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Tesoros navarros

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Miércoles 24 de mayo, 20:00 horas. Teatro Jovellanos, Sociedad Filarmónica de Gijón, concierto nº 1668: Sofía Esparza (soprano), Rinaldo Zhok (piano). «Canciones para una reina»: Homenaje a Arrieta y Gaztambide. Obras de E. Arrieta, J. Gaztambide, Martín Sánchez Allú y Dámaso Zabalza.

Escribe la doctora María Encina Cortizo en las notas al programa, y que daría una conferencia el día anterior complementaria para este concierto, en otra excelente iniciativa de la filarmónica gijonesa, como máxima autoridad que es la berciana en los estudios biográficos del compositor de Puente de la Reina: «El patrimonio musical español del siglo XIX sigue conteniendo tesoros desconocidos, como revela el programa de este concierto, que reúne fragmentos de los compositores navarros Arrieta y Gaztambide», y algo tiene esa tierra que atesora tanto talento musical, incluyendo a la soprano Sofía Esparza (Pamplona, 1994) que nos trajo con el pianista italiano, afincado en esa tierra, Rinaldo Zhok (Trieste, 1980), parte imprescindible en las recuperaciones que ambos han llevado al disco el pasado año para conmemorar no solo el bicentenario del nacimiento de Emilio Arrieta (1823-1894), también el de su amigo Martín Sánchez Allú (1823-1858), otro compositor y pianista a rescatar del olvido, o el anterior aniversario del tudelano Joaquín Gaztambide (1822-1870), todos presentes en este recital donde disfrutar parte de la música que también escuchaba la reina Isabel II, de quien Arrieta fue su profesor de canto (además de director de la Escuela Nacional de Música de Madrid), pero de más «realeza» como la infanta María de la Paz de Borbón, la regente María Cristina de Habsburgo-Lorena a quien sumar otras «reinas de la lírica» en la corte española de su época como bien recoge Rinaldo Zhok en el libreto del doble CD.

Verdaderos «Tesoros desconocidos de Arrieta y Gaztambide» como titula las notas mi querida María Encina, comenzando por el gran Don Emilio de quien pudimos escuchar cinco canciones para comprobar su capacidad para crear melodías desde el conocimiento belcantístico en sus años milaneses, pero también la inspiración y conocimiento de la voz, para quien escribe unas melodías plenamente líricas, con un piano tanto propio para ellas como «apunte orquestal» en la selección que nos hizo el dúo Esparza-Zhok, letras incluidas en el programa de mano, perfecto complemento para una escucha que nos llevaría por una pequeña muestra del buen hacer de un compositor formado en Italia que es mucho más que el compositor de Marina, aunque fue la que le encumbrase, como pudimos reconocer en la impresionante Gran Fantasía sobre «Ildegonda» de Emilio Arrieta sobre su ópera de 1845 editada en 2004, página de concierto escrita por el virtuoso salmantino Martín Sánchez Allú, en la línea de tantas paráfrasis sobre los compositores de ópera del momento, la forma de hacerlas llegar al público en las veladas de los salones del XIX, que seguro escucharían a otros navarros como Sarasate.

El virtuosismo al servicio de las melodías de óperas como esta primera de Arrieta que apuntaba ya muy alto, o la de Dámaso Zabalza (1835-1894), íntimo amigo suyo y fallecido el mismo año, coincidencias del destino, cuya Fantasía sobre «Marina» de Emilio Arrieta para piano, Op. 103 de nuevo refleja la importancia de un músico que marcó tendencia en su momento. Impresionante esta doble interpretación del maestro Zhok, quien también presentó cada bloque, e intercaladas entre las canciones y romanzas no solo para dar descanso a la voz, también para valorar a dos grandes pianistas y compositores contemporáneos de los dos homenajeados este miércoles en el Jovellanos. El pianista de repertorio, mucho más que acompañante, investigador y capaz de pasar de estas intervenciones solistas a las compartidas en las canciones o a las siempre complejas reducciones orquestales para piano, auténtico soporte vital en este recital desde Gijón.

De las canciones de Arrieta, la voz de la soprano pamplonica mostró todas las virtudes de una lírica que además dramatiza cada página, desde las dos primeras La zingara (alla polacca), virtuosismo vocal sobre un poema de Adela Curti (1810-1845) casi aria operística, a La melancolía sobre el poema «Presentimiento» (Ensayos poéticos, 1848) de Juan Federico Muntadas, unión emocional entre texto y música, voz y piano sumando y rezumando lirismo que podría firmar años más tarde Tosti. Como suelo escribir a menudo, la música engrandece los textos y más en este estilo tan italianizante pero propio de Don Emilio, canciones de concierto que parecen el banco de pruebas de sus grandes producciones. Y otro tanto con las tres siguientes, diferentes en ánimo y expresión: ¡Pobre Granada! compuesta para ayudar con otros compositores a las víctimas del terremoto de la capital nazarí en 1885, el estilo llamado «alhambrista» de Los ojos de las niñas (1857), seguidillas sobre un poema de José Selgas (1822-1882), amigo y correligionario del compositor, danza hispana tan recurrente en nuestra literatura musical con el gracejo de Esparza, abanico incluido, y la «vestimenta» pianística de Zhok, o L’addio di Eleonora a Torquato, tercera canción italiana sobre un poema de Felice Romani de nuevo con aire belcantista que personalmente me recordó el M’appari de «Martha» (Flotow) por el dibujo melódico y el piano tan delicado, demostrando que Arrieta conocía a los grandes la ópera que triunfaban en Europa.

Del segundo operista navarro y contemporáneo de Arrieta, escucharíamos al tudelano Gaztambide con reducciones para soprano y piano, siempre auténticas «locuras», de varias romanzas de zarzuela que Sofía Esparza volvió a interpretar, en el amplio sentido de la palabra, dramatizadas, bien vocalizadas, matizadas y fraseadas junto a un inmenso Rinaldo Zhok, ya cantadas en Madrid el pasado septiembre en el Teatro de la Zarzuela, comenzando por la Romanza de Berta «Pasó la noche» (de la zarzuela Catalina), la curiosa y en cierto modo pícara Canción de Baltasara «Al ver que uno me camela» (Casado y soltero), la Romanza de María «Ay yo me vi en el mundo desamparada», de la más conocida de sus zarzuelas, El Juramento; la Cavatina de Conchita: «Como es la vez primera», de la zarzuela
En las astas del toro, la mejor expresión de nuestro género por excelencia. Para cerrar recital, la «Malagueña y Jota del Tá y del Té» «¡Ay!, yo me enamoré del aire… Y al mirarte sonreír» (Los caballeros de la tortuga). Cinco páginas donde pasar de unos registros a otros, aires y estilos tan operísticos como de raigambre hispana caso del último «doblete» pasando de la malagueña a la jota tan española (y navarra), romanzas de títulos poco (o nada) representados pero escogidos números ideales en la voz de la soprano pamplonica con el magisterio del maestro repertorista imprescindible en recuperar estos tesoros desde Navarra y traerlos al público.

El regalo y avance del siguiente trabajo del dúo recuperando obras de otro grande como Barbieri con la canción El negrito de su entremés «Los dos ciegos«. Complemento de lo más idóneo para redondear estas canciones que nos hicieron sentir realeza del siglo XXI en Gijón.

A la salida más felicitaciones a los intérpretes que gentilmente atendieron al público y firmaron ejemplares del disco con la primera integral de las canciones de Arrieta (en el concierto sólo una breve muestra) y que bien merece la pena adquirirse, escucharlas repetidamente y leerse un libreto que forma parte de la musicología de nuestro tiempo junto a las partituras, con el directo siempre irrepetible.

Mutter sólo hay una

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Lunes 22 de mayo, 20:00 horas. Oviedo, Conciertos del Auditorio: Anne-Sophie Mutter (violín), Maximilian Hornung (violonchelo), Lambert Orkis (piano). Obras de: Sebastian Currier, Beethoven, Clara Schumann y Brahms.

Para quien desconozca el alemán, «Mutter» significa «madre», y jugando con el dicho español de «Madre sólo hay una«, también única Dame Mutter (Rheinfeldeln, 29 de junio de 1963) a quien siempre es un placer escucharla nuevamente en el siempre irrepetible directo, la niña prodigio que sigue asombrando en su eterna juventud. Si aquel concierto del 12 de octubre de 2011 sigue en mi memoria y en la de tantos melómanos que llenaron el auditorio ovetense hace trece años con la misma OSG del pasado sábado, entonces dirigida por Víctor Pablo Pérez, de nuevo se hizo la magia en este concierto único de «La dama alemana del violín».

Este lunes 22 de mayo, festividad de Santa Rita, nos devolvía a «La Mutter» o ASM (como figura en su web) con el siempre cercano formato de música cámara junto a su pianista de cabecera desde 1988, Lambert Orkis (Filadelfia, Pensilvania, 1946), más el cellista Maximilian Hornung (Augsburgo, 1986) para estrenar en España Ghost Trio (Trío fantasma) del estadounidense Sebastian Currier (Huntingdon, Pensilvania, 16 de marzo de 1959), hoy presente en la sala.

Obra encargo de la propia Anne-Sophie Mutter y a ella dedicada en 2018 por ser la máxima valedora de las composiciones del norteamericano desde 1994, y que sería estrenada por ella con el mismo Lambert Orkis y Müller-Schott en el Carnegie Hall neoyorquino la primavera de 2019, llegando en esta gira donde Oviedo sigue siendo «La Viena Española» y parada obligatoria de las grandes figuras mundiales.

