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​ Gardiner reivindica a Schumann con la LSO

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Jueves 8 de marzo, 20:00 horas. Conciertos del Auditorio,London Symphony Orchestra (LSO), Sir John Eliot Gardiner (director). Obras de Schumann.

Reseña para La Nueva España del 9 de marzo ampliada con «links» y fotos propias, además de añadir negritas o cambiar entrecomillados por cursivas:
La London Symphony Orchestra (LSO) y Sir John Eliot Gardiner trajeron a Oviedo el romanticismo puro reivindicando al Schumann sinfónico con las dos sinfonías sin nombre más la obertura Genoveva, su única ópera, obras de madurez animado por su esposa Clara y el amigo Brahms en un regreso esperado por todos.
Obertura más sinfónica que operística para abrir con delicados contrastes, fantasía y lirismo que el director británico llevó con su particular claridad de gestos bien entendidos por una orquesta rendida a sus órdenes, tocando de pie salvo las excepciones lógicas con algún espectador preguntándose la causa, tradición viva de Sir John.
Gardiner tiene grabada la integral de las sinfonías de Schumann con su Orchestre Révolutionnaire et Romantique para la serie Archiv del sello amarillo a finales de los 90, revividas ahora con la LSO en gira europea con Oviedo nuevamente en el mapa, escuchando las pares en orden cronológico, la Sinfonía nº 4 en re menor (primera versión de 1841) y la Sinfonía nº 2 en do mayor (1846).
La cuarta sonó germánica y romántica en cuatro movimientos sin pausa, enlazados y evitando las temidas toses, bien contrastados por un Maestro con mayúsculas aclamado por el respetable y sacando color a los claroscuros de sus compatriotas: magia de la Romanza, poderoso el Scherzo y pura explosión en el Largo. Finale: Allegro vivace con esos cambios de tempo logrando la expresividad tan decimonónica aún perdurable y funcionando desde una interpretación impecable por parte de los londinenses que dejaron el pabellón por todo lo alto a la espera de la segunda, parte y sinfonía.
Y tras el descanso llegaría la bellísima e inquietante segunda de movimientos separados, apareciendo las toses en «tutti» como olvidándose de su anterior visita, también plagada de contratiempos, luces y sombras (la sinfonía), con el Scherzo ubicado antes del maravilloso y expresivo Adagio finalizando con el vibrante Allegro molto vivace, bisado el último minuto final tras las aclamaciones y vítores para el «Gran Gardiner», romanticismo británico en lenguaje instrumental limpio y poderoso, elegancia de principio a fin con Sir John graduando emociones, dinámicas, velocidades y hasta aplausos y catarros. Excelencia en el trato y el concierto con LSO reivindicando al Schumann sinfónico.

«El romanticismo no es cuestión de rareza ni búsquedas de formas sorprendentes. Su cualidad esencial es que permite al músico ser también poeta». Robert Schumann a Clara Wieck aún solteros.

Mi comentario previo al concierto en LNE del jueves 8:

Sobre el ciclo Historias de Mieres

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Martes 6 de marzo, 20:00 horas. Ciclo «Historias de Mieres», Casa de la Cultura «Teodoro Cuesta». Proyección comentada de la película Mieres del Camino (Juan Díaz Quesada, 1928).

Volvíamos a visionar ¡al fin en Mieres! una película que además de ser historia de nuestra «hermosa villa» supuso descubrirme musicalmente cómo se ambientaba en vivo desde el piano aquellas proyecciones de cine mudo en las salas de entonces. Siempre agradeceré a Juan Bonifacio Lorenzo, Boni, director de la Filmoteca Asturiana (defenestrado por los incompetentes habituales) no ya haber recuperado esta película y mantenerla para siempre en la historia del cine, sino contar conmigo en las primeras proyecciones, recordando especialmente la del Teatro Jovellanos de Gijón con la única luz procedente de la pantalla y tocando temas relacionados con mi pueblo de Mieres, canciones populares que incluso aparecían de soslayo en el propio argumento (el encauce del río y el nuevo puente de Siana sobre el Caudal además del ferrocarril a Mieres), la Danza Prima, Santa Bárbara patrona de los mineros, junto a páginas clásicas de Wagner, Beethoven o Albéniz que ponían la banda sonora en vivo tras un visionado previo en una cinta en VHS, hoy ya digitalizada… Boni volvería a mi instituto en 2013 para proyectársela a todo el personal dentro de las jornadas culturales que dedicamos a la minería.
Hoy en día podemos verla completa en YouTube© con un piano añadido del que desconozco procedencia, pues de aquella no era costumbre grabar nada, aunque tendría que investigar y lo improvisado no lo suele reconocer ni siquiera quien lo interpretó en su momento.

Este martes seguía el ciclo con la presencia del doctor historiador y cinéfilo Juan Carlos De La Madrid presentado por Mª Fernanda Fernández Gutiérrez, vivencias paralelas recordando esa joya documentada y editada allá por 1996 por el primero, «Cinematógrafo y varietés en Asturias (1896-1915)», repasando memoria e historia de nuestro Mieres donde teníamos en la misma manzana nada menos que tres cines: el Novedades, el Pombo y después el Esperanza (del cuarto en liza, el Capitol, daría para muchas más sesiones), siendo el empresario Gerardo Pombo quien produciría la película de Juan Díaz Quesada, cubano de origen asturiano, entendiendo bien el poder del cine como espectáculo pero también como documental y elemento de propaganda minera, tal vez patrocinada por la entonces poderosa Fábrica de Mieres. En esta semana de homenajes no podía faltar esta película que ya ha cumplido 90 años el pasado enero, estrenada primero en el Cine Princesa de Madrid y dos días después en nuestro Teatro Pombo.

Un placer escuchar a Juan Carlos contando y glosando la importancia de la película por el hecho de tenerla, las vicisitudes del propio formato, la mina como verdadera protagonista en 1926 que comienza la producción de la película sin entrar nunca en el minero ni el trabajo, el triángulo protagonista de Pinón, Pepina (hija de Gaspar Campomanes) y el prometido indiano Ruperto que está siempre «off», treinta y un minutos donde no faltará mucha información documental de los años dorados de Mieres, el carbón como potencia industrial, también la parte musical que en parte ya comenté anteriormente y donde el final feliz de una historia de Capuletos y Montescos locales tiene boda y fiesta asturiana donde no faltan la pareja de baile -jota asturiana intuida- puede que también tonada, y la pareja de gaita (José La Piedra) y tambor, sin olvidarnos del gran Martinez Abades, músico y pintor relacionado con este  “Celuloide ceniciento y temblón” como lo bautizó De la Madrid.

