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Requiem de fuerza

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Domingo 26 de abril, 19:00 horas. Conciertos del Auditorio, Oviedo: Angela Meade (soprano), Marianne Cornetti (mezzo), Vittorio Grigolo (tenor), Carlo Malinverno (bajo), Orfeón Donostiarra (José Antonio Sainz Alfaro, director), Oviedo Filarmonía, Marzio Conti (director). Verdi: Messa da Requiem.

Auténtica despliegue sonoro el derrochado durante este último domingo de abril por todos los músicos intervinientes en el «operístico» réquiem verdiano. Uniendo fuerzas con nuestros vecinos donostiarras más un cuarteto vocal poco conocido pero equilibrado, incluso en color vocal, Marzio Conti volvió a liderar un auténtico espectáculo con el que se siente realmente cómodo, y eso que la partitura del genio de Le Roncole está repleta de momentos íntimos, a capella para coro, para solistas, frente a los más impactantes, debiendo alternar ambos desde un difícil equilibrio.

Pablo Meléndez-Haddad en sus notas al programa comenta al final de las mismas que «tanto la parte orquestal como la vocal -sin olvidar la que recae en los solistas-, posee un tratamiento propio de la madurez del genio verdiano, que no escatima en efectos y deja la puerta abierta a la inventiva del director que relee la obra, ofreciendo posibilidades que van desde la extroversión más pura, teatral y manierista, hasta la introspección propia de una obra religiosa, carácter, este último, por el que optan pocas batutas, ya que esta misa se reclina más en la espiritualidad que en la religión«.

Y quedaba poner el punto medio aunque balanceado hacia la explosión. Porque por ello optó el titular de la Oviedo Filarmonía que algo reforzada pareció olvidarse de los graves, quedando extenuados los contrabajos ante la catarata sonora demostrada por sus compañeros en todas las secciones.

Del Donostiarra sólo caben felicitaciones, volviendo a demostrar su excelencia en toda la gama de matices, afinación y presencia. Los fortísimos siempre en su sitio (cada Dies Irae un placer) y presentes pese a una orquesta que nunca quitó «f» de la partitura para aminorar volúmenes (impactando en el Sanctus), y los pianísimos tan delicados y bien pronunciados que nadie pensaría estar ante 90 voces en la escena. La formación de Sáinz Alfaro tiene más que banquillo de repuesto para seguir liderando estos repertorios con el perfecto relevo generacional llevado como sólo ellos llevan haciendo durante muchos lustros. Por echar de menos algunos bajos más, que siguen escaseando en nuestros coros, incluso los norteños, todavía necesarios en número para estas grandes obras sinfónico corales.

De la orquesta en general bien, pese a detalles mejorables como una más escrupulosa afinación en la cuerda (los violonchelos sobre todo), dominada como Conti nos tiene acostumbrados, y aplausos para los refuerzos que necesarios para este Requiem no desentonaron con sus compañeros de atril.

El cuarteto solista ya prometía desde su primera intervención, pese a alguna indecisión puntual, aunque estuvo dominado por el tenor Vittorio Grigolo con un volumen y color realmente asombroso, puede que exagerado en detrimento de sus tres compañeros, con una musicalidad «manierista» dejándonos un Ingemisco bello. Sus contrastes dinámicos agradecidos y una media voz que no pierde uniformidad tímbrica, difícil en estos momentos, pidiendo paso entre los tenores italianos del momento, pienso que fue el triunfador de la noche.

Me encantó la mezzo Marianne Cornetti en todas sus intervenciones, voz bellísima, equilibrada, de graves claros, dicción perfecta, pero sobre todo por su línea de canto puramente verdiana, lirismo en cada solo y dúo, sin diluirse en los cuartetos manteniendo ese nivel de principio a fin.

La soprano Angela Meade tuvo que enfrentarse a la «ingratitud» de una versión tan poderosa que obligó a pequeños tics que pueden deslucir la visión global, con un «vibrato» algo exagerado por momentos aunque una potencia sin perder afinación para aplaudir y un fiato impresionante. Los «pianísimos» detallistas aunque en algún ataque cortados y abusando a veces de un portamento como buscando la nota correcta. El papel más difícil y exigente del cuarteto, hay que alabar su entrega con todos los pros y contras, agradecer el darlo todo con los riesgos asumidos y brillando con luz propia.

Ante los otros tres solistas, el bajo Carlo Malinverno no desentonó pero estuvo un escalón por debajo. Color hermoso en el medio y agudo, volumen algo corto, su canto como en el Tuba mirum o el Confutatis es ideal con menos presencia orquestal, algo que en esta partitura es imposible obviar. En los cuartetos empastó y ayudó a un color homogéneo pero creo que le queda grande para su edad, sabiendo que con los años ganará en empaque. No desentonó en un Requiem difícil de encontrar cuatro voces que no cojeen, primando el resultado global que antiguamente se calificaba como aseado y yo prefiero llamar honesto.

Retomando las notas de Pablo Meléndez-Haddad, «este testamento musical de un agnóstico es un canto al alma humana que ha sobrevivido intacto a más de un siglo de existencia«. Y aunque las toses son peores que en las misas de doce, no ya por la media de edad sino por la total falta de educación cívica, la genialidad operística de Verdi sigue presente incluso en una misa para su difunto amigo Manzoni alcanzando la grandeza y pasión en una ira de Dios musical a más no poder hasta liberarnos con la soprano arropada por coro y orquesta en un hilo de tensión hacia una luz cegadora, no sabemos si eterna, totalmente operística desde el recitativo.

Conti como pez en el agua volvió a anotarse un logro con un compatriota suyo. No será el mejor Requiem de Verdi que haya pasado por el auditorio ovetense pero marchamos con las pilas cargadas ante una inyección sonora que levanta los ánimos aunque la lluvia parezcan lágrimas que no nos abandonan.

Abril en París

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Viernes 24 de abril, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo: Abono 11 OSPA, Eldar Nebolsin (piano), Ramón Tebar (director). Obras de Debussy, Ravel y Liszt.

Tengo en mi particular debe una escapada parisina, la capital francesa que bien vale una misa, una cena, un concierto, una ópera… Al menos con la música también podemos viajar sin movernos de la butaca, y este undécimo de abono repiraba como el título del libro o de la película aunque con argumento propio, casi sin necesidad de referencias para disfrute de la música en estado puro.

El París de Nijinsky y Diáguilev que tan bien nos comentó en la conferencia previa la siempre interesante María Sanhuesa (autora también de las notas al programa que dejo enlazadas en los compositores al inicio) nos sirvió para un primer viaje con Debussy en el vuelo OSPA tripulado por el «comandante» valenciano Ramón Tebar, Preludio a la siesta de un fauno donde la «sobrecargo» flauta de Myra Pearse abría una tarde de altos vuelos.

Si la partitura del francés era difícil de coreografiar y ni siquiera le gustó mucho la puesta en escena del genial y especial bailarín ruso, siendo como recordaba la musicóloga un «preludio» al poema de Mallarmé, la interpretación de la orquesta asturiana con Tebar resultó una delicia para abrir este concierto que mantiene en lo más alto el nivel de nuestra formación. Con una orquestación ideal y siguiendo con las músicas de ballet que tan buenos resultados están dando a la OSPA, la ambientación fue más allá del llamado impresionismo musical. El cuidado por el sonido que buscó el internacional director español tuvo respuesta inmediata por parte de todos los músicos, una cuerda clara y luminosa, incluyendo las arpas, más una madera ideal en texturas que permite pasar de la flauta al oboe como si de instrumento ideal se tratara, arropadas por el cuarteto de trompas y la tenue percusión tan cuidada en posición y hasta tamaño de los platillos. Gusto por el detalle cercano que de lejos permite disfrutar del conjunto, más impresionante que impresionista. Las veladuras y arabescos, los «jaspeados» sonoros a los que hizo referencia la doctora Sanhuesa alcanzaron momentos de una belleza tan arrebatadora como el propio fauno sin interrogantes en cuanto a la certeza de lo escuchado, sueño hecho realidad sonora, apertura ideal para una velada reconfortante.

