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Candás, la Banda de Música y mucho más

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Lunes 8 de diciembre, 12:30 horas. Candás, antigua Fábrica de Ortiz, Concierto de Santa Cecilia 2014: Banda de Música de Candás, David Möen (director).

Dicen los de Luanco por eso de la rivalidad vecinal, que «En Candás, el Cristo na más… y si me apures un poco, el Cristo tampoco», pero este lluvioso lunes festivo la oferta musical de la capital del concejo de Carreño era completa, por la mañana música de película y por la tarde zarzuela asturiana «El rapacín de Candás», recuperada tras 150 años, a la que dedicaré otra entrada en el blog.

De la Banda de Música de Candás que preside José Miguel Carrera y dirige el Maestro Möen sólo puede escribir cosas buenas, desde una trayectoria que mantiene el perfecto equilibrio entre juventud y veteranía con una calidad musical de primera. Aunque el recinto elegido nos resguardaba de la lluvia no lo hacía del frío (y no están las economías para poner cañones de aire caliente con el precio que tiene la luz), pero a su favor una acústica excelente que facilitó poder degustar el amplio repertorio de música, casi toda de cine, que sonó realmente de película, con una percusión donde además de bombo, caja, platillos o timbales se sumó el «glockenspiel» (carillón o lira, que así se llama también al instrumento de láminas de metal), así como la gaita asturiana para Horner y su Braveheart.

También me gustó ver los retratos de Alfredo Menéndez, especialmente los del fondo de Pedro Braña, un enorme músico que tiene calle en su Candás natal y en su Sevilla adoptiva, con el de «Pipi» Antuña, muchos años director de esta banda a la que escuché en El Paseín del otro lado de la pared y en la plaza de La Baragaña muchos veranos de mi infancia y adolescencia, escoltando una foto de «su» banda que preside la nave. Abajo a la derecha también está el retrato de Sarita Pascual, pianista y organista de la Iglesia de San Félix con quien compartí muchos años de amistad, aunque de ella tendré que escribir largo y tendido junto a la «Escolanía de Candás».

La conocida marcha de Sousa Washington Post que muchos asociamos como sintonía deportiva, calentó a público y músicos, marcial, potente, enérgica, poderío de los metales, gusto en maderas y percusión siempre acertada, antes de seguir con una selección de músicas de las películas de Walt Disney donde no faltó el deshollinador de Mary Poppins. Pronto vendría el «bloque Williams» para solaz de grandes y chicos que casi llenaron este local con recuerdos pesqueros de una villa marinera, deportista, olímpica y muy musical.

Me maravilló su gran plantilla que nos deleitó con unos arreglos para banda realmente exquisitos y además perfectamente interpretados, con sonoridades sinfónicas, un empaste y afinación admirables. Cierto que John Williams es el gran compositor del siglo XX con partituras en nuestra memoria auditiva que trascienden la pantalla, por lo que su música siempre nos toca la fibra, aunque El señor de los anillos no sea suya sino de Howard Shore, pero tampoco se quedó atrás el citado James Horner, gaita asturiana mejor que la original escocesa, dejando para el final dos obras asturianas, La Rapacina (Enrique Reñé), una fantasía asturiana plenamente pensada para banda y el fragmento de las Escenas Asturianas del no suficientemente reconocido Benito Lauret donde al final mezcla nuestro oriental y hermoso baile del «Pericote» llanisco con el himno «Asturias, patria querida» de tal maestría y dominio de la paleta orquestal que, como con Williams, suena perfecto tanto en sinfónico como en la formación bandística.

Un placer comenzar el día con música de cine bien tocada, contagiando esos finales épicos, espectaculares manteniendo una calidad en esta formación candasina que nos hace ser optimistas y pensar en un renacer de las bandas de música más allá de cantera para otras formaciones. El pueblo las siente más cercanas y propias, por lo que el apoyo en casa nunca falta. Añadir que se incluyó antes de los temas asturianos una selección de los temas que John Williams escribió para las películas de Indiana Jones, convirtiendo al laureado compositor norteamericano en el protagonista de este concierto recordando a la patrona de los músicos, con buena compañía.

Rusia y el piano

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Viernes 5 de diciembre, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo: Jornadas de Piano «Luis. G. Iberni», Elisso Virsaladze (piano), Oviedo Filarmonía, Marzio Conti (director). Obras de Albéniz, Tchaikosky y Shostakovich.

Volvían las jornadas de piano con Rusia en el ambiente y un programa conocido. Para abrir boca la orquestación que Enrique Fernández Arbós realizase de El Puerto de Albéniz del cuaderno primero de la Biblia pianística que es la Suite Iberia. Bien ese tributo desde el mundo sinfónico para estas jornadas de piano con uno de nuestros grandes compositores que sigue inspirando nuevas orquestaciones de su inmensa suite como las de Jesús Rueda e incluso hermanando flamenco y jazz como en el caso de Chano Domínguez. La de Fernández Arbós es seguramente la que inició el vuelco del universo pianístico a la orquesta, y la versión capitaneada por Conti con «su» orquesta resultó clara en el dibujo, bien tratado cada plano sonoro y entendiendo la obra como si fuese originalmente sinfónica sin olvidar la originalidad que el maestro de Campodrón imprimió a su magna composición con la inflluencia directa de los nuevos aires franceses.

Elisso Virsaladze es una de las leyendas vivas de la llamada escuela rusa y acudía a Oviedo con el más conocido y escuchado de los conciertos para piano como es el de Tchaikovsky, que dejo aquí incrustado desde YouTube© en una versión con la Filarmónica de San Petersburgo (antes Leningrado) dirigiendo mi admirado Temirkanov.

La versión de la virtuosa georgiana del Concierto para piano y orquesta nº 1 en si bemol menor, op. 23 resultó buena aunque algo dura en varios sentidos. Por un lado su técnica se mantiene con el paso de los años pero también ese estilo de fuerza y vigor desde el rigor, potencia de pulsación, valentía en afrontar los movimientos con unos tempi que impiden degustar momentos que requerirían más intimismo traducido en una gama de pianísimos algo mayor. Con todo sigue ejerciendo su magisterio en estas obras que ha bebido desde la fuente original de esa tradición rusa de la que es uno de los últimos modelos. El Allegro non troppo e molto maestoso marcó su ideario a la orquesta ovetense en todos los aspectos musicales, yendo a remolque en muchas ocasiones con todo el esfuerzo del titular en concertar correctamente, demostrando solvencia y oficia. El Andantino semplice pecó de lo apuntado anteriormente, algo más de lirismo puede que así entendido desde el sur europeo aunque ella optase por ese carácter atormentado que nos han confiado intérpretes como ella no sólo en Tchaikovsky. Todo el juego y fuego del Allegro con fuoco apareció en este último movimiento, escuchándose unos a otros y ciñéndose al mandato de la solista, imponiendo más que dialogando, en un enorme esfuerzo orquestal y directorial que logró siempre finalizar cada movimiento perfecto, como si sólo se tratase de ello. Con todo la versión de Virsaladze resultó plenamente rusa.

Los aplausos la obligaron a regalarnos la primera de las Doce danzas alemanas (Zwölf Deutsche Tänze, genannt «Ländler»), D. 790 de Schubert, breve y delicada, como para taparme la boca de mi opinión del concierto anterior, remarcando su enfoque ruso distinto del alemán, con acento propio siempre distinto al francés, checo o coreano. Y sabiendo a poco, todavía otro regalo, esta vez de Chopin el Vals op. 34 nº 1 en la bemol mayor, nueva lección de piano donde no se puede explicar mejor el «rubato» desde la transparencia de cada pasaje, siendo otra maravilla que quedó en el recuerdo de estas jornadas donde el piano es el rey (Sokolov al frente) y Elisso la auténtica reina, nos guste más o no.

