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Horizonte francés hasta Bilbao

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Viernes 28 de febrero, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo, “Horizontes II”, abono VIII OSPA, Javier Molina (trompa), Andrew Grams (director). Obras de Debussy, R. Strauss y Saint-Säens.

Mientras esperamos con urgencia el nombramiento de un concertino (esta vez invitado el colombiano William Chiquito) y un director titular para la orquesta asturianas, volvía el director Andrew Grams tras sus anteriores visitas de 2014 y 2016, donde también pudimos disfrutar como en este octavo de abono (interesante su paso por OSPATV) de una obra de Richard Strauss, este viernes con el concierto para trompa de caza dedicado a su padre, a cargo del solista de la OSPA el alicantino Javier Molina (entrevistado en OSPATV).

Preparando el programado que la próxima semana llevarán al Musika-Música «Destino París», el octavo de abono tenía claro sabor francés con Debussy y C. Saint-Säens más el gran R. Strauss de orquestación similar entre nuestros vecinos, y en Bilbao se sumarán Poulenc con su concierto para órgano (razón por la en este programa estuvo Juan de la Rubia, que será el solista), Berlioz con Los troyanos, Gounod y su Fausto más el esperado Bolero de Ravel, conciertos dirigidos también por el maestro Grams, páginas que la OSPA tiene en su «fondo de armario» sacándolos en estas ocasiones y que volverá a dejar el pabellón bien alto en la capital vizcaína un año más.

La suite sinfónica para orquesta y piano a cuatro manos «La Primavera» (Printemps, 1887-1912) de Debussy (1862-1918) no es de las obras más escuchadas del parisino en las salas de concierto porque pese a necesitar una plantilla grande presenta ciertas dificultades para conseguir ese color instrumental que llevaría a clasificar o etiquetar esta música como «impresionista» y no parece tener la fuerza de otras partituras sinfónicas. Grams trabajó a la perfección esa textura en todas las secciones para los dos movimientos «moderados», pinceladas tímbricas aportadas tanto por el piano como el arpa y una cuerda sutil que parece buscar la limpieza de líneas del Botticelli homónimo donde se inspiró Debussy, no hay melodías reconocibles pero sí ese ambiente bucólico con una excelente intervención de la flauta de Myra Pears y una segunda sección de toda la orquesta donde las trompas parecían preparar la obra siguiente.

El Concierto para trompa y orquesta nº 1 en mi bemol mayor de R. Strauss (1864-1949) tuvo como solista a Javier Molina que defendió con aplomo, seguridad, buena gama de sonido y arropado por sus compañeros junto a una concertación correcta del maestro Grams, tiempos adecuados para el solista en sus tres movimientos. Es una alegría comprobar el nivel de los solistas que atesora la OSPA, que lo demuestran cuando les ofrecen dar el paso al frente, y el alicantino ha sido otra demostración de calidad y musicalidad con su trompa de caza. Amplia paleta sonora y dinámica, desde los aterciopelados a los potentes, lejanías evocadoras de lo cinegético, guerreras en los toques a rebato, sin perder nunca afinación. El público, con sus familiares encantados y felices disfrutando como el resto, supo premiar con generosidad el despliegue virtuoso de un concierto exigente para los trompistas.

En unión de sus cuatro compañeros en «los bronces» más la percusión de Rafa Casanova nos regalaron un hermoso y resultón arreglo del multiversioneado Oblivion (Piazzolla) verdaderamente lírico, cantado por este sexteto para la ocasión con Molina de «voz cantante».

Y para la segunda parte C. Saint-Säens (1835-1921) con la Sinfonía nº 3 en do menor, op. 78 «con órgano» (pero sin él, pues el auditorio de Oviedo carece de uno permanente como sí tiene por ejemplo el Euskalduna que dará la auténtica dimensión a esta tercera, pues no tenerlo condiciona mucho la sonoridad original). Nuevo lienzo sonoro de la OSPA con ese órgano (Juan de la Rubia como un músico más de atril) más el piano completando una tímbrica global recogida por momentos y apoteósica en el final. Grams supo delinear esos dos capítulos con varios movimientos internos que la orquestación arroja intervenciones solistas de mucho calado (bien la viola de Alamá), los metales cual tubos de órgano ampliando los registros y colores, emparejados con una madera siempre impecable, el gran órgano sinfónico que Saint-Säens construye en esta sinfonía orgánica igualmente por la vital transformación temática donde no falta el Dies Irae, melodías paralelas a su propio Carnaval (Oviedo lo celebra este sábado de Cuaresma) y perfectamente explicado en las notas al programa de Lidia Izquierdo Torrontera (enlazadas en los autores al inicio). Evoluciones de aires, modulaciones que finalizan en un corale más la coda final fugada hacia el do mayor luminoso bien llevado por un Grams nada ampuloso en el gesto pero efectivo, buscando ese acento francés que le sienta muy bien a nuestra orquesta asturiana de aires cantábricos con parada en Bilbao.

Regresos esperados

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Viernes 21 de febrero, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo, «Reflejos II», abono VII OSPA, Ning Feng (violín), Carlos Miguel Prieto (director). Obras de Revueltas, Goldmark y Elgar.

Varios regresos esperados para el séptimo de abono de nuestra OSPA: Israel López Estelche (compositor y autor de las notas al programa, enlazadas en los compositores) con una conferencia previa siempre interesante y casi de obligada asistencia para comprender mejor lo que vendrá a continuación, sin olvidarse «fuera de programa» de la asturiana emigrada a México Maria Teresa Prieto (1896-1982), muy ligada a este concierto; el violinista Ning Feng (un virtuoso que nos ha dejado un CD con la OSPA para recordar y volver a disfrutar) con el concierto de Goldmark (que como todos los de la orquesta grabó RNE), verdadero triunfador del programa; el director mexicano de ascendencia asturiana Carlos Miguel Prieto (siempre bien recibido) hoy con parte de su familia entre el público, rememorando sus orígenes y donde se encontraba su padre el chelista Carlos Prieto, (sobrino y depositario de la obra de Mª Teresa Prieto) que departió amigablemente con el presidente de la Sociedad Filarmónica Ovetense Jaime A. Buylla y señora al final del concierto, más una obra de Elgar que siempre funciona con la formación asturiana (y para quien la orquesta trajo refuerzos del CONSMUPA, en la buena dirección de ayudar a completar la formación de estos músicos jóvenes, algunos de ellos entrevistados en OSPATV) para su Sinfonía nº 1 en la bemol mayor, op. 55.

Para comenzar nada mejor que el compositor mexicano Silvestre Revueltas (1899-1940) y su poema sinfónico Janitzio (1933), «una pieza tradicional que lleva el nombre una isla en un lago en México» como bien recordaba en El Comercio el maestro Prieto (Ciudad de México, 1965) así como en la entrevista para el canal de YouTube© que cada programa presenta Fernando Zorita. Música de su tierra estrenada por la orquesta de la que es titular en una página que evoca precisamente la vuelta a la tierra, reflejos como el título del séptimo de abono. Colorido instrumental, ritmos autóctonos y la sublimación de lo popular en lo sinfónico bien entendido por un director que transmite seguridad a los músicos, con la pareja de oboes evocando las trompetas del mariachi, la percusión dando las pinceladas necesarias para este fresco orquestal donde lo ternario invita al baile, y una cuerda comandada esta vez por el concertino Michael Brooks, todos plenamente integrados con unas melodías que sentimos cercanas.

