Inicio

Ya han pasado 32 años

Deja un comentario

Viernes 12 de mayo, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo, Abono 11 «El pasado recobrado»: OSPA, Lorenza Borrani (violín y directora). Obras de Mozart, Schnittke, Petrucci y Schubert.

Un 12 de mayo de 1991 asistía al primer concierto de la OSPA, heredera de la OSA (Orquesta Sinfónica de Asturias) y de la anteriormente denominada Orquesta de Cámara de Asturias, «Muñiz Toca», todas por mí disfrutadas, una formación inicialmente camerística y académica (ligada al entonces Conservatorio Provincial de Música y a la Diputación y Fundación Pública «Centro Provincial de Bellas Artes»), que iría creciendo hasta convertirse en la actual orquesta de todos los asturianos en plena madurez. Con un programa titulado El pasado recobrado bien podría servir igualmente para esta onomástica, aunque faltó pedir de regalo que se cubra la plaza de concertino, pues este viernes con escaso público (que sigue preocupando dado que la orquesta y las obras bien merecían más aforo), quedó aún más patente la necesidad de ese puesto tan importante si bien la maestra florentina Lorenza Borrani (1983) hizo un buen doblete.

Y es que la violinista Lorenza Borrani haría las veces de solista en el primer concierto de Mozart y ya desde el puesto de concertino, con María Ovín de ayudante, dirigiría el resto del concierto, labor difícil que se logra primero por la elección de unas obras con una orquesta camerística de poco viento (aumentando según el programa que también llevará a Bilbao) y sin percusión, sumando el conocimiento tanto mozartiano como de «la quinta» de Schubert (siempre escribo que no hay quinta mala) por parte de todos, pero pienso que especialmente el trabajo previo -como buena intérprete de música de cámara- en las «nuevas» de Schnittke o Petrucci (con arreglo de Maderna) donde la maestra italiana Borrani hizo sonar casi como quinteto a una orquesta que creció en plantilla mínimamente a lo largo del programa, siempre con la colocación vienesa que favorece esa sonoridad camerística de empaste y escucha común. Un concierto para disfrutar de la cohesión y empaste instrumental, la alegría de los clásicos y la apuesta por recobrar músicas del pasado con la visión actual que ayudan y enriquecen tanto la interpretación como la escucha, siempre con las martirizadoras toses en el momento más inoportuno.

El Concierto nº 1 para violín en si bemol mayor, K. 207 (1773) de W. A. Mozart (1756-1791) lo escribe el genio de Salzburgo cuando era concertino en su ciudad natal. Tes movimientos (Allegro moderato – Adagio – Presto) en los que Borrani no sólo se lució como solista de sonido preciosista, claro y bien balanceado con la orquesta, sino que dejó a las secciones disfrutarlo con ella, optando por tempi bien llevados y sin precipitación. Las trompas y oboes a dos (hoy un inmenso Juan P. Romero de principal) subrayaron la calidad de una cuerda limpia y precisa en el Presto final. Interesantes las cadencias de la italiana (de las obras de Mozart Artur Schnabel decía que «son demasiado fáciles para los niños y demasiado difíciles para los artistas»), especialmente en el bello Adagio central, con el siempre complicado control al ejercer el doble papel de solista y directora para un concierto refrescante, ideal para abrir oído y cohesionar la sonoridad de las melodías siempre «pegadizas» del irrepetible niño prodigio.

Otro «pasado recobrado» llegaría con el ruso Alfred Schnittke (1934-1998) y su Suite en estilo antiguo (1972) en arreglo camerístico de V. Spivakov & V. Milman (1987), incorporándose algo más de cuerda -excepto los dos contrabajos- junto al clave de Sergey Bezrodny. Cinco danzas originales para violín y piano (I. Pastoral; II. Ballet; III. Minueto; IV. Fuga; V. Pantomima), en principio música de cine y homenaje al barroco como bien explica la doctora Gloria Araceli Rodríguez-Lorenzo en sus notas al programa «Más de cien cantos», y que el fundador de Los Virtuosos de Moscú grabó con ellos también en 1991 con el preciosismo de la cuerda y una OSPA capitaneada por la italiana que sonó cercana y compacta, sin olvidar los guiños del compositor para recobrar esos «aires antiguos» y hacerlos nuevos con la misma esencia. Merecido protagonismo del oboe, tanto marcando las entradas como con su sonido plenamente «pastoril», las contestaciones afinadas y muy controladas de las dos trompas bien empastadas con la disposición de «conjunto vienés», dotando de una tímbrica muy equilibrada para esta suite, especialmente en la Fuga o la impactante y punzante Pantomima final, paladeando cada sección de la cuerda y el clave para una interpretación de «Los Virtuosos Asturianos».

En las notas al programa se describe: «Odhecaton (del griego ‘odè’: canto y ‘ècaton’: cien), el nombre del primer libro de música impreso con fines comerciales en Venecia en 1501 por Ottaviano Petrucci, una revolución en la difusión de la música que internacionalizó el estilo franco-flamenco con casi cien canciones polifónicas profanas a tres o cuatro partes de Ockeghem, des Prez, Busnois, Agricola y Obrecht. Este repertorio se convirtió en modelo ‘clásico’ de inspiración para compositores posteriores, que vuelven su mirada a más de cien cantos del pasado». Con ese mismo título de Odehacaton: «suite», el italiano Bruno Maderna (1920-1973) arregla para cuerda y solistas de viento (hoy fagot) trece de ellos rescatados de archivos y bibliotecas, en dos suites que para este concierto sonaron cuatro de esos cantos en distinto orden, para hacerlos cercanos a la par que contemporáneos: I. Obrecht «Rom Peltier», II. Okenghen «Malor me bat», III. Compère «Allins ferons la barbe» y IV. Josquin «Adieu mes amours» donde el lirismo del fagot de Mascarell cantó además de brillar con luz propia y única mientras la cuerda con Borrani al mando revistió de moderna esta música flamenca revisitada. Originalmente escritas con finalidad didáctica para los estudiantes del Conservatorio Benedetto Marcello de Venecia, probablemente en 1950 como parte de los conciertos de fin de curso, este enfoque pedagógico de Maderna vino cual reciclaje para los profesores asturianos con la «coach» italiana de concertino, pues el diálogo entre todos permitió «hacer grupo», equipo, escucharse, sentirse todos protagonistas y volver a disfrutar tanto de esta música siempre bella como de una interpretación global que resultó el mejor entrenamiento («training» suena más actual) para la sinfonía que cerraría este undécimo de abono.

Franz Schubert (1797-1828) es el romántico por excelencia y de su obra no hay suficientes calificativos para una vida tristemente corta. De su corpus sinfónico las primeras sinfonías aún siguen las pautas clásicas de Haydn y Mozart, para ir admirando a Beethoven y abrir paso al llamado «Romanticismo temprano». Al igual que su adorado amigo alemán en la Viena de principios del XIX, la Sinfonía nº 5 en si bemol mayor, D. 485 (1816) suma mi dicho de que «no hay quinta mala» pese a no editarse en vida del malogrado compositor vienés, pero el tiempo la ha convertido en una de las más populares . Los músicos de la OSPA la tiene en el cajón para seguir «recobrando el pasado» a lo largo de estos sus primeros 32 años. Con Borrani de concertino nos dejaron una versión brillante, elegante y vital, con tempi bien ajustados en sus cuatro movimientos (Allegro – Andante con moto – Menuetto: Allegro molto – Allegro vivace), ágiles y muy matizados, perfecto ensamblaje de cuerda y viento nuevamente agradecidos por la disposición clásica que favorece y equilibra la escucha sinfónica. Conocedores todos de lo escrito y cómo hacerlo sonar, el arco y gestualidad de la directora florentina fue más que suficiente para esta quinta luminosa que nos dejó tan buen sabor de boca y donde el pasado siempre está presente dando esperanzas para el futuro.

Qué corra la voz porque se necesita más público en el auditorio, y la ilusión por lo bien hecho habrá que contagiarla o darle más publicidad. «La Viena española» se lo merece, este viernes sólo faltó el Cumpleaños feliz.

Emociones con Gabriela Montero desde Amsterdam

Deja un comentario

El canal musical «Mezzo» que cumple 25 años, ha retransmitido este sábado 29 de abril a las 20:30 la grabación en vivo de un concierto en la capital holandesa muy emotivo por la participación de mi querida venezolana Gabriela Montero con la Orquesta del Royal Concertgebouw de Amsterdam bajo la dirección de la lituana Mirga Gražinytė-Tyla, celebrado el pasado día 21, con una toma de sonido y realización perfecta como es de esperar en este canal de pago especializado en «música seria».

