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La belleza del canto

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74º Festival Internacional de Música y Danza de Granada (día 12). Recitales.

Lunes 30 de junio, 22:00 horas. Patio de los Arrayanes. Sondra Radvanovsky (soprano),
Anthony Manoli (piano):
From Loss to Love. Fotos propias y ©Fermín Rodríguez.

Noche ideal para cerrar junio tras una tormenta a media tarde que hizo bajar la temperatura y poder disfrutar en Los Arrayanes con un recital muy esperado. La web del festival presentaba este recital de mi duodécimo día donde disfrutar de mi admirada Sondra Radvanovsky (Berwyn – Illinois, 1969) con un programa que titulaba «De la pérdida al amor» con las siguientes palabras:

La diva enamorada
Es una de las grandes sopranos de las escenas líricas internacionales. Sus interpretaciones de las reinas de Donizetti, de los principales papeles del repertorio verdiano, pucciniano o verista son seguidos con entusiasmo por los operófilos de todo el mundo, pero una diva también tiene derecho a relajarse en conciertos camerísticos, si es que lo que Sondra Radvanovsky hace sobre la escena puede llamarse así, pues la cantante pone toda la pasión imaginable en cada comparecencia. Aquí lo hará en un recital sobre el amor que arranca en modo barroco al dar voz a dos de las grandes protagonistas femeninas del Londres de los siglos XVII y XVIII, la Dido de Purcell y la Cleopatra de Handel. Luego hará canciones en ruso, alemán, italiano e inglés para terminar con otro de sus grandes roles, el de Maddalena de Andrea Chénier de Giordano y su inmortal La mamma morta.

De traje pantalón blanco la soprano americana junto a su pianista, en manga corta tras un día de bochorno, comenzarían un programa que están rodando por distintos escenarios, con dos arias del barroco donde comprobar que una de las últimas divas también se desenvuelve bien con Purcell y el aria «When I am laid in earth» de Dido and Aeneas, aunque las agilidades no sean muy del estilo, y mejor la Cleopatra de Haendel con una muy sentida  en «Piangerè la sorte mia» de Giulio Cesare in Egitto, acompañada por un piano redondo que la conoce tan bien tras años de trabajo juntos, respirando con ella, revistiéndola en dos arias para ir calentando. De hecho se retirarían al finalizar para este inicio de recital para despojarse de la chaqueta. De agradecer los sobretítulos proyectados con el idioma original y la traducción.

Unas palabras en inglés que no pude entender muy bien desde mi posición, aunque sirvieron para presentar el programa y dedicarlo a su padre que estaba sentado cerca del escenario, amores filiales, recuerdo a su madre perdida, o el encuentro de un nuevo amor tras su divorcio, un viaje como el título de pérdida del amor aunque con un halo de esperanza, interpretándonos las cuatro canciones de Rajmáninov, que se aplaudieron rompiendo la globalidad y esencia de las mismas. Verdadera entrega y melodismo tanto en la voz como en el piano que transitaron por los distintos estados de ánimo tan bien escritos por el ruso, expresividad en el idioma de Tolstoi con un acompañamiento delicado y plegado siempre a la voz.

En la misma línea dramática llegarían, tras otras palabras de la soprano, cuatro canciones de Richard Strauss (nuevamente aplaudidas una a una) que quise entender afrontaba desde hace poco, con una dicción en alemán perfecta, jugando con esas consonantes finales tan bien marcadas, y donde apareció la magia nazarí curiosamente con la mañana («Morgen!») que logró el silencio respetuoso para emocionarnos a todos y «romper el hielo» con el entusiasmo de «Heimliche Aufforderung» antes del descanso.

 

Dejo, como suele ser lo habitual en este blog, parte de las notas al programa de Alejandro Martínez que nos presentan un breve análisis de las obras interpretadas, y que evidentemente eludo a Liszt:

La vida en canciones

Con este recital, titulado From Loss to Love, la célebre soprano norteamericana Sondra Radvanovsky nos propone un viaje muy personal, salpicado de tintes autobiográficos. No en vano la velada empieza con un guiño al repertorio barroco que ella misma interpretó en los comienzos de su trayectoria. Escucharemos así dos piezas icónicas, dos lamentos, ambos conmovedores: el de Dido, «When I am laid in Earth», en la ópera Dido and Aeneas de Henry Purcell; y el de Cleopatra, «Piangerò la sorte mia» en el Giulio Cesare de Handel.

Acompañada por su pianista habitual, Anthony Manoli, Radvanovsky recorrerá a continuación dos bloques de canciones. Por un lado, se ofrecerán tres romanzas de Serguéi Rajmáninov, un autor al que la voz de Radvanovsky se pliega como un guante, con el color oscuro y a un tiempo brillante de su instrumento. Se escucharán después cuatro canciones de Richard Strauss, otro autor al que los medios de la soprano se pliegan con suma naturalidad. La selección de lieder aquí escogidos incluye páginas tan memorables como el célebre «Morgen», que parece detener el tiempo cuando suena.

Cambio de vestuario, el pianista de camisa azul «Real Oviedo» y la soprano con un veraniego vestido amarillo que no era supersticiosa aunque anunció el cambio en el programa, cambiando los Tres sonetos de Petrarca (Liszt) por la belíisima «Canción de la luna» de Rusalka (Dvorak) que mejoró las espectativas y en un repertorio donde Sondra Radvanovsky estuvo como una reina en Los Arrayanes y un piano delicadamente orquestal que es maravilloso comprobar lo bien que se entienden y las veces que lo han interpretado.

Sí se mantuvo esa maravilla de canción dedicada a la propia Sondra, con letra suya por Jake Heggie, «If I had known», una plegaria de dolor cuando una hija pierde a su madre, en este caso la propia de la cantante tras una triste demencia. Toda la emoción que la soprano Sondra Radvanovsky con su pianista Anthony Manoli nos regalaron. Sigo citando las notas de Martínez para comentar lo que restaba de una velada que se nos hizo corta:

En este recital, Sondra Radvanovsky ha querido también hacer un guiño a la creación contemporánea en Norteamérica, que ha florecido con gran pujanza en las últimas décadas. Uno de sus mejores representantes es el pianista y compositor Jake Heggie (Florida, 1961), autor de óperas tan aplaudidas como Dead Man Walking o Moby-Dick. «If I had known» es una pieza expresamente dedicada a Radvanovsky por el autor estadounidense. Lo cierto es que se trata de una canción de enorme calado autobiográfico pues cuenta con versos de la propia soprano, en recuerdo a su madre fallecida hace ahora dos años.

Y como broche a la velada, y en conexión precisamente con ese recuerdo a su propia pérdida familiar, escucharemos «La mamma morta» de Maddalena en Andrea Chénier de Giordano, una pieza que quedó inmortalizada en la memoria colectiva desde su inclusión en la banda sonora de la película Philadelphia, de 1993, en una célebre escena con Tom Hanks.

La soprano de Illinois sigue manteniendo un timbre «afilado y singular, sumamente identificable» con esta «madre muerta» sincera y entregada, excelentemente dramatizada con un portento de agudo y timbre pleno, y aunque por momentos realice unos portamentos tanto hacia el agudo como para descender (manteniendo unos graves portentosos que han ido ganando con el tiempo) que personalmente no añaden expresividad, su volumen y filados extremos y bien cuidados nos dejaron lo mejor de la última noche granadina de junio.

Como reconociendo lo escaso aunque intenso del programa granadino, al menos regalaría dos arias operísticas que «La Radvanovsky» mantiene en su repertorio y domina, junto a un Anthony Manoli verdaderamente «orquestal». Primero la delicada «Io son’ l’umile ancella» de Adriana Lecouvrer (Cilea), suntuosa, impactante en los matices con ese final «Morrò» en pianissimi que cortó el aire, para finalizar con Verdi y la intensa aria «Pace, pace, mio Dio!» de La forza del destino (que debutará pronto en Londres) que con el si bemol agudo brillante e intenso resultó el broche de oro para este «aperitivo operísitico» que el Festival sigue manteniendo e iré contando desde aquí.

PROGRAMA

From Loss to Love

I

Henry Purcell (1659-1695):
When I am laid in earth (de Dido and Aeneas. 1677-89)
George Frideric Handel (1685-1759):
Piangerè la sorte mia (de Giulio Cesare in Egitto, HWV 17. 1724)
Serguéi Rajmáninov (1873-1943):
Ne poi, krasavitsa, op. 4 nº 4 (1890-93)
Zdes’khorosho, op. 21 nº 7 (1900-02)
Ya Zhdu Tebya, op. 14 nº 1 (1894-96)
Richard Strauss (1864-1949):
Allerseelen, op. 10 nº 8 (1885)
Befreit, op. 39 nº 4 (1897-98)
Morgen!, op. 27 nº 4 (1894)
Heimliche Aufforderung, op. 27 nº 3 (1894)

II

Franz Liszt (1811-1886):
Tre sonetti di Petrarca, S. 270a (1842-46)
Jake Heggie (1961):
If I had known (2022)
Umberto Giordano (1867-1948):
La mamma morta (de Andrea Chénier. 1896)

Homenajes corales

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74º Festival Internacional de Música y Danza de Granada (día 11 a). Conciertos matinales.

Domingo 29 de junio, 12:30 horas. Monasterio de San Jerónimo, Academia Barroca del Festival de Granada, Carlos Mena (dirección musical). Spiralem tempore: Obras de A. Scarlatti y José García Román. Concierto en conmemoración del 300 aniversario de la muerte de Alessandro Scarlatti. Fotos propias y ©Fermín Rodríguez.

Los días pasan muy rápido pero el festival no se detiene y así llegaba otro doblete de finde en la celebración de la onomástica de los santos Pedro y Pablo, todo un regalo que la mañana me reencontraba de nuevo con la Academia Barroca del festival este año dirigida por Carlos Mena (Vitoria, 1971). Loable su trabajo con una agenda al completo y que no defraudó con sus alumnos en un programa que además de conmemorar los 300 años de la muerte de Alessandro Scarlatti (Palermo, 1660 – Nápoles, 1725) nos daba la oportunidad de compartir su música con la del maestro granadino José García Román (Las Gabias, 1945), presente en el monasterio, en esta edición donde la llamada «Nueva Música de Granada» está poniendo en valor -aunque no me gustan las frases hechas- una generación de compositores de nuestro tiempo como Juan-Alfonso García, por lo que mejor homenajes en vida escuchando tanta música aún por descubrir.

Así figuraba la presentación en la web de esta matinal de domingo en mi undécimo día de festival:

Un proyecto consolidado
La sexta convocatoria de la Academia Barroca, puesta una vez más bajo los auspicios del gran contratenor y director Carlos Mena, culminará este año con un concierto en el que se celebra el aniversario de la muerte de Alessandro Scarlatti hace 300 años. Scarlatti fue figura esencial de la Europa de principios del siglo XVIII con una música que marcó la historia tanto de la ópera como de la música sacra, hasta el punto de que muchos le atribuyen si no el invento sí la consolidación del aria da capo. Además, obras religiosas del granadino José García Román, cuyas creaciones actuales conectan tradición y modernidad. Una ocasión única para disfrutar de dos universos musicales separados por siglos de distancia, pero unidos por su profundidad y riqueza expresiva.

Diez voces que sobre el papel parecían descompensadas (dejo al final de la entrada la plantilla con sus nombres): cuatro sopranos, dos altos (uno de ellos contratenor), dos tenores y dos bajos que sonaron afinadas, empastadas, ricas en los matices en las obras del ítalo-español (con el sustento de mi paisano Daniel Zapico a la tiorba y del granadino, afincado en Ginebra, Darío Tamayo alternando clave y órgano  reforzando y completando las armonías), pero brillando «a capella» en los tres estrenos del granadino ubicándose en las escaleras del altar con una mejor resonancia y acústica que en el crucero, y así poder apreciar la calidad de unas voces jóvenes y talentosas en todas las cuerdas (alguna ya conocida en Asturias) siempre atentas al magisterio de un Carlos Mena que incluso participaría como solista en el Miserere o en el «inicipit» del Magnificat donde además «empujó» un tutti victorioso y más que suficiente en todos los sentidos.

