Inicio

Mañana de sábado con mucho Schubert en MUSIKA

1 comentario

Impresiona madrugar y escuchar en algunas habitaciones músicos haciendo escalas. El desayuno hay de todo, los que prefieren algo frugal o mejor cargar fuerzas que el día se hará muy largo. Llegar a la fiesta Musika-Música de Euskalduna y encontrarse ya con las primeras colas sigue siendo buena señal.

Sábado 5 de marzo, 11:00 horas: Sala Biblioteca Shakespeare, Concierto nº 23, Luis Fernando Pérez (piano), Aitzol Iturriagagoitia (violín), Andoni Mercero (viola), David Apellániz (chelo) y Toni García Araque (contrabajo).
F. Schubert: Quinteto para piano y cuerdas en la mayor «La trucha», op. 114 D. 667. Entrada: 8,90 €.

Me gusta que los grandes pianistas no se limiten al concierto con orquesta o al recital en solitario sino que formen y participen en la música de cámara que siempre reivindico como la base de todo melómano porque también lo es de los propios compositores. Está claro que para alcanzar niveles altos de calidad en el conocido quinteto «La trucha» se necesitan años de trabajo conjunto porque no sirve solo tocar lo escrito, algo para lo que estos músicos y profesores están más que capacitados, incluso en quinteto puro para el Allegro vivace inicial donde todos son protagonistas. Los tiempos elegidos para los movimientos optaron por un virtuosismo técnico más que por la poesía que el lied original debería transmitir, en inspiración o en la cita directa del tema en las variaciones del Andantino. Mejor el cuarteto de cuerda aunque había química desde el teclado que nos dejó una trucha asalmonada pescada en aguas cristalinas, de esperar en estos profesionales que fueron como el aparejo del cuatro más una caña campeona del pianista madrileño Luis Fernando Pérez que no siempre sacó a flote el esperado pez, al menos de las medidas reglamentarias para no devolverlo al río, si bien su sonoridad y fuerza siguen impresionándonos a todos y el toque de ajuste técnico y afinación estuvo a cargo del asturiano Jesús Ángel Arévalo, un fijo en el staff de este festival.

Sábado 5 de marzo, 12:30 horas: Kiosko Cósima, Orquesta del Conservatorio Rafael Frühbeck (Burgos), Daniel Lorenzo (director).
F. Schubert: Sinfonía nº 8 «Incompleta»: I. Allegro Moderato.
Tras el necesario café escuché de fondo sonar de nuevo a Schubert y me acerqué para disfrutar con este movimiento tan bien escrito, tocado y dirigido, sorprendente calidad de unos estudiantes burgaleses con un director que vamos siguiendo de cerca. Todo ello asegura un futuro optimista en el campo musical, aunque pasemos momentos donde parece volver la sombra del pasado que recordaba Jesús López Cobos sobre que «ser director de orquesta en España es como ser torero en Finlandia«, muchos años de inversión que va siendo hora de recoger nosotros y no otros.

Sábado 5 de marzo, 13:45 horas: Sala La Trucha, Concierto nº 32, Cuarteto Quiroga: obras de  F. Mendelssohn y F. Schubert. Entrada: 6,90 €.

Si en el primero de la mañana reflexionaba sobre la necesidad de la música de cámara y el tiempo de trabajo que hay detrás de un cuarteto, no cabe duda que escuchar «el Quiroga» es siempre un placer por entendimiento, riqueza tímbrica y perfección en la forma y formación. Aitor Hevia (violín), Cibrán Sierra (violín), Josep Puchades (viola) y Helena Poggio (violonchelo) son mejor que la conocida marca de aceite, son cuatro en uno, sonoridad impecable desde una técnica siempre al servicio de la obra que tratan con un respeto digno de reflejarse, siendo reconocidos allá donde van como un verdadero fenómeno. El Andante y Scherzo para cuarteto de cuerdas, op. 81 (F. Mendelssohn) resultó ideal con esos mimbres, arranque casi coral donde todo está medido antes de un Scherzo vibrante y brillante, escuchándose todo lo escrito sin perder detalle, melodías, arcos, pizzicatti, en un enfoque global lleno de musicalidad.
Y el momento grande de nuevo con F. Schubert y su Cuarteto nº 13 en la menor «Rosamunda», op. 29 D. 804. Delicias de un ensamblado cuarteto donde los arcos parecen movidos por un solo brazo, la música que brota por doquier entendida como globalidad, un Schubert limpio, brillante y equilibrado con sentido contraste, romanticismo en estado puro que «el Quiroga» entiende al pie de la letra en cada uno de los cuatro movimientos, sin excesos y sin defectos. Es maravilloso escuchar la melodía pasar de uno a otro sin perder el color, algo al alcance de muy pocos. Referente de este repertorio aunque sin encasillarse en ninguno porque sienten todo lo que tocan y el enorme trabajo previo se nota en cada frase. Hay cuerda para rato… me perderé su cuarteto estrella «La muerte y la doncella» pero el día no da para más. Y con poco tiempo a comer algo antes del primero de la tarde.

Viernes sinfónico de Musika-Música

1 comentario

Viaje de apenas 3 horas entre Mieres y Bilbao, con tiempo suficiente para guardar el coche, coger los paraguas y pasar por el cajero detrás de las taquillas del Euskalduna recogiendo nuestras 20 entradas para los 10 conciertos que nos esperaban en este maratón musical que es Musika-Música, este año con el lema «Puente para románticos«. La elección y encaje horario resultaron difíciles pero mayoritariamente apostamos por las orquestas y música de cámara muy concreta, sin olvidarnos de los conservatorios… sacando las entradas por Internet, sin coste adicional, el mismo día de su salida a la venta el pasado 18 de febrero.

Y a diferencia de otros años, esta vez el Auditorio tenía las localidades numeradas, por lo que las colas para acceder a los conciertos, salvo los gratuitos, eran menores, aunque también tiene su gracia conocer a otros melómanos en estas esperas para buscar la mejor butaca en las distintas salas, con muchos franceses como es habitual, y una excepcional organización aunque este año los conciertos comenzaron todos con retraso, trabajo impresionante de todos con una amabilidad marca de la casa.

