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Bombones musicales

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Jueves 8 de noviembre, 20:15 horas. Iglesia Santo Tomás de Cantorbery, Avilés: VII Aniversario de la inauguración del órgano de Acitores. Vicente Cueva Díaz (violín), Fernando Álvarez (órgano). Obras de Pachelbel, V. Cueva, Avison, Bach, Reger, Ravel, Veracini, Ravina, Massenet, Westerhout, Camidge, Giazotto y Bohm. Organiza y patrocina Fundación Avilés Conquista Musical.

Debe ser cuestión de años pero parece que fue ayer cuando inaugurábamos el nuevo órgano de Sabugo tras años luchando por tener un instrumento rey en Avilés y finalizando una etapa para conseguir los fondos necesarios a cargo de una fundación nacida con ese propósito y presidida por el infatigable Chema Martínez. Recuerdo haber visitado el montaje con otro enamorado del órgano como mi querido Paolo Zacchetti en peregrinaje desde Santiago a Milán con parada en La Villa del Adelantado para saludar a Federico y comprobar in situ esta joya castellana que acabaría teniendo acento de salitre cantábrico con la ría de fondo.

Siete años ya, que había que celebrar como se debe, pues un instrumento no puede estar nunca callado, así que nada mejor que recurrir al organista titular del Acitores de Covadonga como el belmontino Fernando Álvarez (Almurfe, 1965) en compañía del maestro Vicente Cueva (Gijón, 1943), violinista, barítono y compositor entre otras muchas cosas, amén de padre de una estirpe de músicos, dos generaciones y dos instrumentos unidos en una fiesta musical de rara combinación donde los bombones fueron las obras seleccionadas por ambos intérpretes, un dúo poco habitual y bien avenido porque el timbre de la cuerda frotada y sus armónicas empastan a la perfección con el órgano, máxime cuando se registra con mimo para buscar el acompañamiento ideal del violín como si de una orquesta se tratase. Como es buena costumbre en la iglesia nueva de Sabugo, pudimos disfrutar de ambos proyectados en pantalla para comprobar el grado de entendimiento necesario entre ambos para un convite de aniversario servido con toda la calidad desde nuestra tierra.

Protagonismo compartido entre el órgano solo donde no faltaron «Meine Gott» Bach y su coral BWV 617, Pachelbel con los Tres versos para el Magnificat y Toccata, perfecta obertura de concierto, Charles Avison (1710-1770) y su Allegro en re mayor o la Chanson triste (Pavana para una infanta difunta) de Ravel con «redescubrimientos» como el Menuet de Jean Henri Ravina (1818-1906), la Ronde d’amour de Niccolò van Westerhout (1857-1898) realmente de feria, combinando romanticismo de escritura y sonoridad dorada hispana, la Gavotte de Matthew Camidge (1758-1844) combinando romanticismo de escritura y sonoridad dorada hispana, o la Sarabande del director y compositor Karl Bohm (1927-1981), auténticos bombones de regalo traídos directamente o reelaborados de originales perfectamente cocinados en los registros por Fernando, pero especialmente en los dúos con el violín.

Si los bombones anteriores resultaron delicias al oído, las obras con Vicente Cueva fueron los rellenos de todos los sabores con la delicadeza al paladar porque el sonido aterciopelado de su violín en partituras lentas, aún engradecieron un timbre que sigue siendo envidiable y con el poso de toda la vida pegado a él. Elegir dos obras suyas para abrir y cerrar el concierto fueron regalos inesperados y casi testamento de un músico íntegro e integral. Si el Epílogo pudimos escucharlo todos en vida y colocado al inicio porque estamos muriendo desde que nacemos, la Añada (que es como llamamos en Asturias a las nanas) es adormecer para un sueño puede que eterno pero meciendo al niño que nunca debe morir en nosotros. Curiosa ubicación, supongo que bien buscada, para compartir legado y pasiones, músicas para el buen morir, dejando partituras conocidas con el violín protagonista y el órgano orquestal mimando al maestro, registros en adición o sustracción en vez de utilizar el pedal de expresión, instrumento puro más rico que la propia orquesta o el piano.

Así saboreamos unos «praliné» que fueron exquisiteces: la Romanze de Max Reger (1873-1916), el Largo de F. M. Veracini (1690-1768) que convirtió la ría avilesina en canales venecianos, la Meditación (de Thais) del francés J. Massenet (1842-1912) asentada y sentida por los dos intérpretes, respirando juntos y por supuesto el conocido Adagio en sol menor muchos años atribuido a Tomaso Albinoni pero compuesto realmente por Remo Giazotto (1910-1998) a partir de los apuntes y bajo cifrado del barroco, donde el órgano brilló a igual altura que un violín cuyas cuerdas graves resonaron por el templo nuevo de Sabugo con todo el poso de dos vidas entregadas a la música, dos generaciones de músicos asturianos que quisieron regalarnos esta fiesta de cumpleaños.

Y como la música todo lo puede, el frío otoñal asturiano se convirtió en tiempo de verano, Summertime (Gershwin) de raigambre jazzística y hechura académica para seguir soñando despiertos y viajar donde queramos, Porgy and Bess, Vicente y Fernando que continuarán sumando encuentros (aquí tras el concierto con dos «chiflados del órgano» como Jaime Menéndez Corrales y quien suscribe).

Liturgia leónigan

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Miércoles 8 de noviembre, 20:00 horas. Teatro Jovellanos, Sociedad Filarmónica de Gijón, concierto nº 1594: 20 años de El León de Oro (LDO), Marco Antonio García de Paz (director). Obras de Tavener, Byrd, Victoria, Pärt, Nystedt, Stanford, Rachmaninov, Arnesen y Lauridsen. Entrada no socios: 10 €.

Como todo declarado leónigan convencido, no importa peregrinar o repetir concierto porque cada uno es distinto, de nuevo Gijón esta vez teatro, otra acústica y algunas obras más que en la iglesia de La Laboral, pero toda la liturgia de una música coral religiosa que abarca 500 años para los veinte del LDO.

Repaso a parte del repertorio de esta vida coral que entra en plena madurez, lo antiguo y lo moderno en continua evolución, enseñanzas recientes del director honorífico Peter Phillips en Victoria y Pärt, puede que algo más relajados este miércoles pero igualmente entregados a unas músicas que dominan en todas las formaciones y colocaciones.

No importa la dificultad de la partitura, las disonancias casi imposibles, los dobles coros o las distintas ubicaciones en esa continua búsqueda de sonoridades allá donde van, los leónigans seguimos disfrutando. Vocalidad en estado puro, empaste, afinación, gusto por cada sílaba en latín o inglés, en ruso o castellano de acento mexicano como así lo dedicó el estonio Pärt, este coro sigue enamorando y ganando adeptos, los que no pudieron asistir a «la fiesta» del sábado y los que repetimos, porque así somos sus fieles seguidores, hooligans del LDO sin violencia, es decir leónigans.

Volvíamos a disfrutar de las obras dirigidas por P.P. pero asumiendo toda la responsabilidad Marco, de nuevo Tavener pero cambiando a Frank Martin por un muy sentido William Byrd y su Ave verum corpus «de cámara», la emoción de la religión incluso para ateos porque la belleza no tiene credo.

En la segunda parte de nuevo Standford compartiendo visiones recuperadas y asentadas como el sorprendente Inmortal Bach (Knut Nystedt) aprovechando escenario y pasillos laterales para cantar a Mein Gott «deconstruido», el Bogoroditse Devo (Rachmaninov) aún más profundo o ese «inmenso misterio» de Morten Lauridsen tras la «nueva» Even When He Is Silent (Kim André Arnesen, 1980) dominando un repertorio cercano a la propia formación con el amplio bagaje de sus compositores, que lo entienden como estos cantores sin complejos y así lo transmiten, búsqueda de la belleza coral en estado permanente de trabajo.

