Inicio

Contrasta2

3 comentarios

Miércoles 24 de mayo, 20:00 horas. Teatro Jovellanos, Sociedad Filarmónica de Gijón, año 109, concierto nº 1.591. «Chopin’ Chopin«. Judith Jáuregui (piano), Pepe Rivero (piano), Georvis Pico (batería), Reinier Elizarde «Negrón» (contrabajo).

Atractivo y valiente programa de hora y media literalmente sin descanso, donde dos jóvenes pianistas sin complejos afrontaron al siempre exigente Chopin desde dos visiones complementarias que terminan confluyendo. Jugando con el número dos y las palabras, contrasta2 pero no enfrenta2, comprometi2 y refina2, entreteni2 y decidi2, inspira2 e iguala2 como 2 enamora2 de la música de un polaco universal enamorado del piano como nuestros 2 intérpretes.

Haciendo un paralelismo entre Velázquez y Picasso capaces de pintar unas meninas con la distancia que pone el tiempo, los lenguajes que evolucionan y se enriquecen, saboreando ambas obras nunca excluyentes sino complementarias, así fue este Chopin por partida doble en Gijón, un privilegio del que pocos han disfrutado en vivo, el de mi querida donostiarra -a la que sigo desde sus inicios- y el del admirado cubano -felizmente descubierto por Toni Zenet-, dos estilos llamados clásico y jazz en perfecta fusión, pues como decía el anuncio del concierto, «Dos pianos, dos orígenes, dos estilos. Un sólo alma», la música sin más, especialmente la buena, la que me gusta, omnívoro devorador de estas joyas y a un paso de la aldea por la autovía minera.

Hay a lo largo de los años muchos acercamientos desde el jazz, la genuina música del pasado siglo, a la llamada música clásica, todos los compositores imaginables y en todos los formatos, bebiendo de ese mestizaje a ambos lados del océano, pero poder disfrutar de ambos en el mismo concierto es una apuesta arriesgada de la Sociedad Filarmónica de Gijón que registró una excelente entrada en el teatro del Paseo de Begoña, abierto al público en general con un precio único de 20 €.

Algunos despistados, entrados en años, desconocían la causa de ver sobre el escenario una batería e incluso un amplificador, para el contrabajo, pero en cuanto comenzó a sonar el Chopin de los Preludios opus 28 alternando entre Jáuregui y Rivero se hizo la magia y fluyó la música, cercana, presente, delicada sin excesos de decibelios con la acústica perfecta del Jovellanos. Sin pausa y de la una al otro, en compañía del guantanamero Pico y del villaclareño Negrón (que sustituyó al madrileño Mario Carrillo) surgieron contrapuntos realmente coloridos, detallistas, acertados, de la vasca a los solos del cubano saltaron los preludios nº1 (fuerza en el arranque), nº4 (impresionantes todos), nº7 (delicias en pequeño formato), nº18 (profundo), nº20 (el dolor frente al color) y nº23 (cristalino y juguetón), encadenados además de sabiamente elegidos, inspirados e inspiradores, el original limpio de Judith y la reinterpretación de Pepe, ritmos y tiempos variados, danza interior y exterior, fusiones de fuerza y placer, arrebatos con remansos de baladas, un Chopin de acentos variados con una percusión completa de buen gusto más el contrabajo redondeando tímbricas y acentos.

La Balada op. 23 nº 1 volvió a surcar dos mares, el Cantábrico y el Caribe, ambos llenos de matices y momentos, calma chicha y galeradas, tonos azulados con torbellinos y huracanes, confluyendo en ese Océano Atlántico que es Chopin, Judith navegando firme en el timón y relevada por Rivero retomando a Rachmaninov y Gershwin, el jazz hecho un brazo de mar que todo lo empapa. España y Cuba reunidas al fin, Donosti cerca de la Francia chopiniana y Santa Clara verdadero centro interior de comunicaciones cubano e intercambio con los Estados Unidos desde cualquier puerto, malecón o cayo, el viejo y el nuevo mundo unidos por este par de talentos del piano. Transitando por la música de ida y vuelta, Judith Jáuregui le dio toda la elegancia de salón retomada por Pepe Rivero en trío, como si fuesen «los boleros de Chopin«, la formación clásica llevada a la fusión, al jazz, escuelas europea y cubana de grandes pianistas como son la española y el cubano, femenino y masculino singularmente plurales.

El baile de salón, valses o polkas con ritmos caribeños, chachachá y salsa como perfecta disculpa para disfrutar de la Mazurka op. 17 nº 8, la playa de La Zurriola o escaparse hasta Varadero, Donosti es Santa Clara con chirimiri, Santa Clara es Donosti con danzón, elegancia y desparpajo, vacación y vocación, luz y calor, Judith y Pepe dialogando en la intimidad desde una penumbra deslumbrante de alegría compartida entre la escena y el patio de butacas, complementándose y entregando por partida doble a un Chopin casi gaditano de La Habana con el «éxtasis» guipuzcoano.

El huracán y la galerna, mar bravo con el Andante spianato – Gran Polonesa Brillante, op. 22, original y revisión, la orquesta reducida a un trío jugando con el Debussy más jazzístico, virtuosismo en estado puro al servicio de Chopin, savoir y sabor, vichyssoise y salsa, champagne y mojito, rape y habano, las excelencias del polaco más francés en manos de dos ciudadanos del mundo surcando mares sobre un navío de 88 teclas, bandera blanca y negra para todo un océano de color.

Y faltaba el regalo del Mediterráneo, el Mare Nostrum de Mompou, las «Escenas de niños» con la luz de un Sorolla, la Cataluña europea fronteriza con los franceses capaz de tomar una habanera de Palafrugell y elevarla a un collar de perlas engarzado por esta donostiarra internacional, como su admirada Alicia de Larrocha, para regalarla a los tres cubanos «herederos» de Lecuona, entendiéndola como sólo ellos saben hacerlo. Un concierto para disfrutar en Gijón, capital de la Costa Verde, hoy puerto de amarre de dos marineros con su tripulación, capitaneados por el alma de Chopin.

Decepción Biondi

3 comentarios

Jueves 18 de mayo, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo, Sala de cámara: IV Primavera Barroca, «Los conciertos del adiós«. Europa Galante, Fabio Biondi (violín, viola d’amore y dirección). Obras de Antonio Vivaldi (Venecia, 1671 – Viena, 1741).

Penúltimo de los conciertos de este ciclo que llena en todos los programas, este jueves con el Vivaldi de Fabio Biondi al frente de Europa Galante, una gira española cual equipo de fútbol en cuanto al número, once, equilibrado y funcionando como tal si nos atenemos a la plantilla donde el siciliano es la figura y por tanto el delantero centro al que todos miran, admiran y esta vez escuchan. El planteamiento muy clásico entre los italianos, un excelente portero español al violone (Patxi Montero), una defensa segura de tres en un continuo, por los laterales Giangiacomo Pinardi (tiorba y laúd) y Alessandro Andriani (violonchelo) y en el centro el clave de una siempre segura Paola Poncet; el centro del campo tenía de pivote la viola de Pablo de Pedro, más los violines segundos de Andrea Rognoni, la figura discreta que cual Iniesta crea todo el juego, reparte y comparte protagonismo cuando le dejan, Luca Giardini y Silvia Falavigna junto a la delantera en auténtico «tridente» de violines primeros con Fabio Ravasi Elin Gabrielsson al lado de Biondi.

