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Luces y vientos

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Sábado 9 de mayo, 20:00 horas. Conciertos del Auditorio: Sabine Meyer (clarinete), Oviedo Filarmonía, Marzio Conti (director). Obras de Israel López Estelche, C. M. von Weber e I. Stravinski.

El musicólogo y compositor cántabro afincado en Oviedo López Estelche (Santoña, 1983) puede presumir de currículo y de un privilegio al alcance de pocos como que las dos principales orquestas asturianas hayan estrenado sus obras. Aún recuerdo el del 12 de mayo de 2011 con la OSPA dirigida por Max Valdés tras ganar el concurso del XX aniversario con De la eternidad concéntrica (2010) y ahora Lumen (2014) con la OFi y Marzio Conti, a quien está dedicada y encargo de la propia formación ovetense. De sus otras composiciones orquestales me queda escuchar su Trayecto líquido (2014) con la que obtuvo el «Premio Xavier Montsalvatge» de la 25 edición de los Premios Jóvenes Compositores Fundación SGAE-CNDM 2014, pero la línea emprendida por este percusionista en origen volcado en la siempre difícil tarea creativa parece seguir en ascenso. Lumen la analiza perfectamente en las notas al programa el profesor y doctor Ramón Sobrino, y el propio Israel en la entrevista del blog OFil, por lo que mis comentarios a vuelapluma solo hacen referencia a las primeras impresiones, alegrándome que los conciertos incluyan nuevas obras y más si son «en casa» por lo que supone de apuesta por nuevos repertorios, compartiendo además programa con Weber o Stravinski como este sábado con vientos y luces, siendo el ruso uno de los muchos referentes del músico cántabro.

Estudioso de la música de la segunda mitad del siglo XX, con una tesis doctoral sobre el gran compositor bilbaíno Luis de Pablo, las referencias a composiciones de este periodo son varias, buscando un sello propio que parece encontrar en los registros extremos, en el empleo inteligente y detallista de la percusión, y como él mismo reconoce, en la resonancia. Lumen como idea de luminosidad pero supongo que también del propio proceso creativo el cual alcanza momentos casi cegadores precisamente en el uso de tesituras extremas para una plantilla grande que permite esa orquestación brillante con un desarrollo interválico como germen y «disculpa» para hacer juegos tímbricos en todas las secciones. Orquesta compacta, contundente cuando se le exige y etérea en los momentos marcados, sensaciones ligeras pese a esa masa sonora y como cuatro grandes secciones más coda muy fluidas para una obra no muy extensa (unos nueve minutos) que viaja en capas mediante intervenciones puntuales del viento madera, en estado de gracia, y después el metal, también inspirados, arropados por una cuerda algo opaca en presencia (sobre todo los violines), con intervenciones más brillantes del arpa, y sobre todo una amplia y triunfante percusión que no solo lleva una rítmica potente sino también creadora de ambientes y texturas a base de efectos variados (como el arco en el glockenspiel) que además ponen el punto y final bien aguantada la resonancia del gong, triángulo y platillos por el maestro Conti, convencido defensor de una obra que trató con mimo y energía, guante y estilete para este nuevo acierto compositivo de López Estelche.

La virtuosa Sabine Meyer se presentaba con el Concierto nº 1 para clarinete y orquesta en fa menor, op. 73 (Weber), obra difícil de ejecutar y escuchar en vivo (incluso el nº 2), probablemente el concierto estrella para un instrumento poco valorado como solista, y también difícil de concertar, más con un Conti aquejado de lumbalgia que le obligó a continuar dirigiendo el resto del concierto sentado. Claro que Meyer es capaz de mandar desde la primera nota del Allegro, desplegando una cantidad impensable de registros con una musicalidad impactante y una gama dinámica amplísima que la orquesta nunca ocultó en ese estilo aún clásico. El Adagio ma non troppo casi resultó un aria de ópera por el fraseo y «melodismo» en estado puro, destacando la intervención con el trío de trompas como de lo mejor de la obra del compositor alemán, rematando con ese danzarín Rondó que Sabine Meyer pareció bailar, llevando de la mano a la orquesta con la que Conti se limitó a mantener pulsación y rubatos (que no es poco) de la alemana. De propina más Weber, el tercer movimiento (Satz Menuetto) de su Quinteto para clarinete, op. 34, breve, ligerísimo y sólo con la cuerda, ampliando el cuarteto original, más luminosa, dirigida por ella y en la misma línea de belleza virtuosística, impactante, genio y artista con mayúsculas, haciendo fluir notas con un caleidoscopio tímbrico para enamorarnos del clarinete.

La música de ballet está presente en Asturias y las dos orquestas parecen rivalizar en obras como esta Petrushka (Stravinski) donde el viento volvió a ganar la partida por firmeza, protagonismo y elección de «iluminación» por parte del titular de la OFil. El subtítulo de Escenas burlescas en cuatro cuadros (versión 1947) resultaron un catálogo del magisterio y genialidad de Stravinski en sus composiciones orquestales, las combinaciones tímbricas donde el metal, especialmente las trompetas, consiguen convencernos del ambiente de Fiesta popular de la semana de carnaval o el final con la muerte de la protagonista, esa marioneta humana. En casa de Petrushka y Con el Moro son los otros dos cuadros de unas escenas donde de nuevo los violines tuvieron momentos oscuros en cuanto a presencia, faltos de más tensión aunque Conti optase por mantener la presencia del viento. Tengo que destacar las intervenciones al piano del virtuoso Sergey Bezrodny que tan importantes son en esta maravillosa Petrushka, y nuevamente la percusión, pues además del protagonismo que Stravinski les confiere a ellos, no defraudaron nunca. Mi sensación de planos sonoros no suficientemente diferenciados la comparo con los focos en cuanto a la opción de iluminar más unas intervenciones que otras, como una puesta en escena del propio ballet (coreografiado por Fokine), y así aunque la cuerda tiene momentos deslumbrantes, disminuir intensidades no debe confundirse con oscuridad ni siquiera con penumbra, como una mesa de luces que en el teatro es capaz de crear ambientes cuando se manejan con maestría e imaginación. La interpretación y los puntos de interés son muy personales, el resultado global sigue siendo bueno pero es en los detalles donde se alcanza la diferencia, incluso el color elegido y hasta el tipo de bombilla, ahora que los halógenos han dejado paso a los «leds«, siempre pensando en el paralelismo sonoro y visual de este ballet de marionetas que resulta la «obra de arte total» wagneriana con el personal estilo ruso de Stravinski. Pese a todo, una velada muy interesante donde sopló un fuerte viento germano y brisas asturianas sin perder luz norteña ni aires danzantes.

