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Cantera musical asegurada (pese a la crisis)

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Lunes 25 de noviembre, 19:30 horas. Auditorio del Conservatorio Profesional de Música, Oviedo. Concierto de Santa Cecilia, Entrega de Premios Fin de Grado y Concurso de Música de Cámara. Pianistas acompañantes: Andrés de la Puente, Consuelo Heres y Marta Losa.

En tiempos de recortes donde la Cultura está atravesando momentos difíciles y la Música todavía más, invitaría a los «gestores» a un concierto como el de este último lunes de noviembre para que comprobasen que esta generación joven son un futuro asegurado, una auténtica inversión que esperemos no disfruten otros. El esfuerzo de un alumnado que compatibiliza estos estudios con los de Secundaria o Bachillerato, unido al apoyo y sacrificio de sus familias, es ímprobo y sin dinero para las enseñanzas artísticas públicas será imposible mantener un nivel que tantos años ha costado alcanzar pero poco en destruirse, volviendo a tiempos que mejor no recordar.

Tras la palabras del catedrático de cello Santiago Ruiz de la Peña, nuevo director del Conservatorio Profesional ovetense anunciando los múltiples proyectos para este curso, las próximas elecciones al Consejo Escolar y con palabras de gratitud para esta generación de artistas y sus profesores, se procedió a la entrega de los premios del VII Concurso de Música de Cámara así como los Premios Fin de Grado del pasado, alguno de los cuales pude escuchar en su momento.

Paso a ir comentando premiados, instrumentos y obras interpretadas con las correspondientes fotografías.

El recién licenciado en Historia y Ciencias de la Música por nuestra Universidad de Oviedo, Llorián García Flórez, completa en este curso recién acabado su curriculum de musicólogo con el Grado Medio de Gaita, del que ha obtenido el Premio Fin de Grado, e interpretando en el concierto el tema popular Lo Suelto, sin tambor ni baile, por lo que pudo jugar con los tiempos dando una lección de virtuosismo del tema en modo mayor y variándolo a menor, cromatismos de difícil ejecución para recordar que nuestro instrumento tradicional ha alcanzado su mayoría de edad y tiene su hueco en las enseñanzas regladas y oficiales, contando con auténticos maestro gaiteros a los que se suma Llorián.

El trombonista Gabriel Alfredo O’Shea Llana tocó el Andante-Vivo de la Sonata de Telemann, acompañado por el piano de Andrés de la Puente, con algunos nervios pero musicalidad a raudales, afrontando el grado superior con una sólida formación en un instrumento de viento metal donde la región valenciana ha llevado la fama pero que en momentos de bonanza ha expandido «escuela» incluso a nuestro Principado.

Conrado del Campo no es un compositor que podamos escuchar a menudo pero su Romanza en la viola de Lucía Mullor Martínez sonó a gloria, dignificando como solista un instrumento a menudo «segundón» en la orquesta pero con un timbre siempre cálido sin perder brillantes. El piano estuvo a cargo de Marta Losa.

Un nombre a recordar en poco tiempo es el de la joven pianista Fátima García Cabanelas que se atrevió con el Estudio op. 33 n 8 en sol menor de Rachmaninov, apuntando más que maneras, con un gusto natural en el fraseo, amplias dinámicas, pedales en su sitio y unos dedos que darán muchas alegrías tanto de solista como en trío (se llevó el 3er. Premio del VII Concurso de música de cámara con Alfonso Peñarrolla y Martín Álvarez).

Del violinista Ignacio Rodríguez Martínez de Aguirre llevo escrito bastante en el blog y sigo su trayectoria casi desde sus inicios. La Introducción y Tarantella, Op. 43 de Sarasate es una obra que tiene muy trabajada e interpreta con una madurez y pose (añadiría también poso) realmente impresionantes, avanzando técnicamente a pasos agigantados con una hondura donde el virtuosismo subraya la inspiración italiana en tiempos románticos que nunca pasan de moda y menos con el talento del compositor navarro. Marta Losa no estuvo a la altura para una partitura que también exige mucho al piano.

Iker Sánchez Trueba elevó el contrabajo al rango más alto con la transcripción de Cassadó del Intermezzo de «Goyescas» (Granados), melodía hispana con un arco amplio, pizzicati potentes pero líricos desde la rotundidad del bajo (en buen entendimiento y complicidad con la pianista Consuelo Heres), instrumentista con mucha carrera por delante y amplia trayectoria pese a su juventud, que vive lo que toca y eso se nota.

Nada mejor para terminar que con el cuarteto ganador del Premio del VII Concurso de Música de Cámara, cuatro excelentes estudiantes e instrumentistas: Marina González Álvarez (vioín I), Lucas Fernández Calvo (violín II), Sara Ballesteros Álvarez (viola) y Rubén Martínez (cello) que deleitaron a los presentes con el Allegro con brio del Cuarteto op. 18 nº 1 (Beethoven), todo un ejemplo del trabajo conjunto tan necesario en la vida cotidiana e imprescindible en una obra que requiere muchos ensayos para sonar como uno sólo, juventud de protagonismos alternados y compartidos, sonoridad y empaste que les hicieron acreedores del galardón dejándonos una interpretación muy buena.

Sigo apostando por la música en la formación integral del individuo, primero como disfrute y después como opción de futuro profesional, y Asturias está dando sus frutos tras muchos años de cosecha. Es un placer asistir a conciertos de unos jóvenes que demuestran profesionalidad a raudales sin decaer nunca, trabajando a diario para un futuro no muy prometedor, quién sabe si abocados también a emigrar. Y luego dicen que es un «mito urbano»… No hay peor crisis que la intelectual de algunos gobernantes.

