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Un jardín de flautas

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Domingo 2 de julio, 12:30 horas. 72 Festival de Granada, Crucero del Hospital Real, “Grandes intérpretes”: Giovanni Antonini (flautas). It’s as easy as lying: obras de Virgiliano, Van Eyck, Hotteterre, Telemann y Bach. Fotos de Fermín Rodríguez.

Parece mentira que un concierto de flautas antiguas pueda congregar tanto público en el crucero del Hospital Real granadino, y es que el milanés Giovanni Antonini hizo como el personaje del cuento para atraer en esta calurosa mañana de domingo a un público variopinto y ávido por escuchar “El jardín de las delicias de la flauta” como recuerda la profesora Ana García Urcola en sus más que interesantes notas al programa.

Todo un arsenal de flautas el desplegado por “el flautista de Milán” para un programa titulado It’s as easy as lying del Hamlet shakespeareano, traducido como “Es tan fácil como mentir”, aunque Antonini no tuvo nada fácil las obras elegidas y además con la mayor veracidad interpretativa posible.

Con una flauta doble, similar al aulos griego, el concierto comenzaba con un anónimo del Trecento italiano, dos estampidas de auténtico virtuosismo, tituladas Isabella y Lamento di Tristano (del manuscrito conservado en la British Library London).

Desde estas “flautas viajeras” y en un particular viaje que la profesora García Urcola llama “anacronópete” (genial tributo a nuestra primera maquina del tiempo y española), la siguiente parada sería en Il Dolcimelo de Aurelio Virgiliano (fl c. 1600) con un Ricercare imitando la voz humana para conseguir “el movimiento de los afectos”, un alarde interpretativo del milanés, de respiraciones cual cantante y con unos contrastes dinámicos y de tempi muy efectistas.

Siguiente parada en los Países Bajos, segundo tercio del XVII, con Jacob van Eyck (1590-1657), ciego campanero y flautista com una producción de mas de 150 obras agrupadas bajo el nombre de El jardín de las delicias de la flauta que tomo prestado en la introducción. Compendio de música vocal y danzas de herencia renacentista jugando con el virtuosismo del flautista, melodías bellísimas y con una ornamentación increíble, además de la articulación que consigue un colorido tímbrico impensable en una flauta (contralto y no soprano, ninguna adecuada en las enseñanzas musicales por mucho que Carl Orff se empeñase), con dos páginas donde la impactante fue la Fantasia in echo.

Jacques-Martin Hotteterre (1674-1763) nos situó en el París dieciochesco y perteneciente a una familia de fabricantes e intérpretes de instrumentos de viento, llegando a ocupar varios puestos en las instituciones musicales al servicio de Luis XIV. Será referente de los flautistas al publicar en 1707 su famoso método. Cuatro preludios para flauta de pico (de L’Art de Préluder,  París, 1719) jugando con diferentes modelos y tesituras, donde Antonini no solo dio una clase magistral por adaptarse a las indicaciones del “Método” sobre ornamentos y su ejecución “evitando un alarde de fantasía” que escribía Hotteterre. No hubo excesos ‘italianos’ en la música francesa para la corte, pero sí un catálogo de fantasía y sentimientos plagados de matices, dinámicas, fraseos y articulaciones más allá del rígido protocolo francés.

Aún quedarían dos aires de la Suite nº 3 (de Premier Livre de pieces. París, 1715), un Rondeau y una Courante con la imagen de los bailes cortesanos interpretados por una flauta que merecía ser de oro, y corroborado en la penúltima obra Lentement del Preludio en do menor (de L’Art de Préluder).

Pero los alemanes entendieron este ancestral instrumento de otra forma, y el Barroco supondría toda una explosión de luz y color, contrastes de todo tipo donde lo italiano se pondrá más de moda que lo francés. El prolífico hamburgués Georg Philipp Telemann (1681-1769) compone un corpus inmenso de una variedad inusitada para este aerófono. Antonini siguió utilizando las flautas de pico y no los traversos, para disfrutar con tres de las 12 Fantasías para flauta (publicadas hacia 1733), imaginación compositiva y magisterio interpretativo, Si las fantasías estaban ordenadas por tonalidades correspondientes cada una a un afecto, el milanés eligió las nº 3 en re menor, nº 8 en sol menor y nº 10 en mi menor, adaptando los originales y mostrando la variedad de instrumentos para los distintos movimientos de estas fantasías en el amplio sentido del término. Organizadas en orden inverso los “afectos” fueron más allá de la mañana “granaína», impresionándonos tanto el Presto de la décima como el Spirituoso de la octava, y toda la tercera que exigen del intérprete no solo capacidad pulmonar sino un dominio total de cada instrumento, pues el virtuosismo consigue que escuchemos armonías o contrapuntos en un instrumento monódico.

Y en un festival donde “Mein Gott” preside muchos conciertos, no podía faltar el único Johann Sebastian Bach (1685-1750), padre de todas las músicas posteriores, virtuoso del órgano, el violín y también de la flauta, genio de la composición con Leipzig como última parada en este itinerario original a través de unas músicas asombrosas. El cantor compuso una única obra para flauta sola, la
Partita en do menor para flauta sola, BWV 1013 (c. 1723, original en la menor) y pude que con Pierre-Gabriel Buffardin (extraordinario intérprete de la Orquesta de Dresde) como destinatario de la misma. Si en Telemann nos asombraba la “consecución” polifónica, el dios de la fuga y arcano musical que fue Bach aún eleva no ya la sensación sino la realidad al escucharlo con Antonini sentado y empapado tras la ejecución de los cuatro movimientos de esta “suite flautística” (Allemande / Coréate / sarabande / Bourreé Angaise) que nos hace aún más comprensible el enorme conocimiento que el flautista y director milanés tiene del cantor al llevarlo en sus conciertos con formaciones camerísticas como el del último día de junio.

Tras este viaje, la propina nos llevó a Corea del Sur con una obra del también flautista y compositor Hong-Jun Seo (1978), integrando lo clásico y lo moderno, con otra flauta de Antonini explorando sonoridades orientales, microtonales para una obra sugestiva y sugerente, hasta ecológica por la inspiración en la naturaleza, con la que ampliar itinerarios para un instrumento ancestral que sigue vivo.

Con la música de Corte en Corte

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Sábado 1 de julio, 12:30 horas. 72 Festival de Granada, Monasterio de San Jerónimo, “Cantar y tañer. Sones antiguos y barrocos”: María Espada (soprano), Nereydas, Javier Ulises Illán (director). Senderos del alma, obras de Pergolesi, Galuppi, Corselli, Ugena, Soler y Ferrer. Fotos de Fermín Rodríguez. 

La música italiana ha estado de moda desde el siglo XVIII y en España también merced a los reyes Felipe V, Carlos III y Carlos IV, pues tanto las consortes del primero como el traerse a la Corte muchos de los músicos del momento los segundos, harán que como titula sus notas Ana García Urcola hay “Caminos espirituales entre Italia y España”.

Con un repertorio aunando estas músicas que no pasan de moda sino que siguen siendo actuales y con un público que llenó San Jerónimo, el programa Senderos del alma trajo al grupo de Javier Ulises Illán (Toledo, 1981) con la soprano extremeña María Espada (Mérida, 1969) en un concierto dominical para recogimiento primero, disfrute después, de unas páginas para ello.

Abría Giovanni Battista Pergolesi (1710-1736) y su Salve Regina, una de las obras con el sello inconfundible del italiano, con el “ensemble” adaptado a la soprano emeritense que, en un momento vocal espléndido, nos deleitaron con los cinco números de que consta. Oraciones cantadas con una emisión perfecta, aprovechando la acústica al máximo para no perderse ningún silencio, el maestro Illán llevando la obra entre claroscuros tímbricos donde brillaron todos los instrumentistas, órgano y tiorba necesarios, y la dicción latina de Espada pluscuamperfecta, con los finales en consonante ajustados realzando un latín al alcance de los diletantes.

Tras “reinar” las emociones, el Concerto a quattro nº 3 en re mayor de Baldassare Galuppi (1706-1785), con dos movimientos (Maestoso y Allegro) donde violines y viola unificaban tímbricas y el continuo daba no solo la base armónica sino la fluidez de esta joya instrumental, alternando Minguillón tiorba y guitarra, con Javier Ulises Illán marcando lo justo para que la música fluyese casi sola.

Volvía María Espada con las primeras “lamentaciones” del programa, la de Francisco Corselli (1705-1778) Lamentación segunda de Miércoles Santo en re menor que emergió por el monasterio con todos los matices de una oración, luz en la sombra del texto y vestido instrumental a la medida, acallando incluso los esperados aplausos.