La famosa sala de conciertos de la capital holandesa acogía un programa de lo más atractivo que abría la obra De Profundis de Raminta Šerkšnytė (Kaunas, 1975), un canto sinfónico sin palabras donde la cuerda de la Royal Concertgebouw de Amsterdam, casi como un coro instrumental, sonó como lo que es: una de las mejores del momento, labrada a lo largo de años. Si además está al frente Mirga Gražinytė-Tyla (titular desde febrero de 2016 en la City of Birmingham Symphony Orchestra relevando nada menos que a los Rattle, Oramo o Nelsons) nada puede salir mal. La directora lituana tiene un gesto claro y amplio, precisión milimétrica y una carga sentimental que transmite en cada compás. Maravilloso sonido de la cuerda de estos holandeses universales y hermosa partitura la de su compatriota, escritura actual evocadora de los grandes coros bálticos no exenta de espiritualidad y poesía, impactantemente melancólica y evocadora como así la entendió la maestra Mirga de apellido «impronunciable», muy aplaudida junto a la compositora, presente en la sala. A propósito, me encantan las escaleras por la que se accede al escenario y el público también presente en la zona trasera.

Mi admiración por la pianista venezolana viene de lejos y sus directos (atesoro muchos) nunca dejan indiferente a nadie, pues puedes escucharlos dos días seguidos resultando totalmente distintos. El Concierto  n° 1 para piano y orquesta en si bemol menor, op. 23 de Piotr Ilich Tchaikovsky (1840-1893) se lo escuché en Málaga hace siete años y está entre los grandes de su repertorio.

Gabriela Montero ha ido ganando poso interpretativo y manteniendo su entrega pasional en cada obra, la perspectiva vital ya madura que en este concierto volvió a dejarnos. Impresionado por su fuerza y perfecto entendimiento con la joven Mirga dirigiendo la Royal Concertgebouw Orchestra de Amsterdam. La realización nos permitió captar cada detalle, las esperas, la concentración, los fraseos, la digitación, la escucha de todos, y cuando una orquesta suena como la holandesa (ahora Países Bajos), es lógico que el piano solista brille aún más.

El Allegro non troppo e molto maestoso arrancó brillante en tempi y fuerza por parte de todos, ganando en intensidad no solo dinámica sino emocional, verdaderamente majestuoso, de sonido contundente en toda la gama tanto solista como orquesta, arpegios perlados, contestaciones impecables y la directora lituana transmitiendo el lirismo de esta joya.

Contrastes excelsos desde la densidad a la calma, el rubato que Montero entiende a la perfección y Gražinytė-Tyla devolvió a una orquesta en estado de gracia. Octavas vertiginosas al piano, pizzicatti y maderas contestando para preparar la primera cadencia «marca de la casa» con esos diálogos casi sinfónicos que escribió el ruso.

Tras la tempestad llega la calma del Andantino semplice, solo simple el calificativo y compleja escritura que presentó una flauta ideal con esa textura única y la escritura de staccatti virtuosos de la venezolana que en televisión aún resultan más mágicos por su ligereza. De nuevo la complicidad entre podio, orquesta y solista con una realización y toma de sonido adecuadas nos permitieron paladear todo el movimiento central.

Quedaba el Allegro con fuoco, toda una fantasía de colores imaginada en un ballet ruso donde los dedos sobre el piano danzaban vertiginosamente y la batuta de la lituana ejecutaba con la respuesta orquestal perfecta en cada atril, encajando todo. Misma entrega global, mismo sentido interpretativo en un virtuosismo maduro donde la música es protagonista total y Gabriela Montero volcó su magia, potencia y lirismo que emocionan como siempre aunque sea desde la distancia.

En los conciertos de la venezolana afincada en Barcelona, aunque su agenda le deje «poco Mediterráneo», no pueden faltar sus improvisaciones, casi tan esperadas como el concierto de solista, y en la capital de los Países Bajos le cantaron una melodía que transformó en una página bachiana como si «Mein Gott» la poseyese para convertir lo popular en clásico desde el paraíso de las 88 teclas. Bravo por Gabriela.

El concierto de Gražinytė-Tyla con la Royal Concertgebouw Orchestra lo cerraría el compositor polaco Mieczyslaw Weinberg ó Wajnberg (Varsovia, 1919 – Moscú, 1996) felizmente recuperado en nuestro tiempo, y de su amplísimo catálogo con 22 sinfonías, la nº 3 en si menor, op. 45 (1949, re. 1959) está grabándose y sonando con cierta frecuencia. Estrenada el 23 de marzo de 1960 tras una amplia revisión tras múltiples circunstancias de todo tipo en Moscú por la Orquesta Sinfónica de la Radio y Televisión de la URSS dirigida por Alexander Gauk.

La interpretación televisada nos deja un registro muy interesante por la visión de la lituana y la orquesta ideal para esta sinfonía. Un Allegro optimista donde lucirse maderas y metales, el furor del maestro Shostakovich contrastado por lo bucólico del final. Muy rítimico el Allegro giocoso sin apenas respiro hasta la coda. El Adagio del tercer movimiento nos devolvió la cuerda sedosa de los holandeses y el fraseo claro de la lituana, melancolía hasta el clímax para devolvernos la esperada calma antes del último Allegro vivace donde gozar de las trompetas y la percusión, toma de sonido perfecta en esta transmisión en alta definición, y un vals que la batuta de Gražinytė-Tyla pareció bailar hasta ese brillante final del compositor «ruso», con mucha música aún por escuchar que la lituana está defendiendo y difundiendo, esperando sea con la calidad de esta tercera nórdica a más no poder.

Una genial tarde de sábado en casa pero disfrutando con estas músicas como si estuviese «in situ», más estando con mi querida Gabriela al piano.

EnganchadOS PAra la próxima

1 comentario

Viernes 28 de abril, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo: Musica est litterae II, Abono X, OSPA, Nuno Coelho (director). Obras de Dvořák, Gerhard y Prokofiev.

Tarde completa con la OSPA y su titular Nuno Coelho (Oporto, 1989), que junto a la gerente Ana Mateo nos citaban a las 18:30 en la sala de cámara a todos los abonados para presentarnos la próxima temporada 2023-24, segunda del maestro portugués, que comentaré en otra entrada del blog, y que solo con los titulares y avance de una programación aún sin cerrar completamente, ya nos ha dejado enganchadOS PAra la siguiente, con ilusión, esperanza en otra apuesta de nuestro «Neno» que desgranaré más detalladamente y con más tiempo.

Y a las 19:15 nos dirigimos a la prueba acústica de esta segunda entrega del llamado «Music Folixa Books» de la música literaria, es decir otra muestra de cómo Cervantes y Shakespeare han inspirado tantas partituras. El director portugués también nos explicó los distintos pasajes a revisar antes del concierto con distintos matices y tempi, que también haría al presentar este décimo de abono antes de dar inicio al concierto.

Nuno Coelho se ha ganado el respeto y la admiración poco a poco, concierto a concierto desde sus primeras invitaciones. Cercano y pasional, viviendo la música y transmitiendo una alegría que además de granjearse la simpatía del público, también logró una buena conexión con su orquesta, a la que está devolviendo la confianza perdida tras algunos años que he llamado de «travesía del desierto». Las obras elegidas para este abono demostraron cómo se está retornando al «sonido OSPA» más allá de una mera suma de las secciones, un bloque compacto y unido donde todos se escuchan y transmiten las claras indicaciones desde el podio para alcanzar momentos deliciosos. Sólo queda cubrir de una vez la plaza de concertino, esta vez con otra invitada de larga trayectoria como es la polaca Joanna Wronko. Tres compositores cercanos en el tiempo que han sido auténticos maestros en la orquestación y ayudaron a amalgamar esta orquesta asturiana «En busca del tiempo perdido» como el escrito por Proust.

El amor y todas sus facetas: enamoramiento dulce, pasión, celos, dramatismo llevado hasta el cénit, «música pura» que a menudo ha encontrado en la danza la máxima expresión sin necesidad de palabras merced a unos argumentos literarios donde la ficción parece superada por la realidad con solo leer la prensa o escuchar las noticias. Obras cercanas en el tiempo que ayudan a engrasar la maquinaria sinfónica y las emociones de todo diletante que se precie.