Sin apenas tiempo para aterrizar, recordaba el París de Gershwin y las reminiscencias del jazz no ya en su famosa Rapsody in blue sino también en el Concierto en Fa, esta vez cambiado por Ravel y su Concierto para piano en sol mayor con mi admirado y querido Eldar Nebolsin de solista que volvía a la capital asturiana. En Debussy ya apreciamos el mimo de Tebar en la búsqueda de sonoridades, pero con el pianista ruso afincado en nuestro país apreciamos colores y texturas, ambientes cercanos en espacio y tiempo, frescura por un concierto que sólo unos pocos como el pianista ruso pueden recrear. Es un placer ver el equilibrio entre solista y orquesta, un balanceo tenue para pasar del protagonismo total a integrarse como un instrumento más en el tejido orquestal que Ravel domina de principio a fin, swing que respira esta obra plenamente actual y Nebolsin recrea desde un trabajo meticuloso de articulación. El Allegramente rítmico, rapsodia vasca, percusiva, juguetona, siempre limpia y exigente para todos como el Presto final de vértigo, dos colosos tímbricos y convincentes, auténticos guardianes de ese remanso del Adagio assai, arrancando Nebolsin en solitario, íntimo, delicado, musicalidad a borbotones, técnica desbordante, sonidos cuidados en cada nota (aunque el Steinway esté algo desajustado y requiera una revisión profunda), emociones a flor de piel que se engrandecieron con el corno inglés de Juan Pedro Romero para deleitarnos con una página bella a más no poder, acunada por una cuerda sedosa, etérea, más francesa y actual que nunca. Impresionante el entendimiento entre podio (también pianista y concertador de primera con larga experiencia operística), solista (de amplia formación también camerística) y orquesta (en un momento dulce donde cada batuta parece descubrir facetas nuevas), escuchándose, disfrutando, compartiendo cada compás, ensimismados por un sonido pulcro, elegante y de ensueño. Partitura en la que se estrenaba Eldar y seguro le dará muchísimas alegrías, más aún que el de «la mano izquierda» porque ha encontrado el momento personal de hacerlo suyo.

Todavía quedaba la propina en solitario de Eldar Nebolsin, más Ravel con una Pavana para una infanta difunta para atesorar en la memoria, todo el poso interpretativo de este fenomenal pianista tan cercano y sincero en cada nota, engrandeciendo de mutuo acuerdo partitura e interpretación, una dualidad única desde la naturalidad con la que nos regaló esta música que convirtió Paris en un sueño musical.

Franz Liszt también triunfó en París como virtuoso del piano aunque para este viernes de perfumes franceses fue la Sinfonía Fausto la que sonaría en la segunda parte en la versión sin coros, más alemana de Goethe y Weimar, aunque la OSPA con Tebar nos hizo pensar que eran prescindibles. Obra colosal en instrumentación, dificultades técnicas para todos los atriles, auténtica diablura orquestal en tres movimientos donde literatura y música vuelven a emparejarse aunque la majestuosidad resultase inaprensible por el derroche de intensidades, dramatismos, colores, contrastes… Sin apenas respiro para nadie, solo las siempre inoportunas toses rompieron una unidad buscada por el apasionado director valenciano, de gestualidad ampulosa pero clara, vibrante, marcando todo con energía contagiada a una orquesta que crece como nunca, más de una hora de Fausto, Margarita y Mefistófeles donde todos tuvieron protagonismo, Romero ahora de principal oboe, los metales erguidos en presencia espoleada en el momento justo, percusión precisa y esmerada en ayudar a seguir ampliando paleta sonora, más una cuerda (con arpa) convincente, diabólica, casi al límite, portentosa, vigorosa, cuartetos camerísticos y tutti apoteósicos, cellos fundidos con contrabajos, destacando especialmente María Moros con su solo de viola para enamorar, plantilla convincente por lo convencida para una obra que tardaremos en escuchar precisamente por el esfuerzo, que de nuevo mereció la pena. Se me hace imposible que con tan pocos ensayos (el jueves ya hicieron este programa en Avilés) el resultado final fuese tan alto. Por supuesto que Ramón Tebar capitaneó este «Vuelo OSPA nº 11 y destino París» con muchas horas a sus espaldas y dominando la aeronave, pues las condiciones metereológicamente previstas no eran favorables, en sentido metafórico, mas la respuesta alcanzada seguramente no la esperaría ni el mejor piloto. Personalmente y tras los últimos viajes como pasajero en este avión, yo sí, sin sobresaltos y disfrutando nuevamente de la experiencia. No sé cuándo saldaré mi deuda con la capital francesa, pero mi «Abril en Oviedo» está dando réditos musicales que no pueden menguar. Felicidades a todos.

Sobriedad desde el rigor

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Jueves 23 de abril, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo, Sala de Cámara: Primavera Barroca. La Real Cámara, Emilio Moreno (director). Música francoespañola en la corte de Felipe V (1701-1705). Obras de Juan Bautista Volumier, Henri Desmarets, Charles Desmazures y J. B. Lully.

Cuando la llamada música antigua estaba en sus albores, Emilio Moreno ya buceaba por archivos en busca de obras e impartía magisterio desde el violín barroco, una labor que con los años mantiene y deberíamos agradecerle desde el amor hacia la música hecha desde España, con el apoyo del CNDM y triunfando en todo el mundo. Con La Real Cámara y procedente de León llegaba a Oviedo el violinista Emilio Moreno con una formación joven de cuerda para recrear las músicas que sonaron en la boda del primer Borbón, obras y autores casi desconocidos que también tienen su hueco en la larguísima tradición francesa, probablemente música de consumo sin la calidad de las grandes figuras pero necesarias para comprobar la riqueza que aún queda por descubrir, algo a lo que Don Emilio nos tiene acostumbrados.

Como en la pintura, estos artistas tenían oficio aunque a menudo las temáticas no siempre resulten agradecidas y solamente la genialidad es capaz de convertir en obra maestra un bodegón, un paisaje o incluso la representación de la figura humana. Y quiero hacer este paralelismo pictórico porque también las necesidades y penurias obligaban a prescindir de colores, instrumentos en los músicos, que podrían alcanzar la luminosidad a la que este periodo histórico y artístico nos tiene acostumbrados.

Las obras que La Real Cámara nos dejó fueron más otoñales que primaverales en cuanto a la paleta de colores utilizada, uno o dos violines, una o dos violas, chelo, violón, clave y tiorba o guitarra que de por sí dan «menos juego» que combinados con el viento. Organizadas todas las obras como suites también dan menor empaque por el pequeño formato que favorecía el coleccionismo y la variedad sin entrar en grandes dimensiones.

La Ouverture en re menor (a partir de Proserpina de Lully) de Volumier con nueve números, algunos de muy breve duración, adolecieron de mayor contraste, el violín solo no sobrevolaba al resto donde chelo y contrabajo doblaban dando profundidad pero no gamas dinámicas. Las danzas lentas o los «aires» quedaban algo plomizos pese a una temática diría que pastoral donde la figura humana es decorativa y no protagonista, siendo la Sarabande vite el referente hispano totalmente exportable en aquellos tiempos a toda Europa. La recuperación histórica de todas estas obras tiene el valor de limpiar unos lienzos que no siempre descubren grandes obras, limitándose a valorar la técnica utilizada aunque con atención podamos apreciar pequeños detalles que las hacen merecedoras de contemplarles y escucharlas.