Interesantes las notas al programa de Miguel Rodríguez Fernández-Bustillo «Sobre el análisis musical» que dejo a continuación.

Contestando el último interrogante, con El León de Oro mis análisis son siempre emocionales, si litúrgicas son las obras, el público estuvo como en Misa (entendida también como puesta en escena) con el milagro de no escuchar toses pese a la penitencia del caramelo cercano, y escuchar al mejor coro asturiano se merece una cena allá donde pueda acudir.
Si hay dios, amén de Bach, seguro que también es musical, los leones sus voces y sus seguidores una parroquia que rogamos celebrar incluso las bodas de oro. El camino más difícil ya está superado, toca seguir disfrutando sin pereza y con toda la diligencia porque igual que el «dios cantor» escribía Soli Deo Gloria, El León de Oro canta a mayor gloria de todos, ateos incluidos ganados para esta causa mágica con la esperanza de seguir juntos este camino.

PP, leónigan de oro

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Sábado 4 de noviembre, 19:30 horas. Iglesia de La Laboral, Gijón: 20 aniversario del Coro «El León de Oro». Peques del León de Oro (PLDO), Aurum, Elena Rosso Valiña (directora); El León de Oro (LDO), Marco Antonio García de Paz (director), Peter Philips (director honorífico). Obras de Palestrina, Michael McGlynn, Julio Domínguez, Susanna Lindmark, John Tavener, Ch. V. Stanford, Frank Martin, T. L. de Victoria, F. Poulenc, Knut Nystedt, Ola Gjeilo, P. Philips y Arvo Pärt. Entrada con invitación (agotadas).

Verdadera fiesta coral de cumpleaños la vivida, sentida y compartida desde la desacralizada iglesia de «La Laboral» para seguir conmemorando veinte años, nada según el tango y toda una vida en el difícil mundo de la música, aún mayor en el mundo coral y un verdadero milagro en estos tiempos. El León de Oro es una filosofía de vida, unir personas para hacer lo que les gusta con pasión, cantar y además bien. Una familia cuyos progenitores son Marco y Elena, músicos capaces de aunar ilusiones desde el amor coral regalándonos todo un proyecto con visión de futuro.

Veinte años que me he declarado «leónigan» porque a diferencia del hooligan futbolístico, no soy violento ni agresivo sino «incondicional a muerte«, enamorado de la música que hacen estos leones. La legión de leónigans ha ido creciendo cautivados desde el primer concierto, las redes sociales otro descubrimiento incluyendo canal propio en YouTube©, los concursos, los premios internacionales, la Champions League de los coros, una trayectoria impecable que les ha permitido afrontar cualquier repertorio con la misma calidad, todo el trabajo que se desconoce pero lleva a la búsqueda de la perfección vocal. Que alguien legendario, historia viva de la música coral inglesa y mundial como Peter Phillips, PP para ir aclarando el titular, cayese rendido ante el LDO era algo inevitable y capitaneará los leónigans el resto de su vida. Este «coro de autor» como titulaba el programa y el número del pasado verano de la revista Scherzo  (agotado y que guardo como un tesoro) tiene unas señas de identidad únicas, pero verlo y sobre todo escucharlo dirigido por PP convierte en milagroso lo que se escucha, agradeciendo que aceptase la dirección honorífica de este coro apasionado mútuamente.

Este sábado nuestro LDO reunió a todos los leónigans que cabían en la iglesia de la Laboral (muchos no pudieron hacerse con una invitación, agotadas rápidamente desde muchos días antes), para compartir música y pasión además del nombramiento de Peter Phillips como Director Honorífico, quien disfrutó del concierto de principio a fin, como «leónigan de oro» pero también al frente nuevamente del LDO. La acústica del faraónico, escurialense si se prefiere, templo elíptico de Cabueñes, resultó ideal para unos coros fantásticos, reverberación cercana a los cuatro segundos pero que no emborrona el resultado vocal sino que lo engrandece aún más, a diferencia de otros conciertos instrumentales o sinfónicos, aunque alguno buscaba precisamente estos efectos.

Mi pasión por los leones puede hacer pensar que también me ciega, pero obnubilar además de nublar o confundir, también significa embelesar, fascinar y deslumbrar, como el oro puro que atesoran. Los peques PLDO de Elena son el futuro desde el presente, solo hace falta escucharles y con una calidad impensable en otros coros de la misma edad. Su Palestrina del Adoramuste Christe fue magistral, la afinación de Si la nieve resbala de Julio Domínguez milagrosa, la interpretación con cajón peruano y dramatización incluída de Song of hope (Susanna Lindmark), canción de esperanza y la línea a seguir por cualquier coro infantil y juvenil. No quiero olvidarme de Maria Matrem de McGlynn con el coro separado, peregrinando hacia Olaya Álvarez Suárez en solitario presidiendo y enamorando con su voz perfectamente arropada por sus compañeros. No quiero pasar por alto que la soprano solista cantaría con los tres coros, cambios de vestuario incluidos, y todavía repetiría intervención solista en la obra que cerraría concierto, una joya de la que este coro de oro puede presumir. La cara de satisfacción de PP, sentado delante de mí junto a los comentarios con Marco, corroboran su título de «leónigan de oro«.

A continuación Marco dirigiría al LDO con tres obras muy trabajadas (escuchadas hace poco en el Campoamor celebrando doble aniversario) a las que acústica, variadas disposiciones del coro y gusto en interpretar obras del siglo XX son una seña de identidad de los leones. As one who has slept de Tavener (1944-2013), siempre jugando con la policolaridad y ubicaciones distintas, Beati quorum via de Stanford, y especialmente el «Credo» de la Misa para doble coro de Frank Martin volvieron a enamorar a los leónigans, PP en cabeza.

Las satisfacciones últimamente vienen a cargo de Aurum, las leonas que triunfan allá donde van en el complicado mundo de los coros de voces iguales, que en el caso de las chicas, las llamadas voces blancas, aún resulta más difícil. Pero con la misma filosofía de siempre, Elena ha sido capaz de ensamblar unas voces redondas, delicadas, flexibles con los repertorios, y de una calidad que está siendo recompensada internacionalmente. De nuevo PP se rendía ante el nivel de «las chicas de rojo» (por no llamarlas «las chicas de oro») porque sus cuatro intervenciones fueron indescriptibles, desde O Regem caeli de Victoria que «firmó el propio PP» asintiendo feliz al final, Ave verum corpus de Poulenc que cerrando los ojos era británico de escuela vocal por el color tan unificado de las distintas voces, el Hosanna de Nysted poderoso y con gusto, separando del coro para envolver al público de las primeras filas (inenarrable sentir el aliento cual abrazo de las voces graves) y Northern Lights de Gjeilo, nuestras femeninas luces del norte adaptadas a cualquier época y estilo desde un trabajo vocal de altura.

Adela Sánchez fue la maestra de ceremonias presentando las diferentes partes del concierto, recordando la trayectoria de estos primeros 20 años, números abrumadores de actuaciones, obras y cantantes que han pasado por el coro (muchos presentes), compositores, músicos, docentes, antes de la parte final del concierto ya con Phillips al frente de autores y obras que domina como pocos, dirección en estado puro (Elena daba los tonos), transmisión clara y diáfana, comunicación innata por la química entre cantores y directores, milagro hecho realidad con ¡un solo ensayo! porque todo es posible con estos leones.

