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Mieres escuchando la voz en el musical

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Martes 17 de abril, 20:00 horas. Auditorio Teodoro Cuesta, Mieres: II Semana de la voz: La Voz en el Musical. Con las voces de Silvia I. Fraga, Cristóbal Blanco Fernández, Carla P. Fraga, Aisha F. Romero, Marcos Suárez Fernández (piano). Entrada: 5 €.

Segunda jornada de la semana dedicada a la voz con un recital dedicado al musical, en plural si se quiere, musicales de Broadway o Londres que se han llevado al cine ayudando a su difusión y popularidad. Poco público como en el día anterior pese al debut de Aisha, una joven mierense que promete, sumándose una saga familiar como Silvia con su hija Carla compartiendo escenario aunque no temas. Dos jóvenes promesas debutantes que cantan con esa naturalidad y espontaneidad únicas por su edad, preparándose para una carrera que el tiempo dirá si la disfrutarán como aficionadas o profesionales pero comenzando ya esta andadura. Completaría el escenario un veterano como Cristóbal Blanco que en este repertorio se mueve como pez en el agua por voz y escena, mientras al piano volvía Marcos Suárez quien este martes tenía no ya la responsabilidad de acompañar sino de tocar unas obras cuyas partituras son meros guiones que no ayudan a completar las armonías y ritmos de una orquesta ligera original, así como su «obligación» de mimar a las voces, especialmente las más jóvenes, para llevarlas por el camino seguro. La experiencia es un grado y los llamados pianistas repertoristas deben trabajar épocas y estilos tan dispares como el del lunes o este dedicado al musical, tan difícil y exigente que también ellos acaban especializándose, por lo que mucho ánimo a Marcos que es un «todoterreno».

Leves cambios en el programa y casi todos los temas presentados por los intérpretes e incluso traducidos al respetable por ser inglés el idioma de este género con un público fiel en todo el mundo, ganándole terreno incluso a otros, con Madrid sumándose hace años a las capitales donde triunfa el musical.

Le tocó romper fuego a  Silvia I. Fraga con el bellísimo tema de «Los Miserables» I dream a dream (Claude Michel Schönberg), soñar un sueño para continuar con la canción irlandesa You Raise Me Up del noruego R. Løvland y que popularizase el grupo Il Divo, voz trabajando registros y colores que le queda encontrar aunque esté en el camino y las manos correctas.

Cristóbal Blanco nos dio la bienvenida con la música de Kander y Ebb para el «Cabaret» en tres idiomas: francés, inglés Welcome y Willkommen alemán invitándonos y contagiándonos de la música entreguerras popularizada en la película de Liza Minelli, continuando con el melódico She de Charles Aznavour usado en «Notting Hill», con un piano algo «perdido».

Para las más jóvenes se utilizó un micro discreto que ayudó a disfrutar primero de Carla P. Fraga cantando Smile de Charles Chaplin, jovencísima, con ese sentimiento natural y sin miedos sabiendo esperar al piano, respirar y afinar en pleno aprendizaje, y otro tanto en Cry me a river (Arthur Hamilton), dominando el inglés y templando con el piano.

No se quedó atrás Aisha F. Romero, aún más joven cantándonos el famoso Edelweiss (Rodgers/Hammerstein) de «Sonrisas y lágrimas», mala traducción del inglés «The Sound of Music» (El sonido de la música), musical de referencia para muchas generaciones, también para Aisha, aún de voz pequeña que crecerá con los años y el estudio pero sin complejos sobre el escenario, y aún mejor el Ave María (Michael Lorenc) con esa naturalidad infantil inimitable que espero mantenga hasta el cambio fisiológico porque la espontaneidad junto a la musicalidad no deben perderse en el canto.

Retomando la pareja de adultos nos iríamos al «Moulin Rouge» primero con Silvia
y One Day I’ll Fly Away (Sample / Jennings) imaginándonos en la película a Nicole Kidman con algún desafine que el piano no pudo subsanar, y Cristóbal el tema de Elton John que aparecía también en ese musical Your Song en su onda de convencer al cantar sin copiar ni imitar, sacando unos agudos propios que dieron el sello personal.

De lo mejor del recital y con ese punto canalla del que avisó y le va genial pese al piano inseguro que le faltó la misma onda espectacular casi histriónica, Cristóbal se marcó el tema de Herodes del «Jesus Christ Superstar» (A. Lloyd Weber / Tim Rice) realmente espectacular, entendiendo como nadie qué es un musical, ópera rock, teatro cantado y dominador de la escena, además del idioma de Shakespeare pudiendo haber elegido la versión española.

Otro de los musicales que tiene verdaderas joyas para las voces como es habitual en Andrew Lloyd Weber e igualmente llevado a la gran pantalla, «El Fantasma de la ópera» nos permitió escuchar el dúo All I Ask of You con buen color y empaste entre ambos antes de que

Silvia nos interpretase Wishing You Were Somehow Here Again, esa conversación de la protagonista en el cementerio con la tumba de su padre, bien en general aunque le falte esa seguridad y naturalidad que el tiempo y estudio consiguen pero bien asentanda aunque nuevamente el piano por escritura no ayude. Seguiría Cristóbal con The Music of the Night solvente en escena y canto con un registro grave hermoso y más natural a veces que sus agudos, con este tema que le va perfecto por intimismo, estilo y gusto. Cerrando esta selección la protagonista del musical Christine en la voz de Silvia cantaría Think of Me con ese guiño final operístico y exigente técnicamente que muestra las dificultades que esconde el musical cuando se quiere hacer honesto y con calidad, sin artificios y desde el respeto a la música.