López Estelche nos hablaba en la conferencia previa de compositores «independientes y solitarios», incluso autodevorados por su propio estilo siendo reconocidos por pocas obras, caso del húngaro Karl Goldmark (1830-1915) con su ópera La Reina de Saba (1875) o el Concierto para violín en la menor, op. 28 que contó con el increíble Ning Feng, siempre bien arropado desde el podio en un derroche de música, técnica al servicio de la partitura desde una modestia que no impide apreciar su grandeza como violinista. Pese a lo denso del concierto por ese estilo propio de Goldmark donde las melodías son eternas y la orquestación su punto fuerte, el virtuoso chino mantuvo la tensión y el diálogo en los tres movimientos que fueron creciendo en intensidad y entrega desde el Allegro moderato contenido y saltarín, lirismo contrapuesto a una orquesta perfectamente balanceada que permitió una amplísima gama de matices enriqueciendo un timbre aterciopelado, unos ornamentos claros y diálogos precisos donde toda la cuerda se mostró incisiva. El Air: Andante resultó conmovedor por unos pianissimi impecables, una cadenza de cortar la respiración y el sonido del violín emocionante, presente, cálido, «in crescendo» de sentimientos antes de afrontar un Moderato-Allegro que pondría la guinda del buen entendimiento, ideal el unísono con el clarinete, ensamblaje perfecto en los cambios de aire, paleta de dinámicas en solista y orquesta, vibrante entrega para un concierto que recuerda los de Mendelssohn o Brahms pero con la paleta de un solitario como Goldmark sin etiquetas ni «hogar estético«.

El público premió con una fuerte ovación que Ning Feng nos agradeció primero con el Andante BWV 1003 de Bach íntimo, nuevamente modesto e interiorizado, casi religioso, y después un entregado Paganini explosivo, el Capricho 24 mágico, endemoniado y de otra galaxia por un despliegue técnico epatante capaz de escuchar dos violines en uno.

Todavía saldría a saludar más veces antes del Der Erlkonig (Schubert) que pareció dejar en otra galaxia a un violinista cercano, valiente, virtuoso volviendo sin el instrumento al que el ayudante de concertino ofrecía el suyo (foto superior) ante la enésima salida para saludar a un respetable entusiasmado por el derroche del chino, nuevamente triunfador en Oviedo.

Y sumándose como uno más a los últimos atriles de los violines primeros, más el refuerzo joven de los trece alumnos en prácticas extracurriculares, llegaría la impresionante Sinfonía nº 1 en la bemol mayor, op. 55 de Sir Edward Elgar (1857-1934) donde Carlos Miguel Prieto extrajo lo mejor de una orquesta majestuosa con casi cien efectivos, capaces de unos piani imperceptibles y unos forti nunca exagerados pero sumando calidades en todas las secciones para una plantilla siempre deseada.

Música con la firma solemne y elegante del británico, la melodía infinita que aparece delineada por una orquestación plena y variada, exigente en cada familia, trombones y tuba compitiendo con trompetas y trompas por dotar de grandeza unos pasajes sustentados por cuerda y madera en equilibrio inestable cercano al éxtasis sonoro del primer movimiento (Andante. Nobilmente e semplice – Allegro) con esa «simplicidad» tan del Elgar de Nimrod (Variaciones «Enigma»).

El maestro mexicano fue destacando las texturas sin perder de vista el lirismo, en el Allegro molto auténtica filigrana, empuje vital donde bordó un tapiz lleno de contrastes, hilo de oro en el viento metal, plata en la madera y terciopelo en la cuerda que al fin tuvo los graves deseados, y en el siguiente Adagio remanso melódico sin necesidad de batuta, cantando evocadores paisajes ingleses de un romanticismo que se negaba a abandonar la escritura sinfónica. El último Lento – Allegro “simple en intención, noble y elevado”, sublime transición de sonoridades oscuras antes de la luz nunca cegadora de una brillante sinfonía que redondearía este séptimo de abono la mejor y deseada OSPA en busca de director. Carlos Miguel Prieto se sintió en casa.

Buenas manos en la masa

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Sábado 8 de febrero, 20:00 horas. Conciertos del Auditorio: Oviedo Filarmonía, Manuel Blanco (trompeta), Christian Lindberg (director). Obras de Chaikovski, Arutunian, Lindberg y Borodin.

Crítica para La Nueva España del lunes 10 con los añadidos de links (siempre enriquecedores y a ser posibles con los mismos intérpretes en el caso de las obras), fotos de la Web y tipografía, cambiando muchos entrecomillados por cursiva que la prensa no suele admitir.

©FernandoRodríguezLNE
Hay “masa madre” en la Oviedo Filarmonía que con las manos del polifacético Christian Lindberg (Danderyd, 15 de febrero de 1958) elaboraron unos manjares musicales con sabores rusos y propios que fueron del gusto de un público entregado y entusiasmado con la evolución natural de la orquesta ovetense, plena en cualquier repertorio y aún más con el gran repertorio sinfónico, aunque siga echando de menos más graves, si bien la “levadura” fermentó a la perfección con el maestro sueco cuya camisa plateada (azul para Arutunian) parecía recordar a sus compatriotas de ABBA.
La Obertura-Fantasía «Romeo y Julieta» de Chaikovski sonó poderosa guiada por esas manos tan expresivas del director y una gestualidad un tanto histriónica pero efectiva para lograr sacar líneas melódicas limpias, emocionantes y potentes en unos metales que sonaron aterciopelados además de presentes cuando así lo exigía el momento, notándose la faceta de trombonista del sueco por cómo mimó la “sección de bronces” a lo largo del concierto, sin desmerecer a una madera excelente más la cuerda siempre limpia, precisa y tersa (comandada por la concertino Marina Gurdzhiya) en los pasajes más líricos, con unos chelos y violas de lo más inspirados.
El trompetista manchego Manuel Blanco (Daimiel, 1985) es una figura mundial de agenda completísima que se presentaba en Oviedo, la Viena española, con el Concierto para trompeta y orquesta en la bemol mayor (1950) del armenio Alexander Arutunian (1920-2012), digno compañero de programa de los rusos y el sueco, fusionando estilos sin obviar el neoclasicismo entonces en boga, bebiendo de una herencia musical riquísima, explotando los registros de un instrumento capaz de evocar lo épico al mismo nivel que las melodías populares asiáticas de esta antigua república soviética pero de historia ancestral, hiriente e íntimo. El sonido de Blanco con su trompeta es impresionante, de proyección impecable desde todas las dinámicas que presenta este concierto que lleva tiempo en su repertorio, y en la sección lenta con sordina sacando unos timbres más cercanos al corno inglés que nos hacen olvidar el arduo trabajo de los labios, además de una cadencia virtuosa y sentida siempre perfectamente concertada por Lindberg y una OFil inspirada y dúctil, engrandeciendo una página no suficientemente escuchada que el público recibió con respeto premiando el esfuerzo de todos.
Con el fliscorno y la sección de cuerda Manuel Blanco nos regaló una versión de Oblivion (Piazzolla) muy libre pero sin perder esencias, introducido con el famoso tema del Aranjuez de Rodrigo, fusionando también ese aire de pop y jazz (Chuck Mangione popularizaría esta trompeta grave, “flugelhorn” para los anglófonos), magníficamente llevados por Lindberg y compartiendo melodía con el violín de Gurdzhiya compitiendo en delicadezas. La Nana de Falla con un fliscorno solo arrullando redondearía la intervención del manchego, digno sucesor de Maurice André en un instrumento polivalente en manos y boca de estos virtuosos.
El Lindberg compositor estrenaba en Europa su Fake News (2017), título revelador donde la manipulación del sonido, para una plantilla que apenas varió en todo el concierto, parece explicar la inspiración de una partitura valiente, bien orquestada con importante percusión, motivos agradecidos al oído, especialmente en el tema ternario, y aires de banda sonora de documental aunque el compositor confiese no escribir en ningún estilo, solamente lo que su cerebro y alma le dicen. La vitalidad y buena mano demostrada se reflejan en esta composición que volvió a mostrarnos una OFil equilibrada y brillante.
De nuevo el sinfonismo ruso, Borodin y su Sinfonía “Épica”, la segunda en si menor escrita en cuatro movimientos para una masa sonora perfectamente controlada por el maestro sueco, memorizada como Chaikovski y manteniendo el balance con la calidad de la orquesta carbayona, lucimiento de solistas, sonido claro, virtuosismo global en el Prestissimo, auténtica repostería el Andante y brillante Allegro final. Manos de artesano sonoro capaces de poner a la Oviedo Filarmonía en un primer plano sinfónico conjugando estilos emparentados que nunca nos resultan ajenos. Christian Lindberg en estado puro y con las manos en la masa.