Más Britten y aún mejor

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Sábado 23 de noviembre, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo: OSPA, abono 4: «Música y Guerra-Música para la paz». Benjamin Britten: War Requiem, op. 66 (1961). Evelina Dobraceva, soprano; Robin Trischler (tenor), Stephan Genz (barítono), Coros de la Fundación Príncipe de Asturias, Rossen Milanov (director).

Volvía al Auditorio a repetir concierto del día anterior con el convencimiento de estar ante un espectáculo irrepetible que no escucharé muchas más veces y evidentemente único por celebrar el Centenario de Britten, nada menos que el colosal «Réquiem de guerra«, y sabiendo que no hay nunca dos conciertos iguales.

El sabatino previsto para Gijón y que por culpa del temporal dejó imposible celebrarlo en La Laboral, trajo a los abonados «playos» (saludé a algunos amigos) hasta la capital pero con una entrada inferior a la del viernes y eso que se regalaron entradas, pero sabíamos que podría pasar, lástima porque se perdieron un concierto aún mejor.

De todo lo comentado en el del sábado añadir detalles que subieron la nota final hasta la Matrícula de Honor.

Los tres Coros de la FPA estuvieron sublimes, limando los mínimos ajustes del día anterior, bien afinados, empastados, y sobre todo más seguros en las entradas (qué importante es tener ensayos suficientes), volúmenes apropiados, recreando una obra que solo coros profesionales pueden afrontar. Emocionantes todas sus intervenciones, esta vez de los mayores me quedo con el Recordare y nuevamente el Lacrimosa con los que alcanzaron las más altas cotas, incluso los «Amén» con la duración exacta para no exagerar nasalidades. Los pequeños todavía dieron más, y pese a que este sábado estaba en anfiteatro se les pudo escuchar valientes, con proyección más que suficiente, presentes sólos, con órgano (nueva felicitación al «titular» del coro) y con orquesta, seguridad que se alcanza con trabajo y más trabajo. Felicidades especiales a Natalia Ruisánchez, a José Ángel Émbil y a José Esteban García Miranda, auténtico receptor en el coro «grande» de todas las bases corales.

El trío solista se comportó y entregó al máximo: la soprano rusa emerge de la masa cual flautín, no importa el poderío sonoro en los momentos de tensión trágica o las intervenciones íntimas, su paleta vocal y emisión siempre ajustada a la partitura; impresionante el tenor británico cuyo color y técnica son ideales en estas obras, con la orquesta de cámara aún más lírico, en los dúos y concertantes plenos manteniendo su calidad en todo el Requiem; y el barítono alemán, digno alumno de Sto. Tomás de Leipzig, que se recuperó para mantener el nivel del trío subiendo el escalón del viernes, tanto con dinámicas plenas como en los dúos con el tenor. Feliz con ellos aunque siga quedándome con la soprano cuyas intervenciones fueron de ponerme la carne de gallina en una obra que es auténticamente profunda haciendo bello el horror narrado.

Y la OSPA ampliada volvió a sonar como en las grandes ocasiones, no sólo mantuvo la calidad sino que mejoró hasta alcanzar el grado óptimo en todas sus secciones, con los «fichajes» bien implicados con el resto, aunque la orquesta de cámara de «los doce magníficos» sonó impresionante. Con texturas de órgano en los recitativos, súbitos ataques subrayando los textos en inglés (del poeta Wilfried Owen ), merece la pena destacar las perfectas transiciones de la gran orquesta a ellos consiguiendo unas sonoridades como seguramente las quiso el propio Britten para esta partitura compleja y bellísima, virtuosismo al servicio de la música como auténticos maestros que son.

El titular Rossen Milanov se mostró no ya como responsable final, sino como el maestro que conoce sus discípulos y les exprime para que lo den todo. Realmente lo consiguió con gestos siempre claros, matices explosivos o íntimos, tempi ajustados y mayor implicación con cada protagonista puntual en otra lección de dirección por parte del director búlgaro desde el dominio de esta magistral la partitura del War Requiem que engrandece el Centenario Britten, contando con todos los elementos para otro colosal Britten al que asistí cual peregrino melómano y cuento cual musicógrafo que diría mi admirado Luis Suñén. De nuevo el «final Milanov» conteniendo el gesto nos hizo paladear «una eternidad silenciosa», otra reflexión de paz interior antes de bajar los brazos y liberarnos todos.

Grandeza de la música, mismos intérpretes, misma obra, mismo recinto… y siempre distinta, incluso mejor.

Colosal Britten

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Viernes 22 de noviembre, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo: OSPA, abono 4: «Música y Guerra-Música para la paz». Benjamin Britten: War Requiem, op. 66 (1961). Evelina Dobraceva, soprano; Robin Trischler (tenor), Stephan Genz (barítono), Coros de la Fundación Príncipe de Asturias, Rossen Milanov (director).

Todo un espectáculo irrepetible celebrar el Centenario de Britten justo en el día de su nacimiento, festividad de Santa Cecilia, nada menos que con el colosal «Réquiem de guerra«, un esfuerzo enorme para todos y muy especialmente los tres Coros de la FPA: el Infantil (que dirige Natalia Ruisánchez), Joven (José Ángel Émbil) y el «grande» (José Esteban García Miranda), auténticos protagonistas, en un concierto memorable, lleno de emoción que compensa el duro trabajo de meses, al que sumar el impecable órgano positivo situado con el coro infantil.

Felicitar a mayores y pequeños por su interpretación, dándolo todo y bien: afinación, empaste, proyección, convencimiento, entrega a una obra de magnitudes impensables para muchos coros, presentes en los momentos de mayor ardor (Dies irae rotundo y delicado «Amén»), cercanamente contenidos en los íntimos y espirituales (Libera me emotivo o Lacrimosa perfectamente compartido con la soprano solista), angelicales desde el patio de butacas los más jóvenes -ya maduros- en sus intervenciones siempre (In Paradisum celestial), y sobre todo pletóricos, alcanzando un sobresaliente en la obra más difícil (o al menos la más complicada) que hayan afrontado en su ya dilatada trayectoria. Enhorabuena.

