Como siempre sucede en la catedral ovetense, su acústica no favorece mucho la música instrumental aunque la vocal haga tener la sensación de escuchar coros inmensos. Pero los dos maestros conocen bien el funcionamiento de sus respectivas formaciones con esta reverberación, así que del recientemente festejado Ludwig van Beethoven (Bonn, 16 de diciembre de 1770 – Viena, 26 de marzo de 1827) la Orquesta Universitaria nos ofrecería «media séptima«, para mi la preferida de las sinfonías del sordo genial. La Sinfonía nº 7 en la mayor, op. 92 es siempre un primor escucharla y para los jóvenes estudiantes (comandados por el geólogo Fernando Zorita de concertino) supongo que más aunque sólo pudiésemos disfrutar los primeros movimientos. Del I. Poco sostenuto – Vivace, bien contrastado con problemas en los metales incluidas las trompas (que los profesionales también tienen), excelentemente matizado y con los timbales mandando -que como suele pasar en estos conciertos se aplaudiría- antes del II. Allegretto que tiene mucho de marcha (y fúnebre algo, aunque esperanzadora), cuerda bien delineada (lástima un solo contrabajo), madera empastada (muy bien el oboe), dinámicas muy trabajadas, balances adecuados a la sonoridad, siempre aguantando los silencios para no mezclar sonidos orquestales, y quedándome con la gana de los otros dos, sobre todo el IV. Allegro con brio que hubiera sido ideal para la formación.
Ya sumándose el Coro Universitario, Joaquín Valdeón volvía a dirigir (como en 2014 y 2015) una selección de la conocida The armed man: a mass for peace de Karl Jenkins (Penclaudd, 17 de febrero de 1944) centrándose en el ordinario -sin Gloria ni Credo que el compositor británico omitió- de los 14 números de que consta, y con una nutrida plantilla vocal, mezcla de veteranía y juventud, junto a una orquesta más robusta donde se agradeció la tuba y el bombo juntos en un lateral, así como la dirección siempre precisa de Joaquín.
Esta vez la acústica ayudó a poder saborear los cuatro números elegidos, y con una orquesta dócil plegada a la dirección clara de Valdeón, que evidentemente domina la obra y estos repertorios contemporáneos. Un Kyrie sentido con la soprano Ana Peinado de solista, un Sanctus poderoso, empastado y con momentos brillantes, el bellísimo Benedictus donde el cello solista de Nina Rivas cantó y emocionó con esa melodía intimista que responde el coro, y el Agnus Dei final en la línea litúrgica católica, con la feliz comunión vocal e instrumental que además de música para la paz también une el deseo de unos tiempos optimistas desde el espíritu joven que estos intérpretes universitarios siempre transmiten. Apenas una hora pero saliendo de El Salvador con la esperanza de un 2024 mejor que el año que ya estamos finalizando.
P. D.: Las historias de estas obras, autores, intérpretes… así como algunas anécdotas y noticas relacionadas con esta entrada, las dejo en distintos links que los lectores habituales ya conocen cómo y dónde acceder, aunque siempre intento escribir para poder leerse todo sin necesidad de «pinchar» o abrir otra «ventana» (además este lunes ha sido gélido). Gracias por llegar hasta aquí, como ponía al final en algunos de mis exámenes universitarios.
Domingo 17 de diciembre, 20:45 horas. Sala de cámara del Auditorio de Oviedo: Concierto de clausura del XXI Curso «La voz en la música de cámara» (Homenaje a Jeaninne Bouché). Obras de: Guillermo Martínez, Debussy, Berlioz, Ylioppilaskunnan, Whitacre y Ariel Ramírez.
Lástima que muchos homenajes se celebren tras morir, pero Jeaninne Bouché (1930-2023) lo tenía pendiente en Asturias y La Castalia pudo al fin entregar, aunque hubo de ser Luis Español, su hijo presente en la sala, el merecido reconocimiento que esta pianista de carrera truncada en 1953 por una patología de columna, siguió volcada en la música hasta sus últimos días, primero desde su magisterio en la Escuela Superior de Canto como catedrática, y posteriormente en la ‘Cátedra Alfredo Kraus’ de la prestigiosa Escuela Superior de Música Reina Sofía (tras «ficharla» Paloma O’Shea desde el primer curso allá por 1995), eminente profesora de «Fonética francesa aplicada al canto» que seguirá siendo un referente para tantas promociones de cantantes desde nuestro país.
Begoña García-Tamargo fue la encargada de abrir este concierto del vigésimoprimer curso ««La voz en la música de cámara con una semblanza de su amiga y compañera en las labores docentes (aún se recuerda la presencia en Oviedo de la maestra Bouché en el «I Congreso de pedagogía e investigación performativa y creatividad musical» dentro del Centenario Debussy), imposible plasmar aquí su enorme y dilatada carrera y en cierto modo manteniendo la humildad del segundo plano que la madrileña de padres franceses siempre tuvo a bien.
También lo reconoció su hijo Luis, emocionado y agradecido por este homenaje de la asociación ovetense, que reflejaría los vínculos que la música consigue y más desde la docencia, verdadera familia así entendida por tantos que nos dedicamos de una u otra forma a ella.
El concierto comenzaría con unas palabras de Guillermo Martínez(1983), explicando la génesis de las obras a estrenar esta fría noche de diciembre. Importante reseñar cómo al compositor asturiano siempre se le ha apoyado desde La Castalia, como a tantos jóvenes, siendo un ejemplo precisamente los intérpretes de esta velada.
Es un auténtico lujo poder asistir al estreno de obras actuales y además conocer de primera mano estas aportaciones a nuestro patrimonio musical que todos debemos defender, y ya se encargó la directora de La Castalia en recordar los de estos cursos únicos en España y de dilata trayectoria, un alumnado eterno de profesionales que siguen formándose toda su vida, al que reconocerle el esfuerzo de dedicar todo su tiempo a una profesión donde la gratitud es poder demostrar su valía además del aplauso del público, que hoy desafió la climatología acudiendo a esta clausura.
El estreno de dos «Cantos de Minnesinger» pertenecientes al ‘Ciclo de Fantasías para mezzo y piano’ abría el concierto, magníficas obras de nuestro juglar asturiano inspirado en los alemanes (allí los grabará con orquesta) y manteniendo un puro estilo de lied donde voz y piano son uno para realzar la poesía medieval alemana, inspiración pastoral y amatoria como en el siglo XII pero actual en nuestros días. María Heres fue la voz ideal de estas melodías llenas de agilidades y gran tesitura, ricos matices y cambios de tempo, con un exigente registro grave que bien posee la mezzo asturiana más un complicado pero bellísimo ropaje de piano con María Cueva, para poder disfrutar del magisterio compositivo de Guillermo Martínez que se mueve cómodo en todos los estilos.
Un acierto este «aperitivo» de fantasías vocales que seguirán creciendo y encontrando un lugar en el nuevo repertorio del lied más allá de la tierra originaria de los minnesinger, actualizando el lenguaje camerístico de la hoy llamada «Canción de concierto», bien expuesta por el dúo de estas dos Marías artistas, Heres–Cueva.
Y segundo estreno de la Rapsodia «Reflejos del Sur» para el piano de Henar F. Clavel, aires sevillanos del barrio de Triana con un virtuosismo nada superfluo donde verter esa inspiración universal al lado del Guadalquivir, como Turina pero también Albéniz y ahora Guillermo Martínez. Escritura pianística de alto voltaje para volver a reivindicar la magia de la intérprete avilesina y el talento del antiguo escolano de Covadonga, agradecidos de poder disfrutar su música desde La Castalia y augurándole una larga carrera de «opus» que siempre seguirán sorprendiéndonos por su belleza y riqueza de estilos sin perder nunca el amor por la música que en esta velada mostraron todos y cada uno de los intérpretes.
Si la maestra Bouché sentó cátedra desde la «Fonética francesa aplicada al canto», no podía faltar música en la lengua de Moliere en la que los compositores franceses siguen siendo únicos, pues no se canta igual que se habla.
Maravillosas estas laureadas voces juveniles con mayoría de chicas (habrá que pensar cómo sumar chicos a los coros) bien empastadas, con movimiento escénico y coreografías, bien llevados por otra promesa de la dirección como la Maestra Langa, bien memorizado todo, afinadas, empastadas, de dicción perfecta en finés, inglés y castellano, transmitiendo emociones y alegría, especialmente con el último villancico dominicano, y felicitar la elección de estas cuatro páginas corales donde personalmente me sigue emocionando Alfonsina y el mar del gran Ariel Ramírez en un arreglo hermosísimo del porteño Vivian Tabbush(1936-1917) con el piano original del argentino muy sentido por López Aragón.
En estas fechas no podía faltar Noche de Paz que pondría el primer regalo navideño, musical como debe ser, con Arsis y el piano antes de la salida de todos los participantes en este homenaje y clausura de otro curso de perfeccionamiento que nunca tiene vacaciones.
PROGRAMA
Guillermo Martinez (1983):
CANTOS DE MINNESINGER. Ciclo de fantasías para mezzo-soprano y piano
(estreno absoluto):
1. «Slâfest du friedel ziere?»
(poesía de Dietmar von Aist, ca. 1115- ca.1171).
2. «Kuster mich?»
(fragmento del poema «Under der Linden»)», de Walther von der Vogelweide, ca. 1170- ca.1228).
María Heres (mezzosoprano) – María Cueva (piano).
RAPSODIA «REFLEJOS DEL SUR»
(estreno absoluto).
Henar F. Clavel (piano).