El colofón nada menos que con The Quest, la búsqueda del sueño imposible, perteneciente al musical «Man of La Mancha«, El Hombre de la Mancha que en España cantasen José Sacristán con Paloma San Basilio (y en el cine Peter O’Toole y Sofía Loren), excelente elección y casi ideario de lo que supone trabajar la voz, estudiar canto y adaptarse a los diferentes estilos con técnicas distintas pero que dominándolas pueden dar a los intérpretes satisfacciones en todos ellos para conseguir emocionarse y emocionarnos.

Mieres por una tarde fue capital musical y del Musical. Mañana las voces serán femeninas y corales…

Merienda vienesa en Vetusta

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Domingo 8 de abril, 19:00 horas. Auditorio de Oviedo: Jornadas de piano “Luis G. Iberni”: Denis Kozhukhin, solistas de la Orquesta de Cadaqués. Obras de Schubert y Beethoven.

Tras el paréntesis vacacional retomaba mis conciertos, y este domingo el pianista ruso Denis Kozhukhin llegaba a las jornadas “con” piano del auditorio de Oviedo en formato camerístico con varios solistas de la Orquesta de Cadaqués y obras que podemos considerar “grandes éxitos” de la música por formar parte de nuestra memoria colectiva con Viena de nexo: el Quinteto La trucha de Schubert partiendo de la canción homónima de su penúltimo movimiento, y ya sin piano el Septimino de Beethoven del que su minueto fue usado como sintonía en la longeva serie de dibujos animados “Érase una vez…” añadiéndose la letra española cantada por los niños de entonces.

Schubert otorga al piano en este Quinteto en la mayor, D. 667 (opus 114) un papel de reparto compartido más que protagonista, especialmente para las variaciones de su “lied”, donde tiene su momento de gloria aunque las posibilidades de brillo sean superiores a sus compañeros del cuarteto de cuerda (violín, viola, chelo y contrabajo) pero igualmente agradecidos en conjunto, brillando todos al nivel esperado, sobre todo por el buen entendimiento y ajustes en cada uno de los cinco movimientos, para degustar estos “apuntes” que todo melómano (también los solistas) debe preparar antes de acometer el obligado salto sinfónico orquestal del incomprendido compositor vienés, que ni siquiera vio publicado en vida su quinteto.

El Septeto en mi bemol mayor, op. 20 del genio alemán nacido en Bonn y enterrado en Viena también sonó en la capital austriaca de inicios del XIX como hoy transportada en el túnel del tiempo musical a la del norte español, Oviedo más de 200 años después, sin piano pero con el mismo cuarteto de Schubert, sumando clarinete, fagot y trompa, siete solistas de la Orquesta de Cadaqués comandados por la violinista Sara Bitlloch en seis movimientos que se engarzaron entre las toses (im)prescindibles de un auditorio con buena entrada dominical. Emoción en el dialogante Adagio cantabile entre violinista y clarinete aún de recuerdo mozartiano, así como la trompa segura de María Rubio completando un buen trío de viento, contrapeso tímbrico del cuarteto de cuerda en una interpretación con mucho oficio de estos siete músicos sinfónicos que comparten igualmente formaciones de cámara con la misma profesionalidad, buen gusto y amor por la música.

Quedamos con ganas de más piano en esta velada de salón sin merienda para nuestra irrepetible Vetusta, la Viena del norte.

DENIS KOZHUKHIN, piano. Solistas de la Orquesta de Cadaqués:
SARA BITLLOCH, violín; CRISTINA POZAS, viola; MÀRIUS DÍAZ, cello; TONI GARCIA, contrabajo; JOAN ENRIC LLUNA, clarinete; DAVID TOMÀS, fagot; MARÍA RUBIO, trompa.

P. D.: Reseña para LNE del lunes 9 de abril de 2018.

Laura Mota, una pianista esplendorosa

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Miércoles 28 de marzo, 19:45 horas. Teatro Filarmónica, Sociedad Filarmónica de Oviedo, concierto 6 del año 2018: Laura Mota Pello (piano). Obras de Beethoven, Schubert y Schumann.

Crítica para La Nueva España del viernes 30, con los añadidos de links, fotos propias y tipografía:

La sociedad filarmónica ovetense de la calle Mendizábal es toda una escuela para melómanos desde 1907 en la que me “matriculó” mi tío Paco en 1971 para disfrutar con Joaquín Achúcarro, al que terminaría idolatrando. Por su escenario han desfilado grandes figuras de instrumentistas, voces y orquestas de renombre, aunque siempre apostando por los talentos de la tierra como las pianistas Purita de la Riva o mi querida Carmen Yepes, por citar dos generaciones muy distintas de mujeres y artistas. Laura Mota Pello (Oviedo, 2003) es la última de estas figuras debutantes en la centenaria sociedad del Teatro Filarmónica aunque de trayectoria muy amplia pese a su juventud. La descubrí dando un recital en Mieres con solo 9 años y desde entonces no he dejado de emocionarme cada vez que la escucho y no solo en Asturias, donde recuerdo suConcierto nº 23 de Mozart en el Auditorio con la Oviedo Filarmonía y Marzio Conti el 23 de enero de 2015, junto a un estreno del también joven ovetense Gabriel Ordás más la violinista y compositora inglesa Alma Deutscher, auténtica niña repollo). Laura ha asombrado desde el piano a casi toda España incluso en TVE en aquel programa “Pizzicato” presentado por Ara Malikian, con una sólida carrera de concertista acumulando premios allá donde va hasta llegar a ser la única finalista europea hace ahora un año en el “Aarhus International Piano Competition” danés, incidiendo en ello porque no es niña prodigio sino directamente un prodigio al piano, con mucho trabajo, pasión, madurez y el apoyo incondicional de sus padres, Alberto y Clara, sumando una labor de años con el maestro Francisco Jaime-Pantín, siempre tutelando esta opción de vida desde la experiencia y la sabiduría necesarias para un viaje larguísimo como es el de concertista de piano.