Enfrentarse a Vivaldi nunca es fácil, pues de conocido siempre resulta correoso aunque agradecido, y más con obras nunca publicadas en vida del compositor aunque con la fórmula habitual del «cura pelirrojillo» donde el contraste es previsible. Biondi no estuvo inspirado, desafinado más de lo esperado, poco limpio en los pasajes virtuosos donde mantiene un arco maestro pero la pulsación y agilidad de la izquierda no es la de hace años, así como una pulsación poco constante que hacía perder el ritmo de juego. Al menos su equipo se adapta al líder y hasta le cubrió en todo momento, un ropaje que hizo disfrutar de la cuerda global aunque la figura no estuviese fina.

Dos sinfonías abriendo y cerrando los dos tiempos del partido para esta Squadra azurra barroca frente a Vivaldi: «Il coro delle muse», RV 149 (1740) y «La Griselda» RV 718 (1735), compactas, bien equilibradas las líneas con el toque de color en tiorba y clave más la consistencia del violone que asentó el juego.

Mejor la primera parte que la segunda. El Concierto para dos violines y cuerdas en la menor, op. 3 nº 8, RV 522 (1711), «marca roja veneciana» sirvió para comprobar las apuntadas carencias de Biondi y la presencia de Rognoni, más limpio y claro que su compañero con el que compartió ciertas libertades en un pulso desigual pero arropado por todos. Agradable poder escuchar en vivo el Concierto para viola d’amore y laúd en re menor, RV 540 (1740) con Pinardi verdadero defensor en el ataque, virtuoso del laúd en perfecta textura con Biondi en una «viola d’amore» que esta vez afinó y marcó diferencias con el resto del partido, tanto en los rápidos extremos como un Largo de «tikitaka» entre los solistas nuevamente asegurados por el resto de un equipo solvente, permitiéndose las licencias propias de los movimientos lentos. Nadie diría que Vivaldi moriría en la absoluta pobreza vienesa malviviendo de la publicación de estas partituras llenas de luz y con su sello inconfundible ya en la honda del Sturm und Drang, en este caso dedicada al príncipe elector de Sajonia en su visita al carnaval veneciano en 1740.

Para la segunda parte «estrenos» para mayor gloria de Biondi nuevamente en la fórmula habitual, tres conciertos para el solista que ahondaron en mi sufrimiento de ver cómo una figura consagrada no tenía un día para el recuerdo pese a ser un referente en «Las cuerdas de Vivaldi» que titulaba el programa de mano. Tres conciertos (RV 189, RV 222 y RV 367) nunca publicados
en vida del compositor, escritos para violín, cuerdas y bajo continuo
siguiendo el esquema habitual para mayor gloria de un Biondi que brilló menos que su team, atrás llenos de detalles desde la portería y la defensa con una Paola ornamentando delicadamente y un Pinardi complementando el buen hacer de una plantilla que lució más que su capitán y estrella.

Dice la leyenda que en el pobre entierro de Don Antonio en San Esteban de Viena estaba de niño cantor catedralicio «un tal» Franz Joseph Haydn del que nos regalaron un primerizo último movimiento sinfónico donde el conjunto funcionó mucho mejor que «contra Vivaldi«. Tiempo añadido y agradecido para unos gregarios de primera que funcionan bien engranados en todas las líneas. Lástima que el espectáculo no resultase como era de esperar antes del partido, pero así es el calcio italiano

P. D. Por cuestiones de tiempo y lentitud en mi red aldeana, las fotos se subieron el día siguiente…

La OSPA encanta

2 comentarios

La Orquesta Sinfónica del Principado de Asturias (OSPA) además de los conciertos de abono repartidos entre Oviedo, Gijón y Avilés, los extraordinarios que buscan ampliar espacios y públicos (siendo habitual su presencia en el Festival «Musika-Música» de Bilbao), o su participación en la Temporada de Ópera, también tiene entre sus muchas funciones la social y también la didáctica.
Desde hace cinco años y de la mano de su titular Rossen Milanov, que ya había desarrollado este programa en el Carnegie Hall con la Orquesta de St. Luke, nos han traído Link Up!, el excelente programa del «Weill Music Institute» hasta Asturias, siendo quien lo estrenó en Europa, aunque lleva varios años desarrollándose en Estados Unidos y otras ciudades de Canadá, Latinoamérica, Japón y África, extendiéndose lentamente por España y el resto de países europeos.

Puedo presumir, pues queda constancia en el blog, de haber apostado desde la primera edición allá en 2013 por este ilusionante proyecto que traía hasta el Auditorio de Oviedo a un montón de alumnos y profesores de colegios e institutos de toda la geografía asturiana para participar de forma activa y no como meros espectadores en estos conciertos pedagógicos. «La Orquesta se mueve» comenzó con dos días y cuatro sesiones en pases matutinos a las 10:30 y 12:00 horas en el Auditorio Príncipe Felipe de la capital asturiana, seguida por «La Orquesta Canta» al año siguiente y cerrando este ciclo de tres títulos con «La Orquesta Rock«, cada año con más demanda e implicados en el proyecto, retornando el año pasado a esta «trilogía» que ha llegado a cuatro días (16, 17, 18 y 19 de mayo) y ocho sesiones en este 2017, puede que con el más emotivo a la vista de los resultados contrastados con mi alumnado del IES «El Batán» de Mieres y los profesores que acudimos. Sirvan también los datos de esta quinta edición: 9.251 asistentes, de los que 8.686 son alumnos entre 8 y 15 años, con 565 profesores de 128 colegios e institutos de toda Asturias, con nuestra OSPA en la lista de las 90 orquestas que este año participan en este programa mundial, una experiencia didáctica que pretende extender la música más allá de las salas de conciertos comenzando precisamente en el aula.

Hay que seguir apoyando esta iniciativa que según las previsiones del propio «Weill Music Institute», más de medio millón de estudiantes de todo el mundo participen en Link Up! este 2017, avanzando que ya han presentado este año su cuarto proyecto «The Orchestra Swings«, ampliando los estilos y repertorio con el jazz, algo que no abunda mucho en nuestro entorno ni tampoco ocupa mucho espacio en el currículo de una materia como «Música» a la que los legisladores llevan arrinconando después de años de lucha por su inclusión en los planes de estudio.

Alumnos y profesores nos hemos involucrado en esta actividad que busca una comprensión profunda de la importancia de la Música en la educación de los jóvenes gracias a la OSPA, que con Link Up! la dio un paso más en esta apuesta por la educación musical, manteniendo una estrecha colaboración con escuelas y maestros con su programación didáctica. En los meses previos a cada concierto, la OSPA ofrece varios talleres de formación y apoyo directo a los profesores para familiarizarnos con el repertorio que se tocará con la orquesta cada año (este curso Ana Hernández Sanchiz, sustituyó a Gustavo Moral, quien estuvo los cuatro años anteriores y con una agenda que le impidió volver a Oviedo), además de unas guías excelentes distribuidas de forma gratuita entre alumnos y profesores que participan en estos programas, descubriendo la notación musical, las claves para tocar la flauta dulce (extensible a otros instrumentos en casos puntuales, siempre atendidos por su personal), patrones musicales y partituras de obras variadas.

