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Armas solo musicales

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Lunes 30 de junio, 20.00 horas. S. I. B. Catedral de San Salvador, Oviedo. Coro de la Universidad de Oviedo, Orquesta Clásica de Asturias (OCA), Joaquín Valdeón (director): The Armed Man: A Mass for Peace –selección- (Karl Jenkins, 1944).

Mi generación ha bebido de muchas y variadas fuentes, declarándome y aceptando el calificativo de omnívoro musical, por lo que puedo decir pasado un tiempo que podemos presumir de tener amplitud de miras sin prejuicios, algo similar a la de esos viejos rockeros (que nunca mueren) como Sir Paul McCartney o nuestro Karl Jenkins que dieron el salto a la llamada “música culta” con obras sinfónico corales plagadas de guiños a épocas que seguimos disfrutando como si fuese la primera vez, caso del «Oratorio de Liverpool» (1991) del exbeatle o esta «Misa para la paz» del miembro de Soft Machine, titulada “El hombre armado” que ha inspirado a tantos otros músicos de la historia como bien aparece en el programa de mano.

La obra compuesta en 1999 por encargo del Real Museo de Armamento de Leeds y dedicada a los muertos de Kosovo (extensible a todas las víctimas de la guerra), se estrenó en el Royal Albert Hall londinense el 25 de abril de 2000 con el propio Jenkins dirigiendo la London Philharmonic Orchestra, y consta de trece números (se añadió el decimocuarto en octubre de 2010) con textos de diversa procedencia, mayoritariamente cristiana, en latín lo que será el ordinario de la misa, aunque el compositor galés prescinde del Gloria y el Credo, pasando por el árabe de la llamada a la oración (Al-Adhan), el francés del tema original «L’homme armé«, canción popular sobre la que también han compuesto entre otros muchos Dufay, Palestrina, Josquin Desprez, japonés y por supuesto inglés, con textos bíblicos pero también de Kipling, el Mahabharata, y muchos más, entroncando con el impresionante War Requiem de Britten que pudimos disfrutar en el centenario también en nuestra capital asturiana.

The Armed man es obra poco programada en nuestro país aunque gozando de popularidad sobre todo entre coros jóvenes, por lo que no será extraño que también sea llamada a escucharse como cierre de ciclos sinfónicos por su impactante y atemporal mensaje.

Partitura con amplia orquestación, aunque abierta, que incluye por ejemplo pícolos, flautas, oboes, corno inglés, clarinete, clarinete bajo, fagot, trompetas, trompas, percusión abundante así como órgano, más la cuerda, coro a cuatro voces mixtas, cuarteto vocal solista, un muecín, y solo de violoncello en el antepenúltimo número, Valdeón realizó una selección con la mitad de sus números que pudimos escuchar por primera vez en Asturias (puede que en España) en una catedral a rebosar (y eso que había otro concierto en el Auditorio de la ALAAK) al frente de “su” coro universitario, con una OCA algo mermada en efectivos, de plantilla siempre variable aunque de nuevo resultase garante de profesionalidad desde una media de edad siempre joven, sumándose un músico integral como Guillermo Martínez al órgano, adaptando estos mimbres para construir una versión más que digna de esta forma musical que transciende lo litúrgico o sacro, como en el antes citado Oratorio de Liverpool.

Siete de los catorce movimientos fueron desgranándose por un coro entregado en cuerpo y alma, afinado, empastado, multilingüe en los distintos números, corto en potencia pero rico en dinámicas, sobre todo las voces agudas, con una orquesta disciplinada y casi camerística donde metales y percusión brillaron sin necesidad de avasallar en volumen, sumando magisterio organístico por la elección de los registros adecuados, complementarios o solistas, todo desde la atenta y convincente dirección del maestro Valdeón, conocedor y defensor de la obra, los músicos y sobre todo el entorno, dominando la siempre difícil acústica catedralicia para utilizarla como un plus en vez de enemigo. Lástima unos ruidos molestos en las pausas, tal vez golpes en el micrófono abierto, pero tomados como si de la propia obra se tratase.

El primer número L’homme armé presentó credenciales vocales e instrumentales, arrancando con el ritmo militar en los pies de los intérpretes para ir engordando la escritura instrumental y la aparición del órgano desde el contagioso ritmo del original que finalizado el público no pudo reprimir los aplausos, pese a la indicación contraria del director.

Sin canto árabe de llamada a la oración pasamos al número tres, Kyrie de estructura clásica (Kyrie-Christe-Kyrie) que contó con el solo inicial de la soprano Ana Peinado, bien vocalizado y más que suficiente en presencia y proyección, bien arropada por el resto del coro y una orquesta templada.

El imponente Sanctus, quinto número, hizo vibrar a todos por la capacidad mostrada desde el podio de alcanzar el difícil equilibrio de planos sonoros entre coro, percusión y metales extremos en las dinámicas, pp realmente logrados y ff impactantes donde la orquesta nunca tapó al coro, aprovechando la reverberación para duplicar sensaciones, duraciones acortadas y silencios remarcando la intensidad dramática: coro silábico, rítmico con las trompetas contestando, unísonos de cuerda y coro con la percusión guerrera y cinematográfica casi de romanos, timbales y platillos, efectismos plenos de belleza en la línea del proyecto «Adiemus» del propio Jenkins, el latín idioma musical en el ocaso del siglo XX, lengua muerta pero resucitada siempre para el canto sacro.

El sexto número, Hymn before action (Himno antes de la batalla) con texto en inglés de Rudyard Kipling resultó difícil de entender pero plenamente conmovedor: «La tierra se ha llenado de cólera, los mares, de furia se han oscurecido. Las naciones reúnen a sus guarniciones para cruzarlas en nuestro camino…» y la música perfectamente adaptada a una letra realmente trágica como ese final «… Tú mejor que nadie, Señor, danos fuerzas para morir», tintes épicos de nuevo con referencias a bandas sonoras de los verdaderos clásicos sinfónicos que están en nuestra memoria auditiva, lenguaje universal.

La tensión creciente llegaría en el siguiente número, séptimo «de caballería con verdadera carga», Charge! -que bisarían- realmente épico, fanfarrias dignas de un Péplum, agradecidas de interpretar y escuchar, efectistas, cañonazos sobre parches para llegar a dar las sopranos unos agudos al límite en tesitura y matices bien resueltos, sumando dificultades y riqueza de reguladores por parte de todos, coro incluido hasta las aclamaciones sobrecogedoras, reguladores infinitos de horrores pero nunca gritos en un final (omitido en la propina) impactante como el concluyente silencio.

El toque de trompeta, militar y dulce, fin del horror y del movimiento séptimo, cual canto a los caídos sobre notas pedales, desemboca en el hermosísimo Agnus Dei, número décimo de esta misa, recogimiento roto con disonancias y notas tenidas en la cuerda, lejanas campanadas de muerte, recuerdos de Britten, antes de saltar al duodécimo número con el registro de armonio preparatorio anímicamente al inigualable Benedictus, digno final (aunque faltasen los números siguientes) como reza el programa: «Con su dulzura melancólica que simboliza el fin de la guerra, la tristeza y la asunción de sus consecuencias y, también, cómo no, la esperanza; «Bendito el que viene en nombre del Señor. ¡Hosanna en el cielo!»», melancolía y paz desde el lirismo en el solo de cello a cargo de Elena Robledillo contestado por maderas (oboe, flautas), después dúo de trompas aterciopeladas, las cuatro voces del coro en entradas sucesivas (sopranos, tenores, contraltos, bajos), de buen gusto en escritura y ejecución, sutiles en los pianísimos y rompedoras en los «fortissimi» contrastando volúmenes de todos en un tiempo lento majestuoso antes del “da capo”, esperanzador como el propio concierto, apuesta por repertorios nuevos que serán clásicos dentro de uno o dos siglos y con armas estrictamente musicales.

Sólo me queda pedir y esperar la escucha completa de la obra, completa en todos los sentidos sin desmerecer lo vivido en San Salvador, pues las emociones colmaron cualquier necesidad anímica para cerrar un curso musical con este junio que todavía no respira verano en Asturias, por otra parte lo habitual contrastado con lo especial de esta paz musical siempre necesaria tras la guerra no deseada.

Orquestar, concertar y disfrutar

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Viernes 23 de mayo, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo, Abono 12: OSPA, Kirill Gerstein (piano), David Lockington (director). «Pianismo y siglo XX», obras de Offenbach, R. Strauss, Ravel y Elgar.