Tras unas palabras explicativas del director toledano sobre las tres lamentaciones para los tres días y la numerología cristiana, Antonio Ugena (c. 1750- c. 1816), alumno de Corselli, y el Andante: De Lamentatione Jeremiæ Prophetæ, de la Primera lamentación de Viernes Santo, en sol menor, oraciones de los Reales Sitios escuchadas en este Monasterio de San Jerónimo bello, histórico, para seguir regocijándonos con la soprano pacense de timbre corpóreo, carnoso, la técnica al servicio de la música y del texto que recrea en cada frase, con una gama de matices amplísima y unos filados que ponen la piel de gallina. «La contención melódica, junto a la elección de tempo lentos y de tonalidades oscuras son rasgos distintivos de estas composiciones con las que se busca acompañar el recogimiento propio de la época de la Pasión» en palabras de Lluís Beltrán y Juan Miguel Illán (responsables del proyecto en el ICCMU de la Complutense madrileña) y recogidas también en las notas al programa. Nereydas y María Espada plasmaron todos esos “senderos del alma”.

Y con la alternancia necesaria para el descanso vocal, de nuevo Galuppi “Il Buranello” con su Grave e adagio y Spiritoso, del Concerto a quattro nº 1 en sol menor, la grandeza del barroco italiano cada vez más contemporáneo por la hondura de la música en una interpretación preciosista del grupo liderado por Illán.

Alfonso Sebastián al clave nos interpretaría una luminosa Sonata en re mayor, R 84 del Padre Antonio Soler (1729-1783), el aire escurialense en el granadino, preparando y uniendo caminos reales y espirituales antes de volver sin violines ni viola con la última Lamentación segunda de Miércoles Santo en sol menor, un “duelo” y dueto entre María Espada y el cello de Guillermo Turina emocionante en musicalidad, sonoridad, fraseo y entendimiento, arropados por un continuo mínimo pero suficiente para revestir de sentimiento esta lamentación de San Lorenzo hasta San Jerónimo.

Al menos la cronología musical permite pasar de la Pasión a la alegría navideña en un momento, y así sucedió con el villancico (compuesto para la mañana de Navidad de 1798) Soy pastorcilla, de Jaime Ferrer (1762-1824), tres movimientos (Andante / Seguidilla / Andante) de aire hispano aunque pudiésemos imaginarnos un belén napolitano de fondo. Del discípulo y sucesor del Padre Soler como Maestro de capilla en El Escorial, Nereydas y María Espada nos volverían a regalar calidad, pasión, rigor, musicalidad y alegría en este cierre de concierto, “perfecta suma de espiritualidad, tradición española y gusto italiano” como finaliza sus notas la profesora García Urcola.

Aprovechando la complicidad de estos intérpretes, dejando atrás lo religioso pero apostando por nuestra música que todos tienen muy trabajada, la propina con María Espada cantándonos el aria Llegar ninguno intente de la ópera “Iphigenia en Tracia” de José de Nebra (1702-1768), esplendor vocal, ornamentaciones claras, color homogéneo en toda la extensión y el ropaje a medida de Nereydas.

No había forma de parar los aplausos y un segundo regalo retomando a Bárbara de Braganza y Doménico Scarlatti, el último proyecto con sus arias favoritas, “El libro secreto” que estos mismos intérpretes han grabado recientemente, rescatando estas músicas gracias al propio Javier Ulises IIlán y Sara Erro. Dedicatoria al siempre recordado Eduardo Torrico (1958-2023) y el aria Deh, se pietà pur senti de la ópera “Mario in Numidia” de Rinaldo Di Capua (1705-1780), regia desde la Corte vocal de Espada con la nobleza de Nereydas.

Nereydas

Ricart Renart y Leonor de Lera, violines – Lola Fernández, viola – Guillermo Turina, violonchelo – Ismael Campanero, contrabajo – Alfonso Sebastián, tecla – Manuel Minguillón, cuerda pulsada – Javier Ulises Illán, dirección.

María Espada, soprano.

Más zarzuela por favor

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Martes 27 de junio, 22:00 horas. 72 Festival de Granada, Palacio de Carlos V, “Universo Vocal”, Gala lírica I: María José Moreno (soprano), Carlos Álvarez (barítono), Orquesta Filarmónica de Málaga (OFM), José María Moreno (director). Obras de ópera y zarzuela. Fotos de Fermín Rodríguez.

 

Crítica para Ópera World del jueves 29, con los añadidos de fotos (propias y de las RRSS), links siempre enriquecedores, y tipografía que a menudo la prensa no admite.
El maestro Arturo Reverter titula las notas de esta primera gala lírica del Festival «Sustancia lírica de dos voces andaluzas» donde disecciona cada página que escuchamos, y todo ello organizado como es habitual en estos recitales con dos partes separando ópera y zarzuela, suma de arias y romanzas, dúos y números orquestales, todas obras archiconocidas pero siempre agradecidas de escuchar. La Danza Española nº 5 de Granados, conocida como “Andaluza”, tiene como añadido una poesía de Luis Muñoz Lorente que refleja en parte el espíritu siempre inspirador para compositores e intérpretes de todos los géneros y estilos en esta tierra del sur que en parte siento mía:
“¡Mi Andalucía! Rojo clavel de un gran vergel
Alma de España que guarda en su entraña amor,
Es el sonar de tu cantar copla de amar”.
Sabor andaluz con la soprano granadina María José Moreno, el barítono malagueño Carlos Álvarez con la orquesta de su ciudad sumando al titular desde la temporada 2020-21 José María Moreno, un mallorquín a la batuta uniendo para esta gala sentimientos mediterráneos aunque la música siempre sea universal y no conozca fronteras, triunfando lo nuestro.
La Orquesta Filarmónica de Málaga (OFM) dista mucho de la que disfruté hace años en la capital de la Costa del Sol con Manuel Hernández Silva al frente tanto en conciertos sinfónicos como en recitales y ópera. Desconozco los cambios habidos en estos años, pero en esta gala granadina adoleció de brillo en los violines, echando de menos más entendimiento entre las distintas secciones, con alguna inexactitud imperdonable para estos profesionales junto a la necesaria sonoridad global que pecó de oscuridad con desajustes variados en pasajes demasiado conocidos donde se apreciaron estas carencias.
El maestro Moreno pese a los esfuerzos y gestos por momentos demasiado exagerados, tampoco tuvo la respuesta exigida desde el podio ni en las partes orquestales, caso de las oberturas operísticas o en los preludios e intermedio de zarzuela, ni en las acompañantes de las voces, no siempre mimadas estando en el mismo plano sonoro, y por momentos con la sensación de ir “a remolque” que fue más que evidente aunque la batuta luchó por encajar y enderezar lo que cojeaba. Lástima que páginas de tanta enjundia como el Preludio de El tambor de granaderos (1894) de Ruperto Chapí (1851-1909) la percusión no estuviese presente y marcando con decisión, o el conocidísimo Intermedio de La boda de Luis Alonso (1896) de Gerónimo Giménez (1854-1923) que hubiese necesitado más limpieza en la ejecución de la OFM e incluso pausar un poco los tempi para disimular estas carencias globales.
En la parte vocal los artistas brillaron en algunas páginas solistas, empastaron bien en los dúos y resultaron mucho mejor en la parte dramatizada o escenificada que en la lírica, siendo necesarias ambas aunque no podemos negar su profesionalidad y conocimiento de sus intervenciones, todas bien interiorizadas aunque evitasen notas agudas, las buscaran con diferente resultado, o incluso las obviaran.
Los dúos elegidos por María José Moreno y Carlos Álvarez fueron desiguales en el resultado vocal y global. De los operísticos, Mozart bien de color y equilibrio dinámico, especialmente Don Juan con Zerlina en “Là ci darem la mano” y sobre todo Donizetti “La voilà, la voilà…” de La fille du régiment (1840) que resultó lo mejor de la primera parte por interpretación y escena, con la OFM más balanceada con ellas.
De las zarzuelas, Federico Moreno Torroba (1891-1982) con Luisa Fernanda (1932) es una obra completa vocalmente, y en el dúo de Carolina y Vidal “Para comprar a un hombre” el color de Moreno y Álvarez fue ideal, con buena química entre ambos, luciéndose más el malagueño que la granadina, mientras en el que cerraría recital, el mejor y popular Pablo Sorozábal (1897-1988) de La del manojo de rosas (1934) con un tempi no muy cómodo para “Hace tiempo que vengo al taller”, al menos la calidad de ambos solistas prevaleció y nos recordó los buenos momentos sobre la escena.
Individualmente María José Moreno ha ganado en corporeidad y sus agudos no son tan incisivos, con un color ideal para las arias operísticas de esta velada, aunque el grave pierda algo de volumen, más si la orquesta tampoco mimó los matices. Las agilidades fluyen bien aunque las respiraciones rompan un poco la línea melódica buscando el ataque preciso. De las conocidas romanzas de zarzuela, Moreno optó más por asegurar los agudos que por la expresividad, que intentó jugando con unos tempi que la OFM no siempre encajó con ella. Con todo, la soprano granadina va asentándose con un registro que, de acertar en la elección de los roles, la mantendrá muchos años en escena, y su entrega dramática en esta gala fue lo más destacable.
Carlos Álvarez lleva años siendo un barítono importante e imponente sobre la escena. En este “universo vocal” hizo gala de sus tablas y veteranía, el timbre propio y corpóreo de amplia proyección. En la ópera total dominio mozartiano junto a la expresividad donizettiana, mientras que en nuestro género lírico es una voz que eleva el nivel esperado y exigible para exportar la zarzuela más de lo que hacemos. Abriendo la segunda parte, Pablo Luna (1879-1942) y la canción de Manacor “Qué me importa ser judío” de El niño judío (1918) rescata del olvido esta romanza única que el malagueño interpretó con toda su sabiduría. Otro tanto con páginas que triunfan solas más que la propia obra donde se incluyen, caso de la Jota de Perico, de El guitarrico (1900) aunque “amoldada” desde las tablas en una versión particular, puede que otro ejemplo de páginas solistas que triunfan más que la propia zarzuela de Agustín Pérez Soriano (1846-1907).
Desde Granada venció nuestro género por excelencia con dos voces andaluzas que fueron muy aplaudidas, quedándonos con ganas de una propina a dúo, que para sorpresa sería el Preludio de La Revoltosa de Chapí  ¡finalizando con una obertura! y esperando de este “universo vocal” al menos escuchar a Felipe y Mari Pepa aunque fuesen con acento propio. La OFM con el director mallorquín mantuvieron las sensaciones ya comentadas, debiendo pedirles interpretaciones con igual calidad que la escrita y con tantos referentes en nuestra historia lírica.
FICHA:
María José Moreno, soprano – Carlos Álvarez, barítono – Orquesta Filarmónica de Málaga – José María Moreno, director
Programa
I
Wolfgang Amadeus Mozart (1756-1791):
Obertura de Le nozze di Figaro (1786)
Crudel! Perché finora (duetto Conte-Susanna)
Hai già vinta la causa (aria Conte)
Crudele!…
Non mi dir (aria Donna Anna), de Don Giovanni (1788)
Là ci darem la mano (duetto Don Giovanni-Zerlina)
Gaetano Donizetti (1797-1848):
Obertura de Don Pasquale (1843)
La voilà, la voilà… (duetto Sulpice-Marie), de La fille du régiment (1840)
II
Pablo Luna (1879-1942):
Qué me importa ser judío (canción de Manacor), de El niño judío (1918)
Pablo Sorozábal (1897-1988):
En un país de fábula (romanza de Marola), de La tabernera del puerto (1936)
Federico Moreno Torroba (1891-1982):
Para comprar a un hombre (dúo Carolina-Vidal), de Luisa Fernanda (1932)
Ruperto Chapí (1851-1909):
Preludio de El tambor de granaderos (1894)
Agustín Pérez Soriano (1846-1907):
Jota de Perico, de El guitarrico (1900)
Amadeo Vives (1871-1932):
Canción del ruiseñor, de Doña Francisquita (1923)
Gerónimo Giménez (1854-1923):
Intermedio de La boda de Luis Alonso (1896)
Pablo Sorozábal:
Hace tiempo que vengo al taller, de La del manojo de rosas (1934)