Interesante seguir la proyección con los comentarios de Roberto Álvarez Espinaredo centrando la acción en lugares reconocibles como Fábrica, el Pozu Barredo, la bocamina del Grupo Mariana, las Casas Baratas de Anasagasti y hasta el Palacio de Viade donde viven Gasparón y Pepina.
Noventa años de una película que es patrimonio cultural en una villa que ha perdido sus teatros como seña de identidad mutados en mini-cines llamados multicines, impersonales dentro de los llamados centros comerciales siguiendo la moda americana donde no faltan palomitas y refrescos, situados en un extrarradio casi cercano al palacete de Gaspar en el valle de Cuna. Al menos quedan los recuerdos y amantes del séptimo arte que siguen rodando en nuestra tierra, denunciando las mismas injusticias de entonces y reivindicando una historia que no podemos olvidar.
La semana aún guarda sorpresas y un guateque en el Casino, como en mis años mozos con el «incombutible» Juan de Pablos, «Flor de Pasión«… el sábado me pilla de verbena en Oviedo pero las horas nocturnas forman parte de muchas biografías locales entre las que se encuentra la mía.

Ensoñaciones musicales

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Reseña para La Nueva España del concierto de la OSPA del viernes 23 de febrero con el añadido de mis fotos:

Ensoñaciones musicales de la OSPA con su titular Milanov comenzando con el estreno del ovetense Gabriel Ordás y su “Onírico” escuchado por vez primera el jueves en Avilés, una fantástica fantasía orquestal encargada por la OSPA que hizo realidad un sueño placentero bien compuesto y con lenguaje propio sin etiquetas, esperando lo interpreten muchas orquestas por calidad y cercanía al público. Más tortuoso y desagradecido el Concierto para violín de Sibelius con Alexander Vasiliev dando el paso al frente (estuvo Benjamin Ziervogel de concertino) como solista, valiente calentando con su canto añejo los gélidos pasajes finlandeses que solo nos despertaron por el lirismo de este abuelo al que sus nietos asturianos regalaron flores y él una cálida propina de Paganini.

La suite del ballet “Nobilissima visione” de Hindemith inspirado en San Francisco de Asís resultó pese a la excelencia instrumental cual pesadilla tras una buena y copiosa comilona de la que solo nos despertó el Hermano Sol, lástima porque el mejor sueño fue el inicial y juvenil de Ordás.

Sueños y pesadillas

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Abono 7 «Inspiración II» OSPA, Alexander Vasiliev (violín), Rossen Milanov (director). Obras de G. Ordás, J. Sibelius y P. Hindemith. Jueves 22 de febrero, 20:15 horas, Casa de Cultura, Avilés, entrada 18 €. Viernes 23 de febrero, 20:00 horas, Auditorio de Oviedo.

No podía ni quería perderme otro estreno absoluto de Gabriel Ordás (Oviedo, 1999), esta vez su fantasía orquestal Onírico (2018), un encargo de la OSPA que sigue apostando por compositores jóvenes con los que captar públicos de estas generaciones, algo siempre de aplaudir y además con repercusión mediática en la prensa y televisiones regionales además de «Radio Clásica» que también apoya talentos de casa. Si además comparte programa nada menos que con Sibelius y Hindemith todavía engrandece el trabajo de este artista integral cuya obra encaja perfectamente en un lenguaje atemporal, académico si se me permite por sus referencias compositivas, bien armado desde un conocimiento de la orquestación -alumno de Fernando Agüeria a quien va dedicada- que no requiere solamente de técnica sino de inspiración (como indicaba el título de este séptimo de abono) que debe pillar siempre trabajando y con un bagaje vital adulto por una trayectoria increíble. Recomendable escucharle con Fernando Zorita en el canal de YouTube© de la OSPA.

El análisis de su obra en las notas al programa (enlazadas en los autores) a cargo de la doctora María Sanhuesa, miembro también del Consejo Rector de la OSPA, se amplió aún más en la conferencia previa del viernes con el sugerente título Sueños, visiones y otros delirios sinfónicos: Ordás, Sibelius y Hindemith entre la vigilia y el sueño, unidad temática con visiones varias de nuestro estado de «duermevela», no ya el fisiológico sino también lo soñado e incluso lo místico junto a paralelismos pictóricos como Dalí, el Simbolismo, relojes blandos, México y toda una paleta de colores tan personales como los propios sueños explicados con los toques de fino humor a los que nos tiene acostumbrados.

Siempre son de agradecer estas conferencias con la inestimable colaboración de la Universidad de Oviedo a cargo de profesores que junto a las notas al programa en los distintos números de la revista trimestral de la OSPA, amplían o subrayan aspectos de las obras que escucharemos después en el concierto, y que por los problemas «detectados» obligan a realizarlas últimamente en la Sala de Cámara, más desangelada que las salas del último piso ahora clausuradas. Del futuro que espera al auditorio y los problemas que generará a tanta música ya programada mejor toquemos madera porque tal parece haber una mano negra que quiere seguir dinamitando poco a poco la dilatada trayectoria de excelencia que atesora la capital del Principado de Asturias.

Mis primeras impresiones del jueves fueron las de otro sueño cumplido por parte del joven ovetense Gabriel Ordás, la orquesta de todos los asturianos estrenando esta fantasía sinfónica en cuatro momentos que no solo parten del hecho físico sino de la transmisión al público de esas sensaciones para hacerlas propias: Preludio, Duermevela, curiosamente la primera en escribirse (en las páginas de los distintos movimientos de la partitura que se nos proyectaron en la conferencia podía leerse «Diciembre 2017) como bien recordó la doctora Sanhuesa, Viaje y Crisol, fusión de elementos antes del despertar tras una verdadera banda sonora de rica instrumentación donde la percusión colorea melodías y armonías remotas, de nuestra memoria colectiva de melómanos, lejana y emparentada con sus compañeros de programa, por momentos previa desde un viaje interior personal. Volver a escucharla el viernes con la acústica tan especial del auditorio y más rodada por parte de todos me reafirma en la impresión de estar ante una obra madura con mucho recorrido para ser interpretada por orquestas en cualquier lugar del mundo dada la vigencia del lenguaje utilizado por el maestro Ordás, atemporal desde un sello propio que no esconde querencias, lógicas en todo creador.


