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Sacra juventud en León

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En León visitar la Catedral es obligatorio y más haciendo casi de «guía turístico» para nuestras amistades mejicanas y francesas una vez finalizados sus compromisos profesionales y afrontando la tarde-noche en la vecina capital del reino leonés. La cola hasta la calle Ancha anunciaba concierto de la mejor agrupación vocal local y en la liga de campeones coral (la futbolística no quitó nada de público), por lo que merecía la pena asistir a este concierto presentado casi hasta el detalle biográfico y lingüístico por Don Samuel Rubio Álvarez.

Es maravilloso comprobar el excelente estado vocal del coro que lleva el nombre de una de las figuras musicales leonesas, y el repertorio sacro lo dominan en todas las épocas, desde nuestro siglo de oro con el Padre Tomás Luis Victoria del que bordaron el motete Gaude María Virgo a cinco voces, y Sancta Maria Succurre Miseris que la prontitud, casi inmediatez de las redes sociales y YouTube© me permiten dejar aquí íntegro, agradeciéndoselo a «camaraurbanaleon«:

como del otro componente del equipo polifónico por excelencia, Francisco Guerrero y su Duo Seraphim Clamabant, gusto en el texto reforzado por las voces frescas y afinadas de este joven y maduro coro, ubicado para ganar en sonoridades en esta obra a doce voces, y que cuenta con una cantera para años. De nuevo agradecimiento por el vídeo a «camaraurbanaleon«:

Y aunque faltase Morales para el «tridente», el fichaje ruso de S. Rachmaninov puso la nota del cambio estilístico pero la misma exquisitez en la bellísima Bogoroditse Devo de sus «Vísperas«, equilibrio entre cuerdas con unos bajos poderosos y claros de sustento para elevar en la catedral sonidos celestiales con las sopranos delicadas en unos agudos casi estratosféricos, extremando registros siempre completados por las voces intermedias de tenores y contraltos igualmente necesarias para redondear una sonoridad propia, segura y bien interpretada con el magisterio del maestro Olivares.

Importante la elección del repertorio (que me recuerda a sus «leones hermanos asturianos» con quienes comparten no sólo música) para adecuarlo a las voces que van forjándose con obras más cercanas, actuales y siempre eternas como el Beati Quorum Via del irlandés Sir Charles Villiers Stanford (1852-1924) o el Sanctus del impactante noruego Ola Gjeilo (1978) que domina la escritura coral como pocos hoy en día, con quien el coro leonés y su director el vasco Aitor Olivares se mueven con estas obras como peces en el agua (la misma que caía afuera cual diluvio universal contrapuesto a la paz y serenidad interior en las voces locales), empaste y afinación ejemplares, obra exigente por tesitura pero también por necesidad de entendimiento y escucha atenta de todos, una lección coral antes de dar paso a la Orquesta de las Juventudes Musicales de la Universidad de León, todo un ejemplo de colaboración que es digno de llevarse a otros centros españoles pues «unidos venceremos». Aquí lo dejo merced a «camaraurbanaleon«:

Podríamos decir que escucharíamos un estreno, pues rescatar obras de los archivos catedralicios es primicia aunque sonase en su momento. Y en la Pulchra Leonina se guardan aún muchos tesoros corales como el Salutis Humanae Sator (Himno de la Ascensión) del compositor y organista Bonifacio Manzano Vega
(Burgos 1807 – Riaza, Segovia 1872), una vida por (re)descubrir con obras de enorme calidad como este himno, verdadera maravilla sinfónico coral de estilo clásico por lo «académico» y el mucho oficio que daba el conocimiento de obras del repertorio europeo de su tiempo, equiparable en sonoridades a Haydn o Mozart, puede que incluso a los hijos de Bach por el «estilo galante» ya conocido en el siglo XIX de la vida del burgalés e incluso al avilesino Ramón de Garay (1761-1823).

La joven orquesta tuvo algunos problemas de afinación, lógicos en parte por los cambios de temperatura y humedad pero pudimos volver a escucharla en el bis con mejor resultado, y sobre todo un coro capaz de imponer presencia sin necesidad de grandes volúmenes dada la emisión perfecta para conseguir el equilibrio y balances necesarios, con unos solistas que desconozco sus identidades pero igualmente dotados técnica y musicalmente para transmitir y «defender» una obra con mucha calidad. Aquí dejo otro de los vídeos subidos por «camaraurbanaleon» a YouTube© para que también lo disfruten mis lectores (que corresponde al bis final).

Y el británico John Rutter (1945) completó esta fiesta de música sacra juvenil, coral y orquestal con su versión de otra partitura plena como su título de la belleza de la tierra, For the Beauty of the Earth con todos mucho más ensamblados, vigorosos, entregados, convencidos, siempre bajo la batuta del maestro García Díez que les infundía esa confianza para disfrutar hasta el último aliento, un coro casi angelical y la orquesta en comunión ideal con las voces. Muchas más gracias a «camaraurbanaleon» por estos vídeos que resultan la mejor ilustración posible de esta crónica de «el día después»:

Un verdadero triunfo y agradecido de haber estado en este concierto del que «mis extranjeras» se llevaron una óptima impresión del nivel musical en una ciudad como León. Las viandas posteriores así como la sobremesa y el paseo posterior sirvieron para completarles un poco de la historia que siempre es mucha, más si hay tanta como en la capital, en la Catedral y en la música escuchada. La prensa titulaba «Culto, cultura, coro» que sirvió de presentación a Rubio y de disculpa posterior para el que suscribe poder seguir comentando hasta avanzada la noche.

El tiempo siempre ayuda

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Miércoles 11 de mayo, 20:00 horas, Sala de Cámara del Auditorio de Oviedo, III Primavera Barroca, “Con affetto”: Il Giardino Armonico, Giovanni Antonini (flautas y director). Obras de Tarquinio Merula, Dario Castello, Francesco Rognoni, Jacob van Eyck, Andrea Falconieri, Giovan’ Pietro del Buono, Alessandro Scarlatti, Giovanni Legrenzi y Antonio Vivaldi.

La revista Scherzo de este mes de mayo dedica su sección «Con nombre propio» a la formación Il Giardino Armonico en su gira española celebrando los 30 años de su fundación, donde Eduardo Torrico nos recuerda que «Hubo un tiempo, superada aquella primera fase pionera, en el que quienes marcaban la pauta dentro del movimiento historicista eran los ingleses, los holandeses y, en menor medida, los alemanes», allá por los 70 y 80 del pasado siglo, sin olvidarse de los franceses que comenzaban a despuntar y convertirse en seria competencia aunque la revolución no había llegado al sur de Europa. El salto de calidad hacia el Mediterráneo, al cálido sur, lo darían nuestro Jordi Savall, a quien los franceses, como suelen hacer con los buenos, le consideren suyo, y especialmente los milaneses de Il Giardino Armonico con el entonces joven flautista Giovanni Antonini al frente.

Más de tres décadas en el candelero (que no candelabro como «La Mazagatos» pusiese de moda) es síntoma de buena salud, tanto para ellos como para la música barroca que sigue llenando estanterías y auditorios (la sala de cámara creo que registró la mejor entrada de un ciclo que todavía nos traerá a Xabier Sabata con Vespres D’Arnadí en un programa «Furioso»), ampliando repertorio y épocas donde aparece incluso Haydn del que grabarán su integral a razón de una entrega por año (ya llevan dos) tras constituir en Basilea, dónde si no, la Fundación Haydn con el «Proyecto Haydn2032” para el tercer centenario del nacimiento del «papá austriaco», al que espero llegar y poder completar con ellos siempre que el tiempo y los recortes políticos no lo impidan.