Descubrir al «otro» Peter Phillips (1560-1628) y su Ecce vicit Leo a 8 fue el mejor aperitivo antes de Victoria y Pärt a pares, maestros de la música coral ideales para el lucimiento del mejor coro asturiano de la historia, con todas las combinaciones de coros y voces.

Del abulense dos joyas como el Super flumina Babylonis y el Magnificat Primi toni, la chispa que saltase hace años en la Catedral de Oviedo multiplicada por la madurez de todos, y el estonio etiquetado como padre del «minimalismo sacro» pero artesano vocal desde un lenguaje actual que los leones con PP también han entendido al detalle: Virgencita dedicado a la mexicana Vírgen de Guadalupe en 2012 que bisarían al final, sentido, emocionado, dramáticos silencios rotos por las toses, herencia española bien entendida por un creyente y músico universal en interpretación magistral, más Nunc dimitis de nuevo con Olaya Álvarez de solista arrancando bravos entre unos leónigans entregados.

Vendrían las palabras de Marco (traducidas por Paco al oído de Peter), el británico agradecido en español, el regalo de un retrato a carboncillo del agradecido Director Honorífico y esa Virgencita que puso broche dorado a este cumpleaños para esta familia coral que empezó en el bar de Julio y pocos imaginarían hasta dónde iban a llegar desde Luanco.

Aún continuaría la fiesta con asturianía internacional, sidra en un lagar cercano, como el propio Phillips, cercanía de los grandes, sencillez, afabilidad desde la maestría de un leónigan de oro para siempre. Gracias Leones y veneración total con PP.

P. D.: Fotos en Facebook© de Beatriz Montes Durán (BMD Studio).
Crítica del concierto en La Nueva España por Eduardo Viñuela, y reseña en El Comercio.

Placeres otoñales

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Jueves 2 de noviembre, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo, Jornadas de Piano «Luis G. Iberni»: Mark Padmore (tenor), Imogen Cooper (piano). Obras de R. Schumann, G. Fauré y R. Hahn.

Con el otoño vuelven los ciclos, de nuevo «las jornadas de Luis Iberni» con el piano protagonista junto a la voz, hoy el mundo del lied y la chanson como bien comenta en las notas al programa María Encina Cortizo en una tarde de puente para muchos (se notó en los huecos y la media de edad) convirtiendo el auditorio ovetense en una tarde de salón con una lección de buen hacer por parte de un dúo de altura como Cooper y Padmore, pues tanto monta, monta tanto en estos recitales.

Maravilloso encontrarnos con el enamorado Robert Schumann (1810-1856) y sus «Kerner-Lieder», op. 35, contando con las traducciones que podíamos seguir al dejar la sala con la luz suficiente para comprender la perfecta unión de poesía y música, los textos de Justinus Kerner plenamente románticos, con esa aureola de sonambulismo tan del gusto de Robert y Clara, melancolía sobrenatural expresada de por sí en el piano y engrandecida formando este ciclo de nueve poemas que Padmore desgranó con delicadeza, expresión contenida sin llegar nunca a los fortísimos, utilizando todos los recursos vocales desde una técnica exquisita capaz de proyectar sin dificultad en toda la gama dinámica, puede que abusando un poco del «falsete» aunque venga tan bien al dramatismo de unas letras  que hablan de  noches de tempestad, muerte, amor y gozo… hasta la imagen del caminante y esa peregrinación o trayecto en compañía de una Cooper sin la cual hubiese resultado menos placentero, guiando cada recoveco, cada flor, el amor silencioso, contestando las preguntas, silenciando lágrimas e incluso sanando esa amor enfermizo con aromas y voces antiguas. Verdadera recreación de un ciclo no tan escuchado como los de Schubert, puede que falto de sobresaltos y para paladearse desde el recogimiento en nuestras propias palabras ante el siempre duro idioma alemán.

Interesante la segunda parte francesa incluso unificando los poemas de Paul Verlaine con dos visiones complementarias tanto en el tratamiento vocal como pianístico, heredero del alemán pero con la cercanía geográfica e idiomática que nos llena más. Por deseo expreso de los artistas se nos indicaban incluso los bloques para el aplauso, emparejando a Gabriel Fauré (1845-1924) y Reinaldo Hahn (1874-1947) con una selección bien traída y poco habitual para tenor. De las «Cinq mélodies «de Venise»», op. 58 del primero,  I. Mandoline y II. En Sourdine mientras del venezolano afincado en el país vecino cinco de «Les Chansons grises»:
I. Chanson d’automne, II. Tous deux, III. L’Allée est sans fin…, IV. En Sourdine y V. L’Heure exquise, con ese traducido «silenciado» que bien podía haberse dejado literalmente como «en sordina» común y hora exquisita que también escucharíamos a continuación.
Qué delicadeza escuchar el Verlaine de Fauré y Hahn en la voz de un apóstol del canto como Mark Padmore acunado por el piano de Imogen Cooper, exquisiteces sin sordina llenas de luz íntima, claridades en penumbra y recuerdos venecianos frente al mundo caribeño traído a París, el otoño creativo de otro poeta de la música aunque la propia poesía la tenga implícita.

Volverían con Fauré y «La bonne chanson», op. 61, nueve escenas apasionadas (I. Une Sainte en son auréole, II. Puisque l’aube grandit, III. La Lune blanche luit dans les bois, IV. J’allais par des chemins perfides, V. J’ai presque peur, en vérité, VI. Avant que tu ne t’en ailles, VII. Donc, ce sera par un clair jour d’été, VIII. N’est-ce pas?, IX. L’Hiver a cessé) explorando y explotando sentimientos más allá del amor humano y divino, santos con lunas llenas tras amaneceres que crecen, caminos traicioneros siempre del caminante vital, el romántico vestido para la nueva época, Fauré transitando el salón, miedos terrenales y cantos estacionales desde un verano esperado hasta un invierno finalizado con todas las preguntas posibles. Protagonismo compartido por piano y voz donde los sentimientos afloraron más con el simbolismo francés que la melancolía alemana, noche y día de placeres otoñales interpretados desde una madurez de dos intérpretes que esta tarde hicieron juntos este camino lírico, regalándonos una más de Fauré antes de contemplar una luna casi llena en el día de difuntos.

Pola de Siero también con Alfredo Kraus

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Martes 31 de octubre, 20:00 horas. Teatro Auditorio de Pola de Siero, XIV Concierto Homenaje a Alfredo Kraus: Ruth Terán (soprano), Francisco Corujo (tenor), Juan Francisco Parra (piano). Arias, dúos y romanzas. Organiza: Asociación Lírica Asturiana Alfredo Kraus (ALAAK). Entrada público: 15 €.

La asociación que preside José Carlos González Abeledo continúa recordando al gran tenor canario organizando por decimocuarto año estas galas líricas con Alfredo Kraus siempre presente y voces que le rinden tributo e incluso paisanaje, este año llevando ópera y zarzuela al excelente auditorio de Pola de Siero que pese a su reconocida afición no llenó el aforo, si bien los socios de ALAAK acudieron en bloque para ayudar también al asilo local (Residencia Nuestra Señora de Covadonga) a quien fue donada la recaudación del concierto.

Expectación y ganas de volver a escuchar a este trío de artistas como la soprano madrileña Ruth Terán y el tenor canario Pancho Corujo más el siempre impecable maestro Juan Francisco Parra al piano, en dos partes bien diferencias e igualmente exigentes, ópera y zarzuela a partes iguales con arias y dúos conocidos, el referente de «el tenor» con un repertorio que muchos conocemos de memoria y nos sigue acompañando en nuestros quehaceres.

