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Luminosa oscuridad

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Viernes 15 de abril, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo: Abono 11 OSPA, María Moros (viola), Lorenzo Viotti (director). Obras de Adès, Britten y Beethoven.
Continuamos celebrando las Bodas de Plata de nuestra OSPA con un programa muy interesante por obras, solista y director, transitando de la penumbra a la luz casi cegadora entre toses, móviles y cierta desbandada entre un público que parece estar perdiéndose. No me corresponde buscar las causas y una verdadera lástima porque este undécimo apostó por conjugar repertorios que hacen crecer a melómanos e intérpretes.

Thomas Adès (1971) me trae buenos recuerdos con nuestra formación, desde el estreno español el 11 de mayo de 2012 de las danzas de su ópera Powder Her Face con un magistral Kynan Johns en el podio, y la obertura de La tempestad con Milanov el 27 de febrero del año pasado. No hay dos sin tres y esta vez con Tres estudios sobre Couperin (2006) una obra tendente a la miniatura como apunta Carlos García de la Vega en las notas al programa (con algunos fragmentos enlazados al inicio y sacados del Facebook© de la propia OSPA así como la foto de la solista) con la vista puesta en las piezas para clave del francés pasadas por un juego tímbrico y de texturas curioso desde la propia disposición de dos orquestas casi camerísticas, incluyendo la familia de flautas graves nada habituales, enfrentadas con timbales y percusión (marimba más roto-toms en el estudio central), evocadoras desde los propios títulos (Las diversiones, Los juegos de manos, El alma en pena) y proyectando unos efectos diríamos que en estéreo destruyendo o desmenuzando para crear un ambiente lúgubre con destellos luminosos buscando una instrumentación realmente jugosa en las texturas. Me impresionó contemplar la labor del joven director francosuizo minucioso como la propia partitura para tejer y sacar a la luz una trama compleja que las cuerdas trenzaron con un trabajo meticuloso en la búsqueda de una sonoridad increíble que parecía dar forma a cada estudio: Les Amusements realmente diversas más que divertidas, Les Tours de Passe-passe cual ingeniero de sonido pasando de un canal a otro deslizando los «faders» en la mesa de mezclas, y L’Ame-en-Peine realmente dolorosa, gimiente más que hiriente como si de un fundido a negro se tratase. Partitura que provocó más ruido del deseado a pesar de ser menos sus productores, por otra parte tristemente habitual ante obras actuales que exigen esfuerzo en su escucha (además de un entrenamiento auditivo).

En ese ambiente lúgubre y triste se mueve Lachrymae, op. 48a (1976) de Benjamin Britten (1913-1976), tema y diez variaciones para viola y piano originalmente y el mismo año de su muerte arregladas para viola y orquesta de cuerda que nos permitió disfrutar de María Moros, nuestra joven solista maña dando el paso al frente y arropada por sus compañeros además de una labor concertadora por parte de Viotti inconmensurable. Britten sigue siendo un compositor para disfrutar la belleza del dolor, el horror y la penumbra, de lenguaje propio en cualquier forma que afronte, y esta obra además de crear un ambiente que me recordaba en cierto modo los Interludios Marinos de «Peter Grimes», también se nutre de la música melancólica renacentista de su compatriota John Dowland (1563-1626) para convertir la viola en voz sin texto y la orquesta de cuerda en un «ensemble» de laúdes ricos en expresividad, igualmente desmenuzando más que variando su hermoso y triste tema If my complaints could passions move, fluyen mis lágrimas, pavana «Lachrimae» desprovista de dulzura pero recreándose sentimentalmente, jugando con la técnica al servicio de la variación como una tormenta interior, algo que María Moros llevó con esmero por abarcar desde una viola preciosista y cantabile en sonido todo ese amplio espectro. La propia instrumentación solo con cuerda frotada es otro acierto del compositor, jugando con el mismo número, cuatro de cada, exceptuando las seis violas, un homenaje a la solista, a los laúdes primigenios elevándolos de la cuerda pulsada (que aparece en los pizzicati) a la frotada que consigue alargar ánimos y sonidos, la inmensidad y madurez de la viola hermana del laúd a la que pocas veces le dieron el protagonismo merecido, y sólo la sensibilidad de un violista como Britten alcanza en esta obra donde cada variación es un requiebro al claroscuro, sutiles juegos de transparencias como telas musicales, calidades sonoras de ricas dinámicas y tempi para alcanzar el deseado y casi inalcanzable remanso final del tema original If my tears flow, fluyen mis lágrimas, tras tanta tensión acumulada. Sentida y espléndida versión de María Moros plagada de detalles y matices con la inigualable cuerda de la OSPA y el maestro Viotti atento, preciso y entregado desde un calor que se transmitió desde el Tema al L’istesso tempo.

Y qué mejor regalo que el original Dowland (al que el exPolice Sting también volvió) con la solista íntima acompañada por dos violas y dos cellos transportándonos a la corte británica con sencillez y hondura. Satisfacción de corroborar la calidad de nuestros atriles y la confianza en darles conciertos como solistas.

El repertorio de siempre, necesario y contrapeso a las novedades devolvió la luz con Beethoven y su Sinfonía nº 8 en fa mayor, op. 93 (1812), la siempre enigmática Octava, donde el empuje e ímpetu de Viotti encontró respuesta instantanea desde el Allegro vivace e con brio, la orquesta sonando con esa redondez característica, poderosa en todas las secciones, arriesgando con el aire exigente, los volúmenes casi al límite pero sin perder los planos precisos, los pares de trompas y trompetas (de llaves) en un momento ideal de compenetración y entendimiento, la madera en su línea de excelencia asegurada y los timbales mandando, más una cuerda clásica en colocación compensando frecuencias y presencias. Milimétrico y cuadrado Allegretto scherzando en homenaje metronómico de humor fino por parte del genio de Bonn, de nuevo apostando por un tiempo vivo sin perder pulsación. El Tempo di Menuetto burlón, jugando con los acentos y los planos de los registros graves, contrastes dinámicos en continuo avance, los ataques como brochazos sueltos, el tándem metal-timbales como nunca, el clarinete sobrevolando siempre arrullado por la cuerda, el aire vienés respetuoso como la partitura de quien ya había roto moldes pero no reniega de la herencia recibida. Y sobre todo el Allegro vivace que abre de par en par los ventanales orquestales, el riesgo de dinámicas extremas desde el vértigo que pareció tambalearse pero resultó impulso celestial, la adrenalina que devuelve alegría, fuertes convincentes, pianos cortantes, silencios realzando, crescendi casi ilimitados, la apuesta de un joven Viotti que está llamado a consolidarse pronto como una realidad en los podios de las llamadas grandes formaciones y que ha hecho grande de nuevo a la OSPA, siempre resuelta y segura en el repertorio sinfónico. Tomen nota: Lorenzo Viotti, seriedad desde la juventud con trabajo concienzudo, muchas ganas e ideas claras que transmite y convenció a todos, y el público lo agradeció con aplausos más que merecidos y hasta tres salidas una vez finalizado el concierto.

Atalaya sevillana en Oviedo

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Jueves 14 de abril, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo, Sala de Cámara: III Primavera Barroca: «En torno a Pedro Rabassa. Trauermusik en el s. XVIII«. Orquesta Barroca de Sevilla (OBS), Enrico Onofri (concertino y director), Julia Doyle (soprano). Obras de Basset, Rabassa, Ripa, Arquimbau y Haydn. En colaboración con el CNDM (Circuitos). Abono combinado: 58,50 €.
La catedral sevillana como tantas otras, atesora partituras que están saliendo a la luz con el apoyo de organismos públicos y el enorme trabajo de músicos que están recuperando el patrimonio musical, y en ello se encuentra la OBS con Onofri al frente además de la Junta de Andalucía, sus universidades y el CNDM, que hace honor a su nombre de difusor musical de lo nuestro.