Como en el estreno que bien nos ilustró la autora de las notas al programa la doctora Mª Encina Cortizo el martes anterior en una conferencia para grabar y guardar, la nacionalidad del trío solista resultó la misma: soprano rusa, tenor inglés y barítono alemán, aunque el resultado evidentemente no fuese el mismo, en especial el alumno de Sto. Tomás de Leipzig que quedó un escalón por debajo aunque mantuvo el tipo en momentos de dinámicas menos comprometidas, empastando muy bien los dúos con el británico. Mención especial para la soprano ubicada atrás delante de la cuerda homónima del coro y entre metales, porque su tesitura, gusto y musicalidad sobrevoló siempre una obra que tiene mucho peso en su repertorio.

De la OSPA, esta vez amplia(da), sólo parabienes y merecida felicitación, destacando toda la percusión, con la «presencia» del gamelán («imitado» sin problemas por la combinación elegida de glockenspiel y otras placas), aunque todas las secciones brillaron con luz propia. Excelente la orquesta de cámara con doce componentes reconocidos (y reconocibles todos) que no sólo completaron una intervención redonda sino que rindieron como auténticos solistas de lujo en esta partitura compleja y bellísima para todos, virtuosismos endiablados como el propio elemento generador de la obra -el tritono «diabolus in musica»-, complicidades y guiños de auténticos maestros, texturas sabiamente logradas desde el entendimiento, siempre al servicio de la música.

El responsable final, nuestro titular, Rossen Milanov que creyó desde el principio en este War Requiem haciéndolo coincidir con el Centenario Britten, auténtico homenaje a la paz desde la música que Britten escribe de manera magistral, genial, recreando desde los orígenes de la polifonía a la estructura verdiana del propio «requiem», uniendo la poesía inglesa de Wilfried Owen con el latín de la misa de difuntos, lenguaje complejo y cercano, una concepción compositiva tanto vocal como orquestal avanzadísima, y sobre todo emociones sobre el pentagrama que (todos) los músicos supieron contagiarnos. Una auténtica lección de dirección por parte del director búlgaro asumiendo el mando global con decisión y seguridad que transmitió a los intérpretes, concertando y convenciendo, contagiando vitalidad y emoción, dominando la partitura de principio a fin con la sensación de dejar fluir la música, la misma que nos cautivó en su primera visita al frente de la OSPA. El final de Milanov fue de Maestro, supo contener el gesto y hacernos disfrutar de «una eternidad silenciosa» cual reflexión de paz interior antes de bajar los brazos y liberarnos todos en una estruendosa y merecida ovación (Neira seguro que cronometró todo).

Vuelvo el sábado y otra vez en el Auditorio (Gijón no soportó el temporal). Con esto está todo dicho.

Premio para Don Ignacio

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Siempre es un orgullo seguir de cerca la prometedora carrera de un joven violinista de esta tierra que tanto ha cambiado en el terreno musical, esperando no ceder ni un paso más, pero los tiempos se están poniendo muy difíciles.

Pero los sacrificios familiares y sobre todo personales, tienen recompensa, y en la tarde de este Lunes 11 de noviembre mi admirado Ignacio Rodríguez Martínez de Aguirre se alzaba con el Premio Fin de Grado 12-13 del Conservatorio Profesional de Música de Oviedo en dura competición, junto al contrabajista Iker Sánchez Trueba y la viola de Lucía Mullor Martínez, cada uno en su instrumento

Mi querido Don Ignacio se enfrentó a la obra elegida por el Tribunal: el dificilísimo primer movimiento (Allegro molto appassionato) del Concierto para violín en mi menor, op. 64 de Mendelssohn ¡en el grado profesional! con la orquesta reducida al piano pero demostrando una madurez interpretativa unida a una trabajada técnica que seguro decantó al jurado por darle el merecido premio. Aplomo sobre el escenario, sonido potente, un arco decidido que es una delicia, y sobre todo la cadenza llena de personalidad.

Y la Introducción y Tarantella, op. 43 (Sarasate) rubricó mis sensaciones veraniegas y volvió a demostrar cómo se vive por y para la música, sin olvidar los estudios en el Instituto, compaginar con mucho esfuerzo ambos y salir airoso. Hondura, sonido, musicalidad a raudales y sentimiento… así interpretó al siempre endiablado navarro este virtuoso asturiano.

Continuaré siguiéndole porque el camino iniciado no tiene marcha atrás y sus padres y familiares seguirán apoyando una carrera que está muy bien asentada. El merecido premio es otro escalón más.

Sin mano izquierda

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Viernes 8 de noviembre, 20:00 horas. OSPA, abono 2: «Una patria sin fronteras», Virginia Martínez (directora). Obras de Verdi, Wagner, Smetana y Dvorak.

En la variación está el gusto y así se presentaba el programa, sin faltar el homenaje a los bicentenarios, una «rareza» poco escuchada en vivo y una sinfonía potente que la OSPA ya ha interpretado en este mismo escenario. Volvía como directora invitada la murciana Virginia Martínez, trabajadora incansable que traía todas las obras memorizadas aunque con distinta respuesta por parte de los profesores, en una pugna donde todos perdimos.

Faltó más implicación por parte de ambas partes porque no es suficiente con el gesto claro si no hay respuesta, mayor precisión de la demostrada por todas las familias, sobre todo en la sinfonía que recordé dirigida por Mr. Griffiths como muchísimo más redonda y rotunda, más el siempre necesario plus de «tener mano izquierda» en el amplio sentido de la palabra. No hubo balances dinámicos adecuados, los tempi resultaron un tanto sosos, y sólo la belleza de las obras salió indemne, así como las intervenciones solistas que siempre son seguras aunque no necesariamente entregadas, tal vez contagiándose del repentino frío tras unos días de «veranillo».

