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Un Fidelio para recordar

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Viernes 1 de noviembre, 19:00 horas. Teatro Cervantes, Málaga: 31 Temporada Lírica, Fidelio (Beethoven). Entrada: Palco 117 € (con 2,93 € comisión Internet recinto y 0,95 € comisión general Internet). Berna Perles (soprano), César Gutiérrez (tenor), Tijl Faveyts (bajo), Beatriz Díaz (soprano), Pablo García López (tenor), José Antonio López (barítono), Luis López (bajo), Jesús Gómez (tenor), Coro de Ópera de Málaga (Salvador Vázquez, director), Orquesta Filarmónica de Málaga, Manuel Hernández Silva (director musical), José Carlos Plaza (director de escena). Producción escénica del Teatro de la Maestranza de Sevilla.  Fotos de webs y RRSS.

Málaga se asienta firmemente en el circuito operístico nacional con una apuesta plausible gracias al crecimiento que la Orquesta Filarmónica de Málaga ha experimentado desde la llegada del maestro Manuel Hernández-Silva que esta temporada se despide de la titularidad dejando el listón muy alto tanto en conciertos como desde el foso.

Y este Fidelio (en la versión de 1814) ha sido un proyecto muy personal del director venezolano afrontando el Beethoven todavía clásico pero con su propia sonoridad y estilo vienés, que conocen de primera mano tanto el compositor en la ciudad imperial como el director en sus estudios «a pie de obra». Si su Mozart del pasado año resultó conmovedor en este mismo coliseo malagueño, en el Beethoven que conmemoraremos largamente en el 250 aniversario del próximo año, encontró todos los mimbres para armar una ópera exigente en todos los aspectos.

Aunar calidad en escena y música en estos tiempos es tarea harto difícil que en este Fidelio malagueño logró casi la excelencia, con un reparto vocal equilibrado, tanto en el coro que brilló en escena, especialmente en el primer acto de los prisioneros, como en las voces solistas, comenzando con una Berna Perles creciendo desde Fidelio hasta la Leonora final, una soprano malagueña que personificó este rol complicado con solvencia, presencia y convicción, voz ideal de dicción perfecta e interpretación rotunda a lo largo de la representación.

El carcelero Rocco del bajo belga Tijl Faveyts, el más aplaudido, resultó otro acierto por aplomo, escena, dominio total en lo vocal y por fin una tesitura clara que siempre relució en cada intervención, como solista, dúos o en los muchos concertantes, de empaste perfecto y escucha clara por un color totalmente adecuado para su personaje.

También volvían al Cervantes la pareja asturcordobesa, la soprano Beatriz Díaz como Marzelline, hija de Rocco, y el tenor Pablo García López en un Jaquino muy personal. Ellos abren la ópera con un dúo que apuntaba una función redonda, la asturiana en su línea de excelencia debutando un papel en alemán que le va como anillo al dedo en todo: voz llena de matices, amplios y de proyección suficiente, incluso en las partes habladas, ganando cada vez más en los graves manteniendo unos agudos impecables, sumando una escena que llena en cada aparición suya (impagable la escena segunda con Rocco), y el cordobés que madura a pasos agigantados recreando un conserje enamorado cojo pero sin problemas físicos para una interpretación donde tanto el canto como las partes habladas fluyen de manera natural para este personaje ideal, generoso en el amplio sentido de la palabra y en todas sus intervenciones.

Cuarteto protagonista que nos dejaron los mejores momentos vocales de la noche junto al coro, debiendo citar al resto del elenco: el Don Pizarro del barítono murciano José Antonio López no desentonó con el resto, algo más «apagado» y menos convincente en esos papeles de «malo» para disfrutar un poco más, estuvo contenido pero notable; el Don Fernando del bajo malagueño Luis López me sorprendió gratamente por color y volumen, una voz prometedora que ayudó a equilibrar el reparto solista, junto al tenor Jesús Gómez solventando con suficiencia su solo en el coro de prisioneros. No tuvo su mejor noche el tenor colombiano César Gutiérrez como Florestán, formado en Viena y conocedor de este repertorio pero que tal vez por su intento de dotarlo con el dolor intrínseco del personaje, presentó unos cambios de color en los agudos algo «apretados» aunque redondease un elenco ideal para este Fidelio malagueño, voces todas empastadas, distinguibles y audibles perfectamente, siempre equilibradas y presentes gracias a un foso atento.

Toda la puesta en escena de José Carlos Plaza, luces y vestuario, ayudaron a un verdadero espectáculo ambientado en Sevilla, descubierta en la noche final, las losas opresoras, especialmente la superior que juega con las inclinaciones para completar la fuerza dramática, los destellos casi en sombra de las torturas en la cárcel, los tonos oscuros y oxidados hasta en los maquillajes, incluso en el vestuario de cada personaje y coro que nos llevarán a la luz con la aparición de las mujeres de blanco en la liberación final. Es loable encontrar una escenografía que no distrae nunca la acción musical y además la completa sin entorpecer, más bien agrandar y ayudar a comprender esa idea de opresión que sustenta esta ópera única del genio de Bonn.

Y en el foso una Filarmónica de Málaga realmente clásica en sonoridades, sin historicismos instrumentales pero con sonido vienés, al servicio de las voces, calidades en las maderas, virtuosismo en la trompeta solista, dinámicas amplias siempre en el plano correcto, más una cuerda sedosa y clara, todo bajo la batuta de un Hernández Silva que sabe cómo sacar de todos lo mejor. Incorporar la obertura tercera de Leonora para enlazar los dos cuadros del segundo acto fue un acierto tanto musical como escénico al recrear la liberación con unos prisioneros levantando la losa para vislumbrar una Sevilla nocturna llena de contrastes, brillo total desde las penumbras luminosas musicalmente hasta el final premonitorio de la Oda a la libertad de su novena sinfonía, todo tejido con mimo y magisterio en este Fidelio para recordar.

Enhorabuena a todos y gracias por otra escapada malagueña que nunca nos defrauda: reencontrarme con amigos, disfrutar de su luz y la música siempre como buena disculpa para cruzar España comenzando a celebrar #Beethoven2020.