C. Debussy (1862-1918): TROIS MELODIES DE VERLAINE:
1. «La mer est plus belle – 2. «Le son du cor s’afflige ver le bois» – 3. «L’échelonnement des haies»
Angel Simón (barítono) – Mario Alvarez (piano).
H. Berlioz (1803-1869): LES NUITS D’ÉTÉ
(Poesías de Théophile Gautier):
1. «Villanelle» – 2. «Le spectre de la rose» – 4 «Ас оле*
Ángeles Rojas (soprano) – Mario Álvarez (piano)
CORO ARSIS de la Escuela de Música Divertimento:
Ylioppilaskunnan: «On suuri sun rantas».
Eric Whitacre: «Sing Gently».
Ariel Ramirez: «Alfonsina y el mar» (Arr. Vivian Tabbush).
Tradicional República Dominicana: «Cantemos a María».
Directora de coro: Cristina Langa – Pianista: Luis María López Aragón.
Nada mejor para acabar este año que ver a nuestra OSPA con alumnado de los conservatorios asturianos (dejo al final de esta entrada la lista con todos) y el titular portugués al frente dando paso a la «Next Gen», la siguiente generación de músicos que pronto estarán en muchas orquestas profesionales, incluso exportando talento que en mi época era impensable.
Me tocó recordar los 40 años de la JONDE e incluso nuestra JOSPA que no estaría mal recuperarla, pues la experiencia que supone compartir atriles con los maestros de la OSPA no sólo es indispensable para su formación, también por insuflar aire joven a la plantilla que escucha cómo los jóvenes vienen pidiendo paso. Muchos continuarán su formación fuera de Asturias, algunos se incorporarán a esa JONDE, pocos a la Joven Orquesta Europea o la Mahler, e incluso encontrarán trabajo por Europa, pues la semilla que se sembró ya hace años al fin germinó, creció y estamos recogiendo muchas cosechas de excelentes músicos de orquesta. Y este viernes con la violista madrileña Sara Ferrández (1995), un joven talento ya desde los 3 años que ya ha encontrado su sitio internacional pero no olvida sus orígenes, aportando su saber a esta generación que en mi juventud se llamaban por un anuncio de coche JASP (Jóvenes Aunque Sobradamente Preparados) y esta temporada es colaboradora artística de la OSPA.
Para abrir boca y con plantilla «gigante» nada menos que la obertura de Los maestros cantores de Nüremberg (R. Wagner, 1813-1883), un orquestón comandado por Aitor Hevia de concertino invitado -un habitual de casa que siempre ayuda a cohesionar la orquesta asturiana- esta vez con Fernando Zorita a su izquierda, y Nuno Coelho llevando todo con mano firme, contagiado del impulso que emana esta inmensa página orquestal. Había que controlar las dinámicas y contener el ímpetu juvenil, la cuerda equilibrando el poderío de unos metales germánicos a más no poder, así que una inyección sonora en este inicio de concierto.
Ya con menos plantilla llegaría Sara Ferrándezpara ofrecernos la Rapsodia concierto para viola, H. 337 del checo Bohuslav Martinu (Polička, Bohemia, 1890 – Suiza, 1959), con dos movimientos (I. Moderato – II. Molto adagio) aplaudidos ambos por un público «familiar» que dejó una buena entrada y saborearía esta página de lucimiento de la violista y buen hacer de la OSPA con un Coelho buen concertador. Solista de sonido redondo, presente, limpio, con ese timbre tan humano y unos fraseos interiorizados e intencionados, jugando con los cambios de tempi internos manteniendo una homogeneidad tímbrica digna de mencionar. Temas populares como es habitual en las rapsodias, pero con un tratamiento solista muy cuidado por un compositor y violinista que también se enamoraría de la viola precisamente por ese timbre a caballo entre su instrumento y los chelos.
Para la segunda parte volvería Sara Ferrándezcon una orquesta camerística de cuerda y todo el alumnado asturiano de esta disciplina (CONSMUPA más los Conservatorios Profesionales de Oviedo, Gijón, Avilés y Mancomunidad Valle del Nalón), «solos ante el peligro» para el Concierto en sol mayor para viola y orquesta (G. Ph. Telemann, 1681-1767), todo un examen para el alumnado con el maestro Coelho llevándolos «de la mano». Magisterio de la violista con sonido cálido y expresividad en el registro grave de su David Tecchler (1730), dialogando con la joven orquesta (donde eché de menos un clave, pero en Asturias faltan estudiantes si no hay profesorado o no se le permite compaginar docencia e interpretación) con algún problema de afinación que el tiempo corregirá, pero con la alegría de poder formar parte de una interpretación más allá de historicismos, haciendo grupo, escuchándose (bien los chelos) y compartiendo estos cuatro movimientos (I. Largo – II. Allegro – III. Andante – IV. Presto) bien marcados por el director portugués, uno de los artífices de este proyecto al que deben darle continuidad a largo plazo.
Para rematar este «Ven a tocar con la OSPA», dos maravillas de uno de los mejores orquestadores como el vascofrancés Maurice Ravel (Ciboure, 1875 – París, 1937), primero la Alborada del gracioso, después una joya como La Valse (¡al fin con dos arpas!). En ambas páginas faltó «pegada» (punch en otro argot) y probablemente más ensayos, difícil encajar tanto escrito para poder interpretarlo sacando tantas sonoridades que no todas las grandes orquestas y directores llegan a alcanzar, pero queda la buena intención y momentos puntuales para corregir.
La «Alborada» tardó en encontrar su pulsación tras el pizzicatti inicial, con la madera marcando diferencias de calidad (bravo Mascarell al fagot), metales algo contenidos y una percusión que podía haber tenido mayor presencia, aunque Coelho intentó unificar sonoridades matizando al detalle .
Y la inmensa «Valse» arrancó tímida, rubatos de difícil encaje pero bien intencionados, todas las secciones buscando la complicidad con el podio pero como «islas» salvo nuevamente la excelente madera (bravo las flautas) y por fin toda la percusión dominadora. Una interpretación que seguramente con más tiempo hubiese resultado magnífica al contar con tan buenos mimbres, quedando en «aseada» que diría el recordado Juan Estrada Rodríguez ‘Florestán’, pero con la ilusión de ver el escenario con una orquesta grande (ojalá sea pronto gran orquesta).
Faltaba reunir a todos los músicos en un homenaje y regalo para todos: nada menos que la Orgía de Joaquín Turina (Sevilla, 1882 – Madrid, 1949), aires sevillanos y un cante jondo de Max von Pfeil junto al oboe de Ferriol, lo mejor de esta página luminosa y fresca como la del alumnado que podrá enseñar las fotos con los maestros de la OSPA, ponerlo en su CV cara al futuro, y con un Nuno Coelho contagiando a todos la ilusión por seguir haciendo música orquestal.
Les deseo a todos unas felices y merecidas vacaciones navideñas (aunque los músicos nunca las tienen).
Decir Achúcarro (1 de noviembre de 1932) es decir piano, toda una vida dedicada a las 88 teclas, y en mi recuerdo aún perdura la primera vez (despuésvendríanmuchasmás) allá por 1972, ¡51 años y parece que fue ayer! cuando le escuché en la Sociedad Filarmónica de Oviedo, la ciudad donde más ha tocado después de su Bilbao natal, como bien recuerda Ramón Avello en las notas al programa.
Y Don Joaquín Achúcarro Arisqueta sigue ejerciendo magisterio, afrontando un programa de altura al alcance sólo de jóvenes maduros como es el bilbaíno, pues antes de arrancar con las Variaciones sobre un tema de Schumann nos contó micrófono en mano del Brahms con 19 años enamorado de Clara Schumannde quien incluye en la variación décima una melodía suya, grandeza musical de juventud, amor casi adolescente del alemán y pasión madura del vasco enamorado del piano, sonoridad impecable, moldeando el sonido como sólo los grandes saben, resaltando lo importante aunque no haya nada superfluo en la música del hamburgués.
Limpieza en la ejecución, sabiduría en los pedales, exposición clara del tema principal siempre reconocible en cada variación. Y no digamos los dos Intermezzi siguientes, el primero grandioso, cristalino, romántico en estado puro, paladeando cada nota sin apuros, deleitándonos con su interpretación con tanto poso a lo largo de más de 75 años de carrera, la que comenzaba en Oviedo donde Ángel Muñiz Toca intuyó y creyó en él para dar un concierto de Mozart con la Orquesta Clásica de Asturias, que recordaría al final del concierto; y el segundo pura reflexión, silencios que «duelen», los claroscuros de estas «miniaturas» sólo en extensión, Klavierstücke de madurez cual verdadero regalo contraponiendo las dos etapas del sempiterno enamorado, el joven y el maduro con la visión paralela del maestro Achúcarroen una sentida interpretación con tanto poso de amor.
No bajaría el listón de exigencia ni de entrega con Liszt y su Valse oubliée nº 1, nada olvidado y recuperados en un collar de perlas sonoras, jugando con el tempo como los grandes que son leyendas en vida, seguido del famoso «Sueño de amor», dos páginas para afrontarlas nuevamente desde la visión que da la experiencia y los años, obras cinceladas día a día con el trabajo que nunca falta en los pianistas, pues además del talento innato que Don Joaquín tiene, hay que sumar su infatigable día a día donde confiesa que sigue aprendiendo.
