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Y cierre de película

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Viernes 30 de agosto, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo, Festival de Verano «Oviedo es Música». Judith Jáuregui (piano), Oviedo Filarmonía, César Álvarez (director). Obras de Sungji Hong, Beethoven y Tchaikovsky. Entrada butaca: 15,50€ (con gastos de emisión).

Cerramos ciclo y vacaciones veraniegas aunque la música nunca se toma descansos en nuestras vidas, y nada menos que con un concierto de los que salimos felices por lo escuchado y vivido, realmente de película.

Para empezar, un estreno absoluto de la ganadora del IV Concurso Magistralia de Creación Musical para Mujeres Compositoras, la Obertura Operatic Breaches de la surcoreana Sungji Hong (1973). La OvFi sigue creciendo en todas su secciones, y además de la versatilidad para los repertorios suma una madurez que se nota desde hace tiempo, esta vez bajo la batuta de César Álvarez que sacó de la orquesta toda una paleta tímbrica (destacando los solos de marimba y xilófono) y emocional que esconde la partitura de la compositora coreana, una línea que crece y decrece en dinámicas, texturas, rítmicas, en cierto modo música cinematográfica sin imágenes y clímax sinfónico para una plantilla que lo dio todo, interpretación que la autora presente en la sala, también agradeció.

La pianista donostiarra, con una agenda muy completa en estos tiempos, volvía por tercera vez a Oviedo, en esta ocasión con el Concierto nº 1 en do mayor, Op. 15 para piano y orquesta de Beethoven. Da gusto escuchar las obras concertantes cuando hay un total entendimiento entre batuta y solista, arrancando el Allegro con brio sin excesos en «tempo» que permitieron una primera entrada del piano degustando ese estilo aún clásico pero plenamente beethoveniano, con la estructura de solos, orquesta y concertantes en perfecto equilibrio y la cadencia final delicadamente arrebatadora en los dedos de una Judith que rebosa musicalidad. El Largo rezumó dulzura poética y limpieza en todos los intérpretes, con un director siempre pendiente de la solista, lo que siempre ayuda, sonoridades bien trabajadas en el piano siempre bien arropadas por la orquesta, para sin pausa atacar el Rondo Allegro scherzando que marcaría todo el devenir del movimiento final, escuchándose y contestándose todos, ligeros rubati bien resueltos por una batuta atenta y precisa para un acompañamiento que iba más allá, consiguiendo una verdadera concertación para esta interpretación del «primero de Beethoven» que ya apunta lo que culminará con el «Emperador». Excelente versión del triunvirato Jáuregui-Álvarez-OvFi.

Y si la propia pianista tras los agradecimientos nos hablaba de un viaje, también emocional sin duda, nos hizo un regalo de altura y talla interpretativa que tiene grabado en su CD «Para Alicia«, Granada de Albéniz en un acercamiento y homenaje a la gran Alicia de Larrocha, escapada romántica a una página cual ventana abierta a visiones muy personales que Judith Jáuregui compartió con todos nosotros. Nuevo derroche de musicalidad para esta obra que ya ha interiorizado y siempre suena distinta desde su visión.

Imaginando la película «Cisne negro» escuché la Suite Op. 20 del conocido ballet «El lago de los cisnes» (Tchaikovsky) en una interpretación para paladear auditivamente de principio a fin y reconocer tanto el excelente trabajo del maestro Álvarez como de todas las secciones orquestales, con una cuerda algo corta en plantilla pero que dio de sí para compensar la masa sonora de metales, y unos solistas de lujo, en especial el concertino Andrei Mijlin con el magistral solo del «paso a dos» que arrancó unos merecidos aplausos en mitad de la suite por su genialidad y arte, así como el protagonismo del oboe Jorge Bronte en las conocidas melodías o la siempre impecable arpa de Danuta Wojnar. Cada uno de los números fueron cuadros perfectamente pintados desde una dirección que dejó su impronta a la formación carbayona. Bien y emocionante el conocido Vals, equilibrado y con identidad propia, las danzas de los cisnes y la española o la Mazurka del acto III, sin olvidar la escena final apoteósica y realmente «agitada» donde como ya apunté, el poderío de percusión y viento no aplastó a una cuerda realmente superando el máximo exigible, logrando una interpretación global y turbulenta realmente de película.

La propina, siempre difícil después de Tchaikovsky como decía el maestro Álvarez, sí resultó cinematográfica pudiendo escuchar el tema principal de «Quemado por el sol» (1994, N. Mikhalkhov) del compositor ruso Edward Artémiev (1937), una delicia de partitura donde pudimos apreciar el talento de Gabriel Ureña al chelo, antes de su «escapada vienesa», con un solo en la línea de sus interpretaciones, melancolía y buen gusto, así como el contrapunto de corno inglés de Javier Pérez, un cierre de película para un verano que es simplemente un punto y seguido musical.

Al final pude saludar de nuevo a «la rubia», siempre a gusto en Oviedo y un placer para los que la seguimos desde sus inicios. Septiembre es sinónimo de inicio de curso y «cuesta» para los bolsillos al pasar por taquilla para un 2013-14 que se augura duro pero de excelencias musicales, esperando seguir contándolas desde aquí y continuar compartiendo impresiones personales.

Sánchez-Verdú resucitando a Nosferatu

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Viernes 23 de agosto, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo: Festival de Verano «Oviedo es Música». Proyección de la película «Nosferatu» (director: F. W. Murnau, 1922), música de José María Sánchez-Verdú (estreno 2003). Coro de mujeres de la Capilla Polifónica «Ciudad de Oviedo» (director adjunto: Rubén Díez Fernández), Oviedo Filarmonía, director: Nacho de Paz. Entrada butaca: 14,50€+1€ gestión.

