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Fantástica Hahn

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Domingo 5 de mayo, 19:00 horas. Conciertos del Auditorio, Oviedo: Hilary Hann (violín), Orquesta Filarmónica de Radio Francia, Mikko Franck (director). Obras de Sibelius y Berlioz.

Crítica para La Nueva España del martes 7 con los añadidos de links (siempre enriquecedores y a ser posibles con los mismos intérpretes en el caso de las obras), fotos propias y tipografía, cambiando muchos entrecomillados por cursiva que la prensa no suele admitir.

Finlandia y Francia unidas en un programa donde el gélido norte se volvió pasión como el vestido rojo de Hilary Hahn con el Concierto para violín en re menor, op. 47 de Sibelius más Berlioz entre cañonazos y pólvora mojada, aunque el maestro Mikko Franck presumió de nacionalidad y, pese a problemas físicos que le obligaron a dirigir sentado la mayor parte del concierto, el control total de la orquesta de la que es titular le levantaba para dibujar emociones patrióticas y musicales.

Sibelius en el violín de Hahn resultó pletórico de musicalidad y sentimiento, cálidamente virtuoso no ya por un sonido siempre presente sino por el mimo con que lo trató el director finlandés, excelente concertador y conocedor de la obra, amplísima gama de matices en los “radiofónicos franceses” para escuchar siempre a esta solista que habla y canta con su violín, tanto en las cadencias como con la orquesta. No importan móviles maleducados que comienzan a ser odiados, aplausos tras el Allegro moderato o toses inoportunas pues no perdió tensión ni entrega. La fantástica Hilary enamoró con todo un catálogo de lirismo, melancolía (Adagio di molto) y explosión pasional en el último Allegro ma non tanto donde los franceses siempre respondieron al maestro Franck en dinámicas, limpieza y equilibrio. Violín cálido en el registro grave y apasionantes agudos con un arco de otro mundo para lograr una interpretación asombrosa de solista, director y orquesta. La Sarabande de la Partita 2 de Bach un auténtico regalo, fascinación para la intérprete norteamericana y el público al que firmaría muchos discos tras el concierto.

La Sinfonía Fantástica de Berlioz sirvió para mostrar músculo y poderío de gran formación filarmónica, secciones impecables y seguras con una cuerda limpia donde destacaron violas y contrabajos por sonido aterciopelado entre todo un ejército sinfónico, sobrepasando el centenar con cinco percusionistas. La apuesta del finlandés para el compositor francés fue la misma: mantener un sonido pulcro e impecable en toda la orquesta, con “Un baile” juguetón entre dos sosos “Ensueños” sin pasiones y la impoluta “Escena en el campo”, aunque la “Marcha al cadalso” (destacando el corno inglés contestado por el oboe fuera del escenario), nos dirigió al verdadero aquelarre final en la instrumentación pletórica de Berlioz.

Sibelius vencía a Berlioz en su casa, Franck necesita emociones propias y nada mejor que “Finlandia”, más que propina espectacular fuera de programa donde la Orquesta Filarmónica de Radio Francia sacó músculo y Hilary Hahn fantástica como la tierra de Mikko Franck.

Grandiosa sobriedad

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Jueves 2 de mayo, 20:00 horas. Conciertos del Auditorio, Oviedo. Orquesta Barroca de Friburgo, RIAS Kammerchor, René Jacobs (director), Polina Pastirchak (soprano), Sophie Harmsen (mezzo), Steve Davislim (tenor), Johannes Weisser (bajo). Beethoven: Missa Solemnis en re mayor, op. 123.

Crítica para La Nueva España del sábado 4 con los añadidos de links (siempre enriquecedores y a ser posibles con los mismos intérpretes en el caso de las obras), fotos propias y tipografía, cambiando muchos entrecomillados por cursiva que la prensa no suele admitir.

Escuchar una de las últimas obras de Beethoven con la Orquesta Barroca de Friburgo, el coro de cámara berlinés y René Jacobs dirigiendo es un lujo al alcance de pocas ciudades en una gira donde Oviedo sigue estando en el mapa junto a Colonia, Amsterdam, París o Berlín, por eso la llamo “La Viena del Norte” español.
Todo muy cuidado, en su sitio: coro de sopranos y bajos enfrentados a contraltos y bajos, el órgano positivo frente al director, un cuarteto solista homogéneo, empastado, cantando “a media voz” bien proyectada, manteniendo la tensión desde un bloque sonoro junto a esta orquesta “historicista” ubicada en diferentes niveles, con tímbricas únicas, sobrias, sin estridencias desde la contención, con cierta aureola grisácea que nunca explota al blanco impoluto.

Esta última misa de Beethoven sonó a gran sinfonía vocal con trama litúrgica en latín, música casi siempre al servicio del texto de maravillosa escritura inimitable, única a la par que confesión de fe y revelación espiritual del sordo genial. Sin sobresaltos, desde la contención en todos y un equilibrio de dinámicas asombroso (“puesta en escena” de auténtica ceremonia musical inexplicablemente rota por el descanso tras el Credo), Jacobs ofició un continuo crescendo emocional en los cinco números, paladeando la excelencia del coro, de los jóvenes solistas, de unos metales aterciopelados y madera cantante, más una cuerda siempre en su sitio, afinada y presente incluso con el solo de la concertino flotando sobre unas texturas impecables llenas de claroscuros textuales, cambios de aire resolutivos y primeros planos nítidos.

Kyrie interiorizado, Gloria luminoso, Credo primer hito del ideario de Jacobs, Sanctus abriendo el cielo y Agnus Dei sublimando una sobriedad grandiosa sin fisuras, luz puesta por el coro y sobremanera el cuarteto solista, perfectos en contención antes de la explosión total y global. Los aplausos generosos rubricaron el éxito de esta misa redentora.