Para su primera actuación en la sociedad presidida por Jaime Álvarez-Buylla la joven intérprete ovetense no escatimó en esfuerzo, recursos, memoria, ni dificultades técnicas con tres autores románticos cual piedras angulares de la literatura pianística: Beethoven, Schubert y Schumann que habrán sonado muchas veces en este mismo escenario en manos de figuras como Alicia de la Rocha, con quien ya se ha comparado a Laura Mota en cuanto a trayectoria y formación, Luis Galve, Arturo Benedetti, Nikita Magaloff o el mismísimo Sergei Rachmaninoff, por citar algunos Pianistas, con mayúscula, que dejaron su firma en el “Libro de Oro” de la Sociedad Filarmónica de Oviedo.

La Sonata nº 8 en do menor, “Patética”, de Beethoven sirvió para abrir boca, suficiente para ocupar toda una parte durísima, que Laura abordó con fuerza y delicadeza, vértigo y calma romántica a más no poder, vertiginosa y sin mareos, con peso además de poso.
Schubert fue el segundo sustento vienés con dos obras igual de exigentes para todo intérprete: el Impromptu nº 3 op. 142 en si bemol mayor más la Fantasía Wanderer, op. 15, dos páginas notables, profundas y extensas pero también frescas y experimentales como las ideas que bullían en la mente del compositor con su paralelo interpretativo, hondura y madurez para abordar las líneas melódicas de cambiantes armonías e integración en la textura colorista del piano, explorando desde su juventud una sensibilidad interior propia digna de admirar que escuchándola hace olvidarnos de su edad.

Si todo lo anterior ya tenía entidad para todo un concierto, todavía sonaría el Carnaval, op. 9 de Schumann en la segunda parte. Veintiún estampas breves y complejas, arrebatadoras y serenas, juegos de homenajes a Chopin y Paganini con mariposas y marchas filisteas además de esa literatura sonora inspirada en la “Comedia dell’Arte” pintada por Laura Mota con destreza y autoridad, con desparpajo y sentimiento sin artificios, interpretando y releyendo trazos, dinámicas, sonoridades y velocidades. La primera impresión fue la de conjugar técnicas distintas de acuarela, óleo y hasta mosaico por la variedad expositiva desde el piano, esa hondura de la que carecen muchos prodigios asiáticos que tienden a impactar con una técnica vacía de sentimientos. Laura Mota asombra no por lo que toca, pese a tener ya un amplísimo repertorio para quitar el hipo, sino por cómo, algo increíble para su edad que se transmuta al piano para emocionar con cualquier época y autor, tal es su acercamiento a las obras desde una seriedad atípica en estos tiempos. El Schumann carnavalesco brilló entre los mejores recuerdos de este teatro.

Todavía con fuerzas nos regaló a Rachmaninoff por partida doble, resucitado y revivido en esta Filarmónica nada menos que con dos de los diez Preludios op. 23, el nº 4 (Andante cantabile en re mayor) lirismo en estado puro, y el nº 5 (Alla marcia en sol menor) poderoso y marcial, dos propinas plenamente integradas en el discurrir anímico de todo un concierto pleno de musicalidad, sentimiento, hondura y emociones al comprobar cuánto talento atesora Laura Mota. Un miércoles santo para comenzar estas vacaciones escolares inexistentes para los eternos y sacrificados estudiantes de música con bravos merecidos de un público veterano, educado y entendido en esta escuela de melómanos.

Laura Mota, talento adulto

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Miércoles 28 de marzo, 19:45 horas. Sociedad Filarmónica de Oviedo, Laura Mota Pello (piano). Obras de Beethoven, Schubert y Schumann.


Presentación en sociedad
Reseña para La Nueva España del jueves 29, con los añadidos de links, fotos propias y tipografía:
La pianista ovetense Laura Mota (2003) se presentaba en la centenaria Sociedad Filarmónica Ovetense con un programa duro y profundo que los socios conocen por ser piedra angular de tantos grandes concertistas que por su escenario han pasado.
La trayectoria de nuestra pianista es imparable desde 2009 porque este prodigio comenzó su andadura con seis años. Su currículo es apabullante y deslumbra allá donde actúa con una madurez y hondura que solo las grandes como nuestra Purita de la Riva o Alicia de la Rocha tenían a su edad. Su maestro Francisco J. Pantín está encauzando una carrera de mucho recorrido que el tiempo permitirá corroborarlo.

Laura Mota no es espectacular por lo que toca sino cómo, a diferencia de las asiáticas que copan premios en todos los concursos pero cual autómatas carentes de pasión.
La Patética de Beethoven abriendo concierto supuso poner sus cartas boca arriba en el debut con esta Sociedad que siempre ha apostado por músicos de nuestra tierra.

Schubert continuaría asombrando e impactando, el Impromptu 3 fresco y hondo, brillante y contrastado con la gigantesca Fantasía Wanderer, dramatismo y delicadeza, caminante sentimental en 88 teclas y casi una hora de entrega.

Todavía quedaba el Carnaval, op. 9 de Schumann por si la primera parte no fuese suficiente para todo un concierto. La evolución interpretativa de Laura Mota va en progresión geométrica y con todas las épocas y estilos, pero este programa romántico nos da una idea de un horizonte lejano que no tiene fin. Schumann es literatura sin palabras, la Comedia del Arte llevada al piano con guiños a Chopin o Paganini, mariposas coquetas o marchas de filisteos con Laura Mota intérprete de las 21 estampas, breves pero intensas de este “carnaval” en plena Semana Santa, acuarelas por el trazo, óleos por textura, mosaicos por color, obra total en estas manos infantiles de talento adulto y arrebatadora delicadeza.

Sin cansancio aparente e igual naturalidad nos regaló dos preludios (4 y 5) de Rachmaninov.
Porque cerrar los ojos nos transporta a interpretaciones de referencia en este mismo teatro… al abrirlos la impactante y agradable sorpresa de comprobar quién toca ese piano, recreando y sintiendo con poso maduro e ímpetu juvenil.