Alternando levemente el orden, como explicó al inicio la propia Mutter, mejor partir del original antes de la inspiración, por lo que sería Ludwig van Beethoven (1770- 1827) el elegido para comenzar con su Trío en re mayor, op.70, nº 1, para violín, violonchelo y piano, “Geistertrio” (Trío fantasma). Siempre digo que el equilibrio está en el tres, intérpretes y movimientos que Mutter, Orkis y Hornung entendieron sin prisas y sin pausas en feliz conjunción, complicidad, respeto y admiración a parres iguales. El I. Allegro vivace e con brio resultó más brioso que ligero, con diálogos, contestaciones, guiños jocosos del aún joven Ludwig, dinámicas ajustadísimas dejando cada espacio personal para degustar las sonoridades de los tres; el II. Largo assai ed espressivo una delicadeza de musicalidad, Orkis «mandando» siempre desde una discreción que no merece ningún pianista (menos siendo un especialista en la música de cámara), y Mutter con Hornung «coqueteando» musicalmente en unos fraseos perfectos; la tercera pata el equilibrio perfecto el III. Presto, vertiginoso, limpio por todos, unísonos encajados al detalle, balances equilibrados incluso en los pizzicati, para disfrutar del Beethoven inspirado e inspirador antes de la Premiére europea que proseguirá por Valencia, Luxemburgo, Basilea, Berna, Viena, Essen o Londres, entre otras capitales.

A partir del homónimo trío de Beethoven, pero también Schubert, Mendelssohn o Brahms como «fantasmas del pasado», Sebastian Currier escribe nueve movimientos breves, que tanto Andrea García Torres en las notas al programa (Tras el fantasma de Beethoven) como el propio compositor explican. Un trío actual con intérpretes únicos explorando la historia y el legado de esta forma musical reinventada para nuestro tiempo. Alternando números lentos y rápidos, los propios títulos son la mejor descripción y disculpa para que Currier juegue con la mezcla de lenguajes que se mantienen tanto en la memoria como en la inspiración actual, sonidos «americanos» emigrados desde la vieja Europa, la propia historia de compositores e intérpretes, viajes reales e interiores. I. Lyrical, melodías de hoy a trío; II. Energetic vital, casi rompedor; III. Remote de sonidos vistos desde los dos lados del océano; IV. Ghost scherzo verdadera «broma» llena del ímpetu juvenil con el que Orkis lleva el «duelo de arcos»;
V. Expressive y la calma tras esa tormenta fantasmagórica incluso en armónicos estratosféricos; VI. Syncopated de aires bernsteinianos, juegos rítmicos y unísonos encajados como un único instrumento; VII. Mysterious en tímbricas difusas de un trío que redescubre uniones; VIII. Forceful en vorágine llena de fuerza con Mutter y Hornung creando un dúo que Orkis apoya con su presencia imprescindible, y IX. Gentle, elegancia compartida, gentileza sonora e interpretativa en un 3×3 de movimientos y 3 músicos que multiplicaron las tímbricas de un trío más que fantasmal, evocador desde un lenguaje muy cercano. Un éxito en esta primera vez con el propio  Currier subiendo a felicitar su interpretación y ovación de un público a quien su trío encandiló.

Va (re)conociéndose la importancia de Clara Wieck (1819- 1896) recuperando su obra que el amor hacia Robert, reconvirtiéndose en Clara Schumann, impidió fuese mayor. De ella la violinista alemana ha grabado hace poco su injustamente olvidado trío junto al cellista español Pablo Ferrández y el mismo Orkis al piano, y esta vez nos trajo al Principado las tres Romanzas para violín y piano, op. 22 con el dúo de intérpretes perfecto por complicidad, entendimiento de tantos años y amor hacia esta música universal llena del romanticismo que nunca pasa de moda. El sonido de Mutter sigue siendo delicado, hermoso, matizado, y Orkis comparte cada nota más que acompañarla. El I. Andante molto nos dejó ese ensamblaje sonoro y lírico de una música que no necesita palabras porque habla sin ellas evocando al amado Robert con aires zíngaros; delicioso el II. Allegretto: Mit zartem Vortrage, enérgico y aterciopelado porque la alemana respira elegancia y el pianista de Filadelfia es la mejor compañía en este viaje; alternancia de protagonismos y feliz dúo con el III. Leidenschaftlich schnell.

Palabras mayores de otro emigrado a la Viena más musical del siglo XIX y eterno enamorado de Clara será Johannes Brahms (1833- 1897) para una Sonata para violín y piano nº 3 en re menor, op. 108 que Mutter y Orkis grabaron en 2010 para el sello amarillo y la exprimen en cada compás tras un largo trabajo previo antes de llevar las tres al CD y volver a interpretar la tercera trece años después en esta gira donde los años no parecen pasar ni pesar por ellos.

Respeto mutuo y hacia esta maravillosa sonata con un I. Allegro marca del de Hamburgo, el violín cantante, el piano arropando, alternando primeros y segundos planos, diálogos, sentimientos, matices increíbles; el II. Adagio una joya sonora e interpretativa, Mutter inmensa y Orkis rotundamente delicado con ella; aún mejor el III. Un poco presto e con sentimento, con el «tempo giusto» donde escuchar todo lo escrito con la presencia precisa de los dos músicos, esos fraseos del violín con un piano casi órgano, sentimiento romántico antes de la explosión final del IV. Presto agitato, encaje de bolillos para el vértigo compartido, entendida al pie de la letra esa agitación siempre controlada pero maravillosa de escuchar. Ímpetu juvenil que sólo con los años se alcanza desde una técnica al servicio de la mejor música y el sentimiento compartido por ellos.

Ovación de gala más propina del gran y muy querido por la alemana John Williams (1932), de «Cinderella Liberty» el tema Nice To Be Around que grabase en 2019 en Across the stars, con un exquisito arreglo para piano que no sólo demuestra la apuesta de la violinista alemana por la música actual de calidad, sino su magisterio desde el violín engrandeciendo todo lo que interpreta la siempre única Mutter.

Y con el auditorio totalmente entregado, nada menos que la Danza húngara nº 1 en sol menor de Brahms en la transcripción para dúo de Joseph Joachim (cuyo fantasma parece seguir en el auditorio tras el sábado pasado), con una lección de virtuosismo al violín de la alemana más un piano norteamericano explosivo, adaptado y adoptado por «Mamá», rubati encajados, catálogo tímbrico de ambos para otro concierto irrepetible del que Oviedo presumirá, porque «Mutter sólo hay una» y a nosotros nos encontró en el Auditorio.

La cercana lejanía argentina

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«Argentina Songs». Soledad Cardoso (soprano), Quimey Urquiaga (piano). Ibs classical. ISBN: 8 436597 700405.

Una verdadera «Gala de la canción de cámara argentina» grabada en el granadino Auditorio Manuel de Falla los días 7 al 9 de agosto de 2021, con una excelente toma de sonido de Cheluis Salmerón y la producción de Paco Moya para este sello español que literalmente nos transporta a ese auditorio con tan buenos recuerdos, disco que se publicó el pasado año con dos intérpretes de esa querida tierra hermana: la soprano Soledad Cardoso (Santa Fé, 1975) y la pianista Quimey Urquiaga (Bahía Blanca, La Plata, 1989), que reúnen música y literatura de cinco compositores con obras vocales donde los versos elegidos ya son de por sí maravillosos.

En la llamada «Canción de concierto», la música eleva la literatura a un plano superior, y desde esta misma visión también se comparte el protagonismo entre voz y piano. Si además quienes interpretan estas veintisiete canciones las llevan en sus genes con todo el acento de su tierra, unido a una larga trayectoria profesional, estamos ante un amplísimo repertorio «nuevo» para muchos, entre los que me incluyo, abarcando desde la segunda mitad del siglo XIX hasta la década de los años 60 del siglo pasado, cien años de obras variadas, unas nacidas en torno al Centenario de la Revolución de Mayo junto a otras con la herencia del rico folclore sudamericano que directa o indirectamente subyace en todas y cada una de ellas, pues los músicos llenan sus alforjas de lo cercano que engrandecen al llevarlo a las salas de concierto. Así es el ambiente y emoción que respira este disco.

Comienza sonando el compositor más conocido a este lado del Atlántico, el santafesino Carlos Guastavino (1912-2000) con cuatro canciones de la primera parte de la década de 1940, tres de ellas con textos de la chilena y Premio Nobel de Literatura en 1945 Gabriela Mistral no tan conocidas como otras más popularizadas, pero igual de universales: El vaso, Riqueza y Piececitos poseen la sensibilidad propia de cada poema y la riqueza melódica con que las dota el compositor, uniendo fronteras sudamericanas desde una visión social con los poemas elegidos. La soprano afincada en Barcelona Soledad Cardoso les imprime toda la emoción que con el piano de Quimey Urquiaga en perfecta sintonía nos amplía a los melómanos estas maravillosas canciones con la hondura poética de la escritora chilena, registros graves muy redondos, medios equilibrados y agudos timbrados.

Otro tanto sucede con las siguientes, maravilloso reflejo del auge que en los años 60 alcanzaría este folclore a nivel mundial con distintos solistas y agrupaciones, que Guastavino destila para la voz con el piano, siempre exigente porque comparte el protagonismo en un tándem inseparable. Anhelo (texto de Domingo Zerpa), reposado, respirado, el piano siempre acertado, las Noches de Santa Fé (poesía de Isaac «Guiche» Aizenberg), verdadera delicia de canto a la tierra natal, donde la emoción se hace música en la voz de la soprano argentina con el impecable piano de su compatriota en rítmica conjunción santafesina, y después Mi viña de Chapanay (letra de León Bernarós), que mantienen los ritmos cercanos para muchos, como la cueca de Cuyo en la Mendoza tierra vinícola. La métrica tan rica de los textos que la música realza aún más, la sencillez formal con la carga emocional de Guastavino tanto para la voz, limpia en todo el registro, como para el piano rico en el acompañamiento. Geografía de sentimientos poéticos con los que la música interpretada por estas dos mujeres ahonda en cada estrofa, cadencia de esa lejana y tan cercana tierra.

