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Vivica Genaux, la voz de Hasse

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Lunes 10 de mayo, 19:00 horas. Auditorio de Oviedo, Sala de cámara: VIII Primavera Barroca – CNDM «Circuitos»: Nápoles en Dresde. Vivica Genaux (mezzosoprano), Vespres d’Arnadí, Dani Espasa (Clave y dirección). Obras de Hasse, Zelenka y Pisendel. Entrada: 15 €.

Avanza la Primavera Barroca en Oviedo, agotando entradas para la sala de cámara, ya de por sí de aforo reducido, y recibiendo tras la apoteosis madrileña del sábado a la esperada mezzo Vivica Genaux (Fairbanks, Alaska, 10 de julio de 1969) que se ha convertido en la gran defensora y voz de Johann Adolph HASSE (1699-1783), el barroco tardío donde la norteamericana no ya se siente cómoda sino que domina con una técnica apabullante un repertorio que le sigue dando alegrías y a sus seguidores aún más. Con la formación que lidera Dani Espasa traía arias de Hasse, el compositor que el agente Matthew A. Epstein le recomendó como comentaba en una entrevista a Gabriel Rangel en 2014:  “¡Debes cantar Hasse!” Y yo le pregunté: “¿Quién es Hasse?” Un mes después hice una audición con René Jacobs para una ópera de Hasse en la Ópera Estatal de Berlín y obtuve el rol«. Recital perfectamente organizado alternando arias y personajes, intercalando para el necesario respiro obras instrumentales de contemporáneos afincados igualmente en Dresde como Zelenka o Pisendel que permitieron gozar de la calidad de esta orquesta barroca, especialmente la cuerda, con un continuo compacto sin olvidarme de un fagotista excelente y los oboes que dan ese colorido especial, sumándose en algunas el par de trompas naturales, desiguales como suele suceder en este instrumento tan desagradecido y difícil en estos repertorios pero que demostraron el músculo de esta formación catalana.

Hasse abría fuego con  la Obertura de «Didone abbandonata», IJH 36 (1742), el orgánico al completo preparando la salida de una Genaux entregada, pletórica y feliz, recordando a «La Bordoni» prima donna en Dresde cantando la música de su marido, hoy personificada por la norteamericana embajadora del mismo, primero a «Cleofide», IJH 25 (1731) con el aria rápida Son qual misera colomba (acto II , escena 15) y el orgánico sin trompas, primera demostración de poderío y elegancia vocal, un registro grave carnoso, agudos delicados y unas agilidades prodigiosas que aún brillaron más en la cadenza final. Y sin apenas resuello, otro personaje y ópera, «Irene», IJH 54 (1738), con un delicado recitativo de instrumentación elaborada, Il sacrifizio si compisca (acto III , escena 4) más el aria Un sì funesto addio, tiempo lento para saborear la dicción y proyección con ese color de mezzo que no abunda y una cuerda perfecta con el continuo siempre en su sitio controlado desde el clave por el maestro Espasa.

Del checo Jan Dismas ZELENKA (1679-1745), también afincado en la Corte de Dresde, escuchamos De Ouverture à 7 concertanti en fa mayor, ZWV188 (1723), tres movimientos donde degustar la instrumentación sin trompas, colocando el movimiento rápido en el medio (Grave – Allegro – Grave), y disfrutando del barroco que nunca pasa de moda.

Vuelta al canto de Hasse con Genaux y unas Vespres al completo para «Cajo Fabricio», IJH 20 (1731), recitativo Lieto gioisci o core (acto II , escena 14) y aria Nocchier, che teme assorto, rápida y exigente de ornamentos por parte de todos, con la mezzo de emisión uniforme, agilidades de vértigo, coloratura, claridad de dicción, vocales sin trampa y la engañosa facilidad para alcanzar unos agudos que mantienen siempre su color irrepetible.

Un paréntesis de lujo poder escuchar el Allegro del «Concierto para violín en sol mayor», JunP I.4c de Johann Georg PISENDEL (1687-1755), un virtuoso del violín que triunfó en «La Florencia del Elba» interpretado por FARRAN SYLVAN JAMES, la concertino solista esperada, de sonido aterciopelado con el grosso instrumental bien equilibrado de dinámicas y paladeando un continuo realmente de calidad en esta orquesta referente de la música antigua en España.

Nueva ópera, otro rol que dramatizar por parte de una Vivica que transmite pasión y fuego, «Numa Pompilio«, IJH 69 (1741), recitativo Qual di voi prima invoco (acto II , escena 8) y aria Piange quel fonte, con el oboe de PERE SARAGOSSA siempre impecable, y la orquesta de cuerda que me trajo recuerdos, quién sabe si inspiración para el Exsultate mozartiano, bellísimos juegos y diálogos entre los dos «protagonistas», ecos y musicalidad a raudales con éxito compartido y merecido.

Interesante el Hasse instrumental con el Allegro de su Sinfonía en sol menor, op. 5 nº 6, el orgánico sin trompas y sin fisuras, el prólogo preclásico que mantiene el regusto barroco antes del último título por parte de La Genaux, «Solimano», IJH 97 (1753) con el aria Di quell’acciaro al lampo (acto I , escena 12), ensemble al completo de aire marcial, casi guerrero en otra nueva demostración de buen gusto y voz carnosa, redonda, la mezzo verdadera de anchos graves, medios poderosos y agudos seguros, los melismas vocales aún más complicados, la instrumentalización de la voz en el barroco sin perder el sentido dramático de estas heroínas operísticas que hacían las delicias de la Corte de Dresde y ahora de nuestra Corte de Oviedo siempre apoyando el barroco y demostrando que la cultura es segura.

No podía faltar la propina con sonrisa, por supuesto Hasse y de su “Viriate” la conocida aria Come nave in mezzo all’onde virtuosa sin atropellos, «sujetando el tempo», solo con la cuerda, que mantuvo el listón alto en esta verdadera locura barroca con Vivica Genaux y Vespres D’Arnadi.

No hay dos sin tres

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Sábado 1 de mayo, 19:00 horas. Auditorio de Oviedo, Jornadas de Piano «Luis G. Iberni»: Joshua Bell (violín), Steven Isserlis (chelo), Alessio Bax (piano). Obras de Mozart, Shostakóvich y Mendelssohn. Entrada butaca: 28 €.

En tiempos de adversidades si es difícil programar conciertos, todavía más mantenerlos o adaptarse sobre la marcha cuando se tienen unos recitales bien armados y del trío se debe marchar nada menos que el pianista, verdadero reclamo de estas jornadas de piano ovetenses donde esta misma semana nos enterábamos de la cancelación por graves motivos familiares de Evgeny Kissin, al que le deseamos lo mejor del mundo esperando su regreso a «La Viena del Norte» español.

Pero los intérpretes no se rinden, los grandes aún menos, y las ganas de público les espolean para continuar con sus compromisos. Bell e Isserlis son maestros en el violín y el chelo, así que no creo les fuese difícil contactar de nuevo con el italiano Alessio Bax (Bari, 1977), personalmente un redescubrimiento en vivo unos años después para este último recital dedicado al piano como le gustaba al siempre recordado Iberni, y preparar otro concierto distinto además de muy completo que nos permitió disfrutar de los primeros por separado, más un trío que no defraudaría los tres previstos a la vista de cómo transcurrió este primero de mayo muy «currado», con estos verdaderos trabajadores del pentagrama y magos de la música.