William Shakespeare (1564-1616) plasmó como pocos el amor cortés y las pasiones humanas, por lo que Antonin Dvořák (1841-1904) escribirá la obertura Othello, op 93, B. 174 en sus años como profesor de composición e instrumentación en Praga antes de mudarse a Nueva York, casi cual relato sinfónico donde explorar toda la dramaturgia del escritor inglés. El inicio lento ya mostró una cuerda disciplinada en los matices, con ataques precisos, sonoridad homogénea, sumando una madera siempre empastada, afrontando el allegro lleno de dramatismo con una paleta de dinámicas potentes, la ternura y los celos como motores tímbricos y expresivos que la orquesta mostró desde la deseada y esperada unidad sinfónica con la respuesta exigida desde la batuta siempre precisa, respirando aires wagnerianos pero también rusos, al igual que en la segunda parte.

Sobre nuestro universal Don Quijote cervantino el catalán de origen franco-suizo y exiliado a Inglaterra Robert Gerhard (1896-1970), que sería el primer compositor de música electrónica inglesa con su «El Rey Lear» (1955), escribirá sus Danzas de Don Quijote (1. Introducción; II. Danza de los Muleros; III. La edad de Oro; IV. En la Cueva de Montesinos y V. Epílogo) tras un encargo del propietario del Arts Theatre Ballet londinense, todo accidentado por la Segunda Guerra Mundial y reescrito en 1958 con forma de esta suite que Coelho nos brindó con «su» OSPA: atriles principales «gustándose» y ganándose el protagonismo, en especial toda la madera, mezclas estilísticas con dodecafonismo de Schönberg y herencia de Pedrell, el españolismo que el propio Quijote destila y Gerhard plasma en cinco movimientos muy exigentes orquestalmente, poco programados pero al fin escuchados en Asturias con toda la calidad de nuestra formación y el ímpetu desde un trabajo concienzudo por parte del maestro portuense. El amor platónico de Alonso Quijano a la Aldonza idealizada como Dulcinea, bendito y loco Quijote con músicas catalanas, danzas caballerescas casi del Rey Arturo con  trompeta y tambor, el descanso tras la batalla contra los molinos, el sueño y la realidad, dualidad femenina rememorando a nuestro gran Francisco Salinas, más ese epílogo tomando al homónimo de Richard Strauss para esta música de ballet que explora y explota los recursos tímbricos, melódicos y rítmicos de la orquesta en una interpretación exquisita por parte de la formación asturiana con el portugués al mando, y un final tan «mimado» e imperceptible que el público tardó en responder con el más que merecido aplauso.

Y la pareja de enamorados más universal que Shakesperare ambientó en Verona será inspiradora de mucha literatura musical donde destacará entre otros rusos Sergei Prokofiev ((1891-1953) cuyo Romeo y Julieta fue pensado para el famoso Teatro Marinsky de Leningrado (hoy San Petersburgo) y rechazado por el Ballet Bolshoi tachándolo de «no oirse bien la música, demasiado corta, tener ritmos impredecibles y ser en suma «imposible de bailar»…» como bien nos cuenta Andrea García Alcantarilla en las notas al programa (página 41), por lo que Prokofiev extrajo dos suites del ballet de 1936 (opus 64bis y 64ter) que se estrenarían en Brno dos años más tarde, y una tercera suite (op. 101) en 1946. Nuno Coelho tomaría de todas ellas nueve números organizados según el orden literario confiriendo así mayor unidad este «relato sinfónico»: I. Montescos y Capuletos, II. La joven Julieta; III. Minueto; IV. Romeo y Julieta (escena del balcón); V. Baile matutino; VI. Muerte de Tybalt; VII. Fray Lorenzo; VIII. Romeo ante la tumba de Julieta; IX. Muerte de Julieta). Si la orquestación del ruso es exquisita y con números muy escuchados como el primero, potentísimo y acertado arranque antes del «tema principal», el segundo con cuerda precisa y presente), el sexto impetuosamente vertiginoso y esa muerte final que angustia por la delicadez revestida de solemnidad orgánica en trombones y tuba, con esta OSPA del décimo que no defraudó en ningún momento. Por fin una cuerda precisa y clara, corpórea, permutando cellos y violas, vientos bien ensamblados con trombones y tuba «entarimados» a la derecha tras los contrabajos, aumentando la sensación de contundencia, piano-celesta y arpa en feliz unión, timbales seguros y sobre todo el papel de una percusión que además de motor daría las pinceladas de color que Prokofiev siempre les escribe.

Maravillosa segunda parte con un trabajo arduo de matización, rítmica, transiciones espectaculares, balances conseguidos y el final trágico, sentido, con Coelho aguantando las manos para permitir esos segundos donde las notas aún flotan antes de respirar hondo y alcanzar la atronadora ovación del respetable, más que merecida, con varias salidas a saludar y el aplauso unánime de unos músicos a quienes se les notó el disfrute tras el enorme esfuerzo exigido y bien resuelto.

BBC para BBB rozando la perfección

4 comentarios

Sábado 22 de abril, 20:00 horas. Conciertos del Auditorio, Oviedo: BBC Symphony Orchestra, Inmo Yang (violín), Sakari Oramo (director). Obras de Britten, Beethoven y Bartok.

No me acordaré del «Brexit» pero tenemos que reconocer la calidad de las orquestas británicas, y la Sinfónica de la BBC (BBCSO, el equivalente a nuestra OCRTVE) es una de las abanderadas camino de sus cien años (se fundó en 1930). Su sonido aterciopelado, claro, preciso, el equilibrio y calidad de todas las secciones que permite escuchar todo al detalle son algunas de sus muchas cualidades, y más en las obras que trajeron a «La Viena Española» en esta gira.

Finlandia se está convirtiendo en la mejor cantera de los directores de orquesta más reconocidos en este siglo, y Sakari Oramo (Helsinki, 1965) es uno de ellos. Titular desde hace 10 años de esta BBCSO con un curriculum impecable e invitado por las mejores formaciones mundiales. Su claridad en la dirección, de gestos precisos sin exageraciones, batuta ligera que igual corta como un sable, se vuelve florete o dibuja como un pincel, pero sobre todo una mano izquierda que remarca cada detalle convirtiéndolo en el verdadero conductor de una orquesta que responde en todo momento con la misma exigencia y exactitud indicada desde el podio.

Es maravilloso fijarse cómo dirige mientras escuchas cada obra (aún más siendo conocidas) para convertirnos en un atril más desde nuestra butaca, y este sábado el auditorio lleno disfrutó con la Orquesta Sinfónica de la BBC en un programa que tenía las tres B: Britten, Beethoven y Bartok.

Abría concierto el inglés Benjamin Britten con sus Cuatro Interludios marinos de «Peter Grimes», op. 33a para sacar músculo, sonido, complicidades, entendimiento, exactitud, claridad, balances perfectos y verdaderos cuadros sonoros, desde el amanecer con una cuerda luminosa, hasta la tormenta final donde poder desplegar todos los efectivos bien controlados y comandados por Oramo, un repertorio que la BBCSO lleva en sus genes y el finlandés sacó todas las cualidades de su formación en una verdadera lección interpretativa.

Y otra maravillosa interpretación el Concierto para orquesta, Sz. 116 de Béla Bartók, cinco movimientos que como explica Jerónimo Martín en las notas al programa «arguye una similitud (…) y la notificación reciente a Bartok de su leucemia, asemejando cada uno de los movimientos a las cinco etapas emocionales que se atraviesan al recibir una noticia trágica: shock al recibir la noticia (1º mov) – negación, simbolizado en el humorístico Giuoco delle coppie (2º mov) – estado atormentado en la Elegía (3º mov) – ira o desprecio representado en el Intermezzo interrotto (4º mov) – aceptación e incluso alegría por la vida vivida (5º mov)». Disfrutando de una cuerda unificada, compacta, preciosa y precisa, de una fagot con sonido impecable, dos arpas auténticamente celestiales y una formación que «suena a disco», con la dirección de Oramo, lo escuchado fue algo indescriptible, con un Finale. Pedante-Presto donde la gestualidad del finlandés marcó todo para escucharlo cual BBC (de bueno, brillante y corpóreo). En la misma línea la propina de una de las Danzas rumanas de Bartok (*) agradeciendo que tras un concierto exuberante aún nos dejasen pasadas las diez de la noche un regalo con la misma calidad y entrega que el resto de la velada.

Punto y aparte sería el Concierto para violín y orquesta en re mayor, op. 61 de Beethoven con el coreano Inmo Yang y su Stradivarius «bostoniano» de 1718. Tras lo escuchado al fin me convencí que la perfección existe. Oramo presidió el jurado del Concurso Jean Sibelius de 2022 donde Yang obtuvo el primer premio, tras lo que el director comentó: «Ganador por unanimidad. Hubo un gran nivel en la intepretación de Inmo, como músico y como violinista», por lo que supongo fue elegido para estos conciertos de la BBCSO con Sakari Oramo al frente.

