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Magia al piano

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Jueves 19 de julio, 20:00 horas. Verano en Oviedo 2018, Claustro del Museo Arqueológico de Asturias: Laura Mota Pello, piano. Obras de Mozart, Schubert y Chopin.

Crítica para La Nueva España del sábado 21, con los añadidos de links, fotos propias y tipografía, cambiando muchos entrecomillados por cursiva:

Unos pocos elegidos poseen el don de transformar en mágico lo cotidiano porque el arte tiene ese poder y la música aún más, ilusión sin trampa ni cartón, momentos irrepetibles y difíciles de narrar. Quienes seguimos desde sus inicios a Laura Mota Pello (Oviedo, 2003) podemos constatar un crecimiento vital y artístico que convierte en magia cada concierto suyo. No importa el entorno ni el público, las obras suenan siempre nuevas y frescas, el directo es siempre único y hasta la estación del año parece ser de eterna primavera ante la madurez de esta pianista que supera cualquier comparación porque el camino recorrido con ser ya largo pese a sus pocos años, no es nada comparado con lo que queda por llegar.

Segundo concierto de verano en otra tarde casi invernal de diluvio inicial para recordar climatológicamente el adiós de Mozart aunque su Sonata en fa mayor, nº 12, K 332 estuviese llena de luz y juventud pugnando con el cielo. La magia de Laura arrancó con la frescura del Allegro, pasó con enorme y profundo sentimiento al Adagio y voló libre con el Allegro assai en busca de los borbotones de agua con esa convicción adulta de sonidos cristalinos, la engañosa facilidad aparente del genio de Salzburgo en los dedos hechizados de la ovetense que transforman lo infernal en paradisíaco.

Domando el cielo aparecería Schubert, otro joven precoz y romántico lleno de brebajes entre la tormenta y la calma, apaciguando ánimos y amansando fieras emocionales para luchar contra la lluvia desde sus enormes Drei Klavierstücke, D 946 cual pócimas frente a cargados cirros y cúmulos varios al alcance de pocos brujos, necesitando no ya el dominio de la fórmula magistral sino de auténtica solidez además del largo y necesario recorrido vital. Laura Mota repitió magia al piano con estas tres piezas maestras dando luz a los grises nubarrones. El Allegro assai cual varita de truculenta fragilidad tocaba dinámicas extremas con ímpetus contenidos para no romper los hechizos en el Andante de perlas musicales como gotas de agua antes de retomar el primer Tempo, siempre con seis bemoles; el Allegretto con posos medios del admirado Beethoven patético fue amainando la tormenta tonal en la transición de mi bemol menor a mayor sin perder un ápice de intensidades antes del arrebato vencedor con la última dosis del Allegro en do mayor, sin alterar salido del crisol de Laura la hechicera manejando con total naturalidad esta magia prodigiosa que funcionó, dejando a la aprendiz del Mago Pantín en un estrato de madurez envidiable ante semejante derroche, con rapidez de vértigo además de pulsión clara y poderosa.

El volumen de agua caída iría decayendo inversamente proporcional al derroche pianístico de una brujería desde el piano, pues vista y oído nunca coinciden: quince años interpretando con plenitud vital y madura, Chopin al alcance de pocos, capaz de domar el cielo y sumar como acompañamiento del Scherzo nº 3 en do sostenido menor, op. 39 el rebosar de los desagües tras la tormenta en el claustro de San Vicente. Ni una tos, ni un paraguas caído, el silencio del asombro y la admiración, la lucha contra los elementos, el invierno de Mallorca traído al verano de Vetusta, las perlas desde el piano emulando la lluvia en declive, magia en blanco y negro dotada de color especial con un impactante final cargado de la fuerza tomada como del cielo inspirador.

Y para alcanzar la calma total tras la tormenta, el último embrujo de la Balada nº 4 en fa menor, op. 52, casi transcripción metereológica de la tarde al pianismo chopiniano en las manos de Laura Mota, dedos infinitos con ecos de valses y nocturnos por esta domadora de chaparrones, vigorosamente sensible con el ímpetu juvenil sumado al magisterio mágico de una artista irrepetible y arrolladora que se transforma delante de las teclas.

Si la hora larga de magia sin trucos nos voló acallando diluvios, la lluvia cesó para que los pájaros volviesen a cantar en el piano. La quintaesencia de Granados recordando al hada Larrocha, La maja y el ruiseñor naturalista requiebro español y universal tras los europeos que Laura Mota desgranó con la naturalidad de los elegidos para transformar lo cotidiano en magia desde el piano, verdadero regalo estival.

Primus inter pares

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Martes 17 de julio, 20:00 horas. Verano en Oviedo 2018, Claustro del Museo Arqueológico de Asturias: La Real Cámara (Emilio Moreno, violín y maestro de concierto).

Crítica para La Nueva España del jueves 19, con los añadidos de links, fotos propias y tipografía, cambiando muchos entrecomillados por cursiva:

El nombre de Emilio Moreno va unido a la música antigua española, su reconocimiento es internacional por descubrir, defender y difundir nuestro patrimonio musical que sigue siendo todavía el gran desconocido. La formación que disfrutamos en este primer concierto del verano carbayón, estuvo compuesta por el propio Emilio Moreno más Enrico Gatti (violín), Mercedes Ruiz (chelo) y los hermanos Zapico (Aarón al clave, Pablo a la guitarra barroca y trioba), la misma que grabó hace tres años en nuestro auditorio un disco dedicado a Francisco José de Castro “Spagnuolo” (ca. 1670-ca. 1730), un jesuita sevillano que se iría a Brescia donde traduciría a los místicos españoles y participaría como violinista en la Academia “dei Formati”, componiendo unas triosonatas emulando a su maestro Arcangelo Corelli, con quien podemos decir que compitió y compartió calidad sin perder nunca el regusto hispano.

Del Trattenimenti Armonici da Camera, diez sonatas compuestas por el llamado “Corelli español” La Real Cámara eligió seis reuniéndolas con las del italiano para poder comprender mejor el calificativo del español en igualdad de condiciones pues el estilo de ambos es equiparable tras lo escuchado en el claustro del antiguo Monasterio de San Vicente. Distintas tonalidades mayores y menores del sevillano, coloridas y sentidas como “sonatas de iglesia” al igual que las de su modelo, todas de la Opus 2, con tiempos claramente contrapuestos para disfrutar de una escritura violinística a dúo limpia y brillantemente ejecutada por Moreno y Gatti sin rivalidades, alternando primero y segundo con total continuidad, normalidad y empaste; el impecable chelo de Ruiz completaría el trío desde la gravedad clara con momentos protagonistas emulando al dúo; finalmente para revestir cada una de las nueve obras seleccionadas, el continuo de los hermanos Zapico dándoles mayor empaque: el clave de Aarón siempre ornamentando en el lugar exacto con verdaderas perlas cultivadas, un imprescindible de Moreno con quien ha grabado a Boccherini, y Pablo jugando con tiorba y guitarra barroca según aires, ritmos y obras para completar el gusto español de Castro o hispanizar a Corelli en una visión de programa global donde resultó difícil distinguir entre maestro y alumno.