Los mejores de los nuestros

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Sábado 24 de marzo, 20:15 horas: Salón de Actos del Museo de la Evolución Humana (MEH), Burgos. «La voz de la memoria«, Homenaje a Joaquín Díaz, 70 aniversario, Diego Fernández Magdaleno (piano). Entrada libre (aforo completo).

El título de esta entrada no es mío sino de la Junta de Castilla y León en un ciclo que homenajea y premia a los suyos, a sus castellanos ilustres, a fin de cuentas también nuestros, y mucho mejor en vida porque se disfruta más.

Joaquín Díaz (Zamora, 1947) no necesita presentación en esta España nuestra de memorias televisivas en blanco  y negro y sobre todo radiofónicas, músico global aunque le etiquetemos de folklorista, hoy diríamos etnógrafo, que en un gesto de generosidad con visión de futuro legó a la Diputación de Valladolid su amplio archivo para plantar la Fundación con su nombre en la villa de Urueña, una parada obligada a medio camino entre Asturias y Madrid del que me enamoré en la primera visita, de «los museos de Joaquín» incluyendo el de campanas que creo es único en España, el de la música con instrumentos de todo el mundo, museo y casa de otro musicazo como Luis Delgado (Madrid, 1956), siguiendo la llamada del maestro, tiendas de artesanía, talleres varios, las incontables librerías de todo tipo que hacen de esta ubicación «La Villa del Libro«.
Pero también su muralla, las vistas desde ella, los atardeceres en cualquier estación, su gastronomía y alrededores donde es obligatorio visitar San Cebrián de Mazote. Este sábado burgalés se lo recordaba al homenajeado que además me firmaba el «pack» con tres compactos de grabaciones junto al DVD que recoge archivos de TVE, doble regalo porque mi admirado Florentino, un asturiano en Burgos con el que había quedado para disfrutar este evento, acababa de regalármelo sin conocer la presencia de Don Joaquín.

Y esta escapada a la capital castellana era para disfrutar una vez más de mi querido y admirado amigo Diego Fernández Magdaleno (Medina de Rioseco, 1971), al que tenía muchas ganas de volver a escuchar en directo porque sus conciertos respiran emociones, homenajes, respeto, literatura, música y honestidad. Analizar cómo organiza sus programas es todo un reto que me consta igualmente para él y quienes le seguimos. El homenajeado bromeaba con el último orden en estos conciertos festejando sus siete décadas, porque los ocho «bloques» incluían una referencia personal, geográfica incluso, visionada por el piano de Diego acompañada por compositores de nuestro tiempo perfectamente encajados con nuestro folklore. «La voz de la memoria» son Joaquín y Diego, palabras del agua que fluye como la música, que apuesta por los recuerdos (como la visita rápida tras el concierto a la casa donde vivió Antonio José), por los amigos, muchos compositores pues los vínculos establecidos con la música ofrecen regalos tangibles pero igualmente inmateriales.

El programa lo dejo escaneado como los demás «regalos», y para intentar sumarme a este homenaje dedicado a Los mejores de los nuestros destacar un poco de lo mucho que supuso el concierto junto al entorno previo y posterior.

Notas telegráficas: la sorpresa adelantada del encuentro. Inmensidad del MEH que necesitaría un día completo para disfrutarlo. La evolución humana también está marcada por la amistad y la música entre muchas cosas. La materialización física y burgalesa de dos melómanos asturianos en la ciudad del Cid. Emociones compartidas en primera fila, sintiendo las vibraciones del Steinway© en la madera del salón.

Las campanas de Urueña con Kurtág, Montague y el Gerineldo de Joaquín. La fusión de palabras y músicas tan del gusto de Diego, Caibanera por las habaneras de Cádiz y el blues de raíz a cargo de Dolores Serrano Cueto (Cádiz, 1967) con la añada asturiana Duérmete, fíu del alma y la Carta de Falla a Rubinstein de Tomás Marco (Madrid, 1942), un bloque para viajar sin equipaje.
Impensable Diego F. Magdaleno sin un estreno absoluto de un español y amigo, esta vez Espigas de luz de Jesús Legido (Valladolid, 1943) tan actual como el que más, Castilla desde un trigal cromático en blanco y negro con la explosión de Sa Ximbomba de Antonio Ruiz-Pipó (Granada 1934 – París, 1997).

El cuarto bloque redondo por encaje desde la gratitud por compartir Recuerdo de Albert Sardà (Barcelona, 1943), homenaje a Diego Fernández Piera, padre de nuestro pianista, enamorado del flamenco que el compositor catalán entendió desde los melismas que el hijo canta en el piano, como El enamorado y la muerte de Joaquín con el homenaje de «mi gemelo» Francisco García Álvarez (Valladolid, 1959) al músico zamorano festejado este sábado burgalés.

Mi «descubrimiento» de otro pucelano, Luis Villalba Muñoz (1873-1921), cuya Meditación me despertó la curiosidad para urgar en un pasado menos cercano que su música, curiosamente la más alejada cronológicamente en este concierto pero capaz de «compartir actualidad» con la conocida canción burgalesa Morito pititón visionada por el mallorquín Román Alís (1931-2006) junto al Romance del Conde Olinos. Geografías musicales manteniendo título de «los mejores de los nuestros» aunque siempre se quede alguno fuera de programa ante el obligado encaje de bolillos que siempre realiza Diego para sus conciertos.

Sesión «in crescendo» emocional y de homenajes el piano cantábrico en mis entrañas por la Clusteriana Didakus de Pedro Aizpurúa (Andoain, 1924) llena de vigor y resaca marina junto a Sabor d’amor de Ignasi Adiego (Barcelona, 1963) capaz de elevar el bolero al concierto contemporáneo con La rosa enflorece castellana bien regada musicalmente en el medio de ambas.
Último bloque el octavo que supo a poco, Joaquín con Carlos Cruz de Castro (1941) y Max Richter (1966), Diego y su intensidad emotiva, los mejores y además nuestros en sus dedos, con un público agradecido, aplausos merecidos, intercambios a vuelapluma, confidencias rápidas, tiempo para unas cañas rápidas, ilusiones compartidas y sorpresas como los mejores regalos de nuestras vidas.

