Inicio

Laura Mota, juegos de piano

1 comentario

Miércoles 22 de febrero, 20:00 horas. Teatro Jovellanos, Sociedad Filarmónica de Gijón, Año 109, concierto 1585: Laura Mota Pello, piano. Obras de Bach, Beethoven, Nielsen, Liszt, Debussy y Chopin.

PROGRAMA
Primera Parte:
J. S. Bach (1685-1750): Suite francesa nº 6 en mi mayor BWV 817 (Allemande, Courante, Zarabanda, Gavota, Polonesa, Bourre, Minuetto y Giga)
L. van Beethoven (1770-1827): Sonata para piano nº 23 en fa menor op. 57 “Appassionata” (1804-06): I. Allegro assai. II. Andante con moto. III. Allegro ma non troppo.
Segunda Parte:
Franz Liszt (1811-1886): Juegos de agua en la Villa de Este.
Claude Debussy (1862-1918): L’isle joyeuse (1904).
Frederic Chopin (1810-1849): Andante Spianato y Gran Polonesa op. 22.

Llevo tiempo siguiendo a Laura Mota, que aunque joven (nacida en 2003) tiene ya una larga carrera como concertista y prosigue sus estudios de Secundaria mientras el piano ocupa mucho de su tiempo con el maestro Francisco Jaime Pantín que ha sabido encauzar el talento de la pianista ovetense. Y es que sigue maravillándome su crecimiento en todos los sentidos, su talento y capacidad de trabajo para afrontar unos repertorios que músicos consagrados no se atreverían a tocar y menos en un mismo concierto. La centenaria filarmónica gijonesa apuesta por los jóvenes intérpretes y el Jovellanos es una pasarela de talento que abrirá la taquilla para los siguientes, además de la captación de socios sin los cuales la permanencia de estas sociedades viendo los tijeretazos de los regidores, está siempre pendiente de un hilo. De agradecer las notas al programa «Música para piano, de Bach al siglo XX» de Miguel Rodríguez Fernández-Bustillo para seguir culturizando desde el conocimiento.

Con echar un vistazo al programa que encabeza esta entrada, ya podemos darnos una idea de la complejidad no ya técnica sino de profundización en cada obra y autor sin ningún complejo. Abrir concierto con la sexta Suite francesa de Bach es todo un reto que superó con una claridad diáfana en los tiempos y el sonido, pureza teclística, brillantez y aplomo. Las ocho danzas contrapuestas lo fueron en fraseo, sentido del ritmo, limpieza melódica, contrapeso en ambas manos sacando siempre a la luz las notas precisas sin menoscabo de todo el ornamento que «el kantor de Leipzig» vuelva en estas composiciones alejado de la iglesia durante su feliz y corta etapa en Cöthen.
La segunda «B» de la música es Beethoven cuyas sonatas para piano suponen el «corpus» de todo intérprete y la conocida Appasionata uno de los pilares, pues el salto estilístico del clasicismo al romanticismo se aprecia sobremanera en los tres movimientos además del propio título. Laura Mota posee la frescura adolescente y el arrojo para dotar una obra de claroscuros en cuadros luminosos sin sacrificar sombras, nuevamente optando por la limpieza de trazo en vez de fuerza descontrolada. Con una gama dinámica suficiente, un pedal siempre en su sitio y digitaciones claras que no apuran los tempi nos dan la posibilidad de escuchar todas las notas nuevamente con el balance preciso incluso en el segundo movimiento mucho más denso y tortuoso para hacer sonar lo deseado, salvado no ya sin problemas sino aportando una madurez interpretativa que parece imposible al observar quién está tocando.
Para continuar esta barbaridad de repertorio, otros cuatro autores a cual más exigente, desde el danés Nielsen y el francés Debussy sin olvidarnos de los auténticos virtuosos románticos Liszt y Chopin. En castellano bagatela es una cosa de poca importancia y valor, por lo que la forma musical pueda parecer nimia, sinónimo de ágil y corta en duración con estructura ABA más coda final, pero las de Nielsen condensan mucho conocimiento técnico y cercanía con sus «compañeros de programa», el recorrido interior tras el físico, virtuosismo para un peregrinaje tan duro como el de Liszt, esos Juegos de agua del tercer año o el viaje secreto de Debussy La isla feliz impresionista e impresionante en la interpretación de Laura Mota antes del adiós definitivo a la Varsovia querida por parte de Chopin.

Este viaje desde la etapa adolescente de la propia intérprete desde la aún cercana infancia hasta la plena madurez que parece todavía lejana, donde Nielsen resultó, pese a los aplausos interrumpiendo, pequeñas páginas sonoras distintas y unitarias, coloridas y sentidas, breves frescos sonoros antes del increíble Liszt que, como el título, resultó nuevamente cristalino, acuoso y se me permite, femenino por belleza, delicadeza e inteligencia, nada al azar, ambiente etéreo que salpica la inocencia del momento. Y el francés Debussy como perfecto complemento histórico, parisino adelantado a su época y conocedor de las anteriores, igualmente viajero como todos los grandes artistas que en su escritura trasciende la descripción para plasmar instantes breves. Laura Mota se mueve con seguridad y aplomo en un discurrir por el teclado casi mágico, indescriptible, brillante, concentrado a la par que bello.
Pero el remate por excelencia es Chopin, el virtuoso y tortuoso cuya Polonia le acompañaría incluso hasta el más allá, haciendo de sus polonesas la quintaesencia de todos los pianistas. El Andante spianato seguido de la Gran Polonesa op. 22 no es fuego de artificio sino poso vital de largas trayectorias, y Laura Mota con 14 años parece haber estado siempre en el piano, profundidad y emoción, sonido potente sin aparente esfuerzo, dinámicas recogidas plenamente románticas, otro acento para el idioma de los viajeros sin más descripciones, el Andante casi como un nocturno y la polonesa llena de vigor. Asombro del que nunca salgo ante cada concierto de esta joven ovetense que está excepcionalmente dotada para comunicar desde el piano en todos los repertorios. El público tendrá sus preferencias, ella supongo que también, pero afronta épocas y autores con desparpajo y aplomo desde una apertura de miras que le permite empaparse de todo, asistir a los conciertos de pianistas como Sokolov con devoción y hacer suyas las sabias enseñanzas de quienes tienen el privilegio de contar con ella como una alumna única e irrepetible.

Y si todo lo anterior parecía poco, la propina de Granados y su Allegro de Concierto, op. 46 que me recuerda siempre a la añorada Alicia de Larrocha en estas mismas edades, virtuosismo de aire francés como el Chopin anterior en un nuevo fogonazo de talento, frescura y música a raudales con poso adulto. Para quien no la haya escuchado en vivo busquen su agenda para no perderse el próximo concierto.

Planeta Sokolov

3 comentarios

Martes 14 de febrero, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo: Jornadas de Piano «Luis G. Iberni». Grigory Sokolov, piano. Obras de Mozart y Beethoven. Notas al programa de F. Jaime Pantín.

Cada concierto de Sokolov en Oviedo, y van muchos, como en Madrid (20 años de presencia frente a los 25 de estas Jornadas) o en el resto del mundo, es único, irrepetible, con liturgia propia como la luz tenue unido al movimiento de la caja escénica para acercarnos la presencia total, su salida apurada hacia el piano que se convierte en el verdadero protagonista, y arrancar sin más demora ni necesidad de concentración. No importa la tormenta de toses (ya es otra plaga similar a la de los móviles) entre movimientos porque este 14 de febrero era «San Sokolov» y teníamos claro que en el programa habría tres partes: Mozart, Beethoven y «la fiesta». Recordando a Pérez de Arteaga en sus comentarios durante los Conciertos de Año Nuevo antes del esperado Danubio, todos los seguidores del pianista ruso, desde Guinea Papúa hasta Vladivostok, de Ushuaia a Gilleleje o de Pernambuco hasta Pénjamo saben que el concierto no finaliza donde indica el programa. Tras casi tres horas, rondando las once de la noche y «obligándome a posponer» esta entrada (y dejarme muchas cosas en el tintero por la necesidad de dormir y madrugar), con seis propinas que resultaron como siempre otro recital extra donde pasar revista, una vez «despachado» lo previsto, a tantos otros compositores con los que Don Gregorio se deleita con igual placer y magisterio: Schumann, Chopin, Schubert, RameauDebussy.