Cine de verano con música en directo, tercera apuesta de la orquesta carbayona por esta fórmula de poner música a clásicos del cine mudo, primero «Metrópolis» en el Campoamor y una vez «redescubierto» el foso del Auditorio «Alexandre Nevsky» y por fin una de miedo con el famoso «Nosferatu, una sinfonía del horror» del alemán Murnau a quien el compositor de Algeciras Sánchez-Verdú (1968) tampoco se resistió y hace diez años puso su música para la imagen en la línea de otros colegas, recuperando las grandes proyecciones que superan al pianista de los inicios del cine mudo. Binomio que esperamos se mantenga en las programaciones de la capital porque retroalimentan y unen aficiones.

Impresionante la partitura del gaditano (arriba con las anotaciones del propio Nacho de Paz -Oviedo 1974- propietario de la foto) que reinterpreta desde un lenguaje actual el propio expresionismo de la cinta alemana para lograr auténticos momentos cumbre muy exigentes para los músicos de una orquesta madura que el director ovetense conoce y supo manejar como especialista en estas músicas no habituales en los atriles.

Y no digamos de las diez voces femeninas de «la Capilla» dirigidas por el también compositor avilesino Rubén Díez incrustado entre ellas para que todo encajase a la perfección, sobre todo en las entradas complicadas en sincronización con la película.

Pertrechadas de «microafinadores»y amplificadas, con dos altavoces sobre la orquesta más algún efecto reverberante fueron impecables instrumentos de viento, con vocalizaciones de afinaciones casi imposibles, nombrando notas o glissandos emulando y/o doblando cuerdas, maderas y metales. Personalmente fueron lo más destacable del evento, sin olvidarme de la percusión que tanto peso lleva a lo largo de la gran partitura de Sánchez-Verdú (comentada por el doctor Alejandro G. Villalibre en «Clasicaytuits»).

Está claro que la música no aguantaría una interpretación sin las imágenes pero Murnau hubiese aprobado esta partitura del abogado y compositor de eso estoy seguro, atemporal como su película y personaje donde la música es más necesaria que los rótulos.

 

Queda verano y conciertos antes del comienzo de curso, pero «Nosferatu» resucitó y sembró el pánico en un Auditorio que presentaba una excelente entrada pese a tener que pasar por taquilla. Mi enhorabuena a todos.

Sánchez- Verdú, Nacho de Paz y Rubén Díez

La Fura de Boo

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Viernes 12 de julio, 20:00 horas. Teatro Campoamor, Oviedo: Carmina Burana (Carl Orff), Cantata escénica (1937). Montaje de La Fura del Baus. Beatriz Díaz (soprano), Luca Espinosa (soprano), Thomas E. Bauer (barítono), Xabier Sábata (contratenor), Orfeón Pamplonés (director: Igor Ijurra), Oviedo Filarmonía, Marzio Conti (director). Director de escena y escenógrafo: Carlus Padrissa. Figurinista: Chu Uroz. Iluminadora: Melanie Schroeder. Entrada butaca: 38,50€.

«Oviedo es música» es el nombre del Festival de Verano de la capital más musical de España, estos días con turismo cultural que también deja ingresos en tiempos de crisis, y para empezar con buen pie llegaba el espectáculo de La Fura del Baus, tras cuatro años funcionando por el mundo casi con el mismo elenco, al «templo del Campoamor» con las entradas agotadas para las dos funciones (12 y 13) y conocedores del éxito de esta producción que resulta impactante, trepidante o si se prefiere rompedora en todos los sentidos incluso antes de presenciarla, por la propia obra de Orff, la más conocida y popular, la puesta en escena de La Fura que nunca deja indiferente, y unos intérpretes que dieron la talla, incluso con «altos vuelos», auténticos profesionales capaces de plegarse a exigencias durísimas de trabajo sin perder nunca su musicalidad.

Vídeo del Ensayo General 11JUL13: ©Canal YouTube Ayto. Oviedo 

Los que me conocen saben que comenzaré por la parte musical, con una orquesta colocada en el escenario muy atrás, rodeada de telas, quedando su sonido algo opaco, con más presencia sonora de la percusión precisamente por esa disposición. Perfectas todas sus secciones, pianissimi incluso en metales que ayudaron siempre a las voces, vigor en los tutti sin estridencias, una Tanz delicada y rítmicamente preciosista, y el sonido compacto al que nos tienen acostumbrados en estos casi quince años que comienzan a dar sus frutos.

El coro, auténtico sustento de la cantata, a ambos lados y separando voces blancas (izquierda) y graves (derecha), con una dimensión tímbrica distinta, sin ver directamente al director, y pese al número de cantantes, sin la pegada esperada para una obra donde su presencia debería ser mayor. Agradecerles el esfuerzo escénico (bien danzando incluso), dotados de carpetas con «leds» que dieron mucho juego, siempre respetuosos con la partitura, afinación correcta pero emisión algo corta, puede que necesitando más confianza para «soltarse» (sobre todo en el Ecce gratum y el ataque del Reie aunque compensando con los pianos), teniendo además la orquesta detrás, lo que siempre ayuda o como en Floret silva donde las sopranos afrontaron con miedo sus agudos. Tampoco fue muy inteligible Chramer, gip die warve mir o Were diu werlt alle min, aunque la rítmica y presencia que Conti imprimió tapó más carencias. Bien los hombres In taberna quando sumus compartiendo puesta en escena con el barítono que salpicó con el agua-vino la primera fila. Faltaron los niños para Amor volat undique que la cuerda de sopranos no pueden igualar como en Tempus est iocundum. Ya avanzada la obra estuvieron más asentados en Veni, veni, venias. Y el último O Fortuna no resultó lo apoteósico que esperábamos pero sí en la línea aseada de todas las intervenciones, arropados por una orquesta bien llevada por su titular.