Desde aquí, todo un descubrimiento de música argentina con distintos compositores. Primero Gilardo Gilardi (San Fernando, 25 mayo de 1889 – Buenos Aires, 16 enero 1963), enmarcado en la llamada «Generación del 80», que escribe su ciclo Trece canciones argentinas sobre textos de Leopoldo Lugones, los cortes 7 al 19 donde cada título ya indica la intención de esa feliz unión literaria y protagonismo compartido entre voz y piano, el «lied argentino» sin complejos, rebosante del sabor desde la tierra hermana. Quiero destacar el interesante el libreto con todas las letras, también traducidas al inglés, con la introducción de la profesora de la Universidad de Buenos Aires Silvina Luz Mansilla, poniéndonos al día con estos artistas que deberíamos conocer un poco a este lado del Atlántico, más siendo la música el mejor medio para ello. De Leopoldo Lugones escribe la docente que fue protagonista de la llamada época de «fervor patriótico por las conmemoraciones de la década de 1910», y los trece poemas proceden de su Romancero (1924). De nuevo los ritmos del altiplano, de Chile a Perú o Bolivia, que mi generación descubriese con los «míticos» Calchakis, Cafrune, Yupanqui, Quilapayún o Chalchaleros, junto a tantos emigrados a Europa (recuerdo igualmente a Inti-Illimani o Claudina y Alberto Gambino entre muchos más) durante aquellos duros años de dictaduras, con paradas en la Madre Patria estrenando democracia o en el París que siempre les acogió con los brazos abiertos. Vidalitas, zambas, chacareras… Gilardi y Lugones nos cuenta la profesora Mansilla que compartieron amistad, aficiones y paseos por el Botánico de la capital porteña. También la propia rítmica que las poesías contienen, Trece lieder estrenados a fines de los años 20 e inicios de los 30 (el quinto y el último) aunque todo el conjunto no se publicaría hasta finales de los 60, qe parece fue la causa de su escasa difusión, y que el dúo Cardoso-Quimey está llevando en sus conciertos. Agradecerles a ambas esta parte de recuperación del ciclo al completo, con títulos tan sugerentes y evocadores («Lied de…») como hermosos al interpretarse: I. Del pájaro y la muerte, piano como lienzo donde plasmar ese pájaro de la soprano; II. De la estrella marina, el Atlántico reposado a dúo; III. Del tesoro escondido y escucharlo para descubrirlo en un diálogo tan bien escrito como interpretado, pleno de ritmo y potencia; IV. Del amor verdadero, lirismo y delicadeza; V. De los ojos amados, remanso en cada frase, tesituras delicadas, dulce enamoramiento musical; X; VI. De las manos amigas al piano delicado vistiendo con perlas un canto que la soprano delinea con agudos limpios como la propia escritura; VII. Del viento y de la fuente, otro remanso para degustar el paralelismo entre voz y piano, fuente y viento cristalinos; VIII. De la boca florida, un ramillete grácil a dúo de reminiscencias goyescas emigradas a la tierra de los gauchos; IX. De la gracia triunfante que derrochan las intérpretes en este noveno «lied»; X. De la ciencia de amar y del buen hacer musical; XI. Del misterio gentil desvelado  musicalmente tras una chopiniana introducción que con ritmo contagioso canta la soprano ya con el aire propio; XII. De la eterna ventura que supone esta penúltima canción del ciclo, y XIII. Del secreto dichoso convertido en música, pausada y sentida por este dúo. Hermoso color vocal de Soledad Cardoso con esa entonación suya de fraseos que realzan cada poema cantando música de su tierra con el piano compatriota y cómplice.

Del mismo Gilardi dos canciones más: la Danza irregular de la famosa Alfonsina Storni, la poetisa fallecida trágicamente en 1938 (cuyo final nos lo describió en 1969 el porteño Félix Luna y musicó a ritmo de zamba otro santafesino, Ariel Ramírez, cantándolo como nadie «La Negra» tucumana), más la Canción de cuna india, una vidala del noroeste argentino con letra de Ana Serrano Redonnet para reponerse del impulso previo, adormecer el ánimo manteniendo el espíritu intimista de este hermoso «arrorró».

Si el disco respira Santa Fé por todas partes, algo que se palpa en cada canción, estas últimas completan este acercamiento al recuperado maestro de San Fernando (provincia de Buenos Aires), que curiosamente firmaba sus partituras con RIP (no sólo que descansaran en paz sino su lema: Resistir, Insistir, Persistir).

El disco prosigue con la compositora Lía Cimaglia Espinosa (Buenos Aires, 30 de agosto 1906 – 1 de noviembre 1998), destacada pianista de quien Arthur Rubinstein dijo una vez que «(…) posee un verdadero temperamento de artista y de pianista; es decir, tiene el fuego sagrado que comunica al auditorio todas sus emociones musicales». Así se refleja en el acompañamiento de las dos composiciones: Balada (con texto de Susana Calandrelli), melodía vocal de largos fraseos bien resueltos y ese ropaje pianístico; después el Botoncito, poema infantil de Gabriela Mistral, un referente para los niños sudamericanos, de los hijos de tantos emigrados como las propias intérpretes, y como alguien escribió, «sólo apta para corazones sensibles». Soledad y Quimey nos acunan y llevan a la infancia con esta nana universal sintiendo y cantando a su tierra desde Cataluña, feliz punto de encuentro de estas dos artistas que parecían predestinadas para hacernos llegar estas melodías de su tierra.

Otros dos «descubrimientos» para quien suscribe: Emilio Antonio Dublanc (La Plata, 1911 – Buenos Aires, 1990), de la llamada «Generación del 39 en Argentina», con Tres canciones de Soledad (y textos de la gualeguaychuense Hortensia Margarita Raffo publicadas en 1950: Por eso, Mi sueño y ¿Por qué?,  dedicadas a Brígida de López Buchardo, breves y profundas tanto en el canto como en un piano de graves rotundos con la última dejándonos un interrogante abierto que sólo se responde musicalmente.

Y por último el turinés, emigrado como tantos italianos a Argentina, Arturo Luzzatti (1875-1959), que trabajase en el Conservatorio Nacional y dirigiría la orquesta del Teatro Colón -que compuso el famoso «Himno a San Martín«-, cerrando el disco con Coplas (Rafael Jijena Sánchez), aires de Tucumán con paisajes de Catamarca en un compositor que bebió el folklore cual mate musical y el dúo Cardoso-Urquiaga nos dejan todo el sabor de su tierra en ese final por todo lo alto.

Mi gratitud por este documento sonoro que disfrutaré largamente, a ser posible en esa cercana lejanía argentina.

Madrid musical e ilustrado a trío

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Miércoles 10 de mayo, 20:00 horas. Teatro Jovellanos, concierto 1667 de la Sociedad Filarmónica de Gijón. Concerto 1700: Daniel Pinteño (violín y director artístico), Fumiko Morie (violín) y Ester Domingo (violonchelo). «Los tríos de la ilustración», obras de: José Castel, Luigi Boccherini y Cayetano Brunetti.

En apenas una semana volvía a Asturias Concerto 1700 con formato de trío para ir cerrando esta temporada gijonesa -que ya avanzó parte de la próxima– desde un programa muy interesante conformado por cuatro tríos. Como escribe el doctor Ramón Sobrino en sus detalladas notas al programa, y además daría una conferencia ayer martes titulada «Diálogos ilustrados entre Italia y España: tríos para cuerda de Castel, Boccherini y Brunetti», dos de ellos lo son de compositores nacidos en Italia aunque «madriñelizados«: Luigi Boccherini (1743-1805) y Gaetano Brunetti (1744-1798), ya traducido como Cayetano, más otro par del tudelano José Castell (1737-1807), del que precisamente esta misma formación ha llevado recientemente al estudio su CD con todos sus tríos, dos de los cuales escuchamos este miércoles más un movimiento como propina.

Imparable la labor discográfica además de musicológica en la recuperación de nuestro patrimonio junto al citado Brunetti igualmente grabado por esta formación, fundada por el violinista malagueño Daniel Pinteño, siempre a la búsqueda de estos «perdidos» repertorios para nuestro tiempo, que es otra forma de ganarse nuevo público joven.

Del navarro José Castel eligieron uno para abrir -y cerrar- cada bloque entre los italianos: El Trío de cuerda nº 4 en sol menor, en su momento escribí tras su escucha en el CD: «El único de los seis en modo menor, que le da un aroma diría que más vienés que francés, aportando una escritura madura digna de cualquier palacio europeo donde el trío se convertía no solo en la formación camerística por excelencia sino en todo un banco de pruebas a pequeña escala, casi preparatorio del repertorio sinfónico, y así lo entienden Concerto 1700 en estos cuatro movimientos, otra aportación, mejor que rareza del formato, que permite desarrollar el talento del compositor navarro. Interesante el segundo movimiento y nuevamente un delicioso minueto, que en una «escucha ciega» nadie reconocería al tudelano». Sigo paladeando estos tríos que respiran aires preclásicos por los «crescendi» y la escritura tan bien llevada para los dos violines con el cello, cuatro movimientos (I. Allegretto gratioso, II. Andante largo, III. Rondeau (Allegretto), IV. Menuetto (Andantino) – Trio) donde comprobar el elevado conocimiento de la forma y escritura avanzada en el final del XVIII, el llamado barroco español siempre por detrás cronológicamente pero demostrando con estos compositores que nos contaron mal la historia.