Cuadrando el círculo

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Lunes 26 de junio, 22:30 horas. 72 Festival de Granada, Patio de Los Arrayanes, “Música de cámara”, Ligeti100: Quatuor Diotima. Obras de: Pedro Osuna, Ligeti, Tomás Marco y Bartók. Fotos de Fermín Rodríguez.

El cuarteto de cuerda es un organismo musical vivo que requiere compartir incluso la propia vida, cuatro músicos de altura y un solo cuarteto verdadero. Así se entiende la formación camerística por excelencia y para que todos los grandes han escrito, siendo a menudo como un banco de pruebas orquestal.

El francés Quatuor Diotima llegaba y llenaba otra nueva noche mágica en La Alhambra con un programa no ya exigente por las cuatro obras, también dotado de un discurso global que solamente al finalizar pudimos comprender en toda su magnitud.
Cuatro cuartetos, cuatro idiomas traducidos a una unidad expresiva capaz de unir a estos compositores de distintas generaciones que conocen perfectamente la herramienta, los recursos de la cuerda manejándola desde su propia experiencia, un crisol cronológico que encontró los intérpretes adecuados para alcanzar las máximas cotas expresivas.

Para abrir la velada nocturna un joven compositor granadino, Pedro Osuna (1997) que estrenaba en España sus Cuatro danzas (2021), un hallazgo de escritura con el marchamo estadounidense lógico en estas generaciones que han cruzado el charco para su formación. Según las describe Juan Manuel Viana en las notas al programa “refleja el amor del músico por el arte de su ciudad natal, donde compuso las danzas centrales, y el de Boston y Los Ángeles, su lugar de residencia, donde escribió la primera y la cuarta”. Escuchar cada una de ellas supuso un viaje a cargo del Diotima, sonoridades extremas en dinámicas, latido único, tímbricas tan bien escritas como interpretadas desde la Introducción que da paso a Ritual nazarí, los recuerdos granadinos en un obsesivo juego de los cuatro instrumentos sonando como uno solo, algo que parece increíble por la dificultad que entraña; la Tarantella en palabras de su autor «juega con el famoso tema napolitano y conduce al movimiento final, una danza celebratoria en la que quise explotar la visceralidad de la música electrónica del presente y la riqueza armónica del jazz» y Celebración con el aire americano, el sello granadino y el sueño francés reunidos en estas cuatro páginas de una calidad sorprendente tanto en la escritura como en la ejecución impresionante del Quatuor Diotima. No sé cómo sería el estreno con el Cuarteto Carpe Diem en Siena (28 de junio de 2022), pero este de Siana hacía tiempo que no se asombraba con una obra actual.

Y tras salir el compositor a recoger los merecidos aplausos de un público agradecido por esta apuesta del festival, nada menos que György Ligeti (1923-2006) de quien se conmemora el centenario de su nacimiento, optando los franceses por deleitarnos con su Cuarteto de cuerdas nº 2 (1968), casi medio siglo de diferencia con el de Osuna e igual de actual. Del húngaro podríamos comentar su (r)evolución personal y el segundo cuarteto supone un reto para cualquier formación que quiera explorarlo en toda su riqueza. Quatuor Diotima demostraron que no puede hacerse mejor homenaje, cuatro músicos como remeros de un kayak que no solo van perfectamente sincronizados, las paladas entran y avanzan en este fluir musical del mejor Ligeti, cinco movimientos unidos y sentidos desde todos los recursos de cuerdas, arcos, armónicos, pizzicati, resonancias que en el Patio de los Arrayanes aún calaban más. Hasta algún avión nocturno parecía sumarse a una tímbrica tan actual, una joya del siglo pasado plena de fuerza y angustias, mecánica intrínseca que latió en “un solo Cuarteto”.

La influencia de este segundo de Ligeti nos explicó el de Osuna pero igualmente el siguiente tras el descanso.
Un viaje cronológico, ideológico y hasta geográfico nos traería al madrileño Tomás Marco (1942), compositor residente de esta septuagésima segunda edición del festival granadino, quien siempre ha tenido en su amplio catálogo obras cuartetísticas. Este Cuarteto nº 6 «Gaia’s Song» (2012) encargado por el CNDM y penúltimo hasta la fecha, recoge materiales de danzas de todo el mundo olvidándose del legado occidental que tanto ha constreñido la creación, optando por la expresividad, la rítmica y un tratamiento tímbrico del cuarteto que Los Diotima entendieron con una sonoridad apabullante y una compenetración al alcance de pocos músicos de cámara. El compositor felicitó a los intérpretes y todos compartieron el aplauso más que merecido en un concierto que tomaba forma y sentido tras la obra que cerraría esta “cuadratura del círculo”.

El Cuarteto nº 4, Sz. 91 (1928) de Béla Bartók (1881-1945) sigue siendo tan “moderno” como Ligeti, Osuna o Marco, y Quatuor Diotima ayudaron a redondear el concepto de cuarteto actual, impactante, brillante, caleidoscópico de sonoridades con este cuarto considerado “una de las más altas cimas de todo el repertorio”. Con una estructura en arco o espejo, que Viana define “a modo de palíndromo”, los cinco movimientos sonaron perfectos, bien balanceados en las analogías y protagonismo de los cuarto intérpretes respirando como un solo organismo. Si los extremos resultaron rítmicos, agresivos, sonoridad global, los pares todo un catálogo de efectos como sordinas, pizzicati, diálogos y enfrentamientos aunados por una magia indescriptible que rodearían el hermosísimo lento central, el corazón de la obra y del cuarteto, nocturno como todo el concierto para saborear un chelo rotundo sobre el que sobrevolaron sus tres compañeros de viaje.

Un concierto que tomó sentido gracias a la sabia elección de las obras y la magistral interpretación del Cuarteto Diotima, que retransmitido en vivo por Radio Clásica espero disfrutasen tanto como los presentes en el Patio de Los Arrayanes. Habrá que rogar lo tengan disponible algún tiempo para volver a paladearlo y decir el anhelado “Yo estuve ahí”.

