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Con alma y pasión rusa

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Lunes 23 de mayo, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo, Jornadas de Piano «Luis G. Iberni»: Denis Matsuev (piano). Obras de R. Schumann, Tchaikovsky y Rachmaninov.

Programado el 25 de abril pero pospuesto hasta este lunes llegaba el esperado pianista Denis Matsuev (11 de junio de 1975) que no defraudó en absoluto con un programa brutal, potente, poderoso, con un estilo más bien recio pero enérgico y lleno de matices desde una técnica apabullante válida para dejar un excelente concierto con toda el alma y la pasión rusa, amante del piano y del Arte con mayúsculas que dejó cuatro propinas (en la onda de mi «San Sokolov«) variadas y hasta con un guiño al jazz que tanto le gusta en una recreación propia del gran Duke Ellington de quien escuchamos los motivos del Take a train y su Caravan de auténtico vértigo casi en blanco y negro para un verdadero espectáculo de casi dos horas de duración que, como siempre pasa con lo bueno, pasó volando. Hoy los enlaces de las obras corresponden a interpretaciones del propio y prodigioso Matsuev que en vivo resulta todavía más impactante, imaginándome lo que pudo ser el concierto de Verbier en 2012 bastante similar a este de Oviedo y al previsto en el Palau y no encajó en las nuevas fechas. Suerte la nuestra…

La primera parte llenó, en el amplio sentido de la palabra, con Schumann enlazando sin pausa las Kinderszenen (escenas infantiles) op. 15 y la Kreisleriana, op. 16, unidad estilística y formal con veintiún cuadros, trece «nada infantiles» más ocho «excéntricos,
salvajes e ingeniosos» como el personaje Johannes Kreisler del prusiano E.T.A. Hoffmann que bien recuerda la musicóloga Miriam Mancheño Delgado en las notas al programa (enlazadas en los autores del inicio). Todo un muestrario de saber tocar con todo el cuerpo más allá de los dedos que parecían multiplicarse, muñeca, brazo, hombro… momentos brutales frente a los más íntimos (excelencia del Ensueño), cuadros variados en temática pero claros en cada detalle, empleo escrupuloso de pedales con una digitación preclara, todo con una energía que se transmitía incluso en los silencios, apenas pausas entre cada número, explosión sonora y murmullos casi al oído. Hacía tiempo que no escuchaba un Schumann desde el virtuosismo más musical, con un Matsuev espléndido sin «despeinarse» donde el placer de tocar sólo se vislumbraba por unas sonrisas serenas y cómplices en los números «tranquilos» y el cabeceo cual asentimiento de pasajes vertiginosos creadores de ambientes como sólo un obsesionado por el teclado y su técnica como Robert Schumann son capaces de llevar a la partitura y este ruso elevarlo al paraíso romántico (su rubato para anotar) del instrumento con 88 teclas.

Y el alma rusa ocupó toda la segunda mitad, puede que genética, condicionamiento geográfico o directamente la escuela que sigue poblando de excelentes pianistas las salas de conciertos de todo el mundo, siendo Matsuev uno más en la larga lista, no el anunciado Tchaikovsky (con dos obras no muy habituales: Meditación Op. 72 nº 5 -que suele ser propina, y Dumka op. 59, por otra parte no anunciado el cambio) sino TODO Rachmaninov, marca de la casa y como bien decían Javier Nuevo o mi admirado Ramón Avello, comenzando con dos de los Etudes-tableaux, op. 39, siguiendo el Preludio en sol menor, op. 23 nº 5, marcial y agitado, potente como el propio Sergei en pasajes de octavas sobrecogedoras en velocidad y potencia, los acelerandos en transición calma contrapuestos al melodismo de sus conciertos de piano (especialmente el segundo) donde la orquesta resultó el propio piano llenando sin problemas el auditorio para poder apreciar cada detalle, seguido del Preludio en sol sostenido menor op. 32 nº 12 y especialmente la arriesgada Sonata nº 2 en si bemol menor, op. 36 (segunda edición de 1931), increíble en los tres movimientos sin descanso y verdadera «montaña rusa» de poderío físico y mental, Allegro agitato, Non allegro de breve remanso en una catarata de notas, y Allegro molto, velocidades sin vértigo por la facilidad con la que seguíamos cada melodía, cada ornamento, cada respiración, cada cromatismo, cada octava, agitación y vorágine… Si la primera parte resultaron cuadros llenos de color, la segunda inmensos murales donde la globalidad permitía el dibujo a pesar del tamaño tal fue el despliegue y perspectiva de Matsuev.

De las propinas además de la última «en clave de jazz», una caja de música (Liadov) delicada como un collar de perlas naturales, un Sibelius (Estudio en la menor op. 76 nº 2) más ruso que finlandés y «habitual» propina del pianista junto a otro apasionado y vibrante romántico como Scriabin (Etude op. 8 Nº12 en re sostenido menor) para un enorme paquete que no se hizo rogar para un verdadero amante de su oficio y regalo para los aficionados que gozamos como niños ante el derroche de energía, vigor y música de Matsuev.

P. D.: De nuevo las GRACIAS a mis amistades musicales que están en todo y engrandecen este blog con sus aportaciones además de enmendar mis errores.

Max Valdés en los 25 años de la OSPA

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Viernes 20 de mayo, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo, abono 14 OSPA: «25 años IV», Maximiano Valdés (director). Obras de Sibelius, Hindemith y Brahms.
Dieciséis años de convivencia con la OSPA hacen del maestro chileno el mejor observador y conocedor del crecimiento de una formación que celebra sus bodas de plata, un largo camino hacia la excelencia de la que el tándem Max Valdés e Inmaculada Quintanal tienen mucho que ver. «La pasión y la música nos llevan a un conocimiento profundo que no pertenece a la razón, y eso lo aprendí en Asturias» aseguraba el Maestro hace seis años en su despedida como titular, con algunas visitas al foso de la ópera, pero esta vez podía sentirse orgulloso de «su orquesta» en su punto álgido de calidad forjada en este tiempo, un tesoro que debemos cuidar y auténtica embajadora de Asturias.

Se tarda mucho tiempo y esfuerzo en «armar una orquesta» y elevarla a cotas supremas pero muy poco en hundirla. Sigue habiendo una égira de un público que parece abandonar el barco antes de hundirse con él, noto falta de ilusión entre abonados, desconocemos la programación para la próxima temporada, y Max Valdés pareció percatarse de todo ello desde un podio al que tantas veces se subió, esta vez con un «concierto germánico» de autores por lo que siempre ha transitado y disfrutado, pero montado en poco tiempo («norma habitual» hoy en día) que impide ahondar en los detalles que marcan las diferencias, aunque dejándonos su elegante buen hacer y gesto al frente de unos músicos que han crecido junto a él y con los que se reencontraba estos días.

La Canción de primavera, op. 16 (Sibelius) trajo una plantilla ampliada para la ocasión y poder disfrutar de esta obra de juventud agradecida de escuchar desde su breve introducción hasta el crecimiento en todos los sentidos. Brillante orquestación y rica gama de matices que parecen dibujar esos cielos nórdicos limpios hasta la explosión lumínica final con toque de campanas a la que Valdés condujo con acierto, secciones compensadas y seguras donde la cuerda pareció sonar más vibrante e hiriente sin perder su habitual toque aterciopelado.