Talento y elegancia

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Viernes 26 de abril, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo, «Perspectivas», abono 11 OSPA, Juan Pedro Romero (corno inglés), Nuno Coelho (director). Obras de Bartók, Ferlendis y Schubert.

Crítica para La Nueva España del domingo 28 con los añadidos de links (siempre enriquecedores y a ser posibles con los mismos intérpretes en el caso de las obras), algún dato más que en el papel no cabía, fotos propias y tipografía, cambiando muchos entrecomillados por cursiva que la prensa no suele admitir.
Talento y elegancia no siempre van de la mano, pero el undécimo de abono unió ambos a lo largo de la velada en un auditorio con muchos huecos, móviles interrumpiendo y toses siempre maleducadas. Talento del debutante Nuno Coelho, portugués ganador del último concurso bianual de dirección de Cadaqués, que siempre acierta con sus premiados (Lorenzo Viotti en 2013, Michal Nestorowicz en 2008 o nuestro Pablo González en 2006 entre otros), en un programa variado organizado a la vieja usanza, con el que se desenvolvió desde la elegancia, el rigor estilístico y su buen hacer, comenzando con una obra “moderna” de Bartók (1881-1945) siempre actual en pleno siglo XXI, un concierto solista (Ferlendis, 1755-1810) y una sinfonía clásica (Schubert, 1797-1828), músicas livianas que exigen una visión personal para aportar algo distinto, y así lo entendió Coelho con la OSPA que debe ir tomando nota en la búsqueda del nuevo director a partir del verano, no se “escapen” posibles candidatos en plena época de fichajes y tomando el título del concierto: perspectivas.Talento por doquier lo derrocha esta OSPA y especialmente la sección de cuerda, sello inconfundible desde hace años que se renueva paulatinamente sin perder un ápice de calidad. El Divertimento para orquesta de cuerdas de Bartók volvió a demostrar la homogeneidad en el sonido, colocación vienesa con violines enfrentados, cellos frente a la tarima y contrabajos a la izquierda, presencia y limpieza en todo el bloque con especial mención al cuarteto solista: Héctor Corpus (concertino), Ordieres (violín segundo), Alamá (viola) y Von Pfeil (chelo), compenetrados y entregados en solitario, volcados y unidos con toda la sección desde las manos de un Coelho que mantuvo la tensión en los tres movimientos, con los finales “respirando” la última nota, y un inspiradísimo Allegro assai final que rubricó un auténtico “divertimento” de la cuerda asturiana.Talento el corno inglés de Juan Pedro Romero, principal de la orquesta asturiana que volvía como solista para interpretar el Concierto en fa mayor de Ferlendis, un virtuoso del oboe y el corno además de compositor al que sus contemporáneos Salieri o el propio Mozart trabajando para el arzobispo Colloredo no le permitieron brillar como debiera. Y es que este concierto respira aires elegantes, estructura “clásica” en sus tres movimientos, cada uno con su cadencia para que Romero cantase como solista sacando unos timbres cálidos y hermosos, volase desde el virtuosismo cortesano de un instrumento peculiar, siempre arropado por la cuerda inicial a la que se sumaron cinco compañeros de viento (trompas y oboes a dos más el fagot), con una concertación de Coelho atento al solista y cuidando las dinámicas para brillar todavía más. El arreglo de Bach para dos violas y chelo que nos regaló Juan Pedro corroboró calidad, talento y elegancia en todos ellos, y no son flores (que no le faltaron de la mano de sus hijas) sino la constatación del buen hacer de cada uno, pose, peso y poso por doquier.Siempre comento en broma que “no hay quinta mala”, y Schubert no es la excepción. Su Sinfonía nº 5 en si bemol mayor, D. 485 bebe de su admirado Beethoven pero especialmente de Mozart, como el Ferlendis anterior al que añadir flauta y fagot completando una orquestación que fue creciendo en número y calidad a lo largo del concierto, sobre todo en “elegancia sonora”, atención e implicación de todos los músicos en tres obras delicadas donde un mal gesto podía convertirlas en chabacanas, algo que Nuno Coelho evitó con juvenil maestría. La sonoridad de la OSPA cuidada al detalle desde una dirección elegante, precisa, de tiempos ajustados nos hizo disfrutar hasta de los silencios (lástima del poco civismo tristemente contagioso), dejando flotar los finales de cada movimiento, apostando por un Allegro inicial vibrante, el Andante con moto sin acelerarlo y contrastado con el primero, además de unas dinámicas muy trabajadas, seguido por el Menuetto bien llevado con un “rubato” puntual nada afectado, vienés a más no poder, y el Allegro vivace final que fue balanceando para disfrutar del talento de cuerda y viento en una plantilla ideal para las obras del undécimo de abono.Si a Oviedo la he rebautizado como “La Viena del Norte”, las hechuras del viernes destilaron aire austríaco en la orquesta asturiana en manos del portugués que sacó lo mejor de cada atril. Lo dicho, no se puede perder talento y elegancia, valores difíciles de aunar que cuando se encuentran nos dejan conciertos ideales como estas “Perspectivas”.

Resurrección vocal

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Domingo 21 de abril, 19:00 horas. Auditorio de Oviedo, Sala de cámara: La Castalia, Concierto de clausura, curso de Repertorio Vocal. Manuel Burgueras (piano), Begoña García-Tamargo (directora artística y profesora de canto).