Hay tanta buena música compuesta y tanta grabada que siempre me gusta (re)descubrir obras, muchísimo más en directo por no haber trampa ni cartón. Y me entristece profundamente ver la desbandada progresiva de público a medida que avanza la temporada, desconozco la causa, porque en el antepenúltimo de abono de nuestra orquesta asturiana, nuevamente con David Lockington a la batuta (aunque la perdiese avanzado el primer movimiento de la sinfonía) nos encontraríamos con ese maridaje necesario de los conciertos entre lo habitual y lo raro, entendiendo como tal obras poco programadas o escuchadas en emisiones radiofónicas. Se mantenía el solista invitado, esta vez el gran pianista norteamericano, nacido en Rusia, Kirill Gerstein, precisamente optando por dos obras en esa misma línea, más una intensa e inmensa sinfonía que no creo hubiésemos escuchado antes en Oviedo, al menos en mi tiempo. Como exigía este concierto, una plantilla deseada, en el sentido de tener que ampliar la habitual hasta la necesaria para poder afrontar estos repertorios, preparando un relevo generacional que deberá ser pensado muy a fondo, dando protagonismo de solistas a segundos atriles, demostrando estar suficientemente preparados para ello.

La conocida «Obertura» por incluir el «can-can» del Orfeo en los infiernos de Offenbach siempre viene bien interpretarse para lo que fue escrita, abrir espectáculo y preparar a músicos y espectadores a lo que vendrá a continuación. La versión del director británico fue la del buen gusto sin excesos, todo bien delineado melódicamente y equilibrado en planos sonoros para evitar que percusión o metales tapasen demasiado la madera  o la cuerda, manteniendo protagonismo incluso exigiéndoles al final mayor presencia, permitiendo «soltarse el pelo» y conseguir el efectismo esperado siempre con buen gusto y estilo para una formación reforzada en todas las secciones así como segundos atriles esta vez primeros.

Hace años que conozco por sus grabaciones al gran pianista Gerstein, especialmente del segundo de Brahms, recordándolo al escucharlo por Achúcarro en Oviedo, así que poder escucharlo en directo era una ocasión única, y no me decepcionó. Primero la poco escuchada «Burleske» en re menor para piano y orquesta de un Richard Strauss veinteañero pero que apuntaba ya una orquestación propia,  con los timbales protagonistas arrancando la melodía, y una forma sonata para un piano clásico aunque de su tiempo, plagado de exigencias solísticas y orquestales. Un placer comprobar el entendimiento entre solista y director, eligiendo unos tiempos no muy rápidos, poco fluctuantes y sin apenas rubatos, con caídas siempre a tiempo, escuchándose unos a otros, empastes más allá de la partitura como el alcanzado entre el flautín y los registros agudos del piano creando tímbricas únicas ante la ejecución impecable por parte de ambos, solos de atmósferas cercanas con respeto a los grandes compositores siempre presentes en formación y poso reconocible en toda una carrera. Concertar es también un arte y placentero disfrutarlo, de arriba a abajo en dirección escenario butacas.

Sale a colación nuevamente Achúcarro porque a él escuché por vez primera el Concierto para piano en re mayor «concierto para la mano izquierda» de Ravel, conociendo la historia de este encargo que esta tarde recuperé para algunos amigos que la habían olvidado, reuniendo también alrededor del piano a un excelente orquestador como el francés y la exigencia de concertar con pasión y precisión. Si el lenguaje utilizado por el compositor francés sigue vigente con el paso del tiempo será por algo, tanto en el protagonismo de las distintas secciones como en el tratamiento pianístico donde el virtuosismo de interpretarse solo con la mano izquierda no es nada comparado con la exigencia tímbrica de todos. Arrollador el pianista rusoamericano con una técnica plegada a la musicalidad y sentimiento de esta partitura, placer contemplar la tensión y atención de todos para alcanzar el necesario equilibrio, orquesta entregada al maestro Lockington que vuelve a sacar de ella un sonido que comienza a ser propio. La buena interpretación de todos se notó en el semblante y de propina casi la continuación de Ravel, otra «obra para un manco», el Etude for the left hand alone, op. 36 (Estudio para mano izquierda sola) del ucraniano Felix Blumenfeld, auténtica maravilla compositiva e interpretativa más allá de la dificultad propia de un estudio, como todos los grandes del piano dejaron para la posteridad, y que Gerstein bordó técnica y musicalmente, completando una brillante actuación.

La Sinfonía nº1 en la bemol mayor, op. 55 de Elgar es colosal en el amplio sentido de la palabra, compuesta en la madurez del británico que sólo escribiría otra más, pues como bien explica Tania Perón en las notas al programa (enlazadas al inicio con cada compositor), se libraba entonces una «cruenta batalla entre la sinfonía y el poema sinfónico» si bien el oficio de escribir ya estaba reconocido y la inspiración para esta primera más que demostrada. La plantilla deseada se hacía cargo de una exigente y apasionante obra donde hay mucho que tocar por parte de todos y que el principal director invitado de nuestra OSPA se encargó de exprimir nota a nota, compás a compás, movimiento a movimiento, con su elegancia innata cercana a la del propio compositor, economía de gestos pero claridad en el diseño. El Andante, nobilmente e semplice – Allegro arrancando con esa madera cual banda británica de marcha sin pompa antes de ir desarrollándose y enriqueciéndose las dos melodías que forman este primer movimiento, con un crecimiento contenido como el que planteó Lockington y todas las familias rindiendo a gran nivel. En el Allegro molto vuelven los dos temas contrapuestos, diálogo cuerda-viento y ese «scherzo» donde lo militar va más allá de la caja o toda la percusión indeterminada. El tercer movimiento está a la altura de otros Adagio sinfónicos en cuanto a tensiones, lirismo, desarrollo, plegados todos los músicos a la idea del director, sabedor de la grandeza de este tiempo lento que trajo esencias de Tchaikovsky o Brahms enlazando con el último Lento – Allegro, transición sublime para volver a deleitarnos con cada intervención solista para una orquestación donde hay tres clarinetes, uno de ellos bajo, dos fagots y un contrafagot, pero también dos oboes y un corno inglés, dos flautas, flautín, dos arpas, aunque también tres trompetas y cuatro trompas (nuevamente de sonoridad redonda y afinada), tres trombones y una tuba, más una percusión amplia, riqueza tímbrica y texturas bien delimitadas por esta batuta que saca lo mejor de nuestros músicos. Sinfonía dura y exigente para todos que no permitió ni el más mínimo despiste para alcanzar una sobresaliente interpretación.

Esencia Lockington

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Jueves 15 de mayo, 20:00 horas. Teatro Jovellanos, Gijón. Concierto Extraordinario OSPA «Avanti», David Lockington (director). L. van Beethoven: Sinfonía nº 5 en do menor, opus 67. Entrada sin numerar: 10€.

Probablemente la obra más conocida mundialmente del sordo genial llegaba en versión didáctica para todas las edades de la mano de nuestra OSPA, con la dirección del principal invitado David Lockington.

Durante media hora los músicos de la orquesta John Falcone y Marta Menghini cambiaron sus instrumentos por el micrófono, perfectos narradores que fueron desgranando historias musicales y tarareando distintos fragmentos de «La Quinta del sordo«, con las ilustraciones sonoras de una orquesta colocada a la vienesa como mandaba la ocasión. Enhorabuena por este proyecto «Avanti» que permitió conocer más y mejor, esta vez el segundo programa con la sinfonía nº 5. Desde el conocimiento que el de Bonn tenía de la Sinfonía 89 de Haydn o el propio Concierto para piano nº 4 (con el inicio solo a cargo de Olga Semoushina) sin olvidar su contemporánea Pastoral. El obsesivo Ludwig para intentar explicar motivos melódicos y rítmicos como generadores de la sinfonía, interviniendo también Juan Ferriol hablando y tocando el solo de oboe del primer movimiento, la segunda melodía que algo tiene en germen para «La Novena«.

El siguiente movimiento presentado con la danza amable del primer tema y paralelamente el segundo comentando el intervalo de tercera y el mismo ritmo con otro tiempo, escuchando el fagot de Mascarell cuyo final recuerda el aria del Fígaro mozartiano que Beethoven seguramente conoció mientras componía su Fidelio. No podía faltar la referencia a las burlas aristocráticas como las del propio Mozart y su Sinfonía 40, inspiradora pero transformada en melodía turbia y misteriosa ejecutada por José Luis Morató.

