Inicio

Placeres eternos e irrepetibles

3 comentarios

Viernes 21 de febrero, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo: concierto de abono 7, OSPA, Ning Feng (violín), Joana Carneiro (directora). Obras de Adams, Shostakovich y Beethoven.

Algunos seguidores del blog han escrito comentando mis entradas como demasiado optimistas la mayoría de las veces y muy parciales (siempre cierto por personales) dado que apenas asistía a conciertos malos. Aquí viene mi innecesaria defensa, pues hace años que Oviedo es referencia para melómanos aunque no siempre tenga la resonancia mediática que se merece, algo que puedo asegurar es objetivo y no me cansaré de repetir y reflejar. Para una región como la nuestra de apenas un millón de habitantes, concentrados en el centro y en plena crisis industrial, minera, nacional… que la musical siga estando en primera línea con todo tipo de sacrificios pienso que debería tener más eco en un país que se está rompiendo por culpa de unos dirigentes incultos y egoístas.

En una semana beethoveniana está bien escuchar otras formaciones orquestales con directores no titulares, siempre en el irrepetible directo para comprobar y comparar, inevitable por otra parte pese a la losa que supone haber degustado exquisiteces irrepetibles. Sigo presumiendo de asturiano melómano con un vagaje musical repleto de figuras mundiales que han pasado por la capital del Principado e incluso de otras que el tiempo acabó convirtiendo en tales, habiendo sido Oviedo su debut o trampolín. Compartir estos placeres irrepetibles los hace aún mayores, y este tercer viernes de febrero ha sido uno de ellos.

Esta semana se ponía al frente de nuestra OSPA la directora portuguesa Joana Carneiro, que afrontó un programa titulado «Beethoven eterno» y en sus notas Hertha Gallego de Torres calificaba de «sentido del ritmo», ampliado aún más hasta «apoteósis del ritmo» que escribía mi amigo Ramón Avello en El Comercio para cada obra: reiterativo, obsesivo y demoniaco, y apoteósis de la danza.

De los compositores contemporáneos, John Adams (1947) está entre los preferidos del público, y estos días está en Madrid donde tiene «carta blanca«. De su ópera Nixon en China emerge con protagonismo propio The Chairman Dances: Foxtrot para orquesta (1985) que ponen a prueba formación y dirección sinfónica como en Oviedo, y con buena nota para todos: la maestra portuguesa con ideas muy claras, precisión, claridad en el gesto y dominio de la partitura, más unos músicos que se nota trabajaron duro para superar todas las dificultades de esta partitura con múltiples cambios de compás, ritmo, tiempos y dinámicas, exigente en empastes y de estilo minimalista que puede caer en lo monótono de no mediar la riqueza interpretativa, destacando la sección de percusión siempre segura junto al piano, en esa importancia rítmica deudora de tantos otros compositores que el propio Adams reconoce.

Palabras mayores el Concierto nº 1 para violín en la menor, op. 77 (antes op. 99) de Shostakovich con el virtuoso Ning Feng y un Stradivarius «MacMillan» (1721) afrontando una de las obras más importantes del ruso. El violinista chino optó por una interpretación introspectiva que la directora lusa supo e hizo acompañar en la misma línea, cuatro movimientos que son cual suite incluso en los títulos: el Nocturne transmite dolor desde la densidad orquestal y el lamento solista; el Scherzo auténtica «broma» de buen gusto plagada de polirritmias y efectos tímbricos en y para todos, con una orquesta atenta y entregada (destacar sólo un arpa pero siempre referencia), contagiada del vigor de solista y dirección, algo exagerada pero tal vez necesaria, segundo movimiento calificado por el gran Oistrach que estrenó la obra de «demoníaco y espinoso», siéndolo Feng literalmente; Passacaglia de la hondura sinfónica a que nos tiene acostumbrado el compositor ruso, exigente para todas las secciones que nuevamente estuvieron a la altura de la obra y el solista volviendo a impactarnos desde una interpretación diría que volcánica por el proceso emocional, para finalmente llegar a la chispeante Burlesca que desencajó a más de uno con la intermedia larga cadenza capaz de acallar las siempre incómodas toses desde una interiorización de dolor y angustia que salía a borbotones inundando de desbordante emoción el auditorio, la montaña rusa musical que suelo utilizar metafóricamente para este tipo de grandes conciertos.

Sin menospreciar a una orquesta que se comportó y la buena concertación de la señora Carneiro, lo del virtuoso chino es para recordar y así lo entendimos todos. La versión que nos regaló -como el día antes en Avilés- de Recuerdos de la Alhambra de Tárrega espero volver a escucharla cuando Radio Clásica emita el concierto, visionar y repetir, con un arco inigualable, capaz de recrear los trémolos guitarrísticos y la melodía en esa joya de violín. Silencio de emoción y otro regalo «caprichoso» del demonio oriental de Paganini el endiablado. Eternidad infernal y placeres nada pecaminosos.

Beethoven siempre eterno y apoteosis de la danza con esta explosión de la Sinfonía nº 7 en la mayor, op 92, una de esas sinfonías que no deben faltar en cada temporada porque siempre resultan distintas según la batuta al frente, y la portuguesa sacó lo bueno de la OSPA, puede que por la elección del tempi correcto en cada movimiento, algo que todos los musicólogos y estudiosos reconocen como parte importante para acertar con el carácter de las obras del genio de Bonn. Aplaudir cómo la «maestrina Carneiro« pareció ganarse a los músicos en las obras de la primera parte para poder disfrutar más en la segunda, aunque siga preguntándome porqué mantener el esquema de concierto cuando este viernes podría haber sido al revés y dejarnos al chino como cierre, aunque es probable que no hubiera marchado regalándonos aún más propinas.