 

Requiem de fuerza

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Domingo 26 de abril, 19:00 horas. Conciertos del Auditorio, Oviedo: Angela Meade (soprano), Marianne Cornetti (mezzo), Vittorio Grigolo (tenor), Carlo Malinverno (bajo), Orfeón Donostiarra (José Antonio Sainz Alfaro, director), Oviedo Filarmonía, Marzio Conti (director). Verdi: Messa da Requiem.

Auténtica despliegue sonoro el derrochado durante este último domingo de abril por todos los músicos intervinientes en el «operístico» réquiem verdiano. Uniendo fuerzas con nuestros vecinos donostiarras más un cuarteto vocal poco conocido pero equilibrado, incluso en color vocal, Marzio Conti volvió a liderar un auténtico espectáculo con el que se siente realmente cómodo, y eso que la partitura del genio de Le Roncole está repleta de momentos íntimos, a capella para coro, para solistas, frente a los más impactantes, debiendo alternar ambos desde un difícil equilibrio.

Pablo Meléndez-Haddad en sus notas al programa comenta al final de las mismas que «tanto la parte orquestal como la vocal -sin olvidar la que recae en los solistas-, posee un tratamiento propio de la madurez del genio verdiano, que no escatima en efectos y deja la puerta abierta a la inventiva del director que relee la obra, ofreciendo posibilidades que van desde la extroversión más pura, teatral y manierista, hasta la introspección propia de una obra religiosa, carácter, este último, por el que optan pocas batutas, ya que esta misa se reclina más en la espiritualidad que en la religión«.

Y quedaba poner el punto medio aunque balanceado hacia la explosión. Porque por ello optó el titular de la Oviedo Filarmonía que algo reforzada pareció olvidarse de los graves, quedando extenuados los contrabajos ante la catarata sonora demostrada por sus compañeros en todas las secciones.

Del Donostiarra sólo caben felicitaciones, volviendo a demostrar su excelencia en toda la gama de matices, afinación y presencia. Los fortísimos siempre en su sitio (cada Dies Irae un placer) y presentes pese a una orquesta que nunca quitó «f» de la partitura para aminorar volúmenes (impactando en el Sanctus), y los pianísimos tan delicados y bien pronunciados que nadie pensaría estar ante 90 voces en la escena. La formación de Sáinz Alfaro tiene más que banquillo de repuesto para seguir liderando estos repertorios con el perfecto relevo generacional llevado como sólo ellos llevan haciendo durante muchos lustros. Por echar de menos algunos bajos más, que siguen escaseando en nuestros coros, incluso los norteños, todavía necesarios en número para estas grandes obras sinfónico corales.

De la orquesta en general bien, pese a detalles mejorables como una más escrupulosa afinación en la cuerda (los violonchelos sobre todo), dominada como Conti nos tiene acostumbrados, y aplausos para los refuerzos que necesarios para este Requiem no desentonaron con sus compañeros de atril.

El cuarteto solista ya prometía desde su primera intervención, pese a alguna indecisión puntual, aunque estuvo dominado por el tenor Vittorio Grigolo con un volumen y color realmente asombroso, puede que exagerado en detrimento de sus tres compañeros, con una musicalidad «manierista» dejándonos un Ingemisco bello. Sus contrastes dinámicos agradecidos y una media voz que no pierde uniformidad tímbrica, difícil en estos momentos, pidiendo paso entre los tenores italianos del momento, pienso que fue el triunfador de la noche.

Me encantó la mezzo Marianne Cornetti en todas sus intervenciones, voz bellísima, equilibrada, de graves claros, dicción perfecta, pero sobre todo por su línea de canto puramente verdiana, lirismo en cada solo y dúo, sin diluirse en los cuartetos manteniendo ese nivel de principio a fin.

La soprano Angela Meade tuvo que enfrentarse a la «ingratitud» de una versión tan poderosa que obligó a pequeños tics que pueden deslucir la visión global, con un «vibrato» algo exagerado por momentos aunque una potencia sin perder afinación para aplaudir y un fiato impresionante. Los «pianísimos» detallistas aunque en algún ataque cortados y abusando a veces de un portamento como buscando la nota correcta. El papel más difícil y exigente del cuarteto, hay que alabar su entrega con todos los pros y contras, agradecer el darlo todo con los riesgos asumidos y brillando con luz propia.

Ante los otros tres solistas, el bajo Carlo Malinverno no desentonó pero estuvo un escalón por debajo. Color hermoso en el medio y agudo, volumen algo corto, su canto como en el Tuba mirum o el Confutatis es ideal con menos presencia orquestal, algo que en esta partitura es imposible obviar. En los cuartetos empastó y ayudó a un color homogéneo pero creo que le queda grande para su edad, sabiendo que con los años ganará en empaque. No desentonó en un Requiem difícil de encontrar cuatro voces que no cojeen, primando el resultado global que antiguamente se calificaba como aseado y yo prefiero llamar honesto.

Retomando las notas de Pablo Meléndez-Haddad, «este testamento musical de un agnóstico es un canto al alma humana que ha sobrevivido intacto a más de un siglo de existencia«. Y aunque las toses son peores que en las misas de doce, no ya por la media de edad sino por la total falta de educación cívica, la genialidad operística de Verdi sigue presente incluso en una misa para su difunto amigo Manzoni alcanzando la grandeza y pasión en una ira de Dios musical a más no poder hasta liberarnos con la soprano arropada por coro y orquesta en un hilo de tensión hacia una luz cegadora, no sabemos si eterna, totalmente operística desde el recitativo.

Conti como pez en el agua volvió a anotarse un logro con un compatriota suyo. No será el mejor Requiem de Verdi que haya pasado por el auditorio ovetense pero marchamos con las pilas cargadas ante una inyección sonora que levanta los ánimos aunque la lluvia parezcan lágrimas que no nos abandonan.

De Nagasaki a Gijón

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Domingo 15 de marzo, 19:30 horas. Teatro Jovellanos, Gijón: Madama Butterfly (Puccini). Segunda representación. Ópera de Oviedo, producción del Theater Magdeburg. Entrada entresuelo: 60€ (+ 1€ de gestión).

Tras asistir a la función del 21 de noviembre pasado con el llamado «reparto joven» de la ópera ovetense, había que volver a dar el espaldarazo en esta nueva apuesta de llevar a Gijón algunos títulos de la capitalina, siendo el próximo un Barbero para el 27 de junio.

Si entonces escribía «Viva las voces jóvenes forever» jugando con una de las expresiones que Pinkerton y Sharpless cantan en el primer acto, esta vez tendría que tomar otras dos que son poesía en estado puro: «hay que sembrarlo todo de abril» del segundo acto, la esperanza de Butterfly y «demasiada primavera» tras comprobar que nunca volverá con su amado.