La segunda parte de nuevo con compositores que Achúcarro ha interiorizado, los franceses cercanos y unidos por nuestro Mar Cantábrico, primero el vascofrancés Ravel y sus Valses nobles que no dudó en contarnos antes de comenzarlos la anécdota de Rubinstein en España, «aislado» en plena Primera Guerra Mundial con lo que donde había un piano ahí estaba Don Arturo, aprendiendo a hablar un español correctísimo y además estrenar estos valses en Madrid con un abucheo del respetable aunque el resto del concierto fuese un éxito «obligándole a regalar de propina» nuevamente los valses pues parecía que el público debía entenderlos. Genio y figura a quien también disfruté en Oviedo en 1975 ¡con 88 años! y que tantos paralelismos al piano tiene con nuestro Joaquín Achúcarro. El sonido preciosista en cada uno de los ocho valses, la genialidad sorprendente aún hoy del compositor, las armonías que son una «Valse» en miniatura, los tempi escritos e interpretados fielmente con delicadeza o rotundidad y siempre el ímpetu de este joven de 91 años. Y después Debussy del que El Maestro también aclaró micrófono en mano que más allá de nubes, aguas y atmósferas etéreas junto a otros calificativos del músico que no quería le llamaran impresionista, lanzaba también cañonazos, como así nos demostró primero con ese Claro de luna dibujado con mano firme y limpieza de trazo musical, después unos Fuegos artificiales verdaderamente luminosos, descriptivos como pocos incluso con la «datación musical» de París un 14 de julio con el eco de una Marsellesa que sigue siendo el mejor himno mundial, libertad, igualdad y fraternidad pianística de un Achúcarro que parece haber detenido el tiempo transmitiendo un pianismo del que apenas quedan representantes en activo y con su siempre sentido recuerdo a la Francia de su biografía.
Aún quedaban dos rusos, verdaderos pesos pesados que el bilbaíno afrontó con valentía, seguridad, aplomo y el mismo nivel de autoexigencia que en el resto del concierto. Los tres preludios de Rajmáninov (de los 24 que escribió) dignos ejemplos para afrontarlos y organizarlos, dos épocas de su vida, evolución de escritura pero unidad estilística: el bello nº 1 op. 23, la potente mano izquierda y trinos claros del op. 32 central y la vuelta a la juventud del nº 2 op. 3 que el propio Sergei solía dar de propina en sus recitales. agitación y tensión pero delicadeza en la ejecución, sabedor el pianista bilbaíno que no hay obstáculos cuando se domina y entiende la obra desde su atalaya privilegiada.
Para terminar en Rusia nada menos que dos estudios de Scriabin, del que Achúcarro siempre fue su valedor (de hecho la última propina sería el conocido «Nocturno para la mano izquierda» que «lo dice todo»). El primero, opus 2 compuesto a los catorce años, de raíz chopiniana (como la primera propina del Nocturno op. 9 nº2) con un juego de voces interiores perfectamente escuchadas en el piano siempre enorme del bilbaíno, y el nº 12 de la op. 8, bautizado como “Patético” por la pasión exacerbada pero espectacular en la interpretación del Maestro vasco, unas octavas plenas y ritmos en tresillos que hacen sonar fácil lo intrincado de estos «estudios» donde «intensidad, vehemencia y pasión constituyen los ingredientes de este estudio trágico y épico»como escribe Ramón Avello.
Tras la primera propina de un Chopin para enmarcar, un sencillo y rápido homenaje tomando la palabra David Álvarez, melómano reconocido y Concejal de Cultura del Ayuntamiento de Oviedo quien en compañía de dos «familiares» de «su» Filarmónica de Oviedo (Santiago González del Valle Rodríguez y Manuel Álvarez-Buylla, presidente y vicepresidente respectivamente), que le hicieron entrega del primer programa que Joaquín Achúcarro ofreció un 13 de abril de 1956, emociones, gratitud suya y nuestra para despedirse con la mano izquierda que siempre ha tenido El Maestro y una de sus propinas preferidas, el Scriabin que tendrá en Achúcarro un referente para tantos alumnos que ha tenido en su larga carrera docente, todo un lujo combinar interpretación y enseñanza, algunos incluso aprendiendo a escuchar el piano con él.
Gracias Maestro Don Joaquín.
PROGRAMA
I
Johannes Brahms (1833-1897):
Variaciones sobre un tema de Schumann, op. 9
Intermezzo nº 1 en la menor, op. 118
Intermezzo nº 2 en la mayor, op. 118
Franz Liszt (1811-1886):
Valse oubliée nº 1, S. 215/1
Liebestraum nº 3, S.541/3 (Nocturno “Sueño de amor”)
II
Maurice Ravel (1875-1937):
Valses nobles et sentimentales:
1. Modéré, très franc – 2. Assez lent, avec une expression intense – 3. Modéré – 4. Assez animé – 5. Presque lent, dans un sentiment intime – 6. Vif – 7. Moins vif – 8. Épilogue. Lent
Claude Debussy (1862-1918):
Clair de Lune (de la «Suite bergamasque») L.75/3
Feux d’artifice (de los «Préludes», Libro 2)
Sergei Rajmáninov (1873-1943):
Preludio nº 1 en fa sostenido menor, op. 23
Preludio nº 12 en sol sostenido menor, op. 32
Preludio nº 2 en do sostenido menor, op. 3
Alexander Scriabin (1872-1915):
Estudio nº 1 en do sostenido menor, op. 2
Estudio nº 12 en re sostenido menor, op. 8, “Patético”
Manuel PALAU BOIX (Alfara del Patriarca, 4 de enero de 1893 – Valencia, 18 de febrero de 1967) fue un pedagogo además de músico prolífico y polifacético no lo suficientemente reconocido en la llamada «canción de concierto» del que el vitoriano Aurelio Viribay Salazar (1963) nos cuenta en las notas del álbum que «por su excepcional calidad y originalidad la extensa producción para voz y piano (…) ocupa un lugar de especial relevancia en la evolución de la canción de concierto española a lo largo de los dos primeros tercios del siglo XX. El maestro de Alfara del Patriarca expresó reiteradamente su afinidad y predilección por un género del que se ocupó ininterrumpidamente y con especial dedicación a lo largo de su dilatada trayectoria compositiva y al que prefería referirse como ‘Lied’ por entenderlo como fruto de la completa fusión entre poesía y música». Y nadie mejor que este pianista, investigador, docente, recuperador, estudioso de nuestro patrimonio vocal, todo un especialista en este repertorio como el maestro Viribay Salazar para contarnos y transmitirnos en esta selección de canciones una pequeña muestra del legado de Palau con la voz de la soprano pacense Mar Morán(1992) -estos días en Oviedo cantando «La Traviata»– en quien ha encontrado la intérprete ideal no ya para este repertorio sino también para el de otros compositores españoles como García Leoz en su anterior trabajo «Luna clara», del que esta «Luna muerta» es continuación en un proyecto que seguramente encuentre más calificativos a la siempre encantadora luna lorquiana en un dúo que tiene aún mucho recorrido.
Muy interesante y abundante la producción del compositor valenciano, que en el terreno del lied nos encontramos más de 100 canciones con textos en distintas lenguas (galaico-portugués, gallego, brasileño, francés o alemán) aunque el grueso de su obra liederística se basa en textos valencianos y castellanos, las dos lenguas que Palau utilizaba asiduamente. Para esta grabación Morán y Viribay se han centrado solo en las compuestas en castellano -con la excepción de una canción en gallego- presentando veintinueve canciones, algunas formando colección con título propio denominadas por el propio compositor «Lieder», indicativo de su conocimiento del género y con una visión europea más que española, junto con otras canciones «sueltas» de distinta temática, todas ellas compuestas entre 1924 y 1955 «cuya sorprendente y rica disparidad estética revela un original eclecticismo como principal rasgo estilístico de la obra para voz y piano de Manuel Palau» citando de nuevo y como haré a lo largo de esta reseña las notas de Don Aurelio en el magnífico libreto que acompaña el CD, donde tampoco pueden faltar las letras, pues la comunión texto-música es la base para paladear el lied y entender mejor estos lieder españoles.
Arranca la grabación con un primer bloque de canciones que «refleja la mirada al pasado del compositor, ejemplificada en un estilo neoclásico en lo musical y en la utilización de textos antiguos en lo literario. Cinco de los ‘Seis Lieder’ que abren esta selección ponen música a textos del Cancionero anónimo de la Edad Media mientras que la primera canción del grupo, «Por el montecico sola», se basa en un texto de Lope de Vega en el que la temerosa inquietud de la protagonista abandonada es traducida con gran belleza por el compositor». Un piano hondo preludia y acompaña el primer lied con la voz rotunda y delicada de la soprano pacense, una galería de personajes femeninos de este primer grupo de canciones, dramatismo vocal en el siguiente, Gritos daba la morenica, campanadas al piano y voz cuyo grito es matizado y realzando el texto, tesitura amplia con homogeneidad en el color de la soprano, al igual que una tristeza de enamorada bien reflejada en Mal ferida iba la garza que reflejan ambos intérpretes con delicadeza y dolor en el agudo mientras el piano casi acuna cual aleteo; buen gusto y preciosismo pianísitico de La flor de la villa, aire de inspiración popular pero escritura «clásica».
Los dos siguientes lieder, ¿Con qué la lavaré? y De los álamos vengo, madre, conocidos por las recreaciones que hizo Joaquín Rodrigo en sus célebres e interpretadísimas «Cuatro madrigales amatorios«, Palau como bien explica Viribay en las notas, «no recurre a citas musicales preexistentes sino que utiliza música de nueva creación: desnudos acordes pianísticos subrayan la solitaria tristeza de la protagonista en la primera canción mientras un movimiento continuo de dinámicas semicorcheas dibuja la agitación de las hojas de los álamos movidas por el viento en la segunda». Si no conociésemos las del compositor de Sagunto, son dos visiones nuevas de unos textos atemporales que Mar Morán desgrana deleitándose en cada nota y el acompañamiento de Aurelio Viribay casi sosteniendo esa fresca vocalidad del compositor recuperado en estas bellísimas páginas líricas, la primera sosegada y la segunda con brisa mediterránea.