Un fichaje esperanzador

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Sábado 26 de octubre, 20:00 horas. Oviedo, Auditorio «Príncipe Felipe»: Conciertos del Auditorio. Lucas Macías (director, oboe), Oviedo Filarmonía. Obras de Beethoven, Mendelssohn y R. Strauss.

No podía comenzar mejor la temporada de conciertos en el auditorio ovetense, con la orquesta de la casa y el estreno de Lucas Macías como titular, portada del último número de Scherzo, quien hace año y medio ya me dejase con la esperanza de tenerlo entre nosotros y al fin se hizo realidad. Entonces escribía sobre el maestro onubense «… Macías sacó lo mejor de la OFil, unos violines tersos y claros, las violas con su momentos álgidos… los cellos con Ureña marcándose un solo también de lo más lírico, cuatro contrabajos dándolo todo en presencia y claridad, las maderas bien empastadas con intervenciones dignas de admiración y hasta los metales redondos, afinados, sin olvidarme de los timbales mandando con su precisión habitual. Los tiempos elegidos casi metronómicos en las indicaciones, sin demasía… coronando una segunda de Brahms digna de las orquestas y directores grandes, y la de Oviedo lo fue este último sábado de abril«. Casi podría repetirlo para el programa de presentación aunque añadiendo que la OFil sonó como nunca, un trabajo en la dirección espectacular, de memoria en todas las obras y además deleitándonos como solista y director en un cierre que cambió la fórmula para dejar a un auditorio casi lleno el mejor sabor de boca en este programa que abría un año Beethoven con Egmont, la agradecida Italiana de Mendelssohn y esa lección de oboe controlando todo en R. Strauss para terminar regalándonos al Bach camerístico y el dúo casi asturiano de Bartok con Mijlin… No se puede pedir más.

«Egmont», obertura en fa menor, op. 84 (Beethoven) puso el músculo, la energía, la paleta del genio de Bonn, el brillo sinfónico con todos los cambios esperados de dinámica, aire, ritmo, tensión, cuerda presente, madera bucólica, timbales poderosos, metales refulgentes, todos ellos felizmente llevados por un Lucas Macías (Valverde del Camino, Huelva, 1978) que apretó a los músicos como buen conocedor de sus capacidades y abriendo temporada con el compositor al que dedicaremos todo 2.020.

La Sinfonía nº 4 en la mayor, op. 90 «Italiana» (Mendelssohn) todavía aumentaría el nivel de exigencia, apostando por los tempi literales que la OFil respondió con cohesión, limpieza, valentía incluso. El Allegro vivace literalmente vivo, apostando por el brío romántico, verdadero «carnaval» con una cuerda homogénea, una madera en estado de gracia y unos metales brillantemente contenidos; el Andante con moto supuso el momento de paladear sonoridades, majestuosidad en ese movimiento procesional inspirado en Italia pero totalmente transportable a la Andalucía que el maestro conoce; el Con moto moderato redondeó sonoridades palaciegas en un equilibrio cuerda y viento perfecto, balanceando protagonismos con elegancia y gesto preciso; verdadera apoteosis el Saltarello Presto pisando el acelerador donde nadie quedó descolgado, frenético baile popular, intervenciones claras, limpias, amplia paleta de matices y reguladores con los timbales empujando, la cuerda atacando toda a una, el viento empastado y saboreando esta «Italiana» desde Oviedo con un onubense al mando que augura muchas tardes de éxito.

Aún quedaba la segunda parte con el Concierto para oboe y pequeña orquesta en re mayor, op. 144 (R. Strauss), donde Lucas Macías, cambiando camisa blanca y pajarita por negra y corbata a juego, demostró no ya el dominio del oboe, que le tuvo en las mejores orquestas europeas, sino el control en la dirección de una «pequeña orquesta» por plantilla y enorme por el resultado. Tres movimientos sin apenas respiro que obligaron a escucharse todos, a disfrutar de cada pasaje en complicidad total y cerrando un concierto romántico a más no poder. Perfectamente descrito por Jonathan Mallada en las notas al programa, enlazadas al inicio, «en un claro retorno al estilo romántico que había marcado su juventud, pero con la austeridad y economía de medios en la orquestación que caracterizaría gran parte de la música del último periodo compositivo del germano«, asombroso el sonido del oboe sonando a oboe, siempre presente en interacción total con la orquesta, fraseos impecables, cadencias de impresión virtuosa y un ropaje a medida de una OFil con personalidad propia, versátil en un programa agradecido donde el maestro Macías se erigió en el auténtico triunfador de esta velada estrenándose como titular, que el público premió.

Si el esfuerzo fue titánico, dejarnos de propina ese «aria» con la cuerda del Oratorio de Pascua de Bach nos devolvió el barroco atemporal y al padre de todas las músicas, para retornar finalmente con esa Cornamusa de Bartok a dúo con Andrei el concertino, auténticos aires asturianos de gaita para una página que elevó el estudio microcósmico a regalo de la tierra. Bienvenido maestro Macías.

Conexiones ibéricas

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Jueves 24 de octubre, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo: OSPA Abono 2, Reflejos I: António Rosado (piano), Nuno Côrte-Real (director). Obras de Falla, Côrte-Real, E. Halfter y Stravinsky.

Nuestras conexiones con los portugueses son seculares y van desde la propia historia a la geografía, con unos ríos que siempre nos han unido a los vecinos más que el ferrocarril o las carreteras. Son para muchos los grandes desconocidos pese a la cercanía, y este jueves volvían a unirse nuestras tierras preparando la gira donde nuestra OSPA llevará bien alto este fin de semana el estandarte sinfónico asturiano al Festival Darcos dirigido musicalmente por el lisboeta Nuno Côrte-Real con el programa que pudimos disfrutar en este segundo de abono y que estuvo precedido por un encuentro con el director y compositor en la sala de cámara.