Gounod con su «Romeo y Julieta» abrirían la velada con Ruth Terán cantando Dieu quel frisson court dans mes veines… convincente, de graves suficientes con un piano orquestal mimándola, y repetiría con Francisco Corujo el hermosísimo dúo Ange adorable…, voces jóvenes que empastaron a la perfección, de colores complementarios, algo metálico el agudo de la madrileña y redondeándolo el canario, que antes nos dejó al recordadísimo «Werther» kraussiano (portada de estos conciertos) del Pourquoi me reveiller?… sentido en el canto, mimado desde el piano, sobrado de facultades y gustándose en el escenario.

Dos cambios en el programa (corregidos en la copia que dejo arriba) nos llevaron del estilo francés, siempre difícil por la tendencia a nasalizar del idioma, a la Italia adorada e igualmente exigente. Primero el aria de Nedda de «Pagliacci» (Leoncavallo) con una Terán metida en el rol, recitales como microrrelatos que hacen pasar en minutos a estados de ánimo reflejados en el canto, y a continuación Rinuccio Corujo del «Gianni Schicchi» (Puccini), bien interpretado escénica y vocalmente, potente y convincente salvando sin dificultad un aria de registros extremos afrontados con seguridad, valiente junto a la orquesta pianística de Parra sin miramientos en los matices pero atento al tenor, siempre de agradecer.

En breve tendremos «L’elisir d’amore» en Oviedo y nada mejor que terminar la parte operística con el dúo de Nemorino y Adina, Caro elisir, sei mio… escena ideal y representada convenciéndonos a todos, Corujo con su botella (de agua) y Terán coqueteando, haciéndose de rogar para finalmente convencerse del amor puro, belleza de una página bien defendida por esta pareja perfectamente acoplada y muy creíble sobre el escenario sierense, con una acústica agradecida y espacio para recrear la acción con amplitud.

Siempre digo que tenemos zarzuelas de mayor calidad que muchas óperas y no digamos de la dificultad añadida del texto hablado, puede que la razón por la cual no encontremos más títulos en cartelera por la exigencia de actuar además de cantar. Si el elenco elegido resulta bien, el éxito está asegurado, con páginas que nuestros tenores han llevado por todo el mundo elevando nuestra zarzuela al olimpo lírico. Las romanzas y dúos elegidos cumplen esa premisa sumando un pianista capaz no ya de tocar las casi imposibles reducciones orquestales sino de dibujar la tímbrica de cada instrumento, convencernos con una sonoridad prístina y encajando perfectamente con los cantantes aportando la seguridad necesaria en cuanto a las referencias que deben tener.

Tienes razón amigo… de «La Chulapona» (Moreno Torroba) es un aria en toda regla y así la defendió Francisco Corujo con Parra, arpa casi guitarrística, verdadera orquesta de tecla, dúo canario en estado de gracia, tomando el relevo Ruth Terán (que cantó fuera de escena la romanza anterior) con la complicada Canción del ruiseñor de «Doña Francisquita» (Vives), pirotecnia de agudos bien proyectados con el ropaje pianístico y la réplica de Corujo apareciendo por el extremo izquierdo, echando de menos una vocalización mejor en nuestro idioma pero defendida con honestidad y recursos, siempre con un color que deberá homogeneizar, al igual que el hermoso dúo Le van a oir, voces complementarias, bien empastadas, amplias dinámicas reflejadas por los tres de esta zarzuela que Don Alfredo amaba tomando estos dos números como el homenaje más directo a cargo de los intérpretes.

Una lástima la Canción Veneciana de «El carro del sol» (Serrano) que no transmitió comodidad ni seguridad, con momentos calantes de la soprano que evitaron redondear una actuación más completa, sin desmerecer en absoluto por estos detalles que debo reflejar pues tiene cualidades y capacidad para ello, de nuevo con un piano camerístico elevando a «lied» esta romanza de una zarzuela poco representada.

Y para terminar este recital nuevo homenaje al Maestro Kraus con mi tocayo Sorozábal de «La tabernera del puerto«, primero Corujo en la bellísima romanza No puede ser… sentida, vivida y emocionada, antes del dúo Todos los saben, es imposible disimular, salitre lírico del vasco interpretado por el marinero canario y la tabernera alcalaína en un final por todo lo alto.

Todavía quedaría el regalo del dúo de «Soleá Terán» y «Juanillo Corujo» que termina con el conocido pasodoble de «El Gato Montés» (Penella) sinfónico más que verbenero, calidad de nuestro género cuando se interpreta como lo hicieron estos tres músicos aplaudidos por un público en pie que disfrutó de este nuevo homenaje al irrepetible Alfredo Kraus Trujillo, para mí siempre «el tenor».

Pianistas sin fronteras

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Miércoles 25 de octubre, 20:00 horas. Teatro Jovellanos, Gijón,  Concierto 1593 de la Sociedad Filarmónica de Gijón. «Homenaje a Granados«, Luis Fernando Pérez (piano). Obras de Mompou, Chopin y Granados.

Un homenaje a Enrique Granados en sus 150 años por Luis Fernando Pérez, un pianista español sin fronteras como el propio compositor catalán, y rodeado de dos referentes en el mundo de las 88 teclas igualmente internacionales y con querencia parisina como entonces era de esperar: el polaco Frédéric Chopin con su particular universo sonoro, virtuoso volcado en el señor de los instrumentos, y su tocayo catalán Federico Mompou quien también viajó al país vecino recomendado precisamente por Granados. Habría que recordar la influencia o condicionamiento geográfico en todo, por supuesto en las artes y especialmente la música, más aún en el caso de Cataluña o el País Vasco y buen hilo conductor del pianista madrileño muy querido en Francia, reconocido mundialmente con estos tres compositores que completaron un programa exigente técnica e interpretativamente, lidiando con un instrumento por el que sí pasan los años y extrayendo toda la paleta que las partituras elegidas esconden. Voy dejando aquí las excelentes notas al programa de Lorena López Fernández por el perfecto complemento a la música que sonó en un teatro no tan lleno como hubiésemos querido y de edad avanzada pero gustoso además de feliz por la calidad del concierto.

Abrir con Mompou y sus Scènes d’enfants son un reto que Luis Fernando Pérez ha superado llevándolo al disco con el sello francés Mirare el pasado año (y con quien ha grabado también a los compañeros de programa). Íntimamente cristalino, aire mediterráneo, pinceladas sonoras sueltas, casi acuarelas delicadas bien perfiladas en negro, cinco joyas infantiles de reminiscencias impresionistas sin perder originalidad y aire propio.

Las obras de Chopin emparejadas a pares nos trajeron por un lado el intimismo y la delicadeza romántica de sus Nocturnos op. 27 nº 1 en do sostenido menor y el nº 2 en re bemol mayor, dedicados a la Condesa de Appony, amores casi goyescos en una penumbra ideal para lograr ese ambiente íntimo, dominio del claroscuro por parte del pianista madrileño, polo casi opuesto al catalán pero complemento sonoro, y continuar con el Nocturno en do sostenido menor «póstumo» encendiendo las velas para una luminosa Balada op. 23 nº1 en sol menor, el arrebato romántico por excelencia, los contrastes de matices, velocidades con el rubato apropiado, nuevos cuadros de trazo vivo bien cargados de colores superpuestos, el óleo frente a las acuarelas.

Antes de comenzar la segunda parte dedicada a Granados, el propio intérprete desgranó los motivos principales de unas Goyescas o los majos enamorados para una mejor comprensión por parte del respetable, prepararnos para una escucha bien asentada de una de las obras magnas escritas para piano (junto a la Iberia de Albéniz) como bien nos recordó, causa también de su rareza en los conciertos por el esfuerzo que conlleva, incluso con la partitura delante para no perderse nada del mundo pianístico de Granados inspirándose en el pintor maño y abordado como dijese el compositor catalán: «no con tristeza de viuda sino con celos de mujer enamorada».