La gira española que pasa estos días por La Coruña, Oviedo y Madrid, trae una formación o «ensemble» ideal con un programa que sirve para corroborar la vigencia de la música veneciana con compositores que nos son conocidos gracias a ellos, alternando obras para lucimiento de un Antonini dominador de toda la familia de las llamadas flautas dulces o de pico (contralto, tenor, soprano y hasta la piccolo última) que perderían su preponderancia a costa de la «flauta traverso» (travesera) y que muchos siguen asociando a la flauta dulce de los colegios, nada que ver la práctica de nuestros querubines y adolescentes soplando un instrumento que las familias y algunos de ellos pueden llegar a odiar, pero en igual medida que un violín «serruchado» por un aspirante a Sarasate. Y hablando de violines, Stefano Barneschi y Marco Bianchi encabezan esta vez la formación (Enrico Onofri está también de gira) a la que se suman el violonchelo de Paolo Beschi, el clave de Riccardo Doni más la tiorba de la argentina Evangelina Mascardi, más que suficientes para afrontar tanto a Merula como a Castello, siendo perfecto complemento de las obras con flauta y verdaderas joyas incluso sin el director fundador, como pudimos comprobar con estos excelentes instrumentistas que siguen funcionando en conjunto al mismo nivel estratosférico que como solistas. El entendimiento de este quinteto es de admirar por empaste, dinámicas amplísimas, equilibrio y balance cuando los solos afloran, dominio total desde una técnica vertiginosa en todos ellos que cuando suenan las flautas de Antonini se convierten en la vestimenta ideal sin necesitar más tela que la presentada, tal es el armazón y ropaje que dan al concierto.

La música veneciana de Merula con la Canzon ‘la Pedrina’ y Castello con la Sonata XI a tre, de la Sonate Concertate in Stil Moderno nos transportó a «la Serenissima» en estado puro, un viaje al pasado de nuestra juventud con aquello que entonces nos parecía rompedor y drástico, como siempre sucede con lo nuevo que solo el tiempo pone, como siempre, en su sitio, plantilla de cinco virtuosos con especial mención a los violinistas sonando como uno en todo: dinámicas, ataques, arcos, intención y sentimiento, sin saber dónde empezaba uno y terminaba el otro, virtuosismo contagiado a cada instrumento antes de la aparición de la flauta de Antonini sentando a todos menos a chelo y tiorba, sin pausas, para las Variaciones sobre “Pulchra es amica mea” de Palestrina compuestas por el también milanés Rognoni y recordarnos el magisterio en la flauta dulce tenor dejándonos impresionados de nuevo con su técnica, su sonido y esa musicalidad infinita que todos estos intérpretes tienen en estas obras, alternando combinaciones y protagonismos donde no podía faltar el increíble solo de flauta de Van Goosen compuesto por el que he llamado “Paganini de la flauta barroca”, el holandés Jacob Van Eyck, obra hasta lógica por ser Antonini uno de los maestros del instrumento, una mínima incursión dentro del plantel italiano, y hasta homenaje a la flauta de pico, antes de volver con Merula y la Canzon ‘la Strada’ solamente con el ensemble.

Me gusta resaltar lo importante no ya de elegir un programa sino la organización y orden de sus obras, cosa que quiero comentar de nuevo pues la primera parte complementaba la segunda, como preparando estilos y formas, más los descansos del flautista para recuperar aliento que permitieron seguir deleitándonos con «su formación acompañante», de nuevo este quinteto que nos dejó unas excelentes Folias echa para mi Señora Doña Tarolilla de Carallenos de Falconieri (o Falconiero), la danza tan española que parece bailó Don Quijote, disfrutando de un perlado clave y una tiorba emergente preparando el ambiente musical de todo el grupo para un juego de contrastes donde la flauta se mezcla con el violín en una tímbrica mágica, uniéndose el empuje rítmico de un baile en Nápoles en tiempos donde este reino era español, como las siguientes dos maravillas que cerrarían la primera parte con la formación al completo: la Sonata VII sobre el ‘Ave Maris Stella’ de Del Buono, intimismo con paleta dinámica amplísima, a la que siempre ayuda el violonchelo unido a esa tiorba tan femenina, en el amplio sentido de la palabra, cortando la respiración y finalizando con una atronadora ovación antes de finalizar esta mitad con la Sonata en la menor para flauta, dos violines y continuo de A. Scarlatti, una colección de siete compuesta en los años finales como bien indican las notas al programa (colocadas aquí debajo), prescindiendo del clave pero igualmente rica de contrastes tímbricos a lo largo de sus cinco movimientos, alternando aires y dinámicas desde esa concepción del barroco que Il giardino armonico ha ayudado a tenerla como habitual, con Giovanni Antonini de solista y director perfectamente compenetrado con sus músicos.

La segunda parte nos hizo retroceder y recuperar años con muchos recuerdos de la mano del ahora maduro flautista y su “jardín armónico” con el repertorio que ellos dominan como pocos, gracias en parte al trabajo de tantos años. El “ensemble” nos llevó de vuelta a Venecia para maravillarnos con la Sonata XII de Castello que permitió disfrutar cada intervención solista (la tiorba emergió a la superficie poderosa, limpia y lucida, el clave ornamentando con ligereza y la cuerda frotada en permanente asombro para el que firma), y otro tanto con la Sonata I para dos violines, violonchelo y continuo “La cetra”, op. 10 nº 1 de Legrenzi con la magia de los dos violines citados.

Pero los concerti para flauta de Vivaldi que abrían y cerraban esta segunda mitad, siguen siendo referentes con “Il Giardino de Antonini”, barroco en estado puro para los dos conciertos elegidos, el Concierto para flauta, dos violines y continuo en sol menor “La notte” RV 104, de tiempos extremos, silencios subyugantes, ataques súbitos y casi violentos frente a los remansos paradisíacos, de flauta inacabada e inabarcable, cantando y jugando con floreos interminables, la descripción musical de los propios movimientos: Largo por las respiraciones, Fantasmi: Presto-Largo-Andante porque no parece humana tal capacidad de emitir sonidos tan bellos, Largo de plácida sensación de reposo contagiado por la lenta construcción de acordes entre cuerda y flauta (que nos recuerda mucho las estaciones entendidas por ellos mismos) y finalmente Il Sonno: Largo-Allegro donde hasta Freud podría argumentar desde la música con significado pese a ser «simplemente pura», el sueño profundo antes del despertar sobresaltado pero placentero y sin pesadillas.

El cierre del Concierto en re mayor para flautín, dos violines y continuo “Il gardellino” RV 90 continuó asombrando con el piccolo virtuoso y travestido del «ladrón traverso«, más increíble por tener de sustento unos músicos que convencen y contagian ímpetu, alegría, serenidad además de buen gusto y buen hacer desde la técnica al servicio de la música, creo que el ideal para cualquier melómano, compartiendo con la flauta de pico más pequeña los momentos álgidos de la historia del propio instrumento en unas partituras que siguen asombrando cada vez que vuelven a sonar, siempre únicas en vivo. Antonini sigue doblándose para dirigir y tocar, cargando los pulmones para sobrevolar sin respiro lo humano y divino, adornar los ornamentos y tocar hasta los silencios, y en número ideal por ser «de cámara», quién sabe si idéntica plantilla a la que podría utilizar «Il prete rosso» en el Ospedale della Pietà. Pájaros imaginarios en las calles venecianas del Allegro, primoroso el diálogo con el cello; el Largo cantabile sin los violines pero saboreando la tierra firme con chelo, clave y tiorba arropando la sopranino nunca hiriente, atentos a las respiraciones y ornamentos para seguir encajando todo, y la explosión de fuegos artificiales sobre el Gran Canal en Carnaval con el Allegro en tutti, asombrando el dúo de violines (los ecos no pueden sonar mejor) pero donde cada detalle seguía maravillando por las calidades.