Viernes 4 de marzo, 19:30 horas: Auditorio Odisea, Concierto nº 2, Euskadiko Orkestra Sinfonikoa, José Miguel Pérez Sierra (director). Obras de Wagner y R. Strauss. Entrada: 10’90 €.
Buen inicio de nuestra programación con el Preludio y muerte de Isolda del «Tristán e Isolda» wagneriano con una orquesta que llenó el auditorio, gran formación con Pérez Sierra que apostó por demostrar la gran calidad de estos músicos con una amplia gama dinámica algo contenida y secciones bien equilibradas. Momentos íntimos frente a la explosión anímica que nos dejó saborear la peculiar escritura e instrumentación del primer Ricardo de la noche, porque aún quedaba el segundo, Strauss con su impresionante Muerte y transfiguración, poema sinfónico op. 24.
Verdadera implosión como ruptura hacia dentro en oposición a la explosión wagneriana, favorecida por una orquesta potente en número y calidad, especialmente la cuerda que consiguió el equilibrio de unos metales en estado de gracia, todo con una dirección clara de gesto e ideas a cargo del joven director madrileño a lo largo de los cuatro números donde prima el tiempo contenido pero la expresividad es contagiosa dentro de la intrincada escritura del alemán.

Viernes 4 de marzo, 21:00 horas: Auditorio Odisea, Concierto nº 3, Orquesta Ciudad de Granada, Giancarlo Andretta (director):
F. Schubert: Sinfonía nº 9 en do mayor «La Grande» D. 944. Entrada: 10’90 €.
La elección del repertorio es básica para la plantilla habitual de una orquesta, evitando «tirar» de refuerzos para afrontar obras que a todos nos gustan pero que pueden engañar al público no habitual. La orquesta de cámara granadina OCG con un Andretta vitalista que lleva a su formación «de la mano» supo aprovechar estos recursos con maestría, trompas excelentemente afinadas y empastadas, madera clara y lírica, cuerda de terciopelo capaz de alcanzar todos los matices sin perder presencia, todo lo que hace «Grande» a maestro, orquesta y sinfonía. El espíritu clásico vienés bien entendido en cada movimiento, creciendo en intensidad anímica y tiempos, destacando los dos últimos Allegro vivace del Scherzo y Finale para seguir admirando la magna obra de Schubert como compañero de viaje de Bethoven en ese puente hacia el romanticismo. Un placer escuchar cada sección sin merma alguna de dinámicas, todos entregados a esta sinfonía en su estado puro y como flotando el espíritu de Harnoncourt que ya dejó huella en la historia de la música pero personal y especialmente en Schubert.

Aún hubo tiempo de unas cañas con sus correspondientes pinchos antes de acostarse, que el sábado se preveía largo y había que descansar.

Notas rápidas de Musika-Música 2016

1 comentario

Recién llegado a casa de esta «maratón» o fiesta de la música en Bilbao que es Musika-Música este fin de semana del 4 al 6 de marzo, con 190 € en entradas (que mi «sufridora» ahí estuvo también) dejando aquí unas notas rápidas tomadas a vuelapluma, vamos tecleando en el móvil nada más terminar cada uno de ellos. Con tiempo las crónicas detalladas con sus fotos, enlaces y todo lo habitual.

Viernes 4 de marzo
19:30 horas: Auditorio Odisea, Concierto nº 2.

Contención dinámica y explosión anímica en Wagner, implosión Strauss en Euskadiko Orkestra Sinfonikoa potente y dirección clara de gesto e ideas de José Miguel Pérez.
21:00 horas: Auditorio Odisea, Concierto nº 3.

Aprovechar recursos con maestría hace «Grande» a Maestro Andretta, Orquesta Ciudad de Granada y Sinfonía de Schubert.

Sábado 5 de marzo
11:00 horas: Sala Biblioteca Shakespeare, Concierto nº 23.

​Una trucha casi asalmonada en aguas cristalinas con aparejo de cuatro y una caña campeona manejada por el pianista Luis Fernando Pérez.
12:30 horas: Kiosko Cósima, Orquesta del Conservatorio Rafael Frühbeck (Burgos), Daniel Lorenzo (director).
F. Schubert: Sinfonía nº 8 «Incompleta»: I. Allegro Moderato.

Llegué al final pero disfrutando con este movimiento y una sorprendente calidad en unos estudiantes que aseguran un futuro optimista.
13:45 horas: Sala La Trucha, Concierto nº 32.

Entendimiento, riqueza y perfección en forma y formación hacen ideales a Mendelssohn y sobre todo a Schubert, limpio, brillante y con sentido contraste.

17:00 horas: Auditorio Odisea, Concierto nº 19.
12819334_1198465333497836_5668299160077910584_o

​Calidade gallega para una acuarela escocesa  más que óleo, donde las brumas brillaron al mismo nivel que la orquesta Real Filharmonía de Galicia y su director Paul Daniel.
18:30 horas: Sala Schubertiadas, Concierto nº 41.

R. Strauss: Cuarteto con piano en do menor, op. 13 TrV 137.
Impactante y duro romanticismo en estado puro este cuarteto opus 13 de Strauss, la excelencia Galdós con un trío que sólo junto a Ivan Martín puede sonar así.
20:00 horas: Auditorio Odisea, Concierto nº 21.

Un juguetón Till con más sal gorda que Maldon y los lieder con más hueso en el grave que excelente carne aguda pero buen sabor «al dormir» ante una obra asimilada incluso en escena. Tomo nota de «la Müller».
21:30 horas: Auditorio Odisea, Concierto nº 22.

Haciendo cumbre alpina con ostentación sonora para cerrar el sábado, disfrutando del órgano y una pletórica Bilbao Orkestra Sinfonikoa local que casi llena el Auditorio pese a la hora de finalización.

Domingo 6 de marzo
13:00 horas: Kiosko Cósima, Conservatorio de Música de Calahorra:
Trío con piano: Ana Ausejo (violín), Beatriz Pérez (viola), Camila Bretón (cello), Alfo Fabo (piano): F. Schubert: Adagio y rondó concertante en fa mayor para cuarteto con piano D. 487: Rondó. Desparpajo y buen ententendimiento fruto de mucho trabajo previo.

Octeto de viento: Nerea Andrés (flauta), Miguel Ibáñez (oboe), Guillermo Arnedo y Ruth Arriazu (clarinete), César Calvo y Josep L. Lloares (fagot), Virginia Montes y Marta Llorente (trompa): F. Schubert: Octeto para vientos D. 72: I. Allegro, II. Andante (arr. R. G. Patterson).

