Miércoles 28 de octubre, 20:00 horas. Teatro Jovellanos, concierto nº 1718 de la Sociedad Filarmónica de Gijón. “A cuatro manos”: Giester Duo (David Salmon y Manuel Veillard, piano). Obras de Mozart, Schubert y Brahms.

En una semana donde las tres sociedades filarmónicas asturianas (Oviedo, Gijón y Avilés) programan una música de cámara que sigue siendo la base de todo buen melómano y el mejor escaparate de los intérpretes, llegaba al teatro del Paseo Begoña el Giester Duo formado por los pianistas franceses David Salmon y Manuel Veillard, especialistas tanto en el repertorio a dos pianos como a cuatro manos, y del que traían cuatro obras de Schubert que además han grabado su integral en el Auditorio de la Ópera Nacional de Burdeos, una colección de ocho horas abundantes que aumentan los registros de este repertorio a cuatro manos al que seguimos asociando a las veladas románticas en los salones decimonónicos.

Con un día de luto tras el terrible accidente ferroviario de Urda (Toledo), había que dedicar el concierto a las víctimas, y nada mejor que con música, puesto que la Fantasía en fa menor, D. 940 de Schubert incluye una marcha fúnebre en el Largo que sería el homenaje como recordó por megafonía el directivo David Roldán al inicio del concierto, quien como violista rememoraría a Hindemith en su llegada a Londres coincidiendo con el fallecimiento del rey Jorge V a quien dedicaría la suite para viola y orquesta de cuerda “Trauermusik”.

La violonchelista y doctora en Musicología Andrea García Alcantarilla nos deja unas notas al programa, siempre para guardar por las aportaciones a unos repertorios no muy transitados, que iré citando a lo largo de esta entrada. Así nos pone en antecedentes:

«En el prólogo a sus pioneras sonatas a cuatro manos de 1777, el musicólogo y compositor inglés Charles Burney justificaba así la decisión de reunir a dos pianistas ante un mismo teclado: “Los grandes y variados efectos que se pueden producir con dos teclados […] tienen el inconveniente de que es necesario poseer dos instrumentos en la misma habitación, lo que me ha inducido al cultivo de esta nueva música». Nacida por pragmatismo en una época en la que, para escuchar música, había que interpretarla, la literatura a cuatro manos se convirtió en el epicentro de la vida musical. Un solo instrumento permitía divulgar las grandes arquitecturas sinfónicas y operísticas en la intimidad del hogar. Al mismo tiempo, en una sociedad encorsetada, pasó a ser una de las pocas actividades sociales donde jóvenes de ambos sexos podían sentarse juntos, rozar sus hombros y cruzar sus manos sin romper los estrictos códigos de conducta de la época. Al reunir a dos pianistas sobre un mismo instrumento, los grandes compositores no solo buscaban multiplicar las posibilidades tímbricas del piano hasta convertirlo en una orquesta en miniatura, sino explorar una dimensión poética única basada en la complicidad de los músicos».

El Geister Duo afrontaría este repertorio con un enfoque riguroso desde el profundo entendimiento entre ambos intérpretes y su compromiso con este repertorio íntimo, orquestal y profundamente poético, que devuelve a la música para piano a cuatro manos el lugar que le corresponde como una verdadera forma de música de cámara. Más que cuatro manos parecerían dos con diez dedos cada una y cuerpo mellizo con un mismo corazón de dos aurículas y dos ventrículos, incluso un solo cerebro donde los hemisferios regían para los graves y pedal a David Salmon mientras los agudos eran de Manuel Viellard. Conseguir ese «piano imposible» se logra con mucha compenetración y los mismos sentimientos, siendo maravilloso comprobar la auténtica coreografía de las manos con un mismo ataque, posiciones y hasta la conjunción ideal de un ‘pulpo pianista’ que balancea una mano u otra según exija la partitura.

Abrían la velada con Mozart y la Sonata en do mayor, K. 521 (primavera de 1787), dedicada a su alumna Nanette von Jacquin, en una obra que, a diferencia del resto del programa, libera este repertorio de la esfera doméstica para llevarlo a las salas de concierto. El siempre reconocible niño prodigio de las sonatas para piano vuelca en esta a cuatro manos todo su genio e ingenio, la precoz madurez además del virtuosismo que la película “Amadeus” refleja e incluso utiliza el Allegro de este “juguete”.  Con el Geister Duo sonaría prístino, cristalino, limpio, matizado, perfecto en todos los sentidos y donde ya desde el inicio “el diálogo temático deja de ser patrimonio del registro agudo para repartirse equitativamente entre ambos intérpretes”.

El grueso del programa lo ocuparía Schubert, primero su Sonatina en do mayor, D. 968 (1815), pieza de juventud aún de aire clásico que entronca con el Mozart anterior y con solo dos movimientos, un diálogo entre los dos pianistas en el Allegro moderato y un “evoiucionado” Andantino donde disfrutar de los claroscuros bien ejecutados.

Proseguirían con el Allegro en la menor, D. 947, «Lebensstürme» (Tormentas de la vida) como así lo bautizaría Diabelli, y que el vienés compuso en su último año de vida, lleno de dramatismo y contrastes, nuevamente reflejados por el Geister Duo impecable de principio a fin con los acordes secos sincronizados, las pausas medidas y unos pianissimi que parecían imposibles equilibrar en las cuatro manos. Como escribe la doctora García Alcantarilla, “El choque entre la agitación trágica y la calma lírica, unido a modulaciones audaces, convierte a este movimiento en una de las páginas más logradas del catálogo schubertiano”.