Como balance apuntar en el DEBE menor autocomplacencia para algunos atriles en obras que por muy tocadas parecen «olvidar» son tan exigentes como las nuevas, y la interpretación va más allá del pentagrama. En el HABER la autoexigencia de mantener calidades sonoras alcanzadas no ya en «la séptima» sino en todo este séptimo de abono. De momento saldo positivo, pero hay que aumentarlo, no sólo mantenerlo…

Desigual Beethoven Monumental

3 comentarios

Sábado 15 de febrero, 20:00 horas. Teatro Monumental, XXIV Ciclo de Conciertos Universidad Politécnica de Madrid, concierto comienzo segundo trimestre. Orquesta Sinfónica de la Región de Murcia, Coro de la Universidad Politécnica de Madrid (director: Javier Corcuera), Carmen Yepes (piano), Ana Puche (soprano), Ana Häsler (mezzo), Alain Damas (tenor), Isidro Anaya (bajo), Juan Pablo Simón (director). Obras de Beethoven. Entrada segundo entresuelo: 16€ (2,78€ de IVA ¡el 21%!).

Oportunidad única de escuchar estas dos obras sinfónico-corales de Beethoven en el mismo concierto donde el coro anfitrión, al igual que el resto de músicos, no brillaron con igual intensidad en ambas, con una entrada rozando el lleno y mucho público joven.

La Fantasía para piano, coros y orquesta en do menor, Op. 80 tuvo el total protagonismo de la asturiana Carmen Yepes (1979), afincada como docente en Madrid, protagonista literalmente desde el inicio y a lo largo de esta joya (que estrenase el propio Beethoven como pianista), con auténtica magia ambiental conseguida por el feliz entendimiento y complicidad con el maestro Simón y la OSRMurcia, ésta falta de un poco más sonoridad que sí hubo en el coro que bien conoce Juan Pablo, así como el cuarteto solista al que se sumaron Mónica Cendón (soprano) y Javier Roiz (tenor) del propio coro universitario. Presencia clara y decidida en cada intervención pianística, musicalidad a raudales, conjunción en los tutti siempre desde la característica limpieza sonora y los fraseos impecables de una Carmen Yepes que atesora honestidad y magisterio. Difícil alcanzar esta complicidad para una obra agradecida y perfecto complemento de la Sinfonía Coral que ocuparía toda la segunda parte.

Lástima que la Fantasía resultase la cara de moneda, espejismo porque la Sinfonía nº 9 «Coral» en re menor, Op. 125 fue la cruz, palabras mayores que se les empapizaron a los intérpretes dejándonos una versión insípida, descafeinada y hasta soporífera en el tercer movimiento, más lento que «cantabile». Frente a una orquesta sin cohesión ni sonido propio, desajustada por momentos y a la que la batuta invitada no fue revulsivo capaz de transmitir intenciones, con una gama dinámica algo pobre, la entrada del barítono me sonó incluso ofensiva por emisión, color y afinación mientras el tenor era engullido en la mayor parte de sus intervenciones… se me ponía la carne de gallina esperando la deseada oda de Schiller.

Al menos las damas mantuvieron el tipo, tanto Häsler como la completísima Ana Puche Rosado, única en alcanzar mi ubicación con perfecta proyección y emisión sin problemas junto a la orquesta y bien empastada con el cuarteto vocal pero siempre presente. El coro pudo pulir unos fuertes algo chillones -no gritados- aunque afinados, resultando más ajustado en los pianos, jugando en casa pero en un escalón inferior al de otras formaciones españolas que tienen «la novena» en su repertorio habitual, al menos por lo escuchado en este concierto.

La sensación de esta novena fue de impotencia y cierta desgana que pareció transmitirse a casi todos sobre el escenario, limitándose a una lectura sin implicación alguna para una obra monumental que pareció quedarse en ensayo de pago. No parecían los mismos intérpretes de la Fantasía.

Para corroborar o discrepar de mis opiniones, el concierto será retransmitido por La2 en su horario de «máxima audiencia adormecida» a las 8 de la mañana el próximo 15 de marzo, supongo que aprovechando los medios ubicados para los conciertos de la ORTVE que tiene en este viejo «Monumental Cinema» su sede. Al menos mantenemos coro, orquesta y puestos de trabajo.

Cenicienta en San Valentín

3 comentarios

Viernes 14 de febrero, 19:00 horas. Fundación March, Teatro Musical de Cámara: Cendrillon (Pauline Viardot), opereta de salón en tres actos. Entrada gratuita.

Dirección de escena, vídeo e iluminación: Tomás Muñoz
Dirección musical y piano: Aurelio Viribay
Reparto
Cenicienta: María Rey-Joly (soprano)
Príncipe Encantador: José Manuel Montero (tenor)
Barón de Picorvo: José Antonio Carril (barítono)
Conde Barrigula: Pablo García-López (tenor)
Magalona: Mercedes Lario (soprano)
Armelinda: Marta Knörr (mezzo)
Hada madrina: Sonia de Munck (soprano)
Más que un entretenimiento bien llevado y plenamente exportable este género llamado de salón (en cierto modo recogido por las sobrevivientes sociedades filarmónicas), donde también la opereta tiene vigencia cuando se hace con la calidad que la Fundación March ha puesto en esta producción, incluyendo un excepcional libreto con textos, traducción y notas al programa, ampliando un día más ante la demanda que llenó aforo, destacando la crítica de Juan Ángel Vela del Campo en «El País» y la emisión radiofónica de Radio Clásica en la primera representación que supongo animó a presentarse en el salón de la calle Castelló para disfrutar en vivo de un espectáculo para todas las edades.
La puesta en escena bien trabajada desde la economía de medios muy bien aprovechados, con vídeo y sobretítulos muy elegantes, mobiliario y vestuario apropiado con movimientos estudiadamente adecuados para esta cenicienta compuesta y concebida como música de cámara por una Pauline Viardot que no sólo tiene el conocimiento vocal propio de la compositora, con escrituras individualizadas bien entendidas y avanzadas para su época (estrenada en 1904), sino toda una vida musical que es capaz de reflejar en una partitura fácil de escuchar y difícil de cantar (hay entradas sin referencia tonal), con el piano como único acompañamiento, también de partitura exigente, siendo Aurelio Viribay quien lleva todo el peso en un entendimiento perfecto con las voces y un magisterio que siempre resalto como más allá del llamado «pianista acompañante», pues se necesita un plus al mero acompañar, de por sí ya complicado, unido al de responsable de la dirección musical.
De la escena y por las exigencias de su rol resueltas como la auténtica figura que es, el hada Munck tuvo que compartir protagonismo con su perro Fito, un precioso caniche blanco que tiene experiencia operística y capacidad de buena escucha canina. Sonia de Munck siempre segura, convincente y con ese timbre mágico para este personaje de cuento y festividad para enamorados. De Cendrillon Rey-Joly más que cenicienta Margot bella en todos los aspectos. Los tenores bien diferenciados hasta en sus líneas de canto, el engaño seductor bien llevado por Pablo García-López, aún cercano su Ottavio ovetense (que bien conociese el padre de Pauline) y el encanto cómico real de José Manuel Montero más voluptuoso y potente como exigen los papeles. Equilibrado el resto del conjunto vocal, también de las partes habladas con diálogos en español y breves toques de actualidad que mantienen fresca y vigente esta cenicienta y sus hermanas, esta vez sin madrastra, destacando la comicidad natural del barón Carril. Un perfecto regalo para enamorados de la música.