Con P de Pablo

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Viernes 7 de febrero, 20:00 horas. OSPA Abono VI «Contrastes I», Maximiliano Martín (clarinete), Pablo González (director). Obras de Berlioz, Nielsen y Mussorgski – Ravel.

Sexto abono de la OSPA que quiero titular «Con P de Pablo». Pablo González Bernardo, prodigio y pródigo, profeta en su tierra, personalidad, poderío, puntilloso, permeable, precavido, pasional… faltan calificativos para un concierto donde orquesta y director celebraban veinte años de su primera colaboración, dos décadas de crecimiento en ambos con momentos duros en estas dos décadas, pero que en días como este primer viernes de febrero, compensan al encontrar tanto un programa de lucimiento por los grandes orquestadores, como el feliz entendimiento y complicidad entre nuestros paisanos.
Dos grandes orquestadores y franceses como Berlioz y Ravel escoltarían al danés Nielsen (aquí estos primeros «Contrastes» que titulan este programa) con un concierto de clarinete que nos trajo al tinerfeño Maximiliano Martín de solista, compañero de estudios londinenses con algunos de los músicos de la OSPA, colaborador del director ovetense y otro prodigio para una velada portentosa.

Ya en el Carnaval Romano, op. 9: obertura del gran Hector Berlioz (1803-1869) pudimos adivinar las líneas maestras del concierto, sonoridades muy cuidadas, colorido del carnaval, velocidades en el punto justo para disfrutar de los solistas (magistral el corno de Juan P. Romero), unos balances entre todas las secciones perfectos y la gestualidad clara y precisa de Pablo González para ir definiendo todos los planos con una paleta muy rica en las dinámicas. Una orquesta entregada a la que se la notaba disfrutar con el «conductor», un término británico que al director asturiano formado en la capital inglesa con el siempre recordado Sir Colin Davis entre otros, le viene como anillo al dedo, manejando la masa sonora con prudencia, tino y acierto, controlando sin pisar el acelerador, un guiño, una mueca suficientemente clara para sacar el máximo rendimiento a la impresionante orquestación para una formación que necesita más que nunca un titular como el carbayón, así como un concertino (hoy invitado el madrileño Miguel Colom y la ovetense María Ovín de ayudante), para sonar como saben y pueden, la calidad tanto de las obras elegidas como de sus intérpretes.

Hace años que Carl A. Nielsen (1865-1931) enamoró al actual titular de la Orquesta Sinfónica de RTVE, dirigiendo una segunda que todavía recuerdo, y entre los colosos franceses colocar al nórdico con su Concierto para clarinete y orquesta, op. 57 resultó primoroso no ya por Maximiliano Martín que hizo cantar desde un virtuosismo endiablado su instrumento, sino por la plantilla peculiar con cuerda «menguada», dos fagots, dos trompas y la caja (impresionante Rafael Casanova) casi tan solista como el clarinete, donde concertar sin perder nada de lo escrito, es una tarea al alcance de pocos directores. Concierto con destinatario que el propio Martín explica en OSPATV así como en las notas al programa (enlazadas al inicio en los autores) de Marina Carnicero García, un lenguaje musical muy danés por inspiración en su folklore, pero innovando en todo desde una complejidad técnica que exprime al máximo todos los recursos del clarinete. «La caña» literalmente, un solo movimiento con juegos te tiempos contrastados, rítmicamente complicados de concertar, diálogos entre orquesta y solista, así como la caja que también parece cantar y contestar el carácter del destinatario Aage Oxenvad (quien lo estrenaría en Copenhague el 11 de octubre de 1928), gruñón y endiosado al que su compatriota parece quiso pone a prueba, que el canario Martín eleva al culmen con esa sabia combinación de técnica y musicalidad, el canto desde el clarinete explorando los registros extremos, las dinámicas imposibles capaces de cortar la respiración del público (los móviles todavía no saben escuchar), los solos volando literalmente por el auditorio, y la orquesta revistiendo de belleza esta página de mi querida Dinamarca que suena totalmente actual casi cien años después.

La propina de un músico que trabaja como clarinete principal en la SCO (Scottish Chamber Orchestra) tenía que ser escocesa, una excelente página de James MacMillan (1959), From Galloway, para seguir disfrutando del sonido único del clarinete maestro, la caña del canto, la inspiración antigua en el sonido actual, con la respiración como expresión intrínseca a la música, el intimismo e incluso la crítica a un incomprensible «Brexit» para una visión unificadora y artística de un español universal en Gran Bretaña.

Verdadera prueba de fuego son los Cuadros de una exposición de Músorgski en la orquestación de Ravel, exigencia para cada solista, para las secciones que deben estar en la proporción exacta para equilibrarse, pero también para el director que conduce al oyente por cada cuadro debiendo pintar con sonidos toda una explosión de color desde todas las intensidades con el aire justo para disfrutar de los paseos entre ellos deleitándonos y aportando la personalidad del guía. La versión de Pablo González, que conoce esta obra desde hace tiempo dirigiéndola de memoria) resultó preciosista, precisa, puntillista por los detalles, dejando a los solistas «respirar» en sus intervenciones y retomando la pulsación justa con el rubato necesario para tomar carga expresiva, unido a unos silencios sobrecogedores que aportan el dramatismo subyacente. Diez cuadros pintados a la perfección con la respuesta exacta exigida desde la dirección poderosa, cómplice y hasta próxima para una obra que por conocida siempre resulta complicado sacarle brillo. Artesano del sonido, mi tocayo (también en OSPATV) supo jugar con una sonoridad cuidada, limpia y que permitió escuchar todo lo que Ravel saca del piano original para recrear estos lienzos limpiándolos y dotarlos del brillo que la OSPA tuvo. Hacía años que la cuerda no sonaba tan presente y llena, con unos pizzicati claros, redondos, una madera en estado de gracia (saxo incluído), unos metales poderosos (bravo el solo de bombardino de Brandhofer) que nunca cegaron con una cuidada emisión y la percusión pletórica, tanto en las pinceladas como en los grandes trazos finales, empujando para un sonido sinfónico único. Los polluelos salieron del cascarón, la discusión de Goldenberg y Schmuyle se escuchó precisa, las Catacumbas acogieron los claroscuros, la cabaña Baba-Yaga pese a las patas de gallina nunca estuvo tan asentada y la gran puerta de Kiev se abrió de par en par para la salida triunfal de Pablo González, calificativos «con P» en este regreso al podio de una OSPA huérfana que le acoge como su público rendidos ante su magisterio.