La clave está en la musicalidad del coreano, puesto que la técnica de esta generación de virtuosos está en otra galaxia y pueden afrontar los repertorios más exigentes. Pero el sentimiento no se estudia, sumándole el sonido de su violín que enamora desde la primera nota: terciopelo y seda, con un arco impresionante, unos legati increíbles, una gama de matices impresionante, un empaste con la orquesta impensable en vivo y con una proyección, incluso en los pianissimi que parece imposible percibirla como en este concierto de Beethoven. El Allegro ma non troppo comenzaría con el «tempo giusto» marcado por el maestro Oramo para disfrutarlo sin prisa, y el guante lanzado lo recogió Inmo a la perfección. Dulzura, delicadeza, fraseos impecables, limpieza de ejecución, balances orquestales revestidos de un «colchón filarmónico» que parece hacerlo flotar en una nube hasta la primera cadenza: conversión a la pasión y entrega desde el virtuosismo al servicio de esta joya del sordo genial, momentos de transformación que transmiten la profundidad de esta partitura y el engarce ideal entre solista y orquesta. Con el Larghetto pareció detenerse el reloj, escuchando cada nota escrita conformando la unidad del movimiento central, con Oramo concertando al detalle, la orquesta escuchando al solista para mezclarse con él desde la fusión en estado puro antes de otra cadenza suspendida en el aire, cortando la respiración antes de atacar el Rondo. Allegro que la BBCSO continuó con la misma entrega comandada por el director finlandés. La perfección de solista, director y orquesta para un concierto que quedará grabado en mi memoria.

La cuarta B del sábado tenía que ser Bach, de quien Inmo Yang nos regaló la «Sarabande» de la Partita nº1 en si menor, BWV 1002, sin prisas, sentida, transmitiendo con el Stradivarius la grandeza de «Mein Gott» que nos elevó al séptimo cielo musical, placeres eternos en «La Viena Española».

PD: (*) Gracias Alejandro por la corrección a mi error inicial confundiendo propina de Bartok con Kodaly.

El acordeón académico

Deja un comentario

Miércoles 19 de abril, 20:00 horas. Teatro Jovellanos, Concierto nº 1666 de la Sociedad Filarmónica de Gijón. Alejandro Ares (acordeón): El acordeón: pasado y presente. Obras de: J. S. Bach, D. Scarlatti, Padre Donostia, Falla, Viatcheslav Semjonov, Fermín Gurbindo, Pablo Moras y Hermes Luaces.

La centenaria sociedad gijonesa sigue apostando por música poco habitual y volvía este miércoles con una propuesta muy interesante además de arriesgada como la que nos traía el gallego «adoptado» asturiano Alejandro Ares (Ferrol, 1985) bajo de título «El acordeón: pasado y presente» como el propio intérprete dejaba por escrito en las siempre excelentes notas al programa que guardo siempre en mi archivo: «El particular carácter del concierto que hoy se ofrece está tanto relacionado con la naturaleza del instrumento protagonista como con las variadas estéticas sonoras que lo vertebran.
Son muchos los tópicos a los que, aún bien entrado el siglo XXI, hace frente el acordeón. Si bien es cierto que en algunos casos siguen estando justificados, en otros tantos habría que comenzar a revisarlos.
Por otra parte, la relativa juventud del acordeón le ha privado históricamente de una identidad propia. El desarrollo de su repertorio fue errático en un principio y más tarde las determinaciones históricas lo han ligado a los lenguajes compositivos propios del siglo XX y, por supuesto, XXI»
.

Desde esta reflexión, el concierto se organizó en dos partes bien diferenciadas que además nos ofreció la posibilidad de disfrutar las cualidades de un instrumento que asociado con lo popular o lo folcórico tiene recursos suficientes para abordar tanto repertorio propio como disfrutarlo desde las transcripciones de otros instrumentos, donde la elección de las obras ya es todo un acierto, y si además lo son del propio intérprete, suponen una plusvalía.

La juventud del acordeón, instrumento que data de 1829 gracias a Ciryl Demiam, aunque le prive del extenso repertorio propio de la mayoría de instrumentos musicales, con estas transcripciones logra evolucionar organológicamente hasta convertirse en un instrumento interesantísimo integrado plenamente en lo que se está llamando «música académica actual» y que forma parte de las enseñanzas en muchos conservatorios como el CONSMUPA. Un programa el de Alejandro Ares que supuso un viaje intenso con su instrumento desde el barroco hasta nuestros días, lleno de profundidad, magisterio y sonidos para degustar.

Así, en la primera parte pudimos escuchar a Johann Sebastian Bach (1685-1750), padre de todas las músicas, su Preludio y Fuga BWV 533 en mi menor, conocido como «La Catedral«, que en la transcripción de Ares me recordó no ya el sonido del armonio (emparentado con el propio acordeón) sino la grandeza del kantor de Leipzig porque su obra suena ideal en cualquier instrumento, esta vez la grandeza del órgano desde la sencillez del acordeón que la transmite más íntima con un dominio de ambas manos más allá de lo que nadie podría esperar entre el «mar de botones». Aunque me perdí el concierto en Covadonga del pasado verano, imagino la emoción de participar en un ciclo de órgano con este «órgano académico» en las manos del profesor Alejandro Ares.

Muy interesante la interpretación en el acordeón de un Domenico Scarlatti (1685-1757) originalmente para clave pero que Ares amplía registros eligiendo la Sonata en fa menor K466 y la Sonata en fa mayor K438 integradas desde la tímbrica propia del acordeón respetando los fraseo percusivo originales y la expresividad que da este aerófono mecánico. Otro tributo barroco como punto de partida antes de llegar a nuestro tiempo.

Y llegarían dos compositores españoles que inspirándose en lo popular, como el origen del acordeón, nos dejarían de nuevo gracias a las transcripciones del maestro Ares, el aire cercano de norte a sur, primero José Antonio Zulaika (1886-1956), más conocido como Padre Donostia (Aita sigo pensando que es otro padre con perdón del euskera) y sus Tres Preludios Vascos (I. Improvisación; II. Oñazez; III. Canción del pastor) donde lo folklórico se elevada casi a sinfónico gracias a la expresividad del acordeón y la sonoridad popular traída a la sala de conciertos. Y otro tanto podría escribir de Manuel de Falla (1876-1946), cuya Serenata Andaluza para piano en el acordeón nos sonó vertiginosamente popular y maravillosamente ejecutada, descubriendo cómo lo nacionalista traspasa fronteras concretas de instrumentaciones y épocas.

Si la primera parte sorprendió por lo novedoso desde el respeto a lo escrito llevado a la mal entendida sencillez del acordeón, la segunda nos llevó «Hacia una identidad propia» como el propio Ares la tituló, el verdadero acordeón académico con cuatro obras universales de nuestro tiempo que exploran un instrumento ya respetado. Primero Viatcheslav Semjonov (1946) con El Don apacible, aires rusos populares escritos ex profeso por uno de los considerados primeros virtuosos del acordeón. Alejandro Ares volcó todo su magisterio en el instrumento para deleitarnos con esta obra titulada como la novela de Mijail Shólojov, el homenaje a los cosacos donde el lirismo y la danza se aunaron en la sonoridad del acordeón.

Personalmente el gran descubrimiento fue el del riojano Fermín Gurbindo (1935-1985) considerado el padre del acordeón en España pues como escribe Ares «En él confluyen paradigmáticamente las dos principales corrientes -popular y erudita- que caracterizan (…) la propia historia del acordeón». Su Fantasía para acordeón (1983) es rica además de exigente no ya por una escritura «distinta» sino por el virtuosismo desplegado y todo la amplia gama sonora del instrumento, efectos sonoros para mostrar las posibilidades de un instrumento ya grande con estos repertorios como el de Gurbindo en las manos de Alejandro Ares.

Finalmente dos compositores jóvenes que le dedicarán al propio intérprete sus obras. Primero el ovetense Pablo Moras (1983) y Stela, nacida en mitad de la pandemia como un viaje interior desde un lenguaje adaptado al acordeón, feliz colaboración compositor e intérprete, para disfrutarla sin palabras previas y cuyo título el polifacético músico asturiano cuenta que es «Un viaje por la naturaleza que nos conduce a un remanso ocupado por una estela que esconde, incrita bajo la maleza, una de las más antiguas melodías de la tradición católica: «Congaudeant Catholici»», música de nuestro tiempo para un instrumento que rejuvenece y crece igual que esta partitura, un universo tímbrico donde respiramos, lloramos y descubrimos lo escondido en una página para disfrutarla muchas más veces.