Y lógicamente tenía que sonar también y tan bien Vivaldi en la propina: su Largo del Concierto en la menor, RV 108, abandonando el juguetón pícolo para retomar la contralto más humana en registro y poder así cantar sin palabras con la mejor vestimenta del quinteto, un «jardín» que sigue floreciendo 30 años después. Que duren por lo menos dieciséis años más, y no solo por Haydn…

El laúd con alma

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Miércoles 27 de abril, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo, sala de cámara: III Primavera Barroca: José Miguel Moreno (laúd barroco), Ars Melancholiae. Obras de Sylvius Leopold Weiss (1686-1750), Charles Mouton (ca. 1626-ca. 1699), Johann Gottfried Conradi (?-1747) y David Kellner (1670-1748).

Un concierto distinto donde escuchar a José Miguel Moreno (Madrid, 1955) hablar de las obras y sus compositores es toda una lección (y eso que dio una conferencia previa) donde la música de laúd resulta perfecto complemento de la palabra. El apellido Moreno es sinónimo de magisterio y arranque en la recuperación de la llamada «música antigua» además de verdadero referente para una nueva generación de intérpretes españoles que están consolidados a nivel mundial, como los hermanos Zapico de Forma Antiqva que este viernes 29 de abril debutarán nada menos que en Canberra (Australia) tras pasar por este mismo escenario y ciclo el pasado domingo, a quienes José Miguel Moreno también recordó.

Personaje peculiar y especial, no muy dado a entrevistas aunque dejo enlazada la realizada por Mario Muñoz Carrasco para la Revista Sineris hace un par de años, pues refleja a la perfección su pasión y profesión. Citaba a Couperin (Lo que me sorprende está bien, pero prefiero lo que me conmueve) antes de abordar a Mouton diciendo que como él, prefería la música que conmueve a la que sorprende, y su recital tuvo mucho de melancolía (como en las notas al programa) más que de sorpresa, pues las obras las ha dejado para la historia en disco compacto, una época donde siendo con su hermano Emilio propietario del sello Glossa, podían permitirse grabar lo que querían sin imposiciones ni comercialismos. Algo que los melómanos agradecemos porque nos hubiésemos perdido obras tan bellas como las escuchadas en vivo, con un ambiente familiar, poco público donde no faltaron maleducados que se fueron en medio de una obra, apertura de caramelo que rompía una escucha casi terapéutica, toses «opinando» ¿inconscientemente? que una hora de música de laúd parecía demasiado (supongo que no pasarían por taquilla o desconocían el contenido), y donde todavía pudimos escuchar tres propinas del francés Ennemond Gaultier «El viejo» (c. 1575-1651), de la estirpe Gaultier como Jacques o Denis, tras una velada que el propio José Miguel calificó como «música del alma».

Puede que el músico madrileño no esté en su mejor momento interpretativo (pues el vital demostró seguir joven confesándonos su nueva paternidad hace dos años que parece haberle devuelto el ímpetu), tal vez falte limpieza en algunos ornamentos, puede que también más pulsación en pasajes concretos, aunque sus pianísimos sigan cortando el aire, incluso que la selección de obras careciese de danzas más movidas optando por las íntimas y tranquilas, cuando no excesivamente reposadas, en pos de esa intención de relajación y disfrute sin más.

Pero nadie puede negar que sobre todo en la Suite en la mayor de Conradi «el gran desconocido», nos contagió su entusiasmo por compartir vida y obra de alguien que hasta se planteó fuese músico o compositor de lo escuchado… Cosas curiosas que nos cuenta el Maestro.

Algo parecido con la Chaconne en la mayor de Kellner, donde cada final era engañoso por volver de nuevo al inicio (cual Da Capo ad eternum) con leves variantes como corresponde al estilo barroco, tal vez queriéndose recrear y alargar estos «descubrimientos».
Las cinco danzas de Weiss algo decepcionantes, siempre en relación a sus primeras interpretaciones en disco (en 1993 aunque reeditado) pero todo un placer sus fraseos tan interiorizados y elegantes, aunque «cortadas» por la necesaria afinación de las cuerdas que vibran por simpatía para adaptarse a la tonalidad, y la selección de Charles Mouton algo más variada en tiempos y danzas, aunque se nota la predilección por la gavota y la zarabanda, curioso para un laudista enamorado además de gran intérprete de la vihuela española típica y única, a la que reconoce ser el mejor instrumento de la época, más que su laúd francés aunque su lenguaje sea universalmente personal.

Escuchar contar historias a José Miguel Moreno siempre resulta gratificante por la sabiduría que los años y el conocimiento transmite, pero sobre todo por contagiarnos la alegría de vivir de, por y para la música. Tras las tres propinas comentadas aún se quedó para atender preguntas y seguir de tertulia…

Gracias Maestro

Steffani, afectos y efectos

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Domingo 24 de abril, 19:00 horas. Sala de Cámara del Auditorio de Oviedo. III Primavera Barroca: Mª Eugenia Boix (soprano), Carlos Mena (contratenor), Forma Antiqva, Aarón Zapico (clave y dirección). «Crudo amor: Pasiones y afectos en la voz de Agostino Steffani«.
No pudo ser el 3 de marzo pero por fin volvieron a casa Forma Antiqva este último domingo de abril para traernos a la «Primavera Barroca» su Crudo amor, un programa que presentaron en Gijón durante el Festival de Música Antigua el 15 julio de 2014 y festejando sus 15 años en el Conservatorio de La Felguera el pasado 11 de octubre de 2015 tras grabar en esta sala, donde trabajan regularmente como grupo residente, su último trabajo para el sello alemán Winter&Winter, por lo que los muros del antiguo depósito de agua aún conservaban parte de la memoria reciente de los mismos intérpretes que han dejado otra joya para nuestra historia musical.

Impresionante ver la agenda de todos y cada uno de estos músicos que alternan trabajo docente (cuando lo permiten las autoridades incompetentes), escenarios, repertorios, formaciones, pero que vuelven a reunirse para recrear ahora a un Steffani por el que han transitado otros muchos intérpretes pero que «los Zapico» han actualizado y adaptado a su ya amplio repertorio, volviendo a contar con la «hermana adoptada» Ruth Verona y las voces de la soprano aragonesa Eugenia Boix y el contratenor vitoriano Carlos Mena, repuesto de sus problemas, en un directo siempre único e irrepetible porque el barroco todavía permite la licencia del momento, los ornamentos nunca iguales, los tiempos sin ceñirse a marcas metronómicas, los matices extremados hasta el infinito, todo ello desde el dominio de un programa por parte de cada uno que les permite disfrutar y contagiar «pasiones y afectos» con todos los efectos de la época.

