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Un acierto de desconcierto

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Miércoles 30 de mayo, 20:00 horas. Teatro Jovellanos, Concierto 103, clausura temporada 17-18 de la Sociedad Filarmónica de Gijón. Desconcierto para piano y voz: Rocío Márquez (cantaora), Rosa Torres Pardo (piano), Luis García Montero (recitador). Obras de Granados, Falla, Turina, Albéniz, García Lorca y García Montero.

Triángulos mágicos de cante, poesía y música, Huelva, Granada y Madrid, la perfección de la forma, geometría pura y Arte con mayúsculas. Con cierto desconcierto para un público que llenaba el teatro del Paseo de Begoña en una tarde desapacible abierta no solo a los socios de la centenaria sociedad, donde el concierto rodaría como la rueda poética. Desconcierto de un programa donde los tres bloques sin descanso estaban enlazados, los García (Lorca y Montero) sumaban Torres mientras Rocío rimaba con quejío. Aplausos contenidos cual respiraciones entrecortadas, ímpetu escénico con susurros del alma rotos por otros fuegos escritos que no queman, iluminan.
Rosa Torres Pardo (Madrid, 1960), el talento del piano desde el centro de la piel de toro, la musicalidad plena, el sentimiento hispano femenino y universal capaz de enlazar Granados y Falla, hilarlo con Albéniz en un sinfín armónico, seguir con la orgía de Turina y ambientar los poemas granadinos bien elegidos, elegías y saetas de siempre, hacer del piano poesía para conjugar en plural el texto ajeno invitado al rincón íntimo y sumarle pitos y palmas sordas con un flamenco de sangre y oro.

Rocío Márquez Limón (Huelva, 1985) es pasión y océano, pulsión e ímpetu con una voz inimitable, personal, única, escena y sentimiento, afinación clásica para el cante jondo en el que los músicos españoles de este concierto bebieron, poniendo el flamenco como un lied único que enamora, con un piano cercano cual guitarra pero poderosamente armado por nuestros grandes, inspiración de un pueblo al fin culto, ganado por la sabiduría de la música que llamamos pellizco, duende, magia, neblina u orpín.

Luis García Montero (Granada, 1958) artesano de palabras, poeta andaluz de ahora, prestidigitador lírico capaz de armar este triángulo con momentos solitarios tumultuosamente compartidos en primera persona. «Antes del concierto está el desconcierto, la necesidad de ponerse de acuerdo, de buscar un sentido, de que tu cinco y mi cuatro midan lo mismo«, nuestro tres en Gijón acertado y multiplicado por esperanza.

Puntualidad británica en el inicio, pianista intentando asentar rezagados con un arpegio, el poeta arrancando «Sabe el mundo vivir en unas manos» junto a esa grandiosa poesía vestida de Granados, cantada goyesca andaluza enlazando partituras y cante, fandangos de concierto y acento onubense, barrio de «Lavapiés» madrileño acogiendo andaluces en altas Torres, majos sin mantilla, guitarras de teclas y palabras desde el vientre que da vida.
Lorca y Poesía para ensamblar «Lorquiana» donde Albéniz en el piano de Rosa Torres Pardo es para regodearse, el Tango gaditano de poniente con la Almería del levante, García Montero poniendo la imagen del verso que habitó entre nosotros, Iberia y «Las palmeras navegan y nadan en el viento«, el estrecho de puertas abiertas como la onubense, canciones del norte y el sur en feliz convivencia, una sefardí anónima unidas a las «Canciones populares antiguas» del Lorca pianista con La Argentinita además de poeta, enamorado de Iberia, sentidas por estos artistas. Increíble el pupurri enlazando El Vito, Zorongo, Jota (de Falla), La tarara y Las tres hojas que en Asturias sentimos llegar por la Ruta de la Plata embaladas con un piano volador sobre el que cabalga la voz plateada en la «Huerta de San Vicente» de García Montero encontrando la ciudad buscada igual que la palabra.

Momentos mágicos de Albéniz y Falla, El Corpus Christi en Sevilla de saeta, pitos y palmas sordas con el arrebato pianístico, después la calma de arrullo, la Nana, placentera y murmurada como mecida por el mismo viento de Montero.
El amor brujo del Falla que embruja, dolores de Rocío con fuegos rituales y fatuos bien atizados por Pardo, Fandango Montero y Cantares de Turina con los barrios de Huelva entre dos patrias de una misma piel bravía. Si hace años «La Jurado» encendió a Saura y guardo el CD como una joya sinfónica entendiendo al gaditano como nadie, en este siglo XXI una Rocío onubense, «La Márquez» con Rosa son el Falla racial universal desde un canto que no rompe, desgarra con el piano candente, elementos de la naturaleza vividos en una concepción que saliendo del Moguer de Juan Ramón Jiménez vuelve a unir mundos en este mestizaje que mejora la raza musical y la propia vida. «El dogmatismo de las ideas» explicando Luis la prisa con pies de plomo, aplomo sin prisas de Falla para las damas.

Un trabajo conjunto donde Rosa Torres Pardo atesora el vagaje suficiente y la musicalidad en cada poro que le permite solear, solapar temas que fluyen como uno solo, modular con total naturalidad sin perder unidad (de ahí cierta sorpresa en unos aplausos que tras la Danza del fuego parecieron romper la complicidad, las entradas y salidas de la cantaora), adornar la poesía en primera persona con el acento granadino de García Montero y el timbre grave de dicción rotunda, para felizmente acompañar un cante íntimo, sentido por Rocío, casi imposible otro nombre de mujer en Huelva, fresco de la mañana y también Su Señora de Almonte, Márquez de apellido poético sin García, que lo pusieron Lorca y Montero, con un decir de clásica como un palo flamenco sin necesidad de desgarro, solo el vertido por las letras goyescas, populares y universales. Un verdadero espectáculo que lleva mucho recorrido y el ensamblaje resultó perfecto.

Concierto tras el desconcierto, «tu cinco y mi cuatro» reducidos a nuestro tres con par femenino para Volver, melodía de tango, imagen manchega de Almodóvar pero Puro Arte fusionando Rosa y Rocío, Torres con Márquez, mano a mano taurino incluso jugando con propios y artistas sobre la escena, Rocío Torres Montero clausurando con este cartel una temporada filarmónica gijonesa que ha apostado fuerte desde la renovada directiva buscando ampliar públicos, sumándose el Teatro Jovellanos que con este espectáculo «triangular» hace feliz a tantos omnívoros musicales como el que suscribe.

Herencia soviética

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Lunes 28 de mayo, 20:00 horas. Oviedo, Conciertos del Auditorio: Mischa Maisky (violonchelo), Orquesta Sinfónica Estatal de Lituania, GintarasRinkevičius (director). Obras de Respighi, Chaikovski y Bruckner.

Crítica para La Nueva España del miércoles 30, con los añadidos de links, fotos propias y tipografía:

Entre las vecinas Lituania y Letonia se organizó esta gira europea con parada en Oviedo, “La Viena del Norte”, la orquesta estatal fundada juvenil por Gintaras Rinkevičius (Vievis, 1960) para ir creciendo juntos en la capital Vilna, y el letón Mischa Maisky (Riga, 1948), verdadera figura mediática del cello bien apoyada por “el sello amarillo” y presumiendo haber sido alumno de Rostropóvich, con una primera parte preparada a la medida de este “santón” mimetizado con su cello de sonido increíble y procedencia desconocida para los mortales.

El Adagio con variaciones de Respighi lo tiene Maisky entre sus obras preferidas antes incluso de peinar canas, ideal en duración y protagonismo, de principio a fin, carácter melódico bien arropado por la orquesta lituana y su titular siempre atento al solista que era quien realmente mandaba, brillando con la claridad y brillantez aunque algo falta de intensidad de la partitura del compositor italiano, destacando la bellísima réplica del corno inglés.

