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El tiempo siempre ayuda

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Miércoles 11 de mayo, 20:00 horas, Sala de Cámara del Auditorio de Oviedo, III Primavera Barroca, “Con affetto”: Il Giardino Armonico, Giovanni Antonini (flautas y director). Obras de Tarquinio Merula, Dario Castello, Francesco Rognoni, Jacob van Eyck, Andrea Falconieri, Giovan’ Pietro del Buono, Alessandro Scarlatti, Giovanni Legrenzi y Antonio Vivaldi.

La revista Scherzo de este mes de mayo dedica su sección «Con nombre propio» a la formación Il Giardino Armonico en su gira española celebrando los 30 años de su fundación, donde Eduardo Torrico nos recuerda que «Hubo un tiempo, superada aquella primera fase pionera, en el que quienes marcaban la pauta dentro del movimiento historicista eran los ingleses, los holandeses y, en menor medida, los alemanes», allá por los 70 y 80 del pasado siglo, sin olvidarse de los franceses que comenzaban a despuntar y convertirse en seria competencia aunque la revolución no había llegado al sur de Europa. El salto de calidad hacia el Mediterráneo, al cálido sur, lo darían nuestro Jordi Savall, a quien los franceses, como suelen hacer con los buenos, le consideren suyo, y especialmente los milaneses de Il Giardino Armonico con el entonces joven flautista Giovanni Antonini al frente.

Más de tres décadas en el candelero (que no candelabro como «La Mazagatos» pusiese de moda) es síntoma de buena salud, tanto para ellos como para la música barroca que sigue llenando estanterías y auditorios (la sala de cámara creo que registró la mejor entrada de un ciclo que todavía nos traerá a Xabier Sabata con Vespres D’Arnadí en un programa «Furioso»), ampliando repertorio y épocas donde aparece incluso Haydn del que grabarán su integral a razón de una entrega por año (ya llevan dos) tras constituir en Basilea, dónde si no, la Fundación Haydn con el «Proyecto Haydn2032” para el tercer centenario del nacimiento del «papá austriaco», al que espero llegar y poder completar con ellos siempre que el tiempo y los recortes políticos no lo impidan.

La gira española que pasa estos días por La Coruña, Oviedo y Madrid, trae una formación o «ensemble» ideal con un programa que sirve para corroborar la vigencia de la música veneciana con compositores que nos son conocidos gracias a ellos, alternando obras para lucimiento de un Antonini dominador de toda la familia de las llamadas flautas dulces o de pico (contralto, tenor, soprano y hasta la piccolo última) que perderían su preponderancia a costa de la «flauta traverso» (travesera) y que muchos siguen asociando a la flauta dulce de los colegios, nada que ver la práctica de nuestros querubines y adolescentes soplando un instrumento que las familias y algunos de ellos pueden llegar a odiar, pero en igual medida que un violín «serruchado» por un aspirante a Sarasate. Y hablando de violines, Stefano Barneschi y Marco Bianchi encabezan esta vez la formación (Enrico Onofri está también de gira) a la que se suman el violonchelo de Paolo Beschi, el clave de Riccardo Doni más la tiorba de la argentina Evangelina Mascardi, más que suficientes para afrontar tanto a Merula como a Castello, siendo perfecto complemento de las obras con flauta y verdaderas joyas incluso sin el director fundador, como pudimos comprobar con estos excelentes instrumentistas que siguen funcionando en conjunto al mismo nivel estratosférico que como solistas. El entendimiento de este quinteto es de admirar por empaste, dinámicas amplísimas, equilibrio y balance cuando los solos afloran, dominio total desde una técnica vertiginosa en todos ellos que cuando suenan las flautas de Antonini se convierten en la vestimenta ideal sin necesitar más tela que la presentada, tal es el armazón y ropaje que dan al concierto.

La música veneciana de Merula con la Canzon ‘la Pedrina’ y Castello con la Sonata XI a tre, de la Sonate Concertate in Stil Moderno nos transportó a «la Serenissima» en estado puro, un viaje al pasado de nuestra juventud con aquello que entonces nos parecía rompedor y drástico, como siempre sucede con lo nuevo que solo el tiempo pone, como siempre, en su sitio, plantilla de cinco virtuosos con especial mención a los violinistas sonando como uno en todo: dinámicas, ataques, arcos, intención y sentimiento, sin saber dónde empezaba uno y terminaba el otro, virtuosismo contagiado a cada instrumento antes de la aparición de la flauta de Antonini sentando a todos menos a chelo y tiorba, sin pausas, para las Variaciones sobre “Pulchra es amica mea” de Palestrina compuestas por el también milanés Rognoni y recordarnos el magisterio en la flauta dulce tenor dejándonos impresionados de nuevo con su técnica, su sonido y esa musicalidad infinita que todos estos intérpretes tienen en estas obras, alternando combinaciones y protagonismos donde no podía faltar el increíble solo de flauta de Van Goosen compuesto por el que he llamado “Paganini de la flauta barroca”, el holandés Jacob Van Eyck, obra hasta lógica por ser Antonini uno de los maestros del instrumento, una mínima incursión dentro del plantel italiano, y hasta homenaje a la flauta de pico, antes de volver con Merula y la Canzon ‘la Strada’ solamente con el ensemble.

Me gusta resaltar lo importante no ya de elegir un programa sino la organización y orden de sus obras, cosa que quiero comentar de nuevo pues la primera parte complementaba la segunda, como preparando estilos y formas, más los descansos del flautista para recuperar aliento que permitieron seguir deleitándonos con «su formación acompañante», de nuevo este quinteto que nos dejó unas excelentes Folias echa para mi Señora Doña Tarolilla de Carallenos de Falconieri (o Falconiero), la danza tan española que parece bailó Don Quijote, disfrutando de un perlado clave y una tiorba emergente preparando el ambiente musical de todo el grupo para un juego de contrastes donde la flauta se mezcla con el violín en una tímbrica mágica, uniéndose el empuje rítmico de un baile en Nápoles en tiempos donde este reino era español, como las siguientes dos maravillas que cerrarían la primera parte con la formación al completo: la Sonata VII sobre el ‘Ave Maris Stella’ de Del Buono, intimismo con paleta dinámica amplísima, a la que siempre ayuda el violonchelo unido a esa tiorba tan femenina, en el amplio sentido de la palabra, cortando la respiración y finalizando con una atronadora ovación antes de finalizar esta mitad con la Sonata en la menor para flauta, dos violines y continuo de A. Scarlatti, una colección de siete compuesta en los años finales como bien indican las notas al programa (colocadas aquí debajo), prescindiendo del clave pero igualmente rica de contrastes tímbricos a lo largo de sus cinco movimientos, alternando aires y dinámicas desde esa concepción del barroco que Il giardino armonico ha ayudado a tenerla como habitual, con Giovanni Antonini de solista y director perfectamente compenetrado con sus músicos.

La segunda parte nos hizo retroceder y recuperar años con muchos recuerdos de la mano del ahora maduro flautista y su “jardín armónico” con el repertorio que ellos dominan como pocos, gracias en parte al trabajo de tantos años. El “ensemble” nos llevó de vuelta a Venecia para maravillarnos con la Sonata XII de Castello que permitió disfrutar cada intervención solista (la tiorba emergió a la superficie poderosa, limpia y lucida, el clave ornamentando con ligereza y la cuerda frotada en permanente asombro para el que firma), y otro tanto con la Sonata I para dos violines, violonchelo y continuo “La cetra”, op. 10 nº 1 de Legrenzi con la magia de los dos violines citados.

Pero los concerti para flauta de Vivaldi que abrían y cerraban esta segunda mitad, siguen siendo referentes con “Il Giardino de Antonini”, barroco en estado puro para los dos conciertos elegidos, el Concierto para flauta, dos violines y continuo en sol menor “La notte” RV 104, de tiempos extremos, silencios subyugantes, ataques súbitos y casi violentos frente a los remansos paradisíacos, de flauta inacabada e inabarcable, cantando y jugando con floreos interminables, la descripción musical de los propios movimientos: Largo por las respiraciones, Fantasmi: Presto-Largo-Andante porque no parece humana tal capacidad de emitir sonidos tan bellos, Largo de plácida sensación de reposo contagiado por la lenta construcción de acordes entre cuerda y flauta (que nos recuerda mucho las estaciones entendidas por ellos mismos) y finalmente Il Sonno: Largo-Allegro donde hasta Freud podría argumentar desde la música con significado pese a ser «simplemente pura», el sueño profundo antes del despertar sobresaltado pero placentero y sin pesadillas.

