Inicio

Deuda saldada

Deja un comentario

Jueves 8 de febrero, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo, Jornadas de Piano “Luis G. Iberni”: Khatia Buniatishvili (piano). Obras de Brahms, Tchaikovsky y Liszt.

Oviedo, Pablo Siana | 09.02.2018 | 03:45
Khatia Buniatishvili retornó ayer a Oviedo para ofrecer el concierto que, inicialmente previsto para el 3 de diciembre, tuvo que retrasar por una insuficiencia respiratoria acompañada de un proceso febril.
Un recital incluido en el programa de las Jornadas de Piano “Luis G. Iberni”, que patrocina LA NUEVA ESPAÑA, y en el que la intérprete georgiana integró dos mundos: el íntimo, casi religioso, frente a la pirotecnia para todos los públicos.

En un concierto rebosante de música, Khatia Buniatishvili se empleó con elegancia y equívoca facilidad por la sencillez, llena de delicada fortaleza.

Su pieza inicial, la Sonata para piano nº 3 en fa menor de Brahms, precisa de una madurez que a la georgiana le viene por genética. La pianista deleitó en sus cinco movimientos diferentes y únicos. En el primero, un Allegro maestoso, ofreció una arrebatadora entrada, acallando aplausos y pasión como el rojo vestido que apenas dio tiempo a digerir. En el segundo, Andante espressivo, rindió un íntimo tributo a las otras “B” (Bach y Beethoven) por un Brahms con la óptica femenina, también “B” mayúscula, de Buniatshvili, pero minúscula por bostezo y carraspeo, cuando no tos nada griposa sino de aburrimiento, por parte del público no preparado para esta sonata exigente. Una parte del público a la que el tercero, Scherzo: Allegro energico – Trio, provocó un despertar con volúmenes amplios y abrumadora limpieza.

El cuarto movimiento, Intermezzo: Andante molto, otra interiorización y tributo de Brahms a “la quinta” de su adorado sordo, fue dinámico, delicado y arrebatado en esa mezcla que Buniatishvili domina desde su técnica y musicalidad asombrosa previa al quinto, Finale: Allegro moderato ma rubato, como esperado fin de trayecto en una primera parte locuaz pero introvertida. Como los propios gestos de la giorgiana.

Chaikovski es seguro de triunfo sobre todo su Cascanueces cuya suite el también virtuoso M. Pletnev (conocido en Oviedo) arregló en siete números donde de las danzas hizo Buniatishvili virtud al piano recreando sonoridades propias más que orquestales por matices y velocidades diversas.

Y cerrando velada el Liszt endemoniado, siempre cortando aplausos, sin rodeos ni poses o tics, apurando respiración, primero el Vals Mephisto nº 1, del paraíso perdido al abismo emocional, implosión y explosión virtuosa antes de apurar la Rapsodia española, S.254. Tributos de húngaro y georgiana a nuestra música más que la jota, con visiones internacionales donde los dedos se entrenan pero la mente sigue dominando.

Kathia Buniatshvili, KB para abreviar, asombrando como siempre, aún nos regaló un poco de la Rapsodia húngara y mucho del otro KB, el “Kantor Bach” con un Coral que de nuevo puso a Oviedo en el mapa de la música.

P. D.: El texto corresponde a mi reseña para La Nueva España (en la edición digital solo para suscriptores) de la  madrugada del viernes a la que desde casa he añadido mis fotos, salvo la indicada que ilustraba el periódico, y los habituales «links» enlazando temas y autores.

Cimientos musicales solidarios

1 comentario

Viernes 2 de febrero, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo, Concierto Solidario “Día mundial del Cáncer”. Lola Casariego (soprano), Francisco J. Sánchez (tenor), Gianpaolo Vadurro (piano), Coro y Orquesta de la Universidad de Oviedo, Coro “Bloque al canto” del Colegio de Aparejadores de Asturias, Pedro Ordieres y Joaquín Valdeón (directores). Donativo: 15 €.

No solo en tiempos de crisis, aunque parezcan peores, es habitual encontrarnos con actos solidarios para recaudar fondos destinados a todo tipo de necesidades. La música siempre mueve públicos de todo tipo y la lucha contra el cáncer también, pues rara es la familia que no ha tenido cerca esta enfermedad contra la que seguir luchando, más ahora que ha dejado de ser sinónimo de muerte aunque siga sumiéndonos en tristeza o pesimismo, algo contra lo que la AECC lleva décadas trabajando. Su Junta Provincial en Asturias trajo este primer viernes de febrero la música para celebrar el “Día mundial del Cáncer” en el Auditorio de Oviedo como recordó en la presentación mi querido amigo el televisivo Laude Martínez, esa lucha sin bajar la guardia que podemos hacer extensivo a la música no ya como terapia contra todo dolor sino también como perfecta herramienta solidaria en este edificio nacido para ella donde también se han celebrado congresos, exposiciones y todo tipo de eventos no siempre solidarios, cuestionándose ahora la seguridad después de veinte años.

Agradecer las colaboraciones de la Universidad de Oviedo, del Ayuntamiento o de El Corte Inglés para adquirir las invitaciones incluso de fila cero para ayudar a mantener la batalla contra el cáncer, porque investigar cuesta dinero al igual que estudiar música, algo imposible en nuestro país hace años pero que tristemente vuelve a descuidarse en los presupuestos, por lo que el donativo de 15 euros sabe a poco para esta causa donde se nos ofreció un concierto con artistas de casa y solidarios, como la profesión o afición que han elegido, cuyo arduo trabajo, casi siempre invisible, no tiene más recompensa que el aplauso. Y celebraciones siempre con la música, también asturiana solidaria y desde el corazón de todos.

De los intérpretes quiero comenzar citando a la soprano ovetense Lola Casariego, cuya trayectoria sigo desde finales de los 80 (conservo tres casetes grabadas desde la tele con el Acis y Galatea de Literes) cuando dio el salto desde la cuerda de segundas del Coro Universitario, hoy también presente, para comenzar una carrera de fondo dura e imparable, donde ha tenido que redescubrirse hasta llegar a este 2018 plenamente asentada con un trabajo para el que no hay vacaciones ni todos los contratos deseados. Con ella nuestro “hijo adoptado” más que adoptivo Francisco J. Sánchez, un habitual del Festival Lírico del Campoamor donde hemos podido disfrutarle como tenor (no me gusta la etiqueta de actor cantante porque todos los cantantes deben actuar y los actores cantar…) en títulos como La Marchenera, El Terrible Pérez (2016) y especialmente el Maharajá (2017) cuyo escanciado y asturianía (amén del «puto yoga») le valió mi bautizo como ATA (Adoptado Tenor Asturiano) al querido Paco que sigue ganando repertorio y color vocal.

A esta pareja de solistas le tocó abrir concierto, cimentar una velada para todos los públicos y gustos
con acompañamiento de piano, alternando soprano y tenor obras variadas desde la canción de concierto a la ópera pasando por la zarzuela hasta la opereta, que paso a desgranar.
La bella página A Chloris de Reynaldo Hahn no puede faltar en un recital de Lola porque la hace suya, aperitivo ideal antes de Le violette (Alessandro Scarlatti), «canzonetta» o aria antigua de la ópera «Pirro e Demetrio», habitualmente interpretada por soprano pero válida para cualquier voz con Paco defendiéndola con solvencia, ampliando repertorio y registros, de agilidades bien resueltas y proyección suficiente.
El aria Ecco l’orrido campo de «Un ballo in maschera» (Verdi) pienso que no fue buena elección entre el amplio repertorio operístico que la ovetense tiene, más por color que tesitura esta Amelia, incómoda igualmente, y con un piano inseguro que no la ayudó finalizando el «Miserere» calada. De la conocida Jota de Falla por parte del tenor madrileño podría comentar lo mismo, el pianista venezolano perdido en el acompañamiento (el único original de la velada), supongo que por no tratarse de la versión aguda (soprano o tenor) sino de mezzo / barítono, registro más grave que no proyecta como un tenor aunque «la despedida» fuese auténtica haciendo mutis por la puerta lateral.