Es imposible explicar cómo es la sonoridad rusa pero quienes hayan escuchado orquestas de la antigua URSS me entenderán. Las Variaciones rococó de Chaikovski sirven de ejemplo, desde el cello de Maisky al que el tiempo da rotundez y quita limpieza, hasta los lituanos en plantilla equilibrada para acompañar al letón con la cuerda empastada, sedosa, tensa y unida, de presencia uniforme, sumando una madera impecable y una trompa solista perfecta para no empañar la exposición de ese tema que tiene algo de británico con la melodía orquestada con la marca inimitable del compositor ruso. Estos mimbres armaron una interpretación puramente soviética en cada una de las siete variaciones, luciéndose todos, Maisky y Rinkevičius con sus pupilos, nombres de jugadores de baloncesto, poseedores de una técnica impoluta pero algo fríos, faltos de unas emociones que no se estudian, con detalles más que visión global. Probablemente las partes solas de Maisky fuesen las pinceladas sinceras de una velada más cercana al grabado que al óleo, aunque las líneas siempre estuviesen claras independientemente del grosor, y la exactitud en los cambios de ritmo digna de admiración.

El regalo tenía que ser también de Chaikovski tras las algo frías variaciones, y nada mejor que el aria de Lensky (de Eugene Onegin) cambiando tenor por cello de Misha, lo más cercano a la voz humana nuevamente revestida a medida por la sinfónica estatal lituana con Gintaras al frente en complicidad muy preparada.

Plantilla esperada en los antiguos soviéticos bálticos más que suficiente para la Sinfonía “Romántica” de Bruckner, su cuarta revisada varias veces (como el Chaikoski de las variaciones), número de catálogo WAB 104 y la única con subtítulo puesto por el propio compositor austriaco que jamás encontraba el resultado deseado, un auténtico “loco revisionista” nunca contento con sus obras sinfónicas. Cuatro movimientos inmensos e intensos de inspiración medieval, casi operística que hoy entenderíamos mejor desde el cine en blanco y negro, como los grabados de la primera parte. El primer movimiento se hizo eterno pese a los matices y dinámicas; el segundo Andante un placer en la cuerda siempre disciplinada, uniforme y presente; el Scherzo tercero una caza sin recompensa con buen protagonismo de los bronces, lo mejor y más romántico de esta cuarta; para el último Finale retomaron sombras y oscuridades con destellos de emociones trazadas con cierta contención en ese inmenso “tutti” orquestal conclusivo por el director fundador de esta sinfónica lituana que tiene calidad en todas sus secciones, con solistas acertados, amplia gama dinámica pero todo bajo el férreo control de Rinkevičius. Personalmente esperaba más pasión y menos contención sin negarles el respeto a la partitura (versión 1880), impecables los metales de sonido organístico brillando como los dibujos a tinta china cuyas sombras a base de finas líneas muy pegadas dan volumen sin color, aunque la riqueza de los grises tenga su propia dificultad. Romanticismo bruckneriano con cuerda brahmsiana para una cuarta bien cargada aunque descafeinada.

El regalo sorpresa tras dos horas largas, con prisas de despertador en parte del público, Libertango de Astor Piazzolla en arreglo sinfónico de tintes armenios para sacar a los percusionistas que no actuaron y reafirmar el virtuosismo orquestal (no entendí el acelerando enloquecido) que coloreó la bella fotografía original en blanco y negro del barrio de Boca para convertirla en Klaipeda, la ciudad portuaria de una Lituania europea pero todavía con herencia soviética, al menos en lo que a música se refiere. Con ella seguiremos para clausurar estos Conciertos del Auditorio el miércoles 13 de junio con la violinista georgiana Lisa Batiashvili y la Chamber Orchestra europea dirigidos por el franco-canadiense Yannick Nézet-Séguin.

Cuando la música fluye

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Viernes 25 de mayo, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo, «Orígenes III», abono 13 OSPA, Vicente Mascarell (fagot), James Ross (director). Obras de Ligeti, Mozart y Brahms.

El decimotercer concierto de la temporada de abono de la OSPA tendría al fagot como protagonista, primero con la conferencia en la sala de cámara una hora antes a cargo de John Falcone, Una breve e interactiva historia del fagot siempre amena, simpática (¡no es un oboe!), incluso trayendo un bajón barroco y hasta un trozo de madera para explicar el origen de este instrumento único, ampliando la historia breve con vídeos curiosos de este neoyorkino afincado en Noreña y enamorado del instrumento para el que Mozart escribiría su único concierto, que escucharíamos más tarde por su compañero Vicente Mascarell.
El título «Orígenes III» supongo haga referencia al genio salzburgués sin el que la música no sería la misma, junto a sus acompañantes Ligeti y Brahms de quienes mi admirada doctora Mª Encina Cortizo nos deja unas excelentes notas en el nº 20 de la revista (abril-junio de 2018) que recoge la página de Facebook© de la orquesta y dejo enlazadas en los autores al inicio de esta entrada.

Otro «descubrimiento» el director y trompista bostoniano James Ross, «amante de todo lo español, excepto las corridas de toros« con el que la formación asturiana demostró empatía y comodidad en las tres obras, mimando la sección que él conoce bien para que alcanzase cotas de calidad en empaste, sonido aterciopelado y hasta el guiño de poner fuera de escena a Morató en el Concierto rumano (1951) de György Ligeti que abría el concierto, la «trompa alpina» como excelente tarjeta de presentación para todos. Hubo momentos mágicos en la conjunción del folklore rumano con el lenguaje instrumental bien entendido desde el podio, la pulsación rítmica y las intervenciones de los solistas de la OSPA nos dejaron calidades totales en color, dinámicas amplias, sonoridades delicadas y presentes, especialmente la cuerda, homogénea desde los graves que comienzan la obra solos, bien seguidos por una madera en estado de gracia, unos metales siempre acertados y la percusión precisa como en ella es habitual, asegurando un empuje alegre y colorista. Si el tercer movimiento Adagio ma non troppo es el Ligeti que el cine haría popular (como recuerda Cortizo), los tres movimientos restantes rinden culto a sus compatriotas Bartók y Enescu, las danzas populares junto a la herencia judía traducidas en una interpretación óptima que quedó registrada para Radio Clásica.

Vicente Mascarell protagonizaría su momento como solista dando el paso al frente y demostrando la calidad de los músicos de esta orquesta de todos los asturianos, una oportunidad que el valenciano (entrevistado en OSPATV) no dejó escapar para brindarnos el bellísimo Concierto para fagot en si bemol mayor, KV 191/186E (1774) del genio de Salzburgo, único para ese instrumento que el siempre joven Mozart escribiría con esa peculiar marca de la casa, puro clasicismo que hace «cantar» al instrumento, aquí el noble fagot con Mascarell unificando color en todo los registros. Virtuoso, presente gracias a una concertación bien entendida por Ross que con María Ovín de concertino en esta partitura, comandó una cuerda aterciopelada, limpia, precisa y siempre dejando escuchar al solista. Las cadencias sonaron rotundas y brillantes, con un Andante ma adagio casi operístico, bien escoltado por el primer Allegro luminoso de reguladores controlados y el alegre Rondo: Tempo di menuetto final, verdadera delicia para un auditorio de nuevo con muchos huecos pero rendido a intérpretes y solista, que todavía nos regalaría una excelente «Zarabanda» de Bach.