Con el Divertiment para la boda de Felipe V y María Gabriela de Saboya de Desmarets la temática bien podría ser la de un bodegón que nos permite conocer el menú y hasta la vajilla utilizada en este evento celebrado en Barcelona en 1701, también la elección de las once danzas que más que bailables resultarían fondo musical del real banquete nupcial, el primer Borbón español con la italiana Maria Luisa Gabriela de Saboya sin perder el sabor francés de la suite escrita toda en la misma tonalidad, de nuevo referente pictórico que encorseta la expresividad. Casi boceto a sanguina con distintas intensidades para buscar claroscuros pero falto de la vitalidad necesaria, alguna pincelada cercana a un esbozado faisán o mejor urogallo con los Rigaudons, el vino español que alegra el espíritu con los Canaries y bien servido por la formación al completo donde el colorido lo daba la alternancia del asturiano Pablo Zapico con los rasgueos de guitarra supliendo la tiorba. Más equilibrio por los pares de violines y violas sin excesos, menú sobrio servido a temperatura ambiente, cuadro bien armado y enmarcado, equilibrios sin líneas de fuga desde una técnica demostrada por los intérpretes pero con ingredientes que no daban para más. Supongo que el viaje desde Turín de la futura reina con la tormenta en Marsella también dan esa apariencia otoñal en esta primavera barroca.

La segunda parte cambió la temática y algo más la perspectiva, la composición del cuadro musical aunque siempre con las danzas alternadas bien combinadas. La Suite 6ª en G. Re. Sol, de Pièces de Symphonie dédiées a la Reine d’Espagne (Desmazures) parecieron pintar miniaturas con distintos enfoques, menos ocres que en la primera parte y algo más de color dentro de una luz tenue, músicas de nuevo sobrias por el escaso ornamento, melodías llevaderas bien expuestas y dibujadas, perfiladas con fondo bien resuelto donde el clave de Eduard Martínez pareció ganar presencia, un leve paso al primer plano sin perder la visión de conjunto de cada miniatura. La Gigue Angloise de raíz celta como nuestra gaita asturiana, recordó los cuadros de danzas transmitiendo una alegría tonal y mayores contrastes, presentando ocho cuadros algo desiguales en calidad pero pintados con rigor y conocimiento.

El genio aún más grande por sus compañeros de galería es Lully, la Suite del ballet L’Amour Malade en la reconstrucción de la representación de 1703 también en Barcelona, destaca por sí sola y enamora por temática, brillo y colorido que sólo los maestros pueden alcanzar con los mismos medios que los alumnos dando el toque de distinción. La Real Cámara de nuevo al completo pareció otra formación en los ocho números, contrastes claros, intensidades en ataques, sonoridades más plenas, planos más diferenciados, un Le Carillon limpio, Les Échos sin dudas ni indecisiones en las entradas y bien contestados, la Marche Espagnole con la grandiosidad del compositor que bebe y se inspira no sólo en lo obvio para crear, al igual que la Marche des Turcs que el Clasicismo pondrá de moda, y cómo no, la Chaconne, esta vez paisajes, retratos y naturalezas muertas donde la perdiz rivaliza con la jarra de vino en los distintos rojos, misma tinta pero consistencia distinta, calidades sonoras capaces de transmitir texturas y dinámicas ausentes en el resto de lienzos que conformaron los pentagramas anteriores. Lully capaz de aunar esfuerzos en una formación con instrumentistas conocidos y reconocidos, Emilio Moreno cual konzertmeister en esta corte ovetense sirviendo al final lo mejor del menú, un fin de fiesta «real». Música de enlace regio y plato fuerte tras el aperitivo a modo de «divertimento» en la primera parte.

El regalo volvía a ser español, bisando la Sarabande de Desmarets que esta vez pareció recobrar un brillo ausente en la primera «visión», como si la proximidad de Lully contagiase al maestro de taller al que le dieron la oportunidad de asistir a esta boda real. Las historias que se esconden detrás de cada obra y compositor darían para el paralelismo literario pero esta vez la pintura se casó con la música y el público disfrutó del evento con una excelente entrada.

Smørrebrød y Sushi

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Viernes 17 de abril, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo: Abono 10 OSPA, Akiko Suwanai (violín), Rumon Gamba (director). Obras de Sibelius, Nielsen por partida doble, y Grieg.

Continúa la campaña gastronómico-musical ¿A qué sabe la música? e inspirado en el programa del décimo de abono me vino el título, los «smørrebrød» daneses que son el alimento habitual del mediodía, el típico pan negro de centeno con mantequilla sobre el que servir un pescado ahumado, normalmente salmón pero también arenques, sin olvidar las salsas, aunque admite cualquier ingrediente, y el «sushi» japonés que continúa su conquista occidental abriendo restaurantes donde comer el mal llamado pescado crudo, todo un ritual y sabia elección de productos marinos donde no falta el marisco.

Países nórdicos de los compositores y el Japón de la violinista Suwanai que volvía con nuestra OSPA, el restaurante sonoro donde también repetía de cocinero el director inglés Gamba, que también es habitual en la orquesta de la ciudad danesa de Aalborg y de la sueca Umeå (sede de la Norrlandsoperan de cuya orquesta sinfónica es titular el británico).

Estaba visto que mi ambientación mental tendría la luz del norte, principalmente Dinamarca, tan distinta en cada estación, los latinos del norte que les llaman sus vecinos suecos y noruegos, centro cultural a lo largo de la historia y donde el clima marca cada momento.

Este 2015 coincide con el 150 aniversario de Sibelius y Nielsen, otra buena disculpa para programarlos juntos, y precisamente con los mismos invitados que en Gijón y Oviedo, ya conocidos ambos, sumando al noruego Grieg que también estrenase en Copenhague muchas de sus obras, sin olvidar la tradición teatral nórdica, que por otra parte parecía otro hilo conductor de este concierto.

Sibelius abría boca con el conocido Vals triste y la Escena con grullas, Kuolema, op. 44 en estos dos números que Gamba planteó con el colorido gris del otoño nórdico, pero toda una gama de ellos como de dinámica y agógica realmente interesantes, dando al vals un estado anímico de esperanza, ya conocedor de nuestra orquesta y gozando con la cuerda que vuelve a la garra y sonoridad del más alto nivel. El vals empezaba lentísimo e imperceptible como un despertar que fue animando y contagiando vitalidad, necesaria para comenzar un día con poca luz. En la escena casi wagneriana y «conservadora» como tildan algunos estas obras del finlandés, el maestro inglés también jugó con el gris pero primaveral, que me recuerda más nuestro otoño astur, los destellos de la madera no de cisne sino mejor petirrojo o raitán de mi tierra, tocando suelo firme y no un estanque por el poso alcanzado en las sonoridades, poco etéreas excepto de espíritu. De haber elegido para el programa El Festín de Baltasar Op. 51 y entonces el menú hubiese resultado aún más redondo.