Cuando la música de cámara exige escucharse además de tocar, una lección para no olvidar nunca que estos jóvenes tienen muy claro.
13:45 horas: Auditorio Odisea, Concierto nº 51.

Cada músico de «nuestra» Orquesta Sinfónica del Principado de Asturias (OSPA) vida de héroe en este monumental Strauss para despedir la presencia asturiana en Musika, lástima hora poco agradecida y menos público del esperado.

15:30 horas: Auditorio Odisea, Concierto gratuito, Orquesta del Conservatorio «Juan Crisóstomo de Arriaga», Maite Aurrekoetxea (directora):
R. Wagner: Lohengrin, introducción al acto III.
F. Mendelssohn: Sinfonía nº 4 «Italiana»: II y III mov.
R. Wagner: Los Maestros Cantores de Nüremberg: Preludio.
Qué maravilla ver la juventud en el escenario grande, premio a lo estudiado y ensayado sientiéndose tan importantes como los maestros a los que han estado escuchando y conviviendo. Hay cantera.
17:00 horas: Sala Schubertiadas, Concierto nº 70.

En estado de gracia​ Judith Jáuregui que nos pone el punto final a nuestra MusikaMusica con los hermanos Mendelssohn para descubrir, un Félix virtuosístico y poderoso, más la increíble Fanny que seguirá sorprendiéndonos tanto como la pianista donostiarra.

A las 18:05 salimos del Euskalduna, coche, carretera y agua… En casa alegres tras este fin de semana con «puente romántico 2016» donde Richard Strauss volvió a exigir a todos sus intérpretes, especialmente centrado en las orquestas que sumaron mi «plan», los conservatorios verdadero vivero de talento que no podemos dejar emigrar, unos pianistas consagrados que también en cámara atraviesan un momento dulce, y la reafirmación del Cuarteto Quiroga como lo mejorcito en la actualidad dentro de mi complicada elección. Mucho que contar con detalle en una semana donde la música en el Principado tampoco parará… y mi admiración a la organización que sigue asombrándome. No quiero olvidar al trompa ovetense Jorge Monte de Fez que la mañana del sábado (concierto nº 17 en el Auditorio Odisea) interpretó con la OSPA y Milanov el primero de Strauss en un nuevo hito dentro de su meteórica carrera, y a Jesús Ángel Arévalo dentro de los afinadores oficiales de este macro evento. La presencia asturiana en Bilbao sigue dejando el pabellón muy alto y puedo presumir de haber estado ahí.

Respeto por los mayores

Deja un comentario

Jueves 12 de noviembre, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo, Jornadas de Piano «Luis G. Iberni»: Stephen Kovacevich (piano). Obras de Berg, Beethoven y Schubert.
Es siempre un placer escuchar a músicos de antes, los que están finalizando su carrera porque representan una generación a la que debemos no ya la admiración por toda una vida dedicada a este noble arte sino porque atesoran algo que sólo da el tiempo aunque resulte de perogrullo: años de experiencia. Como en otros campos, escuchar a nuestros mayores supone aprender no lo que dicen sino cómo lo dicen, porque podrán parecernos abuelos contando sus «batallitas», oídas montones de veces pero ahora escuchándolas, cada vez disfrutándolas más, agradecimiento de que todavía puedan y quieran seguir aportando algo nuevo.

El pianista americano de origen croata Stephen Kovacevich o Stephen Bishop (Los Ángeles, 17 de octubre de 1940) parece estar despidiéndose de una dilatada carrera eligiendo casi su testamento interpretativo en unos conciertos que supongo tendrán una especial carga emotiva (como me contaba al descanso alguien que conoce bien este mundo), con obras pegadas a su propia y larga vida, menuda desde los 11 años y enorme en su carrera, probablemente sin la fuerza juvenil de antaño o con una técnica que está ya en su ocaso, puede que incluso desfasada en nuestros días, como por ejemplo un uso del pedal algo «lento» aunque degustando unas sonoridades casi olvidadas, pero donde un fraseo, una nota repetida con distintas intensidades o simplemente contemplarle tocando el piano sentado tan bajo, como el gran Glenn Gould, es más que suficiente para agradecer este concierto. Siempre se aprende de nuestros mayores a los que les debemos todo el respeto.
Abrir con la Sonata para piano nº 1 (Alban Berg) supone el tributo a los compositores de la época difícil, los entonces contemporáneos que beben aún de las fuentes originales tornándolas al lenguaje del momento, algo que Kovacevich transmitió como devolviéndonos al esfuerzo que suponía interpretar estas sonatas desde el conocimiento de un especialista en los repertorios clásicos y románticos. Aún el blanco y negro pero con la riqueza de esas fotografías consideradas obras de arte.

Como si necesitase un respiro para continuar y retomando el estilo que más domina, su Beethoven, primero dos Bagatelas op. 126 nº 1 y nº 5 (que se cambió a última hora en vez de la nº 6 prevista) sonó plenamente juvenil e íntimo, el recuerdo de adolescencia presente sin buscar más allá que la propia frescura de la partitura, bagatela en el sentido opuesto de la palabra y delicia de escucha.
Lo mejor llegaría con la Sonata para piano nº 31 en la bemol mayor op. 110 (1821) el dominio de la forma en tres movimientos que el genio de Bonn remueve y traspasa emociones, como contraste al primer Berg y cierre de «la sonata» que Beethoven escribe como puente entre pasado y futuro, el propio de Kovacevich, la penúltima de su corpus, las células que reaparecen como manteniendo la vida, interpretación ceñida a la partitura hasta en las indicaciones, la expresividad del moderato bien cantado, la «broma» del allegro molto y sobre todo un adagio en su justo tiempo antes de una fuga que resultó lección magistral bien explicada por Charles Rosen pero mejor tocada por Bishop, sin excesos y mirándose en toda una vida al piano, la misma historia contada con el poso de los años en la que simplemente escuchar cuatro veces la misma nota con distinta intención son el mejor resumen de su Beethoven, «un programa que expresa la inminencia de la muerte y el posterior regreso a la vida», resurrección musical más allá de la vida y la muerte en las manos de un Maestro, con mayúsculas.

La otra despedida nada menos que Schubert y la Sonata para piano nº 21, D. 960, mismos sentimientos, admiración de los dos alemanes en la mejor Viena de la historia, presagios de una muerte joven pero llena de madurez y profundidad, claroscuros que van del intimismo casi de lied en los dos «moderatos» al breve aliento de alegría del Scherzo siempre con «delicatezza», la misma del pianista norteamericano, sin la luz juvenil pero con la profunda senectud de una vida en blanco y negro, hoteles y salas de conciertos, las 88 teclas que destilan vivencias y sabiduría.