Mucho mejor las siguientes apariciones por parte de los tres, la Santuzza de «Cavalleria rusticana» (Mascagni) parece compuesta para Lola Casariego que mantiene el color y dominio grave de mezzo con las agilidades de este rol, por lo que el aria Voi lo sapete, o mamma brilló con el dramatismo requerido al que Vadurro también colaboró. Y Francisco J. Sánchez sí pudo ser el Leandro de mi tocayo Sorozábal cuya zarzuela «La tabernera del puerto» volveremos a disfrutar en junio para cerrar las bodas de plata del Festival Lírico ovetense. La romanza No puede ser es tan exigente o más que muchas arias operísticas, Paco la lleva en la sangre y el trabajo en la dirección correcta le ha permitido cantarla cómodo, fiel a la partitura sin respiración alguna en el final, afinado y convincente sin buscar excesos que pueden ser tan perjudiciales como el tabaco. Zarzuela de nuestra historia y tradición con páginas imperecederas, bien sentida por Lola que brilló en Sierras de Granada de «La tempranica» (Giménez), demostrando rigor, honestidad y entrega máxima, luciendo ambos una virtud que parece perderse muy a menudo como es la exquisita vocalización de cada romanza.

Y qué mejor que el dúo de «La Dolorosa» (Serrano) para reivindicar nuestro género, papeles de Dolores y Rafael perfectamente dramatizados en escena con el piano en reducción orquestal, intimismo y emoción para lograr transmitirla a un público ya entregado a esta pareja.

Todos deberíamos presumir de nuestra música, genuinamente española y llamar a la opereta «la zarzuela vienesa», pues eso es entre otras “La viuda alegre” (Lehar) cuyo conocidísimo dúo Lippen Schweigen por parte de Paco y Lola (con piano) ni siquiera necesitó cava o sidra champanada para imaginar y compartir desde nuestras butacas el ambiente de salón en escena, elegancia, saber estar y final ideal para esta primera parte.

La segunda parte sería universitaria con refuerzo de aparejadores para finalizar un edificio solidario y sentido, primero la Orquesta Universitaria que continúa formación y ensamblaje en este su primer curso académico con Pedro Ordieres al frente, y tras su presentación navideña con Händel más los asturianos Ordás y Martínez, tocaba retomar pulso con el siempre festivo Haydn en este primer viernes preparando Carnaval y Cuaresma, lo profano y lo religioso conviviendo como la propia vida y la música, para seguir engrasando, empastando, completando sonoridades y entendimiento. “Junior”, como llamo cariñosamente a Pedro, hijo menor de Alfonso Ordieres Rivero que fundase esta orquesta en 1979, pionera entonces (y de momento el último de la saga), conoce este repertorio desde crío, así que elegir la última sinfonía de Papá Haydn, la número 104 en re mayor, no es casual. Sus cuatro movimientos bien diferenciados permiten trabajar cada sección para ir armando esta construcción musical, verdadero edificio sinfónico al que generaciones posteriores siempre han mirado, compositores y formaciones, así que la dirección de los universitarios es correcta, de menos a más con detalles que incluso las orquestas profesionales tampoco solventan satisfactoriamente, quedándome con el “Finale Spiritoso” como meta y objetivo por otra parte lógico y literal como la indicación del aire. No se puede pedir más en menos tiempo.

Y tenía especial interés en volver a escuchar el Stabat Mater Speciosa de Gabriel Ordás (Oviedo, 1999) estrenado en la Catedral el pasado 18 de diciembre contado por mí desde las mismas páginas de La Nueva España que también publican la crónica de este, y que en el blog dejé entonces idéntica para publicarla después que la prensa, aunque esta vez quise alargarme mucho más con la libertad de no limitarme espacio y poder añadir vínculos (links) que siempre enriquecen.

Sumando esfuerzos y sonoridades a la Orquesta Universitaria llegaría el relevo en el podio con Joaquín Valdeón y “sus” dos coros, el Universitario más el de Aparejadores, Bloque al canto cual metáfora musical para un concierto construido con los mejores materiales para crecer en altura, disfrutando nuevamente del Stabat Mater de Ordás. Volver a recordar su edad ¡18 años! pero de una hondura diría fuera de esta época, atemporal y nada casual, fruto de una formación humanística sumada a un talento innato acrecentado por un inspirador trabajo incansable con todos los apoyos familiares y profesionales. Cada obra es admirable y su capacidad compositiva envidiable, esperando volver a escuchar otro estreno este mes con la OSPA (el 22 en Avilés y el 23 en Oviedo con Milanov dirigiendo Onírico). Stabat Mater Speciosa, imagen de la Virgen no dolorosa con su hijo muerto sino con el Niño triunfante y dulce, como sonó de nuevo con un coro reforzado y una orquesta un poco corta en plantilla pero dando su dimensión real, auditorio mejor que catedral con trampa y cartón acústicos por engañosos al oido, esta vez en el espacio pensado para la música, ya trabajado e interiorizándose aún más por parte de todos, con mayores dinámicas plenamente asentadas donde se agradeció el aumento vocal aunque se pierda color, y necesitando más efectivos de cuerda para una plantilla con amplia percusión más órgano, que pese a ello consiguió los balances ideales para unas melodías bien construidas capaces de emocionar cantando en latín.

La vida sigue dándonos regalos, cada día uno, con belleza, calidez, esperanza, solidaridad, esta vez contra el cáncer pero que nunca nos falte, seguir luchando sin desfallecer, sin bajar la guardia, sea en cualquier faceta, con la música como la mejor terapia y motor vital, el mismo ímpetu juvenil que el de este primer viernes de febrero.

Siempre progresando

1 comentario

Lunes 29 de enero, 20:00 horas. RIDEA, Oviedo: La Castalia, Concierto de Clausura Curso de Repertorio Vocal. Manuel Burgueras (piano), Begoña García-Tamargo (directora artística y profesora de canto). Inés de Arvizu, Nora Chena, Canela García, Carla Romalde y Janeth Zúñiga (sopranos), Nerea González, María Heres (mezzosopranos), Adrián Begega (tenor), Ricardo Barrul, Pedro La Villa (barítonos).

Oviedo sigue manteniendo, a pesar de los recortes económicos, una tradición cultural y musical de muchos lustros donde la lírica forma parte de su propia historia y la de toda Asturias, con una temporada de ópera estable desde 1948, siendo la segunda más antigua de España, más la no siempre querida zarzuela que este año alcanza sus bodas de plata en el llamado Festival de Teatro Lírico Español, de nuevo con solo dos únicas funciones pero manteniendo con el titular madrileño la única oferta permanente de nuestro género por excelencia. Por todo ello es lógico pensar que la afición al canto haya surgido de forma espontánea en nuestra tierra, se hayan formado cantantes que estamos exportando a coliseos no solo europeos sino sudamericanos y hasta orientales, siendo consecuencia de ello que también figuremos como objetivo no ya en la programación, igualmente necesario, sino también en la formación, esa que nunca finaliza.
La Castalia apuesta por formar nuevas voces en unos cursos que sigo hace años, y sus conciertos finales suponen no ya la prueba de fuego necesaria para todo cantante sino el escaparate donde ofrecerse para proyectos de todo tipo. Su directora artística y profesora Begoña García-Tamargo hizo una defensa de nuestras voces, pidiendo les den más peso en los repartos, así como una encendida apuesta por la zarzuela en Oviedo, plenamente exportable y poco defendida sin entrar en detalles ni responsabilidades, que haberlas haylas.