Canciones y poemas con Hampson

2 comentarios

Sábado 8 de febrero, 20:00 horas. Oviedo, Conciertos del Auditorio: Thomas Hampson (barítono), Amsterdam Sinfonietta, Candida Thompson (concertino). Obras de Schönberg, Brahms, Barber, H. Wolf y Schubert.

Regresaba uno de los grandes a la capital asturiana aunque no llenó el auditorio, lástima porque el barítono estadounidense nos dejó en el 2011 un gratísimo homenaje mahleriano. Esta vez cambiaba piano por una joven orquesta de cuerda que fue protagonista plena y auténtica delicia interpretativa en Verklärte Nacht, op. 4 (Schönberg), una «Noche transfigurada» de 1917 revisada en 1943, enmarcada dentro de un programa titulado «Canciones y poemas» con textos más las respectivas traducciones en las notas al programa de Alberto González Lapuente. Nos dejaron encendidas las luces de la sala para poder disfrutar del maridaje letra música al que no es ajeno Schönberg al incorporarnos el poema homónimo de Richard Dehmel para ir entrando en materia. Impresionante sonoridad y sentimiento por parte de este «ensemble» de volúmenes casi sinfónicos con la concertino Candida Thompson al frente, aunque presumen de no tener director titular, que a la vista de lo escuchado no parece necesario cuando además se viene en larga gira europea (Oviedo era última parada española antes de volar a Lisboa) con un programa más que trabajado. Parte del público sigue considerando a Don Arnoldo demasiado moderno, no callaba ni dejaba de toser en el inicio, pero la interpretación de los holandeses no pudo sonar más romántica ni redonda, romanza sin palabras o poesía hecha música, antes de dar paso al protagonista.

Brahms elige para sus Vier ernste Gesänge, op. 121 «Cuatro canciones serias» con textos bíblicos, del Eclesiastés y una Carta a los corintios de San Pablo, protagonistas musicales luteranos de temática mortal (¡cómo resuena en alemán la palabra muerte, «Tod«!) antes de la encíclica más esperanzadora del converso, por lo que Hampson cantó esa oscuridad brahmsiana reforzada con el estreno de esta versión para orquesta de cuerda de David Matthews, que tras la transfiguración inicial puedo decir que nos dejó el corazón en un puño.
Menos mal que la segunda parte alternarían poemas variados a los que la música engrandece, más aún en la voz de un barítono universal capaz de emocionar tanto en la ópera como en el lied, donde cada canción es un microclima sentimental. «La playa de Dover» de Matthew Arnold musicada por Samuel Barber en Dover Beach, op. 3 en nuevo estreno de la versión para barítono y orquesta de cuerda de Marijn van Prooijen todavía rezuma sombras más que luces aunque Hampson saca brillo a todo lo que canta, esta vez en su inglés natal.

Los dos maestros del lied serían protagonistas hasta el final: Hugo Wolf resultó el contrapunto de alegría intercalado con el profundo Schubert, donde los textos casi los entendemos escuchando cómo los recrean Hampson y la Amsterdam Sinfonietta, que nos volvía a dejar una joya instrumental del primero, la Serenata italiana en sol mayor («Italienische Serenade») en arreglo del ya citado Prooijen, antes del Fußreise («Viaje a pie»), el número 10 de los «Mörike-Lieder» que Matthews engrandece en estos arreglos o intervenciones que llaman algunos, pues manteniendo la pureza de la escritura pianística la ensalza en tímbricas y dinámicas increíbles, también para Schubert y su Memnon D541 op. 6 nº 1 con texto de Mayhofer que Thomas Hampson sazonó al punto desde su poderío y gusto, imposible sin los ingredientes holandeses.

Luces y sombras, canciones y poemas, Mörike y Goethe, Wolf «En una caminata» (lied nº15 Auf einer Wanderung) y Schubert «Secreto»(Geheimes op. 14, nº 2) antes de cuadrar un círculo austrogermano total con la alegría del cuento musicado por Wolf Der Rattenfänger («El cazador de ratas«), barítono que lleva de la mano a la orquesta, que recrea con su enorme presencia cada palabra, y esos arreglos mágicos dando mayor rango expresivo al lied vienés, al igual que las dos propinas (en Madrid llegó a cuatro): Anakreons Grab de Wolf, donde el propio barítono recordaba su anterior visita a Oviedo hace algo más de dos años antes de volver a regalarnos el Mahler de los Wunderhorn en arreglos igualmente de Matthews, aunque este sábado quedó algo más frío que en el año del aniversario. Lástima porque la calidad del conjunto se merecía más aplausos y éxito, pero «para gustos, colores», esta vez no brilló el arco iris.

Dedicado a quienes no pudieron estar en Oviedo, dejo aquí incrustado el concierto de Amsterdam, mismo programa para todo el Tour europeo, con propinas y todo:

Allegro MaestroSO

Deja un comentario

Viernes 7 de febrero, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo, OSPA: Concierto de abono nº 6 «El pasado recobrado»: Teo Gheorghiu (piano), Perry So (director), Claudio Abbado in memoriam. Obras de G. Gabrieli, Beethoven y Stravinsky.

Regresaba el alegre maestro Perry So al frente de la OSPA con un programa variado bien comentado por María Antonia Barnés Vigil tanto en las notas al programa (enlazadas en los autores) como en la interesante conferencia previa de la que tomaré su hilo argumental sobre los distintos diálogos y en memoria del director recién fallecido Abbado.