Perdimos dos tríos y ganamos dos mundos a dúo, con un impecable Bax al piano que parece llevar toda la vida con Joshua Bell, viendo cómo se enfrentaron a la Sonata para violín y piano nº 32 en si bemol mayor, KV 454  de Mozart, académica y vibrante, perfectamente entendida por ambos intérpretes solistas unidos de nuevo para disfrutar juntos desde el inicial Largo – Allegro, el genio de Salzburgo lleno de guiños y sorpresas, con diálogos juguetones y chispeantes, la reflexión dramática del Andante que hizo cantar el violín cual lied prerromántico por el papel pianístico compartido, y el explosivo Allegretto final del mejor clasicismo mozartiano en una visión camerística de primer orden que siempre nos sabe a poco.

Lo mejor aún estaba por llegar: la Sonata para chelo y piano en re menor, op. 40 de Shostakovich con un Steven Isserlis pletórico y un impactante Bax, el ruso siempre bien entendido por el solista londinense, sonata que conjuga el mundo convulso de antaño con tantos paralelismos de la actualidad, el contrapunto al inicial Mozart luminoso y reflexivo frente a la oscuridad esperanzadora donde no falta el humor como mejor arma contra el dolor. El ímpetu del cello contestado por el piano apabullante, el sonido humano de la cuerda dolorosa revestido de majestuosidad por unas teclas percusivas y perfectas, encaje ideal de intenciones y sentimientos. No se puede entender ni pueden entenderse mejor dos músicos de altura para esta inmensa sonata del ruso.

Y no hay dos sin tres, tras los dúos llegó el esperado trío mágico, no del ruso sino del alemán que «resucitó a Bach» y entendió la música camerística como pocos, bebiendo del clasicismo y dando el paso siguiente para lograr que el entendimiento en formato reducido fuese cual orquesta cercana, así parece concebir Mendelssohn este Trío para violín, violonchelo y piano nº 1 en re menor, op. 49, trabajado en un confinamiento que ayudó a desempolvar partituras por parte de Isserlis y Bell para comprender la música compartida, disfrutar de la escritura clara del alemán junto al espíritu conjunto de las sonoridades a trío.

Cuatro movimientos entendidos tanto en su propia individualidad e identidad como en el conjunto de la sonta a trío: Molto allegro ed agitato, emocional, Andante con moto tranquillo, paladeando la tímbrica, Scherzo: Leggiero e vivace subiendo enteros además de entrega, y Finale: Allegro assai appassionato, cierre perfectamente encajado de esta forma bien construida y ejecutada de manera pletórico. Si el dúo de cuerda fue cómplice en intenciones y fraseos, el piano encajó a la perfección del mismo idioma, limpio y claro, cristalino e impoluto compartiendo protagonismo, trabajo conjunto con el único lenguaje universal que vuelve a confirmarse en la interpretación de estos tres grandes músicos, individualidades enormes que se tornan inmensas cuando se juntan para hacernos disfrutar del género camerístico, verdadera escuela para melómanos y tan necesaria en la eterna formación de todos los genios.

Gracias por el trabajo insensible al desaliento que podría traer la pandemia pero que el hambre de la música en vivo palía con creces, volviendo a colocar Oviedo como capitalidad musical y seguir demostrando que «La Cultura Es Segura».

Todo con cuerda

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Jueves 29 de abril, 19:00 horas. Sala de cámara del Auditorio de Oviedo, Primavera Barroca, CNDM «Circuitos«: Enrike Solinís (laúdes y guitarras): «Ars Lachrimae«. Obras del Renacimiento y el Barroco. Entrada: 15 €. Fotos ©PabloSiana.

Continúa la cultura segura, las ganas de directo y el florecimiento de la Primavera Barroca de Oviedo en esta su octava edición que mantiene la colaboración con el CNDM y sus «Circuitos», trayéndonos en solitario al guitarrista vasco Enrike Solinís (Bilbao, 1974) que hizo un recorrido por la cuerda pulsada a través de la historia antigua desde la óptica actual, con cumbres y cordilleras, ascensos y descensos en un denso programa titulado Ars lachrimae, una panorámica de este personal viaje con mucha cuerda pulsada y todo un legado de la música para dichos instrumentos señeros desde una perspectiva y visión con identidad propia y distintas calidades.

Bien el primer bloque con el laúd renacentista y los aires melancólicos de Dowland que nos trajeron el intimismo de salón sin apenas descanso en esa senda hasta los grandes vihuelistas españoles pero desde el mismo laúd, algo que no entiendo pues Mudarra, Milán o Narváez con sus pavanas y diferencias podrían haberse escuchado en nuestro instrumento identitario, «la abuela vihuela» de la que los hispanos fueron su verdadero «tridente». Explorar estas nuevas vías de ascensiones para este repertorio están bien, pero la cuerda elegida no me convenció del todo, si bien las notas al programa de Pablo J. Vayón son como el libro de ruta para explicar este itinerario opcional del instrumentista bilbaíno: «dicotomía entre dos mundos, el renacentista y el barroco, que son visitados siguiendo las líneas de las formas y los géneros esenciales de la música publicada (o simplemente interpretada) para los instrumentos de cuerda pulsada, muy en especial las danzas (…)  En un primer momento, las cuerdas pulsadas se vieron sustancialmente beneficiadas (…) aunque la realidad interpretativa estaba aún indiscutiblemente unida a la improvisación… los géneros trascienden las fronteras … fantasías (es decir, piezas más o menos libres que podían traducir justo una improvisación), glosas y variaciones sobre conocidas obras del tiempo (en España se llamaron «diferencias») y danzas, muchas danzas«.

Al Solinís en «estado puro» lo encontramos precisamente con ese «rabel pulsado» que nos recordó el medievo y la música del arco atlántico, el ritmo con aires reconocibles de los dos manuscritos del siglo XVI: el Barbarino con Quaranta de Francia y el de Osborn con dos danzas renacentistas, el Enrike rompedor desde hace años apostando por estos enfoques arriesgados y convincentes.

Pero el sosiego llegó en la bajada de estos cerros, montañas que son colinas para afrontar con el laúd barroco el ascenso a la verdadera cumbre que fue Robert de Visée (1655-1733) y una selección de la Suite nº 3 en re menor (I. Prélude II. Allemande III. Courante IV. Sarabande), donde la sonoridad es ideal pero faltó una pisada más segura del terreno. Se incrustó a Buxtehude antes que a Bach explicando las afinaciones de los distintos modelos utilizados y cómo la suite será la forma ideal de contrastar aires y transcripciones de la tecla a la cuerda pulsada. Prácticas habituales que personalmente me gustan porque «mein Gott» siempre es único y soporta todos los instrumentos, aunque no tanto Herr Dietrich. Cierto que el kantor se interesó por el archilaúd y la tiorba omnipresente caída en el olvido pero que parece rejuvenecer con esta generación de intérpretes como el propio Solinís o el asturiano Daniel Zapico. La Suite en do menor, BWV 997 de «nuestro señor» es una cumbre que exige un esfuerzo sobrehumano, más en la cuerda pulsada; matizados los cinco números (I. Preludio II. Fuga III. Sarabande IV. Gigue V. Double) la fuga fue lo más destacable por la claridad en las líneas y la sonoridad lograda en este repaso de la danza como columna central de los compositores elegidos.