Curioso hablar de «start-stop» como técnica muy utilizada en esta magna obra para seguir contando el inicio de tercer movimiento, siempre jugando con 3 cortas y 1 larga, hablando Cadenas del Beethoven comprometido con la gente, con el pueblo y admirador en principio de Napoleón, para incidir en el Trío con cello y contrabajo, así como el desarrollo retrasando del Scherzo con los «pizzacati» y la tensión en aumento con ayuda de los timbales de Prentice que nos llevarán al último movimiento. Aquí Christian Brandhofer nos habló de que los trombones aún no habñian tocado nada, tampoco el contrafagot, y es que en este último movimiento será la primera vez que se usen los trombones en la música profana, habiendo estado hasta entonces unidos a la voz en las iglesias y catedrales. La grandeza y el paso de do menor a do mayor, la energía imparable y las relaciones amorosas impetuosas de Beethoven, sus continuas mudanzas (37 pisos contaban como anécdota) así como las enfermedades conocidas, el intento de suicidio componiendo «La Segunda«… Cuánto aprendimos con estos comentarios, recordando las enciclopedias por fascículos que nos empapaban cada semana puntualmente de detalles e historias de la música, gotas de esencia suficientes para preparar la escucha antes de ahondar en las profundidades. Perfecta guía de audición para concluir con la explosión de ideas, el motivo lento, luego muy rápido, para seguir la repetición obsesiva, creando un estado de ánimo para un mundo nuevo de misterios, luces y sombras, natural y sobrenatural, la filosofía moral leyendo a E.T.A. Hoffmann lo escrito tras escuchar «La Quinta«, ese final explorando emociones, explosiones y silencios suspendidos, ¡esto es música! que corearon a unísono John y Marta.

La obra completa, sin pausas, llegó a continuación. La elegancia del maestro Lockington, su claridad expositiva, los contrastes dinámicos, los tempi metronómicos aunque Beethoven los azotase a la mínima, el rigor en la dirección, no tuvieron del todo la respuesta esperada por parte de los músicos en un programa que buscaba la esencia como el perfume francés también nº 5. A menudo las obras conocidas relajan la atención y puede dar lugar a desajustes como los percibidos en la ejecución.

El Allegro con brio inicial mostró dudas pese a la claridad del gesto del maestro británico, mejor la dinámica que los ataques aunque la cuerda fue calentando unos motores que el viento ya tenía en su punto. El Andante con moto resultó lírico y muy contrastante, jugando con toda la riqueza de matices y texturas, ingredientes que iban logrando los primeros aromas. Por fin el Scherzo Allegro sacó al alquimista que es Lockington para con las proporciones exactas de cada ingrediente instrumental conseguir la esencia, un tercer movimiento realmente exquisito, especialmente el duo de trompas empastado a la perfección, antes de verter las gotas para la explosión del Allegro. Presto, exigente en todas las familias, con la pizca algo opaca del flautín, tal vez el miedo a exceder la cantidad sonora pero dejando mezclar con cada piel para conseguir del mismo perfume distinta presencia, con velocidad suficiente sin exagerar, nuevamente buscando alcanzar detalles que los excesos dejarían imprecisos.

Sobresaliente el trabajo del director afincado en Estados Unidos para conseguir un notable perfume de los que tardan en perder aroma. Varios músicos charlaron en el hall del teatro una vez acabado el concierto con quien a ellos se acercó, sumándome a la tertulia final.

En Oviedo disfrutarán del mismo frasco porque una vez abierto todavía perdura la esencia.

Para lo divino desde lo humano

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Miércoles 14 de mayo, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo, Sala de Cámara: Olalla Alemán, Mª Eugenia Boix y Rocío de Frutos (sopranos), José Pizarro (tenor), Los Músicos de Su Alteza, Luis Antonio González (director): Es el día del Corpus día tan grande «La fiesta del Corpus entre Madrid y Nueva España». Música de José de Nebra (1702-1768).

La “Primavera Barroca” está llegando a su final y con buena acogida por parte del público ovetense, en colaboración con el CNDM que ha traído en gira hasta la Sala de Cámara a distintas formaciones españolas especializadas en estos repertorios para poner broche de oro internacional el próximo 20 de mayo con Anna Caterina Antonacci y L’Accademia degli Astrusi que dirige Federico Ferri.

Este miércoles venía con aires de Corpus Christi, fiesta católica por antonomasia que todavía muchos pueblos celebran por todo lo alto en rincones insospechados, recordando que lo profano siempre va emparejado con lo divino.

El teclista y musicólogo maño Luis Antonio González fundó en 1992 Los Músicos de Su Alteza, un ensemble en la línea de otras formaciones vocales e instrumentales dedicadas a trabajar el repertorio barroco hispánico, flexibles según el programa, ayudando a difundir obras olvidadas o perdidas, aunque sin ceñirse a una época concreta. La escuchada en Oviedo (y el día anterior en León) fue compuesta por José de Nebra, hijo de José Antonio de Nebra, música religiosa no litúrgica del maestro bilbilitano de nacimiento -por el oficio de su padre- pero madrileño de adopción donde será más conocido por su música escénica como recogen las notas al programa.

José de Nebra seguirá la tradición de repetir el oficio del padre, conoce y asimila el estilo italiano tan de moda en el Madrid de inicios del XVIII aunque fusionándolo con las formas de nuestra tradición para lograr una síntesis que le caracteriza. Su amplia obra escénica apenas se ha conservado, justo lo contrario de la religiosa de la que hay casi doscientas incluyendo las que Los Músicos de Su Alteza interpretan con rigor y fidelidad histórica, música paralitúrgica como los villancicos, evolucionados desde las Cantigas del rey sabio, las cantatas o cantadas de origen italiano, y los célebres Autos Sacramentales, nuestros oratorios hispánicos sobre textos de Calderón de la Barca.

Estas formas musicales conformaron el «corpus» del concierto, que incluía la recuperación histórica de varias obras por encargo del CNDM y el consiguiente estreno en tiempos modernos, partituras muy difundidas en los virreinatos, especialmente México (su Basílica de Guadalupe, el Conservatorio de las Rosas de Morelia y la colección Sánchez-Garza han sido las fuentes musicales para la recuperación de muchas partituras), con referencias a la ópera italiana de entonces desde la más pura tradición ibérica. El formato similar en ambas partes no hizo sino corroborar mi impresión inicial: siempre se agradece rescatar del olvido estas obras, más la de un compositor con tanto oficio, aunque tal vez excesivo como monográfico y temático. Lo mejor fue la parte final, precisamente la más humana y menos divina, sabedores todos que resulta más cercano lo terrenal que lo espiritual.

Demostraron oficio las tres sopranos Olalla Alemán, Mª Eugenia Boix y Rocío de Frutos, que llevaron todo el peso vocal, y los nueve instrumentistas bien ensamblados dirigidos por el maestro maño, hoy sin tocar los teclados: Pablo Prieto y Eduardo Fenoll (violines), Pedro Reula (violón), Roger Azcona (contrabajo), Francisco J. Gil y Pepa Megina (oboes), Joaquim Guerra (fagot), Josep Mª Martí (archilaúd y guitarra barroca) más Alfonso Sebastián (órgano y clave).

Las distintas formas fueron desgranándose en combinaciones variadas: Villancico a cuatro al Santísimo para abrir y cerrar primera parte (recuperación histórica) «Caminemos al monte de amores» y «De aquel amoroso sagrado volcán» con la participación de todos, recitados y dúos como los de la Loa del auto sacramental Amar y ser amado y La divina Filotea de Calderón también en las dos partes: «El ámbito boreal» recitado “La Culpa y La Gracia” encarnadas por Mª Eugenia Boix y Rocío de Frutos con colores vocales similares que lograron empastar a la perfección, con dicción clara y emisión correcta contrapuestas al calderoniano “El diablo mudo” que resultó ser el tenor José Pizarro, corto de volumen (al igual que en Gijón el verano pasado con Nuevo Sarao) desde el primer sólo y dúo «Señor, piedad», con De Frutos, pese a estar callado el viento, contrastado con «Naturaleza humana, cuyo llanto» fue poderío de la soprano Olalla Alemán, color de mezzo por cuerpo y redondez en todas sus intervenciones, pese a cierto abuso de portamentos como recurso dramático innecesario al poseer técnica, expresividad y registro carnoso suficiente en toda su tesitura «divina» uniéndose Boix más «humana», que en la segunda parte, con todo más rodado, mejoró el dúo y cuarteto «Albricias, mortales, consuelo» de las mismas, o el aria a tres «Ni ardiente fineza» cantando las virtudes teologales de La Caridad, La Esperanza y La Fe, con momentos «a capella» hermosos tanto en escritura como en interpretación de las féminas.