El cierre del Concierto en re mayor para flautín, dos violines y continuo “Il gardellino” RV 90 continuó asombrando con el piccolo virtuoso y travestido del «ladrón traverso«, más increíble por tener de sustento unos músicos que convencen y contagian ímpetu, alegría, serenidad además de buen gusto y buen hacer desde la técnica al servicio de la música, creo que el ideal para cualquier melómano, compartiendo con la flauta de pico más pequeña los momentos álgidos de la historia del propio instrumento en unas partituras que siguen asombrando cada vez que vuelven a sonar, siempre únicas en vivo. Antonini sigue doblándose para dirigir y tocar, cargando los pulmones para sobrevolar sin respiro lo humano y divino, adornar los ornamentos y tocar hasta los silencios, y en número ideal por ser «de cámara», quién sabe si idéntica plantilla a la que podría utilizar «Il prete rosso» en el Ospedale della Pietà. Pájaros imaginarios en las calles venecianas del Allegro, primoroso el diálogo con el cello; el Largo cantabile sin los violines pero saboreando la tierra firme con chelo, clave y tiorba arropando la sopranino nunca hiriente, atentos a las respiraciones y ornamentos para seguir encajando todo, y la explosión de fuegos artificiales sobre el Gran Canal en Carnaval con el Allegro en tutti, asombrando el dúo de violines (los ecos no pueden sonar mejor) pero donde cada detalle seguía maravillando por las calidades.

Y lógicamente tenía que sonar también y tan bien Vivaldi en la propina: su Largo del Concierto en la menor, RV 108, abandonando el juguetón pícolo para retomar la contralto más humana en registro y poder así cantar sin palabras con la mejor vestimenta del quinteto, un «jardín» que sigue floreciendo 30 años después. Que duren por lo menos dieciséis años más, y no solo por Haydn

No pueden faltar

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Viernes 6 de mayo, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo: «Cuaderno de viajes I», abono 12 OSPA, Golda Schultz (soprano), Alessandro De Marchi (director). Obras de Haydn, Mozart, Beethoven y Mendelssohn.
Sin descanso y apurando esta temporada de aniversario que ya no se detendrá hasta el próximo mes, volvía la OSPA con un programa de esos que no deben ni pueden faltar, clásicos que mantienen este repertorio básico para intérpretes, músicos y público en general,  pues además de la música de nuestro tiempo (más exigente en cuanto a su escucha) los grandes también son nuestra herencia y siguen llenando las estanterías de tantos melómanos. La orquesta volvió a demostrar su solvencia, calidad y excelente estado de forma en todas las secciones, disfrutando con la interpretación de unas páginas imprescindibles, ideal en plantillas para este duodécimo de abono, llevada por un director italiano que se hizo entender (interesante la entrevista para OSPATV), claro en el gesto, preciso, compenetrado con una formación como la asturiana versátil no solo en repertorio, capaz de amoldarse sin fisuras a las más diversas batutas.

Hoy podríamos hacer esta entrada utilizando los títulos de las obras: La isla deshabitada de un Auditorio sigue perdiendo público, tal vez por el Ah! Pérfido tiempo de una climatología escocesa que haría preguntarse Voy, pero ¿dónde? ¡oh dioses y perdiéndose un concierto completo y agradable.
La obertura de L’isola disabitata, H. Ia:13 (Haydn) con una formación para la ocasión (aunque sin clave) resultó ideal para las muchas cualidades de orquesta y director: dinámicas amplias, lirismo, empaste entre secciones (excelencia en el dúo de trompas), buenos balances además del empaque habitual que en menor número de músicos resalta todavía más la gama de matices que atesoran los integrantes de nuestra orquesta, bien resaltado cada detalle por el italiano De Marchi para esta página operística pero marca del llamado «padre de la sinfonía«, luces y sombras hechas música al más puro «Sturm und Drang«.
Sorpresa agradable la soprano sudafricana Golda Schultz que sin poner la piel de gallina está dotada de una maquinaria perfecta, excelente técnica para afrontar las dos partituras que la trajeron a Asturias, emisión clara, color vocal con cuerpo y homogeneidad en todos los registros sin olviarnos del grave, corriendo sin problemas por la mayor o menor densidad orquestal, cambiando los omnipresentes oboes por los clarinetes tan del gusto de los «vieneses» MozartBeethoven, éste todavía clásico en forma.

El aria Vado, ma dove? Oh Dei!, K. 583 (Mozart), cuya historia figura en las notas al programa de Rafael Banús Irusta (enlazadas al principio con los autores), ya comienza a incluirse en el segundo acto de Le nozze di Figaro, calificadas como «piezas de bravura» que la solista defendió con solvencia y eficacia bien concertada por un De Marchi con la orquesta sonando en el plano idóneo, contestando, acompañando, preparando y completando esta maravillosa partitura del genio de Salzburgo.
Y otra aria de concierto que pocas veces se escucha en ellos, aunque este año fuese la segunda ocasión en este mismo Auditorio, Ah! Pérfido, op. 65 (Beethoven), misma atmósfera vocal y orquestal pero exigente en cuanto a fuerza y extensión en el amplio sentido del término musical, un recitativo exigente y un aria todavía mayor, con la soprano bien anclada en su ejecución a la que le faltó ese punto de emoción para transmitir emociones con todo el mimo orquestal. Las dos arias con textos traducidos por Luis Gago pudimos seguirlas, luces de sala encendidas facilitando su lectura, calidad y calidez en la sudafricana, belleza vocal y una técnica irreprochable que es necesaria para alcanzar la excelencia cuando se le suma entrega y carisma. Difícil aunar ambas cualidades que no siempre han tenido algunos de los grandes intérpretes (no solo voces), y personalmente siempre decantándome por la emoción con menos técnica que no a la inversa, pues las dos están al alcance de unos pocos elegidos.

Las sinfonías de Mendelssohn deberían figurar como «obligadas» en los conciertos, son ideales para pulsar el grado de trabajo y calidades de todas las orquestas con unas plantillas no siempre del tamaño que exigen otros compositores, amables de escuchar y de trabajar, algo que De Marchi con nuestra OSPA volvió a corroborar, un romántico que compone «a la manera clásica» como así lo entendió el director italiano.

La Sinfonía nº 3 en la menor, op. 56 «Escocesa» (1842) sacó de la orquesta lo mejor de ella en un crecimiento prolongado a lo largo de esta temporada que esperamos alcance el cénit en lo que aún nos espera, y es que no cabe ningún reproche en cuanto a entrega y musicalidad. Cada movimiento supuso un escalón de calidad y emoción, una cuerda dúctil y bien compensada para el Andande con moto-Allegro agitato con los primeros planos de los violines y cellos reondeados por los contrabajos (la tarima ayuda a redondear los graves), la madera siempre segura, unos timbales discretos en presencia pero imprescindibles, y el ímpetu necesario para el cambio de tempo bien llevado por De Marchi, sacando cada dibujo a flote en las distintas secciones, tensión en el punto justo, disfrutando de los clarinetes (hoy Antonio Serrano de solista) y creando ese ambiente sombrío tan parecido al asturiano que la OSPA transmite como nadie. El Scherzo: Assai vivace continuó esa tensión del primer movimiento con apenas espera entre ellos, buscando unidad en el discurso y mantener el ambiente alcanzado, la alegría del motivo en la madera siempre talentosa, el cuarteto de trompas que sigue sonando compacto y mejorando en cada concierto, uniforme, orgánico y en perfecto entendimiento junto a las trompetas, la cuerda brillante y clara, con unas violas y cellos también protagonistas amén del ya comentado sustento de los contrabajos, apostando el director italiano por un aire ligero que permitió disfrutar de todos ellos. Los tiempos lentos son perfectos para saborear la musicalidad de los primeros atriles, siempre seguros y aportando el plus de magisterio y confianza en ellos depositada, dejándonos un Adagio cantabile de belleza inconmensurable, sonoridades claras en los «pizzicati», arcos cantantes a más no poder, armonías completadas por un viento etéreo que pasa al primer plano casi de puntillas pero haciéndose oír, majestuosa serenidad antes del último movimiento Allegro guerriero – Finale maestoso, literalmente guerrero y majestuoso por el impulso desde la batuta, el empuje orquestal, los contrastes rítmicos, el brillo de la cuerda, el arrojo de los timbales, las contestaciones de la madera, la presencia del metal, las calidades en cada detalle sin decaer a lo largo de los compases, reposos mínimos en el tema principal que crece desde la unidad sonora. Una sinfonía «asturiana» comandada por un italiano con las ideas claras bien interpretadas que deja las expectativas muy altas por el programa elegido para el abono 13 del viernes 13 sin supersticiones, segunda etapa de este «Cuaderno de Viajes» para una orquesta sin prisas pero sin pausas en plena madurez de plata que nunca se acaba.