Conexiones de baile que nuestra OSPA tiene muy interiorizadas y de la que recuerdo su paso por el Auditorio de Santander hace siete años, los ballets rusos de Falla y Stravinsky, la escuela del gaditano seguida por Ernesto Halfter llamado el «Halfter portugués» de esta saga de grandes compositores, y del que escuchamos su Rapsodia portuguesa con el pianista de Évora quien también estrenaría la versión sinfónica de la Elegía del compositor y director Côrte-Real (interesante escucharlo en OSPATV), entroncada con la anterior por el solista además de esos aires hispanolusos mezclando saudade y morrinha galaicoportuguesa, meigas y bruxas, esplendores y angustias con la música como nexo único.
La Suite nº 1 de El sombrero de tres picos (Falla) es la obertura ideal para que toda la OSPA disfrute en cada sección, al igual que en el ballet del ruso: una cuerda compacta donde se agradece el peso en los contrabajos, la percusión magnífica que mantiene el empuje rítmico tan necesario, las maderas donde degustar el corno inglés y hasta los metales con una trompeta solista algo fría en el inicio (se desquitaría en la segunda parte), pero ajustada a las órdenes de un maestro luso que no aportó nada nuevo salvo el gusto por el equilibrio en los planos. Interpretación algo plana donde la música del gaditano universal no falla.

Llegaría el momento del piano con orquesta en dos composiciones muy diferentes pese a la conexión ibérica de ambas, primero la Elegía para piano y orquesta, Op. 33b (Nuno Côrte-Real, 1971) en su versión sinfónica tras la original escrita para el Ensemble Darcos, lleno de una tristeza que el propio compositor asoció, tanto en el encuentro previo como en la presentación de ambas obras al público, que hoy no llenó el Auditorio, con el martirio en su concepción general, obra fácil de escuchar, sin excesos tímbricos, con momentos de lucimiento de António Rosado, sonoridades de reminiscencias variadas y orquestación amplia aunque poco luminosa, tal vez por ese transfondo místico, nebuloso, aunque no siempre podemos disfrutar en nuestros días de un estreno dirigido por el propio compositor, lo que en siglos pasados era lo habitual. Me encantó el pasaje con las violas y el solista verdaderamente bien resuelto y tal vez sacado de la versión camerística que me gustaría escuchar en algún momento.

La luz vendría con la Rapsodia portuguesa de Ernesto Halfter (1905-1989), la instrumentación brillante, el piano de Rosado presente, limpio, ensoñador, las melodías populares como motivo de recreación e inspiración al igual que su maestro Falla, siempre tamizadas por el sabor español de castañuelas o pandereta como si un Ribera del Duero tomase cuerpo en las tierras vecinas, el recuerdo del Tajo lisboeta que arrastra tanto hispano, y así lo entendieron todos. Interesante contraponer dos conceptos compositivos con el piano de protagonista, donde el español dominó al luso de principio a fin antes de escuchar una propina deliciosa en sus manos con el mismo bouquet.

La banda sonora de la segunda parte la preparó el propio Côrte-Real presentando la Petrouchka (versión 1947) de Stravinsky como tal, marioneta de la protagonista incluida, simpatía portuguesa del maestro que la mantuvo en el podio y mantuvo ese toque infantil para esta joya de ballet nuevamente disfrutando de las calidades de los músicos de la OSPA, movimientos bien contrastados, paralelismos cronológicos y casi estilísticos con Falla que además mejoraron dinámicas, la agógica siempre difícil, pulsión global, buen balance en todas las secciones y un final fantasmagórico con esa Petrouchka emparentada con el Samaín celta, astur y gallego como las ánimas, tradiciones que conectan y hacen una esta Iberia siempre motivo de inspiración.

Todo este programa lo disfrutarán nuestros vecinos con una OSPA plenamente ibérica unidos por la música.

Horizontes lejanos

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Viernes 11 de octubre, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo: OSPA Abono 1, Horizontes I: Pablo Ferrández (chelo), Manuel López-Gómez (director). Obras de Wagner, Saint-Säens y Dvořák.

Tras un año horrible volvía a retomar mi «normalidad» con los conciertos, el Auditorio y nuestra OSPA aunque mirando atrás, solo unos meses, me faltaban muchos amigos con los que no pude festejar mi retorno: mi tío Paco en el «paraíso», delante mis queridos Ramón Jiménez y a su lado Jaime Martínez, al que se rindió un emotivo homenaje hora y media antes en el vecino Club de Prensa Asturiana donde Beatriz Díaz con Marcos Suárez al piano se sumó a un acto lleno de recuerdos que intentar mantener vivos a todos mis ausentes (ninguno hubiera faltado), con tres arias de quitar el hipo, sentidas y con la excelencia que en ella es costumbre.

Mi vuelta coincidía con la del director invitado, el venezolano Manuel López-Gómez, de la «cantera» venezolana aunque no todos sean como Dudamel, y creo que la sexta del chelista madrileño Pablo Ferrández que de nuevo resultó el verdadero triunfador de la noche con su Stradivarius Lord Ayslerford (1696) y una OSPA con Xabier de Felipe de concertino, a los que encontré casi como yo: mantienen el músculo pero falta más ejercicio, esperando vayamos recuperando a la par a medida que avancemos en el tiempo de esta temporada de horizontes lejanos sin titular, esperando vayan llegando buenos candidatos y se acierte en la elección.

La obertura de Lohengrin (Wagner) resultó ideal como tal aunque algo destemplada, calidades en cada sección en una formación ideal en plantilla, equilibrada incluso en los contrabajos pero pesante, con un maestro López-Gómez al que los tempi lentos parecen caérsele y las imprecisiones del gesto influyeron en ciertas desconfianzas sonoras que se repetirían acrecentadas en la segunda parte. La cuerda sonó sedosa aunque algo desajustada en unas entradas poco claras, la madera nunca defrauda y los metales siempre «orgánicos» además de empastados a pesar de las inseguridades, más la percusión acertada, todo en un crescendo imparable de buena sonoridad que no me llenó del todo. Para abrir boca en todos los sentidos… esperando enamorarme de nuevo.