Con Grigory Lipmanovich Sokolov (San Petersburgo, 18 de abril de 1950) no hay rankings, es único, diría que de otro planeta e incluso galáctico aunque este término tenga hoy en día connotación futbolística. No es el mejor sino directamente Sokolov, y nunca defrauda. Las obras elegidas no pudieron estar mejor comentadas que por un intérprete y docente del piano, que dejo arriba enlazadas, porque en manos del ruso tienen todo el sentido del mundo. Del «sonido Sokolov» habría para una tesis doctoral porque tampoco es de este mundo y su presentación en el programa de mano lo describe mejor que nadie: «La naturaleza única de la música modelada en el instante presente es fundamental para comprender toda la belleza expresiva y la honestidad del arte de Grigory Sokolov. Las interpretaciones poéticas del pianista ruso, que cobran vida con intensidad mística, surgen de un profundo conocimiento de las obras en su vasto repertorio». Parece humanamente imposible que alcance distinto timbre en cada mano, en notas sueltas, el ambiente que flota con el pedal derecho pisado donde se perciben todas con la presencia precisa y preciosa. No es su técnica estratosférica sino magia capaz de transportarnos a la música primigenia. La primera parte comenzaba con la llamada «sonata semplice» que todos los pianistas hemos machacado pero solamente Sokolov hace sonar verdaderamente «fácil» por luminosa, genialmente infantil y además (re)interpretando «la doble barra con los dos puntos» porque nunca es repetición sino el doble de arte sonoro. Las ornamentaciones, apoyaturas, los trinos ornitológicos además de antológicos, el fraseo, las dinámicas, el rubato impecable, la elección de los tiempo… todo lo que uno se pueda imaginar de esta sonata para piano y mucho más, indescriptible. Pero no quería aplausos que rompieran el Mozart preparado, los dos mundos que Jaime Pantín describe y Sokolov hace esencia pianística, el de Salzburgo sonando como el de Bonn, como traduciendo pensamientos o historia, uniendo fantasía y sonata para una interpretación beethoveniana de Mozart. Me pregunto, como algún otro al descanso, si había algo de histrionismo en afrontarlo de esa manera pero no tenemos a los compositores para sacarnos de dudas. Tras escuchar las Köechel 475 y 457 seguidas con toda la congruencia (el profesor Pantín nos recuerda que «constituye una tradición que se ha perpetuado a partir de su publicación simultánea en 1785») y numerología casi masónica puede que así las escuchase el digno sucesor y genio alemán muertos ambos en aquella Viena capital musical para sus homónimas al piano, dando el paso estilístico del Clasicismo al Romanticismo, porque este Mozart sokoloviano resonaría con luces y sombras, tormentas y calma, dos esferas más que mundos o incluso firmamentos. Nunca nos dejará indiferentes porque sus aportaciones serán discutibles pero la música desde el piano parece otra y sigue conmocionándonos: fuerza pasional y delicadeza íntima, el tiempo flexible moldeado con precisión, espiritualidad conmovedora flotando en el ambiente, libertad total en la escritura y la interpretación desde un rigor asombroso…

Supongo que el descanso era necesario pero podría haberse unido con el «último Mozart» y encontrar la globalidad Sokolov de estas jornadas con el piano protagonista, aún más grandioso en solitario cuando es este ruso quien lo toca. No es ya la conocida escuela rusa en todos los instrumentos, irrepetible porque la historia es otra aunque todavía podamos seguir gozando de sus frutos, sino el «Planeta Sokolov» donde Beethoven siempre brillará cual Venus en otro sistema solar. Las sonatas 27 y 32 también enlazadas, obras de referencia cuya magnitud al unirlas se hace exorbitante, explicando incluso el ideal beethoveniano de las propias anotaciones de la opus 90 y la rareza de solo dos movimientos: «con vitalidad y completo sentimiento y expresividad» para el primero y «no demasiado rápido y cantable» el segundo, textualmente tocado como solo el ruso es capaz, los conflictos interiores con el mejor traductor posible en estos tiempos y corroborado en todo el «programa programático» que unía a los dos residentes vieneses bebiendo de la misma fuente, el mismo idioma y distinto acento perfectamente entendible, los trinos mozartianos elevados a la enésima potencia para firmar ese final de las contradicciones escritas y tocadas, la respuesta a los interrogantes de quien suscribe tras escuchar a Sokolov. Insondable, sin palabras para los simples melómanos y otro concierto histórico en Oviedo, capital del piano.

Claro que en San Valentín y por San Sokolov quedaban regalos para dar y tomar, ninguno de compromiso sino con fondo, comenzando por el Momento Musical nº 1 en Do mayor de Schubert, saboreando cada nota y cada silencio, salva de aplausos y tras pensárselo sentado en el austero taburete el Chopin del Nocturno en Si mayor op. 32 nº 1 cristalino, íntimo, belleza en estado puro, aplausos sinceros y el siguiente nocturno de la serie, op. 32 nº 2 aún más brillante, el piano de salón dentro del Auditorio, el virtuoso sencillo y profundo. Ya se me olvidó la siguiente, creo que Rameau al que el ruso le da aires del padre Soler o Scarlatti evocando un clavecín imposible por la ejecución y sonido magistral inigualable, sin perder la calma en penumbra con el público entregado. Pero todavía quedaba el Schumann amado de la Arabesque en Do mayor, op. 18 que me recordó a otro genial pianista ruso y la Canope, juguete casi acuático del libro segundo de preludios escritos por el francés Debussy, pintura impresionista para cerrar una «tercera parte» impresionante, finalizando en un silencio respetuoso que engrandeció aún más un concierto único para asombro de su repertorio inmenso y su inabarcable e incomparable genialidad, todos agradecidamente atónitos, desde quienes debutaban con Sokolov en escena a los impacientes de pie al lado de la puerta mirando incrédulos el reloj, también a las futuras generaciones de concertistas que abrían los ojos con devoción… a todo un auditorio embrujado por el irrepetible Sokolov.

Programa
Primera parte
W. A. Mozart (1756-1791):
Sonata en do mayor, K. 545:  I. AllegroII. Andante

III. Rondo. Allegretto.

-Fantasía y sonata en do menor, K. 475/457:

Fantasía K. 475 (1785): 
Adagio – Allegro – Andantino – Più allegro – Tempo I.
Sonata K. 457 (1784):  I. Molto allegroII. Adagio

III. Allegro assai.

Segunda parte
L. van Beethoven (1770-1827):
-Sonata nº 27 en mi menor, op. 90
: I. Mit Lebhaftigkeit und durchaus mit Empfindung und Ausdruck
(Con vitalidad y completo sentimiento y expresividad); 
II. Nicht zu geschwind und sehr singbar vorgetragen (No 
demasiado rápido y cantable).
Sonata nº 32 en do menor, op. 111: 
I. Maestoso – Allegro con brio ed appassionato
; II. Arietta: Adagio molto semplice cantabile.