La segunda parte nos mantuvo en la Rusia pero pasando de los zares a Stalin y la Sinfonía nº 9 en mi bemol mayor, op. 70 de Shostakovich, estrenada en Leningrado el 3 de noviembre de 1945 por Evgeni Mravinski y escrita en un mes, la más corta y ligera de las quince pero también la menos popular, por lo que se agradece poder escucharla en vivo.

Organizada en cinco movimientos, encadenados los tres últimos, permite a la orquesta rendir en todas sus secciones y disfrutar de intervenciones solistas realmente agradecidas, con especial mención al fagot solista de la OvFi sin olvidarme del concertino. Conjugando elementos de distinta procedencia e intención, sin entrar en las connotaciones políticas que supuso esta obra, por otra parte excelentemente comentada por María Encina Cortizo en las notas al programa, la OvFi sonó compacta, brillante, con calidad en cada intervención solista, vigor desde el podio que Conti contagia, frescura y contención para una sinfonía «inesperada», corta de duración pero con muchos guiños musicales que el director florentino supo sacar a flote. El día 17 volveremos con un concierto ineludible de Elgar con la cellista del momento, la neoyorkina Alisa Weikerstein dentro de «Los Conciertos del Auditorio», pero aún me queda mucha música hasta entonces.

Español y luso

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Domingo 30 de noviembre, 20:00 horas. Teatro de la Laboral, Gijón: «Sinfonico Fado«, Joana Amendoeira, Orquesta de Cámara de Siero (OCAS), Manuel Ángel Paz (director). Entrada: 15€ + 1€ gestión (por comprar desde casa y recoger la entrada en cajero).

Los fados están en mi herencia cultural femenina, a mi abuela y a mi madre les encantaban, básicamente Amalia Rodrigues que era lo que ponían en la radio cuando la televisión estaba en proyecto. En mis escapadas portuguesas intento hacer alguna escapada nocturna para escucharlos en vivo, a ser posible los que no están en las guías para turistas, y si es con un lisboeta y amigo, todavía mejor. Dulce Pontes es hoy una de sus dignas herederas, puede que el modelo a seguir para este concierto, pues su trayectoria en el mantenimiento y renovación del fado con respeto y calidad es admirable, sin olvidarnos de otros proyectos donde su voz es inimitable. Otro tanto podemos decir de Mariza, Ana Moura o más recientementemente Carminho, en la misma onda de pureza y más que promesa una feliz realidad, sólo por citar la amplia lista de fadistas que sigo desde hace tiempo.

«El feliz encuentro entre la fadista Joana Amendoeira y la Orquesta Sinfónica de Siero…
Fado es pasión, es dulzura; Fado es melancolía pero es, también, alegría. Fado que lo mismo define el alma de un pueblo, que proyecta la cultura de un país».

Atraído por la publicidad, por la cantante y la orquesta que dirige mi querido Manuel Paz (continuando con ese admirable proyecto «Vínculos«, solidario siempre que me hace apoyarlo allá donde puedo), capaz de sumarse a proyectos de todo tipo (con distintos resultados musicales y éxito humano) hice planes dominicales en Gijón para cerrar mes con fados, pero me llevé un chasco esperando no cargar las tintas con estos comentarios.

Primero el respeto a todos los que se suben al escenario, músicos pero también iluminadores, atrezzistas y tanto personal que pasa desapercibido. Segundo a una cantante como Joana Amendoeira que vino con su hermano Pedro tañendo la guitarra portuguesa, nuestros vecinos en versión original, sumándose solidariamente a «Vínculos» con este trabajo que hicieron el día anterior en Burgos. Canta Joana con mucho gusto el repertorio tradicional, tiene una voz propia con adornos aún heredados que con el tiempo hará suyos esos giros y ornamentos tan cercanos a nuestra tonada asturiana. Escucharla más íntima y en su entorno puede que resulte mejor que en este espectáculo.

Difícil juzgar u opinar el papel del resto: orquesta y director. Algo grandilocuente titular este «recital» de Fado sinfónico porque supongo era el espíritu con arreglos que supongo sonarán bien de poder ensayarse más o tener más rigor interpretativo (incluso afinación), pues no me convencieron. Raro porque Javier Vázquez y Rubén Díez son compositores asturianos con mucho oficio y orquestaron dos de los fados, pero no puedo comentar más ante lo «escuchado», al igual que con Flores Chaviano y su arreglo de la canción asturiana que cantaría Joana por lo que aquí intento reflejar con toda educación y opinión personal, como hago siempre.

Jugar con la amplificación parcial (voz, guitarra portuguesa, guitarra española -que en Portugal llaman viola- y contrabajo cuando se sumaba al acompañamiento, más los aéreos para toda la orquesta de cámara) trae dificultades como la poca presencia de graves que privó de una base más potente en todos los sentidos y no poder degustar correctamente el menú musical. Tampoco estaba clara la palabra hablada (la cantada tenía una reverberación de catedral) que desde la fila 16 en la que me encontraba, hacía ilegible qué nos contaban.

Agradecer que la fadista de Santarém cantase Ayer vite na fonte con la misma «saudade» que un fado, arropada por una orquesta que siempre «viste más» que con la guitarra portuguesa (no sonaron bien en el Teatro, aunque en televisión parecía otra cosa) en el citado arreglo de Chaviano despojado de lo básico a nivel auditivo.

De la hora total de espectáculo, mucho relleno de guitarrada no siempre bueno aunque «llena tiempo», apenas cinco fados y sumando un «Mambo» de Pérez Prado total y literalmente fuera de lugar, tratándonos Paz cual alumnado de colegio cuando no era eso lo que correspondía este domingo, si bien el público responde e incluso acepta de buena gana cualquier envoltorio, pero no es mi caso.

Realmente quería haber titulado «Español iluso»… para la siguiente espero más de todo: cantidad y calidad.

Más que cuentos chinos

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Foto © Hedda Morrison (1946) y montaje © OSPAcom

Viernes 28 de noviembre, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo, Abono 4: OSPA, Elizabeth Hainen (arpa), Rossen Milanov (director). Obras de Tan Dun y Rimski-Korsakov.

Con mucho interés acudíamos al estreno en Europa de «Nu Shu: Las canciones secretas de las mujeres» y la conferencia previa de Israel López Estelche sobre «La palabra, fuente de vida: tradición, mujer y supervivencia en la composición musical» llenó la sala de conferencias nº 4, pues además de las notas al programa (links en los compositores al inicio de esta entrada) de las que es autor el reciente premio de la Fundación SGAE, la amplia exposición con ejemplos centrando el último tercio en la obra de Tan Dun (1957) ayudó mucho a una mejor comprensión de un estreno sobresaliente.

Tan Dun aunque chino de nacimiento es plenamente yanqui en formación (incluso autor de bandas sonoras) pero capaz de conjugar ambas culturas desde una música cercana, fácil de escuchar, bien ensamblada, con una presencia casi ritual del agua en sus obras, que tampoco faltó en Nu Shu, y donde la puesta en escena («Performance») está muy cuidada. El subtítulo de esta composición estrenada en 2013 y este viernes 28 de noviembre en Europa, dejaba claro que se trataba de una Sinfonía para arpa, trece microfilms y orquesta, una pantalla central y dos laterales sobre las que discurrirían completando escenas, puntos de vista complementarios, a menudo opuestos, sin perder la escucha de esas canciones «pregrabadas» que los intérpretes debían acompañar en perfecta sincronía, amplificado con tino y perfecto equilibrio de planos, con poca luz en el escenario, leds en los atriles, luz cenital para la arpista que también forma parte de esa globalidad, y todo bien cuidado por parte del máximo responsable: Rossen Milanov, repertorios como el de este último concierto de noviembre donde está en su salsa, volcado y convenciendo a todos, lógicamente a los músicos en primer lugar.

