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Contagiando talento

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Miércoles 17 de diciembre, 20:00 horas. Conciertos del Auditorio de Oviedo, Alisa Weilerstein (cello), Oviedo Filarmonía, Rafael Payaré (director). Obras de Schumann, Elgar y Brahms.
Llegaba a Oviedo otra solista de cello, instrumento que tiene siempre nutrida presencia en los conciertos carbayones, mediática por querer compararla con la Jacqueline Du Pré y haber recibido consejos de Barenboim precisamente con el famoso concierto de Elgar, grabado en sello discográfico potente y acompañada de su pareja que sale de la cantera del «sistema» venezolano.
Y lo mejor resultó el director Rafael Payaré, 34 años pero toda una vida por delante, preparado, trabajador, dirigiendo de memoria las obras cruciales del programa y con la edición de bolsillo para concertar con su señora a la perfección. Y qué maravilla ver que ese talento es contagioso porque la Oviedo Filarmonía sonó como nunca, parecía otra a pesar de la algo escasa cuerda, especialmente los contrabajos, solamente tres que tuvieron que apretar dedos y dientes para conseguir unas dinámicas muy buscadas desde el podio. Miraba a la espalda del director y me recordaba a Dudamel hasta en el pelo leonino, los gestos pulcros, las entradas clarísimas, la batuta recogida en las partes líricas, una mano izquierda prodigiosa y una carta de presentación muy clara con la Obertura de «Manfred», op. 115 (Schumann), romanticismo en estado puro que Payaré dibujó al detalle, cuerda no muy incisiva pero definida siempre, maderas perfectamente ensambladas y metales contenidos pero redondos, contundentes sin excesos.
El Concierto para violonchelo y orquesta en mi menor, op. 85 (Elgar) le correspondería a la norteamericana y ciudadana del mundo, como el director, Alisa Weilerstein, otro talento joven con un instrumento que sonaba pletórico, de armónicos chispeantes pero que en la interpretación de este conocido concierto me resultó algo plana, técnica sin pellizco, poco «vibrato» y fraseos algo forzados aunque la orquesta siempre arropándola, dialogando e incluso aupándola gracias a la batuta impecable y precisa de Payaré. Esperaba más en ese inicio del Adagio; Moderato que debe conmover en la tercera cuerda y solamente sonó, transparente pero sin carne en el asador. El Lento; Allegro molto pareció enmendar un poco las emociones pero cayeron de nuevo en el Adagio que por momentos resultó plomizo. El cuarto movimiento fue más el catálogo de cambios de tempi y ánimos que la congoja necesaria para sublimar este concierto. Mis aplausos para la orquesta y la dirección más que para la cellista, calidades que tenemos mejores en nuestra tierra sin necesidad de cruzar el charco aunque con instrumentos menos caros y escaso marketing. Me preocupa pensar que el público joven tome de referencia estas versiones porque el oído debe educarse en la excelencia.
Al menos la propina bachiana nos devolvió el mejor cello de una joven figura que pareció estar más cómoda en solitario que afrontando retos de alto vuelo.
Para la segunda parte todo un Brahms y la Sinfonía nº 2 en re mayor, op 73, auténtica joya romántica continuadora del mejor Beethoven o Schumann que en la interpretación de la OvFi nos descubrió sonoridades increíbles, melodías escondidas y auténticas sutilezas en los planos consiguiendo Payaré una paleta de dinámicas asombrosas desde el dominio de la partitura hasta el mínimo detalle. «El Sistema» es anterior a los regímenes bolivarianos que suenan en cada informativo, con una larga trayectoria y muchísimas personalidades que creyeron en ese proyecto desde sus inicios, y pese a la instrumentalización que del mismo se han encargado todos los dirigentes venezolanos, con el beneplácito de Abreu y los guiños cómplices de Dudamel, sigue dando músicos de categoría mundial, instrumentistas y también directores como Payaré que en Europa pueden desarrollar la base de toda batuta, el repertorio de los grandes en nuestro viejo continente con el ímpetu y talento joven venido del Caribe.
Maravilloso ver a Rafael Payaré llevar cada uno de los cuatro movimientos de «mi segunda» con la maestría del veterano, la humildad del trabajador y el desparpajo del joven capaz de contagiar su ímpetu a cada atril de la orquesta carbayona. Los contrastes fueron surgiendo espontáneos, naturales, escritos en el aire con movimientos ajustados, «non troppo», grazioso el tercero también contenido, y rebosante ese final del «Allegro con espíritu» brahmsiano del que la OvFi se impregnó perfectamente conducida, término muy americano pero que cuando existe la química entre todos el manejo del vehículo musical corresponde al conductor. Tendremos que seguir de cerca a Rafael más allá de Alisa porque está ya en la lista de los principales del siglo XXI.

Aurum, mujeres al poder

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Miércoles 29 de octubre, 20:30 horas. Auditorio del CONSMUPA, Oviedo: Coro Femenino «Aurum», Elena Rosso Valiña (directora). Obras de César Alejandro Carrillo, Jacobus Gallus, R. Schumann, Eva Ugalde, Jackson Berkey, Javier Fajardo, Idoia Azurmendi, Javier Busto, Tobin Stokes, Josu Elberdin y Julio Domínguez.

El León de Oro más que un proyecto musical es una filosofía coral, una familia numerosa bien avenida y planificada, donde «Aurum» ha alcanzado su mayoría de edad sin abandonar nunca el hogar. En dos años han crecido en todos los sentidos y los premios solamente avalan el duro trabajo bien hecho con Elena Rosso al frente.

Como embajadoras corales acudirán el próximo fin de semana a Tolosa para competir en la 46 edición de su reconocido concurso, con las mejores formaciones mundiales, así que hemos podido comprobar en el auditorio del conservatorio carbayón con un público entendido, que escuchó con riguroso silencio, respeto y admiración, el programa que defenderán en la capital coral guipuzcoana y cantarán en una minigira por tierras vascas antes de llegar al destino final.

Dos partes como es costumbre, polifonía y folklore, difíciles ambas, memorizadas por todas y dando una lección de excelencia en todo: colorido vocal y visual, coreografías, afinación, empaste, dinámicas impresionantes y sobre todo mucha disciplina. Aún retocarán y asegurarán cada una de las partituras que llevan preparadas al detalle. Destacar la (s)elección de obras básicamente actuales, frescas, cercanas al LDO casi todas y perfectamente organizadas para un certamen competitivo donde el nivel global es altísimo aunque la experiencia de las féminas sea grande y garantía de éxito.

