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Koopman a mayor gloria de Bach

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Como bien dice mi admirado musicógrafo Luis Suñén en sus notas al programa (con todo el texto y traducción que seguimos cual misal durante casi tres horas) recordando al gran Padre Sopeña «una vez al año deberíamos someternos (…) a «una cura de Bach», es decir a una inmersión en su música para purificar nuestra condición de aficionados y, por qué no, también de seres humanos». En Oviedo, que es como la Viena española en lo que a oferta y calidad musical se refiere, esta Cuaresma nos ha purificado con las dos pasiones sin olvidarnos del Elías que Mendelssohn compusiese inspirado en un Bach que él redescubrió precisamente con La Obra por excelencia, la misma que nos faltan calificativos por su grandeza dentro de la engañosa sencillez, purificación de melómanos y hasta de agnósticos convencidos, gracias a «Meine Gott Bach».

Tener a Ton Koopman en el auditorio ovetense al frente de «su formación» nada menos que con «La San Mateo» era corroborar las versiones más que musicológicas, históricas por recrear en lo posible cómo fueron concebidas, precisamente unos días después de «La San Juan» con su alumno Aarón Zapico igualmente con una formación propia en la línea del holandés pero cambiando Amsterdam por Oviedo. Y contar para los corales de la primera parte con voces de casa, como es el coro que dirige Natalia Ruisánchez, una reválida pasada con sobresaliente. Mis primeras felicitaciones para unas voces blancas brillantes y seguras en el O Lamm Gottes unschuldig…, inocentes y sacrificados por un trabajo que tiene recompensa, más el nº 35 O Mensch…, afinación y empaste de auténticos profesionales.

De los solistas luces y sombras sin desmerecer ninguna, destacando el alto Engeltjes capaz de emocionar desde un color de voz bellísimo y bien proyectado en el nº 10 Buss’ und Reu‘ pero especialmente en Erbarme dich, mein Gott (nº 47), bien el evangelista Lichdi, piedra angular de la Pasión, y el bajo Mertens aunque casi todos tienen un registro grave algo discreto. Personalmente un ligero escalón abajo la soprano checa y dos el tenor suizo. Del Jesús Hönisch, «crucificado antes de tiempo» tras el descanso al estar desaparecido como si tomase al pie de la letra el aria de alto que abría la segunda parte: «Ah! mi buen Jesús ya no está aquí! ¿Es posible?» (Ach, nun ist mein Jesus hin! Ist es möglich, kann ich schauen?) pienso que necesitaba más presencia vocal, afinación exigente y mayor implicación emocional para un rol que así lo pide.

Decepcionante el bajo corista Tobias Hagge en sus intervenciones solistas como Pilatus, destemplado y fuera de sitio. En cambio el coro excelente, casi camerístico con 28 voces, a menudo dos de 14 por la propia obra, eficiente y efectivo pero no efectista (esperaba expectante el Barrabam que no me convenció), color uniforme, disciplina para con las exigencias de la partitura, diferenciando coros y corales que desde la dirección también se marcan.

La doble orquesta de Koopman resultó todo un catálogo de solistas que lograron unas sonoridades perfectas para la magna obra bachiana, flautas casi de jazz que me comentaba alguna de mis amistades a la salida, oboes impecables, el fagot en su sitio difícil incluso cuando es continuo, eje instrumental con el órgano del Maestro alternando con su señora Tini Mathot, y una cuerda aterciopelada con dos concertinos (Catherine Manson y Matthew Truscott) brillantes en las intervenciones a dúo con las voces solistas.

Finalmente comentar lo maravilloso que resulta ver dirigir a Ton Koopman, disfrutando y contagiando su alegría desde el dominio de esta Pasión con pasión y sin compasión, siempre apasionante. El grandioso coral final «Llorando nos postramos ante tu sepulcro» (Wir setzen uns mit Tränen nieder) fue llevado con un tempo donde más que tristeza rezumó convencimiento, leyendo globalmente esta auténtica representación luterana desde la perfecta conjunción texto-música que El Kantor alcanza en ambas pasiones. Purificación de Sopeña y Suñén desde las pasion musicales con Koopman de profeta a mayor gloria de Bach.

Un Dudamel maduro

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Lunes 7 de abril, 20:00 horas. Conciertos del Auditorio, Oviedo: Symphonierorchester des Bayerischen Rundfunks, Gustavo Dudamel (director). Obras de Beethoven y Stravinsky.

Dudamel hoy es sinónimo de polémica más allá de la musical pero también sinónimo de seguridad, lleno, calidad, y sus visitas a Oviedo lo han sido con grandes orquestas, esta vez la radiofónica de Baviera, segunda alemana tras la del sábado, a las que el de Barquisimeto es capaz de sacar a flote todo lo que dan de sí y un poco más, por lo que vengo apostando hace tiempo que Dudamel acabará en Berlín.

Esta gira que arrancó en la vecina Lisboa con paradas españolas en Asturias, Zaragoza y Barcelona, antes de llegar a Lucerna, programa dos obras bien conocidas del público y del propio director venezolano que con una carrera bien asentada sigue asombrando donde va:

La Sinfonía nº 6 en fa mayor, op. 68 «Pastoral» (Beethoven), difícil de antemano aportar algo nuevo (seguro que no conocen la revisión de Ceccato) a lo mucho ya grabado y escuchado, pero que el tándem orquesta suprema con director inmenso es capaz de descubrir música de la partitura pocas veces escuchada, tal fue el nivel técnico de los bávaros y la interpretación del venezolano. Incluso agradecíamos alguna nota falsa para recordar que somos humanos, pero la perfección alcanzada realmente fue superlativa. Todos los caracteres que el genio de Bonn dejó escritos sonaron en Oviedo, destacando una tormenta realmente de «Sturm sin drang» y la alegría final con regusto melancólico más que bucólico porque deseábamos que aquello no acabase. Si hace años con «La Bolívar» la séptima nos impactó por alegría, desenfreno, naturalidad, desparpajo desde la juventud de todos, la sexta actual con los alemanes está arraigada, trabajada y mucho más serena con la madurez que dan años pero también mucho trabajo. Alguno habrá buscado doble intención en el título de la entrada, tal vez las circunstancias así nos lo hayan preparado. Arturo Reverter escribía de esta pastoral «que requiere un temple exquisito para la exposición de los motivos evocadores de los sentimientos de un viandante ante la contemplación de la naturaleza. El arco dinámico ha de estar muy controlado y la sutil rítmica debe ser aplicada con mesura. Se desarrolla prácticamente todo en un mezzoforte solamente alterado en el episodio de la tormenta, en cuyo ápice el compositor coloca el único fortísimo de la partitura. Un efecto que suele ser mal administrado por directores planos y vulgares», claro que Dudamel no es nada de ello.