Y de Hermes Luaces (Madrid, 1975), más allá de lo sinfónico con otra página de encargo para Alejandro Ares, De la luz sobre las cosas (2020), estrenada en Covadonga, metáfora musical llena de color, ritmo, texturas, el camino iniciado en La Rioja por Gurbindo que continúa en la capital española engrandeciendo no solo el repertorio para acordeón sino la composición actual. Las enseñanzas académicas desde la inspiración compositiva del siglo XXI sin complejos ni deudas históricas, música frenética, nuestra y legado para futuras generaciones, algunas presentes en el Jovellanos disfrutando de este concierto.

El regalo vendría de la música para bandoneón, el hermano emigrado a Argentina del original vienés quien Astor Piazzolla (1921-1992) sigue siendo referente, y su Pedro y Pedro la única obra escrita a solo que el acordeón de Alejandro Ares nos evocó desde Gijón con todo el sabor porteño.

Enhorabuena a la Sociedad Filarmónica de Gijón por darnos la oportunidad de disfrutar «otras músicas» con la calidad de este miércoles.

El Verne metálico

Deja un comentario

Jueves 16 de marzo, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo, Sala de Cámara: CIMCO – SACO, Les aventures de Monsieur Jules, Spanish Brass, Albert Guinovart (piano). Videocreación: Cristina Busto. Obras de Andrés y Francisco José Valero Castells, y Guinovart. Entrada: 12 €.

La capital asturiana sigue ofreciendo música casi a diario y este jueves unían fuerzas el Ciclo Interdisciplinar de Música de Cámara de Oviedo (CIMCO) y la Semana del Audiovisual Contemporáneo de Oviedo (SACO) con un original programa donde la banda sonora la podíamos poner nosotros aunque en la obra del compositor e intérprete catalán tuvo un complemento algo pobre y «traído por los pelos» del taller de Cristina Busto (Avilés, 1976) a base de sombras animadas junto a proyecciones más sugerentes que descriptivas, pues nada mejor que la música para evocarnos imágenes y más cuando el propio Guinovart presentaría  a pares sus seis inspiraciones en Julio Verne.

El concierto, presentado por el trombonista Inda Bonet Manrique, lo abría una obra de los hermanos Valero Castells titulada Sexteto en tres movimientos (Allegro con spirito – Adagio mesto – Allegro deciso) de 1997, obra muy bandística viniendo de músicos valenianos, para quinteto de viento con piano, sonoridades bien logradas en los metales y un piano que complementaba el protagonismo del viento aunque también tuvo sus partes protagonistas que en las manos de Albert Guinovart siempre resultan concertísticas. Ser natural de Silla es sinónimo de músico, la Valencia envidia de todas las bandas que piden ser Patrimonio Inmaterial de la Humanidad, así que el mayor de los hermanos Valero, Paco (1970) se decantaría por el oboe, mientras Andrés (1973) se especializaría nada menos que en otros cuatro, además de continuar unidos para siempre a la música en todas sus facetas, sin olvidar la docencia o la composición por parte de ambos, como este sexteto escrito «a cuatro manos».

Obra exigente para todos, arrancando con un piano muy rítmico sobre el que se va «armando» una polifonía del quinteto de metales que recuerda a bandas sonoras actuales de Lalo Schifrin a Michael Nyman, solos alternados e imágenes «ad libitum»; el movimiento central de carácter épico y cual órgano ecuménico, parte central de piano con halo romántico siempre muy tonal y evocador; se cierra este sexteto con un movimiento muy rítmico lleno de guiños en los metales plagados de semicorcheas y el piano empujando, con una cadenza central reposada, de nuevo para disfrutar la sonoridad individual de los metales sumándose el piano que completa los armónicos de esta última «escena» casi de concierto sinfónico, un piano percusivo y metales fugados en esta obra de nuestro tiempo donde la herencia valenciana, también del Spanish Brass con más de 33 años a sus espaldas, se nota de principio a final. Bien todo el sexteto, aplaudido en cada movimiento, y excelente acústica la de la sala de cámara para esta partitura.

La obra del pianista, docente y compositor Albert Guinovart Mingacho (Barcelona, 1962) «Les aventures de Monsieur Jules» (estrenada en Alzira, 2011) aunque fue un éxito, cayó un poco en el olvido pero tras grabarla en CD ha vuelto a interpretarse y recobrar la vigencia de una obra actual. Como explican las notas al programa: «… seis movimientos para quinteto de metales y piano. Cada uno de los movimientos está inspirado en una de las diferentes novelas del genial escritor francés Jules Verne. Se podría decir que el argumento de la mayoría de estas novelas forma parte del imaginario colectivo, por lo que Guinovart pensó que sería una buena manera el poder crear una música sugerente para cada título, y que podría traer a muchas identificaciones en algunos fragmentos descriptivos por parte de los auditores, sin ningún tipo de aclaración más que el acompañamiento del título. En esta colaboración con SACO, será la artista Cristina Busto la que creará animaciones y video-creaciones para cada movimiento con diferentes técnicas visuales».

Si su faceta «clásica» la descubrí con el CD grabado para Sony© con sus conciertos para piano, sus musicales nos dejan obras de nuestro tiempo, al igual que sus bandas sonoras para el cine y la televisión, por lo que esta suite de seis números para quinteto de metales con piano está inspirada en otras seis novelas del prolífico Julio Verne pero elegidas sin buscar un programa descriptivo sino más bien dejar fluir la imaginación compositiva así como la del público. Buen oficio del catalán quien nos contaría a pares antes de interpretarlas, dejando a la vez un poco de descanso a los labios de estos excelentes intérpretes del Spanish Brass (premio nacional de música 2020): Carlos Benetó Grau (trompeta, flugel), Juanjo Serna Salvador (trompeta, flugel), Manuel Pérez Ortega (trompa), Inda Bonet Manrique (trombón) y Sergio Finca Quirós (tuba), destinatarios de esta obra junto al propio compositor al piano y grabada junto a la primera de hoy más el quinteto de Salvador Brotons, y que además tiene un arreglo sinfónico que estaría bien se programase en Asturias pues la obra es agradecida de escuchar donde se nota de nuevo la formación clásica de Guinovart.

La nota de prensa nos indicaba: «Se podría decir que el argumento de la mayoría de estas novelas forma parte del imaginario colectivo, por lo que Guinovart pensó que sería una buena manera el poder crear una música sugerente para cada título, y que podría traer a muchas identificaciones en algunos fragmentos descriptivos por parte de los auditores, sin ningún tipo de aclaración más que el acompañamiento del título. “La música que he creado es más sugerente que descriptiva en el sentido de poder seguir el argumento de la historia. Son imágenes desatadas y ambientes sugeridos por el recuerdo de estas historias en un adulto que se mete en la piel de un niño cuando descubre aquellas aventuras que le hacen soñar. El resultado creo que es una música muy atractiva a la primera audición para el público porque reconoce lugares comunes, y porque a través del acompañamiento de la imaginación puede disfrutar de momentos expresivos, virtuosísticos, intimistas, cómicos, paródicos o soñadores, a través de los sonidos creados en el escenario por los seis músicos».

Por lo tanto seis narraciones musicales interpretadas de dos en dos, que muchos hemos visto en el cine: Veinte mil leguas de viaje submarino, evocador número casi impresionista por las sonoridades bien combinadas de los metales junto al piano, señas de identidad con «tintes rusos»; Michel Strogoff el correo del zar, combinación de aventura, frialdad y épica, cita a la danza y el canto ruso alternando inspiraciones de dinámicas amplias, ritmo y lirismo casi procesional en los metales, con un virtuosismo pianístico digno de las películas mudas con música en vivo.

Norte contra Sur ambientada en la guerra de secesión con un espiritual al trombón que es capaz de ponerle el color del dolor en los esclavos enfrentado al vals «europeo» de los terratenientes casi un Shostakovich para Kubrick con un piano perlado; Viaje al centro de la Tierra intrincado, sorpresivo, metales creando climas misteriosos con la inocencia del piano juvenil que arranca un itinerario ageográfico lleno de vida.