Del programa íntegro que dejo aquí, destacar a Schumann, pero especialmente el hermosísimo Miserere de Eva Ugalde que hacen aún mayor emocionalmente, transmitiendo la riqueza de una partitura casi a medida de «las chicas de oro». También el Ascendit Deus de Jackson Berkey por el alarde polifónico de una obra que conjuga el saber del «Ars Antiqva y Ars Nova» ya trabajado por Los Peques de El León de Oro también para Tolosa, pero que Aurum recrean y engrandecen desde su excelencia vocal. Dejo para el final de la primera parte Fervor na brétema de Javier Fajardo (presente en la sala) por tratarse de una obra ejemplar de principio a fin, participación puntual de dos xilófonos (esta vez metalófonos) y tambor de tormenta, reubicaciones de las voces en el escenario, siempre con una sonoridad rotunda, y la belleza de una partitura que estas voces blancas sienten propia, para ellas compuesta y algo indescriptible que transmiten desde el escenario.

Un breve descanso para afrontar la parte de folklore, calzadas con madreñas que no sólo les dan altura sino el recurso de percusiones más allá de lo asturiano, como en el Zutaz del doctor Busto, la maravilla visual y vocal de Ikimilikiliklik (T. Stokes), conjuro de brujas, aquelarre con rememoranzas maoríes, trabalenguas, magia coral en estado puramente femenino, y D’Alborada de Julio Domínguez, más que una recreación de temas asturianos, inspiración donde la percusión de las madreñas vuelve a integrarse en el canto. Excelentes las Aurum con Elena Rosso que vuelve a marcar diferencias en la dirección por su magisterio, gesto claro y preciso, pero sobre todo una trabajadora nata que ve recompensado su esfuerzo.

Gracias a todas y Tolosa disfrutará con ellas, el mejor premio que se puede tener.

Voz y Verso

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Lunes 6 de octubre, 20:00 horas. Sala de cámara del Auditorio, Oviedo. Recital «Voz y Verso»: Juan Noval-Moro (tenor), Borja Quiza (barítono), Ángel Cabrera (piano). Obras de Schubert, Schumann, Wolf y Mahler. Organizado por la Asociación Lírica Asturiana «Alfredo Kraus». Entrada: 10 € (+ 1 € por «tramitación» por TiquExpress).

El Lied es la forma por excelencia que combina canto y piano, voz y verso como titulaba este concierto la asociación presidida por Carlos Abeledo, que sigue apostando por la música de cámara, esta vez con un dúo asturgallego y un pianista manchego sin el que no podríamos concebir un recital donde el piano es tan importante como la propia voz. Añadir el placer de poder seguir la traducción en vivo de los textos en alemán sobre unas fotografías bellísimas de Carlos Briones.

Dejo aquí el programa con anotaciones puntuales sobre la marcha, destacando el trabajo de ambos cantantes, especialmente del poleso por su memoria para todas sus intervenciones, y de nuevo el piano siempre seguro y pendiente de la voz como debe ser siempre y más en un recital con autores históricos en el terreno del lied.

El recital lo comenzaba el barítono gallego nada menos que con Schubert y Gesänge des Harfners, Op. 12, falto de intimismo y exceso de tensión en los agudos así como una musicalidad que no se correspondía con los textos, tal vez buscando una expresión romántica centrada solamente en la parte musical que nunca es suficiente, y más con referencias de grandes que han afrontado estas canciones con palabras de Goethe. Wer sich der Einsamekeit Ergiebt fue el primero de los números con un Quiza aún sin entrar en calor, Wer nie sein Brod mit Thränen ass donde la fuerza canora no encajaba con la dramática, y finalmente An die Thüren will ich schelichen que redundó en lo mismo.

Juan Noval-Moro se enfrentó con Dichterliebe, Op. 48 de Schumann, el «Amor de poeta» con dieciséis «microrrelatos» de Heine llenos de intensidad condensada donde el tenor asturiano hubo de realizar cambios anímicos en breve espacio de tiempo siempre bien ayudado desde el piano: Im wunderschönen Monat Mai de buen clima global pero agudos algo «apretados», mejor Aus meinen Thränen spriessen y la rápida Die Rose, die Lilie, die Taube con dificultades para captar todo lo que el idioma alemán esconde en esta canción; Wenn ich in deine Augen seh’  lenta y de intimidad conseguida con contrastes bien marcados; Ich will meine Seele tauchen’ siempre traicionera y debiendo cuidar en no descolocar la voz al abrir en vocales; Im Rhein, Im heiligen Strome presentó unos graves oscuros pero logrando todo el  dramatismo de un número subrayado siempre por el piano; el hermoso y conocido Ich grolle nicht personalmente resultó el lied mejor en todos sus aspectos; Und wüssten’s die Blumen sonó ligero y de dinámicas amplias con un piano exigente frente a un Das ist ein Flöten und Geigen de compás ternario demasiado marcado para mi gusto pero bien cantado; más íntimo el décimo número Hör ich das Liedchen klingen, casi a media voz para degustar esos textos siempre dolorosos y casi susurrados, nuevo contraste con la alegría bien transmitida de Ein Jüngling liebt ein Mädchen. Como si cada página fuese convenciéndonos a todos, Am leuchtenden Sommermorgen la escuchamo como «esas mañanas de estío», recogidas en el canto y nuevamente con un piano perfecto complemento de la voz. Ich hab’ im Traum geweiner conmovió con los silencios subyugantes referidos a la muerte, solamente rotos por el ruido del aire acondicionado que no cejó a lo largo del recital. Allnächtlich im Traume nos trajo algo de luz pese a las lágrimas del texto y esa congoja tan de Schumann, llegando más claridad y ligereza en Aus alten Märchen por parte de tenor y pianista antes de concluir con Die alten bösen Lieder, remate con fuerza en ambos intérpretes y ese delicadísimo  final del piano tras la tempestad anterior. Impresionante la evolución del tenor poleso a lo largo de este ciclo exigente para cualquier intérprete.

Breve descanso para afrontar la Peregrina de Hugo Wolf con el mismo peligro de descolocar o cambiar el color de voz al abrir las vocales de los textos de Mörike, traicioneras siempre, resultando mejor los pianissimi aunque los crescendo peligrasen en homogeneizar registro y color; el segundo número nos mostró unos buenos medios y matización menos exagerada que en el primero, salvo los agudos donde primó emisión sobre emoción en otra demostración de poderío y trabajo por parte de nuestro tenor.

Como si de una lección histórica del «Lied» no podía faltar Gustav Mahler de quien Borja Quiza cambio el orden programado de los Rückert-Lieder, por otra parte algo habitual y buscando cierta regulación anímica que creo resultó positiva aunque no del todo completa: Liebst du um Schönheit, personalmente con excesivo volumen para un texto que no lo exige; Blicke mir nicht in die Lieder mucho mejor sin necesidad de sobreactuar vocalmente y donde el piano es quien recrea y subraya unas palabras que dan mucho juego tanto en la pronunciación como en su significado; Ich atmet’ einen linden Duft! es la respiraciónde esa dulce fragancia donde el barítono comenzó a  centrarse tanto en tema como expresión hasta «abandonar el mundo» de Ich bin der Welt abhanden gekommen, más contenido inicialmente para ir creciendo en dinámicas y jugar con ellas a pesar de una sensación de ligera desafinación o voz fuera de lugar mejorando el final de registro grave y medio para un fortísimo excesivo antes del pianísimo final de las últimas palabras «In meinem Lieben, in meinem Lied» y llegar la medianoche, Um Mitternacht donde nuevamente el barítono de Ortigueira exageró en el agudo rompiendo esa intimidad necesaria como confundiendo intensidad emocional con dinámica, mejor la media voz en toda la tesitura y ese final potente para las palabras finales cargadas de todo el simbolismo que queramos ponerle.