Mieres orgulloso de su Banda

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El pasado domingo 1 de mayo en el Auditorio «Teodoro Cuesta» volvimos a escuchar a la Banda de Música de Mieres esta vez con el Coro IES María Guerrero de Collado Villalba, uniendo lazos con otras agrupaciones que conforman el acerbo cultural diario de localidades que no siempre tienen acceso a los grandes auditorios a la vez que forman y encauzan aficiones. A través de coros como el de este instituto del que forman parte profesores, alumnos actuales y antiguos, padres… o bandas de música como la de Mieres que ha sacado del olvido parte de la historia local, acercando jóvenes y veteranos de varias partes de Asturias hasta la cuenca minera han vuelto a demostrar que la unión hace afición, que los valores de cooperación siguen vigentes, que el altruismo cultural sigue vigente, y además con el reconocimiento del pueblo que continúa acudiendo a sus conciertos, algo hasta hace poco considerado de extraordinario.

El coro que dirige la argentina Carina Brezzi (1967) no pretende más de lo visto y escuchado: el amor por la música uniendo generaciones y llevando el nombre de Collado Villalba y del instituto desde 2003, supongo que con todos los cambios de plantilla habituales en coros de este tipo, además del sacrificio que supone dedicar «tiempo libre», más del que muchos se creen, a preparar repertorios como el que trajeron a Mieres, agradable, variado y con música popular de todo el mundo. Desde la Canción de cuna costera (Linares Cardozo) con acompañamiento a la guitarra del «profe de Francés» evocando la patria de la responsable coral, la gallega y triste Lela (Alfonso Daniel Rodríguez Castelao) con algunos problemas de afinación, la coreografiada por coro y público Ipharadisi, con el ritmo al cajón del citado profesor, un tema popular sudafricano agradecido de cantar y compartir, el conocido Hallelujah (Leonard Cohen) con el profesor de música al teclado (supongo que no sea su instrumento habitual) y que en Mieres han cantado varias veces el coro local que dirige Reyes Duarte, para finalizar también con el conocido y bellísimo Dirait On (Morten Lauridsen) una vez resuelto el cambio de tono anterior en el teclado. Esfuerzo plausible pero exigencia de buscar siempre calidad, así como un consejo de veterano para Carina: la tranquilidad se transmite, hay que tener claro el tono del coro antes de arrancar, y por supuesto mejor parar y comenzar de nuevo que seguir mal, decisión correcta que seguramente muchos de los presentes ni se percataron.

Por supuesto cantar con el acompañamiento de una banda es mucho mejor para cualquier coro, y así cerrarían el concierto, aunque lo comentaré más adelante.

La Banda de Música de Mieres lleva desde 1991 luchando contra los elementos por recuperar una historia que incluso ya tiene su estudio con la tesis doctoral a cargo precisamente de uno de sus componentes, el profesor, doctor en Musicología y timbalero José Ramón Vidal, y que con el murciano Antonio Cánovas Moreno (1979) está consolidándose desde su llegada al podio hace ocho años como una joven agrupación de calidad, especialmente apostando por repertorios que conjugan tradición y modernidad, madurez y futuro aplaudiéndoselo como aficionado y profesor, puesto que el mundo de las bandas tiene en esta época un resurgir global con obras adaptadas a las plantillas y que con los ensayos bien aprovechados consiguen triunfar allá donde se lleven, como sucedió este primero de mayo. Aún en mi recuerdo el anterior «concierto de primavera«, las obras de entonces resultaron más trabajadas, empastadas y hasta impactantes, asentadas y asumidas con verdadero convencimiento por todas las secciones que cuentan con solistas excelentes, dando una dimensión de grandiosidad que el público premió con merecidos aplausos.

Desde el pasodoble Marta Agustín (Pere Sanz Alcover, 1975) valenciano como la horchata y con un trompeta de postín hasta el arreglo del holandés Johan Meij (1953) de Star Wars Saga (John Williams) plenamente americano, que con la selección de números del oscarizado compositor en esa adaptación para banda por parte del holandés, referente mundial en el nuevo repertorio, los músicos de Cánovas sonaron sinfónicos. Y otro tanto podemos decir del difícil y complicado Danzón nº 2 (Arturo Márquez, 1950) en arreglo de Oliver Nickel, otro compositor a tener en cuenta como así se encargan estos directores siempre al día en obras, conocedores de la materia prima con la que trabajan, dejándonos una interpretación de calidades superlativas donde quiero destacar a la pianista y a toda la sección de percusión por ser sustento obligado del resto, haciendo ilusionarnos a todos los melómanos y seguidores de nuestra banda.

Las dos obras con el coro fueron la mejor forma de unir y confluir, el arreglo del galés John Glenesk Mortimer (1951) del tema principal de la película 1492: The conquest of Paradise (1992) del griego Vangelis (1943), con un Cánovas escrupuloso en los matices para dejar protagonismo a las voces madrileñas cuando aparecían, sin olvidar la riqueza tímbrica de la propia partitura, y sobre todo el Gospel Train (Norman Tailor), «poutpurri» de espirituales negros sencillos de cantar, excelentemente orquestados y broche sinfónico-coral que levantó de nuevo al público de sus asientos para vitorear esta fiesta musical de un día señalado en el calendario.

Solo pedirle a Ramón Hernández, presidente de la AMAM, que sus notas podrían acompañarse como programa, evitando sus largas exposiciones de presentación de temas y formación (por otra parte sí incluidas en unos programas poco manejables pero completos).

Valores musicales

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Sábado 30 de abril, 20:30 horas. Museo Evaristo Valle, Gijón, «Jóvenes valores de la música»: Ignacio Rodríguez (violín) y Sergey Bezrodny (piano). Obras de Mozart, Dvorak, Brahms y Shchedrín. Entrada: 10 €.

Desde la primera fila del museo, compartiendo vista y concierto con cuatro cuadros de Evaristo Valle (1873-1951) pintados tras su vuelta a Gijón en 1917, cual testigos de cada una de las obras escuchadas por dos artistas unidos en el lenguaje universal, hoy música más pintura, dos generaciones de intérpretes conjugando juventud y madurez en un camino sin fin, el violín de Don Ignacio (1996) sinónimo de juventud y crecimiento desde sus inicios junto al piano de Don Sergey (1957) el virtuoso maduro de larga carrera apoyando siempre a los nuevos valores con la misma profesionalidad y excelencia que a las figuras consagradas, grandeza humana desde la humildad del magisterio, un segundo plano que nunca lo es, y menos ante cuatro partituras exigentes para ambos intérpretes que se convierten en uno porque los compositores así entendieron unas obras cargadas de emociones compartidas, de continuo diálogo y común deseo expresivo desde dos instrumentos complementarios, poderosos y delicados, capaces de emocionar, conmover, transmitir momentos únicos para un concierto en este museo que respira arte por sus cuatro paredes apostando por la música ofreciendo al público «Arte» con mayúsculas interpretado por unos jóvenes necesitados precisamente del apoyo y reconocimiento al duro trabajo que supone la carrera elegida.

Mozart fue un niño prodigio al que su familia apoyó y promocionó para llegar a ser un genio conocido fallecido todavía en la plenitud de la vida. La Sonata en si bemol mayor, KV. 378 está compuesta en Salzburgo en 1779 con solo 23 años pero publicada precisamente en 1781 cuando se instala en Viena para convertirse en un músico independiente, puede que el primero de la historia sin patronos, componiendo para él y viviendo sus mejores años. Así me imagino a Ignacio Rodríguez, estudiando y dando lo mejor de estos años de formación asentando repertorio donde Mozart siempre está presente por la sencillez de su escucha escondida en una diabólica dificultad de ejecución que Sergey Bezrodny hace fácil. Sonata en tres movimientos todavía de estructura académica, clásica, con equilibrio entre los intérpretes sin olvidar el virtuosismo exigido a ambos, muy del gusto de entonces. Allegro moderato vital, con fuerza y diálogo solo posible desde el entendimiento, equilibrio de planos, unidad expositiva, claridad con una amplia gama de matices. Sonoridad carnosa en el violín, intensidad e impulso en un piano brillante. El Andantino sostenuto e cantabile mozartiano a más no poder, esos tiempos casi concertísticos donde el violín es casi orquestal para el piano y cambiar los roles cual un aria operística cantada por el arco, así entendieron este movimiento central lírico y emotivo, cuerda grave discreta y con notas largas para reforzar un piano cristalino, fraseos precisos, ornamentos ligeros que alternarían posteriormente con el violín protagonista y teclado quasi orquestal. El Rondó: Allegro como cierre virtuoso de una sonata para violín y piano corroborando unidad en el discurso pero también en espiritualidad y punto de vista equilibrado de juventud con madurez, arrojo y valentía frente a contención y seguridad, diálogo en sincronía bien intencionada por los dos intérpretes, jugosas dinámicas de sonoridades potentes y brillantes.