Imágenes italianas

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Viernes 17 de enero, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo, «Horizontes II», abono V OSPA, Benedetto Lupo (piano), Corrado Rovaris (director). Obras de Elgar y Nino Rota.

Con Italia tenemos esa cercanía del Mare Nostrum y su música la sentimos casi como nuestra. De ahí llegaban director, pianista y unas obras que Eduardo Chávarri, autor de las notas al programa (enlazadas en los autores) desgranó en la conferencia previa poniendo imagen a unas partituras de por sí evocadoras y más aún cuando te las muestran e incluso analizan con detalle, máxime en la música de cine.

Evidentemente Sir Edward Elgar (1857-1934) no era italiano pero su obertura In The South «Alassio» op. 50 se inspira claramente en ese municipio italiano en el golfo de Génova donde pasó el invierno de 1903 que no fue lo que se dice benigno, pero suficientemente evocador de un imperio romano del que aún quedan vestigios, de las películas romanas que bien pudieran utilizarse como imágenes para esta música, así como de un mar capaz de pasar de ser una balsa a enfurecerse y bañar de grises un lienzo ideal. El maestro Corrado Rovaris volvía al frente de la OSPA (entrevistado en OSPA TV por Fernando Zorita) haciendo música de su tierra natal aunque en Oviedo le recuerdo básicamente en dirigiendo dos óperas: la excelente Peter Grimes de enero de 2012 y Ainadamar en diciembre de 2013 sin olvidarme tampoco de su anterior visita de marzo de 2015 con el cellista Asier Polo en un concierto donde mimó el sonido de nuestra formación. Conocedor por tanto de la orquesta, con la que se nota un feliz entendimiento, la página de Elgar sacó lo mejor de cada sección y lucimiento de los solistas a lo largo del concierto, incluso permitiéndose cambiar algunos primeros atriles. Energía inicial, con las trompas seguras, la cuerda aterciopelada y equilibrada, el viento madera en su línea habitual así como todos «los bronces» en estado de gracia, poderoso metal de evocaciones dignas de los Péplum. La viola de Alamá no solo rindió homenaje, como el propio autor, al Harold italiano de Berlioz sino que pareció imbuirse de Riquelme en el anterior concierto, dejándonos un solo bellísimo, de musicalidad máxima para poner imágenes a ese mar ambiguo y traicionero, bien contestado por la trompa solista de Rosado, dos valencianos de pura cepa con la cercanía mediterránea. Como bien describen las notas al programa esta partitura «profundizando en esa sensación de elegancia y nobleza que subyace a lo largo de toda la pieza«, elegancia de Rovaris y nobleza de una orquesta con solistas de primera.

Nino Rota (1911-1979) pasará a la historia como gran compositor de bandas sonoras pero su biografía nos muestra a un niño prodigio del piano y autor de páginas sinfónicas u operísticas de vanguardia, con una calidad que el cine parece haber confirmado, pues no me canso de repetir que son los compositores más populares del siglo XX precisamente por el séptimo arte. El Concierto Soirée para piano y orquesta (1961-1962) lo estrenó el propio Rota en el Teatro Olímpico de Vicenza (1963) y en él aparecen guiños llenos de citas musicales, de toques humorísticos y sobre todo su empeño de «hacer feliz a la gente«. Uno de sus alumnos fue Benedetto Lupo, quien ha grabado la integral para piano de su maestro, el solista ideal para este concierto (merece la pena la entrevista en OSPA TV), cinco movimientos no exentos de virtuosismo, de diálogos con la orquesta (algo más reducida) y exigente por los cambios de tempo, ritmo y dinámicas que Rovaris entendió desde su dirección clara, precisa y nunca ampulosa pero siempre efectiva. Imágenes que los propios títulos evocan, desde el Chopin del Valzer Fantasía inicial, el Ballo figurato con reminiscencias rusas incluso en la instrumentación, el romanticismo exiguo de la Romanza (que utilizará Rota en La Strada) donde el chelo de von Pfeil rivalizó en sonoridad con la viola o el corno inglés de esta primera parte, poniéndole personalmente al piano imágenes del mejor Rachmaninov tamizado también por Hollywood, final en la menor casi de fundido a negro con el paso último al mayor que Lupo devolvió al do natural en otra humorada «muy de Rota» antes de la afrancesada Quadriglia, piano emergiendo arriba y abajo con flautas más clarinetes coloreando este baile de salón que finaliza con el alegre y luminoso Can-Can para solaz de orquesta y batuta concertando a la perfección con Benedetto Lupo inspirado como todos.

El regalo del Preludio 13 de Rota recordaría el dominio melódico del maestro y beber de la fuente directamente para un Lupo poderoso y tierno, preludio cinematográfico de la segunda parte.

Las imágenes de La Strada (1954) seleccionadas por el doctor Chávarri para la conferencia nos recordaron al mejor Fellini y el genial tándem con Nino Rota cuya música conocemos a la perfección, casi siempre asociada al cine. El reparto con Giulietta Masina (Gelsomina), expresividad y delicadeza irrepetible, Anthony Quinn (Zampanò), todavía joven en el papel de forzudo tragafuegos y maltratador, y Richard Basehart (il Mato, payaso trapecista), mi almirante Nelson del submarino nuclear Seaview en la serie «Viaje al fondo del mar» de los años 60 con televisión en blanco y negro como la propia película de Fellini.
La belleza de esta banda sonora para la oscarizada como mejor película de habla no inglesa en 1956, donde hay amor, ensoñación y desengaño subrayados perfectamente por el compositor le llevaron en 1966 a escribir la Suite del ballet para orquesta a petición de La Scala de su Milán natal, partitura que Rovaris con la OSPA elevó al paraíso cinematográfico con imágenes propias. Lucimiento en cada intervención de los solistas desde el impetuoso inicio. Si la trompeta de Van Weverwijk pasaba del sonido circense al de jazz con total naturalidad, el trío de músicos que se encuentran con Gersomina, flauta, clarinete y tuba -en la película vemos un bombardino- caminan sobre el alambre sin red pero seguros en las alturas con toda la madera al encuentro de «il Mato». El swing lo marcaría Casanova a la batería secundada por unas trompetas espectaculares y el trombón de Brandhofer en su salsa, junto a los timbales de Prentice asegurando con precisión los tutti. Y la delicadeza de Massina recayó en el violín de Isabel Jiménez (que repetía de concertino invitada), contrastando con la tensión orquestal del maltratador Zampanò, el único momento donde el balance cayó hacia los «bronces» ocultando una cuerda (con piano, celesta y dos arpas) casi siempre presente y contundente. El «intermezzo» cede la melodía a la trompeta, nuevamente inspirada, antes del triste final nuevamente con el solo de violín doloroso y bello.
Rovaris diseñó una película sinfónica llena de claroscuros bien coloreados, sacando brillos y sedas, luciéndose y haciendo lucir a cada músico con los múltiples cambios de una partitura que hizo las delicias de todos. Parece perentorio ir cerrando el tema de contrataciones de un concertino titular así como de un director, al menos que sea un Maestro con mayúsculas como el de este abono («no hay quinto malo» dice el refrán), capaz de contagiar entusiasmo y confianza, conocedor de un amplio repertorio más allá del necesario «fondo de armario habitual» alternado con estrenos no siempre de calidad, para que todo funcione y podamos decir que la OSPA suena de cine.