Esta sinfonía organizada en seis movimientos es el ciclo vital como nos explicaba López Estelche, el pasado de las canciones, el presente del arpa y el futuro de la orquesta, ese fluir como el río de la vida que también aparecería en los microfilms o clips que diríamos hoy en día.

En cada estreno suelo tomar notas según escucho, aunque la poca luz y sobre todo la necesidad de no perderme ni un detalle de cuanto sucedía sobre el escenario me hizo escribir como un niño sin mirar al cuaderno, pues quería plasmar en mi papel una descripción, siempre imposible, de una obra que es única y pienso gustó a todos.

El inicio, I. Prólogo, comenzó ambientado por la sección de percusión que como en casi todas las obras de Tan Dun requiere instrumentos específicos, esta vez los cuencos frotados con arcos de contrabajo y ese colchón de toda la cuerda inquietante, seguido por el viento hasta la primera aparición del arpa en un lenguaje reconocible como chino por los occidentales. La proyección mostraba una pintura en el «Nu Shu» escrito que a medida que avanzaba resultaba un abanico así decorado, mientras el ambiente de cierta crispación mantenía diálogos entre la solista y la orquesta, trompetas con sordina y tratamiento percusivo de la cuerda, para desembocar en una plenitud melódica que pone al arpa como un instrumento más mientras «cantan» clarinete y flauta melodías orientales. Un segundo vídeo nos trae el primer canto de mujer y un manuscrito «secreto», acompañado por el arpa en la sala perfectamente sincronizados, viendo pasar hojas en las pantallas laterales alcanzando un momento álgido de belleza sonora y visual con la vieja cantando en un timbre grave y una joven de espaldas que luego se suma en registro agudo, formando un todo emocionante, manteniéndose ese clima volviendo a un pasahoja casi cronológico en la izquierda antes de un tutti final.

El segundo movimiento, II. Historia de la madre, pasa la base ambiental sonora al viento, con tablas – látigo en la percusión y las voces proyectadas en una escena donde el centro mostraba una novia a la que vestían, un «drama» de la hija que marcha del hogar y que son como tres días de llanto que nos contase Israel en la conferencia previa. La orquesta siempre percusiva e intrigante con un tiempo lento y continuos reguladores dinámicos (de menos a más y viceversa) con trombones y tuba más el arpa dando paso a un nuevo microfilm o clip que muestra precisamente los llantos, las tres pantallas completando la visión global mientras la música rítmicamente subraya una escena de angustia, en un ensamblaje perfecto de música e imagen, tensiones que parecen aumentar para luego mitigarse como las dos visiones de madre e hija en un tutti memorablemente tratado desde el volúmen.

III. El pueblo de Nu Shu se nos presenta con un clip de agua, la misma de la percusión que tan bien trabaja Tan Dun, con los contrabajos anclando la realidad, puente y río, más instrumentos en registros graves como flauta, contrafagot, clarinete bajo, el arpa acercándonos a la aldea tratado rítmicamente desde unas melodías de instrumentos graves a los que se suman las trompas en un tratamiento muy cinematográfico por orquestación americana para temas chinos. No abusa del recurso porque para la transición de imágenes comienzan los portamentos en la cuerda y después metales antes de ver y escuchar otro canto con la imagen de Mao detrás acompañada por el arpa (siempre presente como alianza pasado-presente) a la que se suman los violines segundos y violas mientras un zoom del rostro coincide con un «crescendo» delicado en cuerda y arpa, continuando las trompas para hacernos entrar en una casa de la aldea, puertas viejas cerradas con la luz inquietante e interrogativa cantada por el clarinete en un contraluz musical que «funde a negro» tras una pincelada de trompeta. Documento sonoro vivido de forma presente y atemporal, tres visiones de la misma calle caminando por ellas con la orquesta en ritmo americano tamizado siempre por lo oriental, toque de marimba con apariciones de clarinetes y flautas, haciendo camino al andar que nos mete en él desde un recurso tan plástico como situar la silueta de espaldas, orquesta caminando en «glissandi» con metales y cuerdas rítmicos sincopados, efectistas antes del «estallido» final de volúmenes bien llevados. La orquesta funciona e impresiona con las imágenes, los efectos de Hainen y Milanov mandando.

IV. La intimidad de las hermanas y toda la historia sigue tomando forma, dos imágenes laterales de dos mujeres y el arpa con los violines segundos más el concertino dan paso a un oboe acompañado esta vez por el murmullo de mujeres grabado mientras vemos una cara anciana tapada por su mano, llanto que descubre risa mientras el arpa y la sección de cuerda cumplimentan este engaño visual antes del nuevo clip con más presencia del agua, poesía total, una barca remando en el centro, el río en los laterales, fluir sonoro, hojas flotando, joven remando de espaldas a la orilla con la orquesta en modo menor cantando una melodía lenta, fuerte y majestuosa como el propio remar, como el arpa que se suma en un vaivén equilibrado de canto y agua, sin imágenes para un diminuendo brutal hacia un pianísimo roto por el forte en un nuevo capítulo (V. La historia de la hija) y vídeo, arpa con efectos y sonido metálico, estancia que va mostrando objetos que toman protagonismo por el virtuosismo de la solista, ritmo puro, percusiones de crótalos, pizzicatti y juegos «con legno» en la cuerda antes de otra escena con clarinete bajo y corno inglés, bronces cortantes y la vieja cantando mientras en los laterales volvemos a divisar los abanicos. música íntima, pianísimo, llanto en la voz con toses y carraspeos que también tienen ritmo, marcha del lamento, suspiros que forman parte de la partitura, canto engrandecido por la orquesta acelerando y aumentando volúmenes, contrastes impresionantes y fundido a negro con cuerda y arpa en fluctuante ambientación mientras un unísono de metales nos hace crecer hasta el final.

Nuevo y último movimiento, V. Epílogo, agua, tratamiento actual del arpa percusiva y el chapoteo de «peceras» en la percusión, manos en el río y en la orquesta, tradición universal, coro de lavanderas con una cuerda plenamente occidental para un canto oriental en perfecta simbiosis artística, el viaje de la joven o niña (se casaban con 15 años) y ese ritmo vital combinado con dinámicas que subrayan una acción compartida, el arpa, la cuerda usando la madera del arco, el chapoteo del agua con la amplificación exacta, metales en graves y agudos ensamblados con las voces. La obra global, aunando oriente y occidente, herencia y transmisión oral plasmada desde el estudio, la importancia de la mujer en todo este discurrir, lo femenino más allá de la propia belleza, melodías de reminiscencias armenias como cabalgando entre dos mundos, glissandi queriendo traducir en música el devenir diario de una historia que es grande aunque parezca mínima, como las gotas que quedan congeladas en las pantallas antes de un final de vértigo y efectista desde el pianísimo al fortísimo cual punto final.

Imposible que mis palabras puedan describir un espectáculo total de altas miras y calidad increíble: Elizabeth Hainen más que una arpista casi la narradora necesaria en el único lenguaje universal de la música, la OSPA hablando el mismo idioma, atentos, brillantes copartícipes de esta historia tan bien escrita y contada por Tan Dun, y un Milanov al que se le nota rápidamente su gusto por estos montajes, arriesgados antes de comprobar que cuando hay calidad todos respondemos.

La propina con arpa sola fue como un «anexo» a esas canciones (Esteban Benzecry: Horizontes Inexplorados, First Movement «Del Silencio al Amanecer») todo un universo de recursos en un instrumento milenario que se actualiza con intérpretes como la americana, en esta partitura de un portugués nacionalizado argentino con rasgos «inexplorados» y luz otoñal por lo que ésta supone de claridad de líneas y paleta de ocres.

