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Viernes de Dolor musical

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Viernes 30 de marzo, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo. Concierto extraordinario de Semana Santa. OSPA, Coro de la Fundación Príncipe de Asturias (maestro de coro: José Esteban García Miranda), Nuria Rial (soprano), Marifé Nogales (mezzo), Albert Casals (tenor), David Menéndez (barítono). Director: Howard Griffiths. Obras de Händel y Mozart.

Puede que el 29-M me haya dejado tocado musicalmente, que el listón esté tan alto o bien la costumbre ancestral de escuchar La Pasión Según San Mateo de mi dios Bach en estas fechas, pero este concierto se me hizo realmente como reza la entrada (o nada más salir comentado en el teléfono): «Demasiadas coronas» y no precisamente danesas.

Con la orquesta recortada por y para el programa que ya hicieron el día de la huelga en Gijón, realmente fue el coro que dirige mi querido Pepu el verdadero protagonista, metiéndose como se dice en Asturias una «xatada» de muy señor mío, con desiguales resultados a pesar del enorme trabajo previo tanto con él como con el maestro Griffiths que tan buen sabor de boca me dejó en su anterior visita al podio de la OSPA (el comentario del 6 de noviembre de 2009 es uno de los censurados y enviados a la papelera que espero recuperar). De ella logró un buen «sonido barroco» incluso en la disposición, con un órgano perfecto en manos de Olga Semouchina, aunque acabe soñando con los timbales de Mr. Prentice, y el trío de trompetas (hoy reforzado por Iván Rodríguez) que estuvo perfecto a pesar de una dirección algo cansina para mi gusto.

Las Antífonas de la coronación («Coronation Anthem»), HWV 258-261 de Händel resultaron demasiado «largas» y más navideñas que cuaresmales, una sucesión de obras con el oficio del ya nacionalizado Haendel para la corte británica que parecen variaciones o ejercicios sinfónico-corales sobre el «Aleluya». Las cuatro antífonas o himnos no están pensados para ejecutarse todos juntos, perdiendo parte del sentido a pesar del orden establecido por el director inglés:

Buen arranque sin espectacularidades con Zadok the Priest, HWV 258, coro seguro en las entradas, voces que «corrían» perfectas en los largos melismas, afinados, fugas perfectas pero nuevamente descompensadas en la cuerda de los graves. Tal vez medio coro (ya no pido The Sixteen) hubiese sido suficiente. Continuó un estupendo Let thy hand be Strengthened, HWV 261, orquesta y coro bien llevados por el maestro Griffiths atento al fraseo, y en tercer lugar The King shall rejoice, HWV 259 que a la vista de los aplausos del respetable quería haber finalizado tras tanto «aleluya» anterior, aunque todavía faltaba el My heart is Inditing HWV 260 que hubiese resultado una perla cultivada de no tener todo el collar.

Menos mal que Mozart siempre alegra el oído aunque la Misa en DO M., K. 317 «Coronación» no sea una de las obras cumbres globalmente aunque a los genios les perdonamos todo. Nuestro coro la tiene hace tiempo en el repertorio, lo que se nota por la seguridad en su ejecución, y el cuarteto vocal estuvo aseado, destacando mi querido David Menéndez más allá de localismos que hace tiempo superamos, y sobre todo los catalanes Nuria Rial que nos brindó la joya del Agnus Dei, y Albert Casals siempre seguro, de color vocal perfectamente adecuado al papel, siendo la «pata coja» una Marifé Nogales que apenas pudimos escucharla al faltar más proyección y registro grave corto de volumen, aunque me conste que en escena mejora. Una pena porque al menos hubiese quedado todo más equilibrado, con la media orquesta sin las violas en un concierto donde el programa no ayudó a disfrutar más. Supongo que la crisis obliga a conciertos como el de este Viernes de dDlor…

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Dudamel siempre es mucho

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Jueves 29 de marzo, 20:00 horas. Oviedo, Conciertos del Auditorio. Göteborgs Symfoniker, Gustavo Dudamel (director). Obras de R. Strauss y Haydn.

Sin reponerme todavía del impacto humano además del musical que supuso la tercera visita a Oviedo de esta figura mundial que es Dudamel, se me hace difícil contar todas las sensaciones que fueron muchas e intensas.