Quatuor Diotima:

Yun-Peng Zhao, violín – Léo Marillier, violín – Franck Chevalier, viola –
Pierre Morlet, violonchelo.

Misa lusa por Vivanco

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Domingo 25 de junio, 12:30 horas. 72 Festival de Granada, Monasterio de San Jerónimo, “Cantar y tañer. Sones antiguos y barrocos”: Officium Ensemble, Pedro Teixeira (director). “Magister musicae: motetes de Sebastián de Vivanco y sus contemporáneos portugueses (con motivo del IV centenario de su muerte)!. Obras de Vivanco, Lopes Morago, Magalhães, Cardoso y Victoria. Fotos de Fermín Rodríguez.

Mañana dominical de misa “obligada” en San Jerónimo y resucitando al gran Sebastián de Vivanco (c. 1551-1622) con un ensemble portugués que ha unido “La gran polifonía ibérica: los intercambios luso-españoles”como titula sus notas al programa Ana García Urcola.

Si el compositor abulense estuvo “eclipsado” por su paisano Victoria, estaba claro que la celebración de sus 400 años no podía dejarse escapar desde el CNDM, que ha organizado diferentes conciertos a los que he podido asistir, especialmente de los asturianos El León de Oro (LDO), trayéndonos esta mañana de domingo su música junto a la de los contemporáneos aglutinados en Évora y con caminos de ida y vuelta pues nuestra Iberia musical durante el Renacimiento era “una, grande y (no muy) libre” por las luchas de poder. Al menos podemos agradecer que en nuestra vecina y querida Portugal no solo mantengan el interés por nuestra “polifonía de oro” sino que tengan conjuntos vocales con a calidad de Officium Ensemble, 17 voces perfectamente conjuntadas bajo la experta dirección de Pedro Teixeira.

En la capilla del real monasterio renacentista y presidiendo el magnifico retablo de autoría puesta a debate (atribuyendo las trazas a Jacobo Florentino y a Diego de Siloé, con ampliación de Pedro Orrea) pudimos disfrutar no solo de la Missa Assumpsit est Iesus de Sebastián de Vivanco sino también de obras intercaladas con compositores lusos y españoles en una liturgia vocal interrumpida por un público que realmente vivió esta “misa dominical” con el coro portugués.

El recital se titulaba “Magister musicae: motetes de Sebastián de Vivanco y sus contemporáneos portugueses» y la citada misa de Vivanco sería el núcleo de este concierto. Compuesta para la fiesta de la Transfiguración de Nuestro Señor que toma tanto su título como su principal base melódica de un motete del propio compositor, supuso cierta continuidad con la “transfigurada” noche anterior. Bien estuvo comenzar con esta obra interpretada para mejor comprensión auditiva de un autor eclipsado por otro grande pero de la misma talla musical (biografías aparte), con pronunciado gusto en un contrapunto complejo aunque con momentos diáfanos, como pudimos comprobar en el Credo y en el Agnus Dei. Las consignas tridentinas que pusieron a Palestrina de modelo, los contrarreformistas ibéricos las llevaron al pie de la letra siguiendo el dicho de “más papistas que El Papa”, y toda la música que disfrutamos fue de un aplauso general que en cierto medio rompió una liturgia coral oficiada por Pedro Teixeira y su conjunto: impecable dicción, equilibrio de voces, afinación perfecta, empaste y balance de un “ensemble” muy bien trabajado para este programa granadino.

Comenzaba esta “misa de Vivanco” a 5 voces con el Kyrie y Gloria para el recogimiento interior de todos, continuando con Estêvão Lopes Morago (c. 1575-d. 1641), que como bien nos explicaría el maestro Teixeira a mitad del recital, nació en España pero emigrado con 8 años a Évora donde haría su carrera llegando a Maestro de Capilla en Viseu, un ejemplo más de esta intercomunicación hispano-lusa que ojalá no se hubiese roto. Su Montes Israel  a 5 no deslució del inicial Vivanco y un Officium Ensemble con “mucho oficio”. El público rompió la unidad emocional y hasta mística antes de proseguir con Vivanco y su motete a 5 Surge, Petre cual homilía antes del Credo de la «Missa Assumpsit est Iesus«.

Desconozco si Radio Clásica editará el audio aunque la retransmisión en directo no lo podrá conseguir (y aprovecho para felicitar a un extraordinario equipo de técnicos que seguirán trabajando mucho y bien en este Festival, de quienes dejo la foto abajo), pero no merecíamos romper la “magia del momento”. Continuaríamos escuchando el O, Domine Iesu Christe a 5 dispuestos en círculo buscando una sonoridad especial aunque la acústica monacal es perfecta para los coros de cámara. Más aplausos tras finalizar y ya no habría forma de mantener la unidad buscada. No me imagino una eucaristía tan interrumpida, pero “el pueblo manda” aunque carezca del mínimo conocimiento y respeto por esta liturgia musical.

Proseguimos el ordinario de la misa con el Sanctus, trío de solistas (soprano, alto y tenor) antes del «Hossanna» plenamente integrado en una unidad vocal homogénea y después el Agnus Dei. Digno de resaltar la calidad de estas formaciones jóvenes que captan el estilo renacentista lleno de recogimiento y espiritualidad, con el tactus no fácil de transmitir pero que el maestro Teixeira ha logrado llevar a su coro de cámara.

Bendita tierra lusa y un motete a seis, Commissa mea de Filipe de Magalhães (c. 1571-1652), antes de una breve pausa ya rota la “unidad dominical”, donde el director portugués nos haría una breve semblanza del intercambio musical bajo el mismo rey de las Coronas de Castilla, Aragón y Portugal entre 1580 y 1640 (también reflejado en las notas al programa), caso del español Lopes de Morago o el portugués Manuel Cardoso (1566-1650) que viajaría a Madrid en 1631 invitado por Felipe IV para dirigir los cantores de la Capilla Real, egresados de la catedral de Évora, auténtico centro polifónico luso. El Sitivit anima mea a 6, fue una pequeña muestra de la calidad de una polifonía ibérica que Officium Ensemble mostró antes del final musical, primero dos motetes a 5 de Vivanco, Quae es ista y Surrexit pastor bonus, llevándonos hacia un éxtasis musical de matices emocionantes y un aire alegre que finaliza con un “Aleluya” donde el coro siempre mimó cada frase de cierre, jugando con la acústica monacal bien entendida por Teixeira.

Evidentemente si el abulense hoy homenajeado y resucitado quedó eclipsado por Tomás Luis de Victoria (c. 1548-1611), al menos se debía poner al mismo nivel compositivo a ambos, nada menos que con el impresionante O sacrum convivium a 6, prueba de fuego para toda formación vocal que se atreva con nuestra “Polifonía de Oro”, con sobresaliente por nuestros hermanos portugueses en una “Misa por Vivanco” que unió espíritu polifónico y tridentino rompiendo unas barreras que para los tetragramas del momento nunca existieron.

Y sin fronteras musicales, un regalo del portugués Estêvão de Brito (Serpa, c. 1575 – Málaga, antes del 2 de diciembre de 1641), castellanizado a Esteban de Brito, alumno de Magalhães, maestro de Capilla en Badajoz y Málaga cuyo O Rex gloriae a doble coro puso el mejor “amén” a esta mañana “de guardar” en el Festival de Granada, con San Jerónimo marco ideal en estos repertorios, más tratándose de intérpretes con la calidad del Officium Ensemble con Pedro Teixeira al frente.

Officium Ensemble:

Ariana Russo, Claire Rocha, Inês Lopes, Mariana Moldão (sopranos); Laura Buddie, Fátima Nunes, Rita Tavares (altos); Frederico Projecto, João Barros, Ross Buddie (tenores);
João Costa, Pedro Casanova, Rui Borras (bajos).

Pedro Teixeira (director).

Esplendor organístico en San Jerónimo

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Sábado 24 de junio, 12:30 horas. 72 Festival de Granada, Monasterio de San Jerónimo, “Cantar y tañer. Sones antiguos y barrocos”: Benjamin Alard (órgano). Obras de Muffat, Froberger, Couperin, Correa de Arauxo, Cabanilles, Grigny y Bach. Fotos de Fermín Rodríguez.

Granada es mágica y espectacular. Su Festival Internacional de Música sabe elegir los llamados “marcos históricos” y el Monasterio de San Jerónimo es uno de ellos, más con el órgano original de Fray Francisco Alejo Muñoz, construido en 1727 para el convento de Santa Paula y “salvado” además de restaurado, para este monumento que debía preservar un patrimonio de la humanidad a buen recaudo por las actuales moradoras. Y es que los órganos deben respirar cada día, de nada sirve ponerlos en marcha si les falta el aire vital, por lo que este órgano traído desde Santa Paula hasta San Jerónimo puede mantenerse vivo gracias a los cuidadores y equipo que lo mantiene en marcha, pudiendo disfrutar tras el concierto de su historia y proceso de restauración.