En «La Orquesta Canta» hemos trabajado la Oda a la alegría de Beethoven, el «finale» de El Pájaro de fuego (Stravinsky), el «Largo» de la Sinfonía del «Nuevo Mundo» de Dvorak, uno de los momentos más emocionantes de este segundo programa, con las flautas «robando» protagonismo al corno inglés, además de contenidos musicales creados específicamente como Oye de Jim Papoulis o el Ven a tocar de Thomas Cabaniss, el «himno» de Link Up! que es la única pieza repetida en todos los programas. Añadir Simple Gifts de Brackett o la tradicional Bought Me a Cat y añadimos el inglés a los contenidos (como el francés, el portugués e incluso el latín de años pasados), con dificultades variadas y adaptas al nivel del alumnado.

Estos días «La orquesta canta» está dirigida por el maestro Carlos Garcés, un descubrimiento para el que suscribe, y con el tenor Julio Morales en funciones de presentador, junto a las sopranos Sonia de Munck y Elena Ramos (tres «fijos» en Link Up!) más la mezzo Beatriz Lanza. Ahí estuvimos este miércoles lluvioso a las 10:30 en primera fila disfrutando como niños, y con la vuelta al aula como siempre una «Oda a la alegría» en el autobús con Oye convertida en el número uno de los éxitos de este curso. Algunos ya conocían programas anteriores y otros debutaron hoy, pero todos quieren volver ya el próximo año e incluso preguntan si toca Rock… Proyectos como Link Up! y nuestra OSPA nos hacen reafirmarnos en la necesidad de sembrar para recoger, si queremos rejuvenecer unos auditorios que se están despoblando, y formar musicalmente a un público que no tiene muchas oportunidades de ello, aún menos en esta deprimida Cuenca del Caudal.

P. D. No quiero olvidarme que Oviedo Filarmonía también presentaba hoy tres funciones en el Teatro Filarmónica su concierto didáctico La leyenda del fauno, igualmente desde ese compromiso de completar la educación musical de los más jóvenes con esta actividad en la que los estudiantes del municipio de Oviedo se acercan a la orquesta y a todo el entramado que implica un concierto de música clásica y los diferentes agentes que en él participan, una propuesta para introducir a los más pequeños en el siempre fascinante mundo de la música clásica, completado con la actividad que la orquesta desarrolla también en los distintos colegios del municipio, lo que resulta más local pero complementario a la labor emprendida por la OSPA. Todo sea por remar en la misma dirección. Comentar que este fauno es una idea del músico y actor Andreas Prittwitz con guión de Susana Gómez, donde se escucharán la Obertura 1812 de Chaikovski, la Sinfonía del «Nuevo Mundo» de Dvorak, El moldava de Smetana, La Notte de Vivaldi y el segundo movimiento del «Concierto para clarinete» de Mozart, estrenando una composición del propio Andreas, Standard de Jazz, arreglado por él mismo y música de cine más pequeños fragmentos de obras de música de cámara para introducir y presentar los diferentes instrumentos a los chavales ovetenses.

Inglaterra tiene sabor español

2 comentarios

Domingo 14 de mayo, 19:00 horas. Oviedo, Conciertos del Auditorio: Orquesta Filarmónica de la BBC, Alberto Menéndez (trompa), Juanjo Mena (director). Obras de: V. Williams, R. Strauss y Elgar. Entrada de butaca: 30 €.

No creo que se necesite explicar que la BBC no se refiere al Real Madrid sino a la emisora pública británica, donde trabajó en el exilio nuestro añorado Eduardo Martínez Torner, y equivalente a nuestra Radio Televisión Española, que entre sus funciones están la de promover la cultura y en ella la música, de su país así como sus intérpretes, con orquestas y coros cuyos conciertos son grabados y emitidos en todo el mundo. El Brexit supongo que afectará a muchos músicos europeos que trabajan en el Reino Unido, pero de momento el vitoriano Juanjo Mena (portada del «Anuario Codalario» de este año y entrevistado ampliamente en el mismo) es el director titular de la orquesta filarmónica de la radio inglesa con base en Salford. Y el español traía en esta gira un programa muy british con dos pesos pesados: Ralph Vaughan-Williams  (1872-1958) y Sir Edward Elgar (1857-1934) escoltando al germano Richard Strauss (1864-1949) que además contaba como solista con el avilesino, aunque criado en Burgos, Alberto Menéndez Escribano, otro motivo más para darle sabor hispano a «los hijos de la Gran Bretaña«, siendo el doctor Ramón Sobrino el autor de las notas a este programa (enlazadas aquí) que llenó el auditorio de la capital haciendo disfrutar hasta la propina netamente andaluza en un guiño del director para con los músicos internacionales de la BBC Philharmonic Orchestra que no solo interpretan bien su música sino la nuestra.

Para comenzar como debe ser un concierto, Vaughan-Williams“The Wasps” (Las Avispas), una obertura para su «Suite aristofánica» basada en la obra teatral homónima, la burla que Aristófanes dedica a Celón de Atenas a través de los «punzantes» textos del coro formado por miembros de los tribunales atenienses, que se identifica las avispas y sus aguijones y recuerda en el inicio al famoso El vuelo del moscardón de Rimski-Korsakov. Como diríamos por aquí, un «orquestón» bien equilibrado (con ocho contrabajos ya se pueden hacer idea) de sonido pulido, claro, presente, bien balanceado, con secciones de calidad y solistas excelentes, bien llevados por un Mena siempre fiel a lo escrito y consolidado entre las grandes batutas dándole el empuje y calor latino necesario para que la música conjugase ironía o humor británico con el color vasco del sur para esta música incidental con diecisiete números más, digna de escucharse al completo, aunque la obertura esté bien elegida para arrancar o calentar motores como suelo decir.

De todos mis habituales creo conocido que Richard Strauss era hijo de Franz, trompa solista de la Orquesta de la Corte de Munich, por lo que parecería normal que le dedicase este primer concierto Waldhomkonzert (para trompa natural, suponemos que una broma paternofilial) que no pudo tocarlo al considerarlo difícil, aunque fuese con la trompa moderna de pistones, originalmente con piano y posteriormente orquestado, estrenándolo nada menos que Von Büllow en Meiningen (1885). El Concierto para trompa Nº 1 en mi bemol mayor, op. 11 (1882-83) del muniqués consta de tres movimientos breves y sin pausa, plenamente románticos por contrates y estructura, para lucimiento del solista que se mostró seguro, rotundo, regio y valiente en los momentos de bravura, delicado y lírico en los pasajes «cantabiles», siempre bien concertado por un Mena que impuso ritmo y coherencia a esta orquesta aterciopelada con destellos de brillantez arropando a Alberto Menéndez que ha formado parte de la misma y en la actualidad está en la escocesa. De sonido muy redondo en el instrumento jugó con toda la gama de matices, ataques y fraseos demostrando la dificultad de un concierto poco interpretado precisamente por su exigencia, que el asturiano afrontó como un virtuoso convincente.