El punto final resultó de nuevo Schumann a dúo con el Blaue Augen hat das Mädchen de las Spanische Lieber-Lieder sobre textos de Juan del Enzina, buen empaste de ambas voces transmitiendo la alegría de los «ojos garzos ha la niña» traducidos al idioma de Schiller que no perdieron emoción en ningún aspecto.

De regalo otra «del mismo precio» si yo fuera un pajarito aunque cantado como Wenn ich ein Vöglein wär realmente hermoso y con buen gusto.

Difícil para todos así como exigente el recital de este lunes que pone en valor lo que supone preparar conciertos de lieder poco agradecidos para los no iniciados y durísimos para los intérpretes. No sirve con leer la partitura, sentirla en un idioma ajeno y extraer la carga emocional de cada palabra, cada párrafo, cada color vocal, sigue siendo asignatura pendiente aunque optativa de muchos jóvenes cantantes actuales. Borja y Juan se han atrevido, aunque la nota no haya sido la misma. El sobresaliente para Ángel, no siempre valorado como la mayoría de los pianistas mal adjetivados acompañantes: ni una obra de las escuchadas tendría la misma carga emocional sin su interpretación cuidada en cada poema hecho música.

Mosaicos y vidrieras sonoras

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Viernes 2 de mayo, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo, Concierto de abono nº 11 OSPA, Manuel Barrueco (guitarra), Andrew Grams (director). Obras de Ginastera, Leshnoff (estreno europeo) y Schumann.

El undécimo concierto de abono de la OSPA traía batuta nueva al mando, repetía guitarrista solista de talla mundial con estreno europeo (encargo de la propia orquesta asturiana en coproducción con las de Baltimore, Nashville y Reno), más la comentada estructura tripartita habitual de gran introducción, concierto solista central y segunda parte ocupada por sinfonismo de siempre, pero desconozco la causa por la que el auditorio sigue perdiendo ocupación de forma preocupante, esta vez puente y variada oferta que hacen de Oviedo casi la Viena española.

La formación asturiana continúa apostando por mezclar tradición e innovación a partir de un estado de forma que le permite afrontar repertorios de lo más variados y con batutas igualmente diferentes en su concepción y confección de programas. El joven director norteamericano mantuvo esa línea de alternancia con una concertación de gesto claro y preciso, apostando por dinámicas claras que no perturbaron un concepto melódico que siempre tuvo la respuesta adecuada por parte de los músicos en las tres obras.

Alberto Ginastera abría el concierto con las Variaciones concertantes (1953) que pusieron a prueba toda la OSPA con sus solistas y primeros atriles. Sobresaliente partitura de la llamada segunda etapa compositiva denominada «nacionalismo subjetivo» que analiza muy bien Julio Ogas en las notas al programa (enlazadas en los autores al inicio) y estrenada en Buenos Aires por nuestro recordado Igor Markevitch. Los doce números son un auténtico «mosaico sonoro» que daba título a este programa, intervenciones solistas para degustar y cual honrosa competición buscando lo emotivo y sincero de una música cercana y de composición inspirada en el folclore pero con peso propio. Los cinco primeros números sin pausa, fueron desgranando lo mejor de cada atril: I. Tema para violonchelo y arpa para lucimiento de Atapin y del Río, II. Interludio para cuerda reafirmando el momento especial de esta sección cuando se la «aprieta» y exige tensión en busca de la mejor sonoridad, necesaria para una partitura que básicamente pide colores instrumentales específicos y bien diferenciados, III. Variación jocosa para flauta con Myra Pearse siempre rebosante de musicalidad desde una pasmosa seguridad, IV. Variación en modo de Schero para clarinete para que Weisgerber no quisiera ser menos en esta «presentación» solística y la V. Variación dramática para viola que Alamá sintió como nadie, emocionando especialmente por timbre y calidez a solo, empaste colorista con flautas y clarinetes que redondearon contrabajos y trompas más arpa y clarinete en pizzicati. Cual juego de dobles lengüetas resultó la VI. Variación canónica para oboe y fagot, lenta calidad de Ferriol y Mascarell arropada por un colchón de cuerda que sin respiro nos elevó a la VII. Variación rítmica para trompeta y trombón, Van Weverwijk y Brandhofer con rítmica stravinskiana reforzada por los timbales, triple «t» marcando un heroísmo pentatónico antes de otra demostración solística con Vasiliev en VIII. Variación a modo de movimiento perpetuo para violín sin prisas y sin pausas, manteniendo el ritmo y jugando con las dinámicas en un perfecto entendimiento con el maestro Grams. La IX. Variación pastoral para trompa trajo el mejor Morató, aún cercano en la memoria, esta vez de lirismo a flor de piel para un movimiento lento de regusto chaikovsquiano y juegos tímbricos con trompetas y flautas antes de atacar el X. Interludio para viento madera, otro momento memorable dentro de un colorido más de vidriera por lo lumínico que de mosaico, otra demostración de calidad en la sección más segura de la OSPA. Si el inicio resultó emocionante, el XI. Recuperación del tema para contrabajo y arpa hizo que Mijno lograse sonar como Casals en un «tributo al grave hecho celeste» (roto por la caída de un bastón, preludio de un evento para no repetir) antes de concluir esta maravillosa obra con un rítmico XII. Variación final a modo de Rondó para orquesta, derroche de brillos en lenguaje cercano con paroxismo contenido de Mr. Prentice, el Ginastera más rítmico y sinfónico posible. El pincel lo puso la batuta de Grams que eligió esta obra para lucimiento de todos desde la exigencia y calidad, también claridad diáfana de sonoridades que el maestro dejó fluir para recrearse y disfrutar todos, pero que irremediablemente contrastaría con la siguiente obra.