El maestro Ross, también en OSPATV con Fernando Zorita, dirige con gesto claro pero enérgico, dejando fluir la música y «obligando» a los músicos a escucharse, contestarse unos a otros, empastar y empatizar, manteniendo un sonido propio que se ha logrado con muchos años y trabajo conjunto, cerrando con la Serenata nº 1 en re mayor, op. 11 de Brahms una velada agradecida. Optar por esta obra en vez de cualquier otra sinfonía permitió volver a disfrutar de toda la orquesta, suma de intenciones e intervenciones, seis movimientos llenos de la firma del hamburgués cual esbozados homenajes a los grandes Haydn o Beethoven, sinfonistas con un mimo casi camerístico pese a la instrumentación «ampulosa» por la que Brahms optó para esta serenata. El uso acertado del viento con unas trompas afinadas al fin además de melódicas en sus fraseos, junto a las combinaciones instrumentales especialmente de la madera (un auténtico placer escuchar y ver cómo la interpretaron), hicieron brillar aún más una cuerda bien templada, tersa a la vez que dulce, limpia, unida, equilibrada en cellos y contrabajos, impregnando de calidad una versión que James Ross entendió con la delicadeza necesaria y el ímpetu docente que no mengua con los años.

Obra exigente a nivel global que el norteamericano entendió con dinámicas variadas buscando el dramatismo romántico aunque se quedase algo corto en fuerza pero melódico a más no poder, claro en las exposiciones, atento a los protagonismos de cada solista como hizo notar en los merecidos aplausos finales, levantando secciones completas por ese resultado de conjunto que volvió a dejarnos lo mejor de la OSPA sonando como el maestro Ross quiso en todo momento, disciplinada.

Quedan los dos últimos conciertos de junio con el regreso de Milanov para cerrar temporada (de la que se ha caído y pospuesto el estreno de López Estelche con Adolfo Gutiérrez Arenas), esperando sean más de «MasterChef» que «Pesadilla en la cocina«, tocando madera para conocer pronto el próximo curso 2018-19 que muchas otras formaciones y entidades ya han hecho públicas.

La orquesta universitaria en Mieres

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Domingo 20 de mayo, 20:00 horas. Auditorio «Teodoro Cuesta», Mieres: Orquesta de la Universidad de Oviedo, Maximilian Von Pfeil (chelo), Pedro Ordieres (director). Obras de Beethoven, Tchaikovsky y Schubert. Entrada gratuita.

Agenda apretada la de este domingo veraniego con la mañana de Primavera coral infantil a cargo de la Fundación y el Corín local (que me perdí por ser las fiestas de Santa Rita en mi aldea de Siana), y tarde sinfónica que hacía años no teníamos, con la Orquesta de la Universidad de Oviedo para recordar que en Mieres también hay Campus desde hace muchos años y seguimos reivindicando el mantenimiento de unas instalaciones infrautilizadas, capaces de seguir creciendo en titulaciones.

La labor universitaria de acercar la cultura a toda la sociedad también incluye la música, con un coro que no nos visita hace años, y desde un «avance» en las Navidades de 2016 para repetir en las pasadas cosolidándose en este curso académico, una orquesta también universitaria dirigida por Pedro Ordieres dando el relevo a su padre Alfonso Ordieres Rivero, presente y feliz en el auditorio mierense con su esposa, fundador allá por 1979 de la entonces pionera en España como tal orquesta universitaria, felizmente recuperada y que en tan poco tiempo, pero con la ilusión sumada al talento, está ofreciendo conciertos de calidad. En Mieres se presentaban con un programa de altura, ideal en la formación de intérpretes y público, bien adaptado a una plantilla que espero ver crecer cada curso, pues no hay muchas oportunidades de tocar en orquestas y la universitaria ofrece algo único que además revierte en beneficio de todos.

La Obertura «Egmont», op. 84 (Beethoven) sonó clara, precisa y poderosa, rica en matices, valiente en los tiempos y contrastes, dejando el sonido impregnando los silencios para marcar dramatismos inherentes a la partitura del sordo genial, con un Ordieres dominando toda la paleta expresiva que sus músicos asimilaron por claridad en el gesto y experiencias compartidas, contando con Fernando Zorita de concertino y una buena sonoridad en la cuerda así como en las secciones de viento, tanto la madera como el metal.

Contar con Maximilian von Pfeil de violonchelo solista para las Variaciones sobre un tema Rococó, op. 33 (Tchaikovsky) es un verdadero lujo, trasciende el compañerismo para disfrutar con La Música, con mayúsculas, implicado en este proyecto con la misma calidad y entrega que en otros compromisos profesionales. Ante una obra exigente para todos por los continuos cambios de ritmo, compás, tempo, intención y todo lo que cabe en la forma así conocida como variaciones, siete más la coda, complicidad entre todos dejó una versión de altura. El sonido y profundidad del alemán con un instrumento penetrante, de sonido hermoso y presencia absoluta en sus solos ponen la piel de gallina, como en la variación quinta; estuvo bien contrapesado por una orquesta empastada, escuchándose para unificar intenciones, atentos unos a otros (excelentes clarinete y flauta) con total respeto por esta maravillosa composición del ruso para lucimiento del chelo que aún fue mayor por la feliz conjunción instrumental global, bisando como regalo la sexta variación con la cuerda en pizzicato y la madera aún mejor que la primera vez.

Y el sinfonismo siempre tendrá una deuda con Franz Schubert cuya Sinfonía nº 8 «Incompleta» sigue siendo maravillosa de escuchar y supongo que de interpretar, tanto en los atriles como desde la batuta. Dos movimientos que saben a poco pero capaces de emocionar a una audiencia que respondió a esta llamada orquestal. Las bases románticas de una forma que viene del clasicismo y que Beethoven junto a Schubert empujarán para llenar todo el siglo XIX, dejando una herencia y modelo todavía vigente. La «Incompleta» sonó redonda, rica, contrastada, saboreando las intervenciones solistas (muy bien el oboe) y con una cuerda, especialmente la grave (Maximilian se unió a los chelos), flexible y compacta, melódica bien subrayada por Ordieres, con las dinámicas en el punto justo de equilibrio entre lo poco superfluo y lo mucho principal en la música del vienés. Satisfacción completa para este domingo al fin primaveral donde la banda sonora la puso esta orquesta que espero pueda seguir disfrutando y crecer, pues con estos mimbres ya se puede armar un concierto excelente, así que imaginarme metas más altas es de lógica.

Educar divirtiendo

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El proyecto Link Up! del Weill Music Institute a través del Carnegie Hall es lo mejor que pudo traernos a la OSPA el todavía titular Rossen Milanov desde Nueva York, tras conocerlo de primera mano con la Orquesta de St. Luke y Civic de Chicago, siendo los primeros fuera de EE.UU. en sumarnos a esta propuesta que completaba su sexta edición en Asturias, cerrando por segunda vez el ciclo trianual compuesto por «La Orquesta Se Mueve«, «La Orquesta Canta» y «La Orquesta Rock«, conceptos algo engañosos por la traducción literal y si se desconoce el objetivo de cada uno de los programas en los que he tenido la suerte de participar como docente con el IES «El Batán» de Mieres  desde el primer año. Mover emociones y músicas, cantar melodías y el ritmo como necesidad vital a través de obras clásicas y actuales donde el propio alumnado es parte activa de los conciertos.
Cada curso se van sumando colegios e institutos de toda la región (también Navarra o Extremadura) con una demanda creciente cada año que obliga a aumentar las sesiones e incluso dejar fuera a tantos interesados que seguimos creyendo en la música como materia necesaria en la educación integral y la única manera de sembrar para recoger, acercar una orquesta sinfónica a las edades donde es tan importante formarlos para alcanzar un futuro más enriquecedor, así como pensar en el público que acudirá a los conciertos desde estos preparados para ellos con una escucha responsable donde participan y disfrutan el trabajo de todo un curso adaptado a todos los niveles desde Primaria a 2º de Secundaria.

Las cifras de este 2018 son para impresionar, además de todo el complejo organizativo de orquesta, personal del auditorio, Protección Civil, Policía Local, así como el trabajo previo desde comienzo de curso con dos encuentros de profesores con los responsables y el envío de libros para los estudiantes más las guías del profesorado, un material de calidad que muchos utilizamos a diario en nuestras aulas. Desde el martes 15 al viernes 18 de mayo, 4 días, 8 sesiones, casi 9.300 asistentes, 8.801 alumnos y 577 profesores de 134 centros docentes en 67 localidades asturianas, con un total de 400.000 mil estudiantes en dos continentes entre los que Oviedo y Asturias forman parte de este mapamundi de la pedagogía musical.