La idea de abrir velada con la Obertura de Nabuco (Verdi) era buena de interpretarse con criterios musicales más claros, pero la orquesta me sonó a banda sinfónica hasta para el esbozado «Va pensiero» que aparece en este mal homenaje verdiano.

El Idilio de Sigfrido, Wwv 103 (Wagner) tiene todos los ingredientes para disfrutarse al contar con una cuerda sobresaliente desde hace años y la plantilla idónea para completar una página bellísima que se quedó en escarceo amoroso, nueva decepción para este segundo bicentenario.

La venganza de Šárka (Smetana) sirvió para enmendar la plana por todas las partes, el auténtico primer plato tras los sosos entremeses previos, obra poco escuchada pese a estar incluida en «Mi patria» por no programarse completa sino algún número suelto de los seis de que consta. La dirección de la maestra Martínez fue más convincente y guerrera, fogosa como el violento inicio, siguiendo el hilo literario previo que refleja muy bien mi colega Ramón Avello en las notas al programa. Tanto las distintas intervenciones solísticas como el tutti parecieron contagiarse del ardor y dar lo mejor de la sesión para una obra realmente hermosa.

El plato fuerte quedó fuera de punto, diría que crudo, demasiado «lineal» y falto de carisma, un tira y afloja para la Sinfonía nº 8 en sol mayor, op. 88 (Dvořák) de la que esta orquesta nuestra nos ha dejado en el auditorio una interpretación a años luz de la dirigida por el maestro Griffiths, adorada por el que suscribe, grabada de la radio digital y subida al portal goear© para disfrutarla en su totalidad. El Allegro con brio no colmó las expectativas, masa sonora sin definir las líneas melódicas salvo las ya escritas en la partitura, el Adagio siempre conmovedor sólo degustado a medias por momentos que apenas se mantenían, el Allegreto grazioso un pequeño guiño cual sonrisa educada, y el Allegro, ma non troppo un poco más sentido como si atisbar el final del concierto diese un toque de viveza y chispa del que careció el resto de la sinfonía pero sin el regusto vienés del compás ternario. Desajustes inesperados en cambios de ritmo, indecisiones y hasta entradas a destiempo quedaron por el camino.

La directora murciana y la orquesta asturiana volvieron a darme la sensación de una relación imposible donde todos perdimos la posibilidad de un concierto variado pero sin gusto. La patria sin fronteras que debería ser la música se quedó en otro ideal. Lástima que el trabajo duro no tuviera la recompensa esperada, al menos por mi parte.

Y mucha incomprensión

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Jueves 31 de octubre, 20:00 horas. Concierto Social, Historia de un soldado (Stravinsky). Siete instrumentistas de la OSPA, internas del Módulo 10 del Centro Penitenciario de Villabona, Gustavo Moral (dirección de escena), Óliver Díaz (dirección musical). Entrada gratuita con invitación.

La OSPA se está abriendo a la sociedad asturiana y con el ciclo «Música y guerra. Una historia de superación» la realidad se trasladó a la cárcel asturiana el miércoles para devolver a las reclusas del módulo 10 un poco de libertad haciéndolas partícipes y coprotagonistas con un septeto de la OSPA formado por Héctor Corpus (violín), Joshua Kuhl (contrabajo), Christian Brandhofer (trombón), John Falcone (fagot), Andreas Weisgerber (clarinete), Maarten van Weverwijk (corneta) y Rafael Casanova (percusión) con la dirección del maestro Díaz, de una historia atemporal, todo un espectáculo ideado por el musicólogo, profesor y animador Gustavo Moral con textos actualizados al castellano del original en francés del suizo Charles F. Ramuz encargado y utilizado por Stravinsky para esta historia, así como la puesta en escena sencilla que pudimos ver proyectada en la pantalla gigante al día siguiente, dado que sólo pudieron acudir las tres narradoras por cuestiones obvias.

Agradecer el esfuerzo por editar el vídeo de los ensayos y la actuación del día antes en el salón de la propia cárcel para comprender en su totalidad esta genial idea de llevar la música a todas partes sintiéndola en primera persona y compartirla en el auditorio ovetense. Me gustaría abrir la mente, o al menos hacer pensar, a parte de un público indignado (y creo algo ignorante) por esta Histoire du Soldat, un espectáculo donde la calidad musical increíble del septeto es cierto que no fue pareja a la narración, olvidando que se trataba de un concierto social, labor que seguramente desconocen y pensaban estar ante una interpretación como la de 1962 que atesoro en CD con el gran Peter Ustinov o Jean Cocteau como diablo y lector junto al soldado y la princesa, dirigidos por Igor Markevitch al frente de unos músicos que puedo decir con seguridad, mejoraron los «siete magníficos de la OSPA», uniendo la calidez y calidad humana que no tienen comparativa alguna.

El esfuerzo de las tres narradoras fue enorme, nervios lógicos ante un auditorio lleno que siempre impone, y la experiencia indescriptible para todos. Actualizar el texto a un español cercano comenzando con el guiño asturiano «Desde Mieres a Avilés, un soldado va a su hogar…» supone la premisa de la propia historia como bien escribe Gustavo en las notas al programa: «(…) nace desde el ahorro y con la intención de ser asequible a cualquier espectador, sin olvidarse de los habitantes de los pueblos más humildes (…) pieza para ser «leída, tocada y bailada» (…) con un narrador que es la pieza angular de toda la obra (…) como un poema sinfónico pero como poema explícito y sin orquesta sinfónica».