Akiko Suwanai ya no es la jovencita ganadora del Tchaikovsky pero sigue siendo un prodigio, sus visitas a Oviedo en 2009 con Kynan Johns y con Milanov en 2010 y su Stradivarius «Delfín» fueron impactantes (Prokofiev y Tchaikovski) siendo de las pocas que se «atreven» a interpretar el Concierto para violín op. 33 de Nielsen. Dos movimientos pero infinitos recovecos, densidades potentes llenas de exigencias solistas y orquestales no fácilmente digeribles, puede que necesitando acostumbrarnos a estos sabores tan distintos. La emoción de la virtuosa japonesa sólo se transmite cerrando los ojos, esa cultura que casi impide exteriorizar sentimientos pero que escuchándola remueve las tripas, «sushi» en estado puro para un danés que también sabía innovar y todavía parece actual. El Preludio. Largo. Allegro caballeresco puede recordarnos ese verano luminoso, casi cegador donde la noche apenas es un atardecer que no pone el sol, con un inicio vertiginoso y exigente para solista y orquesta, impecable, equilibrada, aterciopelada en todas su secciones, con el Stradivarius emergiendo y dialogando, protagonismo compartido bien entendido y marcado por Gamba. Mientras el Poco adagio. Rondó Allegretto scherzando contrapone el invierno sin luz, frío e íntimo, todo en una partitura como si del primer Tívoli hablásemos, recuerdos de muchas culturas y mucho más que un entretenimiento, con una Suwanai pletórica que sobrevuela con su «Delfín» volúmenes incluso en los pianísimos, un discurrir musical sinuoso en emociones y orquestaciones, denso pero no pesado, trabajoso y agradecido. Las cadencias de la japonesa son un espectáculo de fuegos artificiales en la navidad danesa, luces más que ruido, explosión contenida pero profunda, dobles cuerdas y arco mágico capaz de pensar en dos violines a la vez por la uniformidad de los fraseos, sin olvidar el toque final de fino humor nórdico ante el grueso orquestal empujando el barco por los canales reflejando los palacios decimonónicos en todo su esplendor.

Todo un manjar que no podemos probar a menudo porque perdería el encanto de lo nuevo, y servido con el aderezo de una OSPA arropando un sabor que permanece siempre, bien preparado por un Gamba reconocido maestro concertante. Nielsen más allá de sus sinfonías apostando por platos rompedores hace cien años que aprovechando efemérides volveremos a encontrar en algún menú.

El regalo bachiano del tercer movimiento «Andante» de la Sonata nº 2 BWV 1003 trajo la frescura de un scnaps danés espirituoso en vez del esperado sorbete de limón, para devolver al paladar su estado original, en tragos cortos, escuchando las dos voces pausadas, la música pura desde el sonido impecable, perfecto, preciso y limpio antes del festín de la segunda parte. Bravo por Akiko.

El noruego Grieg y su Peer Gynt, suite nº 1 op. 46 resulta más habitual en las cartas musicales, especialmente con la primera, ingredientes conocidos y preparación llevadera, aunque Rumon Gamba le dio el toque romántico de contrastar y jugar con una OSPA colaboradora, aceptando una pizca de sal con la misma naturalidad que los granos de pimienta, cuatro números bien servidos: La mañana luminosa que llena la boca, maderas protagonistas excepcionales siempre; Muerte de Aase profunda que permite recrearse a todos desde el dolor de la cuerda cual lecho final del que emerger, acunado por una dirección atenta a toda emoción, tensiones y sonoridades dramáticas; Danza de Anitra ligera como el gusto salpimentado, juegos rítmicos contenidos, dinámicas jugosas, primeros planos sugerentes percibiendo todo en su punto; y En la gruta del rey de la montaña capaz de aunar un crescendo de matices y tempo con total naturalidad, saboreando todas las secciones que tienen ingredientes de primerísima calidad dando un plato de muchos tenedores por presentación, paladar y digestión. Cuatro platos sin pausa, sin respiro, distintos, equilibrados y sin perder unidad, belleza ni coherencia.

Para acabar de nuevo Nielsen en la mesa y su Aladino: suite op. 34, otro plato poco cocinada al completo (en Oporto probé por primera vez un bocado y aquí no hubo la breve intervención del coro final) que en siete números nos hace viajar a oriente sin movernos de la butaca pero abriendo bien los oídos desde una orquestación completísima con una escritura que potencia todas las familias, recursos aparentemente fáciles pero difíciles de equilibrar en una música teatral como toda la puesta en escena. Gamba apostó por contrastes agridulces, los músicos respondieron y hasta el público disfrutó del espectáculo. Los sabores salen a flote sin problema, metales y percusiones en la Marcha festiva oriental, juguetones flautines, fortísimos impregnados de colorido casi como Bollywood; El sueño de Aladino y Danza de la niebla matinal con regusto del noruego antes de devolvernos el sueño oriental de una cuerda como base para dibujar líneas aéreas de mercados oliendo a flores; Danza hindú delicada en cuerda, sinuosa en la madera, etérea en diseño contrapuesta a la Danza china juguetona, rítmica, equilibrada antes de meternos de lleno en El Mercado de Ispahan, batiburrillo de sabores y contrastes, emociones lejanas con planos superpuestos que el maestro británico llevo de la mano para subir y bajar presencias, enfocar o desenfocar, pasar el foco de atención de un lugar a otro, medias cuerdas frente a maderas, una lección de escucha, dirección e interpretación de lo más lograda; Danza de los prisioneros una vez salvado el aparente caos, ahora con premoniciones orquestales rusas, casi cinematográficas en blanco y negro; y la Danza negra, africana, explosiva y potente para deleite sonoro de todos, maderas y «bronces», percusiones en estado puro, energía transmitida con la vitalidad de Gamba contagiada a una OSPA volcada en este remate musical donde la geografía es lo de menos ante este itinerario musical.

El placer estuvo en cada detalle, los románticos viajaban de muchas formas, no ya físicamente sino con el teatro, la literatura y hasta la cocina, con la música bañándolo todo. Mentalidad abierta para una ruta transitable tras desbrozar el camino, influencias adoptadas y adaptadas en esta suite danzarina, fuerte, casi picante que el maestro cocinó en las proporciones perfectas para saborear cada ingrediente.

Dos invitados para tres autores, cuatro obras como cuatro platos, muchos y buenos ingredientes, cocinero que entiende bien los fogones y restaurante de carta amplia que mantiene expectativas para seguir probando y viajando. La OSPA está servida.

Fantasía e imaginación 

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Jueves 16 de abril, 19:00 horas. Museo de Bellas Artes de Asturias, Oviedo. JAM Asturias: II Ciclo de Música Antigua “Sonidos de la historia”. Jorge López-Escribano (clave): «Stylus Phantasticus. Fantasía e imaginación en la música para tecla de la Alemania del XVII». Obras de Weckmann, Kerll, Froberger, Krieger, Buxtehude y Muffat. Entrada libre.

Fantasía e imaginación parece el slogan no de este último concierto del segundo ciclo organizado por los jóvenes musicólogos de Asturias sino el suyo propio a la vista de un nuevo éxito dentro de una oferta que tiene días difíciles de elegir, pero donde la calidad prima sobre la cantidad y el clavecinista toledano López-Escribano se presentó con un instrumento fabricado por Klinkhamer réplica del construido en Strasburgo en 1700 por Friedrich Ring, cuidando no ya el programa sino dónde sonaría.

Maravillosa lección del llamado Stylus Phantasticus inspirado en las tocatas y fantasías para tecla de los italianos Merulo y Frescobaldi que Froberger importa al norte de los Alpes conviviendo con el «estilo libre» o nuevo, contraposición entre la total libertad compositiva e interpretativa, «caos» aparente y el «orden y estructura» donde el propio músico remodela una melodía o tema con ornamentaciones y variaciones, algo por otra parte tan cercano que mantiene la vigencia de estas músicas del barroco temprano.

Bien organizado en bloques López-Escribano sacó del clave registros increíbles dentro de las limitadas combinaciones del instrumento con dos teclados que se adaptó a la perfección a la acústica del rincón donde ubicaron clave y público, jugando con la tímbrica apropiada dependiendo de la forma a interpretar. Maravilloso sonido aterciopelado en el superior, metálico y potente el inferior, presente y poderoso con la mixtura de ambos tanto en los mordientes como en las variaciones en combinaciones de 4 y 8 pies felizmente elegidas.

El virtuosismo se da por supuesto desde unas ornamentaciones ricas y bellas que nunca oscurecieron la melodía, pero también la honestidad y respeto por lo escrito, las duraciones exactas que enriquecen unas partituras llenas de guiños y dificultades casi para iniciados felizmente traducidas a la música del clave.