Nuestro concertino Alexander Vasiliev dejaba su puesto a Benjamin Ziervogel (un lujo sus intervenciones en Onírico) y daba de nuevo un paso adelante para ejercer de solista con Sibelius y su Concierto para violín en re menor, op. 47 (1903-1904), no precisamente una obra habitual por demasiado exigente para solista y orquesta que es tan protagonista como el propio violín, donde los años pesan aunque su acercamiento fuese plenamente lírico al mismo, tal y como comentaba a su amigo de cuerda en OSPA TV, de sonido penetrante y fraseo no siempre claro arropado por sus compañeros atentos intentando disfrutarlo juntos, con el Allegro moderato que en Avilés se aplaudió por el ímpetu transmitido aunque falto de claridades, incluso en la cadencia, colocada en medio del movimiento, más cantado el Adagio di molto que me supuso cierto bajón emocional pese a la belleza del mismo, y el empuje desde el podio para el Allegro ma non tanto más pegadizo y llevadero al oído, demostrado que los años dan la pátina necesaria a páginas no del todo agradecidas de interpretar pero sentidas tan cercanas por nuestro maestro ruso. Retomando palabras de la conferencia, el último movimiento fue descrito como «una polonesa para osos polares», y mi percepción personal tras volver a escuchárselo «en casa», de una frialdad finlandesa que el cercano concertino hoy solista intentó caldear sin excesos, evitando el deshielo peligroso de caminar por un lago helado por buscar visiones, pero una angustia pensando en el riesgo que siempre se corre.

En el Oviedo que le ha adoptado, al violinista ruso también le regalaron flores pero sus nietos asturianos, verdadero anclaje emocional a nuestra tierra, correspondiéndonos con el Capricho 15 de Paganini, Posato inicial antes de la avalancha de fusas, reposado inicio previo a la acumulación de problemas, como la vida misma donde el paso de los años dan ese carácter añejo al arte, si bien no era necesario arriesgar tanto y exponerse como lo hizo nuestro admirado y querido Sasha, ni con el gélido finlandés ni mucho menos con el endiablado italiano, aunque siempre le aplaudiremos y agradeceremos su total entrega y permanente magisterio.

La Suite de concierto (1938) del ballet Nobilissima visione (Hindemith) supuso la obra de arte total wagneriana como apuntaba María Sanhuesa, conjunción de talentos con los frescos florentinos de Giotto, la música del alemán y la coreografía de Massine para los Ballets Rusos de Monte-Carlo, herederos de los famosos de Diaghilev tras su muerte, inspirados en San Francisco de Asís. Esta suite que utiliza 5 de los 11 números se organizan en tres partes sin seguir el orden del ballet y buscando lo orquestal. Tras el sueño placentero de Ordás, y la pesadilla de Sibelius, este Hindemith me recordó la cabezada tras una copiosa comida donde los sobresaltos coinciden con una mala digestión. Lástima y curiosa paradoja puesto que los ingredientes de la formación asturiana son de primera, sonó compacta, unida, con dinámicas amplias delimitando cada plano desde un rigor plausible pero nunca emocionante, provocándome cierto desasosiego orquestal que no encajaba con la rítmica danzable aunque prescindamos del baile.

Desfile de platos titulados Introducción-Rondó, Marcha-Pastoral y Pasacalle, con poco sabor pese a que el director búlgaro parece dominar de siempre la música de ballet, pero este San Francisco era de Asís y no el estadounidense, despertándonos el Hermano Sol como recordando que se nos terminó el sueño, argumentario de programa a la espera del colorido del próximo noveno abono que nos traerá a la OSPA desde Santiago de Compostela (devolviendo visita) esperando suenen de ensueño y quede el pabellón bien alto. En el octavo lo mejor del concierto resultó la fantasía del fantástico Gabriel Ordás.


Poca espiritualidad y ninguna inspiración

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Viernes 16 de febrero, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo: «Espiritualidad II», abono 6 OSPA, Marta Mathéu (soprano), Marina Rodríguez Cusí (mezzo), Evan Johnson (tenor), Joan Martín-Royo (barítono), Coro de la FPA (José Esteban G. Miranda, maestro de coro), Rossen Milanov (director). Obras de Haendel y Schubert.

Repertorio poco transitado con el título de «Inspiración II» en la revista, que realmente era «Espiritualidad II» según la propia web de la OSPA (ya renovada) con la vuelta del director titular al frente, volviendo a tener un día poco inspirado. Sobre la Música Acuática o Water Music de Haendel escribe ampliamente Joaquín Valdeón en las notas al programa (enlazadas en los autores al inicio de la página en Facebook© de la OSPA) optando según estaba previsto por la Suite nº 1 en fa mayor con la mejor formación para el Barroco que no debe  olvidarse, a base de la mejor plantilla para la ocasión, con la cuerda, clave, dúo de trompas y oboes más fagot. Desconozco la edición de bolsillo manejada por Milanov aunque los diez movimientos o aires de su elección no corresponden con lo anunciado en la programación de la revista ni se indican en la web, solo «selección de suites» (y cuyo orden siempre es orientativo) no coinciden con los habitualmente manejados y grabados, ni tampoco el espíritu del alemán nacionalizado británico. No se acertó tampoco con la combinación de tiempos, ritmos o compases contrastantes de este periodo y con poco rigor histórico los músicos se limitaron a las partituras sin brillar como era de esperar, sin la pulsión mecánica necesaria, aunque tuvieron momentos de lucimiento, destacando el trío de madera (que no necesita dirección) por la calidad que atesoran, dejándonos lo mejor de esta música real para disfrutar por el Támesis aunque el Gafo no sea navegable ni a nosotros se nos trate como reyes. Igualmente el excelente dúo entre Vasiliev y Corpus cuyos años de convivencia en esta orquesta les hacen entenderse mejor que muchos matrimonios. No puedo decir lo mismo de los dos bronces que decía Max Valdés porque no son los berlineses aunque lo intentaron pero sus errores «dan el cante» mucho más que algunas entradas irregulares de sus compañeros de escenario, por otra parte lógico ante las carencias en este repertorio que el titular sigue teniendo aún más acentuadas con el paso del tiempo. Así que este Handel al que Valdeón incluye en la «Categoría de honor» resultó pasado por agua e incluso soporífero para un público tan despistado que no aplaudió hasta bien finalizada la selección con el X (sin indicación de tempo) al igual que el III (¿?) según el programa (¡tampoco hubo diez movimientos!), algo por otra parte de agradecer en otros días donde las prisas impiden degustar los últimos sonidos de las obras aún vivas flotando en el aire.