Enrike Solinís retomó el pulso, cogió aire y nos despertó con la vihuela «salvaje», descarada, rítmica y punzante de nuestro Gaspar Sanz, las danzas que siguen siendo seña de identidad del músico vasco y verdadera alegría su interpretación, manteniendo este final en las dos propinas que fueron gratificantes y muy aplaudidas.

Los montañeros utilizan distintas cuerdas según los ascensos, unos pocos privilegiados han coronado los «ocho miles», todo concuerda en este paralelismo con cuerdas. Un esfuerzo de hora y media sin pausa de Dowland a Sanz sin olvidarse del mítico Bach para otro hito en «La Viena del Norte» español donde el Barroco mueve un público fiel al que la reducción de aforo (de por sí pequeño) en la sala de cámara del auditorio ovetense no le frena para comprobar la acústica ideal de madera y piedra, mucha cuerda que concuerda. La penúltima cita barroca y primaveral será en once días con la mezzo Vivica Genaux y Vespres d’Arnadí (con Dani Espasa), pero aún queda mucha música por el medio arrancando mayo, y aquí lo contaremos si nada lo impide.

Il senso delle parole

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Miércoles 28 de abril, 19:00 horas. Conciertos del Auditorio de Oviedo: Piotr Beczała (tenor), Sarah Tysman (piano). Obras de Donaudy, Respighi, Wolf-Ferrari, Tosti, Verdi y Puccini. Entrada butaca de patio: 20 €.

Hace cuatro años pudimos disfrutar de Piotr Beczała (Czechowice-Dziedzice, Polonia, 1966) en una gala que titulé «Se detuvo abril«, y de nuevo hizo que se parase el tiempo en un recital con piano para paladear su voz, su buen decir, su presencia, su técnica impecable y con un programa donde más que nunca pudimos entender «Il senso delle parole», el sentido de la palabra en la lengua de Dante que el tenor polaco pronuncia perfecto y las letras en subtítulos fueron tomando vida una a una. Programar la llamada «canción de concierto» con la calidad de los autores elegidos es un desafío que exige entrega total en cada bloque, pues son verdaderos microrrelatos que deben sentirse y compartirse con el piano, el de su habitual acompañante la francesa Sarah Tysman, más allá de las reducciones orquestales habituales para las arias de ópera.

Comentaba en broma que comenzar con el siciliano Stefano Donaudy (1879-1925) era un increíble calentamiento vocal. Así fue porque el público que no llenó el auditorio, pero se entregó al tenor, no respetó el «ciclo» haciendo perder la unidad dramática y una continuidad que impidió hacer brillar un poco más una voz aún fría pero siempre hermosa, desgranando esos tres frescos con un piano adecuado y escrito para realzar los textos: Vaghissima sembianza, Freschi luoghi, prati aulenti y O del mio amato ben.

Otro tanto sucedió con esas seis joyas del boloñés Ottorino Respighi (1879-1936), el lenguaje musical siempre clásico del segundo italiano de la noche, romanticismo en estado puro, poesía de contrastes, juegos de palabras donde el piano subraya cada palabra y el canto las sublima: Lagrime, Scherzo, Stornellatrice, Nevicata, Pioggia y Nebbie, una clase magistral de Beczała con la técnica perfecta puesta al servicio de los textos de Zangarini, Ada Negri o Vittoria Aganoor Pompilj, con unos registros extremos donde el polaco no pierde nunca ese color único, una gama de matices ideales para esta maravillosa música de salón, las agilidades increíbles enfrentadas a los sentimentales tiempos lentos, y el asombro de una proyección que llenaba toda la sala de ese timbre redondo y elegante como su presencia escénica.

El «descanso» vocal lo puso la pianista que eligió al español Isaac Albéniz (1860- 1909) y su conocida Granada (de la «Suite española, op. 47»), resultando más literaria que nazarí en parte por lo comentado de lo difícil que es para un pianista adaptarse al lied o la ópera que son mundos totalmente distintos al solístico, y la francesa optó por una interpretación desde la distancia emocional.

Aún quedaban otros dos italianos para redondear el placer del dúo cercano, tenor y piano bien hermanados, el tantas veces escuchado en Oviedo Ermanno Wolf-Ferrari (1876-1948) el veneciano del siempre recordado Haider, pero el íntimo que pone música a cuatro textos populares con toda la riqueza melódica del italiano: Quando ti vidi a quel canto apparire, Jo dei saluti ve ne mando mille, E tanto c’è pericol ch’io ti lasci y O sì che non sapevo sospirare, un placer escuchar y leer la letra original y su traducción (también el digitalizado programa de mano) que en la voz de Beczała nos transportaba a la península hermana que tanto arte nos ha dejado. Y mejor remate para este bloque literario que Francesco Paolo Tosti (1846-1916) el músico de Ortona, con tres canciones bien acompañadas al piano y mejor interpretadas por el polaco, L’ultima canzone, la menos escuchada Chi sei tu che mi parli y el Ideale literal, un juego donde el «rubato» toma sentido y los agudos imperceptibles una delicia, demostrando que lo que parece fácil siempre es lo más exigente.

Beczała se vuelca en cada partitura, el semblante agradable, su máscara facial toda una lección de canto y los aficionados operísticos venidos de varios puntos de la geografía, conocidos del Campoamor y rendidos ante el polaco, esperando el «tour de force» final, siempre en el repertorio italiano que domina como pocos hoy en día, perfecta «la orquesta desde el piano» más cómoda que en el lied,  sin necesitar el pedal izquierdo que cambia color y tapa abierta para mostrar que el polaco está en un momento álgido de su carrera.

Dos arias del genio de Busseto Giuseppe Verdi (1813- 1901) para quitar el hipo, Di tu se fedele il flutto m’aspetta («Un ballo in maschera«) sobrado de recursos y exquisito de principio a fin, más  Quando le sere al placido («Luisa Miller«) con ese final a solo que llenó todo el auditorio del color puro y la magia de este tenor completo, verdadera figura mundial.

Y de la Italia protagonista en este lluvioso miércoles lírico asturiano, desde Lucca el gran Giacomo Puccini (1858- 1924) y una de sus arias fetiche para todos los tenores, la maravillosa Recondita armonia («Tosca») con un piano perfecto y la salida entre «bastidores» de un Cavaradossi impecable que enamoró al auditorio. Creo que no se puede interpretar mejor y así lo reconoció el público entregado a Beczała.

La hora pasó volando y podríamos estar escuchando al polaco todo el tiempo del mundo porque volvió a transmitir, como hace cuatro años, que «se detuvo abril«, regalándonos todavía dos napolitanas, el Core ‘ngrato de Cardillo, con dedicatoria a «su Caterina» en la sala, el otro título en su dialecto «Catarì, Catarí», y el mismo calor del sur con la famosísima Mattinata de Leoncavallo, un broche de oro con estas canciones escritas para el gran Caruso y recreadas por el enorme Beczała con un recital que dio sentido a la palabra en la voz de este Tenor con mayúsculas que sigue triunfando en Oviedo, parada obligada en las giras de los mejores intérpretes. Esperemos algún día tenerlo sobre las tablas del Campoamor porque el triunfo es tan seguro como la cultura en tiempos de pandemia, y la música más necesaria que nunca.