Y es que el Concierto para guitarra (2013) de Jonathan Leshnoff (1973) resultó demasiado directo en referencias a nuestro eterno Joaquín Rodrigo, del que no necesitábamos otro Aranjuez estadounidense. Guitarra y española como tópico más que adjetivo, una escritura consensuada en Baltimore donde residen compositor e intérprete, que no esconde tributos ni técnicas. En la entrevista de Javier Neira al maestro Barrueco que pongo encima, éste reconoce que «el primer movimiento y el tercero son rítmicos, con ecos de la música española, de la «Asturias», de Albéniz y algo del «Concierto de Aranjuez». Cuando un compositor escribe para guitarra suele incorporar algo español». Así el Maestoso, Allegro inicial ya tenía los arpegios y contrastes solista-orquesta del compositor saguntino. Con una amplificación necesaria pero perfecta de volumen, su plano sonoro nunca sobrepasó presencia ni siquiera con los tutti, movimiento rico rítmicamente  y virtuosismo siempre en un largo punteo alternando con escalas modulantes ascendentes y descendentes de la orquesta, bien entendida en su papel tanto en color y textura como en los diálogos con la guitarra solista. Acordes secos y juego entre las secciones de cuerda y madera no hacían más que recordar «El Concierto» hasta que llegó un unísono de guitarra y oboe preciso y precioso desde el protagonismo guitarrístico con la orquestación muy bien tratada para lograr un equilibrio de matices, donde las gotas de color las pusieron las placas de madera en la percusión, cerrando este primer movimiento. El «Hod», Adagio, se vio groseramente interrumpido por el Tárrega implacable e imparable de un teléfono femenino en edad avanzada. Tras conseguir acallar el espíritu guitarrístico maleducado y celoso, obligando a reiniciar este segundo movimiento, cual recarga emocional en todos logró más intimismo para mayor gloria de una cuerda en estado de gracia. Como explica el profesor Ogas «… subtitulado por el compositor con la sexta letra del alfabeto hebreo (vav) asociada con la humildad (en hebreo Hod), se puede decir que constituye el núcleo catalizador del discurso expresivo de la composición…», puede que lo más emocional del concierto, estremecedor lirismo casi místico desde una interpretación sentida especialmente por la guitarra solista y «los arcos» incluyendo los platillos así ejecutados en otra búsqueda de colorido, recogimiento para un ambiente sonoro reforzado por el juego con el arpa y la melodía con sordina en la cuerda, finalizando en un crescendo tímbrico y rítmico hacia una luz crepuscular con armónicos en la guitarra. El III. Finale, vivamente utiliza el mismo «ostinato» que Albéniz en esa Leyenda subtitulada como nuestra tierra, sordinas en metales emulando los rasgueos y maderas los punteos en virtuosismo compartido, preciso, claro y clásico, agradable para todos más allá de reminiscencias españolas. Texturas muy cuidadas y bien escritas, dinámicas siempre apropiadas y marcadas desde el podio, melodías en madera con rasgueos en guitarra, compás de 6/8 para intervenciones limpias en la técnica del cubano, desarrollo en las distintas secciones de los temas dialogados con solista, cuerda en pizzicatto como gran guitarra sinfónica, virtuosismos en madera y guitarra y gradación en matices del pianísimo al piano con contenidos sin estridencias. Trompetas con sordina emulando rasgueos para más colorido pero nada nuevo o destacable en este discurrir sonoro con vuelta inicial en crescendo final muy rítmico. Reconocer que se trata de una obra agradable, que se escucha bien, que todo resultó correcto con el sonido y virtuosismo que en Barrueco, tercera vez que la interpreta, primera en Europa, sigue siendo admirable, como el de nuestros músicos, bien concertados por Grams, pero en estos tiempos debemos pedir un plus a los compositores.

Titulaba la crónica para LNE «De lo nuevo y eterno» por contraponer la primera parte venida de América y más cercana en el tiempo, con nuestra vieja y eterna Europa, donde «la segunda» de Schumann se erigió en diosa sinfónica. Menos famosa y programada que sus hermanas con títulos nada nobiliarios pero con la firma inimitable del más puro romanticismo alemán trajo la sustancia, el poderío, las sonoridades rotundas en los tutti y los silencios dramatizados que con la colocación actual de la OSPA aún refuerza más cada plano sonoro.

La Sinfonía nº 2 en do mayor, op. 61 marca distancias y exigencias que se notan. El Sostenuto assai – Allegro ma non troppo nos permitió degustar al poeta del claroscuro, el sonido con toda su riqueza, tensión en el momento justo, equilibrio dinámico dibujando los temas en cada sección con los gestos bien marcados por el director norteamericano, densidad e intensidad. Scherzo: Allegro vivace mantuvo un nivel alto tanto en los primeros como en los segundos violines en sus intervenciones, primando claridad e intención para unas líneas delgadas aunque pesantes ante tan múltiples contrastes que esta vez sí resultaron mosaico y no vidriera, búsqueda de los comentados claroscuros schumanianos de contrastes dinámicos desde los melódicos. El acelerando final de este movimiento remarcó la claridad de líneas bien demandada por la batuta. La magia de la cuerda asturiana llegó en el Adagio expresivo, sumándose los solos de oboe y fagot «marca OSPA» para generar ese clima irrepetible desde la pureza tímbrica. No quisieron quedarse atrás trompas o glautas para sumar a la paleta dibujada por un Grams convincente. El hermoso y bien interpretado sólo de clarinete (esta vez por Daniel S. Velasco) preparó el descubrimiento de un nuevo color surgido del homogéneo unísono de toda la madera en un tercer movimiento naturalista o realista pictóricamente hablando y dibujado por Andrew Grams, brillos opacos por la dualidad de contrastes, clarinete y oboe que juntos mezclan una madera en proporción adecuada para un crescendo emocional que no alcanza nunca una conclusión, esa indefinición buscada por Schumann para un «equilibrio inestable» y bien delineado que sólo asentará en el Allegro molto vivace, luz y vigor en un avance por lomas antes que cima, caminando a buen paso entre cascadas de cuerda antes de atravesar la bruma que inunda un deseado final tras el tortuoso fluir ignoto, rebosante de ideas que pasan por todas las secciones antes del silencio, pausa y último aliento antes de alcanzar la cumbre del acorde final en do mayor. Emociones de todo tipo que la OSPA transmitió de principio a fin. El tiempo sigue marcando diferencias y la historia necesita tiempo para contemplarla desde la distancia.

P.D.: La costumbre de tomar notas en los estrenos creo que se nota en entradas como la de hoy, mucho más largas de lo habitual precisamente por todo lo que escribo a medida que escucho la música.

Regalos y magia del cinco musical

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Jueves 23 de enero, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo, Jornadas de Piano «Luis G. Iberni»: Javier Perianes (piano), Cuarteto Quiroga. Obras de Haydn, Muñiz y Schumann.

La música de cámara en un entorno propicio con la caja acústica colocada, el cuarteto como formación cumbre añadiendo el piano para comprobar que 4+1 en música es mucho más que 5, y en mi 55 cumpleaños nada menos que dos 5, doble igualmente: un quinteto estreno mundial de un compositor asturiano al que «nacieron» en Suiza, colocado entre dos grandes. Mejor regalo imposible con intérpretes de primera y programa para degustar desde el primer 4 a los dos 5 más un tercero de propina.