Conocedor de los tres proyectos debo reconocer que el más corto y con menor exigencia de participación es este de «La Orquesta Rock» aunque como en todo concierto cada uno es distinto para músicos y alumnado, dependiendo del horario (10:30 o 12:00 horas) así como de lo rodado a lo largo de los cuatro días y la siempre sorpresiva reacción de públicos tan diversos.

El proyecto que llegó hasta Asturias comenzó liderado por el santanderino Gustavo Moral que continúa ligado a este mundo de la didáctica musical, siendo su labor continuada por Ana Hernández, «La Sanchiz« desde el año pasado y contando con las voces habituales de Sonia de Munck (soprano), Beatriz Lanza (mezzo) y Julio Morales (tenor), este año bajo con dirección de la debutante joven maestra sevillana Irene Gómez-Calado, a la que podemos escuchar entrevistada por Fernando Zorita en el canal OSPATV.

La sintonía casi himno de Link Up! es el tema de Thomas CabannisCome to Play, «Ven a tocar» que es el único en común a los tres programas («La Orquesta Swing» creo que no llegaremos a disfrutarla por novedosa y exigencias orquestales distintas), y desde el segundo año ya tuvo una mejor traducción al castellano, siendo de los pocos temas donde no se ha mantenido el idioma original, sea francés, portugués e incluso latín, pues en todos ellos se ha cantado. Niveles distintos, tres voces para cantar o tocar con la flauta, alternando incluso, y emocionante comprobar que quienes repiten ya lo dominan casi mejor que la directora, obligada a retomar la impresionante pulsación que empuja desde un auditorio ocupado por cientos de educandos musicales, que primero se entretienen con pasatiempos relacionados con el proyecto proyectados en la pantalla gigante sobre la orquesta, el auténtico atril digital sobre el que convergerán todas las miradas, mientras se van ubicando en las localidades y hacen la ola como hooligans de la música o les jalean desde el escenario en el tiempo que tardamos en prepararnos antes de comenzar el concierto, afinando e ir reconociendo las distintas familias orquestales. Sigue poniendo la piel de gallina escuchar más de mil flautas y voces con la OSPA en este himno de Link Up!.

Lo que impresiona sobremanera es el O Fortuna (C. Orff) de los «Carmina Burana» que el propio compositor y pedagogo hubiera firmado aunque se repita la estrofa por no añadir más texto latino. La enorme cantata con niños y adolescentes no tiene parangón como tampoco la forma de trabajarlo y recrearla con la OSPA y Gómez-Calado en el podio. Si la dinámica es «in crescendo» para llegar a la última estrofa fortísima y ese calderón final para perder la respiración, puedo asegurar que la emoción aún es mayor tanto escuchándola con tu alumnado como evadiéndote unos instantes y ejercer de mero espectador, retomando el papel infantil que llevamos para disfrutar con la música divirtiéndome.
El primer momento sinfónico para entrenarse en la escucha tras un análisis formal e incluso biográfico en muchas clases previas llegaría con Chaikovski y la Sinfonía nº 4 en fa menor de la que disfrutamos el cuarto y último movimiento (Allegro con fuoco) verdaderamente fogoso en sus 293 compases, disfrutando con la visión de los instrumentistas en pleno trabajo, las dinámicas bien marcadas por la maestra andaluza, y las impagables caras de unos niños y adolescentes que se estrenaban ante semejante masa orquestal.

Los compositores actuales también tienen cabida junto a experiencias minimalistas como In C (Tierry Riley) que da vía libre a una creatividad e improvisación permitiendo variar cualquiera de los siete modelos propuestos. La apuesta por estas fórmulas casi debería llevarse al gran público que todavía considera «demasiado modernas» obras como las del compositor enamorado de las músicas orientales.
Nuevo momento de escucha y dejando volar la imaginación, no solo a Los Planetas o el elegido Marte (G. Holst) sino a guerras galácticas, erupciones volcánicas o guerras de barcos piratas por películas previas del alumnado sin olvidarse de ostinatos rítmicos, diseños melódicos o familias orquestales protagonizadas por la OSPA.

Todavía faltaba un impresionante Bolero (Ravel) que pasa por todos los escalones previstos en Link Up! «enganchándonos» de todas las formas posibles: ritmo eterno, ostinato melódico, melodía en flautas u otros instrumentos (había alumnos con guitarras, violines, clarinetes…) y hasta una letra en castellano que va guiándoles en la impresionante orquestación del francés sumando una coreografía esta vez sin necesidad de levantarse de las butacas, que mis alumnos presumieron de completarla en mejores condiciones que muchos vecinos.

Y como el adjetivo «rock» de la orquesta más allá del propio ritmo intrínseco, la sorpresa con la Banda Académica Torner interpretando el conocido We will rock you de Queen
que no necesitó presentación ni preparación, el conocido ritmo «Chum-chum-pá» con pies y palmadas jaleando al grupo con vocalista de bigote estilo
Mercury y el inmenso coro juvenil al que se sumaron muchos «sinfónicos» para cerrar esta orquesta rock donde el Ven a tocar resonó de propina para volver a citarnos el próximo año.

La vuelta en el autobús resultó la prolongación del auditorio con ganas de repetir el próximo año, inocentes y ajenos a los avatares económicos, políticos y sociales de una sociedad que debe recuperar muchos valores presentes en el aula contra viento y marea del acontecer diario. Educar divirtiendo, pasándonoslo bien alumnado y profes, que aún nos sentimos niños, demostrando que el latín no está muerto y también resuena por los pasillos del instituto convirtiendo el O Fortuna en un éxito mayor que el de unos eurovisivos de capa caída, imagen errónea de los valores de una generación distinta que entiende la música como banda sonora en una España demasiado narcisista e individualista, a pesar de los avances digitales, acompañando unas vivencias demasiado lejanas para nuestros dirigentes. No vendría mal que tomasen nota de estos eventos importantes para un futuro no tan lejano…

La belleza del cuarteto

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Miércoles 16 de mayo, 20:00 horas. Teatro Jovellanos, Sociedad Filarmónica de Gijón, concierto 1.602, «Grandes cuartetos de cuerda II»: Cuarteto Quiroga. Obras de Bartók y Schubert.

Un cuarteto de cuerda es un organismo múltiple que funciona con un solo corazón, todo encajado al milímetro y dotado de un alma intangible que surge de la unión de virtuosos en cada instrumento capaces de sentir como uno. No hay muchos cuartetos así, pues a menudo se juntan cuatro músicos, mejores o virtuosos, incluso grandes solistas, pero la diferencia entre el verdadero y el ocasional reside en un trabajo muy duro a base de compartir gustos, dialogar en el amplio sentido del verbo, consentir, ceder para crecer y a fin de cuentas convivir para disfrutar felices.
El Cuarteto Quiroga es como una familia que funciona todos a uno, la unión hace la fuerza, encuentros bien programados y conciertos que exceden el ámbito puramente musical para convertirse en una reunión de afectos compartidos. Sus discos reflejan también todo este ambiente y trabajo previo antes de registrarse para convertirse en algo atemporal, pero su directo siempre es irrepetible.

Aitor Hevia, Cibrán Sierra, Josep Puchades y Helena Poggio volvieron a recordarnos la belleza del cuarteto, no solo la musical que puede provocar un «Síndrome Quiroga«, sino también plástica, visual, una verdadera danza de arcos y cuerpos fundidos con cada instrumento, respiraciones al unísono, compases hirientes y silencios profundos, sosiego tras la tensión para un espectáculo único de feliz conjunción a cuatro para alcanzar momentos mágicos. Una breve gira por Gijón, Avilés y Lugo con dos páginas increíbles, difíciles, esforzardas, que interpretan con ese sello único, el segundo de Bartók y el decimocuarto de Schubert.