El compositor que centró el discurso musical fue Johann Jakob Froberger (1616-1667) del que pudimos degustar tanto unas tocatas ricas en agilidades casi cantábiles como la Suite en Do mayor FbWV 612 titulada «Lamento Sopra la dolorosa perdita della Real Majesté di Ferdinando IV«, bien explicada en el programa de mano, y sobre todo la Partita «Auff die Maÿerin» FbWV 606 compleja y avanzada en la elección de las danzas que acabarían siendo las preferidas de sus seguidores.

No faltaron más tocatas como la de Mathias Weckman (1616-1674) o Johann Philipp Krieger (1649-1725), el Aria & 3 Variazioni en la menor BuxWV 249 de Buxtehude, referente para la generación de Bach, o las Passacaglias de Johann Kaspar Kerll (1627-1693) o Georg Muffat (1653-1704) que cerraba concierto de forma magistral.

En todas ellas Jorge López-Escribano hizo gala no ya de un enorme trabajo para organizar obras y autores dentro de las dualidades antes comentadas caos-orden o libertad-estructura sino de una ejecución impoluta, llena de agilidades limpias jugando con ornamentos en ambas manos, armonías claras en acordes que evolucionan y modulan con personalidad propia más allá de las melodías específicas, inflexiones en la pulsación que hoy parecen románticas y surgen doscientos años antes, así como las distintas formas de variar líneas melódicas tanto populares como propias de unos compositores que hacen propio un lenguaje transalpino que deseaba imponerse en toda Europa aunque resultase más universal de lo que las fronteras pareciesen buscar. También quiero resaltar de las notas al programa la detallada información de autores y formas musicales así como de los recursos utilizados, que en los dedos de López-Escribano fueron complemento sonoro de una teoría muy documentada, variedades de estados anímicos hechos música, cascadas de semicorcheas dibujando colores interrumpidos bruscamente (abruptio) usando todos los recursos al alcance de un instrumento que en la distancia corta del museo llenó y completó un entorno histórico.

Aún hubo tiempo para despedidas y la propina del Lamento para evitar la melancolía que Froberger compuso tras robarle en el barco entre Francia e Inglaterra y tener que buscarse la vida dándole al fuelle para que los organistas interpretasen unas obras que él deseaba fuesen suyas, incluyendo los tan habituales «lamentos«. Finalizado el concierto el intérprete toledano estuvo instruyendo sobre el instrumento traído hasta el museo «ad hoc» para este día, contestando amablemente todas las preguntas de un público ansioso por conocer a fondo el clave, que no escuchábamos en directo desde el recordado Gustav Leonhardt, y ya ha llovido.

El ciclo finaliza el próximo jueves con una visita guiada a partir de las 17:00 horas «Conociendo el Oviedo moderno: del incendio a la Ilustración» a cargo de Laura Mier en el entorno del casco antiguo más la conferencia en La Lila a partir de las 19:00 horas de la doctora en Musicología y profesora María Sanhuesa sobre «El Teatro del Fontán de Oviedo (1670-1901)», broche perfecto para este segundo ciclo que ha ocupado los jueves capitalinos en esta primavera que respira música como en las demás estaciones, porque Oviedo es música todo el año.

Mis felicitaciones a la JAM de Asturias por este éxito previsible que augura ya un tercer ciclo para 2016, gracias a su trabajo y las colaboraciones imprescindibles para mantener la llamada música antigua de actualidad. Hay público para todo y lo hemos comprobado.

VigoroSO Perry

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Viernes 10 de abril, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo, Abono 9, OSPA, Perry So (director). Obras de Schumann, G. Connesson y Brahms.

Cada visita de Perry So al frente de nuestra orquesta es una inyección de vigor, alegría y magia, contagia vitalidad a cada partitura y conecta a la perfección con los músicos a los que eleva a la máxima categoría insuflando una confianza que siempre da como fruto conciertos plenos.

El programa de este viernes tuvo tres momentos completos y una compleja unidad a pesar de las apariencias. La Obertura, Scherzo y Finale, op. 52 (1841) de Schumann fue casi una sinfonía incompleta, poquísimo escuchada y con todo el estilo plenamente romántico en el que nuestra orquesta brilla casi siempre, más cuando desde el podio se marca todo a la perfección dotando de sonoridades únicas a la formación asturiana. Cada sección rivaliza en calidad con las demás, lo que pone el listón altísimo, con la colocación «vienesa» que para estos repertorios pienso es la idónea. Las cuerdas graves de la Obertura llegan a todos y la rítmica estuvo clara con ese «abrazo» que envuelve todo, más en el Scherzo que con mano firme por parte del maestro So alcanzó ese vigor que parece inundarlo todo. El Finale estuvo tan claramente expuesto en el contrapunto inicial que daba gusto escuchar cómo pasaba de unos a otros hasta la coda homofónica potentísima.

Escuchaba por vez primera Un rayo de luz en la era de la oscuridad (2005) del francés Guillaume Connesson (1970) que tras la conferencia previa de Alejandro G. Villalibre, autor de las notas al programa -enlazadas al inicio en los autores-, pareció más actual aún aunque en «Música y universo: el sonido del espacio» apenas se citó la obra pero sí las relaciones de siempre entre dos mundos desde los astrónomos, físicos filósofos, también músicos, sin olvidar cómo la imagen cinematográfica hace más creíble cualquier género o forma musical que en estado puro y sin ese apoyo podríamos calificar de infumable, pero no es el caso de esta otra «obertura» para una «Trilogía Cósmica«. Si el propio compositor la describe como «música pastoral cósmica» el trabajo tímbrico y la orquestación van más allá de cualquier evocación aunque ayude a una mayor o mejor comprensión de la partitura. Orquesta con percusión abundante y tratamiento muy específico (como en los platos con arco), más arpa, piano, celesta y demás arsenal de viento tan del gusto de los contemporáneos pero tratada con maestría tanto en el desarrollo de las secciones como en la narrativa que Perry So tuvo clara, conocedor de la obra en Los Ángeles. La gradación dinámica hasta el oscuro silencio y posterior destello de luz casi cegadora se consiguió con un trabajo de todos los músicos volcados con una obra madura y cercana en el tiempo, destacando el oboe y el cello pero también el solo de trompa en la parte central y sobre todo el magisterio del director chino. Música agradable y fácil de escuchar sin excesos arbitrarios desde una concepción más allá de las descripciones que siempre ayudan.

El auténtico protagonista sería Brahms y su Sinfonía nº 3 en fa mayor, op. 90, nada de «cenicienta» de su hermana Cuarta, capaz de emerger tras su escucha como la libertad orquestal desde la individualidad. Hay buenas versiones para una difícil elección que los melómanos atesoramos: Bernstein con la Filarmónica de Viena, Abbado con la Staatskapelle de Dresde, incluso Haitink y la Chamber Orchestra of Europe, sólo por dejar tres ejemplos distintos e igualmente hermosos (además de los enlazados anteriormente). Al final el maestro chino, pero de formación yanqui, elevaba la partitura ante las largas ovaciones que le obligaron a saludar repetidas ocasiones y compartiendo con los músicos una interpretación magistral. Sinfonía que hace protagonistas a cada uno de los atriles, exigente con todos los solistas y respuesta impecable por parte de ellos. De los metales: trompas seguras como nunca, ensambladas a la perfección, trombones poderosos y precisos, trompetas capaces de claroscuros increíbles. Las maderas en plena competencia por sonar con toda la musicalidad que el genio de Hamburgo pone en sus intervenciones: clarinetes exhultantes, oboes evocadores, flautas levantando vuelo, fagotes como violonchelos en ataques y fraseos. Los timbales contenidos pero presentes y exactos. Pero la cuerda merece un punto y aparte.