Algo menos de plantilla para una excelente Sinfonía «Matías el pintor» (1934) de Paul Hindemith, de la que la profesora Mª Encina Cortizo, siempre admirada y querida, comenta en las notas al programa (enlazadas en los autores al inicio disponibles en el Facebook© de la OSPA así como en el nº 14 de su revista) que el autor «se acerca a la figura de Grünewald por el significado de su figura, al simbolizar “problemas, deseos y dudas que ocuparon la mente de todos los artistas serios desde los tiempos más remotos»», como un diagnóstico actualizado del sentir que parecía flotar en el auditorio ovetense. Los tres movimientos con los títulos tan pictóricos y expresivos (Concierto angélico, Entierro y La tentación de San Antonio) fluyeron bien interpretados por unos músicos en comunión con el oficiante invitado, parroquianos que reciben a un pastor conocedor de su feligresía así como del sermón, preparatorio del Brahms final con el que Hindemith comulga y se hace más accesible. Obra vigorosa como la versión de Max Valdés, trombones como tubos de órgano brillantes, la oscuridad y desgarro de las maderas siempre inspiradas, antes de soltar demonios y monstruos de sonoridades convincentes y agitadas pero siempre limpias antes del triunfo final, la ópera sin imágenes que puso el chileno para lo mejor de este concierto.

Como si el descanso aminorase ímpetu y luz, pasamos del trazo ágil y fino al brochazo, eso sí en varias capas para intentar corregir planos y presencias, porque la Sinfonía nº 2 en re mayor, op. 73 de Brahms es mucha partitura, exigente para detalles que no siempre se apreciaron, con un sonido por momentos nebuloso a pesar de pasajes bien delineados por violonchelos o maderas, incluso la trompa plenamente pastoral (siempre surge el paralelismo de esta segunda con la sexta del admirado Beethoven) junto a la propia belleza de una obra que está en mi memoria vital, agradecido por volver a escucharla en directo (grabaciones tengo para parar un tren) pero que no me llenaron como el cuadro de Grünewald musicado por su compatriota. Pienso que faltó fluidez en los cuatro movimientos que sin el final tormentoso que afuera sí nos esperaba, careció del aire mozartiano al que Hanslick alude en la cita de la doctora Cortizo. Ahondar en esta sinfonía lleva el tiempo del que directores y orquestas no disponen a pesar de la predisposición y buen hacer de todos, incluyendo el discurso final de un Valdés (entrevista en OSPA TV) que lleva Asturias y nuestra orquesta en su corazón.

Formando pianistas

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Martes 17 de mayo, 20:00 horas. Salón de Actos, Casa de la Música, Mieres: David Sánchez Álvarez (piano). Obras de Mozart, Debussy, Scriabin y R. Schumann.
Organizado por el Conservatorio de Mieres, más la Concejalía de Educación y el Ayuntamiento de Mieres, el joven pianista ovetense David Sánchez se presentaba en Mieres (unos días antes en Llanes) preparando el fin de curso y fogueándose con público variado (profesores, alumnos y aficionados), con un programa difícil en la recta final de sus estudios de interpretación y pedagogía del piano del CONSMUPA tutelado por la profesora Teresa Pérez Hernández.

Con un amplio currículo y una trayectoria tanto de solista como en música de cámara que dejo aquí y en una formación que nunca se acaba, David tiene por delante un futuro prometedor, siendo los conciertos parte de una experiencia necesaria que todos los estudiantes deben afrontar, vencer miedos e inseguridades, sentirse cómodos con un instrumento que nunca es el mismo, esforzando la memoria sin apoyos en la partitura delante, adaptación a las temperaturas de la sala y tantos factores que los concertistas tienen en cuenta en cada salida al escenario.

Las obras elegidas todas ellas exigentes, de estilos cercanos en el tiempo de su escritura pero totalmente variadas: el siempre clásico y «traicionero Mozart» de la Fantasía en do menor, KV. 475 que fraseó con limpieza y fuerza, amplios contrastes de volúmenes para una forma extensa con distintos movimientos continuados (Adagio – Allegro – Andantino – Più allegro – Tempo I) que permite condensar muchas técnicas sin perder el inimitable sabor del genio salzburgués; el impresionismo francés de Debussy con los tres números  con dedicatoria de «Pour le piano«, maravillando unos pedales ajustados para crear ambientes sin perder claridad en las manos, un Prélude de potencia, la reposada Sarabande y la enérgica Toccata, cerrando el primer bloque nada menos que el Estudio op. 8 nº 12 de Scriabin, el mago ruso emulando los homónimos de Chopin pero elevado a cotas supremas que requieren un esfuerzo global por parte del intérprete mucho más allá del virtuosismo supuesto.

El romanticismo de Schumann con su poco escuchado Carnaval de Viena (Faschingsschwank aus Wien) op. 26 llenó la segunda parte, cinco números que presentan el lenguaje pianístico del alemán complejo de dedos, dinámicas amplias, expresión extrema que necesita madurez y trabajo para sacar a flote los distintos motivos pero también los detalles nunca accesorios, con rubatos adecuados, ataques seguros, mano izquierda marcada y todo el material que un pianista trabaja desde siempre. Allegro, poderosamente rítmico; Romanze, serenidad para un ambiente interior; Scherzino, juguetón y saltarín, sincopadamente claro y contrastado a la vez que preciso para ambas manos; Intermezzo, virtuosismo de arpegios envolviendo una melodía siempre presente desde la fuerza contenida; y el Finale, enloquecido, brutal de velocidad y expresión, verdadero mazazo físico y psíquico, remate brillante a los cinco movimientos que conforman estos lienzos sonoros de un compositor obsesionado con la técnica pero con profundidad expresiva que el tiempo ayudará a madurar en las manos y talento de David Sánchez Álvarez. Mucha suerte en este fin de curso y ánimo porque el camino es largo, contando con una familia que le apoya así como un profesorado guiándole en la dirección correcta. Más no se puede pedir y sabe que en el Conservatorio de Mieres siempre será bien recibido.

Devia siempre diva

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Sábado 14 de mayo, 20:00 horas. Conciertos del Auditorio, Oviedo: Mariella Devia (soprano), Albert Casals (tenor), Oviedo Filarmonía, Marzio Conti (director). Obras de Donizetti, Bizet, Gounod, Massenet, Rossini y Bellini.

Se dice que las mujeres no tienen edad y las divas son eternas. La soprano de la Liguria Mariella Devia, a quien algunas fuentes indican nacida un 12 de abril de 1948, es atemporal. Pocas voces pueden seguir cantando tantos años sin perder nada de sus características (en esto la comparo al irrepetible Alfredo Kraus con quien compartió muchos títulos), una de las reinas del bel canto que volvía tras décadas a Oviedo concitando la misma expectación y llenando un auditorio con público llegado de todas partes. Recital con sus mejores páginas, una orquesta que ha mamado mucho foso lírico y los años van dotando de entendimiento bien asentado, con un Conti siempre atento a su compatriota, más un tenor ya conocido, Albert Casals, que en la capital asturiana hiciese entre otros su Edgardo junto a un concierto extraordinario con la OSPA y los coros de la FPA, de voz valiente, poderosa, habitual de estos repertorios, de timbre propio y característico aunque me siga transmitiendo cierta tensión en los agudos, por otra parte sobrados aunque mejorables en dinámicas, pero buen «partenaire» para La Señora Devia, que este sábado fue la verdadera protagonista.

Las oberturas elegidas para completar el recital, siempre muy subjetivas con algunas de autores que luego escucharíamos arias y dúos, fueron bien llevadas por un Conti con oficio al frente de su OFil, plantilla apta para la ocasión con algunos jóvenes aprendiendo el duro oficio de músico en orquesta, aunque solo tres contrabajos que, como suele pasar demasiadas veces al no reforzarse, deben compensar volúmenes y conseguir el siempre necesario sustento en los graves.
Aseadas las oberturas de Donizetti (La hija del regimiento y sobre todo Roberto Devereux con el himno británico bien delineado, finalizando la segunda parte), decidido Rossini (Tancredi) siempre con marca propia que permite disfrutar a los músicos y público, jugoso además de en su punto, como las recetas del cisne de Pésaro.

