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Pidiendo paso

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Viernes 30 de enero, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo, Jornadas de Piano «Luis G. Iberni»: Daniil Trifonov (piano), Philharmonia Orchestra, Clemens Schuldt (director). Obras de Beethoven y Chopin.

La juventud además de divino tesoro (o enfermedad que se cura con el paso del tiempo), es esa fase vital muy fructífera cuando se mezcla trabajo con dotes especiales. En música podemos leer a menudo obras de juventud (salvo en Bach que personifica la madurez eterna), normalmente rompedoras para su época, avanzadas, incomprendidas en el estreno, o de intérpretes jóvenes que el tiempo termina colocando en su sitio, algunas quedándose en promesas pero otras alcanzando ese Olimpo de Orfeo.

Este final de enero pudimos contraponer en la misma semana y escenario madurez frente a juventud, el poso con el ímpetu, no necesariamente excluyentes, o si se me permite el símil enológico, un cosechero con un gran reserva, dado que el vino dicen que mejora con el tiempo, aunque para mi consumo habitual tiendo al crianza. Intérpretes y composiciones de viernes rezumaron juventud y descaro, faltando probablemente el periodo de madurez que sigue siendo el inexorable discurrir.

La Philharmonia Orchestra sigue siendo una de las orquestas con calidad y apostando por la juventud desde la titularidad de Esa-Pekka Salonen, esta vez con el director alemán Clemens Schuldt, ganador como nuestro Pablo González del concurso londinense de dirección que lleva el nombre de Donatella Flick en 2010, un talento que está en plena formación, afrontando este último viernes de enero obras «de atril» que forman y examinan batutas a lo largo de toda una trayectoria. De estilo algo exagerado, marcando todo, buscando identidad propia con detalles que apuntan alto, Beethoven le quedó algo grande pero cumplió con Chopin, lo que deja equilibrado su paso por la capital con una orquesta de sonoridades limpias al más puro estilo británico, y que no siempre reaccionó al gesto del maestro, tal vez por algo de esa soberbia que algunos músicos veteranos demuestran cuando les dirige gente joven, y sin la tensión exigible en la ejecución, lo que motivó algunos borrones que iré apuntando. Con los peros la formación inglesa también está en continua renovación y las nuevas generaciones comienzan a auparse en los primeros atriles.

Beethoven y su Obertura Coriolano en do menor, op. 62 es ideal para pulsar el estado global, y el inicio apuntaba bien, brío y claridad, atmósfera adecuada de tensiones y relajos, tantos que las trompas se destemplaron y el clarinete ensució el majestuoso silencio adelantándose con una falta de concentración totalmente reprochable. De nada sirvieron a Schuldt el ímpetu y claridad de ideas ante una obra archiconocida con estos «errores de bulto», aunque la cuerda compensó con creces el desequilibrio. Los claros y nubes, tempestades y calmas, fueron literales en las distintas secciones y discurrir de una obertura que resultó del típico color gris otoñal.

Volvía al auditorio el joven pianista ruso Daniil Trifonov, esta vez con el Concierto para piano nº 2 en fa menor, op. 21 de Chopin. Si la primera vez impresionó con una técnica apabullante más allá de la llamada «escuela rusa», dos años en estas edades resultan el paso al poso ya comentado. El maestro Clemens resultó un concertador excelente para una obra exigente cuando el solista marca diferencias, y la orquesta no pudo tomarse libertades porque Trifonov encandiló a todos desde la primera intervención, contagiando juventud, ganas de agradar y esa visión fresca para un «clásico» de pianistas. El Maestoso logró desde un tempo bien ajustado el equilibrio siempre inestable de los románticos, el juego con los rubati, los acelerando y ritardando que de no mantener la tensión resultan traicioneros para todos. El piano sonó presente, protagonista, con una gama dinámica realmente apabullante, capaz de aguantar las toses (ya reventaban entre los distintos movimientos) de un público entregado al solista ruso. La emoción llegó con el Larghetto, ese tiempo intermedio que marca diferencias, el pianista hecho un ovillo, encorvado sobre el piano, desgranando auténticas perlas, ensimismado en el amplio sentido de la palabra, mientras la orquesta acompañaba y sentía lo mismo que el solista, la mirada interior casi adolescente, contrastes sonoros en estado puro, el Chopin pletórico desde ese pianismo irrepetible. El Allegro vivace sin apenas tiempo al carraspeo mantuvo in crescendo la tensión necesaria para redondear una brillante ejecución, sabiamente concertada por el director alemán que respiró con orquesta y pianista, atento a ese final juguetón, danzante, peligro minimizado cuando la compenetración y comunión entre todos alcanza estos niveles.

La propina de Trifonov estuvo al mismo nivel, sino más, que el propio concierto. Su Liszt de Feux follets, el quinto de los «Estudios transcendentales» supuso reafirmar un sonido propio, cristalino, amplio en matices, con una mano izquierda poderosa equilibrando esa derecha de vértigo, tesoro de juventud, trabajo continuado y sabedor que está pidiendo paso en la élite de los grandes pianistas del siglo XXI, que espero seguir corroborando con el paso del tiempo. Martha Argerich ha dicho que «Lo tiene todo y más… ternura y un elemento endiablado. No he escuchado nada igual».

Para la segunda parte «La Tercera de Beethoven«, esa Sinfonía nº 3 en mi bemol mayor «Heroica», op. 55, resultaría otro desencuentro entre director y orquesta. Desconozco las causas de los altibajos que mostró la formación londinense, puede que los viajes no sean cómodos y que algunos músicos estén pendientes de detalles que perturban el resultado global. El heroísmo resultó ensamblar los cuatro movimientos con cierta coherencia, y supongo que intentar aportar rasgos personales a esta obra que marca un antes y un después en el mundo sinfónico, y en el propio de Beethoven, es tarea titánica. El Allegro con brio sonó ligero pero sin excesos, bien la madera y una cuerda que el maestro Schuldt llevaba en volandas, intentando contagiar la alegría de la partitura que se mantuvo incluso en la Marcia funebre- Allegro assai, puede que por la visión que de jóvenes tenemos de la muerte, lejana, incluso filosófica como un tránsito necesario y hasta religiosa de pasar a mejor vida. Son percepciones desde la diferencia cronológica y tras muchas escuchas, pero sentí un paso algo más ligero que el de un cortejo fúnebre, como si de un desfile de honores al ejército que marcha al frente en vez de la vuelta con las múltiples bajas, más luces que sombras sin perder la compostura y también sin el duelo desde la grandeza. Algo distinto al Scherzo, Allegro vivace- Trio, coherente con la posición histórica de esta sinfonía del genio de Bonn, brillante en la cuerda aunque la marcialidad de las trompas no resultase tal. El Finale. Allegro molto mostró lo mejor de la formación en cuanto a planos, empaste, matices, unos «pizzicatos» redondos y presentes siempre con un director preocupado del detalle que buscaba una respuesta ahora más directa que los tiempos anteriores. La obra emerge por encima de la interpretación, solamente aseada faltando la emoción subyacente. No critico la juventud pero la cercanía rusa pesó como una losa en mi escucha, y mi madurez supone demasiadas referencias. Acabo de nuevo con la comparativa del vino puesto que sin estar cerrado a nuevos sabores, haber catado reservas nos deja la memoria gustativa demasiado alta para disfrutar en igual medida los crianzas, con ser excelentes.

Y como si el estado anímico propiciase la propina, el Vals Triste de Sibelius puso en su sitio a todos, la cuerda protagonista total plegada finalmente a la batuta, de la madera una flauta emergente que por fin sonó arropada, pianísimos y rubatos como rúbrica de un concierto algo frío, con Polonia más cálida que Alemania, presagio de la salida. No estábamos para vino, mejor un caldo caliente…

Leyendas rusas

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Lunes 26 de enero, 20:00 horas. Conciertos del Auditorio, Oviedo. Orquesta Filarmónica de San Petersburgo, Xavier de Maistre (arpa), Yuri Temirkanov (director). Obras de Glinka, Glière y Tchaikovski.