El Cuarteto op. 20 nº 1 en mi bemol mayor, Hob. III:31 (Haydn) forma parte de los seis llamados cuartetos «Sol» por el dibujo de la portada de su primera edición aunque también «cuartetos grandes», apasionados, audaces, perfecto equilibrio entre los cuatro instrumentos y con la forma sonata plenamente asentada, como bien nos recuerda el doctor Ramón Sobrino Sánchez en las notas al programa, cuatro movimientos que el Cuarteto Quiroga interpretó de manera magistral y serán parte fundamental en muchos conciertos de este 2014. El entendimiento de sus cuatro componentes (Aitor Hevia, Cibrán Sierra, Josep Puchades y Helena Poggio) es la base para poder afrontar esta música con el debido respeto al original y el toque personal de un sonido propio –con los «Stradivarius» del Palacio Real debe ser algo increíble- capaz de afrontar repertorios de todos los tiempos, en este caso el clásico, donde cada intérprete es un virtuoso y juntos forman el cuarteto perfecto. A destacar el tercer movimiento Affetuoso e sostenuto de sonoridades íntimas con protagonismo del asturiano Hevia, y el cierre del Finale: presto amplio y exigente para los cuatro componentes.

Tras este aperitivo de auténtico lujo, el pianista onubense Javier Perianes se reecontraba y sumaba al Cuarteto Quiroga con el que completaría este concierto dentro de las jornadas dedicadas al piano, esta vez en quinteto merecedor también de protagonismo, mayor con el estreno mundial del Quinteto con piano nº 2 de Jorge Muñiz (1974), obra encargo de estas jornadas y escrito precisamente para «el Quiroga», fechado en Columbia, Missouri, el 30 de agosto de 2012. Estructurado en cuatro movimientos bien explicados tanto en las notas al programa como por el propio compositor en el periódico LNE, suelo hacer anotaciones en los estrenos mundiales y esta vez también. Imposible explicar en pocas líneas más de veinte minutos donde el piano emerge del cuarteto, otros momentos dialogan e incluso alternan protagonismos. Se ha bautizado este segundo quinteto de Muñiz como «Quinteto Mississippi» no ya por ser hilo conductor y sello «made in USA» con reminiscencias de Falla y el «agua granadina», sino por un auténtico fluir musical de una partitura muy bien construida, con el oficio basado en el respeto a la tradición, que precisamente permite estar enmarcado entre Haydn y Schumann, del que uno de sus maestros, Leoncio Diéguez, se habrá sentido muy orgulloso en este estreno, y un lenguaje yanqui lógico por formación y temática de la obra. Dejo unas breves notas o apuntes tomados a vuelapluma de cada «etapa de viaje»:

I. Preamble. Lake Itasca, Minnesota. El piano arranca en los graves las primeras gotas del río, sumándose viola y cello en oscuridad que irá tomando cuerpo progresivamente en cuarteto dialogando con el piano, protagonista junto con el cello y silencios expresivos antes de seguir fluyendo motivos claros, rítmicos, poderosos cual las «Noches de Falla» donde el cuarteto suena a orquesta en un diálogo de amplias dinámicas.

II. Scherzo. St. Louis, Missouri. De nuevo el piano solo al comienzo, acelerando y acercándonos con los «pizzicati» para ambientarnos claramente en un ragtime de escritura hermosa y clara como el propio río, piano y cuerdas «con legno», dinámicas que engradecen el cauce musical, ritmos saltarines que atraviesan zonas sombrías de las que emerge un blues, reminiscencias de Gershwin en un piano arpegiado y cuerda coprotagonista, ritmos melódicos y «crescendi» casi atonal con la vuelta al «rag». Un móvil nos devolvió a la dura realidad (la mala educación siempre incorregible).

III. Ballad. Memphis, Tennesse. Será el cello quien comience esta etapa del viaje, timbre casi humano, homenaje a Elvis y los años 50, magia del 5, ¿el término medio?, notas largas, armónicos y climas etéreos con juegos de texturas donde el piano se despereza en el calor sureño, animándose sin prisas bien arropado por una cuerda en pizzicati y referencias al jazz y Shostakovich, fuentes o río siempre inspirador en compás ternario y melodías claras, solo de viola incluido, combinando los cinco elementos para un final de movimiento bellísimamente armonizado.

IV. Finale. New Orleans, Louisiana. «Tutti» para la desembocadura en el Golfo de México, sones hispanos (reafirmo «las noches» de Falla) y de «Far West», ritmos de ferrocarril sin protagonismos pero respirando el sur más cinematográfico y caleidoscópico, accesible para todos en una escritura magistral que no cae en lo comercial pese a la cercanía. Quinteto con piano más que piano y cuarteto, juegos dinámicos y rítmicos sin perder nunca «punch», conjunción tímbrica perfecta donde las octavas en el piano y los «pichicatos» de la cuerda consiguen colorear de yanqui los recuerdos de Falla, Gershwin y hasta Steve Reich.

Excelente obra de un Jorge Muñiz ya maduro, afincado en los EE.UU. de América pero con sus raíces siempre claras.

Para toda la segunda parte Schumann y su Quinteto para piano y cuerdas en mi bemol mayor, op. 44, compuesto en 1842 y dedicado a Clara Wieck, siendo de los primeros quintetos donde piano y cuerda son tratados en igualdad, algo que «Perianes y el Quiroga» tienen asumido, una conjunción impecable para una partitura exigente y fresca que ya llevan rodada pero disfrutan siempre, contagiando al público de ese goce en escena. El enérgico Allegro brillante paladeando las melodías de los lieder de Robert en las cuerdas graves, el «modo de marcha» fúnebre del segundo movimiento con tímbrica y ritmo contrastado con el agitado centro temático, el Scherzo lleno de modulaciones para disfrute del quinteto y modelo que retomará Brahms (también interpretado por nuestros protagonistas) hasta ese Allegro ma non troppo final que es cual montaña rusa de modulaciones y dinámicas enérgicas pero tradicionales, fuga incluida bien delineada por unos músicos de primera que suenan como auténtica unidad, múltiples corazones y una misma alma, y ya que uno es acuario por nacimiento, cinco remeros sin timonel en esta tarde de mucha referencia acuática, dignos no ya de un «Elogio del Cuarteto» sino de toda un «Romance mágico del cinco».

La propina no hizo sino confirmar el buen momento de nuestra música de cámara, solistas de talla mundial que en conjunto no sacrifican sino que comparten magisterio dándonos alegrías y regalos como el de este día de mi quincuagésimo quinto cumpleaños. Gracias porque así da gusto sumar.

Delicada rotundidad

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Viernes 19 de abril, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo, Concierto de abono nº 9: OSPA, Alexander Melnikov (piano), Pablo González (director). Obras de Beethoven y Schumann.

Volvía mi tocayo a casa y su presencia al frente de la OSPA parece inhalar nuevos vientos independientemente de las obras que dirija pues consigue de nuestra formación colores siempre nuevos así como una simbiósis que sólo unos pocos logran de los músicos.

Dos autores que nunca pueden faltar en las programaciones para solaz de melómanos y forjando el necesario «corpus» de futuros públicos que con esfuerzo se van ganando en la capital del Principado, Gijón o Avilés, como sedes de los distintos abonos.