No hay vacaciones para la formación y La Castalia volvió a reunir jóvenes talentos que dentro de nada, como recordaba en las pasadas Jornadas Culturales del Conservatorio de Oviedo, podremos presumir de haberlos visto comenzar en el siempre difícil mundo de la lírica y además en nuestra tierra. Valores en alza a los que sigo desde sus primeros pasos y descubrimientos que habremos de seguir muy de cerca.

Quiero dar las gracias al esfuerzo no ya de estas voces sino de La Castalia con el tándem indestructible que forman Burgueras y García-Tamargo para continuar apoyando estos cursos tan necesarios para el canto, la siempre complicada tarea de encontrar el repertorio adecuado a cada alumno, distintos caracteres, cualidades, colores, valores, y este Domingo de Resurrección volvieron a dar en el clavo, incluso con los invitados y habituales colaboradores. Ligeros cambios en el programa que iré comentando a continuación.

La Escuela de Música Divertimento de Oviedo lleva décadas trabajando en la formación musical de los jóvenes y no han olvidado los coros que siguen triunfado allá donde actúan, comenzando por el coro infantil que participa en la escena ovetense, caso de la última Carmen (Bizet) y el conocido Choeur des gamins con puesta en escena y la dirección de Cristina Langa más el piano de Marcos Suárez. Maravilloso grupo afinado, simpático, profesionalidad increíble que hizo las delicias del público que casi llena la sala de cámara.

A continuación tomaron el relevo las chicas del Coro Arsis con la Habanera divina de M. Massotti Littel y el difícil Bring me Little water, Silvy «a capella» incluyendo la percusión corporal rítmicamente complicada pero solventada nuevamente con calidades indescriptibles para unas jóvenes para quienes la música forma parte de su vida, ocio y educación siempre de la mano. Bravo por ellas.

Llegó el turno solista con voces conocidas y el piano del maestro Burgueras, responsable de que todas dieran lo mejor en cada partitura, primero la soprano Almudena Sanz con tres obras donde fue ganando confianza para una voz natural que va ganando color en cada curso: la conocida canción de cuna de Brahms (Wiegenlied), la Canción de las dos noches de Antón García Abril y otro estreno del joven Ignacio Fernández, Namárië quien vuelve a regalar a La Castalia una página de bella melodía y piano bien escrita, lenta y romántica para la voz de Almudena.

Se presentaba el tenor Adrián Ribeiro que comienza el grado superior de canto, una voz que diríamos con cuerpo en busca del repertorio apropiado. Con el barroco aún le cuestan las difíciles agilidades, caso del Vittoria, vittoria de G. Carissimi, pero en cuanto gane en matices será un tenor prometedor que con Tosti demostró bravura, potencia sobrada que irá domando, afinado y homogéneo de color Malia y L’ultima canzone dieron muestras de estas cualidades.

Conocida la soprano Canela García que va asegurando la afinación y ganando en confianza y escena,  algo rígida en el Jerusalem del «Paulus» (Mendelssohn) pero con Turina y El Fantasma le vino mucho mejor por carácter y graves con cuerpo más color homogéneo, rematando con Lágrimas mías de «El anillo de hierro» (M. Marqués), excelentes y encontrando el repertorio ideal a una voz con sello propio que mejora en cada curso.

La jovencísima soprano Janeth Zúñiga nos asombró con Mozart, primero Das Veilchen y a continuación Ruhe sanf, mein joldes Leben de «Zaide«, su voz crece y la mejoría es increíble, cual flauta limpia y afinación segura para el “traidor y engañoso” Mozart, con un semblante que ayuda y una promesa segura con un repertorio que le ayuda a ampliar registros. De Kirke Mechem y su Fair Robin I Love de «Tartufo«, un vals que supuso otro acierto en la elección de repertorio redondeó una más que digna actuación.

El tenor Adrián Begega es también de los conocidos y habituales en estos cursos, con un timbre bello, de amplios matices y que se encuentra cómodo con los franceses, un repertorio bueno para su voz como demostró con las dos páginas de Fauré En Sourdine y Aurore más H. Duparc y Phidylé. Me agrada comprobar la evolución y que vaya encontrando su camino.

La mezzo María Heres es apuesta segura, impecable en cualquier obra por una voz que transmite todo lo que canta aunque el barroco parece pensado para ella y dominando idiomas. Tras comenzar con Les Berceaux de Fauré pasó al inglés Take, o take those lips away de R. Quilter para terminar su actuación con la bellísima Cantata Profana (Adagio-Lento-Allegro) «piango, gemo  sospiro» de Vivaldi en el arreglo que Félix Lavilla dedicase a Victoria de los Ángeles, buenos espejos donde mirarse tanto la cantante asturiana como el pianismo del maestro Burgueras, un dúo de altura para este concierto.

Solo uno de los dúos previstos de Le Nozze di Figaro (Mozart) con el compositor Ignacio Fernández al piano: el recitativo Tutto ancor non ho perso y el «duettino» Via resti servita, madama brillante a cargo de Almudena Sanz como Sussana y Canela García Marcellina, dos sopranos diferentes que empastan bien además de empatizar pese a afinación mejorable en la primera, pero bien elegido para ambas aumentando repertorio operístico en el siempre «traicionero Mozart» que vocalmente resulta ideal en estos años iniciales.

El trío formado por Gabriel Ordás (violín), Jorge Diego Fernández (viola) y Santiago Ruiz de la Peña (violonchelo) pusieron el broche de oro con el Trío para cuerdas de Jean Françaix, cuatro movimientos de encajes complicados con los que demostraron el buen trabajo y tiempo dedicado a formar un «ente único» como es el trío, la música de cámara que tanto ayuda en la captación de formaciones y públicos para una partitura exigente que interpretaron con madurez, buen sonido, entendimiento entre ellos y «chapeau» por ellos. Un buen Domingo de Resurrección musical gracias a La Castalia.