Volvía al Auditorio la orquesta más antigua de Rusia en gira con el gran Temirkanov al frente, siempre un placer y éxito seguro, máximo en repertorios propios que llevan en vena, formación casi de pureza sanguínea como si nadie como ellos fuesen capaces de afrontar, y en parte parece que es así, con dos obras colosales en los extremos que dejaron el medio parecer diminuto.

Tengo que comenzar reflejando la disposición vienesa variada con trasera izquierda de contrabajos (diez) y derecha todos los metales, sin apenas elevación como la percusión, logrando un sonido redondo, pleno, que llegaba a todos los rincones con una precisión y limpieza en toda la amplísima gama dinámica de la que hizo gala la formación rusa.

Increíble la homogeneidad de cada sección basada en una perfección y sonoridad única, esta orquesta es realmente un todo, unidad con primeros atriles impresionantes, mezcla perfecta de juventud y veteranía, impresionando sobre todo la cuerda estratosférica, limpia en los pasajes rápidos, densa en unas violas irrepetibles, contrabajos ágiles sin perder pegada, una madera impecable, pero especialmente los metales, trompas extremas de tímbricas indefinibles capaces de una gama dinámica desde la perfección que son la envidia de cualquier formación sinfónica.

Por supuesto la dirección especial de Temirkanov es capaz de sacar de estos músicos, que le siguen con una fidelidad encomiable, lo mejor en cada partitura. Sus manos dibujan puntualmente lo justo para captar el momento, la línea dentro del volumen, el trazo imperceptible tan importante como el grueso, esa gestualidad que me asombró desde la primera vez que le vi dirigir en el Teatro Campoamor, allá por el siglo pasado. Asombroso comprobar la dicotomía entre el mando y la tropa, obediente al saberse incólume e impoluta, dejándose ordenar sin que se note, aceptando la autoridad que el director imprime y se gana en cada sesión, escuchándose casi religiosamente cuando los compañeros tienen protagonismo sabedores de que la unión hace la fuerza.

El fulgor y demostración casi de prepotencia en la obertura de Ruslan y Ludmila (Glinka), como el sello de identidad de las orquestas rusas, especialmente la de San Petersburgo.

El Concierto para arpa y orquesta en mi bemol mayor, op. 74 (R. Glière) pasará a la historia por ser el primero (puede que único) compuesto por un ruso, que no podía faltar en un programa puramente «racial». El arpista francés que repetía visita al auditorio ovetense, estuvo esta vez ligeramente amplificado, en parte porque la orquesta no llegó a ser la original de cámara sino más bien una «sinfónica española» (con dos contrabajos) y corríamos el riesgo de perdernos la musicalidad delicada ante semejante acompañamiento. Obra de 1938 resultó como diríamos en Asturias una «caxigalina«, bien construida sobre todos los tecnicismos del arpa que el solista solventó con seguridad, manotazo a uno de los micrófonos, y una orquesta en la que de nuevo las trompas tuvieron una sonoridad aterciopelada. Energía, vitalidad, lenguaje cercano pero en las antípodas de los dos gigantes que le escoltaron en el programa. De nuevo placentero observar a Temirkanov cómo lleva la música y los intérpretes, realmente inimitable y genial, mimando el sonido como un orfebre. Tres movimientos contrastados, primero Allegro moderato, con un segundo a base de variaciones y el tercero Allegro giocoso más folklórico, pero algo descafeinados en escritura global aunque se dejan escuchar y el solista puede lucirse. Se salvó la propina del conocido Carnaval de Venecia, op. 184 de Félix Godefroid, también versionadas por otro compositor para arpa como Wilhelm Posse y que hasta el propio Johann Strauss hijo popularizase con sus propias variaciones para orquesta, donde Xavier de Maistre pudo demostrar su virtuosismo en una regalo con más enjundia que la obra protagonista. Como curiosidad recordar un homónimo y paisano suyo, escritor y militar fallecido ¡en San Petersburgo!.

La auténtica tragedia hecha música como si el propio Tchaikovski inspirase la interpretación de su Sinfonía nº 6 en si menor, «Patética», op. 74 fue la auténtica joya de la velada. La orquesta al completo nos brindaría un auténtico surtido de exquisiteces emocionales en cada movimiento, en cada sección, en cada intervención. El mosaico sonoro de los rusos es para degustar y paladear, escuchando todo lo que está escrito para que Termirkanov vaya poniendo el foco de atención donde quiere, que además parece ser donde debe, dominador de esta obra desde el primer Adagio hasta el final lamentoso que nos revuelve y angustia desde la música pura, sin palabras, el espíritu atormentado del último Chaikovski, capaz de recrearse en los placeres celestiales y sumergirnos en las profundidades infernales, montaña rusa y caleidosópica por los recónditos pasajes de esta sinfonía para la historia, una de las grandes. La «grazia» del Allegro transmitida desde el podio con los dedos, la vivacidad del tercer movimiento y esa agonía final casi masoquista por el placer trágico. Imposible escuchar el alma mejor que en la lectura del Maestro con sus discípulos, espíritu en lucha de gladiadores musicales comandados por la esperanza y el valor demostrado en anteriores batallas, siendo la «Patética» el summum.

Con semejante estado anímico y tras varias salidas, lentas por edad y esfuerzo, la propina sonó elegantemente como el propio Temirkanov, el británico Elgar y su «Nemrod» (novena de las Variaciones Enigma), perfecto epílogo de concierto tras «La Sexta», en una nueva cascada de emociones y angustias.

De nuevo el listón muy alto, puede que esperado y con espectativas cumplidas cuando nos encontramos con obras legendarias y directores casi míticos que todavía podemos seguir disfrutando en vivo. A fin de cuentas son leyendas rusas eternas, de antes, de ahora, de siempre…

Estrenos como regalos

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Viernes 23 de enero, 19:00 horas. Auditorio de Oviedo: Concierto para familias: «Los niños y la música». Laura Mota (piano), Alma Deutscher (violín), Oviedo Filarmonía, Marzio Conti (director). Obras de Mozart, Gabriel Ordás y Alma Deutscher.

Me planteé titular esta entrada como «El regalo de la educación» puesto que es un bien que se riega cada día en casa y crece toda la vida con la ayuda de todo lo que nos rodea. Resulta un proyecto a largo plazo que puede truncarse por muchos factores. La parte cívica, los modales, se están olvidando y la educación musical minusvalorando por parte de las autoridades responsables de incluirla como parte importantísima e imprescindible en los planes de estudios, por lo que esta tarde de cumpleaños me encontré con un choque de sensaciones: un auditorio lleno de familias que no siempre saben comportarse ante un concierto, experiencia primera sin preparación previa y puede que igual de válida que otra, aunque todo cambia y hasta la actitud que siempre supone asistir a un concierto de la llamada música culta. Con todo siempre debe primar el respeto y sobre todo el aprendizaje para a escuchar, válido ante cualquier faceta de la vida, así como la educación en valores que parece importar poco en estos tiempos cambiantes. Como última sensación, la familia como pilar para apoyar y encauzar a unos niños realmente únicos, dotados para la música y con una sensibilidad que nos pone de acuerdo en las emociones a las que llegamos por distintos caminos.

El concierto arrancaba con unas palabras del maestro Conti que sigue apostando por sorpresas y novedades desde el buen gusto y sabiduría, realizando una entrevista previa a los protagonistas antes de cada intervención. No importa su «itañolo» puesto que la música es el único lenguaje universal y la magia se transmite sin palabras.