Historia en dos partes y nueve números musicales, tres escenas con soldado, diablo y lector femeninas dando lo mejor de ellas y  la música maestra de Stravinsky con todo tipo de influencias para una formación pensada hasta en su disposición, con momentos realmente mágicos bien llevados por Óliver Díaz para una pieza atemporal y tristemente vigente porque mientras hay guerra también tendremos soldados con sus historias, alternancia de momentos de alegría y tristeza como la vida misma hechos música y palabra, en la cárcel y en el auditorio, pactos con el diablo y final moralizante: «No se puede tener lo de hoy y lo de ayer, no se puede a la vez ser quien se ha sido y quien se es. Hay que escoger. La felicidad ha de ser una. No puedes tener el sol… y la luna a la vez».

Cada vez que sonaba la Marche du soldat era una delicia, y sobre todo momentos álgidos como el pequeño, después gran coral que resultaron de un lirismo y delicadeza a cargo de los músicos de nuestra orquesta capaces de emocionar y acallar a un público más respetuoso que en otros conciertos. La Marche triomphale du diable supuso el colofón perfecto para un final real como los tiempos que corren, victoria del mal sobre el bien obligados a pactar por una vida donde la riqueza no es nada.

Al menos me queda lo espiritual, lo inmaterial, el placer de seguir disfrutando de la música, y mi felicidad fue la de un último día de octubre escogiendo un concierto que me deja la alegría artística con el regusto argumental, real para otra historia de superación, con pena por seguir comprobando que todavía existe mucha incomprensión… incluso para la obra de Stravinsky noventa y cinco años después de su estreno.

Elogio del Cuarteto

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Jueves 24 de octubre, 19:45 horas. Teatro Filarmónica, Sociedad Filarmónica de Oviedo: año 107, concierto 1.895, 13 del año 2013. Cuarteto Bretón. Obras de Guridi y Beethoven.

El cuarteto como formación de cámara, más que un género musical, banco de pruebas compositivo, orquesta a escala, «órgano de cuerda», experimentación sonora, combinaciones de cuatro elementos tomados de uno en uno, de dos en dos, de tres y uno para sentir como unidad indivisible e indisoluble. Cuarteto como alimentación de intérpretes y público, aprendizaje necesario para disfrutar de la música en estado puro compartiendo los mismos sentimientos.

Definiciones del DRAE: cuarteto (Del it. quartetto). 2. m. Mús. Composición para cantarse a cuatro voces diferentes, o para tocarse por cuatro instrumentos distintos entre sí.
3. m. Mús. Conjunto de estas cuatro voces o instrumentos.

Sentimiento tras escuchar al Cuarteto Bretón: conjunto de cuerda que vive y siente las obras que interpreta como un solo intérprete. Así nos sentimos los presentes en este coliseo donde puede decir que aprendí a escuchar y sentir la música, una formación que dedicada a recuperar y estrenar obras, muchas a ellos dedicadas, no olvida el repertorio camerístico buscando esa unión entre lo de ahora y lo de siempre.

El Cuarteto nº 2 en la menor (1949) de Jesús Guridi (1886-1961) es una joya donde confluye el oficio compositivo del organista y compositor vitoriano, la inspiración melódica, el respeto a la forma sonata en sus cuatro movimientos, la geografía cantábrica tan cercana a muchos de los presentes, con toques parisinos impresionistas, y el conocimiento del cuarteto para quien escribe magistralmente, dando el protagonismo puntual y equilibrado a sus componentes para lucirse individualmente como excelentes músicos, y exigirles sonar como un sólo instrumento, lo que se consigue con muchos años de trabajo remando, compartiendo y sintiendo lo mismo  -han grabado los dos cuartetos para el sello Naxos-. Forma perfecta en este cuarteto dedicado al chelista Juan Antonio Ruiz Casaux, el Allegro moderato sirve de presentación melódica y armónica a la vez que rigurosa; un Adagio sostenuto realmente lírico donde los arcos piensan en la misma dirección; el Prestissimo me trajo salitre vasco con una limpieza otoñal que los asturianos conocemos con esos aires de danza en ese «scherzo»; y el Vivace non troppo remató un cuarteto que compartiría programa con otro grande, todo un ideario del Bretón, de nuevo sentimientos aunados desde la pasión interpretativa, el rigor musical, la belleza del sonido con ese intermedio tan lírico antes del potente final, y una búsqueda de excelencias al alcance de muy pocos.

El Cuarteto nº 8, op. 52 nº 2 en mi menor, «Rasoumovsky» (1806) de Beethoven resulta tras el segundo del vasco como un homenaje a las fuentes, el cimiento del cuarteto como hoy lo entendemos, compartir cada intervención solista como si de un sólo músico se tratase, ligazones expresivas, dinámicas apabullantes, redondez sonora en cada movimiento y el lenguaje ya avanzado del genio de Bonn. Anne Marie North (primer violín), Antonio Cárdenas (segundo violín), Iván Martín Mateu (viola) y John Stokes (cello) unieron el latir como un sólo corazón para deleitarnos con una interpretación impresionante, digna de un gran cuarteto con cuatro solistas de primera, que muchos descubrieron en Radio Clásica pero que diez años a sus espaldas consiguen estos resultados. Esperamos la edición crítica de la integral de Conrado del Campo que llevan preparando con mimo, porque tras lo escuchado en Oviedo será otro referente en nuestra historia musical y cultural mal que les pese a muchos dirigentes.

Y regalarnos La oración del torero, op. 34 del sevillano Joaquín Turina tras los merecidos y abundantes aplausos, decantó la balanza hacia nuestra tierra, campeona en obras hermosas, completas, atemporales y capaces de dar el salto a la gran orquesta, pero que en la versión original para cuarteto de laúdes, esta vez de cuerda frotada con «el Bretón«, resultó otro impagable, de faena para salir por la «Puerta del Príncipe» (aunque el de Asturias estaba en el Auditorio a la misma hora).

Ensayando Wagner para el anual

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Miércoles 23 de octubre, 20:30 horas. Auditorio de Oviedo, Ensayo general del XXII Concierto Premios Príncipe de Asturias: Orquesta Sinfónica del Principado de Asturias (OSPA), Coro de la Fundación Príncipe de Asturias (maestro de coro: José Esteban García Miranda), director: Jonas Alber. Obras de Wagner. Entrada gratuita con invitación previa.