P. D.: Ramón Avello en El Comercio del día 15 de febreroAndrea G. Torres en La Nueva España del día 15 de febrero, y mejor no comentar lo de «tocar de memoria»…

La web de Carmen Yepes

1 comentario

Mis seguidores del blog conocen muchas de mis «debilidades» y la pianista asturiana Carmen Yepes es una de ellas, quien por fin tiene una buena página web para darse a conocer en las redes, lo que en estos tiempos es más importante que los representantes y los propios «contratadores», normalmente poco buscadores de talentos y más bien acomodados (me gusta decir adocenados) con algunas agencias que parecen aligerarles su trabajo…
Afincada hace años en Madrid, compagina la docencia con sus conciertos, algo que en nuestra tierra es imposible a la vista de una legislación autonómica tan absurda que impide desarrollar ambas actividades expulsando del sistema a unos profesores que precisamente atraen alumnado de toda España por su principal faceta que es la de hacer música. Del CONSMUPA y la convocatoria de nuevas plazas de catedrático mejor no hablamos porque daría para mucho (dejo algunos enlaces por aquí), y es que los políticos parecen no querer dejarse asesorar por los que realmente conocen el tema, algo nada nuevo y así nos va a todos los docentes…

En su web, que se actualiza regularmente, podemos disfrutar de varias grabaciones de audio realmente memorables, de las que presumo haber asistido, así como algunos vídeos, pero puedo asegurar a quien todavía no la haya escuchado que en vivo es aún mejor.
Trabajadora desde siempre, su repertorio (también disponible en la página) es apabullante, variado en épocas y estilos que sigue creciendo. Con un sonido cuidado al detalle y una personalidad que coge quilates entrando ya en su plena madurez, como solista puede alcanzar momentos sublimes y con orquesta, incluso banda sinfónica, es poseedora de una fuerza que le proporciona una gama dinámica amplísima en todo repertorio. Evidentemente por su larga trayectoria docente es una pianista de lujo para la música de cámara más allá del mal llamado «pianista acompañante», pues su musicalidad innata desde sus inicios es versátil dependiendo del instrumento o grupo con quien comparta velada, además de una seguridad y aplomo que agradecen los músicos que cuentan con ella.

Aunque hace tiempo que no actúa en su tierra natal, pero seguimos esperando escucharla en nuestras Jornadas de Piano «Luis G. Iberni», en algunos conciertos de las distintas filarmónicas (cada vez con menos presupuesto y sobreviviendo a duras penas) o los variados ciclos veraniegos, porque Yepes es la gran representante de una generación de intérpretes que no paran y donde Francisco Jaime Pantín sigue siendo un referente docente para todos ellos.

Carmen Yepes, siempre en permanente formación como excelente profesional, está realizando su tesis doctoral… pero mejor visitar y navegar por su página web para descubrir música desde lo profundo compartida al fin en internet, el mundo sin fronteras donde la globalización no la puede parar nadie.

Creciendo con Beethoven

1 comentario

Viernes 20 de enero, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo, Abono 5 «Orígenes II», OSPA, Leon McCawley (piano), Manuel López-Gómez (director). Obras de Beethoven.
Más de cincuenta años creciendo con la música de Beethoven y nunca me ha fallado, desde las sonatas pianísticas, solas o con violín, los cuartetos, los conciertos para piano donde el «Emperador» sigue reinando pero sobre todo sus sinfonías que he ido ampliando en todos los formatos disponibles (a excepción del Blu Ray tras el fiasco del Laser Disc). Crecimiento vital y formación perpetua para intérpretes de todo tipo, sin olvidar a melómanos empedernidos e igualmente aficionados recién llegados. Con los años vamos descubriendo nuevos detalles, madurando, probando versiones de todo tipo, desde Karajan y su berlineses en vinilo (o cassete) antes de sus posteriores grabaciones, pasando por Bernstein hasta la integral de Harnoncourt en CD por citar tres de mis referentes en las nueve sinfonías al completo, pugnando por «tener que elegir»  una cuando todas las impares se imponen (aunque La Cuarta de Solti daría para una entrada propia), imprescindibles y dependiendo del momento emotivo.
Este frío viernes de enero retomaba mi «normalidad» con un monográfico del sordo genial donde un joven director venezolano de la misma cantera que otros más mediáticos (del que fue asistente), famosos o conocidos se ponía al frente de una OSPA reforzada en la cuerda por ocho jóvenes alumnos del CONSMUPA para interpretar «La séptima» como plato fuerte, un Coriolano para abrir boca y «el tercero de piano» con un inglés que regalaría a Rachmaninov tras una limpia ejecución a la que le faltó el ímpetu juvenil que brilló y dio calor. Beethoven para crecer y seguir manteniendo el espíritu juvenil, casi vampirismo musical de aficionado transmitido desde un escenario que rebosaba ganas e ilusión recompensado por un público agradecido que volvió a llenar unas butacas preocupantemente vacías en el ya fenecido 2016.

Entrando en detalle quiero comenzar por el Concierto para piano nº 3 en do menor, op. 37 (1800-1803) con Leon McCawley de solista (las notas al programa de Ramón Avello están enlazadas en el título de cada obra). De entrada la orquesta quedó «menguada» para ajustar sonoridades en esta pugna dinámica entre unos y otro, con un Manuel López-Gómez atento al detalle, buen concertador y controlando de principio a fin estilo, dinámicas y tempo que pareció contar con una pulsación algo distinta del británico, siempre un instante adelantado en el Allegro con brio plenamente mozartiano, con algún sobresalto en un pedal que pareció buscar precisamente la bruma que se iría disipando a lo largo de los dos movimientos siguientes y tras unos solos donde pudo recrearse. El bellísimo Largo resultó pulcro desde ese solo inicial, con un trabajo sonoro en las notas sueltas cinceladas con una independencia inusitada y una orquesta etérea vistiendo el cristalino devenir pianístico, la transición del Clasicismo al Romanticismo que Beethoven parece conjugar en este tercero estallando en el Rondó: Allegro de firma propia, perfectamente encajado y dialogado, equilibrios sonoros y entendimiento de todos los intérpretes, en un concierto que fue de menos a más aunque no llegó a emocionarme. Se hizo algo de rogar McCawley antes de regalarnos «un Rachmaninov» donde pudo demostrar su sonido y técnica limpia en uno de los últimos románticos del siglo XX.

Pero el Beethoven sinfónico resultó lo mejor porque parece que el dicho «no hay quinto malo» también se aplicó en este abono que sigue rindiendo culto a los orígenes. Coriolano, obertura, op. 62 (1807) presentó una plantilla ideal de cuerda, con los jóvenes refuerzos y algunos que «descansaron» en este programa (aunque también hay maestros que se van  jubilando dejando paso a la savia nueva) dando un paso al frente los principales como solistas» para conseguir esa sonoridad completa y una «disposición vienesa» más apropiada que nunca con los contrabajos detrás de los violines primeros, trompas (hoy excelentes) y trompetas (de llave) a pares flanqueando a clarinetes y fagotes, traverso de madera con los oboes más los timbales atrás a la derecha. El trabajo de Manuel López-Gómez (entrevistado en OSPATV) se notó desde el arranque, gesto claro, preciso, pulsión sin decaer en un Allegro con brio literal, explorador del sonido en todos y cada uno de los detalles y secciones con la ventaja de una partitura memorizada que le permitió volcar todo esfuerzo en la interpretación sin perderse ni una nota, ni una entrada, ni un matiz, incluso los silencios resultaron musicales. Ímpetu juvenil y dramatismo (en esa tonalidad tan «intrigante» como do menor) transmitido por una OSPA entregada.