Supongo que espiritualidad será religiosa porque no encuentro conexión entre el programa y su título, y de las nueve misas de Schubert se optó por la Misa nº 5 en la bemol mayor, D. 678, no precisamente la más agradecida para nadie y enormemente dura. De agradecer la colaboración abierta entre el CONSMUPA y la OSPA que permite la incorporación de 14 estudiantes (merece la pena escuchar la entrevista en OSPA TV) a estas grandes obras sinfónico corales y dejo la información colocada a la entrada del auditorio.

Por resumir la «versión» escuchada de la quinta misa de Schubert pienso que se optó por el trazo grueso, con un coro de 78 voces (46 blancas y 32 graves) nuevamente desequilibrado, más inseguro de lo habitual, abusando de los fuertes en intervenciones muy exigentes por la amplia tesitura y con pocos momentos para disfrutarlo «a capella» en una misa más como «puesta en escena» que realmente espiritual. El director búlgaro prescindió de batuta buscando la mejor comunicación aunque de nuevo el gesto no ayuda mucho al entendimiento con un coro al que han dirigido grandes y variadas manos, pero no les noto seguros con Milanov. La orquesta con el refuerzo estudiantil citado y cambiando clave por órgano, con timbales, trompetas y trombones a la derecha más trompas a la izquierda, tampoco tuvieron un buen día, faltó empaque entre las distintas secciones y el coro, navegando por este otro río a pasos y dinámicas distintas. Al menos los excesos fueron compartidos por ese afán en confundir lo monumental con lo fortísimo, olvidando que los recursos están para dosificarlos y no abusar de ellos pues hacen perder el efecto deseado.

Lo mejor de todo fue el cuarteto solista por calidad y empaste de voces tanto entre ellas como con el coro y la orquesta, dos ya conocidos en Oviedo como el barítono Joan Martín Royo o la mezzo Marina Rodríguez-Cusí (incluso coincidieron en Ariodante) junto a la soprano tarraconense Marta Mathéu espléndida de emisión, color y matices más el tenor norteamericano Evan Leroy Johnson que no desentonó en el cuarteto viniéndole muy bien la estancia europea donde el listón interpretativo es más alto que en su país (Milanov lo conoce de allá) como deberá ir comprobando, aunque no siempre triunfen los mejores.
El próximo viernes sí habrá «Inspiración II» porque tenemos estreno de Gabriel Ordás (1999) y su Onírico entre otras obras de las que María Sanhuesa hablará en la conferencia previa una hora antes «… entre la vigilia y el sueño».

In Memoriam Elena Herrera

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Viernes 9 de febrero, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo. «Sinfonismo británico«, OSPA, abono 5, Haochen Zang (piano), Carlos Miguel Prieto (director). Obras de S. Revueltas, S. Rachmaninov y W. Walton.
Pablo SIANA | 10.02.2018 | 04:09
El talento mexicano de Carlos M. Prieto le sienta bien a la OSPA.
Tras el paréntesis operístico, volvía la Orquesta Sinfónica del Principado de Asturias (OSPA) al Auditorio Príncipe Felipe para retomar su temporada de abono con el director Carlos M. Prieto y el pianista Hoachen Zhang en un programa colorista titulado “Sinfonismo británico” que tuvo sabor y homenaje mexicanos, pero también cubano (por Elena Herrera).

El concierto se inició con el particular Homenaje a Federico García Lorca de Revueltas. Un vehículo idóneo para los viajes emocionales de un compositor y un director que se encuentran en momentos distintos, bien entendidos por ambos en facetas complementarias que la OSPA, “de cámara” por número de efectivos, desveló con un acierto y un gusto bien explicados al inicio por el Maestro Prieto, y mejor interpretados con un excelente trompeta solista.

El primero de Rachmaninov, no tan popular como el segundo aunque igual de exigente para el solista chino (miembro de esa generación oriental que viene arrasando). Zhang estuvo asombroso en la expresión y además bien concertado por Prieto, que permitió al público disfrutar del virtuosismo efectivo y no efectista arropado por una orquesta inmensa en todos los sentidos. Y Mozart siempre es un buen regalo.

La primera sinfonía de Walton, más conocido por sus bandas sonoras y otro grande británico por vanguardista, nos trajo la mejor versión de una orquesta madura que afronta estos repertorios con solvencia y entrega cuando el podio conoce los secretos de partitura y formación. Un terremoto sonoro como la relación amorosa de Walton con la baronesa Doernberg, siempre británico por compostura y brillantez desde la ruptura contenida que el mexicano supo transmitir a una orquesta que con él suena de cine, majestuosa e imperial.

P. D.: El texto corresponde a mi reseña para La Nueva España sección Oviedo, de la  madrugada del sábado a la que desde casa he añadido mis fotos y los habituales «links» enlazando temas y autores, esta vez de las notas al programa publicadas en la revista 19 y el Facebook© de la OSPA escritas por Luis Suñén así como las entrevistas en el canal de YouTube© OSPATV al pianista y al director, antes del Carnaval.

Elena Herrera Peraza (Sancti Spíritus, 15 de agosto de 1948 – Oviedo, 9 de febrero de 2018).

Cimientos musicales solidarios

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Viernes 2 de febrero, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo, Concierto Solidario “Día mundial del Cáncer”. Lola Casariego (soprano), Francisco J. Sánchez (tenor), Gianpaolo Vadurro (piano), Coro y Orquesta de la Universidad de Oviedo, Coro “Bloque al canto” del Colegio de Aparejadores de Asturias, Pedro Ordieres y Joaquín Valdeón (directores). Donativo: 15 €.

No solo en tiempos de crisis, aunque parezcan peores, es habitual encontrarnos con actos solidarios para recaudar fondos destinados a todo tipo de necesidades. La música siempre mueve públicos de todo tipo y la lucha contra el cáncer también, pues rara es la familia que no ha tenido cerca esta enfermedad contra la que seguir luchando, más ahora que ha dejado de ser sinónimo de muerte aunque siga sumiéndonos en tristeza o pesimismo, algo contra lo que la AECC lleva décadas trabajando. Su Junta Provincial en Asturias trajo este primer viernes de febrero la música para celebrar el “Día mundial del Cáncer” en el Auditorio de Oviedo como recordó en la presentación mi querido amigo el televisivo Laude Martínez, esa lucha sin bajar la guardia que podemos hacer extensivo a la música no ya como terapia contra todo dolor sino también como perfecta herramienta solidaria en este edificio nacido para ella donde también se han celebrado congresos, exposiciones y todo tipo de eventos no siempre solidarios, cuestionándose ahora la seguridad después de veinte años.