Lo romántico no puede faltar en Guinovart, y la menos conocida El rayo verde cuenta la historia de verlo en pareja que asegura amor eterno, el piano protagonista revestido de sordinas metálicas, hermosa melodía y bellísima interpretación del propio compositor; Finalizaría esta suite con La vuelta al mundo en ochenta días, unas variaciones a partir de la famosa melodía de «Pompa y circunstancia» (Elgar) a cargo de la trompa, como eje vertebrador de la nacionalidad de Phileas Fogg en un itinerario musical donde escuchar los toques de pasodoble torero, la China pentatónica, el arrabalero tango porteño, la bossa brasileña y el swing estadounidense sin necesidad de itinerario concreto y donde al menos hubo acierto por parte de la asturiana Cristina Busto, que nos completó nuestra propia imaginación con las excelentes intervenciones de los cinco metales españoles junto al propio compositor y pianista.

Y el regalo nada mejor que del propio Guinovart, uno de los Quatre Preludis de LLum para trompeta y piano (2013), en versión para quinteto de metales con piano, Luz de mediodía, manteniendo la unidad musical de este concierto camerístico con unos intérpretes de altura y trayectoria internacional que sonaron «de cine».

La luz de la música

1 comentario

Sábado 11 de marzo, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo, Jornadas de Piano «Luis G. Iberni»: Alice Sara  Ott (piano), Oviedo Filarmonía, Shiyeon Sung (directora). Obras de Augusta Read Thomas, Ravel, Bernstein y Stravinsky.

Sábado gris de orbayu pero con luminoso programa para las Jornadas de Piano «Luis G. Iberni» que colmaron las expectativas con un lleno también de tristes y habituales estertores a los que sumar algún portazo y caída de paraguas, normalmente en los entretiempos pero también «a destiempo» como claros signos de aburrimiento ante obras que para algunos todavía siguen siendo muy «modernas» aunque tengan más años que su propia mala educación.

Cuatro obras exigentes para una Oviedo Filarmonía (OFIL), hoy reforzada con alumnado del CONSMUPA, madura, flexible, capaz de «cambiar el chip» con una facilidad asombrosa, y que hoy lo dieron lo dieron todo bajo la batuta de Shiyeon Sung (Busan, 1975), por momentos tensa pero siempre atenta al detalle, buena concertadora y con un repertorio donde no tuvo respiro. Siempre existen desajustes puntuales y mínimos problemas de afinación rápidamente resueltos, pero está claro que la orquesta ovetense rinde al máximo y las batutas expertas saben hasta dónde «apretar» sin forzar.

El compromiso de programar una compositora en cada concierto subió el listón femenino con la citada directora sucoreana y la pianista germano-japonesa que sería el plato fuerte del concierto. Como un homenaje a Clara Wieck, otra pianista y compositora que renunciaría a su carrera, la neoyorkina Augusta Read Thomas (1964) escribe Clara’s Ascent (2019) para orquesta de cuerda en el 200 aniversario de Clara Schumann, un expresivo juego de tímbricas agudas y graves, como lucha entre sombras y luces desde una aparente simpleza donde las dinámicas son protagonistas para conseguir el colorido que no es melódico. Como escribe el doctor Jonathan Mallada en las notas al programa (enlazadas arriba en obras) «Thomas dota a su pieza de un fuerte componente expresivo a través de la dialéctica que supone contraponer, en una textura liberada, las sonoridades grave y aguda de la cuerda, encarnando este último elemento el alma de Clara. De este modo, a lo largo de los ocho minutos que dura la obra, el oyente asistirá a la victoria de la línea melódica más aguda, dentro de una atmósfera natural y efectista generada por la simplicidad de los medios utilizados y por el manejo del volumen. Clara se impone simbólicamente a las tinieblas representadas por violonchelos contrabajos, rubricando un sentido y respetuoso homenaje a una de las pioneras –en cuanto a su trascendencia– del mundo compositivo femenino».

Un buen inicio para templar la cuerda ovetense que tardó algo en «calentar» pese a los intentos de la maestra Sung por sacar a la luz entre toses esta breve partitura de nuestros días, cellos y contrabajos a pares pero de sonido rotundo, más los violines y violas completando la paleta musical que brillará sobre la oscuridad en este homenaje femenino singular.

Toda la luz musical nos la traería el piano de la esperada Alice Sara Ott (Munich, 1 agosto 1988), fogosa delicadeza, pasión roja y desnudez de pies. El Concierto para piano y orquesta en sol mayor (1932) de Maurice Ravel (1875-1937) tiene todo el colorido norteamericano de referentes en Gerswhin al que conocerá personalmente, pero con la luz cantábrica del compositor hispano francés, Ciboure y la playa de San Juan de Luz con los aires de jazz que llegaban a Europa. Allegramente ya muestra esas influencias del otro lado del océano. Ritmo contagioso, brillo del piano y base orquestal poderosa bajo la batuta de Sung que tardó en encontrar el tempo exacto pero con «Alice in Wonderland» por todo lo que la germano-japonesa aportó desde el piano. Evanescente el Adagio assai con el piano de Ott que emerge desde una sonoridad cristalina llena de esencias melódicas para enlazar con una orquesta aterciopelada, el arpa (Danuta Wojnar) junto al piano dando las pinceladas impresionistas llenas de delicadeza con el toque puntillista del corno inglés (Javier Pérez), antes de afrontar el Presto voluptuoso, pugna luminosa entre solista y orquesta pintada por Sung, deslumbrantes fuegos de virtuosismo iluminando un auditorio que aclamó la interpretación.

Sin perder la atmósfera cosmopolita de todo el concierto y la creada en ese París hoy tan presente, nadie mejor que Erik Satie (1866-1925) y su primera Gnossienne «Lent» que Alice Sara Ott nos susurró en un piano etéreo, lleno de sonidos escondidos, delicado, con unos armónicos que flotaban en el aire por unos dedos que caían sobre las teclas como gotas de agua en sus pies desnudos, «inicio y final, transparencia y opacidad» como lo describe el sello amarillo del que la pianista es artista exclusiva.

Tras el descanso volvían los aires de gran ciudad, la inspiración en el jazz y la danza aumentando la plantilla para interpretar a Leonard Bernstein (1918-1990) y su Fancy free (1944), locura de ritmos metropolitanos y caribeños, el Gerswhin de Lenny que alcanza luz e idioma propio, percusión precisa y piano virtuoso de Sergey Bezrodni completando una plantilla que con Shiyeon Sung contagió toda la fuerza de este ballet ya aplaudido en el cuarto de los siete números de que consta. Toda la riqueza rítmica, sincopada, con las influencias de otros grandes como Copland o Milhaud confluyen en una partitura que Oviedo Filarmonía plasmó cual musical o lienzo cinematográfico en «Pop Art«.

La luz de los dos lados atlánticos y la música de baile que tanto supuso en el pasado siglo cerraría este sábado con Igor Stravinsky (1882-1971) y la suite de 1919 El pájaro de fuego, cinco cuadros sonoros bien contrastrados por la maestra Sung al frente de una OFIL entregada en todas las secciones (bien maderas y metales con soberbio solo de Ayala a la trompa), ritmos (a la altura con toda la percusión más el piano virtuoso), melodías (perfecto de nuevo el corno con el cello de Chordá, y bellísima la de  Schmidt a la flauta con el arpa), y armonías sacando músculo sinfónico, empaste, brillo y ampulosidad final, el auténtico fuego tras un recorrido de cuento o película Disney con música del ruso plasmada en una partitura que sigue siendo un referente orquestal. Como escribe Mallada «Stravinsky confeccionó una partitura que aunase la riqueza orquestal aprendida de su maestro Rimski-Kórsakov, la variedad del folclore tradicional ruso y las vanguardistas armonías de la música francesa».

Otro sábado luminoso y colorido en lo musical que compensa el grisáceo y caluroso día atípico de este marzo que pide primavera en pleno invierno.

El equilibrio del trío

3 comentarios

Miércoles 8 de marzo, 20:00 horas. Teatro Jovellanos, Sociedad Filarmónica de Gijón: concierto nº 1663, Trío Yoon / Rochat / Jáuregui. Obras de Debussy, Arensky y Brahms.

Concierto este día 8 con muchas eMes: miércoles, marzo, música, mujeres y maravilloso. Programa de un trío joven y experimentado, exigente y agradecido, con tres obras para tres intérpretes que contagian pasión, lirismo, musicalidad a raudales, todo bien asentado en las tres patas que mantienen un equilibrio asombroso, uniendo tres solistas para compartir y sentir como un solo organismo. Un tres que con un espejo se convierte en ocho, magia numérica y musical.