Las arias francesas mayormente en la primera parte fueron sacando a escena a «La Devia«, sacerdotisa Leila de «Los pescadores de perlas» (Bizet) con una orquesta siempre en segundo plano incluyendo unas trompas aterciopeladas en su Comme autrefois, Manon de Massenet con Adieu, notre petite table, y sobre todo una magistral Julieta sin Romeo (Albert sin Julieta cantó anteriormente su aria Ah! lève-toi soleil) donde el Je veux vivre de Gounod mostró el magisterio de la italiana en técnica, emisión, dulzura, control del fiato, matices y todo lo que queramos añadir, antes del esperado dúo Lucia, perdona -de la escena quinta del primer acto- con un buen Edgardo Casals, potente, nada contenido y convencido para una ¿despistada? Lucía di Devia calando medio tono una frase completa avanzado el dúo, con cierto asombro incluso de Conti y la orquesta intentando reconducirla a la corrección desde unos pianissimi mayores de lo esperado, aunque remontase en el siguiente Da Capo. Buen empaste de ambas voces, el dúo claro y dibujado hasta en las respiraciones, más un excelente acompañamiento orquestal rico en matices y cambios de tempo, con especiales y destacadas intervenciones de arpa, flauta y fagot que recogieron los múltiples aplausos del respetable.

El descanso vino bien para volver con los platos fuertes, Donizetti y Bellini, Al dolce guidami («Anna Bolena») pletórico en cada pasaje, agilidades, coloratura, limpieza, emisión, fluyendo una voz inigualable por encima de una orquesta y director plegados a la diva, pero sobre todo la irrepetible, magistral, emocionante «Norma» con Casta diva cantada casi al completo (pese a los «esperados» aplausos rompiendo todo el aria) que Devia cantó con el poso de los años cual Gran Reserva, totalmente metida en el rol, sintiéndolo y transmitiéndolo, respigándome como pocas veces en señal inequívoca de estar escuchando historia viva de la ópera y saboreando un caldo al alcance de pocos paladares.

La parte bufa de Donizetti vino de «L’elisir d’amore«, la conocida aria Una furtiva lagrima que Albert Casals interpretó un Nemorino más valiente que tímido, precisamente por lo antes apuntado del agudo, y el dúo Una parola, o Adina donde La Devia demostró la capacidad emocional para pasar de la tragedia al drama en tan poco tiempo, generosa y simpática, atemporal jovencita enamorando a todos.

Dos propinas bien distintas: «La tabernera del puerto» de Sorozábal para Leandro Casals No puede ser bravío más que sentido, y Mussetta Devia con el bellísimo vals Quando men vo que Puccini escribió en contraposición a Mimì de «La Bohème«, donde el maestro Conti llevó a la OFil totalmente de la mano al servicio de «La Diva Devia» que no pudo acabar mejor esta lección de belleza al canto.

Doble trece en veinticinco más uno

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Viernes 13 de mayo, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo, abono 13 OSPA: «Cuaderno de viajes II», Johannes Moser (violonchelo), Andrew Grams (director). Obras de H. Dutilleux y R. Strauss.
Las matemáticas de este concierto no engañan: 25+1=13×2, veinticinco años y un día del debut de nuestra OSPA en el Teatro Campoamor, heredera de la Orquesta Sinfónica de Asturias y otras formaciones que nos retrotraen hasta la Segunda República (más de 80 años), y dos veces trece pues «no soy supersticioso que da mala suerte», día del mes y número abono de la temporada «de Plata» que trajo cosas muy buenas cual regalos de aniversario con oro puro: dos retornos al auditorio y a la orquesta de los asturianos como el director americano Andrew Grams, un violinista que se subió al podio entendiendo desde su experiencia a sus compañeros, sacando lo mejor de ellos dos años después, y el grandísimo e internacional cellista alemán-canadiense Johannes Moser que hace ya ¡siete años! nos dejase con el maestro Griffiths un Schumann increíble, un viaje que pasaba de nuevo por Oviedo con dos obras evocadoras y cercanas para un auditorio con demasiadas butacas vacías, supongo que cuestión de festividades (próximo «martes de campo» en Oviedo).

El origen del Concierto para violonchelo «Un mundo lejano…» (1970) del francés Henri Dutilleux (1916-2013) lo explica a la perfección Ramón Avello en las notas al programa, enlazadas arriba en los autores, la inspiración no ya en Baudelaire sino en los propios títulos de los cinco movimientos que resultaron un viaje personal para orquesta, director y cellista por el entendimiento, sonoridades, presencia, tensiones, ambientes, unas acuarelas más que óleos por la prontitud del trazo e imposibilidad de corregir encargadas por el gran Rostropovich entendiendo nuevos caminos para su instrumento, más que un concierto clásico un concertar entre todos desde la introspección y sin una línea clara que poder seguir, pero evocaciones y ambientes sonoros perfectamente ensamblados por todos los músicos. El sonido del cello siempre poderoso, con unos armónicos sobrecogedores, un arco suave capaz de engarzar frases de verdadero Enigma desde el inicio, correspondido por una orquesta en el mismo idioma, manteniendo la Mirada con podio y la escucha orquestal, virtuosismos cómplices en unidad, cercanías solitarias, percusión con pinceladas ideales, Oleajes remando con la sección hermana a la que se unió tras finalizar, sintiéndose uno sin faltar el despliegue técnico que la obra y su destinatario exige, los Espejos que devuelven miradas e intenciones entre los intérpretes sin necesidad de traducción, y un Himno a la buena música donde el conjunto bien llevado por Grams fue más que fondo, forma para un Moser impresionante de principio a fin, cómplice con una partitura que sigue siendo un mundo por explorar, con momentos de silencios inquietantes, ruidos mezclados con los ambientes «pintados» en el escenario por una percusión siempre convincente, y entrega total por parte de todos, con una plantilla ampliada lo suficiente para mantener el equilibrio y la presencia junto a un cello todopoderoso en intervención y humano por cercanía.
«El Bach de Rostropovich« siempre es un regalo y sirvió para seguir recordándole con una personal versión de la Sarabande de la Suite nº 1, más tocada que sentida con la vuelta al intimismo del cello llenando el auditorio de serenidad y dedicada (así me pareció entender) a la hija recién nacida de Adolfo Rascón.

Tras el descanso Moser se sentó a mi lado para disfrutar la segunda parte, algo no muy habitual en los solistas, pienso que dejando muestra del respeto y amor por la música (ver entrevista en OSPATV) y sus intérpretes. Un placer charlar con él tras el Strauss de Grams con la OSPA (también en OSPATV, siempre acercándonos los invitados para comentar las obras del programa).