Con Benjamin Alard en este órgano, el intérprete francés trajo un programa que Pablo Cepeda tituló en sus notas al programa “Esplendor barroco”. Y no le faltaba razón escuchando una de las joyas granadinas organísticas con compositores que dieron lustre al “rey de los instrumentos”, desde Muffat a Bach sin olvidarse de nuestros grandes Correa de Arauxo y Cabanilles.

El teclista francés vuelve cuando puede al órgano de sus inicios siempre viajando desde el mundo clavecinista, que le permite dominar la técnica de un repertorio cercano con el añadido de la complejidad tímbrica que conlleva encontrar los registros ideales para cada obra y estilo. La ornamentación correcta es necesaria pero también complicada en este resucitado órgano ibérico, aunque la elección de las sonoridades adecuadas es aún mayor, y Alard encontró lo que buscaba en cada página elegida.

Para ir calentando el “órgano de Santa Paula”, la Toccata tertia y la Chacona en sol mayor de Georg Muffat (1653-1704) fueron llenando los pulmones y respirando hondamente mientras contemplábamos el maravilloso retablo renacentista de San Jerónimo, testigo de una banda sonora desde el “Fray Alejo” en perfecto estado de salud, unión de estilos francés e italiano en este instrumento hispano, música llena de luz a lo largo de la docena de secciones donde el órgano engrandece al clave original, más si es con Alard interpretándolo.

De Johann Jakob Froberger (1616-1667) su Fantasia sopra ut, re, mi, fa, sol, la, FbWV 201 es auténtica lección compositiva que el maestro Benjamin Alard fue desgranando con claridad, virtuosismo y registración ideal desde el hexacordo inicial que va desarrollándolo en ocho secciones, las dos últimas cromáticas más allá del término musical, con una tímbrica ideal para este órgano del XVIII.

Otro de los compositores recuperados sería Louis Couperin (1626-1661) y sus Fantasías (entre las más de 70 obras inéditas publicadas en 2003 tras su aparición en 1957 en Londres, entre ellas siete de las 23 que escuchamos), “piezas breves, audaces y que recuperan incesantemente tema y respuesta” como bien nos cuenta mi tocayo Cepeda. Como toda forma virtuosística en escritura y ejecución, Alard fue desplegando todo el arsenal de un órgano que respondió como un joven a las exigencias del interprete, sin un quejido en un despliegue sonoro impresionante.

Nuestros “dorados españoles” compartieron exquisiteces ofertando de nuevo una paleta tímbrica que en este “ibérico de pata negra” gracias al oficio del intérprete francés, pusieron en valor el órgano hispano tan universal como los “compañeros” que compartieron concierto. Por pares escuchamos a Francisco Correa de Arauxo (1584-1654) con sus Dos tientos de tiples junto a Juan Cabanilles (1644-1712) y Dos pasacalles, teclado partido muy hispano, diferenciando bajos y tiples, junto al contrapunto del compositor valenciano que los registros buscados por Alard realzaron aún más una escritura autóctona pero universal.

Y el más grande, universal, padre de todas las músicas Johann Sebastian Bach (1685-1750) no podía faltar en un concierto de Benjamin Alard. Muy interesante elegir la Canzona, en re menor, BWV 588 en la línea de fusionar estilos e influencias tras lo escuchado con anterioridad. El Cantor escribe esta “fuga a la italiana” a 4 voces alternando métricas y con el tema en el grave que sobrevolaría libre y claro en el Monasterio de San Jerónimo con nuevo acierto de registros. Limpieza expositiva de la forma fugada, siempre compleja de interpretar para no perderse la “matemática del teclado” que es el quebradero de todo intérprete, aunque Alard la domina en cualquier variante.

Para ir cerrando el “esplendor matutino”, de nuevo Muffat y su Passacaglia en sol menor, la variación virtuosa y rítmica jugando con la tímbrica de este órgano respondiendo “como un campeón” ante las exigencias de un Alard maestro conocedor al detalle de partitura e instrumento.
El mejor remate Nicolas de Grigny (1672-1703) y Point d’orgue sur les grands jeux, de “A solis ortus (Livre d’orgue)”, majestuoso, de graves portentosos y profundos, pedal y sustento donde va construyéndose este edificio sonoro con Alard “maestro de obra” y arquitecto organístico, resucitando músicas que respiraron jóvenes en la mañana granadina, ejerciendo de “maestro de obra” pasado mañana cambiando de paleta y edificio el día 27 (y que me perderé por coincidencias de agenda).

Un éxito de público aguantando desde un silencio respetuoso acorde con el entorno del sacrificado calor sofocante, y alegría comprobar cuántos gestores y melómanos conocidos compartieron “vermut musical”, contando con la presencia de Eliahu Inbal que a las 20:00 h. volverá al frente de la JONDE en el Auditorio Manuel de Falla con una Séptima de Bruckner preludiada por Wagner tras su rodaje jienense con una generación de jóvenes músicos que pronto veremos dar el salto de calidad con los mayores. Pero esto lo contaré en otra entrada, ya de madrugada.

Piano para locos e inocentes

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Viernes 23 de junio, 21:30 horas. 72 Festival de Granada, Patio de los Mármoles (Hospital Real), Grandes Intérpretes: Víkingur Ólafsson (piano): “Mozart y sus contemporáneos”. Obras de Galuppi, C. Ph. E. Bach, Haydn, Cimarosa y Mozart. Fotos: Fermín Rodríguez.

Dícese del Hospital Real que “Fue para locos e «inocentes», devino Universidad y en sus salas se conjugan tradiciones musicales” trasladadas al bellísimo Patio de los Mármoles de este hospital encargado por los Reyes Católicos para enfermos pobres y peregrinos que con el emperador Carlos empezará a albergar también a los locos e «inocentes». La Universidad de Granada instaló aquí su sede principal en 1980 con el Rectorado y la Biblioteca Central “donde aquellos empeños quizá se continúen en forma de conocimiento y mapa del mundo, cartografía del espíritu humano y sus meandros que toda biblioteca puede contener” y el Festival también trae un mapa del piano clásico con todos los meandros en este recital del mediático pianista islandés, una de las figuras del “sello amarillo”.

Al pianista Víkingur Ólafsson (Reikiavik, 1984) se le ha calificado de atípico por los programas elegidos y cómo los cohesiona, nos trajo para este recital en el Festival las mismas obras que grabó en 2021 para DG “Mozart & Contemporaries” aunque en distinto orden, desde el más puro Clasicismo pianístico del genio de Salzburgo, pasando por “papá” Haydn, C. Ph. E. Bach (el quinto hijo de “Mein Gott”) junto a los menos escuchados en las 88 teclas por ser más operísticos caso de Cimarosa o “Il Buranello” que abría sesión cual preparación estilística al esperado “tour de force” de hora y media.

La forma de intercalar las obras del islandés es digna de analizar, no se rige por tonalidades afines o aires contrapuestos sino que parece responder a un momento vital y personal como el vivido esta calurosa tarde-noche granadina. Los pájaros parecían querer sumarse a los trinos al inicio con el Andante spiritoso de la Sonata nº 9 en fa menor de Baldassare Galuppi (1706-1785), y las palomas querían escuchar el primer Rondó en fa mayor, K 533/494 (1786) de Wolfgang Amadeus Mozart (1756-1791). Poco a poco llegaba la luz crepuscular y sonaba el más clásico de los Bach, Carl Philipp Emanuel Bach (1714-1788) con el Rondó en re menor, Wq 61/4 (1785), misma forma y tonalidad relativa pero recreo o recreación musical total. Más que suficiente para comprobar que Ólafsson es único por y en todo. Como el volcán impronunciable de su tierra pasa de la erupción rompedora, explosiva, a la más delicada estrella boreal. Su sonido es limpio, claro, preciso, inmaculado, donde el uso de los pedales parece de otro mundo y engrandece cualquier obra por «pequeña que sea». Podemos escuchar todas las notas escritas mimadas en su duración exacta y con toda la gama de matices posible.

Sin pausas, enlazando cada obra sonaría Domenico Cimarosa (1749-1801) y su Sonata nº 42 en re menor arreglada por el propio V. Ólafsson, sonidos casi orgánicos en un piano estratosférico de volúmenes extremos y fraseos degustando hasta los silencios.

Globalidad y preparaciones tímbricas antes del puro Mozart a pares, la Fantasía nº 3 en re menor, K 397 (¿1782?) y el Rondó en re mayor, K 485 (1786), melodías del genio que recuerdan al Beethoven coetáneo de entonces, frescura expositiva, silencios grandiosos, noche luminosa y mágica donde Ólafsson se plegaba, mandaba, respiraba, emocionaba.

Un puente mínimo ya plenamente enamorados del piano otro arreglo del islandés para la Sonata nº 55 en la menor de Cimarosa, sin necesidad de razonar estilo o época, capaz de sonar como barroco trastornado en este hospital real, la música sin etiquetas para disfrutarla en toda su extensión desde el universo en blanco y negro del piano.