La música es algo que no tiene precio y viajar el mínimo peaje por ella, para ella y con ella, incluso sin moverte de casa. Pero el directo siempre es irrepetible, palabras del agua…

Carnaval maduro y juvenil

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Domingo 11 de febrero, 20:00 horas. León, Fundación Eutherpe: Jóvenes intérpretes 2018. Laura Mota (piano). Obras de Beethoven, Schubert y Schumann.

La fundación que preside Margarita Morais lleva años apostando por los jóvenes talentos y por su sala de la calle Alfonso V en León siguen pasando generaciones de intérpretes, muchos de ellos asturianos, que vuelven para corroborar su evolución y agradecer el interés por ellos mostrado.

Laura Mota (Oviedo, 28 de febrero 2003) retornaba a la capital vecina con un programa hondo, potente, arriesgado y volviendo a demostrar su increíble madurez interpretativa tras su paso por Aarhus el pasado verano en su concurso internacional siendo una de las 20 finalistas de todo el mundo en la categoría A (nacidos entre 2003 y 2008), y la única no oriental en clasificarse para la final, lo que indica el nivel de nuestra joven intérprete demostrado en otros eventos donde siempre admira amén de premios o distinciones.

En la primera parte Beethoven y su Sonata para piano nº 8 en Do menor, Opus 13, «Patética», todo un hallazgo de aproximación romántica desde el I. Grave – Allegro di molto e con brio con silencios subyugantes antes de arrancar «con brío» y fuerza, un II. Adagio cantabile hondo y bien «cantado» para rematar con el III. Rondo: Allegro lleno de vitalidad y explosión sin importar las dificultades técnicas porque la música reinó sobre toda la sonata plagada de momentos hondos que cerrando los ojos hacían olvidar la edad de nuestra pianista.
Y los retos están para superarlos por lo que dentro de este programa de piano romántico en estado puro y cronología bien elegida, llegaría Schubert con la Fantasía Wanderer Opus 15 (D. 760), nueva prueba de fuego no ya por el esfuerzo físico sino por el poso necesario para afrontar esta inmensidad de partitura de la que Liszt sería gran admirador. Cuatro movimientos (I. Allegro con fuoco ma non troppo; II. Adagio; III. Presto; IV. Allegro) más exigentes que cualquier otra sonata por ese trasfondo de «caminante» en la breve vida breve del compositor con guiños a su admirado Beethoven, pero con un poso al alcance de pocos intérpretes consagrados (no suelo recordar muchos orientales) entre los que tendremos que añadir a Laura Mota, aún en un sendero del que no vislumbramos final por todo lo que le espera, pero dejando al educado y entendido público leonés boquiabierto por esa madurez en el piano que no cuadra a la vista aunque sí totalmente al oído, un escalón vienés en la evolución de la literatura para las 88 teclas.

Para concluir el concierto y en plenas «carnestolendas» la segunda parte nada mejor que el Carnaval, Opus 9 (R. Schumann) con veintidós estampas cual ilustraciones musicales variadas, breves e intensas, complicadas por la riqueza condensada y todo tipo de recursos técnicos al servicio de esas postales evocadoras de estas fiestas sin perder de vista la «Commedia dell’arte» por colorido y humor (Reconnaissance), unido a homenajes variados (Eusebius VS Florestan) con los correspondientes guiños en el pentagrama a otros grandes (Chopin tal cual o endiablado Paganini) plagados de trampas y letras danzantes, juegos rítmicos y sobre todo el piano protagonista total dibujado por Laura Mota desde esa madurez juvenil de una adolescente que sigue maravillando, Papillons casi etéreos como el tocado del pelo, Coquette, o históricos como la Marche des «Davidsbündler» contre les Philistins, evocación del emperador Beethoven y verdadera defensa de los ideales artísticos contra los formulismos y viejas teorías de los maestros rutinarios, a quienes esa sociedad secreta de Schumann designaba como “filisteos”, auténtica revolución llevada a cabo por la nueva escuela romántica de la que todo este concierto dominical fue un verdadero ejemplo de principio a fin.

Y es que si el esfuerzo no solo físico resultó maratoniano, aún tendría fuerza para regalarnos «un poco más» de Schubert, el Impromptu D. 899 op. 90 nº 2, limpio, cristalino, prodigioso y romanticismo en estado puro, digno de los muchos grandes pianistas cuyas fotos ilustran esta sala leonesa donde Laura está hace tiempo. Cada concierto suyo pone el listón más alto aunque los límites los pone ella, y Oviedo su Sociedad Filarmónica volverá a tenerla el próximo 28 de marzo.

In Memoriam Elena Herrera

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Viernes 9 de febrero, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo. «Sinfonismo británico«, OSPA, abono 5, Haochen Zang (piano), Carlos Miguel Prieto (director). Obras de S. Revueltas, S. Rachmaninov y W. Walton.
Pablo SIANA | 10.02.2018 | 04:09
El talento mexicano de Carlos M. Prieto le sienta bien a la OSPA.
Tras el paréntesis operístico, volvía la Orquesta Sinfónica del Principado de Asturias (OSPA) al Auditorio Príncipe Felipe para retomar su temporada de abono con el director Carlos M. Prieto y el pianista Hoachen Zhang en un programa colorista titulado “Sinfonismo británico” que tuvo sabor y homenaje mexicanos, pero también cubano (por Elena Herrera).