Dejo aquí arriba escaneadas las notas al programa de Andrea García Torres para centrarnos en la génesis previa a la escucha, si bien Cibrán Sierra, estudioso de este género y formación histórica, nos habló antes de comenzar sobre el nexo entre ambas compositores y las obras elegidas, que podría parecer extraño pero no lo fue haciéndonos ver el nexo común de la inspiración en el folklore y lo popular, la música de la tierra, Terra como su último disco donde aparece el mismo «cuarteto gijonés», la inspiración de Bartok y Schubert en sus países y viajes, también la de los intérpretes en este viaje sin retorno.

El Cuarteto nº 2, Op. 17, Sz. 667 de Béla Bartók es de una exigencia total desde el primer compás del Moderato inicial, el hilo sonoro que va tomando cuerpo, creciendo, fundiendo sensaciones, ritmos, fraseos, ligaduras, matices extremos desde una ternura ingenua a la tensión dramática, unidad y variedad en ese instrumento único del cuarteto de cuerda, percibiendo cada uno y el todo, tomando palabras del libro de Sierra, un viaje a la dinámica interna del cuarteto de cuerda. El Allegro molto capriccioso. Prestissimo eleva las exigencias para los intérpretes y el público, ritmos centroeuropeos, juegos tímbricos, esfuerzo compartido, pulsación con razón, complicidad permanente para afrontar este «capricho» que hace posible lo imposible hasta en los guiños cómicos de cada componente, frases intercambiadas, diálogos a pares, empuje unitario en pasajes a unísono increíblemente y perfectamente encajados. Y terminar con el Largo de cortar la respiración, ese «cuarteto como conversación» que «Los Quiroga» regalan en cada concierto, volver al hilo inicial que se deshace tenue y rasgado con delicadeza, colores ocres como la tierra seca llena de esa belleza del húngaro que el cuarteto eleva a obra maestra, pinceladas combinadas en cada instrumento, en cada tesitura, formando una estampa uniformemente variada, magia de maestros.

En su libro el profesor Sierra escribe sobre cómo construir una interpretación o cómo se configura el carácter de grupo, pero no solo la teoría sino desde la práctica docente y real con este cuarteto que surgió en Llanes, se precocinó unos años antes en este mismo escenario de Gijón entre el gallego y la madrileña (como recordaba el orensano) en aquellas concursos de Juventudes Musicales, y acabó convirtiéndose en este cuarteto que triunfa merecidamente allá donde va, creciendo su fama en igual medida que su calidad por la convivencia de este ser vivo irrepetible solamente posible por un mismo latir que rompe barreras y distancias.

El Cuarteto nº 14 en re menor D. 810 «La muerte y la doncella» (Franz Schubert) es probablemente de las partituras camerísticas del vienés más utilizadas en el cine, haciéndose por ello popular pero que nunca cansas de disfrutar en vivo. Tras el Bartók de la primera parte, el Cuarteto Quiroga afrontaría esta segunda retrocediendo en el tiempo pero avanzando en hondura, madurez y sentimiento. Siguen asombrando por la precisión corpórea en unísonos, la unidad tímbrica del grupo sin renunciar al papel individual, el ímpetu y tensión puntual, mantenida hasta el último golpe de arco, los pianissimi unificados como si de un solo instrumento se tratase, magia y trabajo del cuarteto, los planos en su sitio con sutileza, sin brusquedad, el balance ideal que pasa del papel al instrumento y de éste al público. El Allegro luminoso, cómplices a pares, brillante y aterciopelado, el Andante con moto cantado y variado, agitación con terrores que la música subraya; ritmo puro como la forma Scherzo (Allegro molto) buscando plasmar desesperación, agonía, belleza en el centro, detalles extremos para disfrutar del colorido cuarteto, tan usado en el cine, antes de enlazar con el Presto virtuoso, mágico, desenfrenado, tempestad que todavía corre hasta la muerte final exacta, casi la de Aitor y un arco de guadaña, tal resultó la entrega que tuvo la recompensa de unos larguísimos aplausos por parte de un público respetuoso que casi llenó el coliseo del paseo de Begoña.

Aún hubo tiempo y fuerzas para un villancico, la Panxoliña para o Nadal de José Pacheco, del archivo de Mondoñedo con aires vecinos de muñeira que el Cuarteto Quiroga hace eterno lo popular cuando se interpreta y siente como ellos saben. Un concierto que a la salida muchos pedían repetirse en la próxima temporada de la que ya hay avance (Juan Pérez Floristán, Cuarteto de Leipzig, Emilio Moreno y Aarón Zapico o una Gala Lírica Asturiana con Beatriz Díaz y Alejandro Roy acompañados por el maestro Álvarez Parejo). Espero seguir contándolo desde aquí…

Y al séptimo descansó

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Domingo 13 de mayo, 19:00 horas. Conciertos del Auditorio, Oviedo: Sandrine Piau (soprano), Hugo Hymas (tenor), Alex Rosen (bajo), Les Arts Florissants, William Christie (director). Haydn: La Creación, Hob. XXI:2 (1798).

Domingo de fiesta tras una semana musical increíble, frío en la calle a pesar de las fechas y calor en el auditorio para recibir al Maestro William Christie con su formación (coro de 27 voces incluido) y un joven trío de solistas donde destacaría especialmente el barítono-bajo británico, para interpretarnos el maravillo oratorio de Haydn Die Schöpfung (La Creación), que mi admirado Ramón Sobrino disecciona y explica en las notas al programa. Hubiera sido de agradecer incorporar los textos aunque tuvimos la traducción en sobretítulos que nos iba guiando y ayudando a comprender y comprobar el paralelismo entre música y palabra, descripciones instrumentales casi literales subrayando la importancia del texto, cantado en alemán como en esta versión (aunque también en inglés), a partir de unos textos de un desconocido Mr. Lidley basado en el Génesis con interpolaciones de El paraíso perdido de Milton, homenaje subyacente al Händel londinense tras el regreso a Viena de «Papá Haydn«.

No voy a descubrir a la formación del maestro norteamericano nacionalizado francés en sus casi 40 años de historia y casi el centenar de grabaciones, que sigue preparando y descubriendo músicos tanto en Francia como en la Juilliard School de Nueva York con la idea de ir renovando desde dentro, plantar para recoger, unir dos mundos, promocionar nuestra música barroca y clásica en el país más ávido de ella. Coro y orquesta con instrumentos de época donde los problemas de afinación fueron este domingo más de los deseados, especialmente en las maderas (las flautas debían tener otro diapasón) mucho más que en los metales, con el primer violín Hiro Kurosaki (al que descubrí con La Ritirata) comandando una amplia formación ideal para este oratorio y con un bajo continuo homogéneo formado por chelo, contrabajo y fortepiano (Marie Van Rhijn).

Organizando los 32 números musicales en tres partes (14+12+6), la primera nos dejó en el día cuarto, para retomar el quinto tras el descanso. Tras la solemne obertura La representación del caos fueron apareciendo los diferentes capítulos creativos en cada día, con los arcángeles Gabriel (soprano), Uriel (tenor) y Rafael (barítono) alternando recitativos acompañados, arias y coros. Christie sigue siendo referente con su formación, destacando en todo momento un coro bien equilibrado en sus cuerdas, de volumen suficiente para los tutti y delicado cuando así lo exigía la partitura, coro celestial o pueblo que canta «Aleluya» y «Amen». Vibrantes literalmente en el nº 11 “Stimmt auf die Saiten” (¡Tomad las liras y haced vibrar sus cuerdas!), vigorosos en los finales del día quinto (nº 19), de la segunda parte (nº 26) y en el último “Singt dem Herren alle Stimmen” (¡Que todas las voces canten al Señor!).
De la orquesta los apuntados problemas de afinación que no restaron calidad global, siempre atentos al maestro que marca todo con todo, manos, cuerpo, pies, hombros… buscando la respuesta adecuada. Mejor la cuerda y los metales naturales, problemas en la madera y algún golpe de timbal fuera de lugar para demostrar que son humanos y el directo no tiene trampa. El maestro mimó al trío solista y dejó libertad al bajo continuo en los recitativos marcando lo mínimo, más preparando que entrando, para volcarse con una partitura que recrea cual sumo hacedor musical.