La Música, con mayúsculas, comenzaba a sonar con el Concierto para piano y orquesta nº 23 en la mayor, K. 488 (Mozart) con el piano de Laura Mota, su debut con orquesta aunque parecía llevar toda la vida haciéndolo. Su Mozart tomó sentido como nunca antes me había sucedido: la cadencia del I Allegro profunda y ligera, el II Adagio inolvidable por su sentimiento hondo, maduro digno de una trayectoria larguísima, y el III Allegro assai con el descaro de la naturalidad desde el conocimiento profundo de una obra difícil. Atenta al maestro, que sacó todo el clasicismo a «su orquesta» siempre cómoda en estos repertorios, la pianista ovetense dominó la compleja partitura (toda de memoria), de principio a fin, segura, impresionante por una musicalidad diría que innata y un trabajo bien enfocado por su maestro Francisco Jaime Pantín, Laura Mota Pello está llamada a darnos muchas alegrías. ¡Tiene 11 años!.

Gabriel Ordás además de violinista se presentaba como compositor con el estreno de su obra Entornos, tríptico para orquesta, explicando que intenta reflejar sensaciones como si de las partes del día se tratase, sorpresa total en cada movimiento de una riqueza tímbrica y texturas totalmente actuales como si detrás hubiese la reflexión de toda una larga vida intensa, con una orquesta completa bien llevada por Conti, auténticos intérpretes de una obra madura: I. Bosque, primeras luces como un despertar al mundo sinfónico desde hace tres años y alumno de Fernando Agüeria, II. Desierto en plenitud donde la exploración toma cuerpo, desarrollos temáticos en las distintas secciones con una escritura actual y legible, hasta el III. Glaciar en su ocaso, intensidades anímicas y sonoras que lograron realmente congelar los ruidos de la sala en una explosión magistral para un violinista y compositor ¡de 15 años!.

Reminiscencias de oyente para una obra nueva, casi recién nacida, con Alma Deutscher y su aún inconcluso Concierto nº 1 en sol menor para violín y orquesta que se estrenaba en una velada para recordar. Alma nos alucinó con su presencia, porte y el pequeño violín sonando enorme con la luminosidad de compositora e intérprete indisolublemente unidas en este concierto, sin olvidar el virtuosismo nunca gratuito para su propia música. Primera audición de dos movimientos perfectos en escritura, orden, orquestación, melodías… El II. Romanza. Andante cantabile estaba pellizcándome por la musicalidad clásica y el sonido claro, con planos sonoros siempre en su sitio, música que sonaba natural y cercana a Mozart o incluso Mendelssohn, pero el III. Allegro vivace e scherzando resultó pletórico de alegría, contagiada por unas melodías «bromistas» (los toques de trompeta así resultan) iluminadas por la sonrisa permanente e indicativa de un juego feliz compartido y envidiado de esa eterna infancia, con un dominio del violín apabullante e impactante. Formalmente obra sin peros, de estructura clásica donde no faltó la cadenza del último movimiento digna de los grandes de siempre sin olvidar que esta Alma ¡tiene 9 años! y se estrenaba como solista con orquesta.

De la Danza de las sirenas de El Solent, un ballet compuesto con 8 años casi no me quedan ni palabras, para la propia compositora son cuentos musicales, para este aficionado unas danzas de un clasicismo nunca rancio, obra redonda, romántica e inmortal. La Oviedo Filarmonía y Conti hicieron posible otro milagro casi de extraterrestres…

Regalos impagables para un cumpleaños entre niños educados además de poseer un don del que disfrutamos y compartimos. Todos salieron a saludar incluyendo a Helen, la pequeña de la familia Deutscher que quiere ser ¡directora de orquesta!, regalos para ellos con un pedazo de bolsa repleta de chucherías para la más pequeña.

El regalo de La abeja (Schubert) con Laura y Alma ya fue otra historia para seguir boquiabiertos. No son niños prodigios sino prodigios de niños o directamente «niños prodigiosos» que decía el maestro en entrevista para LNE que dejó arriba, niños para los que la música es tan natural en su vida que la hacen natural y eterna para todos.

GRACIAS y enhorabuena a las familias de estos prodigios: Clara y Alberto Ordás, Janie y Guy con la pequeña Helen Deutscher, y finalmente Yolanda Pello y Mariano Mota.

La difícil sencillez

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Viernes 19 de diciembre, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo, Concierto Extraordinario «Europa canta a la Navidad«: El Mesías (Haendel). María Espada (soprano), Kristina Hammarström (mezzo), Valerio Contaldo (tenor), José Antonio López (barítono); Coro de la FPA (maestro de coro: José Esteban García Miranda); OSPA, Pilar Montoya (clave), Juan Carlos de Múlder (archilaúd), Eduardo López Banzo (director).

Final de año y trimestre, inicio de vacaciones navideñas, El Mesías me sirve como punto y seguido cada diciembre, nacimientos y muertes, el ciclo vital que las creencias religiosas conforman y los pueblos transmiten. Este 2014 suponía dejar atrás la Catedral y escucharlo en el Auditorio, con todo lo que queramos añadir para buscar el fiel de la balanza. A menudo la comodidad puede resultar peligrosa, como el todo gratis, y el lleno no evitó que existan los maleducados pendientes del reloj a quienes su egoísmo y miopía cultural no impide levantarse y marchar cuando les da su real gana. Ni siquiera saben esperar el final de un número, la hora les expulsa como una diarrea hacia otro destino cuando conocían dónde estaban y a qué venían, ¡aunque no les costase ni un euro!. Supongo que en las iglesias es habitual marchar en medio de la misa, antes de la comunión e incluso a medio sermón porque es «la hora de…». Puedo asegurar que incluso los ateos son más educados, al menos aplican el refrán de «donde quiera que fueres haz lo que vieres». De toses, móviles y ruidos tristemente habituales ya ni los comento porque me encabrono todavía más. Llevo toda la semana con resfriado, tos y malestar general, me he quedado sin asistir a varios conciertos para evitar sobresaltos, y hoy algo mejor decidí a última hora no perderme este Mesías distinto, aunque siga siendo descorazonador el comportamiento de una parte del público que parece contagiarse más que la gripe y convierten en cotidiano lo que siempre ha sido irreverente y maleducado. Me estoy haciendo mayor.

Tras el rollo inicial fruto del estado anímico e insalubre, este Mesías 2014 lo recordaré como el mejor de los últimos años, y han sido muchos, precisamente porque la misma obra nunca suena ni la percibimos igual por veces que la disfrutemos, canten o interpreten. Los ingredientes estuvieron todos en su justa proporción y el resultado final de nota.

Y esta vez quiero comenzar por el responsable de este Mesías distinto por el rigor desde el primer momento. Eduardo López Banzo conoce a Händel desde todas las facetas musicales, incluyendo la de profesor de canto que le da una visión realista de cómo llevar tiempos y dinámicas para que cada número brille en su medida. Tanto las arias como los números corales están llenos de dificultades sólo salvables cuando se conocen antes de afrontarlas. Maravilloso poder degustar tanto el fraseo como las agilidades sin perder frescura ni solemnidad cuando así lo requería el número. Por lo tanto el Coro de la Fundación estuvo y se le notó feliz, cómodo, adaptado a una obra que cada año afrontan como nueva y que en este parecía todo sencillo: volúmenes precisos, seguridad pasmosa, claridad en la emisión y placer al cantar que se transmitió desde el primer hasta el último número.

Del cuarteto solista, por fin todos de gran nivel, y puedo añadir lo mismo pues el aragonés López Banzo supo concertar y elegir el aire exacto para cada aria, mimando el acompañamiento para solaz de los solistas, y por poner sólo algún ejemplo con dos voces conocidas en Oviedo, el Rejoice de María Espada nos contagió de esa alegría desde ese color único y musicalidad firma de la emeritense, o el final del barítono-bajo José Antonio López realmente convincente en The trumpet shall sound con Maarten en pie resonó en el auditorio sin reverberaciones indeseadas o excesivas. Y he citado todo españoles, tanto el maestro como estos dos solistas aunque quiero resaltar a la mezzo sueca, barroca convencida de registros homogéneos y color hermoso, y especialmente al tenor italiano, que nos devolvieron la fe en estos papeles de oratorio porque cuando hay calidad vocal y además el repertorio es adecuado, no puede haber malos resultados. Contar con un cuarteto tan homogéneo siempre es para nota, y este 2014 por fin se alcanzó. Incluso el detalle de cantar todos juntos el Amen es más que indicativo del buen ambiente de trabajo y el placer compartido de este Mesías para recordar.