Hasta en Viena apareció un manuscrito de otro José de Castro, probablemente el sevillano con el que La Real Cámara nos regaló fuera de programa otra joya más para despertar esta música dormida que Emilio Moreno saca a la luz en una labor impagable de musicólogo e intérprete, rodeándose siempre de unos músicos que han trabajado este repertorio desde el rigor y pasión por continuar descubriendo esta música atemporal que sigue gustando al público, numeroso y variado que completó las dos alas del claustro con visibilidad y buena parte de las “ciegas” aunque respirando el mismo aire. Sonatas a tres del español, con sonoridades plenas y variadas, aires contrapuestos con regustos de danzas que fueron desgranándose junto a las del italiano.

Las sonatas 6 en do mayor, 1 en re menor y 7 en mi menor sonaron tan modernas como la Sinfonía à 3 Wo O6bis en re mayor de Corelli, manuscrito de la Biblioteca Nacional de Cataluña, o su Ciacona op. 2/12 en sol mayor colocada en mitad del concierto cual bisagra estilística más por la forma que por el fondo, pleno barroco puro de sonido ideal con este quinteto de lujo, texturas y dinámicas amplias que resultaron perfecto acompañamiento vespertino. La sonata quinta en sol menor del “spagnuolo” seguida de la sexta en re menor del italiano compartieron buen gusto y danzas (allemanda o giga) antes del broche final del “Corelli español”, la sonata 4 en re mayor y la 3 en si bemol mayor, modos mayores de un tiempo que abraza la tonalidad olvidándose modos renacentistas pero ganando en lumínico virtuosismo como el disfrutado en el Arqueológico a cargo de Emilio Moreno y La Real Cámara.

El verano musical ovetense brilla más que el climatológico aunque siga siendo “La Viena del Norte”. Entre estas piedras ideales en acústica quedan siete conciertos (este jueves Laura Mota al piano) hasta finales de agosto, dos más en el Museo de Bellas Artes de lo más interesantes, sin olvidarme del de órgano en La Corte para esta amplia oferta que cuenta con muchos intérpretes de casa y todos de calidad contrastada.

Milagrosa Suor Angélica

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Sábado 14 de julio, 20:30 horas. X Ciclo Música Relixiosa: Ópera en Barcia de Mera. Giacomo Puccini: Suor Angélica. Entrada: 10 €.


El turismo musical es una actividad ideal para conjugar ocio y cultura, por lo que la escapada de fin de semana al Balneario de Mondariz me hizo encontrarme con la posibilidad de asistir a la representación de Suor Angelica de Puccini (con libreto de Giovacchino Forzano estrenada un 14 de diciembre de 1918 en el MET neoyorquino) dentro del ciclo de Música Religiosa de Barcia de Mera en el concejo de Covelo el pasado sábado en esta joya del barroco gallego, una oportunidad única para disfrutar de la soprano Beatriz Díaz y la mezzosoprano Belén Elvira debutando roles protagonistas junto al maestro J. A. Álvarez Parejo al piano, responsable de toda la dirección musical junto a distintas solistas femeninas del Coro Vox Stellae.

Entorno ideal para este drama femenino con dirección de escena de Luis Martínez y diseño de vestuario de José Miguel Ligero realizado por Cornejo en una iglesia barroca que resultó perfecta en ambientación, con un lleno hasta el coro acogiendo la zona del altar y la sacristía toda la acción conventual con el único acompañamiento de un piano vertical más que suficiente para llevar el peso instrumental, por cierto dificilísimo, bello y recreando el arreglo original del propio Puccini que el inconmensurable Juan Antonio Álvarez Parejo sin un solo respiro, resolvió con maestría sacando del piano japonés unas sonoridades realmente celestiales a lo largo de la hora larga de representación. Con él quería comenzar por las exigencias que supone no solo esta partitura sino también la de llevar la dirección desde su posición en la iglesia para las entradas al coro y solistas fuera de escena (en la sacristía) e «intuir» la propia acción principal con las cantantes dándoles la espalda.

La seguridad del maestro madrileño se transmitió a todas las voces, con la musicalidad y veteranía de un grande que pudo hacernos olvidar la orquesta para recrearla desde las teclas, incluso recrearnos inicio e «interludio» antes de la escena final con la sonoridad sinfónica de un piano exprimido en toda la gama dinámica. Mi sincera admiración hacia Parejo al que pronto volveremos a disfrutar en Gijón en el poco reconocido papel de repertorista sin el que las voces nunca pueden brillar como este sábado gallego.

Nadie diría que la asturiana Beatriz Díaz como Sor Angélica o la canaria Belén Elvira en el papel de Zia Principessa debutaban en sus roles, pues fue tal la entrega de ellas junto al elenco femenino de Vox Stellae que las emociones fueron indescriptibles para un público callado, respetuoso, al que podíamos escuchar respirar acongojados con esta historia conventual donde la luz crepuscular también ayudó a la ambientación. Plantas al pie de las que tomar los remedios para ungüentos varios, la tarima granate, la sacristía desde donde escuchar a las monjas cantar sus oraciones, campanas reales anunciando la llegada de la anciana Zia que comunicará a su sobrina recluida el fatal desenlace del hijo entregado, la silla donde firmar el pergamino, tintero y pluma acercadas a la desgraciada Angélica, la zona trasera del altar donde prepararse el veneno, el crucifijo central y hasta la clemencia final a una Virgen que presidiría la acción final del arrepentimiento de la moribunda y la aparición desde el fondo de la iglesia del hijo (Iria Boullosa) para el milagro místico y redención final, todo adecuado para hacer creíble un relato duro como la propia partitura del genio de Lucca.