Las notas al programa de mi tocayo sevillano Pablo J. Vayón explican muy bien este concierto que ponía fin a una semana de intenso trabajo por parte de una academia barroca del festival que tantas alegrías nos está dando estos años, analizando las obras de dos compositores unidos en San Jerónimo con la presencia del propio García Román:

Scarlatti y García Román: tres siglos en diálogo

Alessandro Scarlatti fue figura esencial en la evolución del Barroco italiano de entre siglos. Nacido en Palermo y formado en Roma desde los 12 años, desarrolló su carrera entre la capital pontificia y Nápoles, con estancias intermitentes en Florencia y Venecia. Aunque más conocido por su ingente producción operística, su música sacra refleja tanto su maestría contrapuntística como una sensibilidad estética profundamente personal. Muchas de sus obras religiosas fueron compuestas durante sus años en Roma, donde trabajó al servicio de cardenales como Ottoboni y Colonna, así como en Nápoles, donde ocupó el cargo de maestro de capilla en la corte virreinal. Son piezas de extraordinaria variedad que muestran una síntesis admirable entre la tradición polifónica romana y el nuevo estilo dramático del Barroco tardío.

En la biblioteca musical de Pietro Ottoboni se preservó un Salve Regina a 4 voces fechado en febrero de 1703 en que se combina el antiguo estilo palestriniano con audaces disonancias de carácter retórico. En el Dixit Dominus a cinco voces (SSATB) y acompañamiento de órgano llama la atención la entrada en canon (muy ornamentada) de las voces. La pieza, sin datar, se divide en seis números y, además de combinar imitación con homofonía, destaca por su notable complejidad rítmica.

El Miserere a doble coro fue interpretado en la Capilla Sixtina el Jueves Santo de 1708, aunque algunos estudios sugieren que podría tratarse de la obra que el compositor escribió ya en 1680 para sustituir el célebre Miserere de Gregorio Allegri. Scarlatti adopta los mismos principios formales que su antecesor: alternancia entre un coro a cuatro voces y otro a cinco, uso del estilo alternatim con los versos pares entonados en canto llano, y empleo del fabordón, una sencilla técnica de armonización. Sin embargo, frente a la sobriedad del modelo, Scarlatti introduce una mayor variedad en las secciones libres, con armonías más elaboradas y un tratamiento expresivo de las disonancias, que realzan términos clave del salmo y dotan a la obra de una intensidad emocional más acusada.

Aunque se desconoce el lugar y la fecha exacta de composición de este Magnificat (en todo caso, parece ser anterior a 1714), la obra revela un notable cuidado en la expresión musical del texto mariano. Escrita para cinco voces y bajo continuo, se articula en varias secciones diferenciadas, tanto en tonalidad como en estilo. Scarlatti no se limita a ilustrar el texto, sino que lo amplifica retóricamente: el ritmo danzante de «exsultavit spiritus meus», los arpegios descendentes en «et exaltavit» o las disonancias cuidadosamente colocadas en palabras como «humiles» o «misericordiae suae» dan cuenta de su sensibilidad dramática y su fino dominio del contrapunto.

Sin comentar cada obra del padre de Domenico, esta academia granadina consiguió combinarse a cuatro voces en el Salve Regina (con tiorba y teclados), a cinco en el Dixit Dominus, cuyos cambios de tempo y articulación Tamayo pasaba del órgano positivo al clave enriqueciendo una tímbrica especial, otro tanto en el Miserere a doble coro, reubicándose  las cuerdas repartidas en cinco a izquierda y derecha, con dos buenas sopranos solistas -no puedo distinguir sus nombres- y homogeneidad de color en la alternancia de las estrofas y empaste total, con excelentes dinámicas en los conjuntos.

En el Magnificat final si cerrábamos los ojos y escuchábamos un coro de cámara más el continuo, al abrirlos parecía imposible la pequeña plantilla, con balances extremos desde un sonido compacto. Otro solo en el Gloria (a cargo de la alto Paula García Mendoza) y destacar los enlaces para pasar de García Román a Scarlatti  ornamentando y llenando el tránsito del altar al crucero, primero de Daniel Zapico (antes del Miserere), ornamentando siempre «cantando» en unos punteos cristalinos y presentes, siendo todo un seguro en el continuo, después con Darío Tamayo previo al Dixit desde el órgano (eligiendo los registros y volúmenes apropiados) y al clave antes del Magnificat, perlado, utilizando graves y agudos con la portentosa sonoridad del crucero, para proseguir con unos saltos cronológicos pero unificados en intención, emoción, fraseos textos religiosos en latín.

Poder asistir a estrenos suponte un regalo impagable para los melómanos. Retomo las notas de Pablo J. Vayón sobre las tres obras de García Román pertenecientes a su Parva opera (de los años 2014 y 2016):

En el tercer centenario de la muerte de Scarlatti su música entrará en diálogo con la de José García Román, en concreto con tres piezas de su ciclo Parva opera, iniciado en 2014, y que escucharán por vez primera en este concierto. Se trata de breves meditaciones musicales sobre máximas éticas y filosóficas tomadas de autores de la Antigüedad, como Persio Flaco, Lucio Floro o Juvenal. Con una escritura austera y atonal, pero cargada de intención expresiva, el compositor busca devolver actualidad a estos aforismos latinos, realzando su tensión interior a través de disonancias, silencios y texturas depuradas. Más que ilustrar los textos, la música los atraviesa, los suspende o los deja vibrar en la resonancia coral, como si se tratara de fragmentos de sabiduría antigua que siguen interrogando al presente.

Meditar con el canto «a capella» supuso un descubrimiento auditivo y sensorial por la escritura tan actual, que seguramente tomarán nota otros coros jóvenes dentro y fuera de nuestras fronteras, y nada mejor que la expresión de mi tocayo sevillano: «Más que ilustrar los textos, la música los atraviesa», proyección vocal sublime de las diez voces, frescas, seguras, compensadas, capaces de interpretar, guiadas por el vitoriano, a dos compositores tan distintos y distantes en el tiempo pero tan cercanos en la espiritualidad y buen gusto compositivo.

PROGRAMA:

Spiralem tempore

Alessandro Scarlatti (1660-1725):

Salve Regina, en re menor (a cuatro voces, 1703).

José García Román (1945):

Scire tuum nihil es…?, nº VI de Parva opera (para coro mixto. 2016) *

Alessandro Scarlatti:

Dixit Dominus (a cinco voces y continuo, s.d.)

José García Román:

Eam vir sanctus, nº I de Parva opera (2014) *

Alessandro Scarlatti:

Miserere (a doble coro, s.d.)

José García Román:

Vitam impendere vero, nº IV de Parva opera (2014) *

Alessandro Scarlatti:

Magnificat (a cinco voces y bajo continuo, s.d.)

INTÉRPRETES:

Academia Barroca del Festival de Granada

Darío Tamayo, órgano positivo y clave

Daniel Zapico, tiorba

Carlos Mena, dirección musical

SOPRANOS:

Carmen Callejas García – Andrea Ceballos Martín – Luna Celemín Trevín – Laura Rivas Pérez

ALTOS:

Paula García Mendoza – Alejandro López Ramiro

TENORES:

Íñigo Fernández Elorriaga – Raúl Jiménez Medina

BAJOS:

Imanol Gamboa Eguia – Jorge Trillo Valeiro

* Estreno absoluto

Concierto en conmemoración del 300 aniversario de la muerte de Alessandro Scarlatti

Clave fabricado en 1982 por Willard Martin en Bethlehem, Pennsylvania, según un original de Nicolas Blanchet.

Aterballetto en el Generalife

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74º Festival Internacional de Música y Danza de Granada (día 10 b). Danza.

Sábado 28 de junio, 22:30 horas. Teatro del Generalife. Centro Coreografico Nazionale / Aterballetto. Don Juan y más. Coreografías de Johan Inger y otros. Música de Marc Álvarez, George Gershwin, Bessie Jones, Beethoven y Keith Jarrett. Fotos propias y ©Fermín Rodríguez.

En las redes sociales del festival se comunicaba que debido a una lesión sufrida por el protagonista del ballet Don Juan durante el ensayo general, el Festival de Granada se ha visto obligado a cambiar el programa, y el coreógrafo sueco Johan Inger ha accedido generosamente a modificar el contenido de la velada y, junto a la Dirección del Aterballeto, cambiaron el programa que dejo al final. Y antes de dar comienzo al espectáculo, tanto Paolo Pinamonti como Johan Inger se dirigieron al público para anunciar los cambios, aunque en el programa de mano se añadió el repertorio elegido.

Del esperado Don Juan al menos se representó la escena de la boda, con la música de Marc Álvarez, y casi toda la compañía en escena, con los cipreses de verdadero decorado, una iluminación suficiente y un vestuario sencillo en tonos apagados que contrastaba con la luz, y las parejas asociadas a los mismos. Una muestra de lo que pudo haber sido y no fue con unos excelentes bailarines y bailarinas que mostraron flexibilidad y una coreografía exigente pero muy plástica.

Las excelentes imágenes captadas por Fermín Rodríguez.nos pueden dar una idea de los números que hubieron de prepararse ante el imprevisto cambio. 

Tras una pausa para poder cambiar el vestuario llegaría la Rhapsody in blue de Gershwin aunque primero se escuchó la voz de Bessie Jones cantando Beggin’ The Blues. Con un vestuario en azules como no podía ser menos, un bailarín en solitario abría este segundo número antes de que con la rapsodia fuesen incorporándose toda la compañía, notándose que había que «refrescar» todo el movimiento escénico de la coreógrafa vasca Iratxe Ansa y el italiano Igor Bacovich, para mí lo mejor de la noche por la buena coordinación entre música y danza, mejor ellas y con logradísimas escenas «a cámara lenta» de lo más vistosas.

Otra parada para un número titulado Reconciliato con el primer movimiento de la sonata «Claro de Luna» de Beethoven con dos bailarinas casi en espejo, movimientos exigentes explorando escenario en un dúo con coreografía de Angelin Preljocaj (con quien disfrutaremos el próximo 4 de julio en este mismo teatro).

Me gusta mucho Keith Jarret pero es complicado bailarlo, 27 minutos de piano solo con improvisaciones tituladas Bliss, que ya avanzó Inger al inicio en en itañol. Mucho movimiento sobre el escenario, tránsitos, emparejamientos y agrupaciones variadas que visualmente se notaban trabajadas aunque algo descoordinadas. La idea de transmitir esa idea de improvisación que como en el jazz está reglada, es buena pero la duración algo excesiva.

Quedamos con ganas del Don Juan al completo y sigo recordando mis años universitarios cuando los ballets  de Marta Graham eran auténtica revolución en la entonces llamada «danza moderna» e incluso contemporánea con series como Fama que llenaron las escuelas de baile, técnicas exigentes a nivel técnico y físico, casi acrobáticos pero que cuarenta años después ya no son novedad, y el centro italiano hubo de afrontar como mejor pudieron un imprevisto donde no había un cover para evitar «cancelar» y preparar en tan poco tiempo un nuevo programa que pareció una muestra de lo que Aterballetto puede ofrecer.

PROGRAMA

Fragmento de DON JUAN (Escena de la boda), 15 bailarines.

Coreografía: Johan Inger –

Composición musical original: Marc Álvarez

RHAPSODY IN BLUE, 16 bailarines.