El auto sacramental Andrómeda y Perseo alternó narradores (tenor y soprano) en cada mitad, con las voces blancas detrás de las butacas para semiescenificar “Pecado, muerte, error” en la primera, tutti sin viento ni tenor que sólo se suma al final. Mejor el dúo «La que nace para ser» con Alemán de narradora y sus dos compañeras cantando, igualmente sin viento pero el órgano haciendo un continuo destacable como toda la formación instrumental por riqueza tímbrica, alternando órgano o clave y archilaúd o guitarra según el carácter que los textos marcasen, un dúo de oboes capaces de elevar algunas partituras al mayor nivel interpretativo con tintes y recuerdos venecianos, más la cuerda frotada o el fagot completando esa paleta perfecta en planos y fondos para las voces protagonistas.

Queda recordar la «Cantada a la Asunción de la Virgen» que abría la segunda parte con el recitado «Hoy al ver que su vuelo» y el aria «Suavidad el aire inspire» para volver a disfrutar del color vocal de Olalla Alemán y el fin de fiesta con «La casa de campo», sainetes con tenor cómico perfecto y las tres sopranos, armadas dos con castañuelas y todo el gracejo andaluz: seguidilla y fandango del Alcaldillo valiente, Ez el día del Corpuz subtitulada como ‘gitanada pa bailar’, A mi agüita de nueve y Aunque no hay gigantones, tarasca y visiones, lo eterno del jolgorio, la alegría profana para la fiesta religiosa del Corpus más otro sainete de propina donde la escena deja atrás lo divino haciendo partícipes a público y músicos del oficio humano de vivir.

P.D.: Reseña y cronometraje de Javier Neira en LNE.

Sonrisas musicales

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Martes 6 de mayo, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo, Sala de Cámara: «Primavera Barroca». Orquesta Barroca de la Universidad de Salamanca, Enrico Onofri (concertino y director). Entre bromas y veras, obras de C. P. Stamitz y W. A. Mozart.

Cuarto concierto de este ciclo camerístico que este martes traía hasta la capital la joven orquesta universitaria salmantina que me recordó la primera de ellas que fundase en Oviedo mi admirado Alfonso Ordieres. Siempre es reconfortante escuchar formaciones con esta media de edad y además siguiendo criterios historicistas tanto en la ejecución como en los repertorios barrocos y del primer clasicismo, que era el que ocupaba este programa jugando entre esos dos mundos, uno tardío pero que siguió y continúa de moda, el otro temprano y por tanto nuevo para sus coetáneos pero que mantiene muchos referentes del anterior.

Orquesta de cuerda con clave y dos trompas naturales como la plantilla salmantina de entonces (que no tenía flautas ni oboe) para recrear dos siglos después el par de sinfonías de Carl Philipp Stamitz, hijo de Johann y con años pasados en Manheim, detalles que pueden explicar este «puente de estilos», partituras recuperadas por encargo del CNDM -como muchas más de este ciclo- en adaptaciones de finales del siglo XVIII para la capilla de música de la Universidad de Salamanca que bien explica Bernardo García-Bernalt en las notas al programa que aquí he copiado:

Resultan interesantes para centrar históricamente dónde sonaban y en qué entorno de seriedad opuesto al de sus compañeras de concierto compuestas por el genio de Mozart siempre juguetón, bromista, musicalmente siempre avanzado y fresco aunque como en el anterior, también deudor e hijo del también músico Leopold, como si estos genes marcasen de forma sutil todo lo que sonó en la sala carbayona bien concertado por Enrico Onofri. Stamitz abriría las dos partes de la velada: la Sinfonía nº 4 en sol mayor, op. 13/16 hizo sonar la orquesta con toda la plantilla desplazada para la ocasión, tres movimientos contrastados con el Presto inicial, el Andantino donde las trompas no participaban (flautas en la partitura original), y el Prestissimo realmente contrastadísimo en matices, más barroco que clásico en sonoridades y escritura, con los problemas normales de afinación para estas formaciones pero demostrando un trabajo por parte de todos capaz de alcanzar una sonoridad homogénea rica en dinámicas y técnica al servicio de esta sinfonía tan joven como sus intérpretes perfectamente llevados por el maestro Onofri (que fuese concertino con Savall en aquella Capella Reial que tanto disfrutamos).

Para disfrutar solamente de la cuerda pasamos a escuchar el Cuarteto en sol mayor, KV 156 de Mozart en versión orquestal milanesa de 1772, manteniendo la estructura tripartita y contrastada: Presto, Adagio y especialmente en el Tempo di Menuetto donde disfrutamos de los cuatro solistas realmente como en el original antes del «Da capo» que conduce al final. La frescura mozartiana desde una naturalidad tanto en sonido como composición y ejecución continuaría con el conocido y exigente Divertimento en re mayor, KV 136 incorporándose el clave (que logra color barroco desde el lienzo clásico) para disfrutar con este «juguete sonoro» casi leopoldiano, en el buen sentido de disfrute musical sin prisas pero sin pausas, salvo las obligadas para reajustar afinaciones. La sucesión Allegro, Andante, Presto mantuvo el saber enamorar musical del de Salzburgo con estas dos obras contáneas antes del descanso. Mismo esquema para completar bromas precedidas de seriedad en estilos similares y no tan diferenciados como podríamos pensar antes de escucharlas, ¿dos caras de la misma moneda o sarcasmo más que humor?.

La orquesta al completo comenzó con la Sinfonía nº 6 en fa mayor, op. 13/16 más plena que la primera, tres movimientos donde el Moderato central sonó preciso, silencios dramáticos subrayando las largas notas tenidas del par de trompas (oboe en la original) en tonalidad menor antes del arrollador Presto final que los jóvenes salmantinos con Onofri al frente solventaron contagiando alegría «preparando los ánimos de los mozartianos para el misterio de su broma» parafraseando al profesor García-Bernalt.

La caricatura llena de creatividad, como todo lo del genio, auténtico divertimento incluso en el título Ein Musikalische Spass (una broma musical) con toda la mordacidad y parodia que queramos sabiendo que la compone recién muerto su padre, complicidad de estos intérpretes como los de entonces, el Divertimento en fa mayor, KV 522 resultó el perfecto colofón a un concierto que logró sacarnos sonrisas. El Menuett: Maestoso comenzó la broma de las trompas protagonistas mientras continuaba con el virtuoso Onofri y el «cuarteto de cuerda» (qué trabajo para la contrabajista) al que se sumó el clave, al igual que en el Adagio cantabile, sexteto de calidad y excelencia antes de reunirse en «tutti» para el conocido Presto final y el posterior regalo.

Arrancar sonriendo esta semana tan musical de mi Oviedo «austriaco» era lo mejor que podía pasarnos.

Mosaicos y vidrieras sonoras

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Viernes 2 de mayo, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo, Concierto de abono nº 11 OSPA, Manuel Barrueco (guitarra), Andrew Grams (director). Obras de Ginastera, Leshnoff (estreno europeo) y Schumann.

El undécimo concierto de abono de la OSPA traía batuta nueva al mando, repetía guitarrista solista de talla mundial con estreno europeo (encargo de la propia orquesta asturiana en coproducción con las de Baltimore, Nashville y Reno), más la comentada estructura tripartita habitual de gran introducción, concierto solista central y segunda parte ocupada por sinfonismo de siempre, pero desconozco la causa por la que el auditorio sigue perdiendo ocupación de forma preocupante, esta vez puente y variada oferta que hacen de Oviedo casi la Viena española.

La formación asturiana continúa apostando por mezclar tradición e innovación a partir de un estado de forma que le permite afrontar repertorios de lo más variados y con batutas igualmente diferentes en su concepción y confección de programas. El joven director norteamericano mantuvo esa línea de alternancia con una concertación de gesto claro y preciso, apostando por dinámicas claras que no perturbaron un concepto melódico que siempre tuvo la respuesta adecuada por parte de los músicos en las tres obras.