El Concierto para violonchelo nº 1 en la menor, op. 33 (Saint-Saëns) fue como la defensa wagneriana de su compositor por visión e interpretación, aunque esta vez el mando lo llevase mi tocayo. Su sonoridad es impresionante, los tres movimientos sin pausa ayudaron a darle unidad a esta obra con una plantilla algo más reducida, por momentos camerística, bien concertada porque Pablo Ferrández empuja y transmite poderío tanto en sus partes protagonistas como con los tutti donde la calidad del instrumento sumada a la del intérprete no supone merma alguna de presencia. Si el inicial Allegro non troppo fue valiente y «sin demasías», brillante arranque virtuoso del madrileño bien contestado por el tutti, con esos cambios de aire escritos y concertados al detalle, haciendo fácil lo difícil; en el Allegretto con moto no pisó el acelerador para degustar su lirismo de graves rotundos revestido por una orquesta ideal en este concierto solista, para retomar el Tempo primo que salió curiosamente más contenido aunque dando nuevamente muestras de unas agilidades limpias, brillantes perfectamente secundadas por la orquesta.
Decía nuestro común tocayo Pau Casals que se desayunaba una suite de Bach cada día, y auténtico homenaje la primera propina del catalán (esa Sarabande de la nº 3 en do mayor BWV 1009), posada y reposada, aunque me emocionase aún más ese El cant dels ocells en recuerdo de los que ya no están, recreación dolorosa y muy sentida de Ferrández para cortar el aire profundo que todos respirábamos en un auditorio con una excelente entrada, digna para esta música.

Sobre la Sinfonía nº 9 en mi menor, op. 95 «Del Nuevo Mundo» (Dvořák) el maestro venezolano intentó aportar algo nuevo que me resultó desconcertante, casi diría que «blandito», con una visión caribeña por momentos tan calmada que la llama parecía extinguirse por momentos, los pianissimi resultaban lentos y los forte rápidos, nuevamente con gesto impreciso sobremanera en las entradas de dinámicas tan recogidas que no transmitían la seguridad necesaria para los músicos. Si todavía recuerdo al maestro Griffiths que nos dejó una versión de la octava esperando por «su» novena, López-Gómez no resultó nuevo ni de otro mundo sino distinto en tanto que mimó las dinámicas pero no la agógica, cambios inesperados de velocidad casi sorpresivos y poco convincentes. El conocido tema del primer movimiento (Adagio-Allegro molto) lo ralentizó tanto que frenaba el discurso y perdía intensidad expresiva aunque se pueda hacer más lento y mantener la tensión dramática. Al menos pudimos paladear toda la madera; pero la lentitud casi exasperante llegó en el Largo que resultó monótono por no decir tedioso, insípido, salvado por las pinceladas del metal y el redoble de timbales así como el impecable solo de corno inglés de Romero, lo mejor de «este mundo». El Molto vivace pecó de lo mismo a pesar de esa indicación de aire, cuidando más el sonido de cada sección que el vigor interior de esta sinfonía con una pulsación errática y confusa para lo que estoy acostumbrado; y el Allegro con fuoco casi se apaga en el final pese al poderío sonoro y la inspiración del viento metal unida al esfuerzo de una cuerda tensa e intensa de una «sintonía» que para mis hoy recordados ausentes era la del programa radiofónico «Ustedes son formidables«.

Interpretación peculiar la del maestro venezolano que no me convenció aunque la belleza sinfónica resista cualquier versión y el público disfrutó con un programa para todos los públicos armado como hace demasiados años: obertura, concierto solista central y una sinfonía para cerrar.

Un escalón más

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Lunes 29 de julio, 19:00 horas. Real Instituto de Estudios Asturianos (RIDEA), La Castalia: Concierto de Clausura del V Curso Internacional de Canto y Repertorio Vocal.
Aún convaleciente de mi reciente operación de hombro y escribiendo con una sola mano, siempre digo que el verano también es trabajo y me complace volver a los conciertos que La Castalia ofrece al público con sus alumnos y profesores, otro regalo tanto para Oviedo como para melómanos llegados de todas partes que dejaron pequeño el patio del RIDEA, así como la posibilidad de continuar una formación vocal que nunca termina a un plantel de voces variado y con distintas trayectorias.
Otro mes de julio donde la incansable Begoña García-Tamargo se pone al frente de un claustro de profesores para dar lo mejor de su profesionalidad y poder seguir educando nuevas voces para un ascenso en esa carrera que no tiene fin pero que podemos congratularnos a la vista de los resultados.

Manuel Burgueras (repertorio vocal), Curro Carreres (escena lírica), Yelyzaveta Tomchuk (pianista acompañante), Ana Cristina Tolívar (fonética), Mª José Collazos (análisis musical) y Mario Bueno (fisioterapia) junto a la propia Begoña García-Tamargo (dirección artística y canto) han estado trabajando sin pausa con un alumnado internacional de todas las cuerdas, colores vocales y tesituras para sacar de ellos más de lo que podamos imaginar, adaptando a cada uno repertorio, estilos así como la puesta en escena que esta vez supuso un avance de calidad a lo largo de las dos horas de concierto donde hubo canción de concierto, ópera y zarzuela organizado en dos partes sin apenas descanso, en combinaciones variadas y bien estructuradas para disfrutar no solo de la música vocal sino también de un elenco de jóvenes abarcando promesas y realidades, desde la soprano debutante Eugenia Ugarte hasta la querida y consolidada mezzo María Heres con nuevos registros caso de su Habanera de «Carmen» (Bizet) verdaderamente lograda.

Me encanta comprobar el progreso imparable de la jovencísima soprano Janeth Zúñiga, los avances de Almudena Sanz, también soprano, el trabajo incansable de Canela García, pasando por el contratenor Mikel Malda que habrá que seguir de cerca (muy aplaudido con el conocido Lascià del Rinaldo handeliano), continuando por el barítono Javier Agudo o el bajo Román García así como más «descubrimientos»: el tenor Adrián Ribeiro, una voz con cuerpo que dará muchas alegrías, la soprano Carla Sampedro, con un timbre peculiar al que le encontraron sus roles, el barítono Darío Gallego y el tenor Thomas Minaux. Mención especial para la actriz Marina Cañada que volvió a demostrar la interacción necesaria con la música en el «dúo de gatos» de Rossini con Canela García, la actuación creíble y entendible del lenguaje minino en el simpático número del cisne de Pésaro.

El avance en calidad lo puso el maestro Curro Carreres que logró de todos ellos una implicación total en cada interpretación con los pianistas, creyéndose las partituras, interpretando en todos los sentidos, desde Tosti a las romanzas y dúos de zarzuela hasta la ópera, interesantísimos casos como el aria Si la rigueur («La Juive» de Halévy) con el bajo Román García, el dúo Heure exquise de «La viuda alegre» (Léhar) con Janet Zúñiga y Thomas Minaux más el piano de Tomchuk, e incluso Quel vecchio maledivami de Verdi con Agudo-Rigoletto y García-Sparafucile en buen empaste y actuación de ambos.