Richard Strauss (1864-1949) ha estado presente en el auditorio y en los atriles de nuestra orquesta varias veces a lo largo de los años, todavía más esta temporada, por lo que la fantasía sinfónica Aus Italien, op. 16 (1886) parecía completar un nuevo viaje, hoy a la juventud del compositor alemán capaz de orquestar como nadie, examinando cada una de las secciones que continúan en lo alto. Misma unidad sonora mostrada por la OSPA en la primera parte para la variedad argumental de unas imágenes italianas con óptica germana, disfrute de cada familia, dinámicas amplias, camino sin descanso en cuatro etapas: En el campo, con el poso siempre maduro de la cuerda, Entre las ruinas de Roma, magisterio de metales y bellas intervenciones de clarinete y oboe, A orillas (En las playas) del Sorrento con esa orquestación potente y por momentos impresionista con la que todos disfrutamos, de nuevo con la madera luciéndose, y Vida popular napolitana (Calle popular de Nápoles), con el conocido «Funiculì, funiculà» donde el maestro Grams se giró cómplice al público para presentar ese tema popular de Luigi Denza que irá creciendo y variando en una orquestación exigente bien balanceada, batuta que sabe lo que es trabajar desde abajo y llevarlo al podio, resultando el entendimiento perfecto para afrontar estos repertorios y hacerlos sonar como deben. Un placer contar con él esperando repita más visitas, así como Moser…
El momento de la formación en esta recta final de temporada sigue siendo admirable, y tener directores al frente con quienes se entienden y conocen, se traduce en conciertos donde el público sale feliz, estos viajes siempre subjetivos por personales y compartidos desde la calidad. Y el próximo viernes 20 seguimos de cumpleaños puramente sinfónico con el regreso del querido Max Valdés, Sibelius, Hindemith y Brahms que contaremos como siempre desde aquí.

El tiempo siempre ayuda

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Miércoles 11 de mayo, 20:00 horas, Sala de Cámara del Auditorio de Oviedo, III Primavera Barroca, “Con affetto”: Il Giardino Armonico, Giovanni Antonini (flautas y director). Obras de Tarquinio Merula, Dario Castello, Francesco Rognoni, Jacob van Eyck, Andrea Falconieri, Giovan’ Pietro del Buono, Alessandro Scarlatti, Giovanni Legrenzi y Antonio Vivaldi.

La revista Scherzo de este mes de mayo dedica su sección «Con nombre propio» a la formación Il Giardino Armonico en su gira española celebrando los 30 años de su fundación, donde Eduardo Torrico nos recuerda que «Hubo un tiempo, superada aquella primera fase pionera, en el que quienes marcaban la pauta dentro del movimiento historicista eran los ingleses, los holandeses y, en menor medida, los alemanes», allá por los 70 y 80 del pasado siglo, sin olvidarse de los franceses que comenzaban a despuntar y convertirse en seria competencia aunque la revolución no había llegado al sur de Europa. El salto de calidad hacia el Mediterráneo, al cálido sur, lo darían nuestro Jordi Savall, a quien los franceses, como suelen hacer con los buenos, le consideren suyo, y especialmente los milaneses de Il Giardino Armonico con el entonces joven flautista Giovanni Antonini al frente.

Más de tres décadas en el candelero (que no candelabro como «La Mazagatos» pusiese de moda) es síntoma de buena salud, tanto para ellos como para la música barroca que sigue llenando estanterías y auditorios (la sala de cámara creo que registró la mejor entrada de un ciclo que todavía nos traerá a Xabier Sabata con Vespres D’Arnadí en un programa «Furioso»), ampliando repertorio y épocas donde aparece incluso Haydn del que grabarán su integral a razón de una entrega por año (ya llevan dos) tras constituir en Basilea, dónde si no, la Fundación Haydn con el «Proyecto Haydn2032” para el tercer centenario del nacimiento del «papá austriaco», al que espero llegar y poder completar con ellos siempre que el tiempo y los recortes políticos no lo impidan.

La gira española que pasa estos días por La Coruña, Oviedo y Madrid, trae una formación o «ensemble» ideal con un programa que sirve para corroborar la vigencia de la música veneciana con compositores que nos son conocidos gracias a ellos, alternando obras para lucimiento de un Antonini dominador de toda la familia de las llamadas flautas dulces o de pico (contralto, tenor, soprano y hasta la piccolo última) que perderían su preponderancia a costa de la «flauta traverso» (travesera) y que muchos siguen asociando a la flauta dulce de los colegios, nada que ver la práctica de nuestros querubines y adolescentes soplando un instrumento que las familias y algunos de ellos pueden llegar a odiar, pero en igual medida que un violín «serruchado» por un aspirante a Sarasate. Y hablando de violines, Stefano Barneschi y Marco Bianchi encabezan esta vez la formación (Enrico Onofri está también de gira) a la que se suman el violonchelo de Paolo Beschi, el clave de Riccardo Doni más la tiorba de la argentina Evangelina Mascardi, más que suficientes para afrontar tanto a Merula como a Castello, siendo perfecto complemento de las obras con flauta y verdaderas joyas incluso sin el director fundador, como pudimos comprobar con estos excelentes instrumentistas que siguen funcionando en conjunto al mismo nivel estratosférico que como solistas. El entendimiento de este quinteto es de admirar por empaste, dinámicas amplísimas, equilibrio y balance cuando los solos afloran, dominio total desde una técnica vertiginosa en todos ellos que cuando suenan las flautas de Antonini se convierten en la vestimenta ideal sin necesitar más tela que la presentada, tal es el armazón y ropaje que dan al concierto.

La música veneciana de Merula con la Canzon ‘la Pedrina’ y Castello con la Sonata XI a tre, de la Sonate Concertate in Stil Moderno nos transportó a «la Serenissima» en estado puro, un viaje al pasado de nuestra juventud con aquello que entonces nos parecía rompedor y drástico, como siempre sucede con lo nuevo que solo el tiempo pone, como siempre, en su sitio, plantilla de cinco virtuosos con especial mención a los violinistas sonando como uno en todo: dinámicas, ataques, arcos, intención y sentimiento, sin saber dónde empezaba uno y terminaba el otro, virtuosismo contagiado a cada instrumento antes de la aparición de la flauta de Antonini sentando a todos menos a chelo y tiorba, sin pausas, para las Variaciones sobre “Pulchra es amica mea” de Palestrina compuestas por el también milanés Rognoni y recordarnos el magisterio en la flauta dulce tenor dejándonos impresionados de nuevo con su técnica, su sonido y esa musicalidad infinita que todos estos intérpretes tienen en estas obras, alternando combinaciones y protagonismos donde no podía faltar el increíble solo de flauta de Van Goosen compuesto por el que he llamado “Paganini de la flauta barroca”, el holandés Jacob Van Eyck, obra hasta lógica por ser Antonini uno de los maestros del instrumento, una mínima incursión dentro del plantel italiano, y hasta homenaje a la flauta de pico, antes de volver con Merula y la Canzon ‘la Strada’ solamente con el ensemble.

Me gusta resaltar lo importante no ya de elegir un programa sino la organización y orden de sus obras, cosa que quiero comentar de nuevo pues la primera parte complementaba la segunda, como preparando estilos y formas, más los descansos del flautista para recuperar aliento que permitieron seguir deleitándonos con «su formación acompañante», de nuevo este quinteto que nos dejó unas excelentes Folias echa para mi Señora Doña Tarolilla de Carallenos de Falconieri (o Falconiero), la danza tan española que parece bailó Don Quijote, disfrutando de un perlado clave y una tiorba emergente preparando el ambiente musical de todo el grupo para un juego de contrastes donde la flauta se mezcla con el violín en una tímbrica mágica, uniéndose el empuje rítmico de un baile en Nápoles en tiempos donde este reino era español, como las siguientes dos maravillas que cerrarían la primera parte con la formación al completo: la Sonata VII sobre el ‘Ave Maris Stella’ de Del Buono, intimismo con paleta dinámica amplísima, a la que siempre ayuda el violonchelo unido a esa tiorba tan femenina, en el amplio sentido de la palabra, cortando la respiración y finalizando con una atronadora ovación antes de finalizar esta mitad con la Sonata en la menor para flauta, dos violines y continuo de A. Scarlatti, una colección de siete compuesta en los años finales como bien indican las notas al programa (colocadas aquí debajo), prescindiendo del clave pero igualmente rica de contrastes tímbricos a lo largo de sus cinco movimientos, alternando aires y dinámicas desde esa concepción del barroco que Il giardino armonico ha ayudado a tenerla como habitual, con Giovanni Antonini de solista y director perfectamente compenetrado con sus músicos.