Y como cierre del círculo de la vida el regalo de un perpetuo renacimiento, Bach y su «Sarabande» de la Partita nº 4 en re mayor, BWV 828, contada con voz firme y poco aliento, un placer escuchar estas historias al Maestro Kovacevich en este viaje de invierno hacia la perpetuidad del recuerdo.

Amorós: contención y explosión

Deja un comentario

Miércoles 4 de noviembre, 20:30 horas. Teatro Jovellanos, Filarmónica de Gijón, recital de piano: Pablo Amorós. Obras de Schubert, Chopin, Granados y Falla. Entrada: 18 €.
Las sociedades filarmónicas siguen siendo la base de toda formación musical y el lugar idóneo para iniciarse en la llamada música de cámara, de la que el piano es probablemente el instrumento principal, no solo para melómanos o aficionados sino para los propios músicos en unos momentos donde la contratación es difícil y darse a conocer en vivo una verdadera odisea.

En esta temporada 2015-16 serán varios intérpretes los que pasen por el escenario del coliseo gijonés, llegando desde Córdoba el joven Pablo Amorós con un programa del que habló el día anterior invitado por el Taller de Músicos que mantiene colaboración con la sociedad local, acercando al público los concertistas que dan a conocer esos detalles ayudando a comprender y entender mejor su profesión. Parte de los asistentes aplaudían el poder escuchar obras de música española, que tristemente sigue teniendo más reconocimiento fuera de nuestra tierra como el propio Amorós ha hecho en EE.UU. por citar una de sus giras. Puede ser coincidencia que los dos elegidos para hoy falleciesen fuera de España.

Este miércoles la primera parte estuvo ocupada por dos compositores que no deben faltar en el repertorio de un pianista: Schubert con su Impromtu op. 90 nº 2 que resulta difícil para abrir boca, donde el músico cordobés mostró una de sus cualidades, la elegancia, dibujando con verdadera delicadeza todos los cromatismos sin perder las melodías, elección de aire no muy agitado, con una mano izquierda nunca ofensiva, más bien pinceladas como si de una obra vocal se tratase, y sobre todo el grueso de esta parte que recayó en Chopin, del que Amorós parece tenerle tomado su pulso desde una lectura interior, introspectiva, contenida, sin arrebatos, delicada a más no poder como en los dos nocturnos opus 27 número 1, mano izquierda de brumas y derecha luminosa, pausado para degustar el intimismo, y el número 2, posado y no pesante. Pero sobre todo en las dos baladas, la nº 3 op. 47 diseñada desde la sonoridad buscada con los fuertes contenidos y el ritmo marcado, más la nº 4 op. 52, el intimismo de la mal entendida «música de salón» donde la fuerza nunca es explosiva ni desgarradora, más bien contenida como el propio corazón del compositor polaco, dibujos delicados, casi abocetados con los toques de color en el momento justo, de «rubato» nada exagerado y siempre oportuno, todo ello trabajado desde una sonoridad aterciopelada, sonido cercano aunque capaz de llenar todo el teatro. Si los referentes del cordobés son Horowitz o Rubinstein parece claro que también quiere aportar su interpretación, la tensión necesaria y en el momento preciso capaz de arrancar indebidamente los aplausos como si acumular emociones necesitase soltarlas de golpe. No en vano la biografía del programa dice textualmente: «Un simple «nocturno» de Chopin en las manos de Amorós consigue conmover a muchos de sus oyentes», conmoción romántica entendida desde lo apolíneo y la pasión sin amaneramientos.

Hay que seguir reconociendo, interpretando y escuchando a nuestros grandes porque tanto Granados como Falla lo son. El españolismo universal bien entendido como cultura sin patrioterismos, el que bebe de las fuentes populares con distinto sello y formación pasadas por la genialidad de los compositores, la visión catalana y «afrancesada» del sur que propone Don Enrique  en sus «Danzas españolas» de las que Amorós eligió la «Oriental» (nº 2) y la popular «Andaluza» (nº 5) pero sobre todo los «Valses poéticos» con referencias parisinas y chopinianas en inspiración y color, de nuevo elegancia más contención pero con «duende», andaluz que se nace y no se pace.

Pero punto y aparte resultó Falla (que no falla) como el gaditano capaz de diferenciar toda la región, las distintas provincias de la que Granada marcaría su obra, y sobre todo la Sevilla inspiradora de tantos músicos. La «Serenata Andaluza» comenzó a despeinar el talento del cordobés como traduciendo dede las fuentes lo que Don Manuel captó como nadie, las melodías cristalinas como las fuentes del Generalife o la mezquita cordobesa que tantas veces habrá imaginado el pianista. La explosión necesaria tras la contención llegaría con la «Fantasía Bética«, geografía sonora de una tierra de contrastes donde lo flamenco es solamente disculpa para demostrar el dominio de la escritura pianística del fallecido en la Córdoba argentina y compuesta por encargo del virtuoso Arthur Rubinstein, verdadera fantasía para 88 teclas, cascada de color y ritmo, capaz de transmitir el taconeo y el rasgueo, verdaderos jirones del alma hechos música en el piano del cordobés intérprete, desmelenado, fogoso, encogido para sentir una guitarra de teclas dando rienda suelta al despliegue sonoro casi prohibido en la primera parte. Y como en los grandes momentos aquéllo tuvo «pellizco».

Serán leyendas urbanas pero nadie mejor que los intérpretes españoles para entender, sentir y transmitir nuestra música. Los grandes maestros de Pablo Amorós han sido referentes, especialmente Alicia de Larrocha y Joaquín Achúcarro, dominadores del piano romántico pero modelos en la música española capaz de compartir programa con Chopin y Schubert sin complejos y sin necesidad de traducción. Habrá que seguir de cerca la trayectoria de este cordobés, digno alumno de nuestros grandes intérpretes y compositores.

Estrenos cercanos

2 comentarios

Sábado 10 de octubre, 20:00 horas. Teatro Municipal Bergidum, Ponferrada. Ciclo romántico: «Cantando a Gil y Carrasco». Patricia Rodríguez Rico (soprano) y Manuel Alejandre Prada (piano). Obras de Alejandre, Schubert, Lortzing, Rossini, Lehár, Arrieta y Giménez. Entrada: 7,50 €.