Como ya sucediese la temporada pasada, se introdujo en el programa música camerística, esta vez a cargo de «los bronces» propios para escuchar el efectista G. Gabrieli con dos canzone flanqueando una sonata, obras todas de 1597 (Sacra Symphonia), aunque puestos a innovar hubiese quedado genial haber colocado en los laterales del segundo piso los metales precisamente para disfrutarlo acústicamente en el auditorio cual San Marcos veneciano, y la profesora Barnés hablaba precisamente de «diálogo con la arquitectura» en el caso del compositor italiano. Mejor la Sonata pian’e forte a dos (trompeta, trompa, trombón y trombón bajo más tuba) sin herencia vocal y auténtica delicia de matices (de aquí surgen los términos «piano» y «forte» en cuanto a intensidades, un coro o ambos, entendiendo por tal las balconadas enfrentadas donde se ubicaban en Venecia) que la Canzon primi toni (dos, cuatro, dos) algo destemplada para arrancar, o la Canzon septimi toni nº 2 mejor empastada. Se agradece escuchar música barroca aunque no sea sinfónica sino camerística, si bien no creo que encaje en los conciertos de abono, dejando claro que no la considero menor ni una rebaja incluir a los músicos propios como solistas en la temporada.

El piano de Beethoven siempre es un placer, y de sus conciertos aún tenemos reciente el segundo nada menos que con «la Pires y los vieneses». Probablemente menos escuchado que el «Emperador» pero de preparación, experimentación y muchos puntos en común, el Concierto para piano nº 4 en sol mayor, op. 58 en las manos del joven Teo Gheorghiu resultó globalmente honrado, versión íntima y perfectamente concertada por el maestro So, atento a cada detalle (destacar la recolocación de los contrabajos detrás a la izquierda o la utilización de timbales antiguos), diálogo del director con todos, también el imprescindible entre solista y orquesta, escuchándose en una obra de «diálogo interior». Pese a ser obra nueva en el repertorio del actor y joven pianista suizo de sangre rumana, nacionalidad canadiense y sentimiento londinense, resultó convincente desde el inicio del Allegro moderato, marcando el tiempo a seguir, con claridad sonora y expositiva. Necesitará tiempo para profundizar pero lo apuntado dejó buenas sensaciones tanto en las cadencias como en el Rondo: Vivace impetuoso y contrastado con el Andante con moto donde el diálogo con las violas resultó conmovedor.

La Balada nº 3 en la bemol mayor, op. 47 de Chopin fue una generosa propina corroborando su trayectoria más que prometedora desde su infancia, aunque personalmente no subiese el escalón de emocionarme, algo siempre subjetivo pero nuevamente impecable y con ese ímpetu juvenil.

La segunda parte otro mundo que es el mismo, el nuestro: Stravinsky enamorado de la Venecia que arrancaba el concierto, con la Sinfonía en Do (1939-1940) compuesta entre Europa y Estados Unidos, recuerdos de Beethoven y Tchaikovsky, dos primeros movimientos casi vieneses y los otros dos realmente de slogan «genuino sabor americano», el diálogo con el pasado desde el conocimiento y maestría compositiva y el otro diálogo de director-orquesta que resultó lo mejor de este primer viernes de febrero.

Los cuatro movimientos clásicos desarrollados con maestría y complicidad, la que Perry So alcanza con la OSPA en cada visita, química en esta partitura que volvió a reencontrar lo mejor de nuestra formación sin recuperar excelencias anteriores pero manteniendo una esperanza que todos queremos cristalice en realidad permanente.

Buscando identidades en el inicio de año

1 comentario

Viernes 17 de enero, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo, OSPA: Concierto de abono nº 5 «Música e identidades»: Kristóf Baráti (violín), David Lockington (director). Obras de Kodály, Dvorak y Sibelius.

Tras el periodo navideño y una neumonía aún en el cuerpo mi nuevo año musical comenzaba como terminaba, es decir con la OSPA y su principal director invitado, el británico afincado en EE.UU. que además afrontaba un programa duro para todos (el jueves en Gijón), de los que requieren mucho trasfondo, atención, intención e introspección. Eso sí, el formato no varía desde hace lustros: primera obra a modo de aperitivo, un concierto con solista antes del descanso, buena propina incluida normalmente, y una sinfonía llenando la segunda parte.

El título buscado podría cambiarse por «Música y densidades» en vez de identidades, pues resulta un tanto engañoso: cada intérprete debe recrear la identidad de su papel, por otra parte obra identitaria de su autor, especialmente cuando es de los considerados grandes -lo que normalmente decimos el sello inconfundible-, búsqueda de identidades nacionales en el caso de los compositores elegidos y de los que habló la gallega Beatriz Cancela Montes en la conferencia previa así como en sus notas al programa (enlazadas en los autores). También identidades distintas en los directores que recrean cada obra y los propios intérpretes que sin perder su identidad deben renunciar en pos del conjunto y del director. Muchas, puede que demasiadas identidades sin olvidarme del solista y hasta de su violín Stradivarius, también con identidad propia y única, para tres obras muy densas:

Las Danzas de Galanta (1933) del húngaro Kodály resultaron menos livianas de lo esperado con un inicio titubeante, como si tardasen en entrar en calor hasta la cuarta o quinta (y última), siempre ligeras como le gusta al director británico llevar los tiempos vivos, exigencia no devuelta del todo por una orquesta algo destemplada en conjunto pero siempre atenta en los solistas que no suelen enfriarse habitualmente, destacando el inconmensurable Andreas Weisgerber capaz de convertir su clarinete en tárogató húngaro asumiendo identidades con total entrega y respeto a la partitura.