Siguiente bloque con ‘Dos canciones amatorias’ que Palau busca en la musicología a historia su inspiración: No me habléis, conde sobre un texto anónimo del siglo XVI y en el “Cancionero de Uppsala” para Ya no más. De nuevo creatividad musical para unos pentagramas delicados en voz y piano, cristalinos y pausados, cual viaje al pasado desde una perspectiva muy actual que refleja el compositor valenciano en estos cantos de amor.
Tras el díptico, otro lied inspirado en un texto anónimo del siglo XVI, ¿Qué sentís, coraçón mío?, otro itinerario histórico a la época y textos cantados desde un lenguaje sencillo y atractivo, sin prisa, diálogo más que voz con acompañamiento, articulación exacta en la soprano y perlas al piano.
Continúan el disco con dos lieder basados en textos de Lope de Vega, Elegía al Caballero de Olmedo y Villancico. En la primera con extenso piano inicial de protagonista como «llamadas de trompetería» que vuelve a transportarnos al contexto de la época de sus versos, y la soprano dramatizando una escritura muy exigente en tesitura y matices que la pacense afronta sin problemas; la segunda cual oposición y contraste, «íntima, tierna y delicada, como corresponde a una canción de cuna de contexto navideño» precisamente en estas fechas, nana que arrullan ambos intérpretes desde una dicción perfecta para la excelente combinación de palabra y música.
Prosigue el ambiente navideño pero con una escritura más «neoclásica» de Palau con La Virgen va caminando, muestra de la gran cultura del compositor valenciano capaz de escribir en estilos distintos, una canción con texto de una copla popular malagueña y piano que envuelve la hermosa melodía. La palmera es la segunda de las ‘Dos canciones de Navidad’, árboles importados que no faltan como símbolo de nuestra emigración y convertidos aquí en árbol navideño. Para el maestro Viribay una de las joyas de la producción de canciones de Manuel Palau y «una de las más bellas canciones de concierto españolas del siglo XX», pues si alguien conoce este repertorio es el pianista vitoriano, y corroboro su afirmación pues hay una delicadeza vocal que refleja a la perfección la ternura del poema de Gerardo Diegoy un piano sugerente que no distrae en ningún momento.
En Partida el compositor vuelve a cambiar de estilo, ahora «neorromántico» pero manteniendo la inspiración y métrica que la poesía impone, con largas frases largas que expresan la tristeza por el marinero que no volverá sobre un poema del valenciano Lluís Guarner Pérez. La poesía siempre en la base de todo lied, Palau utiliza al gaditano José María Pemán para Arroyuelo del molino, melodía sencilla y piano manteniendo la pulsación que recrea el fluir constante del agua moviendo las aspas.
La única canción en gallego, Chove, toma un desolador poema del orensano José Ramón Fernández-Oxea, y como bien explica en las notas del disco, «pertenece a la colección de canciones gallegas encargadas por el crítico Antonio Fernández-Cid a diferentes compositores españoles. Utiliza un lenguaje impresionista que describe musicalmente la lluvia en las corcheas iniciales de una parte pianística que adquiere paulatinamente una complejidad paralela a la exigente parte cantada». Importante la lengua gallega en la escritura de tantas canciones como el propio Aurelio Viribay nos dejó en su trabajo ‘No Camiño’ recorriendo distintos compositores, podría decir que con ésta se completa este ciclo con el valenciano Palau en versión para soprano y piano que seguirá aumentando el repertorio de concierto.
Cierran este tercer bloque dos páginas, Tonadilla y Chiquilla, de las primeras canciones de Palau con textos de la colección poética Mil y un cantares del valenciano Estanislao Alberola, que está en mis estanterías literarias. Musicalmente siguen mostrando el «oficio» del valenciano ya en estos inicios, no importa calificarlas de «canción de concierto» o «canción ligera», Chiquilla es una copla casi de las llamadas «folklóricas» (que también habría que situar en su contexto y no desmerecen en nada de estas que comento), pues parece que el ánimo del valenciano era «llamar la atención de un público foráneo ávido de tópicos costumbristas de carácter españolizante, de los que también participa ‘Tonadilla’». Desde la humildad del propio compositor, si Rossini confesaba «pecados de vejez» sus últimas obras una vez abandonada la ópera, el valenciano consideraba estas dos “pecados de juventud”, pero que ayudan a comprobar la evolución de su escritura vocal.
Y con otro cambio estilístico, retomando la idea de un «lied español» por el coprotagonismo de piano con voz y el texto centro de cada pentagrama, Ávila y Montesa, sobre poemas del valenciano Joan Lacomba i Guillot, que pertenecientes a la colección de cinco “Evocaciones de España”, posteriormente se publicaron como Dos Lieder. Buen conocedor de nuestro patrimonio, Palau recrea musicalmente ambas ciudades con los textos de Lacomba, transportando al oyente tanto a la llanura de la Ávila amurallada y llena de iglesias o conventos, como a la Montesa medieval, de nuevo con evocación de trompetas y fanfarrias organísticas en el piano vasco y la poesía bien cantada por la extrema. Recuerdos franceses lógicos tras los estudios del compositor con Ravel o Charles Koechlin, por entonces al alcance de pocos y que el valenciano aprovechó al máximo.
Dentro de los tantos estilos transitados por Palaue igualmente por las modas del momento, el díptico ‘Del Oriente lejano‘ nos lleva al exotismo de tantos otros compositores coetáneos suyos, como bien recuerda Viribay en sus notas, Stravinsky, el citado Ravel,Albert Roussel, cuatro breves Poesías japonesas del madrileño Julio Gómez o el tríptico La flûte de jade del también madrileño Julián Bautistason composiciones que el pianista y estudioso vitoriano conoce de primera mano y en esta búsqueda no podía faltar Manuel Palau, primero Improvisación, musicando un texto del poeta chino Li-Tai-Pe y Lírica japonesa, de un anónimo japonés del siglo XVI, traducidas al castellano e intensamente interpretadas por el dúo Morán-Viribay, con aires impresionistas de los que el compositor de Alfara del Patriarca nunca renegó.
Aurelio Viribay escribe que «Manuel Palau se sentía especialmente satisfecho del ciclo ‘Paréntesis lírico’, cuyo lenguaje musical evoluciona notablemente adquiriendo una mayor complejidad. Los textos de Vicente E. Pertegaz referidos al entorno de una huerta valenciana -la noria, un farol, la lluvia, la noche, la luna o la niña que recoge caracoles- dan lugar a una música tan descriptiva como sugerente que abarca una amplísima gama de registros expresivos». Sonoridades francesas, cromatismos, jugando con bitonalismo, atonalismo y tonalidad académica, este ‘Paréntesis lírico» es un muestrario de la versatilidad musical de Palau por todos los recursos compositivos utilizados. Siete lieder para disfrutar de la voz de Mar y el piano de Aurelio: Imperceptible, de recuerdo catedralicio debussyano en el piano y exigente registro grave en la voz; Noria vieja , evocadora desde el cromatismo al piano y sentida de la soprano con difícil entonación así como su amplia tesitura; Lluvia, la más francesa en todo e igualmente exigente para los dos intérpretes; otro giro de estilo con Caracolera, cante andaluz o tonada llevada al salón de conciertos; Farsa, llena de atonalidad que viste una melodía resplandeciente, expresionista y totalmente actual con la rompedora habanera final («¡Qué danza más loca!» dice la letra ); la cita del “Dies Irae” en Farsa, un delicioso «engaño» en el piano para llevar la melodía misteriosa cantada por la soprano, y la «marcha surrealista» de Luna muerta que da título al disco y «cierra brillantemente esta antología con una de las canciones más sorprendentes del repertorio lírico español del siglo XX», un verdadero descubrimiento de un repertorio que sigue asombrándonos por el tiempo que ha permanecido en un cajón pero que un trabajo de investigación, ensayo y sabia elección de la intérprete ideal para ello al menos tenemos la ocasión de escucharlo cuantas veces queramos, esperando se mantenga en los conciertos de nuestra amplia geografía.
La toma de sonido perfecta para poder escuchar un piano excelente y toda la amplia gama de matices y buen gusto de la soprano, y todo un CD cuidado hasta el mínimo detalle.
Pistas:
01-06. Seis Lieder:
I. Por el montecico sola (Lope de Vega); II. Gritos daba la morenica (Cancionero anónimo de la Edad Media); III. Mal ferida iba la garza (Anónimo); IV. La flor de la villa (Cancionero anónimo de la Edad Media); V. ¿Con qué la lavaré? (Cancionero anónimo de la Edad Media); VI. De los álamos vengo, madre (Anónimo).
07-08. Dos canciones amatorias:
I. No me habléis, conde (Anónimo); II. Ya no más (Cancionero de Upsala).
09. ¿Qué sentís, corazón mío? (Anónimo siglo XVI); 10. Elegía al Caballero de Olmedo (Lope de Vega); 11. Villancico (Lope de Vega); 12. La Virgen va caminando (Popular); 13. La palmera (Gerardo Diego); 14. Partida (Lluís Guarner Pérez); 15. Arroyuelo del molino (José María Pemán); 16. Chove (José Ramón Fernández-Oxea); 17. Tonadilla (Estanislao Alberola); 18. Chiquilla (Estanislao Arberola).