Las Cuatro Piezas Románticas, op. 75 B. 150 (Dvořák) originalmente para trío de viola y dos violines como «Miniaturas» y en versión definitiva reescritas poco tiempo después suelen ser más habituales escucharlas con cello, pero el violín consigue el impacto de unas melodías engarzadas con el piano más cercanas e íntimas, desde el Allegro moderato hasta el imaginativo y rítmico Allegro maestoso potente en ambos solistas, cuerdas dobles, arco amplio con el piano martilleando o sobrevolando juguetón en este diálogo del folklore checo, siempre reconocible en Antonin, que finaliza en un agudo luminoso. El Allegro appasionato juega en dos planos con el violín fraseando y el piano en contrapunto lleno de arpegios fusionando tímbricas y matices, expresividad máxima con crescendi en ambos intérpretes sumando la dificultad de dobles cuerdas en octavas manteniendo pasión hasta el increíble Larghetto languideciendo, íntimo, exigente en los ataques casi imperceptibles y un violín doliente acompañado por un piano que prepara los fuertes cual pinceladas de luz en la oscuridad con un final nada habitual en tiempo lento que el dúo entendió como despedida vital, expresividad emocional llevada al límite, casi agonizante de bello dolor hecho música hasta la última e íntima nota en un arco infinito a la espera de liberar pedal pianístico.

Tras un necesario descanso que reajustase equilibrios anímicos, nada menos que la Sonata nº 1 en sol mayor, op. 78 (Regen-sonata) de Brahms, compuesta con 48 años en plena madurez artística, «Sonata de la lluvia» de hondura y bravura, con un Vivace ma non troppo de perlas pianísticas y lirismo violinista, todos los matices de una paleta amplísima, de nuevo el sonido carnoso de Ignacio con el sustento seguro y redondeado de Sergey, aún más personal en el Adagio de protagonismo impecable subrayado por unos arcos inmensos de Ignacio, la belleza melódica e infinita del hamburgués reducida al dúo, compartiendo momentos delicados de amplios registros. El Allegro molto moderato traería el recuerdo del Regenlied opus 59 nº 3 para completar la melancolía musical «reducida» a la música de cámara que Brahms, ajeno a las modas, entendió como nadie y el dúo Rodríguez-Bezrodny transmitieron fidedignamente, apostando por repertorios de envergadura.

Un placer escuchar de nuevo una obra de Rodión Shhredrín (1932), esta vez In the style of Albeniz, op. 52 (con varios arreglos, siendo el de violín y piano de 1973), un descubrimiento perfectamente complementario de las obras precedentes desde la visión e inspiración de nuestro pianista más grande admirado por un moscovita con pasaporte español, el espíritu humorístico cautivador tamizado por la herencia rusa y llevado a una partitura actual, vital, agradecida para ambos intérpretes volcados en un ímpetu mezclado con el respeto por este lenguaje propio de acentos inconfundibles, obra de un virtuoso pianista, organista y compositor conocedor de todos los recursos técnicos instrumentales que tal pareciese pensado para nuestro dúo, al que siempre recuerdo como «Conexión Moscú-Oviedo«.

Un triunfo que el público corroboró con largos aplausos además de un ramo de flores para cada uno de ellos entregado por una de las nietas del director de arte de la FundaciónGuillermo Basagoiti García-TuñónAlina Brown García-Tuñón, responsable de la administración y programas educativos, continuadores del legado de Evaristo Valle tras la muerte de su sobrina María Rodríguez del Valle en 1981 cumpliendo su voluntad testamentaria de esta Fundación y Museo gijonés en su finca «La Redonda».

Precisamente en el cumpleaños de Alina, sobrina-nieta del pintor, nada mejor que el regalo tan vienés del «grazioso» Schön Rosmarin (Kreisler) de las «Tres viejas danzas vienesas«, un placer en la interpretación de unos ya relajados Ignacio y Sergey a los que siempre es un placer seguir y escuchar en vivo.

La samba movió a la juventud

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Cuarto año del proyecto LinkUp que la OSPA ha traído desde el Carnegie Hall neoyorkino y su «Weill Music Institute» de la mano de Rossen Milanov hasta el Auditorio de Oviedo, y exportándose después a otras comunidades como Navarra, al igual que en EE.UU. cada vez más estados se suman al mismo e incluso en otros países, un proyecto que hasta ahora lleva tres monográficos, si bien se rehacen y adaptan cada temporada al español, por lo que «La orquesta se mueve» de este 2016 podríamos decir que es la versión 2.0 de un ciclo pensado para alumnado desde Primaria hasta Secundaria, donde he participado con mis alumnos de primer ciclo (1º y 2º ESO) del IES «El Batán» de Mieres desde la primera en 2013.

Tres días (pues los dos previstos se completaron rápidamente nada más abrirse el plazo de inscripción) con doble función matutina a las 10:30 y 12:00 movilizando más de seis mil estudiantes y cuatrocientos profesores de casi 100 institutos y colegios asturianos, con unos materiales de calidad que nos proporcionan para esta fiesta musical. Nosotros acudimos al «estreno» del pasado miércoles 27 de abril en la primera función, siempre una incógnita cómo responderían todos, pero nuevamente la emoción marcó ya la salida en los dos autobuses tras un trimestre largo de trabajo en el aula con todo el repertorio. Si hasta entonces los compañeros comentaban cómo salen del aula cantando de las clases, el día importante había llegado, incluso ensayando con sus flautas para ir calentando.
Auditorio lleno de ilusiones, la orquesta calentando motores, la gran pantalla con pasatiempos musicales y con Gustavo Moral de maestro de ceremonias arrancaba este concierto único donde todos participan de él.

Cuenta atrás y afinación orquestal, seguida de las flautas y con el «vecino equipo habitual» formado por Sonia de Munck (soprano), Elena Ramos Trula (soprano) y Julio Morales (tenor) comenzaba el propio concierto lo que podemos llamar el «Himno LinkUp», el único tema que se repite, Ven a tocar (Thomas Cabaniss). Después vendría el «Can Can» de Orfeo en los infiernos (J. Offenbach) con dos jóvenes bailarinas intentando sumar a Gustavo mientras los diferentes sentidos de «mover» que tiene la música en este programa.

El Danubio Azul de J. Strauss hijo tiene una letra mejorada del primer año, por lo que el alumnado opta por la melodía conocida cantada con Sonia, o directamente en flauta, por las contestaciones instrumentales y sobre compartir todo con la OSPA bajo la dirección de su titular Milanov que optó por un tiempo más lento que el ensayado en el aula con una base solamente de piano, aunque el ritmo ternario la juventud ya lo tiene bien asimilado.

Como hace cuatro años el momento más emotivo es el «Nocturno» del Sueño de una noche de verano (Mendelssohn) transportado para poder interpretarlo con las flautas dulces, dos niveles de dificultad (pues el tercero lo tendrían los excelentes trompas de la OSPA), luces atenuadas y más de mil flautas disfrutando y compartiendo partitura con los profesionales, incluso mandando sobre ellos, porque ¿quién sujeta el ímpetu? Milanov hizo diabluras para hacer posible lo imposible y todo acabó encajando.

La obertura de Las bodas de Fígaro (Mozart) puso a prueba la velocidad en los músicos para un imaginario récord así como el necesario aprendizaje de participar con la escucha. Está bien «engañar» con un minutaje de 4:20 inferior al real y el empuje del animador Gustavo a la cuerda.

Uno de los momentos más esperados por el alumnado es el conocido «Toreador» de Carmen (Bizet) con «Escamillo Morales» nunca tan coreado como aquí. El francés no supone dificultad (aunque los americanos hacen su versión en inglés), la respuesta se convirtió en coprotagonista por el ansia contenida con la obertura operística mozartiana y la chaquetilla pequeña, sin necesidad de montera, acabó cual muleta para «torear» a Gustavo, con las sopranos unidas al coro escoltando a los «primeros espadas» con bellos abanicos.

Pese al arduo trabajo previo de preparación para saber escuchar a Beethoven y su Quinta Sinfonía en do menor, op. 67 (sólo el primer movimiento), está visto que los gustos de los chavales cambian y tras el triunfo hace cuatro años este no fue igual para ellos, pese a la interpretación bien llevada por la OSPA con Milanov, supongo que estar más de cinco minutos parados es algo imposible para esta generación. Seguiremos buscando fórmulas para alcanzar el placer de escuchar en una sociedad más bien «sorda» donde ni siquiera conseguimos dialogar en orden.

Distinto fue el otro tema de Cabaniss, Lejos vuelo con una coreografía muy ensayada en la parte central, uniéndose casi todos a la voz de Sonia quien con todo el «equipo» marcaron igualmente los pasos a un auditorio que daba gusto contemplar en movimiento acompasado con un tema muy actual de orquestación.