Quienes me leen saben que vengo diciendo hace tiempo que Puccini parece haber escrito para Beatriz Díaz, este binomio con el que la allerana crece y siente desde los inicios líricos, afrontando cada uno de sus roles con la madurez que da el tiempo, sin prisas, volcándose en cuerpo y alma con unas partituras muy trabajadas y vividas. Así podemos ir repasando la joven Liu de Turandot, siguiendo la Mussetta con alma de Mimì de Bohème (esperando le llegue el protagonismo deseado) y del llamado Triticco primero la Lauretta de Gianni Schicchi debutada en el Teatro Colón de Buenos Aires y ahora esta Suor Angelica «gallega» en un momento vocal impresionante, unido a su siempre convincente dramatización, calificativo sincero de soprano pucciniana y de raza que volvió a enamorar con su interpretación. La conocida aria Senza mamma puso los pelos de punta por musicalidad, gusto, colorido y emociones aunque cada aparición de la asturiana es entrega total que el público agradece rindiéndose a los pies de «nuestra sopranísima» como la bautizó nuestro común y querido amigo eMe Brabóo.

Otro tanto de la lanzaroteña Belén Elvira que puso su excelente buen hacer desde la tesitura de «las malas», una mezzo igualmente en momento dulce para el rol de la Zia Principessa que defendió desde la convicción y el buen cantar para el verismo donde se mueve realmente cómoda, color homogéneo en todo su registro, buena proyección y empaste ideal con la asturiana que la cercana Filarmónica de Vigo ya disfrutase de ambas con el piano de Parejo hace ya tres años, puede que la llave de esta nueva puerta abierta en Barcia de Mera donde parte de la organización conocía el buen hacer de este trío protagonista.

No puedo olvidarme del resto de monjas del coro Vox Stellae, papeles exigentes todos en una de las óperas más complejas y difíciles de Puccini, con pocas referencias para ellas que se comportaron al mismo nivel de las protagonistas tanto en los bellos momentos corales (caso del inicial Ave María) como en las breves intervenciones solistas desde las voces graves de la Madre Abadesa (Mariola González), la Celadora (Aida Cruz) o la Maestra de novicias (Malena Pazos) hasta la Enfermera, Dolcina y Osmina de Aida López además de las sopranos para las hermanas Genoveva (Alba López Trillo), postulante y conversas Xiana Insua junto a Cecilia Rodríguez. Un plantel que funcionó en todos los aspectos redondeando una representación magnífica.

El trabajo bien hecho tiene la recompensa esperada y este convento pucciniano obró otro milagro desde la calidad y profesionalidad de una producción «inesperada» para esta iglesia de San Martiño. Mi más sincera enhorabuena a la organización por la apuesta que acertó con este dramón de final feliz e intérpretes de casa donde tuvimos dos grandes a las que podemos añadir artículo al apellido, La Díaz y La Elvira. Un placer haber disfrutado este debut.

Programa para celebrar 20 años

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Oviedo sigue siendo «La Viena del Norte» español, y los Conciertos del Auditorio junto a las Jornadas de Piano «Luis G. Iberni» llegan a sus veinte años con una programación muy completa que hará las delicias de todos los melómanos no solo asturianos sino de los muchos que acuden a la capital del Principado ante su excelencia musical que también tiene una Primavera Barroca camino de los seis años, más ópera y zarzuela en su amplia oferta junto a un festival de verano próximo a comenzar que busca también un hueco estival en los museos arqueológico y de Bellas Artes, incluso un concierto de órgano en La Corte, todo citas para apuntar en las agendas.

De los pianistas que siguen sumando a la amplia nómina que Oviedo ha tenido siempre a lo largo de su dilatada historia, para la temporada extraordinaria de los 20 años las jornadas que llevan el nombre de nuestro recordado Luis Iberni contaremos con la donostiarra Judith Jáuregui que continúa asentando una carrera internacional de primera sin olvidarse de nuestra tierra que lleva visitando hace años en distintos ciclos, abriendo las jornadas con el Cuarteto Singnum en noviembre, continuando con Piotr Anderszewski, el surcoreano Kun-Woo Paik con la Oviedo Filarmonía (OFil), orquesta residente del ciclo, un marzo con el siempre esperado San Sokolov en solitario o Daniil Trifonov nada menos que con la orquesta del Mariinski de San Petersbrugo y Valeri Giergiev a la «batuta», para ir avanzando primavera con Javier Perianes en solitario, otro pianista conocido y querido en Asturias, y mi adorada Gabriela Montero en mayo a dúo con el chelista Gautier Capuçon, pareja reconocida que se unen en un broche de oro a estas jornadas.

En el ciclo paralelo (conjunto para quien quiera abonarse a ambos) de los Conciertos del Auditorio , las grandes voces tienen su terreno propio junto a distintos solistas instrumentales y formaciones orquestales de alto voltaje. Del universo lírico abrirá temporada en octubre Gregory Kunde que sigue disfrutando de una segunda juventud, las sopranos Patricia Petibon con La Cetra y Andrea Marcon, Julia Lezhneva o Ermonela Jaho con la OFil en febrero y abril respectivamente, con Michael Antonenko dirigiendo a la primera y compartiendo programa con el tenor Benjamin Bernheim la segunda, otro más de los conocidos como el tenor Ian Bostridge con Fabio Biondi y Europa Galante, o la estrella de los contratenores Philippe Jarouskky que vuelve a Oviedo, esta vez con el Ensemble Artaserse, para cerrar temporada con el concierto extraordinario de Juan Diego Flórez y Vincenzo Scalera al piano.
Tomar nota de los instrumentistas de altura como la violista Isabel Villanueva que actuará con la OFil y Yaron Traub a la batuta, la violinista Veronika Eberle con la Filarmónica de Hamburgo y el incombustible Kent Nagano en la dirección, o la virtuosa Hilary Hahn con la Filarmónica de Radio Francia y Mikko Franck; el flautista Emmanuel Pahud vendrá con la Orquesta de Cámara de París y el director escocés Douglas Boyd, el chelista Nicolas Altstaedt que también hará de director con la OFil, más la esperada visita de la Gustav Mahler Orchestra con la dirección del excelente Jonathan Nott y la participación del Coro de la FPA, sin dejarme en el tintero el regreso de René Jacobs que nos traerá un cuarteto vocal con su Orquesta Barroca de Friburgo y el RIAS Kammerchor de Berlín, uno de los mejores coros del mundo, en un mes de mayo para no perdérselo.

En pleno verano, al menos de calendario, felicitar a la organización de estos conciertos y tocando madera para evitar cancelaciones que en el mundo musical son más frecuentes de lo deseado trastocando el trabajo de meses y obligando a encontrar otras fechas o intérpretes que no siempre son igual de bien recibidos aunque seamos comprensivos.