Alberto Ginastera abría el concierto con las Variaciones concertantes (1953) que pusieron a prueba toda la OSPA con sus solistas y primeros atriles. Sobresaliente partitura de la llamada segunda etapa compositiva denominada «nacionalismo subjetivo» que analiza muy bien Julio Ogas en las notas al programa (enlazadas en los autores al inicio) y estrenada en Buenos Aires por nuestro recordado Igor Markevitch. Los doce números son un auténtico «mosaico sonoro» que daba título a este programa, intervenciones solistas para degustar y cual honrosa competición buscando lo emotivo y sincero de una música cercana y de composición inspirada en el folclore pero con peso propio. Los cinco primeros números sin pausa, fueron desgranando lo mejor de cada atril: I. Tema para violonchelo y arpa para lucimiento de Atapin y del Río, II. Interludio para cuerda reafirmando el momento especial de esta sección cuando se la «aprieta» y exige tensión en busca de la mejor sonoridad, necesaria para una partitura que básicamente pide colores instrumentales específicos y bien diferenciados, III. Variación jocosa para flauta con Myra Pearse siempre rebosante de musicalidad desde una pasmosa seguridad, IV. Variación en modo de Schero para clarinete para que Weisgerber no quisiera ser menos en esta «presentación» solística y la V. Variación dramática para viola que Alamá sintió como nadie, emocionando especialmente por timbre y calidez a solo, empaste colorista con flautas y clarinetes que redondearon contrabajos y trompas más arpa y clarinete en pizzicati. Cual juego de dobles lengüetas resultó la VI. Variación canónica para oboe y fagot, lenta calidad de Ferriol y Mascarell arropada por un colchón de cuerda que sin respiro nos elevó a la VII. Variación rítmica para trompeta y trombón, Van Weverwijk y Brandhofer con rítmica stravinskiana reforzada por los timbales, triple «t» marcando un heroísmo pentatónico antes de otra demostración solística con Vasiliev en VIII. Variación a modo de movimiento perpetuo para violín sin prisas y sin pausas, manteniendo el ritmo y jugando con las dinámicas en un perfecto entendimiento con el maestro Grams. La IX. Variación pastoral para trompa trajo el mejor Morató, aún cercano en la memoria, esta vez de lirismo a flor de piel para un movimiento lento de regusto chaikovsquiano y juegos tímbricos con trompetas y flautas antes de atacar el X. Interludio para viento madera, otro momento memorable dentro de un colorido más de vidriera por lo lumínico que de mosaico, otra demostración de calidad en la sección más segura de la OSPA. Si el inicio resultó emocionante, el XI. Recuperación del tema para contrabajo y arpa hizo que Mijno lograse sonar como Casals en un «tributo al grave hecho celeste» (roto por la caída de un bastón, preludio de un evento para no repetir) antes de concluir esta maravillosa obra con un rítmico XII. Variación final a modo de Rondó para orquesta, derroche de brillos en lenguaje cercano con paroxismo contenido de Mr. Prentice, el Ginastera más rítmico y sinfónico posible. El pincel lo puso la batuta de Grams que eligió esta obra para lucimiento de todos desde la exigencia y calidad, también claridad diáfana de sonoridades que el maestro dejó fluir para recrearse y disfrutar todos, pero que irremediablemente contrastaría con la siguiente obra.

Y es que el Concierto para guitarra (2013) de Jonathan Leshnoff (1973) resultó demasiado directo en referencias a nuestro eterno Joaquín Rodrigo, del que no necesitábamos otro Aranjuez estadounidense. Guitarra y española como tópico más que adjetivo, una escritura consensuada en Baltimore donde residen compositor e intérprete, que no esconde tributos ni técnicas. En la entrevista de Javier Neira al maestro Barrueco que pongo encima, éste reconoce que «el primer movimiento y el tercero son rítmicos, con ecos de la música española, de la «Asturias», de Albéniz y algo del «Concierto de Aranjuez». Cuando un compositor escribe para guitarra suele incorporar algo español». Así el Maestoso, Allegro inicial ya tenía los arpegios y contrastes solista-orquesta del compositor saguntino. Con una amplificación necesaria pero perfecta de volumen, su plano sonoro nunca sobrepasó presencia ni siquiera con los tutti, movimiento rico rítmicamente  y virtuosismo siempre en un largo punteo alternando con escalas modulantes ascendentes y descendentes de la orquesta, bien entendida en su papel tanto en color y textura como en los diálogos con la guitarra solista. Acordes secos y juego entre las secciones de cuerda y madera no hacían más que recordar «El Concierto» hasta que llegó un unísono de guitarra y oboe preciso y precioso desde el protagonismo guitarrístico con la orquestación muy bien tratada para lograr un equilibrio de matices, donde las gotas de color las pusieron las placas de madera en la percusión, cerrando este primer movimiento. El «Hod», Adagio, se vio groseramente interrumpido por el Tárrega implacable e imparable de un teléfono femenino en edad avanzada. Tras conseguir acallar el espíritu guitarrístico maleducado y celoso, obligando a reiniciar este segundo movimiento, cual recarga emocional en todos logró más intimismo para mayor gloria de una cuerda en estado de gracia. Como explica el profesor Ogas «… subtitulado por el compositor con la sexta letra del alfabeto hebreo (vav) asociada con la humildad (en hebreo Hod), se puede decir que constituye el núcleo catalizador del discurso expresivo de la composición…», puede que lo más emocional del concierto, estremecedor lirismo casi místico desde una interpretación sentida especialmente por la guitarra solista y «los arcos» incluyendo los platillos así ejecutados en otra búsqueda de colorido, recogimiento para un ambiente sonoro reforzado por el juego con el arpa y la melodía con sordina en la cuerda, finalizando en un crescendo tímbrico y rítmico hacia una luz crepuscular con armónicos en la guitarra. El III. Finale, vivamente utiliza el mismo «ostinato» que Albéniz en esa Leyenda subtitulada como nuestra tierra, sordinas en metales emulando los rasgueos y maderas los punteos en virtuosismo compartido, preciso, claro y clásico, agradable para todos más allá de reminiscencias españolas. Texturas muy cuidadas y bien escritas, dinámicas siempre apropiadas y marcadas desde el podio, melodías en madera con rasgueos en guitarra, compás de 6/8 para intervenciones limpias en la técnica del cubano, desarrollo en las distintas secciones de los temas dialogados con solista, cuerda en pizzicatto como gran guitarra sinfónica, virtuosismos en madera y guitarra y gradación en matices del pianísimo al piano con contenidos sin estridencias. Trompetas con sordina emulando rasgueos para más colorido pero nada nuevo o destacable en este discurrir sonoro con vuelta inicial en crescendo final muy rítmico. Reconocer que se trata de una obra agradable, que se escucha bien, que todo resultó correcto con el sonido y virtuosismo que en Barrueco, tercera vez que la interpreta, primera en Europa, sigue siendo admirable, como el de nuestros músicos, bien concertados por Grams, pero en estos tiempos debemos pedir un plus a los compositores.

Titulaba la crónica para LNE «De lo nuevo y eterno» por contraponer la primera parte venida de América y más cercana en el tiempo, con nuestra vieja y eterna Europa, donde «la segunda» de Schumann se erigió en diosa sinfónica. Menos famosa y programada que sus hermanas con títulos nada nobiliarios pero con la firma inimitable del más puro romanticismo alemán trajo la sustancia, el poderío, las sonoridades rotundas en los tutti y los silencios dramatizados que con la colocación actual de la OSPA aún refuerza más cada plano sonoro.