El concierto para violín y orquesta en la menor, op. 53 del checo Dvorak no es tan famoso como el de cello, tampoco muy escuchado ni grabado en parte por las dificultades para encontrar un solista más que virtuoso, entregado a una partitura poco agradecida para la mayoría, que solo el convencimiento pleno de todos los intérpretes puede llegar a alcanzar la emoción, algo que faltó a pesar del esfuerzo tanto de Lockington como de un Baráti pendiente del atril con su «Lady Harmsworth» de 1703, sonido increíble con identidad propia tamizada por una interpretación que adoleció de más comunicación entre todos, con algunos desajustes e imprecisiones en la orquesta adoleciendo de una limpieza que sí ofreció el solista húngaro. Escuchar este concierto es comprobar cómo se puede pasar del ímpetu casi violento del tutti al lirismo del solista en su Allegro ma non troppo, con pocos momentos para el relajo y la tensión que se transmitió pero por lo poco claro del bloque orquestal. Más llevadero resultó ese Adagio ma non tropo de total lirismo donde la madera, especialmente las flautas, empastaron y comulgaron en el discurrir melódico hasta el nuevo estado anímico que introducen las trompas, ímpetu algo turbulento que transmitió más inseguridad que ambiente bucólico o pastoril como identidad propia, invierno más que verano en otra visión. La batuta siempre atenta y clara hubo de concertar hasta la extenuación del Allegro giocoso ma non troppo para reconducir ambientes folklóricos bohemios que nuevamente la madera sacó a flote, seña inequívoca, casi firma, de nuestra formación asturiana para un final fresco por parte de todos los intérpretes.

El Stradivarius de Baráti sonó a gloria con la Obsesion de Eugene Ysaye, primer movimiento de la segunda sonata del director, compositor y virtuoso belga donde el tema del Dies Irae rememorado desde Bach saca del violín y su intérprete todo un muestrario de identidades. Lo mejor del concierto.

La Sinfonía nº 1 en mi menor, op. 39 de Sibelius nos devolvió la OSPA más habitual en cuanto a sonoridades, entrega y entendimiento con el podio para una obra más interiorizada por todos, aunque no sea tampoco muy llevadera para la mayoría: crecimientos temáticos con reminiscencia todavía romántica que precisamente trajo a la memoria una identidad brahmsiana para la primera del finlandés, cuatro movimientos donde los solistas (de nuevo Weisgerber más una percusión ajustada) se impusieron al grupo, mejor ensamblado en esta segunda parte y espoleado por una escritura sinfónica que ayuda al lucimiento de todos. Lockington volvió a apostar por combinar dibujos melódicos claros y juegos de intensidades a los que la OSPA responde perfecta, madera con identidades propias, metales protagónicos sin excesos y cuerda -con el arpa cristalina y segura de Mirian del Río-como reivindicando el papel perdido, puede que por incredulidades que no deberían darse. De menos a más hasta el Finale Quasi una fantasia donde tensión y pasión se dieron la mano antes del sorpresivo e inesperado final.

Tres obras densas, exigentes, introversión más que extroversión y toda la subjetividad insalubre en el concierto que abre mi 2014 lleno de esperanzas, incluso musicales.

En trío gusta lo español

Deja un comentario

Miércoles 18 de diciembre, 19:45 horas. Teatro Filarmónica, Sociedad Filarmónica de Oviedo concierto 17 del año (Año 107, 1.899 de la sociedad). Trío Vipiace: Jorge Álvarez Lorduy (cello), Mariano Miguel Sánchez (piano), Sara Cuéllar Sarmiento (violín). Obras de Shostakovich, Turina y Fernández Arbós.

Bien entrado el siglo XXI todavía hay autores que al público ovetense, y no sólo el de cierta edad, les cuesta digerir pese a su cercanía cronológica, algo que se nota hasta por el tiempo que permanece sonando un móvil, decantándose por la llamada vena nacionalista, a veces demasiado folklórica, ciertamente agradecida pero nada que ver con el peso (también esfuerzo e interés en la escucha) de la obra que abría concierto o de la impresionante propina final que puso la música en su sitio tras una buena velada de un trío joven pero bien preparado.

Los tres solistas tienen ya una buena trayectoria por separado y unirse en trío, fórmula que siempre suele dar auténticas joyas, ya desde «su casa» del CONSMUPA, está dándoles buenos resultados y logrando además de premios una complicidad y buen hacer siempre necesario para hacer música juntos.

El Trío Vipiace interpretó en la primera parte el Trío nº 2 en mi menor, Op. 67 de Shostakovich, obra de 1944, con pasión, fervor, sentimiento, seriedad, entendimiento para cada uno de los cuatro movimientos que lo conforman, auténtica montaña rusa en estilos, referencias, dinámicas, cambios de ritmo, «Dimitri el maldito» rompedor desde la maestría compositiva que los músicos llevaron siempre a buen término. Llamado trío «elegíaco» en la más pura tradición pero con sonoridades inhabituales en el inicio del Andante con armónicos en el cello o el violín en octava grave para un tema difícil de seguir que evoluciona en el Moderato. El caleidoscopio siguió en el Allegro con brio de referencias a Beethoven desde la propia visión de Shostakovich que también tamiza el ritual litúrgico ortodoxo durante el Largo para alcanzar el Allegretto final en mi mayor más elaborado y «entendible» instrumentalmente cual danza macabra en una pugna de los tres instrumentistas para «defender» cada intervención virtuosa a solo, duo o concertando hasta la coda en Adagio que supone la reconciliación instrumental en un coral majestuoso. Partitura difícil bien interpretada y poco agradecida para la mayoría.

Lo español siempre tira en Oviedo, y si hay un lema «Sevilla tiene un color especial» hecho sintonía, la música seria la pone necesariamente Joaquín Turina. Solo compuso tres tríos, uno en 1904 fuera de catálogo, el primero que fue Premio Nacional de Música en 1926 con muchas referencias andalucistas, y este Trío nº 2 en si menor, op. 76, estrenado en 1933, auténtica banda sonora que casi transmite el olor del azahar o el calor del Parque María Luisa. Los tres músicos disfrutaron y contagiaron con esta obra de mucho oficio, clásica en estructura y con el «lenguaje turinesco» o andalucista de otras obras con este aroma personal, casi cinematográfico. Primer tiempo en forma sonata que abre Lento a modo de introducción antes de que las cuerdas y pronto el piano ataquen el Allegro molto moderato, aún sin andalucismos y más bien brahmsiano. Desarrollo ortodoxo como en el Molto vivace central, en compás de 5/8 sin acentuarse como zortzico, ya usado en otras obras por Turina, melodías cantadas en terceras por violín y chelo perfectamente empastados, más un piano siempre seguro. Cierra la obra un último tiempo sucesión de secciones: Lento-Andante mosso-Allegretto que recicla los materiales anteriores para un final realmente esperado. No es una obra maestra sino netamente académica pero el Trío Vipiace lo interpretaron con pulcritud, bien trabajada cada intervención para conseguir sonoridades ensambladas que sólo con muchos ensayos puede alcanzarse. Enhorabuena.