Otro año más que la FPA prepara el «concierto de los premios» aunque los recortes también se han notado teniendo que tirar de lo de casa, salvo el maestro alemán invitado y conocido como «mago del sonido» tal y como pudimos comprobar en este ensayo, con todo lo que supone, aunque hubiese algún despistado a mi alrededor que no entendía la razón de repetir pasajes o las explicaciones que la soprano del coro Rosa Álvarez traducía para sus compañeros.

Estamos aún en el año del 200 aniversario del nacimiento de Richard Wagner y el programa buscó páginas conocidas para el gran público, no necesariamente wagneriano, de coros y preludios, con una orquesta algo reforzada para el homenajeado aunque todavía corta en cuerda (y así nos quedaremos a la vista de la tijera cultural), y un coro con mayoría de voces blancas sobre graves, y éstas a medio gas, supongo que guardando fuerzas para el concierto, porque el programa es realmente duro.

Además del protocolo obligado con los respectivos himnos de España y Asturias que abren y cierran concierto, la obertura de Tannhäuser pareció algo adormecida, aunque el director alemán se encargaría de limar detalles. El Coro de caballeros y damas «Freudig begrüssen wir die edle Halle» puso en pie a una agrupación vocal algo descompensada, afinada, con buena pronunciación pero dubitativa en alguna entrada, inseguro aún más en el Coro de los viejos peregrinos del acto III «Beglückt darf nun dich, o Heimat» que sacó a flote esa carencia de efectivos para un coro que requeriría casi el doble, y no era cuestión de aumentar volumen, menos aún en un ensayo. El efecto de colocar tres trompetas en un palco hizo desencajar ligeramente las entradas, aunque al repetir el pasaje resultó mucho mejor.

De Lohengrin escuchamos el Preludio del acto I que nos devolvió nuestra cuerda de primera bien respaldada por el resto de familias, tal vez planos en presencia pero inmensos en dinámicas, corrigiendo detalles de planos y fraseos el maestro Alber. La conocida marcha nupcial del tercer acto «Treulich geführt ziehet dahin» pareció más cómoda de lo que realmente es, con las voces blancas seguras y de emisión perfecta, luminosas y a la vez etéreas (como recuerda las notas del programa de este miércoles, supongo que de María Sanhuesa como las notas del programa «oficial») así como la orquesta en su nivel habitual de calidad, metales presentes y poderosos sin exageraciones, calidad aún mayor en el Preludio que va antes de la marcha que aquí se programó después, lo que no entiendo mucho porque finaliza precisamente cuando aparece la melodía más famosa de Wagner.

Y para cerrar este pequeño gran muestrario wagneriano Los maestros cantores de Nüremberg con el preludio que la orquesta asturiana ejecutó con más convicción, más apropiado para abrir concierto que cerrarlo,  y los coros del acto III, escena quinta «Wach auf, es nahet gen den Tag» realmente exigentes, y el final «Ehrt eure deutschen Meister«, cual himnos no ya de homenaje al compositor sino al «arte de los maestros cantores y el valor de las tradiciones», siendo los conciertos de la fundación una más dentro de la vida musical asturiana.

Interesante ensayo para desenredar la madeja del programa, que tan solo sirve para sacar ideas generales y ver cómo trabaja el maestro Alber con nuestra orquesta y coro en el siempre difícil Wagner. Espero con más ganas el War Requiem de Britten también centenario, con los mismos músicos de hoy más distintos solistas y el titular Milanov al frente. Será el 22 de noviembre.

Ana Belén García sigue asombrando

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Domingo 14 de octubre, 19:00 horas. Catedral de Astorga, XXX Festival Internacional de Órgano Catedral de León: Ana Belén García (órgano). Obras de J. S. Bach, Martín y Coll, Naji Hakim (1955), Nicolás de Grigny (1672-1703), Alexandre Guilmant (1837-1911) y Bruno Vlahek (1986). Entrada libre.

En una tarde que trajo la lluvia otoñal y el fresco desapacible me acerqué a este nuevo concierto de órgano del FIOCLE, y nada que ver lo escuchado en el viejo órgano maragato de Amezúa (construído en 1857 y restaurado por Acitores en 1985) con lo programado en la web del festival, aunque se nos regaló el programa que en la capital se vende a 2€. La organista guipuzcoana volvía a Astorga tras su paso por Ponferrada en un festival que no se olvida de los intérpretes españoles, y Ana Belén García Pérez tiene una larga trayectoria donde las obras de nuestro tiempo siempre están presentes en sus conciertos, aunque los órganos no suelan responder a sus exigencias. Pensaba en poder escucharla en «el bicho de Kleis» porque el programa que trajo era para disfrutar en su totalidad, o al menos equiparable al esfuerzo y trabajo realizado.

Para «calentar» nada menos que el Preludio en do menor, BWV 546 (Bach), difícil como toda la obra para el instrumento rey escritas por el kantor de Leipzig, donde el virtuosismo en manos y pies va unido a la sabia elección de los registros adecuados, interpretación vigorosa y fiel a la partitura.

Las Diferencias sobre la gayta, un anónimo del siglo XVIII, exploran el timbre de la cornamusa o gaita, sea gallega, asturiana, bretona o escocesa, con una nota pedal o bordón sobre la que escuchamos los floreos del puntero, aquí teclado, exponiendo un tema popular para proseguir con la técnica de la diferencia, nueva demostración de virtuosismo en el órgano astorgano que resonó cual aerófono popular.