Rite del propio Dudamel cuatro años atrás con su grabación de La consagración de la primavera (Stravinsky), literalmente podríamos hablar de rito, o mejor aún ritual, porque la música de danza nunca sonó tan actual cien años después, directa y pura pese al destino de su escritura. Vuelvo con Reverter sobre la partitura del ballet ruso: «agreste, rompedora, en la que se combinan tumultuosamente pequeñas células motrices de una tímbrica ruda, primordial, de raíz popular. Las dinámicas son extremas y el ritmo de una violencia telúrica. Nada fácil es saber manejar y organizar los planos que se superponen, lo mismo que los esquinados compases irregulares. Unos planteamientos que determinaron el gran fiasco de su estreno por los Ballets Rusos de Diaghilev, con coreografía de Nijinski, en el París de 1913». En Oviedo la imaginación al poder e internas coreografías diabólicas en cada uno de los asistentes, pero sobre todo música directa al corazón desde el raciocinio. De nuevo la sonoridad de una orquesta estratosférica en cada sección con matices extremos en dinámicas increíbles, continuidades en texturas capaces de hilvanar toda la madera como si de un sólo instrumento se tratase, unos metales con las trompas a la derecha no ya indescriptibles por redondez, afinación y musicalidad sino por la magia con la que el ruso escribió para ellos, más una cuerda siempre presente, colocada como siempre hacía Valdés en Oviedo, con la permuta violas-cellos, y la química de Dudamel convincente, seguro, cambios de tiempos sin brusquedad creando clímax rítmicos en los dos bloques, una «Adoración de la tierra» con auténtica sabiduría directorial, y «El sacrificio» que evoca antepasados propios y ajenos para resultar elegida la sagrada, supongo que nuevo juego de palabras para quien quiera hilar música y músicos. Difícil separar en estos tiempos lo encarnado (y encarnizado), aplacar identidades opuestas sin perdones o juzgar sin conocimiento de causa. Muchas amistades venezolanas dentro y fuera de un país rico que se ha vuelto pobre por la pérdida de valores que precisamente la música defiende.

Sigo admirando a este director llamado Gustavo Dudamel maduro por trayectoria y genio aunque postura «inmadura» e inexplicable para muchos de sus seguidores, pero el tiempo, espero que no mucho, resolverá interrogantes ahora sin respuesta. La propina sin batuta (1) y tan solo con la cuerda alemana resultó el bálsamo a tensiones primaverales.

Rotunda claridad alemana

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Sábado 5 de abril, 20:00 horas. Oviedo, Conciertos del Auditorio: Radio-Sinfonieorchester Stuttgart des SWR, Nikolaj Znaider (violín), Stéphane Denève, director. Obras de J. Sibelius y A. Bruckner.

Se está poniendo interesante la temporada concertística en la capital de Asturias, casi de Austria no ya por la oferta de obras sino por la calidad de los intérpretes. Y en 72 horas nada menos que dos orquestas alemanas abriendo boca la de Radio Stuttgart en gira con la batuta del francés Denève. Pese a cierta uniformidad sonora en las orquestas de hoy en día, más en las de primera línea, está claro que las alemanas marcan diferencias, y así pudimos disfrutar de una formación ideal para el gran repertorio sinfónico por plantilla y calidad. Impresionante equilibrio sonoro en todas las secciones con fortísimos que nunca resultan estridentes, una cuerda incisiva siempre presente incluso ante las masas sonoras, una madera de tímbricas aterciopeladas pero sobre todo «los bronces» que diría mi recordado Max Valdés, todos los metales y especialmente las trompas, terciopelo en color, afinación, gusto por el sonido desde una musicalidad que las obras elegidas ayudaron a paladear aún más. Sumemos unos timbales que mandan sin molestar y refuerzan la seguridad del resto. Finalmente la colocación vienesa casi puedo llamarla colocación Milanov puesto que es la que tenemos desde su llegada a la OSPA, siendo ideal para repertorios como el de este primer sábado abrileño. Con estos mimbres la dirección titular está capacitada para recrear sin imponer, dejando que la música fluya ante unos profesionales que demostraron calidad además de cantidad.

El programa se cocinó a la manera tradicional: aperitivo breve, primer plato de concierto con solista y tras el descanso el manjar fuerte. Del finlandés Sibelius su El retorno a casa de Lemminkäinen, op. 22, nº 4, una suite para gran orquesta con ese final breve pero intenso al ocupar a toda la plantilla traída para la ocasión y más que un calentamiento de la orquesta radiofónica (¡qué importantes son!). Último número -más conocido el segundo «Cisne de Tuonela«- de las «Cuatro leyendas del Kalevala» que inspiran al compositor más importante de Finlandia en la búsqueda de una identidad nacional desde el lenguaje musical. Gran orquestador construye este cierre de suite con amplia paleta tímbrica y dinámica partiendo de una métrica para conseguir ritmos endiablados como de una cabalgada del protagonista en un final acelerando, con los metales claramente heróicos que hicieron las delicias del oyente escuchándolos con una claridad y transparencia bien llevada desde el podio, siempre en esa línea de rotundidad y claridad apuntada al inicio.