Del Trío de cuerda nº 3 en mi bemol mayor intentado describirlo en noviembre del pasado año dejaba en el blog lo siguiente: «Arranque ligero de amplias dinámicas, ataques precisos, el peso del grave soportando dos violines majestuosos y limpios, con un lirismo de sonoridad preciosista en el lento, aún con regusto del barroco, rematando en el rápido de «tempo giusto», el balance del trío con el empaste unificado de una formación que late a la misma velocidad». El vivo es siempre único e irrepetible, y en este «estreno en tiempos modernos» como así lo presentó Daniel Pinteño. nos hizo viajar como en la serie «El Ministerio del Tiempo» a los salones cortesanos del Madrid ilustrado desde el siempre coqueto coliseo gijonés. Música la de Castel que nada tiene que envidiar a los hijos de Bach o al «empfindsamkeit» tan de moda en su momento: dominio estilístico del compositor navarro y verdadero placer el empaste del Trío 1700 con los dos violines de Daniel y Fumiko sonando en precisa y preciosa unidad sonora con el cello de Ester, contrapunto necesario y base tímbrica además de armónica, equilibrio de dinámicas y fraseos que me reafirman en la perla de este tercero del maestro navarro en tres movimientos (I. Allegretto gratioso, II. Larghetto, III. Allegro) con un final lleno de efectistas guiños barrocos, más allá de la ornitología, que sonaron más vieneses que hispanos, hoy diríamos europeos, pues así eran estos compositores ilustrados,  aunque no me gusten los paralelismos, «el Haydn español».

Nunca se cansa uno de escuchar la música de Luigi Boccherini. De los 48 tríos que se conservan, y seguro aparecerán más en algún archivo o biblioteca, el Trío de cuerda nº 2 en sol mayor, op. 34, G.102 nos dejó ese protagonismo «lógico» y esperado del chelo de Ester Domingo en el que el italo-español era todo un virtuoso. Cuatro movimientos (I. Allegretto comodo assai, II. Menuetto – Trio, III. Adagio, IV. Rondó: Allegro, ma non presto) que Concerto 1700 interpretaron con verdadero preciosismo, bien encajado entre los dos elegidos de Castel para poner al músico navarro en un lugar primordial aunque evidentemente el de Lucca tuviese mucho más oficio, o como se diría hoy «más kilometros». El Adagio merece destacarse por su contenida emoción pero igual de intenso y claro el último rondó para admirar la compenetración que «con tres patas nunca cojea» cuando se interpreta como lo hicieron Pinteño-Morie-Domingo.

Cerraría velada Cayetano Brunetti, buen conocedor de la música de Haydn y del propio Boccherini, y que sería profesor de violín del futuro Carlos IV, entonces Príncipe de Asturias. De las dieciséis colecciones conocidas se conservan 52 tríos. El Trío de cuerda nº 6 en re mayor, L.108 sería perfecto colofón para admirar el estilo ilustrado de los «tres amadrileñados», con el de Fano auténtico eslabón de cierre barroco y avanzadilla clásica, música galante que la corte palaciega saboreaba con conocimiento y el compositor fallecido en Colmenar de Oreja sabía complacerles. Tres movimientos (I. Allegro, II. Larghetto, III. Allegro non  molto) donde la sonoridad bien trabajada de Concerto 1700 se notó, el lírico movimiento central y los extremos para admirar el virtuosismo de Pinteño, el contrapeso de Morie y la necesaria base de Domingo en un trío que sigue sonando actual.

Y siendo Castel cual argamasa para compactar estos tríos, nada mejor que dejarnos como propina el Larghetto del Trío nº1 en si bemol mayor para relajarnos con un sonido cuidado y entrega de Concerto 1700 en el mismo formato con que grabaron los seis, continuando una agenda que como grupo residente del CNDM les está haciendo viajar no ya en el tiempo sino también en el espacio. Londres les espera.

Y de la temporada actual con la Filarmónica de Gijón aún nos quedan dos conciertos más: el próximo miércoles 24 con canciones de E. Arrieta por Sofía Esparza y Rinaldo Zhok, más la clausura del 9 de junio con Oviedo Filarmonía, María Zapata, Serena Pérez, Juan Noval y Jorge Trillo y el Coro de la FPA, todos dirigidos por Rubén Díez, que estrenarán los Cantarinos de mi Asturias de nuestro siempre recordado y querido Fernando M. Viejo.

Modernidad malacitana en Oviedo

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Miércoles 3 de mayo, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo, sala de cámara: X Primavera Barroca, «Fogosa inteligencia», Cantadas para tiple de Juan Francés de Iribarren. María Espada (soprano), Concerto 1700, Daniel Pinteño (violín y dirección). Obras de Juan Francés de Iribarren, Vivaldi, José de Torres, José de Nebra y A. Corelli.

Prosigue la décima primavera barroca ovetense en colaboración con el CNDM, esta vez trayéndonos Málaga hasta Asturias con el violinista Daniel Pinteño al frente de su formación Concerto 1700 (grupo residente de la temporada 22/23 del CNDM) con un programa centrado en el organista y Maestro de Capilla Juan Francés de IRIBARREN (Sangüesa, 1699 -Málaga, 1767) con el título de «Fogosa inteligencia«, última de las hoy programadas cantadas religiosas del compositor navarro afincado en la capital de la Costa del Sol en el siglo XVIII. con la soprano emeritense María Espada, junto a obras que el propio Iribarren conoció y transcribió en sus 34 años en tierras malagueñas (de 1733 a 1767) de donde ya no se movería hasta su muerte, llegando a crear el Archivo de Música de la seo malacitana, verdadero tesoro musicológico, ampliando igualmente el elenco instrumental de su capilla cuya «recreación» actual fueron este Concerto 1700 conformado para este recital por intérpretes conocidos y con larguísima experiencia en estas músicas barrocas: Fumiko Morie (violín), Rodrigo Gutiérrez (oboe), Ester Domingo (chelo), Pablo Zapico (laúd barroco), Ignacio Prego (clave y órgano) con el propio Daniel Pinteño al violín y dirección, todo un lujo de instrumentistas en esta «real capilla malagueña del siglo XXI».

Las Cantadas para tiple de Iribarren suponen la introducción del llamado «estilo italiano» en la capital andaluza a cargo del maestro navarro, buen conocedor de lo que se componía más allá de los Pirineos y por supuesto lo que sonaba en la Capilla Real madrileña, con música para las festividades de la Inmaculada, Navidad y Corpus en un estilo que conjuga la tradición hispana con lo moderno para entonces, un J. F. de Iribarren digno «heredero» de su valedor José de TORRES (ca. 1670-1738), maestro de capilla en la Real Capilla madrileña entre 1670 y 1738, y contemporáneo de José de NEBRA (1702-1768), vicemaestro de capilla también en la Capilla Real de  la capital del reino Madrid (de 1751 a 1768), incluso con paralelismos estilísticos.

En este caso no debemos olvidarnos del enorme trabajo de investigación tanto del propio Daniel Pinteño, como del organista y doctor Antonio del Pino en la recuperación histórica y de Raúl Angulo (Asociación Ars Hispana) en la edición y transcripción de estas obras del maestro navarro que suponen estrenos en nuestro tiempo. De todo ello nos hablaría el violinista malagueño en la conferencia previa celebrada a las 18:00 horas, junto al catedrático Ramón Sobrino, con presencia del futuro, presente y pasado de la Musicología española.

Para estas cantadas, cuyos textos figuran en el programa de mano, con notas de los citados Pinteño y Del Pino, nadie mejor que la voz de María Espada que con el tiempo no solo mantiene su vocalidad intacta  sino que ha ido ganando cuerpo en los graves, reconociendo evidentemente que la voz de tiple en la música religiosa era  por entonces masculina, cantada por niños, jóvenes, castrados o incluso sopranistas, pero que la soprano extremeña resolvió sin ningún problema de color, ni de emisión ni de pronunciación, siempre impecable, con unas agilidades «endemoniadas» resueltas sin dificultad con su timbre característico sin afectación, junto al lirismo en los recitativos y movimientos lentos que siempre son una delicia en un registro tan homogéneo y matizado como el suyo.

Se iniciaba el concierto con el «grueso» del protagonista Iribarren a cargo del «orgánico», primero y a modo de obertura con la «Tocata de la cantada al Santísimo para tiple» Prosigue, acorde lira, sobre el op. 5, nº 4 de Arcangelo Corelli (1740), siguiendo la habitual práctica de los «contrafactum» que hasta el propio J. S. Bach utilizó (como el Stabat Mater de Pergolessi que también inspirará al navarro). Dos movimientos en edición y transcripción de Antonio del Pino (I. Adagio – II. Allegro) para disfrutar del sexteto instrumental asombrándonos la feliz compenetración de Pinteño y Morie en los violines, y esa sonoridad característica con instrumentos «de época», que dieron problemas de afinación por el calor y cambio de temperatura incluso en la propia sala, siempre en su punto por estos intérpretes, antes de entrar ya con tres de sus cantadas recuperadas:

Sois mi Dios la hermosa fuente, aria al Santísimo con violines  de 1755 ( I. Aria -Allegretto-: Sois mi Dios la hermosa fuente, Como el ciervo que corre, cantada sola al Santísimo con violines de 1750 (I. Aria -Allegro gustoso-: Como el ciervo que corre y Hoy ese corderito, tonada al Santísimo de 1744 (I. Entrada -Allegro-: Hoy ese corderito – II. Recitado: En doradas espigas – III. Canción (Allegro): Ocultarse ese cordero), no organizadas cronológicamente pero «armadas» para jugar con los tempi variados y las combinaciones con o sin oboe, alternando órgano o clave así como disfrutar de esa mezcla de estilos que evolucionan con oficio, María Espada dándonos una lección de buen cantar recordando al kantor de Leipzig, al cura pelirrojillo y hasta la tonada española que J. Francés de Iribarren titula «canción» y el magisterio de la soprano pacense las hace propias e irrepetibles.