Gozoso viernes de dolor romántico ​

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Viernes 12 de abril, 20:00 horas. XLII Semana de Música Religiosa de Avilés, Iglesia de Santo Tomás de Cantorbery: Matthieu de Miguel (órgano). Obras de Dupré, Händel, Mendelssohn, Widor, Karg-Elert, Saint-Säens, Rheinberger, Gigout, Jongen, Bridge y Vierne.

Último de los conciertos de la cuadragésimo segunda semana de música religiosa avilesina con el órgano de Acitores resplandeciente, luminoso, orquestal, casi sinfónico, y un programa romántico de altura con el organista hispanofrancés Matthieu de Miguel (1979) que hizo disfrutar este «Viernes de Dolores» al numeroso público que se acercó hasta el templo nuevo de Sabugo.

Casi una hora repleta de obras de altura en el amplio sentido de la palabra, sacando lo mejor del Acitores avilesino, exprimiendo los registros más románticos del repertorio para órgano que De Miguel domina como pocos. Combinaciones de teclados, pedalero, expresión, trémolo… todo bajo la supervisión de José Mª Martínez, alma mater de esta SMRA, concierto de altura para clausurar esta edición donde el órgano de Santo Tomás brilló con luz propia haciendo del dolor gozo.

Abría el concierto lo mejor de la escuela francesa de órgano con la transcripción realizada por el francés Marcel Dupré (1886-1971) del Concierto op. 4 nº 2 en si bemol mayor (Händel) en dos movimientos (A tempo ordinario e staccato y Allegro) que sorprendieron por el color de los registros, orquestalmente pleno, completo y virtuosa recreación del rey de los instrumentos al unir teclado y orquesta todo en uno.

De Félix Mendelssohn (1809-1847) escucharíamos el Andante y Variaciones en re mayor, romanticismo alemán sacando sonoridades «nuevas» al Acitores plenamente asentado a nivel tímbrico, íntimo, creciente y limpio además de recogido.

Uno de los momentos mágicos llegó con el francés Charles Marie Widor (1844-1937) y su Intermezzo de la VI Sinfonía, virtuoso, brillante, mágico, registros plenos pero nunca chirriantes, limpieza en teclados y pedalero inundando Santo Tomás de Cantorbery de la luz que luchaba con la noche, contrastes y delicadas transiciones entre teclados en un juego dinámico portentoso a cargo del organista formado en Burdeos y afincado en Toulousse.
Un descubrimiento para quien suscribe resultó el alemán Sigfried Kargt-Elert (1877-193) y sus Harmonies du soir, op. 72 nº 1, juegos de trémolo y registros de harmonio celestial, sugestivo además de íntimo.

Poderío sonoro sería el último número Allegro giocoso, de las 7 improvisaciones op. 150 nº 7 de Camille Saint-Saëns (1835-1921), rememoranzas medievales de trompetería llena, pedalero subrayando el ritmo y perlas rápidas en los tres teclados. Sabor francés y puro romanticismo, antes de pasar al alemán Joseph Gabriel Rheinberger (1839-1901) y su Intermezzo de la IV Sonata, placidez sonora con registros medios de trémolo comedido, combinaciones de teclados y dinámicas, buen gusto tímbrico y expresivo.
Siempre es un gusto volver a escuchar al francés Eugène Gigout (1844-1925), calificado como «postromántico» pero casi me atrevería a llamarle «neobarroco» pues su Toccata, Si menor tiene lo mejor de esta forma virtuosística aunque con el tamiz armónico temporal del siglo XX, aires debussyanos sin perder un ápice la inspiración propia. Matthieu de Miguel no solo trajo magisterio técnico sino gusto en la elección de registros así como de los compositores para esta clausura de la SMRA.

Segunda novedad para mí e igual de agradecer dentro del vastísimo repertorio para órgano me resultó el Scherzetto, op. 108 del belga Joseph Jongen (1873-1953), en cierto modo «broma musical» (eso es literalmente un «scherzo») de sabor americano por la lengüetería, el trémolo y un pedalero vivo, rítmico diría que cinematográfico por los recuerdos y referencias que da esta obra juguetona, elegante y agradecida.

Si en el anterior concierto de esta XLII SMRA calificaba al Acitores de políglota, las escuelas europeas de órgano tienen su propia acento, si bien franceses y belgas musicalmente los podamos unir. En el caso del Adagio, Mi Mayor. Op. 63 del británico Frank Bridge (1879-1941) no me atrevería a etiquetarlo en ninguna escuela, si acaso en la liturgia global por el recogimiento que esta página tiene y el organista hispanofrancés nos transmitió, serenidad con registros delicados preparándonos para la explosión última.
Inmejorable Final de la I Sinfonía, Re M, op. 14 del francés Louis Vierne (1870-1937), la explosión sonora del órgano palentino asentado en Avilés que Matthieu de Miguel entendió a la perfección. Transiciones de teclados en su sitio, tímbricas variadas hasta en el pedal, juegos tubulares orquestales en un verdadero castillo de fuegos musicales.

El regalo cerraba el círculo virtuoso nuevamente con Händel y sus Himnos de Victoria, si lo prefieren Canticorum Iubilo en la versión organística plena, punto álgido y final apoteósico en el Acitores con sabor a salitre, políglota y poderosa clausura de una semana que siempre me sabe a poco pero colma mis escapadas al querido Avilés. Enhorabuena a todos los organizadores y en especial a mi admirado Chema.