Pudimos disfutar este jueves primaveral de las obras de varios maestros de la seo hispalense, además cronológicamente: el poco conocido Vicente Basset (ca. 1748-1762) que fuera primer violinista de la Orquesta del Real Coliseo del Buen Retiro en Madrid según los estudios y recuperación del musicólogo Raúl Angulo Díaz (publicados por la Fundación Gustavo Bueno) y que abría cada una de las partes (cambiando el orden programado que he retocado para dejarlo aquí tal como fue) con dos «aperturas», el barcelonés Pere Rabassa (1683-1767), el aragonés Antonio Ripa (1718-1795) y el gerundense Domingo Arquimbau (1760-1829), con músicas litúrgicas, paralitúrgicas e instrumentales.

La OBS (cuyo director artístico es el violinista vizcaíno Pedro Gandía Martín) en formación ideal para este repertorio, respetando los criterios llamados historicistas, con un Enrico Onofri que toca además de dirigir, estuvo bien balanceada en volumen, adecuado a la acústica de la sala de cámara del auditorio, con plantilla equilibrada en cada sección y un clave (órgano en la tercera obra) a cargo de Alejandro Casal que mantuvo la presencia con elegancia y acierto en los ornamentos para completar una tímbrica rica en matices y tiempos. La incorporación de las parejas de oboes y trompas naturales para la sinfonía de Haydn con las anotaciones de Arquimbau, corroboró el buen momento de esta formación española afrontando repertorios bien elegidos. Lástima los problemas de afinación causados por el cambio brusco de Madrid a Oviedo que afecta a los instrumentos de cuerda, como bien explicó el Maestro Onofri, obligado en cada obra a recuperar el diapasón, pero que no empañó la calidad global de la orquesta sevillana.

Capítulo aparte la soprano inglesa Julia Doyle, especialista en repertorio renacentista y barroco, que me agradó por color vocal, limpieza en las agilidades, emisión idónea y registros homogéneos, de gran matización y expresividad unida a una correcta articulación y pronunciación tanto del castellano como del latín, naturalidad y espontaneidad para adecuarse al estilo de Rabassa y Ripa cercanos al clasicismo pero aún con el regusto barroco religioso a la moda española del momento.

Buenos inicios los de Basset, la Obertura para cuerdas y continuo, Bas-4 en tres movimientos con un impetuoso Allegro assai inicial, intermedio Andante casi lento y el Minuet plenamente danzable, más la Apertura a più stromenti de violin y violongelo obligatto, Bas-8 igualmente tripartita y barroca en escritura, ambas adquiridas por la Biblioteca Nacional de España, obras compuestas en 1740 que nos amplían horizontes para aparcar un poco el llamado «repertorio» apostando por educar y mostrar al amplio público aficionado al barroco otras obras que en nada desmerecen a las más programados y grabadas, pues queda mucho por descubrir y degustar. Música agradecida de escuchar que recupera terreno frente a la sinfónica probablemente por la inmediatez y frescura, más ejecutándola con criterios serios y de calidad como el de la OBS.

Las obras vocales de Pedro Rabassa conjugan igualmente el lenguaje del XVIII, la transición entre épocas y estilos con los instrumentos capaces de olvidar los textos para funcionar independientes, pero magistralmente tratados cuando la voz es protagonista, el instrumento que canta contestado cantando por los que no tienen voz, desde el villancico Corred, corred, pastores que Doyle repitió como regalo final, hasta el Laudate Dominum o la Lamentación 3ª Iod. Manum suam, melodías cantables desde la religiosidad con la orquesta tejiendo un acompañamiento que por momentos completaba la intencionalidad del latín como si de un órgano de cuerda se tratase. Y todavía más en la inédita Vau, Lamentación 2ª de Ripa, formas en voga desde tiempos inmemoriales que el maestro de Tarazona eleva a la máxima expresión, con una Julia Doyle perfecta solista engrandeciendo esta partitura recuperada.

La Sinfonía nº 44 en mi menor ‘Trauer’ (Fúnebre), Hob. I/44 (Haydn), copia de la catedral de Sevilla (1772) con indicaciones del maestro Arquimbau fue el complemento ideal a un programa bien planificado estilística y cronológicamente, demostrando que en España conocíamos de primera mano las novedades vienesas aunque todavía siguiésemos «debiendo barroco» pese a los avances de estos maestros de capilla cuyas obligaciones laborales no les permitían componer como ellos hubiesen querido. Bien traído el título del programa como «Trauermusik» a raíz de esta sinfonía, música fúnebre pero nada trágica, grande por el espíritu religioso subyacente (incluso en el villancico) y enorme escuchando a la OBS con esta sinfonía en cuatro movimientos del padre de la forma orquestal por excelencia desde entonces, papá Haydn cuya herencia seguirían las figuras del sinfonismo a partir del «Sturm und Drang» del vienés. Un placer y gozo de concierto que tuvo una excelente entrada y un público entregado a estos programas que nos descubren joyas de casa, en casa y con músicos de casa, como el siguiente del ciclo con Forma Antiqva (domingo 24 a las 19:00 horas). La primavera es barroca en Oviedo aunque «Sevilla tiene un color especial» y en plena Feria de Abril.

Pintando y esculpiendo sonidos

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Sábado 9 de abril, 20:30 horas. Fundación Museo Evaristo Valle, Somió (Gijón). Recital de piano: Juan Barahona. Obras de Mozart, Schumann, Albéniz y Ginastera. Entrada: 10 €.

Volvía a esta maravilla de museo gijonés y a esa joya de Steinway© el pianista Juan Andrés Barahona Yepez (París, 1989), en una breve parada dentro de su actual formación londinense y tras su paso por el último Concurso Internacional de Piano de Santander o los recitales en la capital británica, y con un programa que continúa confirmándolo no ya como una promesa sino auténtica realidad interpretativa. Cada concierto suyo al que acudo es un paso de gigante, afrontando repertorios de enorme dificultad con los que no se arredra y aportando continuamente una musicalidad innata pero también heredada, aunque fruto de un enorme trabajo desde la pulcritud de su técnica, un sonido poderoso y un respeto hacia la partitura hasta el mínimo detalle, disfrutando en la distancia corta de lo riguroso que es con las duraciones, fraseos, pedales y sobre todo entrega en cada obra, sacándoles la esencia de su estilo y mostrándose igual de cómodo en todos los repertorios.
Si en este mismo museo y preparando el afamado concurso vecino le citaba como «escultor del piano«, este sábado primaveral lo reafirmaba como pianista total, pintor y escultor con cuatro autores genuinamente únicos y cuyo sello personal hace suyos nuestro intérprete ovetense al que «nacieron en París«.