Si las canciones de Tan Dun no son cuentos chinos, Scheherezade, Op. 35 (Rimsky-Korsakov) forman parte de ese patrimonio universal, los cuentos de las mil y una noches con la mujer narradora, que tengo reciente en pleno carnaval de Oporto donde tampoco faltó lo chino, porque los cuentos siempre tienden a transportarnos a mundos de ensueño. Musicalmente hubo de todo, puede que el ímpetu mostrado en la primera parte pasase factura en la segunda. Milanov dirigió de memoria esta maravilla sinfónica de la historia musical no sólo rusa, pero optando por el efectismo y el trazo grueso que pasó factura a intervenciones solistas no muy afortunadas en músicos que no suelen fallar, atribuyendo esto puede que a la máxima de dejarles hacer que ellos saben, cuando puede ser peligroso si no hay exactitud ni precisión en la cabeza visible. Los cinco cuentos o números de Rimsky permiten a toda formación sinfónica revisarse desde el primero hasta el último compás en una narración donde en este caso Scheherezade debe lograr tensión, emoción y suspense para ir salvándose de la muerte una y otra noche, contarnos cada cuento con misterio, cambios de voz, inflexiones, intriga, suspiros y hasta onomatopeyas que enriquezcan cada historia.

El I. Largo e maestoso – Allegro non troppo comenzó amarrando el aire antes del contraste brioso a la segunda parte, «El mar y el barco de Simbad» comenzaba la singladura con cierto oleaje, aún el timón poco firme, la primera intervención de nuestro Vasiliev no fuese la esperada, aunque faltase mucho recorrido y llegaría a buen puerto por las muchas horas de travesía más que demostradas; el II. Lento – Allegro molto resultó parecido, «La leyenda del Príncipe Kalender» estuvo narrada como los buenos cuentacuentos pero con los cambios de voz no siempre adecuados, echando en falta pinceladas protagonistas en pos del mero color, aunque resultase brillante; III. Andantino quasi allegretto, «El joven príncipe y la princesa» debe rezumar lirismo, los violines cantan la canción de amor y el clarinete habla por voz de la dama, perfecto Andreas que cada vez nos confirma que está siempre «a punto», al igual que la flauta de Myra, siendo el número más convincente en su narración musical por parte de todos; y el IV. Allegro molto como «La fiesta en Bagdad» también es el naufragio del barco, energía que ciertamente no faltó en ningún momento, aunque pueda haber resbalones entre tanto baile. Las sonoridades alcanzadas no tienen peros aunque siga pidiendo más claridad expositiva, independientemente que la propia partitura sea tan buena que lo principal siempre sale a flote aunque el oleaje tienda a mar de fondo.

La escucha de esta obra sugirió al cocinero Pedro Martino de «Naguar» la creación de un plato, bien promocionado con el concierto «¿A qué sabe la música?», como inicio de otra iniciativa de la OSPA. Del afamado chef ovetense pude comprobar su quehacer durante la «Noche Blanca» de Oviedo con Forma Antiqva en este aunar música y comida; esta vez salió incluso a saludar, cual compositor musical finalizada la Scheherezade cocinada musicalmente por Milanov, también cocinero confeso. El plato de Martino se llama «Papada ibérica confitada y glaseada en su jugo de berros a la naranja» que supongo degustaron varios de los responsables y patrocinadores del «Club OSPA» nivel «Vivace» (aportando 500€ como socio patrocinador de esta categoría, se acude a un acontecimiento especial ofrecido por Milanov entre otros beneficios de las distintas variedades o niveles, muy en la línea USA: «Andante» 75€, «Allegro» 150€ y «Presto» 250€) una vez finalizado el cuarto de abono.

La inspiración musical da para mucho y esta vez nos contaron dos cuentos, aunque la recreación e imaginación, como los gustos, es siempre muy personal.

Prensa regional del sábado 29:

Descafeinado académico

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Martes 18 de noviembre, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo: Jornadas de Piano «Luis G. Iberni»: Stefan Stroissnig (piano), Württembergische Philharmonic Reutlingen, Ola Rudner (director). Obras de Schubert, Beethoven y Brahms.

Como si bebiese directamente de la fuente así esperaba a esta orquesta alemana con un programa de los que suponemos corren por sus venas, uniendo un director solvente y un pianista prometedor. Pero la consabida precisión germana y el sonido potente siempre enérgico al que estamos acostumbrados, se quedó algo descafeinado, formación algo descompensada en la cuerda grave, pese a la colocación vienesa con los contrabajos detrás de los violines segundos. Tampoco destacó ninguna sección en especiales, teniendo errores varios a lo largo del concierto, desajustes impensables y hasta cierta asincronía pese al esfuerzo de una dirección clara y muy académica por parte del maestro sueco que no siempre tuvo respuesta en la orquesta de la que es titular.

La Obertura «Fierrebras», D796 (Schubert) mostró maneras, parecía presagiar una tarde cálida programada en torno a Beethoven, el centro de importancia sobre el que pivotarían primero ese operístico Schubert y posteriormente Brahms, pero fue un espejismo. La interpretación resultó ceñida a la partitura sin poner ningún ingrediente extra, tal vez por esa frialdad más del clima que del carácter musical, mimbres había pero faltó entrega. Cuerda poco incisiva aunque empastada, trompas cálidas, maderas ajustadas, timbales mandando al fondo para un resultado solamente honesto.

El Concierto nº 4 en sol mayor, op. 58 (Beethoven) traía al joven vienés Stroissnig de solista, arrancando en solitario el Allegro moderato, marcando pulsación que debería continuar la orquesta, pero nuevamente hubo poco entendimiento y menos entrega para una partitura conocida que da mucho de sí. El pianista se mostró impecable pero poco preciso y nada entregado, sonoridad limpia, interpretación sincera y ceñida a lo escrito por el genio de Bonn aunque carente de la fuerza que debemos suponer. La cadencia pareció tener algo más de carnaza, siendo más cercana a las sonatas que a la línea temática de este primer movimiento, por otra parte finalizando en poca sincronía con la orquesta a pesar del esfuerzo del director sueco. El Andante con moto tampoco enderezó el rumbo ni puso más carne en el fuego, adoleciendo de la misma asepsia que contagiaría al Rondo vivace, un poco más ajustado entre solista y orquesta con otra cadencia muy lineal, sincera y honesta pero carente de emoción desde una técnica nada epatante ni un sonido poderoso frente a una orquesta algo «menguada» como apuntaba al inicio, aunque el pianista vienés mostró seguridad y claridad en su discurso. Lástima que los caminos de este concierto no concurriesen en uno, menos apolíneo que dionisíaco que apuntaba uno de mis compañeros de butaca.

Como si el vienés quisiera resarcirnos del mal sabor de boca o la falta de azúcar, nos hizo un auténtico regalo schubertiano para cargar la taza, el Impromptu D 899 nº 4 (op. 90) en la bemol mayor: Allegretto, donde pudo demostrar todo lo delineado en Beethoven: limpieza, sonido claro, fraseos con rubatos y musicalidad romántica.

De la Sinfonía nº 1 en do menor, op. 68 de Brahms no me gustó casi nada, la elección de tiempos algo distintos de los habituales buscando un mayor contrate que tampoco logró unidad en una interpretación donde los músicos parecieron limitarse a tocar lo escrito, y no siempre bien, aceptando órdenes más por disciplina y profesionalidad que por convencimiento. Un poco sostenuto-Allegro fue en agógica demasiado opuesto y contrastado, el Andante sostenuto pareció centrarlo todo más en lo esperable del compositor hamburgués, pero un espejismo, Un poco allegretto e grazioso no transmitió angustias ni poderío en ninguna sección ni tema, desembocando en el Adagio-Allegro non troppo, ma con brio demasiado contenido y cuadriculado, sin concesiones a la galería y no apretando lo suficiente desde el podio, milimetrado, poco emocionante y exageradamente «académico», reconociendo la complejidad de aportar algo distinto a una obra con demasiada miga como esta primera que cerraría círculo beethoveniano.