No recuerdo una sonoridad tan vigorosa, clara, incisiva, presente como esta vez. El Allegro con brio marcó un antes y un después, el Andante recreó con el viento momentos irrepetibles, el conocido y versioneado Poco allegretto más cantable que nunca y el Allegro final una explosión de júbilo. Los cellos presentes, precisos y preciosos, como nunca, las violas protagonistas pocas veces con un sonido maduro, los contrabajos deleitándonos con cada nota, y los violines un auténtico acierto, contemplando los arcos alternando arriba y abajo para alcanzar el equilibrio dinámico deseado (como explicaba el maestro a OSPA TV), la tensión contrapuesta a la seda, presencia que en Brahms logra esos clímax que nada gustaron en su momento y ahora revolverían a muchos en sus sepulturas. Perry So dominador de la obra de cabo a rabo llevó a la OSPA a la cima sonora, intepretativa, volcados con el ímpetu y vigor joven de ideas claras que dieron como resultado un concierto realmente para grabarlo en nuestra memoria colectiva, intérpretes y público.

Sólo queda mantener el grado de exigencia porque la demostración de gran capacidad que tiene nuestra orquesta no está nunca en entredicho y a este concierto nos referiremos cada vez que bajen un escalón por pequeño que sea. Enhorabuena a todos, el titular tenía que finalizar en So: explendoroSo, fabuloSo, maravilloSo, contagioSO… finalmente vigoroSO Perry.

Flautas de pico en el Museo de Bellas Artes

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Jueves 9 de abril, 19:00 horas. Museo de Bellas Artes de Asturias, Oviedo. II Ciclo de Música Antigua “Sonidos de la historia”. Alejandro Villar (flautas de pico): Recorder 8.3. Obras de Diego Ortiz, Jacob Van Eyck, Telemann, N. Bousquet, Maki Ishii y anónimos. Entrada libre.

Nadie se espera que un concierto con solo flautas de pico en solitario puedan convocar tanto público, pero evidentemente el programa era más que un reclamo, Oviedo tiene una oferta donde la llamada música antigua sigue llamando y llenando, nuevo éxito de la JAM (Joven Asociación de Musicología de Asturias) en este segundo año que resulta no ya de asentamiento de un «ciclo para los jueves» sino todo un reto para preparar los próximos que seguro vendrán.

Alejandro Villar tiene un largo historial de colaboraciones con otras formaciones del que podemos leer algo en los enlaces del concierto y en su propia página web, para muchos «medio Eloqventia» y todo un virtuoso además de profesor y estudioso de la flauta de pico, «tristemente» asociada al terreno escolar merced a Orff, pero que está asentada en la historia llegando a ser tan importante como sus hermanos hasta la llegada de los instrumentos llamemos actuales.

Alejandro se encargó de desmontar falsedades abordando ocho obras de ocho siglos con un tipo de flauta para cada una de ellas, toda una lección y elección magistrales para poner en su sitio la flauta de pico, la de bisel fijo (como los silbatos), «recorder» que llaman los anglófonos, siempre aderezando de forma breve y amena los orígenes así como procedencia de las músicas interpretadas, diría que recreadas por el flautista astur-leonés.

Sin entrar en cada una de ellas, desde los anónimos del siglo XIII (con doble flauta o aulos) y XIV con la «estampida» como forma medieval francesa e italiana, músicas bailables, hasta la última, cada obra fue un ejemplo del papel que tanto el instrumento como la propia música ha tenido a lo largo de la historia, «sonidos de la historia» como se titula este segundo ciclo e «historia del sonido» por el trayecto que Alejandro Villar nos brindó, virtuosismo cada vez mayor desde Diego Ortiz, intercambiables tratados para cuerda o viento, al «Paganini de la flauta» Jacob Van Eyck,

el barroco inglés de Telemann con una verdadera fantasía en tres movimientos, siempre contrastados, que encumbra la música instrumental en su momento álgido, para «caer» y recordarnos el siglo XIX donde la flauta travesera parece relegada al olvido pero donde Bousquet escribe para este instrumento olvidado unos estudios de los que el tercero Allegro moderato puso el estilo clásico al servicio de la «recuperada flauta de pico», con intentos de modernizar mecanismos (flagolet) aunque nada mejor que volver al origen y auparla por fin a la actualidad en los años sesenta y setenta del pasado siglo gracias al llamado movimiento historicista donde el recién fallecido Frans Brüggen eleva a la máxima categoría las interpretaciones con flauta de pico desde los Países Bajos, centro de «peregrinación» de estudiantes y músicos que predijeron el renacer de las mal llamadas músicas antiguas haciéndolas cada vez más actuales.

El virtuosismo siempre al servicio del estilo permitió disfrutar de esta auténtica clase magistral del músico leonés afincado en nuestra tierra, para acabar en el siglo XX con Black intention I (1976) de Maki Ishii (Tokyo, 1936), la inspiración japonesa tamizada por sonidos casi milenarios de la protagonista en manos y boca de Alejandro Villar, introspección casi mística con tres flautas distintas y un gong recuperando sonoridades que cierran círculos, la presencia de lo antiguo desde nuestro tiempo en una época capaz de conjugar en primera persona la atemporalidad de la música.

La propina tenía que ser de Bach, padre de todas las músicas, del que Villar nos regaló la Allemande de la Partita BWV 1013 para flauta solo como colofón a una tarde de museo vivo lleno de sonidos mágicos de flautas.

El Barroco está de moda

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Miércoles 8 de abril, 20:00 horas. Centro Nacional de Difusión Musical, Auditorio Príncipe Felipe, Oviedo – Sala «Luis G. Iberni». Primavera Barroca: Luz mediterránea. Il Pomo D’Oro, Dmitry Sinkovsky (violín y dirección). Obras de D. Scarlatti y A. Vivaldi.

El centro que dirige Antonio Moral, presente entre nosotros, ha vuelto a contar con Oviedo para la «Primavera Barroca» por segundo año, y ante el éxito del primer concierto supongo que seguirá apostando por la capital asturiana, donde el barroco siempre está de moda. Hace precisamente dos años actuaba la gran mezzo Joyce DiDonato en la sala principal con Il Complesso Barocco de Alan Curtis dirigido por el contratenor, violinista y director Dmitry Sinkovsky, que ahora se presenta con otro grupo (en 2011 ya lideró La Voce Strumentale), Il Pomo D’Oro, habitualmente con Ricardo Minasi, en esta mini gira con seis músicos jóvenes que contagian la alegría de lo que interpretan, siempre al servicio de un auténtico «divo» como el ruso que mantiene los tics de entonces pero que transmite desde su violín auténtica energía. La rusa Alfia Bakieva y la italiana Esther Crazzolara son las violinistas que se entienden y suenan como una; Giulio d’Alessio es un viola solvente, capaz de marcarse un solo de timbre hermosísimo; Federico Toffano al chelo y Davide Nava al contrabajo no sólo resultan el sustento del grave que en los unísonos engordan con un empaste único, sino que el continuo junto al clave del ruso Maxim Emelyanychev resulta poderoso y limpio, ornamentaciones presentes en el momento justo más un chelo virtuoso que completan una formación juvenilmente muy cuidadosa con cada partitura.

El programa se centraba en el siempre agradecido Vivaldi y nuestro «adoptado» Domenico Scarlatti en las revisiones, más que arreglos, del inglés Charles Avison (1709-1760), alterando levemente el orden inicial pero no el mismo espíritu de los dos italianos cuyas músicas parecen intercambiables, con los comentarios al programa titulados «Aficionados y virtuosos» que dejo a continuación.