La Sonata para piano en re mayor, KV. 311 de Mozart tiene en sus tres movimientos todo el universo del genio: un Allegro con spirito que retrata la necesaria limpieza con la que debe sonar el tema y la tensión por mantener claro y preciso el desarrollo con un empuje infatigable; el Andante con espressione es uno de los movimientos tranquilos tan mozartianos donde el lirismo y expresión flotan en cada nota, algo que Juan Barahona tiene asumido desde sus inicios, deleitándonos con un fraseo íntimo y cercano; finalmente el Rondó (Allegro) parece recordarnos el de los conciertos de piano por el impacto sonoro donde se dibuja el piano emergiendo de un lienzo ya preparado, incluyendo una cadenza meticulosa que nos hace esperar la entrada de una inexistente orquesta, sólo en la mente del prodigio salzburgués. Sonata limpia de trazo rápido para pintar un fresco impoluto de temática clásica.
Observando los cuadros las Escenas del Bosque (Waldszenen) op. 82 de R. Schumann ponían la banda sonora a un documento en primera persona, nueve imágenes claramente diferenciadas en ánimo y expresión con temática asturiana por la cercanía ambiental. Imposible detallar cada una e impresionante despliegue descriptivo desde el piano, desde la «Entrada» (Entritt) que nos pone en situación, la intriga de claroscuros en «El cazador al acecho» (Jäger auf der Lauer), las casi impresionistas «Flores solitarias» (Einsame Blumen) o la cinegénita canción Jaglied donde el romanticismo puro de cámara saca del piano unas trompas alegres. La «Despedida» (Abschied) nos devolvió a la tranquilidad del museo tras viajar por una masa verde rota por manchas de color en unos paisajes con figuras dignos de los mejores lienzos.

La segunda parte presentada por el propio Juan tenía cierto trasfondo de homenajes y aniversarios, el de la muerte de Enrique Granados (1867-1916), quien completó en 1910 los póstumos e inacabados -solo 51 compases- Azulejos de Isaac Albéniz (1860-1909), y el nacimiento del argentino Alberto Ginastera (1916-1983) que cerraría recital.
De la amplia producción del músico de Campodrón, será la suite Iberia la obra de referencia para todo pianista, y las dos obras elegidas son en cierto modo preparación y conclusión de la misma, todo el lenguaje propio del catalán universal volcado en el piano. La Vega (h. 1887) podría figurar sin problemas como un número más, pero mantenerla independiente (la primera de una llamada Suite «La Alhambra») ayuda a comprender mejor la magnitud de los cuatro cuadernos de Iberia. Con toda la dificultad técnica y expresiva, Juan Barahona tradujo cada momento esculpiendo sonidos y difuminando contornos, dominando la masa sonora con un empleo de los pedales impoluto, unos ataques diferenciados desde la fuerza característica de dinámicas extremas que enriquecen aún más todo el universo de Albéniz. Y los Azulejos (1909) que son la reflexión póstuma a sus cantos españoles y su pasión ibérica desde el piano desde un mayor intimismo (recomiendo la lectura de Manuel Martínez Burgos en la revista del RCSMM). Ideal contraponer ambas páginas como obras acabadas, y no bocetos, miniaturas comparadas con sus compañeras de viaje pero tratadas magistralmente y dignas de exponerse independientes con el recuerdo de las demás en nuestra memoria auditiva. Si realmente no podemos encasillar a Barahona como intérprete de un autor, época o estilo, está claro que Albéniz le abrirá muchas puertas internacionales porque técnica para afrontarlo tiene y madurez solo la dan los años puesto que el trabajo no le asusta ni le detiene.

Las Tres Danzas Argentinas, op. 2 (Ginastera) confirmaron las impresiones anteriores, cómodo en cualquier repertorio, dotado de una fuerza no ya juvenil y lógica sino interior para comunicar desde el piano, los ritmos hermanos fueron el motor abstracto sobre el que plasmar un lenguaje orquestal en el «reducido al blanco y negro» del piano. Las extremas y vigorosas Danza del Viejo Boyero y Danza del Gaucho Matrero, ésta sobremanera por lo vertiginosa y virtuosística, flanquearon la cálida y milonguera Danza de la Moza Donosa, el lirismo que me recuerda La Rosa y el Sauce de su compatriota Guastavino sin palabras contrapuesto al Malambo desde las ochenta y ocho teclas, todo con el inconfundible «sello Ginastera» y la entrega del artista Juan Barahona, pintor y escultor de sonidos, dominador del color y moldeador de formas emocionales en un museo único.

Muy honorables

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IN MEMORIAM

Viernes 8 de abril, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo, Abono 10 «Concierto con variaciones» OSPA, Adolfo Gutiérrez Arenas (violonchelo), David Lockington (director). Obras de Avner Dorman, Samuel Barber y Sir Edward Elgar.

En este concierto dedicado a la memoria de Eloy Palacio Alonso, el bombero fallecido en acto de servicio el pasado jueves en el incendio de la calle Uría de Oviedo, las emociones comenzaron una hora antes con la conferencia de Gloria Araceli Rodríguez Lorenzo, autora de las notas al programa que dejo enlazadas en los autores, un descubrimiento por su buen saber y estar unido a una pasión juvenil contagiosa, que nos preparó para lo que vendría después con una maravillosa exposición titulada «Del tema con variaciones a las variaciones sin tema, o cómo aunar tradición y modernidad en la creación musical» donde los apuntes biográficos además de los musicales y expuestos en orden cronológico, inverso al del concierto, sirvieron para comprender mucho mejor esa unidad entre autor y obra que después con la interpretación que nos traía de nuevo al principal director invitado, redondearían una velada única.
Y si quien cerraría programa tuvo pronto el muy honorable título de Sir, de Caballero, esta vez todos los protagonistas, incluido el heróico bombero, deberían tener ese rango porque además de memorable y emotivo, supuso el reencuentro con el buen hacer desde la elección de las propias obras, poco programadas manteniendo la apuesta por aunar tradición y modernidad desde la variación, en el amplio sentido de la palabra y más allá de la forma musical.

No creo que las Variaciones sin tema (2003) de Avner Dorman (1975), encargo y estreno de Zubin Mehta con la Orquesta Filarmónica de Israel se puedan escuchar en vivo en las salas españolas, y menos dentro de un programa homogéneo y a la vez actual, incluso en la angustia y emoción que supone la 9ª variación inspirada en la Segunda Intifada en Israel y los sucesos del 11S, donde también murieron muchos bomberos, como si se trajese directamente esta obra para recordar a Eloy Palacio. El israelí Dorman plasma en once momentos casi enlazados esas impresiones con un lenguaje universal de múltiples referencias, capaz de sacar de la orquesta toda una gama de expresividad, la que el maestro británico afincado en los EE.UU. ya dirigiese recientemente a la Grand Rapids Symphonic sabe cómo lograrlo de la formación asturiana, recuperando la colocación tradicional (me consta que la semana anterior con Pablo González también) y con un excelente trabajo tímbrico, dinámico, expresivo donde la sección rítmica sumándole piano / celesta tuvieron un papel casi protagonista. Aún quedaban frescas y cercanas las palabras de Gloria Araceli para poder disfrutar aún más de esta partitura.