Y las «Tres piezas originales en estilo español» op. 1, escritas hacia 1884 por el excelente director de orquesta además de compositor Enrique Fernández Arbós no escondían nada, bien emparentadas con la obra anterior, frescas como el sonido del trío afincado en Asturias de procedencias geográficas nada «sospechosas» (Jorge pamplonica, Mariano palentino y Sara gigonesa) pero que entendieron perfectamente el sentido español de esta segunda parte, el andaluz de Turina y este tríptico del madrileño muerto en Donostia: Bolero, Habanera y Seguidillas gitanas. Otra obra que esconde oficio juvenil, primeriza pero con conocimiento del trío (hay pasajes exigentes técnicamente en la cuerda, abundando dobles y triples cuerdas), nivel más allá del llamado costumbrismo y dominio de los ritmos más reconocibles en melodías agradables de escuchar e interpretar, sobre todo el Bolero que se toca a menudo separado, casi un dulce para los jóvenes del Vipiace y éxito asegurado a mi alrededor («Qué guapo» y expresiones similares).

Pero supongo que los gustos del respetable y los artistas no siempre son coincidentes, y la más cercana en el tiempo no pareció agradar, supongo que por lenguajes exigentes. Para mí las obras de cámara digamos serias, tienen más enjundia y el trío lo supo, regalándonos un Schubert serio, hondo, genialmente escrito y trabajado por el vienés, el Andante del Trío opus 100 acallando dudas para paladares auditivos más exquisitos, incluso cinematográficos y sin segundas intenciones. No puedo negar emoción tras el ambiente festivo central y auténtica profesionalidad en el Trío Vipiace que «mi piace» enormemente. Sabia elección de obras sin olvidarse la propina.

Inspiradora Italia

1 comentario

Viernes 13 de diciembre, 20:00 horas. Conciertos del Auditorio, Oviedo: Jesús Rodolfo Rodríguez (viola), Oviedo Filarmonía, Marzio Conti (director). Obras de Hector Berlioz y Richard Strauss.

Italia siempre fuente de inspiración, esta vez con dos grandes orquestadores desde obras de juventud coincidentes hasta en número de opus, con muchas coincidencias que Ramón Avello hace saber en las notas al programa.

Se abría la velada con una obra poco escuchada del gran Berlioz: su Harold en Italia, op. 16 (1834), curiosa por no ser propiamente sinfonía ni poema sinfónico o concierto para viola, aunque sea la protagonista. El solista un asturiano, Jesús Rodríguez, al que descubrí en 2008 y escuché hace tres años cuando ganó recién finalizados los estudios en el CONSMUPA su Premio «Ángel Muñiz Toca», compartiendo escena y también formación en la GMJO con mi admirada María Ovín (hoy de violín segundo en la OSPA), impactándome entonces su frescura interpretativa en solitario con obras muy exigentes. Ahora con orquesta y más «hecho» como solista y la siempre excelente concertación del italiano Conti nos deleitaron con «el Harold» muy desigual en emociones y sonoridades, difícil técnicamente para Jesús Rodolfo que solventó con madurez aunque volumen siempre discreto en un instrumento de por sí opaco, aunque el maestro de la orquestación francés escribiese esta obra por encargo de Paganini para su recién adquirida viola Stradivarius, cuidando y mimando siempre esos planos variados en tutti, solos y concertantes. El asturiano, hoy afincado en Nueva York, toca una viola moderna italiana «Ferruccio Varagnolo» (1910) de bello color en los registros agudos y medios pero tapada por momentos que no impidieron reconocer su evolución en una partitura donde la viola es la comentarista musical de «Las peregrinaciones de Childe Harold» de Lord Byron en las que se inspira el compositor francés y maestro de la instrumentación.

Los títulos de los cuatro movimientos sirven para buscar los paralelismos músico-literarios: «Harold en las montañas» que comienza en un sombrío Adagio antes de la entrada de la viola acompañada por arpa y madera antes del Allegro rico en sonoridades por parte de solista y orquesta, magisterio de orquestación bien trabajada con las intervenciones puntuales de la viola en un movimiento largo y denso; «Marcha de peregrinos cantando la plegaria del atardecer», Allegretto muy lírico que resultó íntimo en sensaciones con unas trompas bien empastadas y la cuerda rítmica en pizzicati siempre ayudando a realzar el protagonismo del solista; «Serenata de un montañés de los Abruzos a su amante» hizo recordar el folklore italiano que tan bien entiende Conti, en complicidad con Jesús, Allegro assai, auténtico scherzo y serenata que permitieron lucirse a la madera, en especial el corno inglés; «Orgía de bandidos» es el Berlioz desenfrenado como el propio tempo Allegro frenético, aunque contenido pese a que el compositor lo describiese como «furibundo, ebrio, … una estampa en la que se golpea, rompe, mata y viola«. Interpretación sobria pero sin emociones profundas como la propina de una personal versión breve del conocido Over the Rainbow de «El Mago de Oz».

Más explosivo y dramático resultó el R. Strauss de Aus Italien, «Fantasía sinfónica», Op. 16 (1886) que el titular florentino llevó con la pasión mediterránea que los germanos envidian. La Oviedo Filarmonía está afrontando con el director italiano repertorios sin complejos y convenciendo de las posibilidades de esta formación ya madura y con personalidad sonora. Cuatro movimientos también titulados indicando la fuente de inspiración del alemán que pasó de la partitura a la interpretación: «En el campo«, Andante molto tranquilo para paladear una cuerda con poso, «En las ruinas de Roma» para las trompetas realmente straussianas de este Allegro molto con las pinceladas de oboe y clarinete en virtuosa pugna, «En la playa de Sorrento» de orquestación potente desde el Andantino con ritmo de siciliana y precuelas (palabra de moda) impresionistas con protagonismo de madera, antes de la «Calle popular de Nápoles» y el director florentino como en casa, ese Allegro molto que Strauss convierte en auténtica lección compositiva variando el conocido «Funiculì, funiculà» que pensase popular (realmente mejora el original de Luigi Denza) para ir elaborando la paleta orquestal cual muestrario a utilizar posteriormente en sus poemas sinfónicos. Placer sonoro y Vesuvio de color con la Italia siempre evocadora e inspiradora, esta vez de primera mano en la interpretación de la OFil con Marzio Conti: «Grazie mille» maestro.