19-20. Dos Lieder (Juan Lacomba):
I. Ávila; II. Montesa.
21-22. Del Oriente Lejano:
I. Improvisación (Li-Tai-Pe, siglo XVI); II. Lírica japonesa (Anónimo japonés, siglo XVI).
23-29. Paréntesis lírico (Vicente E. Pertegaz):
I. Imperceptible; II. Noria vieja; III. Lluvia; IV. Caracolera; V. Farsa; VI. Farol; VII. Luna muerta.
Grabado, mezclado y masterizado en los Estudios Cezanne, 24 a 27 julio de 2023 por Javier Monteverde.
Crítica para ÓperaWorld del domingo 10 con los añadidos de fotos de las RRSS, Perelada 2019 y propias finalizada la función, links siempre enriquecedores, y tipografía que a menudo la prensa no admite.
Último título del año y cuarto (con dos programas dobles que ya contamos desde aquí) de los cinco que conforman la septuagésimo sexta temporada de la ópera ovetense con uno de los títulos más famosos y representados en la historia lírica universal y de la capital asturiana (16 veces en la temporada más otra en la VII Semana de Música de 1981 que organizaba la Universidad de Oviedo): «La Traviata» de Giuseppe Verdi, que ha agotado las entradas para las seis funciones, incluyendo el segundo reparto llamado “Viernes joven” que hará no una representación sino dos ante el éxito de taquilla para las cinco programadas inicialmente y que para la 77ª Temporada ya anuncia la «Arabella» de Richard Strauss junto a otros cuatro títulos habituales en la capital astur.
Como todo buen melómano conoce, «La Traviata» forma parte de la llamada trilogía popular junto con «Il trovatore» y «Rigoletto», a partir de un libreto tomado del francés Alejandro Dumas hijo, contemporáneo a la propia música que Piave adapta como anillo al dedo del genio de Le Roncole, una historia de amor basada en las propias vivencias del dramaturgo con la “descarriada” Alphonsine Duplesis, transformada en la protagonista Violetta Valéry que sufre las consecuencias de una sociedad hipócrita y cruel que la destruye más que la tisis. A lo largo de los 170 años largos desde su estreno, probablemente sea uno de los títulos donde los escenógrafos más hayan experimentado desde unas actualizaciones que han cambiado ubicaciones, época y hasta la propia enfermedad de la protagonista (aunque este sábado parecía que fuese un público especialmente “acatarrado” quien contagiase a la protagonista), lo que precisamente hace de esta ópera una de las más conocidas y populares, no ya por los muchos y excelentes números musicales escritos por Verdi, también por el cine donde «Pretty Woman» -que no falla en ningún canal televisivo a lo largo del año- acercó a muchos esta maravillosa y atemporal ópera.
El Giorgio Germont de Juan Jesús Rodríguez volvió a demostrar su excelente estado vocal y escénico: potente, rotundo, dominador desde su aparición en la escena quinta del segundo acto, arrancando las mayores ovaciones de un público que aprecia el buen hacer del barítono andaluz en cualquiera de los muchos roles que tiene en su repertorio, especialmente los verdianos donde sigue siendo referente internacional. El dúo con Violetta ya marcó la pauta de su éxito, linea de canto tan pura como “…un angelo…”, convincente, bien apoyado por una OFil al mando de Óliver Díaz que optó siempre por tempi tranquilos para mayor disfrute canoro, así como unos rubati apoyando la línea de canto en todas las arias junto a unos silencios muy marcados para realzar el drama. La escena octava con Alfredo casi pone el Campoamor en pie ante una sentida, fraseada y bella “Di Provenza il mar…”.
No decepcionó Ekaterina Bakanova en su recreación de una Violetta “sempre libera” que evoluciona a lo largo de los tres actos aunque le costó ganarse los aplausos. Omnipresente en escena, su voz tiene homogeneidad en el color y agilidades bien resueltas siempre con las respiraciones en el sitio oportuno para no perder ni una nota, ayudando de nuevo el maestro Díaz que podría decir “la llevó de la mano”. Bien de volumen en los dúos y conjuntos, sus arias las esculpió al detalle (“È strano! è strano! in core…” matizadísima,“Siempre libera” además de luminosa homogénea en todo el registro, y el delicado “Addio del passato” en la escena cuarta del último acto). Personal interpretación y solvente su canto, destacar igualmente la “planta” en escena (el vestuario ayudó mucho), lo bien que empasta su color con Los Germont, y la convincente dolorida aria final “Più a me t’appressa ascolta” tras el dramático concertante.
El debutante Leonardo Sánchez posee un registro de graves amplios y agudos nada forzados, color ideal para su Alfredo que defendió con bravura y entrega a lo largo de la ópera, un personaje que como su amada evoluciona en los tres actos. Su inicio en el brindis ya apuntó maneras, mejoró en los dúos con Violetta, entregado en el segundo acto aunque no diese bien el esperado (e innecesario) agudo final de la escena tercera (“Quest’onta laverò…”), incluso fuera de escena se le escuchó perfectamente y en el mano a mano con Giorgio el padre se impuso al hijo, para finalizar con un notable su presentación en la ópera ovetense en este rol que irá ganando en seguridad con el tiempo.
Tanto la Flora de la mezzo Anna Gomà como la Annina de la soprano también debutante Andrea Jiménez cumplieron sin problemas en sus roles, vocal y escénicamente, voluptuosa la catalana y comedida la navarra en los papeles femeninos que contrapesan a la protagonista.
Otro tanto con el Gastone del tenor asturiano Jorge Rodríguez-Norton que está cómodo en estos roles mal llamados secundarios, pues el equilibrio en el elenco es siempre necesario; convincente el barítono bilbaíno José Manuel Díaz como Barón Douphol y David Oller en el Marqués d’Obigny, dos colores distintos para una misma tesitura y diferente protagonismo.
Breves las apariciones del Doctor Grenvil con el veterano bajo catalán Stefano Palatchi al que los años han quitado volumen pero no el timbre redondo que le caracteriza ni su presencia escénica. Y correctos los llamados partiquinos con tres de los componentes del coro “Intermezzo”: el tenor mierense Gaspar Braña, el barítono-bajo valdesano Francisco Sierra (Giuseppe y Criado respectivamente) más el Comisionista del madrileño Pablo Joel De Bruine, roles pequeños para rodarse en las tablas y tener la visibilidad necesaria en unas voces jóvenes que aspiran a mejores papeles.
Del Coro Titular de la Ópera de Oviedo (Coro Intermezzo) bajo la dirección de Pablo Moras nuevamente felicitarles porque «La Traviata» tiene mucho que cantar y actuar, desde el famoso brindis inicial que pese al arranque dubitativo pronto se centraron, coreografía incluida, pasando por las gitanas y toreros del segundo acto en una demostración del buen hacer de las cuerdas por separado, también moviéndose en una escena algo inestable de pisar en pendiente, y las máscaras del último acto, voces matizadas, crescendi bien trabajados con el foso, empaste y afinación idóneas. Son un seguro en cada título y un acierto contar con este coro profesional que atesora grandes voces unidas para estos conjuntos.
Ya anteriormente comentaba la excelente dirección musical del ovetense Óliver Díaz que buscó el detalle en la elección de los aires, puntuales rubati en los últimos tiempos de compás dándole el carácter cosmopolita a la música de Verdi, un uso de silencios alargados para reforzar la carga argumental y sobre todo el cuidar los balances con las voces sobre las tablas. La OFil responde siempre a su batuta con unos primeros atriles implicados en el mismo lenguaje lírico, también muy bien la banda interna con nueve componentes de la Banda de Música “Ciudad de Oviedo”, solventando a la perfección el encaje de dinámicas y dotando al foso del protagonismo compartido desde los dos preludios, ya con personal sobre las tablas, para arropar y llevar a sus espaldas todo el inmenso peso vocal de esta ópera.
Dejo para el final la “visión” del director de escena Paco Azorín que en su presentación en el libro de este quinto título explica su propuesta de empoderamiento de la mujer de nuestro siglo que «ha permitido ver el mundo con otros ojos… una mujer libre, un espíritu libre, mucho más allá de la lectura clásica o de la lectura superficial». Realmente Violetta Valéry ya marcó esa mujer libre e inspirada en la George Sand (como proyectaba el telón bajado), pionera en ponerse pantalones, y aunque «pretende huir de ciertos tópicos» más que «un giro de 180 grados» pienso que sólo fueron 90 y no solo por el juego en dos planos sobre el escenario que simboliza abajo la cruda realidad y arriba el «pensamiento, los deseos y pasiones que nuestra sociedad nos invita permanentemente a esconder o enterrar». El utilizar los acróbatas que desempeñan su difícil trabajo con una “coreografía” original pero también bella, sí supone novedad, incluso en el plano de 45 grados. Original el uso de las mesas de billar y su distinta colocación e iluminación en las distintas escenas, incluso convertida una de ellas en el lecho fúnebre. En conjunto y pese a algún pateo final, no es de lo más “rompedor” que podemos ver en muchas óperas clásicas, puede que la niña, cosecha del escenógrafo catalán, simbolice la infancia de Violetta para convertirse después en la hija (!) de la pareja protagonista fuera del libreto, y dando mucho juego a las arias en solitario de Alfredo, Giorgio e incluso en la lectura compartida (“…però migliora Alfredo…”) de la escena final con Violetta. El vestuario de Ulises Mérida juega con rojos y negros pero también la plata brillante de la Valéry en casa de Flora, elegante pero sobrio en los protagonistas, menos variado en el coro más el toque verde del amanecer inicial tras la fiesta, que también se refleja en el traje del Barón Douphol, sin olvidar el blanco asociado a la pureza. La iluminación y vídeos ayudaron a crear ese ambiente a caballo entre la fiesta y la naturaleza.