De Joseph Haydn (1732-1809) la Sonata para piano en si menor, Hob XVI:32 (c. 1774-1746) fue el mejor ejemplo de la escritura más que el período clásico, inspirador en todos los compositores elegidos pero con un aire común que el piano unifica. No es cuestión de analizar o ver cambios modales o tonos relativos de Mozart a Haydn con la fuerza del sordo de Bonn conviviendo en la Viena imperial y con el islandés paladeando una sonata exigente y contrastada, extremismos emocionales desde la pasión y fuerza en los tiempos rápidos al deleite y recreación del intérprete en los lentos, buscando sonidos siempre claros aunque cambiase la atmósfera.

De nuevo como preparando al genio Mozart que Ólafsson disecciona compás a compás con tres joyas que parecieron una: Kleine Gigue, en sol mayor, K 574 (1789), sólo pequeña de título y enorme interpretación, la conocida por todo estudiante Sonata para piano nº 16 en do mayor «Sonata facile», K 545 (1788), nuevo calificativo satírico del juguetón Mozart, delicia en los tres movimientos con el Allegro al límite sin errores, el riesgo controlado con la limpieza exquisita, los fraseos y la pausa subyugante antes del Andante, inocencia o locura antes del Rondó. Allegretto culminando esta sonata que enlazaba con el Adagio en mi bemol mayor, del Quinteto de cuerda nº 4 en sol menor, K 516 (1787) arreglado por el pianista. La capacidad de exprimir cada detalle, cada frase, la melodía precisa y presente con una musicalidad personal que hace un Mozart islandés lleno de contrastes como la propia tierra nórdica.

Y otra vez los tiempos lentos para comprobar el trabajo sonoro desde el piano, Galuppi y el Larghetto de la Sonata nº 34 en do menor, dolor, oscuridad interior llena de luz, la isla de Burano en otoño y otra inocente locura en el piano de Ólafsson antes de repetir con Mozart en otra terna que iría de la pasión a la interiorización total: la Sonata para piano nº 14 en do menor, K 457 (1784) tripartita y casi “revolucionaria” más que “patética”, Sturm und drang (tormenta e ímpetu) en sus tres movimientos  (Molto alegro – Adagio – Allegro assai), contrastes brutalmente delicados dando paso al Adagio para piano en si menor, K 540 (1788) y cual siguiente plegaria que acalló hasta el respirar, la transcripción que hiciese Liszt del Ave verum corpus, K 618 (1791), escuchar este himno sin coro ni orquesta con la misma emoción e interiorización que el original, el respeto del Abate por el “inocente loco de Salzburgo” ingresado en estos extramuros históricos.

Público entregado, discreción en los saludos y si los 90 minutos “de disco” el directo los mejora, el regalo del CD dedicado a “Mein Gott”, de la Organ Sonata nº 4, BWV 528, el II. Andante (Adagio) en transcripción de August Stradal redondeando un gran recital de un gran intérprete con personalidad propia transmitiendo un sonido único que las grabaciones nunca reflejarán como pudimos escuchar todos los melómanos que llenamos el Patio de los Mármoles más cálido que nunca por ese juego de palabras que no nos dejó fríos a ninguno de los presentes, salvo alguna “loca” quejándose de lo largo que merecía quedarse ingresada como “pobre de espíritu”…

El piano mágico de Seong-Jin Cho

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Domingo 4 de junio, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo, Jornadas de Piano «Luis G. Iberni», concierto de clausura: Seong-Jin Cho (piano). Obras de Brahms, Ravel y Schumann.

Con expectación, aunque el público esta vez no respondió como se merecía, llegaba en gira a «La Viena Española» el pianista surcoreano Seong-Jin Cho (Seúl, 1994) para clausurar estas «jornadas del reencuentro» con un programa verdadero «tour de force» para todo pianista por la magnitud de las obras elegidas, y ciertamente no defraudó. Avalado por muchos premios internacionales, formado en París y residente en Berlín, Seong-Jin hizo del piano una chistera de donde salieron colores, serpentinas y confeti, acuarelas… y hasta los fantasmas de Brahms y Schumann que parecen hacerse quedado impregnados en este auditorio tras una temporada que de nuevo ha puesto el listón muy alto.

©ShivaKesch

No hace falta leer críticas de los conciertos de esta nueva figura del piano, aunque repita programa, muy preparado lógicamente, para ver que el coreano deslumbra en todas sus apariciones. Dotado de una técnica asombrosa que le permite arrancar del piano todas las sonoridades imaginables adaptadas a cada compositor, solidez interpretativa en un solista que no ha cumplido la treintena aunque lleve desde los 6 años frente al teclado, y parece increíble cómo puede pasar del romanticismo al impresionismo con una facilidad pasmosa. Seong-Jin Cho ya está en la élite de los pianistas de nuestro tiempo, música a borbotones desde una gestualidad tanto digital como corporal que le transforma frente al teclado. Encogido, separado, girado en la banqueta, de pies inquietos pero con un manejo de los pedales impecable, interiorización previa, con una gama de matices increíble desde una aparente fragilidad física sacando fortissimi orquestales y pianissimi íntimos, madurez juvenil de fraseos naturales y naturales, pero sobre todo su sonido bellísimo y tan trabajado que el Steinway© del auditorio sonó como nunca, sin castañeteo en los agudos y con graves poderosos que dotaban cada página de una pátina indescriptible por la mencionada magia del surcoreano.

Las notas al programa de Ramón Avello desgranan las obras de los tres compositores y Cho las convirtió en magia sonora al piano. Sonaría primero Johannes Brahms (1883-1897) y sus líricas e instrospectivas Klavierstücke, op. 76 (1878) que fueron la mejor presentación del surcoreano, eligiendo cuatro de las ocho piezas (I. Capriccio en fa sostenido menor. Un poco agitato; II. Capriccio en si menor. Allegretto non troppo; IV. Intermezzo en si bemol mayor. Allegretto grazioso; V. Capriccio en do sostenido menor. Agitato, ma non troppo presto) donde poder volcar toda su creatividad tanto sonora como interpretativa en estas «piezas para piano» que alternan la emoción apasionada con la meditación y delicadeza. Como explica Avello sobre Brahms, utiliza dos nombres como títulos genéricos, «Capriccio» e «Intermezzo» para dicha diferenciación expresiva, cuatro números mágicos desde la primera dedicatoria a Clara Schumann, «el fantasma del auditorio» que no quiere marcharse, al popular segundo capricho donde se respira aire zíngaro, del interiorizado cuarto donde la gestualidad del surcoreano acompañaba una expresividad germana, hasta rematar con esa lucha entre la tensión violenta y la inestable serenidad de dos manos que sonaban como cuatro, siempre usando una pedalización perfecta para poder escuchar todas y cada una de las notas con la presencia y volumen justos.

Y casi complemento de la primera, la segunda parte dedicada a Robert Schumann (1810-1856) y sus Estudios sinfónicos, op. 13 (1834-1835) donde también incluirá dos de las variaciones póstumas escritas en 1837 (1. Tema. Andante; 2. Variación 1: Un poco più vivo; 3. Variación 2; 4. Étude 3: Vivace; 5. Variación 3; 6. Variación 4; 7. Variación 5; 8. Variación IV de Variaciones póstumas; 7. Variación 6: Allegro molto; 8. Variación 7; 9. Variación V de Variaciones póstumas; 10. Étude 9: Presto possibile; 11. Variación 8; 12. Variación 9; 13. Finale. Allegro brillante). El «piano chistera» volvió a expulsar todo lo que estas páginas esconden, temas velados que aparecen mágicamente, unos bajos «pellizcados» para que la melodía emerja como un ruiseñor de semicorcheas celestiales, otro fantasma como el de Paganini donde el piano es violín y orquesta virtuosa, arpegios y corales organísticos de reflexión mística, la cuarta variación póstuma de un recordado «Carnaval» saliendo de la caja armónica, la séptima variación evocando al «dios Bach» transmutado a las 88 teclas cual orquesta sinfónica donde las secciones están en las blancas y negras que lograban sonar siempre ricas, limpias, atmosféricas, líricas y contundentes, todo en el piano mágico de Cho.

Pero quiero pararme en Maurice Ravel (1875-1937) por lo etéreo, evanescente, rompedor en su momento, más allá del «impresionismo» de Debussy porque como buen orquestador que fue, su paleta instrumental ya se nota en su obra pianística, y ninguna mejor que Miroirs (Espejos)  compuesta entre 1905 y 1906, cada vez más actual cuando se acierta con el sonido, y Seong-Jin Cho fue mago y pintor de timbres todos bellos, variados, ricos, inimaginables en todo el teclado, que personalmente intenté buscar por internet alguna ilustración (como las de mi admirado Jorge Senabre) que completasen lo experimentado tras la interpretación de este «juego de espejos» del hispanofrancés a cargo del surcoreano que estudió en París, más salitre cantábrico que mediterráneo aunque no estaría mal escucharle interpretar a Mompou.