El violonchelista Adolfo Gutiérrez Arenas lleva música en los genes pero también ambiental, por parte de padre la pasión bachiana (demostrada en la propina de la Sarabanda perteneciente a la quinta Suite, también dedicada a Eloy Palacio), la lírica materna que hace cantar a su Francesco Ruggeri cremonense de 1673 en cada frase, y el duro trabajo casi germano con total fidelidad a cada obra, todo desde una técnica que sigue mejorando día a día sin olvidar el sentimiento necesario para como intérprete ser el puente entre la partitura y el oyente. El Concierto para violonchelo en la menor, op. 22 (1945) de Samuel Barber (1910-1981) tiene todos los ingredientes para alcanzar la perfecta comunicación y todas las dificultades técnicas que le hacen evitarlo a muchos solistas y orquestas, pero Gutiérrez Arenasque en la entrevista concedida a Javier Neira para La Nueva España (que dejo aquí a la izquierda) califica de «salvaje y bárbaro», no rehuye el peligro ni los retos, añadiendo esta joya a su ya amplio repertorio. Le llevo escuchando hace tiempo y puedo asegurar que la interpretación del concierto de Barber es digna de guardarse en cuanto Radio Clásica la emita (pues Radio Nacional de España en Asturias graba los de la OSPA en el Auditorio aunque no salgan todos por las ondas). Si el compositor fuese británico también sería Sir Samuel, Lockington es lo primero y, también para mí desde hoy, lo segundo, muy honorable Sir David, quien «armó» desde el respeto y conocimiento, así como la humildad de todos los grandes, una interpretación que refleja el espíritu y estilo de una partitura donde cada sección encuentra el balance ideal porque no existe el lenguaje de alternancia entre solista y orquesta, hay una línea tímbrica única casi imperceptible que convierte al cello en un instrumento más, presente siempre y a la vez unido indisolublemente a una masa orquestal liviana, clara, donde todo está en su sitio y donde la técnica que la virtuosa rusa Raya Garbousova (1909-1997), destinataria de la obra, aconseja a Barber, se une al lirismo único del considerado mejor compositor estadounidense (junto con Copland) de la historia, y es que Adolfo G. Arenas usó la genética para volcarse con este concierto, duro donde los haya a pesar de la equívoca sencillez. Tres movimientos aparentemente clásicos, Allegro moderato donde el cello siempre canta, arco y pizzicati, agudos casi violionísticos y ese grave humano, pero además con la orquesta disfrutando y compartiendo ese lirismo en cada sección, intervenciones solistas no ya seguras sino entregadas y contagiadas, sacadas a flote sin esfuerzo con la elegancia habitual de «Sir David», con la cuerda hiriente y redonda; el Andante sostenuto de una belleza casi dañina, presente y doliente, bien «mecido» por unas pinceladas de madera aterciopelada, el colchón casi etéreo de los metales y una cuerda sedosa, equilibrio dinámico fluctuante con precisión de todos hacia el solista bidireccionalmente, y sobre todo el Molto allegro e appassionato que hizo subir las intensidades emocionales a su cotas más altas, mando compartido de tarimas, rítmico para contagiar, melódico para enamorar, dinámico para contrastar sin dejar nada secundario. Un verdadero placer al que se sumó la citada Sarabanda, sentida, interiorizada, doliente, para un honorable solista como Adolfo Gutiérrez Arenas.

Las Variaciones Enigma, op. 36 (1899) de Sir Edward Elgar (1857-1934) son una verdadera delicia para el «escuchante» y un dulce para toda orquesta, exigente pero agradecida para todos los atriles solistas, atemporales en estilo mas con el toque británico inequívoco que destila el Andante inicial antes de comenzar a transformarse a lo largo de las catorce variaciones siguientes. Qué placer disfrutar de Lockington jugando con el plano protagonista desde la sencillez del gesto, disfrutar de la viola de Alamá, el cello de von Pfeil, la flauta de Pearse, toda la percusión más un Prentice más preciso y preciosista en los timbales, el clarinete de Weisgerber, el corno de Romero, el fagot de Mascarell, las cuatro trompas ideales, y sobre todo la propia unidad orquestal que nunca podemos perder. Pudimos disfrutar de ese Adagio increíble que es el «Nimrod» en su totalidad, siempre bello e interpretado de forma sublime, evolucionando el motivo inicial desde una escritura sin referencias e inequivocamente de Elgar, del «Troyte» Presto capaz de exigir y alcanzar limpieza a la penúltima «Romanza» Moderato, verdadero prueba de toque técnica y melódica de conjunto.

El traje de hechura inglesa le sienta bien a nuestra orquesta, bien cortado por un británico como el honorable Lockington que siempre la viste con su toque a medida, y el resultado es una elegancia y saber estar que desde las butacas siempre se nota.

Terrible… aunque no tanto

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Miércoles 6 de abril, 20:00 horas. Teatro Campoamor, XXIII Festival de Teatro Lírico Español Oviedo 2016: El Terrible Pérez, humorada trágico lírica, libreto de Carlos Arniches y Enrique García Álvarez, música de Tomás López Torregrosa y Joaquín Valverde hijo. Versión musical de Nacho de Paz. Nueva producción de la Fundación Jacinto e Inocencio Guerrero, en colaboración con el Centro de Documentación y Archivo (CEDOA) de la SGAE y el Teatro de la Zarzuela. Entrada de butaca: 38,50 € + 1€ gestión en Liberbank (sin comentarios).

Finalizadas mis vacaciones retomaba mi «rutina musical» y nada mejor que con humor para el segundo título del festival de zarzuela española más importante tras el madrileño, con un teatro que registraba buena entrada que espero aumente viernes y sobre todo sábado, y reciente «Premio Lírico Teatro Campoamor a la mejor nueva producción de ópera española o zarzuela 2015«.

Conocía El Terrible Pérez por la grabación en DVD efectuada en Cuenca el 28 de septiembre de 2014 de la única representación hasta el día de hoy para una obra simpática estrenada el 1 de mayo de 1903 en el Teatro Apolo de Madrid. La producción sencilla y efectiva del «tricicle» Paco Mir más el elenco de entonces que se mantenía casi en su totalidad incluyendo dirección musical y orquesta (nuestra Oviedo Filarmonía titular de este festival carbayón), actores con mucho papel y cantantes que también deben hablar y bastante, con algunos cambios que personalmente mejoraron el conjunto del estreno conquense.

Hora y media de gags y diecisiete números musicales cercanos al «music hall», cabaret e incluso revista, pues de todo hay en esta «humorada» que el asturiano Nacho de Paz ha recuperado quitándole el polvo como a los maniquíes de la sastrería donde transcurre la primera parte, implicándose de principio a fin, lo que se agradeció por conocer de primera mano y como nadie esta obra más que centenaria pero actual, dominando foso y escenario, con guiños locales tan habituales en las salidas a provincias, donde el tranvía iba a Mieres o Pola de Siero y hasta la fama llegaba a Vallobín (además de la propina final del Canto a la Sidra de «Xuanón» en versión «ad hoc» e intervenciones de todo el reparto vocal), con una música sin mayores pretensiones pero que funciona -genial el toque del fragmento del preludio de Don Giovanni en el penúltimo número- o la inclusión de La Pulga orquestada por el propio De Paz, y otros números para completar un libreto lleno de momentos casi hilarantes merced a la excelente interpretación del Saturnino de Balbino Lacosta, el completísimo Concordio de Francisco J. Sánchez con casi más texto que partitura, un David Menéndez que volvía «a casa» como Fidel imponente siempre, degustando la parte cómica que siempre ha tenido escondida, y sobre todo ese Pérez que es Eduardo Santamaría porque no puedo imaginármelo sin él, realmente borda «su papel». Otro tanto podríamos decir de la Teresita de Ruth Iniesta, ideal en su papel y también recogiendo premios en un 2015 completo (Premio Lírico Campoamor y Premio Codalario a la cantante revelación), más una Cocotero mexicana a la que «todoterreno» Pilar Jurado devuelve nacionalidad primigenia respecto al reestreno, presencia y sello propio.