El Concierto para violín en re mayor, op. 47 además de ser uno de los más logrados por la conjunción entre solista y orquesta, contando con melodías sobrecogedoras como la del primer movimiento, exige un virtuoso en perfecta comunión con orquesta y director, pues no en vano Sibelius era violinista de profesión. El solista danés, de padres judíos polacos, Nikolaj Znaider también es una reputada batuta, lo que se notó desde el inicio del Allegro moderato conocedor de la concertación. La gama dinámica del acompañamiento sinfónico nunca impidió percibir con claridad el sonido de su «Kreisler» Guarnierius del Gesu (1741) del que saca emociones desde una técnica siempre al servicio de la partitura. Un placer escuchar cómo las melodías pasaban de su violín a los cellos en perfecta continuidad colorista, el colchón de las maderas o los fraseos concertados por Denève. La coda final fue brillante y plena preparando la hondura del Adagio di molto lírico a más no poder, maderas preparando la melodía solista desde unos redondeados pizzicati y nunca enturbiada por los metales, pese a las disonancias, nueva muestra del buen hacer por parte de todos. Pero las dificultades máximas llegarían con el Allegro, ma non tanto debido al virtuosismo e integración exigida al solista con la orquesta, no del todo superada al cien por cien pero que dejó muestras más que sobradas de una musicalidad suprema del violinista danés.

El mal sabor de boca nos lo quitó con la propina bachiana («Gavota en rondó» de la Partita nº 3 en mi mayor BWV 1006) donde el Guarnieri llenó de magia un auditorio que parece ir ganando acústica con el envejecimiento de la madera, cual buena barrica para la música.

Las sinfonías de Bruckner son una auténtica locura, universo de revisiones que el propio compositor realiza y vuelve locos a directores, editores y discófilos incluso con las numeraciones. Esta Sinfonía nº 4 en mi bemol mayor, WAB 104, conocida como «Romántica«, inaugura las llamadas sinfonías «en mayor» y la versión escuchada es de 1878/80, revisados los dos primeros movimientos y con un Scherzo nuevo, abreviando el final que reescribe completamente en 1880. Estrenada en Viena el 20 de febrero de 1881 por Hans Richter y dedicada al príncipe Constantino de Hohenlohe, no se publicó hasta 1936 por Robert Haas. Hubo correcciones de detalle entre 1887 y 1888 como las que aparecen en la edición Nowak pero no es el caso de la escuchada en Oviedo, también algo más larga, por lo que los «culos inquietos» se marcharon al descanso, ganando todos…

Bruckner compone una obra diría que épica, con resonancias medievales tan de los románticos y considerada por los historiadores como de las más luminosas del compositor, algo que su titular desde 2011 tuvo claro desde el principio jugando con claroscuros increíbles en esta orquesta radiofónica alemana que respondió a todo cuanto el maestro francés les exigió, siempre con elegancia y precisión. Los cuatro movimientos resultaron un devenir de sensaciones, pecados y penitencias hechas música, orquesta cual registros orgánicos divinos donde redimir malos pensamientos y envidias. La gama dinámica y tímbrica exhibida por los músicos de Stuttgart la recordaré por la contención en cada familia y la disciplina exigida desde una dirección impecable preocupada siempre en conservar todos los planos sonoros, desde los más presentes a los recónditos. El Allegro molto moderato complejísimo pero claro y legible, perfecto, con unas violas melosas, cautivadoras, sin caer en embelesamientos ante la fuerza de la naturaleza hecha metales en caída imperceptible, sólo rota por el redoble de timbales, y así un desarrollo de la forma sonata para enseñar en los conservatorios cómo un humilde y veterano autodidacta puede alcanzar recetas insuperables desde su obstinación. Otro incomprendido de su tiempo, como Mahler, con quien comparte mucho más que dolor en el alma.

Si la marcha fúnebre del segundo movimiento pareció seda negra por lo liviano que no oculta el dolor secundario, la agitación («Bewegt») del Scherzo fueron escorzos cinegéticos no sólo por unas trompas en estado de gracia (impresionante Wolfgang Wipfler) sino por una vorágine de matices nunca exagerados, contención antes del éxtasis de un Finale eterno por indicación expresa del compositor: Bewegt, doch nicht zu schnell (animado pero sin precipitación). Cierta religiosidad teresiana esculpida por Bernini como si inspirase al atormentado Anton, sus terrores antes del Hosanna final, credo romántico interpretado desde la magnificencia interior de Denève y la formación de Stuttgart para una profana cuaresma musical irrepetible.

Mucha luz en primavera

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Viernes 4 de abril, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo, Sala de Cámara. CNDM Circuitos: «Primavera Barroca«. Con afecto y armonía: la circulación de música y músicos entre España, Portugal, Italia y América. María Espada (soprano), Forma Antiqva, Aarón Zapico (clave y dirección). Entrada sin numerar: 15€ (abono seis conciertos: 72€).

En Asturias solemos tener una primavera alternando lo invernal con lo veraniego que musicalmente también resulta barroca por los tremendos contrastes en la programación. Que se lo digan a los cinco intérpretes de este segundo concierto del ciclo primaveral, asturianos de una u otra forma porque son «La gran familia Zapico» adoptando a dos hermanas que no tenían, una canaria y otra extremeña, pasando de la cuaresma oscura, tenebrosa con cirios de la pasión sanjuanesca a lograr abrir esta ventana de afecto y armonía por la que entró la luz primaveral tan distinta de la otoñal.

Este «Quinteto Zapico» que pude disfrutar en El Escorial en febrero de 2013 -foto superior del propio grupo- traía un programa muy bien planificado al que pudo faltarle más tiempo de ensayo o incluso más aire puro tras un Bach realmente bueno. Pero la base de Forma Antiqva con Ruth Verona al chelo es tan sólida que pueden armar en nada unas obras recuperadas (por encargo del CNDM) casi a primera vista, contando para las partes vocales con la siempre única María Espada, voz carnosa, redonda, clara, de fraseo y dicción perfectas para unos textos tan importantes como la música que los realza, y ese color único que nunca se pierde, haciéndolo más rico en las distancias cortas como la sala de cámara, con buena entrada. Hay complicidad entre todos, lo que se percibe en las entradas, respiraciones compartidas y misma dirección interpretativa, por lo que estas obras en cuanto se rueden un poco más estoy seguro que engrosarán el Re FA (Repertorio Forma Antiqva) con su sello personal siempre presente.