Tras el descanso volvería el sabor y color británico, Edwar Elgar del que su Pompa y Circunstancia sea probablemente lo más conocido de su amplio catálogo, pero cuya poco escuchada Sinfonía nº 1 en la bemol mayor, op. 55, de casi una hora de duración y compuesta con 50 años, dedicada a Hans Richter (que la estrenaría en Manchester el 3 de diciembre de 1908), presenta todos sus rasgos característicos e inconfundibles: una orquestación muy amplia en efectivos, lograda y plena, llena de colorido para encontrar unas texturas (incluyendo dos arpas) ricas además de esa sonoridad palaciega, pausada en el inicio, marcial más que imperial, «pomposa» y nostálgica, brumosa por momentos como si de una acuarela musical se tratase, sin perder el contorno ni la línea en temas muy trabajados que aparecerán en cada uno de los movimientos, generando esos motivos que la orquesta de la radiotelevisión inglesa fue delineando con la mano maestra de Mena. Hermosa composición de Elgar que el público dudó en aplaudir porque como comentaba después el gasteizarra, podría continuar…

Y de regalo español nada menos que la Orgía de Joaquín Turina (1882-1949) la tercera de sus Danzas fantásticas, op. 22, del piano a una orquestación, desconocida por mí, que Juanjo Mena ha llevado a los atriles ingleses y con su dirección consiguieron desplegar todo su poderío sonoro junto al sabor sevillano del cello solista, corroborando la calidad de una excepcional orquesta inglesa que crece junto a su titular, apostando también por lo nuestro en un concierto de coetáneos que siguen teniendo su hueco sinfónico.

Profesores: maestros e intérpretes

Deja un comentario

Martes 9 de mayo, 19:45 horas. Teatro Filarmónica, Sociedad Filarmónica de Oviedo (concierto 9 del año, 1957 año 111). José María Fernández Benítez (violín), Josep Colom (piano). Obras de: Brahms, Schubert y Mozart.

Los profesores Josep Colom (Barcelona, 1947), habitual en Oviedo, maestro de maestros en una trayectoria impecable, y José María Fernández Benítez (Córdoba, 1977), compaginan docencia y conciertos, acercando su magisterio a estudiantes (muchos alumnos del conservatorio ovetense) y melómanos como así debería ser en todas partes, y teniendo la música de cámara como parte importante en sus trayectorias.

Visitando las Sociedades Filarmónicas de Oviedo y Gijón, verdaderos oasis musicales en peligro de extinción y auténtica escuela para todos, este dúo de violín andaluz y piano catalán nos trajo un programa con el violín como protagonista, recordando al gran intérprete húngaro Joseph Joachim, cuyo Stradivarius se escuchó en el Auditorio el pasado viernes en manos de Ray Chen, pero donde el piano comparte protagonismo.

Brahms resultó el auténtico plato fuerte, comienzo y final. El “Scherzo”, de la Sonata FAE, que fue concebida, como indican las notas al programa, por Schumann como regalo para Joachim «en una suerte de unión del talento musical del propio Schumann (Intermezzo y Finale), Albert Dietrich (el inicial Allegro) y de Johannes Brahms (el scherzo que hoy nos ocupa), parte que sin duda es la que con el tiempo ha vivido mayor fortuna y suele interpretarse como pieza separada». Continúan las notas diciendo que «los tres compositores amigos tomaron el lema de Joachim «Frei aber einsam» (libre pero solo) para obtener el tema principal de la sonata (fa-la-mi). El 28 de octubre de 1853, en casa de los Schumann, con Clara al piano y el propio Joachim al violín, fue presentada la sonata por sus autores a su dedicatario, que adivinó sin problema alguno quién era el autor de cada uno de los movimientos». La tapa acústica del piano abierta totalmente nos permitió apreciar la inmensa gama dinámica del compositor alemán en ambos instrumentos, puede que algo oscuro el violín en los pianísimos pero presente y consistente, impulso vital y momentos cantabiles realmente logrados.

La Sonata Gran Dúo en la mayor, D. 574 de Schubert es habitual en los programas de los grandes intérpretes solistas que se unen para disfrutar juntos la música de la Viena romántica, presentes los recuerdos beethovenianos del malogrado Franz, diálogos desde el juego melódico y nueva demostración de Música con mayúsculas a cargo de Fernández Benítez y Colom, el Teatro Filarmónica cual salón de una de aquellas “schubertiadas” (las fiestas de música y poesía organizadas por el compositor vienés) a la que estuvimos invitados. Limpieza en los fraseos, exactitud en las duraciones, el rubato ensamblado y entendido con delicada precisión más la unión discursiva de los cuatro movimientos en esta joya que el propio compositor no pudo ver en vida, pese a considerarse una de las preferidas de su autor. De nuevo quiero citar las notas al programa: «Schubert es Viena. Nace, vive y muere en la que ya entonces es capital musical europea, Así, podemos decir que su música es Viena en puridad. Aspectos de su vida y personalidad nos hablan de un autor atormentado y brillante, de corta vida -muere a los 31 años- y prolífico como pocos, que la historia de la Música ha dejado como paradigma del infortunio y el trágico destino, prueba de ello es la famosa anécdota que se le atribuye de su proposición de brindis tras el entierro de Beethoven por el próximo en ser enterrado, sin saber que estaba brindando por sí mismo. Paradigma de ese infortunio puede ser la historia de este Gran Dúo, escrito en agosto de 1817 -con veinte años- pero que fue publicado, póstumamente en 1851 y estrenado en 1864. Sin duda recordaremos a Beethoven escuchándolo, pero estaremos ante Schubert o en Viena, que es lo mismo, desde el mismo principio de la obra, cuando los envolventes cuatro primeros compases del piano den entrada al tema del violín que nos situará en una schubertiada, plena de delicadeza musical».

Otra partitura de las que se agradecen en estos conciertos es la Sonata en mi mayor, K. 304 (Mozart), con dos movimientos, el “Allegro” conocido -e incluso tarareado por mis vecinas de localidad- más el “Tempo di Menuetto”, que bisarían como propina, abriendo la segunda parte. Verdadera joya del Clasicismo que guarda la siempre engañosa sencillez del genio de Salzburgo con la profundidad que marcaría su inmensa producción. Escrita en París en 1778 cuando Mozart buscaba un trabajo estable y marcado por la muerte de su madre, es una de las más destacadas obras de cámara del joven Wolfgang. Independientemente de ser anterior o posterior al hecho luctuoso sí podemos apreciar cierto sentimiento de ausencia. Si se habla de «sencillez formal y profundidad expresiva de una forma que merece resaltarse dentro de su catálogo», diría que la sencillez estuvo en una ejecución sustentada en el conocimiento y el entendimiento, mientras la profundidad expresiva en la unidad sonora engrandecida por dinámicas y fraseos claros, complementarios para los dos movimientos expuestos por dos maestros para quienes la edad no es distancia sino un plus de madurez que redunda en la calidad interpretativa, dejándonos por partida doble ese “Menuetto” exquisito bisado como propina. Mozart siempre nos transmitirá alegría y colocarlo entre Brahms predispone oído y sentimientos antes de un final realmente poderoso.

Porque la Sonata nº 3 en re menor, op. 108 (Brahms) fue la segunda joya musical del alemán afincado en Viena, como no podía ser menos, engarce técnico y expresivo de un diamante que brilló con luz propia y dispuesto a degustarse con pasión, disfrutando del entendimiento en estado puro entre el pianista catalán y el violinista andaluz para encajar tiempos y estilo en una ejecución desde la honestidad y el respeto por la partitura, unido a la musicalidad que ambos profesores atesoran. Si el lirismo y la fuerza marcaron el «Scherzo» que abría concierto, en la sonata de cierre fueron pasión y vehemencia, destacando especialmente el «Adagio» y el «Presto agitato» de auténtico encaje de bolillos, balances, diálogos, hondura y perfecta lección de cómo abordar una sonata a dúo, Josep y José María.

P. D.: Comentar que dejo este escrito nada más concluir mi crítica para LNE, limitada por el espacio, que no así en el blog, reorganizándola para no resultar idéntica además de sumar las posibilidades que da Internet de poder colocar enlaces a biografías, obras y fotos propias. La «subida» al blog queda programada para después de la prensa escrita.