Es habitual en estos formatos alternar páginas vocales con instrumentales, y si además son obras que el propio Iribarren conoció, la unidad temática adquiere todo el sentido. Del veneciano Antonio VIVALDI (1678-1741) escuchamos una excelente e «hispana» Sonata en trío en re menor ‘La follia’, RV 63, de 1705, un Tema con variaciones donde disfrutar de Concerto 1700 en estado puro, cada variación todo un catálogo de virtuosismo por parte de cada músico, la «unidad sonora» de los dos violines, el oboe (que ganaría terreno «haciendo perder el juicio a los clarines» y de sonido menos abrupto que el metal) bien contrastado con el violín primero y no una mera duplicidad, más un continuo de lujo con la tecla alternando órgano y clave junto al compacto dúo formado por cello y laúd.

En la misma línea del propio compositor navarro, otras dos cantadas sacras de los españoles anteriormente citados: José de  Torres con Amoroso Señor, cantada al Santísimo con violines y oboe, de 1733 (I. Recitado: Amoroso Señor omnipotente – II. Aria -Andante-: Quien todo es amores – III. Recitado: Goza, goza dichosa – IV. Aria -Vivo-: Suave acento) puramente barroca, con María Espada plena de vocalizaciones ricas en matices y el aria rápida segura y con fuerza; después José de Nebra (1702-1768): Obedeciendo a leyes de amor grato, cantada sola al Santísimo Sacramento (I. Recitado: Obedeciendo a leyes de amor grato – II. Aria (Allegro): Aplaude, blasona), estilísticamente contemporánea de las compuestas por el navarro y ya con unos aires preclásicos sin perder el barroquismo de todo el «ensemble», nuevamente disfrutando tanto del recitativo como del aria rápida donde la soprano emeritense se desenvuelve con la aparente y engañosa comodidad de un estilo ideal para su voz.

Para completar la «moda italiana» en Málaga, y de la que también bebía Iribarren, de nuevo un «intermedio instrumental», Arcangelo CORELLI (1653-1713) con quien disfrutamos la Sonata a quattro para oboe, violines y bajo continuo, WoO 4 (I. Adagio – II. Allegro – III. Grave – IV. Spiritoso – V. Allegro), el «dos en uno» de Daniel y Fumiko más oboe de Rodrigo y ese bajo continuo siempre equilibrado, necesario, colorido y atento de Ester, Ignacio y Pablo.

Cerraría concierto de nuevo el protagonista «malagueño» Iribarren con la cantada que daba título al programa que llevan por León, Oviedo y Madrid: Fogosa inteligencia, cantada al nacimiento con violines (1737), otra recuperación histórica con cinco partes (I. Recitado: Fogosa inteligencia – II. Aria -Amorosa-: Quedito, pastores – III. Recitado: Mirad con qué fervor – IV. Aria -Vivo-: Ya borrascas), escrita a los cuatro años de su llegada a la Málaga barroca, donde el estilo del maestro de capilla ya apunta al feliz encuentro entre lo hispano y lo italiano incluso en los tiempos y orden utilizado (RARA, por la alternancia recitado-aria) con ese final tan barroco de «borrascas», lucha entre la voz de María Espada, «dicha suprema», y la tormenta de Concerto 1700, «parabienes se den los mortales», verdadero nacimiento «con finas señales el motivo de todo solaz» vocal e instrumental, una pequeña muestra de nuestro patrimonio musical, mucho destruido por causas de todos conocidos pero también felizmente recuperado en Hispanoamérica donde Iribarren también sonaría en su tiempo.

Nuestro rico refranero dice que «Después de la tempestad llega la calma«, así que nada mejor que el regalo del Grave Hay dulcisimo amante… de una de las Cantatas al Santísimo escritas por Antonio de Literes (1673-1747), otro de los compositores recuperados ¡en Guatemala!, nueva delicia vocal de María Espada junto a Concerto 1700 en buena sintonía para esta tormenta igualmente climatológica a lo largo de la tarde, cuyo remanso lo pusieron estos defensores de nuestra música antigua cada vez más moderna.

Si la música es el alimento del amor

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Miércoles 26 de abril, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo, Sala de Cámara, X Primavera Barroca. «Orpheus britannicus and friends»: Alex Potter (contratenor), Mathilde Vialle (viola da gamba), Patrick Ayrton (clave). Obras de Purcell y otros compositores británicos.

Como dice el texto de Henry Heveningham (1651-1700) musicado por el otro Henry Purcell (1659-1695), el Orfeo británico, «Si la música es el alimento del amor», este nuevo concierto de la décima Primavera Barroca ovetense, en colaboración con el CNDM, fue como una merienda musical de velada cercana, amena, variada, centrada en el renacimiento y barroco inglés, con un trío perfecto encabezado por el simpático contratenor Alex Potter que hicieron de la sala de cámara del auditorio carbayón un salón de casa donde disfrutar cada obra con su poesía que cantada alcanza la categoría máxima, y donde sólo faltó «A cup of tea».

Y es que el programa se organizó por bloques que dieron unidad, permitiendo disfrutar los solos de Vialle y Ayrton intercalados entre las apariciones de un Potter de timbre bello, «natural» sin afectaciones ni cambios de color, con dicción perfecta y lógica en un inglés, así como dramaturgia en todas sus obras pues como decía para LNE «En el escenario hay que saber cómo contar historias para lograr transportar al público», algo que hizo desde su primer Purcell We sing to him, Z 199 enlazado con Henry Lawes (1596-1662) Love’s fruition, y Matthew Locke (ca. 1621-1677) Bone, Jesu, verbum Patris, afectos y efectos perfectamente arropado por Vialle, casi otra voz grave, y el perlado clave de Ayrton, respirando con el contratenor y entregados a este programa tan «british».

Daphne, IRS 5 de Richard Sumarte (¿?-1630) para viola de gamba dejó la prueba del buen hacer de Mathilde Vialle con una sonoridad redonda y clara dando el paso de acompañante al Fain would I change that note de «Musicall humors» (1605) de Tobias Hume (ca. 1579-1645) donde el dúo con Potter fue mágico más allá de la coincidencia literaria y cinematográfica del apellido.

El magisterio en el clave de Patrick Ayrton quedó patente con Ground en re menor, ZD 222 de Purcell, que como en la anterior enlazó acompañando las dos versiones del If music be the food of love («Orpheus britannicus«, 1698) donde Vialle completó una interpretación sentida por parte del contratenor.

No hubo pausa para el descanso pero sí una ligera variante con los dos temas de John Blow (1649-1708), primer el clave solo de Theater tune, Jigg, Ground y Rondo, esa «rueda» que empuja, y la aparición de Potter entre las butacas para cantarnos teatralmente Why does my Laura shun me? (The grove), de «Amphion anglicus» (1700) con la complicidad y comicidad del clavecinista en busca de la ninfa amada.

Alex Potter presentó y explicó cada bloque, y el siguiente sería a pares entre Purcell y Blow con dos obras potentes emocionalmente como así nos las cantó con clave (What hope for us remains now is gone?, Z472 por la muerte de su amigo Matthew Locke), dolor que también alimenta la inspiración (Tell me no more, de «Amphion anglicus«).

Pablo J. Vayón en sus excelentes notas al programa cuenta las relaciones de este Orfeo británico y también qué es un ground, como también el propio Potter: «… los equivalentes a los ostinati italianos, líneas de bajo repetidas sobre las que escribir melodías», completando la ilustración sonora Vialle y Ayrton. No faltó tampoco el humor emparejando de nuevo a Purcell y Blow, de «Orpheus britannicus« el Here the Deities approve (pertenciente a  «Welcome to all the pleasures», Z 339/3 (1683) y Sabina has a thousand charms (de «Amphion anglicus«), expresividad vocal y corporal a trío con obras a pares.

Presentando a Patrick Ayrton (1961) como «el mago de la improvisación» llegó la sorpresa prevista de sacar al azar entre el público cuatro notas bien barajadas, resultando la secuencia Si-Sib-Sol-Fa#, y sobre ellas con el humor británico hecho música barroca, unas variaciones «virginales» explorando la sonoridad de un clave bien afinado con unas ornamentaciones siempre limpias dominando el estilo de este concierto que llegaría al último tramo de nuevo emparejando compositores y espiritualidad, A hymn to God the Father («Harmonia sacra«, libro I, 1688) de Pelhlam Humfrey (1647-74) junto al Orfeo que cerraba velada: An evening hymn, Z 193, un himno vespertino con texto de William Fuller (1608-1675) : «Ahora que el sol ha velado su luz y ha dado al mundo las buenas noches…», como traduce Luis Gago, Aleluya cantado con clave y viola «que prolonga tus días».

Público llenando el «salón», gente joven que corrobora la actualidad barroca y grandes ovaciones regalándonos primero Sweeter than Roses, Z. 585, nº 1, traducido al español por Mathilde, y al fin la palabra y humor de Patrick presentando sui géneris un aria de «singspiel» (!) para concluir esta tarde al fin primaveral disfrutando del contratenor Alex Potter.

Perianes feliz heredero de Larrocha

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Martes 25 de abril, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo, Jornadas de Piano «Luis G. Iberni»: Javier Perianes (piano). «Cruce de caminos», obras de Clara Schumann, Robert Schumann, J. Brahms y Granados. Concierto homenaje a Alicia de Larrocha en el centenario de su nacimiento.