Y como en el disco, las seis cantatas del cantante, organista, compositor, obispo, diplomático y puede que hasta espía Agostino Steffani (Venecia, 1654-1728), todo un personaje con una vida de novela donde sus partituras fueron admiradas y conservadas por Händel, alternando en un discurso muy homogéneo con intervenciones solistas de los hermanos Zapico perfectamente elegidas para completar un idioma común desde distintos acentos, como el propio veneciano, variando ligeramente el orden de la grabación.
Para empezar «Begl’occhi, oh Dio, non piú piangete» (1699) con sus seis números alternando dúos y solos y distintas combinaciones de acompañamiento instrumental: Begl’occhi, oh Dio, non piú piangete (dueto), el aria para alto Clori mia, s’il cor t’ingombra más recitativo Per te, mia vita, moro disfrutando de un continuo plegado a la expresividad del contratenor, manteniendo la estructura con una nueva aria de alto La tua troppo pietà ti fa crudele  seguidas del recitativo de soprano Se la tua gelosia  y el aria duetto Clori mia, deh, ferma alquanto.
Sin apenas pausa «Dimmi, dimmi, Cupido» (ca. 1688) en edición de los asturianos, que comienza con el recitativo para alto Dimmi, dimmi, Cupido, poderoso en el grave, afecto sin afectación al igual que el continuo, preparando el duetto: Son erede dei tormanti, una maravilla de empaste de las voces, líneas que se entrecruzan, contestan, contracantan, se «instrumentalizan» sin olvidar jugar con la melodía fundamentada en el acompañamiento exacto para realzar textos; el recitativo de soprano Ah, che quei piedi, oh Dio antes del último duetto Non bastava al Dio d’amore con el primoroso el trabajo instrumental donde las combinaciones de instrumentos están elegidas para jugar con las voces en registro y fraseo, además de la riqueza tímbrica que proporciona el cuarteto de cuerda junto a las agilidades vocales bien entretejidas para no perdernos los textos.
Y lo mismo cabría decir de los solos en los «intermedios», comenzando con Daniel Zapico a la tiorba que nos dejó la Toccata Terza del «Libro Terzo d’involatura di chitarrone» (Giovanni Girolamo Kapsberger) para disfrutar, reposada, llena de matices y sonido limpio.

Nueva edición propia de «Occhi, Perché piangete?» (ca. 1702) introducido por el clave cristalino antes de lento Occhi, Perché piangete? en juego vocal primoroso, sin necesidad de buscar dónde empieza y acaba una voz para unirse en color, engrosado por el cello de Ruth «Zapico» que enriquece aún más la paleta, al igual que el allegro Stolto è ben chi vi crede donde las agilidades vocales juegan con la cuerda frotada o el rasgueo de la guitarra, antes de retomar el lento Dal vostro pianto amaro.
La guitarra barroca de Pablo Zapico con la Passacaglia del libro cuarto de «Varii scherzi per la chitara spagnola» (Johann Caspar Ferdinand Fischer) hace de nexo entre cantatas recreándose en la rítmica sin olvidar lo lírico, casi un paseo entre cuadros, bocetos preparatorios del mismo trazo aunque distinta autoría.

Más extenso «Crudo Amor, morir mi sento» (ca. 1702) que da título a programa y grabación ahonda en pasión y efectos jugando con afectos bien ejecutados desde el primer aria duetto Crudo Amor, morir mi sento, el recitativo de Mena Come nel mar d’amore seguido por el arioso Egualmente mi nega deja paso y protagonismo a Boix con su recitativo La stella ch’a me splende casi operístico seguido del arioso Oh, toglimi la speme, de los momentos más emotivos del concierto, pausado, amoroso, rico en matices y templado, el clave completando con igual delicadeza las notas largas, respirando con la soprano, como el duetto, recitativo y nuevo duetto final È la speme un falso bene, Così seguendo le fallaci idee y Mai non gode quel cor, explicación sin palabras del título del programa llevado al disco.
Aarón Zapico al clave deleitó con una primorosa Passachaglia de «Musikalischer Parnassus» (Francesco Corbetta), trinos claros para una mano izquierda cantante y cambio de roles para una derecha lírica, perlada, apoyada en unos graves poderosos, alcanzando la impensable continuidad de estilo y afecto entre cantatas.

«Sol negl’occhi» (ca. 1702) tiene cuatro números con los mismos ingredientes anteriores ordenados en duetto (Sol negl’occhi del mio bene), recitativos de soprano (Filli crudele, oh Dio!) y alto (Ma, se nel tuo bel viso) donde el virtuosismo del contratenor en las agilidades rivalizaba con el cello de Ruth Verona antes del duetto final (Chi vedesse la beltà) en un tutti matizado lleno de fuerza y empuje.
Placidissime catene (1699) fue la última cantata del concierto, también edición propia para demostrar las múltiples combinaciones posibles que dotan de colorido la previsible monotonía de autor, mantener figuras cambiando el paisaje, duetto Placidissime catene para jugar con color y calor en los tempi: Ha perduto ogni suo bene, Vivo in doglie, e moro in pene, Affani pene e guai voi non farete y Amor fa quanto sal da la prigion. Las voces como instrumentos de viento en agilidades, las cuerdas de ripieno y continuos diferenciados, asombrando los exactos finales de frase para mantener flotando el último acorde en el aire. Placidísimos momentos muy trabajados con las horas de ensayo que un disco requiere y aprovechados para el directo aún más exigente e irrepetible.

Monteverdi y L’incoronazione de Poppea fue el espaldarazo en el foso del Campoamor para Forma Antiqva, y como regalo, además de su aparición en la exitosa serie «El Ministerio del Tiempo» (este lunes 25 de abril), la oscense Boix-Poppea con el alavés Mena-Nerón nos interpretaron Pur ti miro, pur ti godo tras un preludio instrumental Made in Zapico’s preparando la aparición por los laterales del patio de butacas y llenando la sala con «el más bello dúo de amor jamás escrito» en unas voces nuevamente empastadas con un perfecto entendimiento que arrancó las másque  merecidas ovaciones para poner el punto y seguido de un «Crudo Amor» que seguirá sonando, al menos el grabado.

Crítica en La Nueva España del martes 26:

Kožená con Cetra, todo un espectáculo

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Lunes 14 de marzo, 20:00 horas. Conciertos del Auditorio, Oviedo: Magdalena Kožená (mezzo), La Cetra Barockorchester Basel, Andrea Marcon (director). Obras de: M. Ucellini, Monteverdi, Merula, Marko Ivanović, Castello, Berio y Marini.

Las grandes voces femeninas pierden su nombre para añadir el artículo al apellido dando ese toque de inimitable y única con el que todos las conocemos. A Oviedo llegaba “La Kožená”, una mezzo nacida en Brno (1973) que enamora desde la primera vez que la oyes cantar, por su voz cálida, pasional, llena de matices infinitos, dicción perfecta, emisión ideal pero sobre todo una presencia y escena capaces de introducirnos en ella e imaginarnos todo el entorno sólo escuchándola, la magia que siempre alcanza esta mujer hoy de rojo en la primera parte, que siente y nos hace sentir a Claudio Monteverdi (1567-1643) como pocas.
Pero el verdadero ropaje no lo pusieron Daniela Flejšarová ni Kateřina Štefková, que también, sino el maestro italiano Andrea Marcon, verdadero modisto o diseñador de la música tanto instrumental como acompañante vocal, cortada a medida por sus alumnos de La Cetra de Basilea, ocho músicos perfectamente ensamblados y sin tacha, desde una interpretación historicista que hoy consideramos «normal» gracias entre otros a nuestro recién llorado Harnoncourt: un par de violines, una viola que alternó con la flauta dulce piccolo, y un continuo donde además de la viola de gamba y el violón, teníamos un laúd alternando con la guitarra barroca, solo en la primera parte, más una tiorba y un segundo clave complemento del maestro. Obras del barroco temprano alrededor del verdadero eje monteverdiano con algún guiño asombroso como era de esperar en un espectáculo único.