El concierto se inició con el particular Homenaje a Federico García Lorca de Revueltas. Un vehículo idóneo para los viajes emocionales de un compositor y un director que se encuentran en momentos distintos, bien entendidos por ambos en facetas complementarias que la OSPA, “de cámara” por número de efectivos, desveló con un acierto y un gusto bien explicados al inicio por el Maestro Prieto, y mejor interpretados con un excelente trompeta solista.

El primero de Rachmaninov, no tan popular como el segundo aunque igual de exigente para el solista chino (miembro de esa generación oriental que viene arrasando). Zhang estuvo asombroso en la expresión y además bien concertado por Prieto, que permitió al público disfrutar del virtuosismo efectivo y no efectista arropado por una orquesta inmensa en todos los sentidos. Y Mozart siempre es un buen regalo.

La primera sinfonía de Walton, más conocido por sus bandas sonoras y otro grande británico por vanguardista, nos trajo la mejor versión de una orquesta madura que afronta estos repertorios con solvencia y entrega cuando el podio conoce los secretos de partitura y formación. Un terremoto sonoro como la relación amorosa de Walton con la baronesa Doernberg, siempre británico por compostura y brillantez desde la ruptura contenida que el mexicano supo transmitir a una orquesta que con él suena de cine, majestuosa e imperial.

P. D.: El texto corresponde a mi reseña para La Nueva España sección Oviedo, de la  madrugada del sábado a la que desde casa he añadido mis fotos y los habituales «links» enlazando temas y autores, esta vez de las notas al programa publicadas en la revista 19 y el Facebook© de la OSPA escritas por Luis Suñén así como las entrevistas en el canal de YouTube© OSPATV al pianista y al director, antes del Carnaval.

Elena Herrera Peraza (Sancti Spíritus, 15 de agosto de 1948 – Oviedo, 9 de febrero de 2018).

Deuda saldada

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Jueves 8 de febrero, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo, Jornadas de Piano “Luis G. Iberni”: Khatia Buniatishvili (piano). Obras de Brahms, Tchaikovsky y Liszt.

Oviedo, Pablo Siana | 09.02.2018 | 03:45
Khatia Buniatishvili retornó ayer a Oviedo para ofrecer el concierto que, inicialmente previsto para el 3 de diciembre, tuvo que retrasar por una insuficiencia respiratoria acompañada de un proceso febril.
Un recital incluido en el programa de las Jornadas de Piano “Luis G. Iberni”, que patrocina LA NUEVA ESPAÑA, y en el que la intérprete georgiana integró dos mundos: el íntimo, casi religioso, frente a la pirotecnia para todos los públicos.

En un concierto rebosante de música, Khatia Buniatishvili se empleó con elegancia y equívoca facilidad por la sencillez, llena de delicada fortaleza.

Su pieza inicial, la Sonata para piano nº 3 en fa menor de Brahms, precisa de una madurez que a la georgiana le viene por genética. La pianista deleitó en sus cinco movimientos diferentes y únicos. En el primero, un Allegro maestoso, ofreció una arrebatadora entrada, acallando aplausos y pasión como el rojo vestido que apenas dio tiempo a digerir. En el segundo, Andante espressivo, rindió un íntimo tributo a las otras “B” (Bach y Beethoven) por un Brahms con la óptica femenina, también “B” mayúscula, de Buniatshvili, pero minúscula por bostezo y carraspeo, cuando no tos nada griposa sino de aburrimiento, por parte del público no preparado para esta sonata exigente. Una parte del público a la que el tercero, Scherzo: Allegro energico – Trio, provocó un despertar con volúmenes amplios y abrumadora limpieza.

El cuarto movimiento, Intermezzo: Andante molto, otra interiorización y tributo de Brahms a “la quinta” de su adorado sordo, fue dinámico, delicado y arrebatado en esa mezcla que Buniatishvili domina desde su técnica y musicalidad asombrosa previa al quinto, Finale: Allegro moderato ma rubato, como esperado fin de trayecto en una primera parte locuaz pero introvertida. Como los propios gestos de la giorgiana.

Chaikovski es seguro de triunfo sobre todo su Cascanueces cuya suite el también virtuoso M. Pletnev (conocido en Oviedo) arregló en siete números donde de las danzas hizo Buniatishvili virtud al piano recreando sonoridades propias más que orquestales por matices y velocidades diversas.

Y cerrando velada el Liszt endemoniado, siempre cortando aplausos, sin rodeos ni poses o tics, apurando respiración, primero el Vals Mephisto nº 1, del paraíso perdido al abismo emocional, implosión y explosión virtuosa antes de apurar la Rapsodia española, S.254. Tributos de húngaro y georgiana a nuestra música más que la jota, con visiones internacionales donde los dedos se entrenan pero la mente sigue dominando.

Kathia Buniatshvili, KB para abreviar, asombrando como siempre, aún nos regaló un poco de la Rapsodia húngara y mucho del otro KB, el “Kantor Bach” con un Coral que de nuevo puso a Oviedo en el mapa de la música.

P. D.: El texto corresponde a mi reseña para La Nueva España (en la edición digital solo para suscriptores) de la  madrugada del viernes a la que desde casa he añadido mis fotos, salvo la indicada que ilustraba el periódico, y los habituales «links» enlazando temas y autores.

Beethoven escoltando a los rusos

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Viernes 19 de enero, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo, Concierto Extraordinario OSPA: Real Filharmonía de Galicia, Lars Vogt (director y piano). Obras de Beethoven, Prokofiev y Stravinsky.

Excelente concierto para poco público el ofrecido por la orquesta afincada en Santiago en concierto de «intercambio» con nuestra OSPA (que devolverá visita el 8 de marzo) pese a tener los abonados entrada gratuita, la hoja de aviso previo y hasta anunciado en el nº 19 de la revista. Y una lástima porque hubo calidad no recompensada como debería al igual que hace 9 años cuando Lars Vogt debutaba en este mismo auditorio dentro de las Jornadas de Piano «Luis G. Iberni» con similar aforo al de este viernes. Nunca entenderé al público de Oviedo que se ha perdido un programa lleno de momentos únicos y sin muchas toses, que alguna ventaja tiene no llenar las butacas.