Para concluir la primera parte llegaría la Fantasía en fa menor, D. 940, escrita en la primavera de 1828 y que “esconde una historia de amor imposible entre Schubert y su alumna, la condesa Karoline von Esterházy. Separados por el abismo infranqueable de la clase social, la relación jamás llegó a consumarse; la complicidad física del teclado compartido se transformó así en el único terreno donde ese galanteo mudo e infructuoso encontró vía de escape. Cuando la joven condesa le reprochó en una ocasión no haberle dedicado ninguna pieza, Schubert contestó con resignación: «¿Para qué, si todo lo que escribo ya está dedicado a vos?». Esta Fantasía fue la única obra que llevó su nombre en la dedicatoria” como bien refleja la musicóloga en las notas al programa. He escuchado esta fantasía en muchas interpretaciones, viniéndome a la memoria tanto la del matrimonio Chung-Bax la del asturiano Dúo Wanderer (Francisco Jaime Patín y Teresa Pérez Hernández) que además lo tienen grabado. Esta monumental página pone a prueba ese mismo corazón latiendo en cuatro manos, el entendimiento íntegro para expresar tanta profundidad musical. Los cuatro movimientos van pasando por estados de ánimo modulantes y desoladores que “culminan en una monumental fuga con dos sujetos que desemboca en la reaparición del desolado motivo inicial, sumiendo la sala en un silencio sobrecogedor“. Así la entendieron e interpretaron el Geister Duo con el mayor homenaje a las víctimas y al malogrado Schubert.

Aún quedaba la continuidad schubertiana con el Divertissement à la hongroise, D. 818 que abría los aires magiares aún presentes del día anterior en Oviedo. Como escribe Andrea García “La segunda parte del concierto está consagrada íntegramente al interés decimonónico por el exotismo húngaro y el estilo verbunkos —un género de origen militar rápidamente asimilado por la música popular urbana de Hungría—“, premonición y posteriores recuerdos del Imperio Austrohúngaro (1867-1918) porque la música de los zíngaros siempre ha estado cercana y los grandes compositores la han reflejado incluso asociada a lo popular aunque muchas de ellas tuviesen autoría, caso de este divertimento en tres movimientos que Schubert compuso en el otoño de 1824 “tras escuchar cantar a una criada en las cocinas de la residencia de verano de los Esterházy, la obra articula en sus tres secciones un ambicioso fresco del folclore magiar”. Geister Duo brindó la alegría de este “estilo” conjugando lo lírico y lo rítmico que separaría el cierre con Brahms y tres de sus conocidas Danzas húngaras, WoO 1, las números 1, 11 y especialmente la 5, bien organizadas al dejar en el medio la más lenta. Otro prodigio interpretativo por la complicidad en la ejecución tan difícil a cuatro manos donde el piano hace olvidar las posteriores versiones sinfónicas de esta partitura original. La doctora García Alcantarilla las analiza a la perfección recordando que el alemán fallecido en Viena declinó firmarlas con número de opus optando por presentará como «arreglista»:

«En la Danza nº 1 en sol menor, basada en la melodía popular Isteni csárdás, la música combina la pesadumbre de la sección lenta (Lassú) con el impulso de la rápida (Friss), valiéndose de un flexible rubato que imita la improvisación gitana. La Danza nº 11 en re menor muestra la madurez del ciclo: sin fuente popular conocida, se trata de una composición original de Brahms que recrea con delicada nostalgia la sonoridad húngara. Por su parte, la célebre Danza nº 5 en fa sostenido menor —donde la libertad agógica alcanza su punto culminante— fue adaptada por un Brahms convencido de que utilizaba un tema folclórico anónimo, ignorando que en realidad se trataba del vals Bártfai emlék, compuesto en 1858 por el músico húngaro Béla Kéler. Con la progresiva orquestación de la colección y su traslado a la escena sinfónica, estas páginas concebidas para el piano a cuatro manos realizan el camino inverso y cierran el círculo, poniendo el broche de oro al concierto de esta noche».

Hay muchas grabaciones tanto fonográficas como en internet con dúos históricos por pianistas consagrados que se unen para disfrutar con estas danzas, y el dúo francés contagió tanto el entusiasmo como la alegría desde mi sueño imposible de dos manos y veinte dedos sobre las 88 teclas, donde el Steinway© del teatro aguantó como un campeón.

Y la propina también del hamburgués, su Vals op. 39 nº 15 en la bemol mayor, en el arreglo para cuatro manos medio tono más alto, igual de brillante manteniendo, como en todo el concierto a Vieillard en el agudo y Salmon en el grave, todo un regalo de una velada con tristeza y esperanza donde nuevamente la buena música hizo de terapia.

PROGRAMA:

Primera parte

Wolfgang Amadeus MOZART (1756 – 1791)

Sonata en do mayor para piano a cuatro manos, K. 521:

I. Allegro – II. Andante – III. Allegretto

Franz SCHUBERT (1797 – 1828)
Sonatina en do mayor, D. 968:

I. Allegro moderato – II. Andantino

Allegro en la menor, D. 947, «Lebensstürme»

Fantasía en fa menor, D. 940:

I. Allegro molto moderato – II. Largo – III. Scherzo. Allegro vivace – Tempo I

Segunda parte

Divertissement à la hongroise, D. 818:

I. Andante – II. Marcia. Andante con moto – III. Allegretto

Johannes BRAHMS (1833 – 1897)
Danzas húngaras, WoO 1 (Selección):

Nº 1 en sol menor
Nº 11 en re menor
Nº 5 en fa sostenido menor