De los jóvenes solistas un auténtico descubrimiento de William Christie con Juilliard415 el bajo, o mejor barítono-bajo, Alex Rosen como un convincente Rafael, pues las notas graves eran las de un barítono de amplia tesitura, poderoso en el agudo y algo corto de volumen en las más graves pero con excelente proyección, interpretando los textos como exige un oratorio, y un color hermoso que empastó a la perfección con la soprano, especialmente en el último dúo como Adán y Eva, nº 29 y 30 (“Holde Gattin, dir zur Seite”, ¡Amada esposa! A tu lado). Tomo nota para seguir su trayectoria, que de no torcerse seguro le dará largo recorrido.

Un escalón inferior el tenor británico Hugo Hymas, corto de volumen al que se «comieron» en los tríos o cuando cantaba con el coro, pero con esa forma tan inglesa en emisión, fraseo, bonito color y buena dicción. Su Uriel sonó más como evangelista bachiano que como arcángel, demasiado contenido y asegurando afinaciones más que disfrutar con su papel, si bien los recitativos resultaron encajados.

La soprano francesa Sandrine Piau no decepcionó ni como Gabriel, con unas arias hermosas para lucirse (nº 5 “Mit Staunen sieht das Wunderwerk”, La hueste de los bienaventurados, o la nº 9 “Nun beut die Flur das frische Grün”, Ahora los campos presentan un fresco manto) ni tampoco como Eva en la parte final a dúo con Adán. Domina el repertorio barroco por técnica y voz, expresa bien los textos, sus recitativos son creíbles y acertados, las arias bien cantadas y los concertantes perfectamente empastados con el coro, pero sobre todo con el barítono americano.
Añadir para el último cuarteto a una mezzo del coro que se sumó a los solistas (nº 32 “Singt dem Herren alle Stimmen“, ¡Que todas las voces canten al Señor!) para el apoteósico final.

Una semana de ensueño esta mía que arrancaba el jueves barroco y terminaba este domingo casi con las palabras de Eva y Adán que podría dedicar a la música:

Junto a ti aumenta cada gozo,
junto a ti disfruto doblemente,
junto a ti la vida es alegría.
¡Que todo a ti esté consagrado!

Séptimo día de esta creación, verdadera recreación con estas formación francesa que solo para en Oviedo («La Viena del Norte) y Barcelona, otro tanto a favor de la oferta musical en la capital asturiana con mucho donde elegir y donde la llamada «música culta» es referente mundial, por si alguien lo dudase.

Esencias de mujer

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Sábado 12 de mayo, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo, Jornadas de Piano «Luis G. Iberni», Maria João Pires (piano), Orchestre de París, Daniel Harding (director). Obras de Beethoven y Brahms.

Maria João Pires dice adiós a los escenarios y comenzó su despedida en Oviedo, nuevamente «La Viena del Norte», con la mejor clausura posible de estas jornadas de piano que llevan el nombre de Luis G. Iberni, seguro que feliz y orgulloso allá donde esté.
Lleno para seguir haciendo historia en esta nueva visita a la capital del Principado (tercera de las cinco programadas) en compañía de la Orquesta de París con otro que repetía en el Auditorio, el excelente director británico Daniel Harding tras hacerlo en 2012 con la Mahler Chamber Orchestra (en otro programa donde Beethoven y Brahms también fueron protagonistas) y 2014 al frente de la Filarmonica della Scala cerrando aquella temporada. La tercera visita por tanto de dos grandes que se van, «la Pires» de los conciertos y Harding de la dirección (rumores sin confirmar) en un concierto memorable, emocionante, magistral al conjugarse todos los elementos para hacerlo grande y siempre irrepetible.

El Concierto para piano y orquesta nº 3 en do menor, op. 37 de Beethoven supongo consensuado con la portuguesa (estaba previsto el Emperador) puesto que orquesta y director ya lo han interpretado recientemente mientras La Pires lo tiene hace tiempo «en dedos», necesario y habitual para una mozartiana como ella este tercero que resulta ideal por el tránsito entre dos estilos (clásico y romántico) que domina como pocos intérpretes.

El inglés Harding siempre claro en gesto e ideas controlando una orquesta perfecta para concertar con la lusa Pires, frágil y menuda de apariencia pero mandando sin esfuerzo, tal es el grado de magisterio sentada al piano. Un recorrido vital en los tres movimientos, el Allegro con brio literal, primero las amplias credenciales orquestales, casi sinfónicas, a continuación el piano marcando ideas, fusionando todo en un fluir natural con una concertación cuidada de equilibrio, planos y dinámicas al servicio de la solista siempre presente, clara en la exposición, arpegios verdaderas perlas, cromatismos impecables, trinos de ensueño, fuerza arrebatadora y delicadeza angelical, el espíritu de Beethoven imbuyendo esta joya de partitura. El Largo íntimo, meditativo, noctámbulo, solitario antes de la orquesta refinada sumando emociones y recuerdo al mejor Mozart, los silencios luminosos, delicadeza instrumental incluso en las trompas, con poso en el grave y diálogos de sabios, siempre el piano sobrevolando diáfano… y finalmente el Rondó: Allegro, aires de danza, alegría frente al dramatismo, luz venciendo sombras, el foco sobre Pires abriéndose pletórica con una orquestación diáfana, encajando los ritardando, «cayendo» siempre a tiempo, la perfección con un Harding respetuoso y nunca sumiso a la leyenda portuguesa.

Un Beethoven para el recuerdo y no podía haber otro para el regalo, cercano al Largo anterior el Adagio Cantabile, segundo movimiento de la Sonata nº 8, op. 13 «Patética», elección de la calma tras la tempestad, volver a la luz tenue y madura cual reflexión pianística de compositor e intérprete, propina nada habitual como tampoco lo es ella, Maria João Pires, una grande que tiene su sitio en el olimpo de las 88 teclas y pudimos volver a disfrutarla en su plenitud. Larga vida y felicidad en esta nueva etapa que emprende y gracias por tanto como nos ha dado.

La Sinfonía nº 3 en fa mayor, op. 90 de Brahms desplegaba toda la plantilla de los parisinos, un ejército sonoro por efectivos que el mariscal Harding, titular desde hace dos años y parece que con tensiones porque en todas las familias suele haber discrepancias, llevaría con mano firme los cuatro movimientos, bien contrastados, flexibilidad romántica reteniendo los tiempos para así disfrutar de la sonoridad orquestal en todas sus secciones, perfectas todas ellas (un espectáculo por momentos observar al clarinete principal «pugnando con sus vecinos»), sinfonía que jugó entre la claridad de los temas y el ímpetu en los desarrollos, sobre todo en los movimientos extremos frente a la sensualidad y delicadeza del conocido Poco allegretto que mis amistades recuerdan en sus versiones para el cine y hasta en «recreaciones pop» como la de Los Sonor. La Orquesta de París y Harding nos dejaron una tercera muy especial que me recordó, salvando las distancias, la de Bernstein con los vieneses.

Y el regalo orquestal, muy del gusto de Lenny y con reminiscencias del pianístico adagio, el bellísimo «Nimrod«, noveno número de las Variaciones Enigma (Elgar), calmado, casi con igual inspiración que el «patético» y hermoso de Beethoven, delicadeza en una cuerda poderosa emergiendo desde lo más hondo y el viento casi susurrando dentro de una orquesta «in crescendo» entregada a Harding con melodías que emocionan en un sábado cargado de recuerdos, «Libre pero feliz«.