El título del concierto se centraba en cantatas del barroco español flanqueadas por piezas instrumentales de manuscritos como el Códice Saldívar nº 4 hallado en México en 1963 o los de nuestra Biblioteca Nacional como el Libro de música de clavicimbalo del Sr. D. Francisco de Tejada, datado en 1721 y hallado en Sevilla, conocido como «Libro de Tejada» del que los Zapico han sacado danzas y otras obras arregladas para teclado como la de Corelli, reflejo de la influencia italiana y con historias de amores y odios que alcanzaron a las propias vidas de los compositores, como bien figura en el programa.

Abrían recital Los imposibles de Santiago de Murcia para el cuarteto instrumental de cuerdas varias (pinzadas, golpeadas, frotadas) antes de incorporar las vocales de María para ya en quinteto dejarnos la primera cantata, encontrada en la Catedral de Lima: En la rama frondosa de Roque Ceruti (ca. 1685-1760), compositor milanés que llegó a Lima en tiempos de Felipe V y gran difusor de su estilo, género típico italiano que se adaptó y adoptó por muchos más compositores pasando «el charco» cual música de moda, al ser como microrrelatos cantados cual óperas minimalistas con sus recitativos y arias. El primer estreno en tiempos modernos fue el anónimo del «Libro de Tejada» Glosa de mano yzquierda del 1º tono, estilo zapico por alterancias tímbricas, juegos coloristas entre los punteos y rasgados de Pablo y Daniel remarcados por el arco casi vocal de Ruth, también en pizzicati, y las perlas de cada ornamentación al clave de Aarón, disfrutando de armonías luminosas y melodías bien dibujadas.

Me dejó con excelente sabor de boca tanto por la riqueza de la partitura como por la ejecución del quinteto Déjame, tirano dios de Antonio Literes (Ms. Pombalino de Lisboa), compositor curtido en la música teatral de la que esta cantata emana acción dramática, brillo pleno de María Espada con el cuarteto coprotagonista, alternancias en acompañamientos y combinaciones como Forma Antiqva saben. Hubo dicción (vocal e instrumental) y emoción, aplaudiendo antes de finalizarla, puede que sabiamente al llegar escrita con un recitativo final esta «cantada humana».

La jotta de Santiago de Murcia está en la génesis de los pequeños Zapico, un dúo guitarra-tiorba que logra «trampantojos auditivos» al permutar en momentos técnicas de rasgueo y punteo, nuevo juego tímbrico, preparando la jácara Vaya, pues, rompiendo el aire (Sebastián Durón) un «solo de navidad» cual aria que la soprano extremeña todavía no pudo hacerla propia aunque sigue siendo única en dicción y técnica.

Otro «estreno» instrumental fue la Alemanda y Aria de Corelli del citado «Libro de Tejada», adecuado para el cuarteto a pleno rendimiento y bocanada de aire fresco antes de las dos cantadas de José de Torres (ca. 1670-1738) encontradas en la Catedral de Guatemala: Con afecto y armonía que da título al programa, cantada sola al Santísimo íntima, tiempo de Cuaresma que el autor refleja en melodía y armonías perfectamente arregladas para María con Forma Antiqva, recogimiento vocal e instrumental de mucha exigencia para todos, al igual que Cercadme flores. Aquí noté la falta de tiempo para conseguir más hondura en dos cantatas sacras que resultaron como cortinas tamizando la luz primaveral de las anteriores. En el medio sí se abrió la ventana con la Españoleta y Marizápalos, segundo anónimo instrumental del «Libro de Tejada», tercer estreno moderno antes de la ya mencionada segunda Cantada al Santísimo, los ritmos zapicos que llevan siempre en su equipaje renovado pero propio, el «Trío con Verona» que funciona a la perfección.

Supongo que sabedores de recuperar aliento y buenos perfumes para todos, dos propinas conocidas y hermosas de «Los Cinco Zapico»: Se l’aura spira (Frescobaldi) y Trompicábalas amor (Juan Hidalgo) para dejar el sabor vocal de María Espada mezclado en la proporción exacta con el instrumental de la formación langreana, si se me permite el guiño, a las niñas de Barajas, hoy de Oviedo y hermanas adoptadas por Forma Antiqva en esta primavera luminosa desde Asturias. Al día siguiente repiten en León, pero es como en casa.

Creo en Herr Bach todopoderoso

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Lunes 31 de marzo, 20:00 horas. Conciertos del Auditorio, Oviedo: J. S. Bach: La Pasión según San Juan, BWV 245. El León de Oro (LDO, director: Marco A. García de Paz), Forma Antiqva, dirección y clave: Aarón Zapico.

Parafraseando los dos últimos versos de la pasión «Herr Bach, erhöre mich, Ich will dich preisen ewigllich!» (Escúchame, Señor Bach: ¡eternamente te alabaré!) hasta los agnósticos terminamos creyendo en este Jesucristo a menudo lúgubre pero eternamente luminoso cuando lo musica el Kantor de Leipzig. Pecando sin propósito de enmienda, consciente desde el peculiar y personal «Credo en mi dios Bach, creador de todo lo visible y lo invisible» musicalmente, íntimo o grandioso, esta pasión asturiana en el amplio sentido de la palabra, ha vuelto a emocionar por todo lo que en ella habita.

Nuestro mejor y más internacional coro asturiano es capaz de preparar el cercano y durísimo Ravel junto a su próxima participación en el concurso internacional londinense que preside P. Phillips, y todavía encontrar más tiempo para elegir medio coro que afrontase con plena capacidad y calidad esta «pasión asturiana». Para ellos mi primeras palabras y felicitaciones más allá del orgullo de leónigan, pues siguen siendo un referente, no ya por la calidad pasmosa en cada aspecto sino por una disciplina que les permite transmitir los deseos del director que tengan enfrente, haciéndolos suyos. Esta «Pasión Zapico» volvió a demostrar porqué son los números uno: matices increíbles, emisión envidiable, fraseos de vértigo, corales cercanos y coros protagónicos en su búsqueda de la belleza inabarcable superándose en cada aparición.