La misma producción del otoño ovetense  llegaba al invierno gijonés con apuntes primaverales aunque el blanco predomina en el entorno, como este Nagasaki que resultó como entonces elegante, imaginativo, unas luces subrayando emociones, y el mismo elenco para Gijón. Casi podríamos trasladar la casa de Cio-Cio-San al Elogio del Horizonte de Chillida y sentir la llegada del barco al puerto de El Musel.

Carmen Solís volvió a enamorar, como en la primera función del viernes, con su Butterfly de principio a fin, un personaje que crece tres años en escena con toda la gama evolutiva de adolescente enamorada, pasando por la madre esperanzada y la mujer desgraciada, privada de lo único que le queda, su hijo, lo que Puccini hace música y la soprano extremeña domina desde la sutil aparición en escena tras la tela del fondo con el cortejo de damas llegando al acto final donde hasta su harakiri es creíble. Paleta vocal rica en emociones, gusto en la línea de canto, abanico de matices, escénicamente poderosa y sobreponiéndose a una masa sonora que en el Jovellanos resultó excesiva, sin compasión, como si el arrebatado personaje contagiase a su entorno. Una triunfadora esta soprano joven que nos dará muchas noches de gloria, seguro.

De la mezzo Marina Rodríguez-Cusí sólo elogios como en Oviedo, el perfecto complemento de la protagonista, el saber estar al lado sin bajar ningún escalón, de tú a tú para una Suzuki ideal en lo vocal y en lo escénico, siendo emocionante y una pieza maestra el dúo con Cio-Cio San.

El tenor Eduardo Aladrén volvió a ser un Pinkerton poderoso desde el primer acto, con un color vocal idóneo y la fuerza necesaria para no estar tapado en ningún momento, ligera nasalidad debida probablemente a un resfriado o gripe en estado de cocción, pero que resultó ideal tanto en sus arias como en los dúos, creíble, empastado, seguro y homogéneo en todo el registro.

Y siempre un placer escuchar al barítono Manuel Lanza, Sharpless todopoderoso que también debe lidiar los cambios emocionales de la protagonista, un emisario no deseado por las noticias y traicionado como Butterfly, evolución de carácter resuelta con una emisión y dicción siempre clara.

El Goro del tenor asturiano Jorge Rodríguez-Norton estuvo más contenido gestualmente que en Oviedo y más contundente en lo vocal, «secundario» de lujo como en las buenas películas y tan necesarios para completar una obra redonda, donde todo el elenco brilló, incluyendo el papel doble Yamadori – Comisario del barítono José Manuel Díaz, otro de los pilares que asientan este reparto homogéneo.

Los comprimarios con algunos «de la casa» otra vez seguros y acertados, Víctor García-Sierra, Manuel Quintana (recién llegado de Bilbao), Manuel Valiente, Marina Acuña, Ana Peinado, María Fernández o Marina Pinchuk, breves intervenciones y nuevos rayos de luz con voces jóvenes que son «siembra para abril», sin olvidarme de María, la niña actuando de niño, todo un descubrimiento para las tablas.

El Coro de la Ópera de Oviedo que dirige Patxi Aizpiri, hubiese necesitado más efectivos pero volvió a sonar compacto, tanto ellas (qué bien el coro «a boca cerrada») como ellos, encajados fuera de escena a la perfección y cantado con la dulzura que se espera. Hay cantera vocal para largo y demuestran una profesionalidad envidiable, todo un lujo contar con ellos para la ópera asturiana.

Volvió a encantarme el detalle de las «bailarinas» que ponen el toque delicado en cada intervención, especialmente la escena de los farolillos de papel.

La Oviedo Filarmonía apuntaba que sonó excesiva en dinámicas, el Jovellanos es más recogido y no necesita los mismos planos que el Campoamor. José María Moreno llevó bien los «tempos» y atendió al detalle todo lo que sonaba en el escenario, pero Puccini le pudo en la orquestación, pecó de grandilocuencia, que la tiene, pudiendo evitar algún ff que nos hubiera permitido equilibrar foso y escena. Con todo su apuesta, arriesgada, resultó ideal para esta «tragedia giapponese» y la formación ovetense volvió a demostrar madurez y solvencia en un título que tiene reciente.

Habrá que esperar por Rossini en junio con la OSPA, porque nunca es «demasiada primavera» y casi tenemos ópera en Asturias las cuatro estaciones, aunque climatológicamente sólo parezcan invierno y verano, Oviedo y Gijón como área metropolitana de la lírica. Enhorabuena por un proyecto que espero sea largo en el tiempo y sin entrar en vaivenes políticos.

Control y dominio absoluto

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Jueves 5 de febrero, 20:00 horas. «Conciertos del Auditorio«: Oviedo Filarmonía, Shlomo Mintz (violín y director). Obras de Chausson, Vieuxtemps y Tchaikovsky.

Un director que además actúe como violinista era algo habitual en los tiempos de Willi Boskovsky y los Conciertos de Año Nuevo desde Viena, también alguna «propina» del recordado Lorin Maazel, y el más recordado, que además volverá este mes a Oviedo, Spivakov con Los Virtuosos de Moscú. Dirigiendo desde el piano es distinto pero como todo hay partes buenas y malas. Destacar que se debe dominar de forma completa la obra para no disminuir nada en las intervenciones solistas así como mucho ensayo con la orquesta en pos de un mejor entendimiento al utilizar menos recursos en la conducción, pero supone ejercer el control absoluto de la interpretación.

Shlomo Mintz se presentaba en esta doble faceta con dos obras de auténtica escuela violinística que necesitan una concertación especial y rigurosa por todo lo que conlleva una escritura pensada para el solista.

El Poema para violín y orquesta, op. 25 (Ernest Chausson) es una obra muy personal del compositor francés al que se consideró sobre todo «culto diletante» como recuerda Ramón Avello en las notas al programa, por lo que su interpretación también exige un mimo y especial cuidado en cada detalle, una auténtica rapsodia para lucimiento del solista pero con un clima orquestal que debe mantener esa ambientación. Mintz pudo conseguir de la formación ovetense todo lo necesario para rubricar sus intervenciones, con un catálogo sonoro en su violín ampliado con un arco realmente expresivo, completando un abanico desde emociones desgarradoras hasta lirismo de raíz folklórica, en parte por dedicatorias e inspiraciones variadas de esta partitura.