Con ligeros cambios de vestuario, salidas a escena aprovechando el espacio del Palacio del Conde de Toreno y la siempre acertada selección del repertorio, fueron saliendo las voces para disfrutar cada página, combinaciones jugando con el color y alternando con páginas en solitario. Imposible detallar cada número (el programa lo he dejado más arriba), pero quiero destacar sobremanera la escena y terceto Zu Hilfe… Stirb, Ungeheur, durch unsre Macht del primer acto de «La Flauta Mágica» (Mozart) como el exponente máximo de hacer posible recrear este parte del cuento cantado, con las tres damas de Janeth, Canela, María más las actuaciones de Adrián-Tamino al que casi desnudan y la «serpiente» Marina, con el piano orquestal de Yelyzaveta, empastes y escena exprimidos al máximo.

De nuestra zarzuela siempre hay numerosas páginas donde aprovechar las posibilidades vocales de cada cuerda, con romanzas primorosas y bellísimas, caso de «Gigantes y Cabezudos» (Fernández Caballero) con Canela García como Pilar en esa sentida Está en su carta… No sé leer con Manuel Burgueras al piano, Madrileña bonita del enorme Pablo Sorozábal («La del manojo de rosas«) con Darío Gallego, las poco escuchadas Nocturno y romanza A verla voy de «Curro Gallardo» (Penella) con el barítono Javier Agudo y Burgueras, junto a «La canción de La Lola» (Chueca y Valverde) y la romanza En la calle del Ave María interpretada por Almudena Sanz acompañada por Burgueras. Dúos emocionantes como el No llores más de «La Malquerida» (Penella) a cargo de María Heres y Javier Agudo, entregados como Cállate corazón de «Luisa Fernanda» (Moreno Torroba) con Heres-Ribeiro o el conocidísimo de Felipe y Mari Pepa («La Revoltosa» de Chapí), perfecto broche final nuevamente con María Heres, Darío Gallego y Elyzabeta Tomchuk al piano que cosecharon las mayores ovaciones.

La despedida coral cantando Asturias patria querida puso el punto y seguido a este nuevo curso que no se detiene. Un escalón más para La Castalia y su equipo, para las voces que continúan formándose en todos los ámbitos y para Oviedo y todo el Principado de Asturias que sigue apostando por la música en todas sus facetas como verdadera seña de identidad. Mi enhorabuena para todos, profesorado y alumnado, porque la educación está desde siempre en nuestras vidas.

Despedida por todo lo alto

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Domingo 16 de junio, 19:00 horas. Auditorio de Oviedo, Jornadas de Piano «Luis G. Iberni», concierto extraordinario cierre de Temporada. Juan Diego Flórez (tenor), Cécile Restier (piano). Obras de Bellini, Glinka, Donizetti, Lehár, Bizet, Gounod, Bizet y Verdi. Entrada: 58,50€ (descuento para abonados del ciclo).

Despedida por todo lo alto con Juan Diego Flórez (Lima, 1973) para un ciclo donde el tenor peruano llenó el auditorio poniéndolo en pie sin defraudar nunca, esperado concierto programado inicialmente para el 26 de mayo pasado cancelado por motivos de salud, pero que mantuvo el aforo y programa pese al apretado calendario de esta figura mundial, acompañado de una excelente pianista como  Cécile Restier (Paris, 1981) que tampoco defraudó, haciendo «olvidarnos» del habitual acompañante Vicenzo Scalera.

Obras bien elegidas con los «intermedios» de la pianista francesa en la línea habitual de estos recitales, comenzando con Bellini y tres de sus canciones de concierto aptas igual para cualquier tesitura, casi como arias, perfectas para ir calentando voz y dedos, siempre optando por tiempos adecuados a la buena dicción, Vaga luna, che inargenti, bien lenta, Vanne, o rosa fortunata, algo más ligera, y Ma rendi pur contento gustándose los dos intérpretes, especialmente el limeño.

Sin romper este inicio belcantista la pianista eligió a Mikhail Glinka y su Rondino brillante sobre un tema de Bellini de lucimiento personal claramente ejecutado para dar el descanso vocal antes del aria O di Capellio, generosi amici… È serbato a questo acciaro…L’amo tanto e m’è sì cara de «I Capuleti e i Montecchi» donde Flórez comenzó a dar lo mejor de la velada en el repertorio que domina como pocos.

No podía faltar Gaetano Donizetti, primero el poco escuchado Vals en La mayor (para piano solo) y después dos arias bien distintas: Una furtiva lagrima del Nemorino de «L’elisir d’amore», recogido casi íntimo con un piano discreto (aunque siempre tengo que destacar lo complicadas que son las reducciones orquestales), y tras él volviendo a escena arrancando con el poderoso Edgardo de Tombe degli avi miei… Fra poco a me ricovero de «Lucia di Lamermoor» que cerró la primera parte en calidades «in crescendo» mostrando las cualidades que Arturo Reverter destaca en las notas al programa (enlazadas al inicio en obras): «exquisito, de voz clara y argéntea, de
probada técnica de emisión
» o las que destaca otro crítico como Javier Pérez Senz: «En el arte del buen cantar, Flórez es un maestro; difícil parece encontrar en la actualidad un tenor capaz de un canto más dulce y efusivo, más elegante y sabiamente fraseado«.

Con algo de escepticismo esperaba las arias de Franz Lehár porque idioma y estilo no me cuadran mucho con el color vocal de Flórez (mis referencias son 2K: Kraus y Kaufmann) aunque no sea igual con piano que orquesta de cámara o sinfónica pero cantándolo desde hace años. Comenzaría con Dein ist mein ganzes Herz de «Das Land des Lächelns» algo plano, mejor el Gern hab’ ich die Frau’n geküsst de «Paganini» y culminando con más calidad y poderío el Freunde, das Leben ist Lebenswert de «Giuditta«, antes del Scherzo «vivace» de la Sonata en Re menor (para piano solo) y la parisina Restier luciéndose con el príncipe de la opereta.