Buenas sensaciones

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Viernes 10 de enero, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo, «Lenguajes propios I», abono IV OSPA, Joaquín Riquelme (viola), Nuno Coelho (director). Obras de Britten, Walton y Brahms.

Primer concierto en vivo del año, dando por supuesto que todo melómano ya se estrenó desde su casa con el mediático vienés, y conferencia previa de la doctora María Sanhuesa, autora también de las notas al programa, sobre «Dos voces británicas» que ocuparían la primera parte del cuarto de abono de la OSPA, Britten y Walton bien traídos como en el estreno de las obras de este programa en Barcelona y nada menos que con Hindemith de solista en la viola, ese instrumento al que las nuevas generaciones están poniendo en su sitio con abanderados españoles como la pamplonesa Isabel Villanueva, el asturiano Jesús Rodolfo o el murciano Joaquín Riquelme que nos visitaría esta semana desde su atril en la Filarmónica de Berlín y concedió para el Canal en YouTube© de la OSPA una excelente entrevista.

Para arrancar la velada nada mejor que Benjamin Britten y sus Cuatro interludios marinos de «Peter Grimes», op. 33a, música que la OSPA siempre ha interpretado bien, desde un War Requiem en 2013 hasta la propia ópera hace ocho años en el Campoamor que también nos recordaba María Sanhuesa una hora antes. La excelente orquestación del británico pudimos saborearla gracias al maestro Nuno Coelho que repetía visita tras la invitación en abril del pasado año, volviendo a mostrar la química con los músicos y contagiar su energía (entrevista en OSPATV). El poso que los portugueses tienen de Inglaterra parece estar en sus genes y el director luso llevó con mano izquierda y rigor los cuatro lienzos sonoros capaces de evocar unos paisajes diría que oceánicos, más allá del interior que la ópera presenta y coloca entre sus actos. Dawn, Sunday Morning, Moonlight y Storm fueron ganando en intensidad controlando la amplia gama dinámica de unas escenas bien delineadas por una orquesta ideal en número aunque sigamos necesitando un concertino titular (esta vez la invitada fue Isabel Jiménez), con sonoridades rotundas y claras. Sucesión de escenas bien delineadas por Coelho con la formación asturiana, la calma del amanecer desde una cuerda sedosa, trombones y tuba coloreando, una madera limpia, la tranquilidad en la playa un domingo por la mañana con el sonido de pájaros (bravo por la flauta de P. Pearse) y campanas con una percusión impecable y la luz otoñal nunca cegadora, así entendida en las texturas, la luna llena que ilumina ese puerto inglés de Aldeburgh antes de la furiosa tormenta que la música describe a la perfección, pasión más externa que interna en la visión del director portugués que encontró la respuesta precisa de una OSPA cómoda con la obra y la batuta lusa.

El mismo aire de las islas nos lo trajo W. Walton con su Concierto para viola y orquesta (revisión de 1962) y Joaquín Riquelme de solista, todo un lujo de sonido, virtuosismo, elegancia y musicalidad en los tres movimientos que el contemporáneo de Britten coloca en un orden «rompedor» sin perder ni coherencia ni teatralidad, pues no quiero olvidar al Walton cinematográfico y todo un referente para las generaciones posteriores en las bandas sonoras. Comenzar con un Andante cómodo supone la puesta en escena de todo un «corpus orquestal» narrativo, con toda la acción en el Vivo, con molto preciso, el nudo argumental donde solista y formación se emplearon a fondo en calidades, balances, intensidades, todo bien concertado por el maestro Coelho que volvió a dominar la escena, hasta ese Allegro moderato donde la luz del norte ilumina de forma nítida un concierto poético incluso en su dedicatoria y verdaderamente teatral además de inimitablemente británico.

Con «permiso» de los cellos, Riquelme nos regalaría la Allemande de la Suite nº1 de Bach demostrando que la viola ha sido injustamente tratada y posee el sonido más cercano a la voz de mezzo como su hermano mayor lo sea de barítono (el violista murciano en la entrevista para OSPATV lo comparaba a la voz de un tenor italiano). Personalmente tímbrica «femenina» ideal para un repertorio que el músico de la mejor orquesta del mundo conoce como pocos, sumándose a la OSPA en su atril para la segunda parte, pasión por la música y auténtica forma de entender la vida.

La Sinfonía nº 2 en re mayor, op. 73 de Brahms volvía a los atriles de la OSPA tras el regreso de Max Valdés hace casi cuatro años, esta vez con acento portugués y poso británico. Nuno Coelho tiene talento, se nota el trabajo y las ideas, como su gesto, son claras además de precisas. Conocedores de un repertorio básico en toda orquesta, el germano pone a prueba no ya todas las secciones sino el calado interpretativo al afrontar sus sinfonías, especialmente esta segunda, disfrutando de todos los solistas al encontrar las dinámicas, equilibrios y tempi adecuados a cada movimiento. El Allegro non troppo dibuja esa melodía en la cuerda que recuerda la «Canción de cuna», revestida por una madera siempre en estado de gracia junto a unos metales acertados, amplia gama de matices muy logrados con la garra justa y el sonido «de orquesta británica» que pareció impregnar todo el concierto. El Adagio non troppo perdió algo de la energía demostrada en el primer movimiento pero mantuvo la calidad sinfónica para remontar en el Allegretto grazioso (quasi Andantino) y rematar en alto con el Allegro con Spirito que devolvió ímpetu, fuerza y la sonoridad de la orquesta asturiana mostrando lo mejor en todas las secciones y la entrega a un director que sigue creciendo musicalmente postulándose entre los candidatos a la necesaria (y urgente) titularidad de una formación que sigue sin sus dos pilares básicos.

Carta a SS.MM.