El cuarteto de pantaloneras (las mezzos Pilar Belaval y Ana Cristina Marco más las sopranos Sagrario Salamanca y Soledad Vidal) escogido en un amplio casting como pude enterarme, cumplió y se comportaron en sus números, exigentes por la necesidad de bailar, cantar empastadas y convencer, al igual que los actores José Luis Alcobendas (ciego, camarero y baturro) y excelente el principal de la sastrería Javier Lago (Braulio y maestro) más el tenor cómico Carlos Crooke (pollo, guardia y capitán).

La Oviedo Filarmonía funcionó a la perfección, equilibrada, sonando a cabaret de lujo e imprimiendo la calidad que debe imperar en foso, bien llevada por un Nacho de Paz que mimó todos los detalles para el feliz entendimiento con el escenario. Igualmente felicitar a todo el equipo artístico de esta producción a la que le auguro recorrido por novedosa, llevadera (hora y media sin descanso) y sobre todo con mucho humor que no nos puede faltar nunca.

En definitiva una buena forma de retomar mis actividades musicales con una semana bastante completa que iremos contando desde aquí.

Estación de penitencia

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Lunes 21 de marzo, 20:00 horas. Centro de Cultura Antiguo Instituto «Jovellanos», Gijón: II Ciclo Coral de Música Sacra 2016, organiza: FECORA. Grupo Coral Melisma, Fernando M. Viejo (director y órgano), Coral Polifónica Gijonesa «Anselmo Solar», Santiago Novoa (director). Obras de Maurice Duruflé (1902-1986), José Ignacio Prieto (1900-1980), T. L. de Victoria (1548-1611), Fernando Menéndez Viejo (1940), José Mª Nemesio Otaño (1880-1956), W. A. Mozart (1756-1791) y Pau Casals (1876-1973). Entrada libre.

La «todopoderosa» Wikipedia© define el título de esta entrada:

«Es el nombre que se da a la procesión que las hermandades pasionistas realizan en Semana Santa por las calles de distintas ciudades españolas, siempre y cuando durante su recorrido la cofradía haga visita (de aquí el término estación) al menos a un templo. Caso de no producirse dicha estación, el término procesión de penitencia suele ser el más adecuado. Bien se trate de una u otra, los nazarenos acompañan a las imágenes titulares de sus hermandades organizados en dos o incluso tres filas (dependiendo de la hermandad) y el silencio y la oración deben estar presentes desde su comienzo hasta el final«.

Si se me permite la licencia, mi particular procesión son las escapadas a los conciertos de estos días, más por ciudades que calles y recorriendo distintos «templos musicales» aunque también puedo tomar el segundo término, autoproclamándome nazareno de la cofradía melómana acompañando a muchos titulares de los programas organizados a menudo a pares. Tómese por tanto este lunes santo como tal.
La idea de organizar este programa era muy buena: un coro especializado en Gregoriano aunque reducido a «ochote» con voces algo opacas y muy alejadas de los monjes famosos, con acompañamiento al órgano de su fundador, más la coral local decana, numerosa pero con una media de edad tristemente habitual en nuestras formaciones, contando con un pequeño relevo generacional que vendrá muy bien, y dirigida desde hace cuatro años por Santi Novoa, también de la cantera imparable de la Escolanía de Covadonga, aunque luchando contra los elementos y las tinieblas… El primero cantaría la versión gregoriana (con apoyo del órgano) para a continuación hacerse (ya no digo cantar ni interpretar) la polifónica.

Si tras llegar con treinta minutos de antelación, hacer una cola que nadie respeta, abrir las puertas casi a la hora del comienzo y aguantar empujones parecía augurar un mal comienzo, la «Ley de Murphy» volvió a cumplirse. Hacía tiempo que no sufría tanto escuchando un repertorio que estaba muy bien organizado y paso a relatar con los «links» correspondientes a versiones variadas en Internet, obra gregoriana y autor con la versión polifónica:
Ubi cáritas (M. Duruflé), el lavado de pies del Jueves Santo, «Donde hay caridad y amor, allí está Dios… será este un gozo inefable por los siglos infinitos». Qué distinto del de Ola Gjeilo
In monte Oliveti (Padre Prieto), del responsorio de tinieblas, «Padre, si es posible pase de mí este cáliz». El espíritu está firme pero la carne es débil…». ¡Cómo me hubiese gustado escuchar la de Javier Bello-Portu!.
O vos Omnes (Victoria), también responsorio de tinieblas, «Oh vosotros, los que pasáis por el camino, prestad atención y ved si existe dolor semejante al mío…»
Sicut ovis (Padre Prieto), más tinieblas, «Fue conducido al matadero, como si fuera una oveja…».
Ténebrae (Fernando M. Viejo), no vemos la luz del día con tanta tenebrae, aunque estemos en las fechas «se hizo la oscuridad…».
Velum templi (Nemesio Otaño), «El velo del Templo se rompió…», seguimos a palpo.
Surrexit Dominus (Fernando M. Viejo), «… el mismo Señor que fue colgado de un madero» y se hizo la Pascua.
Lacrimosa, del «Requiem» (Mozart), con un órgano pobre y «Lleno de lágrimas…».
Salve Montserratina (P. Casals), «Dios te salve, Reina y Madre…», la propia conjunción de nuestro catalán único entre gregoriano, órgano y coro a la Virgen Negra, que nos lleva a las piedras del monte sagrado, última premonición, Amén.
Obras todas impresionantes, incluidas las de Fernando M. Viejo que siempre ha tenido un gusto especial para armonizar y recrear muchas partituras interiorizadas en tantos años de experiencia, y con el añadido de escuchar la primigenia en canto llano a cargo de «Melisma«, pero de ningún modo ni estilo pudieron darme la paz necesaria.

Lo dicho, tomelo cual penitencia, lástima porque cualquier intento de disculpa es vano, mi paladar u oído acostumbrado a los dos últimos conciertos avilesinos hizo que este lunes resultase una cruz difícil de llevar, y como si las letras hermosamente musicadas (se nos pasó la traducción al castellano de la que he sacado los fragmentos) fuesen desgranando mi propia penitencia. Sólo fustigarme con una falta de afinación cual ecce homo ensangrentado que llenó de nubarrones todo el concierto. El resto de pecados los dejo en confesión interior y acepto cristianamente esta pena muy grande que expiaré el jueves con mi obligada «Pasión» bachiana, precisamente en el día de su aniversario, un 21 de marzo aunque para otros calendarios sea el 31. «Confiteor» a una voz: Mea culpa, mea culpa, mea máxima culpa.

Clausura con doce siglos de música coral

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Domingo 20 de marzo, 20:00 horas. Iglesia de San Nicolás de Bari, Avilés: XXXIX Semana de Música Religiosa. Coro ‘CantArte’ de León, Guillermo A. Ares (director): «Crucifixus», obras de Theodulf Orleans (ca. 750-821), Cristóbal de Morales (1500-1553), Javier Bello-Portu (1920-2004), Joseph Gabriel Rheinberger (1839-1901), Ēriks Ešenvalds (1977), Antonio Lotti (1667-1740), György Deak-Bardos (1905-1991), Pärt Uusberg (1986), Sir John Tavener (1944-2013) y John Taverner (1490-1545).