Pero el fin de fiesta fue realmente apoteósico, Vaudí y sus percusionistas entraron a ritmo de samba, levantando el jolgorio y contagiando el calor brasileño de Rio de Janeiro en Cidade Maravilhosa (André Filho), sumándose la orquesta y Elena luchando por afinar con todo el auditorio totalmente revolucionado cantando en portugués con la misma facilidad que en francés o español.

Recopilación musical cual trailer recordatorio de cabo a rabo con Gustavo y todos los músicos participando para poner rumbo al «insti» en perfecto orden. Aún quedaba otra función ese miércoles más las cuatro siguientes. De nuevo la música preparando y formando, cultura educativa aunque WERTgonzosamente «olvidada» al relegarla como en mi adolescencia al grupo de «marías» del que han sacado la «Religión» equiparada a «Valores éticos». No suelo ver políticos en los conciertos por lo que tal vez deberíamos organizar un «LinkUp» para ellos y comprobasen que la educación integral no es la que aparece en leyes no consensuadas.

Al menos en Asturias seguimos «conectados» y como este año, «La orquesta se mueve» con el alumnado, volvimos cantando, contentos, una experiencia que no acaba aquí porque hasta junio queda curso, y como se decía en los antiguos campamentos de verano, «esto sigue en vuestras casas».

La esperanza es lo último que se pierde y la música hace más llevadero nuestro quehacer diario. Soy feliz y disfruto dedicándome a lo que me gusta, la docencia y la música, pero las canas no salen solo por los años.

El laúd con alma

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Miércoles 27 de abril, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo, sala de cámara: III Primavera Barroca: José Miguel Moreno (laúd barroco), Ars Melancholiae. Obras de Sylvius Leopold Weiss (1686-1750), Charles Mouton (ca. 1626-ca. 1699), Johann Gottfried Conradi (?-1747) y David Kellner (1670-1748).

Un concierto distinto donde escuchar a José Miguel Moreno (Madrid, 1955) hablar de las obras y sus compositores es toda una lección (y eso que dio una conferencia previa) donde la música de laúd resulta perfecto complemento de la palabra. El apellido Moreno es sinónimo de magisterio y arranque en la recuperación de la llamada «música antigua» además de verdadero referente para una nueva generación de intérpretes españoles que están consolidados a nivel mundial, como los hermanos Zapico de Forma Antiqva que este viernes 29 de abril debutarán nada menos que en Canberra (Australia) tras pasar por este mismo escenario y ciclo el pasado domingo, a quienes José Miguel Moreno también recordó.

Personaje peculiar y especial, no muy dado a entrevistas aunque dejo enlazada la realizada por Mario Muñoz Carrasco para la Revista Sineris hace un par de años, pues refleja a la perfección su pasión y profesión. Citaba a Couperin (Lo que me sorprende está bien, pero prefiero lo que me conmueve) antes de abordar a Mouton diciendo que como él, prefería la música que conmueve a la que sorprende, y su recital tuvo mucho de melancolía (como en las notas al programa) más que de sorpresa, pues las obras las ha dejado para la historia en disco compacto, una época donde siendo con su hermano Emilio propietario del sello Glossa, podían permitirse grabar lo que querían sin imposiciones ni comercialismos. Algo que los melómanos agradecemos porque nos hubiésemos perdido obras tan bellas como las escuchadas en vivo, con un ambiente familiar, poco público donde no faltaron maleducados que se fueron en medio de una obra, apertura de caramelo que rompía una escucha casi terapéutica, toses «opinando» ¿inconscientemente? que una hora de música de laúd parecía demasiado (supongo que no pasarían por taquilla o desconocían el contenido), y donde todavía pudimos escuchar tres propinas del francés Ennemond Gaultier «El viejo» (c. 1575-1651), de la estirpe Gaultier como Jacques o Denis, tras una velada que el propio José Miguel calificó como «música del alma».

Puede que el músico madrileño no esté en su mejor momento interpretativo (pues el vital demostró seguir joven confesándonos su nueva paternidad hace dos años que parece haberle devuelto el ímpetu), tal vez falte limpieza en algunos ornamentos, puede que también más pulsación en pasajes concretos, aunque sus pianísimos sigan cortando el aire, incluso que la selección de obras careciese de danzas más movidas optando por las íntimas y tranquilas, cuando no excesivamente reposadas, en pos de esa intención de relajación y disfrute sin más.

Pero nadie puede negar que sobre todo en la Suite en la mayor de Conradi «el gran desconocido», nos contagió su entusiasmo por compartir vida y obra de alguien que hasta se planteó fuese músico o compositor de lo escuchado… Cosas curiosas que nos cuenta el Maestro.

Algo parecido con la Chaconne en la mayor de Kellner, donde cada final era engañoso por volver de nuevo al inicio (cual Da Capo ad eternum) con leves variantes como corresponde al estilo barroco, tal vez queriéndose recrear y alargar estos «descubrimientos».
Las cinco danzas de Weiss algo decepcionantes, siempre en relación a sus primeras interpretaciones en disco (en 1993 aunque reeditado) pero todo un placer sus fraseos tan interiorizados y elegantes, aunque «cortadas» por la necesaria afinación de las cuerdas que vibran por simpatía para adaptarse a la tonalidad, y la selección de Charles Mouton algo más variada en tiempos y danzas, aunque se nota la predilección por la gavota y la zarabanda, curioso para un laudista enamorado además de gran intérprete de la vihuela española típica y única, a la que reconoce ser el mejor instrumento de la época, más que su laúd francés aunque su lenguaje sea universalmente personal.

Escuchar contar historias a José Miguel Moreno siempre resulta gratificante por la sabiduría que los años y el conocimiento transmite, pero sobre todo por contagiarnos la alegría de vivir de, por y para la música. Tras las tres propinas comentadas aún se quedó para atender preguntas y seguir de tertulia…

Gracias Maestro

Steffani, afectos y efectos

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Domingo 24 de abril, 19:00 horas. Sala de Cámara del Auditorio de Oviedo. III Primavera Barroca: Mª Eugenia Boix (soprano), Carlos Mena (contratenor), Forma Antiqva, Aarón Zapico (clave y dirección). «Crudo amor: Pasiones y afectos en la voz de Agostino Steffani«.
No pudo ser el 3 de marzo pero por fin volvieron a casa Forma Antiqva este último domingo de abril para traernos a la «Primavera Barroca» su Crudo amor, un programa que presentaron en Gijón durante el Festival de Música Antigua el 15 julio de 2014 y festejando sus 15 años en el Conservatorio de La Felguera el pasado 11 de octubre de 2015 tras grabar en esta sala, donde trabajan regularmente como grupo residente, su último trabajo para el sello alemán Winter&Winter, por lo que los muros del antiguo depósito de agua aún conservaban parte de la memoria reciente de los mismos intérpretes que han dejado otra joya para nuestra historia musical.

Impresionante ver la agenda de todos y cada uno de estos músicos que alternan trabajo docente (cuando lo permiten las autoridades incompetentes), escenarios, repertorios, formaciones, pero que vuelven a reunirse para recrear ahora a un Steffani por el que han transitado otros muchos intérpretes pero que «los Zapico» han actualizado y adaptado a su ya amplio repertorio, volviendo a contar con la «hermana adoptada» Ruth Verona y las voces de la soprano aragonesa Eugenia Boix y el contratenor vitoriano Carlos Mena, repuesto de sus problemas, en un directo siempre único e irrepetible porque el barroco todavía permite la licencia del momento, los ornamentos nunca iguales, los tiempos sin ceñirse a marcas metronómicas, los matices extremados hasta el infinito, todo ello desde el dominio de un programa por parte de cada uno que les permite disfrutar y contagiar «pasiones y afectos» con todos los efectos de la época.