De nada me sirvieron las dos propinas, algo más «cargadas» pero manteniendo poca cafeína, una formación diríase normal que debería hacernos valorar más lo que tenemos en casa. Alemania es muy grande por lo que tiene, como en España, mucha oferta pero no toda de la misma calidad. El repertorio conocido resulta todavía más exigente para intentar traspasar esa delgada línea hacia la excelencia, y esta vez esperaba un buen tueste para un café de calidad, pero hubo algo de achicoria y además mezclado para quedarse descafeinado total… pero muy académico.

Carácter de florete y seda

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Viernes 14 de noviembre, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo, Abono 3: OSPA, Truls Mørk (violonchelo), Guillermo García Calvo (director). Obras de Holst, Saint-Saëns y Stravinsky.

Raro en mí no escribir en caliente nada más llegar a casa del concierto para no perderme nada de las emociones y sensaciones, pero esta vez necesitaba reposar sabores y esencias. Podría haber titulado esta entrada como «El titular que hemos perdido» porque el regreso de García Calvo al podio volvió a corroborar mi primera impresión de un director completo, con proyección y carácter, capaz de hacer sonar a la orquesta asturiana como otra muy distinta, pues el director español transmite seguridad, confianza y sobre todo mando, elegancia, trabajo e ideas muy claras y bidireccionales. También cabría encabezar esta crónica como «Cuando el carácter es música» porque en el tercero de abono hubo caracteres para dar y tomar con otro regreso de lujo, el del chelista noruego Truls Mørk en una hazaña, puede que irrepetible, de interpretar los dos conciertos de chelo de Saint-Saëns en la misma velada, para redondear velada con dos obras poco escuchadas, en vivo aún menos, exigentes, auténticas maravillas sinfónicas que hicieron aún más grande el protagonismo del director madrileño, eclipsando incluso al solista.

Beni Mora: suite oriental, op 29, nº 1 (Gustav Holst) arrancó quitándonos el aire al público en la Primera danza, con una gestualidad magistral de respuesta inmediata para las primeras notas sinfónicas, clima sonoro desde una cuerda que al fin sonó hiriente, potente, compacta, ligera y clara, espoleada por esa batuta cual florete equilibrada por la mano izquierda, esa tan difícil de encontrar en los directores, terciopelo o seda según las exigencias. La versión de García Calvo devolvió la grandeza de esta suite menos conocida que Los planetas, que también ha interpretado nuestra OSPA, desde un diseño claro en cada una de las tres danzas, con las secciones y solistas convencidos de lo que tocaban, escuchándose y gustándose en cada intervención. La Segunda danza mantuvo la entrega y buen entendimiento, percusiones apoyando sin martillear, viento preclaro sonando unitariamente y espoleado con la batuta en las intervenciones que salían a flote sin perder ni un detalle, escuchándolo todo desde el ambiente nebuloso de la partitura pero nunca borroso en el sonido, nuevamente con la cuerda asombrando por calidad y calidez. El Finale: En la calle de «Ouled Nails» remató ese carácter norteafricano, argelino, del Próximo Oriente en la mejor orquestación del compositor inglés bien resuelta por los intérpretes con esa luminosidad mediterránea y la precisión vienesa, germánica, al mando desde la cercanía asturiana de la tripulación. Extraña la poca calidez del público, apático y desentrenado para estas delicias puede que alejadas del carácter vetusto.

El bellísimo y conocido Concierto para violonchelo nº 1 en la menor, op. 33 de Saint-Saëns es una obra de cabecera para todos los grandes solistas, recordando Juan Manuel Viana en las notas al programa (links o hipervínculos en los títulos) cómo Pau Casals lo eligió para su debut londinense en marzo de 1905. Menguada la orquesta tras Holst y recolocados los contrabajos a la izquierda, Mørk se encargó de hacernos vibrar el alma desde la tercera cuerda, el carácter intimista de su Noruega en verano por la luz vertida en cada intervención desde esa introspección tan suya, arropado por una orquesta desconocida por colores y enamorados del estilo directorial de García Calvo. Concertar como él lo hizo demuestra el amor por su trabajo y el carácter global de la música, siempre protagonismo compartido, más en las obras solistas donde trata al músico cual cantante de ópera, ayudando, subrayando, ensalzando las intervenciones con la atención e intención que se merecen. Si el Tristán con la OSPA me descubrió esa faceta corroborada con los hermanos Del Valle, el Saint-Saëns con Mørk supone un hito para todos por el resultado alcanzado y el buen hacer que llegó hasta el último rincón de un auditorio algo más ocupado (y «sano») que en anteriores conciertos.

Necesario descanso para afrontar el segundo del francés por parte del noruego. El Concierto para violonchelo nº 2 en re menor, op. 119 parece otro mundo por los treinta años de separación con el primero, pero igualmente bello, más complejo y profundo, con el virtuosismo necesario para una obra de estas connotaciones en la madurez interpretativa y compositiva. Curioso que Truls Mørk necesitase partitura, extraño verle incómodo aunque su sonido siguiese siendo impoluto, carácter noruego invernal y parada inesperada en el pasahoja previo a la última cadenza, perdido en la blancura pero que la honda respiración sirvió para afrontar la recta final rápidamente en busca del calor que puso la orquesta y la seda de García Calvo, apartando el florete, sable para este segundo concierto y un nuevo éxito musical para este hito a tres partes: solista, director y orquesta.

Y otra rareza para acabar, el siempre innovador Stravinsky con Juego de cartas: ballet en tres repartos, un póquer sin danzarines pero donde a la voz de «¡Hagan juego!» se repartió carácter en cada mano, las dos del croupier García Calvo y unos músicos con cartas ganadoras, aunque siempre gana la banca, esta vez el público que sí entendió la apuesta arriesgada y aceptando el resultado de esta partida que corrobora nuevamente la ductilidad de la formación asturiana, la enorme calidad de todas sus secciones y su asombrosa transformación cuando hay un Director (con mayúscula) capaz de lograr la empatía desde el carácter. Realmente qué titular hemos perdido…

Sin sobresaltos en cuatrocientos años

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Viernes 7 de noviembre, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo, Abono 2: OSPA, Maarten van Weverwijk (corno da caccia), Miquel Ortega (director). Obras de Miquel Ortega, Johan Baptist Neruda y F. Mendelssohn.

Noviembre nos devuelve a nuestra orquesta tras el paréntesis operístico, retomado por la OvFi, y con un programa variado, poco escuchado, incluyendo un estreno del propio director invitado y la participación como solista del trompeta de la casa aunque con un instrumento para muchos desconocido. Primero tuvimos conferencia de la gerente Ana Mateo que compartió con «El camino hacia el concierto» la enorme trastienda y camino a recorrer, con un equipo poco reconocido e igualmente necesario antes de llegar al punto final, y que este segundo de abono nos traía al catalán Miquel Ortega en su triple vertiente de compositor, clavecinista y director, lo que redundó en una respuesta homogénea y entregada por parte de nuestra OSPA.

El bestiario que comenzó como ballet de encargo, como sucede en la mayoría de obras para danza, acaba conformando una suite que se estrenaba en Asturias (el jueves dentro del programa «Avanti» en Piedras Blancas) de la mano del propio compositor.

Del ballet de 2010, inspirado en el bestiario de García Lorca quedaban diez animales pequeños que el músico catalán acaba reduciendo a cuatro danzas y una persecución, con principio y final, de las que extrae esta suite con cinco números agradables de escuchar, cercanos al público por la utilización de un lenguaje lleno de «guiños» al tiempo que nos ha tocado vivir a la mayoría, desde el excelente Prokofiev del Romeo y Julieta hasta el tango porteño, la música popular de mi época donde en las casas escuchábamos el «pop» de los 40 y 50, el jazz, Glenn Miller y Cole Porter, Ginger y Fred hasta la pulga de cuplé y cabarets, todo «citado» con una música bailable y consumible incluso en esta versión sinfónica de cinco números. Como suelo hacer, dejo mis anotaciones ante esta primera escucha según iban apareciendo, corroborando tras la entrevista en OSPA TV al maestro, visualizada siempre después para impedir «interferencias», las impresiones de un compositor de mi generación, cercanía cronológica y vivencial.