Llevaba tiempo sin escuchar a la soprano ferrolana, muy solicitada para estrenos gracias a su poderío vocal basado en un trabajo meticuloso y versatilidad, la misma que le trajo hasta la capital de El Bierzo para regalarnos el «Tributo a Gil y Carrasco» opus 64, en homenaje al bicentario de su nacimiento, siete lieder sobre poemas de Enrique Gil y Carrasco del compositor local y pianista Manuel Alejandre Prada. No es accesorio titular esta obra de «lied» puesto que el diálogo y protagonismo de piano y voz marcan esta obra de dificultades extremas para el registro de soprano, con poemas no excesivamente musicales a los que Alejandre intenta sacar más la expresión que la lírica propiamente dicha.

Siete poemas distintos con el sello del músico berciano donde aparecen colores y atmósferas grises, duras, llevadas al discurso melódico en saltos de octavas realmente abismales, medios tonos generadores de indecisión tonal como en El Sil, agudos altísimos en pianísimo o graves profundos sin poder perderse nunca la inteligibilidad de unos textos difíciles caso de Niebla. La soprano gallega hubo de pasar por todos los registros defendiendo una partitura realmente agotadora con detalles de lirismo como en La mariposa o Una gota de rocío que cerraba este ciclo con un pianismo igualmente vertiginoso de arpegios alternando con reposos casi litúrgicos de Campana de una oración sin caer en descriptivismos literales pero sí buscando esa ambientación romántica deudora de muchos compositores volcados en poner música a textos. Obra la de Alejandre que seguramente habrá de «readaptar» al terreno vocal para voces graves o incluso para una mezzo de amplia tesitura en el agudo pueden lograr un color más adaptado a la buena idea del pianista y compositor local.

La segunda parte tras el esfuerzo de la primera, dejó la voz preparada para los dos lieder de Franz Schubert, An die Musik D. 547 y la conocidísima serenata póstuma Stänchen, D. 957 nº 4 con el piano coprotagonizando estas bellísimas perlas románticas de salón, o las arias de opereta vienesa que tan bien le van a Patricia R. Rico como las de Zar und Zimmerman de Lortzing o la balada de Vilja de La Viuda Alegre (Franz Lehár) en el mejor estilo desenfadado y lleno de melodismo que nos imaginaba a la soprano con guantes largos y trajes negros de encaje sin copa de champán pero el mismo aire pícaro de ambas.

No podía faltar entre lo germano nuestro querido bufo Rossini, del que Non si da follia maggiore de «El turco en Italia» volvió a corroborar el dominio técnico de Patricia para unas arias exigentes como las del italiano con un piano reduciendo la orquesta solo en tímbrica porque así trabajó Manuel su siempre impecable y certero acompañamiento.

Y en un recital lírico lo español nada menos que con dos grandes como Arrieta y Pensar en él de «Marina«, género grande compartiendo programa con alemanes e italianos en esta romanza operística de agilidades y hondura interpretativa para rematar con Me llaman la primorosa de «El barbero de Sevilla» de Gerónimo Giménez, la voz que ha ido ganando registro grave y mantiene los agudos de flauta tan característicos de Patricia Rodríguez Rico, no mero juego pirotécnico sino gusto vocal por cualquier página que afronte.

El recital sabatino resultó muy exigente y se volcó en cada partitura, incluyendo una propina de lujo como el conocido O mio babbino caro de «Gianni Schicchi» (Puccini) que gallega y leonés entendieron a uno para comunicar la emoción final a un público que no llenó el coliseo ponferradino pero disfrutaron del estreno y aún más con estos clásicos románticos.
Los medios locales reflejaron el evento y los presentes esperamos volver a escuchar aunque sea grabado, pues siempre reconforta el interés de las jóvenes generaciones de compositores españoles por nuestro patrimonio literario llevándolo al perfecto maridaje con la música como forma de difusión y conocimiento, aunque el novelista de Villafranca del Bierzo fallecido joven -casi obligatorio en su época- Enrique Gil y Carrasco (1815-1846) tenga su sitio en la historia de la literatura en este año romántico.

Granito mierense en el estreno

1 comentario

Domingo 21 de junio, 20:00 horas. Teatro de la Laboral, Gijón. Concierto inaugural de la Orquesta Filarmónica de Asturias (OFA), Antonio Ribera Soler (director). Obras de Beethoven, Schubert, Rossini, Verdi y Juan Carlos Casimiro. Entrada: 16 €.

Comienza el verano en el Día europeo de la música y nada menos que con el estreno de una nueva orquesta con epicentro en el Conservatorio de Música y Danza gijonés, siendo el profesor de clarinete y director Antonio Ribera Soler su primer titular, continuando una formación por y para jóvenes que no pueden seguir esperando más oportunidades, dando forma a un proyecto con distintos apoyos que para su bautizo quiso programar una muestra de su potencial: sinfonismo, ópera y música asturiana de compositores actuales, contando con invitados de distintas localidades que no podían faltar a esta puesta de largo.

Mi primera queja será para la acústica que no ayudó para apreciar al detalle los valores que atesora una formación que respira música por todas partes. Hace 42 años podía escuchar en este mismo teatro precisamente una «Quinta de Beethoven» con la Orquesta Nacional de Eespaña y el recordado maestro Frühbeck al frente en un concierto de los que se quedan grabados a fuego en mi memoria musical, en un recinto que presumía de tener una sonoridad única, tristemente perdida con una remodelación muy cómoda a la vista y traseros pero cargándose uno de los valores que atesoraba esta sala. No es posible que una masa sonora como la que Casimiro presenta en sus obras quede apagada, amortiguada y casi con sordina para unos tutti que deberían inundar y poner los pelos de punta. De los metales no digamos lo poco presentes que se escucharon no ya por estar en el mismo plano que el resto sino precisamente por unos materiales constructivos y una caja escénica que se comen literalmente el volumen. Lástima de trabajo que no obtuvo la misma respuesta arriba que abajo, aunque ya no tenga remedio. Esperemos otros entornos mejores para disfrutar con una orquesta cuyo ímpetu juvenil no llegó a las butacas como hubiésemos deseado todos.