No podía faltar ópera francesa, comenzando con una mejorable en estilo pero bien sentida y cantada La fleur que tu m’avais jetée, de «Carmen» (Georges Bizet) para proseguir con Charles Gounod pero no el Salut, demeure chaste et pure de «Faust» sino Ah lève toi, soleil de «Romeo et Juliette» que álguien del público contestó «mejor», bien el enamorado Romeo tras el celoso Don José.
Siguiente número de piano solo retomando a Bizet con su Nocturno en Re mayor en las manos de Cécile Restier verdaderamente impecable antes del esperado Verdi con dos arias para rematar la faena demostrando que su repertorio se engrandece como el cuerpo de su voz: Oh dolore de «Attila» y La mia letizia infondere… Come poteva un angelo de «I lombardi» apasionado e incluso brillante, que volvieron a dejarme buen sabor de boca con el esperado, aclamado y mediático Juan Diego Flórez que regresaría al escenario cantando algunas de sus habituales propinas.

Guitarra en mano, público pidiendo a gritos canciones cual comanda de «trattoria», su Perú del alma, comenzando con Chabuca Granda y el canto al gallo Camarón, seguido de un mix que dicen ahora De domingo a domingo en el día del padre en Hispanoamérica enlazado con el Cielito lindo, bromeando con todos, cercano, afable y simpático (su nombre en México es un santo al que se le apareció la Virgen de Guadalupe).
Todavía quedarían dos propinas más con Cécile Restier quien hubo de lidiar con una Granada (Agustín Lara) algo complicada de acompañar pero que Flórez paró con humor y guiños, incluyendo el giros «aflamencado» antes del agudo final, y un inesperado Calaf del «Turandot» pucciniano, el archiconocido Nessun dorma que me hizo saltar las lágrimas recordando a mi tío Paco al que enterrábamos por la mañana y hubiese disfrutado más que yo este concierto como buen melómano que me inició en este mundo único de la música.

Mejor despedida imposible.

Felices veinte años

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Sábado 18 de mayo, 20:00 horas. Conciertos del Auditorio, Oviedo: Oviedo Filarmonía, Nicolas Altstaedt (violonchelo y director). Obras de Sánchez Verdú, Shostakóvich y Sibelius.

Crítica para La Nueva España del lunes 20 con los añadidos de links (siempre enriquecedores y a ser posibles con los mismos intérpretes en el caso de las obras), fotos propias y tipografía, cambiando muchos entrecomillados por cursiva que la prensa no suele admitir.

Veinte años para una orquesta son toda una vida, más para una ciudad como Oviedo que clausuraba esta temporada con el reconocimiento de la Fundación Municipal y la Concejalía de Cultura a la Oviedo Filarmonía (OFil) de manos de “Rivi” Sánchez Ramos así como de todo el público presente, muchos fieles seguidores que han sabido esperar por una madurez lejana en aquellos primeros años de la inicial OSCO, pero que con trabajo duro, tenaz, versátil, en todos los repertorios, aprendiendo siempre, han redondeado una campaña completa, pendiente aún de que “Luisa Fernanda” eche el telón al festival lírico.

Otras plumas más preparadas que la mía escribirán esta reciente historia musical de la capital asturiana, pero el último programa de los Conciertos del Auditorio seguro que merecerá capítulo aparte, por un violonchelista y director como el franco-alemán Nicolas Altstaedt (1982) que sacó lo mejor de la OFil, felizmente reforzada en la segunda parte con alumnos del Conservatorio Superior en un programa arriesgado.

Comenzaría con el estreno asturiano (segundo en España tras el Festival de Granada de 2018) de Memoria del rojo compuesta por José Mª Sanchez Verdú (Algeciras, 1968), obra difícil de encajar en el amplio sentido de la palabra, que Altstaedt llevó como si la hubiese dirigido toda su vida, estudiada a fondo, muy trabajadas las texturas y dinámicas orquestales con una tímbrica sinfónica digna de grandes formaciones, y la OFil ya lo es, inspirada en una Alhambra universal de color, dibujo y ornamentos sinestésicos.

Si el concierto para violonchelo nº 1 de Shostakóvich, estrenado por su destinatario y amigo Rostropovich, es endiablado para el solista, simultanearlo con la dirección suponía un reto aún mayor que la OFil y Altstaedt superaron de forma sobresaliente. Escuchar al maestro se hizo más que necesario obligado, con la complicidad del concertino Mijlin o el solista de chelo Ureña cual “alter ego” del alemán, total entendimiento en todas las secciones y sonoridades rotundas, dinámicas extremas sin exageraciones, con la trompa de Alberto Ayala. compartiendo protagonismo y virtuosismo con el chelo en esa melodía obsesiva del ruso, llevando los cuatro movimientos del infierno al cielo por agitación, potencia, lirismo (la celesta de Bezrodny una delicia) y entrega, un Moderato de cuerda y trompa atercioleadas previo a la “Cadenza” que acallaría el odiado e inoportuno teléfono, sonidos profundos llenos de emociones de principio a fin sin dejarse nada ninguno de los intérpretes. La propina en pizzicatos a dúo con Mijlin resultó un aperitivo de la tarta final.

Gran orquesta para la Sinfonía nº 1 en mi menor, op. 39 de Sibelius, madurez y trabajo de veinte años que el maestro Altstaedt entendió e hizo entender desde el podio, tiempos y matices extremos rondando el paroxismo, las manos, el gesto amplio, su implicación total para con la obra y sus músicos que nos dejaron el verdadero regalo de aniversario, inspiración finlandesa con sabor ruso. Allegro “enérgico” inicial con los timbales siempre mandando en una gama de matices magistrales, Andante ma non troppo – Lento para paladear las calidades de toda la OFil, el Scherzo brillante y la rotundidad del Finale (Quasi una fantasia), contagiosa explosión sonora para una piñata repleta de música.

Los aplausos merecidos por parte de músicos y auditorio celebrando esta gran temporada de conciertos (el avance de la venidera no se queda atrás) que dará el do de pecho con Juan Diego Flórez en un domingo de elecciones donde ganará la cultura de esta envidiada Viena del Norte que es Oviedo.

Dos almas y un solo latido

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Lunes 13 de mayo, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo, Clausura de las Jornadas de Piano «Luis G. Iberni»: Gautier Capuçon (chelo), Gabriela Montero (piano). Obras de Schumann, Mendelssohn y Rachmaninov.