Apasionada “Trágica” mahleriana

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Viernes 22 de junio, 20:00 horas. Día Europeo de la Música, Auditorio de Oviedo: OFIL (Oviedo Filarmonía) y OSPA (Orquesta Sinfónica del Principado de Asturias), Pablo González (director). Mahler: Sinfonía nº 6 en la menor, “Trágica”. Entrada 5€.

Crítica para La Nueva España del domingo 24, con los añadidos de links, fotos propias y tipografía, cambiando muchos entrecomillados por cursiva:

El tiempo de Mahler llegó a nosotros antes de lo que el propio compositor imaginó, siempre amado o denostado, exigiendo de todos un esfuerzo mayor o menor más allá de las sensaciones personales. Una lástima que el auditorio no tuviese mayor entrada celebrando un día después la fiesta europea de la música con un espectáculo único y al alcance de todos, reuniendo de nuevo un centenar largo de músicos de las dos principales orquestas asturianas (OSPA y OFIL) con un director de casa como Pablo González empeñado en un apostolado mahleriano con el que prosigue una carrera internacional de la que nos hace partícipes a sus paisanos continuando la “Resurrección” de 2017 y a la espera de “Los Mil” en un futuro espero no muy lejano.

Unir fuerzas siempre es tarea ardua, más en la música, pero «la única Sexta, pese a la Pastoral» que diría Alban Berg, es esta “Trágica” ideal para pulsar el estado de dos formaciones que siguen convergiendo en su crecimiento, primero el Wagner del Campoamor con García Calvo, después este Mahler del Auditorio con González Bernardo, gracias a estas dos batutas españolas, preparadas, convencidas y defensoras de la calidad desde un trabajo serio que siempre contagia pasión. El carbayón ha crecido entre grandes y Mahler sigue siendo referente de una dilatada trayectoria a la que todavía le queda mucho recorrido tras su paso como titular de la OBC (Sinfónica de Barcelona y Nacional de Cataluña); volver a casa y reunir a OFIL y OSPA es un reto al alcance de pocos, no ya musical sino de liderazgo para aunar sentimientos, superar egos, romper asperezas y defender una obra de tanto calado como la sexta del bohemio. Si hace un año aplaudíamos el esfuerzo y magisterio de mi tocayo para alcanzar una sonoridad propia desde dos grandes orquestas, la reválida ha llegado este primer viernes de verano.

Para quienes disfrutaron por vez primera del espectáculo recordarán lo anecdótico, cencerros y campanas fuera de escena, el despliegue de percusión, el gigantesco mazo que golpea dos veces despertando alguna conciencia, arpas a pares, la impresionante estampa de ocho trompas con las campanas al cielo, toda una legión de viento, hasta la reprimenda del maestro al detener el inicio del segundo movimiento por la insistencia de las toses maleducadas y pidiendo celeridad en quitar el papel al caramelo siempre inoportuno.

Los habituales pudimos paladear una obra que no da tregua a nadie, arrancando y finalizando cuatro movimientos con energía, de estructura académica con la tonalidad menor, trágica por escritura y trasfondo vital mahleriano, el Andante con firma propia de felicidad y sufrimiento por el amor efímero, miedo a perderlo todo como sucedería en un breve tiempo (su hija, el trabajo en la ópera de Viena y la salud con la enfermedad coronaria que le mataría). Desde el dolor se crea belleza y esta sexta asturiana conmovió a los presentes con mano firme en el podio y respuesta certera por parte de todos los músicos. González revalidó su magisterio dominando los tiempos globales e internos de cada microcosmos temático, sonoro y anímico en cuatro capítulos, alcanzando una visión de conjunto a partir de sonoridades propias para cada sección, con dinámicas ricas siempre claramente marcadas desde el podio. Cuerda contundente en los graves y tersa en los violines con Mijlin de concertino, permutando violas y cellos para el balance deseado; una legión de madera “desfilando toda a una” rivalizando en calidades solistas; los flancos de metales refulgentes, poderoso octeto de trompas equilibrado en brillos con trompetas, trombones y la tuba colosal de Moen; celestiales celesta y arpas de Danuta y Miriam en feliz comunión; punto y aparte la amplia percusión criticada en su estreno, comandada este viernes por los timbales de Arias, el rico xilófono y el siempre llamativo martillo de Mahler ejecutado por Casanova.

Despliegue humano al servicio de una “Trágica” apasionada, sentida y reteniendo el último hálito de silencio antes del largo aplauso tras el esfuerzo en unir con música lo que otros separan por sordera e incapacidad. Pablo González al frente de esta orquesta idealmente real interpretando al mejor Mahler, acercando lo inalcanzable en nuestra temporada para despedir curso de la mejor forma posible y desde casa.

Clausura con Brahms

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Miércoles 13 de junio, 20:00 horas. Conciertos del Auditorio, Oviedo (clausura): Lisa Batiashvili (violín), Chamber Orchestra of Europe, Yannick Nézet-Séguin (director). Obras de Smetana y Brahms.

Feliz clausura de un ciclo con figuras de talla mundial, esta vez la violinista georgiana Lisa Batiashvili (Tbilisi, 1979) y el director franco-canadiense Yannick Nézet-Séguin (Montreal, 1975) junto a la Chamber Orchestra of Europe (COE) con Brahms de protagonista total, primero su concierto para violín y después la tercera sinfonía, todavía reciente en la memoria al haberla escuchado hace un mes con Harding y la Orquesta de París, aunque el directo siempre es irrepetible y la grandeza de los maestros hacen que cada interpretación sea única.

La COE solo es de cámara por su nombre porque la plantilla es numerosa e ideal para el programa que presentaban en esta gira que sigue colocando a Oviedo como «La Viena del Norte» español. Sus credenciales quedaron claras con la Obertura de La novia vendida (Smetana) con el enérgico, impetuoso y siempre preciso Nézet-Séguin con una limpieza en la cuerda independientemente de la velocidad sumada a una amplia gama dinámica bien marcada con manos firmes, dispuesta «a la vienesa» que en estas obras se agradece al equilibrar frecuencias, añadiendo un viento impecable igualmente ubicado casi orgánicamente, maderas en el centro con trompetas y trombones juntos a la derecha y trompas en el lado contrario, siendo los timbales el centro final. Un viaje en mi recuerdo del pasado verano en Praga visitando la casa museo de Smetana y sentir cómo la música nos transporta sin movernos de la butaca. Versión vigorosa y cálida llena de matices antes del «Todo Brahms» hasta el final.