La Sinfonía nº 2 en do mayor, op. 61 marca distancias y exigencias que se notan. El Sostenuto assai – Allegro ma non troppo nos permitió degustar al poeta del claroscuro, el sonido con toda su riqueza, tensión en el momento justo, equilibrio dinámico dibujando los temas en cada sección con los gestos bien marcados por el director norteamericano, densidad e intensidad. Scherzo: Allegro vivace mantuvo un nivel alto tanto en los primeros como en los segundos violines en sus intervenciones, primando claridad e intención para unas líneas delgadas aunque pesantes ante tan múltiples contrastes que esta vez sí resultaron mosaico y no vidriera, búsqueda de los comentados claroscuros schumanianos de contrastes dinámicos desde los melódicos. El acelerando final de este movimiento remarcó la claridad de líneas bien demandada por la batuta. La magia de la cuerda asturiana llegó en el Adagio expresivo, sumándose los solos de oboe y fagot «marca OSPA» para generar ese clima irrepetible desde la pureza tímbrica. No quisieron quedarse atrás trompas o glautas para sumar a la paleta dibujada por un Grams convincente. El hermoso y bien interpretado sólo de clarinete (esta vez por Daniel S. Velasco) preparó el descubrimiento de un nuevo color surgido del homogéneo unísono de toda la madera en un tercer movimiento naturalista o realista pictóricamente hablando y dibujado por Andrew Grams, brillos opacos por la dualidad de contrastes, clarinete y oboe que juntos mezclan una madera en proporción adecuada para un crescendo emocional que no alcanza nunca una conclusión, esa indefinición buscada por Schumann para un «equilibrio inestable» y bien delineado que sólo asentará en el Allegro molto vivace, luz y vigor en un avance por lomas antes que cima, caminando a buen paso entre cascadas de cuerda antes de atravesar la bruma que inunda un deseado final tras el tortuoso fluir ignoto, rebosante de ideas que pasan por todas las secciones antes del silencio, pausa y último aliento antes de alcanzar la cumbre del acorde final en do mayor. Emociones de todo tipo que la OSPA transmitió de principio a fin. El tiempo sigue marcando diferencias y la historia necesita tiempo para contemplarla desde la distancia.

P.D.: La costumbre de tomar notas en los estrenos creo que se nota en entradas como la de hoy, mucho más largas de lo habitual precisamente por todo lo que escribo a medida que escucho la música.

Muerte como inspiración viva

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Viernes 25 de abril, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo, «Música y Guerra. La muerte, fuente de inspiración», abono nº 10: OSPA, Nicholas Mulroy (tenor), José Luis Morató (trompa), Benjamin Bayl (director). Obras de Ravel, Pärt, Britten y Haydn.

La conferencia previa de Israel López Estelche (autor también de unas excelentes notas al programa, que dejo enlazadas en los compositores) pese a titularse «Thanatos sustituye a Eutherpe: la muerte como acicate» no cayó en el morbo ni supuso planteamientos humanos o divinos, simplemente nos recordó cómo la muerte está presente en las obras de tantos compositores más allá de los que ocupan el décimo programa. Desde su dominio de la música del pasado siglo fue abocetando con rigor y concisión dada la amplitud y subjetividad del tema, autores y obras hasta las más cercanas y trágicas como las protagonizadas por el terrorismo, citando obras «en él inspiradas» de S. Reich en torno al 11S como WTD 9/11 o J. María Sánchez Verdú del 11M con Arquitecturas del vacío). Muerte inspiradora más allá que la propia vida desde los inicios, independientemente de cómo la planteemos: vida tras la muerte o vida hacia la muerte, vivir para morir, morir para vivir… apasionante dualidad única, muerte llena de vida, vida llena de muerte.

El concierto giraba en torno a la atmósfera mortuoria desde la óptica de cada compositor, aunque también distinta la segunda parte, única, más viva y menos emocionante, luz sombría frente a oscura luminosidad como si lo desconocido nos contagiase a todos y lo cotidiano nos hiciese perder tensión, y con un director que no es nuevo en Oviedo, abordando oratorio, ópera o música sinfónica.

La orquestación del propio Ravel de su nada convencional Pavana para una infanta difunta aplacó los ánimos con una sonoridad rica, especialmente en una cuerda que este viernes sonó como me gusta, muy trabajada por el maestro Bayl que pareció buscar tensión e intensidad en todas las obras desde la primera nota. Como continuidad buscada, interrumpida por los aplausos lógicos, siguió el Cantus in memoriam Benjamin Britten de Arvo Pärt sólo para cuerda y una campana, auténtico coral desde la cuerda que empastó como si de voces instrumentalizadas se tratase, dinámicas en partitura muy inspirada donde «todo surge y acaba» que escribe López Estelche. Colocación vienesa pero con los contrabajos a la derecha, Pärt no sólo rinde homenaje al siguiente compositor programado sino que preparó a los músicos y público anímicamente, siempre con la clara dirección del australiano, que marcó arriba el final de la campana para dejarla sonando lo que debía y evitar aplausos indebidos (sigo preguntándome cuál es la razón de parte del público para interrumpir sin degustar el sabor que deja la última nota flotando en el aire).

La obra cumbre de este viernes sería la Serenata para tenor, trompa y cuerdas, op. 31 de Britten, compositor al que la OSPA parece haberle encontrado el punto exacto de entrega, y que tenía como solistas a su titular Morató, estirpe de trompistas, y al tenor inglés Mulroy, ninguno perfecto por distintas razones, pero capaces de emocionar, o al menos conmover al respetable. Tal vez la anterior versión escuchada hace tres años con dos fueras de serie (especialmente Wolfgang Wipfler) pusiese muy alto el listón, pero la versión de casa merece el notable. Morató utilizó, siguiendo las propias indicaciones de Britten, la trompa natural en el I. Prólogo. Andante y el VIII. Epílogo. Andante (fuera del escenario), conocedores de las dificultades del instrumento pero «menos comprometido» que en los seis números centrales a dúo con el tenor inglés, al que «devoró» no por exceso suyo sino por carencias en el cantante. Los poemas de Cotton, Tennyson, el anónimo del XV, Blake, Jonson y Keats  elegidos por Peter Pears para que Britten pusiese en música, llegaron más en su lectura (original y traducida en la revista que no todos teníamos antes del concierto aunque sí en la página de la OSPA en Facebook©) que en la voz de Mulroy, algo pequeña por su poca proyección suplida con excelente dicción e implicación anímica más que nada, color muy de réquiem o pasión (también citadas por Israel en la conferencia) pero un color algo distinto al esperado para los poemas elegidos por «el tenor del compositor«. Todo lo contrario a Morató que se recreó en sus intervenciones, especialmente en las distintas y ricas sonoridades exigidas por la partitura aunque sin plena seguridad como sería deseable, en un instrumento traidor como ninguno, y más de solista. Puede que la muerte siga imponiendo demasiado respeto o levante supersticiones de las que habría para dar y tomar. Lo que quedó claro fue que la serenata de Britten resultó lo mejor del concierto, con una orquesta perfecta en calor y color que Bayl dibujó con claridad.

La Sinfonía nº 100 en sol mayor, «Militar» de Haydn relajó emociones en todos, y se notó. Repertorio que viene bien para no olvidarnos ninguno pero al que faltó precisamente la tensión de la primera parte. Todo estaba preparado para dibujar este clásico: disposición vienesa con los contrabajos atrás, trompetas de llaves y trompas flanqueando a la madera, escoltas laterales de timbales de cobre más el trío de percusión «turca» (bombo, platillos y triángulo). El maestro Bayl marcando todo, silencios expresivos pero luminosos en vez de sombríos, dinámicas muy trabajadas, cambios de tempi claros pero cierto desencaje entre secciones que no hubo en una primera parte mucho más exigente. Ni siquiera el Finale: Presto dio sensación de limpia ligereza tras un Minueto: Moderato que bailó más la batuta que las propias notas escuchadas. Papá Haydn no tenía el halo mortuorio pese al sustrato militar de la encarnizada lucha anglofrancesa, por otra parte previsible (guerra y bondades como otra terrible dualidad). La plantilla adaptada a esta sinfonía londinense debería mantener calidades demostradas de sobra en la sombra, tejida por Ravel, Pärt y Britten, pero Haydn sonó «mortal» desde esta acepción ambigua.

Primavera de cantatas

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Lunes 21 de abril, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo, Sala de Cámara. CNDM Circuitos: «Primavera Barroca«. ¡Albricias, oh mortales! La cantata, entre Italia y América. María Eugenia Boix (soprano), Nerea Berraondo (mezzo), La Ritirata, Josetxu Obregón (chello y dirección artística). Entrada sin numerar: 15€ (abono seis conciertos: 72€).

Tercer concierto de una primavera barroca de climatología casi invernal que no logró llenar más de media sala de cámara, a pesar de la calidad de intérpretes e interesante programa donde nuevamente había obras recuperadas por encargo del CNDM y por tanto estreno en tiempos modernos.