El primer número de tempo medio, arranca con una melodía en el clarinete de ritmo ternario que pasará a fagot y dúo de trompetas en la cercanía de Nino Rota con Fellini, bien construida con planos equilibrados y una estructura clara. La cuerda siempre aterciopelada toma otra melodía más española, zarzuelístico por terreno bien conocido del maestro catalán cual homenaje a La canción del olvido, continuando con diálogos de maderas a dos, trompetas con sordina, intervenciones del glockenspiel o la flauta marcando a uno el compás ternario para finalizar este animal de forma seca.

Lúgubre arranca el segundo con el toque de gong, misterioso, melodía en el registro agudo del oboe, de nuevo la trompeta con sordina, toques de pandereta, flauta y los pizzicati de la cuerda donde el protagonismo en dinámicas medias, comedidas, va alternando hasta llegar a cambios de tempo para lograr una densa atmósfera en la cuerda con rellenos del tutti siempre en mezzo forte y estructura compositiva muy clásica, vueltas al inicio incluso en las sonoridades que huyen de tentaciones rompedoras y finalizan en un retardando parejo al descenso melódico de agudos a graves hasta los contrabajos antes del final seco y fortísimo.

El tercer movimiento de la suite es vivo, «rusamente prokofieviano» (con perdón) en orquestación, utilización en la percusión de silbato y caja militar, con disonancias delicadas dentro de la tensión y ligereza del motivo que crece globalmente, en tempo, volúmenes, texturas y el cuco, número exigente para toda la orquesta que solventaron limpiamente permitiendo disfrutar de todos los detalles.

Para el cuarto nos picó la pulga del cabaret al que hacía referencia más arriba, instrumentación muy de musical en Broadway, marimba y temple-block marcando ritmos para la melodía del clarinete como si Fred Astaire y Ginger Rogers bailasen otro «Cheek to cheek», mejilla con mejilla, cuerda de película, trompeta de jazz bien traída y melódicamente pegadiza con mucha calidad y elegancia para un final seco y fuerte, por otra parte previsible.

El cierre de la suite resultó un tango sinfónico tan argentino como Piazzolla, con solo de violín porteño (aunque ruso en estado puro), llevando el ritmo el resto de la cuerda compartiendo y dialogando acentos, dialogando con maderas y dúo «por dos cabezas» entre los solistas primero y segundo nacarados, de discurso cálido, meloso, con el güiro remarcando los pasos, la melodía engrandeciéndose en toda la cuerda y la madera para un «crescendus interruptus» que devuelve dúo a flauta y clarinete, MyraAndreas antes de apropiárselo VasilievOrdieres, arietes de arco traspasados a FerriolRomero en juego vertiginosamente acelerado para frenarse en una «paradinha» aumentativa rematada a puerta.

Un placer de suite agradecida de principio a fin en un bestiario diminuto en sustantivo y enormemente adjetivado.

Salto cronológico del siglo XXI al XVIII, cuatrocientos años que separan a Miquel Ortega Pujol de Johann Baptist Georg Neruda, abismo estilístico para el barroquísimo Concierto para corno da caccia y cuerdas en mi bemol mayor (1750) con nuestro solista Maarten van Weverwjik en un instrumento para cazar bestias mayores con el maestro catalán dirigiendo desde el clave a la cuerda de nuestra OSPA capaz de dar este giro con toda la naturalidad y adaptándose a una obra puede que menor aunque exigente para todos pues solista y cuerda caminan a la par en tres movimientos contrastados escritos según la receta de la época: Allegro-Largo-Vivace con las correspondientes cadencias para lucimiento del solista en un instrumento traicionero siempre, más en el movimiento lento, organizado cual aria operística donde no faltan saltos melódicos, ornamentaciones y todo tipo de recursos expresivos que tanto Maarten como la cuerda y el clave entendieron de principio a fin.

El Allegro presentó un sonido dulce y potente con agilidades claras y fraseos precisos, con la cuerda siempre en su sitio en cada momento y el apoyo necesario, cadencia primera breve y lograda en todo, segura además de matizada. El Largo resultó delicioso, de esencia italiana, corroborando la colocación del solista detrás y no delante para estar más arropado por la cuerda siempre reconfortante, movimiento difícil por las notas largas soltándose, como es de esperar, en la cadencia correspondiente. El Vivace siempre exigente, más «operístico» por respiraciones, ornamentos y la orquesta ajustada al solista y el apoyo del clave directorial que siempre mimó el canto, nuevamente desde la trayectoria de un Ortega que domina la música escénica como pocos. La última cadencia resultó virtuosa por saltos, registros extremos sin perder el carácter «cantabile» y dejándose gustar. Bien todos los ritardandi, preparatorios o conclusivos y todas las dinámicas nada exageradas en cada uno de los movimientos, destacando el perfecto entendimiento entre todos y una dirección siempre precisa, clara y respetuosa con un estilo musical agradecido siempre para intérpretes y público. Podemos seguir presumiendo de tener unos solistas capaces de ofrecernos obras como la de Neruda con una profesionalidad y musicalidad dignas de los mejores especialistas, sin movernos de la OSPA.

La segunda parte nos dejaba casi a medio camino en el tiempo de las dos obras anteriores, ahora ocupada por una primera escasamente programada, la Sinfonía nº 1 en do menor, op. 11 (1824) de Mendelssohn, obra de juventud pero delicada a la vez que complicada de interpretar, apareciendo muchos de los signos que el hamburgués desarrollará en años posteriores y hacen de esta primera obra sinfónica todo un reto en su interpretación. Cuatro movimientos muy académicos que la orquesta del Principado solventó como si se tratase de la Escocesa o la siempre bella Italiana, casi podríamos rebautizarla como Asturiana por el sentido con que el maestro Ortega llevó cada uno de los mosaicos sonoros de esta primeriza composición, bocetos para las posteriores sin olvidar su «Sueño», sonoridades, armonías y formas del pasado actualizadas para convertir la orquesta en un laboratorio sonoro y por momentos camerístico: Allegro di molto, Andante, Minueto: Allegro molto y Allegro con fuoco, cuatro juegos para todas las secciones sin perder nunca uniformidad, belleza comedida, dinámicas de recogimiento sin arrebatos románticos, dirección de gestos precisos, tiempos ajustados, fraseos marcados y claros para otra obra «menor» e igualmente bella y bien ejecutada, sentida y consentida desde el podio y asentida por unos músicos a los que se les notó la empatía con el director. Velada agradable sin sobresaltos pese a las diferencias en el tiempo y estilos.

Sir John impuso el silencio con la música

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Domingo 26 de octubre, 19:00 horas. Conciertos del Auditorio, OviedoAnn Hallenberg (mezzo), Orquesta Revolucionaria y Romántica, Sir John Eliot Gardiner (director). Obras de Beethoven y Berlioz.

Es triste que la megafonía tenga que avisar al «respetable» cómo comportarse o amenazar en nombre del señor director que de persistir la mala educación se vería obligado a detener el concierto. También es triste y hace sentir vergüenza ajena, que solo «por las malas» y a base de imperativos, todo funcione como debería, dado que la incultura, falta de civismo o directamente grosería de parte del público lleva tiempo siendo preocupante. No es ahora el momento de detenernos en esta cuestión, pero me hace interrogarme por las causas de esta situación, así como no llenar el auditorio cuando programa e intérpretes pasarán a la historia musical local, con un horario dominical más europeo y hasta una climatología benigna, casi veraniega cuando esperan los santos a la vuelta de la esquina.