Clausura ideal de la XXXIX SMRA con este coro leonés de tres años recién cumplidos pero maduro y con mucho recorrido, 21 voces jóvenes (ninguno pasa de los 35 años) con el músico Guillermo Alonso Ares, antiguo escolano de Covadonga, al frente de un proyecto que trajo hasta Avilés un programa con doce siglos de música coral perfectamente organizados, desde la salida con el Himno Gloria, Laus et honor del obispo Orleans, realizando las voces graves el «itinere» o camino hasta el altar del Domingo de Ramos cual monjes medievales, sin olvidar la mejor polifonía renacentista de nuestro Siglo de Oro con Cristóbal de Morales, pasando por compositores barrocos, clásicos, románticos, contemporáneos como el tolosarra Bello-Portuel húngaro Deak-Bardos o el británico Tavener, y los más cercanos como el letón Ešenvalds o el joven y polifacético estonio Uusberg, todo un acierto llegar desde las raíces hasta nuestros días corales, estructurando cada obra cual relato cantado de esta semana de pasión que desemboca en el Domingo de Resurrección, lección no ya religiosa sino musical perfecta para el espíritu de esta semana, ya la trigésimonovena y que volvía al templo de San Nicolás que tantos estrenos y tan inolvidables conciertos ha acogido en estos años.

El coro de nuestro vecina León cuenta con un plantel de voces capaces de afrontar con solvencia esta historia de la música religiosa occidental en un reto para cada cuerda, bien equilibradas en sonoridades y afinación así como un empaste que se redondeará todavía más con el trabajo, unas sopranos algo «excesivas» en los agudos fuertes pero maravillosas de color y expresividad, una mezzo solista que nos dejó impactados con la belleza de su voz, las contraltos dando la base necesaria a las voces blancas y encaje ideal con los bajos potentes de las voces graves, más unos tenores en algún tema reforzados por el propio director, quien también tuvo sus partes solistas, y donde su objetivo de «disfrutar cantando» lo transmitieron a un público que les jaleó y obligó a regalarnos dos propinas, una maravillosa composición de Manuel Guisado Rodrigo (1964) con dos fragmentos de la pasión, el Juicio a Jesús y Barrabás seguido de un Mater Dolorosa con el solo de la citada mezzo, más la salida procesional y Aleluya Regina Celi de Juan García de Salazar, extraído del archivo de la Catedral de Burgos, clausurando concierto y semana. Coro que suena a profesional y afronta obras como tal, todo un reto en la apuesta de las nuevas formaciones para triunfar en un mundo tan competitivo como el vocal, orgullo leonés que lleva su nombre allá donde va.

El orden y atrezzo estuvieron perfectamente estudiados, desde la citada salida en «cantus firmus», el toque de campana inicial o en el O salutaris hostia de Ešenvalds con las dos solistas en los extremos, la ubicación del director con las voces graves antes de situarse en el centro tras el Introitus de Morales, pasando por el candelabro al que fueron apagando velas según cantaba el texto del Parce mihi, Domine, cerrando «trilogía» dorada, el Miserere del compositor vasco con la atronadora carraca o matraca que ponía punto final, el movimiento corporal del Kyrie del estonio, arrancado por las voces blancas con manos en oración mientras las graves agachadas se elevan al entrar a cantar y el giro hacia el altar de todo el coro, la ubicación rodeando al público en Song for Athene de Tavener, con los hombres en el frontal manteniendo una nota pedal cual roncón tubular, así como todo lo que ayudaba a realzar más si cabe el contenido dramático de unas obras cargadas de sentimientos cristianos elevadas por las propias partituras.

Entrega del joven coro a su director, que además de saber rebuscar obras las consigue armar con esta calidad y frescura, gestos claros y respuesta directa para otro concierto memorable que ha dejado en lo alto la calidad de toda la semana, órgano y coros como señas de identidad del ciclo junto a la apuesta por novedades y (re)estrenos. CantArte con Guillermo Ares no pudieron ser mejor broche antes de conmemorar en 2017 los 40 años…

Espero poder estar de nuevo y contarlo.

Lucernario avilesino

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Sábado 19 de marzo, 20:00 horas. Iglesia de Santo Tomás de Cantorbery, Avilés: XXXIX Semana de Música Religiosa. Coro Universitario de Salamanca, Delia Manzano (órgano), Bernardo García-Bernalt Alonso (director). Obras de Miguel Manzano (Villamor de Cadozos, Zamora, 13 de febrero de 1934).

De camino hacia Avilés pasaba por Trasona donde a mediados de los años 70 acudía a «la Sacramental» con la Escolanía del Santísimo Cristo de Candás, con quienes canté, entre otras obras, una que va unida a mí desde entonces, Alma mía, recobra tu calma (Salmo 114) compuesto por Miguel Manzano, partitura que cantaron en el XI Congreso de «Pueri Cantores» en El Vaticano, actuando mi querido Pipo Prendes, y la misma que me acompañaría tantas veces en mis misas dominicales tanto en el Coro de la Parroquia de Siana como en San Juan de Mieres. Y cuando una obra se convierte en popular en todas partes es un hecho muy significativo de la grandeza de esa música y su compositor, pese a ser el gran olvidado la mayoría de las veces. El repertorio litúrgico estaba cambiando en aquellos años de esperanza, y era habitual encontrarse obras de este zamorano al que en la onomástica de San José iba a conocer personalmente en Avilés, cuya SMR ya programase obras suyas para órgano y el pasado año la primera parte de su Lucernario.
Antes del concierto, con otro lleno en la iglesia nueva de Sabugo, el eterno organizador de la misma José María «Chema» Martínez presentaba este concierto y recordaba no ya las obras o el compositor, sino la importancia que Avilés tiene y debe mantener en un ciclo que se mantiene con apenas 6.000 € de presupuesto en unos tiempos donde las prioridades de los gobernantes van por caminos distintos al pueblo, y cómo hay que acudir a las amistades para estos «favores» de acudir a conciertos por cachés muy inferiores y así ayudar a mantener esta semana donde la Villa del Adelantado y Asturias entera sigan siendo referentes culturales, musicales especialmente.

Imposible destacar la amplia trayectoria de un Músico, con mayúsculas, como el zamorano Miguel Manzano Alonso, totalmente activo y joven pese a los 82 años de su carnet de identidad, precisamente por una trayectoria tan dilatada que le da ese amplio bagaje y experiencia a la hora de componer desde un lenguaje que aúna y actualiza la historia desde su magisterio.
Su hija, la profesora, clavecinista y organista Delia Manzano comenzó el concierto en «El Tomasín» con Duetto sobre el gradual «Excita Domine» (1994) y el Careo de nazardos contra lengüetas (1995), explorando los registros de un Acitores que siguen asombrando, la inspiración litúrgica exhalada por los tubos con juegos rítmicos y armonías parisinas, pero expecialmente el «careo» donde los registros protagonistas emergen universales como la lengua de Cervantes ya evolucionada e igual de rica. Virtuosismo y hondura en dos obras magnas.