Miércoles, 9 de mayo, 1:33.

Crítica aparecida en la edición de Oviedo el 11 de mayo de 2017:

.

Magia y magnetismo

2 comentarios

Viernes 5 de mayo, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo, «Orígenes IV», Abono 12 OSPA, Ray Chen (violín), Víctor Pablo Pérez (director). Obras de Garay, Mendelsohn y Schumann.

Ramón Fernando de Garay y Álvarez (1761-1823) es un compositor avilesino contemporáneo de Mozart o Haydn, que terminaría afincado en Jaén donde fue Maestro de Capilla y sobre el que mi admirada María Sanhuesa Fonseca, autora de las notas al programa que dejo enlazadas en los autores, nos completó una enorme y documentada semblanza en su conferencia previa, equiparándolo a los grandes clásicos sin perder nunca el lenguaje español propio.
Emocionante el tributo a Don Raúl Arias del Valle (1927-2003), Canónigo archivero de la Catedral de Oviedo, descubridor de nuestro compositor, con quien la doctora Sanhuesa trabajó codo con codo durante siete años, y poco agradecimiento a ambos en esta tierra aquejada de un mal entendido y persistente «aldeanismo» donde creemos poco en lo nuestro.
La capital andaluza tiene a Garay como suyo, dando su nombre al conservatorio, lo que no es de extrañar, y un año 2011 que sirvió, dentro del 250 aniversario de su nacimiento, para dar a conocer un poco la trayectoria de un músico forjado a la sombra de Covadonga, que personalmente descubrí en la Semana de Música Religiosa de Avilés allá por 2010 gracias a José María Chema Martínez y la Orquesta Julián Orbón, cuya idea era programar las diez sinfonías de Garay, de las que pude escuchar tres (la décima, la octava y la novena), comentando que la Orquesta de Extremadura con José Luis Temes las llevó al disco con el patrocinio de la Fundación BBVA para el extinto sello «Diverdi», convirtiéndose en una reliquia quien haya podido adquirirlas, como también nos recordó María Sanhuesa.
Añadir la labor de otra avilesina, Mª Luz González Peña, quien desde su puesto de directora del CEDOA en la SGAE así como el ICCMU madrileño han hecho posible la edición del corpus sinfónico de Ramón de Garay, menos conocido que su obra religiosa. Citar finalmente a Paulino Capdepón Verdú por la edición de las sinfonías, y a Pedro Jiménez Cavallé, dos autores de los estudios más pormenorizados y actualizados del asturiano Garay.

La Sinfonía nº 9 en mi bemol mayor (1817) para una plantilla casi camerística adaptada a lo que Garay tenía en Jaén, algo habitual en los compositores de entonces, mantiene los cuatro movimientos clásicos que Víctor Pablo Pérez en su regreso a la tierra que le vio crecer musicalmente (interesante su entrevista en OSPA TV), bordó con la formación asturiana, ideal en número, claridad, contrastes, dinámicas amplias y sonido perfecto para una obra madura que quedará registrada por Radio Clásica. Interesante el juego con los dos clarinetes y una cuerda aterciopelada que siempre mantuvo la limpieza expositiva y el impulso desde el podio atento al discurso clásico del avilesino. Recordar que el director burgalés afrontará en breve «Nueve novenas» en el Auditorio Nacional donde sonará esta de Garay.

El delirio, la magia y la música a raudales llegó de la mano del violinista Ray Chen (1989) con el Stradivarius «Joachim» para dejarnos un impactante Concierto para violín en mi menor, op. 64 (Mendelssohn), molto apasionado como el primer movimiento, lirismo puro en el segundo entroncado con la nota tenida del fagot para no romper la emoción, y «vivaz» el tercero lleno de momentos hipnóticos, cautivando al público enmudecido por el arte del taiwanés criado en Australia, pues sólo unos pocos alcanzan esa chispa, «pellizco» y comunicación total cuando hacen música como Ray, quien sintonizó desde su llegada a Asturias como podemos comprobar de nuevo en OSPA TV. Hacía mucho tiempo que no se alcanzaba el clímax en un auditorio que sigue preocupantemente desocupado, perdiendo espectadores aunque este viernes hubo mucha gente joven que sigue a Chen, un ídolo para estas nuevas generaciones de estudiantes. Escuchar su violín y la perfecta concertación de Víctor Pablo con la OSPA fue un privilegio que desató verdadera pasión. Todo un despliegue de buen gusto, sonido, música hecha desde el corazón y emociones a flor de piel.

Las dos propinas dignas de un virtuoso, el Capricho 21 de Paganini con un despliegue «diabólico» de técnica al servicio de la música, y la Gavotte de la «Partita nº 3» para violín solo de J. S. Bach plagada de sutilezas, delicadeza con fuerza para un sonido casi olvidado de violín que en las manos de Ray Chen lució como pocas. Aplausos llenos de fervor y asombro.

El programa de abono se titulaba «Orígenes IV» en el sentido de obras sinfónicas que no pueden faltar en los conciertos, y la Sinfonía nº 4 en re menor, op. 120 (Schumann) es una de ellas. Una orquesta equilibrada en efectivos pudo sacar de «la cuarta» todo lo que la partitura encierra más allá de la nostalgia, puede que compartida en este viernes por muchos. Víctor Pablo apostó por el juego de dinámicas y tiempos respaldado por la efectividad y buen hacer de una formación que ha madurado como el director. La cuerda volvió a enamorarnos como suele ser habitual, con una madera que nos ha acostumbrado a un empaste y lirismo difícil en otras formaciones, y nuevamente los metales que califico habitualmente de orgánicos por las sonoridades desplegadas, especialmente en el último movimiento; incluso los timbales siguen mandando sin atronar, todo balanceado al detalle por las manos de un Víctor Pablo Pérez realmente dominador de la obra sabedor de la respuesta orquestal.

Orígenes para un repertorio romántico en el que siempre es difícil aportar cosas nuevas que este duodécimo de abono logró, el sinfonismo clásico de un asturiano, la magia y el magnetismo de Mendelssohn por un virtuoso como Ray Chen y «la cuarta de Schumann» cerrando un programa atractivo que encandiló a un público que salió del concierto feliz tras reencontrarnos con un Víctor Pablo en su madurez artística.

Me quedo con los comentarios finales a la salida, e incluso el secreto (o truco) del increíble sonido que tuvo el «Joachim» de Chen, detalles íntimos que si salen a la luz podré regocijarme de haberlos conocido de primera mano. Y por supuesto reflejar el entusiasmo contagioso de un Ray Chen que firmó discos, sacó fotos y rompió con los estereotipos del famoso, «sin corte» de agentes o representantes, un tipo cercano gozando de la ciudad, su gastronomía y la acogida que nuestros músicos le han dado, algo que no tiene precio porque recordará como todos nosotros mucho tiempo.

No solo París

2 comentarios

Viernes 28 de abril, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo, «Relatos II»: Abono 11 OSPA, Antonio Galera (piano), Rubén Gimeno (director). Obras de Debussy, Falla, Milhaud y Stravinsky.

Israel López Estelche, autor de las notas al programa que dejo como siempre enlazadas en los autores al principio, nos hablaba en su conferencia previa al concierto lo bien que saben vender los franceses hasta lo que no es suyo, si bien debemos reconocerles sus múltiples aportaciones desde un chauvinismo reconocido que incluso parece darles el sello de calidad. Francia ha sido modelo a seguir podríamos decir que desde la Revolución Francesa, con un laicismo envidiable, tomando lo mejor de otros para terminar haciéndolo suyo, algo que los españoles deberíamos imitar perdiendo un complejo de inferioridad que nos ha lastrado siglos.