Con la Huelga General amenazando el concierto más esperado de la temporada, abriendo la Sala Polivalente como en las grandes ocasiones, el ambiente desde las siete de la tarde en los alrededores presagiaba el acontecimiento musical del año capaz de despejar miedos y dudas. La orquesta sueca pondría el listón tan alto que no creo se supere, y eso que los franceses me dejaron boquiabierto.

El programa volvería a demostrar a los incrédulos -aún los hay- que el director de Barquisimeto contagia su vitalidad desde Los Ángeles hasta los países nórdicos de nuestra Europa, y su visión musical es la de su tiempo, el siglo XXI, con un repertorio en la cabeza (¡qué memoria tiene!) capaz de afrontar todo el Mahler sinfónico en dos meses y dar el salto a Europa para dejarnos no ya al coetáneo del bohemio sino un clasicismo tan vital y claro como romántica la Séptima de Beethoven en su primera visita asturiana en 2008 con «La Bolívar», sin olvidar la esperada Resurrección de los Premios Príncipe de Asturias que colmó todas mis expectativas de convertirme casi en su apóstol. El refrán dice que «no hay dos sin tres» y pidió una espicha con sidra en el mismo «llagar» de entonces que recordaba con todo detalle (me consta que Magda Nieves también), pues tiene para todo la misma facilidad y capacidad. Emocionante estrechar su mano al final del concierto y lástima no tener tiempo para contarle la historia de la foto que me firmó, realizada por mi querido Osvaldo Burgos en 2009 a quien precisamente Gustavo Dudamel cruzó y unió nuestras vidas, llegando a compartir su debut en Los Ángeles por internet a ambos lados del Atlántico con el Mahler del máximo exponente y embajador mundial de «El Sistema» desde la Costa Pacífica. Todos queríamos saludarle, felicitarle por un concierto inolvidable, atendiéndonos con la amabilidad y grandeza de los genios que en la distancia corta son sencillos, humanos y asequibles sin perder nunca el habitual gesto humilde, escondido para los aplausos siempre dedicados a sus músicos, imantados por esa grandeza de espíritu, capaz de girarlos para devolver gratitud al público que les escuchó de espaldas. Son los detalles que alegran la vida de esa legión de seguidores de Dudamel, fieles como él lo es a sus orígenes.

De la música escribirán mucho plumas expertas a lo largo de esta gira que arrancó en Lisboa, siguió por La Coruña, «parada y fonda» en Oviedo, para continuar en Murcia y Madrid cerrando este intenso mes de marzo. Vitalidad con la maestría de quien respira arte por todas partes.

Don Ricardo Strauss escoltaría a Papá Haydn, y cada obra nos elevaría más y más. El Don Juan, Op. 20 era el perfecto arranque del concierto, una orquesta potente, equilibrada, con una cuerda sobrecojedora e impactante, unos solistas de primera, sin olvidar al concertino Per Enoksson capaz de conquistar al oboe delicado de Mårten Larsson cual «Donna Anna» y la trompa femenina de Lisa Ford «Zerlina«, rememorando al Mozart que Strauss tanto amaba y dirigió en la Viena dorada de finales del XIX donde Mahler también tendría su lugar aunque sin haber llegado su tiempo. Magisterio instrumental de la partitura, contraste y «equilibrio entre gravedad y ligereza» que apunta Manuel González Cuervo en las notas al programa, escultura del Comendador tallada en mármol para ir rodeándola y descubrir con Dudamel aristas y brillos, rugosidades y claroscuros hechos música.

La Sinfonía nº 103 «Redoble de timbal» en MIb M., Hob. 1/103 de Haydn mantuvo el espíritu vienés con un enfoque detallado, minucioso, búsqueda de colores y timbres desde el primer redoble en timbales de cobre usados para acallar toses (¡y lo logró!) y nuevamente una cuerda indescriptiblemente bella del Adagio – Allegro con spirito que el director venezolano talló más que con cinzel puliendo cada centímetro, paso al vivo sin gestos grandilocuentes que parecen diluirse poco a poco pero consiguiendo igualmente contagiar su ideal interpretativo a una orquesta sueca de alabastro en el Andante più tosto allegretto, con dinámicas increíbles en todas las secciones, como seda para el Menuet pero broncínea en el Finale: Allegro con spirito. Claridad en todas y cada una de las familias orquestas, notas como perlas para una obra que no debe faltar en el repertorio de toda orquesta y director volviendo con esta frescura que limpia pulmones y oídos entre la opulencia romántica, magisterio, sobriedad y poso en una batuta que con 31 años es capaz de afrontar sin complejos al padre de la sinfonía. Como bien escribe María Sanhuesa en las notas al programa para esta obra, «Haydn se inspiraba en unas tierras para triunfar en otras», pudiendo hacerlo extensivo al barquisimetano.