El Lucernario (II) se estrena en Salamanca en 2014 y el propio compositor se refiere a él con la siguientes palabras:

«Esta bella palabra designa en arquitectura la ventana que deja pasar un chorro de luz desde lo alto de un muro hacia el interior de un recinto oscuro. En los templos antiguos nunca faltaban estos huecos iluminadores, que desde las primeras luces matutinas hasta su extinción vespertina dejaban pasar las variadas luces y colores del celaje. Y era precisamente en esas horas primeras y últimas del día cuando sonaban los vetustos himnos de Laudes y Vísperas que, entonados durante más de 15 siglos, hoy han quedado casi totalmente olvidados en las páginas de los himnarios.
De todos los libros que contienen las músicas gregorianas es el Himnario, quizás, el más rico y variado en sonoridades y matices. Desde la sencillez casi esquelética de algunos de ellos hasta el vuelo sin límites de otros, el repertorio hímnico gregoriano ofrece una variedad inagotable. Y a la vez el más variado colorido musical, por estar en él presentes los ocho modos, cada uno con su especial colorido sonoro y su capacidad de generar profusos e indescriptibles sentimientos y emociones.
El Congreso sobre la Catedral Nueva de Salamanca en el cuarto centenario del comienzo de su edificación, al que fui invitado a participar con una ponencia y con una composición, me ofreció la oportunidad de mostrar un mínimo, pero claro ejemplo de la riqueza musical del Himnario con la obra que, con el título Lucernario, contenía dos himnos del repertorio gregoriano: «Lucis creator optime» (siglo VI) y «Iesu, rex admirabilis» (siglo XIII).
En la estructura musical de los dos himnos que elegí integré dos elementos tradicionales en la música del templo. El primero, el canto coral: el canto unisonal gregoriano alternando con el coro a 4 voces, necesario y a la vez suficiente para dotar de belleza austera los textos cantados, en este caso himnos. Y por otra parte el órgano,
ingenio mecánico sonoro nacido, desarrollado y evolucionado para sonar en los templos de gran amplitud como catedrales, grandes abadías, basílicas, colegiatas y santuarios renombrados.
Animado por la aceptación que tuvo la obra, e impulsado, discretamente, por los que entonces fueron intérpretes y por otras personas que la han escuchado en grabación sonora, me animé a componer, con la misma estructura, el ciclo completo de los himnos que hacen referencia a cada uno de los tiempos del año litúrgico y a algunas de sus fiestas principales. Y ha sido así como ha ido tomando forma este nuevo LUCERNARIO que ahora se estrena.
Además de recuperar el órgano como acompañante de la voz, en este caso con unas armonías que resultan de la mezcla de varios sistemas modales, he querido también recuperar para el recuerdo, como tercer elemento de este LUCERNARIO, una forma musical breve ya extinguida, pero presente durante varios siglos en la liturgia, cuando ésta se desarrollaba sin prisas: el verso de órgano, esa forma breve, pero musicalmente exquisita, que en un corto minuto denso permite seguir ‘saboreando’ sonidos recién oídos, a la vez que facilita detenerse a meditar en la palabra que se ha escuchado cantada. Forma musical lamentablemente extinguida en estos tiempos de prisas y agitaciones que están acabando con una medicina necesaria para la supervivencia del espíritu: el silencio meditativo»
.

Nadie mejor que el compositor para prepararnos a su audición e impresionado por la belleza de estos cinco «Himnos al amanecer y al atardecer» escuchados en Avilés, con Delia Manzano en el órgano positivo que complementa esta maravillosa y luminosa obra sacra, y un coro de 20 voces excelentes en todo: empaste, afinación, emisión, dicción… juventud, magistralmente llevado por Bernardo García-Bernalt (Salamanca, 1960), hijo del fundador de esta formación universitaria allá por 1950, asistente suyo desde 1982 y relevo «natural» en 1990 hasta nuestros días, siendo el responsable del estreno de este Lucernario. Es difícil mantener el «tactus» del canto llano a unísono y transmutarlo en polifonía a cuatro voces sin perder el espíritu original, ocho modos cada uno con su espiritualidad definida, todo de la mano de un órgano rompedor desde lo académico pero tradicional en el verso, y tanto las voces blancas como las graves con ese ropaje más que «acompañamiento» de plena actualidad llenando el templo avilesino, hicieron posible esa transición desde la calidad y perfección compositiva del maestro Manzano. Cinco himnos latinos que transmiten y buscan la paz interior (Inmense coeli conditor; A solis ortus cardine; Tristes erant apostoli; Iesu, Rex admirabilis, y Pange lingua-Tantum ergo), que cierran cada uno con su Amén digno de analizar por la diversidad dentro de la unidad, elevar a actual la arquitectura vocal desde el conocimiento de la raíz, la progresión del románico al gótico de forma natural sin perder esencia para transformarlo en un nuevo templo espiritual del siglo XXI, polifonía enriquecida que no oculta el sustento y lo dota de luz, nunca mejor título Lucernario para una obra en la plenitud vital de un extraordinario Miguel Manzano. De destacar alguno, tarea difícil, Tristes erant Apostoli o el último Pange lingua-Tantum ergo precisamente por captar personalmente y en su totalidad todo el proceso y evolución desde los himnos gregorianos a la armonización modal hermanada con acordes disonantes de espíritu francés tamiados por el carácter y sabiduría castellana, en una comunión musical que sigue resonando en mi interior.

Supongo que manteniendo la tradición podamos volver a escucharlos en el Canal de YouTube© de la Semana de Música Religiosa, así como la esperada grabación sonora con los mismos intérpretes, que resultaron ideales para magnificar más, si cabe, este maravilloso Lucernario de Miguel Manzano.

Cuando el órgano es coreografía

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Viernes 18 de marzo, 20:00 horas. Iglesia de Santo Tomás de Cantorbery, XXXIX Semana de Música Religiosa de Avilés: Ana Belén García Perez y Ana Isabel Aguado Rojo (órgano). Obras de Mozart, Morandi, Saint-Saëns, Tchaikovski y Wagner.

Tomando las palabras de la organista donostiarra en la entrevista para el diario LNE (de la que dejo parte en la foto de la versión papel al final de esta entrada) «Convendría ir perdiéndole el respeto a la música de órgano» y todo desde el desparpajo juvenil que supone esta apuesta por repertorios conocidos en interpretación a cuatro manos con la palentina.

Ana Belén G. Pérez y Ana Aguado en San Hipólito (Córdoba) Foto ©Facebook Asociación «Luys Venegas de Henestrosa» de Amigos del órgano

Interesantes arreglos para dos organistas con todo lo que supone planificar registros, teclados y pedaleros, reparto de papeles sin problemas en cuanto a permutar posición en el asiento dependiendo de las obras, pero sobre todo un sentir la música a dúo como si fuese solo uno, dificultad máxima y pleno entendimiento desde el respeto a unas interpretaciones que más que arreglos o «reducciones» orquestales suponen una relectura de obras que todo melómano tiene en su memoria, con un público entregado que casi llena el templo avilesino este «Viernes de dolor», el último de los tres conciertos de órgano de esta semana de música religiosa a la que todavía restan dos días de música coral.

La proyección en pantalla gigante nos permitió admirar la coordinación y por momentos coreografía de las cuatro manos en el órgano de Acitores que va camino de los seis años y ya he bautizado, con permiso de las autoridades, como «El Tomasín», alcanzando momentos impensables en una ejecución al uso que poco a poco va ganando su espacio en los conciertos por la espectacularidad tímbrica que se alcanza con esta fórmula. Encomiable el trabajo de los organizadores de esta semana con solera en Asturias por mantener vivo el instrumento rey que hoy, más que nunca, volvió a coronarse como tal.

El Allegro y andante o  Fantasía para órgano mecánico en fa menor, K. 608 (Mozart) en su versión «habitual» es de por sí de una inmensidad de sonido y ejecución portentosa desde una escritura como sólo el genio de Salzburgo podía concebir, formando parte de una serie de cinco obras para instrumentos fuera de lo común respondiendo a distintos encargos; la versión a cuatro manos que realizase Busoni sube un escalón al cielo, por lo que disfrutarla a cuatro manos y dos pies ya alcanza límites insondables, dinámicas ayudadas por los registros casi celestes del tercer teclado (órgano recitativo expresivo).