Todo gira en torno a mayor gloria de Sinkovsky quien dejó su sello tanto como violín primero pero sobre todo solista en su Vivaldi RV 246 (que sustituyó al RV 242 previsto) perteneciente a los conciertos «Per Pisendel» que ya escuchásemos en su anterior visita aunque echase en falta un fagot… Sus ornamentos resultan a menudo algo exagerados pero hay que reconocerle una técnica y musicalidad impecables, lo mismo que en el RV 177, si bien Scarlatti – Avison lo resolvió con los mismos medios. A su grupo le tiene bien aleccionado para su forma de entender el barroco, difícil de seguirle por momentos, con velocidades de vértigo o cambios de ritmo bruscos aunque el trabajo conjunto se nota en cada obra.

En la Sinfonía en do mayor para cuerdas del italiano dieron lo mejor de ellos sin su director al frente, demostrando precisamente su excelente formación: dinámicas muy trabajadas y expresivas con unos pianissimi impactantes que cortaron la respiración, fraseos amplios, y sobre todo una sonoridad muy especial que en la sala de cámara resulta cautivadora.

También me agradó la Sonata «al Santo Sepulcro» de Vivaldi precisamente por el continuo juego de contrastes tan barroco y el intimismo de esta bella partitura, aunque sigo pensando que demasiado extremista, pero todo es cuestión de gustos.

Del éxito dan buena prueba las cuatro propinas que pusieron al público de pie, nuevamente para el lucimiento del ruso: un último movimiento del Verano vivaldiano que me recordó el ímpetu de nuestros Forma Antiqva, con todo el virtuosismo esperado del violinista ruso, y no podía Sinkovsky dejar de cantarnos con su registro de contratenor, aunque me sigo quedando con «La DiDonato», un aria («Pianta bella») de Il nascimento dell’Aurora dell’innocenza (eso creí entender) de Albinoni más sentida que bien interpretada, donde la voz no es el violín y las agilidades no corrían todo lo esperado, pero hay que agradecerle el intento y sobre todo disfrutando de su formación que no sólo acompaña sino que viste con lujo las obras, con unos pizzicati casi de laúd sinfónico.

Menos mal que a la cuarta fue la vencida y volvió al violín para bisarnos el último Allegro del «Pisendel» Vivaldi y dejarnos con buen sabor de boca. Todos los pasamos bien porque el barroco es disfrute, inyección de moral, luminoso como la primavera, con un público que también necesita musicoterapia para desconectar de tensiones, algo ideal con conciertos como este primero de un ciclo que se consolida en Oviedo.

P. D.: Crítica en El Arte de la fuga de Javier Sarría Pueyo.

Moscovitas: más que dulces

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Martes 7 de abril, 19:45 horas. Teatro Filarmónica: Concierto 1.922 de la Sociedad Filarmónica de Oviedo. Dúo Ignacio Rodríguez Martínez de Aguirre (violín), Sergey Bezrodny (piano). Obras de Bach, Beethoven, Prokofiev y Brahms.

Sigo disfrutando de la música allá donde voy pero comprobar cómo crecen en el amplio sentido de la palabra mis jóvenes amistades es algo que no tiene palabras. Alegría, orgullo, admiración por las familias que siempre están apoyando, sacrificándose, dando a sus hijos la mejor formación posible y compartir momentos como el de este primer martes de abril. Las sociedades filarmónicas siempre son la plataforma ideal para formar públicos e intérpretes, congratulándome que la centenaria ovetense, a la que tantos años estuve abonado, siga apostando por los jóvenes valores ofreciendo la posibilidad de foguearse, enfrentarse a conciertos de auténtica envergadura y sentir el calor del respetable, esta vez no ya el habitual, que va cumpliendo años, sino el contemporáneo del solista, compañeros y amigos de su generación, valores que tenemos que mantener desde una educación musical que complete la formación integral del individuo, algo que el actual gobierno no quiere o no sabe entender, relegando la «Música» a la categoría de materia optativa, perdiendo horas y considerándola como una materia que distrae. Sin comentarios.

Al violinista Ignacio Rodríguez (Oviedo, 1996) le sigo casi desde sus inicios, los mismos que podemos disfrutar en los vídeos de YouTube© apreciando la impresionante evolución en estos pocos años, formándose continuamente, actualmente cursando los estudios superiores en el CONSMUPA, afrontando repertorios cada vez más difíciles con una madurez interpretativa digna de destacar. Sus maestros han ido tallando un músico internacional con acento ruso: Vasiliev, Dourgarian, Lev, también a Teslya, Zhislin, Lomeiko y Krysa, pero especialmente Boris Belkin, un ruso enamorado de Asturias al que nuestro artista cautivó, viajando a Maastricht o Siena muchos años para ampliar estudios y entrar en la nómina del importante alumnado del genial violinista ruso.

No quiero olvidar un detalle que parece recurrente y que me sirvió de inspiración para mis primeras notas al programa nada menos que con «Los Virtuosos de Moscú» y Spivakov, su llegada a esta tierra cuando «Don Ignacio no estaba ni proyectado», esa apuesta por Asturias y todo lo que supuso, no ya colocarnos en el mapa musical internacional sino también sentar unas bases que de nuevo la miopía política de turno casi destrozan o dejan inacabadas como algunas carreteras, ferrocarriles del siglo XXI con velocidad del XIX y tantos proyectos incompletos o totalmente parados cual monumentos al despilfarro, a la ignorancia y a la incultura. Al menos muchos de aquellos virtuosos vinieron con amistades y familias, optando por quedarse pese a todo, cambiando la mentalidad de muchas familias sobre la educación musical profesional, no junto a otra carrera universitaria sino toda una vida dedicada a la música como profesión, algo que los rusos siguen reclamando, convenciendo y apostando por ello. De aquellos rusos virtuosos Sergey Bezrodny (Moscú, 1957) se quedó entre nosotros para 25 años después demostrar a muchos cómo la constancia, la paciencia, el trabajo y por supuesto el tiempo, acaban dando resultado, optando por acompañar a un joven violinista asturiano que podrá presumir de tener en su historial al pianista de otros grandes instrumentistas, todo un Maestro con el que Don Ignacio sigue aprendiendo y creciendo.

Las obras elegidas para este concierto fueron un pequeño muestrario de dificultades con las tres «b» de Bach, Beethoven y Brahms sumándose la del propio Bezrodny, para un complemento ruso en interpretación y acento perfecto para Prokofiev o la propina de Rachmaninov, dando ese toque moscovita como el dulce ovetense que tiene fama nacional.

Soledad abrumadora del violín con los tres primeros movimientos de la Partita nº 2, BWV 1004 en re menor de Bach que sirvió para apreciar cuánto trabajo (interpretado de memoria) y esfuerzo esconden sus movimientos, el instrumento junto al órgano donde «el kantor» volcaba su inspiración: Allemande más que un calentamiento de dedos, arco amplio y pulsación fuerte, la Courante con auténtico desparpajo juvenil de Ignacio, técnica cuidada y sonoridades suficientes y la Sarabanda íntima, dolorosa, profunda para un músico de pocos años que siempre volverá a «Mein Got» como revisión y recreación.

La Sonata nº 1 op. 12 nº 1 para violín y piano en re mayor de Beethoven la tengo grabada en mi memoria al haberla estudiado en mis últimos años de conservatorio, y la pude volver a degustar por estos mismos intérpretes en Gijón, comentando entonces la importancia del diálogo para una partitura donde el protagonismo está repartido, intención y fraseos, planos sonoros en continua vorágine pese a ser aún «clásica» aunque despuntando el romanticismo que instaurará el sordo genial. Respeto del alumno ante el maestro para un diálogo en tono de voz sosegado, casi susurrado y contenido en los tres movimientos, el Allegro con brio contenido, evitando sobresaltos, el Tema con variaciones: Andante con moto momento álgido tras el tranquilo tema inicial, palabra del Maestro al piano que el Alumno intenta contestar, intervenir tímidamente hasta que desarrollarán tensiones resueltas «románticamente» cual discusión que se enzarzase y elevase un poco de volumen antes de alcanzar el Rondó: Allegro final encauzando la conversación con distintos puntos de vista desde el respeto mutuo, protagonismos alternados, entendimiento musical desde ese idioma universal que tanto Ignacio como Sergey transmitieron al respetable.