Mi otra pasión son Forma Antiqva, siempre sorprendiendo en cualquier combinación, más cuando traen el proyecto grande, no ya por número sino por la excelencia de todos sus componentes. Poder aglutinar tanta calidad instrumental contando con solistas de talla internacional no está al alcance de cualquiera, pero esta pasión crece, convence, aglutina desde una dirección de la que hablaré al final. Aunque en el extenso programa (incluyendo texto original y traducción que seguimos durante las casi dos horas como si de una iglesia se tratase) figuran todos los intérpretes de una inolvidable pasión bachiana, citar dos componentes del Cuarteto Quiroga (Aitor Hevia y Cibrán Sierra) junto al habitual Jorge Jiménez, sin olvidarme de Ruth Verona quasi Zapico porque el continuo con Pablo y Daniel no es el mismo sin ella. Del resto sólo elogios con dúos de traverso, oboe y ambos sutiles, bellos desde la primera bocanada, al igual que las violas d’amore alternando con las habituales, el violagambista Andrea de Carlo o la organista y clavecinista Silvia Márquez, siempre complemento de los tres Zapico. Forma Antiqva en formación grande, cantidad y calidad, rigor y vigor, perfecta base instrumental para una visión moderna sin olvidar la historia, bien conducida desde el clave y la dirección por el magister Aarón.

Los solistas para el evento tampoco se encuentran fácilmente, con dos aún recientes (Bach Collegium Japan de Suzuki) y bachianos puros -aunque los años no perdonen pero todavía referencia por la entrega y dominio de una partitura que han hecho suya-, especialmente el evangelista Gerd Türk que brilló incluso en sus arias, y el bajo Peter Kooij con un Jesús cercano. Grata sorpresa el alto francés Damien Guillon de color idóneo para este Bach, pero especialmente la gran soprano extremeña María Espada, enamorando con «sólo» dos arias (Ich folge dir gleichfalls, nº 13 primera parte, y Zerfließe, mein Herze, nº 63 en la segunda parte), auténticas joyas en su voz, emocionantes, sentidas y cantadas como sólo ella es capaz, otra de mis pasiones confesas que volveré a degustar esta misma semana con más barroco. Citar el Pilato de Jiménez Cuevas, bajo en los números corales, así como las breves pero más que correctas intervenciones de los coralistas Manuel Quintana, Fernando Fernández y Elena Rosso.

Dejo para el final al auténtico alma mater del proyecto, al maestro Aarón Zapico, Kapelmeister de Sama, «apóstol del barroco», líder por convencimiento, entrega y dominio desde el duro trabajo. Esta pasión sentida desde tiempo, capaz de transmitirla a todos los intérpretes desde el minuto uno, llevada como él quiso desde esa autoridad ganada con diálogo y magisterio, pacto compacto con tacto, barroco en estado puro desde el siglo XXI, las luces y sombras luteranas del Evangelio de Juan con el subrayado genial del Kantor, música al servicio del texto, riqueza expresiva de contrastes brutales, tiempos vivos con agilidades de vértigo sin perder ni una sílaba y lentos profundos para transmitir el castigo o la desnudez (los momentos del coro a capella fueron de lo más emocionante). Dirección y acompañamiento al clave de los recitativos dejando fluir al genio con toda esa cadena de vivencias más allá de la partitura, el aliento lúcido y la esperanza hecha Bach en su discutido cumpleaños (31 de marzo de 1685).

Pasiones corales, instrumentales, solistas… pasiones personales compartidas, pasión por Bach, pasión por las pasiones, cuaresma con pasión sin compasión. La semana arranca cerrando marzo.

Tiempo presente de Mahler

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Sábado 22 de marzo, 20:30 horas. Oviedo, Conciertos del Auditorio: Orchestre Symphonique de Montréal (OSM), Kent Nagano (director). Mahler: Sinfonía nº 7 en si menor.

«Canto de la noche» es el sobrenombre de la séptima mahleriana, canción sin voces, en hora poco habitual para un concierto rozando la perfección. En mi mochila sólo me queda una «Sinfonía de los Mil» para cerrar ciclo en vivo, aunque esta venida de Canadá con un californiano admirador de Bernstein, referente y fijo en mi discoteca, será recordada como la pureza instrumental.

Nagano es la elegancia directorial y con su orquesta alcanza cotas de calidad impensables incluso en gira mundial. Pese al cansancio que pueda suponer esta vorágine de ciudades, hoteles, aeropuertos y auditorios (en España sólo Madrid y Oviedo antes de volar a Alemania con escala en Colonia), pensemos que cada concierto siempre es distinto, los ánimos cambian, el tiempo de Mahler ha llegado hace tiempo, y abordar esta sinfonía para los músicos también forma parte de su experiencia vital, más allá de una profesionalidad que brotó a borbotones.

Hacía tiempo que no disfrutaba de una materia prima tan prístina, clara, donde la humanidad parece redimirse como el propio Mahler. Orquesta impresionante no ya en número sino en todas y cada una de sus secciones, solistas envidiables pero sobre todo disciplina y respuesta inmediata a cada gesto del maestro japonés de Berkeley quien reconoce la convergencia del nuevo y el viejo mundo en esta su orquesta. Colocación vienesa con los contrabajos detrás de los violines primeros, arpas de los segundos, percusión con «bronces» atrás, trompas a la izquierda y la madera, toda la inmensidad orquestal de esta séptima, sumándole guitarra y mandolina en el cuarto movimiento para mayor busqueda de sonoridades en auténticos claroscuros de cinco movimientos organizados simétricamente con el Scherzo de pivote indefinido más que sombrío (Schattenhaft).

Si los colores del día anterior eran impresionistas, franceses (Ravel está en el otro programa con Sstravinsky, otra conexión espacio temporal) , delicados, la paleta que «el pintor» exige para este «séptimo cielo» es un lienzo tan especial que debe partir de una tela cara poco habitual, y la sinfónica canadiense lo es en las manos de Nagano. Una delicia escuchar cada instrumento, cada línea melódica, cada contestación, todo en el plano exacto escrito y marcado por Mahler que era igualmente un excelente director de orquesta. Nunca mejor el término «conductor» que utilizan los ingleses porque el titular de la sinfónica canadiense condujo por esta carretera llena de dificultades como si de una autopista al lado del mar se tratase, y sin despeinarse…

Sinfonía con más de cien años esta séptima sigue siendo actual, completa, redonda, tal vez por lo que conlleva de «patetismo del hombre mortal sobre la tierra con sus dudas y sus preguntas, en primera instancia, para proclamar, a renglón seguido, la esperanza y la confianza en una vida mejor» en palabras recogidas por mi admirado Pérez de Arteaga citando a Chamouard, la vigencia de una música que sonó veraz, honrada, emocionada pero contenida en todo momento, ni un grito, ni un borrón, nada accesorio, todo en su sitio, sin disonancias ni líneas etéreas. El sonido resultó de seda por momentos, terciopelo con fortaleza y elegancia, satén nocturno de insinuaciones eróticas en su punto.