La OSPA tiene claroscuros desde hace tiempo, y esta vez dividida entre el foso del Campoamor para «el Barbero» y este Mesías con una plantilla ideal en todo (cuerda 6-6-4-4-2, 1 fagot, 2 trompetas y timbales) con el añadido del continuo de clave y archilaúd -excelencia habitual con López Banzo-, en un repertorio donde no se mueven todo lo bien que sería exigible a músicos de plantilla. La Sinfonía inicial fue desconcertante por los desajustes en entradas, que de haber sido en la Catedral hubiese achacado a la acústica, no siempre hubo la respuesta exigida desde la dirección precisamente en los tiempos, pero al menos respondieron en todas las dinámicas, y fueron calentando en un escenario que es su casa, para bien y para mal. Prescindir de los oboes (que no hubo en el estreno dublinés de El Mesías como comentaba el maestro López Banzo en la entrevista que dejo al final) y mimar el contingente sonoro sirvió para conseguir una versión de aparente sencillez en una obra compleja como tantas del universal Haendel. Lástima que siempre haya algún pero que poner a nuestra orquesta, nunca del todo perfecta y dependiendo del maestro que los conduzca. Esta vez pienso que no había disculpa alguna.

Los recitativos con archilaúd fueron un placer, los unísonos realmente vocales en la instrumentación, los fugados claros en su discurrir, la contención de timbales y trompetas realmente dignas de admiración, sobresaliente el papel acompañante de un coro que duplicaba los efectivos instrumentales rindiéndose al equilibrio buscado. No sé cómo estarán «los de la barbería»…

Para pérdida de los impacientes, el regalo de Stille Nacht Heilige Nacth (Gruber) también lo recordaremos por la elección de la versión original a dúo femenino celestial con acompañamiento terrenal de archilaúd (cual guitarra) y posterior incorporación del dúo masculino, la orquestación discreta y el coro suficiente para dejarnos una auténtica «Noche de Paz» tras las turbulencias que en estas fechas olvidamos para acabar ciclo y comenzar otro. La vida no sigue igual pero debemos vivirla ¡es nuestra obligación! y la música ayuda mucho.

Entrevista al Maestro López Banzo en LNE del viernes 19 de diciembre de 2014:

FELIZ SALIDA Y ENTRADA DE AÑO

Contagiando talento

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Miércoles 17 de diciembre, 20:00 horas. Conciertos del Auditorio de Oviedo, Alisa Weilerstein (cello), Oviedo Filarmonía, Rafael Payaré (director). Obras de Schumann, Elgar y Brahms.
Llegaba a Oviedo otra solista de cello, instrumento que tiene siempre nutrida presencia en los conciertos carbayones, mediática por querer compararla con la Jacqueline Du Pré y haber recibido consejos de Barenboim precisamente con el famoso concierto de Elgar, grabado en sello discográfico potente y acompañada de su pareja que sale de la cantera del «sistema» venezolano.
Y lo mejor resultó el director Rafael Payaré, 34 años pero toda una vida por delante, preparado, trabajador, dirigiendo de memoria las obras cruciales del programa y con la edición de bolsillo para concertar con su señora a la perfección. Y qué maravilla ver que ese talento es contagioso porque la Oviedo Filarmonía sonó como nunca, parecía otra a pesar de la algo escasa cuerda, especialmente los contrabajos, solamente tres que tuvieron que apretar dedos y dientes para conseguir unas dinámicas muy buscadas desde el podio. Miraba a la espalda del director y me recordaba a Dudamel hasta en el pelo leonino, los gestos pulcros, las entradas clarísimas, la batuta recogida en las partes líricas, una mano izquierda prodigiosa y una carta de presentación muy clara con la Obertura de «Manfred», op. 115 (Schumann), romanticismo en estado puro que Payaré dibujó al detalle, cuerda no muy incisiva pero definida siempre, maderas perfectamente ensambladas y metales contenidos pero redondos, contundentes sin excesos.
El Concierto para violonchelo y orquesta en mi menor, op. 85 (Elgar) le correspondería a la norteamericana y ciudadana del mundo, como el director, Alisa Weilerstein, otro talento joven con un instrumento que sonaba pletórico, de armónicos chispeantes pero que en la interpretación de este conocido concierto me resultó algo plana, técnica sin pellizco, poco «vibrato» y fraseos algo forzados aunque la orquesta siempre arropándola, dialogando e incluso aupándola gracias a la batuta impecable y precisa de Payaré. Esperaba más en ese inicio del Adagio; Moderato que debe conmover en la tercera cuerda y solamente sonó, transparente pero sin carne en el asador. El Lento; Allegro molto pareció enmendar un poco las emociones pero cayeron de nuevo en el Adagio que por momentos resultó plomizo. El cuarto movimiento fue más el catálogo de cambios de tempi y ánimos que la congoja necesaria para sublimar este concierto. Mis aplausos para la orquesta y la dirección más que para la cellista, calidades que tenemos mejores en nuestra tierra sin necesidad de cruzar el charco aunque con instrumentos menos caros y escaso marketing. Me preocupa pensar que el público joven tome de referencia estas versiones porque el oído debe educarse en la excelencia.
Al menos la propina bachiana nos devolvió el mejor cello de una joven figura que pareció estar más cómoda en solitario que afrontando retos de alto vuelo.
Para la segunda parte todo un Brahms y la Sinfonía nº 2 en re mayor, op 73, auténtica joya romántica continuadora del mejor Beethoven o Schumann que en la interpretación de la OvFi nos descubrió sonoridades increíbles, melodías escondidas y auténticas sutilezas en los planos consiguiendo Payaré una paleta de dinámicas asombrosas desde el dominio de la partitura hasta el mínimo detalle. «El Sistema» es anterior a los regímenes bolivarianos que suenan en cada informativo, con una larga trayectoria y muchísimas personalidades que creyeron en ese proyecto desde sus inicios, y pese a la instrumentalización que del mismo se han encargado todos los dirigentes venezolanos, con el beneplácito de Abreu y los guiños cómplices de Dudamel, sigue dando músicos de categoría mundial, instrumentistas y también directores como Payaré que en Europa pueden desarrollar la base de toda batuta, el repertorio de los grandes en nuestro viejo continente con el ímpetu y talento joven venido del Caribe.
Maravilloso ver a Rafael Payaré llevar cada uno de los cuatro movimientos de «mi segunda» con la maestría del veterano, la humildad del trabajador y el desparpajo del joven capaz de contagiar su ímpetu a cada atril de la orquesta carbayona. Los contrastes fueron surgiendo espontáneos, naturales, escritos en el aire con movimientos ajustados, «non troppo», grazioso el tercero también contenido, y rebosante ese final del «Allegro con espíritu» brahmsiano del que la OvFi se impregnó perfectamente conducida, término muy americano pero que cuando existe la química entre todos el manejo del vehículo musical corresponde al conductor. Tendremos que seguir de cerca a Rafael más allá de Alisa porque está ya en la lista de los principales del siglo XXI.

Candás, la Banda de Música y mucho más

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Lunes 8 de diciembre, 12:30 horas. Candás, antigua Fábrica de Ortiz, Concierto de Santa Cecilia 2014: Banda de Música de Candás, David Möen (director).