Este nuevo curso traía diez voces variadas con dominio de las mujeres, sobre todo sopranos (cinco), casi todas conocidas y disfrutando de un repertorio que siguen aumentando «hecho a medida» por y para cada una de las voces, todas distintas e igual de sacrificadas, eligiendo 23 páginas, todas ellas con el maestro Manuel Burgueras al piano, esfuerzo titánico también para él y seguro para todos por confianza y dominio de este repertorio con arias de óperas barrocas, belcantistas, Mozart siempre necesario y hasta contemporáneas junto a varias canciones llamadas de concierto en distintos idiomas igualmente necesarios para una educación permanente donde los avances mostrados por muchas de ellas desde el verano pasado o el anterior curso de noviembre, se notaron muchísimo.
Alumnado muy aplicado de distinto nivel inicial que trajeron como examen final un variado programa para un público que volvió a dejar pequeño el Palacio de los Condes de Toreno. Con leves cambios en el orden de intervención o de las obras, iré desgranando con leves comentarios y fotos de estas voces que ya comienzan a sonar fuera de nuestra tierra.

La mezzo María Heres está asentándose en un repertorio barroco que le va bien y abriendo velada con el aria Ombra fedele anch’io de «Idaspe» (R. Broschi) continuando el barítono Ricardo Barrul con Avant de quitter ces lieux de «Fausto» (Gounod) antes de retomar el orden que figuraba, casi aperitivos de sus posteriores intervenciones, pues Heres volvería avanzado el concierto con Vivaldi y Agitata de’ venti dall’onte de «Armida» y casi al final su incursión con el Rossini de «L’italiana in Algeri» y su Cruda sorte que le va muy bien por color, registro, agilidades ya trabajadas con el barroco, ampliando épocas siempre bien orientada.

El turolense Barrul sería quien cerraría velada con Mein Sehnen mein Währen de «Die tote Staadt» (E. W. Korngold) de voz que va tomando cuerpo en dos repertorios tan distintos como el romanticismo francés y el expresionismo alemán, mostrándose cómodo en ambos, notando clara mejoría desde su anterior visita.

De voz joven y capacidades por descubrir pero con un salto de calidad desde mi anterior escucha, la soprano mexicana Janet Zúñiga comenzó con Ridente la calma (Mozart) y Tornami a vagheggiar de «Alcina» (Händel), asentándose con desparpajo, afrontando agilidades sin miedo demostrando una capacidad de trabajo digna de elogio, ganas de aprender y avanzar que debemos aplaudir.

El barítono Pedro La Villa necesita soltarse físicamente, pues además de cantar se debe interpretar, escenificar, y Deh, vieni alla finestra del «Don Giovanni» mozartiano fue muestra de ello, no transmitió esa ronda a la amada, como tampoco el dolor de Finzi y la bellísima canción con texto de Shakespeare Come, away, come away, death, puede con ellas pero el siguiente paso es sentirlas, interiorizarlas y transmitirlas. Voz tiene para eso y más.

Tengo un cariño especial al Tríptico de canciones de Jesús García Leoz que tantas voces han llevado al disco y los escenarios, verdadera marca española para voz y piano que Burgueras siempre ha bordado y la soprano Canela García interpretó vocalmente faltando ese plus de vivenciarlas. Hasta los títulos son inspiradores, Por el aire van pide suspirarlo, De Cádiz a Gibraltar pasando por el puerto de Málaga invita al taconeo y A la flor, a la pitiflor unas olivas con picardía y salero.

Jugando con colores vocales dentro del recital prosiguió la mezzo Nerea González con dos páginas italianas que dominó sin problemas de extensión, expresión, idioma o sentimiento: Confusa smarrita de «Catone» (Pergolesi) y O notte, o Dea del misterio (N. Piccini), voz con aplomo y un registro grave que promete por color y emisión. Tomo nota para seguirla pues era «nueva en mi memoria».

El nivel iba aumentando y llegó el turno de la soprano ferrolana Carla Romalde (1993) con una de las arias más bellas y difíciles del belcantismo, Eccomi in lieta vesta… Oh quante volte de «I Capuleti e i Montecchi» (Bellini), emoción y gusto en una paleta amplia, generosa, con agudos naturales y desenvoltura expresiva que el piano de Burgueras aún le sumó enteros, demostrando que la formación no acaba y los repertorios crecen con el trabajo bien enfocado.

El tenor asturiano Adrián Begega optó por dos de las nueve «Songs of Travel» de Vaughan Willliams, Let Beauty awake y The roadside fire, bien cantadas aunque suenan mejor en otros registros y faltas de la emoción que sí tuvo con Lalo y el aria de «Le roi D’Ys» Puisqu’on ne peut fléchir… estando cómodo en ambos idiomas y con un color personal que sigue moldeando.

A la soprano Nora Chena puedo incluirla en la terna de «sopranos de otra liga» (con la ya comentada Romalde y Arvizu que será la siguiente) en cuanto al nivel y repertorio trabajado así como unas tablas que el tiempo y la experiencia suman a su favor. La vitoriana también escuchada en verano cantó el aria de Asapassia Nel grave tormento de «Mitridate re di Ponto» (Mozart) corroborando la engañosa facilidad de estas arias, agradecidas de escuchar y un tormento de trabajo que la soprano solventó con profesionalidad, y Goizeko eguzkiargiak (Los cielos me darán la luz) de «Mirentxu» (Guridi) que parecen ser exclusiva de quienes dominan el euskera como la propia soprano, aunque las melodías de su paisano siguen siendo universales.

Punto y aparte merece la abogada y soprano pamplonesa Inés de Arvizu que nos dejó tres muestras de su capacidad, técnica sobrada para una voz que se muestra cómoda en partituras tan distintas como las que remató más que preparar en este curso, dada la dificultad de todas: Ach, ich fül’s, es ist verschwunden, la Pamina de «La flauta mágica» (Mozart), Come, now a roundel de «Sueño de una noche de verano» (Britten) y Piangerò la sorte mia de «Giulio Cesare» (Händel), tal vez buscando probar y acertar en la elección donde las sensaciones son siempre muy personales. Impecable en las tres me decanto por el inglés sentido y poco agradecido para tanta belleza condensada en esa página con un piano orquestal y la voz entendidos como un todo.

De nuevo mis felicitaciones a La Castalia por seguir formando y enseñando valores líricos, así como a estas voces cuya pasión por el canto espero les permita vivir haciendo lo que más les gusta y poder disfrutar con ellas. No hay mayor satisfacción que encontrarse con los años figuras a las que vimos arrancar y formarse triunfando ya por el mundo.

Beethoven escoltando a los rusos

4 comentarios

Viernes 19 de enero, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo, Concierto Extraordinario OSPA: Real Filharmonía de Galicia, Lars Vogt (director y piano). Obras de Beethoven, Prokofiev y Stravinsky.

Excelente concierto para poco público el ofrecido por la orquesta afincada en Santiago en concierto de «intercambio» con nuestra OSPA (que devolverá visita el 8 de marzo) pese a tener los abonados entrada gratuita, la hoja de aviso previo y hasta anunciado en el nº 19 de la revista. Y una lástima porque hubo calidad no recompensada como debería al igual que hace 9 años cuando Lars Vogt debutaba en este mismo auditorio dentro de las Jornadas de Piano «Luis G. Iberni» con similar aforo al de este viernes. Nunca entenderé al público de Oviedo que se ha perdido un programa lleno de momentos únicos y sin muchas toses, que alguna ventaja tiene no llenar las butacas.