Lisa Batiashvili figura en esas listas de jóvenes virtuosos de la extinta Unión Soviética que todavía mantienen una sólida formación heredada de sus mayores, si no queremos llamarlo escuela, está claro que los cimientos son suyos aunque hoy en día la universalización pedagógica ha roto fronteras, pero Georgia es una cantera de intérpretes de apellido difícil y largo recorrido. El Concierto para violín en re mayor, op. 77 de Brahms lo tiene tan interiorizado Batiashvili que simplemente contemplarla es todo un espectáculo. Nézet-Séguin es un experimentado concertador que ya ha dirigido en muchas ocasiones a la georgiana, de quien confiesa es su violinista preferida, sacando de la COE una textura ideal donde el violín solista parece emerger de la propia orquesta cual objetivo de cámara que mantiene el plano y nos acerca el protagonismo sin desenfocar el fondo.

El Allegro non troppo sonó unitario y lleno de color, romanticismo en estado puro, tal vez rápido olvidando el «no demasiado» aunque brillante en textura y melodías claras, entrando el violín aterciopelado en vez de hiriente, un clima sereno y mágico, tensiones contenidas y relajaciones solistas que cortaban el aire, todo encajado al detalle, con una cadencia lánguida susurrada desde el trémolo del timbal. El Adagio arrancó con una madera verdaderamente camerística antes del desarrollo temático, con metales plateados meciendo el inicio antes de incorporarse la cuerda de terciopelo y el violín solista de seda, donde Batiashvili derrochó delicadeza siempre presente desde su Guarnieri «del Gesu» de 1739, disfrutando del protagonismo revestido por una COE ideal antes de atacar el último movimiento jocoso sin velocidades vertiginosas y con el virtuosismo al servicio de las melodías infinitas del mejor Brahms que parecía dejar el clímax emocional para el final, aires zíngaros, contestaciones paralelas, poderío controlado explotando sincronizadamente como traca de fuegos artificiales acompasados por las manos de Nézet-Séguin y el violín de Batiashvili. La propina resultó casi otra obra fuera de programa también con orquesta en un movimiento lento para volver a saborear calidades y matices en todos ellos.

La Sinfonía nº 3 en fa mayor, op. 90 (Brahms) no pudo tener mejor «preparación» porque las virtudes del concierto de violín se ampliaron, Nézet-Séguin frenando tempi para disfrutar cada sección orquestal, cada matiz, cada regulador, contagiando el ímpetu necesario y frenando el mínimo exceso dinámico. Claroscuros románticos y moldeando sonoridades cual ingeniero de sonido, sonido global con el balance justo, leve y suficiente en cada momento melódico de instrumentos, secciones o toda la orquesta. El conocido Poco allegretto al que Frank Sinatra puso letra sirvió para sujetar ímpetu y disfrutar del sonido pulcro de toda la cuerda sin perderse ninguna nota del viento, esculpiendo la orquesta como globalidad, ideal de todo director. El Allegro final remató un concierto brahmsiano bien entendido por el canadiense que la ha trabajado y grabado con «su» orquesta de Filadelfia y en esta gira traducida a la COE uniendo talentos para alcanzar esa sonoridad deseada en toda formación.

PD: del avance para la próxima temporada escribiré un post dada la calidad de intérpretes tanto en las Jornadas de Piano como los Conciertos del Auditorio que alcanzan 20 años.

Amarga despedida tras 27 años

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Viernes 8 de junio, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo, «Música y literatura IV» abono 15 OSPA, Rossen Milanov (director). Obras de Smetana, Tchaikovsky, Kavalevsky y Shostakovich.

Despedía la OSPA su temporada de abono con mal pie y peor sabor de boca, pues conocedores por las redes sociales y la web de la orquesta de los cambios en el último programa, ni siquiera una hoja informativa para un público que merece todo el respeto, aunque se avisase por megafonía. Tampoco lo hacía mejor la prensa escrita «gijonesa» que seguía anunciando el que aparecía en la revista, faltando «cintura» para comunicar el cambio, aunque erraría igualmente citando a Alejandro del Cerro en el Leandro de La Tabernera del puerto jueves y sábado, que lo cantará el uruguayo Martín Nusspaumer.
Sabedores de las programaciones para la temporada 18-19 en casi todas las formaciones, eché de menos un mínimo avance, aunque fuese fotocopiado, de las Perspectivas de la OSPA, pues se presentaban a los medios de comunicación por la mañana y solamente algunas «píldoras» en Twitter más la nota de prensa en el Facebook de la orquesta y su página web avisaban de ello, enterándome de esta forma que al director titular se le ha vuelto a renovar o prorrogado contrato, desconociendo la trastienda en unos tiempos donde la transparencia es obligada.

Quienes me leen conocen mi descontento cada vez mayor con el titular en los repertorios «de siempre» (de los estrenos lógicamente no tengo referencias) y a la vista de los hechos, colmándose el vaso con unos gestores que parecen acomodados en una inercia que no me gusta, solo me queda divorciarme o si se prefiere suspender temporalmente mi relación de veintisiete años como abonado de la OSPA, a la que seguiré como aficionado eligiendo conciertos puntuales hasta que corran nuevos aires en una orquesta que pagamos todos los asturianos aunque la disfrutemos unos pocos, sin olvidar que está en un momento óptimo pero delicado pues puede verse abocada a seguir perdiendo seguidores y debiendo afrontar en breve una renovación mayor. Retirar mi «aportación» de 230 € para 15 conciertos desde la Fila 13, butaca 18 es lo único que me queda para quejarme. El restaurante me gusta, la carta es excelente y los productos de calidad, pero cuando no me agrada cómo se cocina solo queda devolver el plato y esperar que en la siguiente visita mejore, aunque pasados estos años repitiendo errores la confianza está perdida y dejaré de comer aquí, aunque como dice mi admirado Paco «La OSPA siempre merece la pena» y como ves ¡no me pasará!.

De la música que sonó este viernes unas pocas pinceladas, pues el cabreo me impide ahondar en más detalles y no puedo llamar Maestro con mayúsculas al desconcertante titular para quien no tengo más calificativos, no dirige ni conduce (los ingleses lo llaman «conductor»), simplemente gesticula por libre llegando a finalizar cada obra con un nuevo «muestrario» desconocido al que sumar «la Termomix©», «el barrido» o el «manos arriba» (sin atraco). Si se quiere llamamos a Chicote pero la «experiencia Milanov» ha sido para olvidar. Orquesta ideal en número y calidades para unas obras donde primó lo soviético y que piden siempre más, comenzando con B. Smetana y Mi tierra, El Moldava. Este río no fluyó, las dinámicas caprichosas, cambios de aire forzados y una simpleza que no logró recordarme Praga.
La potencia romántica de Chaikovsky con Romeo y Julieta: obertura: fantasía careció de la entrega amorosa esperada, el ardor resultó incendio asesinando a Julieta con un despliegue sonoro carente de mimo, solo salvado por la profesionalidad de unos músicos que acatan órdenes demasiado chocantes para un mínimo de sensibilidad, pidiendo estar al servicio de las obras y no servirse de ellas como he ido comprobando en demasiados conciertos.