La primera parte Beethoven abriendo con Egmont, obertura, Op. 84 (1809-1810) que no por trabajada nos deja indiferentes. Visión clara en su discurso melódico atendiendo cada detalle de ritmo, dinámicas y colorido orquestal con los silencios subrayando la trama y tiempos bien diferenciados para una formación madura que acepta sin discusión interpretaciones rigurosas como la que ofreció el director ovetense. Si la cuerda debe sonar aterciopelada o los vientos arriesgados, así responden, y todos apostaron por el vigor de esta obertura que como escribe Tania Perón Pérez en las notas al programa del número 2 de la revista trimestral (este viernes se repartí el tercero), «esta obra es un claro ejemplo en el que la historia se convierte en leyenda, la leyenda en drama, el drama en música y la música en historia». Maravilloso juego de palabras para la versión que Beethoven hace del drama de Goethe.

El Concierto para piano nº 2 en SIb M, Op 19 (1795) no es de los más escuchados en directo, pero tras la vivencia con el pianista ruso Melnikov, la concertación de González y la respuesta perfecta de la OSPA tendré que estar muy atento a su emisión por Radio Clásica para grabarla y guardarla como referente absoluto. Si hace un par de años con R. Gamba (también en el 9 de abono) titulaba «Y qué pianista» con el nº 2 de Prokofiev, el primer calificativo que me vino esta vez a la cabeza fue «rotundo», porque cada uno de los tres movimientos fue impactante en todo. El sonido del piano empastó como nunca con el de esa formación orquestal un tanto peculiar del alemán, la nitidez expositiva del solista fue prístina tanto en los concertantes como en los solos desde una escritura clásica que consigue una densidad casi inigualable. Los contrabajos sonaron redondos y potentes sin excesos, la madera se convirtió en una extensión, sino ampliación tímbrica, de una piano potente y delicado, más los metales, sobre todo las trompas, completaron unas texturas inverosímiles. Puedo decir que hubo magia sonora y volviendo a Melnikov (merece la pena escucharle en la entrevista previa en YouTube©) su fraseo e implicación desde el Allegro con brio resultaron perfectos por el entendimiento con la orquesta sabiamente llevada por Don Pablo, usando aquí la batuta para mayor claridad visual de todos que supuso una paleta amplísima de dinámicas y tempi prodigiosos. Pero lo que me impactó fue el Adagio, en la tonalidad de MIbM que siempre he mantenido como perfecta para el protagonismo melódico de las 88 teclas, lirismo equiparable a su homónimo del «Emperador» con la frescura juvenil sin complejos del primer concierto que luego resultaría segundo, simbiosis de resonancias en las cuerdas del piano ensambladas con un único color orquestal que crearon ambientes indescriptibles. Si la cadenza del primer movimiento sonó impactante, todo el segundo pareció paradisíaco. Ante este discurso y entendimiento de un diálogo obvio que Pablo González supo moderar como nadie, el Rondó: Molto allegro transmitió desde el virtuosismo intrínseco el futuro genio compositivo que vendría después, nuevo empuje de vigor y limpieza solística arropada por una orquesta unida y sin flecos capaz de lograr una versión de referencia.

El sonido y técnica de Alexander Melnikov lo disfrutamos en su propina, cristalina, sentida y nuevamente rotunda: me pareció entender y recordar desde casa Brahms el «Intermezzo» de su Fantasía Op. 116. El descanso me sirvió para seguir paladeando un pianismo cercano.

La Sinfonía nº 4 en Re m, Op. 120 (Schumann) ya va siendo hora de quitarle el «sambenito», incluso de Mahler, de lo poco orquestador que era Robert en esta revisión de 1851. El titular de la OBC ya comentaba con Fernando Zorita en YouTube la obra, pero su interpretación resultó todavía más clara y contundente superando los balances o densidades camerísticas que bien apunta el director ovetense. Logrando la continuidad de los cinco movimientos apenas interrumpidos por las «toses obligadas» algo menores de lo habitual, consiguió una interpretación no sólo equilibrada sino brillante y delicada. Todo un muestrario de buen gusto al que respondieron todas y cada una de las secciones de nuestra orquesta, el primer y contrastante Ziemlich langsam – Lebhaft, la reposada y emocionante Romanze: Ziemlich langsam, el movido y contagioso Scherzo: Lebhaft, el nuevo contrate del Etwas zurückhaltend – Langsam, y el brioso Lebhaft final, donde el idioma alemán siempre exigente pero «tranquilo» (lento o aún mejor «Langsam») consiguió desde esa concepción la pluralidad de ideas musicales convergentes en un todo compacto y nuevamente rotundo, redondo, magistrales metales otrora fustigados, timbales delicados y presentes, maderas vigorosas y la buena cuerda que en perfecta conjunción dirigida sin batuta por Pablo González sonaron con personalidad propia, identificativa y diferenciadora para una «Cuarta» impactante, reposada, paladeada hasta el último fraseo y sin prisas en el aplauso.

La semana que viene darán otro «giro de tuerca», pero las bases están asentadas en este romántico, delicado y rotundo noveno de abono.

Lección pianística de Teresa Pérez en Mieres

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Jueves 18 de abril, 20:00 horas. Salón de Actos de la Casa de la Música, Mieres: Teresa Pérez Hernández (piano). Obras de D. Scarlatti, Mozart y R. Schumann.

En este año que celebramos los 25 años de nuestro Conservatorio y Escuela Municipal de Música de Mieres, los conciertos no pueden faltar en esta fiesta, y por fin pudimos escuchar a la pianista tinerfeña Teresa Pérez, profesora del CONSMUPA que eligió un programa digno de una clase magistral repasando Barroco, Clasicismo y Romanticismo con tres autores muy diferentes que necesitan afrontar sus obras como sólo una artista de la talla de la canaria es capaz.

En un salón al completo, en parte por una buena campaña promocional en prensa, radio y redes sociales, y donde abundaba gente muy joven, alumnos que con estos conciertos toman ejemplo de los maestros, arrancaba la velada con Cinco Sonatas para clavicémbalo (catálogo Kikpatrick: K11, K1, K208, K209 y K201) de D. Scarlatti para «calentar dedos», su obra más representativa en una difícil selección de entre las más de 550 sonatas bipartitas, con un orden que sirvió para darnos una visión general como si de una obra única se tratase: lento (aunque en catálogo figura Allegro), rápido (Allegro), lento (Andante mi cantabille), rápido (Allegro) y muy rápido (Vivo). Con el regusto del clave original o incluso del pianoforte, pudimos paladear la riqueza melódica y exigencia técnica de las composiciones del napolitano español afincado y fallecido en Madrid, visión pianística sin historicismos pero respetuosa con el original en cuanto al mínimo uso del pedal y todas las ornamentaciones de un lenguaje de tecla que prepara el (Pre)Clasicismo de su seguidor más ilustre, el Padre Soler.

Y con Mozart llega el genio, la Sonata KV 330 en DO M. que bien puede servir en la clase para comentar lo engañoso de sus obras desde una aparente facilidad pero escondiendo multitud de trampas que la profesora supo evitar. Un Allegro moderato así entendido con fraseos claros y precisos, riqueza tímbrica y expresividad máxima donde los trinos siempre son deliciosos. El Andante cantabile volvió a ser fiel al tempo, un movimiento central lleno de lirismo, reposado y legible de inicio a fin para desembocar en ese Allegretto que Mozart pergeña como nadie, tonalidad sencilla pero con el calado que Mayte supo exprimir.