Hace años que sigo a la Real Filharmonía de Galicia, que también había pasado por Oviedo, y la semana pasada la dirigía mi admirado Manuel Hernández Silva, invitado de la orquesta compostelana desde hace varias temporadas y con un concierto muy distinto al que trajeron este viernes a la capital astur, demostrando la versatilidad de una formación casi de cámara que siempre se ha caracterizado por la calidad de todas sus secciones, despuntando en el llamado «repertorio clásico» sobre todo gracias a una sonoridad que podríamos definir como aterciopelada por reunir consistencia y suavidad desde todos los colores posibles, redondez en la cuerda siempre clara y precisa, amplia gama de matices con sutiles pianísimos y fortísimos sin estridencias con un viento madera equilibrado junto con los metales a pares. Sumemos la musicalidad exigida y demostrada en Oviedo para sentir con el piano y nos encontramos con una de las mejores orquestas españolas, casi todas con más de 20 años de existencia luchando contracorriente pese a las circunstancias adversas y los mayoritariamente «miopes culturales» de los regidores públicos.

Lars Vogt volvía a Oviedo desde Santiago en su doble faceta de solista y director, con la ventaja de tener el control (casi) total de la interpretación, dejándonos dos conciertos de Beethoven poco transitados (el segundo y tercero) que el propio pianista alemán ya ha tocado y dirigido, esta vez con la complicidad de un concertino de lujo, escoltando a dos rusos sin más obligaciones que pilotar esta nave gallega para compartir deleite, primero un ruso «clásico» y después el más actual por transgresor e inspirado contando solamente con una cuerda envidiable.

La Sinfonía nº 1 en re mayor, op. 25 «Clásica» de Prokofiev mostró lo vigente de un estilo que dominó toda la velada y alcanzó altas cotas de calidad precisamente por una formación disciplinada y esmerada en el sonido, para una forma orquestal de libro por los cuatro movimientos no muy extensos pero muestrario ideal del academicismo ruso recién finalizada la Primera Guerra Mundial y estrenada en Petrogrado por el propio compositor. Vogt fue desgranando con corporalidad más que batuta un Allegro valiente, posado y preciso desde un humor intrínseco y casi danzarín, un Intermezzo. Larghetto reposado para deleitarnos con el empaste y sonoridad de «los gallegos» con amplias dinámicas, la Gavotte. Non troppo allegro literal y de nuevo bailable, amarrando y templando el maestro alemán la elegancia sonora antes del Finale. Molto vivace que sirvió de sintonía radiofónica y de virtuosismo por parte de esta orquesta del Consorcio de Santiago antes del merecido descanso con una partitura que ya echaba de menos.

No se perdió intensidad ni calidad en el Concierto en Re «Concierto Basel» de Stravinsky donde la cuerda emergió bien llevada por las manos de un Vogt que disfrutaba tanto como sus músicos y los elegidos, primeros atriles en perfecta sincronía de texturas con el resto, carnosa e hiriente, actual y en el «tempo giusto» para poder paladear toda la riqueza de esta maravilla casi camerística a cargo de la sección de cuerda de la RFG, de lo mejor que podemos encontrarnos hoy en día por estos lares.

Beethoven abriría y cerraría velada con dos conciertos no muy programados y el propio Lars Vogt de solista (como solo los grandes se atreven) dirigiendo con miradas, gestos, disfrutando las cadencias y en perfecto entendimiento con sus acompañantes, primero y de aperitivo el Concierto para piano nº 2 en si bemol mayor op. 19 al que tardó en tomarle el pulso pero una vez encajado sacarle el mayor partido posible. Algo turbio el pedal y ligeros desajustes iniciales entre violines primeros y segundos (enfrentados) puede que por exceso del «brío» que lleva el Allegro, no fue impedimento para un segundo casi mozartiano, clásico y juvenil aunque asomando el sello personal del de Bonn que su compatriota entendió visto cual diálogo y escucha mutua desde el piano, asentado plenamente en el Adagio donde el solista se deleitó en un sonido intimista más que brillante brotando en el Rondó. Molto allegro bien arropado por ese terciopelo gallego casi cual blanco satén.
Mucho mejor en concepción, complejidad e interpretación el Concierto para piano nº 3 en do menor, op. 37, todavía clásico y «deudor» del mejor Mozart pero exigente y plenamente beethoveniano con ese inicio casi sinfónico y un piano más protagonista que Vogt así demostró, marca de la casa nuevamente bien vestido por una orquesta ideal para este repertorio que se rindió al solista siempre mandando en tiempo e intenciones.

La propina de un pianista y deseándonos buenas noches nada mejor que Chopin y uno de sus nocturnos póstumos preferidos, el Nocturno en do sostenido menor (Lento con gran espressione) que nos devolvió al Vogt que recordaba un febrero de 2009 en mis inicios «blogueros»… La música parece acortar el mismo tiempo que nos alarga la vida con momentos como estos.

P. D.: Mi reseña en La Nueva España.

Barenboim saca los colores

4 comentarios

Domingo 7 de enero, 19:00 horas. Auditorio de Oviedo, Jornadas de Piano «Luis G. Iberni»: Daniel Barenboim (piano). Obras de Debussy.
El verdadero regalo de reyes y la mejor forma de comenzar el año musical fue acudir al concierto de una de las últimas leyendas vivas del piano en pasar por Oviedo (aunque ya estuvo como director) Daniel Barenboim que solo tocará en Madrid y Barcelona dentro de esta gira europea presentando su última grabación y únicas paradas españolas en su agenda, llenando este primer domingo de 2018 un auditorio totalmente rendido pese a vergüenzas ajenas y sonrojos ante el aluvión atronador de toses en todas las direcciones, tímbricas y edades que no solo rompieron la necesaria continuidad e intimismo de los preludios obligando al maestro a levantarse del piano y acercar su pañuelo a la boca para que todos los maleducados entendiesen cómo atenuar esos ataques contagiosos, peores que la propia mala educación.

Y como niños pequeños mal educados, puesto que la cincuentena larga que rodeó al maestro en el escenario sí fueron más cívicos que los mayores, la alegría duró poco en casa del pobre y la megafonía volvió a recordar antes de comenzar la segunda parte el malestar del argentino por las toses que le impedían concentrarse y que el personal griposo de malos modales hiciese ese gesto tan sencillo que además figura en los AVISOS de todos los programas de mano (está visto que leerlos no es habitual): «Mitigar con un pañuelo o la misma mano las toses repentinas, sobre todo en los momentos lentos«, sacando los colores al resto capaz de ahogarse con tal de no romper el necesario silencio ante cualquier concierto.

Pese a estos inconvenientes, desconsideraciones totales hacia intérprete y público en general, amén de impaciencias como no esperar las posibles propinas y levantarse como alma que lleva el diablo, Daniel Barenboim trajo su piano y afinador particular para ofrecernos un monográfico del francés Debussy recientemente llevado al disco con el sello amarillo, lleno de colorido, magia, pinceladas y sonoridades que supongo la maestría del universal argentino habría sacado de otro modelo, aunque me pareció que el equilibrio entre los extremos agudos y graves parece más logrado, junto a unos ajustes precisos de toda la maquinaria que permiten apreciar toda la gama dinámica que las obras de Debussy atesoran, además de un manejo de los pedales redondeando esa paleta sonora impresionista sin un ápice de borrones o manchas.