Un planetario musical con aires vieneses… ¡y la Pires!

3 comentarios

Viernes 6 de diciembre, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo, Jornadas de Piano «Luis G. Iberni»: Wiener Symphoniker (Orquesta Sinfónica de Viena), Maria João Pires (piano), Ádám Fischer (director). Obras de Haydn, Beethoven y Mozart.

Oviedo volvía a ser como la capital austríaca en cuanto a su actividad musical de primera, y dentro de una gira por Zaragoza, Madrid y Barcelona (sin pasar por San Sebastián) última parada española en el Auditorio, con unos intérpretes de primera y programa de los que aseguran éxito, público hasta la bandera, muchas toses y el móvil ó celular de turno reincidente siempre en los momentos de más intensidad emotiva, nunca coincidente con la dinámica desde el escenario, cual otra de las Leyes de Murphy.

Con todo, nuevo hito musical que al título mozartiano de su última sinfonía me sumo haciendo paralelismos de planetas y dioses para los comentarios de esta noche, pues hubo una alineación cósmica dentro de nuestro sistema solar por la calidad de los artífices en este viernes festivo en toda España (Día de la Constitución).

El verdadero «hacedor» de una auténtica armonía de las esferas cual mago Merlín fue el director húngaro Ádám Fischer, Maestro con mayúscula que demostró cómo llevar un repertorio que domina a la perfección, gestos precisos, sin grandilocuencia (sólo la música lo es), siempre exacto, pulcro, atento, animado, contagiando ilusiones, adelantándose lo necesario para avanzar el inmediato presente y sacar a una orquesta como la «pequeña vienesa» el auténtico sabor del clasicismo vienés, de tamaño idóneo para ello, lo mucho que estas partituras elegidas esconden.

A Haydn podría equipararle con el planeta Mercurio y el mensajero de los dioses, precisamente los compañeros de viaje musical del concierto hoy comentado, y viajero a Londres donde compuso su Sinfonía nº 101 en re mayor, Hob. 1:101 «El reloj» que desde el ataque del Adagio-Presto la Wiener Symphoniker hizo sonar cósmica, limpia, equilibrada, llena de matices bien sacados por el maestro Fischer. El Andante resultó Chronos por el ritmo vital del tiempo que todo lo puede, maquinaria de precisión y buen gusto. Un Menuetto para disfrute no ya de la cuerda con efectos de vihuela sino de la madera con la disonancia de la flauta que tanto dió que hablar y las trompas «adelantadas», secciones todas en perfecto ensamblaje. El Vivace final es puro virtuosismo revestido de contrapunto, forma rondó-sonata perfecta en ejecución, sin olvidarme del silencio con calderón que realza el «fugato» final de la cuerda sola en un «pianissimo» posible en formaciones de otra galaxia, y la vienesa es una de ellas, hasta el retrono progresivo del viento (colocación vienesa ligeramente variada, con los timbales a la izquierda, también trompetas, y contrabajos a la derecha, con las trompas).

Beethoven joven, aún cercano, dios Marte muy clásico y alumno de «papá Haydn» escribe su Concierto para piano y orquesta nº 2 en si bemol mayor, Op. 19, su debut en esta forma (primera y publicada después), siendo el solista el propio alemán ya afincado en Viena. Sólo una diosa Venus, otrora planeta, puede afrontar una interpretación con el cielo estrellado capaz de permitirnos apreciar la inmensidad eterna desde nuestro perecedero disfrute. Maria João Pires nunca nos deja indiferentes, elige el instrumento (Yamaha CFX), su afinador (Sr. Kazuto Osato) y estamos preparados para despegar con ella a bordo de esta nave que pilota como diosa accesible y terrenal hacia un viaje breve pero eterno, sin sobresaltos, sólo emociones desbordantes en cada momento: Allegro con brio en el primer trayecto, cristalino, equilibrado, delineado con brillos dorados, antes de la «cadenza» maestra avisando fin de etapa y antes del Adagio segunda etapa placentera que nos permitió el vuelo sin motor, degustando emociones, reverberaciones increíbles desde los pedales, y la vuelta a tierra con el Rondo. Molto allegro de piloto de guerra sin combate, acrobacias sin mareos con el dominio de la nave musical y el plan de vuelo bien diseñado por el joven y viajero Ludwig, esta vez de Lisboa a Brasil pasando por Viena antes de la llegada a la Tierra en Oviedo a bordo de este «Voyager» musical donde el espacio aéreo lo puso la sinfónica vienesa y el controlador Fischer que nos recordó cómo se concerta no ya en un simulador (grabación) sino en la realidad (directo).

En solitario la Venus pianista siguió brillando a plena luz con un Schubert (Impromptu Op. 142 nº 2) como sólo «La Pires» es capaz de deleitarnos.

Poco tiempo de espera, cigarrillo sin café y último vuelo vienés de auténtico peso, Sinfonía nº 41 en do mayor, KV 551 «Júpiter», Mozart revivido y la mejor experiencia en vivo que haya podido disfrutar, «carácter majestuoso y triunfal» que apuntaba Lorena Jiménez Alonso en las notas al programa. Magisterio total de Ádám Fischer, placer directorial en cada movimiento y cada gesto que la formación habitual del foso operístico vienés acató con la confianza que da la veteranía, como si en ella viviese el auténtico Clasicismo atemporal del que son sus máximos guardianes. Allegro vivace decidido, Andante cantabile lírica pura, Menuetto: Allegretto que supo cual «Sachertorte«, y Molto allegro todos a uno, escuchando cada nota, cada matiz, cada ataque, todo lo que el genio de Salzburgo disfrutaba en Viena libre de ataduras, descubridor del contrapunto bachiano y marcando la aparición de otra galaxia, la Romántica. Maravilloso comprobar cómo se escuchan unos a otros para hacer Música.