Ellos fueron los encargados de entrar a escena con el Aria Quinta sopra la Bergamasca a tre, de «Sonate,
arie e correnti, op. 3» (1642) de Marco Ucellini (1603-1680) antes de la aparición de una Ottavia de rojo pasión y zapato plateado con altura de vértigo, «L’incoronazaione di Poppea» con el aria Disprezzata Regina que “La Kožená” transmitió desde el desgarro de la abandonada emperatriz, un lujo que iría en aumento en el Addio Roma! Addio Patria! Amici Addio! del tercer acto, con un puente instrumental de Tarquinio Merula (1595-1665) encajado a la perfección, la Sonata XXIV, Ballo detto Pollicio de «Canzoni overo sonate conertante per chiesa e camera, op. 12» (1637), esa despedida trágica, con la voz entrecortada sabedora de la muerte, registro dramático desde la grandeza escénica.

Y es que “La Kožená” es capaz de cantar Monteverdi vestida de rojo puro barroco y (re)vestirlo como si su compatriota Marko Ivanović (1976) diseñase manteniendo el taller y la tela, darle la vuelta sin perder ni un ápice desde otra hechura y parecer otro. Arianna has a problem es un encargo de la propia mezzo precisamentre para este programa, un nuevo personaje femenino de abandonada, la Ariadna partiendo del doloroso Lasciatemi morire (con texto de Ottavio Rinuccini) en el que el director de escena -en la segunda parte- Ondřej Havelka inserta sus propios textos, haciendo interactuar a la protagonista con el público, acusándole de no comprenderla en su tragedia por el traidor Teseo, bajando a las butacas, sacando la escena a la escena como el genial Woody Allen en «La rosa púrpura del Cairo» (1985), fractura de tiempo y espacio, el paso del blanco y negro al color, atravesar la pantalla para convivir, o revivir la vida con los fieles seguidores, actual con la duda de volver, sentir y sufrir en uno u otro lado de la (ir)realidad.
Tras el guiño, vuelta de los jóvenes intérpretes a los barrocos jóvenes, eternamente actuales, en el tercer número instrumental, de Dario Castello (1590-1658) y su Sonata XV a quattro de «Sonate concertate in stil
moderno, libro secondo» (1629), moderno entonces, asimilado ahora y con la misma frescura «cetrina».

Solo una diva es capaz de organizar un programa donde los músicos se sientan entre el público y en solitario «marcarse» Sequenza III, para voz femenina, con poema de Markus Kutter (1966), como si fuesen igual 50 que 500 años, porque Luciano Berio (1925-2003) sigue sonando vanguardista y rompedor, más dentro de un quasi monográfico Monteverdi que “La Kožená” interpretó de forma magistral, precisamente ubicado como cierre carnal, impactante y manteniendo expectante a todo el auditorio, provocando, asombrando, jugando con todo en una camaleónica versión donde su voz no perdió compostura ni brillo, cómplice el tiorbista Daniele Caminiti, portazo y susto incluido, en un alarde de dramaturgia. Merece la pena leerse las notas al programa de María Sanhuesa «Mujeres fuertes: mujeres solas» relatando los distintos abandonos tan estructurados como el propio programa, como solo una mujer puede entender y explicar.

Dramaturga y taumaturga se volvió Magdalena Kožená en la segunda parte. Se reorganiza la escena con «La Cetra» a la derecha casi en penumbra, atriles con leds, y una tarima donde solo vemos dos galeas o cascos con penachos diferenciados, como los dos personajes. Suena Biagio Marini (1594-1663) cual obertura en su Passacaglio a quattro de «Per ogni sorte di strumento
musicale diversi generi di sonate, da chiesa, e da camera
op. 22» (1629), muy bien traído antes de la aparición de la checa vestida de romano para representar tres personajes en uno, Il combattimento di Tancredi e Clorinda de «Madrigali
guerrieri ed amorosi…» Libro octavo (1638) del genial Monteverdi, no ya madrigales como hasta entonces sino teatralizarlos realmente, dramatizarlos y crear una mezcla de oratorio y ópera, aparecen dos espadas, del cruzado Tancredi a la amazona Clorinda que piensa guerrero, y el propio narrador, el engaño de la travestida para medirse ambos en armas, canto increíble, diferenciado, natural, con una gama de matices desde una técnica asombrosa, de emisión dulce y clara, todo con una arrolladora personalidad de la checa, el ímpetu de Tancredi siguiendo a Clorinda, la noche y la evocación, fama y gloria resplandecientes, el acero destellando y el pie firme, las ofensas empujando la venganza, fiereza, embestidas… y así la narración que nos convence de los dos personajes moviéndose con las luces mínimas de Lukáš Pondělíček, las candelas creando sombras y tensiones, la sangre cinta roja manando de la dorada ócrea sobre la blanca túnica, la luz que emana de una «cetra» convertida en regio cetro, reina despreciada y abandonada del principio transmutada triplemente en sí misma, narrando y sintiendo por dos. Arrolladora “La Kožená”, convenciéndonos de esta locura desde su propio convencimiento, haciéndonos ver lo invisible, el casco en copa cual grial, el arroyo murmurante, la mano temblorosa, juego de roles y voces como solo ella sabe y puede, el aplomo y dominio escénico desde la madurez vocal y vital. Marcon el maestro, el especialista, el músico completo, discreto desde la sabiduría, dejando fluir la música de sus alumnos vistiendo la voz para ese final que abre el Cielo, curiosamente apagándose voz, luz y música. Casi tres cuartos de hora en este triduo mitológico, la magia del tres como eje perfecto.

Adelantar la caja acústica para el espectáculo fue todo un acierto ayudando no ya la propia sonoridad del «consort» con la mezzo sino por la cercanía ideal, más si cabe para esta escenificación que en un espacio más reducido aún nos hubiese conmovido hasta límites insospechados.
Un auténtico placer Magdalena Kožená, una voz de las que escasean hoy en día y una artista integral, con una propina que no podía ser más que de Monteverdi, Sì dolce é ‘l tormento, totalmente dulce y nada tormentoso, porque el «padre de la ópera» experimentó en los madrigales todo el poder expresivo de la palabra con la música a su servicio, «La Cetra» primorosa desde la cuerda pulsada a la frotada y percutida, puente renacentista al barroco que sigue tendido y manteniendo cada vez más actual este periodo de nuestra historia.

Savall sin fronteras

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Sábado 23 de enero, 20:30 horas. Auditorio de León, XIII Ciclo de músicas históricas. Hespèrion XXI, Jordi Savall (viola de gamba y dirección): «La Europa musical: 1500-1700». Entrada: 10€. Coproducción del CNDM.

Magia universal con las violas de gamba en todas las tesituras la que trajo a León nuestro universal catalán, con siete músicos en escena capaces de romper las fronteras de una Europa ideal que recordaba el propio Savall antes de la segunda propina, compositores en otros países uniendo acentos para una música a atemporal que mueve público de todas las edades como el que llenó el auditorio de la capital hermana de la asturiana.