Dicen los de Luanco por eso de la rivalidad vecinal, que «En Candás, el Cristo na más… y si me apures un poco, el Cristo tampoco», pero este lluvioso lunes festivo la oferta musical de la capital del concejo de Carreño era completa, por la mañana música de película y por la tarde zarzuela asturiana «El rapacín de Candás», recuperada tras 150 años, a la que dedicaré otra entrada en el blog.

De la Banda de Música de Candás que preside José Miguel Carrera y dirige el Maestro Möen sólo puede escribir cosas buenas, desde una trayectoria que mantiene el perfecto equilibrio entre juventud y veteranía con una calidad musical de primera. Aunque el recinto elegido nos resguardaba de la lluvia no lo hacía del frío (y no están las economías para poner cañones de aire caliente con el precio que tiene la luz), pero a su favor una acústica excelente que facilitó poder degustar el amplio repertorio de música, casi toda de cine, que sonó realmente de película, con una percusión donde además de bombo, caja, platillos o timbales se sumó el «glockenspiel» (carillón o lira, que así se llama también al instrumento de láminas de metal), así como la gaita asturiana para Horner y su Braveheart.

También me gustó ver los retratos de Alfredo Menéndez, especialmente los del fondo de Pedro Braña, un enorme músico que tiene calle en su Candás natal y en su Sevilla adoptiva, con el de «Pipi» Antuña, muchos años director de esta banda a la que escuché en El Paseín del otro lado de la pared y en la plaza de La Baragaña muchos veranos de mi infancia y adolescencia, escoltando una foto de «su» banda que preside la nave. Abajo a la derecha también está el retrato de Sarita Pascual, pianista y organista de la Iglesia de San Félix con quien compartí muchos años de amistad, aunque de ella tendré que escribir largo y tendido junto a la «Escolanía de Candás».

La conocida marcha de Sousa Washington Post que muchos asociamos como sintonía deportiva, calentó a público y músicos, marcial, potente, enérgica, poderío de los metales, gusto en maderas y percusión siempre acertada, antes de seguir con una selección de músicas de las películas de Walt Disney donde no faltó el deshollinador de Mary Poppins. Pronto vendría el «bloque Williams» para solaz de grandes y chicos que casi llenaron este local con recuerdos pesqueros de una villa marinera, deportista, olímpica y muy musical.

Me maravilló su gran plantilla que nos deleitó con unos arreglos para banda realmente exquisitos y además perfectamente interpretados, con sonoridades sinfónicas, un empaste y afinación admirables. Cierto que John Williams es el gran compositor del siglo XX con partituras en nuestra memoria auditiva que trascienden la pantalla, por lo que su música siempre nos toca la fibra, aunque El señor de los anillos no sea suya sino de Howard Shore, pero tampoco se quedó atrás el citado James Horner, gaita asturiana mejor que la original escocesa, dejando para el final dos obras asturianas, La Rapacina (Enrique Reñé), una fantasía asturiana plenamente pensada para banda y el fragmento de las Escenas Asturianas del no suficientemente reconocido Benito Lauret donde al final mezcla nuestro oriental y hermoso baile del «Pericote» llanisco con el himno «Asturias, patria querida» de tal maestría y dominio de la paleta orquestal que, como con Williams, suena perfecto tanto en sinfónico como en la formación bandística.

Un placer comenzar el día con música de cine bien tocada, contagiando esos finales épicos, espectaculares manteniendo una calidad en esta formación candasina que nos hace ser optimistas y pensar en un renacer de las bandas de música más allá de cantera para otras formaciones. El pueblo las siente más cercanas y propias, por lo que el apoyo en casa nunca falta. Añadir que se incluyó antes de los temas asturianos una selección de los temas que John Williams escribió para las películas de Indiana Jones, convirtiendo al laureado compositor norteamericano en el protagonista de este concierto recordando a la patrona de los músicos, con buena compañía.

Rusia y el piano

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Viernes 5 de diciembre, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo: Jornadas de Piano «Luis. G. Iberni», Elisso Virsaladze (piano), Oviedo Filarmonía, Marzio Conti (director). Obras de Albéniz, Tchaikosky y Shostakovich.

Volvían las jornadas de piano con Rusia en el ambiente y un programa conocido. Para abrir boca la orquestación que Enrique Fernández Arbós realizase de El Puerto de Albéniz del cuaderno primero de la Biblia pianística que es la Suite Iberia. Bien ese tributo desde el mundo sinfónico para estas jornadas de piano con uno de nuestros grandes compositores que sigue inspirando nuevas orquestaciones de su inmensa suite como las de Jesús Rueda e incluso hermanando flamenco y jazz como en el caso de Chano Domínguez. La de Fernández Arbós es seguramente la que inició el vuelco del universo pianístico a la orquesta, y la versión capitaneada por Conti con «su» orquesta resultó clara en el dibujo, bien tratado cada plano sonoro y entendiendo la obra como si fuese originalmente sinfónica sin olvidar la originalidad que el maestro de Campodrón imprimió a su magna composición con la inflluencia directa de los nuevos aires franceses.

Elisso Virsaladze es una de las leyendas vivas de la llamada escuela rusa y acudía a Oviedo con el más conocido y escuchado de los conciertos para piano como es el de Tchaikovsky, que dejo aquí incrustado desde YouTube© en una versión con la Filarmónica de San Petersburgo (antes Leningrado) dirigiendo mi admirado Temirkanov.

La versión de la virtuosa georgiana del Concierto para piano y orquesta nº 1 en si bemol menor, op. 23 resultó buena aunque algo dura en varios sentidos. Por un lado su técnica se mantiene con el paso de los años pero también ese estilo de fuerza y vigor desde el rigor, potencia de pulsación, valentía en afrontar los movimientos con unos tempi que impiden degustar momentos que requerirían más intimismo traducido en una gama de pianísimos algo mayor. Con todo sigue ejerciendo su magisterio en estas obras que ha bebido desde la fuente original de esa tradición rusa de la que es uno de los últimos modelos. El Allegro non troppo e molto maestoso marcó su ideario a la orquesta ovetense en todos los aspectos musicales, yendo a remolque en muchas ocasiones con todo el esfuerzo del titular en concertar correctamente, demostrando solvencia y oficia. El Andantino semplice pecó de lo apuntado anteriormente, algo más de lirismo puede que así entendido desde el sur europeo aunque ella optase por ese carácter atormentado que nos han confiado intérpretes como ella no sólo en Tchaikovsky. Todo el juego y fuego del Allegro con fuoco apareció en este último movimiento, escuchándose unos a otros y ciñéndose al mandato de la solista, imponiendo más que dialogando, en un enorme esfuerzo orquestal y directorial que logró siempre finalizar cada movimiento perfecto, como si sólo se tratase de ello. Con todo la versión de Virsaladze resultó plenamente rusa.

Los aplausos la obligaron a regalarnos la primera de las Doce danzas alemanas (Zwölf Deutsche Tänze, genannt «Ländler»), D. 790 de Schubert, breve y delicada, como para taparme la boca de mi opinión del concierto anterior, remarcando su enfoque ruso distinto del alemán, con acento propio siempre distinto al francés, checo o coreano. Y sabiendo a poco, todavía otro regalo, esta vez de Chopin el Vals op. 34 nº 1 en la bemol mayor, nueva lección de piano donde no se puede explicar mejor el «rubato» desde la transparencia de cada pasaje, siendo otra maravilla que quedó en el recuerdo de estas jornadas donde el piano es el rey (Sokolov al frente) y Elisso la auténtica reina, nos guste más o no.

La segunda parte nos mantuvo en la Rusia pero pasando de los zares a Stalin y la Sinfonía nº 9 en mi bemol mayor, op. 70 de Shostakovich, estrenada en Leningrado el 3 de noviembre de 1945 por Evgeni Mravinski y escrita en un mes, la más corta y ligera de las quince pero también la menos popular, por lo que se agradece poder escucharla en vivo.