Del cuarteto vocal impresionante el barítono alemán Bauer capaz de cambiar no ya de ubicación o vestuario en poco tiempo sino de registros en un papel complicado musicalmente y aún más con su puesta en escena, tan pronto a remojo como saliendo por el patio de butacas. Su color vocal y gama dinámica resultaron de lo más apropiado para el papel que le han diseñado. «El sol todo lo suaviza» (Omnia sol temperat) resultó cálido como los rayos y ya «en la taberna» su Estuans interius literal: «Ardiendo interiormente» por lo apretado del agudo. La salida entre el público como abad en Ego sum abbas permitió paladear su voz y dotes interpretativas coqueteando con el respetable y bien contestado por el coro, al igual que en In taberna quando sumus. Los difíciles cambios de registro para Dies, nox et omina los solventó con técnica al servicio de la melodía, mezcla de lírica y canto popular. Bien con el coro en Circa mea pectora con los cambios rítmicos bien encajados entre todos y buena gama dinámica, al igual que en Tempus est iocundum.

Otro tanto sobre las condiciones del contratenor Sábata, bien conocido en Asturias y que en  posición casi horizontal colgado de las alturas, tuvo que «lidiar» actoral y musicalmente notándosele incluso cómodo, lo que dice mucho de su profesionalidad, afrontando un solvente Olim lacus couleram con el coro y orquesta (también el público), a sus pies…

La crevlillentina Espinosa demostró unas facultades físicas dignas de su entrenamiento como karateka, además del musical, incluso natación sincronizada por el tiempo que pasa sumergida en ese vaso – tinaja de agua – vino. Como en un music-hall la valenciana, pareja en otras representaciones de este Carmina su paisana Amparo Navarro, vuelca toda su capacidad en escena aunque nos quedásemos con ganas de escucharla en otros repertorios.

Y dejo para el final a la soprano asturiana, la todoterreno Beatriz Díaz en un nuevo rol que volvió a hacer suyo con toda la dificultad añadida de cantar sobre una grúa que sobrevoló el patio de butacas o dando vueltas para desenrollar los cinco metros de tela: potencia en el momento preciso (Dulcissime), fiatos increíbles, registro medio redondo y sobre todo una línea de canto (In trutina) donde la musicalidad que emana en cada intervención (Stetit puella) es un placer para el oyente, sin olvidar una teatralidad increíble para esta «Monster High» al uso. Lo da siempre todo y es de agradecérselo, esperando siga apostando por partituras como la de Orff que resultan todo un descubrimiento en su voz, actualmente en un momento excelso donde puede «con lo que le echen», siendo la auténtica Fura de Boo.

Al maestro Conti habrá que ir preparándole un homenaje por los nuevos aires que ha traído a nuestra tierra con arriesgadas apuestas desde su llegada a la titularidad, destacando personalmente las bandas sonoras en vivo que pienso han venido a complementarse con esta escenografía de La Fura para esta cantata escenificada donde las imágenes proyectadas y el movimiento actoral encajaron a la perfección desde una dirección que no brilló más por lo apuntado de la colocación de orquesta y coros. Mimó cada intervención solista y bisar O fortuna ayudó a rubricar el espectáculo de las etapas de la  alegría de vivir en 25 cuadros, armonía con los astros y la luna, suerte, sol, agua, música infinita que diseñaron Padrissa y La Fura.

Retomando palabras del propio Carlus así como del reportaje que Jesús Ruiz Mantilla en «El País» hace cuatro años atrás, la puesta en escena de esta Carmina de ritmo atávico repetido en la historia del ser humano, pasa por varios estados, nos creamos en el agua, pasamos al aire cuando nacemos y finalmente a la tierra, proceso de vivir corto en relación al universo, cambios de intensidades como el pulso del corazón, los goliardos que apuntaban buenos momentos de vivir, lo que queremos todos, y una música que nos hace felices. Casi nada y casi todo en una hora frenética de luces y sombras, movimientos escénicos bien calculados y la música invadiéndolo todo. Fiestas mediterráneas tan de La Fura dels Baus que vienen del origen de la tragedia griega y aún antes, el hombre y sus manifestaciones artísticas que han ido perdurando según las culturas, aunque cambien el nombre, el hombre como ser vivo de lo que se impregnan estos catalanes, artista libre que se deja llevar por la naturaleza, pasionalmente, Fura que en su larga trayectoria se acerca últimamente a la ópera, manifestación «interface» de cómo unir diferentes disciplinas y sumar lo máximo, lo más parecido al «arte global», ¿wagnerianos de nuestro tiempo?, el público como coro distinto, silencio tan provocativo como el grito.

Carmina Burana como obra de arte madura aglutinando y codificando diferentes disciplinas, percusión que marca el pulso vital, nada gratuito ni falso, sin excesos (!), y cuatro imágenes: tierra, mar, aire, agua (como los cuatro elementos de las imágenes en la propia web de Beatriz Díaz, esta vez rojo fuego como el vino de la vendimia) que van mostrándose en un montaje realmente logrado, imágenes sobre ese círculo de tela como «acelerador de partículas» que se mueve, sube y baja o se inclina, donde se proyectan vídeos con «imágenes que cumplen una función de luz para el espectáculo», como aseguraban David Cid y Sagar Fornies (autores de todo el trabajo visual) en el citado reportaje del 4 de agosto de 2009 en plena Quincena. Todo en el «haber» pero en el «debe» parecen olvidarse que hacer música es complicado siempre, y las condiciones en las que hacen trabajar a los intérpretes (orquesta, coro y cantantes) no son siempre las idóneas para cumplir con su cometido. A pesar de todo y pensando también en un público global, todo un espectáculo antes, durante y después.