Del fraile franciscano Antonio Martín y Coll pudimos escuchar y saborear tres números de «Flores de Música», El villano, Marizápalos y Canarios, barroco en cronología pero aún deudor renacentista que además de recoger y variar temas españoles utiliza los efectos que el instrumento de Aquilino Amezúa tiene, en especial los «pajarillos», bien ayudada la guipuzcoana en los registros para su entrada a tiempo en esta auténtica recreación a los teclados.

Una de las muchas virtudes de la joven organista de Andoaín es trabajar obras contemporáneas, y la Ezpata dantza del libanés Hakim dedicada e inspirada precisamente en el pueblo vasco y sus danzas, resultó un soplo de aire fresco a pesar de las carencias del órgano, poderío en disonancias desde registros variados sin perder el ritmo danzante de melodías modales para un auténtico derroche sonoro que hizo «llorar» muchos tubos, temerosos de la tímbrica exigente.

El Veni Creator de Grigny no estuvo a la zaga en cuanto a despliegue de color para sus cinco movimientos perfectamente contrastados en todo: el primero (Plein Jeu en taille) con trompetería y pedalero gimiendo en el arranque, el tema fugado (Fugue à 5) en las dos voces, una por teclado, el intimismo del tercer número  (Duo) buscando registros agudos y trémolo para una trompeta magna de batalla delicada en ornamentos (Récit de Cromorne – Amen), finalizando en un tutti (Dialogue sur les Grand Jeux) donde pies y manos retoman aires fugados con cambios de registros manteniendo siempre presente la línea melódica ante nuevos tutti siempre recios y sin excesos para un órgano castellano en colorido y fortaleza.

No hubo descanso del guerrero ni obras de relleno y el Allegro appasionato (de la Sonata V op. 80) de Guilmant resultó como el título, apasionada, exigente para un instrumento que se «empapizaba» con un aroma francés en armonías y registros variados donde el pedalero tiene su protagonismo rezumando romanticismo coral casi sinfónico en cuanto a sonoridades que otro órgano más «capaz» hubiese sacado chispas, finalizando con esa modulación en modo mayor antes del acorde final menor, guiños de compositor en una partitura dura en toda su extensión y perfectamente resuelta por el magisterio de Ana Belén.

Y llegaba el estreno esperado, la obra ganadora del XXXIII Concurso de Composición para órgano «Cristóbal Halfter» que patrocina el Aula de Música Esteban de la Puente y la Sociedad Filarmónica Juan del Enzina, del Instituto de Estudios Bercianos (en Ponferrada se estrenaba el viernes 11 para España), Choral-Phantasie Breitet dem Herm den Weg para órgano solo (2009) del croata afincado en Madrid Bruno Vlahek. Además de las notas al programa, que transcribo un poco más adelante, y comentarios sobre la obra, estuve haciendo mis anotaciones (algo raro en mí pero que en los estrenos suelo hacer como referencia) de una compleja y trabajada obra sobre el coral «Preparad el camino al Señor» inspirado en la figura bíblica de San Juan Bautista y su profecía, que se suele entonar en Adviento: «La composición presenta esta antigua tradición con un lenguaje musical de nuestros días. Las distintas partes de la obra están compuestas libremente aunque todas se inspiran en el motivo temático original, algunas son variaciones corales estrictas y otras tienen libertad temática. La pieza está especialmente adecuada para ser interpretada por el gran instrumento que es el órgano. Combina técnicas diferentes, virtuosismo, variedad de colores y timbres, y formas de tocar el órgano. Para llegar a la última parte, el intérprete ha tenido que improvisar sobre el tema coral en el pedal del órgano que llevará a una coda muy festiva». A continuación dejo el vídeo subido por Marko Pletikosa de la premier en Zagreb el pasado 21 de septiembre (el mismo día de la inauguración del «bicho» leonés) por la propia Ana Belén García y a continuación mis impresiones a vuelapluma intentando «describir lo indescriptible» según lo iba escuchando:

Además de reiterarme en haber escuchado esta joya en un órgano más apropiado que el astorgano, la obra es impresionante desde el inicio, con un fraseo en trompetería del coral seguido por esas dos voces que van creciendo en disonancias con el apoyo del pedalero. Agudos saltarines contrastando con el grave de los pies (que además tuvo el complemento de los cuartos en las campanas catedralicias que aún enriquecieron la paleta tímbrica). Un tutti y silencios dramáticos que dan paso a un presto agitado de dinámicas bruscas, cascadas frente a ritmos acórdicos y una vorágine tímbrica que siempre vuelve al flautado inicial sólo (y esta vez con las campanadas de las 8 de la tarde) y el pedalero sobre el que emerge el coral diluyendo disonancias que crecen hasta retomar el grueso armónico con el pedal como sustrato orgánico para reconstruir en una segunda menor a modo de nota pedal distintas bocanadas en las tuberías. Nuevo silencio dramático para el siguiente juego de timbres rítmicamente trabajados en sentidos opuestos, pedalero «cantabile» y teclados tocando otra marcha paralela que crece hasta el abismo. Ligeras cesuras hasta la aparición de un bis cual danza oriental en ostinatos picados y da capo al flautado solo como remanso necesario. Nuevo bordón, silencio subyugante y carreras arpegiadas de tímbricas potentes y clusters. Una mínima toma de aliento preparando la siguiente melodía clara en los pies y manos revoloteando hasta nuevos bloques sonoros con notas tenidas, largas, para volver al coral en el pedalero, tutti claro resguardado en el teclado II virtuoso antes de los acordes sobre otra nota pedal que elevan dinámicas en trompetería con un rallentando en el pedalero y una figuración cada vez más larga antes de pedal, acorde, silencio y el concluyente último y poderoso acorde mayor.

Auténtico arco iris de timbres más allá de los registros elegidos que se quedaron algo pequeños para el poderío exigido, técnicas interpretativas que aprietan en la búsqueda del impacto sensorial sin perder el motivo coral hecho fantasía como los grandes compositores para el órgano. Un descubrimiento que Ana Belén García ya ha interiorizado (ahí está el vídeo), ha hecho suya esta partitura que llevará en sus muchos conciertos por España y Europa, esperando repetir con un órgano acorde a la obra y la intérprete.