Y para la segunda parte un nuevo bloque para tallar por el escultor Dudamel, piedra angular el Also sprach Zarathustra, Op. 30 con cambio de concertino (Sara Trobäck Hesselink) pero nuevo derroche de calidad en toda la orquesta, incluyendo un órgano «sintetizado» que no quitó un ápice de consistencia tímbrica al conjunto desde el cinematográfico prólogo con unos metales empastados y potentes de afinación perfecta y buen gusto interpretativo, sabedores de la exigencia por el detalle del director venezolano. Contrastes totales llenos de detalles, escultura sonora que iba tomando forma, asistiendo al trabajo en directo de moldear sonidos uno a uno. Si el tema de Nietzsche es el combate entre afirmación y negación, triunfó la primera a lo largo de los seis capítulos siguientes tan sólo rotos antes del último suspiro por el sabidillo de turno que rompió la magia al precipitarse con un bravo no por merecido totalmente fuera de lugar sin esperar la bajada de brazos ni saborear el aire perfumado del acorde final, como un puñetazo tras el éxtasis de todo este enorme poema sinfónico que la orquesta sueca desgranó a la perfección magistralmente conducida por un Dudamel General con mando en plaza. Volví a entusiasmarme con la cuerda y la calidad global de esta formación en todas y cada una de sus secciones (reconozco la fama que la precede y que las grabaciones que tengo apuntaban), enamorado de la concertino (¡qué Das Tanzlied nos brindó!) y de unos solistas seguros, atentos al discurrir musical que Don Gustavo contagia, irradiando confianza en cada nota y alcanzando unas cotas interpretativas en todo lo que dirige creo que inalcanzables. Tardaremos en olvidarlo y le pedí que vuelva pronto a Asturias, convencido apóstol de su palabra hecha música.

No conté las veces que tuvo que saludar el maestro venezolano, siempre entre sus músicos, y la propina no se hizo esperar: el «Intermezzo» de Cavalleria Rusticana (Mascagni) sonó a gloria, nuevo derroche de musicalidad y maestría que incluso algún vecino de localidad no reconoció pese a la cercanía en la memoria musical -también de regalo- el día de Midori con la OvFi y Conti. Creo que la cuerda sueca quedará grabada en el subconsciente de los melómanos asturianos y el gesto contenido de Dudamel sacando tanta música de ellos un nuevo escalón para una carrera que todos esperamos sea larga para poder asombrarnos en cada concierto suyo.

Gracias Dudamel.

P. D. La prensa asturiana recoge el evento: Aurelio M. Seco en LVA, Ramón G. Avello en El Comercio, y Javier Neira en LNE, comentando el «tortuoso viaje» hasta el Auditorio.

Del abismo al paraíso

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Miércoles 14 de marzo, 20:00 horas. Conciertos del Auditorio, Oviedo: Midori (violín), OvFi, Marzio Conti (director). Obras de Puccini, Britten y Ravel.

Concierto distinto con la lírica sobrevolando todo él en un estilo que tanto la orquesta ovetense como su actual titular dominan y se sienten cómodos, «cojeando» algo en Ravel pero sobre todo emocionando con Midori.

El Intermezzo del Acto III de «Manon Lescaut» (Puccini) se colocaba al inicio para calentar motores, versión más sinfónica que de foso que siempre agradecen todos al permitir una gama dinámica más amplia y mejor escucha por parte de un público tan operófilo como el carbayón, con un solo del cello de Gabriel Ureña dulce y bien cantabile cual barítono en estado de gracia, seguido por la viola de Igor Sulyga y el violín de Mijlin, trío de ases que despuntaron cual figuras líricas.