Otro prodigio del violín desde niño, maestro y creador de escuela interpretativa fue Henri Vieuxtemps por lo que su Concierto para violín y orquesta nº 5 (1862) condensa todos los recursos técnicos para mayor lucimiento del solista cual obra fin de carrera, tres movimientos sin pausa donde nuevamente la orquesta debe plegarse al virtuoso. Así resultó, buen entendimiento y perfecto equilibrio sonoro, aunque no todas las secciones rindieron al máximo, con un Shlomo realmente prodigioso, especialmente por una técnica siempre al servicio de la música, destacando la cadencia del Allegro non troppo casi tributo a Paganini, el Adagio que mostró lo mejor de la orquesta, y un Allegro con fuoco más interior que exteriorizado, casi de tiempos retenidos para no empañar sonido en nadie, exigente pero efectivo.

La propina no podía ser otra que Obsession (Preludio poco Vivace), primer movimiento de la Sonata para violín solo nº 2 en la menor, «A Jacques Thibaud» del compositor Eugène Ysaÿe, violinista y director amigo de Chausson, y auténtica joya que rinde homenaje a Bach y el «Dies Irae» en la proporción adecuada para dar un regalo que todos disfrutamos, con un Shlomo Maestro del violín.

Siempre comento lo difícil que se me pone escuchar obras conocidas cuando las versiones u orquestas de mi memoria dejaron el listón difícil de igualar. Tchaikovski es un auténtico caramelo sorpresa, agradecido siempre de paladear pero con el peligro de encontrarnos un interior amargo, inesperado por licores o frutas, y engañoso porque la obra parece superar la interpretación cuando ésta no es del todo buena. La Sinfonía nº 4 en fa menor, op. 36 requiere además de solistas muy seguros y secciones de calidad equiparable en todos, una plantilla compensada especialmente en la cuerda para contrapesar el protagonismo que el viento y la percusión tienen, algo que la Oviedo Filarmonía aún no ha conseguido. El maestro Mintz sacó oro de ella a base de unos tiempos algo más lentos de lo esperable pero seguros para dibujar con claridad todas las melodías, escuchando lo escrito con detalle, mimando los matices y con la cuerda rindiendo al límite de sus posibilidades, algo que solo un conocedor de ella como el invitado puede alcanzar. Andante sostenuto – Moderato con anima literal, lástima las trompas destempladas que empañaron el alma brillante de los metales en este primer peldaño; Andantino in modo canzone también retenido en velocidad pero claro y melódico en su totalidad, Scherzo. Pizzicato ostinato. Allegro donde la cuerda sonó perfecta, guiada y convencida por el maestro y mentor Sholmo, supongo que con los «trucos» compartidos para alcanzar los mejores momentos sonoros. El Allegro con fuoco quedó en cálido, sin la magia y tensión necesaria para alcanzar las chispas que merece ese final, los músicos de la orquesta trabajaron como rusos para mantener el tipo, empaste y calidades que no fueron siempre iguales, aunque la propia fuerza de esta sinfonía aguanta el frío, esta vez sólo en el exterior.

Aplaudir el esfuerzo de la OFil y sobre todo la templanza del Maestro Shlomo Mintz, grande en el doblete y toda una lección de honestidad.

Estrenos como regalos

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Viernes 23 de enero, 19:00 horas. Auditorio de Oviedo: Concierto para familias: «Los niños y la música». Laura Mota (piano), Alma Deutscher (violín), Oviedo Filarmonía, Marzio Conti (director). Obras de Mozart, Gabriel Ordás y Alma Deutscher.

Me planteé titular esta entrada como «El regalo de la educación» puesto que es un bien que se riega cada día en casa y crece toda la vida con la ayuda de todo lo que nos rodea. Resulta un proyecto a largo plazo que puede truncarse por muchos factores. La parte cívica, los modales, se están olvidando y la educación musical minusvalorando por parte de las autoridades responsables de incluirla como parte importantísima e imprescindible en los planes de estudios, por lo que esta tarde de cumpleaños me encontré con un choque de sensaciones: un auditorio lleno de familias que no siempre saben comportarse ante un concierto, experiencia primera sin preparación previa y puede que igual de válida que otra, aunque todo cambia y hasta la actitud que siempre supone asistir a un concierto de la llamada música culta. Con todo siempre debe primar el respeto y sobre todo el aprendizaje para a escuchar, válido ante cualquier faceta de la vida, así como la educación en valores que parece importar poco en estos tiempos cambiantes. Como última sensación, la familia como pilar para apoyar y encauzar a unos niños realmente únicos, dotados para la música y con una sensibilidad que nos pone de acuerdo en las emociones a las que llegamos por distintos caminos.

El concierto arrancaba con unas palabras del maestro Conti que sigue apostando por sorpresas y novedades desde el buen gusto y sabiduría, realizando una entrevista previa a los protagonistas antes de cada intervención. No importa su «itañolo» puesto que la música es el único lenguaje universal y la magia se transmite sin palabras.

La Música, con mayúsculas, comenzaba a sonar con el Concierto para piano y orquesta nº 23 en la mayor, K. 488 (Mozart) con el piano de Laura Mota, su debut con orquesta aunque parecía llevar toda la vida haciéndolo. Su Mozart tomó sentido como nunca antes me había sucedido: la cadencia del I Allegro profunda y ligera, el II Adagio inolvidable por su sentimiento hondo, maduro digno de una trayectoria larguísima, y el III Allegro assai con el descaro de la naturalidad desde el conocimiento profundo de una obra difícil. Atenta al maestro, que sacó todo el clasicismo a «su orquesta» siempre cómoda en estos repertorios, la pianista ovetense dominó la compleja partitura (toda de memoria), de principio a fin, segura, impresionante por una musicalidad diría que innata y un trabajo bien enfocado por su maestro Francisco Jaime Pantín, Laura Mota Pello está llamada a darnos muchas alegrías. ¡Tiene 11 años!.

Gabriel Ordás además de violinista se presentaba como compositor con el estreno de su obra Entornos, tríptico para orquesta, explicando que intenta reflejar sensaciones como si de las partes del día se tratase, sorpresa total en cada movimiento de una riqueza tímbrica y texturas totalmente actuales como si detrás hubiese la reflexión de toda una larga vida intensa, con una orquesta completa bien llevada por Conti, auténticos intérpretes de una obra madura: I. Bosque, primeras luces como un despertar al mundo sinfónico desde hace tres años y alumno de Fernando Agüeria, II. Desierto en plenitud donde la exploración toma cuerpo, desarrollos temáticos en las distintas secciones con una escritura actual y legible, hasta el III. Glaciar en su ocaso, intensidades anímicas y sonoras que lograron realmente congelar los ruidos de la sala en una explosión magistral para un violinista y compositor ¡de 15 años!.