Si podría decir que el programa tenía un aire pictórico como hilo conductor, Goya trata todas las técnicas y estilos, un avanzado de la época del que se ha escrito que fue el primer impresionista. Su paleta de colores es tan amplia que Granados pareció querer realizar un paralelismo al piano siendo Luis Fernando Pérez su intérprete ideal.

Los dos cuadernos sonaron unidos por el «Intermezzo» de la ópera Goyescas, sutil trabajo orquestal en el piano con mayor riqueza de detalles cual boceto ya de por sí maestro. Los cuatro primeros números parecieron traducir a notas las veladuras de cada cuadro, los colores pastel de los retratos aunque los caprichos sean grabados.
Aquí no hubo medias tintas, los contrastes grabados casi con sangre, sudor y lágrimas, amores imposibles con finales trágicos, el relato complejo como la propia partitura, la psicología de Goya que enamoró a Granados. Paralelismos musicales y pictóricos en cada estampa, pinceladas en cada nota al detalle cual cincelador de sonidos, pulcritud de trazo e independencia tímbrica en cada tecla para alcanzar la globalidad desde el ataque o el fraseo, algo especial que Luis Fernando Pérez consigue como pocos, individualidad en cada número pero con visión total cual exposición temática donde poder observar todo el proceso creativo, aquí escuchando los seis números más el intermedio cual «promenade» o paseo.

De su trayectoria y premios podemos concluir que el resultado fue esperado en un programa tan español como universal, pianistas todos sin fronteras, autores y obras plenamente asimilados por el intérprete, sentidos y disfrutados como bien reflejaba en la entrevista al diario La Nueva España del día antes que dejo también aquí.

No podía haber mejor regalo que la Danza Andaluza nº 5 del propio Granados, casi taconeo flamenco desde un arrebato de pasión, el calor del sur frente a los «caprichos» que nos pusieron los pelos de punta, nuevo relato de un pintor del piano perfectamente entendido por el intérprete madrileño.
Como guiño a nuestra tierra y al otro gran pianista y compositor catalán Albéniz, Asturias cercana, vibrante, «Leyenda» de subtítulo con los dos grandes motivos, chispeante como nuestra lluvia y reposado cual neblina, un paisaje sonoro para redondear un excelente concierto de piano durante dos horas, generoso como el propio Luis Fernando Pérez al que sigo hace tiempo y nunca nos defrauda.

P. D.: Dejo el enlace a la crítica de Ramón Avello, actual presidente de la Filarmónica local, en el diario El Comercio, con la historia que relaciona a Granados con Gijón y esta centenaria sociedad.

Grandones con gaitas

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Martes 24 de octubre, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo: Argentum, concierto 25 aniversario Real Banda de Gaitas «Ciudad de Oviedo». Entradas: 8 € y 6 €.

Llenazo histórico, con entradas agotadas hacía días, para una celebración local que trasciende Oviedo, las bodas de plata de esta Real Banda de Gaitas «Ciudad de Oviedo» con invitados de lujo en todo un espectáculo, plateado o Argentum, verdadera fiesta donde prevaleció el «grandonismo«, verdadera seña de identidad asturiana uniendo músicas e intérpretes que no siempre mezclan bien, megafonía irregular con exceso natural de decibelios pero la música siempre protagonista más allá de calidades interpretativas, que también las hubo, haciéndome recordar «los mil gaiteiros» en Santiago de los que presumía Fraga, porque no tantos pero como ellos sonaron en un auditorio que tembló acallando dudas sobre la seguridad, al menos de sus cimientos, y es que estas bandas tienen en el exterior su mejor acústica.

Hubo de todo y para todos, primera parte con​ un documental de presentación contando la historia de esta banda, Esther Fonseca de presentadora, otra habitual en los eventos folklóricos,
entrega de la Medalla de Plata del Ayuntamiento de Oviedo, con la presencia de Wenceslao López el alcalde, Ana Taboada la teniente de alcalde, o Roberto Sánchez Ramos «Rivi» concejal de Cultura, y por supuesto Adolfo García Blanco, presidente de la Real Banda de Gaitas «Ciudad de Oviedo» que recogió la distinción y mal leyó sus notas de agradecimiento.

Tres directores para una grandona por numerosa banda de gaitas con tambores, bombo y acordeones, José Manuel Fernández «Guti», Vicente Prado Suárez «El Pravianu» y Yolanda Pérez Alonso «Yoly», la Real Banda de Gaitas Ciudad de Oviedo pero también la Banda de Gaitas Vetusta, cantera que asegura la continuidad. Participarían iguallmente los finalistas de baile del Concurso Ciudad de Oviedo. Primera parte que comenzó con una gaita sola mientras se llenaba el escenario para comenzar con Castañeiru-Eire de Guti, versión del tema The Clumsy Lover arreglada para sonar potente y cercana antes del Asturies de mi querer de Falo Moro, otro referente de la música asturiana, el conocido baile tradicional de El Saltón, con las parejas de baile citadas añadiendo colorido para esta versión casi sinfónica igualmente «grandona» en vez de la habitual pareja de gaita y tambor. En tantos años se nos han ido grandes músicos y mejores personas por lo que nada mejor que hacerles un homenaje con El Pravianu dirigiendo sus arreglos de BasilisaEstecheiru de Fernando Largo, Careao de Silvamayor-Muñeira de Llibardón, merecido al siempre recordado Antolín de la Fuente, o Nidiu atapecer-Martin’s (Martín Fdez. Cascudo) con la «Vetusta» en buen estado de forma y Yoly al frente. Excelentes acercamientos de nuestro folklore elevado a la máxima potencia.

Los arreglos de Guti y El Pravianu de la conocida Muñeira de Tormaleo sirvieron de presentación a la Escolanía de Covadonga, para el popular Soy de Verdiciu cubano-astur con letra de Marcos del Torniellu que la megafonía no pudo ayudar a disfrutar de los escolanos engullidos por la masa sonora y el «moscón» de los roncones (sin rima), pero la cantera coral del Real Sitio tenía que estar presente, máxime porque un antiguo componente firmaría la segunda parte, unión de las generaciones que recogerán el testigo de una historia viva.

Ya no hay etiquetas y las gaitas son capaces de tocar música sin etiquetas y de todas las épocas, convirtiendo en tradicional lo popular y a la inversa, por lo que Nel Muñiz González, antiguo componente de la banda de gaitas, se le ocurrió preparar unos temas de los Beatles con el grupo The Blue Submarine (formado por Emilio Ribera a la guitarra, Iván Cueto al bajo eléctrico, Willon de Calle a la batería y Javi Rubio a los teclados) que apenas pudieron equipararse en volumen a la sucesión de Obladi oblada, Yellow submarine, Yesterday, Hey Jude y de nuevo el submarino cual símbolo de mantenerse a flote porque no hay quien derribe esta nave, porque en tiempos revueltos fuera las etiquetas y viva el mestizaje. No se puede hacer más con lo que teníamos en escena.