La segunda parte un plato nuevo con D. Kabalevsky y su Colas Breugnon: obertura, op. 24 de claras reminiscencias yanquis, fuegos de artificio y muy aparente, rítmicamente agradecida pero falta de sal. Todo lo contrario de la esperada Sinfonía nº 6 en si menor, op. 54 (D. Shostakovich), el plato fuerte para cerrar temporada donde pasamos de la sosa monotonía inicial de bostezo al esperpento caricaturizado final pese a una cuerda primorosa aunque empapizada, para dejarme el último bocado con tanta sal gorda que me fue imposible saborear un manjar con productos de primera. Lo dicho, este restaurante lo tacho de mi lista y solo entraré en jornadas gastronómicas con invitados que aporten y no me aparten.

Santander espera

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Jueves 7 de junio, 20:00 horas. Salón de Actos, Casa de la Música, Mieres: Juan Barahona (piano). Obras de Mozart, Beethoven, Ravel, Albéniz y Liszt.
Mi más enorme gratitud hacia Juan Andrés Barahona Yépez (París,1989), musicalmente Juan Barahona por volver a acordarse de Mieres y brindarnos un concierto cercano, duro, entregado, casi familiar y todo un privilegio poder seguir su evolución imparable, preparando el camino que le llevará por segunda vez al Concurso Internacional de Piano de Santander «Paloma O’Shea» en su decimonovena edición, siendo uno de los 20 finalistas mundiales, todo un premio estar de nuevo entre lo mejor de los jóvenes intérpretes sin dejar de trabajar, estudiar, dar conciertos, en una carrera internacional que no tiene más límites que los que quiera ponerse, y de momento no lo parece.

En esta parada mierense del músico «ovetense» sus alforjas venían llenas de un mundo pianístico variado en estilos, todos bellos y exigentes, demostrando la versatilidad y respeto por todos ellos aunque los gustos personales, del intérprete pero también del público, nos hagan sentirnos más identificados. Cada uno representa un microcosmos, un universo que debe explorarse, y cada vez distinto aunque se afronte periódicamente, pues el directo siempre es único e irrepetible. Los recitales previos a los concursos me recuerdan las pretemporadas deportivas con encuentros amistosos en distintos terrenos de juego, por comparar campos y pianos distintos, pues solo unos pocos genios se permiten viajar con su propio piano caso de Zimerman, diseñarlo como Barenboim o exigir un modelo concreto para traerse incluso afinador propio. La mayoría de pianistas se encuentran instrumentos de todo tipo y solamente la profesionalidad les hace sacar de cada uno lo mejor independientemente del estado en el que se encuentre, algo que Juan consigue siempre.

Quería hacer ese comentario previo porque el piano de un conservatorio pequeño como el nuestro, no suele ser el mejor de los instrumentos para un concertista aunque esté bien ajustado y afinado, lo mínimo para sacar todo el partido a las obras elegidas. El de Mieres aguantó el chaparrón hasta la tormenta final, incluso soportó excelentemente la propina, porque Barahona esculpe los sonidos y busca ese lenguaje específico de cada compositor. La Sonata nº 9 en re mayor, KV 311 de Mozart requiere limpieza y velocidad, pedales en su sitio, fraseos, ataques, discursos diferenciados y todo lo exigido para unas obras de engañosa facilidad porque esconden mucha más música de la que aparenta. La firma del genio se percibe en los tres movimientos de «receta clásica», incluso podemos imaginarnos su música camerística y hasta la ópera, melodías cantabiles con orquesta reducido todo a las 88 teclas sin perder nada de sentido. Así entendió Juan Barahona esta sonata de 1777 donde el llamado estilo clásico tiene la marca mozartiana como ejemplo perfecto.
Avanzando un paso adelante en el tiempo del piano será Beethoven el elegido, la misma forma sonata como un mismo paisaje pero con visiones distintas, la Sonata nº 27 en mi menor, op. 90 en dos movimientos, romanticismo, fuerza interior llena de claroscuros que deben aflorar, indicaciones en alemán que más que aclarar el aire o tempo parecen exigir mayor introspección y dudas para encontrar el punto justo, «con vitalidad y completo sentimiento y expresividad» para el primero liviano contrastado con el «no demasiado rápido y cantable» del segundo perfectamente traducido en la interpretación de Barahona, llena de colorido, sutileza y musicalidad sin tópicos para el de Bonn entendido como la normal evolución tras el genio de Salzburgo conviviendo en la Viena capital mundial de la música.
No podía faltar en este viaje por el universo multicolor desde el blanco y negro pianístico la parada en el impresionismo francés, nada menos que tres obras de Ravel que también rinden tributo a otros músicos sin perder estilo propio y romper sin extremismos. A la manera de Borodin, A la manera de Chabrier vals parisino, y la bellísima Pavana para una infanta difunta, recuerdos rusos, franceses y realeza española pintados por el pianista Ravel y felizmente recreados por Barahona que se desenvuelve en esta música como pez en el agua transmitiendo plenitud, bienestar y felicidad ante unas partituras de las que traduce como pocos ese ambiente y «maneras» compuestas por un gran orquestador del que el piano más que herramienta es maqueta previa.

Una parada necesaria antes de la segunda parte para tomar aire, refrescarse y sin perder la magia sonora francesa, la visión andaluza de un catalán con el Mediterráneo unificando lo etéreo, Almería de Albéniz perteneciente al segundo cuaderno de Iberia, el mayor monumento pianístico al que muchos intérpretes han dedicado toda su vida, otros dejándolo para una madurez que parece no llegar nunca, y los jóvenes acercándose poco a poco en un itinerario que exige más vida que técnica aunque ésta sea imprescindible. Barahona nos deleitó recreando el sonido francés que Albéniz se trajo de los vecinos del norte para traspasarlo a la piel de toro ibérico, siendo Almería una de las perlas que más me siguen gustando por la hondura definida con líneas bien delimitadas y precisas que presagian más etapas de un viaje interior por el que todo solista debe transitar aunque el viaje pueda resultar más duro que la satisfacción de prepararlo.
Y si hablamos de dureza, sacrificio, virtuosismo, nadie mejor que Liszt y Après une lectura de Dante: Fantasia quasi Sonata cuya fama de intérprete viajaba con su música, inalcanzable y enrevesada, tortura para aflorar entre tantas notas las precisas en dinámicas imposibles sin dejarse ninguna, «Años de peregrinaje» para esta fantasía donde la imaginación e inspiración literaria daría para filosofar con la música del húngaro que llenaba teatros y enamoraba. Juan Barahona cerca de la frontera mágica de los 30 años tiene descaro para tocar y madurez para interpretar, por lo que su Liszt brilló con luz propia en toda la gama cromática, enérgica, lírica y estilística tras este viaje pianístico que terminará pronto en Santander para seguir demostrando el excelente momento por el que está pasando.