El primer libro de los Preludios para piano (1909-10) resultó, pese al accidentado inicio, un auténtico catálogo de cuadros musicales en todos los tamaños y tiempos además de las temáticas indicadas en sus doce títulos, casi la Biblia de cualquier pianista que en el caso de Barenboim con su instrumento demuestra porqué es tan bueno dirigiendo, esculpiendo sonidos que se mezclan con total limpieza primando lo principal en un primer plano que salta al oído sin perder la globalidad. Sumemos el juego con los aires totalmente personales más allá de las indicaciones o de un mero rubato, dotando a cada página de personalidad propia, destacando ya pasada la mitad de los preludios como si olvidase la tortura ruidosa, dejando La muchacha de los cabellos de lino literalmente «tranquila y dulcemente expresiva» o como Francisco Jaime Pantín escribe en las notas «el retorno a la contemplación, a través de la ilustración musical de un poema de Leconte de Lisle, cuyo pentatonismo aporta desnudez y simplicidad a un entorno de discreto arcaísmo«, el aire plenamente andaluz de La serenata interrumpida como si el Auditorio de Oviedo fuese una Alhambra soñada donde Barenboim ya sentó cátedra, La catedral sumergida incapaz de ahogar toses pero ingrávida y monumental como sus campanas claras en un mar cual aire enrarecido, y el toque humorístico, burlesco e irónico del bufón, Minstrels de saltos y tambores, «arracimando» figuraciones, ornamentos y tempo para cerrar una primera parte de menos a más, concentrado y gustándo(se), recreando el universo debussiano como pocos pueden interpretar tras una carrera de más de cincuenta años donde parecía faltar el compositor francés.

Menos intensa la segunda parte pero igual de emocionante, paleta de coloridos variados en intensidades y paisajes comenzando con las tres Estampas (1903) casi tríptico de acuarela y tinta china por el trazo rápido y fresco, destacando de nuevo lo hispano de Una tarde en Granada que Debussy no conoció pero Barenboim sí, ritmo andaluz puro con evocación de guitarra, y hasta los Jardines bajo la lluvia que en vez de parisinos resultaron del Generalife por el ambiente previo y la luz final que el Mediterráneo tiene y el argentino conoce.

Las «Dos arabescas» (1888) siguientes siguieron surcando el Mare Nostrum, la conocida nº 1 (Andantino con moto) infantil como la sintonía para algunos de aquel «Planeta imaginario» versioneada por Tomita y sus sintetizadores que Barenboim trazó jugando con el tiempo cual fuelle de bandoneón y delicado acento, más la nº 2 (Allegretto scherzando) caprichosa, ágil y precisa, menos juguetona que la primera y contrastada como el propio maestro, quien mostraba todos sus tics habituales en el piano y los que le conocen reconocerán: esa mano izquierda levantada reforzando carácter, la cara reflejo anímico mirando a la derecha sin ver, el echarse hacia atrás puntualmente como levantando tensiones, la fuerza en el ataque que llega al zapatazo derecho sobre la tarima, dualidad del gesto adusto y generoso, serio y elegante como el volver a abrocharse todos los botones de su casaca antes de saludar a todos por zonas.

La isla alegre cerraría este monográfico francés de un intérprete universal que parece haber encontrado en el piano una segunda etapa de investigación sonora sin olvidar una técnica envidiable, afrontando esta isla final con la exuberancia y portento juvenil de apoteosis tímbrica en un instrumento diseñado por el propio Barenboim que sigue impartiendo magisterio y magentismo especial.
Siempre de agradecer las propinas a pares, ambas de Schumann, dos de sus Fantasiestücke Op. 12, la primera Des Abends (La tarde) y la séptima Traumes Wirren (Sueños turbulentos), plena de virtuosismo y vitalidad a sus 75 años, con guiños siempre actuales porque los genios no tienen edad.

A Don Daniel no le gustan las fotos pero accedió a firmar discos tras finalizar un concierto al que no faltó casi nadie para así presumir de haber asistido a un pedazo de la historia del piano nuevamente con Oviedo de referente y siempre recordando a Iberni.

Gafados con el piano

Deja un comentario

No es habitual llegar a la capital y que a punto de entrar al auditorio avisen de una cancelación, pero este primer domingo de diciembre el esperado concierto de la pianista Kathia Buniatishvili (Batumi, 21 junio 1987) se suspendía tras sentirse indispuesta en el propio auditorio ovetense, con una apretada agenda este mes.

Una lástima porque la expectación por escuchar a la giorgiana de apellido impronunciable era grande incluso entre un público no habitual de estos eventos con quien el marketing parece funcionar, e incluso fomentado por uno de los patrocinadores de estas Jornadas de Piano «Luis G. Iberni» (al que hoy se le recordaba por su irreparable pérdida hace diez años) que disponía una página completa de cotilleo sumándose a quienes han llegado a llamar a la menor de las Buniatishvilli (en la onda de otras pianistas hermanas como las Pekinel o las Labèque) con titulares como «la Beyoncé del piano» o «rockstar del piano» visitando platós de todas las televisiones europeas, verdadera estrella mediática que se defiende y desenvuelve con soltura y sin problemas en casi todos los idiomas: francés, alemán (los años en Viena se notan), inglés o el ruso natal, desconociendo si también hablará nuestro idioma.

Al menos nos quedan sus grabaciones y apariciones en YouTube© tanto de solista como de excelente pianista camerística y no digamos con orquestas y batutas de primera, igualmente mediáticas como la bella georgiana. A mal tiempo buena música buscando el vaso medio lleno que no compensará la devolución del dinero ni el cambio de fechas caso de lograrse.

Para los amantes del piano el programa que traía Kathia era para impactar, «los Cuadros» de Moussorgsky junto al Liszt endiablado de las rapsodias española o húngara y las reminiscencias más que evocaciones rozando lo sobrehumano del «Don Juan» de Mozart tan de moda en tiempos del abate que muchos otros virtuosos ofrecen como carta de presentación.

Esperando que los excesos no pasen factura, como con Lang-Lang, que la belleza y «glamour» de colegas de Kathia como Yuja Wang vayan parejas no por listas al uso sino por sus interpretaciones y sin ser supersticiosos habrá que «pasar el agua» al Steinway del auditorio, aunque virus, farturas, gripes o desmayos llenan también portadas y cancelaciones, más en el mundo lírico pero que con los pianistas en Oviedo mejor tocar madera, esperando por Barenboim en enero (pues de Zimerman, Martha Argerich o Maria Joao Pires mejor pasar página o cruzar los dedos pero propios, no ajenos), aunque Oviedo sigue siendo capital de las 88 teclas desde hace lustros y en España «la Viena del Norte» por su oferta musical única a la que parece comienzan a salirle novios.
Por el Campoamor y el Auditorio han pasado verdaderas leyendas y promesas que han llegado a estrellas, incluso siendo despedidas de intérpretes irrepetibles. Empezar diciembre compuesto y sin novia no es entrar con el pie derecho…

Emociones contadas

3 comentarios

Domingo  26 de noviembre, 19:00 horas. Auditorio de Oviedo, Sala de Cámara: Asociación Cultural «La Castalia», XVI Curso «La Voz en la Música de Cámara». Concierto de clausura en homenaje a la memoria de Olga Semushina. Entrada libre.

Significado según nuestra Real Academia Española de la Lengua de la palabra emoción (del lat. emotio, -ōnis): 1. f. Alteración del ánimo intensa y pasajera, agradable o penosa, que va acompañada de cierta conmoción somática.
2. f. Interés, generalmente expectante, con que se participa en algo que está ocurriendo
.