Reminiscencias de oyente para una obra nueva, casi recién nacida, con Alma Deutscher y su aún inconcluso Concierto nº 1 en sol menor para violín y orquesta que se estrenaba en una velada para recordar. Alma nos alucinó con su presencia, porte y el pequeño violín sonando enorme con la luminosidad de compositora e intérprete indisolublemente unidas en este concierto, sin olvidar el virtuosismo nunca gratuito para su propia música. Primera audición de dos movimientos perfectos en escritura, orden, orquestación, melodías… El II. Romanza. Andante cantabile estaba pellizcándome por la musicalidad clásica y el sonido claro, con planos sonoros siempre en su sitio, música que sonaba natural y cercana a Mozart o incluso Mendelssohn, pero el III. Allegro vivace e scherzando resultó pletórico de alegría, contagiada por unas melodías «bromistas» (los toques de trompeta así resultan) iluminadas por la sonrisa permanente e indicativa de un juego feliz compartido y envidiado de esa eterna infancia, con un dominio del violín apabullante e impactante. Formalmente obra sin peros, de estructura clásica donde no faltó la cadenza del último movimiento digna de los grandes de siempre sin olvidar que esta Alma ¡tiene 9 años! y se estrenaba como solista con orquesta.

De la Danza de las sirenas de El Solent, un ballet compuesto con 8 años casi no me quedan ni palabras, para la propia compositora son cuentos musicales, para este aficionado unas danzas de un clasicismo nunca rancio, obra redonda, romántica e inmortal. La Oviedo Filarmonía y Conti hicieron posible otro milagro casi de extraterrestres…

Regalos impagables para un cumpleaños entre niños educados además de poseer un don del que disfrutamos y compartimos. Todos salieron a saludar incluyendo a Helen, la pequeña de la familia Deutscher que quiere ser ¡directora de orquesta!, regalos para ellos con un pedazo de bolsa repleta de chucherías para la más pequeña.

El regalo de La abeja (Schubert) con Laura y Alma ya fue otra historia para seguir boquiabiertos. No son niños prodigios sino prodigios de niños o directamente «niños prodigiosos» que decía el maestro en entrevista para LNE que dejó arriba, niños para los que la música es tan natural en su vida que la hacen natural y eterna para todos.

GRACIAS y enhorabuena a las familias de estos prodigios: Clara y Alberto Ordás, Janie y Guy con la pequeña Helen Deutscher, y finalmente Yolanda Pello y Mariano Mota.

Contagiando talento

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Miércoles 17 de diciembre, 20:00 horas. Conciertos del Auditorio de Oviedo, Alisa Weilerstein (cello), Oviedo Filarmonía, Rafael Payaré (director). Obras de Schumann, Elgar y Brahms.
Llegaba a Oviedo otra solista de cello, instrumento que tiene siempre nutrida presencia en los conciertos carbayones, mediática por querer compararla con la Jacqueline Du Pré y haber recibido consejos de Barenboim precisamente con el famoso concierto de Elgar, grabado en sello discográfico potente y acompañada de su pareja que sale de la cantera del «sistema» venezolano.
Y lo mejor resultó el director Rafael Payaré, 34 años pero toda una vida por delante, preparado, trabajador, dirigiendo de memoria las obras cruciales del programa y con la edición de bolsillo para concertar con su señora a la perfección. Y qué maravilla ver que ese talento es contagioso porque la Oviedo Filarmonía sonó como nunca, parecía otra a pesar de la algo escasa cuerda, especialmente los contrabajos, solamente tres que tuvieron que apretar dedos y dientes para conseguir unas dinámicas muy buscadas desde el podio. Miraba a la espalda del director y me recordaba a Dudamel hasta en el pelo leonino, los gestos pulcros, las entradas clarísimas, la batuta recogida en las partes líricas, una mano izquierda prodigiosa y una carta de presentación muy clara con la Obertura de «Manfred», op. 115 (Schumann), romanticismo en estado puro que Payaré dibujó al detalle, cuerda no muy incisiva pero definida siempre, maderas perfectamente ensambladas y metales contenidos pero redondos, contundentes sin excesos.
El Concierto para violonchelo y orquesta en mi menor, op. 85 (Elgar) le correspondería a la norteamericana y ciudadana del mundo, como el director, Alisa Weilerstein, otro talento joven con un instrumento que sonaba pletórico, de armónicos chispeantes pero que en la interpretación de este conocido concierto me resultó algo plana, técnica sin pellizco, poco «vibrato» y fraseos algo forzados aunque la orquesta siempre arropándola, dialogando e incluso aupándola gracias a la batuta impecable y precisa de Payaré. Esperaba más en ese inicio del Adagio; Moderato que debe conmover en la tercera cuerda y solamente sonó, transparente pero sin carne en el asador. El Lento; Allegro molto pareció enmendar un poco las emociones pero cayeron de nuevo en el Adagio que por momentos resultó plomizo. El cuarto movimiento fue más el catálogo de cambios de tempi y ánimos que la congoja necesaria para sublimar este concierto. Mis aplausos para la orquesta y la dirección más que para la cellista, calidades que tenemos mejores en nuestra tierra sin necesidad de cruzar el charco aunque con instrumentos menos caros y escaso marketing. Me preocupa pensar que el público joven tome de referencia estas versiones porque el oído debe educarse en la excelencia.
Al menos la propina bachiana nos devolvió el mejor cello de una joven figura que pareció estar más cómoda en solitario que afrontando retos de alto vuelo.
Para la segunda parte todo un Brahms y la Sinfonía nº 2 en re mayor, op 73, auténtica joya romántica continuadora del mejor Beethoven o Schumann que en la interpretación de la OvFi nos descubrió sonoridades increíbles, melodías escondidas y auténticas sutilezas en los planos consiguiendo Payaré una paleta de dinámicas asombrosas desde el dominio de la partitura hasta el mínimo detalle. «El Sistema» es anterior a los regímenes bolivarianos que suenan en cada informativo, con una larga trayectoria y muchísimas personalidades que creyeron en ese proyecto desde sus inicios, y pese a la instrumentalización que del mismo se han encargado todos los dirigentes venezolanos, con el beneplácito de Abreu y los guiños cómplices de Dudamel, sigue dando músicos de categoría mundial, instrumentistas y también directores como Payaré que en Europa pueden desarrollar la base de toda batuta, el repertorio de los grandes en nuestro viejo continente con el ímpetu y talento joven venido del Caribe.
Maravilloso ver a Rafael Payaré llevar cada uno de los cuatro movimientos de «mi segunda» con la maestría del veterano, la humildad del trabajador y el desparpajo del joven capaz de contagiar su ímpetu a cada atril de la orquesta carbayona. Los contrastes fueron surgiendo espontáneos, naturales, escritos en el aire con movimientos ajustados, «non troppo», grazioso el tercero también contenido, y rebosante ese final del «Allegro con espíritu» brahmsiano del que la OvFi se impregnó perfectamente conducida, término muy americano pero que cuando existe la química entre todos el manejo del vehículo musical corresponde al conductor. Tendremos que seguir de cerca a Rafael más allá de Alisa porque está ya en la lista de los principales del siglo XXI.