Bajo el título «Cruce de caminos» volvía a Oviedo el onubense Javier Perianes (Nerva, 1978) para homenajear a Alicia de Larrocha (Barcelona 1923-2009) en el centenario de su nacimiento, y puedo decir que feliz heredero de la maestra catalana, pues aunque en el repertorio español destacan sobremanera, está claro que los grandes románticos también son referentes en sus interpretaciones.

Así lo demostró Perianes este martes en un auditorio con abundante presencia de estudiantes de piano que seguro tomaron nota de su magisterio, frente a los que peinamos canas que tuvimos el privilegio de escuchar a ambos, afirmando que también sus caminos se cruzan como reza el texto inicial del programa: «El piano, el genio, la admiración y el afecto fueron ejes de la relación entre el matrimonio Schumann y Brahms (…) Apegos cruzados en el corazón del romanticismo, cristalizados en las series de variaciones que Clara y Brahms componen a partir de la introspectiva y quieta cuarta BunteBlätter opus 99 de Robert Schumann.
Universos de nostalgias, miradas y reflejos. Evocaciones que marcan el camino de Granados al espejo sonoro de Goyescas; “mezcla de amargura y gracejo”, evocación del universo visual de Goya»
.

El duro trabajo de años permite al pianista andaluz afrontar con personalidad y creatividad una primera parte romántica bajo el género de la variación en torno a Robert Schumann. Primero de Clara Schumann (1819-1896), de soltera Clara Wieck, cuyas siete Variaciones sobre un tema de Schumann, op. 20 además de un regalo para los 43 años de Robert son una verdadera belleza a partir de Albumblatt I (la cuarta Bunte Blätter, op. 99) de su amado esposo, intrincadas, personales, maduras, llenas de contrastes, los mismos calificativos aplicables a Perianes y con una dificultad que escuchándoselas no lo parecen, dado el dominio del onubense capaz de sonsacar de la gran densidad de la escritura de Clara toda la luz que esconde, como un orfebre que trabaja los detalles o el pintor que perfila con una amplísima gama de color.

Juan Manuel Viana titula sus notas al programa «Del amor y de la muerte: variaciones a seis manos», las de los tres compositores de la primera parte. Tras Clara, Robert Schumann (1810-1856) cuyas Quasi Variazioni: Andantino de Clara Wieck (de la Sonata nº 3 en fa menor, op. 14) son una miniatura de melodismo exquisito tal como la llevó Perianes desde una lectura reflexiva llena de emoción, la intensidad necesaria para dar continuidad a toda la carga musical de este «triunvirato a seis manos». La trayectoria del maestro andaluz ha ido dejando el poso que otorga tanto los conciertos orquestales como la música de cámara, y es ante la soledad del piano donde la madurez encuentra todo su reflejo.

Toda la grandeza y admiración hacia los Schumann de Johannes Brahms (1833-1897) la verterá en sus juveniles Variaciones sobre un tema de Schumann, op. 9, a partir también de las Bunte Blätter, op. 99, esta vez la primera de las «hojas de álbum», dieciséis miniaturas (I. Tema. Ziemlich langsam; II. Variación 1. L’istesso tempo; III. Variación 2. Poco più moto; IV. Variación 3. Tempo di tema; V. Variación 4. Poco più moto; VI. Variación 5. Allegro capriccioso; VII. Variación 6. Allegro; VIII. Variación 7. Andante; IX. Variación 8. Andante (non troppo lento); X. Variación 9. Schnell; XI. Variación 10. Poco Adagio; XII. Variación 11. Un poco più animato; XIII. Variación 12. Allegretto, poco scherzando – Presto; XIV. Variación 13. Non troppo Presto; XV. Variación 14. Andante; XVI. Variación 15. Poco Adagio; XVII. Variación 16. Adagio) de auténtico esfuerzo emocional que Perianes engrandeció, reflejando la doble personalidad homenajeada por el hamburgués de nuevo con el intrincado género de la variación para pasar de la luz a la sombra cual sucesión de lienzos cargados de color, fuerza, melancolía, esperanza, dolor… Contrastes de tempi ajustados a lo escrito con fraseos sentidos, matices inmensos del pp al ff, limpieza extrema, puliendo el sonido utilizando los pedales con total expresividad y pintando de un trazo con la seguridad de ambas manos. Una ejecución plena, madura y cercana a la extenuación por la total entrega de un Javier Perianes pletórico y «jondo» poniendo música al poeta José Hierro.

En este homenaje a la Maestra Larrocha no podía faltar Enrique Granados (1867- 1916), con las Goyescas, op. 11 (Los majos enamorados. Suite para piano) ejecutadas en su integridad y sin pausa ambos cuadernos, algo al alcance de muy pocos intérpretes, uno de ellos el propio Perianes.

Hace tiempo que califiqué al onuberse como «El Sorolla del piano» por la claridad que imprime a sus interpretaciones, especialmente Debussy pero también Falla. Y con estas Goyescas de Granados me reafirmo en esta personal impresión, pues los seis números pintaron al Goya de La lechera de Burdeos por un sonido cercano al impresionismo francés, también por el ambiente del genio de Fuendetodos donde Granados se inspira, el melodismo de la tonadilla sin letra que Perianes canta como nadie, auténticas «veladuras» musicales de aire universalmente hispano. Del Cuaderno 1 (1. Los Requiebros; 2. Coloquio en la reja; 3. El fandango del candil; 4. Quejas, o La maja y el ruiseñor) destacar cómo respira cada «cartón» elevado a cuadro, percepciones únicas, luminosidad y contrastes, dinámicas perfectas adaptadas al sentir de cada título, al ritmo -fandango de calado-, al tiempo con el que juega hasta lo imperceptible. G de Granados, de Goya, de Gracejo y Grandeza, de Genialidad. Donaire y melancolía abocetados con aire francés y pintados con mano firme, sentimientos amorosos, la música temática sin palabras, un verdadero testamento pianístico que Alicia de Larrocha nos dejó para la posteridad y Javier Perianes recoge en nuestro tiempo, pues como el propio Don Enrique decía «Goyescas es una obra de todo tiempo… Estoy convencido de ello». Sin resuello atacaría el Cuaderno 2 (5. El amor y la muerte; 6. Epílogo: Serenata del espectro), sentimiento de balada chopiniana, amor y muerte dramáticos en escritura e interpretación maestra con final fantasmal de piano hecho guitarra con aire atlántico premonitorio de la propia tumba del compositor catalán. Hondura, sentimiento, profundidad desde la madurez en una galería goyesca pintada por nuestro «Sorolla del piano».

Aún quedaría sentimiento para regalar, y de nuevo Brahms cuyo Intermezzo, Op. 118, nº 2 en la mayor nos dejaría la nostalgia común, el amor musical y la esperanza que nunca se pierde, pues el piano de Javier Perianes rezuma siempre optimismo tras un concierto intenso a más no poder.

P.D.: La Viena Española ofrecía también en la Sociedad Filarmónica de Oviedo un concierto de Lucía Veintimilla (violín) y María Cueva (piano).

El acordeón académico

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Miércoles 19 de abril, 20:00 horas. Teatro Jovellanos, Concierto nº 1666 de la Sociedad Filarmónica de Gijón. Alejandro Ares (acordeón): El acordeón: pasado y presente. Obras de: J. S. Bach, D. Scarlatti, Padre Donostia, Falla, Viatcheslav Semjonov, Fermín Gurbindo, Pablo Moras y Hermes Luaces.

La centenaria sociedad gijonesa sigue apostando por música poco habitual y volvía este miércoles con una propuesta muy interesante además de arriesgada como la que nos traía el gallego «adoptado» asturiano Alejandro Ares (Ferrol, 1985) bajo de título «El acordeón: pasado y presente» como el propio intérprete dejaba por escrito en las siempre excelentes notas al programa que guardo siempre en mi archivo: «El particular carácter del concierto que hoy se ofrece está tanto relacionado con la naturaleza del instrumento protagonista como con las variadas estéticas sonoras que lo vertebran.
Son muchos los tópicos a los que, aún bien entrado el siglo XXI, hace frente el acordeón. Si bien es cierto que en algunos casos siguen estando justificados, en otros tantos habría que comenzar a revisarlos.
Por otra parte, la relativa juventud del acordeón le ha privado históricamente de una identidad propia. El desarrollo de su repertorio fue errático en un principio y más tarde las determinaciones históricas lo han ligado a los lenguajes compositivos propios del siglo XX y, por supuesto, XXI»
.

Desde esta reflexión, el concierto se organizó en dos partes bien diferenciadas que además nos ofreció la posibilidad de disfrutar las cualidades de un instrumento que asociado con lo popular o lo folcórico tiene recursos suficientes para abordar tanto repertorio propio como disfrutarlo desde las transcripciones de otros instrumentos, donde la elección de las obras ya es todo un acierto, y si además lo son del propio intérprete, suponen una plusvalía.

La juventud del acordeón, instrumento que data de 1829 gracias a Ciryl Demiam, aunque le prive del extenso repertorio propio de la mayoría de instrumentos musicales, con estas transcripciones logra evolucionar organológicamente hasta convertirse en un instrumento interesantísimo integrado plenamente en lo que se está llamando «música académica actual» y que forma parte de las enseñanzas en muchos conservatorios como el CONSMUPA. Un programa el de Alejandro Ares que supuso un viaje intenso con su instrumento desde el barroco hasta nuestros días, lleno de profundidad, magisterio y sonidos para degustar.