En el diario regional «El Comercio» Igor Ijurra señalaba que en este montaje sigue el subtítulo de la obra: «canciones laicas para cantantes y coristas para ser cantadas junto a instrumentos e imágenes mágicas». Añadió que este ‘Carmina Burana’ es una obra para iniciarse, para gente joven, y «que huye de la solemnidad de los grandes conciertos». Por su parte el maestro Conti apuntó que esta obra «mueve una ciudad, ya lo hizo en Florencia». El éxito está asegurado y apostando sobre seguro.

Tentaciones sinfónicas

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Jueves 2 de mayo, 20:00 horas. Conciertos del Auditorio, Oviedo: Xavier de Maistre (arpa), Oviedo Filarmonía, Marzio Conti (director). Obras de J. Guerrero, Ginastera y Tchaikovsky.
Continúa una semana de lo más musical que hace la vida un poco mejor. El titular de la formación capitalina volvió a apostar por la mezcla de obras, aunque pienso que la tentación vive arriba.

De Jacinto Guerrero (1895-1951) escuchamos la breve pero agradecida Jhaía: danza mora (1918), en edición de la Fundación Jacinto e Inocencio Guerrero y perfectamente explicada en las notas al programa por mi admirado Ramón Sobrino Sánchez, que leyéndole es casi como estar escuchando su siempre ameno e irónico verbo. Obra de juventud del toledano con giros arabizantes de su tierra natal («boceto oriental» subtitulaba su estreno) y una orquestación grande que el Maestro Conti llevó con la frescura que sabe transmitir desde una memorización precisa capaz de sacar todo y más de la partitura.

El virtuoso francés Xavier de Maiestre fue el encargado de interpretarnos el Concierto para arpa y orquesta, Op. 25 (1956) del porteño Alberto Ginastera estrenado en 1965 por nuestro Nicanor Zabaleta. Tres movimientos bien contrastados y escritos aunque «la falta de experiencia previa de Ginastera con la sonoridad del arpa, le lleva a un frecuente tratamiento en bloques solo-tutti, para no tapar al solista, especialmente en el tercer movimiento» como escribe el Dr. Sobrino, lo que no impide disfrutar de una obra con referencias tanto al folklore argentino natal como a sus amigos y maestros. Impresionante el dominio del arpa por parte del intérprete que hace aún más grande la obra y perfecta concertación de Conti, atento al solista y encajando sin mayores problemas las complejidades rítmicas que esta orquesta afronta con seguridad. Emotivo el Molto moderato central con un lenguaje más cercano a sus contemporáneos y buen Vivace final con sonoridades potentes en todos los intérpretes, percusiones especialmente sin olvidar unos metales bien ensamblados.

La propina de El Carnaval de Venecia de Paganini en esta «paráfrasis» para arpa (y tos) no tuvo nada que envidiar a las guitarrísticas del gran Tárrega, con una demoníaca técnica que saca de un instrumento tan complejo sonoridades celestiales…

Palabras mayores es la Sinfonía nº 6 «Patética» en Si m., Op. 74 (Tchaikovski), probablemente la más escuchada y varias veces en este auditorio, nuestro aunque siempre haya público que aplauda al final del «ruidoso» Allegro molto vivace del tercer movimiento. La tentación de interpretarla debe ser grande en cualquier director aunque para toda orquesta supone una obra exigente para todas las secciones, y si no contamos con una plantilla equilibrada, incluso «agigantada», el resultado final siempre será inferior al deseado. Los músicos pueden darlo todo, como así sucedió, y entiendo que los metales no puedan contenerse aún a costa de engullirse a una cuerda mermada para esta magistral y póstuma sinfonía. Marzio Conti tiene más que interiorizada la obra pero reconocerá que faltó cuerpo en los tutti, pero sobre todo equilibrio.

La cuerda tiene pegada cuando puede y se le pide, musicalidad a raudales en toda ella, bien empastada con la madera, pero algo tapada cuando «los bronces» atacan sus ff. Timbales siempre mandando con reguladores contagiosos a toda la formación, percusión toda ella impecable. Impresionante el esfuerzo de todos, Conti el primero: contrastes bien buscados, melodías sonsacadas, tempi ajustados para saborerarlos, interpretación romántica a más no poder pero globalmente se me quedó pequeña. Enhorabuena por los momentos íntimos conseguidos en cellos o violas, sonido que comienza a personalizarse aunque pierda limpieza en los pasajes rápidos. Con todo siempre es una tentación placentera volver a escuchar «La Patética» en vivo.

Un Nevsky en cuerpo y alma

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Miércoles 6 de marzo, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo. Proyección de la película de Sergei Einsenstein «Alexander Nevsky» (música de S. Prokofiev). Intérpretes: Marina Pardo (mezzosoprano), Coro de la Fundación Príncipe de Asturias (director: José Esteban Gª Miranda), Oviedo Filarmonía, Marzio Conti (director). Entrada libre.

Organizado por la Universidad de Oviedo y como ya hiciese con «Metrópolis» en el Campoamor en mayo pasado, esta vez en la pantalla gigante del Auditorio pudimos deleitarnos con la proyección de otra joya del Séptimo Arte, película de 1938 que no pierde con el paso del tiempo ni desmerece de las grandes producciones, en versión original con subtítulos al castellano de una calidad global impresionante en todo, máxime cuando la banda sonora original de Prokofiev pudimos escucharla en directo con unos intérpretes perfectos siempre guiados por el maestro italiano, que sigue arriesgando con propuestas que además salen bien.

Si la partitura de Prokofiev es una auténtica cantata que el Coro de la FPA dirigido por mi querido Pepu ya interpretó al menos otras dos veces que yo recuerde (guardando además una copia de la partitura), todo el entorno de este miércoles ayudó a disfrutar tanto a los músicos como al público.