Atesoro grabaciones que con el tiempo resultan joyas, y así guardo la integral de las sinfonías de Beethoven que ya tienen 20 años con los mismos intérpretes de este concierto único e irrepetible, incluso la primera aproximación a Berlioz, sin olvidarse de Brahms. No están tan distantes pero sí (re)posados y los oídos cada vez más hechos a estas sonoridades de las que Sir John y esta orquesta, más romántica que revolucionaria tras sus bodas de plata, nos ofrecieron con el directo siempre único y la interpretación de las dos «B» que resultaron literalmente «BBB» no ya de muy buenas sino de magistrales.
La Obertura Leonore nº 2, op. 72a de Beethoven nos dejó con el alma en un puño desde el primer acorde, con unos silencios, rotos por la «legión revientaconciertos», sobrecogedores, realmente preparatorios de una acción que la música del sordo genial prepara en cada nota para su Fidelio. Instrumentos originales, colocación, sonoridades cuidadas al detalle y la sabiduría de la batuta del maestro con una orquesta entregada, atenta, tocando todo lo escrito pero plegada a cada gesto de su líder. El solo de trompeta desde el segundo piso redondeó una Leonora magistral como Beethoven probablemente la hubiese querido escuchar.
Les nuits d’étè, op. 7 (Berlioz) con esta formación son seis delicias para voz (tenor o mezzo) y piano con los poemas de Gautier que orquestadas por un dominador como el francés e interpretadas desde el buen gusto tanto por la mezzo sueca como desde el sonido aterciopelado de «la orquesta de Gardiner», resultaron íntimas, dulces sin almibarismos, contrastadas y románticas de trazo fino. Ann Hallenberg en esta gira forma parte de un trío que completan según calendario y disponibilidades Susan Graham y Anna Caterina Antonacci, tal vez más apropiadas para esta obra temprana del francés que la sueca, pero su musicalidad, correcta emisión, grave débil pero consistente y ausencia de estridencias, siendo arropada en cada uno de los poemas por una orquesta cual guante para su voz, nos dieron una versión más que aseada de esta maravillosa partitura, especialmente en Le spectre de la rose y L’ile inconnue.
El aviso amenazante por megafonía tras el escándalo de ruidos, toses, portazos y demás durante la primera parte, surtió el efecto deseado y cual liturgia profana en total silencio, pudimos escuchar la Sinfonía nº 5 en do menor, op. 67, «la Quinta de Beethoven» con todo el poder musical de transportarnos al momento de su estreno en tarde otoñal tras «noches de verano» antes del descanso, violines en pie, metales también durante sus intervenciones siempre ajustadas. No es cuestión de descubrir cualidades de intérpretes o de una obra maestra, pero desde el inicio Gardiner marca las diferencias: Allegro con brio, el tiempo justo, casi metronómico leyendo todo, marcando todo, manejando dinámicas y agógica con el magisterio reconocido y una orquesta plegada, disciplinada, esforzada en responder a cada llamada desde el podio. Poder escuchar todas las notas escritas por Beethoven en el plano justo es casi milagroso en directo pero funcionó y de qué manera.
El Andante con moto dibujó el rigor con la esquisitez del mando bien entendido, matices extremos sin perder compostura ni unidad sonora, la lectura al pie de la letra con las duraciones exactas de cada figura, de cada silencio, los crescendo, ataques, fraseos, equilibrio entre las secciones. Otra maravilla.
Un poco de aire y afinación fueron aprovechados por algún desconsiderado que se atrevió a toser aunque «mezzoforte» antes de afrontar los dos movimientos que quedaban. El Scherzo nunca lo volveremos a escuchar igual, creador de intrigas en una cuerda presente nada hiriente, pasajes delineados a la perfección, la transición al Allegro con maderas nobles y la aparición brillante de un «tutti» como nunca en el final, todo medido pero exhuberante en calidades sonoras, ambicioso de principio a fin, destacando hasta el «piccolo» de madera colocada la intérprete atrás y arriba con los trombones para no sobrevolar en su tesitura y frecuencias ni un ápice por encima del resto, discreción sonora sin perdernos ni una nota. Músicos humanos, alguna nota falsa (normal en instrumentos naturales) e incluso alguna entrada mínimamente fuera de sitio, pero que nunca empañaron una visión de conjunto que Gardiner entiende desde hace muchos años, más con esta orquesta adaptada a repertorios clásicos y románticos que todavía nos dará alegrías y nuevas grabaciones.

Cuando el concierto es sagrado, los silencios son tan importantes como la propia música, y solamente Gardiner cual máxima pontífice, logró alcanzar el milagro interpretativo. Otro hito para Oviedo y su auditorio.

Ensayando para los reyes

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Miércoles 22 de octubre, 20:30 horas. Auditorio de Oviedo, XXIII Concierto Premios Príncipe de Asturias, ensayo general. W. A. Mozart: Réquiem en re menor, K. 626. Ainhoa Arteta (soprano), Maite Arruabarrena (mezzo), Luis Dámaso (tenor), José Antonio López (barítono-bajo), Coro de la Fundación Príncipe de Asturias (maestro de coro: José Esteban García Miranda), OSPA, Rossen Milanov (director). Entrada libre previa recogida de invitación.

Veintitrés años de conciertos para una semana donde Oviedo se viste de gala para entregar sus galardones más internacionales, pero donde la crisis se nota también. Atrás quedaron las semanas de música con el patrocinio de unas perdidas cajas de ahorros y sus obras sociales, reeconvertidas en bancos que no suelen entender la música como inversión, con figuras internacionales y obras para recordar.

Para este 2014 la FPA ha programado el siempre bello, emocionante y exigente Réquiem de Mozart a cuyo ensayo general acudió público variado que llenó el auditorio aunque desconociendo probablemente qué es un ensayo, donde los solistas no suelen darlo todo (enhorabuena para los que sí), se cronometran y ajustan últimos detalles de protocolo, para finalmente retocar o dar esas anotaciones necesarias que desemboquen en un concierto lo mejor posible.

Con la plantilla al completo y en pie se comenzó con el Himno nacional de España que el maestro Milanov aún no parece dominar, siendo imperdonables desajustes hasta en los platillazos. Menos mal que no se tiene en cuenta para la crítica la ejecución (nunca más literal) del himno patrio, sin letra aunque el coro permaneció en escena preparado para la siguiente.

Reubicados y con la plantilla mozartiana para su obra póstuma comenzó titubeante el Requiem aeternam, primero orquesta y después un coro que se adapta a lo que le pidan, y personalmente me congratula porque creo que les faltó más confianza con el director, aunque solventaron la papeleta con una profesionalidad de la que siempre hacen gala. El trabajo de años con Pepu al frente se nota, logrando una formación moldeable, rigurosa y precisa, con una gama dinámica sobresaliente en todas las cuerdas, aportando seguridad. Hasta el Confutatis no hubo comunicación ni interpretación, demasiado silábico y marcado todo, faltando más legato y expresividad, mayor contraste entre orquesta y coro, que no tienen porqué sonar iguales, el contraste es una de las grandezas de esta obra del prodigio de Salzburgo. El Lacrimosa resultó de lo mejor, realmente emocionante y a punto de saltársenos las lágrimas porque la sal apareció por fin. Y con el Sanctus ya parecieron entenderse todos mejor (bien el fugado), si bien eran las voces quienes acababan encontrando la pulsación poco precisa del maestro búlgaro que no parece encontrarse cómodo con estos repertorios, debiendo percatarse que los coristas deben tener siempre claro el tempo y las entradas, algo difícil con la gestualidad del titular. Conocer la obra como este coro siempre ayuda y fueron realmente quienes mantuvieron el tipo. Mis felicitaciones para ellos.