La segunda parte nos hizo retroceder y recuperar años con muchos recuerdos de la mano del ahora maduro flautista y su “jardín armónico” con el repertorio que ellos dominan como pocos, gracias en parte al trabajo de tantos años. El “ensemble” nos llevó de vuelta a Venecia para maravillarnos con la Sonata XII de Castello que permitió disfrutar cada intervención solista (la tiorba emergió a la superficie poderosa, limpia y lucida, el clave ornamentando con ligereza y la cuerda frotada en permanente asombro para el que firma), y otro tanto con la Sonata I para dos violines, violonchelo y continuo “La cetra”, op. 10 nº 1 de Legrenzi con la magia de los dos violines citados.

Pero los concerti para flauta de Vivaldi que abrían y cerraban esta segunda mitad, siguen siendo referentes con “Il Giardino de Antonini”, barroco en estado puro para los dos conciertos elegidos, el Concierto para flauta, dos violines y continuo en sol menor “La notte” RV 104, de tiempos extremos, silencios subyugantes, ataques súbitos y casi violentos frente a los remansos paradisíacos, de flauta inacabada e inabarcable, cantando y jugando con floreos interminables, la descripción musical de los propios movimientos: Largo por las respiraciones, Fantasmi: Presto-Largo-Andante porque no parece humana tal capacidad de emitir sonidos tan bellos, Largo de plácida sensación de reposo contagiado por la lenta construcción de acordes entre cuerda y flauta (que nos recuerda mucho las estaciones entendidas por ellos mismos) y finalmente Il Sonno: Largo-Allegro donde hasta Freud podría argumentar desde la música con significado pese a ser «simplemente pura», el sueño profundo antes del despertar sobresaltado pero placentero y sin pesadillas.

El cierre del Concierto en re mayor para flautín, dos violines y continuo “Il gardellino” RV 90 continuó asombrando con el piccolo virtuoso y travestido del «ladrón traverso«, más increíble por tener de sustento unos músicos que convencen y contagian ímpetu, alegría, serenidad además de buen gusto y buen hacer desde la técnica al servicio de la música, creo que el ideal para cualquier melómano, compartiendo con la flauta de pico más pequeña los momentos álgidos de la historia del propio instrumento en unas partituras que siguen asombrando cada vez que vuelven a sonar, siempre únicas en vivo. Antonini sigue doblándose para dirigir y tocar, cargando los pulmones para sobrevolar sin respiro lo humano y divino, adornar los ornamentos y tocar hasta los silencios, y en número ideal por ser «de cámara», quién sabe si idéntica plantilla a la que podría utilizar «Il prete rosso» en el Ospedale della Pietà. Pájaros imaginarios en las calles venecianas del Allegro, primoroso el diálogo con el cello; el Largo cantabile sin los violines pero saboreando la tierra firme con chelo, clave y tiorba arropando la sopranino nunca hiriente, atentos a las respiraciones y ornamentos para seguir encajando todo, y la explosión de fuegos artificiales sobre el Gran Canal en Carnaval con el Allegro en tutti, asombrando el dúo de violines (los ecos no pueden sonar mejor) pero donde cada detalle seguía maravillando por las calidades.

Y lógicamente tenía que sonar también y tan bien Vivaldi en la propina: su Largo del Concierto en la menor, RV 108, abandonando el juguetón pícolo para retomar la contralto más humana en registro y poder así cantar sin palabras con la mejor vestimenta del quinteto, un «jardín» que sigue floreciendo 30 años después. Que duren por lo menos dieciséis años más, y no solo por Haydn…

No pueden faltar

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Viernes 6 de mayo, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo: «Cuaderno de viajes I», abono 12 OSPA, Golda Schultz (soprano), Alessandro De Marchi (director). Obras de Haydn, Mozart, Beethoven y Mendelssohn.
Sin descanso y apurando esta temporada de aniversario que ya no se detendrá hasta el próximo mes, volvía la OSPA con un programa de esos que no deben ni pueden faltar, clásicos que mantienen este repertorio básico para intérpretes, músicos y público en general,  pues además de la música de nuestro tiempo (más exigente en cuanto a su escucha) los grandes también son nuestra herencia y siguen llenando las estanterías de tantos melómanos. La orquesta volvió a demostrar su solvencia, calidad y excelente estado de forma en todas las secciones, disfrutando con la interpretación de unas páginas imprescindibles, ideal en plantillas para este duodécimo de abono, llevada por un director italiano que se hizo entender (interesante la entrevista para OSPATV), claro en el gesto, preciso, compenetrado con una formación como la asturiana versátil no solo en repertorio, capaz de amoldarse sin fisuras a las más diversas batutas.

Hoy podríamos hacer esta entrada utilizando los títulos de las obras: La isla deshabitada de un Auditorio sigue perdiendo público, tal vez por el Ah! Pérfido tiempo de una climatología escocesa que haría preguntarse Voy, pero ¿dónde? ¡oh dioses y perdiéndose un concierto completo y agradable.
La obertura de L’isola disabitata, H. Ia:13 (Haydn) con una formación para la ocasión (aunque sin clave) resultó ideal para las muchas cualidades de orquesta y director: dinámicas amplias, lirismo, empaste entre secciones (excelencia en el dúo de trompas), buenos balances además del empaque habitual que en menor número de músicos resalta todavía más la gama de matices que atesoran los integrantes de nuestra orquesta, bien resaltado cada detalle por el italiano De Marchi para esta página operística pero marca del llamado «padre de la sinfonía«, luces y sombras hechas música al más puro «Sturm und Drang«.
Sorpresa agradable la soprano sudafricana Golda Schultz que sin poner la piel de gallina está dotada de una maquinaria perfecta, excelente técnica para afrontar las dos partituras que la trajeron a Asturias, emisión clara, color vocal con cuerpo y homogeneidad en todos los registros sin olviarnos del grave, corriendo sin problemas por la mayor o menor densidad orquestal, cambiando los omnipresentes oboes por los clarinetes tan del gusto de los «vieneses» Mozart y Beethoven, éste todavía clásico en forma.

El aria Vado, ma dove? Oh Dei!, K. 583 (Mozart), cuya historia figura en las notas al programa de Rafael Banús Irusta (enlazadas al principio con los autores), ya comienza a incluirse en el segundo acto de Le nozze di Figaro, calificadas como «piezas de bravura» que la solista defendió con solvencia y eficacia bien concertada por un De Marchi con la orquesta sonando en el plano idóneo, contestando, acompañando, preparando y completando esta maravillosa partitura del genio de Salzburgo.
Y otra aria de concierto que pocas veces se escucha en ellos, aunque este año fuese la segunda ocasión en este mismo Auditorio, Ah! Pérfido, op. 65 (Beethoven), misma atmósfera vocal y orquestal pero exigente en cuanto a fuerza y extensión en el amplio sentido del término musical, un recitativo exigente y un aria todavía mayor, con la soprano bien anclada en su ejecución a la que le faltó ese punto de emoción para transmitir emociones con todo el mimo orquestal. Las dos arias con textos traducidos por Luis Gago pudimos seguirlas, luces de sala encendidas facilitando su lectura, calidad y calidez en la sudafricana, belleza vocal y una técnica irreprochable que es necesaria para alcanzar la excelencia cuando se le suma entrega y carisma. Difícil aunar ambas cualidades que no siempre han tenido algunos de los grandes intérpretes (no solo voces), y personalmente siempre decantándome por la emoción con menos técnica que no a la inversa, pues las dos están al alcance de unos pocos elegidos.