La formación que lidera el chelista bilbaíno se presentaba en Oviedo con Tamar Lalo (flauta dulce), Hiro Kurosaki (violín), Miren Zeberio (violín), el continuo con Enrike Solinis (guitarra barroca y tiorba), Daniel Oyarzábal (clave) y el propio Josetxu Obregón (chello) más las cantantes María Eugenia Boix (soprano) y Nerea Berraondo (mezzo), recién llegados de las américas en Bogotá y Quito donde volverán -salvo el guitarrista y tiorbista bilbaino al que suplió «nuestro» Daniel Zapico– con este programa que completa precisamente el de Forma Antiqva en cuanto a la recuperación de las «cantadas» y la música italiana con el paso y peso de España aún con «sede napolitana» en esa época y dando el salto transoceánico.

Todo los músicos de La Ritirata son conocidos en estos circuitos tanto en solitario como completando otras formaciones, siendo una auténtica selección internacional que conforma distintos «equipos y entrenadores». Del equipo que vino a la capital asturiana (en Gijón estuvieron varios el pasado verano) además de Obregón recordar por mi parte a Oyarzábal al que escuché en el festival de órgano leonés así como a las dos cantantes (con Eduardo López Banzo).

El orden del programa se rehizo para equilibrar apariciones evitando igualmente entradas y salidas de los intérpretes, formando pequeños bloques en las dos partes donde la soprano montisonense abrió y cerró concierto dejando para la mezzo pamplonica el final de la primera e inicio de la segunda. Igualmente las combinaciones de los seis instrumentistas sirvieron para dotar de más colorido sonoro un programa realmente atractivo aunque desigual en las calidades de las obras interpretadas.

Francesco Mancini abría concierto con el «Amoroso y Allegro» del Concierto de cámara en re menor para el sexteto instrumental, antes de entrar con A. Scarlatti donde quedó quinteto (marchó el violín de la tolosarra) para presentarnos el «Allegro» del Concierto nº 9 en la menor que dió paso a Quella pace gradita (cantata de cámara) con la «Sinfonía» entrando Mª Eugenia Boix, recitativos sin flauta, también sin violín dejando a dúo el continuo y tres arias con la última en «tutti instrumental» y juegos entre flauta y voz que resultaron hermosísimos. Soprano lírica aunque no me gustan las clasificaciones para una voz ancha de gran centro pero agudos algo metálicos aunque los alcance sin problemas, algo totalmente distinto al registro grave donde, como la mayoría de voces actuales, pierde color aunque no demasiado volumen. Lo compensa con gran expresividad, musicalidad y entrega en un repertorio que siempre resulta engañoso entrañando dificultades a menudo mayores que el bel canto.

De Caldara escuchamos en el trío del continuo su «Adagio» y «Allegro» de la Sonata en sol mayor, disfrute del chelo y clave aunque la guitarra en vez de la tiorba resultó poco apropiada pese al intento de color español que parece aportar en rasgueo. Sin parar y como obertura escuchamos «Huye con ella» de El mayor triunfo de la mayor guerra (Manuel Ferreira) en la voz de Nerea Berraondo a dúo con el chello resultando destemplado en el amplio sentido de la palabra. Recuperada la formación de cuarteto y más afinada afrontó dos obras recuperadas de Juan Francés de Iribarren: Bello Esposso, dulce Amante, aria al Santísimo del archivo catedralicio malagueño, con recitativo acompañado por el continuo y el «area amorosa» a la que se sumó la flauta, lástima de mejor vocalización o dicción pero con un cuerpo y color grave que sigue siendo único, cercano al registro de contralto pero con agudos propios de su registro, por otra parte difícil de mantener equilibrado y abusando a veces de apoyaturas o crescendos que finaliza en unos fortes poco naturales. Y para contralto el «area» que titula el programa de La Ritirata, Albricias, oh mortales!, «cantada de contralto» con lo ya apuntado de notarse algo grave para la voz de la mezzo navarra, que compensó cambiando el color para afrontar con algo más de volumen las notas bajas.

La segunda parte comenzaba con el sexteto instrumental (tiorba de nuevo) que nos regalaron una buena interpretación del «Adagio» y «Allegro» del Concierto nº 23 en do mayor para flauta dulce, dos violines y continuo de A. Scarlatti, virtuosismo de la flautista israelí bien arropada por sus compañeros. Cambiando a la guitarra, la formación acompañó a una Nerea más cómoda en Tu sei quella che al nome sembri, como la instrumental del archivo napolitano de su conservatorio, introducción que prepara recitativo y aria por partida doble para la voz carnosa y redonda de Nerea Berraondo que estuvo más cómoda, finalizando con Il nomne non vanta di santa colei donde el tiempo vivo sirvió para dejarnos el virtuosismo de los dos violines y de nuevo la flauta de la israelí compitiendo con la mezzo en un remate hermoso de musicalidad a raudales.

Para finalizar nuevamente la soprano de Monzón con flauta y continuo de guitarra en dos anónimos bolivianos recuperados del archivo de Moxos: Aquí Ta Naqui Iyai y Chapie, Iyai Jesu christo, contrastadas en lento y vivo donde esta vez sí hubo el color rítmico de los rasgueos en la guitarra y las melodías con textos indígenas aunque poco claros en su vocalización. De Domenico Zipoli pudimos escuchar cual intermedio instrumental su Sonata para violín y continuo en la mayor para apreciar al excelente solista austríaco de origen japonés (y profesor de su instrumento en el Conservatorio Superior de Música de Madrid), obra con los habituales clichés de su época bien escrita en cuatro movimientos contrastados (Largo – Allegro – Largo – Allegro) y cómoda de escuchar -supongo que menos de interpretar-, antes de que Mª Eugenia nos cantase solo con el continuo (guitarra en vez de tiorba) O Daliso, da quel di che partisti, recitativo y aria también por partida doble donde los instrumentos se combinaron buscando colorido que reforzase los textos, nuevamente poco inteligibles, de esta obra del compositor italoargentino: el primer recitativo con clave y chelo, el aria Per pietade aure serene con chelo y guitarra, el recitativo Aure fonti cantada solo con el chelo (repitiendo la afinación imprecisa) y el aria final Senti o caro ya con el trío y una Boix entregada.

Una propina de Monteverdi, Damigella tutta bella, SV 235 con el dúo vocal femenino y los seis instrumentistas puso final a esta velada barroca muy llevadera, con obras interesantes por lo que supone de recuperar patrimonio aunque no entre las llamemos inmortales, pero que desde la profesionalidad de estos músicos de La Ritirata siempre suenan con frescura y plenamente actuales. A fin de cuentas esta llamada «música antigua» sólo tiene de antigua el nombre cuando se interpreta como lo hace esta generación.

Haydn sonó en Oviedo el Viernes Santo

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Viernes santo, 18 de abril, 20:00 horas. Parroquia de San Pablo, Oviedo: Joseph Haydn: Las siete últimas palabras de Cristo en la Cruz, op. 50, para cuarteto de cuerdas y narrador. Masten Brich (violín), María Ovín (violín), Elizabeth Romero (viola), Luis Correa (cello), Juan Jurado (narrador). Entrada: aportación voluntaria para Cáritas.

Hace años que tengo organizada mi agenda musical para la Cuaresma y muy especialmente la Semana Santa y donde nunca falta esta joya ligada a España compuesta por Papá Haydn, cuya historia no tiene desperdicio.

No es la versión para cuarteto de lo más programado en vivo (siempre se intenta la llamada de oratorio) y menos aún en Viernes Santo, si además el canto lo sustituimos por la narración en castellano, a cargo de un actor profesional y asturiano, intercaladas según vamos escuchando las sonatas. Por tanto un acierto este concierto de cámara, que tenía fines benéficos.

Obra compleja para cuartetos muy rodados pero que pudimos disfrutar con una formación para la ocasión donde contábamos con dos violinistas de nuestra OSPA más la pareja viola y chelo de la Orquesta Sinfónica de Baleares con vínculos asturianos, cuatro grandes solistas que montaron una compleja obra llena de recovecos técnicos que no supusieron más dificultades que las de superar las del pentagrama que Haydn reflejó en una partitura larga en duración y honda para transmitir todas las emociones. Problemas de afinación puntuales pero siempre buen entendimiento que la talla profesional del cuarteto proporciona, claro que sin el plus de ser estables como formación, lo que supondría calidad máxima en la interpretación.