Coreografía: Iratxe Ansa e Igor Bacovich
Música: George Gershwin, Rhapsody in Blue; Bessie Jones, Beggin’ The Blues

RECONCILIATIO: 2 bailarinas

Coreografía: Angelin Preljocaj
Música: Ludwig van Beethoven, Sonata Claro de luna

BLISS, 16 Bailarines
Coreografía: Johan Inger
Música: Keith Jarrett
Escenografía: Johan Inger

Granada en el alma

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74º Festival Internacional de Música y Danza de Granada (día 10 a). Conciertos matinales.

Sábado 28 de junio, 12:30 horas. Crucero del Hospital Real. Pilar Alva-Martín (soprano), Stefano Arena (piano). Obras de Juan-Alfonso, Falla y Turina. Ciclo Juan-Alfonso y la Nueva Música en Granada. Fotos propias y ©Fermín Rodríguez.

Llego a mi décimo día de festival y como cada fin de semana con sesión doble, que además sigue descubriéndome mucho de Juan-Alfonso García más allá de su obra coral y lo poco sinfónico escuchado hasta estos días.

La web del Festival nos presentaba este recital matinal que unía en Granada mucha música con un programa muy bien hilvanado en letra, música y una evolución de estilos compositivos con el nexo andaluz de las tres figuras elegidas para este recital:

Poesía y música desde Andalucía
Dentro del ciclo dedicado a la Nueva Música en Granada, este recital comienza con una serie de canciones de su inspirador, Juan-Alfonso García, el maestro extremeño que llegó de niño a Granada, donde se hizo como músico. Sus canciones, incluido un estreno absoluto, no han podido caer en mejor garganta, la de Pilar Alva-Martín, que es su sobrina-nieta. La soprano granadina lleva años trabajando en este repertorio con el pianista Stefano Arena, y aquí coloca a García junto a dos grandes de la música española de principios del siglo XX: primero, el Falla folclorista de Tus ojillos negros y la Andaluza (para piano solo), pero también el afrancesado de las Tres melodías y el muy emotivo de las Oración de las madres y El pan de Ronda; después, el Turina del a la vez dramático y jondo Poema en forma de canciones, ciclo a partir de textos de Ramón de Campoamor.

Las notas al programa que firma el doctor Reynaldo Fernández Manzano (Granada, 19 de enero de 1959) con el título de Caleidoscopio de sonidos las iré alternando con el perfil del homenajeado y el análisis de las obras, aunque no siempre en ese orden.

Contar con la soprano granadina Pilar Alva-Martín, sobrina-nieta del compositor añadía ese plus de beber directamente de las fuentes (dejo su entrevista para PlateaMagazine©), y además con un pianista excepcional como el venezolano-italiano Stefano Arena, también compositor, que mostró su exquisitez tanto en solitario como en los lieder donde no es acompañar sino compartir con cada cantante una música tan unida a la palabra que resulta lírica en estado puro. Fernández Manzano nos la presenta al final de sus notas:

La soprano Pilar Alva-Martín, sobrina nieta de Juan-Alfonso y estudiosa de su obra, junto al pianista y compositor Stefano Arena, están comprometidos con la difusión internacional de este legado. Su profundo conocimiento de los lieder de Juan Alfonso –tema de su trabajo fin de grado en el Conservatorio Superior de Música de Granada– aporta una interpretación llena de sensibilidad.

Un programa sólidamente estructurado, un caleidoscopio de sonidos que traza un sendero de pinceladas por la música andaluza del siglo XX.

Del compositor pacense emigrado a Granada, el humanista Fernández Manzano le presenta, escribe y describe:

Este año el Festival dedica un apartado especial a la Nueva Música en Granada, centrado en la figura de Juan-Alfonso García, con actividades que incluyen una exposición monográfica en el Museo Casa de los Tiros, conferencias y conciertos.

Juan-Alfonso García (Los Santos de Maimona, 4 de agosto de 1935 – Granada, 17 de mayo de 2015) fue un destacado compositor y organista, considerado maestro y alma de la llamada Escuela granadina de compositores. Llegó a Granada a los once años y se ordenó sacerdote en 1958. Para él la música era espiritualidad, conciencia estética y destilación del pensamiento sonoro.

Impulsor incansable de la vida cultural granadina, su labor se extendió desde la Cátedra Manuel de Falla de la Universidad de Granada hasta el Festival Internacional de Música y Danza –del que fue comisario–, pasando por la Real Academia de Bellas Artes. Entre sus discípulos más notables figuran nombres como Francisco Guerrero Marín, José García Román, Manuel Hidalgo y José María Sánchez-Verdú.

Juan-Alfonso García valoró la profunda influencia de su maestro, Valentín RuizAznar, de quien heredó la pasión por el lied como «expresión íntima y refinada del arte musical». Ruiz-Aznar fue, a su vez –gracias a su amistad con Falla–, el vínculo y puente hacia Juan-Alfonso, quien siempre lo tuvo como referente estético.

En 1992, publicó Ocho “lieder” para canto y piano, donde dejó constancia de su conexión con la poesía: «El poema es quien elige y manda. Vas leyendo… Y, de pronto, un poema te llama, te sale al encuentro, te descubre sus más íntimas resonancias». Entre los poetas a los que musicalizó destacan Antonio Machado, Juan Ramón Jiménez, Federico García Lorca, Luis Rosales, Gerardo Rosales, Juan Gutiérrez Padial y Rafael Guillén.

Obtuvo numerosos galardones, como el Premio Manuel de Falla de la Junta de Andalucía, la Medalla de Oro de Granada, el Premio Aldaba de la Casa de los Tiros, la Medalla de Honor del Instituto de Academias de Andalucía y la Medalla de Honor del Festival Internacional de Música y Danza de Granada, entre otros.

Tras las revoluciones musicales del siglo XX –Stravinsky, Schoenberg y el movimiento futurista–, algunos autores siguieron la senda de las vanguardias, mientras otros buscaron su propio camino. Así, el intimismo y la mirada al Siglo de Oro en la segunda etapa de Falla, la paleta colorista de Turina, el misticismo de Messiaen, el eclecticismo de Shostakóvich, el magisterio de Manuel Castillo en Sevilla o de Juan-Alfonso García en Granada. Juan-Alfonso, músico de gran cualidad melódica, buscó una mirada contemporánea y un espíritu de esencialidad, donde cada nota y cada acorde fueron meditados con rigor estético.

La exposición en el Museo-Casa de los Tiros, comisionada por el propio Fernández Manzano y las sobrinas del compositor, la visité el pasado miércoles y volveré para volver a disfrutar de tanto en ella recogido como de un documental de 90′ que no me dio tiempo a visualizar completo ante tanto que contemplar y escuchar. El recital comenzaba con los ocho lieder escritos entre 1966 y 1977 tan actuales pese a los casi 60 años transcurridos desde su composición. Juan-Alfonso decía que «El poema es quien elige y manda. Vas leyendo… Y, de pronto, un poema te llama, te sale al encuentro, te descubre sus más íntimas resonancias». De estilo por entonces calificado de «vanguardista», aborda la musicalización de cada poema con un conocimiento perfecto de la voz solista que debe vocalizar correctamente para no perder nada del texto, sumándole un piano exigente que comparte disonancias y efectos, guiños al expresionismo con la herencia romántica de la poesía hecha música. Fueron la verdadera dramatización de unos escritores hondos en los textos que inspiraron al maestro Díaz.

El tándem Pilar Alva-Martín y Stefano Arena se notó  muy compenetrado, un dúo especializado
en música vocal del siglo XX, con un enfoque particular en el repertorio español como así lo demostraron esta mañana de sábado, con un trabajo de años en Suiza -donde pudieron disfrutar antes que en Granada de este ciclo de Juan-Alfonso– que se notó en todo el programa. La soprano granadina es una verdadera artista que expresó y actuó en cada «microrrelato»: gestualidad completa, vocal y escénica, con un atrezzo sencillo de una silla, un colorido mantón y la mantilla negra (en el machadiano Cuando murió su amada) utilizados puntualmente, cantando dentro de la caja acústica del piano totalmente abierta para unas resonancias increíbles, e incluso deambulando por el pasillo central del crucero en el (re)estreno de Gritando su dolor verdaderamente emocionante (con la partitura en pequeño interactuando cual breviario), o el clavel rojo, como su vestido (que lanzaría tras la Séguidille de Falla) con el piano cómplice llenando de pinceladas sonoras las distintas melodías. Escuchar estas canciones, más el estreno granadino ha sido una experiencia única y el mejor homenaje que se puede hacer diez años después de su muerte a un músico que hizo vida, carrera y escuela en esta Granada tan inspiradora para tantos artistas.

El programa incluye obras poco conocidas, como las de Falla sobre textos de Cristóbal de Castro, María Lejárraga, el folclore andaluz y Théophile Gautier, así como las de Turina (op. 19), inspiradas en Ramón de Campoamor.

Interesante colocar el segundo movimiento de Tres movimientos de danza con el piano solo (Quasi allegro – Andantino – Poco più mosso) creando el puente sin pausa de Juan-Alfonso a Falla (Tus ojillos negros), la misma capital nazarí inspiradora del extremeño y el pacense con otra soberbia interpretación de Pilar Alva-Martín y el piano cristalino de Stefano Arena, quien nuevamente prepararía al piano con la Andaluza –de «Cuatro piezas españolas»– las dos bellísimas canciones de María Lejárraga, otra figura femenina que se está recuperando más allá de su «asociación» con Gregorio Martínez Sierra, defendidas y actuadas con magisterio, entrega, gusto y musicalidad a pares.

Continuaron con el Falla  poco escuchado de sus Trois mélodies en francés con letra de T. Gautier, pronunciación perfecta y sin nasalizar, palomas, chinescas y seguidillas hasta bailadas, clavel incluido, con nuestro folklore andaluz elevado a canción de concierto por el músico gaditano más universal que llevó Granada en su corazón.

Y nada mejor para rematar que el sevillano Joaquín Turina afincado en Madrid, con su Poema en forma de canciones, op. 19 (1923) con texto del asturiano Ramón de Campoamor. No se puede interpretar mejor cada número, desde el piano solo de la Dedicatoria que tiene aires de orgía, para invitar al escenario con la nota pedal de Nunca olvida, unos Cantares que firmaría mis admirados Kraus, Berganza y hasta la recordada Lorengar, sin prisas, recreándose en  el tempo y los ornamentos con un piano compañero, sombra de su pensamiento, guitarrístico, valiente y reposado. Sin miedos la penúltima y unas espectaculares Las locas por amor para finalizar un recital intenso, cercano, emocionante y muy emotivo.

Pilar Alva-Martín (interesante la entrevista de Belén Rico para el diario GranadaHoy) agradecería emocionada el apoyo de Paolo Pinamonti en este homenaje durante la septuagésimo cuarta edición del Festival, y qué mejor propina que la Nana de las «Siete canciones españolas» de Valentín Ruiz-Aznar (1902-1972), editadas en 1944 por la Universidad de Granada, otra obra poco conocida y menos escuchada de un aragonés que también fue maestro de capilla en Granada, admirador, amigo y colaborador de Falla además de maestro de Juan-Alfonso García, más la Jota con taconeo y palmas del público cerrando un círculo histórico como este recital matinal.