Rusia y el piano

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Viernes 5 de diciembre, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo: Jornadas de Piano «Luis. G. Iberni», Elisso Virsaladze (piano), Oviedo Filarmonía, Marzio Conti (director). Obras de Albéniz, Tchaikosky y Shostakovich.

Volvían las jornadas de piano con Rusia en el ambiente y un programa conocido. Para abrir boca la orquestación que Enrique Fernández Arbós realizase de El Puerto de Albéniz del cuaderno primero de la Biblia pianística que es la Suite Iberia. Bien ese tributo desde el mundo sinfónico para estas jornadas de piano con uno de nuestros grandes compositores que sigue inspirando nuevas orquestaciones de su inmensa suite como las de Jesús Rueda e incluso hermanando flamenco y jazz como en el caso de Chano Domínguez. La de Fernández Arbós es seguramente la que inició el vuelco del universo pianístico a la orquesta, y la versión capitaneada por Conti con «su» orquesta resultó clara en el dibujo, bien tratado cada plano sonoro y entendiendo la obra como si fuese originalmente sinfónica sin olvidar la originalidad que el maestro de Campodrón imprimió a su magna composición con la inflluencia directa de los nuevos aires franceses.

Elisso Virsaladze es una de las leyendas vivas de la llamada escuela rusa y acudía a Oviedo con el más conocido y escuchado de los conciertos para piano como es el de Tchaikovsky, que dejo aquí incrustado desde YouTube© en una versión con la Filarmónica de San Petersburgo (antes Leningrado) dirigiendo mi admirado Temirkanov.

La versión de la virtuosa georgiana del Concierto para piano y orquesta nº 1 en si bemol menor, op. 23 resultó buena aunque algo dura en varios sentidos. Por un lado su técnica se mantiene con el paso de los años pero también ese estilo de fuerza y vigor desde el rigor, potencia de pulsación, valentía en afrontar los movimientos con unos tempi que impiden degustar momentos que requerirían más intimismo traducido en una gama de pianísimos algo mayor. Con todo sigue ejerciendo su magisterio en estas obras que ha bebido desde la fuente original de esa tradición rusa de la que es uno de los últimos modelos. El Allegro non troppo e molto maestoso marcó su ideario a la orquesta ovetense en todos los aspectos musicales, yendo a remolque en muchas ocasiones con todo el esfuerzo del titular en concertar correctamente, demostrando solvencia y oficia. El Andantino semplice pecó de lo apuntado anteriormente, algo más de lirismo puede que así entendido desde el sur europeo aunque ella optase por ese carácter atormentado que nos han confiado intérpretes como ella no sólo en Tchaikovsky. Todo el juego y fuego del Allegro con fuoco apareció en este último movimiento, escuchándose unos a otros y ciñéndose al mandato de la solista, imponiendo más que dialogando, en un enorme esfuerzo orquestal y directorial que logró siempre finalizar cada movimiento perfecto, como si sólo se tratase de ello. Con todo la versión de Virsaladze resultó plenamente rusa.

Los aplausos la obligaron a regalarnos la primera de las Doce danzas alemanas (Zwölf Deutsche Tänze, genannt «Ländler»), D. 790 de Schubert, breve y delicada, como para taparme la boca de mi opinión del concierto anterior, remarcando su enfoque ruso distinto del alemán, con acento propio siempre distinto al francés, checo o coreano. Y sabiendo a poco, todavía otro regalo, esta vez de Chopin el Vals op. 34 nº 1 en la bemol mayor, nueva lección de piano donde no se puede explicar mejor el «rubato» desde la transparencia de cada pasaje, siendo otra maravilla que quedó en el recuerdo de estas jornadas donde el piano es el rey (Sokolov al frente) y Elisso la auténtica reina, nos guste más o no.

La segunda parte nos mantuvo en la Rusia pero pasando de los zares a Stalin y la Sinfonía nº 9 en mi bemol mayor, op. 70 de Shostakovich, estrenada en Leningrado el 3 de noviembre de 1945 por Evgeni Mravinski y escrita en un mes, la más corta y ligera de las quince pero también la menos popular, por lo que se agradece poder escucharla en vivo.

Organizada en cinco movimientos, encadenados los tres últimos, permite a la orquesta rendir en todas sus secciones y disfrutar de intervenciones solistas realmente agradecidas, con especial mención al fagot solista de la OvFi sin olvidarme del concertino. Conjugando elementos de distinta procedencia e intención, sin entrar en las connotaciones políticas que supuso esta obra, por otra parte excelentemente comentada por María Encina Cortizo en las notas al programa, la OvFi sonó compacta, brillante, con calidad en cada intervención solista, vigor desde el podio que Conti contagia, frescura y contención para una sinfonía «inesperada», corta de duración pero con muchos guiños musicales que el director florentino supo sacar a flote. El día 17 volveremos con un concierto ineludible de Elgar con la cellista del momento, la neoyorkina Alisa Weikerstein dentro de «Los Conciertos del Auditorio», pero aún me queda mucha música hasta entonces.

Viva las voces jóvenes «forever»

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Viernes 21 de noviembre, 20:00 horas. Teatro Campoamor, LXVII Temporada Ópera de Oviedo: cuarta función (reparto joven) Madama Butterfly (Puccini). Entrada de principal: 50 €.

Emociona ver al público en pie rendido ante Carmen Solís, una «Butterfly» española debutante en el rol pero que supo cantar desde el sentimiento. Cuarta representación de las cinco programadas de este Puccini que en su momento no triunfó pero que el tiempo pone en su sitio, necesitando un reparto completo para lograr el espectáculo total. Y el segundo reparto, de viernes joven por el que la Ópera de Oviedo sigue apostando, logró un éxito para recordar encabezado desde la dirección de José María Moreno, la soprano extremeña coronada en este debut del coliseo carbayón, y completado con el «Pinkerton» de Eduardo Aladrén, el «Sharpless» de Javier Franco, el «Goro» de Jorge Rodríguez Norton. Repitieron Marina Rodríguez-Cusí como «Suzuki», José Manuel Díaz en su doble papel de «Yamadori» y comisario, y resto de reparto, crecidos y contagiados por el ímpetu y entrega de las «nuevas voces».