Las sinfonías de Mendelssohn deberían figurar como «obligadas» en los conciertos, son ideales para pulsar el grado de trabajo y calidades de todas las orquestas con unas plantillas no siempre del tamaño que exigen otros compositores, amables de escuchar y de trabajar, algo que De Marchi con nuestra OSPA volvió a corroborar, un romántico que compone «a la manera clásica» como así lo entendió el director italiano.

La Sinfonía nº 3 en la menor, op. 56 «Escocesa» (1842) sacó de la orquesta lo mejor de ella en un crecimiento prolongado a lo largo de esta temporada que esperamos alcance el cénit en lo que aún nos espera, y es que no cabe ningún reproche en cuanto a entrega y musicalidad. Cada movimiento supuso un escalón de calidad y emoción, una cuerda dúctil y bien compensada para el Andande con moto-Allegro agitato con los primeros planos de los violines y cellos reondeados por los contrabajos (la tarima ayuda a redondear los graves), la madera siempre segura, unos timbales discretos en presencia pero imprescindibles, y el ímpetu necesario para el cambio de tempo bien llevado por De Marchi, sacando cada dibujo a flote en las distintas secciones, tensión en el punto justo, disfrutando de los clarinetes (hoy Antonio Serrano de solista) y creando ese ambiente sombrío tan parecido al asturiano que la OSPA transmite como nadie. El Scherzo: Assai vivace continuó esa tensión del primer movimiento con apenas espera entre ellos, buscando unidad en el discurso y mantener el ambiente alcanzado, la alegría del motivo en la madera siempre talentosa, el cuarteto de trompas que sigue sonando compacto y mejorando en cada concierto, uniforme, orgánico y en perfecto entendimiento junto a las trompetas, la cuerda brillante y clara, con unas violas y cellos también protagonistas amén del ya comentado sustento de los contrabajos, apostando el director italiano por un aire ligero que permitió disfrutar de todos ellos. Los tiempos lentos son perfectos para saborear la musicalidad de los primeros atriles, siempre seguros y aportando el plus de magisterio y confianza en ellos depositada, dejándonos un Adagio cantabile de belleza inconmensurable, sonoridades claras en los «pizzicati», arcos cantantes a más no poder, armonías completadas por un viento etéreo que pasa al primer plano casi de puntillas pero haciéndose oír, majestuosa serenidad antes del último movimiento Allegro guerriero – Finale maestoso, literalmente guerrero y majestuoso por el impulso desde la batuta, el empuje orquestal, los contrastes rítmicos, el brillo de la cuerda, el arrojo de los timbales, las contestaciones de la madera, la presencia del metal, las calidades en cada detalle sin decaer a lo largo de los compases, reposos mínimos en el tema principal que crece desde la unidad sonora. Una sinfonía «asturiana» comandada por un italiano con las ideas claras bien interpretadas que deja las expectativas muy altas por el programa elegido para el abono 13 del viernes 13 sin supersticiones, segunda etapa de este «Cuaderno de Viajes» para una orquesta sin prisas pero sin pausas en plena madurez de plata que nunca se acaba.

Mieres orgulloso de su Banda

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El pasado domingo 1 de mayo en el Auditorio «Teodoro Cuesta» volvimos a escuchar a la Banda de Música de Mieres esta vez con el Coro IES María Guerrero de Collado Villalba, uniendo lazos con otras agrupaciones que conforman el acerbo cultural diario de localidades que no siempre tienen acceso a los grandes auditorios a la vez que forman y encauzan aficiones. A través de coros como el de este instituto del que forman parte profesores, alumnos actuales y antiguos, padres… o bandas de música como la de Mieres que ha sacado del olvido parte de la historia local, acercando jóvenes y veteranos de varias partes de Asturias hasta la cuenca minera han vuelto a demostrar que la unión hace afición, que los valores de cooperación siguen vigentes, que el altruismo cultural sigue vigente, y además con el reconocimiento del pueblo que continúa acudiendo a sus conciertos, algo hasta hace poco considerado de extraordinario.

El coro que dirige la argentina Carina Brezzi (1967) no pretende más de lo visto y escuchado: el amor por la música uniendo generaciones y llevando el nombre de Collado Villalba y del instituto desde 2003, supongo que con todos los cambios de plantilla habituales en coros de este tipo, además del sacrificio que supone dedicar «tiempo libre», más del que muchos se creen, a preparar repertorios como el que trajeron a Mieres, agradable, variado y con música popular de todo el mundo. Desde la Canción de cuna costera (Linares Cardozo) con acompañamiento a la guitarra del «profe de Francés» evocando la patria de la responsable coral, la gallega y triste Lela (Alfonso Daniel Rodríguez Castelao) con algunos problemas de afinación, la coreografiada por coro y público Ipharadisi, con el ritmo al cajón del citado profesor, un tema popular sudafricano agradecido de cantar y compartir, el conocido Hallelujah (Leonard Cohen) con el profesor de música al teclado (supongo que no sea su instrumento habitual) y que en Mieres han cantado varias veces el coro local que dirige Reyes Duarte, para finalizar también con el conocido y bellísimo Dirait On (Morten Lauridsen) una vez resuelto el cambio de tono anterior en el teclado. Esfuerzo plausible pero exigencia de buscar siempre calidad, así como un consejo de veterano para Carina: la tranquilidad se transmite, hay que tener claro el tono del coro antes de arrancar, y por supuesto mejor parar y comenzar de nuevo que seguir mal, decisión correcta que seguramente muchos de los presentes ni se percataron.

Por supuesto cantar con el acompañamiento de una banda es mucho mejor para cualquier coro, y así cerrarían el concierto, aunque lo comentaré más adelante.

La Banda de Música de Mieres lleva desde 1991 luchando contra los elementos por recuperar una historia que incluso ya tiene su estudio con la tesis doctoral a cargo precisamente de uno de sus componentes, el profesor, doctor en Musicología y timbalero José Ramón Vidal, y que con el murciano Antonio Cánovas Moreno (1979) está consolidándose desde su llegada al podio hace ocho años como una joven agrupación de calidad, especialmente apostando por repertorios que conjugan tradición y modernidad, madurez y futuro aplaudiéndoselo como aficionado y profesor, puesto que el mundo de las bandas tiene en esta época un resurgir global con obras adaptadas a las plantillas y que con los ensayos bien aprovechados consiguen triunfar allá donde se lleven, como sucedió este primero de mayo. Aún en mi recuerdo el anterior «concierto de primavera«, las obras de entonces resultaron más trabajadas, empastadas y hasta impactantes, asentadas y asumidas con verdadero convencimiento por todas las secciones que cuentan con solistas excelentes, dando una dimensión de grandiosidad que el público premió con merecidos aplausos.