Agradecer las colaboraciones de la Universidad de Oviedo, del Ayuntamiento o de El Corte Inglés para adquirir las invitaciones incluso de fila cero para ayudar a mantener la batalla contra el cáncer, porque investigar cuesta dinero al igual que estudiar música, algo imposible en nuestro país hace años pero que tristemente vuelve a descuidarse en los presupuestos, por lo que el donativo de 15 euros sabe a poco para esta causa donde se nos ofreció un concierto con artistas de casa y solidarios, como la profesión o afición que han elegido, cuyo arduo trabajo, casi siempre invisible, no tiene más recompensa que el aplauso. Y celebraciones siempre con la música, también asturiana solidaria y desde el corazón de todos.

De los intérpretes quiero comenzar citando a la soprano ovetense Lola Casariego, cuya trayectoria sigo desde finales de los 80 (conservo tres casetes grabadas desde la tele con el Acis y Galatea de Literes) cuando dio el salto desde la cuerda de segundas del Coro Universitario, hoy también presente, para comenzar una carrera de fondo dura e imparable, donde ha tenido que redescubrirse hasta llegar a este 2018 plenamente asentada con un trabajo para el que no hay vacaciones ni todos los contratos deseados. Con ella nuestro “hijo adoptado” más que adoptivo Francisco J. Sánchez, un habitual del Festival Lírico del Campoamor donde hemos podido disfrutarle como tenor (no me gusta la etiqueta de actor cantante porque todos los cantantes deben actuar y los actores cantar…) en títulos como La Marchenera, El Terrible Pérez (2016) y especialmente el Maharajá (2017) cuyo escanciado y asturianía (amén del «puto yoga») le valió mi bautizo como ATA (Adoptado Tenor Asturiano) al querido Paco que sigue ganando repertorio y color vocal.

A esta pareja de solistas le tocó abrir concierto, cimentar una velada para todos los públicos y gustos
con acompañamiento de piano, alternando soprano y tenor obras variadas desde la canción de concierto a la ópera pasando por la zarzuela hasta la opereta, que paso a desgranar.
La bella página A Chloris de Reynaldo Hahn no puede faltar en un recital de Lola porque la hace suya, aperitivo ideal antes de Le violette (Alessandro Scarlatti), «canzonetta» o aria antigua de la ópera «Pirro e Demetrio», habitualmente interpretada por soprano pero válida para cualquier voz con Paco defendiéndola con solvencia, ampliando repertorio y registros, de agilidades bien resueltas y proyección suficiente.
El aria Ecco l’orrido campo de «Un ballo in maschera» (Verdi) pienso que no fue buena elección entre el amplio repertorio operístico que la ovetense tiene, más por color que tesitura esta Amelia, incómoda igualmente, y con un piano inseguro que no la ayudó finalizando el «Miserere» calada. De la conocida Jota de Falla por parte del tenor madrileño podría comentar lo mismo, el pianista venezolano perdido en el acompañamiento (el único original de la velada), supongo que por no tratarse de la versión aguda (soprano o tenor) sino de mezzo / barítono, registro más grave que no proyecta como un tenor aunque «la despedida» fuese auténtica haciendo mutis por la puerta lateral.

Mucho mejor las siguientes apariciones por parte de los tres, la Santuzza de «Cavalleria rusticana» (Mascagni) parece compuesta para Lola Casariego que mantiene el color y dominio grave de mezzo con las agilidades de este rol, por lo que el aria Voi lo sapete, o mamma brilló con el dramatismo requerido al que Vadurro también colaboró. Y Francisco J. Sánchez sí pudo ser el Leandro de mi tocayo Sorozábal cuya zarzuela «La tabernera del puerto» volveremos a disfrutar en junio para cerrar las bodas de plata del Festival Lírico ovetense. La romanza No puede ser es tan exigente o más que muchas arias operísticas, Paco la lleva en la sangre y el trabajo en la dirección correcta le ha permitido cantarla cómodo, fiel a la partitura sin respiración alguna en el final, afinado y convincente sin buscar excesos que pueden ser tan perjudiciales como el tabaco. Zarzuela de nuestra historia y tradición con páginas imperecederas, bien sentida por Lola que brilló en Sierras de Granada de «La tempranica» (Giménez), demostrando rigor, honestidad y entrega máxima, luciendo ambos una virtud que parece perderse muy a menudo como es la exquisita vocalización de cada romanza.

Y qué mejor que el dúo de «La Dolorosa» (Serrano) para reivindicar nuestro género, papeles de Dolores y Rafael perfectamente dramatizados en escena con el piano en reducción orquestal, intimismo y emoción para lograr transmitirla a un público ya entregado a esta pareja.

Todos deberíamos presumir de nuestra música, genuinamente española y llamar a la opereta «la zarzuela vienesa», pues eso es entre otras “La viuda alegre” (Lehar) cuyo conocidísimo dúo Lippen Schweigen por parte de Paco y Lola (con piano) ni siquiera necesitó cava o sidra champanada para imaginar y compartir desde nuestras butacas el ambiente de salón en escena, elegancia, saber estar y final ideal para esta primera parte.

La segunda parte sería universitaria con refuerzo de aparejadores para finalizar un edificio solidario y sentido, primero la Orquesta Universitaria que continúa formación y ensamblaje en este su primer curso académico con Pedro Ordieres al frente, y tras su presentación navideña con Händel más los asturianos Ordás y Martínez, tocaba retomar pulso con el siempre festivo Haydn en este primer viernes preparando Carnaval y Cuaresma, lo profano y lo religioso conviviendo como la propia vida y la música, para seguir engrasando, empastando, completando sonoridades y entendimiento. “Junior”, como llamo cariñosamente a Pedro, hijo menor de Alfonso Ordieres Rivero que fundase esta orquesta en 1979, pionera entonces (y de momento el último de la saga), conoce este repertorio desde crío, así que elegir la última sinfonía de Papá Haydn, la número 104 en re mayor, no es casual. Sus cuatro movimientos bien diferenciados permiten trabajar cada sección para ir armando esta construcción musical, verdadero edificio sinfónico al que generaciones posteriores siempre han mirado, compositores y formaciones, así que la dirección de los universitarios es correcta, de menos a más con detalles que incluso las orquestas profesionales tampoco solventan satisfactoriamente, quedándome con el “Finale Spiritoso” como meta y objetivo por otra parte lógico y literal como la indicación del aire. No se puede pedir más en menos tiempo.