Melodías de la vida con unos cachorros ¡espectaculares!

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Domingo 18 de abril, 19:00 horas. Auditorio de Oviedo: Past Life. Los Peques del León de Oro, Elena Rosso (directora). Entrada: 6 €.

Es verdaderamente maravilloso comprobar que todavía queden emociones desde la música capaces de hacernos brotar las lágrimas. En tiempos duros, difíciles, sacrificados, montar un espectáculo como el de estos «grandes Peques» merece todos los elogios, pues además de cantar con mascarilla, trabajaron la excelencia del canto coral con un montaje que nos dejó sin palabras. Una puesta en escena sobria, con las luces adecuadas, entradas y salidas perfectamente coreografiadas por la maestra Elena, medias alternando gris y rojo, expresión corporal en todas las componentes (abrumadoramente femeninas como nuestro presente y futuro), cambios de posiciones para cantar en todas las permutas y combinaciones posibles, el piano puntual siempre en su sitio de Maite García, la utilización de la percusión tanto corporal como con «boomwhackers» rítmicos armonizados con estas voces celestiales de afinación pluscuamperfecta donde las campanas no solo daban el tono sino que creaban el ambiente para cada número de un programa que las notas al programa de Violeta Rubio describen punto por punto contando esta historia que quiero dejar aquí:

«Hoy os queremos acompañar en una historia que comenzó hace mucho, mucho tiempo, cuando aún no había nada. Oímos cantos celestiales que nos suenan antiquísimos, Past Life Melodies, como si pertenecieran a una vida pasada, todo estaba oscuro y de repente… se hizo la luz. El Sol con su fuego lo iluminó todo, O nata lux, luz nacida de luz que ilumina todo lo que nos rodea y nos permite ver, por primera vez. El fuego no solo nos dio luz, también trajo el calor y nos llenó de energía y así es como sentimos el Fervor, un abrazo que nos rodea el alma. Luego tuvimos el agua y en ella nacieron las primeras formas de vida. En este elemento, muchos animales como nuestra pequeña foca de The Seal Lullaby tienen su hogar y refugio donde dormirse acunados por las olas del mar. Pero el agua también se evapora, y entre las brumas de la tarde, la lluvia cae con Murasame y algo que no habíamos visto nunca, comienza a florecer. La tierra también se llena de vida: bosques, praderas, desiertos, montañas y un habitante que va a ser capaz de adquirir el Gnothi Safton, el conocimiento necesario, para habitar en cada uno de ellos: el ser humano. El tiempo va pasando y el humano envejece también, experimenta sensaciones nuevas, pero no sabe qué son ni como describirlas… ¡sentimientos! y cuando ya es anciano en On suuri sun rantas recuerda la primera vez que las lágrimas rodaron por sus mejillas. ¡Algo tiene que cambiar, uno no puede llorar solo! Y entonces conquistamos el aire. Aprendimos a hablar, a comunicarnos, a describir nuestro alrededor. Ahora puedo contarte que, bajo el sauce, Under the Willow, no se oye apenas ruido y mi amor descansa con sus cabellos mecidos por el viento. O que, aunque tenga miedo, siempre me quedará la esperanza, Zai Itxoiten, como una mariposa blanca que volando ilumina mi camino. Todo está oscuro otra vez, pero… ¿qué es eso que suena? Parece que son de nuevo esas antiquísimas melodías celestiales, Past Life Melodies, que en su viaje han unido los cuatro elementos, aunque ahora que ya nos sabemos la historia, estamos listos para unirnos a cantar con ellas«.

Palabras que expresan la música, los sentimientos, desde la penumbra inicial y un silencio sobrecogedor con la entrada por los laterales cantando de Past Life Melodies (Sarah Hopkins), mientras Elena Rosso marcial en el centro controla las voces en distintas disposiciones, murmullos, notas tenidas,  círculos y líneas de geometría coral, los «cachorros» entrenados, la disciplina desde el juego y las emociones que saltan como la luz, O nata lux (Richard Ewer), maravillosas armonías, empastes increíbles, la pureza a capella y el Fervor na brétema (Javier Fajardo), campanadas de vida, vibraciones maduras para toda una vida por delante, la patada rítmica que reafirma delicadezas únicas, partituras memorizadas, interiorizadas, sentidas e interpretadas primorosamente.

No podía faltar Eric Whitacre, siempre inspirado para las voces blancas como en la nana The Seal Lullaby con un piano tan coral como las propias voces, lecciones de idiomas, compañerismo, solidaridad, entrega sobreponiéndose a las dificultades, esperanza coral de esta cantera dorada que es modelo a seguir.

En la misma línea de canto total con piano y mensajes claros el Murasame (The Mists of the Evening) (Victor C. Johnson) de espiritualidad oriental y lluvia musical que cala el alma. Los Peques muy grandes, impresionantes tubos sonoros mucho más que juguetes, y palmas tan celestiales como sus voces, Gnothi Safton (Jim Papoulis), de ritmo contagioso y matices increíbles, agudos perfectos con sonidos para un mundo mejor que realmente transmiten estas voces educadas, un «conócete a ti mismo» cantando y compartido, la mejor «autoayuda» porque no se puede pedir más.

Un viaje alrededor del mundo cantando y también con los escandinavos más cálidos, On suuri sun rantas autis (canción tradicional finlandesa en arreglo de Matti Hyökki, voces solistas de Claudia González y Aitana Carnicero Peinado a quienes no importan las mascarillas para transmitir buen gusto, el coro escuela de vida arropado por las manos maestras de Elena Rosso.

Under the Willow de Stephen C. Foster, en arreglo de Susan LaBarr, canción de cuna bajo un sauce para un sueño hecho realidad, una siesta reparadora que despierta emociones, armonías de ángeles terrenales transportándonos al paraíso coral, seguida de otra obra que está en los genes de estos peques dorados, pasando de mayores a pequeños, herencia de esta familia dorada y unida,  Zai Itxoiten (Javier Busto), el euskera más musical del «padre espiritual» de los leones, esperando el nuevo día con la inocencia cantada desde la adolescencia que no puede expresarse mejor que con esta unión de letra y música del doctor Busto Vega recetando la mejor vacuna en tiempos de pandemia: su obra coral.

Cerrando el círculo de nuevo Past Life Melodies, melodías de vidas pasadas cantadas hoy, sabedores que hay mucho futuro por delante, esperanza vocal y humana de una juventud admirable con unas familias que transmiten y apoyan su afición. Si las palabras de Violeta Rubio son un cuento en sí, la historia cantada por Los Peques del León de Oro fue todo un espectáculo.

Moreno sigue recuperando al Spagnuolo

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Miércoles 14 de abril, 19:00 horas. Sala de cámara del Auditorio de Oviedo, Primavera Barroca, CNDM «Circuitos»: La Real Cámara, Emilio Moreno (violín y dirección): «Bolonia 1708». Obras de Francisco José de Castro ‘Spagnuolo’ y G. Torelli. Entrada: 15 €.