Arturo Reverter escribe de esta séptima en las notas al programa que es «composición tan difícil, tan trabada, tan original, tan experimental, quizá la más radical de Mahler desde un punto de vista estructural, arquitectónico, instrumental y armónico», pero tras la escucha de los canadienses con su titular pareció fácil y ligera, siempre original pero muy asentada, y con esos años que hacen curar la juventud, conservadora aunque de lenguaje inalcanzable todavía para la mayoría pobre de espíritu. El propio Nagano decía en la prensa española que «a pesar de la crisis vivimos un momento emocionante en la música», y en Oviedo podemos confirmarlo. Si quedaban interrogantes por las mezclas que subyacen en esta obra mahleriana, la respuesta estuvo en esta séptima sin palabras porque la poética, la ironía, el sarcasmo, la tragedia… todo sonó en su sitio alcanzando cotas irrepetibles.

Llego a casa y mientras escribo, busco links (enlaces) y vuelvo a escucharla con Bernstein en Viena, después Lucerna con Abbado… No más dudas planteadas pero el directo siempre será irrepetible, y la Sinfónica de Montreal con Nagano me han dejado un canto que no se extingue al amanecer sino que permanecerá cual «noche oscura del alma«.

La voluntad de Bach en Cuaresma

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Lunes 17 de marzo, 20:00 horas. Conciertos del Auditorio, Oviedo: Bach Collegium Japan, Joanne Lunn (soprano), Clint van der Linde (alto), Gerd Türk (tenor), Peter Kooji (bajo), Masaaki Suzuki (director). Obras de J. S Bach.

No cansaré nunca de «Bach, Mein Gott», del que escucharemos también en este mismo auditorio sus dos pasiones. Atrás han quedado las interpretaciones románticas de grandes formaciones para volver a los orígenes en Leipzig, algo que el maestro Suzuki y su «colegio» llevan por el libro. Tres cantatas y una misa donde los cuatro solistas invitados se integraron en el coro, dando el paso al frente cuando correspondía, más una formación instrumental de primera para gozar sin pecado de la palabra de Dios, textos originales y traducidos en el programa, con la música del Kantor desde un conocimiento directorial que transmite a intérpretes y aficionados.

Las notas de la profesora Miriam Perandones se titulaban con palabras del propio Johann Sebastian: «La música nos ha sido ordenada por el espíritu de Dios» que podemos parafrasear cambiando por «el espíritu de Bach» que flotó en el auditorio cual templo luterano en Cuaresma.

Primera parte con la Cantata Alles nur nachGottes Willen, BWV 72 (Todo sea según la voluntad de Dios) desde la oscura introspección, donde los solistas estuvieron desiguales, despuntando algo más la soprano inglesa (bien en estos repertorios) que el contratenor sudafricano, al que en su anterior visita a Oviedo hace cinco años achaqué los mismos problemas de poco volumen en el registro grave, así como un color característico de ese registro alto menos frecuente que los contratenores más sopranistas pero cercano al original del Leipzig bachiano. El coro siempre perfecto de color, empaste y afinación, equilibrio exacto con los instrumentos.

Para la Cantata Mit Fried und Freud ichfahr dahin, BWV 125 (En paz y alegría me iré) pudimos disfrutar de la flauta (con Kyomi Suga) que también dominase el Kantor, y donde los solistas vocales masculinos resultaron más coristas de lujo que propiamente figuras, más en el dúo acompañados por los dos violines solistas (Terakado y Yamaguchi), cello (Balssa) y órgano (Masato Suzuki), pues de intimismo volvieron a quedar algo oscuros en los graves con un texto que habla de la luz que llena toda la tierra con poderosas palabras que resonaron más bien poco. El recitativo anterior contó con el barítono más que bajo (no hay coro tal y como figuraba en el programa) encareciendo una cuerda auténticamente en crisis, salvo honrosas excepciones, pero más en la música sacra que en escena. El alto al menos se portó en su aria y recitativo antes de volver a disfrutar del coral final «Él es la salvación…» antes de la pausa (descanso no eterno).

La Cantata Bekennen will ich seinen Namen, BWV 200 (Proclamaré mi fe en su nombre) nos cambió en el órgano al Suzuki Masato por el maestro Suzuki Massaki, con los dos violines y el cello acompañando el aria del alto, auténtico acto de fe que resultó más luminoso pese a la precariedad de medios utilizada por Bach pero perfecto preámbulo para la Misa luterana en Sol mayor
BWV 236
, breve por utilizar solamente el Kyrie y el Gloria pero donde el griego primero y el latín después consiguen contagiar la musicalidad eterna del texto a un compositor cercano a Dios. El coro siempre perfecto, el aria de bajo (Te damos gracias) con cuerda y continuo mejor que en las cantatas, pletórico el duetto soprano-alto del «Domine Deus» con el acompañamiento de cuerda, órgano y (contra)fagot, aceptable el aria del tenor con continuo y oboe para tocar el cielo coral «con el Espíritu Santo en la gloria de Dios-Bach» por siempre Amén.

Felicidad venida de Japón con refuerzos internacionales para esta música universal en un concierto del espíritu capaz de acallar «tisis y toses» aunque la hora actúe cual resorte en ciertas posaderas de mal asiento. Desconozco si el «padre Bach» lo perdonará eternamente…

Receta Milanov: BB de lo bueno

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Viernes 14 de marzo, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo: «En la gran tradición alemana», Concierto de abono nº 8, OSPA, Suyoen Kim (violín), Pablo Ferrández (cello), Rossen Milanov (director). Obras de Beethoven y Brahms.