Y como en el disco, las seis cantatas del cantante, organista, compositor, obispo, diplomático y puede que hasta espía Agostino Steffani (Venecia, 1654-1728), todo un personaje con una vida de novela donde sus partituras fueron admiradas y conservadas por Händel, alternando en un discurso muy homogéneo con intervenciones solistas de los hermanos Zapico perfectamente elegidas para completar un idioma común desde distintos acentos, como el propio veneciano, variando ligeramente el orden de la grabación.
Para empezar «Begl’occhi, oh Dio, non piú piangete» (1699) con sus seis números alternando dúos y solos y distintas combinaciones de acompañamiento instrumental: Begl’occhi, oh Dio, non piú piangete (dueto), el aria para alto Clori mia, s’il cor t’ingombra más recitativo Per te, mia vita, moro disfrutando de un continuo plegado a la expresividad del contratenor, manteniendo la estructura con una nueva aria de alto La tua troppo pietà ti fa crudele  seguidas del recitativo de soprano Se la tua gelosia  y el aria duetto Clori mia, deh, ferma alquanto.
Sin apenas pausa «Dimmi, dimmi, Cupido» (ca. 1688) en edición de los asturianos, que comienza con el recitativo para alto Dimmi, dimmi, Cupido, poderoso en el grave, afecto sin afectación al igual que el continuo, preparando el duetto: Son erede dei tormanti, una maravilla de empaste de las voces, líneas que se entrecruzan, contestan, contracantan, se «instrumentalizan» sin olvidar jugar con la melodía fundamentada en el acompañamiento exacto para realzar textos; el recitativo de soprano Ah, che quei piedi, oh Dio antes del último duetto Non bastava al Dio d’amore con el primoroso el trabajo instrumental donde las combinaciones de instrumentos están elegidas para jugar con las voces en registro y fraseo, además de la riqueza tímbrica que proporciona el cuarteto de cuerda junto a las agilidades vocales bien entretejidas para no perdernos los textos.
Y lo mismo cabría decir de los solos en los «intermedios», comenzando con Daniel Zapico a la tiorba que nos dejó la Toccata Terza del «Libro Terzo d’involatura di chitarrone» (Giovanni Girolamo Kapsberger) para disfrutar, reposada, llena de matices y sonido limpio.

Nueva edición propia de «Occhi, Perché piangete?» (ca. 1702) introducido por el clave cristalino antes de lento Occhi, Perché piangete? en juego vocal primoroso, sin necesidad de buscar dónde empieza y acaba una voz para unirse en color, engrosado por el cello de Ruth «Zapico» que enriquece aún más la paleta, al igual que el allegro Stolto è ben chi vi crede donde las agilidades vocales juegan con la cuerda frotada o el rasgueo de la guitarra, antes de retomar el lento Dal vostro pianto amaro.
La guitarra barroca de Pablo Zapico con la Passacaglia del libro cuarto de «Varii scherzi per la chitara spagnola» (Johann Caspar Ferdinand Fischer) hace de nexo entre cantatas recreándose en la rítmica sin olvidar lo lírico, casi un paseo entre cuadros, bocetos preparatorios del mismo trazo aunque distinta autoría.

Más extenso «Crudo Amor, morir mi sento» (ca. 1702) que da título a programa y grabación ahonda en pasión y efectos jugando con afectos bien ejecutados desde el primer aria duetto Crudo Amor, morir mi sento, el recitativo de Mena Come nel mar d’amore seguido por el arioso Egualmente mi nega deja paso y protagonismo a Boix con su recitativo La stella ch’a me splende casi operístico seguido del arioso Oh, toglimi la speme, de los momentos más emotivos del concierto, pausado, amoroso, rico en matices y templado, el clave completando con igual delicadeza las notas largas, respirando con la soprano, como el duetto, recitativo y nuevo duetto final È la speme un falso bene, Così seguendo le fallaci idee Mai non gode quel cor, explicación sin palabras del título del programa llevado al disco.
Aarón Zapico al clave deleitó con una primorosa Passachaglia de «Musikalischer Parnassus» (Francesco Corbetta), trinos claros para una mano izquierda cantante y cambio de roles para una derecha lírica, perlada, apoyada en unos graves poderosos, alcanzando la impensable continuidad de estilo y afecto entre cantatas.

«Sol negl’occhi» (ca. 1702) tiene cuatro números con los mismos ingredientes anteriores ordenados en duetto (Sol negl’occhi del mio bene), recitativos de soprano (Filli crudele, oh Dio!) y alto (Ma, se nel tuo bel viso) donde el virtuosismo del contratenor en las agilidades rivalizaba con el cello de Ruth Verona antes del duetto final (Chi vedesse la beltà) en un tutti matizado lleno de fuerza y empuje.
Placidissime catene (1699) fue la última cantata del concierto, también edición propia para demostrar las múltiples combinaciones posibles que dotan de colorido la previsible monotonía de autor, mantener figuras cambiando el paisaje, duetto Placidissime catene para jugar con color y calor en los tempi: Ha perduto ogni suo bene, Vivo in doglie, e moro in pene, Affani pene e guai voi non farete y Amor fa quanto sal da la prigion. Las voces como instrumentos de viento en agilidades, las cuerdas de ripieno y continuos diferenciados, asombrando los exactos finales de frase para mantener flotando el último acorde en el aire. Placidísimos momentos muy trabajados con las horas de ensayo que un disco requiere y aprovechados para el directo aún más exigente e irrepetible.

Monteverdi y L’incoronazione de Poppea fue el espaldarazo en el foso del Campoamor para Forma Antiqva, y como regalo, además de su aparición en la exitosa serie «El Ministerio del Tiempo» (este lunes 25 de abril), la oscense Boix-Poppea con el alavés Mena-Nerón nos interpretaron Pur ti miro, pur ti godo tras un preludio instrumental Made in Zapico’s preparando la aparición por los laterales del patio de butacas y llenando la sala con «el más bello dúo de amor jamás escrito» en unas voces nuevamente empastadas con un perfecto entendimiento que arrancó las másque  merecidas ovaciones para poner el punto y seguido de un «Crudo Amor» que seguirá sonando, al menos el grabado.

Crítica en La Nueva España del martes 26:

César Franck desde la humildad

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Jueves 21 de abril, 20:00 horas. Oviedo: Iglesia de San Tirso el Real, Las veladas de los Jueves: Samuel Maillo (órgano). Obras de César Augusto Franck (1822-1890).

 

Penúltimo concierto de este ciclo, hoy dedicado a «El Romanticismo y el órgano», de las veladas que arrancaron el 10 de diciembre del pasado año y último de órgano solo en el Acitores de la Plaza de la Catedral de Oviedo, feliz iniciativa de los dos conservatorios capitalinos, el Ayuntamiento local, la Escolanía San Salvador (que cerrará este ciclo el próximo jueves 28 en San Isidoro con música del archivo catedralicio ovetense no escuchada desde hace más de 200 años), más las parroquias que albergan los instrumentos que siguen sonando, a pesar de los recortes, y con toda la ilusión de «Un recorrido didáctico por la Historia de la Música a través del órgano» con el todavía estudiante bejarano afincado en Oviedo Samuel Pedro Maillo de Pablo (1983), que alternó su faceta de concertista en la que lleva muchos años a pesar de su juventud, incluyendo la proyección en pantalla, con la de docente, comentando la importancia de Francia en el Romanticismo para el rey de los instrumentos, con César Franck como el impulsor y punto de inflexión del órgano, equiparable en cierta medida a J. S. Bach por la influencia y literatura organística, adaptando pero también creando repertorio, especialmente con la aparición de los nuevos órganos Cavaillé-Coll que Franck podríamos decir fue estrenando en sus destinos profesionales, incorporando el pedal de expresión además de otras mejoras mecánicas. En España tenemos varios funcionando, especialmente en Euskadi, por la cercanía geográfica y hasta cultural con nuestros vecinos del norte, pero que llegan incluso a Sevilla y cruzando el charco hasta Chile.

Y es que el organista francés de origen belga no solo compuso música «para el rey» sino también para el «hermano pobre«, el armonio que tantas veces hemos escuchado en las pequeñas iglesias rurales, más barato pero haciendo accesible para el culto tanta música de tecla además de servir como protagonista indispensable de tantas ceremonias litúrgicas.
Además de «Cuarenta y cuatro pequeñas piezas» debemos recordar las casi sesenta que dejó Franck en «El organista«, de las que Maillo seleccionó cuatro, comenzando con la conocida número uno «Poco allegretto» seguida de una breve improvisación sobre «El canto de la cruz», recordando la fama que tenía el francés como improvisador continuando la tradición de los organistas barrocos, para continuar con Prière en mi menor (oración) y finalmente el magnífico Offertoire en Ut (Ofertorio en Do). No son obras menores, al contrario, exigen enorme destreza y técnica, y el armonio cual «órgano-acordeón» de San Tirso, con registros variados, sonó potente, rico en matices, con la dificultad de pedalear continuamente y trabajar la enorme expresividad de estas composiciones del gran César Franck, que habitualmente se ejecutan en el «hermano mayor«.