Oviedo este sábado de puente estaba imposible de gente, lleno como el propio Campoamor, con casi todos los aparcamientos completos que retrasaron el inicio de la función catorce minutos, lo que se agradeció para los que no vivimos en Oviedo, pero «La Traviata» bien merecía volver tras diez años, y en conjunto resultó bien, equilibrada, actualizada, aunque quien triunfase fuera “Germont padre” redimido y apesadumbrado por todo lo que supuso su actitud. En tiempos de empoderamiento femenino la música sigue triunfando… ¡Viva VERDI!.
FICHA:
Sábado 9 de diciembre de 2023, 19:00 horas. 76ª Temporada Ópera de Oviedo, Teatro Campoamor: «La Traviata» (1853), música de Giuseppe Verdi, libreto de Francesco Maria Piave basado en la novela “La dame aux camélias” (1852) de Alejandro Dumas hijo. Melodrama en tres actos estrenado en el Teatro La Fenice de Venecia el 6 de marzo de 1853. Producción de la Ópera de Oviedo y Festival Castell de Perelada (2019).
Diciembre tendrá en estas jornadas de piano dos generaciones de pianistas que a mi edad me sitúo entre ambos extremos: el próximo miércoles 13Joaquín Achúcarro (1932) a quien sigo desde 1972 cuando me embrujase en la centenaria Sociedad Filarmónica, y este lunes a Bruce Liu (1997), impactante, joven ya maduro que dará mucho que hablar en este siglo XXI. Tantas figuras han pasado por «La Viena Española» que sigue escribiendo la historia, y además en la festividad de Santa Bárbara suponía el debut en nuestro país del Primer Premio del Concurso de Piano Chopin 2021 -la misma edición donde el gijonés Martín García ganaría el tercero-, un talento nacido en París de padres chinos y criado en Montreal -tiene la nacionalidad canadiense- en tiempos de globalización también en el mundo de las 88 teclas, olvidándonos de escuelas pianísticas o tendencias.
Y esta figura de nombre ligado a las artes marciales y apellido pucciniano no defraudó en un programa verdaderamente de virtuoso que ofreció a dos gigantes del piano que se inspiraron nada menos que en el Don Giovanni mozartiano pero también su asombrosa técnica al servicio de la música con dos franceses casi en las antípodas pero delicados para confrontar sonoridades, estilos y visiones desde la interpretación madura del cosmopolita y generoso Liu.
Si Rameau es el máximo representante del clavecinismo francés junto a Couperin, la tentación de interpretar música barroca al piano supera cualquier opinión personal e incluso histórica, y así lo pude comprobar también en estas jornadas con Don Gregorio y su Purcell emparejado con Mozart, quien también ha incorporado a su amplio repertorio el clave del francés, sin dejarme mi pasado Festival de Granada con una pléyade de pianistas que en las llamadas «Play lists» figuran entre los más reproducidos.
El directo de Bruce Liues único, con una técnica impecable donde el uso de los pedales marca sonoridades propias y muy cuidadas pero la limpieza en la digitación, la claridad expositiva y una amplísima gama de matices le dan todos los recursos para enfrentarse al repertorio de cualquier época con una solvencia y madurez asombrosa pese a su edad. Dice un proverbio que «Algo tendrá el agua cuando la bendicen» y ganar el Chopin no está al alcance de cualquiera aunque los concursos parezcan estar desprestigiados, en parte por los miembros de los jurados. Lo mismo podría decir de «fichar» por el sello amarillo que acierta en lo comercial pero también supone un escaparate mundial para sus «primeras figuras», independientemente de su mayor o menor calidad, y en el caso de Bruce Liu el acierto ha sido grande.
La selección de piezas de Rameau que el maestro Francisco Jaime Pantín desgrana en las notas al programa (enlazadas igualmente al inicio), se centró en las tres colecciones que dejo indicadas al final, y que representan una brillantez de escritura y un catálogo de expresividad. Liu exprimió al máximo las seis, limpieza en todos los sentidos, pedales comedidos para no enturbiar el discurso pero dándole todo el color desde el piano a estos «grabados» clavecinistas, como sucederá con Bach en tantos intérpretes del siglo pasado. El antes citado Sokolov tiene a Rameauentre sus propinas favoritas y ha grabado también para el sello amarillo como Liu. Así Les Cyclopes fueron más calmados que las del ruso nacionalizado español mientras Les Sauvages el canadiense la ejecutó ligeramente más rápida sin perdernos ni una nota. A la multinacional alemana no le importa repetir obras con distintos intérpretes y el mundo de la crítica discográfica es aficionado a compararlas también en los tiempos. Lo que tengo claro tras lo escuchado este primer lunes de diciembre por el canadiense nacido en París con su Rameau aporta una visión actual a un repertorio que sin ser pianístico luce siempre cuando el acercamiento respeta lo escrito y lo llena de colores personales.
Y para el «Premio Chopin» no podía faltar el gran polaco del piano con las Variaciones sobre “Là ci darem la mano”, obra de un joven pianista y compositor además de se la primera obra para piano con orquesta (opus 2) pero despojada del acompañamiento sinfónico para poder disfrutar de todos los recursos del instrumento en aquellos salones del XIX y donde la inspiración en las óperas no solo las hacían llegar a todos los públicos sino a impactar con el virtuosismo que se hace y sigue haciendo casi imposible a tantos estudiantes de piano. Liu «cantó» el famoso dúo del Don Giovanni de Mozart con respiraciones, fraseos y el estilo propio del polaco que emana en cada una de las cinco variaciones, incluso indicadas en la partitura. La técnica es necesaria pero la musicalidad de Bruce la hace parecer menor de lo que es, la siempre engañosa facilidad mozartiana que transvasada al lenguaje chopiniano es vestir con traje romántico un clasicismo latente con cualquier ropaje.
La segunda parte volvería a emparejar lo francés y la inspiración en Mozart de otro virtuoso del piano, Ravel con Liszt. Desde esta divergencia cronológica convergiendo al piano y dando cierta homogeneidad a las obras elegidas, los Miroirs (1904-1905) de Ravel casi fueron un viaje en el tiempo del estilo clavecinístico, una visión más que versión propia como pueda ser Picasso y Velázquez con «Las meninas». Cinco piezas que fueron espejos, reflejos, ilustraciones a los propios títulos como harían Debussy el propio Liszt. De nuevo el color de Bruce Liu mezclando y superponiendo sonoridades, si en Rameau era acuarela de un solo y leve trazo, en Ravel óleo de amplia pincelada, lo etéreo y melancólico junto al misterio y la angustia, paleta de color y emotividad pianística, con una Alborada del Gracioso plenamente sinfónica desde las 88 teclas demostrando de nuevo la maravillosa escritura y capacidad de Ravel para crear estos enormes lienzos conformando una exposición que termina en el Valle de las Campanas de serenidad contrapuesta a la sensualidad anterior, soledad del intérprete tras un intenso paseo.
Dos bloques franceses y parisinos como el propio pianista que nos regalaría dos joyas resumiendo el propio programa con el que debutaba en España: primero el Preludio en si menor BVV 855a de Bach en el arreglo de Siloti, el clave que crece en el piano, y de nuevo Chopin con su famosísimo Vals del minuto (que duró sólo un poco más), el Bruce Liu figura emergente que engrandece la larga lista de pianistas en «La Viena Española».
PROGRAMA
PRIMERA PARTE
Jean-Philippe Rameau (1683-1764):
Les tendres plaintes. Rondeau (de Pièces de clavecin avec une méthode), RCT 3/1.
Les Cyclopes. Rondeau (de Pièces de clavecin avec une méthode), RCT 3/8.
Menuet I y II (de Nouvelles suites de pièces de clavecin), RCT 6/3 y RCT 6/4.
Les Sauvages (de Nouvelles suites de pièces de clavecin), RCT 6/14.
La Poule (de Nouvelles suites de pièces de clavecin), RCT 6/5.
Gavotte et six doubles (de Nouvelles suites de pièces de clavecin), RCT 5/7.
Frédéric Chopin (1810-1849): Variaciones sobre “Là ci darem la mano”, op. 2:
Introducción. Largo- Poco piu mosso; Tema. Allegretto; Variación 1. Brillante; Variación 2. Veloce, ma accuratamente; Variación 3. Sempre sostenuto; Variación 4. Con bravura; Variación 5. Adagio- Alla Polacca.
SEGUNDA PARTE
Maurice Ravel (1875-1937): Miroirs, M. 43:
I. Noctuelles; II. Oiseaux tristes; III. Une barque sur l’océan; IV. Alborada del grazioso; V. La vallée des cloches.
Franz Liszt (1811-1886): Réminiscences de Don Juan, S. 418
Oviedo sigue en el mapa de las giras europeas y «La Viena española» tras el inicio zaragozano de la Franz Liszt Chamber Orchestra y antes de San Sebastián, con un programa de los que saben a poco y no solo por la corta duración a pesar de las dos propinas de István Várdai, sino por lo conocido y agradecido de unas obras que todo melómano tiene en su memoria auditiva y hasta puede tararear mentalmente según las va escuchando. Lástima que este último miércoles de noviembre el público no respondiese como en anteriores citas, pero como siempre digo «ellos se lo pierden» aunque algunos me lean para enterarse cómo fue todo.