Un renacido Savall con la viola de gamba soprano preparó seis bloques bien hilvanados con la danza de nexo, repartidos en dos mitades:

Unas «Danzas italianas del Renacimiento veneciano» para presentar la capacidad de este Hespèrion del XXI: Lorenz Duftschmid a la viola baja más un Philippe Pierlot doblando alto y baja, casi alter ego «savalliano» a lo largo del programa, el violone de Xavier Puertas, la tenor de Sergi Casademunt al lado del maestro, completando toda la tesitura de una viola de gamba más actual que nunca, y los dos detallistas necesarios cual orfebres para preparar unos grabados musicales llenos de monocromías irisadas: Enrike Solinís con doblete tiorba y guitarra siempre complementando con punteos o rasgueos el fluir frotado, más la imprescindible percusión de un siempre maravilloso Pedro Estevan. Las cuatro danzas elegidas prepararon lo que vendría después dado que aún faltaban detalles como cuidar más los finales de Pavana, Gallarda, Tedescha y Saltarello.

El segundo bloque «Elizabeth Consort Music» nos preparó a tres ingleses (Dowland, Gibbons y Brade) con verdadero acento británico que el septeto interiorizó al detalle convirtiendo el auditorio leonés en corte danzante de las islas. Maravilloso empaste de cuerda frotada con las perlas de la tiorba y la percusión vistiendo a Savall y su viola soprano de rey supremo.
Para cerrar la primera parte unas «Danzas y variaciones de España y Portugal» para seguir paseando por aquella Europa de intercambios sin fronteras como Hespèrion XXI deleitando polifonías vocales o ritmos ibéricos de Luys de Milán, Cabezón con las Diferencias sobre la Dama le demanda, Diego Ortiz y el portugués Pedro de San Lorenzo, delicioso escuchar las voces agudas de Savall y Casademunt contrapuestas a los bajos de Pierlot y Duftschmid con el soporte del violone de Puertas mientras Solinís rasgueaba la guitarra completando las excelentes pinceladas de Estevan, para ir rematando con unos Canarios para lucimiento de un Savall inspirado recorriendo todo el registro de la soprano, de arco poderoso jugando con mayores y menores cual Jam session renacentista más actual que nunca, demostrando un entendimiento con sus músicos envidiable.

Los tres bloques de la segunda parte, ya con el septeto en plena forma, nos llevaron por Francia y Alemania antes de una recapitulación europea:
«Músicas para el Rey Luis XIII» capaces de alternar intimismo y danza, «Músicas de Alemania» centradas en un Samuel Scheidt de colorido etéreo en la línea de aguafuertes y grabados bien delineados, y «Música de la Europa Barroca» haciendo convivir a Purcell, Joan Cabanilles, J. H. Schein, Dumanoir y la excelencia de la Gallarda napolitana de Antonio Valente, juegos de «pizzicatti» actuales para una música de «solo» 500 años que con Hespèrion sigue más actual que nunca, recreando sonoridades de claves y laudes celestes.

Aplausos más que merecidos que nos dejaron de propina otro bloque de cuatro danzas francesas, la segunda lengua de Savall que hace suya esta música cercana a la que el país vecino tanto le debe. Reconforta volver a escucharle feliz tras malos tiempos recientes y comprobar que su legado todavía sigue creciendo. Verdadera y merecida ovación, palabras de agradecimiento y reivindicación de una Europa sin fronteras que tristemente este siglo vuelve a levantar, antes de regalarnos unas danzas de Brade donde todo Hespèrion con Savall a la cabeza recreó sonidos célticos que los asturianos sentimos tan cercanos como este León que me ha hecho un gran regalo de cumpleaños.

Despojando los textos

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Viernes 20 de noviembre, 20:30 horas. Iglesia de San Isidoro el Real de Oviedo, XI Ciclo de Música Sacra «Maestro de la Roza». Oniria Sacabuches: «La música estremada» (Música y mística en el Siglo de Oro español). Obras de Vivanco, Pisador, Juan Vásquez, Victoria, Morales, Guerrero, Cabezón y Salinas.

Nuevo lleno en San Isidoro pese a la variada oferta musical ovetense para este viernes de noviembre con una original propuesta de este grupo andaluz formado por tres trombones antiguos o sacabuches, Manuel Quesada y Carmelo Sosa (sacabuches alto y tenor) más Daniel Anarte (sacabuche bajo, tenor y dirección), con el percusionista Eugenio García Navarro y la recitadora Caroline Astwood, tomando como punto de partida la polifonía renacentista a la que despojan de los textos, que se proyectan en español, pudiendo seguir la poesía de Juan Boscán, lecturas de Jeremías o el «Cantar de los Cantares» e incluso el «Romance del Conde Claros de Montalván» musicado por Francisco Salinas, que cerraría el concierto, siempre presentadas con poemas bien sentidos que pareciesen recopilación de las anteriores temporadas de este ciclo ovetense, escuchando a Fray Luis de León, San Juan de la Cruz o Santa Teresa de Jesús cuyo éxtasis de Bernini también ilustraba el programa.

Cuatro bloques con entidad propia capaces de «cantarse sin letra«, desde Si la noche haze oscura del Cancionero de Upsala o el del salmantino Diego Pisador (1510-1557) que abrían y cerraban «La noche oscura», con dos motetes del abulense Sebastián de Vivanco (1551-1622), polifonía olvidada y recuperada con metales y leve toque de percusión remontándonos a los Ministriles catedralicios que tantas veces doblaban a las voces e incluso, como esta vez, las sustituían directamente, respirando cual canto y fraseando mentalmente los textos latinos o en castellano antiguo.

«Una mirada contemplativa» nos traería a otro gran abulense como Tomás Luis de Victoria (1548-1611), dos «Benedictus» victorianos de verdadero rezo sin palabras, pertenecientes a las misas O magnum mysterium y O quam gloriosum, escoltado por Si no os hubiera mirado Juan Vásquez (1500-1560) y Cristóbal de Morales (1500-1553) con dos visiones del mismo texto armonizadas por un vihuelista o un polifonista esta vez con este trío de trombones.

«Canciones o cánticos espirituales» trajeron la alegría de Francisco Guerrero (1528-1599), villanescas cual cantos caballerescos donde la Dama es amada y loada, Pastor, quien madre Virgen, limpieza de líneas vocales desde un trío de sacabuches plenamente compenetrado, Tan largo ha sido, escuchando al tenor bien acompañado por las otras dos voces, ¡Oh, venturoso día! para seguir paladeando la polifonía vocal desde unos metales sedosos y terminar con ¿Qué se puede desear?, arduo trabajo el de estas transcripciones capaces de hacernos «olvidar» unos textos y desnudar la música pura.

El último bloque «Divina Armonía», comenzaba con el Tiento primero de Antonio de Cabezón (1510-1566), órgano a tres sacabuches que debieron ornamentar cual teclista con toda la dificultad técnica del trombón de varas, para engrandecer con sus «crescendos» lo que la mecánica no puede y el soplo humano convierte en imposible, dos nuevos «Benedictus» del Maestro Victoria Trahe Me Post Te y Quam pulchri sunt dibujadas las voces desnudas en una tímbrica sorprendente, antes del ya citado romance Media noche era por filo del genial ciego Salinas, perfecto broche de un concierto donde la palabra la pusimos todos y la música una agrupación original en formato con repertorio verdaderamente de oro, como nuestro mejor siglo cultural. La propina despliegue de folía del cuarteto con su mejor percusión y la alegría del Adviento con una música que siempre resulta «divina armonía».

