el violinista francés atesora.

El número de mahlerianos en el mundo aumenta cada día, su tiempo ha llegado hace años y es imposible actualizar grabaciones de sus obras o bibliografía, por lo que cada uno tiene sus preferencias y enfoques desde el conocimiento de sus obras. La Sinfonía nº 5 en do sostenido menor (1901-1902) la diseccionó perfectamente Daniel Moro en la conferencia, sin olvidarse del famoso Adagietto que un genio melómano como Visconti utilizó en «Muerte en Venecia», recordando que con ser el movimiento más corto de la quinta, su duración oscila entre los siete y los once minutos, algo que comentaré más adelante.

Me quejaba una plantilla todavía corta para la OSPA en la presentación de la próxima temporada y es que «La quinta» de Mahler volvió a ponerla en evidencia. El esfuerzo que tuvo que hacer la cuerda para conseguir equilibrar la masa sonora del resto de secciones fue ímprobo por momentos, y tampoco puedo compartir la versión de Milanov que estuvo falta de la necesaria continuidad en sus cinco movimientos, tres partes así concebidas por el propio Mahler, resultando desde mi propia «miopía auditiva» como visiones pintadas desde distintas técnicas:

La Trauermarsch (Marcha fúnebre) arrancaba con un excelente sólo de trompeta que pintaría un óleo a espátula, más sensaciones que líneas desde una búsqueda de tímbricas y volúmenes difíciles de equilibrar. El Stürmisch beweget, mit grössler Vehemenz (Arormentado, agitado, con gran vehemencia) fue como aguada con tinta china o acuarela que exige pintar con soltura al impedir la corrección una vez plasmado en el papel, borroso finalmente por una ausencia de continuidad melódica en detrimento de esa «vehemencia» por parte del director hacia los músicos, con pequeñas manchas en intérpretes otrora seguros.

El enorme Scherzo Kräftig, night zu schnell (Vigoroso, no muy rápido) fue el fresco lleno de color, pletórico en sonoridades donde Morató brilló cual solista de concierto bien arropado por sus seis compañeros, poniendo contrapuntos excelsos el resto de metales, percusión en dosis apropiadas y la cuerda esforzándose al máximo aunque faltase el contrapeso de los graves con cinco contrabajos algo cortos en sonoridad y redondez.

El equilibrio de líneas cual aguafuerte llegaría en el famoso Adagietto. Sher langsam (Muy lento) que permitió a la cuerda con el arpa disfrutar en la ejecución, por otra parte demasiado lenta y cercana a los once minutos (que me perdone Neira) distantes de un Bruno Walter más ajustado a los siete recordando que no es «Adagio» sino «Adagietto» aunque pueda comprender ese placer de alargar el disfrute de esta bellísima página en la interpretación de la sección estrella de la OSPA, pero la declaración de amor de Gustav a Alma es hermosa per se sin necesidad de amaneramientos. Comprendo que Milanov detuviese el arranque ante el siempre inoportuno carraspeo de este cuarto movimiento, inicial de la tercera parte, y retomase el inicio pianíssimo con un arpa de sonido algo hiriente en vez del sedoso a que nos tiene acostumbrado. Para el Rondó – Finale. Allegro optó el búlgaro por colores brillantes y explosivos, exigentes en maderas y metales bien compensados pero de nuevo «apretando» a una cuerda que sonó como si tuviesen el doble de efectivos, óleo sobre madera más que lienzo mezclando con trazos broncíneos o pan de oro homenaje sonoro al tocayo Klimt siempre asociado a Mahler en tantas portadas de discos.

Fantástica obra en interpretación algo desigual aunque disfrutándola como siempre, como la propia lucha interior de Gustav Mahler o de cualquiera de nosotros, la eterna dualidad, agrio y dulce, vida y muerte, placer y dolor para corroborar que «no hay quinta mala», poniendo broche a una temporada con altibajos de la que siempre nos quedaremos con lo que más no hizo vibrar, disfrutar plenamente. Veintitrés años de orquesta, dos con Milanov de titular que está creciendo con ella, aunque se avecinen tiempos de cambio, esperando que los tres restantes eleven la calidad a cotas de excelencia.

OSPA 2014-15: renovando desde la continuidad

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Foto © Kike Llamas

Este miércoles 4 de junio se presentaba en el Auditorio de Oviedo el avance de programación para la temporada 2014-15 de la OSPA (Orquesta Sinfónica del Principado) una vez finalizada la reunión del Consejo Rector, por lo que se retrasó algo el inicio, acudiendo a la posterior rueda de prensa su presidenta Ana González Rodríguez, la gerente Ana Mateo y el director titular Rossen Milanov, al que se le renovó contrato para cumpir los cinco años previstos.