Desde el pasodoble Marta Agustín (Pere Sanz Alcover, 1975) valenciano como la horchata y con un trompeta de postín hasta el arreglo del holandés Johan Meij (1953) de Star Wars Saga (John Williams) plenamente americano, que con la selección de números del oscarizado compositor en esa adaptación para banda por parte del holandés, referente mundial en el nuevo repertorio, los músicos de Cánovas sonaron sinfónicos. Y otro tanto podemos decir del difícil y complicado Danzón nº 2 (Arturo Márquez, 1950) en arreglo de Oliver Nickel, otro compositor a tener en cuenta como así se encargan estos directores siempre al día en obras, conocedores de la materia prima con la que trabajan, dejándonos una interpretación de calidades superlativas donde quiero destacar a la pianista y a toda la sección de percusión por ser sustento obligado del resto, haciendo ilusionarnos a todos los melómanos y seguidores de nuestra banda.

Las dos obras con el coro fueron la mejor forma de unir y confluir, el arreglo del galés John Glenesk Mortimer (1951) del tema principal de la película 1492: The conquest of Paradise (1992) del griego Vangelis (1943), con un Cánovas escrupuloso en los matices para dejar protagonismo a las voces madrileñas cuando aparecían, sin olvidar la riqueza tímbrica de la propia partitura, y sobre todo el Gospel Train (Norman Tailor), «poutpurri» de espirituales negros sencillos de cantar, excelentemente orquestados y broche sinfónico-coral que levantó de nuevo al público de sus asientos para vitorear esta fiesta musical de un día señalado en el calendario.

Solo pedirle a Ramón Hernández, presidente de la AMAM, que sus notas podrían acompañarse como programa, evitando sus largas exposiciones de presentación de temas y formación (por otra parte sí incluidas en unos programas poco manejables pero completos).

Valores musicales

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Sábado 30 de abril, 20:30 horas. Museo Evaristo Valle, Gijón, «Jóvenes valores de la música»: Ignacio Rodríguez (violín) y Sergey Bezrodny (piano). Obras de Mozart, Dvorak, Brahms y Shchedrín. Entrada: 10 €.

Desde la primera fila del museo, compartiendo vista y concierto con cuatro cuadros de Evaristo Valle (1873-1951) pintados tras su vuelta a Gijón en 1917, cual testigos de cada una de las obras escuchadas por dos artistas unidos en el lenguaje universal, hoy música más pintura, dos generaciones de intérpretes conjugando juventud y madurez en un camino sin fin, el violín de Don Ignacio (1996) sinónimo de juventud y crecimiento desde sus inicios junto al piano de Don Sergey (1957) el virtuoso maduro de larga carrera apoyando siempre a los nuevos valores con la misma profesionalidad y excelencia que a las figuras consagradas, grandeza humana desde la humildad del magisterio, un segundo plano que nunca lo es, y menos ante cuatro partituras exigentes para ambos intérpretes que se convierten en uno porque los compositores así entendieron unas obras cargadas de emociones compartidas, de continuo diálogo y común deseo expresivo desde dos instrumentos complementarios, poderosos y delicados, capaces de emocionar, conmover, transmitir momentos únicos para un concierto en este museo que respira arte por sus cuatro paredes apostando por la música ofreciendo al público «Arte» con mayúsculas interpretado por unos jóvenes necesitados precisamente del apoyo y reconocimiento al duro trabajo que supone la carrera elegida.

Mozart fue un niño prodigio al que su familia apoyó y promocionó para llegar a ser un genio conocido fallecido todavía en la plenitud de la vida. La Sonata en si bemol mayor, KV. 378 está compuesta en Salzburgo en 1779 con solo 23 años pero publicada precisamente en 1781 cuando se instala en Viena para convertirse en un músico independiente, puede que el primero de la historia sin patronos, componiendo para él y viviendo sus mejores años. Así me imagino a Ignacio Rodríguez, estudiando y dando lo mejor de estos años de formación asentando repertorio donde Mozart siempre está presente por la sencillez de su escucha escondida en una diabólica dificultad de ejecución que Sergey Bezrodny hace fácil. Sonata en tres movimientos todavía de estructura académica, clásica, con equilibrio entre los intérpretes sin olvidar el virtuosismo exigido a ambos, muy del gusto de entonces. Allegro moderato vital, con fuerza y diálogo solo posible desde el entendimiento, equilibrio de planos, unidad expositiva, claridad con una amplia gama de matices. Sonoridad carnosa en el violín, intensidad e impulso en un piano brillante. El Andantino sostenuto e cantabile mozartiano a más no poder, esos tiempos casi concertísticos donde el violín es casi orquestal para el piano y cambiar los roles cual un aria operística cantada por el arco, así entendieron este movimiento central lírico y emotivo, cuerda grave discreta y con notas largas para reforzar un piano cristalino, fraseos precisos, ornamentos ligeros que alternarían posteriormente con el violín protagonista y teclado quasi orquestal. El Rondó: Allegro como cierre virtuoso de una sonata para violín y piano corroborando unidad en el discurso pero también en espiritualidad y punto de vista equilibrado de juventud con madurez, arrojo y valentía frente a contención y seguridad, diálogo en sincronía bien intencionada por los dos intérpretes, jugosas dinámicas de sonoridades potentes y brillantes.

Las Cuatro Piezas Románticas, op. 75 B. 150 (Dvořák) originalmente para trío de viola y dos violines como «Miniaturas» y en versión definitiva reescritas poco tiempo después suelen ser más habituales escucharlas con cello, pero el violín consigue el impacto de unas melodías engarzadas con el piano más cercanas e íntimas, desde el Allegro moderato hasta el imaginativo y rítmico Allegro maestoso potente en ambos solistas, cuerdas dobles, arco amplio con el piano martilleando o sobrevolando juguetón en este diálogo del folklore checo, siempre reconocible en Antonin, que finaliza en un agudo luminoso. El Allegro appasionato juega en dos planos con el violín fraseando y el piano en contrapunto lleno de arpegios fusionando tímbricas y matices, expresividad máxima con crescendi en ambos intérpretes sumando la dificultad de dobles cuerdas en octavas manteniendo pasión hasta el increíble Larghetto languideciendo, íntimo, exigente en los ataques casi imperceptibles y un violín doliente acompañado por un piano que prepara los fuertes cual pinceladas de luz en la oscuridad con un final nada habitual en tiempo lento que el dúo entendió como despedida vital, expresividad emocional llevada al límite, casi agonizante de bello dolor hecho música hasta la última e íntima nota en un arco infinito a la espera de liberar pedal pianístico.

Tras un necesario descanso que reajustase equilibrios anímicos, nada menos que la Sonata nº 1 en sol mayor, op. 78 (Regen-sonata) de Brahms, compuesta con 48 años en plena madurez artística, «Sonata de la lluvia» de hondura y bravura, con un Vivace ma non troppo de perlas pianísticas y lirismo violinista, todos los matices de una paleta amplísima, de nuevo el sonido carnoso de Ignacio con el sustento seguro y redondeado de Sergey, aún más personal en el Adagio de protagonismo impecable subrayado por unos arcos inmensos de Ignacio, la belleza melódica e infinita del hamburgués reducida al dúo, compartiendo momentos delicados de amplios registros. El Allegro molto moderato traería el recuerdo del Regenlied opus 59 nº 3 para completar la melancolía musical «reducida» a la música de cámara que Brahms, ajeno a las modas, entendió como nadie y el dúo Rodríguez-Bezrodny transmitieron fidedignamente, apostando por repertorios de envergadura.

Un placer escuchar de nuevo una obra de Rodión Shhredrín (1932), esta vez In the style of Albeniz, op. 52 (con varios arreglos, siendo el de violín y piano de 1973), un descubrimiento perfectamente complementario de las obras precedentes desde la visión e inspiración de nuestro pianista más grande admirado por un moscovita con pasaporte español, el espíritu humorístico cautivador tamizado por la herencia rusa y llevado a una partitura actual, vital, agradecida para ambos intérpretes volcados en un ímpetu mezclado con el respeto por este lenguaje propio de acentos inconfundibles, obra de un virtuoso pianista, organista y compositor conocedor de todos los recursos técnicos instrumentales que tal pareciese pensado para nuestro dúo, al que siempre recuerdo como «Conexión Moscú-Oviedo«.