Así, en la primera parte pudimos escuchar a Johann Sebastian Bach (1685-1750), padre de todas las músicas, su Preludio y Fuga BWV 533 en mi menor, conocido como «La Catedral«, que en la transcripción de Ares me recordó no ya el sonido del armonio (emparentado con el propio acordeón) sino la grandeza del kantor de Leipzig porque su obra suena ideal en cualquier instrumento, esta vez la grandeza del órgano desde la sencillez del acordeón que la transmite más íntima con un dominio de ambas manos más allá de lo que nadie podría esperar entre el «mar de botones». Aunque me perdí el concierto en Covadonga del pasado verano, imagino la emoción de participar en un ciclo de órgano con este «órgano académico» en las manos del profesor Alejandro Ares.

Muy interesante la interpretación en el acordeón de un Domenico Scarlatti (1685-1757) originalmente para clave pero que Ares amplía registros eligiendo la Sonata en fa menor K466 y la Sonata en fa mayor K438 integradas desde la tímbrica propia del acordeón respetando los fraseo percusivo originales y la expresividad que da este aerófono mecánico. Otro tributo barroco como punto de partida antes de llegar a nuestro tiempo.

Y llegarían dos compositores españoles que inspirándose en lo popular, como el origen del acordeón, nos dejarían de nuevo gracias a las transcripciones del maestro Ares, el aire cercano de norte a sur, primero José Antonio Zulaika (1886-1956), más conocido como Padre Donostia (Aita sigo pensando que es otro padre con perdón del euskera) y sus Tres Preludios Vascos (I. Improvisación; II. Oñazez; III. Canción del pastor) donde lo folklórico se elevada casi a sinfónico gracias a la expresividad del acordeón y la sonoridad popular traída a la sala de conciertos. Y otro tanto podría escribir de Manuel de Falla (1876-1946), cuya Serenata Andaluza para piano en el acordeón nos sonó vertiginosamente popular y maravillosamente ejecutada, descubriendo cómo lo nacionalista traspasa fronteras concretas de instrumentaciones y épocas.

Si la primera parte sorprendió por lo novedoso desde el respeto a lo escrito llevado a la mal entendida sencillez del acordeón, la segunda nos llevó «Hacia una identidad propia» como el propio Ares la tituló, el verdadero acordeón académico con cuatro obras universales de nuestro tiempo que exploran un instrumento ya respetado. Primero Viatcheslav Semjonov (1946) con El Don apacible, aires rusos populares escritos ex profeso por uno de los considerados primeros virtuosos del acordeón. Alejandro Ares volcó todo su magisterio en el instrumento para deleitarnos con esta obra titulada como la novela de Mijail Shólojov, el homenaje a los cosacos donde el lirismo y la danza se aunaron en la sonoridad del acordeón.

Personalmente el gran descubrimiento fue el del riojano Fermín Gurbindo (1935-1985) considerado el padre del acordeón en España pues como escribe Ares «En él confluyen paradigmáticamente las dos principales corrientes -popular y erudita- que caracterizan (…) la propia historia del acordeón». Su Fantasía para acordeón (1983) es rica además de exigente no ya por una escritura «distinta» sino por el virtuosismo desplegado y todo la amplia gama sonora del instrumento, efectos sonoros para mostrar las posibilidades de un instrumento ya grande con estos repertorios como el de Gurbindo en las manos de Alejandro Ares.

Finalmente dos compositores jóvenes que le dedicarán al propio intérprete sus obras. Primero el ovetense Pablo Moras (1983) y Stela, nacida en mitad de la pandemia como un viaje interior desde un lenguaje adaptado al acordeón, feliz colaboración compositor e intérprete, para disfrutarla sin palabras previas y cuyo título el polifacético músico asturiano cuenta que es «Un viaje por la naturaleza que nos conduce a un remanso ocupado por una estela que esconde, incrita bajo la maleza, una de las más antiguas melodías de la tradición católica: «Congaudeant Catholici»», música de nuestro tiempo para un instrumento que rejuvenece y crece igual que esta partitura, un universo tímbrico donde respiramos, lloramos y descubrimos lo escondido en una página para disfrutarla muchas más veces.

Y de Hermes Luaces (Madrid, 1975), más allá de lo sinfónico con otra página de encargo para Alejandro Ares, De la luz sobre las cosas (2020), estrenada en Covadonga, metáfora musical llena de color, ritmo, texturas, el camino iniciado en La Rioja por Gurbindo que continúa en la capital española engrandeciendo no solo el repertorio para acordeón sino la composición actual. Las enseñanzas académicas desde la inspiración compositiva del siglo XXI sin complejos ni deudas históricas, música frenética, nuestra y legado para futuras generaciones, algunas presentes en el Jovellanos disfrutando de este concierto.

El regalo vendría de la música para bandoneón, el hermano emigrado a Argentina del original vienés quien Astor Piazzolla (1921-1992) sigue siendo referente, y su Pedro y Pedro la única obra escrita a solo que el acordeón de Alejandro Ares nos evocó desde Gijón con todo el sabor porteño.

Enhorabuena a la Sociedad Filarmónica de Gijón por darnos la oportunidad de disfrutar «otras músicas» con la calidad de este miércoles.

El Verne metálico

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Jueves 16 de marzo, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo, Sala de Cámara: CIMCO – SACO, Les aventures de Monsieur Jules, Spanish Brass, Albert Guinovart (piano). Videocreación: Cristina Busto. Obras de Andrés y Francisco José Valero Castells, y Guinovart. Entrada: 12 €.

La capital asturiana sigue ofreciendo música casi a diario y este jueves unían fuerzas el Ciclo Interdisciplinar de Música de Cámara de Oviedo (CIMCO) y la Semana del Audiovisual Contemporáneo de Oviedo (SACO) con un original programa donde la banda sonora la podíamos poner nosotros aunque en la obra del compositor e intérprete catalán tuvo un complemento algo pobre y «traído por los pelos» del taller de Cristina Busto (Avilés, 1976) a base de sombras animadas junto a proyecciones más sugerentes que descriptivas, pues nada mejor que la música para evocarnos imágenes y más cuando el propio Guinovart presentaría  a pares sus seis inspiraciones en Julio Verne.

El concierto, presentado por el trombonista Inda Bonet Manrique, lo abría una obra de los hermanos Valero Castells titulada Sexteto en tres movimientos (Allegro con spirito – Adagio mesto – Allegro deciso) de 1997, obra muy bandística viniendo de músicos valenianos, para quinteto de viento con piano, sonoridades bien logradas en los metales y un piano que complementaba el protagonismo del viento aunque también tuvo sus partes protagonistas que en las manos de Albert Guinovart siempre resultan concertísticas. Ser natural de Silla es sinónimo de músico, la Valencia envidia de todas las bandas que piden ser Patrimonio Inmaterial de la Humanidad, así que el mayor de los hermanos Valero, Paco (1970) se decantaría por el oboe, mientras Andrés (1973) se especializaría nada menos que en otros cuatro, además de continuar unidos para siempre a la música en todas sus facetas, sin olvidar la docencia o la composición por parte de ambos, como este sexteto escrito «a cuatro manos».

Obra exigente para todos, arrancando con un piano muy rítmico sobre el que se va «armando» una polifonía del quinteto de metales que recuerda a bandas sonoras actuales de Lalo Schifrin a Michael Nyman, solos alternados e imágenes «ad libitum»; el movimiento central de carácter épico y cual órgano ecuménico, parte central de piano con halo romántico siempre muy tonal y evocador; se cierra este sexteto con un movimiento muy rítmico lleno de guiños en los metales plagados de semicorcheas y el piano empujando, con una cadenza central reposada, de nuevo para disfrutar la sonoridad individual de los metales sumándose el piano que completa los armónicos de esta última «escena» casi de concierto sinfónico, un piano percusivo y metales fugados en esta obra de nuestro tiempo donde la herencia valenciana, también del Spanish Brass con más de 33 años a sus espaldas, se nota de principio a final. Bien todo el sexteto, aplaudido en cada movimiento, y excelente acústica la de la sala de cámara para esta partitura.

La obra del pianista, docente y compositor Albert Guinovart Mingacho (Barcelona, 1962) «Les aventures de Monsieur Jules» (estrenada en Alzira, 2011) aunque fue un éxito, cayó un poco en el olvido pero tras grabarla en CD ha vuelto a interpretarse y recobrar la vigencia de una obra actual. Como explican las notas al programa: «… seis movimientos para quinteto de metales y piano. Cada uno de los movimientos está inspirado en una de las diferentes novelas del genial escritor francés Jules Verne. Se podría decir que el argumento de la mayoría de estas novelas forma parte del imaginario colectivo, por lo que Guinovart pensó que sería una buena manera el poder crear una música sugerente para cada título, y que podría traer a muchas identificaciones en algunos fragmentos descriptivos por parte de los auditores, sin ningún tipo de aclaración más que el acompañamiento del título. En esta colaboración con SACO, será la artista Cristina Busto la que creará animaciones y video-creaciones para cada movimiento con diferentes técnicas visuales».

Si su faceta «clásica» la descubrí con el CD grabado para Sony© con sus conciertos para piano, sus musicales nos dejan obras de nuestro tiempo, al igual que sus bandas sonoras para el cine y la televisión, por lo que esta suite de seis números para quinteto de metales con piano está inspirada en otras seis novelas del prolífico Julio Verne pero elegidas sin buscar un programa descriptivo sino más bien dejar fluir la imaginación compositiva así como la del público. Buen oficio del catalán quien nos contaría a pares antes de interpretarlas, dejando a la vez un poco de descanso a los labios de estos excelentes intérpretes del Spanish Brass (premio nacional de música 2020): Carlos Benetó Grau (trompeta, flugel), Juanjo Serna Salvador (trompeta, flugel), Manuel Pérez Ortega (trompa), Inda Bonet Manrique (trombón) y Sergio Finca Quirós (tuba), destinatarios de esta obra junto al propio compositor al piano y grabada junto a la primera de hoy más el quinteto de Salvador Brotons, y que además tiene un arreglo sinfónico que estaría bien se programase en Asturias pues la obra es agradecida de escuchar donde se nota de nuevo la formación clásica de Guinovart.