Más noches de cuento

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Viernes 11 de mayo, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo, «Música y literatura III», abono 12 OSPA, Pablo Sáinz Villegas (guitarra), Jaime Martín (director). Obras de Kodaly, Rodrigo y Rimsky-Korsakóv.

Érase una vez una princesa asturiana que fue creciendo sana y robusta hacia una madurez plena, hermosa, tras haber enviudado y divorciado varias veces, algo normal en tiempos modernos, uniéndola de nuevo con un noble cocinero búlgaro tras dos años de búsqueda donde la felicidad parecía brillar en un reino sin prisas. Entonces desfilaban por palacio pretendientes con futuro, algunos ideales pero poco raudos para evitar el compromiso en otras cortes, así que la elección del centroeuropeo nos dejó algo inquietos. Al principio parecían quererse tras el breve noviazgo, pero faltó la química que nunca hubo del todo, las recetas nuevas nunca compensaban la cocina tradicional que solía desgraciar cuando entraba en la cocina, así que la desgana pareció apoderarse de él atendiendo otros fogones, así que en las obligadas ausencias cada visita de invitados a la casa eran una verdadera fiesta que hacían olvidar los malos tragos, los sinsabores y hasta las pesadillas con las que solía despertarse nuestra amada princesa. La última alegría vendría con la segunda visita de un conde de la vecina Cantabria y la primera de un famoso juglar riojano emigrado a ultramar, que hizo las delicias de todos los asistentes, dado el cariño y mimo hacia la princesa así como el buen entendimiento entre el noble y el joven para con la anfitriona, dejándonos otra noche para el recuerdo intentando alejar la vuelta a casa del marido…

El cuento está incompleto para no extenderme y con el final por escribir. El duodécimo programa de abono volvía con el matrimonio entre música y literatura, básicamente por esos cuentos de las mil y una noches que me hicieron tontear al inicio de esta entrada como otro escritor, aunque este género nos siga dando joyas literarias y trascienda lo infantil pese a la mala prensa que el oficio de «cuentista» ha tenido.
No quiero chismes llamados cuentos ni mentiras adobadas de «pseudoverdad», mejor retomar el carácter didáctico que siempre ha tenido esta literatura, donde los recuerdos tanto de infancia escuchando como adultos contándolos enlazan con la idea musical de cuento, del verbo contar, narrar, que por tradición y transmisión nunca suenan igual ni los sentimos igual.
Tres obras conocidas por un público que retornaba a las buenas entradas en la sala, donde el director Jaime Martín cual narrador de historias volvía a transmitirnos su talento igual o mejor que hace dos años, contando con otro Pablo para la historia de la música, Sáinz Villegas (Logroño, 1977), un guitarrista español que triunfa en el país de las oportunidades (de momento) llevando con humildad su guitarra a los desfavorecidos con la misma entrega que a espectantes melómanos de todo el mundo y a las escuelas donde se debe sembrar para recoger en un futuro siempre incierto con todo el amor y dedicación, ideal conjunción de invitados para que nuestra OSPA brillase, disfrutase y nos hiciese felices a todos como en el final de (casi) todos los cuentos.

Las Danzas de Galanta (Zoltan Kodaly) son como el fondo de armario de nuestra OSPA y normalmente sinónimo de éxito por la brillantez de su música que hace lucirse tanto a nuestros habituales solistas como a los distintos directores que disfrutan con la formación asturiana. El maestro santanderino volvía a demostrar no solo talento sino empatía y respeto por la partitura con unos intérpretes a los que dejó fluir (impresionante el clarinete de Andreas Weisgerber), contagiando alegría y emoción para estas páginas zíngaras en el recuerdo infantil del compositor húngaro, donde el ritmo impulsó una sucesión de bailes llenos de color a lo largo de las cinco danzas enlazadas. Maravilloso el sonido logrado, de nuevo la cuerda tersa, presente incluso en los graves (por fin) y la madera primorosa.

La mejor imagen de nuestro país sigue siendo la guitarra que creció de vihuela y morisca hasta ser directamente española, gracias a tantos compositores que escribieron para ella, especialmente Boccherini por elevarla otro peldaño, si bien tardaría demasiado tiempo en recuperar el papel «culto» pese a la amplia literatura a ella dedicada, dejándola en manos flamencas e incluso populares sin mayores aspiraciones artísticas, decantándose por lo lúdico además de accesible. Todavía en nuestros días la guitarra española sigue asociada a los gitanos, autodidactas increíbles, y sobre todo a la auténtica leyenda del siempre recordado e irrepetible Paco de Lucía. El espaldarazo como instrumento de concierto con orquesta lo darían, con distintas circunstancias políticas, Salvador Bacarisse (Madrid 1898 – París 1963) y Joaquín Rodrigo (Sagunto 1901- Madrid 1999), siempre unidos a intérpretes de reconocido prestigio como Narciso Yepes o Andrés Segovia que darían popularidad y galones a nuestro instrumento por antonomasia, así como a las muchas y hermosas páginas a ellos dedicadas, sin olvidarnos que el algecireño aprendió a leer música para poder interpretar con toda la fidelidad a Falla y al propio Rodrigo.

Pablo Sáinz Villegas ha tomado el relevo de los grandes y su interpretación de la Fantasía para un gentilhombre (1954) de Rodrigo alcanza la plenitud interpretativa esta vez con la OSPA y un Jaime Martín concertador excelente, dejando fluir la música, haciendo escucharse unos a otros, con una guitarra sin necesidad de amplificación pero con una claridad y armónicos ideales, fundida sin competir con la orquesta, felices encuentros entre trompeta con sordina y piccolo, junto a una limpieza en la ejecución que consiguió momentos mágicos de silencio, tan necesario para el disfrute como el propio sonido. Los dedos del riojano son espectáculo en sí, punteando, rasgueando, subiendo y bajando el mástil, percutiendo sobre el golpeador… Si en la entrevista para OSPATV nos encandiló, su guitarra enamora desde el primer acorde. Asombrosa la proyección a toda la sala sinfónica y ejemplar la comunión con maestro y orquesta. Gaspar Sanz elevado al firmamento sinfónico del siglo XX por dos nobles como el valenciano Marqués de Aranjuez y su destinatario jienense Marqués de Salobreña, otro cuento universal, «gentil», con mucha historia española donde la música siempre ha estado presente.
No solo virtuosismo sino arte sonoro en estado puro con la propina de la Gran Jota de Concierto de Francisco Tárrega, dejándonos boquiabiertos al comprobar todo el arsenal de una guitarra en las manos de Pablo interpretando esta música popular fuente de inspiración de tantos compositores, y que uno de los mayores enamorados de nuestro instrumento puso al alcance de pocos por las exigencias técnicas, algo que hace fácil lo difícil al escuchar a Sáinz Villegas.

Agradecido por una semana de eficiente y cordial trabajo con nuestra orquesta como con el maestro vecino, aún nos dejaría otro regalo hermanando pueblos con la música, Asturias (Albéniz) leyenda o relato casi flamenco que un catalán dedica a nuestra tierra interpretado por este tocayo mío riojano y universal.