Siempre aplaudiré proyectos como este local de la Asociación Cultural Gijón Sinfónica en colaboración con otros conservatorios y sociedades filarmónicas asturianas, esperando tenga más suerte y visión que otras formaciones desaparecidas o casi en extinción por políticas miopes o falta de apoyos varios (Orquesta Sinfónica de Gijón, JOSPA, Sabugo Filarmonía u Orquesta Clásica de Asturias por recordar las más cercanas), agradeciendo igualmente el esfuerzo por poner sobre la escena a cinco formaciones corales donde no faltó la aportación mierense con el Coro de la Escuela de Música de Mieres que dirige mi admirada Reyes Duarte incluso con dos mierenses más: Eduardo López Fernández de concertino en la recién nacida OFA y el «adoptado» Fulgencio Argüelles, autor de los textos de la Loa de Casimiro. Las palabras iniciales del promotor gijonés Aquiles G. Tuero, autopresentándose, o de Ángeles Miranda, presidenta de la AMPA del Conservatorio de Gijón, fueron los deseos y buenas intenciones que todos intentaremos apoyar como público, dejando para posteriores encuentros las opiniones musicales más exigentes.

Arrancar concierto con el «Allegro con brio» de la Sinfonía nº 5 en do menor, op. 67 de Beethoven ponía alto el listón para todos, ese inicio traicionero donde el director debe transmitir empuje y seguridad ante una todavía insegura y nerviosa orquesta. El «Allegro Moderato» de la Sinfonía nº 8 en si menor, D. 759 «Incompleta» (Schubert) sería el escalón siguiente dentro del sinfonismo vienés con aires marineros, ya asentándose los músicos siempre llevados y casi «amarrados» de las manos (ambas) por el docente y maestro valenciano que siempre supo dar confianza a sus antiguos alumnos, respuestas convincentes a la vista que como ya apunté, no llegaron en igual medida al patio de butacas.

La obertura de Guillermo Tell (Rossini) permitió el lucimiento de Guillermo López Cañal al cello, bien secundado por Ignacio Alonso Canteli antes de un final donde percusión, maderas y metales no alcanzaron el volumen deseado pero intuyendo un esfuerzo enorme por parte de todas las secciones que siempre sonaron afinadas.

Tras el descanso volvería la ópera, esta vez de Verdi con la profundidad de La forza del destino cuya obertura resulta exigente para cualquier orquesta, y no digamos el conocidísimo «Ah, for’è lui… sempre libera» de La traviata con la soprano Inmaculada Laín a la que sí pudimos apreciar presente en volumen pero desafinada tras el silencio antes de la «cabaletta», agilidades no siempre claras y un timbre desigual buscando más las notas que una auténtica recreación de la Violeta. Pesan mucho las referencias de esta endiablada aria donde clarinete y oboe suplieron un Alfredo que yo cantaba mentalmente con la voz de Kraus… (incluso Pavarotti). Concertación correcta del maestro Ribera para una orquesta que nunca tapó a la soprano.

El final contaba con dos obras del madrileño con vínculos asturianos Juan Carlos Casimiro Pinto (1961) que pusieron sobre el escenario a la gaitera Andrea Joglar, al lado del arpa, la citada Inmaculada Laín (que participó en la grabación del CD «Asturias paraíso natural» del compositor) y a cinco formaciones corales: Coro de voces mixtas del Conservatorio de Gijón y Coral de Granda, ambas dirigidas por Policarpo Muñiz Santurio, Coro Más que Jazz con la directora Adriana Cristina García, la Coral Polifónica de Llanera con Carlos Esteban al frente y el ya citado coro mierense, en la Loa, para gaita, coro y orquesta más el Panegírico para gaita, coro y orquesta. De nuevo quedamos con ganas de apreciar ese poderío vocal e instrumental en unas partituras bien escritas, reconocibles sobre todo con las variaciones sobre nuestro Asturias patria querida con orquestación muy completa, incluso la propina del Sunday de Stephen Sondheim con letra en español adaptada al evento y redondeando una velada donde no faltó como regalo a cada asistente la litografía de Marcos Tamargo «El motivo del destino» con el texto que dejo a continuación.

Tendremos que seguir de cerca a la OFA y seguir asistiendo a sus conciertos, hay mimbres de calidad y la versatilidad en cualquier repertorio ha quedado demostrada a pesar del recinto. La juventud tiene la palabra y debemos defenderla de los ataques furibundos de unos dirigentes que no parecen apostar mucho por la cultura, menos aún por la música. Iniciativas privadas con apoyos públicos parecen ser el futuro a medio y largo plazo a la espera de un IVA cultural más europeo y una necesaria Ley del Mecenazgo que siempre se queda en proyecto incumplido. Para muchos de nosotros cada día es de la música pero este 21 de junio de 2015 va unido a este nacimiento de una criatura que tenemos que ver crecer sana y bien alimentada.

Compartir a cuatro manos

5 comentarios

Lunes 2 de marzo, 20:00 horas. Salón de Actos, Casa de la Música (Mieres). Dúo Wanderer (Francisco Jaime Pantín y Mª Teresa Pérez Hernández, piano a cuatro manos). Obras de Mozart, Schubert, Grieg y Dvorak.

Emulando el «grandonismo» y a la vista de la prensa regional, Oviedo es casi un barrio de Mieres (o viceversa), porque realmente hoy no hay distancias y es de agradecer cualquier oferta musical en la llamada área metropolitana de Asturias. Si el marco del concierto es el Conservatorio local, aún sin reconocer su nivel profesional por parte de la Consejería del ramo, ubicado en la llamada Casa de la Música, el público acude y llena la sala, como sucedió este primer lunes de marzo, contando además con dos profesores vinculados a este centro, al que tienen presente para sus actuaciones.

Y es que parecen volver los dúos de piano (aunque siempre están en los programas), funcionando bien en la versión a cuatro manos con repertorio propio o adaptaciones que en muchos casos suponen el primer acercamiento al mundo sinfónico, y es que las sonoridades logradas con estas obras es lo más parecido a una orquesta reducida. Interpretar estas partituras siempre comento que exigen de ambos pianistas mucho más que ensayo y renuncias, sacrificio del pensar en común, sentir lo mismo para alcanzar esa grandiosidad con veinte dedos y una sola idea. Si la convivencia es diaria está claro que hay mucho terreno ganado, pues damos por supuesto que la música corre por las venas de ambos, y en el caso del Dúo Wanderer respiran música por los cuatro costados.