Tras la ceremonia protocolaria, siempre propaganda e ideario de lo que algunos entienden por cultura, un descanso para los tímpanos y la segunda parte sinfónico-coral con los arreglos de Guillermo Martínez, un todo terreno que bebió en Covadonga un elixir musical que da para mucho, buscando un lenguaje propio pero hablándolos todos, aceptando un reto casi imposible: mezclar sobre el escenario una segunda parte diríamos de gala por la vestimenta de temas asturianos centenarios unos, sesenteros del de Mieres otros, con casi doscientas voces (Coro de la FPA y Capilla Polifónica «Ciudad de Oviedo»), Oviedo Filarmonía bajo la dirección de Luis Miguel Méndez, más la homenajeada banda, ubicaciones estudiadas sobre el escenario y megafonía necesaria porque aceite y agua se superponen pero las frecuencias son como son y no es cuestión de volúmenes, sumándose la estrella invitada Víctor Manuel y el fin de fiesta también con la Escolanía de Covadonga, cuna de España para nuestro Asturias Patria Querida (en arreglo de Guti) que puso la piel de gallina y los 1500 espectadores en pie sumando casi dos mil personas entonando nuestro Himno.

Ya circulan grabaciones por las redes sociales pero siempre digo lo mismo: el directo es irrepetible.

La Suite Asturiana con temas recogidos por los directores gaiteros y orquestados por Guillermo Martínez resultaron adecuados, bien organizados con un lenguaje sinfónico igualmente tradicional, pero con demasiadas gaitas para apreciar la cuerda y especialmente el gran coro, solo audible puntualmente, cantando con ellos muchos de los presentes (para dentro, claro). Ni amplificados pudimos gozar de las sutilezas que la partitura esconde, supongo que en un estudio de grabación se podrá equilibrar semejante despliegue, pero personalmente hubiese apostado por dejar un cuarteto de gaitas y prescindir de parches y acordeones dado que la orquesta aporta dichos efectivos dando más equilibrios a unas dinámicas y planos que se perdieron entre una masa sonora que la megafonía solo sirvió para ensuciar aún más. Puede que una banda sinfónica resultase más equilibrada pues solo los metales pueden igualar medianamente melodías y contrapuntos que ni siquiera las propias gaitas sacaron a flote ante una pegada de watios y decibelios que podían haber resultado dañinos para los oídos del respetable, aunque los años hagan perder sensibilidad.

Más comedidas fueron las mezclas para la Suite de Víctor Manuel, en tanto que las apariciones de la banda de gaitas no fueron tantas y mejor ubicadas en la partitura. Los arreglos de gaita más los sinfónicos de Guillermo me recordaron los originales del de Mieres, tanto en Paxarinos o Carmina (al fin pudimos escuchar las flautas) como «nuestra Romería» (bien el oboe y toda la cuerda, especialmente los cellos comandados por Gabriel Ureña) y los de Amargós en Cuélebre, también con el Coro de la FPA y la OSPA, pero sobremanera el Asturias si yo pudiera, el himno no oficial con letra del sevillano Pedro Garfias que Víctor Manuel (Mieres, 7 de julio de 1947) sigue llevando por estandarte (mejor que pendón y no digamos bandera) haciéndola popular en un mundo sin fronteras. Las pinceladas corales resultaron algo mejores que en la primera suite aunque coincidentes con los momentos fortissimi, y tener al propio compositor cantándolas hace permitirle jugar con los tempi en un rubato muy habitual pero que Luis Miguel Méndez aguantó.

No ha sido un gran cantante «Victorín» pero mueve masas, más en su tierra, sus canciones ya son tan asturianas como las recogidas por Torner, en la cercanía de un acústico son casi de chigre pero con coros y orquesta, sumándole las gaitas, la magnitud que alcanzan solo es comparable a la fiesta del auditorio ovetense para celebrar 25 años de una banda que ya es Real y auténtica «Marca Asturias» sin madreñismos cuando se mima (bravo por Guillermo).

Lástima los excesos tan nuestros, ese grandonismo que nos nubla el sentido y el oído. Todo sea por la fiesta, de prau o en butaca, que para «la folixa» siempre hemos sido únicos, y no hay auténtica celebración asturiana sin gaita. Si son muchas el recuerdo será proporcional, doy fe.

Preparando el terrible

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Miércoles 18 de octubre, 20:30 horas. Auditorio de Oviedo: Ensayo general XXVI Concierto Premios Princesa de Asturias. María Luisa Corbacho (mezzo), Alfredo García (barítono), Jorge Moreno (narrador), Coro de la FPA (director: José Esteban García Miranda); OSPA, Miquel Ortega (director). Sergéi Prokófiev: Iván el Terrible, op. 116 (cantata para narrador, mezzosoprano y bajo barítono, solistas, gran coro de voces mixtas y orquesta sinfónica, adaptación como cantata de Alexander Stassevich). Entrada libre con invitación.

Tanto la OSPA como el coro nos ofrecieron para abrir temporada una honrosa Carmina Burana y sin apenas respiro afrontan este concierto real con otra de las grandes páginas sinfónico corales que están en su repertorio, el Prokofiev de cine como en su momento fue Alexander Nevsky y ahora Iván el Terrible, todavía reciente en nuestra memoria, a cuyo ensayo general acudí ante la imposibilidad de hacerlo en el evento sociocultural de octubre, y menos aún al reducir el aforo en 500 localidades (cerrando la sala polivalente aunque ganando en acústica).

Todos sabemos qué supone un ensayo general con público, con detalles por pulir pero perfecta aproximación a lo que sonará al día siguiente y donde no faltó ni el Himno Nacional para abrir el concierto ni el de Asturias, cantado por todos los presentes, para cerrar.
Las partituras del ruso para las películas de Serguéi M. Einsenstein son verdaderas bandas sonoras para ejecutarse en vivo e Iván el Terrible mantiene todos los clichés asociados a la música popular rusa con capítulos variados donde pasamos de la voluptuosidad épica a los momentos líricos en cuanto a poesía con música reconvertidos en cantata con el excelente narrador gijonés que puso el complemento escénico.

Protagonismo casi total del Coro de la Fundación que está en un momento álgido capaz de afrontar una partitura agradecida para todos, rico en matices, especialmente en los números a capella, volúmenes generosos exigidos por la masa orquestal, empaste global y unas cuerdas que volvieron a brillar tanto por separado como en conjunto en una obra más que dominada. Mi felicitación a la formación que dirige mi querido Pepu.

Y si el coro madura con los años, nuestra orquesta es un lujo en cada sección, hoy reforzada por exigencias de la obra en vientos, percusión, arpas y algo menos en los contrabajos (se hubiesen agradecido dos más). Al maestro Miquel Ortega se le respeta y hay buenas sensaciones entre ellos, por lo que hubo un amplísimo espectro de dinámicas, ritmos y texturas, con una cuerda capaz de resultar hiriente o aterciopelada según se le reclame, y una homogeneidad tímbrica solo al alcance de las grandes, y la OSPA es una de ellas sin que me ciegue la pasión. Perfecto entendimiento con el podio y un despliegue épico de sonoridades, destacando la percusión (con el piano) para mantener ese empuje rítmico que esperamos encaje al detalle en el concierto, con unas campanas demasiado reales para un contexto coral.

También interesante la mezzo mallorquina María Luisa Corbacho algo tapada en los fuertes pero de color carnoso, aún más en la parte hablada, de registro central cómodo y agudos sin forzar en ningún momento, buena emisión y momentos de belleza vocal en sus solos.

La breve intervención del barítono madrileño Alfredo García en verdadera lucha con el coro masculino y el empuje orquestal se saldó con nota, supongo que «guardando munición» al ser un general pero generoso además de entregado como en él es habitual.

Esperamos que los últimos retoques ya a puerta cerrada ayuden a un concierto donde solo sea terrible este Iván IV, zar de Rusia «contado» en 1936 por el tocayo del cineasta con el maestro Ortega tan hecho como nuestros intérpretes.