El undécimo programa de abono tenía como denominador común el París del cambio de siglo, los albores de las vanguardias con todo lo que supuso para la historia de la música en los cuatro compositores elegidos, y cómo hacer confluir todas las artes en la ciudad de la luz a la que acudieron como capital cultural del momento.

Debussy (1862-1918) creará un lenguaje basado en la antítesis, el amor-odio hacia lo germano (siempre Wagner en el punto de mira), un impresionismo que marcará un punto y aparte del que el empresario ruso Sergei Diaghilev beberá precisamente de los músicos «parisinos» de este concierto para sus famosos ballets rusos, devolviendo a Francia el esplendor de la danza. El Preludio a la siesta de un fauno (1892-1894) será una de las páginas rompedoras del fin de siglo con un Nijinsky en estado puro para bailar una obra de la que Mallarmé, en quien se basa, llegó a decir que “la música prolonga la emoción de mi poema y evoca la escena de manera más vívida que cualquier color”. Música y color «debussiano» bien entendido por Rubén Gimeno y la OSPA (entrevistado en OSPATV), con Peter Pearse en la flauta solista mientras sus compañeros pintaban esas brumas calurosas que invitan al sopor pero con la sonoridad adecuada para calentar motores ante un programa con mucho ritmo más allá de la danza, delicadeza llena de sutiles sonoridades.

Manuel de Falla (1876-1944), nuestro compositor más internacional, llegará a París en 1907 casi obligado no ya por su inconformismo y búsqueda de nuevos lenguajes sino también por la incomprensión y el maltrato de los críticos españoles, madrileños sobre todo, compatriotas que desde Napoleón siempre hemos visto a los ilustrados despectivamente, los «afrancesados» que como todo en la vida, no todo resulta malo. Musicalmente el gaditano necesitaba poner tierra por medio y cruzar los Pirineos para llevar lo español al país vecino que siempre admiraron nuestro exotismo de Despeñaperros para abajo. En París también contactaría con Diaghilev, a quien Falla ayudaría a engrandecer sus espectáculos, también con Debussy y Ravel, tan cercanos y presentes incluso como modelo para las Noches en los jardines de España (1909-1916) que contaron con Antonio Galera (entrevistado en OSPATV) de solista. La visión de Granada desde Francia con la óptica universal del español utilizando nuevos recursos, no el concierto para piano y orquesta sino más bien con ella, uniendo y entendiendo la sonoridad completa, el juego tímbrico y la mezcla de texturas partiendo de una combinación conocida pero cocinada desde la mal llamada modernidad. El director valenciano Rubén Gimeno es un gran concertador lo que se notó en los balances y adecuación con el piano de Galera, En el Generalife con virtuosismo del solista que encontró el acomodo ideal, casi suspensivo de la orquesta, sin excesos de presencias, dejando que lo escrito sonase. La Danza lejana aportó el ritmo y el empuje, la música de danza tan española y sin folclorismos, lo que será «marca Falla» o si se quiere ibérica (como también Albéniz), puede que poco presente en cuanto a volúmenes pero profunda en sentimiento, cante jondo en el piano respondido por la orquesta desde un rubato cómplice por parte de todos en un enfoque intimista del solista al que podríamos pedirle lo que los flamencos llaman «pellizco», antes de enlazar con En los jardines de la sierra de Córdoba donde la pasión la puso el valenciano Gimeno y la orquesta asturiana, explosión sonora para una de las páginas señeras del gaditano.

La propina mantuvo el intimismo, el piano interior y delicado como así entendió el pianista valenciano a nuestro Falla, con su Canción, marca propia inspiradora de generaciones posteriores.

La eclosión de la danza vendría en la segunda parte con los viajes de ida y vuelta, un francés tras pasar por Brasil y el ruso triunfador en París que influye igualmente en el primero. Darius Milhaud (1892-1946) compone su ballet El buey sobre el tejado, op. 58 (1919) tras su estancia brasileña en la que se empapará de los ritmos y cantos populares, bien descrito en las notas de López Estelche: «orquestación, sencilla y directa, con una influencia directa del music-hall, que busca, en este caso, huir de la complejidad textural de sus predecesores impresionistas. En lugar de ello, hace primar, de manera soberbia la rítmica sincopada que caracteriza la obra, y que la hace tan dinámica, divertida, pero exigente a la vez; aludiendo a la precisión como obligación, no como opción. Aquí se cumple la norma de la frase de Ravel “mi música se toca, no se interpreta”». Dificultades interpretativas que radican precisamente en los complejos cambios de ritmo donde la percusión manda pero que la orquesta al completo debe plegarse a la batuta para encajar esta locura de cambios continuos antes del rondó con el tema recurrente. Gimeno se mostró claro en el gesto para sacar lo mejor de esta obra de Milhaud agradecida, bien ejecutada por todas las secciones aunque pecando de ciertos excesos sonoros que empañaron la limpieza de líneas que en la politonalidad no tienen porqué solaparse, aunque en el entorno del concierto pudo parecer normal ante esa búsqueda de texturas y colores que sí se alcanzaron.

Y nuevamente nos encontramos este concierto con Diaghilev puesto que Igor Stravinsky (1882-1971) sería el verdadero revulsivo. De sus ballets escuchamos la revisión de 1919 de su suite El pájaro de fuego (1909-1910) en una interpretación compacta, potente, luminosa, rebosante y por momentos explosiva. Los cinco números no dieron momento para el solaz, ni siquiera la Canción de cuna, puesto que se mantuvo la tensión necesaria para mantener esa unidad desde la calidad que los músicos de la OSPA atesoran, en buen entendimiento con un Rubén Gimeno dejando fluir las melodías del ruso «rompedor» en su momento. Exotismo y orientalismo junto a lo más avanzado de la música francesa (siempre nos quedará París) y un virtuosismo orquestal de combinaciones inesperadas, rebosantes, colorísticas junto a ritmos vibrantes con la percusión protagonista, la cuerda sedosa y los metales quemando literalmente para dibujar musicalmente un cuento hecho orquesta. Perfecto colofón a una velada de danza con aromas franceses como elemento aglutinante de estos «relatos», el Finale (que también sonará en el próximo «Link Up» dentro de quince días con Carlos Garcés a la batuta) llevándonos este concierto a una verdadera fiesta musical de las que uno sale optimista y con ganas de vivir. Buena batuta para una orquesta madura que tiene en la música de ballet un referente.

Sigue la semana grande en Oviedo

Deja un comentario

Jueves 27 de abril, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo, Sala de Cámara: IV Primavera Barroca. «Cantatas sacras y profanas«. Bejun Mehta (contratenor), Akademie für Alte Musik Berlin (AKAMUS).
Obras de: G. F. Händel, 
A. Vivaldi, J. S. Bach, Johann Christoff Bach, A. Caldara y Melchior Hoffmann.
Verdadera semana grande para la música en Oviedo, «la Viena del Norte«, con Pogorelich el pasado lunes y Piotr Beczala el domingo, más Bejun Mehta y la AKAMUS en medio dentro de una «Primavera Barroca» que llenó la sala de cámara en uno de los conciertos estrella en colaboración con el CNDM y en plena gira española que sigue teniendo la capital asturiana como para obligada. 