Si la obertura puso las cartas boca arriba de los recursos e ingredientes perfectos, era de esperar que la Sinfonía nº 7 en la mayor, op. 92 (1811-1812) resultase modélica por estilo, color, tiempos ajustados a la propia partitura, de la que afloraron notas a menudo oscurecidas pero que el equilibrio dinámico permitió degustar y disfrutar nuevamente desde la total concentración del director venezolano. Luminoso Poco sostenuto – Vivace con pulsión y matices amplios, protagonismos compartidos, tímbricas deslumbrantes y esa rotundidad de los graves más presentes que nunca (por ubicación, cantidad y calidad) con la limpieza de cada nota en el tiempo más movido. Emocionante el Allegretto, romanticismo sinfónico sin edulcorar, una cuerda que sonó y protagonizó uno de los momentos cumbres de la noche, violas, segundos, cellos y contrabajos hasta los primeros en un crescendo que desemboca en un tutti desgarrador sin perder nunca presencia los dos temas. Y unir el Presto con el Allegro con brio ayudó a una coherencia interpretativa por parte del maestro López-Gómez que fue secundada en todo momento por una OSPA madura, confiada, entregada, dejándonos una expléndida séptima, coloridamente cristalina y sin concesiones a la galería, el empuje que no decae, empuje jovial y juvenil, plenitud orquestal que transmite esta joya sinfónica, musicoterapia que sube los ánimos de intérpretes y el público, y así lo entendió el respetable que disfrutó agradeciendo con largos aplausos obligando al venezolano a salir varias veces.

Esperamos repita visita y tomemos nota de esta batuta porque está llamada a una larga carrera de éxitos.

El Brahms de Stutzmann

3 comentarios

Jueves 24 de noviembre, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo, Jornadas de Piano «Luis G. Iberni»: Benjamin Grosvenor (piano), Oviedo Filarmonía (OFil), Nathalie Stutzmann (directora). Obras de Brahms.

Es difícil aportar algo a dos obras tan grabadas y escuchadas como las de este jueves brahmsiano, pero un pianista de talento que dará mucho que hablar, ampliando la nómina de grandes en esta temporada, más una contralto y directora con las ideas muy claras más allá del barroco en el que se ha dado a conocer, sacaron lo mejor de una OFil que cuando hay «mando en plaza» da lo mejor de ella. Lástima que la plantilla en la cuerda grave sea un poco corta porque el resultado global resultó notable en las dos partituras.

El Concierto para piano y orquesta nº1 en re menor, op. 15 resulta complicado para todos, un solista que debe equilibrar sus apariciones en volúmenes y presencia, una concertación ajustada muy pendiente de cada detalle, más una orquesta de dinámicas amplias. Así resultó una interpretación que mantuvo un lenguaje y líneas muy homogéneas para este Brahms de Nathalie Stutzmann donde Benjamin Grosvenor se mostró inmaculado, limpio, presente en sus cadencias, empastado en el conjunto y puede que aún en plena «crianza» aunque llegará a «reserva». El entendimiento con el podio resultó perfecto, con un juego de agógica que resultó el sello de la velada, buscando la máxima expresividad romántica desde los extremos. El Maestoso resultó chocante de entrada por cierta lentitud, respondida por la primera aparición del piano, la mano izquierda cual masa orquestal mientras la derecha dibuja un lirismo exquisito, pero que fue creciendo en intención y emoción por parte de todos, aunque el verdadero refinamiento se alcanzó en el Adagio donde las manos de la directora francesa hicieron cantar a la formación ovetense casi cual «boca cerrada» arrullando un pianismo cristalino donde el empaste tímbrico se alcanzó por la búsqueda de una sonoridad ideal por parte de solista y orquesta, tan solo carente de una profundidad que los años, como al vino, aportarán a este joven talento británico. El Rondo. Allegro ma non troppo pareció ceñirse al tempo sin calificativos, realmente rápido y vibrante aunque en el desarrollo fue conteniéndose para paladear un conjunto donde las dinámicas resultaron bien tratadas sin dar nunca el máximo, dosificadas en pos del romanticismo intrínseco a un Brahms dominador de la orquestación tanto como del piano y su papel en este concierto, como bien comenta en las notas al programa Iván J. Román Busto.

La propina del joven pianista (podría ser de Abram Chasins) nos dejó la misma sensación que con la orquesta, sonido limpio de técnica apabullante y nada aparatosa, elegancia y fraseo contenido en matices pero un buen sabor en boca (y oído) a pesar de las toses siempre inoportunas.

La Sinfonía nº 1 en do menor, op. 68 tras lo mostrado en la primera parte ahondaría en las mismas líneas de una Stutzmann que apuesta por extremos en los tiempos, forzando sin problemas al igual que en las dinámicas buscando un éxtasis parece no llegar nunca, conteniendo emociones al dibujar cada melodía cantabile que los solistas y secciones de la OFil entendieron a la perfección. El arranque Un poco sostenuto parecía casi fúnebre pero fue levantando vuelo con el Allegro – Meno Allegro que resultó luminoso. De nuevo el Andante sostenuto pareció entenderlo Stutzmann como un movimiento coral donde las secciones iban sacando a flote las bien delineadas melodías del hamburgués, con unos «rubati» ajustados aunque suficientes en tensión. Un poco Allegretto e grazioso como una ventana abierta a la esperanza, gesto claro en el podio y respuesta inmediata por parte de los músicos, calentando motores para un final que parece resumir toda la genialidad sinfónica de Brahms en un movimiento de recovecos y cambios de aire (Adagio – Più Andante – Allegro no troppo, ma con brio – Più Allegro), luces y sombras, presencias alternas de las distintas secciones donde los violines sonaron esta tarde presentes y aterciopelados, bien toda la cuerda salvo lo apuntado de necesitar al menos un contrabajo y un par de cellos más que pudiesen equilibrar una tímbrica presente, empastada y poderosa, con unos timbales que dan seguridad y empaque a todo el conjunto donde la madera suele estar bien y los metales sonaron orgánicos en esta orquesta coral como Stutzmann entendió esta Primera de Brahms en un crecimiento global que tiene un cénit único en tensión y emoción, romanticismo en estado puro.

Largamente aplaudida por músicos y publico la directora francesa ha demostrado que encasillarse en ciertos repertorios no suele hacer justicia, y su autoridad en la batuta ha sido corroborada con este Brahms ovetense.

La grandiosa sencillez de Volodos

Deja un comentario

Sábado 5 de noviembre, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo, Jornadas de Piano «Luis G. Iberni»: Arcadi Volodos. Obras de Schumann, Brahms y Schubert.
Cada recital de Arcadi Volodos (San Petersburgo, 1972) es un placer para el oído y una lección de sencillez aunque el programa sea técnicamente endiablado además de profundo. El pianista ruso es un músico completo y haber estudiado también canto parece dotarle de un lirismo único que para los compositores y obras que trajo a Oviedo para inaugurar la temporada de plata de las Jornadas de Piano, resultó verdadera poesía musical o música poética permitiendo jugar con ese lirismo exento de palabras desde la pureza interior. El plantel de pianistas para estas jornadas que comenzaron en el Campoamor hace ya 25 años de la mano de nuestro añorado Luis G. Iberni es de primera, por lo que Arcadi Volodos tenía que volver a Oviedo y resultó el perfecto anfitrión.