Domingo de música transatlántica

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Domingo 15 de octubre, 19:00 horas. Auditorio de Oviedo, «Conciertos de otoño»: Vuelta Abajo, Banda de Música Ciudad de Oviedo, David Colado Coronas (director). Entrada libre.

Llevo años siguiendo a mis amigos de Vuelta Abajo desde su fundación allá por San Mateo de 2001 cuando los boleros y el son les dejaba huella de sus viajes tunantescos a Miami y Cuba, para ir creciendo  a partir de 2006 en número, ritmos y calidad. No me perdí varias de sus actuaciones por distintos locales y sobre todo «las grandes» de la Plaza de la Catedral compartidas desde este blog en plenas fiestas de 2013 y 2014 (un festival compartiendo escenario con Los Sabandeños el Día de América en Asturias) así como la grabación en vivo de su CD «Entre amigos» el 15 de enero de 2012 celebrando los 10 años en el Teatro Filarmónica. Tampoco podía faltar a este nuevo proyecto ampliando repertorio y sumándose a la Banda de Música Ciudad de Oviedo en el inicio de futuras colaboraciones.

Mucho público esta tarde dominical para escuchar músicas del otro lado del charco, el repertorio habitual de nuestros «sabandeños asturianos» que sigue creciendo. Aunque algo mermados en efectivos, con solo 17 en escena (nueve voces y ocho instrumentistas) no muy bien amplificados, volvieron a demostrar el dominio de la música hispanoamericana así como lo trabajado que tienen cada tema, comenzando con la peruana Luz de amanecer (Carlos Ayala), uno de los primeros del grupo que sigue siendo perfecta presentación, ese minero boliviano con flautas, charango, bombo legüero y unas voces bien ensayadas (además de contar con un micrófono para cada una) con el refuerzo del bajo eléctrico, más potente que un guitarrón o el habitual contrabajo.
De México nos dejarían El camino de la noche (José Alfredo Jiménez) jugando con la hermosa voz solista emulando al gran Javier Solís con más calidez instrumental que la original y un «coro» muy bien empastado, otro de los temas que Vuelta Abajo no puede dejar de ofrecer.

Casi a media luz para continuar viaje hasta Argentina y esa Oración del remanso compuesta por Jorge Fandermole que Mercedes Sosa rezaba como nadie y los asturianos han incorporado desde la intimidad y el buenhacer del conjunto para continuar viaje por Cuyo con El niño y el canario (Hilario Cuadros / Evaristo Fratantoni) que de niños conocimos por Jorge Cafrune y Marito aunque me quedo con esta versión nuestra menos empalagosa y mejor armonizada.
Se notó la falta de más voces, especialmente la primera, en el vals jaranero Callejón de un solo caño (Victoria y Nicomedes Santa Cruz) interpretado junto a Palmero sube a la palma, ¡qué bonito! recordando a nuestros admirados canarios especialmente en la parte instrumental. Sin perder sabor llegaría la Zamba de la toldería (Buenaventura Luna, Óscar Valles y Fernando Porta), rítmica en estado puro y buenos punteos, Alma guaraní (Osvaldo Sosa / Damasio Esquivel) de belleza habitual en estas melodías del Paraguay, para cerrar viaje con la historia de un negro en Uruguay visto desde la vecina Argentina, de nuevo limitados en los equilibrios de voces e instrumentos con el Candombe para José (Roberto Ternán) y una amplificación no muy inspirada, recordando los tres orígenes del folklore hispanoamericano: el español, el indígena y el africano, feliz mestizaje que tan buena música nos ha dejado y de la que Vuelta Abajo son buenos intérpretes.

Sin apenas respiro y lo que se tarda en vaciar el escenario, la Banda de Música Ciudad de Oviedo nos traería más música del otro lado con unos arreglos verdaderamente espectaculares para apreciar la calidad de una formación donde solo faltó una flauta más para haber redondeado una interpretación llena de sutilezas, ritmo y armonías de película, siempre con David Colado atento a cada dinámica y protagonismo en plena renovación de repertorio. Interesante el arreglo de «Los hijos de Sánchez», traducción española de Children of Sánchez de Chuck Mangione, un virtuoso del fliscorno en los felices 70 con este tema que sirvió de banda sonora a la película homónima, aquí con protagonismo no solo del flügelhorn sino también del saxo alto, pero con todas las secciones conformando un tema algo repetitivo, sin voz, que salva un ritmo frenético empujando el tema siguiendo las modas de entonces.
Con ese aire peliculero de las películas vaqueras nos mantuvimos en el nuevo continente con la conocida habanera esta vez reconvertida en mambo La Paloma (Sebastián Yradier) para una banda muy potente, especialmente en los metales y nuevamente la percusión que marca diferencias en este arreglo japonés. Y todavía más curiosa la versión de Amapola (José Mª Lacalle), un gaditano emigrado a Nueva York, cambiando los ritmos del bolero inicial, rumba y chachacá terminando en samba, verdadero homenaje caribeño del músico nipón Naohiro Iwai (1923-2014) para mantener ese aire transatlántico de este domingo donde el fuego robaba protagonismo a la música. Antes de volver a hacer una pequeña escala en nuestra España, el conocido tema de Rafael Hernández Marín «El Jibarito» El Cumbanchero con una instrumentación nada vulgar de nuevo a cargo de este descubrimiento del imperio naciente, hoy casi tan protagonista como los intérpretes, y pese a lo «vulgar» que nos podrían parecer estas canciones que toman nuevos aires, nunca mejor dicho, haciendo que las bandas también actualicen sonoridades y estilos.
Canta la copla que «La Habana es Cádiz con más negritos, Cádiz, La Habana con más salero» y Pascual Piqueras (Valencia, 1973) compuso este De Cai manteniendo la percusión del cajón mal llamado flamenco, venido de Perú pero totalmente asimilado gracias a Paco de Lucía, sumándole palmas y taconeo (bien por la pareja de percusionistas) que se quedaron comidos por las dinámicas de toda la banda, aires del sur con instrumentación internacional para esta música tan exportable y llena de vida, con todas las secciones participando.

Para el fin de fiesta nada mejor que volver a cruzar el Atlántico y aunar esfuerzos Vuelta Abajo con la banda y dos temas que los primeros tienen de siempre buscando nuevas sonoridades aunque la amplificación ni los arreglos estuvieron a la altura necesaria: Manhã de Carnaval (Luis Bonfa), ese Brasil de «Orfeo Negro» que hubiese necesitado más presencia y cuerpo vocal e instrumental con menos volúmenes en la banda, y el conocido joropo, casi segundo himno venezolano Alma Llanera (Rafael Bolívar Coronado – Pedro Elías Gutiérrez) que bisarían mejorando planos aunque la instrumentación no vendría mal eliminar la melodía duplicada o al menos mimar los matices, aunque supongo que esta primera toma de contacto también suponga corregir detalles y buscar arreglos tan buenos como los del japonés. Espero ya el siguiente proyecto para animar a estas fusiones más allá de coros de zarzuela y óperas, pues siempre digo que no hay etiquetas para la música, solo la que gusta y la que no, y David Colado apuesta por ello.

Mucho Trovatore

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Oviedo sigue siendo «La Viena del Norte» español y una de las señas de identidad la ópera que este año alcanza su septuagésima temporada, siendo Verdi uno de los compositores que no pueden ni deben faltar a la cita.