Organizada en cinco movimientos, encadenados los tres últimos, permite a la orquesta rendir en todas sus secciones y disfrutar de intervenciones solistas realmente agradecidas, con especial mención al fagot solista de la OvFi sin olvidarme del concertino. Conjugando elementos de distinta procedencia e intención, sin entrar en las connotaciones políticas que supuso esta obra, por otra parte excelentemente comentada por María Encina Cortizo en las notas al programa, la OvFi sonó compacta, brillante, con calidad en cada intervención solista, vigor desde el podio que Conti contagia, frescura y contención para una sinfonía «inesperada», corta de duración pero con muchos guiños musicales que el director florentino supo sacar a flote. El día 17 volveremos con un concierto ineludible de Elgar con la cellista del momento, la neoyorkina Alisa Weikerstein dentro de «Los Conciertos del Auditorio», pero aún me queda mucha música hasta entonces.

Español y luso

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Domingo 30 de noviembre, 20:00 horas. Teatro de la Laboral, Gijón: «Sinfonico Fado«, Joana Amendoeira, Orquesta de Cámara de Siero (OCAS), Manuel Ángel Paz (director). Entrada: 15€ + 1€ gestión (por comprar desde casa y recoger la entrada en cajero).

Los fados están en mi herencia cultural femenina, a mi abuela y a mi madre les encantaban, básicamente Amalia Rodrigues que era lo que ponían en la radio cuando la televisión estaba en proyecto. En mis escapadas portuguesas intento hacer alguna escapada nocturna para escucharlos en vivo, a ser posible los que no están en las guías para turistas, y si es con un lisboeta y amigo, todavía mejor. Dulce Pontes es hoy una de sus dignas herederas, puede que el modelo a seguir para este concierto, pues su trayectoria en el mantenimiento y renovación del fado con respeto y calidad es admirable, sin olvidarnos de otros proyectos donde su voz es inimitable. Otro tanto podemos decir de Mariza, Ana Moura o más recientementemente Carminho, en la misma onda de pureza y más que promesa una feliz realidad, sólo por citar la amplia lista de fadistas que sigo desde hace tiempo.

«El feliz encuentro entre la fadista Joana Amendoeira y la Orquesta Sinfónica de Siero…
Fado es pasión, es dulzura; Fado es melancolía pero es, también, alegría. Fado que lo mismo define el alma de un pueblo, que proyecta la cultura de un país».

Atraído por la publicidad, por la cantante y la orquesta que dirige mi querido Manuel Paz (continuando con ese admirable proyecto «Vínculos«, solidario siempre que me hace apoyarlo allá donde puedo), capaz de sumarse a proyectos de todo tipo (con distintos resultados musicales y éxito humano) hice planes dominicales en Gijón para cerrar mes con fados, pero me llevé un chasco esperando no cargar las tintas con estos comentarios.

Primero el respeto a todos los que se suben al escenario, músicos pero también iluminadores, atrezzistas y tanto personal que pasa desapercibido. Segundo a una cantante como Joana Amendoeira que vino con su hermano Pedro tañendo la guitarra portuguesa, nuestros vecinos en versión original, sumándose solidariamente a «Vínculos» con este trabajo que hicieron el día anterior en Burgos. Canta Joana con mucho gusto el repertorio tradicional, tiene una voz propia con adornos aún heredados que con el tiempo hará suyos esos giros y ornamentos tan cercanos a nuestra tonada asturiana. Escucharla más íntima y en su entorno puede que resulte mejor que en este espectáculo.

Difícil juzgar u opinar el papel del resto: orquesta y director. Algo grandilocuente titular este «recital» de Fado sinfónico porque supongo era el espíritu con arreglos que supongo sonarán bien de poder ensayarse más o tener más rigor interpretativo (incluso afinación), pues no me convencieron. Raro porque Javier Vázquez y Rubén Díez son compositores asturianos con mucho oficio y orquestaron dos de los fados, pero no puedo comentar más ante lo «escuchado», al igual que con Flores Chaviano y su arreglo de la canción asturiana que cantaría Joana por lo que aquí intento reflejar con toda educación y opinión personal, como hago siempre.

Jugar con la amplificación parcial (voz, guitarra portuguesa, guitarra española -que en Portugal llaman viola- y contrabajo cuando se sumaba al acompañamiento, más los aéreos para toda la orquesta de cámara) trae dificultades como la poca presencia de graves que privó de una base más potente en todos los sentidos y no poder degustar correctamente el menú musical. Tampoco estaba clara la palabra hablada (la cantada tenía una reverberación de catedral) que desde la fila 16 en la que me encontraba, hacía ilegible qué nos contaban.

Agradecer que la fadista de Santarém cantase Ayer vite na fonte con la misma «saudade» que un fado, arropada por una orquesta que siempre «viste más» que con la guitarra portuguesa (no sonaron bien en el Teatro, aunque en televisión parecía otra cosa) en el citado arreglo de Chaviano despojado de lo básico a nivel auditivo.

De la hora total de espectáculo, mucho relleno de guitarrada no siempre bueno aunque «llena tiempo», apenas cinco fados y sumando un «Mambo» de Pérez Prado total y literalmente fuera de lugar, tratándonos Paz cual alumnado de colegio cuando no era eso lo que correspondía este domingo, si bien el público responde e incluso acepta de buena gana cualquier envoltorio, pero no es mi caso.

Realmente quería haber titulado «Español iluso»… para la siguiente espero más de todo: cantidad y calidad.

Más que cuentos chinos

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Foto © Hedda Morrison (1946) y montaje © OSPAcom

Viernes 28 de noviembre, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo, Abono 4: OSPA, Elizabeth Hainen (arpa), Rossen Milanov (director). Obras de Tan Dun y Rimski-Korsakov.

Con mucho interés acudíamos al estreno en Europa de «Nu Shu: Las canciones secretas de las mujeres» y la conferencia previa de Israel López Estelche sobre «La palabra, fuente de vida: tradición, mujer y supervivencia en la composición musical» llenó la sala de conferencias nº 4, pues además de las notas al programa (links en los compositores al inicio de esta entrada) de las que es autor el reciente premio de la Fundación SGAE, la amplia exposición con ejemplos centrando el último tercio en la obra de Tan Dun (1957) ayudó mucho a una mejor comprensión de un estreno sobresaliente.

Tan Dun aunque chino de nacimiento es plenamente yanqui en formación (incluso autor de bandas sonoras) pero capaz de conjugar ambas culturas desde una música cercana, fácil de escuchar, bien ensamblada, con una presencia casi ritual del agua en sus obras, que tampoco faltó en Nu Shu, y donde la puesta en escena («Performance») está muy cuidada. El subtítulo de esta composición estrenada en 2013 y este viernes 28 de noviembre en Europa, dejaba claro que se trataba de una Sinfonía para arpa, trece microfilms y orquesta, una pantalla central y dos laterales sobre las que discurrirían completando escenas, puntos de vista complementarios, a menudo opuestos, sin perder la escucha de esas canciones «pregrabadas» que los intérpretes debían acompañar en perfecta sincronía, amplificado con tino y perfecto equilibrio de planos, con poca luz en el escenario, leds en los atriles, luz cenital para la arpista que también forma parte de esa globalidad, y todo bien cuidado por parte del máximo responsable: Rossen Milanov, repertorios como el de este último concierto de noviembre donde está en su salsa, volcado y convenciendo a todos, lógicamente a los músicos en primer lugar.

Esta sinfonía organizada en seis movimientos es el ciclo vital como nos explicaba López Estelche, el pasado de las canciones, el presente del arpa y el futuro de la orquesta, ese fluir como el río de la vida que también aparecería en los microfilms o clips que diríamos hoy en día.

En cada estreno suelo tomar notas según escucho, aunque la poca luz y sobre todo la necesidad de no perderme ni un detalle de cuanto sucedía sobre el escenario me hizo escribir como un niño sin mirar al cuaderno, pues quería plasmar en mi papel una descripción, siempre imposible, de una obra que es única y pienso gustó a todos.