Para abrir y cerrar esta amena charla-concierto, dos de los tres corales compuestos en el verano de 1890 durante su estancia en Nemours, su auténtico testamento musical y espiritual, lo más representativo del organista de Notre Dame de Lorette y Sainte-Clotilde: el Coral nº 1 en mi mayor (dedicado a Mr. Eugenio Gigout) es desbordante de ideas pero con un orden estricto, grandes períodos modulantes con buen juego de registros, al final
de los cuales se confirma la tonalidad principal anunciando el tema principal que acabará por imponerse. La variación como recurso técnico también tuvo diversas combinaciones tímbricas como en la segunda parte cuando aparece un nuevo
tema melódico breve, seguido de la reexposición elaborada contrapuntísticamente aunque menos clara en su ejecución, hasta el tema coral principal poderoso dominando el conjunto que prepara la brillante
coda final.
El Coral nº 3 en la menor (dedicado a Mlle. Augusta Holmes, compositora y alumna de Franckcomienza «quasi
allegro» con la presentación de dos ideas yuxtapuestas, bien diferenciadas en los teclados, con una rítmica tipo tocatta, y otra coral, que se repiten con variaciones, algo más oscurecidas. En el «Adagio» que sigue y ocupa la parte central la interesante melodía sí sonó clara de registro pasando por distintas tesituras y texturas, continuando con un desarrollo
en el que alternan los dos temas secundarios que nos devuelven al «Allegro» inicial. La rexposición del tema coral sonó triunfalmente
por encima del primer tema, verdadera culminación del llamado «género sinfónico paraórgano» que César Franck había iniciado en su «Gran pieza sinfónica» de la colección de «Seis piezas para gran órgano«.

Para el «austero» instrumento de la fábrica de Federico Acitores SL en Torquemada, construido en 1993, los dos corales quedaron algo cortos en expresividad pero resultaron convincentes en la registración, con la inestimable colaboración de dos ayudantes que trabajaron rápido para lograr las mejores combinaciones posibles en los dos teclados más pedalero. Técnicamente se nota el arduo trabajo realizado por Maillo pero cuya base pianística y clavecinista le «impide» por momentos disfrutar más de los legatos y gastar menos energía. El último coral es muy exigente, casi virtuosístico, y faltó más limpieza para no perder las cascadas con que Franck vuela adornando y variando un coral que sí sonó preciso. Está clara la musicalidad y pasión del músico salmantino que compensa cualquier pega que pueda ponerle, por lo que los años acabarán dándole el poso para afrontar los grandes repertorios románticos y contemporáneos, siempre exigentes pero agradecidos para todos.

Flores de papel para Prokofiev

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Miércoles 20 de abril, 20:00 horas. Conciertos del Auditorio, Oviedo: Egils Silins (bajo-barítono), Olesya Petrova (mezzo), Andrejs Žagars (narrador), Coro de la FPA (director: José Esteban García Miranda), Oviedo Filarmonía, Marzio Conti (director). S. Prokofiev: Iván El terrible, op. 116 (Cantata para narrador, mezzosoprano y bajo barítono sollistas, gran coro de voces mixtas y orquesta sinfónica, adaptación como cantata de A. Stasevich.

Importante reseñar que la versión escuchada de este Iván «El terrible» es la que suele representarse con 25 números (no nos faltaron cinco sino que algunos llevan A y B en la numeración) pero que es la adaptación como oratorio o cantata de la música para la película del mismo título de Sergei Eisenstein para la que el otro Sergei, Prokofiev compone una partitura que dista bastante de la que se ofrece en los escenarios. La historia de esta adaptación hay que achacársela al régimen ruso, pues las tres partes con las que tenía que contar la película nunca llegaron a completarse al no estar de acuerdo  Pepe Stalin con la visión que el Sergei cineasta ofrecía del Zar Iván IV Vasilievich, debiendo esperar la muerte del Sergei compositor acaecida en Moscú, 5 de marzo de 1953, el mismo día en que se dio a conocer la muerte de Stalin, para quien confiscaron todas las flores naturales y fueron de papel las destinadas a Prokofiev) para completar esta adaptación que no se estrenaría hasta 1958.
Y así también me parece triste traer a un cantante como Silins para cantar apenas dos minutos el papel de Fiódor (nº 18) con el coro, imponente por supuesto, pero dejando el Iván para Žagars que además de narrador, naturalmente en ruso a pesar de que Michael Lankester la tradujo al inglés y fue quien le dio el gran protagonismo al narrador (pero hoy no era plan de poner los textos en cirílico y contamos con todas las traducciones al español de los textos de Vladimir Lugovskoy en el programa de mano) que también recitó el papel del verdadero protagonista.
Del original «fílmico» se han quitado números con lo que debería figurar en letras grandes el adaptador para evitar malentendidos y no tener que leerse las notas de Guillermo Martínez para enterarnos de la «versión». Es como el infausto «Mesías de Goossens» o las orquestaciones de Stokovski, cuyo nombre figura al lado del compositor. Tampoco escuchamos el previsto estreno del periodista y compositor luarqués Guillermo García Alcalde, que por otra parte y tras lo visto, no debía encajar con esta cantata de Prokofiev-Stasevich.

De la hora y cuarto el verdadero protagonista de esta inmensa cantata rusa fue el Coro de la Fundación que dirige mi admirado José Esteban García Miranda, en número adecuado para tan magna obra, con cuerdas muy compensadas y donde los bajos sin ser rusos cumplieron con solvencia. Ideales las intervenciones a capella tanto de las voces blancas como las graves, sobre todo en el número 13A La estepa Tártara, difícil a boca cerrada pero presente, lleno de matices, seguro, por momentos pletórico y bien concertado por un Conti muy atento a todas las dinámicas. Convincentes en ¡Larga vida al zar! (nº 6B), uniendo lirismo y expresión en El cisne y la Celebración (nº 8, 8B y 8A), y así en cada todas y cada una de las intervenciones hasta el impactante coro final. Esta temporada han tenido verdaderos retos sinfónicos manteniendo siempre el tipo para concluir con esta magna obra sin importarles la dificultad del ruso para volver a convencer de su excelente momento y el esfuerzo de una formación amateur pero de nivel profesional en la línea de nuestros vecinos donostiarras.

La Oviedo Filarmonía sigue dándonos alegrías fuera del foso, y aunque la plantilla exigida por Prokofiev pediría más cuerda, lo cierto es que el esfuerzo de la misma por compensar volúmenes con el resto unido al magnífico trabajo desde el podio del director titular por mantener el balance idóneo, permitió disfrutar tanto de las partes instrumentales como de las solistas y corales.

La mezzo moscovita Olesya Petrova me dejó gratamente impresionado con su calidad y graves poderosos sin perder color, con una emisión presente incluso con el coro en Mar océano (nº 3) merced a su perfecta proyección, y en la hermosa Canción de cuna de Efrosinia (nº 15). Del bajo barítono Egils Silins lo apuntado, lástima el esfuerzo económico que debe suponer traer una figura como él para tan poco papel. Y del narrador supongo que como protagonista debería ser el triunfador, leyendo la traducción de lo que contaba si resultaba creíble pero mi ruso es más bien de filete. Pasar de narrador a Iván sólo el texto nos lo aclaraba y no había cambios de color ni inflexiones de voz para percatarse el «doble papel». Me consta que ha habido representaciones con narrador y texto en español que pese a perder «originalidad» hubieran servido para acercar más esta obra donde la ausencia de la película nunca puede suplirse con la narración, y eso que los músicos dieron todo lo mejor para olvidarnos del blanco y negro en pantalla, con Conti dirigiendo una multicolor recreación sonora de este terrible Iván IV Vasilievich, zar de zares.
Sirvan estas letras sin papel como las flores, para recordar a Sergei Prokofiev que nacía un 23 de abril de 1891, ya que su muerte quedó eclipsada por la del dictador, pero su música sigue ofreciéndonos lo mejor de la tradición del pueblo ruso, con Tchaikovski o Rimski-Korshakov entre los precedentes y en cierto modo «homenajeados» en este Iván terriblemente musical.

Poker de eMes: Milán, Mozart, Mahler… ¡y Myung!

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Sábado 16 de abril, 20:00 horas. Conciertos del Auditorio, Oviedo: Filarmónica della Scala de Milán, Myung-whun Chung (director). Obras de Mozart y Mahler.

La orquesta fundada por Abbado en 1982 volvía al auditorio ovetense este sábado de abril lluvioso tras los anteriores conciertos del 31 de mayo de 2011 con Semyon Bychkov (apuntando ya como mahleriana con una sexta en el recuerdo) y del 31 de mayo de 2015 con Daniel Harding (en programa más «italiano»). El maestro Myung-whun Chung ya nos visitó con la Orquesta Philharmonique de Radio France, el 19 de marzo de 2012, pero este 16 de abril de 2016 que quiero remarcar, confluían la formación milanesa -en una larga tournée europea con Oviedo como única parada española- y el director de Seúl con un programa que tendría muchas «M» como protagonista, uniendo localidad, nombre y compositores con «Maravillosa», un concierto para recordar a partir de una orquesta perfecta en todas las secciones, de sonido preciosista y claro en todas las dinámicas, pero sobre todo con la Maestría de un Myung-whun Chung que domina todos los detalles de las partituras y sabe sacar a flote lo que considera realzable sin olvidar que todo es importante, con un estilo tal vez austero a la vista pero efectivo en todo momento, aumentando el gesto lo preciso y como los grandes, siempre adelantándose lo justo (como debe ser siempre) para que la orquesta responda sin titubear. Como su maestro Giulini, Chung conoce la necesidad de cada músico de sentirse el protagonista y a ellos cedió los innumerables aplausos, incluso sentándose en las rodillas del concertino cuando la orquesta quedó rendida a su magisterio, convenciéndoles para levantarse y ocupar la silla de Francesco De Angelis. Grandeza de director genial, sencillo, nada divo, cercano y amable (tuve el honor de estrechar su mano cuando se dirigía al coche que le llevaría al hotel nada más finalizar el concierto) que seguirá dando muchas alegrías a la interpretación musical.