Il Trovatore ha estado vivo desde el pasado día cuatro con la conferencia inaugural de Alejandro G. Villalibre en la Sala Liberbank de la capital para ir preparándonos y abrir boca a las cinco representaciones programadas desde la Ópera de Oviedo, así como dos ensayos generales abiertos al público con ambos repartos, sin olvidarnos una retransmisión en directo de la tercera función o el ya habitual encuentro con los artistas en el Paraninfo de la Universidad, esta vez con Luis Cansino que debutaría rol este viernes 13, y el maestro Ramón Tébar, junto al profesor Javier Glez. Santos. Aún quedaba la «obertura» de Pachi Poncela media hora antes de cada representación que siempre recomiendo a los aficionados por su personalidad y peculiar acercamiento a cada título, esta vez como verdiano confeso y comunicador cercano a lo que hoy entendemos como animador.

De la conferencia del doctor Villalibre, locuaz y crítico, siempre aprendemos con anécdotas y datos serios en torno al autor y su obra. Encontrarse con algunos artistas nos ofrece nuevas visiones desde dentro, así como la cercanía y lado humano de los artífices del espectáculo contados en primera persona, y el paralelismo de Verdi con Goya analizado por Javier G. Santos desmenuzando la puesta en escena de Joan Antonio Rechi completó esta visión global previa al disfrute de la ópera en vivo, que además tuvimos la suerte de ver por La2 el mes de julio en «El Palco«, coproducción de la Ópera de Oviedo con el Teatro del Liceo de Barcelona.

Quienes me conocen saben que no entro muy a fondo en comentar la escenografía, pues lo que realmente importa sigue siendo la música, inspiraciones y traslaciones de época las hay para todos los gustos. La noche es el escenario principal de El trovador con todo lo que ello supone, por lo que la retransmisión del miércoles 11 vista en el Auditorio Teodoro Cuesta de Mieres resultó frustrante, realización de principiante que sigue cayendo en errores anteriores y con una iluminación no pensada para ello, nada que ver con la televisada veraniega y por supuesto un abismo de las vendidas en DVD, como la última adquisición ya hace años con La Netrebko y Domingo, por cierto inspirada en un museo. Incluir al genio de Fuendetodos en la trama tocado de sombrero con velas muy de Saura, no aporta nada al propio argumento aunque más al propio pintor, siempre trabajando de noche, guerra traída a la de Independencia junto a un vestuario en él inspirado, para un trovador que sigue siendo exigente en lo musical, esta trilogía donde Verdi usa el belcantismo (y hasta el libretista Salvatore Cammarano) como inspiración para la obra teatral de Antonio García Gutiérrez de la que el de Busseto quedó prendado por todo el romanticismo en ella encerrado, esa «tormenta perfecta» que decía Poncela antes de entrar en la función del viernes 13.

La «tercera televisada» en cuanto al sonido supuso alterar el normal orden de las cosas que traen estas retransmisiones, colocando los micrófonos tan mal que por momentos satura y hasta haga molesto escuchar un aria que en el teatro suena ideal. El balance resulta irreal, el arpa fuera de escena suena con un volumen excesivo, no digamos las intervenciones de Manrico fuera de escena, y encima captando tan al detalle lo vocal que realmente desnuda pudiendo apreciar desafinaciones y notas calantes, duraciones cortadas, más allá de los desajustes entre escena y foso. Aplaudo el acercamiento de la ópera a todos los públicos y lugares, pero no en estas condiciones.

De esa función y centrándome solamente en el cuarteto protagonista al que se le pide darlo todo, me quedo en orden de preferencia con Simone Piazzola (Conde Luna) y algo menos con Julianna di Giacomo (Leonora), por mantener el tipo aunque fueron «mejorando» del primer al cuarto acto, pues Aquiles Machado (Manrico) ni está en sus mejores momentos, y no solo por la «pira» que no ardió ni convenció, y la D’Intino hace bien en abandonar los escenarios esta temporada. Azucena es la protagonista que «no está loca» como bien recalcó el propio Verdi, pero pareció «la niña del exorcista» ante los continuos cambios de color en los registros más allá de una dramatización puntual. Escénicamente sigue dominando a la gitana, vocalmente es de un esfuerzo titánico, pero cuando se abusa de los recursos acaban manidos. Lástima llegar al final de una carrera precisamente con un rol que ha defendido como pocas por todo el mundo.

Los llamados «Viernes de Ópera» fuera de abono, ofrecen un segundo reparto a precio más reducido (10 € la entrada de último minuto en Principal) con las voces habiendo trabajado como el primero y dándoles una oportunidad incluso de sustituir alguna baja no deseada. Hace años lo llamábamos la función joven que sigue siéndolo incluso por el público, pero también otra forma de descubrir nuevas voces o papeles que terminarán de madurar en otros coliseos.

El directo es único, irrepetible, la oscuridad escénica no es tanta, los planos sonoros cuidados por el maestro Tébar al frente de la siempre solvente Oviedo Filarmonía ponen todo en su sitio. El Coro de la Ópera que dirige Elena Mitrevska sufre y disfruta en este «Trovador«, ya en la cuarta función perfectamente rodados, ajustando rítmicas de yunque en los gitanos, participando con seguridad incluso fuera de escena, voces graves poderosas y de amplias dinámicas, con las blancas de empaque y color convincente, corrigiendo y convenciendo.

El exigente cuarteto resultó equilibrado, homogéneo en conjunto, tanto por separado como en dúos y conjuntos, no hay dinero para tener las mejores voces del momento pero sí para ofrecer una calidad uniforme en esta ópera tan dura para todos, yendo de menos a más, entrando en sus papeles poco a poco siempre exigidos desde el foso por Tébar, verdadero responsable musical, tirando literalmente de todos por esa costumbre de ralentizar que hace perder pulsación. Las guerras la perdemos todos, pero el mando en plaza acabó haciendo encajar todo y llegar a destino.
Luis Cansino debutaba el rol del Conde Luna para seguir engrandeciendo su repertorio verdiano, en el que se encuentra cómodo y vocalmente preparado. Tras unos días donde la climatología anormal de Asturias es el verdadero enemigo de cualquier cantante, defendió con su profesionalidad habitual una partitura exigente, especialmente en el cuarto acto, voz rotunda y poderosa llena de lirismo con excelente empaste con Azucena y Leonora, aunque de color muy similar al Ferrando del bajo Darío Russo. Larga vida a este Conde Cansino.

Nuevos en la plaza y gratísima sorpresa la mezzo Agostina Smimmero que interpretó una convincente Azucena en todos los registros vocales y dramáticos sin perder color en el grave, puntualmente oscurecido sin exagerarlo y como el resto del cuarteto ganando enteros a medida que avanzaba la función.
Las arias de Manrico las conoce todo el mundo y tenemos nuestras preferencias, siendo Antonio Coriano una voz a seguir, tenor de casta y recursos, color krausiano si se me permite el calificativo, llenando la escena (incluso fuera de ella), rico en matices y de buena proyección incluso en la esperada Di quella pira segura aunque algo corta, algo tapado por el coro pero globalmente notable, con el aria Ah si, ben mio coll’essere del tercer acto como lo mejor en sentimiento y calidad.
La Leonora de Meeta Raval fue creciendo como el personaje, recursos técnicos sobrados, color nunca punzante de grave ya redondeádose y los momentos «belcantísticos» sorteados sin problema aunque todavía trabajándolo. Desajustes de pulsación solventados con el devenir de la trama y el entendimiento tanto con el foso como con el reparto, completó el nivel homogéneo del cuarteto protagonista.

Repetían manteniendo esa globalidad de calidad los asturianos Jorge Rodríguez-Norton (Ruiz / Un mensajero) y Mª José Suárez (Inés), los llamados secundarios tan necesarios siempre para asegurar y redondear un espectáculo global, junto al citado Ferrando de Dario Russo, correcto el gitano y corista Alberto García Suárez o Carlos Casero, el pintor Goya de este trovador verdiano con sabor aragonés independientemente de la época.

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