No importaba la hora en la inmensidad del universo, Ovetus planeta operístico para recibir la obertura de Las bodas de Fígaro, otra lección maestra de clasicismo vienés ya con clarinetes para completar tripulación, Mozart puro y maduro, antes de volver a Viena preparando el fin de año con la Pizzicato Polka (J. Strauss II), disfrute de la cuerda vienesa colofón de un auténtico planetario musical donde «la Pires» fue una invitada de lujo.

Krem de la Kremer ata

3 comentarios

Domingo 1 de diciembre, 19:00 horas. Oviedo, Conciertos del Auditorio: Kremerata Baltica, Gidon Kremer (director y violín). Obras de Vivaldi, Verdi, Weinberg y Beethoven.

Cuatro años ya desde la anterior visita de Kremer pero siempre un espectáculo de música, sonido en estado puro para una formación de cuerda (esta vez con percusionista) que es única en cuanto a calidad con potencia equivalente a una gran orquesta pero capaz de sonar como un cuarteto, con dinámicas amplísimas, convencimiento y dominio de las obras impactante.

El percusionista de la camerata Andrei Pushkarev con el vibráfono nos dejaba un arreglo suyo del Concierto nº 2 en sol menor, op. 8, RV 315 «El verano» de Las Cuatro estaciones (Vivaldi) que demuestra cómo la genialidad puede aportar novedades a obras inmortales. Si la cuerda es estratosférica, galáctica, con ataques impactantes o rubati impensables bajo la atenta dirección del concertino Dzeraldas Bidva, un solista capaz de lo que le pongan delante, las intervenciones del vibráfono con guiños al jazz como no podía ser menos en un instrumento que bebe de esta fuente, crearon ese ambiente cálido, de bochorno estival pero con la brisa del norte. Allegro ma non molto realmente indescriptible, Adagio pesante para disfrute del timbre envolvente de las placas, y Presto de auténtico virtuoso con cuatro baquetas que alcanzaban las notas imposibles del violín desde un empaste con la cuerda para soñar.

El Cuarteto de cuerda en mi menor (Verdi), obra de 1873, sonó camerístico total pese a tratarse de una versión orquestal, única obra instrumental del de Busseto y perfecto homenaje al bicentenario donde el genio lírico aparece en los cuatro «hermanos de cuerda frotada» tratados cual cuarteto operístico con recuerdos a las fugas del Requiem o Falstaff, anunciando Otello, sin olvidarme del Trovatore cual fuerza del destino musical capaz de hacer cantar la cuerda o el delicado cuarteto «bella hija del amor» de Rigoletto.

El Allegro en mi menor impecable, elegante y sensible con el primer tema «sotto voce» y unos graves potentes, avanzando el tema y desarrollo casi faraónicos con reminiscencias de Aida, con unos staccatti que llegaban a lo más hondo. El Andantino en do mayor y compás ternario de profundidad y elegancia, dulce como indica la partitura («dolcissimo, con eleganza). El Prestissimo también ternario y en mi menor lleno de luz y contrastes dinámicos admirables, trinos limpios en todas las cuerdas, arpegios celestiales en chelo y viola, el trío en la mayor belcantístico a no poder ser con el tenor en la concertino Giedre Dirvanauskaite que confirma ser el instrumento más parecido a nuestra voz, y una serenata capaz de recrear la guitarra. El Scherzo fuga es un «Allegro assai mosso» en el tono original auténtico «placer de escribir» que diría Tranchefort sobre este cuarteto verdiano, hoy orquestal, «alegría de vivir completamente latina» venida del norte de Europa con una formación donde cada músico es un solista y los concertinos dan el salto al frente en cualquier momento. Catálogo de colores en todas las intensidades y pureza de líneas en diálogos y conjuntos emocionantes hasta ese final creciendo al unísono en fortísimo orquestalmente puro, cadenas de trinos y la coda que cierra con luminosidad esta joya de Verdi. Como escribe Juan Manuel Viana en las notas al concierto, el compositor afirmaría que «no sé si mi cuarteto es bueno o malo, pero sé lo que es un cuarteto» y la Kremerata Baltica también.

M. Weinberg puso lo novedoso en el programa, excelente músico judío al que nazismo y estalinismo castigaron para una amplia producción que comienza a despertar en nuestros días, con influencias recíprocas de su amigo y confidente Shostakovich. De él escucharíamos dos obras, la Sinfonietta nº 2, op. 74 para orquesta de cuerda y timbales, éstos con el solista sumado a la formación, hermosísima obra en cuatro movimientos con ritmos bien claros subrayados por los parches en los extremos (Allegro y Andantino), más austeridad hecha música enorme en el Adagio antes de los ensueños nostálgicos en el Andantino final.

Aparecía Gidon Kremer (recién llegado de tocar con Marta Argerich) para contagiarnos su alegría musical en el pianístico Rondo a capriccio, op. 129 (Beethoven) en arreglo de Victor Kissine, auténtica broma desde una partitura desenfrenada que en la versión «Krem de la Krem» jugó con diálogos y concertantes llenos de sabor vienés.

El Concertino para violín y cuerdas, op. 42 de 1948, devolvía el protagonismo a la obra del ruso en una versión de «Kremer + ata» que estuvo plagada de melancolías, magisterio de madurez y nuevamente una sonoridad única a cargo de los músicos capaces de llenar la sala y hacerla callar en los momentos más delicos. Viana recuerda el «efusivo lirismo melódico» del húngaro Miklós Rózsa ya afincado en Hollywood, en parte por nuestra educación musical desde el cine que ha dado grandes partituras. El Allegretto cantabile pletórico, la Candeza. Lento-Adagio un auténtico disfrute y lección solística a cargo del virtuoso letón para enlazar sin pausa con el Allegro moderato poco rubato, efusividad, concentración, entendimiento y fortaleza desde la complicidad y buen hacer de todos ellos.

Aún quedó tiempo para regalarnos ese Oblivion de Piazzolla con el que Gidon Kremer logra siempre emocionarnos arropado por la delicadeza de sus cuerdas, las suyas y las de la Kremerata, para poner el brindis final con «una copita de ojén» de una marcha popular creo que arreglada por Peter Heidrich.

Para los despistados que llegaron al descanso por el horario dominical, una lástima que se perdieran la mitad, aunque en estos casos un poco siempre es mucho, y los Conciertos del Auditorio y Jornadas de Piano están poniendo el listón altísimo.

Older Entries Newer Entries