Tras un año pude volver al ciclo «Primavera Barroca» dentro de los circuitos del CNDM, habiéndome perdido los dos primeros por agotarse rápidamente las pocas localidades a la venta (no hay abonos) y el aforo está aún más reducido en esta sala de cámara del auditorio ovetense, pero siempre de agradecer recuperar la música en vivo, el siempre cautivador barroco, y nada menos que un día después de Les Arts Florissants con el histórico William Christie, esta vez con otra leyenda viva de la música barroca en España como es Emilio Moreno al frente de La Real Cámara.

Si el norteamericano casi francés está sacando a la luz muchas joyas desconocidas, el madrileño afincado en Cataluña no es menos, defendiendo y descubriendo autores nuestros como el sevillano Francisco José de Castro (ca. 1670-1723?) muerto en Italia, apodado El Corelli español pero más conocido allí como ‘Spagnuolo’ que en este programa Emilio Moreno lo emparenta acertadamente con el veronés Torelli, quien evidentemente tiene más cercanía e influencia, casi un modelo a seguir, y con la peculiaridad de tener al oboe y la trompeta como solistas.

La formación de La Real Cámara estuvo integrada por el propio Emilio Moreno en la dirección y el violín junto a Enrico Gatti, más los solistas de oboe Rodrigo Gutiérrez y trompeta Ricard Casañ, además del continuo con Mercedes Ruiz al chelo y los hermanos asturianos Pablo Zapico (guitarra y tiorba) y Aarón Zapico (clave).

Tras unas palabras del profesor (quien dio una conferencia previa) y auténtica leyenda en el barroco español, explicando porqué figura la autoría de estos ocho conciertos opus 4 de Castro publicadas en 1708 durante su estancia en Brescia (antes de partir a Florencia y Roma) como Accademico Formato, estando perdidos los primeros (esperando algún día se recuperen) y emparejadas con las de Torelli, más una breve semblanza del músico español bien formado en la Italia aristocrática y culta de los Médici, pudimos escuchar estos conciertos breves donde comprobar la evolución artística del sevillano, movimientos lentos casi como recitativos preparando los rápidos para lucimiento del oboe o la trompeta, incluso el último, bisado, con ambos instrumentos de viento. Compositivamente no se puede negar una evolución hacia el estilo italiano en estos yo diría que bocetos o apuntes, donde los solistas suelen ser contestados por el violín que hace de hilo conductor en todos ellos, y la alternancia típica de aires y matices, con indicaciones precisas en los propios títulos de los conciertos.

La interpretación estuvo bien equilibrada en las sonoridades a pesar del poderío de la trompeta que se mantuvo en un plano apropiado, con los «gallos» traicioneros pero manteniendo el tipo en unos movimientos virtuosos que probablemente con un cornetto hubiesen sido casi imposibles pero hubiesen ayudado a un mejor empaste y en especial en el Concerto ottavo à cinque: tromba, oboè, due violini e basso en re mayor. Ricard Casañ, salió airoso igualmente en  Torelli (Concerto per la tromba «Estienne Roger 188» en re mayor, ITG 21) aunque estamos más acostumbrados a la sonoridad de la trompeta piccolo menos «arriesgada» y traicionera que la natural. Bien al oboe Rodrigo Gutiérrez, que hubo de lidiar con pasajes virtuosos exigentes en contraste con los lentos bien «cantados».

El «ensemble» también se lució sin los vientos, calentando como los instrumentos a lo largo de la hora de concierto, siendo clara la mayor enjundia de Torelli (Sinfonia à tre: due violini, violonchelo e basso en do mayor, op. 5 nº5) frente a un Castro al que debe seguir reconociéndosele en esta faceta de humanista bien formado, donde la música estuvo presente en su vida como compositor, violinista, pero también teólogo y traductor al latín e italiano de los textos de los autores místicos españoles del Siglo de Oro, tal y como el maestro Moreno comentó al inicio y escribe en las notas al programa, quien sigue recuperando patrimonio español como pudimos comprobar en el verano de 2018 además de seguir enamorado de Boccherini y por supuesto de su Bach, que le mantiene joven y activo.

Placeres mundanos

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Martes 13 de abril, 19:00 horas. Conciertos del Auditorio: Les Arts Florissants, William Christie (dirección y clave). «AIRS SÉRIEUX ET À BOIRE 3″. Entrada butaca: 34 €.

Oviedo sigue siendo «La Viena del Norte» español por su oferta de primera calidad con figuras de reconocido prestigio internacional y demostrando en cada concierto que la cultura es segura. Pese a las restricciones de aforo, los cierres perimetrales, las medidas de prevención e higiene, el público asturiano es fiel y necesita de la música en directo tanto como los propios intérpretes, algo que William Christie comentaba en una entrevista para El País alabando nuestra apuesta por abrir los teatros y donde se anunciaba este nuevo concierto primaveral del ciclo carbayón.

Todo un espectáculo el presentado por el maestro norteamericano afincado en una Francia que sigue defendiendo su cultura, potenciando compositores de los que apenas hemos escuchado ni su nombre, y con unos músicos que el propio Christie ha ido descubriendo, siempre acertado como pudimos comprobar en esta velada semiescenificada, con traducción simultánea (además de tener los textos en las notas al programa) de ese idioma tan rico para cantar como es el de nuestros ilustrados vecinos.

Cinco voces que con sus características individuales realmente destacables, empastando en los conjuntos, emocionando en solitario, a capella, divirtiéndonos y siempre bien arropados por un conjunto instrumental de primera donde el maestro Christie al clave casi pasó desapercibido, disfrutando como uno más de esta representación que como bien explican las extensas notas al programa, «Air de cour hace referencia a las canciones que se cantaban en la corte francesa y que en su origen eran melodías sencillas que hablaban de amor, de escenas pastorales, y que interpretaban trabajadores y doncellas. Sin embargo, en el s. XVII, este popular género se traslada desde las calles a los salones en los que se puso de moda entre la realeza y los aristócratas, quienes los adoptaron con extraordinario fervor. Estas canciones podían ser serias, alegres e incluso licenciosas en según qué momentos«, programa perfectamente armado que explora todas las posibilidades de este género permitiendo todas las combinaciones de los intérpretes en escena.

Destacables tanto las voces de Emmanuelle de Negri (soprano), Anna Reinhold (mezzo), Cyril Auvity (tenor alto), Marc Mauillon (tenor bajo / barítono) y Lisandro Abadie (bajo), especialmente soprano y tenor que prefiere el calificativo de alto y no «contratenor» con mucha razón por su voz natural de graves muy claros manteniendo un color homogéneo, así como el «tenor barítono», en cierto modo buscando más el color que la tesitura, pues todos demostraron amplio registro y un gusto exquisito en sus solos, yen esta formación habitual de quinteto para este espectáculo que va por su tercera edición.

Del conjunto instrumental que trae para estos «aires de corazón» Les Arts Florissants además del dúo de violines Tami Troman y Emmanuel Resche, destacar el impresionante continuo de Thomas Dunford a la tiorba, con intervenciones primorosas de sonido y buen gusto, más la viola de gamba de Myriam Rignol, perfectas combinaciones tanto instrumentales (insertadas entre las arias y provenientes de las tres principales fuentes de música para violines en la época de Guédron, Boësset y Moulinié), incluyendo el no muy abundante pero siempre imprescindible clave de Christie, como en las intervenciones solistas de tiorba y viola -incluso cambiando de posición para reforzar también las voces cantadas- además de participar de la acción en los momentos precisos, destacando la simpatía de Lorsque j’étais petite garce («Cuando era una pequeña zorra») de Pierre Guédron, donde una joven guardiana de vacas pierde su virginidad para comprarse un queso, contrastando voces e instrumentos por reflejar esas pasiones y placeres mundanos.