El directo siempre es único y permitió disfrutar de más detalles. La escena volvió a ser convincente por lo sencilla y el juego que da remarcado por una iluminación perfecta, blancos puros, azulados o grises, incluso rosados más el siempre necesario rojo pasión. Las bailarinas que no lo son pero con una coreografía cuidadísima pusieron el detalle plástico y visual, el efecto de las sombrillas cerradas convertidas en cuchillos para el «seppuku» colectivo, las velas como estrellas o los globos colgantes llevados como si realmente flotaran, complementando las intervenciones orquestales con acción siempre sobre la escena. Y el coro, con algunos solistas casi de «comprimarios«, volvió a enamorar en cada aparición, difíciles fuera de escena y completos en ella, perfectamente encajados con el foso gracias a una dirección impecable del mallorquín José María Moreno que no sólo mimó todas y cada una de las voces sino que logró intensidades de la Oviedo Filarmonía siempre en el momento preciso, tensión dramática o emoción íntima, volúmenes equilibrados e intervenciones solistas de mucha calidad, juventud en el podio mandando en una partitura compleja de la que extrajo todo el jugo.

El elemento catalizador, la protagonista absoluta y el auténtico revulsivo fue Carmen Solís, convincente en escena desde su primera intervención. Impregnada del espíritu pucciniano logró crecer a lo largo de los tres actos vocalmente, con el vibrato necesario utilizado expresivamente, gama de color uniforme, agudos limpios, medios plenos y graves suficientes incluso con la orquesta en fuerte. Nos tocó la fibra a todos con unos pianisimi emocionantes contrastados con la emoción y fuerza de los agudos, y especialmente con una musicalidad de las que llegan siempre a lo más hondo. No ya la famosa aria «Un bel di vedremo«, que puso la piel de gallina y le dará muchas alegrías a la extremeña, el dúo con Aladrén y sobre todo con Marina Rodríguez-Cusí hizo lucir a sus compañeros, empastando, sacrificando si era necesario en pos de la belleza lírica.

Sólo halagos para una soprano que demostró mucho trabajo para debutar como lo hizo en Oviedo, por lo que el camino iniciado como Cio Cio San deparará triunfos futuros a no tardar.

Eduardo Aladrén fue el Pinkerton perfecto para la Suzuki extremeña, un tenor de afinación segura, color idóneo, registros muy igualados y entrega en cada intervención. De nuevo es de agradecer el equilibrio entre canto y escena, el convencimiento del papel y su evolución en esta partitura compleja y exigente con todos, y el tenor maño captó y cautivó con su voz en cada momento, enamorado, soberbio, cobarde o desgraciado, toda la paleta sentimental desde su línea de canto.

De la mezzo valenciana además de lo escrito sobre ella en la tercera función, repetir el hermoso dúo con Carmen Solís y añadir el momento excelente en que se encuentra, cuerda no siempre reconocida pero que supone, como en el cine, esos papeles de reparto que engrandecen a los protagonistas. Lo mismo podríamos decir del coruñés Javier Franco como Sharpless que completó este repóker canoro porque no quiero olvidarme del joker o comodín Jorge Rodríguez-Norton como Goro, puede que algo corto en volúmenes en casos puntuales y tal vez sobreactuado en un rol agradecido vocalmente sin necesidad de tanto movimiento escénico, pero que al igual que Atxalandabaso en las otras representaciones, son importantes para completar un elenco equilibrado en todos los terrenos.

No cité en la anterior función el papel del hijo de Butterfly que hicieron dos niñas, María Suárez y Paloma Vidau, auténticas actrices y también merecedoras del aplauso del público, que realizan estudios musicales y estoy seguro son ya aficionadas a la ópera para el resto de sus vidas con una experiencia inolvidable.

Seguiré asistiendo a estas funciones donde además del público no habitual de los primeros repartos, que siempre es menos exigente pero también más sincero en la respuesta, también están los que repiten y comparan, así como las conferencias previas de Patxi Poncela siempre distintas y personales, esta vez con «goleada de Puccini a Theodor Adorno« desde el verbo melómano radiofónico de acento playero llegado a la capital.

Sin cargar tintas habrá que recordar que lo bueno no está necesariamente fuera de nuestras fronteras, y España sigue siendo cuna de grandes voces líricas. En Butterfly se canta «America forever» que tras esta experiencia tendremos que cambiar por «Jóvenes para siempre». Apostar por lo de casa no sólo resulta más barato sino que puede ser incluso mejor, acercando a Oviedo público nacional que marcha enamorado de la capital del Principado y su Temporada de Ópera, aunque el dinero del gobierno y la fama se la lleve el Liceu…

Pocos celos sin pasión

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Otello (Verdi). LXVII Temporada de Ópera de Oviedo. Miércoles 17 de septiembre, 20:00 horas, Casa de la Cultura de Mieres, proyección en directo desde el Teatro Campoamor. Entrada libre. Sábado 20 de septiembre, 20:00 horas, Teatro Campoamor. Entrada última hora: 15 €. Producción de la Ópera de Oviedo. Reparto: Robert Dean Smith (Otello), Juan Jesús Rodríguez (Jago), Maria Luigia Borsi (Desdémona), Mireia Pintó (Emilia), Vicenç Esteve (Cassio), Manuel de Diego (Roderigo), Stefano Palatchi (Ludovico), Damián del Castillo (Montano / Un heraldo). Dirección de escena: Bruno Berger-Gorski. Escenografía y vestuario: Barbara Bloch. Iluminación: Alfonso Malanda. Asistente a la dirección musical: Julio César Picos. Asistente a la dirección de escena: Raúl Vázquez. Coro de la Ópera de Oviedo (director: Patxi Aizpiri). Orquesta Oviedo Filarmonía. Director musial: Yves Abel.

El comunicador Patxi Poncela nos contaba media hora antes de la última representación del primer título que debíamos seguir al nutricionista verdiano y haber comenzado por Rigoletto, pues este Otello, que parece debería haberse titulado Jago, realmente era duro de roer. Sumemos unas voces protagonistas desiguales, una escenografía cutre de cartón piedra y desconchados premonitorios de lo que vendría después, un vestuario pobre y una puesta en escena de las llamadas modernas que nada aportan al entendimiento de la obra por los no iniciados (a mí me servía con cerrar los ojos, aunque mi visión en anfiteatro me hacía perder la piscina – cuadrilátero – cama de arena) hacen imposible degustar un plato que requiere el equilibrio justo aderezado con el gusto durante la cocción y «emplatamiento».

Acudía el miércoles a la proyección en pantalla gigante (sigue suspendiendo la realización y el sonido que llegó por un sólo canal) dentro de la apuesta mierense por acercar la ópera al pueblo, con la ventaja de primeros planos imposibles en el teatro y comprobar la gestualidad de los protagonistas así como una idea global del reparto. Tristemente el directo de la cuarta y última representación fue como la Ley de Murphy donde «todo lo que puede empeorar, empeorará». Parecía el tonto que acudía todos los días a la película del oeste esperando que el vaquero no entrase en la cantina sabedor que todos los días le daban una paliza.