PROGRAMA

Juan-Alfonso García (1935-2015):

Ocho “lieder” para canto y piano:

1. Cuando murió su amada (1975. Texto: Antonio Machado)

2. Fuego y sentimiento (1969. Texto: Juan Ramón Jiménez)

3. Paisaje (1969. Texto: Federico García Lorca)

4. Aprendiendo a ser hombre (1977. Texto: Luis Rosales)

5. Río anónimo (1966. Texto: Juan Gutiérrez Padial)

6. Un hombre (1969. Texto: Gerardo Rosales)

7. Elegía a Europa (1969. Texto: Gerardo Rosales)

8. La voz de lo invisible (1976. Texto: Rafael Guillén)

Segundo movimiento de Tres movimientos de danza (1962. Piano solo):

Quasi allegro – Andantino – Poco più mosso

Manuel de Falla (1876-1946):

Tus ojillos negros, canción andaluza, de «Canciones de juventud» (1902-03. Texto: Cristóbal de Castro)

Juan-Alfonso García:

Gritando su dolor (1977. Texto: Juan Gutiérrez Padial y Gerardo Rosales) *

Manuel de Falla:

Andaluza, de Cuatro piezas españolas (1906-09. Piano solo)

Canciones de María Lejárraga (Texto: Gregorio Martínez Sierra):

Oración de las madres que tienen a sus hijos en brazos (1914)

El pan de Ronda que sabe a verdad (1915)

Trois mélodies (1909-10. Texto: Théophile Gautier):

Les Colombes

Chinoiserie

Séguidille

Joaquín Turina (1882-1949):

Poema en forma de canciones, op. 19 (1923. Texto: Ramón de Campoamor)

Dedicatoria (piano solo)

Nunca olvida

Cantares

Los dos miedos

Las locas por amor

* (Re)estreno, -solo se interpretó una vez, en Granada (1998)-

Un Mahler increíble

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74º Festival Internacional de Música y Danza de Granada (día 9). Conciertos sinfónicos.

Viernes 27 de junio, 22:00 horas. Palacio de Carlos V. Budapest Festival Orchestra, Gerhild Romberger (mezzo), Iván Fischer (director). Música de Mahler. Fotos propias y ©Fermín Rodríguez.

Esta novena noche de mi festival ya aventuraba un concierto en palacio para recordar, tanto por el debut en Granada de la Orquesta del Festival de Budapest con su fundador en 1983 Iván Fischer (Budapest, 20 de enero de 1951), recordándola hace ya 13 años en su paso por Oviedo, esta vez con un monográfico de Mahler, y viniendo a mi memoria una vez más a «El Pérez» (a quien conocí precisamente aquí hace 14 años en mi primera escapada). José Luis Pérez de Arteaga (Madrid, 1950-2017) siempre estará asociado a la figura de Gustav Mahler por su enorme legado, pasión y trabajo sobre el maestro bohemio, que de seguir vivo desconozco cuántas reediciones más llevaría porque sigue siendo el compositor más programado en un tiempo que tardó en llegar pero ya se ha quedado para siempre.

La web del festival presentaba así este concierto:

Muerte, destino y redención
Importante debut en Granada de una de las orquestas asociadas a un director más relevantes de las últimas décadas en toda Europa: la Orquesta del Festival de Budapest e Iván Fischer. Con el concurso de la mezzo alemana Gerhild Romberger se sumergen en hondas aguas mahlerianas. Los Kindertotenlieder y la 5ª Sinfonía reflejan la dualidad vida-muerte. En los lieder, Mahler musicaliza la pérdida infantil (que sintió realmente Friedrich Rückert, el autor de los inquietantes poemas) con una orquestación íntima y conmovedora, mezcla expresiva de dolor y resignación. La Quinta, en cambio, es un viaje épico desde la tragedia hasta la redención. Su célebre Adagietto, expresión pura de amor, contrasta con la potencia y el dramatismo de los movimientos extremos. Ambos son testimonios profundos del alma humana y su lucha ante el destino.

Y todo resultó como podíamos esperar con un Palacio completo, caras conocidas, famosos de todo tipo pero sobre todo un Mahler increíble. Iván Fischer es uno de los grandes directores y con su orquesta lo demostró. Los húngaros tienen un sonido único con la disposición «vienesa» que al colocar los violines enfrentados y los contrabajos atrás en el centro logran abrazar a toda la orquesta. La formación al completo suena compacta, sedosa, matizada, donde poder escuchar todo lo escrito con nitidez y cada sección está completa con unos solistas de calidad suprema.

Comenzar con los Kindertotenlieder ya supuso la prueba de fuego porque estos lieder orquestales requieren sutileza, realzar todo el dramatismo que la mezzo alemana Gerhild Romberger puso en cada uno de los cinco poemas de Rückert en su lengua vernácula, y un Fischer no solo concertando sino mimando y completando este Mahler doliente. Aunque el registro grave de la alemana pasase por problemas de volumen, el maestro húngaro pulió hasta el más mínimo detalle los matices para ir creciendo en intensidad emocional para una excelente interpretación de una primera parte grande que prepararía la inmensidad de la segunda.

Engañosa aceptación

He aquí un programa en el que se establecen las principales coordenadas del arte mahleriano, tantas veces sumido en la emoción de los sentimientos más hondos expresados en sones de una honda repercusión humana. Fue Federico Sopeña, siempre fervoroso mahleriano, quien dijo, muy literariamente, aquello de que el músico bohemio había metido sus manos en la fuente de las aguas cristalinas del lied schubertiano o schumaniano, o incluso brahmsiano, y las había traído manchadas de sangre. Hay, es cierto, en estas canciones un mundo de sufrimientos, de crueles ironías, de tragedia; pese a que ésta venga traspasada por un sentimiento de pretendida serenidad, de aceptación incluso.

El ciclo Kindertotenlieder se estrenó en Viena el 29 de enero de 1905 por el barítono Friedrich Weidermann y miembros de la Filarmónica en el curso de un concierto organizado por Schoenberg y Zemlinsky. La primera canción, Nun will die Sonn’ so hell aufgehn, emplea un tema ondulante y largo, contrastado en el sexto verso por una dramática derivación. El glockenspiel emerge en la última estrofa con el contrapunto de fagot y corno inglés, resaltando, en palabras de La Grange, «el tono de dolor lancinante pero contenido». El mismo curso de lentitud dolorosa sigue Nun seh’ ich wohl, warum so dunkle Flammen, que trabaja sobre un motivo de cinco notas enunciado por los violonchelos, que Goldet conecta con el de la mirada de Tristán y que es desarrollado por la voz pronto, en la palabra schicke (segunda estrofa), encaramada a un luminoso fa agudo.

Un austero contrapunto a dos voces del corno inglés y el fagot, con pizzicati de los chelos, se instala al comienzo de esa especie de plegaria que es Wenn dein Mütterlein. En realidad, si bien se mira, excepto el último, estos lieder funcionan como singulares y poéticas marchas fúnebres. Goldet alaba la magnífica técnica de fusión tímbrica puesta en práctica por Mahler en el siguiente lied, Oft denk’ ich, sie sind nur ausgegangen, en el que prevalece un intervalo de sexta. La tónica, sin embargo, la establece el maravilloso y cantabile motivo inicial expuesto cálidamente por la cuerda. En contraposición, el último lied, In diesem Wetter, posee una movilidad muy acusada. Se abre con un Allegro nervioso envuelto en una furiosa orquestación en la que todo rechina. Se levantan auténticas chispas en este retrato de una tempestad desaforada.

Con la angustia y dolor mahleriano, llegaría una segunda parte soberbia por todos y cada uno de los cinco movimientos. Hace años que repito «no hay quinta mala», y con una orquesta como la del Festival de Budapest y el maestro Fischer, lo escuchado esta novena noche de festival se quedará en mi memoria, y son muchas las veces que he podido disfrutar en vivo «La Quinta de Mahler», creo que la más programada, pero con la intensidad, claridad, entrega y sonido no tengo otra. Vuelvo a dejar las notas de Don Arturo sobre esta inmensa quinta húngara en Granada:

Pocas obras tan adecuadas para culminar este concierto mahleriano como la Quinta sinfonía en la que el compositor, subrayaba Pérez de Arteaga, se sintió más heredero de Beethoven que nunca. El do sostenido menor del inicio va variando y viajando a otras tonalidades a medida que la obra avanza. El primer movimiento tiene una relativa forma de sonata. El segundo contrasta dos secciones contrapuestas, una tempestuosa y otra serena. En el Scherzo se abre un tempo de vals con la trompa como instrumento obligado. Sopeña hablaba de «melodía abrazadera» al referirse al célebre Adagietto. «Uno de los más conspicuos cantos de amor ideados por el músico». Y eso que puede rozar, dependiendo de la interpretación, lo cursi. El Finale se ha definido en ocasiones como «singular diablura contrapuntística». Silbermann resumía así, muy brevemente, la obra: «De la tristeza que acompaña a la desesperanza de un cortejo fúnebre (primer movimiento) somos llevados con la mayor vehemencia (segundo) a una lucha exigente y (tercero) a una energía dominante. Un instante de tranquila meditación interrumpe (cuarto) las impetuosas

No solo suscribo todo lo anterior que Reverter nos dejó por escrito, es que la cuerda húngara sonó precisa, aterciopelada y enérgica, siempre presente con unos pizzicatti rotundos, los balances logradísimos no solo por la colocación ya citada sino por asimilar cada cuerda lo que Fischer iba indicando con una verdadera definición de «tener mano izquierda». La acústica palaciega que con otras orquestas no parece ayudar, con los de Budapest no hubo problema porque se pudieron apreciar unas dinámicas extremas y la pulcritud de todos y cada uno de los músicos, gracias a un Maestro con mayúsculas, siempre contenido en el gesto, de batuta más florete que sable pero exigiendo para obtener la respuesta exacta. El famoso Adagietto sería uno de los momentos mágicos que cortaron la respiración, detuvieron toses, abanicos y comentarios, una sensación de respeto y silencio sepulcral por saber que estábamos viviendo algo único.

Pero si todas las maderas lucieron, especialmente clarinetes y oboes cincelando cada pasaje del color reflejado en la partitura por Mahler, los metales fueron perfectos de principio a fin, desde una tuba virtuosa y presente, los trombones broncíneos junto a las trompetas (con y sin sordina) espectaculares por empaste y tímbrica, para redondear las trompas que son la envidia de toda orquesta pues no hubo ni una nota «pinchada» o descolocada. Y colocar la solista al lado del director en el Scherzo nos permitió paladear toda la gama expresiva de un instrumento que no permite errar, con una gama dinámica total y colorida de matrícula de honor en un vals muy bien navegado por el Danubio que une Budapest y Viena con personalidad propia.

Podría estar toda la madrugada exponiendo emociones y sensaciones de esta Quinta a cargo de los húngaros, que sin mucha publicidad pero con el magisterio de su fundador han logrado armar una orquesta no solo perfecta sino convincente, con un Finale esperanzador tras tanto dolor hecho música.

PROGRAMA

Gustav Mahler (1860-1911)

I

Kindertotenlieder (Canciones sobre la muerte de los niños, para mezzo y orquesta. 1901-04). Textos: Friedrich Rückert (*):

Nun will die Sonn’ so hell aufgehn (1901)

Nun seh’ ich wohl, warum so dunkle Flammen (1904)

Wenn dein Mütterlein tritt zur Tür herein (1901)

Oft denk’ ich, sie sind nur ausgegangen! (1901)

In diesem Wetter, in diesem Braus (1904)

II

Sinfonía nº 5 en do sostenido menor (1901-02, rev. 1904-11):

I. Trauermarsch. In gemessenem Schritt. Streng. Wie ein Kondukt

II. Stürmisch bewegt, mit größter Vehemenz

III. Scherzo. Kräftig, nicht zu schnell

IV. Adagietto. Sehr langsam

V. Rondo – Finale. Allegro – Allegro giocoso. Frisch

* Traducción de los poemas proyectada en los sobretítulos: Luis Gago.

Cohen, Lorca… y Granada

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Encuentro-homenaje Federico García Lorca y Leonard Cohen (Cátedra Leonard Cohen)

Este jueves 26 de junio tuvo lugar en Granada “Cohen & Lorca. Ecos de la amistad cultural entre España y Canadá”, un encuentro homenaje a las figuras de Federico García Lorca y Leonard Cohen. El poeta granadino y el cantautor canadiense volvieron a unir sus nombres y su obra gracias a una iniciativa de la Embajada de Canadá en España, a la que se han unido el Centro Federico García Lorca y la Cátedra Leonard Cohen de la Universidad de Oviedo, que conviene recordar se creó tras el Premio de la Fundación P. de Asturias (FPA) de poesía en 2011 al canadiense, donando el premio en metálico con el que mi universidad  crearía una cátedra única, pudiendo saludar a mi querida Miriam Perandones, musicóloga y que también fue directora de esta cátedra desde 2016 hasta febrero de 2022, hoy presente en estos actos.