Nebra internacional

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Jueves 11 de abril, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo, Sala de cámara: VI Primavera Barroca. María Espada (soprano), Nereydas, Javier Ulises Illán (director). Obras de J. de Nebra, G. Facco, D. Scarlatti y Charles Avison.

Aprovechando el 250 aniversario de la muerte del aragonés José Melchor Baltasar Gaspar de Nebra Blasco (1702-1768), el CNDM aprovechó para ofertar una serie de conciertos que ponen en el lugar que le corresponde al compositor bilbilitano, y a Oviedo volvía María Espada con el grupo debutante Nereydas del toledano Javier Ulises Illán con un programa equilibrado y tratando de igual a compositores contemporáneos al músico de Calatayud como Giacomo Facco, Domenico Scarlatti y el «curioso» Charles Avison inspirado en el ítaloespañol con una formación llena de músicos habituales en otros «ensembles», destacando el continuo de Daniel Oyarzábal (órgano y clave), Guillermo Turina (violonchelo), Manuel Minguillón (guitarra y tiorba) e Ismael Campanero (contrabajo), sumándose puntualmente la percusión de Daniel Garay más unas cuerdas comandadas por el concertino Luca Giardini que tuvieron problemas de afinación tras llegar del seco León al húmedo Oviedo, y de la propia sala, antiguo depósito de aguas, pidiendo disculpas por ello y el tiempo en volver a templar las cuerdas, lo que el respetable agradeció, un público fiel a esta cita ineludible con un género que no falla como el Barroco.

A pesar de la dificultosa afinación de «las tripas», Nereydas armó un concierto hasta pasadas las diez de la noche donde el homenajeado Nebra brilló con un lenguaje universal aunque abriesen con el Concierto nº 6 en la mayor, op 1 -IGF 2 (Pensieri Adriarmonici, 1719) de Facco, lucimiento de Giardini solista en tres movimientos de auténtico sabor italiano tan del gusto del XVIII español y una corte melómana donde el propio Nebra hubo de recuperar el archivo musical quemado en el Alcázar madrileño la «nochebuena» del 1734 con tantas partituras de las que se salvaron aquellas que se copiaron y pasaron a nuestras colonias, como comentaría el propio Javier Ulises Illán a propósito de la «cantada» Entre cándidos, bellos accidentes en Guatemala. Y como indicaba la publicidad del concierto, «permitirá disfrutar de una música que bebía tanto de la tradición operística italiana como del acervo nacional. En sus grandes obras, como las zarzuelas «Viento es la dicha de Amor» e «Iphigenia en Tracia», o la ópera «Amor aumenta el valor», no faltan músicas del más pleno casticismo«.

Para Nebra la voz de María Espada resulta perfecta, hace tiempo que la tiene en su repertorio aunque cante también a Mahler con la misma entrega, eligiendo lo que le gusta sin más etiquetas. En el formato de cámara su voz corre sin problemas además de ir adquiriendo un grosor en toda su tesitura pero manteniendo ese timbre único de la emeritense. Cierto que no siempre vocaliza correctamente y la ausencia de los textos en el programa no ayudaron, pero mantiene unas agilidades portentosas, la emisión llena de matices y la dramatización de los distintos personajes que Nebra compone dan el verdadero carácter internacional a unas páginas que alternan el sabor español junto al aire germano de la cantada antes citada. La formación del director toledano que arrancó dubitativa fue asentándose y ayudó a saborear esta música alternando arias con partes instrumentales donde la calidad de los músicos brilló a pesar de la afinación.

De Espada destacar las seguidillas y fandango Tempestad grande, amigo se armó en la selva de «Vendado es amor, no es ciego» (1744) y de «Iphigenia en Tracia» (1747) el aria de Orestes Llegar ninguno intente, cuya obertura iniciaba la segunda parte. El aire hispano cerró el concierto con la seguidilla Siento en el pecho un áspid de «Donde hay violencia, no hay culpa» (1744), gozando igualmente con la «cantada» ya citada.

Nereydas destacó en la breve obertura, casi un juguete de Scarlatti bien completado con el Concierto nº 5 en re menor «in Seven Parts donde from the Lesson of Domenico Scarlatti« (1742) de Charles Avison (1709-1770), tributo inglés al españolizado Doménico, aunque no quiero olvidarme del Fandango de España que se «marcó» Daniel Oyarzábal al clave, sumándose las castañuelas de Garay en un portento de buen gusto que se mantuvo como todo el continuo. Doce músicos con Javier Ulises Illán en el podio que brillaron solos y supieron arropar a María Espada contagiando la alegría de unas páginas internacionales que vuelven a demostrar la importancia de músicos como José de Nebra felizmente recuperados y capaces de codearse en el mismo programa con el mismo nivel de los compañeros de viaje. La propina operística de un grande como Haendel, Acis y Galatea, una joya de aria Verso già l’alma col sangue cantada por una María Espada doliente, hasta el último aliento de Polifemo en argumentos mitológicos de los que Nebra también bebió estando al tanto de los gustos del momento, las modas que marcaron época.

Larga vida a los compositores españoles de los que todavía queda mucho por descubrir y disfrutar gracias a una generación de musicólogos e intérpretes sin complejos.

El París de Perianes

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Jueves 28 de marzo, 20:00 horas. Oviedo, Jornadas de Piano «Luis G. Iberni»: Javier Perianes (piano). Obras de Chopin, Debussy y Falla.