El inicio, I. Prólogo, comenzó ambientado por la sección de percusión que como en casi todas las obras de Tan Dun requiere instrumentos específicos, esta vez los cuencos frotados con arcos de contrabajo y ese colchón de toda la cuerda inquietante, seguido por el viento hasta la primera aparición del arpa en un lenguaje reconocible como chino por los occidentales. La proyección mostraba una pintura en el «Nu Shu» escrito que a medida que avanzaba resultaba un abanico así decorado, mientras el ambiente de cierta crispación mantenía diálogos entre la solista y la orquesta, trompetas con sordina y tratamiento percusivo de la cuerda, para desembocar en una plenitud melódica que pone al arpa como un instrumento más mientras «cantan» clarinete y flauta melodías orientales. Un segundo vídeo nos trae el primer canto de mujer y un manuscrito «secreto», acompañado por el arpa en la sala perfectamente sincronizados, viendo pasar hojas en las pantallas laterales alcanzando un momento álgido de belleza sonora y visual con la vieja cantando en un timbre grave y una joven de espaldas que luego se suma en registro agudo, formando un todo emocionante, manteniéndose ese clima volviendo a un pasahoja casi cronológico en la izquierda antes de un tutti final.

El segundo movimiento, II. Historia de la madre, pasa la base ambiental sonora al viento, con tablas – látigo en la percusión y las voces proyectadas en una escena donde el centro mostraba una novia a la que vestían, un «drama» de la hija que marcha del hogar y que son como tres días de llanto que nos contase Israel en la conferencia previa. La orquesta siempre percusiva e intrigante con un tiempo lento y continuos reguladores dinámicos (de menos a más y viceversa) con trombones y tuba más el arpa dando paso a un nuevo microfilm o clip que muestra precisamente los llantos, las tres pantallas completando la visión global mientras la música rítmicamente subraya una escena de angustia, en un ensamblaje perfecto de música e imagen, tensiones que parecen aumentar para luego mitigarse como las dos visiones de madre e hija en un tutti memorablemente tratado desde el volúmen.

III. El pueblo de Nu Shu se nos presenta con un clip de agua, la misma de la percusión que tan bien trabaja Tan Dun, con los contrabajos anclando la realidad, puente y río, más instrumentos en registros graves como flauta, contrafagot, clarinete bajo, el arpa acercándonos a la aldea tratado rítmicamente desde unas melodías de instrumentos graves a los que se suman las trompas en un tratamiento muy cinematográfico por orquestación americana para temas chinos. No abusa del recurso porque para la transición de imágenes comienzan los portamentos en la cuerda y después metales antes de ver y escuchar otro canto con la imagen de Mao detrás acompañada por el arpa (siempre presente como alianza pasado-presente) a la que se suman los violines segundos y violas mientras un zoom del rostro coincide con un «crescendo» delicado en cuerda y arpa, continuando las trompas para hacernos entrar en una casa de la aldea, puertas viejas cerradas con la luz inquietante e interrogativa cantada por el clarinete en un contraluz musical que «funde a negro» tras una pincelada de trompeta. Documento sonoro vivido de forma presente y atemporal, tres visiones de la misma calle caminando por ellas con la orquesta en ritmo americano tamizado siempre por lo oriental, toque de marimba con apariciones de clarinetes y flautas, haciendo camino al andar que nos mete en él desde un recurso tan plástico como situar la silueta de espaldas, orquesta caminando en «glissandi» con metales y cuerdas rítmicos sincopados, efectistas antes del «estallido» final de volúmenes bien llevados. La orquesta funciona e impresiona con las imágenes, los efectos de Hainen y Milanov mandando.

IV. La intimidad de las hermanas y toda la historia sigue tomando forma, dos imágenes laterales de dos mujeres y el arpa con los violines segundos más el concertino dan paso a un oboe acompañado esta vez por el murmullo de mujeres grabado mientras vemos una cara anciana tapada por su mano, llanto que descubre risa mientras el arpa y la sección de cuerda cumplimentan este engaño visual antes del nuevo clip con más presencia del agua, poesía total, una barca remando en el centro, el río en los laterales, fluir sonoro, hojas flotando, joven remando de espaldas a la orilla con la orquesta en modo menor cantando una melodía lenta, fuerte y majestuosa como el propio remar, como el arpa que se suma en un vaivén equilibrado de canto y agua, sin imágenes para un diminuendo brutal hacia un pianísimo roto por el forte en un nuevo capítulo (V. La historia de la hija) y vídeo, arpa con efectos y sonido metálico, estancia que va mostrando objetos que toman protagonismo por el virtuosismo de la solista, ritmo puro, percusiones de crótalos, pizzicatti y juegos «con legno» en la cuerda antes de otra escena con clarinete bajo y corno inglés, bronces cortantes y la vieja cantando mientras en los laterales volvemos a divisar los abanicos. música íntima, pianísimo, llanto en la voz con toses y carraspeos que también tienen ritmo, marcha del lamento, suspiros que forman parte de la partitura, canto engrandecido por la orquesta acelerando y aumentando volúmenes, contrastes impresionantes y fundido a negro con cuerda y arpa en fluctuante ambientación mientras un unísono de metales nos hace crecer hasta el final.

Nuevo y último movimiento, V. Epílogo, agua, tratamiento actual del arpa percusiva y el chapoteo de «peceras» en la percusión, manos en el río y en la orquesta, tradición universal, coro de lavanderas con una cuerda plenamente occidental para un canto oriental en perfecta simbiosis artística, el viaje de la joven o niña (se casaban con 15 años) y ese ritmo vital combinado con dinámicas que subrayan una acción compartida, el arpa, la cuerda usando la madera del arco, el chapoteo del agua con la amplificación exacta, metales en graves y agudos ensamblados con las voces. La obra global, aunando oriente y occidente, herencia y transmisión oral plasmada desde el estudio, la importancia de la mujer en todo este discurrir, lo femenino más allá de la propia belleza, melodías de reminiscencias armenias como cabalgando entre dos mundos, glissandi queriendo traducir en música el devenir diario de una historia que es grande aunque parezca mínima, como las gotas que quedan congeladas en las pantallas antes de un final de vértigo y efectista desde el pianísimo al fortísimo cual punto final.

Imposible que mis palabras puedan describir un espectáculo total de altas miras y calidad increíble: Elizabeth Hainen más que una arpista casi la narradora necesaria en el único lenguaje universal de la música, la OSPA hablando el mismo idioma, atentos, brillantes copartícipes de esta historia tan bien escrita y contada por Tan Dun, y un Milanov al que se le nota rápidamente su gusto por estos montajes, arriesgados antes de comprobar que cuando hay calidad todos respondemos.

La propina con arpa sola fue como un «anexo» a esas canciones (Esteban Benzecry: Horizontes Inexplorados, First Movement «Del Silencio al Amanecer») todo un universo de recursos en un instrumento milenario que se actualiza con intérpretes como la americana, en esta partitura de un portugués nacionalizado argentino con rasgos «inexplorados» y luz otoñal por lo que ésta supone de claridad de líneas y paleta de ocres.

Si las canciones de Tan Dun no son cuentos chinos, Scheherezade, Op. 35 (Rimsky-Korsakov) forman parte de ese patrimonio universal, los cuentos de las mil y una noches con la mujer narradora, que tengo reciente en pleno carnaval de Oporto donde tampoco faltó lo chino, porque los cuentos siempre tienden a transportarnos a mundos de ensueño. Musicalmente hubo de todo, puede que el ímpetu mostrado en la primera parte pasase factura en la segunda. Milanov dirigió de memoria esta maravilla sinfónica de la historia musical no sólo rusa, pero optando por el efectismo y el trazo grueso que pasó factura a intervenciones solistas no muy afortunadas en músicos que no suelen fallar, atribuyendo esto puede que a la máxima de dejarles hacer que ellos saben, cuando puede ser peligroso si no hay exactitud ni precisión en la cabeza visible. Los cinco cuentos o números de Rimsky permiten a toda formación sinfónica revisarse desde el primero hasta el último compás en una narración donde en este caso Scheherezade debe lograr tensión, emoción y suspense para ir salvándose de la muerte una y otra noche, contarnos cada cuento con misterio, cambios de voz, inflexiones, intriga, suspiros y hasta onomatopeyas que enriquezcan cada historia.