A las doce de la mañana en Granada, con la presencia de Jeffrey Marder (embajador de Canadá en España), Laura García Lorca (del Centro Federico García Lorca) y José Errasti (director de la Cátedra Leonard Cohen de Oviedo), se hizo el descubrimiento de una placa que recuerda este homenaje con el que se pretende rendir tributo a dos figuras que han reunido en sus creaciones un universo cultural y poético con innumerables puntos de conexión, un tributo con voluntad de perdurar en el futuro con el fomento de actividades que den a conocer la obra y los puntos comunes de ambas personalidades.

Y a las siete de la tarde, tras 40 minutos de cola, se abrían las pertas del auditorio del Centro Federico García Lorca, con unas palabras previas de Laura García Lorca, Errasti y el embajador de Canadá en España.

A continuación ocuparía la mesa sobre el escenario del auditorio la doctora en Literatura Española por la Universidad de Cádiz Elena Caballero, que expondría los aspectos más importantes de su tesis “La influencia de García Lorca en Leonard Cohen”, presentada por Fernando Navarro (periodista de El País), que moderaría el coloquio posterior donde participaron Jose Manuel Medina (de la Fundación Enrique Morente), y Chema Cano (autor del libro «Seis acordes»).

La ponencia de la doctora Caballero se limitaría a 20 minutos por cuestiones de tiempo y organización, que arrancaba un viernes 21 de octubre de 2011 viendo en TVE la entrega de los premios de la FPA con su madre asturiana, donde quedó enamorada de Leonard Cohen tras su discurso. En su exposición nos habló de «un viaje de referencias», la relación entre poesía y música, Montreal y Granada, con dos caminos: analizar las traducciones de Lorca al inglés, y la huella textual de Lorca en muchos temas propios de Leonard Cohen.

No podía faltar el recuerdo al asturiano Manolo Díaz (entonces en CBS) quien recogió al canadiense en el aeropuerto de Madrid, y durante el trayecto en taxi de Barajas al Hotel Palace (entonces casi una hora), le fue hablando del proyecto del disco «Poetas en Nueva York» donde quería contar con él junto a otros cantautores del momento. Solamente le miraba y finalmente le contestó: «mi hija se llama Lorca Cohen».

Después vendría el encargo a Cohen, la traducción o mejor adaptación del Pequeño vals vienés, 150 horas de trabajo para su Take This Waltz. Pero no solo este tema (que se haría tan popular), también The Gypsy’s Wife (1979), otra fascinación para Cohen y la que más influye por su escenario poético de la mujer que enlaza con Bodas de sangre según Elena Caballero.

No faltaron las referencias al último concierto en Sevilla de Lola Índigo o Silvia Pérez Cruz como transmisoras actuales de Lorca en sus RRSS para un público adolescente, pero especialmente Enrique Morente quien tras descubrir “el vals de Cohen” conocerá Poeta en NY y lo llevará a su disco “Omega”, una verdadera locura que un flamenco cante a Lorca con un grupo de rock como Lagartija Nick. Gracias a estos artistas aún mantenemos el legado de Federico.

Finalizada la ponencia vendría la mesa redonda donde todos mostraron la adoración por Cohen. Así Chema Cano contaría cómo ficciona en su libro “Seis acordes” y la admiración común por Cohen porque es un “contador de historias”, como en el discurso de la entrega del premio, o Dylan (otro galardonado cuatro años antes en los Premios), el Montreal de entonces para un canadiense de familia judía, su primera guitarra de 2ª mano, las influencias y emociones. Navarro también citaría a Dylan, los trovadores y unas letras por las que pregunta a Elena y cómo influye la faceta de músico en Lorca, quien contesta que toda su obra está cargada de musicalidad, un músico que se asienta como poeta, al revés que Cohen. Fernando preguntaría a Medina y a Chema del «Universo Cohen» qué influyó en Morente, con el que se cerraba la ponencia, y la unanimidad: la libertad.

Proseguiría el coloquio con un público no muy participativo, aunque surgió el tema  de las RRSS que transmiten esas letras y música, hasta los diseños, y aunque a mi generación le parezca triste, está claro que al menos la calidad de los textos de los artistas actuales es volver a mirar la música de nuestros abuelos o el recuerdo a Carlos Cano quien actualizó y «recuperó» la copla como están haciendo esta generación digital de cantantees.

El broche musical lo pondrían Rafael Liñán (voz y guitarra), Juan Trova (voz, guitarra y banjo), más Eva Manzano (baile), que comenzaría como era de esperar con Liñán cantando Take this waltz, estribillo coreado por el público. Trova además de agradecer este hermanamiento que en estos tiempos haya muchos más. Y este trío para la ocasión versionaría el romance de Las morillas de Jaén, con Eva bailando.

Siguiente tema con los tres, Rafael Cohen, Trova al banjo y los «jaleos» de Manzano para otro «hit» cantado por el público, Dancing to the end of love con ese aire flamenco sin perder el original.

Trova recordó a Paco Ibáñez que tanto ayudó a difundir el poema de Lorca El lagarto está llorando, en una versión llevada al blues por Juan y cantado también Eva, con alternancia de estrofas.

Regreso a Cohen con Rafa cantando y Trova al banjo en So long Marianne, y el estribillo coreado por un público entregado y conocedor tanto de Federico como de Leonard, que como comentaba Eva al finalizar el tema, unir danza, música, poesía es estar “en la misma gloria”.

Paco Ibáñez fue pionero en musicar a nuestros poetas, y en su disco de 1964 la portada tenía una pintura de Dalí como bien recordó Juan antes de hacernos su versión de la Canción del jinete, trío lorquiano con el sentido baile de Eva. Y una oración como Hallelujah, bailado y cantado por todos los presente siendo de lo más aplaudido antes de cerrar círculo con el Pequeño vals vienés, cantado por Juan Trova, en castellano con el punteo de Rafa y el baile de Eva, el mismo y distinto vals que Lorca inspiró.

Pasadas las nueve de la noche y con las campanas de la catedral repicando, saludos varios, un cerveza para refrescar y raudo me dirigiría al Hospital (Real)… que ya lo conté antes de esta reseña. Viva Cohen, Lorca y Granada…

Muertos de amor

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74º Festival Internacional de Música y Danza de Granada (día 6). Danza.

Martes 24 de junio, 22:30 horas. Teatro del Generalife. Manuel Liñán & Compañía: Muerta de amor. Dirección y coreografía: Manuel Liñán. Artista Invitada: Mara Rey. Fotos propias y ©Fermín Rodríguez.

Sexta noche de Festival y volvía al Generalife para disfrutar de un espectáculo completo que podría haberlo llamado «obra de arte total» porque Manuel Liñán (1980) y su compañía lograron subir sobre las tablas del teatro tal aire libre -con una temperatura ideal- una fusión de baile y cante flamenco, danza clásica, bailarines cantaores (o a la inversa), puesta en escena impecable, vestuario negro bellísimo, proyectando sombras con unas luces por momentos cual caverna de Platón en rojo, con un decorado y utillería sencilla (no faltaron en momentos puntuales la silla ni las pelucas rubias movidas como hace Melody) pero efectista, que darían un juego increíble, más unos «pedazo de músicos» en directo que por momentos también formaron parte de la coreografía, todo bien amplificado hasta alcanzar unas cotas de calidad capaces de llegar tanto a los eclécticos, entre los que me encuentro, como a los flamencos más puristas y los turistas que no suelen fallar cuando escuchan la palabra, aunque esta vez no fuese el Sacromonte.

En la web del Festival se presentaba este espectáculo con las siguientes palabras:

Baile flamenco y copla
«La nueva creación del coreógrafo y bailarín granadino Manuel Liñán, Premio Nacional de Danza 2017, fusiona la tradición de la copla con elementos innovadores y nos presenta una visión fresca y actual del baile flamenco. Con una puesta en escena cuidada al detalle y un elenco de excepcionales bailarines, el espectáculo es un homenaje a la riqueza y la diversidad del flamenco. La música original de Francisco Vinuesa y la voz de Mara Rey aportan una dimensión emocional que nos conmueve profundamente. Muerta de amor es un canto a la vida y al amor en todas sus formas. Una seductora y apasionante propuesta que reivindica la pasión a través del flamenco y la copla».

Se habla de fusión aunque prefiero referirla como transversalidad por todo lo que reúne este «Muerta de amor»: provocación, deseo, intimidad del cuerpo, energía, desgarro… con la copla como hilo conductor, porque las de nuestros abuelos eran microrrelatos que el baile de los siete magníficos iban recreando, sin género y con todos ellos: masculinidad, homosexualidad, bisexualidad, transexualidad, el colectivo LGTBQ+ totalmente actual pero con una elegancia digna de una casa de Bernarda Alba por el poso lorquiano del coreógrafo y bailarín granadino, dando protagonismo al conjunto, músicos incluidos, pero también a cada uno de sus componentes bien en solitario, por parejas, trío… incluso con distintas alturas de una plasticidad bellísima, arrancando el espectáculo cantando «a capella» -muy bien por cierto- desde la negritud que se tornaría stendhaliana.

Respiraciones, jadeos rítmicos, cotidiáfonos como el cable serpenteante o los pies de micrófono utilizados cual bastones de baile y cante de los siete bailarines, numerología pitagórica cargada de simbolismo, e impar: siete pecados capitales, siete notas musicales, siete escenas, variaciones y combinaciones de los siete elementos sumándose a la escena un octavo, Mara Rey (Madrid, 1979), internacional y verdadero vendaval sobre las tablas. Artista completa, actriz, bailaora y cantaora, de voz desgarradora y potente, expresiva en alma y cuerpo capaz de hacer converger en ella desde La Lupe a María Jiménez con el pellizco de Rocío Jurado y el tronío de Juana Reina. Un rojo clavel pero sobre todo un Me muero, me muero que mueve y conmueve, bailado y cantado.

Y no puede haber baile sin músicos porque los «siete magníficos» son ritmo puro en pies y cuerpo, palmas, golpes en el pecho, pitos y gemidos. Mas el peso de todo el espectáculo se sustenta en cuatro gigantes situados casi en penumbra en el lateral derecho, que no solo tuvieron intervenciones solistas increíbles sino que se sumaron a la escena diseñada por Rafael Liñán, Ernesto Artillo (suyo también el diseño del vestuario) y Gloria Montesinos. Vamos con el póker de ases:

Primero el malagueño Francisco Vinuesa (1985) a la guitarra y autor de la música original, aunando todos los estilos desde un flamenco con poso hasta un minimalismo que pasaba de lo diegético a lo incidental sin perder nunca originalidad, con escenas que parecían campanas o gotas de lluvia, rasgeos que conmovían y el toque  complemento inseparable del cante. Y aquí estaba un Juan de la María inmenso, la voz imposible, el desagrro y la «jondura» que le viene de ese mestizaje entre su familia gitana de Jerez más las raíces en Utrera y Lebrija. Y aunque los tacones flamencos son como el tap dance de hoy en día (incluso uno de los bailarines, el que podríamos llamar clásico se marcó al final un Irish Jig), la guitarra de Vinuesa es flamenca como ella sola, la percusión de Javier Teruel (y asesor musical de este espectáculo) fue un portento, con un cajón increíble que encajaba y marcaba cada palo, sustento del baile y refuerzo tímbrico poderoso, compañero habitual de Vinuesa haciendo magia a pares para empoderar el latido común del corazón rítmico. La cuarta pata sería Víctor Guadiana al violín y violín sintetizado, flamenco y árabe de giros casi guturales en el natural o sonidos de flauta (cual Jorge Pardo) en el eléctrico capaz de piar o ambientar los sonidos sintetizados, y por supuesto marcarse una jota sola que quitaría el aliento a los bailaores.