Gestualidad contenida, humildad, sencillez hasta en el asiento, una silla austera casi como él mismo, que le frena cualquier ampulosidad, solamente algún giro de cabeza, un echarse hacia atrás para saborear cada pasaje, el pie izquierdo desplazado como en los conductores en tramos de autopista sin tráfico, pero siempre claro y rotundo, inmenso, íntimo, poderoso, grandioso y sobre todo plenamente romántico sin tics, con sonoridadades extremas graduando los volúmenes como nadie.
Las Papillons, op. 2 (R. Schumann) sonaron como doce microrrelatos (más la introducción), cada vals con identidad propia y tiempos variados sin perder ningún detalle, el balance entre manos y unos pedales expresivos pero también tímbricos, las dos Polonaise de clarividencia y premonición chopiniana por el pianismo de salón en que convirtió la pantalla acústica nuestro auditorio, incluso la luz tenue sumándose al intimismo, y de ese juego de mariposas de todos los colores y movimientos, carnavales literarios en el subsconsciente pero especialmente el Finale con las seis campanadas limpias mientras flotaban acordes y melodías que en el piano de Volodos hicieron de este joven Schumann un primer capítulo romántico (Daniel Moro Vallina en sus notas al programa titulaba «Tres generaciones del piano romántico»).

Con la misma pasión y aún más fuerza las 8 Kavierstücke, op. 76 de Brahms volvía la música sin palabras, el lied pleno de melodismo en cada capriccio e intermezzo, desgarradores y benevolentes, claros como un día de otoño, agitación y calma, claroscuros musicales que Volodos plantea con esa engañosa sencillez con que viste cada nota, cada acorde, cada frase, con unos desarrollos evocadores del «inalcanzable» Beethoven de Brahms y referencias al romanticismo vienés que tanto admiraría, pero con el lenguaje propio del hamburgués que este ruso grande en todos los sentidos, lleva a cotas inimanigables de belleza global. Con un respeto total a la partitura, las indicaciones de aire son el guión para plasmar su acercamiento a cada pieza y dotarlo de la unidad estética desde la diferencia en los caracteres, piezas habitualmente sueltas que por fin escuchamos juntas en una lección de música desde el piano cercano del ruso.

Y si con el joven Schumann más el maduro Brahms, ambos compositores para todas las formas de cámara o sinfónicas que parecían volcar su inspiración en el piano, tendría que ser el prolífico (pese a su prematura muerte) Schubert quien cerrase este trío romántico con su Sonata para piano nº 20 en la mayor, D. 959, el vienés siempre por descubrir, su idolatrado Beethoven o preparando el terreno a Chopin, ambos siempre presente en estas generaciones que hicieron del piano el instrumento romántico por excelencia, completa interpretación de un Volodos que domina este repertorio con el magisterio de la escuela rusa, la madurez del trabajo y la sencillez incluso en los pasajes más virtuosísticos. Cada uno de los cuatro movimientos sonaron increíbles, trabajando incluso el silencio como solo los grandes son capaces, un Allegro de clasicismo sonoro y pasión romántica, ligero y limpio pero también enérgico, un Andantino donde la emoción se conjuga a partir de un minimalismo que va tomando fuerza, recuerdo beethoviano del segundo movimiento de La Séptima desde el piano casi como un pianoforte por la búsqueda de sonoridades, igualmente de su «doncella muerta«, con un paso tranquilo nunca cansino gracias a esa pulsión única de Volodos antes del Scherzo, humor y alegría, la «broma» musical que incorporara el genio de Bonn a la forma y se quedaría con nosotros para siempre, también los constrastes extremos entre delicadeza y fuerza, pura inocencia con golpes de efecto, para finalizar con un Rondo. Allegretto. Presto rematando en este último movimiento una interpretación fabulosa, tres en uno por el catálogo de técnica al servicio de la música, limpieza siempre presente con un balance sonoro capaz de escuchar todo en el plano exacto con pedales siempre en su sitio, la claridad y hondura de los temas (casi «trucha» en el rondó), los cruces de manos para ampliar los contrastes melódicos y dinámicos, jugando con un rubato nunca exagerado que enriquece el discurso, y la explosión final virtuosa, poderosa pero siempre cristalina. Inenarrable Volodos romántico.

Además de la sencillez, innata en el ruso que nos ha «recuperado» un Mompou de referencia, no puedo dejar otros calificativos como agradecido y siempre espléndido porque tras el recital todavía nos dejó cuatro propinas. Primero el Minuet D. 600 de Schubert porque ya flotaba en el aire, delicadeza y sencillez en uno de sus regalos preferidos, después su inseparable Rachmaninov en una transcripción propia de la canción Zde’s khorosho, siguiendo esa música pura despojada del texto, para continuar con la Malagueña de Lecuona en versión propia del ruso que siempre hace las delicias del público (alguno me preguntaba por las elecciones más o menos conocidas de las obras y propinas en los conciertos) para finalizar con el «Siciliano» del Concierto en re menor, BWV 596 de Bach a partir del op. 3 nº 11 de Vivaldi, otra de sus propinas habituales, quintaesencia del sonido donde mucho es poco y con poco es posible la grandeza en manos de Volodos. Inolvidable.

Música entre amigos

8 comentarios

Viernes 28 de octubre, 20:00 horas. Málaga, Teatro Cervantes: Programa 3 OFM (Orquesta Filarmónica de Málaga), Gabriela Montero (piano), Manuel Hernández-Silva (director). Obras de T. Marco y P. I. Tchaikovsky.
Había que cruzar España para no perderse un concierto en el que volvían a reencontrarse dos amigos venezolanos en mi segunda casa en el segundo día del tercer programa de la OFM con su titular al frente.

Para comenzar la Sinfonía nº 10… «Infinita» del madrileño Tomás Marco (1942) que estrenase en el Festival de Santander el 14 de agosto de 2012 con todas las evocaciones cántabras que vienen más de los títulos de los movimientos aunque resulten de lo más evocadores, al menos para un oyente asturiano, trabajadas con un material sonoro modelado por Marco como pocos de sus contemporáneos, y que desde mi perspectiva suenan cercanos: el 1 Reverso de la marea inquietante presenta registros extremos y matices amplios con un ritmo de los parches en glisandi unido al de todas las secciones. 2 Mar y monte me resultó profundo y grave en tesituras incluida el arpa junto a unos timbales poderosos, el contraste de color y hasta de olor, totalmente distinto del 3 Rincón de poetas, mortecino y celeste por los toques de arpa y fagot más un solo de viola hermoso a cargo de Evdokia Erchova, o ese dúo de flautas mitológicas en ambientes lúgubres, los dos movimientos que en cierto modo vuelven al ciclo vital y paisajístico, 4 Cumbre y valle, 5 Colores de la caverna, vigor majestuoso de tempestades con origen marino y perlas de espuma salpicando en los cellos, más evocador que los dos primeros cual vistas marinas desde las alturas con canto de los bronces como sirenas, las literales del faro de Ajo cuando hay niebla, contrabajo y glisandos varios de esa incertidumbre inestable en continuo juego de dinámicas sin opulencia, timbres etéreos con sordina disipada en un solo de trompa de Cayetano Granados antes de los nuevos embites del hombre primitivo en Altamira, solo de fagot (a cargo de Alberto Reig) y calma cortada por armónicos preparando un final in crescendo tras un enorme trabajo de dirección e interpretación a cargo de la orquesta malagueña que alcanzó momentos de total entendimiento con su titular Hernández-Silva que demuestra nuevamente su talento y profesionalidad en todos los repertorios, sacando de sus músicos lo mejor. Unir magisterio y rigor al trabajo continuado marca la trayectoria ascendente de director y orquesta que solo con tiempo se alcanza, y el venezolano deja huella por donde pasa. El propio Tomás Marco, presente los dos días, compartió aplausos para una «infinita» sinfonía que cambió el Cantábrico por el Mediterráneo de manos de un caribeño con espíritu asturiano.