Cinco cuadros de un joven compositor pintados por otro joven pianista, «el intento de captar el alma o la visión de las cosas que vive detrás de las apariencias» en palabras de Ramón Avello, y cinco dedicatorias a los amigos de Ravel integrando en «Los Apaches». Como si de una acuarela se tratase por la ligereza del trazo, mezclando el color sobre el papel, retocando a veces con tinta china, manchas y líneas, así fue creando Seong-Jin cada obra en un personal «promenade» también gestual: I. Noctuelles (Polillas). Trèsléger, como el vuelo hacia la luz en un baile sin danzantes; II. Oiseaux tristes (Pájaros tristes). Trèslent, dedicada a nuestro Ricardo Viñes que estrenaría estos «espejos», aire mediterráneo y melancólico en el París centro artístico de inicios del XX donde el canto del mirlo parecía recordar la Iberia trasmontana; III. Une barque sur l’océan (Una barca en el océano). D’un rythme souple, de nuevo el Cantábrico de trazo ligero, colores dibujados en modo menor para descubrir un oleaje de arpegios pintados al piano; IV. Alborada del gracioso. A ssezvif, lo más español desde la infancia raveliana en Ciboure y San Juan de Luz, la pasión vasca desde un piano guitarrístico, pleno de ritmo, de profundidad sonora tan «ibérica» como la de Albéniz y esperando también un acercamiento de Cho a la «biblia del de Campodrón» porque puede ser todo un acontecimiento; finalmente V. La vallée des cloches (El valle de las campanas). Très len, un piano pleno de tímbricas más allá de las indicaciones de la partitura, la tranquilidad expresiva del surcoreano en otro alarde mágico de sonoridades sutiles, llenas, redondas, que remataron un Ravel más allá de lo esperado.

Y tras Brahms, Ravel y Schumann, aplausos de admiración y respeto obligando a varias salidas del pianista con dos propinas que tiene registradas en su último CD «The Handel Project» editado con el sello amarillo, y engrosando un plantel de jóvenes intérpretes que ya son figuras mundiales.

Un Händel tan sorprendente como el Purcell de Don Gregorio, la vuelta de tuerca por retornar para el piano el universo barroco y la inspiración del hamburgués. Primero el IV. Menuet de la Suite en si bemol mayor, HWV 434 en el arreglo de W. Kempff, uno de mis intérpretes de juventud, y después el IV. Air de la Suite en mi mayor, HWV 430, no ya magia del número 4 que cierra las suites, el propio contraste de dos páginas que el piano de Cho reinterpretó con unas ornamentaciones limpias y precisas, matizadas, sutiles, sin excesos dinámicos y utilizando el piano como tal sin buscar imitaciones clavecinistas, cercano y actual solo al alcance de los magos del piano, y Seong-Jin Cho ya lo es.

Eva Zaïcik Regina

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Miércoles 31 de mayo, 20:00 horas. Sala de cámara del Auditorio de Oviedo. Clausura de la X Primavera Barroca, Royal Haendel: Eva Zaïcik (mezzo), Le Consort. Obras de Haendel, Ariosti, Vivaldi y Bononcini.

La música es universal y el cierre de esta décima «Primavera Barroca» en colaboración con el CNDM, asistiendo su director Francisco Lorenzo, fue la mejor prueba con obras un compositor alemán emigrado y nacionalizado inglés que adoraba la ópera italiana, e interpretado por unos jóvenes franceses (el día antes en Madrid) que pusieron el broche de oro a este mes de mayo y a un ciclo plenamente consolidado que llena el aforo y pide más barroco.

La reina que nos postró a sus pies fue la mezzo francesa Eva Zaïcik (17 de julio 1987), tomen nota del nombre porque es un portento y además no sólo en este repertorio barroco. Una mezzo de las de verdad, con voz rotunda y emisión clara, de un color personal, tesitura amplia y homogénea (pese a lo complejo de las obras elegidas), fraseos elegantes y refinados, dinámicas perfectas y una dramatización para cada personaje verdaderamente prodigiosa y cercana. Desde mi fila 4 pude disfrutar de su técnica asombrosa, de unas agilidades limpias y expresivas, con los «da capo» bellamente enriquecidos y exprimidos con todos los contrastes posibles, de su gestualidad y respiración controlada al máximo, de unos pianissimi y filados impresionantes.

Si su interpretación fue para recordarla mucho tiempo, aún brilló más gracias a un sexteto impecable como este ensemble Le Consort, equilibrado, bien balanceado, capitaneado por Justin Taylor desde el clave y la violinista Sophie de Bardonnéche, pero destacando todos ellos por una tímbrica homogénea, una matización barroca y elegante, un continuo con el chelo de Hanna Salzenstein virtuoso en su momento y feliz sustento junto al contrabajo de Hugo Abraham. De Augusta Mckay Lodege y Clément Batrel-Génin el complemento tímbrico por entendimiento y sonoridad perfecta, pasajes a unísono muy cuidados, contestaciones entre violines, viola y chelo trabajadas hasta la última nota y brillando en las páginas situadas entre las partes cantadas, mientras en éstas el acompañamiento hizo brillar aún más a la mezzo francesa con un repertorio que tienen muy trabajado y se nota desde el primer acorde.

De la «reina Zaïcik» destacar todo lo que cantó, y que se escuchaba en la «Royal Academic of Music» londinense junto a G. F. Händel,Haendel o Handel (Halle, 1685 – Londres, 1759) ya nacionalizado inglés, compositor y empresario que contrataría a estos músicos italianos que completaban el programa. La emotiva y patética aria de Ventura «Sagri nurni» perteneciente a Caio Marzio Coriolano (1723) del boloñés Attilio Ariosti (1666-1729), recién descubierta en la Biblioteca de París como nos contó el maestro Taylor al inicio, o Giovanni Bononcini (1670-1747) con la brava aria de Amulio «Strazio, scempio, furia e morte» perteneciente a la ópera Crispo (1721), más todo el «Royal Haendel» en buena alternancia entre lentas y rápidas que redondearon un atractivo y completo recital.

Eva Zaïcik asumió los distintos roles de Haendel: Sesto, Almirena, Tolomeo, Jerjes…) que escribió para aquellas voces de entonces (los castrati Senesino o Caffarelli) deslumbrando no solo técnicamente sino por la ya mencionada dramatización: arias patéticas y lentas contrastadas con las de bravura rápidas. No faltaron los «hits» que siguen siéndolo en todas las versiones que siguen sonando, pero que la mezzo francesa hace suyas: Lascia ch’io pianga de «Rinaldo», Stille amare de «Tolomeo», la Matilda del Ah! Tu non sai’ de «Ottone, re di Germania», HWV 16 (1772), y por supuesto las dos arias de Sesto en «Giulio Cesare in Egitto» HWV 17 (1724), con el Crude furie degl’orridi abissi pletórica de musicalidad en estado puro sin artificios vacuos, huyendo de lo que llamo «pirotecnia vocal» primando la expresividad al servicio de cada página (la dramatización del aspergermi d’atro veleno! impactante y literal «¡Impregnadme de atroz veneno!»), con esa voz rotunda y cálida a la vez, saltando del agudo al grave con esa facilidad engañosa, pues cuando lo difícil no lo parece es síntoma de perfección, y «la Zaïcik» reinó en este repertorio, consiguiendo momentos de total emoción donde solo se escuchaba su voz con un silencio sepulcral, creciendo en intensidad dramática a lo largo de las dos partes de este regalo de recital.

Le Consort brilló con luz propia, desde la obertura de «Rinaldo», el Concierto para violín en si bemol mayor, HWV 288 para lucimiento de Sophie de Bardonnéche bien «contestada» por Augusta McKay Lodege, el siempre seguro clave de Justin Taylor acertando en la elección de los registros y con unas ornamentaciones que aún lucirían más en las arias, y en el A. Vivaldi (1678-1741) elegido cambiando «La follia» RV63, por otra parte ya escuchada en este ciclo, por la Sonata n°1 op. 1, RV 73 plenamente veneciana, Italia exportable y de moda en la Europa del XVIII, de intro «otoñal» más la «Gavotta» final con la que salir ganando por el cambio de «Il prete rosso» (que presentaría en inglés la violinista solista, mientras el clavecinista lo hizo al principio en perfecto castellano, al igual que Eva Zaïcik antes de las propinas).

No podía faltar algún oratorio del alemán en la corte británica, por lo que el Recitativo y aria de Dejanira Where shall I fly? (acto III, escena 3) de «Hercules», HWV 60 (1744) de-mostraría la primera «locura» vocal de esta mezzo igual de impactante en el idioma de Shakespeare, una verdadera interpretación que remataría su presencia y canto regio lleno de los claroscuros barrocos… ¡Inolvidable Zaïcik!.

Con el público entusiasmado por la calidad, la cercanía y el sentimiento, otro «hit» que no puede faltar y primer regalo: Ombra mai fu de «Serse» con una introducción instrumental al mismo nivel que la mezzo francesa, una perla más engarzada en este collar de diamantes para el «Rey Haendel».