Tras el paso por Madrid y Barcelona llegaba el contratenor norteamericano con un programa de cantatas (tras la Rodelinda del Real) entre las que también disfrutamos de las intervenciones de la orquesta capitaneada este jueves por Ariadne Daskalis al concertino (distintos todos en cada concierto de la gira) y una Xenia Löffler de oboe solista casi tan protagonista como el propio Mehta, tras su reciente visita a los Conciertos del Auditorio, y sustituyendo a la inicialmente prevista (La Nuova Musica de David Bates) aunque los alemanes sigan siendo los mejores en estas músicas, lo que agradecimos tanto arropando al contratenor como en Vivaldi o Caldara. El Concierto para cuerdas en re menor, ‘Madrigalesco’, RV 129 (ca. 1720) sonó con la calidad y calidez esperadas de una formación «ad hoc» donde Kathrin Sutor (cello), Clemens Flick (clave y órgano positivo) y Daniele Caminiti (tiorba), sin olvidarme de Andrew Ackerman (contrabajo) reafirmaron el enorme trabajo en el continuo a lo largo del concierto, especialmente los dos primeros. La Sinfonía para cuerdas y continuo nº 12 en la menor de «La Passione di Gesù Cristo Signor Nostro» (1730) de Caldara remató la feliz intervención de esta orquesta que se amoldó estilísticamente desde el buen hacer solista, realmente de primera, al acompañamiento de un Mehta más centrado en Haendel que en Bach o Vivaldi.

Del alemán nacionalizado inglés fue el Siete rose rugiadose, Aria HWV 162 (1711/12) que le pilló un poco frío antes de la 
Cantata Mi palpita il cor, HWV 132c (ca.1709) donde pudimos disfrutar de ese timbre homogéneo con graves y medios cautivadores frente al agudo siempre con boca pequeña pero de excelente emisión y buen gusto, permitiéndose licencias como unos portamenti que en nuestra Europa más hecha al rigor no se le perdonarían. Pero Bejun Mehta cautiva y el público disfruta.
Distinto «mein Gott» Bach  del que nos dejó la cantata Ich habe genug, BWV 82 (1727) con Löffler de verdadera paternaire, la grandeza del cantor escribiendo esas melodías para el oboe que engrandecen las de la voz (aunque me quedo con las graves). Los recitativos de Mehta resultan «evangélicos», dramatizados en cuanto a lo que supone de representar, mientras las arias que rezuman «pasión» resultaron más inglesas que alemanas, supongo que por la empatía que supone cantar a Händel en un programa común. La espiritualidad pareció tenerla más el oboe que la voz aunque toda la belleza de este aria se visitó de gala con la AKAMUS aterciopelada, llena de color y con un continuo de lujo.

Tras el descanso «el tío» Johann Christoph Bach (1642-1703) con la Cantata (lamento) Ach dass ich wasser g’nug hätte zum weinen, nada que ver con «Mein Gott» pese al parentesco, pero buen acompañamiento y condimento del continuo siempre en su sitio, con un Flick inmenso en ornamentaciones ideales.

Del Prete rosso Mehta eligió la Cantata Pianti, sospiri e dimandar mercede, RV 676, que pareció operística en su interpretación e intención, lo profano descontextualizado y con todos los recursos barrocos de virtuosismo y agilidades desde un «fiato» eterno, por supuesto con la musicalidad y gusto que caracteriza a este contratenor considerado entre los mejores del momento, aunque resulta difícil aunar autores y estilos tan distintos pese a la cercanía cronológica.

Melchior Hoffmann (1679-1715) parece que compuso su Schlage doch, gewünschte Stunde, atribuida a J. S. Bach como BWV 53 aunque escuchándola con la perspectiva que dan los años no le recuerda en nada, más cercana al Sturm und Drang y a los preclásicos que al Kantor, tampoco es para lucimiento vocal aunque está bien escrita, y como decíamos hace años, la interpretación resultó aseada, con la oboísta en las dos campanas, una de ellas supongo que «confundida» en afinación.

Y de nuevo Haendel como plato fuerte de Bejun Mehta saltándose el previsto Concerto para oboe, cuerdas y continuo en sol menor, HWV 287 (1704/05) aunque Löffler mantuvo protagonismo tras su «intervención» como campanera, en I will magnify Thee, HWV 250b (1717/18), la verdadera salsa de todos con un Mehta gustándose y la AKAMUS perfecta en la verdadera vestimenta del inglés, de quien aún nos regaló la propina, originalmente en el avance de programa, el aria de la cantata dramática en un acto «The choice of Hercules» Yet can I hear that dulcet lay.

Supongo que a diferencia de Madrid o Barcelona, la sala de cámara del auditorio ovetense resultó ideal por la cercanía de estas músicas interpretadas por unos grandes que disfrutamos casi como en los salones aristocráticos, aunque mejor olvidar esta referencia no sea que algunos miopes también lo consideren elitista y nos sigan recortando un patrimonio que Oviedo no puede perder como tantos otros.

Iberni nos trajo a Pogorelich

1 comentario

Lunes 24 de abril, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo, Jornadas de Piano «Luis G. Iberni», 25 años. Ivo Pogorelich (piano), Orquesta del Teatro Estatal de Gärtnerplatz de Múnich, Michael Guttman (director). Obras de Schumann y Mendelssohn.

Mis recuerdos este lunes primaveral me llevaron al Leipzig de Schumann y Mendelssohn pero también al Teatro Campoamor hace más de dos décadas, por los protagonistas, dos compositores y el pianista que en aquellos 90 rompía moldes, más allá de vestir zapatos de gamuza azul con un impecable frac: Pogorelich.

Arrancaban las Jornadas de Piano que ahora llevan el nombre de su impulsor, nuestro siempre recordado Luis Gracia Iberni, pasando por Oviedo lo mejor del panorama mundial en esta ciudad que no me canso de llamarla «La Viena del Norte», y por supuesto que nadie mejor para conmemorar el cierre de estas bodas de plata que con el retorno de «el bello Ivo«, siempre único, con partitura y pasahojas, sin propinas, porque los artistas son así, con un concierto cumbre acompañado por una orquesta a su medida y un director que como violinista sabe escuchar y mantener los balances adecuados.

El Concierto para piano en la menor, op. 54 (R. Schumann) es probablemente de lo más logrado del compositor romántico en cuanto al trabajo que le supuso y la prueba de amor de la que también se ha escrito: «El tema básico de su desarrollo es el sentimiento de dos personas enamoradas, su anhelo de felicidad y dicha, la pasión que lo inspira» y hay mucho amor en la versión que Pogorelich nos ofreció en perfecto entendimiento con un Guttman atento a cada inflexión del croata nacido en 1958 y nacionalizado ruso. Sus versiones no dejan indiferente a nadie y el arranque del Allegro affetuoso ya apuntó sus aportaciones, un verdadero juego con la agógica, sintiendo los tiempos desde el interior sabiéndose entendido desde el podio y con la orquesta muniquesa siempre arropando, escuchando cómplice, contestándose en el Intermezzo, pues el llamado «punto débil» de la obra achacable a su orquestación es precisamente lo contrario, admirable su perfecta claridad donde el cometido orquestal es apoyar la actuación del solista, lo que cumple perfectamente, más con un Guttman increíblemente preciso con esta orquesta casi camerística. Si el «rubato» tiene todo su sentido es en el Romanticismo, y el piano de Schumann en las manos de Pogorelich gana en la grandeza de los contrastes, rítmicos y dinámicos, fraseos nada habituales desde un sonido lo suficientemente claro sin necesidad de excesos, verdaderamente intimista. Schumann entendió este concierto en dos movimientos (Affetuoso allegro, más Andantino y Rondó) aunque figuren los tres, y así los plantearon estos intérpretes. Afectuoso por emotivo, recuerdos del pasado en una vida nada fácil de un pianista genial, como permutando destinatarias entre el compositor y su intérprete. Quedaba el movimiento ágil, vivo, siempre ensamblado con la orquesta salvo sus momentos de lucimiento más allá del virtuosismo, porque el fondo engrandece la forma, ese final emocionante al que la orquesta ayuda con una pulsión encajada desde la escucha mutua y el magisterio de Guttman. Recordaremos este concierto como muestra de amores musicales que dejan huella.