La tarde arrancaba con la cuerda casi camerística a cargo de la formación húngara, defendiendo su calificativo, bajo la dirección de su concertino desde hace cinco años Péter Tfirst, una leyenda en esta orquesta de Budapest, con las conocidas seis Danzas rumanas de Bartók, de imposible pronunciación pero con excelencia sonora, rítmica, folklórica y la calidad que en las antes llamadas «orquestas del este» (europeo, claro) tienen asumida y son casi genéticas, más en estos repertorios. Danzas llenas de color, cercanas y con los aires zíngaros donde los violines disfrutan y desprenden alegría desde un sonido limpio en todos los tempi, compacto con dos contrabajos que dieron sustento a una tímbrica impecable de la cuerda, matizada y con pizzicati rotundos pese a ser sólo 25 instrumentistas.
El solista húngaro afrontó los tres movimientos con un sonido que conmueve en los graves y proyecta los agudos con facilidad, ejerciendo también de director aunque «los Liszt» podría decir que tocan solos este concierto del quinto de los siete hijos que tuvo «mein Gott», genética y música pura para este enorme clavecinista y compositor del periodogalante considerado uno de los fundadores del Clasicismo, quien decía: «Un músico no puede conmover a menos que él mismo se conmueva» como recuerda en las notas al programa Juan Manuel Viana. Y Várdaileyó y sintió este tercero de los conciertos para chelo (entre los más de cincuenta que escribió). Sturm und Drang o Empfindsamer Stil son expresiones en el idioma de Goethe que todos los estudiantes de música hemos tenido que conocer, y este concierto del «Quinto Bach después de dios padre» contiene tanto la tormenta e ímpetu así como el estilo sentimental, éste en el Largo con sordini mesto central de clave perlado, frente a los rápidos extremos más impetuosos que tormentosos, donde el Allegro assai parecía adelantarme en vivo la emisión de «La dársena» de Jesús Trujillo en Radio Clásica, programa con la actualidad musical que cumple 10 años, cuya agenda de conciertos (donde Oviedo está -casi- siempre en ella) utiliza este último movimiento del bellísimo tercero para chelo. Bien el chelista y mejor la orquesta, balanceada al servicio del solista con una tímbrica además del estilo muy cuidado.
Y mentando a «dios Bach» nos dejó el «menuett» de la Suite para chelo nº 2 en re menor, recuerdo de la sangre Bach y magisterio del padre de todas las músicas en todos los instrumentos (incluso los aún no inventados entonces) con que Várdaise/nos deleitó. Aplausos más que merecidos y un guiño a nuestro Gaspar Cassadó (Barcelona, 1897 – Madrid, 1966) con su Capriccio aún más contundente, virtuoso pero también sentido en un homenaje al músico catalán que el chelista húngaro tiene grabado en su repertorio solista.
Con viento (maderas a dos, trompas y trompetas) y timbales se «engordó» la Orquesta Franz Liszt para afrontar una «Italiana» de Mendelssohn que no fue del todo clara ni Vardái la llevó de la mano aunque la calidad de la formación se notó en todos, pero pienso que este repertorio no les va a los húngaros. El Allegro vivace resultó precipitado pese a no abusar del «calificativo», con unos timbales demasiado bravos y dinámicas exageradas confundiéndolas con la agógica, crescendi en los acelerandos, unos rubati algo «traídos por los pelos«. Las indicaciones «moto» del segundo y tercer movimiento tampoco aportaron nada nuevo a una sinfonía tan luminosa como la cuarta del hamburgués afincado en Leipzig, y al menos el Saltarello mostró la capacidad de afrontar el «presto» pero sin claridad en los tutti, falto de balances para disfrutar la calidad de una orquesta que no encontró en el romanticismo la chispa de Bartók ni la elegancia del Bach clásico. Pese a todo la bella sinfonía sigue resonando en mi memoria recordándome el LP rayado precisamente en el Allegro inicial que me obligaba a empujar cuidadosamente la aguja y perderme algunos compases. La llegada del CD con otras versiones no daría estos problemas aunque siga retomando mis viejos vinilos en grabaciones que para mi son históricas.
PROGRAMA:
Béla Bartók (1881-1945)
Danzas populares rumanas, Sz. 56, BB76:
I. Jocul cu bàtă – II. Brăul – III. Pe loc – IV. Buciumeana – V. Poarga romănească – VI. Mărunțel.
Carl Philipp Emanuel Bach (1714-1788)
Concierto para violonchelo y orquesta en la mayor, Wq 172, H. 439:
I. Allegro – II. Largo, mesto – III. Allegro assai.
Felix Mendelssohn (1809-1847)
Sinfonía nº 4 en la mayor, op. 90, «Italiana»:
I. Allegro vivace – II. Andante con moto – III. Con moto moderato – IV- Saltarello. Presto
Buena inauguración de las Jornadas de Piano del siempre recordado Iberni, con la avilesina Noelia Rodiles protagonista por partida doble y nuestro coro más laureado e internacional los luanquinos del LDO, con el titular de OFil el onubense Lucas Macías «armando» un programa muy interesante donde no faltó una obra de compositora (esta vez la francesa Marie Jaël) como bien anunciase su intención el maestro en cada concierto, un estreno absoluto de Manuel Martínez Burgos, catedrático del Conservatorio Superior de Música del Principado de Asturias (CONSMUPA) de amplísimo curriculum y galardones, para reencontranos con el genio de Bonn en la segunda parte.
Y es que Jaëll fue la primera pianista en interpretar todas las sonatas para piano de Beethoven en París y tras sufrir una tendinitis, realizó estudios sobre fisiología y psicología que posteriormente aplicaría a las técnicas manuales para tocar el piano, creando un método que lleva su nombre por sus investigaciones que incluían cómo afecta la música a la conexión entre la mente y el cuerpo, así como la forma de aplicar estos conocimientos a la inteligencia y la sensibilidad en la enseñanza de la música. Nacida en 1846, la familia de Marie Trautmann la enviaría a París para recibir la mejor educación posible en su conservatorio. En ese entorno su círculo de amistades se ampliará y conocerá al austríaco Alfred Jaëll –antiguo alumno de Chopin– con quien terminará contrayendo matrimonio en 1866. De su obra titulada Harmonies d’Alsace (1917), Jonathan Mallada escribe en las notas al programa (enlazadas al inicio en obras) que «la compositora se inspiró en los recuerdos de su infancia en Steinseltz, su localidad natal y comuna francesa, situada en el departamento de Bajo Rin en la región de Alsacia (…) bajo el magisterio compositivo de César Franck y Camille Saint-Saëns, con quienes mantendrá una abundante correspondencia epistolar (…) supone un canto de amor hacia su tierra de origen (Alsacia) ante el inminente desenlace de la Primera Guerra Mundial. Compuesta para pequeña orquesta, es una obra llena de lirismo y belleza que evoluciona desde una ligera inquietud y nostalgia –a través de una armonía algo oscurecida– hacia la brillantez de la cuerda, que llega para disipar cualquier mal presagio». Buen arranque «camerístico» de la OFil con una cuerda que gana enteros cada día, siendo asombrosa la versatilidad de la formación ovetense pasando del foso lírico al escenario del auditorio donde se ha consolidado como orquesta residente de este ciclo. El maestro Macías Navarrosiempre de gesto claro y preciso le da a la orquesta la confianza para afrontar repertorios de lo más variado, y esta breve «obertura» prepararía el estreno absoluto con todo el músculo sinfónico y excelentes refuerzos en la cuerda para completar la plantilla ideal (14-12-10-8-6-4).
Cloches (2023) es un concierto para piano y orquesta lleno de detalles sonoros y tímbricos que Martínez Burgos domina desde una orquestación muy trabajada en todas sus secciones más allá de la percusión. Las notas al programa nos dicen que «es una búsqueda en las posibilidades expresivas de las campanas como un medio sonoro portador de mensajes a largas distancias». En una entrevista para el diario La Nueva España el propio compositor cuenta que refleja el paisaje sonoro que descubrió cuando llegó a Oviedo y le evocaba el de París y Oxford, el mejor cosmopolitismo para estrenarse en «La Viena española». Con Noelia Rodiles de solista, su piano se fundió en resonancias seculares junto a la OFil, en un trabajo meticuloso del maestro Macías, cinco movimientos con guiños a otros grandes orquestadores pero en un lenguaje propio dándole al piano momentos muy virtuosísticos junto a otros que engrandecen la tímbrica sinfónica. El primer movimiento, La vallée des cloches recuerda a Ravel más allá de que Miroirs contenga también unas «campanas», y personalmente me evocó un concierto en St Gallen hace nueve años, conectando todas las iglesias del valle que en el caso de Martínez Burgos hacen referencia a un metafórico valle de campanas que conectaría sinbólicamente toda Europa. El segundo número, La cloche Wamba, nos traslada directamente a la «Sancta Ovetensis» tras un análisis espectral de la campana en activo más antigua de Europa, “Wamba” –fundida en 1219–. El compositor trabaja las sonoridades incluso en un vibráfono cuyas láminas también vibran con dos arcos más allá de toda la percusión que se une a unos metales que calificaría de «broncíneos», utilizando el devenir armónico que vertebrará este movimiento. La recreación será aún más evidente en Grande volée de cloches à Notre-Dame de Paris, movimiento central del concierto con todas las campanas parisinas repicando, el piano sumándose con fuerza y fundiendo timbres grandiosos, incluso «debussyanos» de «Catedral sumergida», resonancias mágicas de sonoridades muy trabajadas y bien llevadas por el maestro onubense con la pianista avilesina verdadera «argamasa sonora» engordando unas texturas muy logradas. Cadenza y Finale cierran este original y exigente concierto, sonando algunos de los temas previos y dando una coherencia a la obra con un final virtuoso en el piano y explosivo a nivel orquestal en una lucha titánica de dinámicas muy actuales. Como escribe Mallada«En síntesis, las campanas sirven para dotar a la obra de un contexto armónico nada tradicional sobre el que se urde un concierto donde se conjugan la consabida dialéctica entre el solista y la orquesta, pero donde el piano trata de integrarse en la sonoridad general de la obra, demostrando el oficio, la originalidad y las facultades compositivas de su autor».