La nota de prensa nos indicaba: «Se podría decir que el argumento de la mayoría de estas novelas forma parte del imaginario colectivo, por lo que Guinovart pensó que sería una buena manera el poder crear una música sugerente para cada título, y que podría traer a muchas identificaciones en algunos fragmentos descriptivos por parte de los auditores, sin ningún tipo de aclaración más que el acompañamiento del título. “La música que he creado es más sugerente que descriptiva en el sentido de poder seguir el argumento de la historia. Son imágenes desatadas y ambientes sugeridos por el recuerdo de estas historias en un adulto que se mete en la piel de un niño cuando descubre aquellas aventuras que le hacen soñar. El resultado creo que es una música muy atractiva a la primera audición para el público porque reconoce lugares comunes, y porque a través del acompañamiento de la imaginación puede disfrutar de momentos expresivos, virtuosísticos, intimistas, cómicos, paródicos o soñadores, a través de los sonidos creados en el escenario por los seis músicos».

Por lo tanto seis narraciones musicales interpretadas de dos en dos, que muchos hemos visto en el cine: Veinte mil leguas de viaje submarino, evocador número casi impresionista por las sonoridades bien combinadas de los metales junto al piano, señas de identidad con «tintes rusos»; Michel Strogoff el correo del zar, combinación de aventura, frialdad y épica, cita a la danza y el canto ruso alternando inspiraciones de dinámicas amplias, ritmo y lirismo casi procesional en los metales, con un virtuosismo pianístico digno de las películas mudas con música en vivo.

Norte contra Sur ambientada en la guerra de secesión con un espiritual al trombón que es capaz de ponerle el color del dolor en los esclavos enfrentado al vals «europeo» de los terratenientes casi un Shostakovich para Kubrick con un piano perlado; Viaje al centro de la Tierra intrincado, sorpresivo, metales creando climas misteriosos con la inocencia del piano juvenil que arranca un itinerario ageográfico lleno de vida.

Lo romántico no puede faltar en Guinovart, y la menos conocida El rayo verde cuenta la historia de verlo en pareja que asegura amor eterno, el piano protagonista revestido de sordinas metálicas, hermosa melodía y bellísima interpretación del propio compositor; Finalizaría esta suite con La vuelta al mundo en ochenta días, unas variaciones a partir de la famosa melodía de «Pompa y circunstancia» (Elgar) a cargo de la trompa, como eje vertebrador de la nacionalidad de Phileas Fogg en un itinerario musical donde escuchar los toques de pasodoble torero, la China pentatónica, el arrabalero tango porteño, la bossa brasileña y el swing estadounidense sin necesidad de itinerario concreto y donde al menos hubo acierto por parte de la asturiana Cristina Busto, que nos completó nuestra propia imaginación con las excelentes intervenciones de los cinco metales españoles junto al propio compositor y pianista.

Y el regalo nada mejor que del propio Guinovart, uno de los Quatre Preludis de LLum para trompeta y piano (2013), en versión para quinteto de metales con piano, Luz de mediodía, manteniendo la unidad musical de este concierto camerístico con unos intérpretes de altura y trayectoria internacional que sonaron «de cine».

El equilibrio del trío

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Miércoles 8 de marzo, 20:00 horas. Teatro Jovellanos, Sociedad Filarmónica de Gijón: concierto nº 1663, Trío Yoon / Rochat / Jáuregui. Obras de Debussy, Arensky y Brahms.

Concierto este día 8 con muchas eMes: miércoles, marzo, música, mujeres y maravilloso. Programa de un trío joven y experimentado, exigente y agradecido, con tres obras para tres intérpretes que contagian pasión, lirismo, musicalidad a raudales, todo bien asentado en las tres patas que mantienen un equilibrio asombroso, uniendo tres solistas para compartir y sentir como un solo organismo. Un tres que con un espejo se convierte en ocho, magia numérica y musical.

Soyoun Yoo al violín, Nadège Rochat al chelo y Judith Jáuregui al piano demostraron su buen hacer en el formato camerístico ideal del trío, los extremos del agudo al grave en la cuerda frotada con el sustento completísimo de las 88 teclas desde tres compositores y tres tríos que fueron creciendo en dificultad pero también en entrega para estas tres mujeres músicas que no necesitan fechas para festejar su calidad.

Abría la velada el poco escuchado Trío para piano en sol mayor, CD 5 (1880) de un joven Achile Claude Debussy (1862-1918) que explica perfectamente la musicóloga Andrea García Alcantarilla, como cellista y buena estudiosa de los tríos, en las notas al programa: «Junio de 1880: el cortejo de la baronesa von Meck acaba de llegar a la Villa Oppenheim de Fiesole donde se les unen otros dos jóvenes músicos: el violonchelista Danilchenko y el violinista Pachulski que, junto con Debussy, forman un trío que tocará todas las noches para la familia. Es precisamente en este ambiente en el que el joven Debussy se decide a escribir su Trío en Sol Mayor varios meses antes de empezar las clases de composición». Emulando este trío histórico, el piano dibujaba cristalino el primer Andantino con molto allegro, contestado por el violín limpio, la contestación del cello poderoso, para unir los tres caminos hacia un Scherzo. Intermezzo. Moderato con allegro que sería premonitorio de los otros tríos, un «scherzo» jovial, alegre, chispeante, cómplice, encantador tal y como lo describiría la aristócrata a Tchaikovsky, que se sumaría a esta forma musical. Un Debussy casi autodidacta que posee toda la inspiración melódica para plasmarla en los tres instrumentos, aunque el piano parezca llevar el peso. Dominando la rítmica y la técnica, este segundo movimiento está lleno de guiños que Yoo-Rochat-Jáuregui nos transmitieron desde un encaje perfecto y un equilibrio de planos lleno de matices extremos. El Andante espressivo puso el toque melancólico y elegíaco, recordándonos a Schumann o Dvorak, que las intérpretes en solitario dominan y en trío comparten su bagaje musical. El Finale. Appassionato resultó otro regalo interpretativo de expresión, entendimiento y comunión entre las tres músicas, amplias dinámicas además de pulcritud por un sonido compacto.

El «descubrimiento» del programa sería el Trío para piano nº 1 en re menor, op. 32 (1894) del ruso Antón  Stepanóvich Arensky (1861-1906), melómano en los genes, y discípulo de Rimsky-Korsakov en San Petersburgo, para ser después maestro de Scriabin y Rachmaninov en Moscú, compaginando docencia y composición. Como nexo con el anterior trío del francés, también conocería a a Tchaikovsky, influyendo en su estilo y animándole a esta joya camerística, con otro Scherzo. Allegro molto colocado en el segundo movimiento, un juguete en manos del trío Yoo-Rochat-Jáuregui: complicidad en los fraseos, tempi y silencios, saltarín en cada una de ellas con absoluta limpieza pese a la complicada ejecución; y la Elegía. Adagio en el tercero, un canto fúnebre que un público respetuoso escuchó con emoción en la interpretación de estas tres artistas, una marcha fúnebre desde el piano de la donostiarra para proseguir con sordina los arcos de surcoreana y francosuiza, un adagio femenino pero rotundo, delicado y entregado, música a raudales de tres órganos impulsados por un solo corazón haciendo latir esta maravillosa partitura que comenzaba con un Allegro moderato y acababa con el Finale. Allegro non troppo llenos de vida, de nuevo recordando a Schumann e incluso a Brahms. Sonido pulcro, ejecución intachable e impecable en cada una de ellas, fraseos únicos dotando de toda la riqueza que atesora esta obra de Arensky  transmitiéndonos un romanticismo lleno de complejidad y brillantez con la «tristeza … repentinamente barrida (…) por una ráfaga final del destino» que escribe Andrea García A. De lo más aplaudido del concierto que obligó a salir dos veces a saludar antes del necesario descanso tras esta «rareza» que ya tenemos anotada.

La segunda parte la ocuparía plenamente Johannes Brahms (1833-1897) con su conocido Trío para piano nº1 en si mayor, op. 8 (1889), punto álgido de este 8M, la forma musical vista en la primera parte incluso con el scherzo al que podría calificar como en los otros dos pero mucho más exigente técnicamente para los tres instrumentos, especialmente el piano, con unísonos encajados milimétricamente, dinámicas asombrosas, engranaje de «tres en uno» verdaderamente digno de admiración para Yoo-Rochat-Jáuregui. Obra juvenil la del hamburgués que revisaría durante años a excepción del scherzo, reflejo del trabajo exigente del compositor alemán ya con su firma inimitable desde el Allegro con brio inicial, con un cello poderoso lleno de claroscuros; el mágico Scherzo rítmico, enérgico, juguetón y saltarín, utilizado en varias películas que me recuerda siempre a Schubert; el Adagio íntimo, misterioso, melódico y pianístico bien contestado por las cuerdas; para concluir con el Finale. Allegro brillante, contrastante, marcial y lleno de fuerza. Una interpretación impecable del trío, de nuevo muy aplaudido que aún volverían para el regalo francés, volviendo al inicio del camino.

Un admirable Maurice Ravel (1875-1937) del que el trío es devoto, y con el que se le sintió feliz y nosotros más, su «Andantino expressivo» del Trio en sol mayor, una delicia del compositor hispano francés en la interpretación con el melódico cello de Rochat, el lirismo violinístico de Yoo y una delicadeza al piano con Jáuregui, verdadero equilibrio y estabilidad de tres pilares con un mismo sentido de musicalidad.

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