Y tenía especial interés en volver a escuchar el Stabat Mater Speciosa de Gabriel Ordás (Oviedo, 1999) estrenado en la Catedral el pasado 18 de diciembre contado por mí desde las mismas páginas de La Nueva España que también publican la crónica de este, y que en el blog dejé entonces idéntica para publicarla después que la prensa, aunque esta vez quise alargarme mucho más con la libertad de no limitarme espacio y poder añadir vínculos (links) que siempre enriquecen.

Sumando esfuerzos y sonoridades a la Orquesta Universitaria llegaría el relevo en el podio con Joaquín Valdeón y “sus” dos coros, el Universitario más el de Aparejadores, Bloque al canto cual metáfora musical para un concierto construido con los mejores materiales para crecer en altura, disfrutando nuevamente del Stabat Mater de Ordás. Volver a recordar su edad ¡18 años! pero de una hondura diría fuera de esta época, atemporal y nada casual, fruto de una formación humanística sumada a un talento innato acrecentado por un inspirador trabajo incansable con todos los apoyos familiares y profesionales. Cada obra es admirable y su capacidad compositiva envidiable, esperando volver a escuchar otro estreno este mes con la OSPA (el 22 en Avilés y el 23 en Oviedo con Milanov dirigiendo Onírico). Stabat Mater Speciosa, imagen de la Virgen no dolorosa con su hijo muerto sino con el Niño triunfante y dulce, como sonó de nuevo con un coro reforzado y una orquesta un poco corta en plantilla pero dando su dimensión real, auditorio mejor que catedral con trampa y cartón acústicos por engañosos al oido, esta vez en el espacio pensado para la música, ya trabajado e interiorizándose aún más por parte de todos, con mayores dinámicas plenamente asentadas donde se agradeció el aumento vocal aunque se pierda color, y necesitando más efectivos de cuerda para una plantilla con amplia percusión más órgano, que pese a ello consiguió los balances ideales para unas melodías bien construidas capaces de emocionar cantando en latín.

La vida sigue dándonos regalos, cada día uno, con belleza, calidez, esperanza, solidaridad, esta vez contra el cáncer pero que nunca nos falte, seguir luchando sin desfallecer, sin bajar la guardia, sea en cualquier faceta, con la música como la mejor terapia y motor vital, el mismo ímpetu juvenil que el de este primer viernes de febrero.

Vigor y rigor

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Sábado 20 de enero, 20:00 horas. Conciertos del Auditorio, Oviedo. Philharmonia de Zúrich, Fabio Luisi (director). Obras de Beethoven y Tchaikovsky.

Sábado de auditorio lleno con un programa tanto para melómanos exigentes como para público en general más acostumbrado a lo que se podría llamar «El Top 10» e incluso «Las 40 principales» ya que los autores y obras más escuchados suelen ser los mismos y no solo en las orquestas españolas, siendo todavía extraño escuchar obras que hace cien años eran vanguardia y hoy ya no lo son; no hablemos ya de estrenar obras de autores vivos, y por supuesto acostumbrar el oído a nuevos sonidos. Lo curioso es encontrarnos aficionados que degustan nueva cocina, acuden a estrenos cinematográficos, compran las últimas novedades en lectura pero siguen prefiriendo los autores del clasicismo y romanticismo, supongo que siempre más «llevaderos» y puede que socialmente muy bien visto como ahora visitar museos (se entiende de los pintores «de siempre» aceptando como «vanguardias» a Botero o Antonio López por poner dos ejemplos de colas para visitar sus exposiciones). Así que Beethoven y Tchaikovsky siguen siendo rentables de alquilar sus obras para orquesta sinfónica y aseguran menos toses que un centenario Debussy al piano (Barenboim llena independientemente de lo que toque porque a él nadie le tose), siendo dos sinfonías un buen reclamo aunque no igual de escuchadas ni grabadas.

Oviedo no tiene un lago ni gobernantes con visión cultural como Zúrich, pero al igual que la capital asturiana, la ciudad suiza tiene dos orquestas, surgidas de la escisión de la histórica sala de conciertos y el teatro, la Tonhalle que mantiene el nombre del teatro y la Orquesta de la Ópera de Zúrich (1985) hoy conocida como  Philharmonia de Zúrich, con el director genovés Fabio Luisi de titular desde 2012, que venía desde Madrid pero sin la pianista Hélène Grimaud, en esta gira española que apostó por el repertorio «popular» y emergiendo del foso mientras aumentaba la plantilla para poder mostrar músculo. Hubiera estado bien «prolongar» el concierto del viernes con el cuarto de piano en vez de «la octava del sordo» y manteniendo «la quinta del ruso» porque hubiese sido el argumento perfecto y no previsto para dos días consecutivos en el misterioso auditorio carbayón, aunque supongo que agendas y/ o cachets lo impidieron.
Tras lo comentado, en principio dudé titular la entrada «Para todos los públicos» pero me decanté por la de «Vigor y rigor» un poco por tirar de este hilo argumental que paso a desarrollar al tratarse de dos sinfonías tan distintas, dos mundos y personalidades tan bien descritas por Luis Suñén en las notas al programa (enlazadas al inicio en los autores).

La Sinfonía nº 8 en fa mayor, op. 93 (Beethoven) mostró una plantilla generosa en la cuerda (permutando violas y chelos) pero bien equilibrada con el viento, con más vigor que rigor del esperado, con un inicio –Allegro vivace e con brio– que pareció pillarles por sorpresa, raro en un Luisi que también dirige en Dinamarca y es una de las batutas más consolidadas del panorama directorial, pero el mejor escribano echa un borrón. Algo más encajado resultó el segundo movimiento Allegretto scherzando, homenaje a su amigo Johann Mälzel, no el inventor del metrónomo como siempre se nos contó sino que se aprovechó de la idea contemporánea de Dietrich Nikolaus Winkel como bien recuerda Suñén y hasta Wikipedia), movimiento encajado cual mecanismo de reloj suizo pero sin fuego ni pasión, retomando calidades y algo de temperatura en los dos últimos, el Tempo di Minuetto con unas trompas bien templadas y el Allegro vivace final que presenta el genio de Beethoven en estado puro aunque suizos y genovés volvieron a delinear de forma pulcra, limpia pero sin poner toda la carne en el asador, calidad sonora y rigor pero solamente vigor pasando hoja. Parece que Beethoven con los suizos no cuaja ni siquiera con «La Grimaud».