Y campanas de gloria en la despedida a la arpista polaca Danuta Wojnar, 40 años en nuestra tierra además de ser fundadora de la OFil desde aquellos tiempos de OSCO, una institución en la música asturiana a quien Noelia Rodiles le entregó su ramo de flores, con palabras de Lucas Macías y la propia principal Danuta que pasa a engrosar el «selecto club de músicos jubilados» en plena madurez.
Para BeethovenFidelio fue “su hijo más querido” y en cualquier momento su música se hace necesaria. Si la ópera trabajaba los recursos y valores revolucionarios además de «heróicos» que aparecían en la “Tercera”, el obsesivo sordo genial le hacía rehacer constantemente sus manuscritos y tras su crisis depresiva de 1802 a causa de su incipiente sordera, la segunda de las cuatro oberturas para esta ópera, (Leonora nº 2) encierra todo el dramatismo que Macías y la OFil mostraron sin complejos. Como en el foso para Fidelio pero con la acústica del auditorio de Rafael Beca, pudimos rememorar las mazmorras sevillanas o el aria de Florestán “In des Lebens Frühlingstagen”. Desde el podio fuimos paladeando la lenta y pesante Introducción con unas maderas bien empastadas y realzando los silencios tan importantes en el romanticismo y toda la música. En el allegro la cuerda se defendió limpia lo mismo que en el Presto final con una trompeta natural fuera de escena que anunciará no solo la llegada del emisario real a la prisión sino el ejército coral de leones para la Fantasía con el retorno de la pianista avilesina.
La Fantasia para piano, coro y orquesta, opus 80, dedicada al rey Maximiliano José de Baviera, está concebida en dos partes de longitud desigual: un Adagio (iniciada por una cadenza improvisada del piano solo de 26 compases) y un Finale formado por varias secciones de diferente tempo: allegro, meno allegro, allegro molto, adagio ma non tropo, marcia, allegro, allegretto, presto. Es una marravilosa fantasía libre para piano solo, conjunto de variaciones de la pieza “Seufzer eines Ungeliebten – Gegenliebe” (del propio Beethoven) y como concierto para piano que parece estar experimentando su «Emperador».
El inicio de Rodiles con el aplomo ya mostrado en las «campanas» y la fuerza llena de limpieza en todas sus intervenciones, diálogos con la orquesta que no flojeó en ninguna de sus secciones bien concertado todo por Lucas Macías (y de memoria toda esta segunda parte). El tema desarrollado es otro «banco de pruebas» para la Oda a la Alegría, cambiando a Schiller por el poeta Christoph Kuffner, y la letra traducida además de proyectada en el escenario.
LDO hoy con 45 voces sonó inmenso, en su línea de perfecta afinación, matices extremos y total entrega, destacando los cuatro solistas (las sopranos María Peñalver San Cristóbal y Elena Rosso Valiño, la contralto Andrea Gutiérrez D’Soignie, los tenores Jairo Flórez Gutiérrez y Jesús Fernando Torres Delgado, más el bajo Jesús Gavito Feliz). Cuando el público queda con ganas de volver a escuchar esta fantasía es por las emociones y belleza de una partitura que nunca cansamos de escucharla, con un piano impoluto pasando del protagonismo al diálogo, disfrutando de todas las variaciones en madera y cuerdas solistas, atmósferas preparadas con las «campanas de Burgos» para transitar entre lo lírico, lo majestuoso y el mejor fundido de piano, orquesta y coro con Lucas Macías perfecto maestro bruñidor. «Inmejorable
preludio del universal canto de fraternidad» (Mallada scribit).
PROGRAMA:
1. Marie Jaëll (Steinseltz -Alsacia-, 17 de agosto de 1846 – París, 4 de febrero de 1925):
Entre Madrid y Zürich camino de Alemania, nuestra violista más internacional, la navarra Isabel Villanueva (Pamplona, 1988) hacía parada en «La Viena Española» junto al pianista granadino Calio Alonso (Baza, 1985) para ofrecernos un programa germánico de puro romanticismo, donde el instrumento de Enrico Catenar (Turín, 1670) cantó lieder sin necesidad de palabras. Las reseñas que acumula la pamplonesa la definen como «artista que arriesga», «artista sensible que sabe sumergirse en lo más profundo de la música» y añadirle la pasión en cada obra que afronta, encabezando el movimiento «Viola Power», interpretando tanto compositores actuales como los llamados clásicos. Un miércoles para seguir llenando de calificativos una biografía que no para de crecer.
Villanueva nunca defrauda, sea camerística o sinfónica, y esta fría tarde del otoño asturiano en su nueva visita a la capital asturiana, debutando en la centenaria sociedad ovetense, nos traería un repertorio con cuatro «tops románticos» germánicos para disfrutar de su sonido hermoso, siempre a caballo entre el violín y el chelo pero con un timbre «más humano» por cercanía en el registro a la voz natural, que además habla en cada pentagrama, transmitiendo una sensación de calma interior, jugando con las tesituras de las obras elegidas.
Con el piano del baezano la primera parte comenzó con Schumann y una de las tres romanzas (para oboe aunque hay versiones para violín, clarinete o esta tarde viola con piano), que se indica como «Nada rápida», abriendo los oídos del Filarmónica en un canto pausado, respirando con largos trazos dialogados junto al piano siempre compañero más que acompañante, para pasar sin pausa a Schubert y su conocida Sonata «‘Arpeggione’, D 821, instrumento «transmutado» a la viola, la calidez del registro propio bien entendida con el piano del bastetano. Tres movimientos para comprobar que la música bien escrita admite versiones, y Villanueva las trata con el respeto al original pero desde la sonoridad ideal de una viola capaz de sonar aterciopelada (impecable el Adagio central) e incisiva, interiorizada y cantarina. Tan solo en los pizzicatti perdió algo de volumen pese al mimo del piano, aunque la tímbrica funcionó y el aliento romántico se mantuvo en los cuatro movimientos si sumamos como primero la romanza, matices amplios en el dúo y aires germanos de salón hoy convertido en teatro.
Y dos «pesos pesados» para a segunda parte, un programa que sonará pronto en Suiza, lieder que canta la viola de Villanueva compartiendo musicalidad con el piano de Alonso. Primero los Wesendonck Lieder de Wagner, arreglados por la propia Isabel en una tarea donde comunicar esas páginas originales para voz femenina en una visión diría que didáctica, pues lo camerístico y vocal es fuente básica en la escucha y por supuesto en la interpretación, obligando a «cantar interiormente» los poemas de MathildeWesendonck, el único (?) amor platónico del alemán. Mientras Wagner trabajaba en el primer acto de Tristán e Isolda escribe este ciclo de cinco canciones de lo más inspiradas, una música de «transfiguración y consagración supremas» que la viola de Isabel Villanueva y el piano de Calio Alonso entendieron como tal. Arranque dubitativo pero expresivo, planos sonoros amplios ricos, cantos de emociones elevando estas páginas vocales al color y calor instrumental, que en cierto modo recrearán pronto en el Zurich wagneriano el episodio de su «envío a Venecia» por parte de Minna Planner. Melodía pura en Der Engel con un piano matizado; súplica estática en Stehe still!, el inspirador preludio «isoldiano» mejor desnudo de palabras pero vestido con el color de la viola y una orquesta de 88 teclas pidiendo se detenga el tiempo; penas o tormentos del Schmerzen que cantó en todo el registro vocal la viola de Villanueva bien asentada en Alonso; y final del estudio para Tristán, «el olvido de todo, el único recuerdo» que devolvía y compartía protagonismo en este dúo antes de afrontar el final del concierto.
Y para amor platónico el de Brahms hacia Clara Schumann, cerrando el círculo del programa. Otros cinco «lieder» sin necesitar palabras, bellísima la elección e interpretación de todos y cada uno de ellos, el último romántico y gran melodista que se adapta como un guante a esta reinterpretación con la viola y el siempre exigente piano. Comenzaría el dúo con las dos primeras del op. 105, la melodía que atrapa (Wie Melodien zieht es mir) y el sueño tranquilo (Immer leiser wird mein Schlummer), que bisarían al final, canto de tenor más que viola, articulando cada frase en diálogo perfecto con un piano profundo. El alegre y breve «Domingo» (Sonntag), tercero de los cinco op. 47 que la viola sonó aquí a mezzo corpórea con un piano cristalino. Finalizarían con dos de las cuatro op. 43: segunda «La noche de mayo» (Die Mainacht), piano tranquilo sobre el que se dibuja una de las más bellas melodías del «eterno enamorado» en la viola reposada y profunda con agudos contenidos cual voz femenina de soprano, para finalizar con la primera «Del amor eterno» (Von ewiger Liebe), como un cambio de registro de la viola al mejor barítono de lied con piano alemán, un tándem de intensidades y complicidad para una pasión compartida.
Músico, melómano y profesor de instituto en mi pueblo natal de Mieres (Asturias); vivo en "la aldea" desde diciembre de 1997. Viajero empedernido (aunque pobre), tengo grandes vínculos con Dinamarca donde viajo casi cada año... Casado con Asun Tejedor desde 1991 ¡y pa' seguir! Dicen que me parezco a Daniel Ravinovich (Les Luthiers) y a García Remón (ex-portero y entrenador); algo menos a Peter Sellers (El Guateque) pero con los años nunca se sabe...