El I. Largo e maestoso – Allegro non troppo comenzó amarrando el aire antes del contraste brioso a la segunda parte, «El mar y el barco de Simbad» comenzaba la singladura con cierto oleaje, aún el timón poco firme, la primera intervención de nuestro Vasiliev no fuese la esperada, aunque faltase mucho recorrido y llegaría a buen puerto por las muchas horas de travesía más que demostradas; el II. Lento – Allegro molto resultó parecido, «La leyenda del Príncipe Kalender» estuvo narrada como los buenos cuentacuentos pero con los cambios de voz no siempre adecuados, echando en falta pinceladas protagonistas en pos del mero color, aunque resultase brillante; III. Andantino quasi allegretto, «El joven príncipe y la princesa» debe rezumar lirismo, los violines cantan la canción de amor y el clarinete habla por voz de la dama, perfecto Andreas que cada vez nos confirma que está siempre «a punto», al igual que la flauta de Myra, siendo el número más convincente en su narración musical por parte de todos; y el IV. Allegro molto como «La fiesta en Bagdad» también es el naufragio del barco, energía que ciertamente no faltó en ningún momento, aunque pueda haber resbalones entre tanto baile. Las sonoridades alcanzadas no tienen peros aunque siga pidiendo más claridad expositiva, independientemente que la propia partitura sea tan buena que lo principal siempre sale a flote aunque el oleaje tienda a mar de fondo.

La escucha de esta obra sugirió al cocinero Pedro Martino de «Naguar» la creación de un plato, bien promocionado con el concierto «¿A qué sabe la música?», como inicio de otra iniciativa de la OSPA. Del afamado chef ovetense pude comprobar su quehacer durante la «Noche Blanca» de Oviedo con Forma Antiqva en este aunar música y comida; esta vez salió incluso a saludar, cual compositor musical finalizada la Scheherezade cocinada musicalmente por Milanov, también cocinero confeso. El plato de Martino se llama «Papada ibérica confitada y glaseada en su jugo de berros a la naranja» que supongo degustaron varios de los responsables y patrocinadores del «Club OSPA» nivel «Vivace» (aportando 500€ como socio patrocinador de esta categoría, se acude a un acontecimiento especial ofrecido por Milanov entre otros beneficios de las distintas variedades o niveles, muy en la línea USA: «Andante» 75€, «Allegro» 150€ y «Presto» 250€) una vez finalizado el cuarto de abono.

La inspiración musical da para mucho y esta vez nos contaron dos cuentos, aunque la recreación e imaginación, como los gustos, es siempre muy personal.

Prensa regional del sábado 29:

Descafeinado académico

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Martes 18 de noviembre, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo: Jornadas de Piano «Luis G. Iberni»: Stefan Stroissnig (piano), Württembergische Philharmonic Reutlingen, Ola Rudner (director). Obras de Schubert, Beethoven y Brahms.

Como si bebiese directamente de la fuente así esperaba a esta orquesta alemana con un programa de los que suponemos corren por sus venas, uniendo un director solvente y un pianista prometedor. Pero la consabida precisión germana y el sonido potente siempre enérgico al que estamos acostumbrados, se quedó algo descafeinado, formación algo descompensada en la cuerda grave, pese a la colocación vienesa con los contrabajos detrás de los violines segundos. Tampoco destacó ninguna sección en especiales, teniendo errores varios a lo largo del concierto, desajustes impensables y hasta cierta asincronía pese al esfuerzo de una dirección clara y muy académica por parte del maestro sueco que no siempre tuvo respuesta en la orquesta de la que es titular.

La Obertura «Fierrebras», D796 (Schubert) mostró maneras, parecía presagiar una tarde cálida programada en torno a Beethoven, el centro de importancia sobre el que pivotarían primero ese operístico Schubert y posteriormente Brahms, pero fue un espejismo. La interpretación resultó ceñida a la partitura sin poner ningún ingrediente extra, tal vez por esa frialdad más del clima que del carácter musical, mimbres había pero faltó entrega. Cuerda poco incisiva aunque empastada, trompas cálidas, maderas ajustadas, timbales mandando al fondo para un resultado solamente honesto.

El Concierto nº 4 en sol mayor, op. 58 (Beethoven) traía al joven vienés Stroissnig de solista, arrancando en solitario el Allegro moderato, marcando pulsación que debería continuar la orquesta, pero nuevamente hubo poco entendimiento y menos entrega para una partitura conocida que da mucho de sí. El pianista se mostró impecable pero poco preciso y nada entregado, sonoridad limpia, interpretación sincera y ceñida a lo escrito por el genio de Bonn aunque carente de la fuerza que debemos suponer. La cadencia pareció tener algo más de carnaza, siendo más cercana a las sonatas que a la línea temática de este primer movimiento, por otra parte finalizando en poca sincronía con la orquesta a pesar del esfuerzo del director sueco. El Andante con moto tampoco enderezó el rumbo ni puso más carne en el fuego, adoleciendo de la misma asepsia que contagiaría al Rondo vivace, un poco más ajustado entre solista y orquesta con otra cadencia muy lineal, sincera y honesta pero carente de emoción desde una técnica nada epatante ni un sonido poderoso frente a una orquesta algo «menguada» como apuntaba al inicio, aunque el pianista vienés mostró seguridad y claridad en su discurso. Lástima que los caminos de este concierto no concurriesen en uno, menos apolíneo que dionisíaco que apuntaba uno de mis compañeros de butaca.

Como si el vienés quisiera resarcirnos del mal sabor de boca o la falta de azúcar, nos hizo un auténtico regalo schubertiano para cargar la taza, el Impromptu D 899 nº 4 (op. 90) en la bemol mayor: Allegretto, donde pudo demostrar todo lo delineado en Beethoven: limpieza, sonido claro, fraseos con rubatos y musicalidad romántica.

De la Sinfonía nº 1 en do menor, op. 68 de Brahms no me gustó casi nada, la elección de tiempos algo distintos de los habituales buscando un mayor contrate que tampoco logró unidad en una interpretación donde los músicos parecieron limitarse a tocar lo escrito, y no siempre bien, aceptando órdenes más por disciplina y profesionalidad que por convencimiento. Un poco sostenuto-Allegro fue en agógica demasiado opuesto y contrastado, el Andante sostenuto pareció centrarlo todo más en lo esperable del compositor hamburgués, pero un espejismo, Un poco allegretto e grazioso no transmitió angustias ni poderío en ninguna sección ni tema, desembocando en el Adagio-Allegro non troppo, ma con brio demasiado contenido y cuadriculado, sin concesiones a la galería y no apretando lo suficiente desde el podio, milimetrado, poco emocionante y exageradamente «académico», reconociendo la complejidad de aportar algo distinto a una obra con demasiada miga como esta primera que cerraría círculo beethoveniano.

De nada me sirvieron las dos propinas, algo más «cargadas» pero manteniendo poca cafeína, una formación diríase normal que debería hacernos valorar más lo que tenemos en casa. Alemania es muy grande por lo que tiene, como en España, mucha oferta pero no toda de la misma calidad. El repertorio conocido resulta todavía más exigente para intentar traspasar esa delgada línea hacia la excelencia, y esta vez esperaba un buen tueste para un café de calidad, pero hubo algo de achicoria y además mezclado para quedarse descafeinado total… pero muy académico.

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