Las obras seleccionadas fueron cautivando de menos a más, dependiendo también del propio aire, lentas sentidas, declamadas, y rápidas llenas de esa comicidad intrínseca como el Rossignol de Claude Le Jeune, o el Que dit-on au village? del citado Guédron, combinación sabia de lo íntimo con lo burlesco, con un resultado de conjunto que hizo las delicias de todos los amantes de la música de los siglos XVI y XVII, la corte versallesca en ese cambio de siglo tan refinado y agradecido, finalizando casi en una oración o confesión de Suzanne un jour nuevamente de  Le Jeune pero evocador de nuestro Siglo de Oro, que nos hizo pasar el concierto en un suspiro, regalándonos dos bises que por las horas no pudieron ser más y disfrutando tanto Christie como su formación, lo que se apreció de principio a fin, pues como él mismo decía, «Tocar sin púbico es cruel«, y nosotros lo corroboramos.

Extraordinario triplete de La Díaz

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Corren tiempos difíciles, y para el sector musical aún más, con cancelaciones de última hora que rompen la programación y el ritmo de trabajo necesario, pero esta semana antes de mis vacaciones, la soprano Beatriz Díaz afrontó un triplete extraordinario digno de figurar en los anales de esta «Era Covid».

El miércoles 24 a las 19:30 horas  en el Teatro Jovellanos de Gijón, dentro de la temporada de la Sociedad Filarmónica estaba programado de nuevo, dentro del ciclo «Los Históricos de la Filarmónica», el programa Cantarinos pa que suañes con el pianista y compositor Luis Vázquez del Fresno al que su corazón le dio un susto el lunes, y al que le deseo desde aquí una pronta recuperación.

Noticia triste pero ante la adversidad se mantuvo el concierto, siempre de agradecer por parte de los gestores de la centenaria sociedad gijonesa, armando urgentemente un nuevo programa (el 1.632)  a cargo de la propia Beatriz Díaz con el pianista Marcos Suárez, y organizado en cuatro bloques de tres obras, el tres mágico, donde la soprano allerana  nos dejaría una muestra de su musicalidad, versatilidad y amplio repertorio. Primero tres arias de ópera cantada en italiano, donde estuvieron Händel y el Lascia del «Rinaldo», Porgi amor de las bodas mozartianas, y una de las preferidas de la cantante, Catalani y «La Wally» con Ebben? ne andrò lontana, una lección de bien cantar con toda la amplia gama de color que caracteriza a la asturiana, siempre bien acompañada de un Marcos Suárez que se afianza como maestro repertorista como bien destacó el músico local David Roldán Calvo, quien ejerció de maestro de ceremonias presentando y poniendo cada obra en su contexto histórico.

Tratándose de un recital de «La Díaz«, no puede faltar su adorado Puccini, auténtico amuleto y para el que su voz parece hecha a medida, esta vez la Musetta con alma de Mimì, bien dominada vocal y escénicamente desde hace tiempo, el siempre agradecido (y comprometido) Dvorak de «Rusalka» y su Canción de la luna, otro escalón en un repertorio que va creciendo como su voz, y el Summertime de Gerswhin, el musical hecho ópera, o viceversa, con un arreglo pianístico más rico de lo habitual y esa versatilidad de la soprano asturiana capaz de meterse en cada personaje con el estilo adecuado y la entrega conocida.

No se podía olvidar la inspiración asturiana prevista aunque adaptada al momento, por lo que escuchamos la Asturiana de Falla como un delicioso arrullo, y dos canciones de «Madre Asturias» del recientemente fallecido Antón García Abril, homenaje necesario que desde la calidad de los dos intérpretes fue emotivo y entregado, Duérmete neñu y y Ayer vite na fonte, nuestro folklore hecho universal en estas páginas para tenor pero que en la voz de soprano adquieren nuevos aires y con un pianista demostrando igualmente su papel coprotagonista.

Y el cierre de nuestra zarzuela defendida con la categoría que se merece, «El dúo de la africana» de Fernández Caballero que Beatriz Díaz lleva en la sangre a La Antonelli, Yo he nacido muy chiquita aunque solo de estatura pues resulta siempre grande en escena, No corté más que una rosa del «manojo» vasco Pablo Sorozábal que resultó nuevamente redondo, y la petenera de «La Marchenera» (Moreno Torroba) cerrando este trío lírico hispano con la misma entrega y calidad con la que se iniciaba un comprometido recital donde los obstáculos no lo son cuando hay tanto trabajo detrás y responsabilidad por mantener una calidad en todo lo que canta nuestra asturiana universal. Propinas a pares de zarzuela y ópera, imprescindible el Puccini de O mio babbino caro que en la voz de la allerana sigue siendo música celestial.

Y llegaría el jueves 25 a las 19:30 en el Teatro Jovellanos Concierto Extraordinario de Semana Santa con la OSPA dirigida por el australiano Kynan Johns donde la soprano debutaba como solista con ese motete mozartiano que pone a prueba la voz pero sobre todo la musicalidad, Exultate Jubilate, K. 158a/165 de estilo operístico que hace años parecería impensable para Beatriz Díaz, aunque las enseñanzas del maestro Hernández Silva y la amplitud que ha alcanzado su voz, el día que cumplía 40 años, han demostrado cómo el genio de Salzburgo, al igual que papá Haydn, son perfectos compañeros de viaje.

El director encontró la pulsación ideal para disfrutar los tres movimientos de esta joya juvenil de Mozart, con una Beatriz Díaz cómoda, de amplias dinámicas y lirismo en estado puro (el recitativo plenamente operístico por parte de todos, aunque el órgano quedase en segundo plano) y la OSPA clásica de sonido homogéneo, gustándose y escuchando cada detalle, con los oboes contestando ese texto tan apropiado para este día: «¡Alégrate! ¡Un gran día brilla! ¡Las nubes y la tormenta se han ido!«, final de Aleluya pletórico por repetir escenario y agrandar una historia vocal que todavía nos deparará muchas más alegrías.

La OSPA completaría este extraordinario con el siempre necesario Beethoven al que 2020 le quitó parte de su protagonismo, con Coriolano: obertura op. 62 para comprobar el buen estado sinfónico y la complicidad con un Kynan Johns que en cada visita exprime lo mejor de la formación asturiana, dominador de memoria de todo el concierto donde la recién estrenada «Primavera» sonó con Schumann en una versión clara, precisa, matizada, colorida a pesar de la acústica del Jovellanos que no está pensada para una orquesta romántica a la que Perry So en el anterior concierto, dejó perfectamente engrasada.

Y no hay dos sin tres, pues el viernes 26 a las 19:00 horas se repetía el programa extraordinario en el Auditorio de Oviedo con una entrada que la pandemia y su protocolo dejó mermada pero igual de entregada para un público que recibe a la soprano de Bóo con cariño y siempre expectante. La cultura es segura y la música en vivo única e irrepetible, Beethoven con Johns preparó sonoridades sinfónicas, Mozart un poco más vivo que en Gijón pero con la acústica ideal y presencia de cada sección (esta vez sí sonó el órgano) para una plantilla casi camerística y unas manos australianas delicadas, mimando a la solista que desplegó de nuevo esa magia vocal para el motete que iluminó este triplete de Beatriz Díaz.