El fin de fiesta convirtió el escenario en un tablao muy del gusto de los turistas (especialmente japoneses y yanquis) que asocian este espectáculo a nuestro país, y que personalmente me resultó algo excesivo en duración rompiendo una línea argumental de rojo y negro para convertirse en un rosa hasta para la última vestimenta del ideólogo y líder Manuel Liñán «jugando en casa» y aclamado por un público que vibró con su artista junto a todo un equipo de altura en una producción maravillosa.

Quiero dejar íntegro el texto del programa de mano escrito por Rosalía Gómez Muñoz trufado con algunas fotos de ©Ferminius porque describe a la perfección las dos horas vividas este día de san Juan en la siempre increíble Granada.

Un canto al amor y a la libertad

«Cuando aún resuenan en este mismo escenario los ecos del triunfo obtenido en 2020 por su anterior trabajo, Viva, dentro del programa «Lorca y Granada», Manuel Liñán regresa al Generalife, esta vez de la mano del Festival de Música y Danza.

Desde su estreno el pasado año en los madrileños Teatros del Canal, Muerta de amor no ha dejado de levantar pasiones y de cosechar aplausos y premios. Un éxito que no obedece a ninguna moda, ni siquiera a su osadía –que la hay, y mucha–, sino al talento indudable de su creador y a un incesante trabajo, cocinado a fuego lento, de desarrollo personal y artístico.

El baile flamenco ha sido siempre la pasión y la esencia de Manuel Liñán. Lo ha demostrado en piezas tan maravillosamente desnudas como Baile de autor, acompañado tan solo de un cantaor y un guitarrista. Pero el arte le ha servido también para saldar cuentas personales, como la relación con su padre, Pie de Hierro –que lo hubiera querido torero como él– y, sobre todo, para liberarse de muchas convenciones, para dejar de ser como el lorquiano «muchacho que se viste de novia en la oscuridad del ropero…» y, entre otras cosas, subir al escenario con bata de cola, dignamente, abriendo espacios de libertad para sí mismo y para todos los que vienen detrás.

Su acierto, sin embargo, no se encuentra solo en las temáticas que aborda, sino en su talento para convertirlas en arte, universalizándolas en lugar de dejarlas, como suele suceder, en simples anécdotas.

Ahora, maduro y liberado de mucho lastre, el granadino ha decidido hablar de amor. De todos sus amores, que son los amores de todos y de todas: amores apasionados, tóxicos, platónicos, fraternales, frustrados… porque para él el amor, real o inventado, es el motor de la vida y del baile.

Y como la generosidad es otro de sus atributos, en lugar de realizar un espectáculo unipersonal como aconsejan estos tiempos difíciles, Liñán se divierte –con el sudor de su frente– y divierte ofreciéndole al mundo una obra grande y jubilosa, con siete bailarines que representan, además, la gran variedad de estilos que posee la danza española.

El hilo conductor de este Muerta de amor es la copla ya que, desde muy joven, desde que la Nati se las cantaba en las Cuevas Los Tarantos, las coplas, con sus letras desgarradas y ambiguas, han sido la banda sonora de todas sus historias de amor. Letras como las de Un clavel o Me muero, me muero, interpretadas por los propios bailarines o por una Mara Rey poderosa como una bacante poseída por el dios Amor, llegan como flechas al corazón del espectador.

Los siete bailarines cantan y bailan en un verdadero musical, expresando sus propios discursos no solo a través de los palos del flamenco –como esas alegrías flamenquísimas que baila el más joven, Juan Tomás de la Molía, o la impresionante soleá del propio Liñán–, sino con otros bailes españoles, incluido el folklore. Todos ellos tienen su momento de gloria y, junto a los magníficos músicos, llenan el escenario de arte, de sorpresas, de humor y de una cierta locura que se contagia en numerosas ocasiones a un público que respira a su compás.

Porque nada es casual en Muerta de amor. Hace años que el Liñán bailaor, poseedor de numerosos premios, incluido el Nacional de Danza, viene desarrollado un talento especial para la coreografía y, sobre todo, para la dirección de escena. Una capacidad, muy rara en los flamencos, que consiste en hacer salir lo mejor de cada uno de sus magníficos intérpretes y en aunar luego todos los ingredientes que intervienen en la escena haciendo que la excelencia final del espectáculo sea muy superior a la suma de sus individualidades.

Un talento que consiste, además, en no querer hacerlo todo solo, sino rodeado de otros grandes profesionales dentro y fuera de la escena: la música excepcional de Francisco Vinuesa, las magníficas luces de Gloria Montesinos… o la complicidad de Ernesto Artillo, entre otras cosas diseñador de unos trajes negros que no saben de géneros.

Todos ellos hacen de Muerta de amor un auténtico canto al amor y a una libertad que lo permite todo, menos la indiferencia».

Manuel Liñán & Compañía

Muerta de amor

Dirección y coreografía: Manuel Liñán

Acompañamiento creativo: Ernesto Artillo

Colaboración coreografía: José Maldonado

Artista Invitada: Mara Rey

Baile: Manuel Liñán, José Maldonado, Juan Tomás de la Molía, Miguel Heredia, José Ángel Capel, David Acero, Ángel Reyes

Cante: Juan de la María
Guitarra: Francisco Vinuesa
Violín y violín sintetizador: Víctor Guadiana
Percusión: Javier Teruel

Música original: Francisco Vinuesa

Espacio sonoro, arreglos y Folclore: Víctor Guadiana

Asesoramiento musical: Javier Teruel

Diseño vestuario: Ernesto Artillo

Diseño escenografía: Rafael Liñán, Ernesto Artillo y Gloria Montesinos

Realización escenografía: Readest montajes – Diseño iluminación: Gloria Montesinos A.a.i. – Técnico iluminación: J. M. Pitkänen – Diseño de sonido: Ángel Olalla – Maquinaria y regiduría: Octavio Romero – Asistente de producción y Tour mánager: Inés García – Guía espiritual: Iván Baba

De todo lo visible e invisible

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74º Festival Internacional de Música y Danza de Granada (día 5). Música de cámara – Recitales.Lunes 23 de junio, 22:00 horas. Patio de los Arrayanes. Alexandre Tharaud (piano). Obras de Bach, Ravel y Dukas. Concierto homenaje a José Luis Kastiyo (1935-2024), periodista, cronista y querido amigo del Festival de Granada. Fotos propias y ©Fermín Rodríguez.

Mi quinta noche de Festival en la mágica de san Juan donde todo resultó cautivador y hechizante no solo por lo que se suele decir del «marco incomparable», que evidentemente el Patio de Comares lo es (y que «no me toquen los arrayanes» porque no entiendo la manía que tienen los visitantes en palpar unos setos únicos por lo bien podados). Llegaba el pianista francés Alexandre Tharaud con un programa un tanto curioso  por las obras elegidas pero con cierto hilo conductor en torno a la brujería por no seguir llamándole magia en este palacio nazarí de acústica increíble. La web del Festival lo presentaba así:

«La elegancia hecha pianista
Alexandre Tharaud es uno de esos pianistas que han hecho de la finura y la elegancia una forma de estar en el escenario, una manera de acercarse al hecho musical. En repertorios que exigen tanta sensibilidad en el control de la pulsación como el de los barrocos franceses, auténtica especialidad, Tharaud se crece, y por eso su Bach es esperado con expectación. Además, el que presenta en el Festival es un Bach hecho mayormente de transcripciones propias de música vocal. La experiencia se completará con un acercamiento a otro de sus terrenos preferidos, el de la música francesa del siglo XX: Ravel, de aniversario, estará presente con una de sus obras impresionistas más reconocidas, Miroirs, una suite de cinco piezas para piano que estrenó su amigo pianista Ricardo Viñes en 1906; Dukas, con ese cuento fantástico que es El aprendiz de brujo, transcrito también por el propio intérprete».

De las notas que nos dejó mi admirado Rafael Ortega Basagoiti en el programa de mano tituladas «Originales y transcripciones» iré citándolas e intercalándolas para intentar poner palabras a la noche más corta del año, con una primera parte donde volver a creer en dios Bach por todo lo visible e invisible desde un piano no solo elegante sino inmenso de dinámicas y colores, pues la primera parte comenzaría con un viento de Levante que arreciaba aunque se agradecía. Tharaud nos dejaba su apostolado bachiano con transcripciones propias verdaderamente muy logradas, porque su pulsación más un manejo del pedal muy contenido pero efectivo, es capaz de conseguir unas sonoridades delicadas y variadas donde percibir todo.

«El recital que propone Alexandre Tharaud contiene una curiosa y fascinante combinación de páginas ideadas originalmente para el teclado y transcripciones del propio Tharaud que en más de una ocasión rebasan el concepto de mera adaptación al teclado para adentrarse en un terreno que, especialmente en las páginas provenientes de oratorios, se acerca a la paráfrasis o la fantasía. La transcripción ha sido algo practicado continuamente en la historia de la música, muchas veces para familiarizarse y conocer mejor las obras de otros, como lo hacía el propio Bach con Marcello, Telemann o Vivaldi. Otras, para permitir la ejecución de una música determinada en otros instrumentos, algo también practicado por Bach».

El coro inicial de la Pasión según San Juan desgranó en el piano toda la riqueza melódica del kantor de Santo Tomás en la noche del evangelista con un atardecer amenazante que parecía trasladarnos al Gólgota, escuchando mentalmente esta súplica: «Señor, soberano nuestro… muéstranos con tu pasión, que Tú, verdadero hijo de Dios, en todas las ocasiones, y aún en la mayor humillación has sido glorificado». Sobrecogedor inicio de recital ad maiorem Bach gloriam y con la última nota resonando en el Patio de los Arrayanes, llegaba el milagro de convertir el viento en leve brisa antes de la conocida «Sicilienne» de la Sonata en mi bemol mayor para flauta, increíble poder escuchar todo lo escrito por «Mein Gott» transcrito al piano.

«Tharaud nos propone un recorrido variado, que incluye arreglos propios de algunas páginas familiares en otras transcripciones (la bella Siciliana de la Sonata para flauta y clave BWV 1031, por ejemplo, es bien conocida en el arreglo de Wilhelm Kempff), y añade algunas otras que raramente se escuchan en un instrumento de teclado, como el coro Herr, unser Herrscher, que abre la Pasión según san Juan, o la asombrosa, bellísima, que hace del aria de soprano Aus Liebe will mein Heiland sterben de ese mismo oratorio».

Alexander Tharaud sin apenas respiro atacaría cual rezo sin palabras, el aria de soprano «Por amor, por amor va a morir mi Salvador» de la Pasión según San Mateo, que se ha transcrito incluso para dos pianos y que el francés logró el tercer milagro sonoro donde escuchar la sentida voz femenina con solo el orgánico de un piano que aún no estaba inventado y que el tiempo lograría transmitir un legado universal.

«La Suite BWV 996, compuesta probablemente hacia 1715, estaba presumiblemente destinada al laúd, aunque no se descarta que estuviera pensada para ese singular instrumento, hoy olvidado, el clave-laúd o lautenwerk. Aunque sigue el modelo habitual francés de la suite en seis movimientos, Tharaud omite la Courante y cambia el orden de los movimientos, situando la Bourrée antes que la Sarabande. La Suite BWV 818a, originalmente escrita para instrumento de teclado, es una obra relativamente temprana (la primera fuente disponible es de 1722, pero la de la versión que escucharemos hoy es de c. 1740) y Schulenberg la sitúa entre las Suites inglesas y francesas. La segunda versión (818a) de esta suite que escucharemos, añade un Preludio y sustituye la Double de la Sarabande por un Menuet».