Soyoun Yoo al violín, Nadège Rochat al chelo y Judith Jáuregui al piano demostraron su buen hacer en el formato camerístico ideal del trío, los extremos del agudo al grave en la cuerda frotada con el sustento completísimo de las 88 teclas desde tres compositores y tres tríos que fueron creciendo en dificultad pero también en entrega para estas tres mujeres músicas que no necesitan fechas para festejar su calidad.

Abría la velada el poco escuchado Trío para piano en sol mayor, CD 5 (1880) de un joven Achile Claude Debussy (1862-1918) que explica perfectamente la musicóloga Andrea García Alcantarilla, como cellista y buena estudiosa de los tríos, en las notas al programa: «Junio de 1880: el cortejo de la baronesa von Meck acaba de llegar a la Villa Oppenheim de Fiesole donde se les unen otros dos jóvenes músicos: el violonchelista Danilchenko y el violinista Pachulski que, junto con Debussy, forman un trío que tocará todas las noches para la familia. Es precisamente en este ambiente en el que el joven Debussy se decide a escribir su Trío en Sol Mayor varios meses antes de empezar las clases de composición». Emulando este trío histórico, el piano dibujaba cristalino el primer Andantino con molto allegro, contestado por el violín limpio, la contestación del cello poderoso, para unir los tres caminos hacia un Scherzo. Intermezzo. Moderato con allegro que sería premonitorio de los otros tríos, un «scherzo» jovial, alegre, chispeante, cómplice, encantador tal y como lo describiría la aristócrata a Tchaikovsky, que se sumaría a esta forma musical. Un Debussy casi autodidacta que posee toda la inspiración melódica para plasmarla en los tres instrumentos, aunque el piano parezca llevar el peso. Dominando la rítmica y la técnica, este segundo movimiento está lleno de guiños que Yoo-Rochat-Jáuregui nos transmitieron desde un encaje perfecto y un equilibrio de planos lleno de matices extremos. El Andante espressivo puso el toque melancólico y elegíaco, recordándonos a Schumann o Dvorak, que las intérpretes en solitario dominan y en trío comparten su bagaje musical. El Finale. Appassionato resultó otro regalo interpretativo de expresión, entendimiento y comunión entre las tres músicas, amplias dinámicas además de pulcritud por un sonido compacto.

El «descubrimiento» del programa sería el Trío para piano nº 1 en re menor, op. 32 (1894) del ruso Antón  Stepanóvich Arensky (1861-1906), melómano en los genes, y discípulo de Rimsky-Korsakov en San Petersburgo, para ser después maestro de Scriabin y Rachmaninov en Moscú, compaginando docencia y composición. Como nexo con el anterior trío del francés, también conocería a a Tchaikovsky, influyendo en su estilo y animándole a esta joya camerística, con otro Scherzo. Allegro molto colocado en el segundo movimiento, un juguete en manos del trío Yoo-Rochat-Jáuregui: complicidad en los fraseos, tempi y silencios, saltarín en cada una de ellas con absoluta limpieza pese a la complicada ejecución; y la Elegía. Adagio en el tercero, un canto fúnebre que un público respetuoso escuchó con emoción en la interpretación de estas tres artistas, una marcha fúnebre desde el piano de la donostiarra para proseguir con sordina los arcos de surcoreana y francosuiza, un adagio femenino pero rotundo, delicado y entregado, música a raudales de tres órganos impulsados por un solo corazón haciendo latir esta maravillosa partitura que comenzaba con un Allegro moderato y acababa con el Finale. Allegro non troppo llenos de vida, de nuevo recordando a Schumann e incluso a Brahms. Sonido pulcro, ejecución intachable e impecable en cada una de ellas, fraseos únicos dotando de toda la riqueza que atesora esta obra de Arensky  transmitiéndonos un romanticismo lleno de complejidad y brillantez con la «tristeza … repentinamente barrida (…) por una ráfaga final del destino» que escribe Andrea García A. De lo más aplaudido del concierto que obligó a salir dos veces a saludar antes del necesario descanso tras esta «rareza» que ya tenemos anotada.

La segunda parte la ocuparía plenamente Johannes Brahms (1833-1897) con su conocido Trío para piano nº1 en si mayor, op. 8 (1889), punto álgido de este 8M, la forma musical vista en la primera parte incluso con el scherzo al que podría calificar como en los otros dos pero mucho más exigente técnicamente para los tres instrumentos, especialmente el piano, con unísonos encajados milimétricamente, dinámicas asombrosas, engranaje de «tres en uno» verdaderamente digno de admiración para Yoo-Rochat-Jáuregui. Obra juvenil la del hamburgués que revisaría durante años a excepción del scherzo, reflejo del trabajo exigente del compositor alemán ya con su firma inimitable desde el Allegro con brio inicial, con un cello poderoso lleno de claroscuros; el mágico Scherzo rítmico, enérgico, juguetón y saltarín, utilizado en varias películas que me recuerda siempre a Schubert; el Adagio íntimo, misterioso, melódico y pianístico bien contestado por las cuerdas; para concluir con el Finale. Allegro brillante, contrastante, marcial y lleno de fuerza. Una interpretación impecable del trío, de nuevo muy aplaudido que aún volverían para el regalo francés, volviendo al inicio del camino.

Un admirable Maurice Ravel (1875-1937) del que el trío es devoto, y con el que se le sintió feliz y nosotros más, su «Andantino expressivo» del Trio en sol mayor, una delicia del compositor hispano francés en la interpretación con el melódico cello de Rochat, el lirismo violinístico de Yoo y una delicadeza al piano con Jáuregui, verdadero equilibrio y estabilidad de tres pilares con un mismo sentido de musicalidad.

Con M de martes, marzo, mujeres y música

1 comentario

Martes 7 de marzo, 19:30 h. Centro de Cultura Antiguo Instituto, Salón de actos: Conferencia «La música de las mujeres y las mujeres en la música» a cargo de Eduardo Viñuela, Profesor titular del Departamento de Hª del Arte y Musicología de la Universidad de Oviedo.

Como actividad previa al concierto que se celebrará este miércoles 8M, la Sociedad Filarmónica de Gijón preparó esta interesante conferencia del profesor Viñuela presentado por Mar Fernández, vicepresidenta de la sociedad, haciendo hincapié que el concierto del trío Soyoung Yoon, Nadège Rochat y Judith Jáuregui ya estaba previsto independientemente de la efeméride, pero nada mejor que contar al final de la conferencia con su presencia, para completar una charla y coloquio de lo más enriquecedor en estos nuevos tiempos de feminismo.

El doctor Viñuela planteó una amena exposición desde dos preguntas ¿dónde está la música de las mujeres? y ¿dónde están las mujeres en la música?, primero por las pocas que se conocen en su faceta de compositoras, incluso descubriéndose pero sin escuchar sus obras. Desde la amplia lista en Wikipedia al mapa de Shakira Ventura vemos cómo aún queda mucho por descubrir en el planeta.

No faltó tampoco la explicación del llamado «Sistema patriarcal» y los pares binarios para dar respuesta y comprender mejor tantos interrogantes sobre la poca visibilidad femenina en el mundo de la composición, incluso en el de la interpretación, con la ausencia de referentes o modelos a seguir incluso en un siglo romántico y europeo que «silenciaba» a Hildegard von Bingen, Francesca Caccini o Barbara Strozzi, por lo que hasta Clara Wieck «desistiría» de su creatividad por el mero hecho de ser mujer, como reflejó en su diario:

«Una vez creí que tenía talento creativo, pero abandoné esa idea; una mujer no debe desear componer, no es bastante hábil para ello ¿por qué iba yo a esperar poder hacerlo?»

Analizar las causas supuso también un repaso histórico y sociológico de la mujer en la música, los instrumentos con que se las asociaba (arpa, guitarra y tecla), pues «la organología tiene género» y hasta cierto carácter doméstico, si exceptuamos la voz como algo más «femenino» por el sesgo de natural o emocional, una música interpretada para pocos y la posterior además de lenta incorporación a las orquestas (incluso exclusivamente femeninas) y bandas. Mayor desarrollo tendría el actual debate sobre la dirección que también se trató en el coloquio con las tres intérpretes, donde parece que volvamos del revés la propia historia (comentaba Soyoung Yoo su vivencia inglesa donde no pudo ampliar estudios de violín pero de haber elegido la batuta no hubiese tenido ni que superar pruebas, tal es el momento actual de las directoras que comienzan a «priorizarse» más allá de las llamadas cuotas).