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Muy señores nuestros, si ustedes me permiten este correcto trato epistolario:
Como todavía me queda algo de inocencia (serán los años), lo único que les pido a Los Magos (lo de reyes sigo sin llevarlo bien por esta tendencia mía a La República) tras los pasados «Años Mahler» sin lograrlo, es poder escuchar en Asturias la Octava Sinfonía «De los Mil» con todas nuestras orquestas (OSPA, OvFil, la Filarmónica de Asturias, la Universitaria ya renacida, la OCAS, nuestros coros («El León de Oro», grandes, chicas doradas y peques, igual que el de la Fundación Príncipe y también la Escolanía San Salvador…) con nuestros solistas, que tenemos un montón y de primera en mi querida Asturias donde elegir: Beatriz Díaz, Elena Pérez Herrero, Ana Nebot, Mª José Suárez, Lola Casariego, Alejandro Roy, David Menéndez, Miguel Ángel Zapater, Juan Noval-Moro… (algunos «adoptados» o directamente de nuestra familia cordobesa).
Mantengo mi ilusión de tener a Pablo González como director de un acontecimiento que me copió Dudamel, al que le perdono casi todo… incluso que mi tocayu lo llevase a Barcelona en sus años como titular y seguro seguirá desde la OCRTVE.
Pablo González y Mahler .
Es la ilusión infantil en este día aunque tampoco quiero olvidarme de Forma Antiqva, para quienes vuelvo a pedir un Grammy clásico (se lo merecen, sobre todo los hermanos Zapico, que en 2019 siguieron «a tope» y haciendo historia siempre volando desde casa, esperando nuevo disco a pesar de su obligada mudanza de la capital).
También sigo recordando a mis queridos pianistas con la mierense nacida en la capital Carmen Yepes a la cabeza (trabajado duramente desde Madrid), sin olvidarme de Judith Jáuregui o Diego Fernández Magdaleno.
Mantengo ilusión y pido más composiciones de Rubén Díez, no sé si por fin la zarzuela marinera, ya que de Jorge Muñiz al fin llegó su Fuenteovejuna al Campoamor, y del siempre «redescubierto» Guillermo Martínez o de Gabriel Ordás me consta que este 2020 seguirán inspirados y en su línea de estrenos. De La Dama del Alba del incombustible Luis Vázquez del Fresno creo que alguna sorpresa tendremos para este año y llegue completa a escena.
Por no perder la esperanza pido para los llamados «gestores culturales» que se olviden de su crisis permanente, la intelectual que parece contagiosa como la gripe o las toses en los conciertos, y den mucho más trabajo a los de casa, no por patriotismos sino por calidad contrastada, incluso cambiar alguna vez de agencia de contratación… y sobre todo ¡no más recortes ni cierres!.
No sé si ya les han escrito pidiendo para mis jóvenes violinistas favoritos (Ignacio Rodríguez, y María Ovín aún en la OSPA) que van creciendo, para traerles mucho éxito en sus trabajos fuera o en casa, aunque yo me sumo a esos mismos deseos, y de lo pedido en años pasados faltaron muchas cosas (supongo que por pedigüeño) pero a mi edad no tengo freno, parece que me hizo la boca un diputado…
Para mi adorada Beatriz Díaz ya les escribiré otra carta porque se merece todo lo que traigan en 2020 y más. Además de darle las gracias de nuevo felicititándola por su incorporación de Beethoven al repertorio, y su vuelta a la zarzuela ovetense en junio (aunque espere más ópera en el Campoamor), espero le llegue pronto esa Mimí, a ser posible en el Teatro Real de Madrid aunque en Italia saben que es muy querida y Londres, Nueva York o Viena aún no se hayan enterado… pero Vds. lo saben por ser Magos.
Para la Ópera necesitaría otra carta de adulto, pero mi mamá dicen que ya está bien de pedir… al menos mantener ópera y zarzuela porque suprimir la gala de los Premios Líricos Campoamor sigue enfadándome y ya han recogido sus frutos otros. A todos mis amigos músicos repartidos por el mundo les mando siempre «MUCHO CUCHO®» antes de cada actuación, normalmente de vaca asturiana, y podría escribir una carta más detallada para tantos que tengo repartidos por el planeta (para que luego digan de la «maldición» ENTRE MÚSICOS TE VEAS).
Mientras tanto espero que la palabra corrupción desaparezca de nuestra cotidianidad y que las crisis, ya en plural, pasen hoja definitivamente y se olvide de la MÚSICA y de toda la CULTURA en general, donde «recortes» o «supresión» se escuche menos que «Cataluña» ¡lo qué ya es decir! para este año 2020 que acaba de nacer, aunque nuevamente parezcan estar «duros de oreja» (supongo que con el 155, tripartitos de tonada y demás «ocurrencies de oficalidá» no tendrán ni para un sonotone y la edad no perdone ni siquiera la Vox).
No quiero olvidarme de mi Ateneo Musical de Mieres del que me regalásteis su presidencia en junio de 2018, pidiendo la misma salud que en el recién finalizado 2019 (la Lotería no pedimos que toque), y mantengan la Banda Sinfónica dirigida por Antonio Cánovas a ese nivel de un año sin parar, llevando su música además del nombre de nuestra Villa lo más lejos posible.
A propósito, si pudieran dejarnos la música en la educación un poco más que ínfima y optativa, entonces tiraría fuegos artificiales… pero ya ven que no está entre las peticiones musicales, ni siquiera que algún día en «esta España nuestra» que cantaba la recordada Cecilia (no la Santa sino la Evangelina) se alcance un pacto de estado donde la educación sea inversión en vez de gasto y prime el menos común de los sentidos en vez de la partitocracia e independentismos que intentan reescribir la historia a base de tantos eufemismos que hasta a la mentira la llaman posverdad.
Gracias señores majos y Magos (de donde vengan y utilizando el transporte que tengan sin entrar en cabalgatas municipales de las que mejor no opinar) por seguir llenándonos de esperanza e ilusiones.
Pablito, 12 años.

 

Todo y poco Beethoven

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Viernes 20 de diciembre, 20:30 horas. Málaga, Teatro Cervantes, Programa 06 Navidad: “Todo Beethoven”: Juan Barahona (piano), Beatriz Díaz (soprano), Anna Bonitatibus (mezzosoprano), Johannes Chum (Tenor), Werner Van Mechelen (Bajo), Coro de Ópera de Málaga (director: Salvador Vázquez), Orquesta Filarmónica de Málaga, Virginia Martínez (directora).

Comenzar las vacaciones malagueñas con un «Todo Beethoven» donde había tantos conocidos y no solo de la «tierrina» es todo un regalo anticipado, más con un programa doble comenzando con el probablemente menos escuchado de los cinco conciertos del genio de Bonn, el Concierto para piano y orquesta Nº 2 en Si bemol mayor, Op.19 con mi querido pianista Juan Barahona al que sigo casi desde sus inicios, con la orquesta local esta vez dirigida por la murciana Virginia Martínez, a quien vi dirigir a la OSPA en Oviedo varias veces, y este programa doble (jueves y viernes) al frente de esta formación malagueña que ha ganado enteros en los últimos años bajo la titularidad de Manuel Hernández-Silva.
De todas formas la interpretación de Juan Barahona estuvo muy por encima de la orquesta, casi luchando «contra ella», aunque siempre encajase cada final de las cadencias a la perfección, pero no lo arropado que cabría esperar. El Allegro con brio lo marcó desde el piano con unos músicos «a remolque» mientras Barahona desgranaba con limpieza y buena pulsación estos aires aún clásicos. Lograda la sonoridad del Adagio
Rondo
con momentos de emotividad a cargo del solista y arriesgado el Molto Allegro donde nuevamente quien mandó en el tempo fue el pianista «asturiano» con una concertación atenta que no tuvo la respuesta deseada por parte de los músicos malagueños.
El mal sabor de boca nos lo quitó con la propina de las «Flores solitarias» (Escenas del bosque) de Schumann, intimísimo y delicadeza suprema capaz de acallar unas toses que no descansaron en todo el concierto.