Tras un breve descanso aparecería el romanticismo pianístico en estado puro: el Carnaval Op. 9 (Scénes mignonnes sur Quatre notes) de Schumann. Otra lección desde el Préambule hasta la Marche des «Davisbündler» contre les Philistins, exigencia y virtuosismo máximo en cada una de las 20 piezas unidas por los títulos carnavalescos pero todo un muestrario técnico e interpretativo, expresivo a más no poder, ligados, picados, octavas, pianísimos y fortissimos, ataques de muñeca o brazo, tratamiento muy específico y diferenciado de los pedales, vamos que el alumnado, las familias y por supuesto los aficionados que disfrutamos con esta obra, particularmente Valse Noble, Papillons, Chopin o la marcha final.

Los aplausos merecidos «obligaron» a regalarnos del propio Schumann su Romanza nº 2, Op. 28 en Fa# M para seguir con la clase magistral tras el delirio de las carnestolendas llegó la madurez e introspección que transmitió desde el piano Teresa Pérez. Nueva y nutrida salva con tres salidas que dieron aún para rematar con Chopin y su Nocturno en Do# m. Op. 27 nº 1, el poso de la experiencia para degustar un reserva romántico.

Enhorabuena a mis compañeros y amigos de la EEM por el esfuerzo organizativo de estas Bodas de Plata, y en especial a la profesora Mª Teresa Pérez por traernos a Mieres su siempre apreciado magisterio pianístico.

Sensaciones con la experiencia Milanov

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Viernes 15 de febrero, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo, Concierto de abono nº 6: OSPA, Pablo Ferrández (cello), Rossen Milanov (director). Obras de Wagner, Schumann y Beethoven.

Tras la conferencia previa de Alejandro G. Villalibre (autor de las notas al programa que están enlazadas en los autores de arriba) sobre «El legado de la Pastoral de Beethoven» que ponía el punto final en Wagner, sería como si su bicentenario retornase a Milanov y la OSPA al ciclo de abono con un programa que, en palabras del propio Villalibre citando al genio de Bonn, resultaría «más expresión del sentimiento que pintura sonora» pero nada distanciado de lo romántico en ninguna de las tres obras.

La primera sensación antes de comenzar fue la disposición elegida por el maestro búlgaro totalmente vienesa: contrabajos atrás, violines enfrentados, trompetas al lado de los fagots, timbales a la derecha (la foto de Marta Barbón que abre la entrada es perfecta para verla). Búsqueda de nuevas sonoridades más que vuelta a concepciones históricas aunque las obras fuesen adecuadas para esa colocación, y es un hecho que creo marcaría todo el concierto.

Del Sifgrido wagneriano escucharíamos «Murmullos del bosque», WWV 86c del Acto II, como si la madre naturaleza fuese protagonista de una velada climatológicamente primaveral pese a los gélidos días anteriores del «febrerillo loco». La formación asturiana vuelve por sus fueros dando un paso más en la búsqueda de la excelencia, pues la calidad está más que demostrada. Texturas y dinámicas amplias donde todas las secciones brillaron escuchándose y descubriéndose en la nueva colocación. Puede que la acústica del auditorio no sea perfecta para ellos pero el maestro búlgaro consiguió en este aperitivo un Wagner más cercano desde una orquestación casi íntima por momentos pese a la plantilla utilizada, lo que corrobora el mimo con el que Milanov llevó la obra, sin descuidar nunca los planos sonoros.

El joven violonchelista Pablo Ferrández (Madrid, 1991) parecía predestinado a la música hasta en el nombre, por lo que no es de extrañar su precocidad en el instrumento. Esta semana recibía en Oviedo la noticia de un nuevo premio, recién llegado de un concierto con el pianista Luis del Valle donde también estaba Schumann. El Concierto para violonchelo en La m., Op. 129 lo debutaba con nosotros y su interpretación resultó impactante por el poso, musicalidad y sonido de su Andrea Castagneri de 1733. Impecable de técnica logró recrearse en una partitura sin desmayos siempre bien concertada por Milanov y la OSPA que fueron alternando buen gusto con el solista, respetándose desde la escucha interior y plegados a las indicaciones de la batuta. El regalo de El cant dels ocells fue más que un agradecimiento desde la profundidad musical de una página cargada de simbolismos que el madrileño ya ha interiorizado. Pablo Ferrández se suma a la lista generacional de grandes violonchelistas españoles que triunfan por todo el mundo, y en Oviedo estamos disfrutándolos a (casi) todos.

Y llegaría el Beethoven de la Sinfonía nº 6 en FA M., Op. 68 «Pastoral», la vuelta al origen del programa y el posterior legado que contaba Villalibre en la conferencia previa. La «Experiencia Milanov» comienza a palparse y sus primeras palabras ya toman forma.

La orquesta asturiana ya ha tocado muchas esta sinfonía en sus 22 años de historia, pero la versión ofrecida por Milanov en Gijón y Oviedo son de las que no dejan indiferente. La colocación ya comentada mostró esos pasajes muchas veces ocultos (tapados) de los violines segundos, y por fin conseguí escuchar la ansiada «pegada» en los contrabajos, envolviendo desde el fondo toda la obra. Incluso los timbales ayudaron a encontrar el color orquestal apropiado, no sé si para el Auditorio pero evidentemente la apuesta del maestro titular por la disposición vienesa resultó un éxito para mí. Pero sobremanera los tempi elegidos. Habrá polémica siempre positiva, opiniones encontradas sobre las indicaciones metronómicas que Beethoven utilizó para precisar la velocidad elegida, menos subjetivas que un Allegro ma non troppo, pero volviendo a su propia búsqueda de «más expresión del sentimiento que pintura sonora» la Sexta resultó pastoril en cuanto a sentimientos, remanso, deleite en cada pasaje, disfrute en cada intervención solista con una madera realmente inspirada y unos bronces empastados como nunca, alcanzando cotas de entendimiento entre ellos que solamente estos años de «matrimonio» (los mismos que yo) consiguen. La Escena junto al arroyo: andante molto mosso continuó en la línea de tranquilidad expositiva, con una cuerda redonda en cuanto a la sensación de globalidad conseguida por la colocación e interpretación de toda ella, al igual que la Animada reunión de los campesinos: Allegro con toques casi de romería primaveral asturiana, ímpetu sonoro siempre controlado. Incluso el Trueno y tempestad: Allegro nos dejó una tormenta sin excesos, más veraniega que invernal con dinámicas nunca exageradas, bucólicamente sentimental, silencios subrayando la bravura, precisión y respeto a la partitura, reminiscencias del Don Giovanni mozartiano premonitor. Y si de sensaciones hablamos, Sentimientos de benevolencia y agradecimiento hacia la Divinidad después de la Tempestad: Allegretto, colofón unificador en cuanto a la interpretación de Milanov con «nuestra» OSPA, emoción contenida para muchos, explosión de luz para la mayoría.