La esperada segunda parte me devolvía el Concierto nº1 para piano y orquesta en si bemol menor, op. 23 (Tchaikovsky), totalmente distinto al reciente de Oviedo, con una Gabriela Montero lesionada en el dedo anular de su mano derecha por un percance doméstico que a punto estuvo de cancelar, incluso con el sobreesfuerzo del día anterior podría hacerme pensar que mermaría la parte técnica, cosa que no ocurrió, máxime cuando su musicalidad es superlativa y el entendimiento alcanzado con su amigo compatriota fue sobresaliente. Concierto exigente para todos, el Andante non troppo e molto maestoso-Allegro con spirito marcó la pauta a seguir, la fortaleza física y sonora de la pianista, el equilibrio orquestal y el encaje ideal de la batuta con la solista para una página conocida que utiliza un motivo popular ucraniano más el segundo romántico en plenitud de pasiones e «inquietante ansiedad» que escribe José Antonio Cantón en las notas al programa. Tras ese volcán sonoro y cristalino donde pudimos disfrutar de todos los detalles, el Andantino semplice-Allegro vivace assai central fue un remanso remando todos en las mismas emociones, la flauta de Jorge Francés dialogando con un piano rivalizando en lirismo y el alegre aire de vals que Hernández-Silva entiende como vienés de espíritu, contagiado a su formación que fue perfecta pareja de baile venezolana, sin pisotones, encajado al detalle para llegar al verdadero «fuego» final, el Allegro con fuoco que comienza vertiginoso y saltarín, nueva danza de entendimiento único para alcanzar lo sublime, la batuta siempre atenta al piano, protagonismos en diálogos sin quitarse la palabra, completándose para engrandecer ese derroche de emociones con un virtuosismo hondo que puso la carne de gallina a mis compañeras de palco.

Mas toda aparición de Gabriela Montero lleva incluida la felizmente recuperada técnica de la improvisación que siempre asombra allá donde actúa, algo que para «la Divina Emperatriz» (como la rebauticé tras escucharla hace tres años en Barcelona) forma parte de su propia historia desde los juegos infantiles en su amada Venezuela, dañada y más querida aún, con distintas peticiones por parte del público, bandera tricolor incluida, decantándose por ese Alma Llanera de la querida tierra natal de estos amigos reunidos en Málaga, pero con las referencias al recién finalizado primero de Tchaikovsky, reencontrándose con Mozart tras un apunte llegado de lo alto del coliseo, con variaciones y modulaciones en tono menor, ritmos de habanera marina y llanera recorriendo un océano de musicalidad y dolor, físico e interior, para regalarnos diez minutos para el recuerdo y la alegría de este encuentro entre amigos que continuaría tras el concierto, porque los kilómetros no son distancia para unir pasiones.

P. D.: Compartí palco con mi esposa Asun, mi cuñada Olvido e Irene que acudía por vez primera a un concierto. No podía ser mejor bautismo musical para mi sobrina de nueve años.
Antes del concierto y durante el descanso con Alejandro Fernández (crítico de Codalario y de La Opinión de Málaga, entre otras publicaciones) pudimos ponernos voz y conversación.
Especialmente emotivo resultó conocer a Pilar Pino, una zamorana compañera de profesión en Fuengirola, y a su hijo Roque Casabona, joven pianista que tampoco podía faltar a este concierto que nos reunió por unas horas fuera de las redes sociales continuando una amistad de años con la pasión musical como motor vital de nuestras vidas.

Explorando pasiones

2 comentarios

Jueves 13 de octubre, 19:45 horas. Sociedad  Filarmónica de Oviedo, Teatro Filarmónica, concierto inauguración de la Temporada 2016-17, concierto 12 del año y 1.944 de la Sociedad en su año 110. Juan Barahona (piano). Obras de Bach, Schumann, Albéniz y Prokofiev.
Es un placer comprobar el crecimiento de los artistas desde sus inicios, ver la progresión basada en el duro trabajo y la búsqueda de la perfección pero también de un lenguaje propio que puede llevar toda una vida. Juan Barahona es músico de nacimiento y luchador incansable que ha decidido tomar el camino difícil. El programa que trajo en su vuelta a la centenaria sociedad carbayona era exigente, algo habitual siempre, con retos por tratarse de cuatro compositores y épocas tan distintas en su enfoque como en su interpretación, ordenados cronológicamente.

Abrir concierto con J. S. Bach y su Concierto Italiano en Fa Mayor BWV 971 es comenzar en lo alto, máxime cuando al pianista le «fusilaron» los periodistas gráficos con flashes pareciendo olvidar lo importante que es la concentración para los músicos, y teniendo que pedir por favor no continuaran en esa línea nada más finalizar el Primer Movimiento (sin indicación de tempo) que fue mucho más que un calentamiento de dedos. Ya retomado el hálito perdido el Andante le sirvió para reencontrarse con el intimismo cálido del kantor, limpio y claro en fraseos y sonido con ese toque romántico al que lleva esa pasión contenida, sonido de clave en el piano con cada nota exacta, esculpida y cantabile, totalmente contrapuesta al Presto brillante, virtuoso por vertiginoso y con todo el empuje vital de una juventud madura basada en el estudio del sonido. Impecable el respeto a la partitura desde un piano de hoy en día y confirmación de muchos calificativos que ya hice en su tiempo como «pintor y escultor de sonidos».

Las «Escenas del bosque» (Waldszenen Op. 82) de Schumann son nueve cuadros románticos donde la búsqueda de un sonido propio se hace más clara, con una técnica asombrosa llena de ricos matices, un pedal siempre en su sitio y unos climas bellos además de diferenciados, paisajes que exploran las cuatro estaciones árbol por árbol hasta completar un bosque global en intención con el mínimo apoyo de una partitura recostada en el arpa para no olvidarse ningún color. Tras la Entritt casi marcial, «El cazador al acecho» (Jäger auf der Lauer) límpido y vibrante, ágil además de claro antes de las «Flores solitarias» (Einsame Blumen) delicadas, cantarinas antes de las sombras de un «Lugar embrujado» (Verrufene Stelle) sacando graves inquietantes cual ocres otoñales con rayos de sol que no calientan pero dan brillos, antes de encontrar un claro de «Paisaje amigable» (Freundliche), buen tempo sin perder el paso ni el aire y descansar en el plácido «Albergue» (Herbergue), melódicas manos que alternan protagonismo sin perder presencia. Después vendrían «El pájaro profeta» (Vogel as Prophet), tintas impresionistas, perlas y silencios, ligados de un trazo ejecutado cual acuarela por la inmediatez y frescura, la triunfal «Canción de caza» (Jaglied), martilleando el paso cual orquesta en blanco y negro con toques de trompa y la alegría de un buen día antes de la «Despedida» (Abschlied) cual canción sin palabras, nocturno elegíaco, claroscuros ligados a sonidos envolventes para un Schumann con el que Juan Barahona se siente cómodo y entregado.

Avanzando en el tiempo y también en la exploración desde el trabajo, si Schumann parece tener en Bach el referente, sus «apuntes impresionistas» nos llevarán a nuestro Albéniz con una página digna de estar en Iberia como es La Vega (h. 1887), del acento alemán al francés de un español universal como la idea de una Suite «Alhambra», toda la dificultad técnica y expresiva en apenas un cuarto de hora capaz de desatar pasiones diversas, ataques con fuerzas extremas y contornos difuminados, la masa sonora cual paleta que se fundirá en nuestro oído desde esa forma tan peculiar de Barahona por esculpir cada nota. Unamos al trabajo diario el tiempo que siempre da reposo y madurez en la visión de esta partitura para volver a asombrarnos.