En un foso «redescubierto» (que nunca antes se abrió en los muchos años del Auditorio) donde se colocó la orquesta, el coro sentado y separado en dos bloques de blancas y graves en el escenario, con atriles iluminados tenue pero suficientemente (qué bien funcionan los leds) y la caja escénica adelantada, el piano con Sergei Bezrodni a la izquierda, para coronar sobre ellos la pantalla gigante, unido a un sonido perfecto, pudimos saborear imagen y sonido como auténticos privilegiados, un público que hizo cola una hora antes y abarrotó la sala (algunos no sabían de qué iba, pero era gratis), escuchando nuevas texturas en esta disposición y ubicación global.

Casi dos horas de épica total, con una dirección perfecta en ajuste con la propia película, una orquesta que sonó «de otra forma» destacando por protagonismo los abundantes metales y percusiones, sin obviar la madera más una cuerda compacta y homogénea capaz de transmitir y subrayar el poderío escénico pergeñado por Eisenstein, y el coro empastado como nunca, cómodo, de amplias dinámicas y protagónico como pueblo a lo largo del film, sin olvidarme la breve pero emocionante intervención de la mezzo asturiana Marina Pardo, elegante, en el centro, ubicación excelente para proyectar su voz hasta el fondo del auditorio con la orquesta a sus pies, literalmente. Un Nevski en cuerpo y alma.

Enhorabuena a todos, especialmente a la Universidad y la Fundación Príncipe de Asturias, siempre con el Ayuntamiento apoyando, por seguir ofreciendo espectáculos de esta calidad y originalidad que ayudan a rescatar joyas de la historia cultural muy escasas, apuesta de futuro para unos tiempos donde los políticos parecen ir en dirección contraria.

Lágrimas doradas

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Viernes 14 de diciembre, 20:00 horas. Conciertos del Auditorio, Oviedo: Coro El León de Oro (LDO), Beatriz Díaz (soprano), Borja Quiza (barítono), Oviedo FilarmoníaMarzio Conti (director). Obras de Sergio Rendine (1954), Debussy y Fauré.

Esta semana estoy bajo de moral por la pérdida de un amigo entrañable que el programa de esta tarde ayudó a mantenerlo vivo en mi memoria, con emociones diversas por muchos motivos y cercanías sobre el escenario.
El auténtico protagonista de la velada fue el coro que dirige Marco Gª de Paz, «El León de Oro» capaz  de afrontar con solvencia, seguridad y musicalidad en cada nota la obra que le encarguen, con el secreto del trabajo duro, un auténtico equipo que disfruta cantando y transmite ese amor coral a la legión de «leónigan» que les seguimos. Volvía a colaborar con la OvFi y no me extraña que se hagan asiduos porque sus actuaciones son siempre únicas.
Esta vez comenzaba el concierto con el estreno de Lamentum in mortem herois del napolitano Rendine, obra sinfónico-coral encargada por la orquesta ovetense, un auténtico «collage» desde un lenguaje actual deudor del antiguo como base, espíritu religioso en letra y música con reminiscencias del Ars AntiqvaLeonin, Perotin, Notre Dame… el origen de la llamada «música moderna», con cuartas y quintas, también el tritono pecaminoso y demoniaco como bien comenta Nuria Blanco en las notas al programa, de una orquestación rica en timbres organísticos donde la percusión y hasta dos gaitas (los directores de la Banda «Ciudad de Oviedo» El Pravianu y Guti fuera de escena) ambientan un medievo casi de película, obra llena de dificultades para todos, especialmente para el coro que con 42 voces sonó presente, rico en matices y recreando una obra que acabará sonando en muchos más escenarios, aunque LDO haya dado a luz esta obra que ruega por el alma de los muertos, con una dirección de Conti en su línea de contagiarnos su ímpetu, y aplaudiendo la idea de encargar obras a compositores de nuestro tiempo como es su compatriota Rendine.
Los tres Nocturnos (Debussy) volvieron a demostrar el excelente momento de la orquesta capitalina que ha dado un salto de calidad desde la llegada del director italiano. Cuidadoso del detalle optó por mimar la tímbrica en todas las secciones, desde unos timbales siempre aterciopelados (alguno que me sigue está pensando la enorme diferencia con «el otro») hasta una cuerda etérea pero limpia, arpas de ensueño: el rondó Nuages realmente blancas, luminosas, el viento como brisa dando sensación global y detallista al mismo tiempo; Fêtes trajo el colorido y la danza, banda de música sinfónica bien trazada (qué poco le gustaba a Don Claudio que calificasen su música de impresionista) y llevadas con decisión por Conti, hasta las Sirènes donde las voces blancas del LDO realmente enamoraron, vocalizaciones dificilísimas con poliritmias perfectas, mar dorado más que plateado para dejar flotando en el ambiente una espiritualidad preparatoria de la segunda parte.
Hay un libro del recordado Federico Sopeña que es de obligada lectura para comprender mejor el de esta triste tarde de viernes: El «Requiem» de la Música Romántica (Rialp, 1965), donde hace un estudio del Réquiem en Re m., Op. 48 de Fauré que no tiene desperdicio (como nada de lo que ha escrito el Padre Sopeña), considerándolo como la más significativa introducción a la música del organista y compositor parisino, emparedado y oscurecido entre el romanticismo y el impresionismo frente a la «apisonadora» de su compatriota Debussy, y tengo que seguir citándolo para poder expresar lo sentido en esta obra que amo desde lo profundo de mi espíritu «mundano» y poco creyente como el propio Fauré, que «sucumbre, no a la sensualidad, sino a un raro espíritu de esa sensualidad que se llama charme, encanto, sugestión para lo más fino y lo más peligroso de lo corporal».
Interpretación nada exagerada, adaptada a los medios y nuevamente el coro como protagonista, deleitándonos desde el Introit et Kyrie, seguro, empastado, celestial, con pianísimos siempre primorosos y fortes contenidos pero potentes como los ataques orquestales, avanzando con paso firme voces graves, blancas que siguen sorprendiendo, tutti, contrastes deslumbrantes sin perder sonoridad con una formación instrumental igualmente poderosa a la vez que delicada. Nueva luz en la entrada de la cuerda del Offertoire con el coro otra vez puro terciopelo vocal, y el tránsito con la primera intervención de Borja Quiza sobre la palabra Hostias, una de las cumbres de Fauré, registro rotundo, lleno, sin sentimentalismos pero sí de expresión que está más allá de lo amoroso-profano, color perfecto para esta obra que Sopeña tilda de «Encanto y austeridad» en el capítulo XI por ir contracorriente y no usar abundantes ni variadas intervenciones de solistas, sólo barítono y soprano. El Sanctus va trenzando esa espiral de coro y cuerda donde la orquesta estuvo plena, casi «parsifaliana», el «organístico» Hossana y el concertino cual remolino y trino final antes del cambio del Benedictus por el Pie Jesu que traería a nuestra asturiana Beatriz Díaz entonándolo como ella sabe aunque Monti optase por la brillantez en vez del recogimiento especialmente acentuado en esta parte de la obra. Emoción contenida e intensidad ajustada de la soprano allerana en su breve intervención.
Volvería el protagonismo coral con el Agnus Dei et Lux Aeterna subyugante, coro celestial recreándose en cada frase y matices, muchos en este número, sin olvidarme del órgano también importantísimo en la vida y obra de Fauré, magistralmente interpretado por el virtuoso Sergei Bezrodny, arrancando el emocionante, profundo y subyugante Libera Me con un Quiza y un LDO capaces de lograr convencernos de una ira de Dios con la orquesta entregada a lo que el compositor pretendía y Monti buscó: «feliz liberación, una aspiración a una felicidad superior, antes que una penosa experencia», final de trayecto In Paradisum, las mujeres angelicales, los hombres sustento, coro divinamente terrenal y último suspiro tras la contención del dolor y la angustia, consecución de una paz interior que sólo la música sinfónico-coral logra.