La vida es puro aprendizaje, el trabajo otro tanto y no hablemos de la música donde nunca se termina de aprender y descubrir. Entendamos todo como pura emoción en cualquiera de las dos acepciones de la RAE, sea leer, escribir, escuchar… Y no es lo mismo «contadas emociones» por escasas y excepcionales que «emociones contadas», lo que pretendo desde aquí y algo que en el mundo de la música se intenta hacer continuamente.
Emociones contadas y cantadas, emociones exteriorizadas o interiorizadas, emociones individuales y compartidas, colectivas por la magia de la música pero siempre emociones. Emoción hubo en un concierto final de curso que dejó pequeña la sala de cámara más allá de descubrir nuevas voces, hacer un seguimiento de las conocidas o escuchar dos estrenos. Emoción en quienes se sumaron al recuerdo y homenaje de una amiga, maestra, intérprete, compañera o esposa.

Emoción colectiva con todos los participantes escuchando las palabras de Begoña García-Tamargo, directora artística de «La Castalia«, emocionada por la amiga y compañera, emoción contenida con la música de Beethoven con el Adagio de la sonata en la mayor grabada por Olga Semushina con su marido Vladimir Atapin al cello, verdadero homenaje escuchado por todos con esa alteración del ánimo penosa e interpretada cual vida eterna de una música que nos mantendrá siempre vivos, ejecutada por ese matrimonio roto por una enfermedad contra la que luchó hasta el final, tristemente orgulloso de disfrutarla un poco más de lo diagnosticado.

Conmoción somática la de todo intérprete al salir al escenario con distintas reacciones interiores: cosquilleo, nervios, bloqueos, rigidez… emociones que todo músico conoce pero no siempre controla, cursos de idiomas porque la palabra cantada siempre debe ser escuchada, trabajo de repertorio de cámara que exige emocionarse cantando y emocionar al oyente, transmisión unívoca cuya respuesta llegará con el aplauso. La música de Fauré o Rodrigo, Guastavino o Tosti, Vaughan Williams o Barber, Hahn o Wolf con poemas emocionantes en su lectura pero aún más trascendentes con sus notas, inflexiones y el ropaje del piano, diálogos donde la música complementa la palabra. Emociones del lenguaje tan difícil y distintas en francés o castellano, alemán o inglés pero igual de exigentes para noveles o veteranos. Las sopranos Carla Romalde, Janeth Zúñiga, Canela García o Cristina Suárez, el barítono Pedro La Villa y el tenor Adrián Begega, la mezzo María Heres (me encantó el acento argentino en su su sentida Pampamapa) y la siempre querida soprano ferrolana Patricia Rodríguez Rico que no podía faltar en este homenaje de emociones (impactante y cómplice con el piano en el emocionante poema alemán que es Befreit de R. Strauss) y de estrenos…

Búsquedas interna de la voz y el color, elección del repertorio, trabajo de interiorización y el examen constante del público, una vida cantada y no siempre contada. Manuel Burgueras al piano como profesor de estos repertorios llevando cada voz por el camino correcto o guiando a los demás pianistas como Yozhuan Chávez acompañando a Zúñiga o Alma González (con Heres) quien se sumó con un minuto de música al homenaje emocionado e individual de alumna a maestra, Angelico (1959) el primer número de «Música callada» (Mompou) con una rosa blanca sobre el negro barniz del Steinway.

Emoción compartida desde la propia interiorizada de Gabriel Ureña, empatía de cello y dolor con el piano de Patxi Aizpiri en el Andante de la Sonata op. 19 de Rachmaninov, los rusos que sentimos asturianos, intérpretes y compositores, abrazo sin palabras al amigo y compañero Atapin recordando a «la Atapina» con la música que llega donde la palabra no, precisamente en un concierto con la voz de protagonista donde el violonchelo es lo más parecido a ella, verdadera Vocalise capaz de hacernos vibrar con cada cuerda y más con el sentimiento transmitido desde lo más íntimo.

Qué mejor homenaje que estrenar una obra, trabajada además por cuatro de estos alumnos como broche de otro curso, y Gabriel Ordás (1999) que sigue creciendo en todos los sentidos y estilos, nos regalaba «A Dafne«, fantasía para cuarteto vocal y piano con el texto del Soneto XIII de Garcilaso de la Vega. El relevo en el piano lo tomaría hasta el final la ucraniana afincada en Asturias Yelyzaveta Tomchuk, coprotagonista de este estreno junto a Patricia Rodríguez, María Heres, Adrián Begega y Pedro La Villa que emocionaron con ese soneto musicado exigiendo a cada solista entrega, técnica y solidaridad en el canto, matices con registros amplios y empastes buscados, intimismo camerístico y tensiones con piano recreando la letra desde la voz. Habrá quedado registrado por las muchas cámaras y grabadoras, a cuyos propietarios vendría bien hacer un curso para fotógrafos en conciertos, cómo comportarse sin molestar, el saber estar en cada momento tan importante para todo en la vida.

El segundo estreno vendría de Pablo Moras (1983), recientemente galardonado con el premio de la SGAE Carmelo Alonso Bernaola de jóvenes compositores, y su obra con texto de Xuan Bello «No Escuro» para coro mixto con piano, el propio compositor y director de la Capilla Polifónica Ciudad de Oviedo con Lisa Tomchuk, emociones a flor de piel y emociones cercanas al lujo por poder interpretar una obra nueva dirigida por el autor, asistir en todas las personas, primera, tercera o segunda, singular o plural a la amplia gama de matices y colores emocionales de todo tipo con una obra actual cercana como el homenaje común a Olga desde la voz, solista o en coro.

Y sumándose a la Capilla algunas de las alumnas nada mejor que la alegría de un musical tan conocido como West Side Story (L. Bernstein) en un arreglo con piano de Len Thomas que redimensiona el original a coro, números de Tony por las voces graves, de Maria por las blancas, y el empuje coral conjunto bien compenetrado con el piano por un coro algo corto en hombres (endémico en casi todos) pero convincente, entusiasta y emocionado a la vez que emocionando.

No se podía pedir más, aunque Atapin volvió a dar las gracias a todos, orgulloso con la placa que le entregó «La Castalia» de manos del presidente y amigo Santiago Ruiz de la Peña, tras la foto final con todos los profesores, alumnos e invitados a este homenaje emotivo, porque de bien nacidos es ser agradecidos.

Beethoven actual y siempre joven

Deja un comentario

El CNDM que dirige con acierto Antonio Moral, ha programado un ciclo durante seis días con la integral de las 32 sonatas para piano de Beethoven a cargo de una generación de excelentes intérpretes que finalizan este domingo en la Sala Manuel García del Teatro Maestranza de Sevilla y repetirán en el Baluarte de Pamplona, tras su anterior paso por distintas ciudades de nuestra geografía, sumando los Estudios de György Ligeti (1923-2006) así como reestrenos de otros estudios para piano encargados o recuperados por el propio CNDM, siempre atento a mantener vivo nuestro patrimonio, más el de la literatura pianística a la que considero base para todos los públicos. Es el caso de Armando Alfonso López (1931), Carles Guinovart (1941), José Luis Greco (1953), Ramón Paus (1959), Jesús Rueda (1961), Ricardo Llorca (1962), Francisco Lara (1968) y los también pianistas Gustavo Díaz Jerez (1970) o José Menor (1977), no muy programados en las salas de concierto salvo honrosas excepciones y más en el caso de los propios compositores que también están en este ciclo como intérpretes. Con dudas comerciales tampoco suelen ser llevados a los estudios de grabación pero al menos compartirán protagonismo junto a los dos grandes protagonistas del ciclo «Beethoven actual«.

De esta penúltima hornada de pianistas españoles, nueve elegidos para «La raíz de todo» que escribe Arturo Reverter para el propio CNDM, muchos de reconocida trayectoria internacional, quiero recordar hoy a dos intérpretes a las que sigo desde hace años, y que han hecho las dos últimas sesiones matutinas, por un lado la donostiarra JUDITH JÁUREGUI (1985) y por otro la ovetense CARMEN YEPES (1979) que cierra hoy junto a Miguel Ituarte este ciclo en la capital andaluza.