Mi comentario final es que se está logrando entender a Milanov, incluso comienzan a creérselo, y la transmisión emocional desde el escenario al público la notamos todos. El maestro no volverá hasta abril (y fuera de abono) pero la orquesta repite la próxima semana con Perry So… y espero contarlo desde aquí. Las sensaciones han sido positivas y mi salida del concierto pletórica en el ánimo. Oviedo y Mieres aún siguen celebrando los carnavales.

El romanticismo de Carmen Yepes

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Miércoles 6 de febrero, 20:00 horas. Teatro Jovellanos, Sociedad Filarmónica de Gijón, Año 105 (Concierto 1.538): Carmen Yepes, piano. Obras de Schubert, Beethoven, Schumann y Chopin.

Nada más finalizar el concierto titulaba mi entrada rápida «Trabajadora y honesta» para referirme a la pianista asturiana que volvía a su tierra con otro programa duro, difícil, poco habitual en conjunto pero con el que se siente muy a gusto, y eso se nota al escucharla. Si su magisterio en el clasicismo está más que demostrado, el Romanticismo puro lo afronta con la serenidad y el poso de una carrera bien cimentada en el estudio riguroso fiel a la partitura pero entendiendo la interpretación como tal, no robar nada de lo escrito pero dándole el toque personal de la experiencia vital, ese «llenar la mochila» que no siempre va unido a la juventud sino a pasiones difíciles de medir. Decir que actualmente Carmen tiene ya un largo recorrido y madurez musical es entender las obras elegidas. A mis alumnos tal como nos explicaba a nosotros el catedrático de arte Carlos Cid Priego, intento definirles el romanticismo como «La huida» en todas sus expresiones, metafóricas y reales. En el caso del repertorio de este miércoles, la huida es interior y compartida con nosotros, un viaje espiritual desde las vísceras musicales a nuestro oído profundo, el que nos hace rememorar.

La tonalidad de Do menor marcó la primera parte como presentación anímica que pese a lo que nos contaron de ella, no siempre supone tristeza sino más bien hondura, y así comenzaba el Impromptu D. 899 en Do m. (Schubert), ese pianismo delicado, claro, bien fraseado, que dará paso a una emotividad desde sonoridades redondas en el perfectamente afinado y ajustado Steinway© del Jovellanos. Obra bien asimilada en su interpretación llena de pinceladas limpias y gama dinámica amplia.

La Sonata nº 32, Op. 11 en Do m. (Beethoven) daría para un tratado en sí misma, la última del genio de Bonn, desde el Maestoso inicial afrontado con todo lo escrtito: dobles puntillos, fusas en la izquierda, sforzandi… y aquí está la honestidad de la intérprete capaz de hacernos escucharlo todo. Tras esta carta de presentación en el inicio de esta peculiar sonata, con una fuerza vital impresionante, el Allegro con brio ed appassionato, optó Carmen Yepes por jugar literalmente con todas las indicaciones de la partitura (merecería la pena haberla ido siguiendo según la escuchaba), sin excesos en el tempi y prefiriendo los contrastes claroscuros en dinámica y velocidades, un volcán visual en el papel y pletórico en las manos de la pianista mierense nacida en Oviedo. Y el segundo movimiento, esa Arietta: Adagio molto, semplice e cantabile, literal en todo menos en lo de simple, testamento vital beethoveniano y lección de poso en Carmen, cambios perfectos de compás (¡qué difícil es captar un 6/16 o un 12/32!) bien marcados sin perfer ni un ápice la línea musical, ese infinito cantarín que finalizará con los trinos cristalinos como el registro agudo elegido por el compositor en nueva catarata hacia un abismo que no cae sino que eleva el vuelo en un pianissimo final. Impresionante interpretación para una obra más que exigente.

Otros dos grandes para la segunda parte empezando por esas cuatro piezas nocturnas muy apropiadas para una noche fría y lluviosa en la capital de la Costa Verde pero con un público cálido y ganado en la primera parte, Nachstücke Op. 23 (Schumann), contrastes anímicos desde el Mehr langsam, oft zurückhaltend, como unos pasos dubitativos lentos pero «sin frenarse», ataques precisos que irán reafirmando pasiones en Markirt und lebhaft, realmente «animado», brillante, saltarín, nuevas luces bien atacadas de sonoridad precisa y uso del pedal siempre ajustado. Mit großer Lebhaftigkeit supuso otra bocanada de aire fresco, ligereza, y Einfach, frugal, sencillo y simple solamente en el título, más que el último bocado de estos cuatro dulces musicales bien cocinados por Carmen Yepes.

Y entre los románticos por excelencia nada menos que Chopin y dos exponentes de obras de técnica exigente, virtuosa, llenas de lirismo, delicadeza, pero también fuerza y vigor con el toque íntimo siempre presente, la Balada Op. 23 en Sol m., todo un muestrario de sentimientos hechos música, dificultades técnicas sobradamente solventadas para afrontar y disfrutar una versión personal con gusto, rubati nada exagerados, volviendo a asombrarme la fuerza tanto física como interior que Carmen Yepes vuelca en este repertorio, capaz de unos contrastes tan bien adecuados a el repertorio del XIX, y para rematar con la Polonesa – Fantasía Op. 61 en LAb M., perfecto colofón como el de la primera parte, aquí testamento chopiniano en cuanto a reunir en esta obra todo su vagaje formal, auténtica fantasía más que polonesa para un recital pleno, intenso, con el que también disfrutarán en Málaga y Marbella, luz del sur donde siempre vuelve, ahora desde Madrid, tras su breve estancia en esa tierra que todavía la adora.

De regalo tras las duras emociones del concierto, la ingenuidad infantil de las «Escenas de niños» del genio catalán Mompou, Jeunes filles au jardín, un desfogue que resulta otra joya en la interpretación de mi admirada Carmen Yepes. Un lujo tenerla en Madrid donde ejerce la docencia desde 2010 sin olvidar su carrera profesional como gran intérprete. Espero poder escucharla pronto, y del concierto en el Auditori de Barcelona dirigida por Brotons (con quien ya colaboró en dos ocasiones) y concierto de Tchaikovski, sería cuestión de otra escapada…

Trabajadora y honesta

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El concierto de Carmen Yepes este miércoles en el Teatro Jovellanos para la Sociedad Filarmónica de Gijón fue como indico en el título, el de una intérprete trabajadora y honesta con la música. Programa de calado romántico con Schubert (Impromptu D899), Beethoven (Sonata 32), Schumann (Naschtücke) y Chopin (Balada Op. 23 nº 1 y Polonesa – Fantasía OP. 61) duro, exigente, dándolo todo con esa musicalidad que magnetiza a quien la escucha. Mompou y sus Jeunes filles au jardin fue el regalo fresco para tanta dureza hecha arte pianísitico. Desde casa y con tiempo, más…

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