Y el salto a la Rusia de S. Prokofiev parecía culminar este viaje idiomático explorando el mapa pianístico que Juan Barahona sigue trazando, nuevos acentos para una endiablada Sonata nº 6 en La Mayor Op. 82, arrebatadora y tormentosa, aterrradoramente voluptuosa y rítmica, cuatro movimientos que pasan por todos los estados de ánimo, tumultuosa interior y exteriormente. El Allegro moderato tiene el sello inconfundible del ruso, salto del impresionismo a los coqueteos atonales disfrazados de melodías que deben salir a flote cual cubismo en el piano, ritmos de ballets sinfónicos reducidos a la geometría colorista; el Allegretto buscando graves limpios sobre los que danzar sin perder el equilibrio; el Tempo di Valzer Lentissimo un oscuro objeto de deseo con profundidades cinematográficas donde el aire se corta antes del espectacular Vivace, virtuosismo en todo el teclado, pulsión desaforada, guiños de sarcasmo y dibujos sueltos de trazo, bocetos sinfónicos desde la soledad angustiosa que estalla en fuegos fatuos convertidos en artificio por un Barahona dominador y enamorado de esta satánica sonata, trabajando un acento ruso que tiene interiorizado.

Había que cruzar el charco desde Europa hasta la Argentina cosmopolita de Ginastera y disfrutar la Danza de la Moza Donosa (segunda de las «Tres Danzas Argentinas»), herencias y fusión con el folklore, mestizaje bien entendido por un Juan Barahona más íntimo y recuperado del demonio ruso. Toda una tarde llena de búsquedas sonoras y pasiones por explorar, calentando motores rusos para volver con la OSPA en abril y de nuevo Prokofiev, esta vez el segundo de piano.

Imparable Laura Mota

Deja un comentario

Sábado 25 de junio, 20:30 horas. Gijón, Fundación Museo «Evaristo Valle», Recital de piano: Laura Mota Pello. Obras de Mozart, D. Scarlatti, Soler, Beethoven y Chopin. Entrada: 5 €.

Volvía al «Evaristo Valle» para seguir escuchando a nuestros jóvenes intérpretes, esta vez a la pianista ovetense Laura Mota Pello (28 de Febrero de 2003) a la que sigo hace años, para comprobar su increíble crecimiento no ya físico, hoy toda una jovencita de 13 años recién finalizado 1º de Secundaria todo con sobresalientes de 10, sino el musical de la mano de Francisco Jaime Pantín con un programa duro, exigente, trabajado desde una técnica que es envidiable en los siete años que lleva estudiando piano, y volviendo a impactarnos por su musicalidad, aplomo, fraseo, adaptación a estilos tan diferentes, pedales en su sitio, dinámicas amplias abarcando desde los pianísimos más íntimos a los fortísismos poderosos en un Steinway&Sons de los años cuarenta, agradecido aunque necesitado de algunos ajustes mecánicos, donde cada autor y obra se diferenciaron a la perfección, demostrando nuevamente que la capacidad y posibilidades de Laura Mota son infinitas, esperando encuentre el apoyo institucional (el familiar y profesional siempre está asegurado) que no nos haga perder esta joya del panorama pianístico mundial. Escucharla es algo indescriptible, cierras los ojos absorbido por el fluir mágico y maduro de cada nota y al abrirlos te encuentras con esta joven inconmensurable, enorme al piano y enfrentada al programa que solo puedo comentar a grandes rasgos porque todo lo hace suyo.

La Sonata nº 18, K 576 en re mayor, de W. A. Mozart, la última del genio de Salzburgo con enorme dificultad técnica plagada de pasajes virtuosísticos escoltando un Adagio central hondo resultó de una limpieza asombrosa y difícil elección para abrir un concierto, pero afrontado con la seguridad de la que la pianista ovetense hace siempre gala.
Las dos sonatas de D. Scarlatti interpretadas sin pausa (Sonata K 107 L 474 en fa mayor Sonata K 135 L 224 en mi mayor) impresionantes por agilidad y madurez de toque, casi clavecinísticas por los ataques y ornamentos siempre perfectos con un equilibrio y sonoridades cercanas contraponiendo tiempos parecidos pero diferenciados y delimitados.
También a pares y espíritu de clavecín el Padre Soler, primero la Sonata R 90 en fa sostenido mayor (una de las joyas de la hoy recordada Alicia de Larrocha con quien Laura tiene muchas similitudes) y después el complicadísimo Fandango R 146 en re menor, virtuosismo al servicio de un lenguaje español que se hace universal, sentido como si de una enorme trayectoria vital se tratase por el conocimiento intrínseco de un lenguaje preclásico de inspiración geográfica pero de una frescura incluso en momentos tan complicados técnicamente (el pulgar de la mano derecha martilleando rítmicamente sin perder pulsación alguna, las octavas, cruces de manos y tantos «recovecos» más) dejándonos boquiabiertos ante el despliegue musical de Laura Mota.

Si la primera parte parecía dura, ya no sé cómo calificar la segunda porque me quedaría corto ante el abismo que sin embargo resultó un placer de vuelo planeando nuevamente la música de piano por encima de todo, casi metiéndome en los cuadros de Evaristo Valle para contemplar el prodigio de una pianista de horizontes inabarcables perfectamente orientada y guiada por su maestro Pantín (sin él sería imposible alcanzar este nivel): la Sonata Op. 2 Nº 3 en do mayor de L. V. Beethoven
me recordó al Wilhelm Kempff referente de mis años de conservatorio hace casi medio siglo pero con el «preparatorio» de la primera parte al hacernos sentir el clasicismo de la técnica y el romanticismo del lenguaje inimitable del genio de Bonn. Si los tiempos rápidos resultan poderosos desde la pulcritud, verdadero brío del primero, chispeante el Scherzo o cascada emocional limpia de tempo valiente el Allegro Assai, el Adagio volvió a impresionarme por la hondura del fraseo, veterano y con toda una vida dedicada al piano aunque parezca mentira al ver quién tocaba.
Y no digamos del Chopin elegido para cerrar concierto, primero dos polonesas (de las 23 al menos compuestas por el polaco) de las opus 26, la Polonesa nº 1 en do sostenido menor, vértigo emocional y trasfondo poético de una obra de juventud interpretada desde esta edad infinita de Laura Mota, dos manos que se funden y diluyen en hacer fluir sentimientos únicos, contrapuesta a la nº 2 en mi bemol menor todavía más interiorizada, tocada con la mayor naturalidad haciendo fácil lo inabarcable, midiendo cada compás con total fidelidad a la partitura para revolverla como propia, lo intangible e inexplicable de los grandes intérpretes, esta vez con ¡trece años!, el rubato adecuado, los contrastes de tempo y dinámicas, la fuerza física con la delicadeza en el toque.

Aún quedaba más Chopin: dos estudios del Opus 10 para quitar el hipo, el virtuosismo para trabajar la técnica sin perder de vista las melodías escondidas, el equilibrio de manos y pedales, primero el

Estudio nº 8 en fa mayor y después el conocido como «teclas negras», Estudio nº 5 en sol bemol mayor, sin importar las tonalidades complicadas porque Laura Mota hace fácil lo imposible desde la naturalidad y equívoca inocencia, una madurez asentada en un trabajo increíble y capacidad de sacrificio más unas cualidades innatas que el buen magisterio lleva por el camino ideal alternando con los estudios obligatorios de Secundaria que en este país parecen incompatibles con los musicales aunque los resultados sean tercos y refuercen un maridaje incomprendido por quienes nos gobiernan.
Todo un programa gigantesco interpretado de memoria que cercano a las dos horas todavía nos dejaría más asombrados ante el Allegro de concierto op. 46 (1904) de Granados, conmemoración centenaria y nuevo guiño a la siempre recordada Alicia desde la juventud descarada y descarnada, apoteósica para un público que parecía enloquecer ante el derroche pianísitico de Laura Mota Pello. No olvidar este nombre porque cada actuación suya es todo un acontecimiento irrepetible.