El Concierto para violín nº 1, op. 15 de Britten nos presentaba en la capital asturiana (puente entre Florida y Suiza) a Midori, una violinista cuya presencia física menuda y delicada se transforma desde el primer compás. Cual prolongación corpórea su interpretación de esta obra poliédrica, de aristas cortantes, llena de sufrimiento, transmitía con toda la gestualidad pareja a cada nota que su violín (Guarneri del Gesù de 1734) emitía, sin perder el lirismo que ya nos cautivó recientemente en el «Peter Grimes» y ahora la OvFi acompañó como si de la voz se tratase, violín cantante, emotivo, dramático, gimiente, brillante, con un virtuosismo nunca exagerado y planeando todo el dolor y sentimiento del compositor inglés en un 1939 triste históricamente como bien recuerda Aurelio M. Seco en las notas al programa. La concertación de Conti puedo decir que fue operística porque así lo pide una partitura exigente para toda la plantilla, logrando una gama dinámica que hizo suspirar tras cada pianíssimo, siempre atento a la solista que ejerció con mando en plaza. Esfuerzo recompensado dejándonos una versión para recordar de una obra con la que no se atreven muchos solistas ni orquestas, dura no ya para el ánimo.

Todavía con ese malestar que Britten te deja en el cuerpo, Midori nos regaló la Fuga de la Sonata nº 1 en Sol m. BWV 1001 de Bach, auténtica delicia de fraseo, sonido y placer tras el dolor, en un tempo agradecido, nada lento y como terapia necesaria, grandeza que continuó al pedir salir al vestíbulo del primer piso para compartir con el público el agradecimiento mútuo que supone haber dado el mejor regalo: la música.

La segunda parte comenzó con los Valses nobles et sentimentales de Ravel, más plebeyos de lo esperado aunque la plantilla estuviese algo reforzada, bien llevados pero faltando precisamente algo más de sentimentalismo que no es igual que sensiblería. Conti tuvo algunos detalles interesantes pero la orquesta aún no puede alcanzar repertorios de esta envergadura pese al excelente trabajo que están realizando. Ya que la lírica pareció impregnar el programa, como en ella la elección del repertorio es la base para una carrera fructífera que no traiga problemas a la voz.

Creo que el maestro florentino sabedor de esa máxima operística quiso resarcirse con el Capriccio sinfonico de su compatriota Puccini, obra no muy habitual, de paleta sonora cercana al oyente aunque sin la voz para la que tan bien escribirá, sólo resulte evocadora más allá de las melodías apuntadas. Bien las distintas familias orquestales, buen empaste global, nuevamente dinámicas bien conseguidas y una cuerda que va tomando cuerpo, para una obra juvenil del de Lucca donde los motivos de «La Bohème» (triunfante tras «Manon Lescaut») me trajeron mentalmente a Beatriz Díaz como la Musetta con alma de Mimì para quien Don Giácomo no tiene secretos.

Al menos la propina también sonó operística, y la cuerda vibró en el hermosísimo Intermezzo de la «Cavalleria Rusticana» de Mascagni que nos devolvió el color y la sonrisa tras un concierto que surcó lo más recóndito de nuestros sentimientos aunque inicio y final fuesen «intermedios» del abismo al paraíso…

P. D. Crítica sin firma en LVA.

Voluntad de vivir con la máxima exigencia

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Viernes 9 de marzo, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo, OSPA, Concierto de Abono nº 6: Eldar Nebolsin (piano), Kynan Johns (director). Obras de Dorman, Dohnányi y Nielsen.

En Oviedo estamos asistiendo a unos conciertos donde las obras de nuestro tiempo ocupan programas, incluso con estrenos mundiales o nacionales, caso del sexto abono de la OSPA que nos devolvía a dos conocidos, el director australiano Kynan Johns (que era uno de los candidatos a titular y trabaja en EE.UU. muy cerca de Milanov) y mi querido pianista uzbeko Eldar Nebolsin (afincado hace años en Madrid y que tocó en Oviedo el 18 de marzo de 2010).