Hace años que sigo a la Real Filharmonía de Galicia, que también había pasado por Oviedo, y la semana pasada la dirigía mi admirado Manuel Hernández Silva, invitado de la orquesta compostelana desde hace varias temporadas y con un concierto muy distinto al que trajeron este viernes a la capital astur, demostrando la versatilidad de una formación casi de cámara que siempre se ha caracterizado por la calidad de todas sus secciones, despuntando en el llamado «repertorio clásico» sobre todo gracias a una sonoridad que podríamos definir como aterciopelada por reunir consistencia y suavidad desde todos los colores posibles, redondez en la cuerda siempre clara y precisa, amplia gama de matices con sutiles pianísimos y fortísimos sin estridencias con un viento madera equilibrado junto con los metales a pares. Sumemos la musicalidad exigida y demostrada en Oviedo para sentir con el piano y nos encontramos con una de las mejores orquestas españolas, casi todas con más de 20 años de existencia luchando contracorriente pese a las circunstancias adversas y los mayoritariamente «miopes culturales» de los regidores públicos.

Lars Vogt volvía a Oviedo desde Santiago en su doble faceta de solista y director, con la ventaja de tener el control (casi) total de la interpretación, dejándonos dos conciertos de Beethoven poco transitados (el segundo y tercero) que el propio pianista alemán ya ha tocado y dirigido, esta vez con la complicidad de un concertino de lujo, escoltando a dos rusos sin más obligaciones que pilotar esta nave gallega para compartir deleite, primero un ruso «clásico» y después el más actual por transgresor e inspirado contando solamente con una cuerda envidiable.

La Sinfonía nº 1 en re mayor, op. 25 «Clásica» de Prokofiev mostró lo vigente de un estilo que dominó toda la velada y alcanzó altas cotas de calidad precisamente por una formación disciplinada y esmerada en el sonido, para una forma orquestal de libro por los cuatro movimientos no muy extensos pero muestrario ideal del academicismo ruso recién finalizada la Primera Guerra Mundial y estrenada en Petrogrado por el propio compositor. Vogt fue desgranando con corporalidad más que batuta un Allegro valiente, posado y preciso desde un humor intrínseco y casi danzarín, un Intermezzo. Larghetto reposado para deleitarnos con el empaste y sonoridad de «los gallegos» con amplias dinámicas, la Gavotte. Non troppo allegro literal y de nuevo bailable, amarrando y templando el maestro alemán la elegancia sonora antes del Finale. Molto vivace que sirvió de sintonía radiofónica y de virtuosismo por parte de esta orquesta del Consorcio de Santiago antes del merecido descanso con una partitura que ya echaba de menos.

No se perdió intensidad ni calidad en el Concierto en Re «Concierto Basel» de Stravinsky donde la cuerda emergió bien llevada por las manos de un Vogt que disfrutaba tanto como sus músicos y los elegidos, primeros atriles en perfecta sincronía de texturas con el resto, carnosa e hiriente, actual y en el «tempo giusto» para poder paladear toda la riqueza de esta maravilla casi camerística a cargo de la sección de cuerda de la RFG, de lo mejor que podemos encontrarnos hoy en día por estos lares.

Beethoven abriría y cerraría velada con dos conciertos no muy programados y el propio Lars Vogt de solista (como solo los grandes se atreven) dirigiendo con miradas, gestos, disfrutando las cadencias y en perfecto entendimiento con sus acompañantes, primero y de aperitivo el Concierto para piano nº 2 en si bemol mayor op. 19 al que tardó en tomarle el pulso pero una vez encajado sacarle el mayor partido posible. Algo turbio el pedal y ligeros desajustes iniciales entre violines primeros y segundos (enfrentados) puede que por exceso del «brío» que lleva el Allegro, no fue impedimento para un segundo casi mozartiano, clásico y juvenil aunque asomando el sello personal del de Bonn que su compatriota entendió visto cual diálogo y escucha mutua desde el piano, asentado plenamente en el Adagio donde el solista se deleitó en un sonido intimista más que brillante brotando en el Rondó. Molto allegro bien arropado por ese terciopelo gallego casi cual blanco satén.
Mucho mejor en concepción, complejidad e interpretación el Concierto para piano nº 3 en do menor, op. 37, todavía clásico y «deudor» del mejor Mozart pero exigente y plenamente beethoveniano con ese inicio casi sinfónico y un piano más protagonista que Vogt así demostró, marca de la casa nuevamente bien vestido por una orquesta ideal para este repertorio que se rindió al solista siempre mandando en tiempo e intenciones.

La propina de un pianista y deseándonos buenas noches nada mejor que Chopin y uno de sus nocturnos póstumos preferidos, el Nocturno en do sostenido menor (Lento con gran espressione) que nos devolvió al Vogt que recordaba un febrero de 2009 en mis inicios «blogueros»… La música parece acortar el mismo tiempo que nos alarga la vida con momentos como estos.

P. D.: Mi reseña en La Nueva España.

Barenboim saca los colores

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Domingo 7 de enero, 19:00 horas. Auditorio de Oviedo, Jornadas de Piano «Luis G. Iberni»: Daniel Barenboim (piano). Obras de Debussy.
El verdadero regalo de reyes y la mejor forma de comenzar el año musical fue acudir al concierto de una de las últimas leyendas vivas del piano en pasar por Oviedo (aunque ya estuvo como director) Daniel Barenboim que solo tocará en Madrid y Barcelona dentro de esta gira europea presentando su última grabación y únicas paradas españolas en su agenda, llenando este primer domingo de 2018 un auditorio totalmente rendido pese a vergüenzas ajenas y sonrojos ante el aluvión atronador de toses en todas las direcciones, tímbricas y edades que no solo rompieron la necesaria continuidad e intimismo de los preludios obligando al maestro a levantarse del piano y acercar su pañuelo a la boca para que todos los maleducados entendiesen cómo atenuar esos ataques contagiosos, peores que la propia mala educación.