Para la segunda parte y una vez superada la primera contenida, el ímpetu joven salió a la luz con el apoyo veterano y dominador del idioma, la Sonata nº 2 Op. 94 bis en re mayor (Prokofiev) que sonó más moscovita que nunca en el violín de un Ignacio Rodríguez volcado en expresión desde el Moderato inicial, arropado con esa base magistral de Sergei Bezrodny, total entendimiento y mismo acento ruso sin fisuras, cercanía del lenguaje, lectura de envergadura en una traducción musical equilibrada y fresca para un diálogo profundo sin edad, al mismo plano con la seguridad del trabajo bien hecho para un examen lleno de trampas en el Presto – Poco piu mosso del Tempo I que el aventajado violinista superó sin dudar. Remanso en el Andante que volvió al equilibrio piano-violín lleno de musicalidad y fraseos limpios desembocando en otro catálogo de turbulencias y juegos agógicos compartidos: Allegro con brio – Poco meno mosso Tempo I – Poco meno mosso – Allegro con brio, idioma entendible para una obra compuesta en los años 30 que mantiene la misma frescura que demostró el dúo. Largos y merecidos aplausos para el esfuerzo y arte demostrado por el dúo.

Y para rematar nada más profundo que el póstumo Scherzo en do menor (Brahms), auténticas palabras mayores para los dos intérpretes, hondura filosófica, escritura honda y exigente, casi cuartetística reducida a dúo, puro romanticismo para ambos intérpretes desgranando sonoridades impresionantes, sin complejos, de nuevo la memoria de Ignacio Martínez y el oficio en Sergey Bezrodny, brevedad de la vida en el último suspiro con dos ópticas: la juvenil que contempla lejano ese momento y la madurez intermedia para una deseada larga existencia, visiones unívocas musicalmente apasionadas dando lo mejor de ellos, obteniendo otra salva de bravos valorando una intepretación rigurosamente hermosa.

El regalo a la vista del halo tenía que ser también ruso, la tantas veces adaptada a distintos instrumentos Vocalise, Op. 34 de Rachmaninov que Rodríguez Martínez de Aguirre sintió y “cantó” con el violín cual homenaje filial a su entorno, tradición coral en su casa aunque no figure en su aún breve biografía, y Bezrodny con música en los genes llenando páginas y ejerciendo de «orquesta en miniatura» desde el virtuosismo al que nos tiene acostumbrados.

Espero seguir disfrutando muchos años de mi querido Don Ignacio y verle en los mejores escenarios del mundo. Tiene madera, afición, ilusión, ganas y toda una vida por delante.
P.D.: Crítica en el diario La Nueva España de Oviedo del jueves 9 de abril:
LNE09ABR2015Critica

El renacer de Rameau

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Jueves 26 de marzo, 19:00 horas. Centro La Lila, Oviedo: Joven Asociación de Musicología de Asturias. II Ciclo de Música Antigua «Sonidos de la historia». Conferencia de Mario Guada: «Jean Philippe Rameau ou la madurez a escena».

Segunda conferencia del «ciclo de los jueves» que organizan estos jóvenes musicólogos asturianos, esta vez a cargo del completísimo leonés, casi asturiano, Mario Guada, uno de los fundadores de esta asociación. Varios años miembro del Coro Ángel Barja y actualmente en el laureado coro asturiano «El León de Oro» es además de crítico y colaborador como especialista en la música antigua y barroca, en distintos medios y revistas musicales entre las que destaca «Codalario« dirigida por mi admirado colega Aurelio M. Seco que hizo de anfitrión y presentador del conferenciante, como perfecto complemento al excelente y documentado artículo publicado en el Anuario 2014 de la citada revista, (imprescindible para todo melómano que se precie) titulada «La madurez a escena» con motivo de los 250 años de su muerte, además de la entrevista a William Christie como uno de los especialistas en la vida y obra del compositor francés.

Si leer a Mario Guada es siempre un placer, escucharle con la riqueza y profusión de ilustraciones tanto visuales como sonoras, supuso una auténtica defensa de un compositor que al menos para mi generación, en España apenas se escuchaba y del que tampoco había muchas grabaciones. El citado Christie nos acercó un poco más la dimensión de su compatriota Rameau, pero olvidando todo el corpus teórico que junto al eterno J. S. Bach sentarían las bases de la tonalidad y una nueva forma de componer.

Imposible transmitir el enciclopedismo no ya del conferenciante sino del propio protagonista, con varios apartados donde pudimos descubrir por un lado y recordar por otro, sus etapas organizadas de la siguiente manera:

I. Sucintas notas biográficas

La vida del compositor francés con luces y sombras, etapas desconocidas como su viaje a Milán que le serviría para ser tachado de italianizante al principio y precisamente el más francés cuando la moda venía de allá, músico contracorriente y auténtico ilustrado.

II. El Rameu teórico

No se podía olvidar esta importante faceta que, como apuntaba al inicio, le pone junto al primer volumen de El clave bien temperado bachiano en los inicios de la tonalidad y asentando un barroco que siempre mantendrá un sello propio, francés por extensión a su nacionalidad e implicación pero totalmente universal como el del kantor de Leipzig. Incluso preámbulos en sus libros de cómo tocar el clavecín, tratados para acompañar a flauta, violín, viola de gamba… y hasta la armonía a partir de ese naturalismo de la tríada añadiendo séptima, novena y onceava que nunca antes se habían utilizado. Interesantísimo este apartado que daría para toda una velada independiente.

III. Corpus compositivo: El auténtico meollo musical práctico, diferenciado entre:

IIIa. Obras ajenas a la escena: piezas para clave, grands motets, cantatas profanas y obras menores, también dignos de un mayor tratamiento en tanto que su escritura resultó tan avanzada en todos esos géneros, cánones incluidos y descubriendo recientemente que el popular «Frère Jacques» es de su autoría, como tantas otras primicias que Guada recordó de Rameau, poniendo las cosas en su sitio exacto.
IIIb. Mundo operístico: intentos previos y carrera escénica. De nuevo las luces y sombras, los primeros acercamientos a un drama musical que los propios franceses denominan de distintas formas para acotar fondo y forma.

Sería este apartado el más amplio de la disertación precisamente por el dato curioso de no dedicarse por completo a la ópera hasta los 50 años, tras unos inicios y tanteos que saldrían a flote en plena madurez, a pesar de no contar con una colaboración fija de sus libretistas, por otra parte y salvo Voltaire, faltos de mayor peso literario aunque plegados a los gustos reales.

IV. La grandeur musical de Rameau

Imposible e innecesario desgranar cada obra, las aportaciones instrumentales a una orquesta casi sinfónica, y la cuidadosa selección de los fragmentos musicales para explicar las claves de las óperas de Rameau, con erudición y cercanía, disfrutando y contagiando las ganas por escuchar y/o ver las obras completas, sin faltar nunca el comentario crítico de los distintos registros aparecidos hasta el momento, esa faceta de dominador de una época y aún más del autor protagonista de esta segunda clase magistral en el salón del centro de La Lila.

Tampoco olvidó recordar parte de los eventos que en el 2014 se celebraron en torno a la figura de Rameu, el músico francés que Guada nos ha redescubierto y del que todavía no teníamos una visión tan completa como la que nos ofreció este musicólogo conocedor apasionado de un compositor realmente grande del que nos contagió su admiración y saber.

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