Visibilizar, interpretar obras de mujeres, grabarlas pues son patrimonio (interesante el dato que Nadège Rochat aportó sobre la compositora irlandesa Ina Boyle, siendo la primera en grabarla) y por supuesto los sesgos machistas donde parece darse más importancia al vestido de la pianista que a su propia interpretación, como comentó también Judith Jáuregui, que a su propia interpretación, algo que a la inversa nos preguntamos por qué no sucede. Cierto que la calidad de las tres intérpretes va más allá del género y no han tenido problemas por su condición de mujeres para mantener una carrera imparable y plagada de éxitos.

Entrevista para «El Comercio»:

Como colofón y entre las posibilidades para impulsar un cambio Eduardo Viñuela propuso: «Normalizar la programación de las compositoras», «Romper con los estereotipos en la interpretación», «Ser críticos con los juicios de valor» en programas de mano, críticas y hasta conversaciones informales, y «Demandar música fuera del canon» decimonónico, pues son las claves para visibilizar y escuchar tanta música que duerme el sueño de los injustos, si se me permite la expresión. Todo un proceso interrelacionado donde el profesor sugiere:

1) Cuota de programación en conciertos y en centros de formación; 2) Preparación de repertorio de mujeres; 3) Demanda de partituras; 4) Producción de grabaciones; 5) Enriquecimiento del patrimonio musical, y 6) Incorporación a la historia de la música. Poco a poco vamos lográndolo desde distintas asociaciones como el Ateneo Musical de Mieres, aunque aún queda mucho camino por recorrer y mucho terreno que ganar en esa «Música con M de mujer».

Y el coloquio final que se prolongó hasta casi las nueve de la noche, lleno de anécdotas, experiencias de todo tipo, vivencias propias en sus carreras, sumando la ilusión de poder escuchar mañana a un trío con el entendimiento que se transmite incluso escuchándolas hablar y tan necesario para afrontar un programa exigente que se transmite. Desde aquí lo contaremos.

Mayte Martín y la música tatuada

Deja un comentario

Viernes 17 de febrero, 20:00 horas. Teatro Filarmónica, Oviedo Jazz – CNDM: Mayte Martín Quartet: Tatuajes. Entrada butaca: 8 €.

Soy de una generación que tiene grabadas melodías atemporales, imperecederas, no importa cómo se vistan esos «cuerpos bellos», llamémosles arreglos, ropajes, versiones o «simplemente» música, pues todas ellas mantienen la emoción además del recuerdo, un poder evocador capaz de seguir tan vivo como la primera vez. Por eso nada mejor que llamar a este conjunto de canciones Tatuajes y así nos los hizo sentir Mayte Martín (Barcelona, 1965) con un trío de lujo, más allá de etiquetas o géneros, pues cada tema, cada canción, mantiene viva esa llama multicolor, sentida, nostálgica y emocionada. Si en el anterior «viaje» en el Auditorio jugó con un rubato sinfónico vestido de satén, en este precarnavalesco nos grabaría con seda su propia historia cantada y contada a cuatro.

Soy de una generación que ha crecido con las canciones que la artista catalana nos regaló a un Filarmónica lleno, pues la música sigue siendo la mejor herramienta de unión y reunión en tiempos difíciles, punto de encuentro rompiendo frentes y tendiendo puentes, melodías verdaderamente como tatuajes del alma, sinceras estrenadas el día antes en Madrid pero que continuarán «ruta de la plata» hasta Salamanca y Málaga, mirando atrás solo por el tiempo en el que permanecen estas melodías, para algunos nuevas, para otros reconocibles, para la mayoría las llevamos grabadas y marcadas en nuestra memoria.

Las canciones elegidas casi podrían formar un poema sonoro enlazando títulos, letras, aunque lo verdaderamente enriquecedor es escuchárselas a una Mayte Martín que fue calentando voz y entrega, temas que casi aplastaban emocionalmente, necesitando inspirar hondo para afrontar el siguiente sin quedarse anclados en el aire compartido.

Tributo vocal y sentimental de esta artista sin yugos, como ella se define, verdadera, viajera de canciones que hace suyas sin perder nunca el rumbo original pero transitándolas con esos músicos tan familiares que saben respirar y caminar con ella, si se me permite el plagio «que hacen camino al cantar»: Guillermo Prats al contrabajo, el sustento grave, el arco puntual que da cimiento expresivo siempre pleno de musicalidad; Vicens Soler a la batería elegante, discreta, pinceladas de color que engrandecen cada tema; y los arreglos con el omnipresente piano único de la cubana Nelsa Baró, «Cosas de dos» entre Mayte y ella desde hace años y como Espejos donde reflejar el talento; de tres con el contrabajo, y revistiendo cada melodía de su excelente musicalidad, jazz, latino, atemporal, virtuoso, detallista, delicado y poderoso cuando así lo requería, respetando originales (el Ricard Miralles de Serrat), homenajeando literalmente a su «querido Pablo«, vivo eternamente, creando otro Ariel Ramírez que no muere ahogado pues le da vida Baró, y hasta lloraría con Brel en un ejercicio minimalista pero de profunda belleza.

Poemas musicales a lo largo de cien minutos de entrega y con las palabras justas pero agradecidas, las que dan Gracias a la vida (Violeta Parra) recordando a la irrepetible Mercedes Sosa, «La negra», la voz con quejío que viaja hasta tierras hermanas; el tributo al amigo Serrat de Lucía, cercano, emotivo, con piano original revestido a trío ideal con la voz sensible de Mayte Martín; el íntimo canto de Víctor Jara Te recuerdo Amanda, delicadeza y emoción como la historia de Alfonsina y el mar (Ariel Ramírez) que suena nueva y propia manteniendo la esencia. En el jazz se llaman «standars», con estas interpretaciones «Tatuajes«.

Lenguajes todos musicales con letras que sabemos de memoria pese a no dominar sus idiomas, tatuadas a lo largo de nuestra vida: la musicalidad italiana de Amore mio con un piano clásico y eterno de Rachmaninov «vocalizando» antes de cantar en un tributo de Baró que también emociona sola desde su papel, imprescindible en todo el concierto. Siempre cercano y romántico el francés de Ne me quitte pass de Jacques Brel que resultó un ciclón creciendo en entrega, poesía sentida y eterna. Otro tanto del portugués brasileño tan musical de Jobim  y Eu sei que vou te amar, para amar y disfrutar de lenguas musicales y toques de jazz, pues el ropaje armónico y rítmico solo sirve para agrandar esos bellísimos cuerpos melódicos.

Si algún compositor puede llegar a emocionar con su letra y música, melodía subrayando poesía pura, es el gaditano Manuel Alejandro (Jerez, 21 febrero 1933), el mejor baladista español de todos los tiempos, y Mayte Martín lo interpreta como nadie. Su Procuro olvidarte, evocaciones del gran Bambino y el recuerdo de «La Jurado«, que también se entregaba en A que no te vas,  tema cinematográfico para voces como la chipionera y la barcelonesa que se visten «de Alejandro» con colores atemporales y estilo propio.

Carne de gallina escuchando El breve espacio en que no estás de Pablo Milanés, Cuba en estado puro desde el piano, arraigo de contrabajo, dibujos de percusión y adopción por la voz de Mayte, otro tatuaje imperecedero, bello y emocional, multicolor. Y otro tanto de Lía (José Mª Cano) que Ana Belén nos descubrió y «La Martín» ha hecho Mía (como a Armando Manzanero), diríamos que «Nuestra» incluso para las nuevas generaciones que descubrirán composiciones impensables en músicos «todoterreno», pues la música como lenguaje universal y bien vestida, se hacen eternos.

Si no la conocen, deben hacerlo como lo hizo su compatriota Pablo: Martha Valdés (1934), compositora de En la imaginación, bolero tatuado por la catalana universal de voz inimitable, viajera desde el Mediterráneo hasta el Caribe o incluso a la Argentina de Carmen Guzmán, Porque vas a venir que nos evoca el tango porteño con una introducción al piano del mejor Piazzolla.

Desfile de temas que cortaron el aire, emocionaron, nos aplastaron emocionalmente, dibujaron paisajes y pinturas en colores como tatuajes casi de copla, y hasta la propina La bien pagá (Perelló y Mostazo), siempre única aunque la vistan en rastrillo o de alta costura, de negro y oro, grana o plata, letra y música que son nuestra historia, interpretadas desde el conocimiento, la razón y la pasión, así lo sentí con el cuarteto de Mayte Martín para seguir escuchándoles con una copa en la mano. Un disfrute total de «Las músicas que vivimos» como escribe Pablo Sanz en las notas al programa: «Somos lo que vivimos (…), somos lo que escuchamos, lo que oímos y amamos«.

Entrevista de Chus Neira para LNE del día 15:

Older Entries Newer Entries