 

Equilibrada inestabilidad

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Jueves 19 de noviembre, 20:30 horas. Festival Internacional de Órgano Catedral de León, CNDM: «Bach en la Catedral«, Roberto Fresco (órgano).
Concluyó otra edición, la trigesimosgunda de un festival casi sin apoyos, que como indicaba en la presentación su director Samuel Rubio, resultó ser el de mayor éxito de público. El apoyo del Ministerio de Educación, Cultura y Deporte a través del INAEM y el Centro Nacional de Difusión Musical ha sido un verdadero salvavidas y este ciclo de «Bach en la Catedral» continuará varios jueves en «el Klais» de la Pulchra Leonina y los sábados en «el Grenzing» del Auditorio Nacional con el exitoso «Bach Vermut«.
En León el frío es intrínseco y no impide las colas para asistir a este verdadero peregrinaje bachiano, incluyendo aficionados y músicos asturianos, todo un éxito impensable que demuestra la vigencia eterna del cantor de Leipzig así como la música de este órgano que engrandece la catedral leonesa.

Foto ©Fernando Álvarez con Roberto Fresco, Jaime Mdez. Corrales y José Mª Martínez

Esta vez la neblina sumada a la gélida noche pareció alcanzar al organista de la Almudena que personalmente no acertó en las combinaciones casi infinitas del «Bicho de Klais» (2013) con un programa que arrancaba con el Preludio en la menor, BWV 569, algo oscuro pese al rugido del pedalero que llenaba lo más profundo de la acústica catedralicia.

Prosiguieron seis «Corales de Adviento y Navidad», donde fueron alternando registros digamos habituales con unos «octaviantes» realmente deliciosos e íntimos, buscando el contraste de dinámicas además del tímbrico por parte del organista astorgano, ayudado por Guillermo A. Ares: el Num komm, der Heiden Heiland del trío BWV 660 más el BWV 699, verdaderas meditaciones corales de Leipzig en el pedalero aflautado revestido por los teclados, Lob sei dem almärchtigen Gott, BWV 704, voces bien diferenciadas desde la dificultad, el hermosísimo Vom Himmel hoch, da komm ich her, BWV 738 vertiginoso y difícil de seguir la melodía tan trabajada, y la «fughetta» de Christum wir sollen loben schon oder, BWV 696, muy denso en el desarrollo con flautados impercebtibles y algunas imprecisiones porque Bach resulta tan perfecto en su escritura que nada que se salga de ella es delator implacable.

Más ligeros y en la misma línea de contrastes, sin «arriesgar» con los registros escuchamos cinco duetos consecutivos del BWV 802 al BWV 805, agradecidos en cualquier teclado, que en el órgano adquieren su verdadera dimensión, antes de continuar con cuatro «Corales de Navidad» del Orgelbüchlein: In dulci jubilo, BWV 608, un canon doble de registros celestes, Lobt Gott, ihr Christen, allzugleich, BWV 609, sonoridades en estado puro y pedalero presente, Christum wir sollen loben schon, BWV 611, lento y bien dibujado por Fresco, para finalizar con el vigor del Wir Christenleut, BWV 612, esta vez más homogéneo en desarrollo y lirismo siempre con profundidad expresiva aunque flotando la neblina exterior hecha sonido.

La recta final comenzaba con las «Variaciones canónicas» BWV 769, complicadas donde las haya, Vom Himmel hoch, da komm ich her que «ahuyentaron» a algunos espectadores tal vez despistados ante tanta música como esconden estas joyas organísticas, lengüetas agudas en mano derecha contrapuestas a una izquierda aflautada con el canto grave de los pies, el Contrapunctus X de «El arte de la fuga» BWV 1080, siempre más agradecido en versiones camerísticas porque en teclado parece misión imposible disfrutar la matemática hecha música del kantor, que el organista leonés buscó incansable limpiar de lo nunca accesorio en Bach, y finalmente el vivaldiano a dos violines reconstruido como Concierto en la menor BWV 593 que convierte al órgano en rey de los instrumentos reviviendo la orquesta en una explosión de registros para teclados y pedalero con tres movimientos que volvieron a resucitar al «bicho«, un Allegro poderoso, el Adagio retomando flautados mínimos y el luminoso Allegro final para reencontrarnos con el mejor Bach. En definitiva, un concierto de inestable equilibrio pero de equilibrada inestabilidad para todos los posibles que el instrumentos construido por Klais atesora, tomando poco a poco el aire leonés que a Mein Gott siempre le sienta bien. Supongo que en el Auditorio Nacional la paleta sonora caliente dedos y disipe nieblas.

Don Alfredo, la muerte no es el final

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Este sábado 31 de octubre se cumplían once años del fallecimiento del Maestro Alfredo de la Roza Campo (Santa Marina de Siero, 1925 – Oviedo, 2004) y «su» Escolanía San Salvador le rendía homenaje con una Misa en San Isidoro oficiada por su párroco Don José Luis Alonso Tuñón, y cantando porque es la mejor forma de mantener vivos a nuestros seres queridos, desde el inicial Cerca de tí, Señor hasta La muerte no es el final pasando por una de las misas compuestas por el propio Don Alfredo, cuyas partituras calígrafas eran mejores que las de imprenta, porque así era este sacerdote que ejerció su pastoral por y desde la música, con alumnado a lo largo de muchos años al que inculcó su pasión plantando una semilla que con el tiempo ha dado buenos frutos.

La «Escolanía de Don Alfredo» sigue funcionando a la perfección, con muchos avatares (situación o vicisitud contraria a la buena marcha de algo) pero muy viva y madura, dirigida actualmente por Elisa García Gutiérrez, también organista y profesora. Por esta formación han pasado varias generaciones, incluyendo a su anterior director Don Gaspar Muñiz, sin olvidarme de Joaquín Sandúa que tanto trabajó codo con codo con Don Alfredo en la Capilla Polifónica «Ciudad de Oviedo» (en los tiempos de Benito Lauret) y que le ayudó a crear junto a Manuel Ardura Nachón la Escolanía de Mieres, de breve recorrido ensayando en la entonces llamada Casa de la Juventud de Mieres en Oñón, con Javier Pérez López de responsable. Todos buenos amigos.

Y los viernes de noviembre vuelven a ser cita obligada del Ciclo de Música Sacra «Maestro de la Roza», que con esfuerzo, como todo en la vida, alcanza su undécima edición, siendo esta Misa el verdadero arranque del mismo y siempre con nuestro Alfredo presente. El lema de este año «Nada te turbe», acertado como la música e intérpretes elegidos para la misma, cuatro conciertos #yosoydelciclo, etiqueta en las redes sociales donde la Escolanía y sus seguidores van informando puntualmente.

La Iglesia de Santa María de La Corte acogerá el día 6 de noviembre a las 20:00 horas el concierto del compositor y organista burgalés Germán Yagüe, también en su momento escolano en su tierra, ahora estudiante y organista en Oviedo, que interpretará obras de Correa de Arauxo, Pablo Bruna, Cabanilles o Frescobaldi entre otros. Buen repertorio para poner a prueba el órgano de La Corte, también con mucha historia.
Volveremos a la «sede oficial» de San Isidoro el 13 de noviembre a las 20:30 horas, la iglesia de la Plaza del Ayuntamiento, con la cantante griega Nektaria Karantzi, un referente del canto bizantino que será objeto del programa a escuchar.
El 20 de noviembre a las 20:30 horas será el turno del grupo malagueño Oniria que dirige Daniel Anarte, especializado en repertorio renacentista y barroco en una formación que seguro llamará la atención del público con sacabuches, antecesores de los actuales trombones, percusión y narrador en un concierto titulado «La música estremada», música y mística del Siglo de Oro enlazando con ese «Nada te turbe» tan teresiano con obras del Cancionero de Upsala, Francisco Guerrero, Morales, Cabezón o Victoria.
Cerrará el XI Ciclo la propia Escolanía San Salvador dirigida por el prestigioso profesor y músico argentino Gabriel Garrido, especialista del barroco y fundador del Ensemble Elyma, el 27 de noviembre a las 20:30 horas, un concierto titulado «Oh luz gozosa» con Marc Sunyer al violón, Luis Alberto Rodríguez al bajón, arpa y Elisa García al órgano, interpretando villancicos navideños con batallas y lamentos de Juan de Araujo encontrados en los archivos del virreinato peruano donde fue Maestro de Capilla en Lima, verdadera mina para rescatar repertorio hispano.
coincidiéndome con un concierto en el Auditorio, pero seguro que colofón perfecto de una música que ha encontrado su hueco en el mes que comienza con todos los santos y los difuntos, aunque como la propia letra de esta maravillosa partitura del sacerdote Cesáreo Gabaráin Azurmendi (1936-1991), autor entre muchas más de la popular Pescador de hombres, y hoy convertida como otras en himno militar, aunque fuese compuesta tras la pérdida de Juan Pedro, joven organista de 17 años de su parroquia:

«Tú nos dijiste que la muerte
no es el final del camino,
que aunque morimos no somos,
carne de un ciego destino.

Tú nos hiciste, tuyos somos,
nuestro destino es vivir,
siendo felices contigo,
sin padecer ni morir.
Siendo felices contigo,
sin padecer ni morir
«.

Casi palabras en boca del propio Don Alfredo, siempre en nuestro recuerdo.

La música interior de Santa Teresa

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Jueves 15 de octubre (festividad de Santa Teresa de Jesús), 21:00 horas. Catedral de León, XII Ciclo Música Históricas del CNDM, en coproducción con el XXXII Festival Internacional de Órgano Catedral de León (FIOCLE). Capella de Ministrers: Catherine King (mezzo), Carles Magraner (viola da gamba), Ariel Abramovich (vihuela): Mística: Paisajes sonoros del itinerario fundacional de Santa Teresa de Jesús. Obras de Juan del Enzina, anónimos, Diego Pisador, Luis de Narváez, Francisco Guerrero, Miguel de Fuenllana, Antonio de Cabezón, Bartolomé Escobedo, Esteban Daza, Alonso Mudarra, Luys de Milán y Adrián de Moxica. Entrada libre.

Nada mejor para comenzar esta crónica que un poema de la propia santa de Ávila en este 2015 donde se conmemora su quinto centenario:

¡Oh hermosura que excedéis
a todas las hermosuras!
Sin herir dolor hacéis,
y sin dolor deshacéis,
el amor de las criaturas.
Oh ñudo que así juntáis
dos cosas tan desiguales,
no sé por qué os desatáis,
pues atado fuerza dais
a tener por bien los males.
Juntáis quien no tiene ser
con el Ser que no se acaba;
sin acabar acabáis,
sin tener que amar amáis,
engrandecéis nuestra nada.

La música podría ser la destinataria de tan bellas palabras juntando dos cosas tan desiguales y necesarias como música y silencio, pues el recital de este trío resultó no ya un paisaje interior sino toda una sesión de recogimiento por parte de una feligresía no toda melómana pero igualmente entregada a una meditación más allá de la mística ante los textos elegidos, cantados o instrumentales que la formación valenciana -aunque plenamente internacional- fue desgranando durante más de una hora, como si música y silencio formasen un todo para que «Nada te turbe» volviendo a la Santa precisamente en el día de su festividad.

La voz femenina más natural es la clasificada como mezzosoprano, y así resultó la británica, canto natural, por momentos íntimo pero bien proyectado, con la dificultad del idioma y la dicción clara perdida a menudo por la sonoridad catedralicia que sin embargo compensó unos instrumentos perfectamente percibidos y contrastados, la viola de gamba del solista valenciano, tan cantarina como la humana y en otros momentos grave cual cuerda masculina, más la vihuela del argentino punteando, haciendo el contracanto y solista en sus páginas propias.

Música y textos de la época de la santa en su itinerario español, música como oración sin palabras incluso por compositores también clérigos, latín o castellano antiguo, alternancias instrumentales y vocales en este paisaje sonoro que todos caminamos con respeto casi olvidado. Partituras de distintos cancioneros, formas instrumentales variadas desde villancicos y villanescas a fantasías espirituales, romances y pavanas con sus glosas emparejados con textos de Santa Teresa, bellezas y recogimiento individuales y compartidos desde el silencio interrogante del alma a cargo de este trío con larga trayectoria como Capella de Ministrers. Las notas del programa explican bien este itinerario:

«En su libro Las fundaciones, la santa de Ávila apunta en varias ocasiones la presencia de “mucha música” en sus andanzas y hechos fundacionales. Es un paisaje místico que trata de pintar el concierto de la Capella de Ministrers, que recoge ejemplos de los cancioneros de Palacio y Uppsala. Coetánea de Teresa de Jesús fue la gran música española para vihuela, pero también la gloriosa polifonía, como la de Guerrero o Escobedo de esta velada, ese canto de órgano, tan sutil como un cristal, pues “que un punto o compás que se yerre, disuena toda la música”, como afirma Santa Teresa en el Libro de la vida«.

Dejo el programa así como los textos enlazados, destacando en el terreno instrumental la marcha anónima inicial Sacris Solemnis, la Fantasía del primer tono por gesolreut (de Los seys libros del Delphin (1538) de Narváez o la otra de Mudarra para acariciar la vihuela tenue de Abramovich, las obras de nuestro genio Cabezón,  Tiento X (del Libro de Cifra Nueva) o Para quién crié yo cabellos, romance y pavana con su glosa, recreando el dúo de cuerda tímbricas corales y de tecla siempre con mimo, aunque sería con la mezzo donde alcanzaron los momentos más intensos y bien dosificados a lo largo del concierto.

Nadie mejor que el salmantino Juan del Enzina para comenzar a disfrutar del recital, pero especialmente nuestro gran polifonista Francisco Guerrero con Si tus penas no pruebo, cántico espiritual, con voz y viola primero, voz y vihuela después y ensamblando el trío en orgánico canto realzando los textos, o las últimas Adiós mi amor, instrumental original para dos vihuelas donde la cuerda realmente cantó esta canción para ministriles de Lerma, y Niño Dios d’amor herido, «Canto de cisne blanco. Oh Señor mío y Esposo mío, ya es llegada la hora tan deseada» (Sta. Teresa), incluyendo recitado por parte de Magraner (que a mitad de concierto dirigió unas palabras a un ensimismado auditorio) más la voz de mezzo casi poniendo música celestial a las canciones y villanescas espirituales.

Me emocionaron los motetes, tanto el Erravi sicut ovis a 4 del zamorano Bartolomé de Escobedo y el de Bernardino de Ribera (o Bernardino de Sahagún) Virgo prudentissima donde la polifonía resultó viva con la voz cantada con recogimiento cual rezo de la mezzo y las otras voces instrumentales en un lujo de interpretación casi coral, así como Dama, mi gran querer de Adrián de Moxica. Otro placer el villancico de Miguel de Fuenllana o el de Esteban Daza de título Dame acogida en tu hato, de nuevo voz alternando el acompañamiento entre los dos instrumentos antes de la plenitud del trío, todas las obras engarzadas al detalle, para terminar regalándonos una villanesca de Guerrero para marchar en paz. Emoción teresiana en un itinerario musical y personal desde la Pulchra Leonina, marco perfecto para este verdadero acto de fe y devoción.

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