La segunda parte nada menos que con la gran joya sinfónica de Beethoven, la Sinfonía Nº 9 en Re menor, Op. 125 “Coral”, incorporando en el último movimiento cuatro solistas y coro cantando la «Oda a la alegría» de Schiller, convertida en Himno Europeo. José Antonio Cantón dice de ella en las notas así programa que «… redime la música por su virtud más íntima, y la llena hacia el arte universal del futuro«. Toda una prueba de fuego para los intérpretes, cuatro movimientos de una inmensidad, intensidad y variedad que marcarán el resto de la historia musical ya que «después de la novena no es posible progreso alguno, puesto que sólo la puede seguir directamente la consumada obra de arte del porvenir«. Cuarteto solista de tres voces ya conocidas por quien suscribe: la asturiana Beatriz Díaz, volviendo al Cervantes, que este año está debutando con éxito a Beethoven, la italiana Anna Bonitatibus a quien la Primavera Barroca nos trajo a Oviedo hace siete años con un Rossini único y posteriormente una Agrippina mejorable, y el austriaco Johannes Chum tras su convincente Mime en el Sigfrido del Campoamor hace dos años, uniéndose el bajo belga Werner Van Mechelen.
Con el Coro de Ópera de Málaga que dirige Salvador Vázquez, y todos situados en el escenario, comenzaba titubeante y dubitativo el Allegro ma non troppo, un poco maestoso. No hubo química ni empaque en la formación malagueña, faltó la majestuosidad, cada sección parecía «ir a lo suyo» desde una madera sin cohesión hasta la cuerda sin tensión. Por momentos parecía que se remontaría el vuelo pero fueron espejismos, sin el cemento necesario para asegurar una construcción majestuosa que permaneció inestable. El Scherzo. Molto vivace – Presto volvió a mostrar las carencias de unidad a las que el gesto claro pero algo contenido de la directora murciana tampoco ayudó. Nuevas desconexiones y falta de implicación para un movimiento que pide tensión, contrastes sutiles y no a brochazos, sin delinear los motivos, manchas más que dibujos musicales. Y el bellísimo Adagio molto e cantabile, se fue cayendo, muriendo a medida que avanzaban los compases, sin ese «cantable» que reza el aire del tercer movimiento y una madera poco ligada, huérfana por momentos, deslavazada, nada entregada, un individualismo que solo conduce a lo vacuo y la inexpresividad.

El esperado final arrancó con la orquesta bajo una batuta de Virginia Martínez algo más «templada» pero como dice el refrán, «poco duró la alegría en casa del pobre». Cierta rigidez en la murciana con gesto demasiado frío, izquierda ausente por momentos y escasa por no decir nula respuesta de la orquesta.
Los distintos tiempos que van surgiendo en el último movimiento (Presto – Allegro assai; Allegro molto assai (Alla marcia); Andante maestoso – Adagio ma non troppo, ma divoto – Allegro energico, sempre ben marcato – Allegro ma non tanto – Prestissmo) fueron sucediéndose sin pasión sinfónica, sin energía ni musicalidad solo salvada por el cuarteto solista, desde la primera intervención del bajo-barítono Van Mehelen algo «tocado» por alguna afección pero poniendo toda la carne en el asador, dicción perfecta, fraseo correcto y entrega, al igual que el tenor Chum, de suficiente volumen y buen empaste con su compañero.
La pareja femenina se decantó a favor de la soprano asturiana, sobrada de registro y color homogéneo que por momentos tapó a la mezzo italiana, sin perder nunca la musicalidad de su breve pero exigente intervención, tanto en los dúos como en el conjunto donde el brillo, frescura y tesitura de Beatriz Díaz sobrevoló cual flautín sobre una masa sonora que no pudo con ella.
Todo con una orquesta que nunca bajó las dinámicas y mantuvo la falta de balance entre sus secciones, con unos timbales demasiado presentes en relación al resto y no siempre «a tempo». Si las partes solistas son cortas pero exigentes, para el coro es una verdadera maratón que se solventó con fuerza excesiva ante el desequilibrio con la orquesta, uniéndose una falta de legado en la línea melódica optando por marcarlo como los instrumentos y dejando un silabeo entrecortado que nos impidió saborear este último movimiento. Hubo momentos rozando el peligro en las sopranos, manteniéndose en la cuerda floja, mientras los graves aguantaron el tipo. Dentro de la mediocridad al menos los cuatro solistas cumplieron por encima del resto.

Tras el discurso político del alcalde Francisco de la Torre, melómano reconocido que volvió a prometer un auditorio para Málaga (espero verlo algún día), todos volvieron a escena para cantar con el público Noche de Paz, cuya partitura se incluía en el programa, aunque solamente se hiciese dos veces la primera estrofa). Casi las once de la noche para un concierto esperado donde mis conocidos no defraudaron ante la falta de química entre la orquesta y el resto.

Celebrando Mozart y Beethoven en Pamplona

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Viernes 13 de diciembre, 20:00 horas. Pamplona: Baluarte, Concierto 5, Temporada OSN «Colores». Beatriz Díaz (soprano), Orquesta Sinfónica de Navarra, Manuel Hernández-Silva (director). Obras de Mozart y Beethoven. Entrada butaca: 30€.

Sigue el tándem Díaz y Hernández-Silva para disfrutar a Mozart y Beethoven al que ya estamos celebrando antes de sus 250 años el próximo 2.020, y el maridaje de la soprano asturiana con el director hispanovenezolano sigue dando sus frutos tras el Fidelio malagueño en este segundo concierto del abono de la orquesta navarra de la que Manuel Hernández-Silva es su titular, tres sesiones en el inmenso auditorio de Iruña más hoy sábado en Tudela, descubriendo la faceta sinfónica con la soprano asturiana no ya en un Mozart que domina hace tiempo sino con un Beethoven que abre aún más la paleta vocal en el siempre agradecido idioma italiano.
Programa organizado con ese acento vienés de los dos grandes, obertura más aria de ambos en la primera parte más la poco escuchada «Segunda» del Sordo de Bonn.

Desde los primeros acordes de la Obertura de «La Flauta Mágica«, K 620 (Mozart) se notó la complicidad entre la orquesta navarra y Hernández Silva, claridad en todas las secciones, agilidades precisas, amplia gama de matices y la sensación de fluir permanente antes de atacar el Aria de concierto Misera, dove son, K 369 con la soprano Beatriz Díaz, nueva incursión en un repertorio difícil pero en el que se mueve con seguridad, graves que han tomado cuerpo, potencia sin contención junto a pianísimos sobrecogedores que fluyen por la sala con facilidad (y estaba sentado en la fila 26), amplitud de recursos junto a su conocida musicalidad para esta página mozartiana felizmente arropada por una formación que con Manuel Hernández-Silva siempre mima la voz.