La Sinfonía nº 40 en sol menor, K. 550 (Mozart) sonó impecable, perfecta, milimétrica en todo, sin necesidad de criterios históricos porque cuando hay calidad degustamos la globalidad sin más. Hay referencias grabadas para todos los gustos y tengo muchas en diferentes soportes, pero la escuchada por la orquesta milanesa con el surcoreano al frente no tiene nada que envidiarles. El Molto allegro sin complejos por el tempo, virtuoso para poder escucharse todo lo escrito por el genio de Salzburgo, degustar la forma sonata bitemática con claridad de ideas y planos sonoros perfectos. El Andante como debe ser, tranquilo, cuerda sedosa de graves poderosos y presentes, viento orgánico tanto en la el metal -versión primigenia sin trompetas ni timbales- como la madera, planos protagonistas de una sutileza encominable para escuchar cada contestación elevando la cuerda desde la madera con una gama dinámica y una pulsación mantenida sin apenas rubato y así alcanzar el equilibrio clásico en su estado puro. El Menuetto: Trío atacado con brío, los pocos momentos donde el Maestro Chung parece salir de su estado natural, la cuerda sonando por cada familia manteniendo unidad: violas a la derecha permutadas con los chelos, madera impecable, nueva gama de matices para unos colores cual galería de pinacoteca musical, todas las notas precisas y claras, trompas en empaste bucólico por lo pastoriles, manteniéndose la pulsión exacta sin manierismos pese a las hemiolias que resultan naturales a más no poder. Y aún quedaba el Allegro assai para corroborar una interpretación mozartiana de excelencia. nueva apuesta por arriesgar con la velocidad sabedores del resultado deseado, sin perderse ni una nota, el balance ideal y pequeños momentos de recreo casi marcados por las intervenciones solistas con la libertad necesaria para moldear las melodías manteniendo una personalidad global. Los acentos y amplia gama dinámica eran un placer observarlos mirando directamente al podio: batuta implacable, mano izquierda impecable, verticalidad apenas perdida en los cambios de tema o preparando cada matiz, para redondear una «cuarenta de Mozart» de manual, inmejorable en la actualidad.

Mis amigos y seguidores conocen mi debilidad por Mahler, y tras el altísimo nivel de Mozart era previsible que la «Quinta» (y no hay ninguna mala) iba a ser para recordar mucho tiempo.
La Sinfonía nº 5 en do sostenido menor (veranos de 1901 y 1902, estrenada en Colonia el 18 de octubre de 1904) sirvió para sacar todo el arsenal de los milaneses y afrontar con rigor además de sentimiento una obra de la que el propio compositor dijo: “¡Ojalá mi sinfonía hubiera de estrenarse cincuenta años
después de mi muerte!”
como recoge mi admirado Ramón Sobrino en las notas al programa. Esta quinta sufrió revisiones posteriores y mantuvo su éxito en cada interpretación. La de Myung-whun Chung con la Filarmónica de la Scala de Milán en Oviedo resultó apoteósica y el tiempo de Mahler ha llegado antes de lo que él se imaginó, merced al coreano-americano que la lleva en su ADN. Nueve contrabajos para que hagan los cálculos de la enorme cuerda utilizada (completada con arpa más 4 flautas y
piccolos, 3 oboes, 3 clarinetes, 2 fagotes, contrafagot, 6 trompas, 4 trompetas, 3
trombones, tuba, timbales más cuatro percusionistas), y todas las virtudes disfrutadas en la primera parte.

La trompeta arrancó la Trauermarsch. In gemessenem Schritt. Streng. Wie ein Kondukt, marcha fúnebre continuada por una cuerda de terciopelo, sentimientos musicales llenos de belleza, paso lento roto por referencias a los lieder que el propio Gustav utilizará tantas veces, el torbellino de luz y sonido de cada sección orquestal, agitación y coral universal en un primer bloque de dos movimientos con protagonismo compartido por todos desde la excelencia de los primeros atriles y hasta de una tuba clara en fraseo además de emisión y afinación virtuosística, con Chung atento preparando cada giro de la partitura. Imposible desgranar tantos momentos delicados e intervenciones porque el conjunto lo hacía aún mejor que los detalles aislados pese a ser muchos pero el Stürmisch bewegt. Mit größter Vehemenz («Turbulento (con gran violencia») puso en lo alto la capacidad sonora completada con el lirismo de una cuerda en estado de gracia y una madera diría que estratosférica para cerrar este primer bloque de dos movimientos cual ideal vital de un Mahler pletórico en ese momento, lo que se transmite con la escucha de este segundo movimiento.
Una «pausa» bien marcada desde el podio dio paso al Scherzo. Kräftig, nicht zu schnell central, segundo bloque de la obra, donde pudimos disfrutar los solos del ovetense Jorge Monte De Fez, un placer de sonido redondo, rico en matices y armónicos desde una afinación perfecta. Este movimiento une ländler y vals vienés que pocos directores son capaces de transmitir pero que el tándem «M» llevó con solvencia y lleno de evocaciones alpinas, campesinas
y urbanas de la Viena todopoderosa. Toda la inquietud que refleja queda perfectamente subrayada por una instrumentación única donde trompetas con sordina y clarinetes se ensamblan en sonoridades propias desde una emisión muy trabajada, así como las otras cinco trompas, los detalles de la percusión, la cuerda siempre presente apoyando cuando no tomando la melodía, con unos pizzicatti casi de gigantesca mandolina remarcando las maderas y contestadas por las trompas, todo con una estructura polifónica para seguir disfrutando de la orquesta como ente propio y un Chung todopoderoso sin necesidad de ampulosidades.
La tercera parte no solo mantuvo toda la emoción sino que continuó creciendo, primero en el maravilloso cuarto movimiento del Adagietto. Sehr langsam que nos puso un nudo en la garganta disfrutando del arpa y la sección de cuerda como nunca, pulsación lenta para recrearse en la corporeidad tímbrica del agudo al grave, delicadeza del primero al último compás que parece no llegar y ha hecho de este «Adagietto» la banda sonora de muchos momentos propios, belleza del dolor hecho música por alguien con una vida azarosa donde la felicidad duró poco pero cuya declaración de amor hacia Alma resultó desde entonces eterna. Hacía tiempo que el silencio en la sala no era tan unánime y hasta se podía cortar con los arcos de una orquesta plegada a un director como ninguna.
El Rondo-Finale. Allegro consiguió alcanzar el cenit interpretativo tras un ascenso sin tregua en la gama emotiva, a través de un fugado trufado de sobresaltos donde el «sherpa» Chung hizo de las dificultades fortaleza sin caer en trampas y escuchando fácilmente todo el camino diseñado por Mahler. No tengo palabras suficientes para transmitir lo sentido en esta hora larga de música, si un movimiento parecía bueno, el siguiente todavía mejor. Tras la hondura del lento, la alegría final presentada primero por las trompas y después la madera siguió engordando con la cuerda, el empuje que hacía sencillo superar lo que quedaba, calidades en sana disputa y la complicidad desde la batuta aupada en el podio de terciopelo granate, como los colores milaneses, cantando los lieder tan inspiradores de Mahler en una sinfonía sin voz pero con todo el lirismo de la música absoluta despojada de lo humano para elevarlo a universal.

La Filarmonica della Scala resultó la orquesta ideal para Mahler y esta «Quinta» por calidad en todos sus efectivos, ductilidad y sobre todo por el toque diferenciador que puso el maestro Myung-whun Chung que se siente cómodo con los dos «vieneses de adopción», el de Salzburgo y el bohemio director de la ópera al que la vida no se lo puso fácil. Me faltó la tertulia tras el concierto, pero estoy convencido que para muchos de los presentes venidos incluso de fuera y llenando el auditorio, este concierto lo recordarán mucho tiempo. El director nacido el 22 de enero de 1952 está en plenitud de forma para afrontar la integral de cualquiera de los grandes compositores de la historia, y no me importaría que Mahler fuera uno de ellos, pues donde lo interpreta hace crecer aún más esa orquesta, y la milanesa lo corroboró este sábado donde la climatología ayudó a revolver sentimientos íntimos con la música escuchada.

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