Y como niños pequeños mal educados, puesto que la cincuentena larga que rodeó al maestro en el escenario sí fueron más cívicos que los mayores, la alegría duró poco en casa del pobre y la megafonía volvió a recordar antes de comenzar la segunda parte el malestar del argentino por las toses que le impedían concentrarse y que el personal griposo de malos modales hiciese ese gesto tan sencillo que además figura en los AVISOS de todos los programas de mano (está visto que leerlos no es habitual): «Mitigar con un pañuelo o la misma mano las toses repentinas, sobre todo en los momentos lentos«, sacando los colores al resto capaz de ahogarse con tal de no romper el necesario silencio ante cualquier concierto.

Pese a estos inconvenientes, desconsideraciones totales hacia intérprete y público en general, amén de impaciencias como no esperar las posibles propinas y levantarse como alma que lleva el diablo, Daniel Barenboim trajo su piano y afinador particular para ofrecernos un monográfico del francés Debussy recientemente llevado al disco con el sello amarillo, lleno de colorido, magia, pinceladas y sonoridades que supongo la maestría del universal argentino habría sacado de otro modelo, aunque me pareció que el equilibrio entre los extremos agudos y graves parece más logrado, junto a unos ajustes precisos de toda la maquinaria que permiten apreciar toda la gama dinámica que las obras de Debussy atesoran, además de un manejo de los pedales redondeando esa paleta sonora impresionista sin un ápice de borrones o manchas.

El primer libro de los Preludios para piano (1909-10) resultó, pese al accidentado inicio, un auténtico catálogo de cuadros musicales en todos los tamaños y tiempos además de las temáticas indicadas en sus doce títulos, casi la Biblia de cualquier pianista que en el caso de Barenboim con su instrumento demuestra porqué es tan bueno dirigiendo, esculpiendo sonidos que se mezclan con total limpieza primando lo principal en un primer plano que salta al oído sin perder la globalidad. Sumemos el juego con los aires totalmente personales más allá de las indicaciones o de un mero rubato, dotando a cada página de personalidad propia, destacando ya pasada la mitad de los preludios como si olvidase la tortura ruidosa, dejando La muchacha de los cabellos de lino literalmente «tranquila y dulcemente expresiva» o como Francisco Jaime Pantín escribe en las notas «el retorno a la contemplación, a través de la ilustración musical de un poema de Leconte de Lisle, cuyo pentatonismo aporta desnudez y simplicidad a un entorno de discreto arcaísmo«, el aire plenamente andaluz de La serenata interrumpida como si el Auditorio de Oviedo fuese una Alhambra soñada donde Barenboim ya sentó cátedra, La catedral sumergida incapaz de ahogar toses pero ingrávida y monumental como sus campanas claras en un mar cual aire enrarecido, y el toque humorístico, burlesco e irónico del bufón, Minstrels de saltos y tambores, «arracimando» figuraciones, ornamentos y tempo para cerrar una primera parte de menos a más, concentrado y gustándo(se), recreando el universo debussiano como pocos pueden interpretar tras una carrera de más de cincuenta años donde parecía faltar el compositor francés.

Menos intensa la segunda parte pero igual de emocionante, paleta de coloridos variados en intensidades y paisajes comenzando con las tres Estampas (1903) casi tríptico de acuarela y tinta china por el trazo rápido y fresco, destacando de nuevo lo hispano de Una tarde en Granada que Debussy no conoció pero Barenboim sí, ritmo andaluz puro con evocación de guitarra, y hasta los Jardines bajo la lluvia que en vez de parisinos resultaron del Generalife por el ambiente previo y la luz final que el Mediterráneo tiene y el argentino conoce.

Las «Dos arabescas» (1888) siguientes siguieron surcando el Mare Nostrum, la conocida nº 1 (Andantino con moto) infantil como la sintonía para algunos de aquel «Planeta imaginario» versioneada por Tomita y sus sintetizadores que Barenboim trazó jugando con el tiempo cual fuelle de bandoneón y delicado acento, más la nº 2 (Allegretto scherzando) caprichosa, ágil y precisa, menos juguetona que la primera y contrastada como el propio maestro, quien mostraba todos sus tics habituales en el piano y los que le conocen reconocerán: esa mano izquierda levantada reforzando carácter, la cara reflejo anímico mirando a la derecha sin ver, el echarse hacia atrás puntualmente como levantando tensiones, la fuerza en el ataque que llega al zapatazo derecho sobre la tarima, dualidad del gesto adusto y generoso, serio y elegante como el volver a abrocharse todos los botones de su casaca antes de saludar a todos por zonas.

La isla alegre cerraría este monográfico francés de un intérprete universal que parece haber encontrado en el piano una segunda etapa de investigación sonora sin olvidar una técnica envidiable, afrontando esta isla final con la exuberancia y portento juvenil de apoteosis tímbrica en un instrumento diseñado por el propio Barenboim que sigue impartiendo magisterio y magentismo especial.
Siempre de agradecer las propinas a pares, ambas de Schumann, dos de sus Fantasiestücke Op. 12, la primera Des Abends (La tarde) y la séptima Traumes Wirren (Sueños turbulentos), plena de virtuosismo y vitalidad a sus 75 años, con guiños siempre actuales porque los genios no tienen edad.

A Don Daniel no le gustan las fotos pero accedió a firmar discos tras finalizar un concierto al que no faltó casi nadie para así presumir de haber asistido a un pedazo de la historia del piano nuevamente con Oviedo de referente y siempre recordando a Iberni.

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