 Ana Belén G. Pérez y Ana Aguado en Avilés, Foto ©Mara Villamuza para LNE

La Introducción, tema y variaciones de Giovanni Morandi (1777-1856) mantiene el sello italiano marcial, casi de himno, para el que el órgano a cuatro manos resulta vehículo o traje a medida. Así lo entendieron las dos organistas jugando con los registros de las distintas variaciones, en un amplio despliegue técnico y tímbrico de una partitura agradecida para intérpretes y escuchantes.

Aunque reciente y cercana en la memoria, la Danza macabra, op. 40 de Saint-Saëns (1835-1893) alcanzó en la versión a cuatro manos (de hecho la original fue escrita para dos pianos) una riqueza mayor que la del virtuoso Raúl Prieto (en transcripción del original orquestal hecha por Edwin H. Lemare y revisada por el propio organista), con un tempo más reposado y pasajes «casi imposibles» de ejecutar a dos manos se hacen ahora asequibles y luminosos con registros más ricos, así como un pedal que por momentos sonaba como los contrabajos orquestales, sustento sin oscurecer el ímpetu y clamor de los teclados, enriquecimiento pianístico elevado al órgano a cuatro manos.

Tchaikovsky (1840-1893) pasará a la historia de la música como el creador de las melodías más hermosas y populares, sobre todo las de sus ballets, y El cascanueces es uno de ellos. De él lo más interpretado son las suites orquestales, y en la versión a cuatro manos de «las dos Anas» pudimos disfrutar de tres números: la Marcha, contrapuntos ascendentes y descendentes bien dibujados en los teclados diferenciados en registros con un tempo lento, la casi etérea Danza del Hada de azúcar, con celesta o fagot de órgano en la línea de recrear más que versionear o reducir la orquesta, y el hermosísimo Vals de las flores, coreografía de manos para este ballet orgánico y organístico, cuento de hadas en el instrumento rey que es capaz de sumergirnos en las arpas y trompas de «El Tomasín» que nunca antes trabajó tanto, apostando nuevamente por un aire tranquilo que no entorpeciese la escucha dentro de una reverberación no muy grande del templo avilesino.

Y para finalizar un sentido «Coro de los peregrinos» del Tannhäuser de Wagner (1813-1883), capaz de volver instrumental una de las páginas corales eternas, buscando el lirismo y armonías vocales con el ropaje orquestal único del genio operístico. Amén de un acorde traicionero, el peregrinaje musical a cuatro manos y dos pies nos llevó a buen puerto, el crescendo sonoro y emocional en un barco sonoro avilesino que todavía seguirá asombrando, siendo las nuevas generaciones de intérpretes de órgano quienes mantendrán la singladura con timón seguro.

Hoy sábado volveremos y dejaremos constancia, como siempre, desde estas líneas.

Geroncio, ángeles y demonios

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Jueves 17 de marzo, 20:00 horas. Teatro Jovellanos, Gijón: Concierto extraordinario de Semana Santa, OSPA, Allison Cook (mezzo), Zach Borichevsky (tenor), Nathan Berg (bajo), Coro FPA (maestro de coro: José Esteban García Miranda), Rossen Milanov (director). Sir Edward Elgar: El sueño de Geroncio, op. 38 (1900). Entrada: invitación abonados OSPA.

Hay obras que deben escucharse en vivo al menos una vez en la vida, y si además el propio compositor dice «Si alguna obra mía es digna de no olvidarse, ésta es», entonces podrán comprender mi deseo hecho realidad de este The Dream of Gerontius de Elgar, puede que sintiéndome ya un «hombre viejo» como el protagonista, sin importar cómo clasificar o analizar esta magna obra (oratorio, cantata dramática…) sobre textos del cardenal John Henry Newman (1801-1890). Está tan bien escrita para cada intervención que es maravilloso escuchar cómo se mueven y aparecen las voces solistas, el coro y la propia orquesta en una sucesión sin apenas respiro, con dos partes bien diferenciadas donde el descanso rompió un poco el dramatismo implícito: una primera parte «terrenal» y la segunda «más allá de la tierra», tal y como la concibió un inglés que adoraba a Wagner (como recuerda Lorena Jiménez en las notas al programa enlazadas arriba en el autor) pero cuya música tiene sello propio en este diálogo con la muerte lleno de serenidad.

Interesantes los tres solistas de este concierto extraordinario, comenzando por el tenor Borichevsky que tiene el papel más extenso. De timbre hermoso, emisión más que correcta en todos los registros y momentos de belleza casi íntima, especialmente cuando se convierte en el alma de Geroncio con unos pianissimi muy sentidos.
El bajo-barítono Berg al que pude escuchar hace años en el Auditorio, interpreta al predicador de la primera parte y al ángel de la agonía final, dos registros en uno donde el impacto del texto se refleja en su proyección desde un color algo metálico en el agudo pero ideal para inspirar el terror y temblor antes del último vuelo.
Encantado con la mezzo escocesa Allison Cook que «llena» la segunda parte como un ángel, voz carnal de amplio registro, destacando un grave homogéneo precisamente en los momentos dramáticos, una musicalidad etérea como el personaje y un fraseo siempre contenido lleno de gusto, sin exceso alguno e ideal color para esta obra donde su voz lleva los momentos más emocionantes. Cantando ópera es un nombre a tener en cuenta y apuntarlo.

El Coro de la FPA se enfrentó nuevamente a un reto ante la envergadura de esta partitura, superando con creces las exigencias. A lo largo de la obra pasa por todos los estados anímicos hechos música, «Los asistentes» con un Kyrie latino «a capella» bien emitido y afinado, siguiendo el Be merciful, be gracious con orquesta sin perder presencia, el Rescue him con Amén incluido para mantener gusto y musicalidad, aumentando las tensiones durante la segunda parte, ángeles y demonios reflejados en papel y línea de canto, con unas voces blancas angelicales, las graves algo cortas en número pero buen contrapeso, e insistiendo en la escritura tan excelente de Elgar, el empaste y búsqueda de un timbre propio ideal, donde los instrumentos doblan a veces (impresionantes las trompas) o realizan contracantos alcanzando un color único donde no era necesario aumentar volumen para escucharlos nítidamente. La aparente lejanía del canto (estaba en la fila seis lateral) sumó en vez de restar calidades, puede que la inseguridad puntual esta vez ayudase a unos pianísimos increíbles, poniendo los contrastes al ángel o el alma en los coros de «Demonios» o «Coro angelical» (especialmente las mujeres), clamando las «Voces de la tierra» al pedir misericordia y ese final de las Almas del purgatorio como clímax coral antes de despedirse como «almas» y nuevamente el «Coro angelical», amén incluido.
La OSPA sigue en niveles de excelencia en todas sus secciones, incluso con los refuerzos que esta obra exige aumentando vientos e incluyendo órgano. Su amplísima gama dinámica fue un placer, más allá de buscar ambientes complementarios del texto, protagonismo siempre presente y tesituras que refuerzan cada número coral.

La dirección de Milanov tendió a ralentizar algunos números que perdieron impacto, salvo el inmenso y emotivo Preludio, aunque ganaron lirismo y emoción, pero hubiese preferido más aire que convenciese de los contrastes entre tierra y más allá, quedándonos en unos apuntes que el Jovellanos agradece por sus dimensiones, obligando a tocar muy juntos y escucharse todos. Este reto de Gerontio superado, supongo que en el Auditorio tendrá aún más grandiosidad tras este estreno gijonés.

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