Interesante la trayectoria de la pianista vasca, su evolución tanto de solista como en música de cámara y con grandes orquestas, así como la arriesgada apuesta por tener un sello propio que le permite grabar lo que quiere y donde desee, consciente que un disco, como un libro, soportará el paso del tiempo mejor que Internet o las redes sociales, de las que por otra parte se nutre como herramienta para dar a conocer su agenda y trabajos.
Las obras que ha elegido Judith Jáuregui son cuatro sonatas de Ludwig van Beethoven (1770-1827), la Sonata nº2 en la mayor, op. 2, nº2, la Sonata nº13 en mi bemol mayor, op. 27, nº1, la Sonata nº25 en sol mayor, op. 79 y la Sonata nº4 en mi bemol mayor, op. 7, junto a los dos estudios de György Ligeti (1923-2006), el Estudio nº11, «En suspens» y el nº12, «Entrelacs» sumándose el Estudio para piano (2016) de José Luis Greco. Las notas al programa del gallego Reverter las dejo enlazadas en el programa sevillano.

Por su parte la asturiana Carmen Yepes que compagina su carrera docente en Madrid con los conciertos (algo que en nuestra tierra tendría prohibido), ha optado por el siguiente programa: de Beethoven la Sonata nº28 en la mayor, op. 101 y la brillante Sonata nº21 en do mayor «Waldstein», op. 53, para terminar con la bellísima nº31 en la bemol mayor, op. 110; de Ligeti el Estudio nº2, «Cordes à vide» y el Estudio nº8, «Fém», mientras que de Guinovart interpretará la Toccata «Al-Ándalus» (2016) para la que el propio compositor catalán le envió a la pianista una carta (dejo abajo un fragmento) explicando las líneas generales de esta obra que a buen seguro Carmen recreará como en ella es habitual, trabajadora y siempre atenta a las indicaciones de los buenos maestros que ha tenido y tiene, más aún al afrontar por vez primera una composición como la de Guinovart.

Fragmento de la carta-programa enviada por Carles Guinovart
a Carmen Yepes sobre la Toccata «Al Ándalus» (28/03/17)

«Estimada Carmen:
…Ya ves, Carmen, la composición se ha ido inclinando hacia lo español-andaluz y a la Toccata he tenido
que añadirle el título (o subtítulo) de «Al Ándalus», como pequeña pista para el oyente. Puede parecer
que apenas hay melodía, si bien la temática va emergiendo del tipo de pianismo, en los acentos expresivos
dentro de un perpetuo staccato, casi pinzado clavecinístico, de tipo scarlattiano. Un carácter que no
esconde, en su textura y dibujo, la resolución frigia (fa-mi) propia de la consabida cadencia andaluza y
un mordente disonante,como juego acciaccaturado, finalmente compactado, como elemento de color.
Observarás en la parte central, y en contraposición al toque secco que antecede, la escucha de la transparencia
resonante, aquella que podría sugerir la contemplación del «Deserto stellato» en su inmensa
vastedad, que recoge ecos y resonancias sutiles con sus amplias extensiones, registros sobreagudos y
juegos de pedal. Escucha más bien de la larga extinción del sonido, para la cual no he escrito metrónomo
ya que el tempo marca, se diría, fenomenológicamente (a la Celibidache) la nobleza del gran piano y la
respuesta acústica de la sala. El intérprete más que tocar debe aquí escuchar, como enajenado, lo que su imaginación ofrece. Momento pues de descarga de tensión, dejándose ir…, suavemente, sin prisas.
Respecto a la interpretación, ¡por mí no te preocupes! No sé, ahora que la pieza está terminada, hasta
qué punto me pertenece. ¡Ahora te toca a ti! Haz tu versión con toda libertad; tienes, por lo que sé de ti,
toda mi confianza. Así que no trabajes pendiente de mí. Si tu versión es sincera, después de un trabajo
reflexivo, seguro que me gustará, tal como puede gustar, si la obra lo merece, a cualquiera que acuda
como público interesado. Quizás sea una suerte no conocernos para que toques, desde la escritura, sin
ningún tipo de prejuicio y, a la inversa de lo que se supone, seas tú la que, interpretándome, ayudes a
descubrirme a mí mismo. La música, como la poesía, es un campo abierto de sugestiones que la enriquecen,
según cada cual, expansionándola en múltiples lecturas, y la mantienen viva. Es el milagro creativo
y transformativo del intérprete. Bueno Carmen, esta obra existe gracias a ti y a tu entorno (también al
CNDM) y agradezco que me la hayas arrancado de las entrañas, pues es bastante visceral. Allí dormía en
un limbo sin posibilidades de emerger, hasta que alguien la despertara. Y ahora puedo decir consumatum
est
. Muchas gracias. Seguimos en contacto
«.

Estaremos atentos a las críticas y sus respectivas agendas porque tanto Judith como Carmen son dos pianistas muy personales y pasionales que con estos repertorios estoy seguro harán vibrar a todo el público más allá de Sevilla o Pamplona. Como digo siempre «MUCHO CUCHO»© (mi versión asturiana con el excremento de vaca utilizado como abono, en vez de «Mucha mierda«y demás expresiones para desear suerte a los artistas como «Toi, toi, toi» o «In bocca al luppo«).

Pianistas sin fronteras

1 comentario

Miércoles 25 de octubre, 20:00 horas. Teatro Jovellanos, Gijón,  Concierto 1593 de la Sociedad Filarmónica de Gijón. «Homenaje a Granados«, Luis Fernando Pérez (piano). Obras de Mompou, Chopin y Granados.

Un homenaje a Enrique Granados en sus 150 años por Luis Fernando Pérez, un pianista español sin fronteras como el propio compositor catalán, y rodeado de dos referentes en el mundo de las 88 teclas igualmente internacionales y con querencia parisina como entonces era de esperar: el polaco Frédéric Chopin con su particular universo sonoro, virtuoso volcado en el señor de los instrumentos, y su tocayo catalán Federico Mompou quien también viajó al país vecino recomendado precisamente por Granados. Habría que recordar la influencia o condicionamiento geográfico en todo, por supuesto en las artes y especialmente la música, más aún en el caso de Cataluña o el País Vasco y buen hilo conductor del pianista madrileño muy querido en Francia, reconocido mundialmente con estos tres compositores que completaron un programa exigente técnica e interpretativamente, lidiando con un instrumento por el que sí pasan los años y extrayendo toda la paleta que las partituras elegidas esconden. Voy dejando aquí las excelentes notas al programa de Lorena López Fernández por el perfecto complemento a la música que sonó en un teatro no tan lleno como hubiésemos querido y de edad avanzada pero gustoso además de feliz por la calidad del concierto.

Abrir con Mompou y sus Scènes d’enfants son un reto que Luis Fernando Pérez ha superado llevándolo al disco con el sello francés Mirare el pasado año (y con quien ha grabado también a los compañeros de programa). Íntimamente cristalino, aire mediterráneo, pinceladas sonoras sueltas, casi acuarelas delicadas bien perfiladas en negro, cinco joyas infantiles de reminiscencias impresionistas sin perder originalidad y aire propio.

Las obras de Chopin emparejadas a pares nos trajeron por un lado el intimismo y la delicadeza romántica de sus Nocturnos op. 27 nº 1 en do sostenido menor y el nº 2 en re bemol mayor, dedicados a la Condesa de Appony, amores casi goyescos en una penumbra ideal para lograr ese ambiente íntimo, dominio del claroscuro por parte del pianista madrileño, polo casi opuesto al catalán pero complemento sonoro, y continuar con el Nocturno en do sostenido menor «póstumo» encendiendo las velas para una luminosa Balada op. 23 nº1 en sol menor, el arrebato romántico por excelencia, los contrastes de matices, velocidades con el rubato apropiado, nuevos cuadros de trazo vivo bien cargados de colores superpuestos, el óleo frente a las acuarelas.