Crítica para La Nueva España del sábado 30, con los añadidos de links (siempre enriquecedores y a ser posibles con los mismos intérpretes en el caso de las obras), fotos propias y tipografía, cambiando muchos entrecomillados por cursiva que la prensa no suele admitir.
Un Auditorio con demasiadas butacas vacías esperaba la nueva visita del pianista de Nerva (Huelva) a Oviedo que se presentaba en solitario con tres de sus autores de cabecera, recién grabados en el primer centenario de Debussy para el sello Harmonia Mundi y presentado en Madrid el pasado diciembre, todos unidos por un París internacional y aglutinador de tendencias como el propio Javier Perianes (1978) en plena madurez artística y vital.Chopin es el romanticismo de salón, rompedor pero íntimo, como los dos Nocturnos opus 48 elegidos para abrir el concierto, los números 1 y 2 discontinuados por los estertores maleducados que me recordaron la tisis del polaco. Claroscuros parecidos a un Turner (el pintor preferido de Debussy) que prepararía todavía más una paleta de recursos pianísticos para la Sonata nº 3 en si menor op. 58, cuatro movimientos donde el “Scherzo. Molto vivace” precede al “Largo” que nos hace intuir las sombras coloreadas posteriores de sonido cristalino, y el “Finale. Presto, non tanto” verdadera explosión de color, pinceladas carnosas, casi pre-impresionistas en las manos del onubense levantando el vuelo con toda la delicadeza y fuerza posibles. Al descanso el afinador retocaría lo justo el Steinway© cual caballete sonoro para los siguientes cuadros musicales.

Debussy admiraba a Chopin y con sus tres Estampas viajará con su imaginación desde un piano que se negaba a llamar impresionista, pues lo evanescente ya lo intuimos en la sonata del polaco bien leída por Perianes. Pero el color armónico y el dibujo de pedal en el francés superará paralelismos pictóricos, “mezcla de ingrávido y preciso” en palabras del propio pianista, perfecta definición para esta música que casi transmite olor y color. Las Pagodas nos transportan a los nenúfares de Monet con música de gamelán, mientras La tarde en Granada y los Jardines bajo la lluvia tienen la luz de Regoyos y el olor a azar, rasgueos de guitarra de la España inspiradora de tanto arte, la Expo parisina de 1889 con postales de una Alhambra que Debussy nunca conoció pero el onubense ofició de guía musical perfecto desde una confesa fascinación por el autor (nos quedan grabados los Preludios).
El verdadero sabor hispano desde la capital francesa, que no abandonamos, lo pondría Falla, del que Perianes hereda la luz atlántica en la corta distancia de Cádiz a Huelva, su cosmopolitismo y la continua búsqueda del color, aquí aliñado con olor a jerez y manzanilla pintados por este Sorolla del piano. Las Cuatro piezas españolas son cual recuerdo de la patria lejana retratando paisajes y paisanajes: “Aragonesa” recia de jota para escuchar, “Cubana” habanera gaditana mecida en una hamaca del malecón, “Montañesa” que se menea resalada entre Cantabria y Asturias antes de la última “Andaluza” que solamente Don Javier puede transmitirnos como Don Manuel, músicas universales que beben aires parisinos pero evocan la patria chica.

Y la explosión del baile llegaría con El sombrero de tres picos y las tres danzas españolas por andaluzas, el todo por la parte, sinfonismo grandiosamente reducido al piano que las manos de Perianes convierten en un arco iris tímbrico, empuje rítmico con barniz de guitarra y flamenco, bailaoras gitanas de Romero de Torres en la “Danza de los vecinos”, seguidillas con prisa en el aplauso que no hizo perder el paso para la farruca del molinero y el fandango de la molinera, fuerza hidráulica atlántica de empuje ruso en el París con decorados y figurines de Picasso, otro andaluz universal que cayó rendido a los aires del Sena y el Barrio Latino.

El público premió con numerosos aplausos el triunvirato elegido y Javier Perianes nos devolvió nuevamente a los tres, primero La catedral sumergida de Debussy (del primer libro de los Preludios), un Monet musical con campanadas embrujadas, AGUA antes de La danza del FUEGO de Falla, segundo elemento natural de pasión gitana y sangre agarena, respirando el AIRE del Nocturno nº 20 en do sostenido menor chopiniano, retornando al punto de partida de un viaje musical muy pictórico desde la capital francesa, donde Perianes fue el mago del piano capaz de unificarlo todo desde las páginas de estos tres grandes, lienzo siempre nuevo aunque lo pinte cada día y aparezcan siempre detalles con luces nuevas cual Antonio López, españoles, artistas únicos e irrepetibles.

Perianes inspiración parisina

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Jueves 28 de marzo, 20:00 horas. Oviedo, Jornadas de Piano «Luis G. Iberni»: Javier Perianes (piano). Obras de Chopin, Debussy y Falla.

Reseña para La Nueva España del viernes 29, con los añadidos de links (siempre enriquecedores y a ser posibles con los mismos intérpretes en el caso de las obras), fotos propias y tipografía, cambiando muchos entrecomillados por cursiva que la prensa no suele admitir.

Nueva visita del onubense Javier Perianes a Oviedo, esta vez en solitario y con menos público del merecido, dentro de las Jornadas de Piano “Luis G. Iberni” trayendo parte del programa que ha grabado recientemente para el sello Harmonia Mundi cerrando el centenario de Debussy junto a Chopin y Falla, tres mundos evocadores en homenajes musicales encadenados.
Chopin con dos Nocturnos op 48 (1 y 2 con breve intermedio tísico) más la poderosa Sonata nº 3 en Si m op. 58 fueron pinceladas finas, de dibujo impecable y atmósferas románticas para la primera parte donde las sombras ya se coloreaban preparando lo que vendría después tras ajustar el piano por el tormentoso finale.