Las mil y una noches de cuentos y conciertos, los sueños personales reales e irreales que la música provoca, esta vez Rimsky-Korsakov y su famosa Scheherezade, op. 35 que corroboró un concierto de magia, de ensueño sin trampas, cuatro movimientos para disfrute de público e intérpretes, la química por lo conocido unida a una interpretación de altura para una orquesta madura, 27 años que se notan para lo bueno y lo malo, Jaime Martín apostando por lo positivo, llevándola con gesto claro, preciso, benevolente, recreándose Vasiliev como en sus mejor juventud, aunque los años no pasen en balde, y con el arpa de Miriam del Río, realmente toda la plantilla colorida y brillante, la cuerda nuevamente enorme, presente y precisa, tensa y tersa, todos gustándose y disfrutando (bravo los percusionistas), cada solista disfrutando con sus pasajes, las secciones empastadas y todas a una haciendo surgir la magia del conjunto, más en una obra tan rica en orquestación como esta del ruso, contagiando la luminosidad que echamos de menos cuando se pasa de cocción o falta la implicación desde el podio. El Maestro Martín nos brindó un completísimo concierto convencido y convenciendo, es verdad que las obras elegidas ayudan, pero recrearlas para hacerlas lucir como nuevas es la magia interpretativa. Un mismo cuento narrado de distintas formas permite descubrir matices, recovecos, momentos imperceptibles en otras ocasiones que como niño inocente nos permite reconocer lo desconocido. Hay que reivindicar el repertorio de siempre pero desde la calidad e implicación narrativa, actores y espectadores conviviendo en la alegría de un espectáculo siempre único.

La próxima semana nuestra OSPA afronta por sexto año el proyecto Link Up, «La orquesta rock» pero no se dejen llevar por el título engañoso, sembrar para recoger desde el Carnegie Hall siendo los primeros en disfrutarlo fuera de los Estados Unidos. De nuevo estará Ana Hernández Sanchiz con cantantes conocidos y estrenándose entre nosotros la directora Irene Gómez-Calado, que espero contarles como «profe» con mis alumnos un año más…

Feliz desfile barroco

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Miércoles 2 de mayo, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo, sala de cámara, V Primavera Barroca: Sara Mingardo (contralto), Forma Antiqva, Aarón Zapico (clave y dirección): “Una dulce promesa”, obras del Seicento italiano. CNDM, Fundación Municipal de Cultura.

Crítica para La Nueva España publicada el viernes 4 añadiendo «links», fotos propias y cambiando la tipografía eliminando comillas para utilizar negrita y cursiva:

Los hermanos Zapico siguen trabajando casi a destajo entre Europa y América, enlazando proyectos como el último Literes en la Fundación March con su nuevo disco, séptimo con el sello alemán Winter & Winter, triunfando allá donde van. Volvían este miércoles sin rencores a la casa de la que les echaron (desdichas políticas, burocráticas…) pero llevando igualmente el nombre de Oviedo, de Sama y de Asturias por todo el mundo, haciendo disfrutar el barroco desde su visión personal, atrevida, valiente y respetuosa, que quita capas oscuras y devuelve brillo a lienzos opacos o apagados, casi como nuestra sociedad actual.
Forma Antiqva llenaron la sala triunfando en su tierra además de traernos un regalo, toda una leyenda del canto como la contralto veneciana Sara Mingardo (1961), quien hace diez años cerraba temporada cantando los Kindertotenlieder de Mahler con la OSPA y Valdés, aún en mi recuerdo. Figura de talla mundial que ha actuado junto a grandes batutas y orquestas, un referente en el barroco de amplio catálogo discográfico plagado de premios y reconocimientos, ‘La Mingardo’ resultó un auténtico lujo tenerla en Oviedo, la Viena del Norte, junto a ‘Los Zapico’ (que acompañaron en esta misma temporada a otra italiana de altura como Anna Caterina Antonacci), y un día después los madrileños en el Auditorio Nacional.

Aarón, el mayor de los hermanos, al clave y dirección junto a los gemelos Daniel (tiorba) y Pablo (guitarra barroca) se rodearon para esta cita especial de otros cuatro músicos habituales en sus proyectos: la chelista canaria Ruth Verona, a quien suelo llamar “la cuarta Zapico” por los años y proyectos juntos, el dúo de violines catalán y malagueño respectivamente, Jorge Jiménez y Daniel Pinteño, más Alejandro Villar en las flautas de pico, un leonés en la gran ‘Familia Antiqva’, presentándonos un recital variado en combinaciones y “afectos” de casi noventa minutos con siete bloques diferenciados más por los aplausos que por el orden establecido, siendo la cantante italiana quien tornase silencios en vítores como solo figuras de su talla son capaces de lograr. La alternancia entre instrumentales y vocales tuvieron una continuidad muy buscada y trabajada, preparando ánimos, tonos, ritmos, combinaciones tímbricas y armónicas entre los siete músicos antes de la feliz irrupción de los textos cantados desde el dominio total de Sara Mingardo.

Un aria de Biagio Marini abría velada, el instrumental Antiqva cual taller de costura que iría confeccionando a medida de la señora Mingardo toda una colección de “los felices 600” para vestirla de pies a cabeza sin olvidar complemento alguno: joyas, tocados o calzado. Su voz el cuerpo con melodías de líneas siempre bellas en su desnudez, bien conservadas, todavía carnosas en emisión, delicadamente perfecta y derrochando musicalidad con todo: la mirada, una sonrisa, un leve gesto nunca afectado, quedando aún el ropaje y los accesorios, las armonías y el “bajo ostinado”, el grave para pisar con seguridad, los agudos cual sombrero con plumaje, y los distintos vestidos un verdadero desfile de calidades, señorío y elegancia natural con perlas al clave marca de la casa o caídas en rasgueos gemelos.

Los compositores como diseños o patrones conocidos comenzando con Andrea Falconieri, O bellissimi capelli junto a las “folías hechas para su señora Doña Tarolilla de Carallenos”, terciopelo con hilo de plata, dúos de violines y flauta cantada sin palabras, tejidos de abrigo previo al gran Monteverdi vestido nupcial, Voglio di vita uscir etéreo con el ‘cuarteto Zapico’, sensual, susurrado, cortando silencios antes de romperlos con atronadores aplausos. Otro tanto el conocido Lamento d’Arianna confeccionado desde la Sinfonía 15 “Dolente partita” (Kapsperger), el taller musical completo, satén y otras calidades en una capa antes de resbalar dejando entrever el juego de la disonancia tensa que resuelve relajada en feliz compañía para descubrir otro monteverdiano Quel sguardo sdegnosetto, improvisaciones sobre la Capona y la Chacona, alfombra roja tejida y teñida con esmero, lentamente, sumando tiorba, guitarra, clave y el último chelo impulsando el pie de Doña Sara para pisar con aplomo, ritmo y elegancia. Misma hechura con la última folía de Merula, veneciana en todo su esplendor como partitura y cantante.

No todo sería oropel y encaje, la cantata de Carissimi “Deh, memoria, e che più chiedi?” traería sedas naturales tejidas en la Cuenca del Nalón por los hermanos para lucir casi en la intimidad, sin complejos y a la medida de la señora, recreándose en cada bordado ornamento tras la preparación de “La Loda” (Merula) a cargo del taller musical completo, mismo diseño elegido para el cierre de este desfile barroco. No quiero olvidarme de Allor che Tirsi udia (Giovanni Salvatore), casi tocado o zapatos a medida como accesorios de este atelier instrumental, pues su canto lo confeccionaron entre todos salvo Villar, que usaría tres tesituras de flautas cual canto sin palabras a lo largo de este catálogo primaveral.

Aarón Zapico agradecía el apoyo y confianza en ellos depositada por quienes siguen creyendo en sus proyectos, a los que han estado siempre a su lado en esta sólida carrera que despegaba hace veinte años en Sama con su padre Eloy siempre en el recuerdo. Comentó finalmente que el programa era osado, valiente, lleno de sorpresas, y así fue sin defraudar en ningún momento. El conjunto dio juego tanto solo como acompañando a la leyenda italiana, dando una verdadera lección de canto, un bis del primer Falconieri siempre distinto, del que confesó fue la primera obra aprendida, despidiéndose con la perspectiva y madurez que da una carrera como la suya, dejándonos una paleta de colores para vestir toda la gama emocional y pureza de la contralto junto a estos acompañantes.

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