Del cuarteto solista siempre destacar a Ainhoa Arteta, una figura internacional cercana, volcada durante todo el ensayo, incluso en las repeticiones posteriores, cuya voz siempre es un placer degustar con Mozart. Otro tanto de José Antonio López, potencia, claridad de emisión y musicalidad en todas sus intervenciones, convenciendo en el Tuba mirum de inicio a final, bien secundado por Luis Dámaso que cumplió y empastó con sus compañeros, línea de canto hermosa perfectamente adaptada a la partitura; pues el director no pareció pedirles nada especial, por otra parte difícil en una obra tan conocida y cantada. Una pena Maite Arruabarrena que «dejó cojo el banco» y siempre oscurecida, poco volumen, tapada en la mayoría de sus intervenciones, de registro grave inaudible (y esta vez estaba en la fila siete) dejando el medio y agudo justo para poder apreciarla. Supongo que en el concierto será otra cosa, aunque a la vista de los mimbres no sé qué cesto saldrá. Tampoco se contagió de la entrega de sus compañeros, aunque repito que un ensayo general suele ser así.

La orquesta tiene a Mozart en sus genes, siendo capaz de lo mejor y lo peor, incluso de combinarlo en una misma obra. Por lo menos el director corrigió al final detalles que son casi de manual, de los que los profesores tomaron nota. Pienso que sigue faltando más precisión en el podio, no es solamente el discurso musical o los matices, que están siempre pero que sin una pulsación clara (haya o no rubati) es inexistente el encaje necesario, por otra parte más difícil en los ritardandi que sí entienden a la primera. La preocupación por el color sigue vigente, colocaciones incluso de los solistas entre coro y orquesta, eligiendo timbales de bronce o trompetas de llaves, pero la línea no debe sacrificarse en pos del color, menos en el Clasicismo. Felicitar esta vez a los trombones, especialmente en los solos, capaces de transmitir esa sensación orgánica que todo el Requiem respira.

Final con Asturias patria querida y mismas sensaciones, tapado por un público que no mantiene pulso con el escenario y acaba «mandando», populismo mal entendido nuevamente para un himno que, hace tiempo ya comenté, se le viste de solemnidad con una orquestación para estos momentos.

Después vinieron las correcciones puntuales con parte del público interrumpiendo al salir en plena labor directorial. Del técnico de sonido preparando la microfonía mientras sonaba Mozart mejor ni opino porque denota falta de prudencia, algo parecido a los fotógrafos cuyos clic enturbian y rompen un ambiente necesariamente de concentración. Hubo tiempo para enchufar antes del inicio, y ajustar niveles sin tanta molestia para todos, incluso la visual.

El jueves es el día, Felipe y Letizia estuvieron como príncipes y vuelven como reyes, aunque todos sabemos que la melómana es Doña Sofía. El concierto no llega a la hora y Mozart gusta a todos, incluso a los entendidos…

Distintos, no distantes

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Viernes 17 de octubre, 20:00 horas. Conciertos del Auditorio, Oviedo: Sabina Puértolas (soprano), Mª José Suárez (mezzo), Roger Padullés (tenor), Christopher Robertson (barítono), Coro «El León de Oro» (director: Marco A. García de Paz), Oviedo Filarmonía, Marzio Conti (Director). Obras de Bach y Schönberg.

Comienza la temporada de los Conciertos del Auditorio con dos mundos totalmente distintos en un mismo universo sonoro, dos obras opuestas, «amor sacro y amor profano» que titula Juan Manuel Viana sus notas al programa, dos visiones distintas pero no distantes pero capaces de mostrar la versatilidad de una orquesta que sigue ganando en calidades bajo la dirección de su titular, y disfrutar de nuevo con el mejor coro asturiano capaz de cantar «a capella» o con orquesta siendo su sonoridad la de un instrumento más sin renunciar a sus señas de identidad: la búsqueda de la perfección desde un arduo y meticuloso trabajo que les ha llevado a triunfar incluso en Londres y todavía nos seguirán dando muchas alegrías.

El Magnificat en re mayor, BWV 243 (J. S. Bach) representa un despliegue sonoro y catálogo de emociones en sus doce números bien contrapuestos como joya barroca que es y cántico de la iglesia católica donde el genio nacido en Eisenach logra exprimir los textos en latín como si de su lengua vernácula se tratase. Una orquesta reducida y colocada para la ocasión (con el continuo de Sergei Bezrodni), cuatro solistas aseados y un coro valiente, convencido desde la primera intervención, siempre con las intensidades adecuadas, presencia y musicalidad en una formación que sigue renovando voces sin perder un ápice una sonoridad y estilo propio. Conviene recordar la dificultad técnica de esta obra cuya virtud está en parecer sencilla, y los tres números corales finales así sonaron, desde el potente fugado del Fecit potentiam hasta el Gloria Patri en momentos celestiales.

Me sorprendió la actitud corporal de Sabina Puértolas por una gestualidad a la que no estamos acostumbrados en estas obras. siempre más recogida incluso en la posición para sujetar la partitura, pero su voz y gusto superaron presencia en el Et exsultavit y continuaron en Quia respexit, cumpliendo sobradamente (con su «Micaela» madrileña aún en el subconsciente). El barítono Robertson, estadounidense afincado en Bilbao, cantó con el continuo su Quia fecit algo corto en el grave -parece difícil encontrar bajos cantantes, recurriendo a barítonos cuyo color de voz nunca es igual- aunque suficientemente. Del tenor catalán especialista en estos repertorios, me gustó cómo empastó con la mezzo asturiana en Et misericordia pero su Deposuit quedó algo mermado en volúmenes buscando asegurar afinaciones desde unas dinámicas menos arriesgadas, con una voz agradable y bien colocada. De mi querida Mª José Suárez siempre hay que destacar su profesionalidad y saber estar, sin excesos vocales en el citado dúo y bien en su Esurientes, fluido para esa ternura del texto latino. Finalmente la orquesta sin ser especialista ni dotarse de instrumentos para la ocasión, desde una sonoridad cercana al barroco pero con cierto romanticismo en cuanto a la intención por parte de todos, estuvo siempre acertada, un trío de trompetas sin complejos, los timbales mandando y con los ritardandi perfectos, maderas de tímbricas recogidas, y una cuerda siempre con el «vibrato» adecuado dando una textura homogénea para una obra tan bien concebida. Conti mimó cada número y se le vio cómodo tanto con los solistas como con un coro que muchas batutas quisieran tener enfrente, redondeando una interpretación bachiana no memorable pero si honrada en sus planteamientos y ejecución.

El salto espacio-temporal resultaría impensable tras la primera parte, no por los estilos, que también, sino por la búsqueda de sonoridades, y es que el Pelleas und Melisande, op. 5 (Schönberg) puso sobre el escenario una gran formación sinfónica (con muchos refuerzos) para un poema sinfónico exigente, vibrante, en cuatro secciones sin pausa, cercanas, emocionantes, disfrutando con cada tema en intervenciones solistas personales y de calidad, empaste, dinámicas extremas perfectamente logradas por Marzio Conti, versátil como su orquesta, capaz de afrontar en un mismo concierto dos mundos distintos pero no distantes, al gusto de todo buen melómano, extremos que se tocan, el «padre de todas las músicas» y el compositor vienés que revolucionaría la escritura musical desde la investigación y el conocimiento de los orígenes, el contrapunto como «madre de la composición», esponsales musicales para este inicio de temporada de grandes conciertos en la capital del Principado.  Obra compleja la del vienés basada en el drama de Maeterlinck que la Oviedo Filarmonía llevó fiel a su espíritu, sigue creciendo fuera del foso, aunque resulte un espejismo la plantilla desplegada para esta apertura, pero el florentino es capaz de liderar proyectos arriesgados como el de este luminoso viernes otoñal.

El próximo domingo 26 a las 19:00 horas nos espera otra celebración con Sir John Eliot Gardiner y su Orquesta Revolucionaria y Romántica no Bach o Monteverdi sino un Beethoven que seguro pondrá el listón muy alto, y un Berlioz en medio corroborando esta leyenda de distintos, no distantes…

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