Enlazado sin pausa vendrían los seis movimientos de esta Suite desplegando una riqueza esplendorosa de matices, tiempos, ornamentos diferenciados, apoyaturas y trinos, ataques casi de clavecín con la grandiosidad del piano de cola, una Bourrée deudora del mejor Rameau en la transcripción y ejecución de su compatriota,  y una (re)interpretación de estas danzas que finalizan con la Gigue virtuosa tan cristalina como el agua de la alberca, reflejos proyectados por propia magia de la madre naturaleza según íbamos escuchándola.

Tras una mínima parada técnica para estirar las piernas, una segunda parte tan francesa e igualmente inspirada e inspieadora de dos de «Los apaches» en el 150 aniversario del nacimiento de un virtuoso pianista español defensor de nuestra música en la France capital de la modernidad, pero también de sus moradores, estrenando la siguiente obra de la noche, para lo que podría hablar de una transmutación en Alexandre Viñes y después Maurice Tharaud, un intérprete personal que mantendría el hechizo sonoro desde las 88 teclas iluminadas por el espejo acuático del Patio de los Arrayanes.

«Muchas de las obras de Ravel se han hecho populares en su paso del piano a la orquesta en lugar de hacerlo en el original pianístico. No es el caso de Miroirs, escrita en 1904 y sin duda una de sus mejores y más célebres partituras pianísticas. Estamos ante un conjunto de cinco piezas dedicadas a distintos miembros del colectivo artístico denominado «Los apaches», del que Ravel y Viñes formaban parte. Música que se mueve entre la ensoñación y la evocación, sugerente en la atmósfera agitada, pero delicadamente crepuscular de Noctuelles. Más tranquila la melancólica, no exenta de algún eco amargo, Oiseaux tristes, dedicada al mencionado Viñes, que además estrenó la obra. Seductora y evocadora Une barque sur l’océan, la página más larga de la serie, en la que la traducción sonora de las olas no puede ser más hermosa. El carácter español luce en la brillante y muy exigente (la más difícil de las cinco) Alborada del gracioso, la pieza quizá más sinfónica, que más tarde sería orquestada brillantemente por el propio Ravel. Hipnótica, en fin, la recreación tímbrica de las campanas parisinas en La vallée des cloches».

Cinco pinturas coloridas donde los propios títulos eran ensoñaciones: un nocturno verídico seguido de unos pájaros tristes que al volar acallaron los que suelen anidar cerca, un barco que surcaba el Cantábrico de Ciboure y San Juan de Luz, la algarabía sinfónica en el piano antes del toque de campanas que anunciaban poco a poco el final de esta oración francesa con el reverendo Tharaud.

Y si hubo magia toda la noche de san Juan, El mago Tharaud convirtió y transformó toda la paleta orquestal a un piano arrebatador, embrujado no por el aprendiz sino por este Merlín francés, brujería sonora para creer escuchar hasta un contrafagot al pie del palacio.

«El aprendiz de brujo es, sin lugar a duda, la obra más conocida de Paul Dukas. Lo es con buen motivo, porque es página de gran colorido y capacidad evocadora. Concebida originalmente en 1897 como poema sinfónico sobre una balada de Goethe (Der Zauberlehrling), es un ejemplo muy claro de música programática, un scherzo con cuatro motivos con los que Dukas (y luego Disney en Fantasía), cuenta la historia de un aprendiz que, sin permiso, hechiza una escoba para que le ayude a cargar agua. El propio Dukas arregló poco después la partitura para dúo de pianistas, y posteriormente Lucien Garban, Victor Staub y ahora, Alexandre Tharaud, han realizado sus propios arreglos para piano solo».

Si Walt Disney hizo de Micky Mouse un torpe aprendiz, Tharaud convirtió en pura fantasía esta transcripción, que como bien escribía el doctor Ortega, «rebasan el concepto de mera adaptación al teclado para adentrarse en un terreno que (…) se acerca a la paráfrasis o la fantasía».

Nadie esperaría que tras Bach, Ravel y Dukas sonasen canciones de Edith Piaf, pero Tharaud es ecléctico, libre, pianista sin etiquetas amante de la música de su país y capaz de homenajear no solo a Ravel y Viñes, también a «La Môme Piaf», con dos maravillas que quien no conociese el original bien podrían parecer debussyanas por los arreglos, pero igualmente jazzísticas desde la capital de un género que es tan clásico para mi generación enemiga de clasificaciones, y como para Tharaud otro «omnívoro musical». Primero el Hymne à l’amour emotivo, introspectivo y elegante frente al explosivo y alegre Padam, padam, un piano francés que canta y hace cantar sin palabras en la mágica noche de san Juan.

PROGRAMA

Johann Sebastian Bach (1685-1750):

Coro «Herr, unser Herrscher», de la Pasión según san Juan, BWV 245 (1724) *

Sicilienne, de la Sonata en mi bemol mayor para flauta, BWV 1031 (1730-34) *

Suite en la menor, BWV 818a (c. 1740):

Prélude – Allemande – Courante – Sarabande – Menuet – Gigue

Aria «Aus Liebe will mein Heiland sterben», de la Pasión según San Mateo *

Suite en mi menor para laúd, BWV 996 (1708-17): *

Prélude – Allemande – Bourrée – Sarabande – Gigue

Maurice Ravel (1875-1937)
Miroirs (1904-05): **

Noctuelles – Oiseaux tristes – Une barque sur l’océan – Alborada del gracioso – La vallée des cloches

Paul Dukas (1865-1935):
L’apprenti sorcier (1897) *

* Transcripciones de Alexandre Tharaud
** En el 150 aniversario del nacimiento de Maurice Ravel y Ricardo Viñes

Una nacional internacional

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74º Festival Internacional de Música y Danza de Granada (día 4 b). Conciertos sinfónicos.

Domingo 22 de junio, 22:00 horas. Palacio de Carlos V. Orquesta Nacional de España, María Dueñas (violín), Andrés Orozco-Estrada (director). Obras de Lalo y Berlioz.  Fotos propias y ©Fermín Rodríguez.

Cuarto día de mi festival tras la sesión matutina en un concierto muy esperado que agotó todas las localidades, algo de esperar no solo por el programa y el regreso a Granada de la Orquesta Nacional de España (ONE) sino por la violinista María Dueñas quien me asombró desde la primera vez que la escuché, ganando en madurez y hondura en la siguiente visita al Auditorio de Oviedo, para ser hoy una de las figuras emergentes en el panorama internacional, esta noche disfrutándola en su casa.

La web del festival presentaba este concierto dominical y palaciego:

Española fantástica
Después de su sonada participación en el Festival de 2020, la joven granadina María Dueñas vuelve al Palacio de Carlos V convertida ya en una auténtica figura internacional del violín, contrato incluido con Deutsche Grammophon, el mítico sello alemán. Esta vez lo hará junto a la Orquesta Nacional de España que será dirigida para la ocasión por el colombiano Andrés Orozco-Estrada, actual titular de la Orquesta Sinfónica de la RAI, que nunca antes había participado en el Festival. El programa es netamente francés, pues Dueñas tocará como solista la Sinfonía española de Édouard Lalo, una obra virtuosística habitual del repertorio más querido por aficionados e intérpretes, que se estrenó hace justo 150 años, y la Sinfonía fantástica de Hector Berlioz, un auténtico monumento orquestal que se adelantó a su tiempo.

Y no pudo ser mejor en una noche calurosa, donde María Dueñas verdaderamente fue dueña y señora en ese concierto que Lalo llamó Symphonie espagnole y en cinco movimientos (parte del público amagó con aplausos al finalizar el tercero).

El violín de la granadina es un placer para el oido, la proyección en el palacio que desde mi posición perdía algo en los graves pero conmoviendo por su limpieza en los pasajes virtuosos, un arco prodigioso y una orquesta en estado óptimo con un  magistral Andrés Orozco-Estrada (Medellín, 14 de diciembre de 1977), gestualidad total: corporal, facial, mano izquierda sutil y la batuta dibujando, anticipando lo justo para acoplar y concertar a la perfección con «la dueña».

Destaco las notas al programa de mi admirado musicógrafo Luis Suñén que titula «Dos aspectos de la gran música francesa», sobre este híbrido entre sinfonía y concierto tan original para su momento a finales del XIX:

«(…) Apoyado por la Société nationale de musique, fundada en 1871 por Romain Bussine y Camille Saint-Saëns, fue, sin embargo, su colaboración con el violinista navarro Pablo de Sarasate lo que más contribuyó a su triunfo ante el público y a su fama póstuma. Sarasate estrenó su Concierto para violín en 1874 y la Sinfonía española, que escucharemos hoy, en 1875 con la Orquesta Pasdeloup.

La Sinfonía española responde en parte a la idea que de nuestro país tenían los músicos franceses de la época, más como de postal que verdaderamente honda, puesta de manifiesto en el uso de ritmos como la habanera, la giga –a la española– o el tango andaluz. Al mismo tiempo, hay en ella algo del concierto romántico alemán y todo se funde en una propuesta de un virtuosismo extremo. Como afirmaba un crítico inglés, «su atractiva fachada esconde un campo de minas para el solista».

De la ONE impresionantes todas las secciones en una gran plantilla para las mismas obras (que llevarán a Alemania el día 27 en el Festival de Música de Rheingau), con Miguel Colom de concertino. Empaque y empaste, jugosa en las dinámicas, plegados a Orozco-Estrada que no perdía detalle con la respuesta inmediata de los profesores y profesoras que integran «nuestra orquesta» y donde se aprecia un relevo generacional confluyendo veteranía y juventud. Los días trabajando en «el Falla» se notaron en este Lalo con Dueñas (y aún más en el Berlioz posterior), aire flamenco que la granadina lleva en las venas, lo festivo junto a lo melancólico, la rítmica juguetona compartida por todos para otro éxito de los intérpretes.

El público rendido a María, que «jugaba en casa», y una propina con orquesta, con aires o estilo británico pero del noruego Johan Halvorsen (1864-1935), su Le Chant de la  Veslemøy (de la suite «Mosaique IV») que la granadina suele llevar en solitario pero que al completo levantó al palacio con una interpretación intimista, sentida, bien arropada por la ONE y Orozco-Estrada para degustar un violín que ya está haciendo historia.

La sorpresa tras las ovaciones vendría al quedarse al lado del arpa y hacer un dúo  con ella en arreglo propio del himno extraoficial, Granada de asombro sonoro en la esquina izquierda con Coline-Marie Orliac, la magia femenina plural del diálogo virtuoso, melódico, cercano y sentido de esta granadina internacional con todo el público en pie aclamándola con unas ovaciones que retumbaron en todo  el Palacio.

Tras un largo descanso llegaría el segundo plato fuerte de la noche con Orozco-Estrada y una ONE textualmente «Fantástica», que nos dejarían un Berlioz impresionante y difícil de poner en palabras. Solistas impecables, arpas cristalinas, los efectos del oboe o las campanas en el primer piso, para una partitura gigantesca. Vuelvo a las notas al programa del «gallego» Luis Suñén que la analiza:

«La Sinfonía fantástica de Hector Berlioz –a la vez un revolucionario y un heredero confeso de Gluck y Spontini, de Beethoven y Weber– se estrenó en París el 5 de diciembre de 1830. Su protagonista, ese “artista” del subtítulo, ha fumado una buena dosis de opio mientras piensa en un amor imposible, probablemente el de Berlioz por la actriz Harriet Smithson. En el arranque, Ensueños y pasiones, aparece ya la idea fija –l’idée fixe–, reconocible de inmediato, y que representa a la mujer –naturalmente– ideal. Primero se escucha sola y luego integrada en la orquesta. Abre El baile un vals ensoñador que hace el papel de Scherzo, con un episodio central en el que reaparece la idea fija. La Escena en el campo se inicia con un diálogo con su punto de misterio entre los caramillos de dos pastores. Se habla de la influencia de la Pastoral de Beethoven, más en el espíritu que en la letra en todo caso. Lo más interesante es cómo la idea fija va, como sucedía en el primer movimiento, integrándose en el crecimiento orquestal. Volverán los pastores con anunciadora tormenta al fondo para cerrar el movimiento. Metales y percusión nos conducen hacia la Marcha al cadalso. El condenado es el artista, quien sueña que ha matado a su amada y va a ser ajusticiado, de ahí la transformación de los sueños en una pesadilla. Reaparece la idea fija que es rota abruptamente por la caída de la guillotina. Gritos, desgarros, truenos: es el Sueño de una noche de sabbat. El amante ejecutado asiste a su propio funeral. Por eso escuchamos, igualmente deformados, la idea fija y el Dies irae mientras las brujas bailan alrededor del difunto y llega el clímax tras un pletórico crescendo».