Con cierto desconcierto

4 comentarios

Viernes 10 de junio, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo, abono 16: «Cuaderno de viajes IV»: OSPALuis Fernando Pérez (piano), Rossen Milanov (director). Obras de Brahms y R. Strauss.
Sabor amargo para un cierre de la temporada celebrando las bodas de plata de nuestra orquesta y de 77 años de historia de una orquesta como se nos recordó en el audiovisual proyectado antes del concierto. Hoy no es hora de balances sino de comentar la desazón sin acritud que me produjo el decimosexto concierto de abono, confirmando algo que viene arrastrando tristemente las apariciones de un titular al que no tengo ninguna animadversión personal pero que deja mucho que desear en cuanto a estilo directorial y trabajo, transmitiendo una inseguridad tal que de lo que podría haber sido una fiesta se quedó en susto y amargura. Prefiero hacer mucho con poco que poco con mucho, y manteniendo los símiles gastronómicos que al menos esta temporada se apartaron de los programas, cocinar también es un arte donde con buenos ingredientes y cantidad se puede estropear un plato y con mucho oficio las patatas fritas con huevos pueden resultar una exquisitez.

Tenía muchas ganas de volver a escuchar al pianista Luis Fernando Pérez (Madrid, 1977) con la OSPA tras unas excelentes «Noches falleras» con Lockington al frente hacía precisamente cinco años, dos temporadas aquellas en busca de director que trajeron al podio y al público mucha ilusión y ganas de continuar una historia sinfónica de tantos lustros.

El Concierto para piano nº 1 en re menor, op. 15 (Brahms) figuraba entre los sueños infantiles del madrileño como comentaba en OSPATV el propio solista (al que sigo desde hace tiempo), una obra para disfrutar de su potencia y sensibilidad enfrentado a una masa orquestal que debe mantenerse a raya. Pero el arranque del Maestoso ya parecía teñir el ambiente de tormenta amenazante, y la pugna no lo fue en los planos y dinámicas sino en ajustar que a fin de cuentas eso es un concierto, concertar y poner de acuerdo a los intérpretes. No hubo claridad de aire ni decisión de mando, el solista pendiente de la batuta tras las intervenciones y ésta desaparecida en su función, por lo que los desajustes comenzaron a aflorar, incluso finalizando este primer movimiento con la impecable cadencia del solista madrileño, hubo una indisposición en el patio de butacas (yo también estaba con el corazón en un puño) que pareció desconcertar a todos, como esperando acabar este «majestuoso» tiempo para resolver la situación en ambos lados del auditorio. Los aplausos esta vez «deseados» parecieron marcar un paréntesis emocional y la intervención de las emergencias sacó de la sala al pobre hombre.
Al menos el Adagio nos permitió saborear el sonido limpio de Pérez sin necesidad de estar pendiente de una pulsación conjunta nunca encontrada, contraponiendo la valentía y fuerza de los movimientos extremos al placer melódico y casi intimista del central.
El descalabro llegaría con el Rondo: Allegro non troppo, nuevo desencuentro total, la orquesta perdida y el pianista intentando engancharse para poder sacar a flote esta inmensidad de concierto que desgraciadamente resultó desconcierto. De nada sirvió que las secciones volviesen a estar ensambladas y en forma, escuchándose para intentar hacer música juntos ante un drama que abortó un concierto muy esperado por todos.

Tras Brahms no podía haber más como el propio Luis Fernando Pérez comentó agradecido de estar invitado a este cumpleaños, pero al menos el Bailecito del argentino Carlos Guastavino (1912-2000) le (nos) resarció del mal trago pasado y al que suscribe le reconfortó encontrarse con el piano cercano y sin tensiones.

La Oviedo Filarmonía también quiso sumarse a la celebración y parte de su plantilla se unió para poder ejecutar la inmensa Sinfonía alpina, op. 66 (R. Strauss) con una orquesta de 118 músicos que mis siempre despistadas vecinas comentaban «hoy está toda la orquesta». Desconozco los criterios para programar obras que necesitan semejante despliegue instrumental (esta vez el órgano eléctrico no pudo suplir al neumático del que nuestro auditorio tristemente carece) que necesitan reforzar una plantilla que el propio Milanov reconocía en la prensa como corta, y en un año con mucho Strauss en nuestras mochilas estaba claro que de la caminata por los Alpes nos quedaríamos como mucho en la cercana Sierra del Aramo o más bien una «sinfonía payariega» (de Pajares, lo más asturiano para una temporada donde la música de la tierra sonó enlatada en el documental inicial). La experiencia del búlgaro con el alemán no me ha dado alegrías y esta última tampoco. Los veintidós números de esta impresionante y especial sinfonía del gran orquestador alemán requieren ideas claras, mano firme y control total de la partitura, donde se pasa de momentos plácidos a verdaderas explosiones sonoras, pero hay más que las dinámicas para poder detallar esas postales musicales reflejo de la propia vida en este último cuaderno de viajes.

El escenario presentaba una imagen diríamos que idílica con instrumentos poco vistos como los cencerros, las máquinas de viento y tormenta, las tubas wagnerianas tocadas por varios trompistas, o el heckelfón (oboe bajo) así como la amplia percusión con dos timbaleros (uno de cada orquesta), y todo el despliegue con dos arpas, celesta, órgano (ya comenté que el eléctrico nunca sonará igual y menos sin darle el protagonismo que tiene en esta sinfonía) y una cuerda calculada a partir de los diez contrabajos, para un público que esta vez sí acudió al auditorio y la camaradería entre las dos formaciones, pero el número no daría la calidad a pesar de los esfuerzos demostrados por todos y cada uno de los músicos. La sonoridad potente debe administrarse para no desbocarse, y como un fórmula uno el piloto tiene la responsabilidad final de sacar el máximo partido a la máquina con la que los entrenamientos y el duro trabajo le darán el deseado dominio so pena de un accidente indeseado o una mala clasificación en carrera. Supongo que todo director quiere ponerse al frente de una orquesta de estas dimensiones, pero repito la necesidad de programar con lo que hay por muy vistoso y llamativo que resulte poder escuchar obras como «la Alpina«. Llevo años pidiendo una «Octava asturiana» pero desde la calidad y no el mero espectáculo sin el necesario trabajo de larga y dura preparación.

Loable la implicación de los músicos de ambas orquestas en sacar a flote esta «sinfonía payariega» con momentos puntuales de emoción contenida, pero como la canción popular Todos queremos más, y 25 años para esta OSPA merecían mejor colofón.
Tengo muchas dudas para la próxima temporada, que aún desconozco, pero mi desencuentro con el director titular al que aún le queda otro año de contrato, es total. Pasado el llamado período de cortesía o educado margen de confianza, no puedo salir de sus conciertos cabreado por la ineptitud ni ser «el bicho raro» que parece remar contra corriente de un público que parece confundir benevolencia con tragaderas, aplaudiendo todo sin rigor ni conocimiento.
Sigo a la orquesta desde 1972, y 44 años de mis 57 están con ellos, pero no bajaré mi grado de exigencia aunque las obras (casi) siempre superen a sus intérpretes. El futuro incierto no es buen consejero y como a mi alumnado, hay que pedir trabajo diario para labrarse una trayectoria sólida. La evaluación del curso la dejaremos para final de mes, como en mi oficio, aunque lo positivo será precisamente el acercamiento a los escolares con el Programa «Link Up», pero ésto lo dejo para otro día más sosegado.

Older Entries Newer Entries