Tras Schumann otro romántico como Mendelssohn y su Sinfonía nº 3 en la menor, op. 56 «Escocesa« para la misma plantilla, con maderas a dos, metales 2+4 (dos trompas más que en el concierto de piano) y timbales, sin olvidar que el total sobre el escenario eran 56 músicos pero con una cuerda perfectamente equilibrada (12-10-8-6-5) que le aporta los graves necesarios para conseguir esa redondez necesaria.

Tener un violinista en el podio creo que suma enteros para alcanzar los balances y el equilibrio de ambas partituras, y es que la Orquesta del Teatro Estatal de Gärtnerplatz de Múnich con Michael Guttman nos dejó una versión naturalista más allá de la ambientación o inspiración a la que se suele hacer referencia y que recogen las notas al programa (enlazadas arriba en los autores) de la profesora Miriam Mancheño Delgado. Luces y sombras con dinámicas amplias, tiempos muy ajustados metronómicamente, calidad en cada sección desde la dirección poco ortodoxa a dos manos plenamente entendible, un Guttmann de apariencia ruda que sacó a los alemanes el sonido esperado y la respuesta a cada gesto. El juego de colores muy trabajado, sombras desde chelos y contrabajos empastados con unas trompas contenidas, luces de violines y violas junto a la madera ensamblada, cambios de paleta para los graves sólidos y limpios al menor gesto de manos y brazos desde el podio para exprimir la técnica necesaria del vivacissimo que desemboca en ese Allegro maestoso assai, fotografía sonora de un Mendelssohn inspirado que completó con Schumann este concierto romántico por excelencia desde la genialidad de Pogorelich, la precisión orquestal germana y el magisterio de un director violinista, concertador y conocedor de los entresijos que dotaron este recuerdo a Iberni con toda la calidad que él conocía y exigía.

Tenso, denso e intenso

Deja un comentario

Viernes 21 de abril, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo, «Orígenes III / Rusia Esencial II», Abono 10 OSPA, Juan Barahona (piano), David Lockington (director). Obras de Lockington, Prokofiev y Beethoven.
Tarde de reencuentros en el décimo de abono, el maestro Lockington (1956) que también debutaba como compositor, más el pianista «de casa» Juan Barahona en un programa que he querido titular ya en la propia entrada: tenso, denso e intenso por las obras escuchadas.

Ceremonial Fantasy Fanfare (2009) del propio David Lockington la presenta el maestro en OSPATV (que siempre nos prepara para el concierto desde ese canal en las redes a la medida de todos) y resultó ideal para abrir boca y oídos, preparación anímica y técnica con una orquesta exhuberante en los metales, aterciopelada en la madera, tensa en la cuerda y atenta en la percusión. Brevedad también en intensidades y una instrumentación buscando contrastes tímbricos muy del gusto norteamericano, «fanfarria» en el buen sentido que resume parte del equipaje que el británico ha ido llenando tras tantos años en los Estados Unidos, conocedor de los gustos de un público peculiar y mucho más que un apunte sinfónico de este músico integral con el que la OSPA siempre ha dado lo mejor de ella y volvieron a demostrarlo.

Ver crecer humana y artísticamente a Juan Andrés Barahona (1989) es uno de los placeres que te dan los años, disfrutar con este joven que vive por y para la música, genética con trabajo apasionado, siempre buscando retos y afrontando repertorios poco trillados pero muy exigentes. El Concierto para piano nº 2 en sol menor, op. 16 (1912-1913) de Sergei Prokofiev es un claro ejemplo, con una escritura rica en timbres donde el piano se suma al color ruso cuando no resulta protagonista absoluto. Densidad sonora, intensidades extremas, búsqueda de texturas, juegos rítmicos en un solista que se encuentra a gusto con este compositor muy especial en sus composiciones, no olvida la tradición y evoluciona con acento propio a lenguajes rompedores que prepararán una revolución en estos albores del siglo XX en todos los terrenos. Cuatro movimientos llenos de recovecos exigentes para solista y orquesta que requieren una concertación perfecta, algo que Lockington hace desde la aparente sencillez y el perfecto entendimiento con todos. Impresionante la búsqueda del color y el control total de las dinámicas, balance de secciones desde una mano izquierda atenta y la batuta precisa. Así de arropado pudo disfrutar Barahona de una interpretación preciosista en sonoridades, tenso en fuerza, denso en la expresión e intenso en entrega desde el Andantino inicial hasta el Finale: Allegro tempestoso, vibrante protagonismo y omnipresencia compartida en sonidos, contundente delicadeza desde una entrega total por parte de todos.

Sangre musical de ambos lados del Atlántico nada mejor que Alberto Ginastera y dos propinas de las Tres danzas Argentinas op. 2, primero la «Danza de la Moza Donosa», milonga de concierto en una delicada versión de filigrana y ritmo meloso acariciada más que bailada por los pies que barren más que arrastrarse en el baile, después la furia, el contraste vital, la explosión del guapango con las boleadoras de la «Danza del Gaucho Matrero», potencia y buen gusto aunados en el nacionalismo argentino como complemento al ruso de Prokofiev, dos mundos reunidos por un Barahona maduro que seguirá dándonos muchas alegrías.

En las temporadas orquestales no puede faltar una sinfonía de Beethoven, y a ser posible «La cuarta» que no es frecuente programarla en parte por estar «engullida» entre dos inmensidades. Pero la Sinfonía nº 4 en si bemol mayor, op. 60 (1806) podríamos disfrutarla más a menudo, clásica por herencia, rompedora por el Scherzo, sello propio que ya destila desde la oscuridad del Adagio inicial antes de atacar el Allegro vivace, y sobre todo verdadera prueba de fuego para los músicos. Lockington apostó por la intensidad y los tiempos contrastados sabedor que la OSPA responde, dejándola escucharse bajando los brazos, marcando lo justo y necesario, matices subyugantes y silencios saboreados. Cierto que no hubo toda la limpieza deseada en las cuerdas graves para ese final vertiginoso o que por momentos faltó algo de precisión entre las secciones para encajar milimétricamente las caídas, pero la interpretación alcanzó momentos de belleza únicos, especialmente en el clarinete que evocaba al mejor Mozart, pero sobre todo la sensación de homogeneidad en un color orquestal muy bien trabajado. Me quedo con el Scherzo – Allegro vivace por lo que supuso de feliz entendimiento entre Lockington y la OSPA, siempre un placer estos reencuentros desde esta «cuarta» no tan escuchada como deberíamos ni por el público ideal que este viernes no acudió como quisiéramos al Auditorio.

Older Entries Newer Entries