Un triunfo que el público corroboró con largos aplausos además de un ramo de flores para cada uno de ellos entregado por una de las nietas del director de arte de la Fundación, Guillermo Basagoiti García-Tuñón y Alina Brown García-Tuñón, responsable de la administración y programas educativos, continuadores del legado de Evaristo Valle tras la muerte de su sobrina María Rodríguez del Valle en 1981 cumpliendo su voluntad testamentaria de esta Fundación y Museo gijonés en su finca «La Redonda».

Precisamente en el cumpleaños de Alina, sobrina-nieta del pintor, nada mejor que el regalo tan vienés del «grazioso» Schön Rosmarin (Kreisler) de las «Tres viejas danzas vienesas«, un placer en la interpretación de unos ya relajados Ignacio y Sergey a los que siempre es un placer seguir y escuchar en vivo.

La samba movió a la juventud

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Cuarto año del proyecto LinkUp que la OSPA ha traído desde el Carnegie Hall neoyorkino y su «Weill Music Institute» de la mano de Rossen Milanov hasta el Auditorio de Oviedo, y exportándose después a otras comunidades como Navarra, al igual que en EE.UU. cada vez más estados se suman al mismo e incluso en otros países, un proyecto que hasta ahora lleva tres monográficos, si bien se rehacen y adaptan cada temporada al español, por lo que «La orquesta se mueve» de este 2016 podríamos decir que es la versión 2.0 de un ciclo pensado para alumnado desde Primaria hasta Secundaria, donde he participado con mis alumnos de primer ciclo (1º y 2º ESO) del IES «El Batán» de Mieres desde la primera en 2013.

Tres días (pues los dos previstos se completaron rápidamente nada más abrirse el plazo de inscripción) con doble función matutina a las 10:30 y 12:00 movilizando más de seis mil estudiantes y cuatrocientos profesores de casi 100 institutos y colegios asturianos, con unos materiales de calidad que nos proporcionan para esta fiesta musical. Nosotros acudimos al «estreno» del pasado miércoles 27 de abril en la primera función, siempre una incógnita cómo responderían todos, pero nuevamente la emoción marcó ya la salida en los dos autobuses tras un trimestre largo de trabajo en el aula con todo el repertorio. Si hasta entonces los compañeros comentaban cómo salen del aula cantando de las clases, el día importante había llegado, incluso ensayando con sus flautas para ir calentando.
Auditorio lleno de ilusiones, la orquesta calentando motores, la gran pantalla con pasatiempos musicales y con Gustavo Moral de maestro de ceremonias arrancaba este concierto único donde todos participan de él.

Cuenta atrás y afinación orquestal, seguida de las flautas y con el «vecino equipo habitual» formado por Sonia de Munck (soprano), Elena Ramos Trula (soprano) y Julio Morales (tenor) comenzaba el propio concierto lo que podemos llamar el «Himno LinkUp», el único tema que se repite, Ven a tocar (Thomas Cabaniss). Después vendría el «Can Can» de Orfeo en los infiernos (J. Offenbach) con dos jóvenes bailarinas intentando sumar a Gustavo mientras los diferentes sentidos de «mover» que tiene la música en este programa.

El Danubio Azul de J. Strauss hijo tiene una letra mejorada del primer año, por lo que el alumnado opta por la melodía conocida cantada con Sonia, o directamente en flauta, por las contestaciones instrumentales y sobre compartir todo con la OSPA bajo la dirección de su titular Milanov que optó por un tiempo más lento que el ensayado en el aula con una base solamente de piano, aunque el ritmo ternario la juventud ya lo tiene bien asimilado.

Como hace cuatro años el momento más emotivo es el «Nocturno» del Sueño de una noche de verano (Mendelssohn) transportado para poder interpretarlo con las flautas dulces, dos niveles de dificultad (pues el tercero lo tendrían los excelentes trompas de la OSPA), luces atenuadas y más de mil flautas disfrutando y compartiendo partitura con los profesionales, incluso mandando sobre ellos, porque ¿quién sujeta el ímpetu? Milanov hizo diabluras para hacer posible lo imposible y todo acabó encajando.

La obertura de Las bodas de Fígaro (Mozart) puso a prueba la velocidad en los músicos para un imaginario récord así como el necesario aprendizaje de participar con la escucha. Está bien «engañar» con un minutaje de 4:20 inferior al real y el empuje del animador Gustavo a la cuerda.

Uno de los momentos más esperados por el alumnado es el conocido «Toreador» de Carmen (Bizet) con «Escamillo Morales» nunca tan coreado como aquí. El francés no supone dificultad (aunque los americanos hacen su versión en inglés), la respuesta se convirtió en coprotagonista por el ansia contenida con la obertura operística mozartiana y la chaquetilla pequeña, sin necesidad de montera, acabó cual muleta para «torear» a Gustavo, con las sopranos unidas al coro escoltando a los «primeros espadas» con bellos abanicos.

Pese al arduo trabajo previo de preparación para saber escuchar a Beethoven y su Quinta Sinfonía en do menor, op. 67 (sólo el primer movimiento), está visto que los gustos de los chavales cambian y tras el triunfo hace cuatro años este no fue igual para ellos, pese a la interpretación bien llevada por la OSPA con Milanov, supongo que estar más de cinco minutos parados es algo imposible para esta generación. Seguiremos buscando fórmulas para alcanzar el placer de escuchar en una sociedad más bien «sorda» donde ni siquiera conseguimos dialogar en orden.

Distinto fue el otro tema de Cabaniss, Lejos vuelo con una coreografía muy ensayada en la parte central, uniéndose casi todos a la voz de Sonia quien con todo el «equipo» marcaron igualmente los pasos a un auditorio que daba gusto contemplar en movimiento acompasado con un tema muy actual de orquestación.

Pero el fin de fiesta fue realmente apoteósico, Vaudí y sus percusionistas entraron a ritmo de samba, levantando el jolgorio y contagiando el calor brasileño de Rio de Janeiro en Cidade Maravilhosa (André Filho), sumándose la orquesta y Elena luchando por afinar con todo el auditorio totalmente revolucionado cantando en portugués con la misma facilidad que en francés o español.

Recopilación musical cual trailer recordatorio de cabo a rabo con Gustavo y todos los músicos participando para poner rumbo al «insti» en perfecto orden. Aún quedaba otra función ese miércoles más las cuatro siguientes. De nuevo la música preparando y formando, cultura educativa aunque WERTgonzosamente «olvidada» al relegarla como en mi adolescencia al grupo de «marías» del que han sacado la «Religión» equiparada a «Valores éticos». No suelo ver políticos en los conciertos por lo que tal vez deberíamos organizar un «LinkUp» para ellos y comprobasen que la educación integral no es la que aparece en leyes no consensuadas.

Al menos en Asturias seguimos «conectados» y como este año, «La orquesta se mueve» con el alumnado, volvimos cantando, contentos, una experiencia que no acaba aquí porque hasta junio queda curso, y como se decía en los antiguos campamentos de verano, «esto sigue en vuestras casas».

La esperanza es lo último que se pierde y la música hace más llevadero nuestro quehacer diario. Soy feliz y disfruto dedicándome a lo que me gusta, la docencia y la música, pero las canas no salen solo por los años.

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