Rigor y vigor lo pondría la Sinfonía nº 5 en mi menor, op. 64 (Tchaikovsky) mucho más rodada en esta gira, a diferencia de la octava y confirmando ese dicho anónimo de «no hay quinta mala», más efectivos en un despliegue instrumental puramente sinfónico, aquí agradeciendo esa amplia cuerda que permitió al viento poder lucirse en todas las dinámicas, como le apuntaba a la prensa, con «músculo en cuerpo y alma». Y es que esta quinta tiene todo para seguir siendo seguro de éxito cuando se cuenta con efectivos e inteligencia para dirigirla dadas las exigencias tanto anímicas como técnicas indicadas incluso en los propios «aires» de cuatro movimientos que parecen multiplicarse por los constantes cambios de ritmo, compás, dinámicas, texturas, en un claroscuro continuo, romántico y angustioso, vigorosa montaña rusa (y perdón por el juego de palabras) de emociones contrastadas y nada contenidas por parte de Luisi y los operísticos de Zúrich que emergieron como las grandes formaciones de foso y más contando tanta historia.

Así fueron desgranándose: El I. Andante – Scherzo: Allegro con anima, enamorando el arranque de una madera deliciosamente ensamblada y con dinámicas muy logradas antes del «alma» exigida a esa broma rápida, unos pizzicati redondos y presentes como los arcos enormes bien contestados por el viento. El conocidísimo y hasta versioneado por Sinatra II. Andante cantabile, con alcuna licenza – Non allegro – Andante maestoso de tantas indicaciones como se puedan interpretar y así lo entendió el director genovés con sus músicos atentos, bien el solo de trompa por sentido y dificultad pero sublime y emocionante Rita Karin Meier con el clarinete por sonido e intención.
San Petersburgo no era Viena pero el III. Valse: Allegro moderato con patrioso fue ruso e imperial, la firma inequívoca de los ballets del ruso con o sin foso en una nueva demostración de calidades, timbres, texturas, juego de agógicas y dinámicas para finalizar con ese inmenso hasta en el título cuarto movimiento: IV. Andante maestoso – Non Allegro – Presto Furioso – Allegro maestoso – Allegro vivace – Scherzo: Allegro con anima, de nuevo las emociones desde la música, preguntas y respuestas concisas, el equilibrio de las dinámicas donde la delicadeza también alcanza la fuerza (bien los timbales de Renata Walzyna), un director convencido de principio a hasta alcanzar el clímax emocional y sonoro, éxtasis sin descontrol con su casi instantánea respuesta de aplausos atronadores rematando una noche de claroscuros románticos, calores gélidos y hielos subyugantes.

P. D.: Fotonoticia del diario La Nueva España.

Beethoven escoltando a los rusos

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Viernes 19 de enero, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo, Concierto Extraordinario OSPA: Real Filharmonía de Galicia, Lars Vogt (director y piano). Obras de Beethoven, Prokofiev y Stravinsky.

Excelente concierto para poco público el ofrecido por la orquesta afincada en Santiago en concierto de «intercambio» con nuestra OSPA (que devolverá visita el 8 de marzo) pese a tener los abonados entrada gratuita, la hoja de aviso previo y hasta anunciado en el nº 19 de la revista. Y una lástima porque hubo calidad no recompensada como debería al igual que hace 9 años cuando Lars Vogt debutaba en este mismo auditorio dentro de las Jornadas de Piano «Luis G. Iberni» con similar aforo al de este viernes. Nunca entenderé al público de Oviedo que se ha perdido un programa lleno de momentos únicos y sin muchas toses, que alguna ventaja tiene no llenar las butacas.

Hace años que sigo a la Real Filharmonía de Galicia, que también había pasado por Oviedo, y la semana pasada la dirigía mi admirado Manuel Hernández Silva, invitado de la orquesta compostelana desde hace varias temporadas y con un concierto muy distinto al que trajeron este viernes a la capital astur, demostrando la versatilidad de una formación casi de cámara que siempre se ha caracterizado por la calidad de todas sus secciones, despuntando en el llamado «repertorio clásico» sobre todo gracias a una sonoridad que podríamos definir como aterciopelada por reunir consistencia y suavidad desde todos los colores posibles, redondez en la cuerda siempre clara y precisa, amplia gama de matices con sutiles pianísimos y fortísimos sin estridencias con un viento madera equilibrado junto con los metales a pares. Sumemos la musicalidad exigida y demostrada en Oviedo para sentir con el piano y nos encontramos con una de las mejores orquestas españolas, casi todas con más de 20 años de existencia luchando contracorriente pese a las circunstancias adversas y los mayoritariamente «miopes culturales» de los regidores públicos.

Lars Vogt volvía a Oviedo desde Santiago en su doble faceta de solista y director, con la ventaja de tener el control (casi) total de la interpretación, dejándonos dos conciertos de Beethoven poco transitados (el segundo y tercero) que el propio pianista alemán ya ha tocado y dirigido, esta vez con la complicidad de un concertino de lujo, escoltando a dos rusos sin más obligaciones que pilotar esta nave gallega para compartir deleite, primero un ruso «clásico» y después el más actual por transgresor e inspirado contando solamente con una cuerda envidiable.

La Sinfonía nº 1 en re mayor, op. 25 «Clásica» de Prokofiev mostró lo vigente de un estilo que dominó toda la velada y alcanzó altas cotas de calidad precisamente por una formación disciplinada y esmerada en el sonido, para una forma orquestal de libro por los cuatro movimientos no muy extensos pero muestrario ideal del academicismo ruso recién finalizada la Primera Guerra Mundial y estrenada en Petrogrado por el propio compositor. Vogt fue desgranando con corporalidad más que batuta un Allegro valiente, posado y preciso desde un humor intrínseco y casi danzarín, un Intermezzo. Larghetto reposado para deleitarnos con el empaste y sonoridad de «los gallegos» con amplias dinámicas, la Gavotte. Non troppo allegro literal y de nuevo bailable, amarrando y templando el maestro alemán la elegancia sonora antes del Finale. Molto vivace que sirvió de sintonía radiofónica y de virtuosismo por parte de esta orquesta del Consorcio de Santiago antes del merecido descanso con una partitura que ya echaba de menos.

No se perdió intensidad ni calidad en el Concierto en Re «Concierto Basel» de Stravinsky donde la cuerda emergió bien llevada por las manos de un Vogt que disfrutaba tanto como sus músicos y los elegidos, primeros atriles en perfecta sincronía de texturas con el resto, carnosa e hiriente, actual y en el «tempo giusto» para poder paladear toda la riqueza de esta maravilla casi camerística a cargo de la sección de cuerda de la RFG, de lo mejor que podemos encontrarnos hoy en día por estos lares.