La impresionante propina tras un recital pleno de «cantabiles» uniría a Liszt con Verdi del que el virtuoso tomaría el cuarteto «Bella figlia…» de Rigoletto para su Paráfrasis sobre Rigoletto S 434, paráfrasis
como «explicación con palabras propias del contenido de un texto para aclarar y facilitar la asimilación de la información contenida», en este caso propia música a partir de la ópera desde un piano casi imposible que rehace y engrandece al reducir, género que estuvo de moda en muchos virtuosos popularizando músicas de otros, y Barahona generoso tras el esfuerzo de todo el recital, sumando otro trabajo impecable merecedor de lo mejor.

Gracias Maestro y «MUCHO CUCHO©» para Santander
(quienes me conocen no necesitan traducirlo).

Gayarre para toda la vida

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Miércoles, 6 de junio, 19:30 horas. Real Instituto de Estudios Asturianos (Oviedo): I Ciclo de conferencias “Escenas musicales entre los siglos XIX y XX”: Julián Gayarre. La voz del Paraíso.
Óscar Salvoch (escritor e investigador).

Segunda e interesantísima conferencia organizada por «La Castalia» y el propio Real Instituto de Estudios Asturianos (RIDEA) centrada en la figura del tenor roncalés Julián Gayarre a cargo de Óscar Salvoch, probablemente el más documentado y entregado en investigar además de ahondar en la vida y obra de nuestro primer gran tenor mundial, como bien prueba su libro de casi mil páginas titulado como la conferencia, y que como el propio investigador navarro nos comentaba, hoy daría para triplicar en extensión, además de estar en proceso toda una cronología que sigue creciendo.

Con más público que en la primera y abundando muchos melómanos operófilos, tras las presentaciones de la doctora y miembro correspondiente del RIDEA María Sanhuesa, más admiradora de barítonos que tenores con su sorna habitual, y de Begoña García-Tamargo, en nombre de “La Castalia» del siglo XXI, arrancó una larga pero amena conferencia de Óscar Salvoch nos dejó pinceladas sobre los orígenes humildes del roncalés, sus trabajos, profesores, mentores y todos los detalles de la pequeña historia que hace comprender mejor la importancia de Julián Gayarre en el mundo de la ópera, figura no siempre reconocida por nuestra sociedad poco dada a premiar lo nuestro, sin olvidarse de anécdotas y curiosidades tanto del biografiado como del propio biógrafo que darían para otra película además de las tres rodadas sobre la vida del tenor navarro (a menudo confundido con Pablo Sarasate por eso del paisanaje), de las que desconozco la primera pero he visto las protagonizadas por Alfredo Kraus (con el vinilo rayado de tanto escucharlo antes incluso de visionar la película) y José Carreras, quedándome siempre con el tenor canario.

Imposible resumir su impresionante libro Julián Gayarre: la voz del paraíso (ediciones Eunate) del que se vendieron y firmaron varios ejemplares, incluyendo el mío, pero recordar desde aquí algunas cosas que me encantaron, no solo sus roles en tantas óperas, teatros, el piso madrileño al lado del Teatro Real, la cita de Benito Pérez Galdós jugando con La Favorita y llamando navarros a todos los músicos españoles de su época, el recuerdo de nuestro Clarín que imaginó Los Hugonotes con que el Campoamor inauguraba pero sin Gayarre, el mito y leyenda en torno a un grande cuyas virtudes vendrían del trabajo y no de fenómenos sobrenaturales (qué risa recordando la doble laringe, pasando de una a otra a raíz de la conservación en formol de la original, que incluso ha sido objeto de estudio con las nuevas tecnologías en el Hospital de Navarra), su cabezonería como buen navarro, el breve paso por el Orfeón Pamplonés del que el propio Salvoch es tenor, las jotas que acarrearon alguna multa pero también la ayuda para algún pobre, la muerte de algún ser querido siempre unida a cada triunfo cual maldito tributo personal a la fama y el éxito, sin dejar a un lado los cotilleos más allá de lo calificado rosa como la «fama» de homosexualidad totalmente rebatida ante una vida de amoríos varios, hijos ilegítimos que siguen apareciendo cual doctor Iglesias Puga, y hasta uno presuntamente de su compañera la cantante Elena Sanz tras la gira por Argentina y Brasil, quien vuelve embarazada y atribuyen la paternidad al rey Alfonso XII, de nuevo por una fama cargada de falsedades y medias verdades, aunque Isabel II  llamase a la cantante «mi nuera ante Dios», y la hija reconocida en su propio testamento que fue completando un puzzle al que siguen faltándole piezas. Debate posterior tras el aria de La Gioconda de Ponchielli para el propio Gayarre que la echaba de menos, el Nadir último de un gran jugador de pelota o el deseo de Verdi haciéndole llegar su editor Ricordi el Otello que no estrenaría el navarro.

Pese a la historia de Oviedo en el mundo lírico y cierto paralelismo de los tenores Lorenzo Abruñedo (del que ya se comentó en la primera conferencia) con Julián Gayarre en cuanto al origen humilde y trabajador, el roncalés nunca cantó en Asturias, pero Salvoch nos dejó la relación a partir del «Método de Canto de Benigno Llaneza«, Profesor por oposición en la Escuela Provincial de Bellas Artes de Oviedo (mi antiguo Conservatorio de la calle Rosal) aprobado por el gran tenor, dejando las fotos que ilustraron esta parte de la conferencia.