La Primavera de Schumann, esa sinfonía primeriza para nada juvenil y llena de vida en sus cuatro movimientos, retomó la calidad sinfónica de la OSPA bajo la batuta de un Johns de gestos claros, sin ampulosidades pero preciso al detalle, conteniendo sonoridades en los momentos delicados, dejando fluir a la cuerda, empastando a todos con el estilete o florete de su batuta con el que fue tocando los resortes necesarios para brindarnos una versión impecable de la Sinfonía nº1 en si bemol mayor, op 38 esperando repetir su escucha en la retransmisión de Radio Clásica que sigue grabando los conciertos de nuestra sinfónica, de nuevo con el bilbaíno Xabier de Felipe de concertino, esperando se cubran pronto las vacantes, pues no me canso de repetir que hace falta un capitán para esta nave y el contramaestre obligado.

Ya han sido suficientes los candidatos y no veo necesario alargar más los plazos, aunque sigan siendo tiempos convulsos, pero la música es un bálsamo necesario, más si podemos disfrutar de Beatriz Díaz, extraordinario triplete que abre mi descanso docente por esta semana. Como dice un querido amigo común,

BraBoo Beatriz

Sokolov siempre único

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Sábado 27 de febrero, 19:00 horas. Auditorio de Oviedo, Jornadas de Piano «Luis G. Iberni»: Grigory Sokolov (piano). Obras de Chopin y Rajmaninov. Entrada butaca: 24 €.

Cada concierto de «San Sokolov» es una liturgia que no se puede perder. Fiel a su cita con Oviedo, parada obligada en cada gira española, volvía el ruso que siempre impresiona y dota su presencia de esperanzas, más en tiempos de pandemia, con un público entregado que «llenó» el auditorio capitalino de poesía pianística, un caleidoscopio desde el blanco y negro señorial, sin defraudar nunca, y con una «tercera parte» de seis propinas que no fueron más por las circunstancias del puñetero Covid, pues Grigory Sokolov (Leningrado / hoy San Petersburgo / 18 de abril de 1950) sigue en forma afrontando cada obra con la profundidad de los años, la técnica apabullante al servicio del piano, su mundo, su vida, compartida desde una concentración que corta la respiración en cada nota, en cada pedal, en cada fraseo, con toda una gama dinámica tan amplia que el instrumento de las 88 teclas esconde solo para los grandes virtuosos: desde los pianissimi que se escuchan casi sin aire hasta los fortissimi resonando orquestales en todo la sala. El arte del piano tiene nombre ruso.

Dos compositores que vivieron por y para el piano, como el propio Sokolov: Chopin y Rachmaninov, dos visiones del mismo universo, la patria chica inspiradora e interiorizada desde un lenguaje propio en ambos, polonesas y preludios con el piano como único protagonista, no se puede pedir más.

Cuatro polonesas de F. Chopin (1810- 1849) para la primera parte, esas danzas de concierto rítmicamente potentes que Sokolov milimetra cada una de ellas con la limpieza estratosférica, la potencia extrema y su lirismo expresivo, comenzando con la  Polonesa en do sostenido menor, op. 26 nº 1, después la nº 2 en mi bemol menor, sin apenas pausa entre ellas, la independencia de manos con el volumen en su sitio y un pedales que nunca sobra cuando podemos escuchar cada nota presente y la importancia justa, las síncopas de la primera con ese ímpetu y trinos paradisíacos, arpegios divinos, súbitos románticos como pocos, la segunda de oscuro inicio contrastado y matizado al estilo Sokolov, el juego de las tonalidades menores que el Steinway redondea en las manos y pies del ruso, los cromatismos que culminan álgidos y precisos, el rubato exacto, las modulaciones precisas, el ritmo de polonesa inimitable y siempre distinto, magia también menor de la Polonesa en fa sostenido menor, op. 44 con el inicial «moderato» que crece en arrebatos extremos en ambas manos jugando desde los claroscuros que contagia a la siempre luz tenue del escenario, las melodías en terceras con idéntico volumen cantabile e izquierda «bailablemente ligera».

Y para cerrar la siempre impresionante Polonesa en la bemol mayor, op. 53 «Heroica», llevándome en el tiempo al Campoamor de 1975 con Rubinstein que cerraba el concierto con ella, otro ruso que me descubrió mi padre cuando el Conservatorio era mi única preocupación y mi mejor formación los grandes en directo. Sin trampa ni cartón, tocándolo todo (el nonagenario Arthur «eludió» las vertiginosas octavas de la izquierda), jugando con el tiempo en todas sus acepciones, sabor guerrero y melancólico, pasión sin contención llena de la poesía musical y dotando de esa unidad en las cuatro polonesas elegidas, gran conclusión chopiniana y eclosión heróica de un Sokolov siempre único.

En mis viejos vinilos los comentarios de las contraportadas eran mi bibliografía directa y en alguno leí que a Rachmaninoff le llamaban en Broadway el Chopin ruso (también a Scriabin). Cirílico difícil de transcribir,  S. Rajmáninov (1873- 1943) llenaría la segunda parte tras el necesario ajuste del piano al que Sokolov siempre somete al máximo esfuerzo, y soportaría inquebrantable los Diez preludios, op. 23.

Todo un microcosmos de locura tonal y lenguaje propio del piano, melodías y giros que aparecerán en sus conciertos con orquesta que aquí asumen toda la grandiosidad del instrumento en manos de su compatriota, siempre fiel intérprete. Imposible describir cada uno, diferentes en todo e iguales en intensidad y virtuosismo: 1. Largo (fa sostenido menor) como obertura majestuosa, también el 2. Maestoso (si bemol mayor) de evocación chopiniana y virtuosismo lisztiano, 3. Tempo di minuetto (re menor) cual histórico homenaje sonoro pintado con primor y color, 4. Andante cantabile (re mayor) en el melodismo inimitable de Sergei y magisterio de Grigory, dos voces cantando en perfecta simbiosis relajada evocadora del segundo concierto preparando la impresionante 5. Alla marcia (sol menor), casi sinfónica, brillante, poderosa, rítmica de principio a fin, dinámicas increíbles, rubati inconmensurables y grandiosa interpretación para semejante preludio universal casi orquestal en el teclado, un «paseo de elefantes» como el tercer concierto del ruso; 6. Andante (mi bemol mayor), un remanso cristalino, romántico, paladeado en ambas manos con pedales atmosféricos bien empleados sin difuminar el sonido, 7. Allegro (do menor) de locura, vertiginoso, campanadas marcando impetuosas el tiempo pianístico, el virtuosismo pleno que «revolucionara» Chopin y Rachmaninov eleva al olimpo técnico, 8. Allegro vivace (la bemol mayor), contraste tonal e igualdad nítida, limpieza en un transcurrir sin respiro hacia el 9. Presto (mi bemol menor), terceras y sextas impolutas, igualadas de volumen y ligaduras casi imposibles, el recuerdo de los estudios polacos engrandecidos por el ruso, preludio libre por denominar una forma rebosante de música con el silencio sonoro y el 10. Largo (sol bemol mayor) paralizador tras tanta emoción, el retorno del guerrero tras una dura batalla con el teclado dejándolo todo en él.