Hay estudios sobre el efecto positivo que las obras de Mozart tienen en las embarazadas, por extensión a todo ser humano, y especialmente las obras a cuatro manos. El Andante con variaciones en sol mayor, k. 501 es un claro ejemplo de esta escritura original que necesita planteamientos diáfanos, claros, equilibrados en sonoridades y discurso presente, terapéutico podríamos decir. Así resultó cada variación, diálogos reales entre los registros agudos (a cargo de Maite Pérez) y los graves (con Paco Pantín), equilibrio equívoco en apariencias y entretejidos complejos desde la falsa simpleza del niño prodigio. Maravilloso ejercicio de solidaridad musical, de afectos y efectos, de compartir entre todos.

Schubert es la seña de identidad de este dúo asturcanario, y el Divertimento a la Húngara D. 818 otra joya del no siempre reconocido compositor vienés. Los tres movimientos son un catálogo melódico y armónico lleno de lirismo y virtuosismo, diversión y contrastes rítmicos, evoluciones y revoluciones románticas, con la mirada puesta en los aires de moda en aquellos tiempos dentro de las veladas conocidas como schubertiadas, los salones humanistas que tenían la música como epicentro. El Andante parece preparar el ambiente, calentando más que dedos en un derroche sonoro que se agranda en la Marcha, sabor zíngaro más que húngaro, rico en cada detalle, poderío en la zona izquierda, brillo en la derecha, balanza sin fiel y fiel al espíritu del bueno de Franz, antes de rematar con un Allegretto característico de toda su obra camerística como laboratorio de pruebas sinfónicas, la posibilidad que cuatro manos en el piano tienen como microcosmos que la pareja Wanderer entienden como uno, el Schubert como música pura.

La segunda parte supuso avanzar en tiempo y estilo con una transcripción del conocido «Peer Gynt», Suite nº 1 op. 46 (Grieg), reducción orquestal con claro sabor pianístico de sonoridades cercanas a Tchaikovsky, exploración sonora y técnica donde una mano deja paso a dos (no necesariamente del mismo intérprete pero sí una sola interpretación) enlazando las cuatro danzas con el misterio numérico del propio número cuatro, dos veces dos, ánimos y espíritus, Por la mañana de sonidos casi intuidos y delicados, La muerte de Ase oscura y diseñada en el grave con toques de esperanza, la Danza de Anitra de nuevo con aires rusos de ballet sinfónico en cuatro manos, y En el palacio del rey de la montaña como conclusión en una vorágine dinámica y rítmica de menos a más, un contínuo crescendo y acelerando que exige total entendimiento entre los dos intérpretes para encajar a la perfección una obra compleja.

Las Danzas eslavas (Dvorak) como bien me explicaron los maestros, son originales para cuatro manos antes de la versión orquestal más conocida, por lo que la riqueza del piano es fácil elevarla al mundo sinfónico, pero la dificultad que entrañan es enorme y nuevamente muy exigente para el mundo camerístico en su versión plena de paleta sonora. Primero escuchamos las Danzas eslavas op. 46 nº 6 y nº 8, reparto de papeles protagonistas con momentos de lucimiento en ambos pianistas, matices ricos, tiempos donde el rubato siempre debe estar controlado, aires de la Europa oriental sentidos más cercanos con la música, y después las aún más comprometidas Op. 72 nº 2 y nº 7, toda una lección magistral del Dúo Wanderer, exprimiendo el instrumento al máximo desde un virtuosismo necesario para volcar un universo más allá del sentimiento popular, cortando la respiración de un público siempre atento, muchos estudiantes que asistían a esta clase extraordinaria donde el aprendizaje no tiene precio.

El orgullo de compartir música entre intérpretes y público se amplió con las dos propinas del Moderato y Allegro comodo (segunda y cuarta de las Cinco danzas Españolas op. 12 de Moszkowski, originales para dueto de piano aunque también orquestadas posteriormente), para seguir jugando con el dos en una nueva muestra de generosidad por parte del matrimonio pianístico tras recibir un ramo de flores y un detalle de manos de dos alumnos, siempre agradecidos de que Paco y Maite sigan teniendo a Mieres en sus agendas.

El piano sincero y profundo de Carmen Yepes

3 comentarios

Hace años que conozco y sigo la trayectoria profesional de la pianista asturiana Carmen Yepes, de Mieres pero nacida en Oviedo por esos caprichos del destino, aunque podía copiar ese dicho de los de Bilbao y pasarlo a mi pueblo: los de Mieres nacemos donde queremos.

Desde joven pude comprobar no ya la hondura al afrontar cada partitura desde una técnica siempre al servicio de las obras, sino el enorme trabajo para desentrañar y hacer suyas las notas profundizando en relecturas que pudieran sacar a flote nuevas aportaciones, siendo siempre alumna aventajada en su larga formación, capaz de asumir consejos e indicaciones de muchos colegas para interiorizarlos y engrosar su propio lenguaje. Sus maestros pueden presumir de ella, orgullo palpable en muchas actuaciones tanto en solitario como con orquesta e incluso banda sinfónica, trabajando con distintas formaciones y directores, pues escuchar a Carmen Yepes es reconocer un discurso vital, madurando paralelamente en el plano artístico.

Dedicada a tareas docentes en la Comunidad de Madrid desde hace años, que al menos facilita la labor concertística de sus profesores con más visión que aquí en Asturias, compagina su quehacer diario con apariciones puntuales en público, a algunas de las cuales pude asistir como en Madrid (retransmitido por RTVE) o Barcelona. El pasado noviembre volvía a Málaga, donde es muy querida y reconocida tras una breve estancia en esa capital andaluza, para ofrecer dos conciertos de los que acompaño programas, uno para la Sociedad Filarmónica en la Sala María Cristina de la Fundación Unicaja el jueves 6, y otro dentro del ciclo «Músicas con encanto» de Les Roches (Marbella) organizado por el Centro de Divulgación Musical del Mediterráneo el sábado 8, ambos con un programa atrevido, valiente, profundo y exigente:

la Sonata en sol mayor «Sonata Fantasía», D. 894 (Schubert), la selección del conocido Romeo y Julieta, op. 75 (Prokofiev) que incluía los números «Escena», «La joven Julieta», «Montescos y Capuletos», «Mercurio» y «Romeo y Julieta antes de partir», y el Andante Spianato y Gran Polonesa Brillante, op. 22 (Chopin). Tres compositores que la pianista asturiana domina, tres maneras de entender la música y una sola de profundidad interpretativa, la madurez de Schubert, el calvario interior y desbordante de Chopin más la magia literaria del ballet sinfónico reducido a las 88 teclas del piano de Prokofiev, digno exponente de la escuela rusa. Tres monumentos para degustar en concierto cercano, casi íntimo y opuesto a la inmensidad de los auditorios, aunque la intérprete lo da todo independientemente del entorno, que parece ayuda más al público en esa conexión siempre inevitable y mágica con el escenario.