La belleza del dolor

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Viernes 11 de octubre, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo, Concierto de abono 1: OSPA, Adolfo Gutiérrez Arenas (cello), Rossen Milanov (director). Obras de Marcos Fernández Barrero, Shostakovich y Rachmaninov.

Ya tenía ganas de retomar el pulso de nuestra orquesta tras el rodaje en foso más el extraordinario Réquiem de Verdi en Covadonga, con el estreno de la temporada regular que llevaba por título «Rusia esencial» aunque bien podríamos rebautizarlo como «OSPA esencial» al unirse intenciones cual guía o catálogo de intenciones, a saber:

El titular Milanov, un solista invitado de calidad que además «es de casa», más un programa donde conviven obras de nuestro tiempo, los grandes e imprescindibles conciertos más el atemporal mundo sinfónico, habitual para redondear una larga, emotiva y dura jornada que conjuga situaciones personales dolorosas pero donde siempre aflora la belleza, el arte hecho música desde la profundidad interior.

Escuchaba por tercera vez Resonancias para orquesta (2012) de Marcos Fernández Barrero, obra ganadora del Concurso de Composición OSPA 2013, siempre necesario el poso para degustar, y no me defraudó tras leer mis anotaciones del estreno y las notas del programa, donde pudimos repetir y llegar ahora como el refrán «a la tercera va la vencida». Si la obra en su momento era merecedora del premio, hoy se me quedó pequeña al escucharla entre gigantes e incluso descontextualizada dentro del título programado por no ser «rusa» (aunque en mi primera audición me recordase a Shostakovich) pero sí «esencial» en cuanto al aroma o esencia figurando dentro de la «normalidad» que supone aparecer entre dos obras maestras. Supongo que el compositor catalán con orígenes asturianos, nuevamente en la sala, disfrutó más que nadie de esta (re)interpretación que la OSPA hizo grande, pues esta temporada 2013-14 podremos llamarla como de plena madurez para la formación, así como del asentamiento de Milanov en la titularidad, con ideas siempre claras desde su toma de posesión, manteniendo la colocación vienesa que nos dará muchas alegrías a lo largo del curso musical y con algunos fichajes que no pasarán desapercibidos. Podría decir que la obra de Fernández Barrero no desentonó en absoluto dentro de la globalidad dolorosa por emociones, texturas y climas otoñales como el asturiano que esas resonancias pudieron reflejar.

Mi admirado cellista Adolfo Gutiérrez Arenas volvía a «nuestro» Oviedo con otra cima interpretativa tras sus anteriores «ochomiles» y en compañía de auténticos amigos para esta nueva aventura sinfónica: el Concierto para violonchelo nº1 en mi bemol mayor, Op. 107 (1959) de Dmitri Shostakovich. Si su Saint-Saëns con Dutoit no le pude equiparar al intimismo con Judith Jáuregui, una delicadeza inolvidable, al menos volvía en «la cordada» con esta orquesta que camina a su paso como con Elgar, auténtico Everest solístico lleno de hondura y sombras, el Shostakovich más duro y terrible donde no existe atisbo de luz en ninguno de sus movimientos pero que Adolfo G. Arenas hizo bello de inicio a fin, bien concertado por un Milanov atento y condolente para compartir sufrimiento hecho arte desde todas las secciones orquestales aunque la trompa del maestro Morató influyó y mucho en embellecer el dolor. La incuestionable levedad del ser del Allegretto, la profundidad del Moderato, la soledad de la Candeza que robó hasta el silencio de un público perezoso en respirar por no asifixiarse, y la cima del abismo del Allegro con moto que sacude hasta el último aliento. El bello dolor existencial sin autocomplacencia ni sadismos, no hay placer sin él, dos caras de la misma moneda que Shostakovich explora y explota en un cello humano e individual con la orquesta reflejo global y coral, dolor compartido que parece menor en sufrimiento y mayor en belleza. Indescriptible esa ascensión al abismo que aún subió muchos metros con ese lento como marcha fúnebre de la Suite nº 3, op. 87 para cello sólo de Britten, «ethos y pathos» desde la admiración y recuerdo del centenario del británico pero también a Rostropovich y Shostakovich, placeres dolorosos o viceversa desde la belleza magistral del arte musical en la vivencia compartida por Adolfo Gutiérrez Arenas, inconmensurable.

Tras coger aire al descanso por la angustia antes vivida, la Sinfonía nº 2 en mi menor, Op. 27 de Rachmaninov supuso un remanso de tensión interior pese a recoger emociones del compositor ruso ya musicalizadas en otras obras, angustias amorosas que siempre me parecieron en el segundo de piano donde la cuerda tiene el mismo toque lírico que en esta segunda sinfonía. Madurez orquestal y claridad expositiva de un Milanov que con su peculiar estilo va sonsacando colores para un lienzo total lleno de luz sin perder el tenebrismo que parecía flotar en este viernes otoñal asturiano inigualable por los perfiles claros, delineados sin brumas, emociones de belleza anhelada e inaprensible tras el lúcido y luminoso verano. Fortaleza orquestal en el Allegro molto puramente «rachmaninoviano» (¡vaya calificativo!), el Adagio que puede traducir a música la difícil descripción del título (belleza del dolor) con una formación perfectamente ensamblada y confiada, gustándose melódicamente una cuerda con nombre propio, para en el Allegro vivace remontar la cima con paso firme, ágil sin tropezones, y contemplar desde arriba ese paisaje único, ascenso seguro, controlado pero desfondados tras un esfuerzo que sólo tiene la recompensa de una belleza dolorosa. Interpretación y satisfacción, así sentí este arranque de temporada que solamente acaba de comenzar.

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