Ainhoa Arteta vuelve a enamorar

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Sábado 27 de octubre, 20:00 h. Auditorio de Oviedo, Conciertos del Auditorio: Ainhoa Arteta (soprano), Juan Jesús Rodríguez (barítono), Oviedo Filarmonía, Marzio Conti (director). Obras de Mozart, Leoncavallo, Puccini y Verdi.
Vuelven los Conciertos del Auditorio y nada mejor en plena temporada operística que un programa lírico donde Ainhoa Arteta regresaba a la capital del Principado en compañía de Juan Jesús Rodríguez (hicieron juntos La Bohème del Maestranza con mi querida Beatriz Díaz) acompañada de la OvFi y su titular Marzio Conti que, como la orquesta, están en momentos dulces desde el foso pese a saltar a escena en esta fría tarde sabatina, totalmente rodados, ensamblados, gustándose y cumpliendo el no siempre agradecido papel acompañante, pues cuando la voz es protagonista se hace difícil estar a la misma altura.
Sin entrar en la organización del programa -algunos vecinos de localidad hasta discutían-, la verdad que el público asturiano, sobremanera el lírico tan abundante en la capital, disfrutó de una velada donde la tolosarra se reencontró y volvió a enamorarnos dándolo todo de principio a fin, lo que siempre le agradeceremos.
Mozart es apuesta segura cuando hay calidad, y no faltó en la primera parte. Está bien comenzar con Le nozze di Figaro y su obertura porque anima el espíritu, esta vez sin prisas, preparando las dos arias siguientes con la orquesta calentando motores, que suelo decir, porque la tarde daría para mucho.

El recitativo y aria del Conde «Hai già vinta la causa… Vedro mentrió suspiro» fue la entrada en escena del barítono onubense, más realidad que promesa, sin importarle compartir planos sonoros con la formación carbayona pese a lo que ello supone vocalmente, no se amilanó y tuteó a la masa instrumental.

Otro tanto vendría a continuación, aunque la Condesa guipuzcoana, elegante de blanco y negro, estaba portentosa y pletórica para cantarnos «Porgi amor», presentimiento de gozo vespertino con una voz casi nueva, con cuerpo en todos los registros y decidida a cautivarnos, algo más mimada desde el atril pero igualmente exigente.
El cambio dramático llegó con Don Giovanni y su obertura que sigue siendo una joya, estuvo bien interpretada y entendida por el maestro Conti, hoy en su salsa. La mandolina de mi querido y admirado Héctor Braga acompañó perfectamente el aria «Deh, viene alla finestra» bien cantada por Juan Jesús, gustándose, creíble de inicio a fin, relevado en la escena por Donna Elvira Arteta con el recitativo y aria «In quali eccesi, o Numi… Mi tradi quell’alma ingrata«, magisterio del agradecido y siempre engañoso Wolfgi lleno de guiños bien entendidos por La Diva ya sin estola, que hoy ejerció rematando faena y transformación camaleónica a Zerlinna con el duetto «La ci darem la mano« que nos dejó el empaste y musicalidad en ambos intérpretes contagiando la química escénica siempre necesaria al respetable, con una concertación del director florentino capaz de sacar lo mejor de una orquesta pensada para el foso pero que se crece en el escenario.

La segunda parte volvería al esquema de arias alternadas con preludios e intermedios orquestales para cerrar en dúo. Primero Pagliacci (Leoncavallo) y el Aria de Tonio «Si può?« con Juan Jesús Rodríguez impresionante, dramático sin aspavientos, convincente y bien acompañado que levantó una gran y merecida ovación, compartiendo protagonismo.