No importan el tiempo en las manos de Sokolov, no hay toques de queda para tanto arte, y la «tercera parte» esperada mantuvo la grandiosidad y las ganas de seguir escuchándole. Para retomar el pulso de nuevo Chopin y dos Mazurkas, la opus 68 nº 2 en la menor, y la 19 en si menor, opus 30 nº 2, magisterio interpretativo, sonido único en las manos del ruso y para despedir al polaco con el Preludio op. 28 nº en do menor, con ese tempo majestuoso, la madre tierra elevada al paraíso musical por el ángel ruso, los matices extremos marca de la casa.

Aún vendrían más, primero Brahms y su Intermezzo en la mayor op. 118 nº 3, imagen auténtica pero afeitada del alemán encarnado en este ruso impagable, emociones románticas de esta música a borbotones antes de la vuelta a casa y a la forma, continuando con esa calma vital, la misma en cada «paseo hasta el piano» y desde el piano, la liturgia Sokolov con el Preludio op. 11 nº 4 en mi menor de Scriabin.

Y como si mein Gott Bach quisiera redimirnos del día anterior, la visión al piano de Busoni con el coral «A tí clamo Señor Jesucristo», Ich ruf zu dir, Herr Jesu Christ BWV 639, Sokolov apóstol único y vivo, genio del piano, en plena forma y para seguir si hubiéramos insistido. Apoteósis, emoción y vivir para disfrutarlo eternamente.

Necesario Jesús García-Leoz

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El compositor navarro Jesús García-Leoz (Olite, 1904 – Madrid, 1953) tenía que ser reconocido más allá de sus bandas sonoras (desde Balarrasa a su póstuma «Bienvenido Mr. Marshall«) o alguna página habitual en los recitales de nuestras grandes voces líricas, y al fin se ha llevado al disco su integral de canciones. Para ello nadie mejor que el pianista vitoriano, criado en Bilbao y madrileño universal Aurelio Viribay Salazar quien desde su cátedra en la Escuela Superior de Canto lleva toda la vida defendiendo nuestro «lied español«, rescatando del  olvido a tantos grandes compositores y descubriendo las voces ideales para defender este repertorio en público, pues mi admirado Don Aurelio es toda una autoridad demostrada a lo largo de tantos años dedicado al mal llamado oficio de «pianista acompañante».

Si hace poco podía disfrutarle con el tenor cordobés Pablo García López en el CD Raíces, ahora pudo encontrar en la soprano pacense Mar Morán la voz para reencontrarse con García-Leoz en toda la plenitud interpretativa de ambos tras haberlas trabajado juntos en distintos recitales. Viajando hasta el estudio italiano The Spheres de Montesilvano (Pescara) en la primera salida posible tras el confinamiento (entre los días 6 y 10 de julio del pasado año) y masterizado en el Sequenza Studio de París para el sello Odradek Records (siendo el segundo CD dedicado a García Leoz de este sello norteamericano que en su catálogo cuenta con una grabación del pianista Rinaldo Zohk y la violinista Lilia Donkova con la Sonata para violín y piano, la Sonatina para piano y diversas obras pianísticas del compositor navarro), nos dejan veintiuna canciones para guardar, con un lanzamiento inicialmente previsto para el 20 de noviembre que se ha tenido que aplazar por las razones de todos conocidas hasta este 12 de febrero y al fin llega a casa para poder escucharlo una y otra vez en mi cadena con la sensación de tenerlos actuando solo para mí. Calidad de grabación, balances perfectos y unas partituras dignas de programarse en todas las salas.

En un cuidadísimo trabajo se presenta Luna clara, la primera de las «Cinco canciones» con poemas de J. Paredes que da título a este CD, con unas fotografías de calidad (que ilustran esta entrada), unas autobiografías sentidas por ambos protagonistas y hasta un estudio del propio Aurelio Viribay titulado «El Tríptico de García Leoz y otras dieciocho canciones» donde el magisterio y conocimiento de esta integral es ya de por sí otra aportación a la canción de concierto española.

Por supuesto no pueden faltar las letras y además traducidas al francés e inglés para ayudar a la difusión internacional que coloque a García Leoz en el sitio que le corresponde, y escuchando esta grabación entenderemos que va mucho más allá de su más conocido tríptico, que tampoco podía faltar al abordar esta primera integral para voz y piano, encontrando en Mar Morán la voz ideal para esta comunión letra – música del lied.

Las Cinco canciones sobre poesías de Juan Paredes (1934) demuestran el primor con el que el compositor navarro buscaba realzar con la música unas letras sentidas, excelente dicción de la soprano y la vestimenta a medida del pianista, cinco perlas donde el Romance es para engarzar en oro y el Pregón un envoltorio de lujo en este primer bloque.

Del Tríptico sobre poemas de García Lorca (1937) indicar la vigencia de esta populares canciones a las que no se han resistido las grandes voces femeninas, donde García Leoz vuelve a demostrar su dominio en la adaptación musical a los textos desde un acompañamiento de piano que no solo complementa sino que protagoniza de igual a igual estas tres páginas. Morán y Viribay amplían el catálogo de artistas que aportan frescura y dominio.

Las Seis canciones de Antonio Machado (1952) suponen otro descubrimiento en la escritura vocal desde el color vocal de la soprano extremeña que engrandece la poesía en dicción exquisita y un piano presente, avanzado en armonías con las dinámicas justas remarcando dramatismos y delineando versos, La noria poética que la música consagra como al Duero soriano del profesor sevillano.

Curioso comprobar la elección de poetas que hace García-Leoz, amor por la lírica que le hace entender y poner en el pentagrama unos poemas plegados a estilos tan diferenciados en función del texto, «adaptándose de forma camaleónica» como los define el propio Viribay. Así las Dos canciones sobre poesías de Juan Ramón Jiménez (1939) son el sur inspirador por luz y calidez que resulta atemporal sin geografías implícitas, el mismo océano universal de la Canción de cuna de Rafael Alberti (1941) o ese corazón de Rosalía de Castro (1951), la piel de toro bien entendida, mejor cantada y óptimamente tocada al piano.

Gerardo Diego también tiene su Villancico (1949) musicado, recogido, sentido, casi una oración, y dos obras que sin ser específicamente «de concierto», cierran este tributo poético: la Serranilla sobre un poema de los hermanos Fernández Shaw (1948), casi goyesca y tributo a Granados, una romanza de la zarzuela «La duquesa del candil», que ha trascendido como canción, más la cinematográfica Canción de la Malibrán (1951) como broche de un compositor al que la gran pantalla le sirvió de sustento (incluso como pianista en la época del cine mudo) aunque su inspiración poética nos ha dejado estas partituras que deben ser escuchadas más a menudo en los recitales y enfrentarse a ellas con el mismo tesón que hacen con las franceses o alemanas. No olvidemos que la aportación española está al mismo nivel, sin complejos, en nuestro idioma universal, exigente para la voz y con un pianismo muy cuidado del que Jesús García-Leoz es uno de nuestras señas de identidad como podemos comprobar gracias a esta Luna clara.

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