Las tres Estampas debussyanas y viajeras nos trajeron aromas chinos y granadinos únicos, “sonidos y perfumes” que Perianes destila con luz propia sin perder la nebulosa ni la admiración chopiniana del compositor francés.
Y admiración por Debussy la de Falla en el Paris donde añora España, las Cuatro Piezas casi geográficas de carácter y ritmo, Cubana casi gaditana o Montañesa resalada medio asturiana, Sorolla musical que Perianes pinta como nadie para terminar tocado con El Sombrero de Tres Picos bailando las tres danzas, vecinos interrumpiendo insolentes la Molinera y Molinero batidos por el Atlántico onubense en el piano sinfónico de nuestro intérprete más internacional.
Espléndido con propinas catedralicia (Debussy), fuego (Falla) y nocturno (Chopin), siempre parisinos en manos de Perianes.

Sandrine Piau, la elegancia barroca

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Martes 26 de marzo, 20:00 horas. Sala de Cámara, Auditorio de Oviedo, VI Primavera Barroca: «Heroínas barrocas«, obras de Händel. Sandrine Piau (soprano), Les Paladins, Jérôme Correas (clave y dirección).

Prosigue con éxito la sexta edición de esta primavera barroca familiar coproducida por el CNDM en la sala de cámara carbayona, ideal por cercanía y acústica aunque en los conciertos del auditorio cada vez tenga más presencia esta música que sigue atrayendo a un público variado y entendido, máxime cuando tenemos la suerte de disfrutar en «La Viena del Norte» a figuras como la soprano francesa con un ropaje de alta costura a cargo de Les Paladins y el maestro Correas al clave y dirección que conoce como pocos por su faceta de cantante lo que supone acompañar la voz mimándola con esmero compartiendo un programa dedicado a las heroínas de Händel, alemán internacional que terminaría sus días como Haendel en la corte británica donde dejó escritas tantas joyas.

De las muchas óperas del gran maestro, las elegidas para el concierto fueron Ariodante, Partenope, Giulio Cesare in Egitto, Alcina y Rodrigo cuyas arias y oberturas fueron bien colocadas en el programa, con notas de mi tocayo sevillano Pablo J. Vayón, junto al Concerto grosso en la menor, op. 6 nº 4 HWV 32 (1739) perfectamente encajado y siempre buscando la unidad temática de las heroínas a las que Sandrine Piau encarnó en el amplio sentido de la palabra, un primor escucharla con dicción perfecta aunque esta vez sí contásemos con los textos y su traducción, emisión clara, calidad interpretativa en cada aria y especialmente la elegancia en su línea de canto donde los agudos nunca molestan, sus graves sonoros realzan la belleza global de cada partitura, sumándole la puesta en escena donde funciona todo: gesto, pose, manos, pasando por cada uno de los estados de ánimo de Parténope, Cleopatra (incluso la imagen con su peinado), Alcina, Morgana y hasta la Armida de las dos propinas.
Les Paladins se presentan para esta gira española con un septeto idóneo para vestir a medida a la soprano francesa, pese a momentos desafinados por esas cuerdas que se aflojan como la tripa, poco tirantes aunque sin empañar un encaje digno del ropaje haendeliano. Juliette Roumailhac en el violín solista con intervenciones líricas, Jonathan Nubel segundo violín de encaje y entendimiento con el primero impresionante, Clara Muhlethaler a la siempre necesaria y complementaria viola, Nicolas Crnjanski al violonchelo redondo en el conjunto, bien doblado a menudo por Franck Ratajczyk al contrabajo, y finalmente Benjamin Narvey alternando la tiorba y la guitarra barroca dependiendo del «contexto» dramático, tanto en los punteos complementarios del clave como los rasgueos reforzando ritmos. De ​Jérôme Correas lo apuntado, dirigiendo desde el clave a sus músicos que tienen interiorizadas todas y cada una de esas páginas, los ornamentos en su sitio que verdaderamente embellecían la voz de Sandrine Piau y aparecían en el momento preciso para convertirse en perlas, collares dorados o sutiles veladuras sonoras.

La Obertura de Ariodante HWV 33 (1735) mostró las cartas de lo que vendría a continuación, pues el contraste típico resultó de libro con la guitarra en el continuo y sonoridades que la sala de cámara ovetense mantiene limpias. Partenope HWV 27 (1730) arrancó musicalmente mientras la soprano aparecía refulgente y plateada para el aria Voglio amare infin ch’io moro, sin necesitar una orquesta completa, con Les Paladins la voz corría ágil y colorida, arropada más que acompañada para disfrutar la primera aparición de esta figura del canto barroco antes de transmutarse en la Cleopatra de Giulio Cesare in Egitto HWV 17 (1724), primero con el famoso recitativo y aria Piangerò lal sorte mia que pone la carne de gallina por expresividad, entrega y equilibrios instrumentales antes de rematar la primera parte con Da tempeste il legno infranto, capaz de enamorar a toda la tropa que llenaba y disfrutaba con Sandrine Piau, retomando la guitarra en un continuo íntimo lleno de dinámicas asombrosas, agilidades carnosas sin artificio, pulsación ideal y colorido total. Entre ambas el Concerto grosso en la menor, op. 6 nº 4 donde los instrumentistas rindieron tributo a esta forma barroca en los cuatro movimientos de aires y matices amplios acordes a la calidad general de este recital.