La Introducción, Maestoso ed adagio y la Sonata I, Largo corresponde a las palabras «Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen», seguidos de la Sonata II, Grave e cantabile para «Así te digo: hoy estarás conmigo en el Paraíso». Desgranando combinaciones tímbricas e instrumentales donde más allá de melodías que pasan del primer violín al cello se crea un ambiente de recogimiento con matices siempre en su punto que el cuarteto siguió a rajatabla. La Sonata III, Grave, «Mujer, ahí tienes a tu hijo, y tú, ahí tienes a tu madre» mantienen el relato casi gregoriano llevado a una reinvención del cuarteto, siempre en tiempos lentos y contrastando agudos en violines con el grave del cello más el «comodín» de la viola capaz de cambiar de planos. Cada uno de los nueve movimientos son joyas independientes engarzadas en una obra de arte global. La Sonata IV, Largo supone la tensión máxima del «Dios mío, ¿por qué me has abandonad?» el Eli, Eli, lamma sabachtani! que todos los grandes compositores han usado para volcar la tensión y emoción del momento, en el caso de Haydn con un despliegue tímbrico sin perder nunca la contención, como la clave central del arco sin la cual la estructura se desmoronaría.

No hay interludio en este cuarteto instrumental como en el «cantabile» pero la Sonata V, Adagio resulta inicialmente menos dura que las palabras «Tengo sed», desnudez en el unísono roto por el pizzicato acompañando al primer violín antes del pasaje árido como si la música endulzase el avinagrado momento, contraponiendo graves y agudos cual luces y sombras. La Sonata VI, Lento supone el «Consumatum est» pero nunca final, el paso intermedio en un camino eterno, también y tan bien escrito en el pentagrama antes del «Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu» de la Sonata VII, Largo. El templo de La Argañosa parecía en su estilo brutalista el marco perfecto para recordar la pasión y muerte, y hasta la acústica ayudó a transmitir estas siete últimas palabras en textos creo recordar que franciscanos.

Todos sabemos el final de la historia, el cielo que ennegrece y se rasga, El terremoto, Presto e con tutta la forza, toda la tensión acumulada tras la meditación desde la música, auténtica adelantada de su época, casi romántica por el derroche sonoro, el mismo de los cuatro músicos cerrando este Viernes Santo donde más que nunca el padre del cuarteto como hoy lo entendemos (también de la sinfonía), rinde pleitesía desde su trabajo al Padre eterno. Música y palabra en el templo.

Elías victoriano

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Viernes 11 de abril, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo, Concierto extraordinario de Semana Santa: OSPA, Svetla Krasteva (soprano), Margaret Mezzacapa (mezzo), Agustín Prunell-Friend (tenor), Hugh Russell (barítono), Olaya Álvarez Suárez (voz blanca), Coro de la Fundación Príncipe de Asturias (director: José Esteban García Miranda), Rossen Milanov (director). Elías, Op. 70 (Mendelssohn). Entradas: 27€ y 32€.

Si Bach sigue reinando en nuestros días parte de culpa la tiene Mendelssohn, y como tributo tras las dos pasiones del Kantor de Leipzig, desde esta ciudad donde tanta música se respira su espíritu llegó tras pasar por Gijón a la nuestra, capital donde la crisis ha salpicado menos la programación, escuchábamos por vez primera el oratorio Elijah con orquesta y coro asturiano más un quinteto solista de primera, todo ello bajo la dirección de Rossen Milanov, otro reto conseguido al tratarse de una obra de envergadura para todos los intérpretes así como para un público que sigue siendo escaso para la calidad ofertada y mal educado (los móviles son un peligro en manos inexpertas), para casi tres horas de auténtico espectáculo victoriano. Y es que el segundo oratorio del alemán, tras el también bellísimo Paulus, además de obra casi postrera en la corta vida de Mendelssohn, tuvo más popularidad en la Inglaterra, que tan bien le acogió, que en su Alemania natal, estrenándose en el idioma de Shakespeare en vez del germano original como bien recogen las notas al programa de Rafael Banús Irusta, religiosidad victoriana de esa sociedad donde los oratorios eran seña de identidad además de espectáculo esperado.

El Coro de la FPA ya afrontó hace muchos años la Sinfonía nº 2, «Lobgesang» Op. 52 también con la OSPA bajo la dirección de Alberto Zedda, registrada en CD. Desconozco si hubo toma de sonido más allá de la habitual de RNE, pero este Elías, Op. 70 pienso que supera con creces esta nueva interpretación de Mendelssohn. La duración total, cercana a las dos horas, además del abundante y complejo texto en inglés, supusieron un esfuerzo añadido, así como una atención permanente a la dirección para entradas siempre arriesgadas y dinámicas extremas, sumando cambios de tempi complicados, todo superado con nota, impresionando nada más arrancar el primer número en tutti y fortísimo «Help, Lord!«, aunque la cuerda de bajos siga siendo la «perjudicada» en estas obras sinfónico-corales, necesitada de más peso y registro grave.

Todo el coro estuvo a la altura esperada en este extraordinario viernes de dolores o viernes de pasión tornado en viernes placentero, sin maldiciones bíblicas y cargado de rotundidad desde una forma de cantar llena de experiencia. Felicitarles por un trabajo durísimo, con menos tiempo del deseado, aunque siempre se crezcan ante la adversidad, viniéndose arriba coloquialmente hablando, y dándolo todo con una profesionalidad digna de elogio y admiración.

De los solistas hay que citar en primer lugar al canadiense Hugh Russell como Elías, barítono del que su biografía dice es «elogiado por su carisma, dramática energía y belleza vocal», resultando realmente lírico, entregado, dramatizando al protagonista desde un despliegue técnico puede que demasiado elocuente pero pleno de facultades, siendo el auténtico triunfador para la mayoría del respetable.

La breve, pero hermosísima, intervención desde la balconada, del número 19 a cargo de la joven candasina Olaya Álvarez, cantante del coro «Aurum» (otro proyecto LDO), finalizando la parte primera del oratorio -de la que se eliminó el cuarteto «Cast thy burden upon the Lord«, nº 15-  fue otro de los momentos destacados, solo seguro, de voz limpia atacando el La agudo impecable que nos puso la piel de gallina a todos.

Las intervenciones de la hispano-búlgara Svetla Krasteva, habitual de Gijón cantando zarzuela y ópera, aunque creo debutante en Oviedo, siempre es un placer escucharla también en este repertorio sinfónico, de proyección nítida, fraseos repletos de musicalidad y dicción clara, empaste perfecto en los dúos y cuartetos -se eliminó igualmente el terceto nº 28 «a capella»-, jugando con el color para el carácter de los distintos roles (más ángel que viuda). Su intervención en el aria nº 21 «Hear ye, Israel!» que abre la segunda parte, fue todo un derroche portentoso de matices, línea de canto y fraseo.

El tinerfeño Agustín Prunell-Friend al que ya escuchamos en el auditorio, tiene un timbre particular, muy apropiado para estos programas sinfónicos, y pese a no tener muchas intervenciones en Elías, las solventó con naturalidad y buen quehacer, especialmente el aria nº 4 «If with all your hearts«.

Dejo para el final a la norteamericana Margaret Mezzacappa, también conocida en este mismo escenario por una Novena con la misma orquesta y dirección, igualmente cumplidora, segura en los solos aunque siga sin emocionarme por un vibrato que no me gusta, pese a reconocer que volumen le sobra.

Destacar la ubicación del cuarteto entre el coro y la orquesta, facilitando una mejor visión del director y volúmenes adecuados para las distintas apariciones en una partitura exigente de principio a fin, como bien explican en la entrevista a OSPA TV.

Finalmente una OSPA que hubo de recolocarse para lograr planos sonoros adecuados a este oratorio: maderas y trompas a la izquierda, contrabajos a la derecha, con timbales, tuba y trombones. Con la plantilla algo escasa en la cuerda para una obra de semejante magnitud sonora, pero contagiada por la implicación del maestro Milanov, el búlgaro desde la obertura inicial tras la primera intervención de Elías, fue más que arrogante espléndido por la entrega total y las proporciones de los condimentos a la hora de cocinarnos este Elijah, recitativos donde la orquesta funcionó como si de un clave sinfónico se tratase. Pletórico, marcándolo todo, preciso, claro, atento a cada uno de los intérpretes, concertando como nunca, aligerando números que podrían resultar pesantes… pienso que sacó el máximo de una obra que quizá necesitase algún ensayo conjunto más para alcanzar la magnificencia, pero es lo que tenemos y no podemos poner pegas, aunque optimizar recursos en música no debe significar recortar en nada.

Felicidades por este «Elías», seguro que tardaremos muchos años en repetirlo. Ahora unas breves vacaciones antes de volver a los abonos, pero ya los iremos contando…

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