El titular Milanov volvía al podio con un programa ya rodado en la maratón bilbaína que es «Musika-Música«, este año dedicada precisamente a las dos B del octavo de abono, y con dos solistas que ya dirigiese en el Auditorio la temporada pasada: la violinista alemana Kim y el cellista madrileño Ferrández, ambos con excelente sabor de boca según mis anotaciones y recuerdos sonoros.

El cocinero búlgaro preparó un menú clásico de encargo en cuanto a ingredientes pero cocinado y condimentado con los toques que logran sutiles diferencias. La elaboración de los ensayos y ejecuciones consiguieron una velada digna de las «3 Bes» conocidas como «Bueno, Bonito y Barato» aunque no resulten calificativos precisamente apropiados para la música, pero jugar con las tres b de los grandes compositores (se sumó Bach en la propina cual sorbete entre las dos partes clásicas en que siguen organizándose los conciertos), sirve incluso para titular entrada en el Blog.

De aperitivo el genio de Bonn: Leonora, Obertura nº 3, op. 72 (Beethoven), para ir calentando motores y percibiendo los ingredientes de primera mano, en su punto de temperatura sin mucho colorido, cual grabados del otro sordo genial como búsqueda de materiales y logrando maestría incluso en «pequeñas obras». Inseguridades puntuales en entradas pero líneas maestras claras.

Los siguientes platos provenían de Hamburgo, menú musical germano en tanto que servido en Viena aunque cocinado por Milanov en nuestros fogones.

El Concierto para violín, violonchelo y orquesta en la menor, op. 102 (Brahms), el «doble concierto» es todo un reto por los difíciles ingredientes que ligaron perfectamente para una salsa contundente al ser de por sí más caros que el azafrán: nada menos que dos Stradivarius en el mismo plato: el rotundo cello de Pablo Ferrández equilibrado con el sutil violín de Suyoen Kim, diálogos de emociones tomados en pequeños bocados o dentro de una soberbia salsa OSPA que funcionó más que como guarnición ingrediente necesario para alcanzar el paladar buscado por Milanov, perfecto concertador de sabores musicales que esta vez buscó colorido en la paleta orquestal delineando ancho con un pincel fino para alcanzar este primer Brahms realmente carnoso. Merecidos y abundantes aplausos para los solistas que nos regalaron esa Invención nº4, BWV 775 de Bach adaptada a dúo funcionando como pausa antes del cierre hamburgués.

La Sinfonía nº 1 en do menor, op. 68 es un plato conocido que puede resultar honesto, pasarse o quedarse corto cual siete y medio, pero precisamente por exigente Milanov fue cocinándolo con mimo, maestría y sazonando con detalles. Optó por sobresaltos que fueron ganándome: el inicio más que Un poco sostenuto resultó «retenuto» por la lentitud que parecía remover con cuchara de madera antes de sorprender con el Allegro. Nuevamente la colocación vienesa, la ubicación para proporcionarnos esa espacialidad adecuada a esta enorme obra sinfónica permitió saborear cada bocado. El Andante sostenuto pareció ir engordando la salsa jugando con sutiles cambios de tempi que sacaron a flote detalles impercectibles en una cocción más rápida. No sé si esta grasa es buena para el colesterol pero está claro que «La Primera de Brahms» cocinada por Milanov iba con poso y nada ligera, sólo Un poco allegretto e grazioso daría el toque «light» con alguna incertidumbre metálica siempre compensada por la madera segura y «redonda» sin enturbiar el placentero resultado global. Y es que cocinando e ir sirviendo cada movimiento en distintos platos permitió reconocer la grandiosidad de esta generosa sinfonía -daba gusto ver y escuchar el «pizzicati acelerando»- que desemboca placenteramente en ese cuarto movimiento auténtico microcosmos de emociones, sabores, reminiscencias, deudas y originalidad que en el tratamiento del mejor Rossen permitió redescubrir las papilas gustativas. Adagio para retomar la visión, Più andante para masticar y degustar, más la conclusión del Allegro non troppo, ma con brio, final de un manjar diríamos de toma pan y moja. No siempre lo cocido y conocido podemos redescubrirlo, más este primer Brahms Milanov cocinado con tiempo puso sobre el mantel lo mejor de nuestra despensa musical sin sensación de empacho y con ganas de repetir.

Soledad superlativa

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Sábado 8 de marzo, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo, Jornadas de Piano «Luis G. Iberni»: Grigory Sokolov. Obras de Chopin.

Nueva visita de San Sokolov a Oviedo en plena gira o vorágine musical, y todos como en misa, es decir las habituales toses y móviles entre la parroquia madura con prisa para cenar cual campanas programadas, y todos esperando propinas que finalmente resultan una tercera parte: esta vez seis que nos llevaron hasta las once menos cuarto de la noche y porque encendieron las luces, por lo que podemos decir que Sokolov nunca defrauda y sigue siendo un grande entre los pianistas.

Monográfico dedicado al llamado «poeta del piano«, ese Chopin (al que el programa más que inmortalizar «eterniza» hasta 1949) cual «soledad sonora» que desde la isla interpretativa del escenario -colocada la caja escénica para estos eventos- y poética igualmente del pianista ruso, con una técnica capaz de emocionar incluso desde la Sonata nº 3 en si menor, op. 58 cuyos cuatro movimientos supusieron una suma de intenciones individuales que conformaron la obra mayor, descubriendo cómo una sola nota emerge e inunda toda una sala siempre desde el «sonido Sokolov«. Parece imposible la gama dinámica capaz de salir de un piano para asombro de primerizos y confirmación agnóstica, pero sobremanera la limpieza de los sonidos desde esa independencia solitaria y sumativa que nos redescubrieron la última sonata chopiniana.