Beethoven abriría y cerraría velada con dos conciertos no muy programados y el propio Lars Vogt de solista (como solo los grandes se atreven) dirigiendo con miradas, gestos, disfrutando las cadencias y en perfecto entendimiento con sus acompañantes, primero y de aperitivo el Concierto para piano nº 2 en si bemol mayor op. 19 al que tardó en tomarle el pulso pero una vez encajado sacarle el mayor partido posible. Algo turbio el pedal y ligeros desajustes iniciales entre violines primeros y segundos (enfrentados) puede que por exceso del «brío» que lleva el Allegro, no fue impedimento para un segundo casi mozartiano, clásico y juvenil aunque asomando el sello personal del de Bonn que su compatriota entendió visto cual diálogo y escucha mutua desde el piano, asentado plenamente en el Adagio donde el solista se deleitó en un sonido intimista más que brillante brotando en el Rondó. Molto allegro bien arropado por ese terciopelo gallego casi cual blanco satén.
Mucho mejor en concepción, complejidad e interpretación el Concierto para piano nº 3 en do menor, op. 37, todavía clásico y «deudor» del mejor Mozart pero exigente y plenamente beethoveniano con ese inicio casi sinfónico y un piano más protagonista que Vogt así demostró, marca de la casa nuevamente bien vestido por una orquesta ideal para este repertorio que se rindió al solista siempre mandando en tiempo e intenciones.

La propina de un pianista y deseándonos buenas noches nada mejor que Chopin y uno de sus nocturnos póstumos preferidos, el Nocturno en do sostenido menor (Lento con gran espressione) que nos devolvió al Vogt que recordaba un febrero de 2009 en mis inicios «blogueros»… La música parece acortar el mismo tiempo que nos alarga la vida con momentos como estos.

P. D.: Mi reseña en La Nueva España.

Espiritualidad metafísica para recordar a Rober

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Viernes 12 de enero, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo: «Inspiración I», abono 4, OSPA, Rossen Milanov (director). Obras de Wagner, Vaughan-Williams y Bruckner.

Mi querido Eduardo G. Salueña escribe las notas al programa (enlazadas arriba en los autores) del cuarto de abono de la OSPA con el que abríamos año antes de sumergirse con Debussy en el foso, pero también nos ofreció una conferencia previa al concierto titulada «Metafísica y espiritualidad en el lenguaje orquestal» llena de sabiduría, guiños cinematográficos y verdadera lección para disfrutar de las obras programadas para una OSPA diríamos que Gran Reserva como los vinos por el tiempo de maduración necesario para afrontar un programa que bien podría haber tomado las primeras palabras del conferenciante y tentado de hacerlas mías.

Tras el paréntesis navideño donde el destino volvía a jugarnos una broma macabra llevándose al trompa Roberto Álvarez, no podía faltar en este regreso y fuera de programa el homenaje de la sección de trompas, hoy nueve con las cuatro tubas wagnerianas (interesante como siempre OSPATV) preparadas para la novena bruckneriana eligiendo un arreglo sincero, sentido y cálido del famoso «Coro de Peregrinos» del Tannhäuser, con rosa roja en las solapas, elegancia y recuerdo del amigo Roberto, compañero siempre vivo en la memoria y más cuando la música era su pasión, eterna como sus acompañantes este viernes: Ricardo, Ralph y el propio Anton, Momentos memorables porque al igual que nuestro recordado trompa «el perdón le llega al poeta al morir junto al féretro de Elisabeth, por el triunfo del amor…» y «cómo Richard Wagner supo darle una intensidad, como se diría divina» (de Fernando Cansado Martínez en Operamanía), bien traído como inicio y final unidos por la metafísica espiritual, espiritualidad metafísica o ambas, que todo y más puede resultar un concierto.

La Fantasía sobre un tema de Thomas Tallis (1910) de Vaughan Williams puso la calidad sin necesidades metafísicas al contar exclusivamente con la sección de cuerda, la que da solera a este vino musical servido casi con arreglo a los cánones: tres bloques intentando emular sonoridades organísticas en iglesias, orquesta de cámara al fondo, más la orquesta de cuerda y el cuarteto solista (integrado con el resto) pero capaces igualmente de hacernos fantasear con la música del inglés, devolvernos las calidades y ambientaciones que esta joya británica guarda, siendo tan utilizada en el cine como bien nos recordó el doctor Eduardo, desde Master and Commander hasta Remando al viento (del asturiano Gonzalo Suárez) por mostrar dos momentos memorables donde los directores ponen sus imágenes a esta música más que la inversa, aunque también podríamos hacer metafísica con el tema. Un placer degustar la cuerda bien servida y a la temperatura adecuada, con mención especial a Vasiliev, Corpus, Moros y von Pfeil, cuarteto aterciopelado cual cristalería ideal.

La espiritualidad no exenta de carga religiosa la suele poner casi siempre Bruckner, más en esta inacabada Sinfonía nº 9 en re menor (WAB 109) que nos deja ese extraño sabor de boca esperando rematar el Adagio final tras un «misterioso» primer movimiento que no alcanzó a contagiar ambiente aunque el enólogo acertase plenamente, y un Scherzo algo más lento de lo esperado como buscando paladear las pulsiones con que el «sommelier» intenta convencer al cliente, olvidando que no todos tienen igual olfato ni memoria gustativa, que la cata también tiene su arte, así como que todo cocinero no tiene necesariamente que entender de vinos, aunque ello suponga un plus. Al menos no se estropeó ese último trago, poderosamente mágico, variado, íntimo y hasta metafísicamente lírico, con regustos del Tristán wagneriano y la novena beethoveniana con aromas de pastoral, dejando que todo brillase olvidando que la contención es una virtud (la instrumentación parece exigirla), y si no que se lo dijesen al bueno de Anton, célibe toda su vida pese a estar prometido pero encontrando disculpa de diferente religión para así anular un compromiso con el que no parecía estar convencido ni preparado a su edad. Todos los elementos de este gran reserva sinfónico se (com)portaron correctamente, especialmente implicada la sección de trompas alcanzando momentos esplendorosos donde ellos encontraron la dinámica perfecta mientras el equilibrio se logró por la profesionalidad y trabajo de unos músicos de cepa inimitable y largo recorrido. Qué gran vino si el sumiller lo hubiera dejado airearse, servirlo en su punto y no apurar la botella porque olvidó que todas son únicas.

Lógico recordar y brindar con Mahler: «Un vaso de vino en el momento oportuno, vale más que todas las riquezas de la tierra». Así sea.

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