El homenaje a Ludwig van Beethoven lo comenzó la Obertura de Las criaturas de Prometeo op. 43, todavía con ese clasicismo vienés de aires haydinianos más que mozartianos, aunque parezca flotar la venganza de Don Juan, la escritura que apunta los contrastes románticos pero sin las rotundidades que vendrían al final del concierto. Y a continuación nueva Aria de concierto Ah, pérfido op. 65 con una Beatriz Díaz pletórica, recitativo orquestal de vértigo, emisión y dicción clara, gama amplísima de matices que en su voz siempre son un regalo, dramatismo en el texto siempre «legible» y el subrayado musical lleno de sutilezas, con la orquesta escuchando y la batuta dejando que cada nota sean pinceladas, fondo de lienzo y redondeo total de perfección entre solista e instrumentos, una perla musical que está al alcance de pocas formaciones y sopranos, para otra nueva lección de buen hacer. El público se entregó a la cantante asturiana obligada a saludar repetidas veces junto al maestro hispanovenezolano. Una delicia que espero sea simplemente un aperitivo para la soprano en este repertorio con orquesta más allá de la ópera que en su caso puede compaginar sin etiquetarse en ninguno y haciéndonos disfrutar con todo lo que canta.

De regalo nuevamente Mozart y el aria Dove sono de «Las bodas de Fígaro», piel de gallina cantada por la allerana, microrrelato lleno de entrega, gusto, elegancia, con una orquesta que escucha y siente llevada por el director hispanovenezolano desde el recitativo hasta esa maravillosa página, transmitiendo seguridad y magisterio en el siempre difícil de la dirección. Como dice nuestro querido amigo común eMe «BraBoo!».

Impresionante la segunda parte con la Sinfonía nº 2 en Re Mayor op. 36 de Ludwig van Beethoven, la más clásica abriendo camino con la firma irrepetible del genio. El primer movimiento I. Adagio molto-Allegro con brio marcaría el sentido que imperaría en toda ella, claroscuros nítidos, luminosos, contrastes ricos y una orquesta de primera a la que Hernández-Silva lleva de la mano, marcando lo necesario para dejar disfrutar la calidad de todas sus secciones y solistas. El II. Larguetto pudimos recrearnos con un equilibrio desde la belleza instrumental casi coral, casi sin batuta antes del III. Scherzo: Allegro verdaderamente juguetón y «bromista», una cuerda aterciopelada, una madera (a dos) inspirada y unos metales (dos trompas y dos trompetas) contenidos, afinados, junto a los timbales precisos mientras en el podio el baile innato llevaba este movimiento hacia el Beethoven en estado puro del IV. Allegro molto, poderoso, sentido y consentido, con sentido clásico diáfano heredero del Mozart inicial redondeando una celebración vienesa en el Baluarte pamplonés que continuará esta tarde de sábado en Tudela. La Orquesta Sinfónica de Navarra camina con paso firme de la mano de Manuel Hernández–Silva al que se le nota feliz con ella en esta su segunda temporada, madurez que deja poso.

Disfrutando a pares

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Sábado 30 de noviembre, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo, Jornadas de Piano «Luis G. Iberni»: Lucas y Arthur Jussen (piano), Oviedo Filarmonía, Lucas Macías (director). Obras de Brahms y Poulenc.

No hay mejor manera de terminar noviembre y una semana musicalmente plena que a pares, con dos obras de Brahms, un concierto para dos pianos y dos hermanos, más dos compositores que en el tándem Oviedo Filarmonía y Lucas Macías resultaron redondos en todos los sentidos.

La orquesta ovetense está pletórica y su titular contagia una alegría a la formación, un «buen rollo» desde su elegancia en la dirección, entrega y dominio de las obras trabajadas que la comunicación entre músicos y público, de nuevo con una entrada satisfactoria, fluye. Memorizar a Brahms supone conocer las obras al detalle, transmitir conocimiento y seguridad a todas las secciones, confiar en un resultado óptimo que aún no ha tocado techo, y el maestro Macías Navarro seguirá dándonos muchas alegrías. Contar además con unos solistas simpáticos, en completa empatía que suma calidades como en el caso de los hermanos Jussen, siguen elevando el listón de estas jornadas de piano con la orquesta de casa, concertación exquisita y entrega total para dejarnos un concierto donde tampoco faltaron propinas a pares en un suma y sigue de excelencias.

Brahms de inicio y cierre marca diferencias, primero la Obertura trágica, op. 81 donde la sonoridad no tuvo pegas, las dinámicas suficientes para poder escuchar todo lo escrito con total limpieza, unos metales en estado de gracia, una madera delicadamente precisa, los timbales siempre mandando para transmitir decisión y especialmente la cuerda, creciendo en calidad por empaste, claridad, cuerpo en los graves, tersura y presencia que permite un balance de volúmenes muy cuidado, seguridad además de convencimiento con el podio, claro y elegante, auténtico mago de los contrastes separando con delicadeza cada plano de la masa orquestal que en el maestro de Hamburgo está cuidado al detalle. Como dicen las notas al programa de Juan Manuel Viana (enlazadas al inicio con los autores), «fogoso movimiento sinfónico en forma sonata de gran aliento dramático cuyo ímpetu rítmico, de acentos beethovenianos, cede solo en la sección intermedia, más lírica y reservada«, perfecta traducción de una escritura cuidadosa que es necesario desentrañar, y el titular de la OFil lo hizo hasta el más pequeño detalle.

Y no se puede pedir más de la Sinfonía núm. 1 en do menor, op. 68, cada movimiento creciendo en sentimiento, monumental, apasionada desde la introducción, toda la orquesta ganando en calidades, escuchando todo lo escrito con el balance ideal para disfrutar y paladear esta heredera del genio de Bonn en la creación de su primer admirador y calificada por Von Bülow como «la décima de Beethoven«. Tiempos bien contrastados, una agógica llevada con mimo por el maestro onubense contestada con rigor por sus músicos, intervenciones solistas llenas de talento, gama rica de matices con autoridad y respuesta inmediata, compenetración global para dejarnos una «primera de Brahms» que recordaré mucho tiempo, digna de formaciones de renombre que cerrando los ojos nadie diría que sonaba con nuestra orquesta y su titular. Gratitud total que también nos dejó de regalo, ojalá no se pierda esta buena costumbre, una orquesta reforzada para poner en todo lo alto este último sábado de noviembre.

Las figuras de la velada fueron los hermanos Jussen, Lucas y Arthur, en el Concierto para dos pianos y orquesta en re menor de F. Poulenc, con una orquesta ideal detrás y un concertador de primera como Lucas Macías Navarro. Entendimiento fraternal casi mágico, sonido potentemente delicado, entregado, virtuoso y compartiendo protagonismos, desde el Allegretto inicial misterioso a la par que melancólico, hasta el desenfadado Allegro molto siempre actual, pasando por esa maravilla de Larghetto de tintes mozartianos en una obra atemporal y casi centenaria donde los dos pianos redondean una tímbrica ideal. Química entre solistas, orquesta y podio que nos permitieron disfrutar de esta página difícil de escuchar en vivo con esta calidad.

Los hermanos Jussen, muy aplaudidos tras conectar desde su juventud y naturalidad, nos regalaron unas variaciones de Igor Roma de lo más personales, juguetonas y brillantes sobre la Sinfonía 40 de Mozart con final de «soldado americano» de Carosone, más cuatro manos delicadas y vigorosas verdaderos «juego de niños», Jeux d’enfants, op. 22 (Bizet) que redondearon un final de mes para el recuerdo.

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