Alcina HWV 34 (1735) abriría directamente con el aria Ah! mio cor, más que un aperitivo en la voz de la francesa y el septeto sonando como una orquesta de cámara por esa calidad que atesora cada músico, declaración amorosa de amplio registro y «tempo giusto» degustando palabras, agilidades paladeadas sumándole el saber estar sobre las tablas de la soprano dominadora de cada rol.
Curiosa la ópera Rodrigo HWV 5 (1707) basada en nuestro último monarca godo que parece fue la primera representada en el Londres regio de Haendel, aquí la obertura en forma de suite digna de tener al menos tanta fama como otras más escuchadas. Siete danzas donde la guitarra subraya el carácter hispano y cuya Bourrée en pizzicatos sonó triunfantemente redonda dentro de unas heroínas que aquí tornáronse en regio. Volvería Alcina, ahora Morgana Piau para finalizar con Tornami a vagheggiar, nuevo cortejo y coqueteo vocal con solo la cuerda de Les Paladins, dramatismo en estado puro donde la voz campa a sus anchas por toda la tesitura y recursos que Haendel pide a sus personajes, belleza sonora para todo un espectáculo camerístico.

Con el público volcado, las dos propinas de otra heroína con dos personalidades del Rinaldo (que escucharemos el próximo octubre en Oviedo), la Almirena Armida bruja que diría Correas, Furie terribili sin efectos especiales pero fogosa a más no poder, y el superéxito Lascia ch’io pianga que no cansa nunca, esta vez increíblemente íntimo, bien interpretado por el juego de aires, más ágil de lo habitual, y especialmente los ornamentos tanto vocales como instrumentales que pusieron en lo más alto esta página única siempre distinta con Sandrine Piau, Correas y sus paladines rematando un concierto heróico y elegante. Da gusto salir del auditorio con el ánimo recompuesto ante tanta belleza y calidad demostrada, porque el barroco cuando se hace así es atemporal y por encima de modas.

Monteverdi divino

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Lunes 18 de marzo, 20:00 horas. Oviedo, Conciertos del Auditorio: Ian Bostridge (tenor), Europa Galante, Fabio Biondi (director). Obras de Castello, Monteverdi, Farina, Purcell y Frescobaldi.

Crítica para La Nueva España del miércoles 20, con los añadidos de links (siempre enriquecedores y a ser posibles con los mismos intérpretes en el caso de las obras), fotos propias y tipografía, cambiando muchos entrecomillados por cursiva que la prensa no suele admitir.

Si el barroco tiene su propia primavera en la sala de cámara, se está haciendo hueco en la sala principal dentro de este ciclo de grandes conciertos, y volvían dos años después Fabio Biondi con su Europa Galante en un programa del Seicento italiano en el que brilló el tenor inglés Ian Bostridge con un “Divino Claudio” además de la licencia de su compatriota Purcell.

La formación de Biondi llegaba a Oviedo con un octeto suficiente para las obras elegidas, tanto instrumentales como vocales: dos violines, viola, cello, contrabajo, laúd, arpa y clave-órgano, de presencia y acústica suficiente al mover la caja escénica, y eficiencia en todos los instrumentistas que por momentos casi taparon la voz del británico. Sus intervenciones camerísticas tuvieron distintas calidades, más por lo escrito que lo tocado, pues siguen demostrando el dominio del repertorio italiano bien equilibrado y contrastado en dinámicas y tiempos.
Compositores poco conocidos como Dario Castello, de quien nos dejaron dos sonatas del Libro II (1629) alternando clave y órgano en forma típica en su época, junto al curioso Capriccio Stravaganzza a quatro (1627) de Carlo Farina, donde los instrumentos imitan sonidos de animales con técnicas muy expresivas a base de glisandos, pizicatos, trémolos o dobles cuerdas y los novedosos para entonces sul ponticello o col legno, juegos tímbricos donde los Galantes se mostraron solventes además de preciosistas.

Monteverdi sería el verdadero protagonista vocal con Ian Bostridge, primero Il combattimento di Tancredi e Clorinda (1624) originalmente para tres voces y seis instrumentos, aquí en versión de voz sola (con teléfono móvil al final) para la que el compositor exhorta al tenor “voz clara, firme, de buena dicción y bastante alejada de los instrumentos para que se entienda mejor su narración”. Continúa pidiendo “no hacer gorjeos ni trinos” salvo en las partes indicadas, todo al pie de la letra por parte del cantante inglés en el llamado stilo concitato donde la armonía imita lo enunciado, exigiendo una gama expresiva muy amplia en pos del texto, silábico y por momentos rapidísimo, casi un trabalenguas. Verdadera exhibición de gusto y dominio que mejoró en el último madrigal Tempro la Cetra, monodia acompañada por unos músicos curtidos en este repertorio, con el continuo sin necesidad de doblar cello y contrabajo, sólo éste con el clave, arpa y laúd en un cuarteto remarcando el texto, sobretitulado ayudando a comprender el esfuerzo y la dramatización exquisita del tenor.

El Purcell que abriría la segunda parte supuso salto de época y estilo pero más comodidad vocal pese a la posición casi encogida del cantante que recreó The Queen’s Epicedium (1695) con gran intimismo ayudado por la presencia únicamente del continuo.
Europa Galante puso a continuación su parte instrumental de Frescobaldi y sus Fiori Musicali, op. 12 (1635) con tres formas contrastadas utilizando el órgano para crear atmósferas barrocas por excelencia: Toccata, Bergamasca y Capriccio sopra la Girolmeta, antes de la cítara última de Il divino Claudio.
Buen «seicento» italiano, mejor cantado que instrumental, óptimos los dos ingleses (compositor y tenor) aunque Bach sea dios, verdadero regalo con el que nos elevaron al paraíso musical estos primorosos galantes europeos que también lo tienen grabado. Bendito barroco en Oviedo, “La Viena del Norte”.

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