Puccini es inimitable y uno de los grandes conocedores no ya de la voz sino de la dramaturgia orquestal, y Manon Lescaut es obra de referencia. Su Intermezzo sonó desgarrador gracias al cello de Gabriel Ureña -pidiendo a gritos más conciertos solistas por su calidad, calidez y musicalidad- bien secundado por el viola Igor Sulyga y el concertino Andrei Mijlin, en una de las páginas instrumentales más logradas de la historia lírica, que la Oviedo Filarmonía desgranó al detalle. El plato fuerte llegó con el aria de Manon Arteta «Sola, perduta, abbandonata» acompañada, encontrada y bien arropada, plenitud vocal y dramática en esta auténtica recreación de nuestra soprano con Conti haciendo de su orquesta una, «el instrumento» para lograr la excelencia.

Y Verdi cerraría este recital lírico como no podía ser menos, en un orden cambiado al primar cuestiones vocales más que argumentales. Germont Rodríguez nos regaló «Di Provenza…» merecedor del completo escénico aunque cerrando los ojos nos situase perfectamente, registro homogéneo de color, dinámicas amplias y musicalidad cantabile que le dará muchos triunfos en un barítono calificado de verdiano. Violeta Arteta le relevó con la emocionantísima «Addio del passato« que resultó única, sin medias tintas, volcada con el personaje en todos los aspectos, provocándome la carne de gallina que sólo las grandes son capaces, delicia y dolor hechos voz.

Merecida pausa que rebobinó musicalmente al Preludio, otra vuelta de tuerca orquestal para la formación ovetense que está en buena forma lírica, cuerdas claras e incisivas, vientos nunca estridentes y percusión en su sitio, conjunto idóneo para la música escénica, «sorbete de limón» idóneo para el esperado final, Germont y Violeta en «el dúo» intenso para ambos personajes que puso en lo más alto un concierto de categoría especial, Juan Jesús Rodríguez convincente hasta en el bastón, suegro intimidador convertido en padre complaciente con una Ainhoa Arteta enamorada hasta los tuétanos y comprensiva desde el mayor de los sufrimientos que es sacrificarse por el Alfredo ausente. Qué final más intenso en todos los sentidos y éxito merecido para los protagonistas con un nivel del que orquesta y titular fueron copartícipes, consiguiendo cuadrar el círculo siempre difícil en estos conciertos.

El dúo del primer acto de Luisa Fernanda (Moreno Torroba) devolvió al Vidal onubense un protagonismo que nunca perdió gracias a una Luisa Arteta que se reconcilió con todos, Diva cercana y enamorada retornando al Olimpo abandonado, e igualando nuestra zarzuela a la ópera cuando las voces ponen su arte al servicio de la partitura. Oviedo sabe del tema, su orquesta también, y el público lo agradece.

Lucia televisada

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Lunes 15 de octubre, 20:00 horas. Casa de Cultura de Mieres, retransmisión en directo desde el Teatro Campoamor de Lucia de Lammermoor (Donizetti).

Mariola Cantarero (Lucia), Arturo Chacón-Cruz (Edgardo), Dalibor Jenis (Enrico), Simón Orfila (Raimondo), Mª José Suárez (Alisa), Charles Dos Santos (Lord Arturo), Josep Fadó (Normanno); Coro de la Ópera de Oviedo (Patxi Aizpiri, director); Dirección de escena: Emilio Sagi; diseño de escenografía: Enrique Bordolini, Orquesta Oviedo Filarmonía. Director musical: Marzio Conti.

Cincuenta y cuatro personas acudimos en Mieres a la televisada segunda representación del título segundo de la LXV temporada de la Ópera de Oviedo que triunfó en la primera del pasado sábado como así recoge la prensa regional de Oviedo y Gijón, aunque más cercano a la de mi admirado Aurelio M. Seco, por lo que no entraré en muchos detalles técnicos de esta Lucia carbayona.

Agradecer que vuelvan a acordarse de los pueblos en tiempos de crisis, pese a la poca presencia de público que achaco a la escasa publicidad y poco lectora de prensa que es la gente de mi pueblo.

Volver a reflejar que no tiene nada que ver el directo del teatro (el viernes estaré en el llamado «reparto joven» fuera de abono) con una retransmisión que sigue adoleciendo de muchos defectos ya apuntados en otras pasadas: fatal la realización, poca luz y un sonido algo irreal que capta hasta el taconeo de los cantantes, con unos planos sonoros irregulares que no reflejan lo que pasa ni encima del escenario ni en el foso (el excelente arpa sonó siempre demasiado presente y por encima de la orquesta).

La Lucia sigue siendo mucha ópera con todos los ingredientes, Oviedo ha tenido muchas para el recuerdo (el «mío» con Rosetta Pizzo y Jaume Aragall) y el elenco estuvo equilibrado, destacando el excelente hacer de Raimondo Orfila, todo un seguro en escena, y Alisa Suárez (no me extraña que David Orihuela le dedique un artículo a la mezzo asturiana), así como un Enrico eslovaco con poderío, tanto en sus arias como en dúos y concertantes, aunque aún podrían limarse algunas asperezas. De los protagonistas el tenor mexicano promete y tiene «poderío» para este rol, aunque creo que deberá cuidar su voz si quiere tener una larga y exitosa carrera, y la Lucia di Cantarero resultó muy personal, más «exagerada» de lo que me gustaría y cuya pirotecnia vocal incluye de todo, vistosidad y relleno que no empañan el resultado global. Sí hubo química en los dúos, aunque «si las mujeres mandasen…».

También cumplieron sin problemas el breve Arturo uruguayo y Normano Fadó.