No he podido leer críticas aunque seguro que fueron un éxito, desconociendo en qué pianos tocó, porque debemos recordar que a diferencia de otros instrumentistas, nunca se tiene el mismo instrumento, con distinta pulsación, durezas, sonoridades, antigüedad y tantos factores que influyen en el resultado final, explicando que algunas figuras mundiales exijan una marca y modelo específico, e incluso viajando con el propio instrumento, cuando no también con afinador específico en casos extremos, sirviendo de propaganda recíproca pero asegurando todos los detalles.

Del recital de Marbella hay dos vídeos en YouTube© que comparto desde aquí con el permiso de la propia Carmen Yepes, para que mis habituales puedan degustarlo en este formato nunca comparable al directo pero al menos revivirlo como esta vez me tocó a mí.

Espero acudir, si mis obligaciones laborales no me lo impiden, al siguiente, pues escuchar el piano de Yepes me hace repasar mi propia trayectoria vital y disfrutar de esa evolución permanente que todo artista de primera mantiene a lo largo de su carrera.

Rusia y el piano

Deja un comentario

Viernes 5 de diciembre, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo: Jornadas de Piano «Luis. G. Iberni», Elisso Virsaladze (piano), Oviedo Filarmonía, Marzio Conti (director). Obras de Albéniz, Tchaikosky y Shostakovich.

Volvían las jornadas de piano con Rusia en el ambiente y un programa conocido. Para abrir boca la orquestación que Enrique Fernández Arbós realizase de El Puerto de Albéniz del cuaderno primero de la Biblia pianística que es la Suite Iberia. Bien ese tributo desde el mundo sinfónico para estas jornadas de piano con uno de nuestros grandes compositores que sigue inspirando nuevas orquestaciones de su inmensa suite como las de Jesús Rueda e incluso hermanando flamenco y jazz como en el caso de Chano Domínguez. La de Fernández Arbós es seguramente la que inició el vuelco del universo pianístico a la orquesta, y la versión capitaneada por Conti con «su» orquesta resultó clara en el dibujo, bien tratado cada plano sonoro y entendiendo la obra como si fuese originalmente sinfónica sin olvidar la originalidad que el maestro de Campodrón imprimió a su magna composición con la inflluencia directa de los nuevos aires franceses.

Elisso Virsaladze es una de las leyendas vivas de la llamada escuela rusa y acudía a Oviedo con el más conocido y escuchado de los conciertos para piano como es el de Tchaikovsky, que dejo aquí incrustado desde YouTube© en una versión con la Filarmónica de San Petersburgo (antes Leningrado) dirigiendo mi admirado Temirkanov.

La versión de la virtuosa georgiana del Concierto para piano y orquesta nº 1 en si bemol menor, op. 23 resultó buena aunque algo dura en varios sentidos. Por un lado su técnica se mantiene con el paso de los años pero también ese estilo de fuerza y vigor desde el rigor, potencia de pulsación, valentía en afrontar los movimientos con unos tempi que impiden degustar momentos que requerirían más intimismo traducido en una gama de pianísimos algo mayor. Con todo sigue ejerciendo su magisterio en estas obras que ha bebido desde la fuente original de esa tradición rusa de la que es uno de los últimos modelos. El Allegro non troppo e molto maestoso marcó su ideario a la orquesta ovetense en todos los aspectos musicales, yendo a remolque en muchas ocasiones con todo el esfuerzo del titular en concertar correctamente, demostrando solvencia y oficia. El Andantino semplice pecó de lo apuntado anteriormente, algo más de lirismo puede que así entendido desde el sur europeo aunque ella optase por ese carácter atormentado que nos han confiado intérpretes como ella no sólo en Tchaikovsky. Todo el juego y fuego del Allegro con fuoco apareció en este último movimiento, escuchándose unos a otros y ciñéndose al mandato de la solista, imponiendo más que dialogando, en un enorme esfuerzo orquestal y directorial que logró siempre finalizar cada movimiento perfecto, como si sólo se tratase de ello. Con todo la versión de Virsaladze resultó plenamente rusa.

Los aplausos la obligaron a regalarnos la primera de las Doce danzas alemanas (Zwölf Deutsche Tänze, genannt «Ländler»), D. 790 de Schubert, breve y delicada, como para taparme la boca de mi opinión del concierto anterior, remarcando su enfoque ruso distinto del alemán, con acento propio siempre distinto al francés, checo o coreano. Y sabiendo a poco, todavía otro regalo, esta vez de Chopin el Vals op. 34 nº 1 en la bemol mayor, nueva lección de piano donde no se puede explicar mejor el «rubato» desde la transparencia de cada pasaje, siendo otra maravilla que quedó en el recuerdo de estas jornadas donde el piano es el rey (Sokolov al frente) y Elisso la auténtica reina, nos guste más o no.

La segunda parte nos mantuvo en la Rusia pero pasando de los zares a Stalin y la Sinfonía nº 9 en mi bemol mayor, op. 70 de Shostakovich, estrenada en Leningrado el 3 de noviembre de 1945 por Evgeni Mravinski y escrita en un mes, la más corta y ligera de las quince pero también la menos popular, por lo que se agradece poder escucharla en vivo.

Organizada en cinco movimientos, encadenados los tres últimos, permite a la orquesta rendir en todas sus secciones y disfrutar de intervenciones solistas realmente agradecidas, con especial mención al fagot solista de la OvFi sin olvidarme del concertino. Conjugando elementos de distinta procedencia e intención, sin entrar en las connotaciones políticas que supuso esta obra, por otra parte excelentemente comentada por María Encina Cortizo en las notas al programa, la OvFi sonó compacta, brillante, con calidad en cada intervención solista, vigor desde el podio que Conti contagia, frescura y contención para una sinfonía «inesperada», corta de duración pero con muchos guiños musicales que el director florentino supo sacar a flote. El día 17 volveremos con un concierto ineludible de Elgar con la cellista del momento, la neoyorkina Alisa Weikerstein dentro de «Los Conciertos del Auditorio», pero aún me queda mucha música hasta entonces.

Older Entries Newer Entries