Magistral cómo llevó el director colombiano cada capítulo sonoro, magnetismo en el podio, mando total de respuesta sinfónica precisa, dinámicas extremas donde los pianissimi delicados cortaban el aire, con una pertinaz tos senil antes del Baile que detuvo más de lo necesario su comienzo y provocando risas generalizadas que no empañaron un vals con aire vienés de agógica bien entendida. Momentos de hechizo en el duelo pastoral de oboe antes de Marchar al cadalso donde enviar a la sufrida señora, y el apoteósico final de aquelarre tímbrico y dinámico con los tutti en fff afinados desde la percusión a los bronces, pero brillo global con Orozco-Estrada dueño y señor.

Dejo para concluir nuevamente a Don Luis y finalizar esta entrada:

«El día del estreno hubo quien criticó la obra por vulgar y quien atisbó en ella la música del porvenir. Hoy nos sigue asombrando mientras, en efecto, vemos hasta dónde llegó su influencia –pensemos en Mahler, por ejemplo– y la escuchamos sabiendo ya –como intuía al fin Berlioz– que sus notas hablan por sí solas, más allá de su (im)posible argumento».

PROGRAMA

I
Édouard Lalo (1823-1892):
Symphonie espagnole, en re menor, op. 21 (para violín y orquesta. 1874)
I. Allegro non troppo
II. Scherzando. Allegro molto
III. Intermezzo. Allegro non troppo
IV. Andante
V. Rondo. Allegro
II
Hector Berlioz (1803-1869):
Symphonie fantastique: épisode de la vie d’un artiste, op. 14 (1830)
I. Rêveries, Passions (Sueños – Pasiones)
II. Un bal (Un baile)
III. Scène aux champs (Escena en los campos)
IV. Marche au supplice (Marcha al cadalso)
V. Songe d’une nuit du sabbat (Sueño de una noche de sabbat)

Cantando a Padre y Madre

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74º Festival Internacional de Música y Danza de Granada (día 4). Conciertos matinales.

Domingo 22 de junio, 12:30 horas. Crucero del Hospital Real. Numen Ensemble, Héctor Eliel Márquez (director). Obras de Falla, Victoria, Rachmaninov, Juan Alfonso García, Duruflé y Stravinsky. Fotos propias y ©Fermín Rodríguez.

Cuarto día de mi festival con sesión matinal, coral «a capella» y un programa variado donde se volvía a homenajear a Juan-Alfonso García que sigue siendo  y sonando actual, con obras interesantes que Helena Martínez Díaz en las notas al programa titula «Diálogo entre música y palabra» (que iré intercalando a lo largo de esta entrada) donde no faltó un estreno del compositor y organista catedralicio. De este tributo musical, la web del festival dice:

«Homenaje a Juan-Alfonso García
Este homenaje del conjunto coral Numen Ensemble se articula en dos partes bien relacionadas entre sí: la primera reúne piezas sobre dos de las oraciones más populares del orbe cristiano, el Ave María y el Padre Nuestro, desde Victoria a Rajmáninov, Falla, Stravinsky y Duruflé. Sobre un motivo del Ave María de Victoria escribieron además Falla su Invocatio ad individuam trinitatem, que abre el recital, y Juan-Alfonso García su Letrilla al Niño Jesús. Con esta pieza arranca la segunda sección del concierto que incluye obras del homenajeado, el compositor nacido en Extremadura pero avecindado en Granada desde los once años de edad. Se podrá escuchar El corazón de la materia, sobre un texto de Teilhard de Chardin, que es estreno absoluto, y otras piezas sobre poemas de los poetas granadinos Elena Martín Vivaldi, Federico García Lorca y Antonio Carvajal».

Numen Ensemble (creado en febrero de 2011) es un coro de cámara con larga trayectoria y distintos repertorios, que se presentaba con 16 voces dirigidas por el también compositor Héctor Eliel Márquez, y aunque en el programa de mano aparecían cuatro por cuerda, se presentaron con 10 voces blancas y 6 graves, lo que en cierto modo descompensó el balance y color, aunque en general sonó empastado, afinado y moviéndose muy bien en el repertorio de García, de quien Helena Martínez relata que fue una «figura clave en la música española de la segunda mitad del siglo XX, en conmemoración de los diez años de su fallecimiento. Organista titular de la Catedral de Granada durante más de cincuenta años, perteneció a esa «inmensa minoría» –como él mismo se definía– que pudo dedicarse a la profesión que había sentido y escogido: la música y el sacerdocio. Su formación estuvo guiada por Valentín Ruiz-Aznar, maestro de Capilla de la Catedral de Granada, quien le transmitió un ideal musical arraigado en la tradición polifónica religiosa española de Tomás Luis de Victoria y el contrapunto de Johann Sebastian Bach. Nacido en Extremadura, pero avecindado en Granada, Juan-Alfonso García estuvo profundamente ligado a la ciudad y su ambiente intelectual y artístico, en estrecha relación con músicos y escritores, desde donde configuró su estilo compositivo más vanguardista».

En Granada y con un programa que unía música y poesía así como las dos oraciones universales del Ave María y el Padre Nuestro, nadie mejor que Falla para comenzar el concierto con la Invocatio ad Individuam Trinitatem (1935) e ir calentando las voces, y continuar con el conocido Ave Maria atribuido al Padre Victoria, renacimiento inspirador matizado e interpretado diferenciando dinámicamente y en «tactus» la segunda parte del Sancta Maria, Mater Dei donde las cuerdas agudas sobresalieron más de lo esperado pero siempre atentas al maestro granadino Márquez (13 abril de 1979).

Del Ave Maria renacentista pasamos a la tradición ortodoxa con Rachmaninov y su Bogoroditse Devo de 1915 (contenido en sus Vísperas, op. 37), esfuerzo de los bajos por sustentar esta catedral coral, con la que llegaríamos al de Juan-Alfonso García de quien Helena Martínez cita: «En 1939 Falla dejó constancia de la autoría «compartida» de esta pieza en el borrador de una carta dirigida a María de Cardona, dado a conocer por Juan-Alfonso García en 1976: «La invocación propiamente tal es mía, mientras el Amén es de Victoria». (…) Continuamos esta tradición musical con un Ave Maria (1975) del mismo Juan-Alfonso, escrito para cuarteto solista y coro a cuatro y seis voces mixtas». Interesante optar en colocar al cuarteto solista al fondo y el coro a seis voces mixtas sobre el estrado, muy efectista en esta obra que mantiene el sabor contemporáneo tan del gusto de los actuales coros jóvenes que apuestan por repertorios agradecidos como este del clérigo pacense que se haría granadino.

Si ayer en la mañana sonaba Duruflé en el órgano del Santuario del Perpetuo Socorro, en esta dominical sonaba el Notre Père, op. 14  (1977) bien ubicado en el progama y donde el Numen Ensemble volvió a mostrarse incómodo en las notas agudas de emisión abierta que hacían perder un empaste demostrado en la oración anterior, dos oraciones que vertebraban este concierto donde sonarían ambas con el Stravinsky ortodoxo pero en latín: Pater Noster (1926) y después Ave Maria (1934), dos de las primeras obras religiosas del ruso, con el coro reubicado y logrando homogeneidad de color más una afinación digna de destacar, así como la buena emisión en los melismas.

Y personalmente llegaría la mejor parte con las obras de Juan-Alfonso García que Helena Martínez Díaz desgrana y analiza en sus notas:

«La Letrilla al Niño Jesús (1979), basada en un poema de San Juan de la Cruz, retoma el motivo del Amen de Victoria y da paso a la segunda parte del programa, centrada íntegramente en la obra de Juan-Alfonso García, en la que se entrelaza espiritualidad, poesía y la ciudad de Granada, elementos esenciales en su producción musical. A continuación, se presenta El corazón de la materia (2002), sobre un texto del sacerdote y filósofo Pierre Teilhard de Chardin, que es estreno absoluto. La poesía intimista de Elena Martín Vivaldi se traduce en Amarillos (1978), una trilogía que explora atmósferas cambiantes y disonancias que ilustran a modo de madrigalismo los versos de la poeta. Le siguen los Seis caprichos (1986) sobre textos de Federico García Lorca, donde descubrimos a un Juan-Alfonso más vanguardista y rítmico, especialmente en piezas como Guitarra, Crótalo y Pita, hasta llegar a Cruz, que recuerda un coral bachiano. El concierto culmina con Cada vez que una mano se me ofrece (1979), sobre un poema de Antonio Carvajal, cierre de un homenaje que es también un diálogo profundo entre música y palabra».

Buenas solistas la soprano y contralto (mezzo), vocalización de unos textos que figuran en la web y que se debían haber añadido en el programa para comprobar qué bien entendió Juan-Alfonso la lírica coral, feliz unión de textos que su música engrandece. Digno destacar el estreno de El corazón de la materia ¡23 años después de su composición!, aplaudir a Héctor Eliel Márquez el haberla traído a la Granada amada por el extremeño, y donde Numen Ensemble al fin mostró  toda su calidad. Los Amarillos fueron interpretados con los mismos  calificativos de «plenitud», «encendida» (que bisarían al final bajados de la tarima) y «serena», pero sobremanera los Seis caprichos (1986) a 4-8 voces mixtas que son muy actuales, variados, encontrando técnicas que utilizan los «nuevos» compositores tan programados por las agrupaciones jóvenes (de las amateur no comento su estado vocal ni la media de edad), con un Crótalo y una Pita rítmicos,  jugosos, bien encajados, antes de ese coral final que es Cruz, homenaje a «dios Bach» por parte del Padre García.

Y Cada vez que una mano se me ofrece (1979) citar parte del texto del granadino Antonio Carvajal (Albolote, 1943) que Juan-Alfonso eleva a lírica con su música coral:

Cada vez que una mano se me ofrece / tiemblo de sombras, a su luz me entrego, / y su luz una espiga en mi alma acrece, / casi de ausencia perseguido y ciego, / abro mi mano y tiendo hacia esa mano / leve la espina. Luego, qué sosiego. / Alas la espiga tiene en cada grano.

PROGRAMA

Manuel de Falla (1876-1946):
Invocatio ad individuam trinitatem (1935)

Jacobus Gallus / Valentinus Judex (atrib. T. L. de Victoria):
Ave Maria

Serguéi Rajmáninov (1873-1943):
Bogoroditse Devo (de Vsenoshchnoe bdenie, op. 37. 1915)

Juan-Alfonso García (1935-2015):
Ave Maria (1975)

Maurice Duruflé (1902-1986):
Notre Père, op. 14 (1977)

Igor Stravinsky (1882-1971):
Pater Noster (1926)
Ave Maria (1934)

Juan-Alfonso García:
Letrilla al Niño Jesús (1979)
El corazón de la materia (2002) *
Serena de Amarillos (1978)
Seis caprichos (1986)
Cada vez que una mano se me ofrece (1979)

* Estreno absoluto

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