Para la segunda parte una selección de 10 mazurkas en distintas modalidades y tempos, menos virtuosísticas que la tercera sonata pero todas interiorizadas desde las inmensas soledades de Sokolov, su mundo ajeno al de los mortales que adoramos y admiramos cada nuevo milagro sonoro, microcosmos nacionalistas internacionalizados, únicos y enlazados, silencios rotos por la ignominia y la ignorancia de un público vetusto (en todo el sentido de la palabra), por el descaro del inculto al que el santo ruso patrono de teclistas vivos es ajeno, burbuja pianística en blanco y negro, ceremonial en primera persona compartido con los mortales que parecemos molestarle por momentos. Desfile de aires variados pero solitarios, tristemente adecuados a un estado anímico que contagia inexorablemente a quien quiera comulgarlos, la lenta mazurka inicial Op. 68 nº2, los allegro (Op. 68 nº3, op. 30 nº3) contenidos, diría que minimizados, incluso los vivace (Op. 30 nº2 y op. 50 nº1) más vivos y lumínicos que veloces, ligeros siempre volviendo a la redondez y plenitud de una sola nota emergiendo de los acordes, pedales manteniendo el poderío, dominio de un sonido solitario al que acompañan y suman después desde la suprema soledad acústica y el dominio apabullante de una técnica que emociona al ponerse al servicio de un Chopin más íntimo e individualista que nunca, el «Chopin Sokolov» que volvió para quedarse.

La tercera parte nuevamente completa, mucho más que seis propinas porque resultaron no ya (in)esperadas y sorpresivas por parte del gran ruso sino todo un nuevo programa ampliación del monográfico, de aires chopinianos para nuevos pecados del solitario y triste Grigory sólo comprensible desde la inmensidad del piano para acallar conciencias y espíritus indómitos. El gran Sokolov y su liturgia siempre impactante desde su soledad superlativa.

Carnaval exótico portuense

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Domingo 2 de marzo, 18:00 horas. Casa da Música, Oporto: Sala Suggia. «Carnaval Exótico»: Orquestra Sinfónica Do Porto Casa da Música, Tobias Volkmann (director). Obras de Rimski-Korsakov, Nielsen, Tchaikovsky, Ravel y Guo Wenjing. Entrada: 11€ (concierto fuera de temporada).

Rezaba la publicidad del concierto «Júntese a los músicos de la orquesta en la celebración del Carnaval inspirado este año en Oriente y venga disfrazado para este concierto», por lo que el ambiente que se respiraba en la sala principal que lleva el nombre de la famosa cellista local Guihermina Suggia era festivo totalmente, y con aforo completo. Los músicos también iban ataviados y la decoración mínima pero suficiente: globos, puertas orientales, pantalla con sombras chinescas y una inmensa lámpara de Aladino en cartón piedra de la que salió con humo el mago director brasileño Volkmann, luego mudado a mandarín.

El programa tenía muchas y variadas historias para contar con personajes exóticos que nos sugerían múltiples disfraces para un concierto de carnaval, y nada mejor que arrancar con El mar y el barco de Simbad de la siempre evocadora «Sheherazade« (Rimski-Korsakov) que la orquesta local despachó con solvencia y seguridad a pesar de cierta frialdad, siendo la cuerda protagonista, especialmente el concertino español Felipe Rodríguez en sus intervenciones solistas (a la vista de los datos, invitado para este programa, pues lo es de la orquesta lisboeta de la Fundación Gulbenkian).

Mucho más completa la selección de la Suite «Aladino» (Nielsen) donde cada número nos fue dando la talla de esta formación portuense de sonoridades rotundas en los metales, sobre todo las trompetas, más comedida en la madera, percusiones sin exageraciones y una cuerda empastada aunque necesitada de más cuerpo (y efectivos) para equilibrar plantilla, hoy algo ampliada por las obras programadas. Fueron desgranando los números Marcha oriental, Danza hindú, El mercado de Ispahan -de lo más conseguido de la suite- y la Danza de los prisioneros, con esos avances compositivos del danés para un ballet que sólo tiene de infantil el título.

El oboista titular hizo un número de encantamiento donde el folklore húngaro de su tierra dejó paso al de la India, para luego llevar el ritmo del djembé en una hermosa danza del vientre con una bailarina profesional jaleada por todos tras su espectacular baile y figura. Perfecta antesala para los dos números del «Cascanueces« («Quebra-Nozes» en portugués) de Tchaikovski: Danza árabe y Danza china, algunos desajustes probablemente por el ambiente festivo aunque imperdonables en páginas tan conocidas de la música, y con una acústica tan perfecta que percibíamos cada mínimo detalle, con un Volkmann conocedor de estas músicas aunque los músicos no parecieron responder a todas sus órdenes una vez despojado del disfraz de mago…

Mejor el fragmento de Ma Mère l’Oye de Ravel, orquestado por el propio francés en 1911 del original para piano a cuatro manos, Laideronette, emperatriz de las pagodas donde la sonoridad impresionista y la rítmica resultaron bien ejecutadas por la orquesta portuense en esta «premiere«, siendo la obertura Cabalgando en el viento, op. 27 (1997) del chino Guo Wenjing (1956) el perfecto cierre de un concierto de recuerdos orientales muy cinematográficos terminando en ese «Far West» donde los chinos también han tenido protagonismo más allá de la pantalla, asentándose en todo el mundo y siendo parte de nuestra historia cotidiana. La riqueza rítmica y una amplia plantilla orquestal sirvió para mostrar las posibilidades de una orquesta hoy joven en la edad de músicos e historia reciente (desde 2006), con buenas secciones y solistas a la que seguramente su titular Christoph König sacará más partido, así como el paso de invitados que engrandecerán esta formación portuguesa.

Aplausos largos y merecidos que sirvieron para escuchar otro número del Aladino danés no elegido en el concierto, la Blackmoor’s Dance, reafirmando mi opinión de ser Nielsen buena piedra de toque para la orquesta.

Con todo un concierto entretenido y distendido para todos, músicos y público de todas las edades aunque mayoritariamente juvenil para una ciudad que tiene en el complejo diseñado por el arquitecto holandés Rem Koolhaas, el referente musical no ya de sus otras salas sino de todo un excelente contenido acorde a lo que entendemos por «Casa de la Música». La visita guiada en la mañana del sábado fue muy fructífera y enriquecedora si muchos gestores españoles tomasen nota de la importancia que la cultura en general y la música en particular tienen en nuestra sociedad desde un enfoque educativo. Por cierto, Portugal un país intervenido con un IVA del 23% aunque los precios generales estén más baratos que en España… y el cultural ¡13%! (creo que sobran explicaciones)..

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