Antes de comenzar la segunda parte dedicada a Granados, el propio intérprete desgranó los motivos principales de unas Goyescas o los majos enamorados para una mejor comprensión por parte del respetable, prepararnos para una escucha bien asentada de una de las obras magnas escritas para piano (junto a la Iberia de Albéniz) como bien nos recordó, causa también de su rareza en los conciertos por el esfuerzo que conlleva, incluso con la partitura delante para no perderse nada del mundo pianístico de Granados inspirándose en el pintor maño y abordado como dijese el compositor catalán: «no con tristeza de viuda sino con celos de mujer enamorada».

Si podría decir que el programa tenía un aire pictórico como hilo conductor, Goya trata todas las técnicas y estilos, un avanzado de la época del que se ha escrito que fue el primer impresionista. Su paleta de colores es tan amplia que Granados pareció querer realizar un paralelismo al piano siendo Luis Fernando Pérez su intérprete ideal.

Los dos cuadernos sonaron unidos por el «Intermezzo» de la ópera Goyescas, sutil trabajo orquestal en el piano con mayor riqueza de detalles cual boceto ya de por sí maestro. Los cuatro primeros números parecieron traducir a notas las veladuras de cada cuadro, los colores pastel de los retratos aunque los caprichos sean grabados.
Aquí no hubo medias tintas, los contrastes grabados casi con sangre, sudor y lágrimas, amores imposibles con finales trágicos, el relato complejo como la propia partitura, la psicología de Goya que enamoró a Granados. Paralelismos musicales y pictóricos en cada estampa, pinceladas en cada nota al detalle cual cincelador de sonidos, pulcritud de trazo e independencia tímbrica en cada tecla para alcanzar la globalidad desde el ataque o el fraseo, algo especial que Luis Fernando Pérez consigue como pocos, individualidad en cada número pero con visión total cual exposición temática donde poder observar todo el proceso creativo, aquí escuchando los seis números más el intermedio cual «promenade» o paseo.

De su trayectoria y premios podemos concluir que el resultado fue esperado en un programa tan español como universal, pianistas todos sin fronteras, autores y obras plenamente asimilados por el intérprete, sentidos y disfrutados como bien reflejaba en la entrevista al diario La Nueva España del día antes que dejo también aquí.

No podía haber mejor regalo que la Danza Andaluza nº 5 del propio Granados, casi taconeo flamenco desde un arrebato de pasión, el calor del sur frente a los «caprichos» que nos pusieron los pelos de punta, nuevo relato de un pintor del piano perfectamente entendido por el intérprete madrileño.
Como guiño a nuestra tierra y al otro gran pianista y compositor catalán Albéniz, Asturias cercana, vibrante, «Leyenda» de subtítulo con los dos grandes motivos, chispeante como nuestra lluvia y reposado cual neblina, un paisaje sonoro para redondear un excelente concierto de piano durante dos horas, generoso como el propio Luis Fernando Pérez al que sigo hace tiempo y nunca nos defrauda.

P. D.: Dejo el enlace a la crítica de Ramón Avello, actual presidente de la Filarmónica local, en el diario El Comercio, con la historia que relaciona a Granados con Gijón y esta centenaria sociedad.

Schumann y Falla con el Mediterráneo

1 comentario

Viernes 28 de julio, 22:30 horas. Castillo de Bil-Bil, Benalmádena. Recital lírico de canto y piano «Cultura en la calle»: José Manuel Montero (tenor), Aurelio Viribay (piano). Obras de Schumann, F. Alonso y Falla.

El verano supone para muchos artistas trabajo que el público siempre agradece, con escenarios distintos a los habituales como en el caso de Benalmádena que con el Mediterráneo y el Castillo de Bil-Bil de telón de fondo traía este último viernes de julio una música aparentemente poco popular como el mundo del «lied» romántico y que el año pasado funcionó, por lo que repetir no era correr riesgos y a la vista de la ocupación de todas las sillas, más abundante público de pie, la fórmula volvió a resultar acertada, en buena parte por la calidad de unos intérpretes que se han puesto como objetivo dar a conocer la música vocal de salón, los grandes compositores de la canción con piano donde los españoles deben estar a la misma altura que los germanos, como pudimos volver a comprobar.

El ciclo de canciones Liederkreis, op. 39 de R. Schumann y textos de von Eichendorff (1788 – 1857) no están entre los más escuchados, si bien de los dos ciclos, nueve temas con textos de Heine los opus 24 menos que los doce del segundo que pudimos disfrutar al aire libre y con amplificación cuidada, más transitados a lo largo de los años, teniéndolos en mi discoteca nada menos que por el irrepetible barítono Fischer-Dieskau.
El piano poniendo la música sin palabras en equilibrio a la poética del canto, diálogos con el trasfondo tan romántico de la naturaleza, el desamor, la paz y el dolor con momentos íntimos, poderosos y la belleza imponente de la naturaleza en comunión piano y tenor para esos microrrelatos románticos y puros. Títulos que parecían describir el propio entorno de esta noche de verano mediterráneo: La quietud, En un castillo, En la lejanía, Melancolía, con la dicción germana perfecta de José Manuel Montero y color dramático capaz de alcanzar sin problemas el amplio registro de este ciclo, más el piano maestro de Aurelio Viribay, un tándem de muchos quilates. La docena de poemas con música fueron desgranándose con todo el sentimiento que los textos requerían (lástima no poder ir leyéndolos) y un público que aplaudía cada uno sin esperar el resultado global, óptimo sin lugar a dudas.

El piano solo necesario para un leve descanso vocal (y un cambio de camisa) vino con un «desconocido» Francisco Alonso y una poco frecuente Mi adiós a Granada de hondura en fraseo evocado por ese folclore único que el maestro Viribay siempre eleva la llamada música de salón al Olimpo de Orfeo, el recuerdo nostálgico del granadino en el Madrid que le daría la fama.

Las Siete canciones populares españolas de Manuel de Falla resultaron perfecto complemento y enaltecimiento de nuestro lied hispano, textos y estampas bien combinadas de tiempo, sentimientos y fragor con una articulación de excelencia en Montero y el piano coprotagonista de Viribay, enamorando a propios y extraños. Siempre emocionante y admirable cómo el compositor gaditano elevó las canciones populares al nivel clásico equiparable a los germanos Schubert, Wolf, R. Strauss o Mahler y engrosando un «corpus» donde también estarán Granados, Toldrá, Obradors o Turina por recordar algunos de los nuestros. Por emociones me quedo con la Asturiana y el siempre exigente Polo que Montero-Viribay dejaron siempre en todo lo alto, claros y precisos de inicio a final, tal vez con un piano amplificado algo inferior al necesario para saborear todo lo escrito y la voz ligera con cuerpo y presencia más que suficiente para bajar un par de puntos los «fader».

De regalo nada menos que un par, dos mundos en uno: el recuerdo de Granados y su Andaluza (la Danza española nº 5 compuesta para piano sin letra y popularizada por tantos cantantes de todos los estilos), casi leyendo mi mente sobre los hispanos, para rematar con el gran R. Strauss y Devoción, la que yo siento por esta pareja de intérpretes cerrando un círculo virtuoso hispano-alemán en el mismo plano de calidad y calidez.
Quien no apuesta no arriesga y bien por la cultura en la calle del Ayuntamiento de Benalmádena que ya sabido apostar por una música que aún no tiene el hueco merecido ni siquiera en los escenarios habituales.

Older Entries Newer Entries