Los conciertos de mi querida Gabriela Montero son siempre únicos, irrepetibles, con la emoción a flor de piel, sea sola, con orquesta o esta vez de nuevo en Oviedo compartiendo escena nada menos que con el gran cellista francés Gautier Capuçon, siempre acertado en la elección de sus pianistas (Argerich o Yuja Wang entre las algunas), la reunión de dos talentos, dos almas, dos músicos enormes haciendo música juntos y latiendo como un solo corazón. Giras muy largas con distintos programas y con «jet lag» pero suficientemente preparados para comenzar un viaje a dúo desde Oviedo a Las Palmas pasando por Bilbao en un programa romántico que fue de menos a más en intención, emoción, entendimiento y buen hacer entre dos viejos conocidos.

Primera parte con Leipzig como punto de unión, la Fantasiestücke para violonchelo y piano, op. 73 de Robert Schumann (1810-1856) originalmente para clarinete pero que el cello de Capuçon transporta al lirismo puro, algo corto en sonido, echando de menos una tarima que hiciese de caja de resonancia, y el piano con la tapa abierta para comprobar todos los matices que Montero es capaz de sacar. Tres movimientos cuyos títulos expresan lo que pudimos escuchar: I. Zart und mit Ausdruck (Dulce y con expresión), arranque tenebroso y camerístico, dinámicas ajustadas, melodías y contracantos claros; II. Lebhaft, leicht (Animado, ligero), cristalino en ambos, de la melancolía inicial al optismo, energías bien encauzadas; y el III. Rasch und mit Feuer (Rápidamente y con fuego), apasionado, frenético en ambos, «virtuosismo mutuo… que finaliza de modo épico» como bien escribe Mirta Marcela González en las notas al programa (enlazadas arriba en los autores). Así lo entendía Schumann, su enamorada Clara y los grandes románticos para quienes los términos italianos les quedaban cortos para intentar explicar no ya la intención sino la entrega exigida. Maravilloso entendimiento de dos músicos tan distintos tocando como un solo ente, con muchos años compartiendo escenarios por todo el mundo.

A Félix Mendelsshon-Bartoldy (1809-1847) le debemos el rescate de «Mein Gott Bach», y hay mucho del «kantor» en la Sonata nº 2 para violonchelo y piano en re mayor, op. 58, cuatro escenas más que tiempos, donde los intérpretes dialogan, participan, comparten protagonismo, sin olvidar que todos los compositores elegidos para esta clausura de las jornadas de piano fueron grandes pianistas. Se nota en la escritura predominante aunque el violonchelo canta en todos ellos convirtiendo esta sonata casi en lieder similares a las «Romanzas sin palabras» o incluso corales luteranos donde el teclado quiere evocar al órgano, cuatro movimientos cual relatos llenos de claroscuros sobre los que triunfa siempre la luz. De nuevo admirable el entendimiento en los aires elegidos, en la intención: el I. Allegro assai vivace pletórico, atacado con valentía y con matices increíbles, de los que hacen cortar el silencio, seguido de un técnico y contenido II. Allegretto scherzando, bachiano con juegos de pizzicatos «orgánicos» contestados por el piano; el III. Adagio emocionante por la profundidad en ambos virtuosos, los graves del chelo que vibran como pocos instrumentos mientras el piano suelta destellos y perlas; para terminar el brillante IV. Molto allegro e vivace, perfectamente encajado entre dos solistas que se unen para engrandecer la llamada música de cámara, un dúo como unidad. Impresionante el respeto por el sonido, los finales ajustados en duraciones que quedan flotando en el ambiente derrochando pasión por la música.

Sergei Rachmaninov (1873-1943) no debe faltar en ninguno de los dos músicos porque hay simbiosis interpretativa y amor por unas páginas que tienen mucho de bocetos orquestales. La Sonata para violonchelo y piano en sol menor, op. 19 (1901) es contemporánea del archiconocido segundo concierto para piano y tiene la firma inconfundible del ruso con motivos reconocibles tanto en el piano como en el chelo, lo que se tradujo en una entrega emocional en los cuatro movimientos, un sonido muy cuidado por parte de los dos solistas, la continuidad romántica de la primera parte elevada al altar romántico que nunca debe faltar. El chelo comenzando solo, susurrando el piano en el I. Lento. Allegro moderato, atacando esas melodías sinfónicas dialogadas, individualidades bien entendidas; profundo el II. Allegro scherzando, acoplado al detalle con un «tempo» vertiginoso y limpio, el virtuosismo del ruso para unas melodías únicas desde el chelo de Capuçon y el piano de Montero; momento álgido de emociones el III. Andante, protagonismos alternados con el violonchelo sinfónico y el piano solístico en conjunción envidiable, la grandiosidad de una partitura que toma vida en cada nota con dos músicos entregados antes del IV. Allegro mosso, en la línea del tercer concierto de piano por la potencia sonora en ambos, Gabriela apoteósica, Gautier inconmensurable, despliegue de matices, rubatos encajados, tímbricas redondeadas, vuelos de paloma cantados al cello, cielo azul del piano, poesía musical de dos almas latiendo con un solo corazón. No se puede pedir más en una interpretación cálida, entregada y cercana del mejor Rachmaninov.

Público en pie jaleando una interpretación magistral del ruso de quien nos regalaron su Vocalise en arreglo propio de ambos en otra muestra de Música con mayúsculas, el Sergei que enamora, que no pasa de moda, entendido por los dos intérpretes de altura con una obra intensa y corta. Aún nos dejarían otra personalísima visión del tema más conocido (nº18)  de las Variaciones sobre un tema de Paganini, la reducción orquestal a dúo capaz de convertir lo pequeño en grande, bocetos tan artísticos como el original cuando se interpretan como Capuçon y Montero en un encuentro para el recuerdo.

Todavía hubo tiempo para firmar discos, programas, fotos con compatriotas, invitaciones a queso venezolano y alguna que otra confidencia entre amigos, a pesar del madrugón que les esperaba. Siempre quedamos con ganas de más…

El músico valiente

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Martes 7 de mayo, 19:45 horas. Teatro Filarmónica, concierto 9 del año, 1990 de la Sociedad Filarmónica de Oviedo: Dúo Gabriel Ordás (violín), Damián Hernández (piano). Obras de Bach, Schubert y Beethoven.