La emoción, con lágrimas contenidas o derramadas (textual Lascia ch’io pianga), piel de gallina y pelos como escarpias, llegaría con El lamento de Dido (del «Dido y Eneas» de Henry Purcell (1659-1695), segunda locura por parte de «la Zaïcik» y Le Consort, la desolación y muerte más expresiva de la lírica con el cello trágico antes de entrar todo el ensemble con esa carga dramática que desveló esta reina Dejanira. Todos a sus pies y larga vida Zaïcik Regina. No se olviden del nombre, escúchenla cuando puedan, en vivo siempre mejor.

Pérdidas inspiradoras

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Domingo 28 de mayo, 20:00 horas. Sala de cámara del Auditorio de Oviedo, CIMCO (2ª edición): Josu de Solaun (piano), Adolfo Gutiérrez Arenas (violonchelo), Jesús Reina (violín), Rumen Cvetkov (viola), Ici Díaz (actriz). «Amor y pérdida»: obras de R. Schumann y Brahms. Entrada: 8 €.

Clara Wieck Schumann (1819-1896) resucitaría esta tarde de domingo en la asturiana Ici Díaz que con las cartas de la pianista y compositora darían el hilo argumental del amor y la pérdida, la unión de dos músicos en su vida, la inspiración de Robert Schumann desde el Leipzig donde arrancaba la narración, hasta el amor eterno de Brahms.

El planteamiento del ciclo ovetense por añadir a la música elementos unificadores se agradece y es plenamente exportable: iluminación, utillaje suficiente y vestuario de época, siendo muy aplaudida la actuación de la actriz afincada en Gijón con un guión bien organizado, que además presentaba cronológicamente las obras interpretadas de forma magistral por dos grandes solistas como Adolfo y Josu que cuando se unen comparten estas obras que tienen plenamente interiorizadas e incluso grabadas para el sello Odradek bajo el título «Loss & Love«, donde aparecen las obras hoy contadas de Robert Schumann (1810-1856).

Escuchaba hace un año a los dos músicos en Radio Clásica hablando de este disco, decir que se habían encontrado dos mudos, y el pianista se pregunta «¿Qué hay que hablar? Si la música dice tanto ya». Las palabras las puso Clara Wieck pero la música las sobrepasó con las obras de Schumann en la interpretación de estos dos enormes músicos como Josu de Solaun (1981) y Adolfo Gutiérrez Arenas (1975), feliz reencuentro de piano y violonchelo que ambos disfrutan y lo transmiten al público, hoy entregado en esta sala ideal para la llamada música de cámara tan necesaria e inspiradora. Si del chelo se dice es el más parecido a la voz, el del «asturiano» respira, canta cada movimiento, frasea como pocos, el sonido es rotundo y delicado, pero con el piano del valenciano el entendimiento es absoluto, la complicidad increíble, la gama dinámica impresionante y el protagonismo compartido una cualidad mayor y sin egos.

Para corroborar todo lo anterior, comenzarían con la Fantasiestücke Op. 73 (1849) compuesta por Schumann en uno de sus momentos más felices en Dresde, «la Florencia del Elba». Todo el amor del dúo por la música en tres movimientos (I. Zart und mit Ausdruck
II. Lebhaft, leicht
III. Rasch und mit Feuer
) que supusieron un verdadero y sentido homenaje a sus padres fallecidos (siempre recordaré al gran Adolfo Gutiérrez Viejo y esta tarde a su madre Lola Arenas, presente y orgullosa de su hijo). La expresión musical del dolor y el amor, el paso de la oscuridad a la luz, las pérdidas irreparables con una interpretación desde lo más hondo de los dos intérpretes, que explican las palabras de ambos en el libreto del CD: «Al mismo tiempo la bendición y energía en forma de amor eterno que nos legaron y que les hace tan inmortales como esta música, porque sólo el verdadero amor puede quitar transcendencia y peso a la muerte».

Otro tanto podría decir del Adagio y Allegro Op. 70 (1849), la hondura del cello y la delicadeza el piano, obra de la que Clara Schumann comentaría: «La pieza es brillante, fresca y apasionada… justo el tipo de pieza que me gusta» y compartimos todos los presentes. Como la primera de las obras, el propio compositor las prepararía para otros instrumentos (clarinete, trompa, viola…), pero está claro que el violonchelo consigue una sonoridad más completa y rotunda, algo en lo que Adolfo G. Arenas despunta siempre. Si el piano va paralelo y respiran juntos, la versión de ambos supuso otra delicadeza.

Y para concluir con el gran romántico alemán, sus Fünf Stücke im Volkston, op. 102 (Cinco Piezas en Estilo Popular (1849) que el dúo tiene muy rodado, lo que se aprecia en cada una de las cinco (I. «Vanitas vanitatum». Mit humor; II. Langsam; III. Nicht schnell, mit viel. Ton zu spielen; IV. Nicht zu rasch; V. Stark und markiert). Lástima la interrupción en la «canción de cuna» segunda, por la salida intempestiva de una espectadora, aunque lo reiniciaron y se mantuvo el clima creado, el amor sobre la pérdida, los aires rítmicos que el piano empujaba llevando «de la mano» el canto del cello. Perfecto colofón a dúo de estas páginas de Schumann de las puedo repetir lo que escribí el pasado verano: «Sonoridades talladas en cada una de ellas, intenciones claras tomando los títulos de referente interpretativo: Mit Humor, canción sin palabras cantada por el cello y contestada al piano, Langsam (lentamente) verdadera delicia de fraseos y equilibrios dinámicos, Nitcht schnell (no rápido) suficiente para degustar las sutilezas de Schumann en ambos instrumentos, Nicht zu rasch (no demasiado rápido) de consistencia tímbrica y resonancias increíbles antes de la quinta Stark und markiert (fuerte bien marcada), contundencia en las teclas y el arco, la precisión con emoción que hace grande el dúo en un mismo idioma».

Y el eterno enamorado de Clara, amor y dolor de Johannes Brahms (1833-1897), pianista, violinista, compositor, amigo, defensor y admirador de los Schumann con los coletazos románticos para una Europa donde lo nacional comenzaba a inspirar tanta música que el hamburgués hizo convivir. Para el Cuarteto con piano nº3 en Do menor, Op. 60 (1875) se sumaron al dúo el violinista malagueño Jesús Reina (1986) y el violista búlgaro Rumen Cvetkov (1979) que dieron el paso en el tiempo y también el poso de este tercero de los cuartetos, suma de calidades para esta pieza de un joven Brahms que la comenzó durante la última enfermedad de Robert Schumann, debatiéndose el de Hamburgo entre la desesperación por su amigo y el amor por Clara, como nos lo contó «Ici Wieck». Ya de mayor confesaría a su editor el paralelismo con el Werther de Goethe (donde un joven se suicida por un amor no correspondido). De los cuatro movimientos (I. Allegro non troppo; II. Scherzo (allegro); III. Andante; IV. Allegro cómodo) los exteriores enmarcan los interiores transmitiendo una especie de inquietud que comienza inmediatamente con las sorprendentes octavas iniciales del piano, siempre poderoso en las manos de Solaun. Brahms emprende sus viajes interiores y compositivos dejando una sensación de algo aún por decidir.

Los movimientos retoman los diversos estados de ánimo que aparecen y desaparecen en el Allegro non troppo inicial.

De las piezas de música de cámara de Brahms, las que incluyen el piano aprovechan la potencia, el registro y el contraste del instrumento con las cuerdas, un trío siempre bien definido y equilibrado por el trío, aunque el piano parecía marcar e indicar cada entrada. En el Scherzo empujaría al conjunto desde el comienzo hasta el enérgico final, enfatizando el espacio más introspectivo del tierno Andante, donde el piano desempeña un papel amable apoyando unas cuerdas cálidas y bien legati junto al uso decorativo del pizzicato. Si el violín toma la iniciativa en el Finale, el Allegro comodo (sólo de calificativo) comienza con un motivo aparentemente sencillo mientras por debajo será el piano quien transmite la energía, con  Brahms aprovechando las posibilidades de intercambio animado con las cuerdas frotadas. El patrón reiterado nos recuerda el motivo que Beethoven usa en su quinta sinfonía (bautizada como «del destino»), otro acto de amor, pérdida inspiradora y respeto hacia el admirado sordo genial. Los pasajes de tema lírico empujan hacia un final  bullicioso e impresionante.

Impresionante interpretación de este cuarteto para la ocasión que levantó al público de sus asientos, con dos bises: el II. Scherzo (allegro) y el III. Andante con el «inicial dúo cello-piano» porque todos estábamos felices, compartiendo amor por esta música, una joya de partitura (elevada por Solaun) y emoción compartida por los cuatro músicos que transmitieron pasión y entendimiento, junto a Ici Díaz completando todo un espectáculo, casi para repetir completo el tercero de los cuartetos de Brahms.

«Cada uno de nosotros tiene un ángel de la guarda que se llama Clara» (J. Brahms).

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