Interesante también la historia del Mausoleo de Marianico Benlliure que por deseo de la familia Gayarre terminaría en su pueblo natal y no en la plaza madrileña de Isabel II, detrás del Teatro Real por esos giros del destino, sin ningún atributo cristiano pero lleno de belleza incluso en la simbología: la música llorando, el telón caído, la melodía sustentada por la armonía y el genio de la fama poniendo el oído para escuchar la voz del tenor…

El libro espera su lectura reposada donde aparece todo lo antes comentado, y toda mi admiración por el ingente trabajo de muchos años que todavía continúa Óscar Salvoch, enamorado de su paisano a quien sigue dedicando su tiempo para difundir la vida y obra de una voz nunca suficientemente conocida, de la que no se conserva grabación alguna, contándonos vicisitudes personales sobre este tema donde Patrimonio Nacional, policía y un largo etcétera también darían para una serie televisiva con la ignorancia y la picaresca de trasfondo, aunque no cuento más por ser privilegio de quienes asistimos a esta conferencia, incluyendo alguna otra primicia que deberá esperar publicarse, aunque probablemente el Gobierno de Navarra o algún ayuntamiento sigan prefiriendo financiar otras parcelas totalmente alejadas de la cultura o la propia música. La recientemente fallecida soprano Lina Huarte, que prologa el libro de Óscar, tampoco tiene una calle en su Pamplona natal ni podrá ser reconocida en vida, en un país que sigue ignorando a sus grandes músicos.

El propio Gayarre sufrió el cambio de la Monarquía a la República al quitársele la beca con la que malvivía de estudiante en el decimonónico Conservatorio madrileño, como Eslava y Arrieta en diatribas que ya quisiéramos revivir ante el peso de tanto navarro de postín, pero la realidad nos la dimos de bruces al conocer el recién nombrado Ministro de Cultura saliendo del Palacio del Conde de Toreno.

El oso bailó

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Viernes 1 de junio, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo: Inspiración IV, abono 14 OSPA, Shai Wosner (piano), Rossen Milanov (director). Obras de Silvestrov, Mozart, Britten y Haydn.

Crítica para La Nueva España del domingo 3, con los añadidos de links, notas al pie, fotos propias y tipografía, cambiando muchos entrecomillados por cursiva:

La temporada llega a su recta final y junio nos devolvía al titular para los dos últimos conciertos de la OSPA, esta vez junto al pianista Shai Wosner con quien ya ha trabajado en EEUU. Cuarta “inspiración” bien explicada en la conferencia previa de Israel López Estelche (1) explicando y razonando el vínculo de los cuatro compositores del programa que le hubiera venido bien más público para entender aún mejor los emparejamientos del decimocuarto concierto al que se cambió el orden previsto para darle mayor coherencia.

Unir a Valentin Silvestrov (1937) con Mozart sin pausa, como una obra única para la primera parte, quedó bien por ser ambas con el mismo solista aunque obligase a permanecer ya sentados al viento y los timbales durante “El mensajero” para cuerdas y piano (1996) antes del concierto nº 21 del genio de Salzburgo pero dando unidad desde el “sonido Mozart” que se aprecia y cita el ruso como Picasso a Velázquez y Las Meninas. Primero el piano sumaría texturas más que solista, pedales creando una atmósfera lineal y plácida con esbozos temáticos, engrandeciendo a la cuerda, verdadera protagonista que no puede sonar mejor en cualquier repertorio, aquí aunando dos clasicismos, volviendo a brillar con luz propia desde un cuidado estatismo que prepararía al mejor Mozart con una óptica compositiva cercana. Símil pictórico trasladable a la cocina como deconstrucción de un plato tradicional bien digeridos ambos por un auditorio que sigue dando la espalda a estos menús, siendo preocupante comprobar tantas butacas vacías.

Sutil continuidad con el concierto de Mozart popularizado en el cine como “Elvira Madigan” que nunca defrauda y sigue impresionando por su belleza. Wosner (2) marcó estilo limpio y contenido que hace parecer fácil lo difícil, con Milanov en su incomodidad habitual para estos repertorios, que tras Silvestrov solo necesitaba dejar escucharse a la orquesta con el solista realmente encajando una música perfectamente escrita y difícil pasarla de punto. Andante publicitario entre dos “Allegros” brillantes, bien balanceados y con cadencias originales, cita operística incluida, realmente para lucimiento del pianista. La propina continuista en estilo y recogimiento: el Andante de la Sonata 13 de Schubert.

El segundo emparejamiento Britten–Haydn era lógico tras el primero, dando protagonismo nuevamente a la cuerda sola con las Variaciones sobre un tema de Frank Bridge antes de completarse formación para la sinfonía nº 82, repitiendo virtudes y defectos nunca a partes iguales.
Mejor llevada la nueva cocina, de aparente escasez en el plato, que el “oso sinfónico”, resultando más el que se comió a Favila que los de Xuanón de Cabañaquinta abrazados hasta la muerte.

La OSPA siempre condimento perfecto para unas obras no servidas como se merecen. Britten engordado de camerata a orquesta pero en su punto, pese a demandar mayor exigencia a toda la cuerda, un orgullo por homogénea, tensa, disciplinada, sonido puro en el vals vienés (séptima variación) más que intención, al faltar mando en una batuta pasada de vueltas como Thermomix© equivocada. Impecables los pasajes rápidos (Moto perpetuo octava y regalo de primeros violines melódicos como uno solo con pizzicati del resto cual gigantesca mandolina), emocionantes lentos y así cada variación de los Tres idilios para cuarteto de cuerda que el alumno Britten engrandeció hasta la Fuga y Finale de vértigo bien ejecutado.

La parisina Sinfonía nº 82 de Haydn tras las variaciones del británico, no mantuvo la tensión, el carácter humorístico del Finale vendría por falta de compenetración entre música y podio danzante, a pesar de la belleza de sus cuatro movimientos. Oso bailarín con gaita asturiana y no musette francesa aunque mejor olvidar el “estilo Rossen” sustituyendo la “experiencia Milanov” de su primera temporada. Imposible saber por sus gestos si el ritmo es binario o ternario, las dinámicas venideras o pasadas, danzar en vez de marcar, otro año corroborando que su repertorio, como los platos, no es el tradicional y básico en la alimentación de los melómanos asturianos. Lástima nuevamente que una orquesta en madurez total, demostrada con los distintos directores invitados, no se mantenga para este final, esperando que la “Pesadilla en la cocina” traiga un Master Chef.

Notas: (1) Israel López Estelche, autor de las notas al programa en la revista nº 20 y enlazadas en los autores al inicio. Su concierto de cello programado como cierre de la temporada se ha pospuesto para la próxima.
 (2) Entrevista en OSPA TV con el maestro Wosner.
P. D.: Reseña de Andrea G. Torres en La Nueva España del sábado 2.

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