Foto © OSPA

Tras calificar de «temporada de consolidación», la también Consejera de Educación, Cultura y Deporte quiso resaltar el enfoque didáctico de esta institución asturiana con veintitrés años de vida, no ya con los programas Avanti o ¡Familiarízate con la OSPA! sino especialmente el Link Up que llegará a su tercera temporada con «La orquesta rock», triplicando el número de alumnado implicado en estos dos primeros años, por lo que el próximo esperamos seguir creciendo. En lo que me concierne como profesor es de agradecer esta apuesta personal del maestro búlgaro que ha traído a Europa este proyecto, siendo Oviedo pionero desde donde hemos «exportado» a Pamplona el primero, suponiendo sigan sumándose otras formaciones españolas.

Para los abonados se mantiene por tercer año el precio, lo que en estos tiempos es de agradecer, a saber para Oviedo: 200€ butaca y 152€ anfiteatro, descuentos para mayores de 65 años y menores de 26, sin olvidar el abono joven realmente pensado como inversión en nuevos públicos (80€ y 61€) con un precio por concierto de 5,71€ o 4,35€, económico en comparación con otros eventos culturales. Las localidades sueltas siguen siendo de las más baratas de España a 29€ y 25€, manteniéndose el 30 % de descuento para las de último minuto (una hora antes del concierto). A pregunta de un servidor sobre la deseada ampliación de plantilla sabemos que se cubren bajas puntuales como en cualquier administración, contestando tanto Ana Mateo como la propia consejera, sabedores de la especificidad de los músicos, y el Instituto «Adolfo Posada» será el encargado de organizar la próxima promoción interna más un proceso de selección que conoceremos en su momento.

En el terreno puramente musical, destacado tanto por la presidenta del Consejo Rector como por el maestro Milanov, cabe citar el «estreno» de diez obras nuevas, unas a nivel europeo y otras que son primeras ejecuciones de la propia orquesta. Habrá batutas conocidas entre las que destaca el principal director invitado David Lockington y Guillermo García Calvo, con unos solistas de fama internacional que irán llegando en los distintos «bloques temáticos» que siguen teniendo la música de ballet en ellos, queriendo citar entre los pianistas a mi admirada Gabriela Montero que debutará en Asturias nada menos que con «el segundo» de Rachmaninov, la vuelta de Eldar Nebolsin con «su» Ravel o Javier Perianes y el concierto de Grieg, sin olvidarme de las violinistas Leticia Moreno, una española que está triunfando rápidamente, más las ya (re)conocidas con la OSPA en Asturias Dylana Jenson y Akiko Suwanai, más los chelitas Truls Mork y Asier Polo. Punto y aparte para la arpista de la Filarmónica de Filadelfia Elizabeth Hainen nos estrenará en Europa Nu Shu: El lenguaje secreto de las mujeres de Tan Dun, que habrá que anotar en cuanto conozcamos las fechas. También continúan los solistas de la propia orquesta dando un paso al frente, esta vez el trompetista Maarten van Weverwijk y la flautista Myra Pearse, así como la vuelta a la dirección de Aarón Zapico.

Aunque incluyo aquí el enlace a la nota de prensa de la propia OSPA, volver a felicitar a Consejo Rector que aprobó, además de un plan de sostenibilidad que garantiza el futuro de nuestra formación, un programa por unanimidad que mantiene el equilibrio entre obras de siempre donde están Haydn, Mozart, Chaikovsky, Rimsky-Korsakov o «mis escandinavos» y estrenos como el citado de Tan Dun más la suite del ballet El Bestiario de Miquel Ortega, El compositor ha muerto (Stookey), Jesús Rueda y su Elephant Skin, y una esperada Sinfonía nº 15 de Shostakovich, obras que volverán a intentar sacar lo mejor de los profesionales de esta orquesta de todos los asturianos. Como siempre la Ópera de Oviedo contará con ella en tres títulos donde vuelve Max Valdés para Samson et Dalila (Saint-Saëns) y debutará Rossen Milanov con el doblete Las cuatro últimas canciones (Strauss) y El castillo de Barbazul (Bartók).

La temporada actual echará el cierre este jueves 5 en Avilés y el viernes 6 a las 20:00 h. en Oviedo (con conferencia previa una hora antes de Daniel Moro Vallina) con el concierto 14 de abono donde escucharemos a Renaud Capuçon con el Concierto de violín de Berg y «La Quinta» de Mahler.

El último «estirón» de la OSPA con Milanov serán los tres conciertos en su país donde la «Marca España» llevará obras nuestras a los festivales de Varna (16 y 17 de junio) y Sofía (18 de junio): Falla, Oscar Navarro y Marcos Fernández, con Javier Perianes al piano y Jose Franch Ballester al clarinete, música española como protagonista junto a los «Cuadros» de Mussorgsky o «La Quinta» de Shostakovich. Los asturianos exportamos cultura de calidad con estos embajadores que son la Orquesta Sinfónica del Principado con su titular Rossen Milanov. Estaremos informados por Marta Barbón desde las redes sociales habituales.

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