Hace años que sigo la trayectoria de Gabriel Ordás (Oviedo, 1999) quien a pesar de su juventud lleva casi toda la vida dedicándose a la música, escuchándola, tocando el violín, el piano, en solitario y también cámara o hasta orquesta (aún le recuerdo en un LinkUp de hace cinco años con la OSPA que me enamoró) y sobre todo su faceta de compositor con estrenos que puedo presumir de haberlos comentado y disfrutado. Hay que ser muy valiente en estos tiempos para compaginar los estudios obligatorios con la práctica musical y llevarlo todo como Gabriel lo hace, siempre con el apoyo de una familia sin la cual nada sería posible.

Valentía igualmente es enfrentarse al Bach elegido para su presentación en la centenaria sociedad filarmónica carbayona, la desnudez del salto sin red de la impresionante Sonata nº1 en sol menor, BWV 1001, dejando fluir la música a borbotones, con una técnica aún sin depurar que no le impide entregarse en cada nota, en cada compás, en cada frase. Impresionante el Adagio inicial sentido para afrontar la complicada Fuga (Allegro) que multiplica las sonoridades, la Siciliana muy «cantabile» y el vertiginoso Presto final.

Si en la sonata Gabriel Ordás dejaba muestras de un talento innato y madurez interpretativa, la Chacona perteneciente a la Partita nº 2 en re menor, BWV 1004 es un nuevo salto al vacío, el Bach interiorizado, memorizado y muy trabajado, un reto que pocos profesionales afrontan en concierto pero que el ovetense ofreció sin miedo ni complejos. Maravilloso escucharle y observar un arco lleno de plasticidad desde una amplia gama sonora al servicio de las endiabladas partituras del genio de Eisenach.

Francisco Damián Hernández Díez (Oviedo, 1973) compartió excelencia desde el piano, primero con la Sonata nº 1 en re mayor, Op. 137 de Schubert, obra que siempre recordaré de mis años jóvenes en primer año de música de cámara. Hernández y Ordás forman un dúo que entiende la música sin complicaciones pero con mucho trabajo conjunto, todo fluye con naturalidad, los diálogos, los acompañamientos, el saber dónde están los encuentros, los planos de cada uno, los protagonismos sin divismos. Excelente sonata tripartita con el Allegro Vivace final chispeante, exigente para ambos y luminoso en su interpretación.

La juventud como eterna primavera sonó con la homónima Sonata nº 5 en fa mayor para violín y piano, Op. 24 de Beethoven, dos intérpretes con muchas horas de estudio afrontando con frescura los cuatro movimientos, diálogos chispeantes, matices, movimientos desenfadados pero llenos de hondura, una asombrosa madurez para esta sonata exigente tanto para el piano como para el violín, sin apenas respiros y demostrando la grandiosidad de hacer música a dúo.

El regalo una adaptación del aria para tenor «Enamorado» de la ópera de cámara Doña Esquina compuesta por Gabriel Ordás, el sentimiento del intérprete con su composición, el canto desde el violín con el piano orquestal de Damián Hernández, siempre un placer cada concierto y más comprobar la evolución del talento musical y humano de un joven de su generación para quien la literatura, la música y todo el arte es afición, esperando sea pronto también profesión.

Zimmermann descafeinado

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Lunes 6 de mayo, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo, Sala de cámara, Circuitos Oviedo – VI Primavera Barroca: Bailes y batallas, Café Zimmermann. Obras de Biber, Schmelzer y Froberger.

Comenzaba en Oviedo una gira de la formación coliderada por el violinista argentino Pablo Valetti con el título «Bailes y batallas» que el Pablo sevillano J. Vayón presentaba en las notas (que dejo escaneadas) como Phantasticus comentando el papel de la música en la Alemania del XVIII, formas instrumentales italianas pero con el tinte teutón que no siempre va unido a la brillantez.

El grueso del programa lo ocuparía Heinrich Ignaz Franz von BIBER (1644-1704) de quien Café Zimmermann interpretó varias sonatas que aúnan sacro y religioso como el propio poder germano donde el destinatario era importante como también nos contó Valetti. Desiguales en escritura e intensidades emocionales, la número tercera Fidicinium sacri-profanum (ca. 1683) pareció tomar el pulso con un octeto formado por dos violines, dos violas, chelo, contrabajo, órgano y tiorba que sonó empastado y compacto en todo el programa, variando un poco el número en varias para disfrutar de la calidad de unos músicos que interpretaron unas partituras no del todo agradecidas donde la variedad no es de color, algo claroscuro, sino de aires y dinámicas.

Costó afinar como es habitual en la seca sala de cámara del auditorio ovetense y al menos con Johann Heinrich SCHMELZER (1623-1680) tras el «segundo» Biber ya comenzaron a funcionar de forma orgánica. La Serenata con altre arie, a cinque en siete movimientos quedó algo «agria», mejorando con el Balletto a cuatro «Die Fechtscule» («La escuela de esgrima», 1668) de seis danzas, más rica tímbrica y rítmicamente, donde prescindieron de una de las violas como en alguna sonata de Biber.

De todo el concierto me quedo con Johann Jakob FROBERGER (1616-1667) cuya Toccata II en re menor nos permitió saborear el solo de órgano positivo de Céline Frisch y en el siguiente Ricercar I en do mayor la tiorba de Shizuko Noiri (que bisarían), obras de homenajes, bailes y batallas con poca pólvora, bien escritas y ejecutadas pero faltas del dinamismo italiano aunque los franceses de Café Zimmermann se mostraron como un conjunto honesto con las partituras, de buen sonido y trabajo previo bien llevado por Pablo Valetti.

Esta Primavera Barroca en su sexta edición sigue apostando por un repertorio que gusta al público y acude en buen número con entradas que rozan el lleno, aunque personalmente este lunes (y la «resaca» de HH aún perduraba en muchos oídos) el café, de calidad y sabor algo amargo, quedó descafeinado.

CAFÉ ZIMMERMANN: Pablo Valetti (violín I), Mauro Lopes Ferreira (violín II), Patricia Gagnon (viola I), Lucie Uzzeni (viola II), Petr Skalka (violonchelo), Daniel Szomor (contrabajo), Céline Frisch (órgano), Shizuko Noiri (tiorba).

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