Se escuchaba por primera vez en España Astrolatry (2011) de Avner Dorman que quise disfrutar sin leer antes las notas al programa -esta vez de Luis Suñén– que recogen la explicación del propio compositor sobre su obra, buscando la primera impresión sin mediatizarme disfrutando con ella, muy exigente para la orquesta con amplios efectivos, refuerzos por otra parte habituales en partituras para plantillas casi centenarias, donde los efectos tímbricos me sorprendieron buscando la fuente sonora, bien traídos y en simbiosis con unos ritmos muy americanos que beben de las polirritmias y van desde Bernstein al famosísimo Take five de Brubeck. El título de las dos partes ya apuntaba el ambiente recreado desde un lenguaje sinfónico nuevo pero con perfecto conocimiento de la instrumentación, explorando colores y texturas en todas las familias para lograr Revelaciones celestiales: Lento que la percusión de la OSPA dibuja como nadie, contagiando su entusiasmo, hasta una auténtica Noche de San Lorenzo en El culto a las estrellas: Con un sentimiento techno, mecánicamente constante, derroche sonoro bien dibujado por la batuta clara y elocuente del maestro Johns, referencias a Lito Vitale (también tiene su Estrella del Sur) desde un lenguaje sinfónico pleno de nuestro tiempo que para los de mi generación ha convivido perfectamente con otras músicas o estilos. Éxtasis sonoro y auténtica delicia encontrar profesionales y formaciones que apuesten por traernos nuevas obras de auténtica calidad, y una orquesta capaz de amoldarse a lo que le echen estando en un momento realmente dulce.

Las Variaciones sobre una canción de cuna, Op. 25 (Ernst von Dohnányi) es una propuesta del propio Nebolsin admitida para nuestra OSPA que para muchos supone reconocer el excelente oficio de un compositor húngaro un tanto eclipsado por otros compatriotas suyos pero cuyo lenguaje musical se mantiene en el subconsciente colectivo que partiendo de una canción popular -en España la llamamos «Campanita(s) del lugar»– explora distintos mundos sonoros desde Mozart a Stravinski, de Beethoven a Rachmaninov, de Brahms a Britten utilizando una forma compositiva recurrente como es la variación, para desarrollar pasajes y emociones musicales tanto en la orquesta (con los mismos efectivos que la obra estrenada) como en un piano donde Eldar Nebolsin logra unas sonoridades puras y cristalinas desde la primera aparición de la melodía, con guiños humorísticos tan cercanos a su carácter como al de la propia obra del húngaro que la hicieron propia todos los solistas y secciones bien conducidos por el director australiano. Realmente obra densa pero saltarina como en el pasaje donde el fagot (esta vez Falcone de impecable principal) frasea irónicamente y responde el piano con idéntica articulación, rica de matices y dinámicas, contrastes en todas y cada una de las doce variaciones. Concertación excelsa desde la batuta y un nuevo éxito para todos desde la estabilidad emocional y el bienestar sobre el escenario que transmite alegría a pesar de lo exigente de una partitura no suficientemente escuchada en vivo, con varios coprincipales hoy de solistas sin mermar un ápice la calidad que esta orquesta asturiana atesora en sus años (tantos como llevo casado y que este 9 de marzo cumplía 21).

Eldar tras el esfuerzo aún agradeció los merecidos aplausos con una propina decidida ya sentado nuevamente sobre el teclado (el nº 7 de los Op. 25 de Chopin), que fue otro placer de técnica, sensibilidad, sonoridades, buen gusto y cual muestrario de todo lo que atesora en su repertorio y amplio vagaje musical siempre abierto a nuevas propuestas como las escuchadas este viernes.

Para la segunda parte nada menos que la Sinfonía nº 4, Op. 29 «Inextinguible» del danés Carl Nielsen, poco escuchada en vivo y auténtico esfuerzo para todos los profesores en sus cuatro movimientos que se ejecutan sin pausa, a los que tanto la maravillosa escritura orquestal como una exigente dirección les impuso, y mereció la pena. Si la primera parte del concierto resultó explosión sonora, el arranque presagiaba todo lo siguiente. Como apunta Suñén al recoger por qué Nielsen tituló así esta sinfonía «que la pieza trata sobre la voluntad de vivir y ellos es un sentimiento inextinguible», la interpretación fue voluntad de hacer Música, con mayúsculas de cabo a rabo, concentración total desde el Allegro en un despliegue de buen gusto en todas y cada una de las secciones: las maderas, la cuerda con la tensión necesaria, dinámicas sugerentes, contrastes de una Dinamarca que conozco y admiro hechos sinfonía, melodías que se rompen y reconstruyen cual puzzle sonoro, dramatismo y respiro, metales cálidos que sin transguedir pueden eclosionar en un final impactante con dos timbaleros a izquierda y derecha poderosos, amenazantes y apoteósicos, discurrir de solos a cual mejor para desembocar en una melopea total, explosión necesaria tras un esfuerzo del que Johns obtuvo recompensa. El nivel sigue muy alto.

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