El Coro de la Ópera volvió a estar impresionante tanto escénica como vocalmente, siendo lo más destacado para mí en una obra que domina de cabo a rabo.

También la OvFi resultó perfecta para lo que fue concebida, bien en todos los aspectos y con un Conti que mimó más a Doña Lucía que al resto, forzando a veces los tempi que hacían perder legibilidad pero ayudan -no siempre- en los pasajes difíciles, siendo más concertador con la protagonista ayudando a una visión vivaz de toda la ópera (de lo que puedo discrepar en parte).

De la escenografía de Sagi nada destacable en ese mundo gótico, romántico y decimonónico de Bram Stoker con chisteras y gafas, donde la imaginación tuvo que funcionar más de lo necesario y las espadas «chirriaban» un poco, pudiendo optar para el suicidio del tenor por un pistoletazo y pólvora en vez de la daga, pero al menos se hace más entendible que otras apuestas escénicas.

Como resumen el equilibrio de todos (sonó muy bien esa maravilla de sexteto) que le dan a esta representación el calificativo de aseada y muy del gusto del público en general. Personalmente no me disgustó pero tengo mucha esperanza en Sabina de Lammermoor

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Premio para Guillermo Martínez

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Guillermo Martínez Vega, asturiano de adopción y pación, al que allá por diciembre de 2010 ya destacaba en el Blog como Cosecha del 83, acaba de ganar el I Concurso Nacional de Jóvenes Compositores «Ciudad de Oviedo» (lo recoge la prensa asturiana El Comercio y La Nueva España) con su Rapsodia para violín y orquesta, lo que no me extraña conociendo su trayectoria, aunque en este caso parece que «jugaba con ventaja» puesto que la Oviedo Filarmonía conoce sus trabajos, de hecho estrenó con el Coro Universitario y varios solistas (no estuvieron todos, aunque sí mi querida Patricia Rodríguez) el pasado mes de abril El sueño eterno, con Joaquín Valdeón en la dirección y valedor de otras obras suyas -como ese tríptico– y donde a pesar de todo lo escrito, comenté cómo me había gustado.

Cada obra suya deja huella en quien las escucha, y así recuerdo su Monumentum pro Matematica «Quadrivium Somniat» (febrero 2011) para orquesta de cámara y soprano (con Elisabeth Expósito) en Mieres, o su obra coral con LDO (El León de Oro) que emerge dentro de los nuevos repertorios y se está escuchando en Europa (arriba está el vídeo de ejemplo).

Por lo tanto, además del acierto del jurado formado por el titular de la OvFi, el italiano Marzio Conti, el periodista y crítico musical Guillermo García-Alcalde, valdesano afincado en Las Palmas, y el violinista andorrano Gerard Claret, tengo que darle mi más sincera

ENHORABUENA

por este nuevo galardón que también conlleva premio en metálico (una beca de 3.000€ excelente en estos tiempos de crisis). Espero escucharla cuando se estrene (allá para la Temporada 2013-14), agradeciendo iniciativas como esta de apoyar a jóvenes talentos, que si además son de casa, todavía mejor: será una herencia imperecedera.

Música para el cine

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Jueves 17 de mayo, 20:00 h. Teatro Campoamor, proyección de «Metrópolis» (1927) de Fritz Lang; Oviedo Filarmonía, director: Marzio Conti. Partitura original de Gottfried Huppertz, reconstruída por Berndt Heller. Entrada libre.

Lo bueno no pasa de moda aunque lo llamado antiguo se recupere con etiquetas como vintage o histórico. El cine todavía funciona e incluso recuperamos cintas de los inicios sin olvidar que en las proyecciones siempre había música en directo, un pianista por lo menos…

A raíz del centenario del cine o aquél mundial de fútbol español del Naranjito allá por 1982, en Asturias se organizaron muchos pases con esa ambientación, y tuve la suerte de participar en varias, sin olvidar una muy especial con piano y violín de «La aldea perdida» de Florián Rey en el mismo año que la de Lang, con mi añorado Luis Miguel A. Ruiz de la Peña en el Ateneo gijonés y Juan Bonifacio Lorenzo «Boni», siempre organizando estas historias del Séptimo Arte. Tampoco quiero olvidar «Mieres del Camino» (1928) de Juan Díaz Quesada, en el Teatro Jovellanos de Gijón, otra joya recuperada del Teatro Pombo mierense, y un poco más lejos a un grupo catalán de mi juventud, Pegasus, que realzó en vivo la proyección de «Berlín, sinfonía de una ciudad» precisamente cuando «Metrópolis» volvía a la actualidad en los inicios de los 80 por la banda sonora de Giorgio Moroder.

En Asturias se vive el cine y la música con gran intensidad, Prokofiev ha sonado sin las imágenes de «Alexandre Nevski», llevo años clamando por introducir en los conciertos autores más sinfónicos que algunos programados, y esta vez la Universidad de Oviedo devolvíó la Banda Sonora original a la joya de Fritz Lang con la OvFi en el foso y el maestro Conti con muletas y batuta. La música no es tan vanguardista como la película y abusa de efectos que complementan las imágenes más que subrayar la acción, con la referencia casi obligada del Dies Irae, los giros de una Marsellesa que retomaría incluso «Casablanca» y hasta el Charlestón de su época. En parte entiendo otras bandas para la misma película y hasta la «actualización» electrónica para una película de culto más técnica que argumentalmente. Pese a todo es de agradecer el esfuerzo y la siempre pedagógica idea de mostrarnos el origen de muchas cosas tal y como fueron ideadas, y «Metrópolis» la pudimos contemplar con su música en vivo perfectamente adaptada al film en una concertación exacta para una partitura algo light. Las colas para entrar y el llenazo son dignos de análisis, pero la desbandada al descanso (supongo que no estaba en el guión inicial) también.

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