La propia ópera de Verdi como nos recordaba el radiofonista gijonés nada es lo que parece. La divina Callas insistía en que lo importante es el último acto porque es finamente el que recordamos y levanta todo lo anterior. En Oviedo abucheos y pitos para un Otello nada creíble en ningún aspecto: no es moro, las rastas en el cogote parecieron ubicarle su voz en dicha zona y la angustia cada vez que cantaba era contagiada al público temeroso que no llegase al agudo, siempre apretado, descolocado y gritado.

Dean Smith no tiene color ni sabor para este rol que tiene mucha enjundia (qué distinto de su Tristán o el concertístico Sigmund también en Oviedo), lástima que por momentos en la media voz parecía tomar el camino correcto, pero finalmente recogió la tempestad que no descampó hasta el final. Y del personaje irreconocible, arrodillado más de la cuenta, pintado a lo Braveheart, celos supuestos e incapaz de enamorar y mucho menos convertir a una piadosa mujer cristiana. Una pena no se hubiese suicidado antes y evitásemos la injusta muerte de Desdémona.

«La Borsi» al menos puso el gusto en el canto, la credibilidad de un personaje dificilísimo de crear y cantar, perdonándole incluso el quiebro en el final de la bellísima aria del sauce (el miércoles no lo tuvo) tras crear un ambiente en el teatro de los que permiten cortar el aire. Mi enhorabuena por la pasión y entrega que mantuvo la italiana.

Triunfó Jago, «el malo de la película» interpretado por un Juan Jesús Rodríguez poderoso pero que deberá cuidarse de papeles como éste que pueden mermar su futuro. Casi impecable en su línea de canto faltando gusto en el fraseo al apostar por una dramatización sólo de volúmenes en vez de crear un personaje que actoralmente dominó y venció al resto del elenco.

La Emilia de Mirela Pintó fue de menos a más, tapada literalmente en el cuarteto ubicándola atrás, mejor en el concertante del tercer acto y final en su punto. Ya tenía ganas de volver a escucharla en escena tras el concierto con la OSPA de hace cinco años.

Seguro y en su línea la breve intervención de Lodovico Palatchi, siendo capaz de escuchársele dentro de los truenos y relámpagos vocales. Más discreto el Cassio de Vicenç Esteve que a la vista del conjunto alcanzó el aprobado rapado.

Capítulo aparte merece el «coro de Aizpiri» comprometido de principio a fin, luchando contra los elementos, algo retrasado al inicio o fuera de escena (lógico) pero asentándose todos volviendo a demostrar una profesionalidad y entrega plausible. Era difícil no gritar ante la masa sonora verdiana siempre desbocada, pero consiguieron equilibrar parte del desastre.

La Oviedo Filarmonía afrontaba una partitura con mucho que tocar pero sin mando desde el podio, pues el Maestro Abel no logró amarrar los caballos, desbocados continuamente, olvidando que también había canto en escena (qué distinto del que dirigió a la OSPA hace dos años). Los músicos en foso se limitaron a cumplir órdenes y faltó la química así como degustar lo que es una concertación que en Verdi es siempre exigente, sobre todo en este Otello casi wagneriano con permiso del respetable.

Al menos no tuve que gastar mucho dinero y las entradas baratas funcionan porque daba gusto ver casi todo ocupado, lástima que muchos comiesen este Otello convencidos que estaba al punto. Este restaurante merece platos mejor cocinados y servidos como se debe.

Curro Vargas deslumbrante

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Viernes 20 de junio, 20:00 horas. Teatro Campoamor, Zarzuela – XXI Festival Lírico Español: Curro Vargas (R. Chapí), segunda función.  Entrada butaca: 39,50€ (en TiquExpress).

Con auténtica impaciencia acudía a escuchar este drama lírico en tres actos de casi cuatro horas de duración del que apenas conocía la romanza final de Curro nada menos que por Alfredo Kraus. Si en la conferencia del martes y dentro de las organizadas por la Universidad de Oviedo como «Diálogos de Zarzuela«, Pablo Viar, ayudante de dirección de Graham Vick, junto a Mª Encina Cortizo y sobremanera Emilio Casares, nos pusieron en antecedentes de lo que nos íbamos a encontrar en Oviedo tras su paso en febrero por el Teatro de la Zarzuela de Madrid, lo vivido en esta segunda función del título que clausura el festival de Oviedo se quedó no ya completado sino aumentado con la representación.

Obra más que difícil y exigente para todo el elenco, con una puesta en escena impecable de un genio como el inglés Vick, vestuario, iluminación, cuadro de actores, banda de música, coro de niños, gran coro, y un reparto de primera equilibrado, que necesita dotes actorales casi tanto como las vocales y donde no se escatimaron medios por ninguna parte, alcanzando con este título de Chapí todo un hito en la capital asturiana, digno de figurar incluso como ópera, aunque apostar por una obra tan completa y dura no es fácil, además de tener que encontrar por las propias exigencias un reparto que no se logra ni programando a largo plazo. Pero esta vez sí alcanzamos el pleno de principio a fin.

Por organizar un poco mis impresiones debo comenzar con la propia partitura de una modernidad para 1898 que ya quisieran muchos contemporáneos, y es que Ruperto Chapí conoció de primera mano todo lo que en su época se representaba en Europa, y con Bretón marcarán un estilo que tristemente no les dio de comer y apenas tuvo continuidad para lo que hubiese sido la «Gran ópera española» en unos momentos históricos de crisis que la música escénica también padeció, con un nacionalismo asociado al «andalucismo» que siempre parece ser nuestra imagen exterior, y que Curro Vargas pese a ser un «drama lírico» potente, de orquestación poderosa y un libreto a partir de «El niño de la bola» de Pedro Antonio de Alarcón, dos dramaturgos con oficio como Joaquín Dicenta y Manuel Paso Cano dieron la impronta perfecta para su puesta en escena musical, manteniendo las partes habladas realmente bien encajadas en esta edición crítica para el ICCMU de Javier Pérez Batista, aunque el argumento note el inexorable paso del tiempo.

Todos los solistas sin excepción tienen que rendir a tope en cada intervención, partitura llena de pasajes comprometidos, a menudo en el límite de su tesitura, en la llamada zona de paso que pone en riesgo cada intervención y con una orquesta por momentos «wagneriana» o si se prefiere «verista» como toda la obra. El reparto de Oviedo, parecido al madrileño, resultó creíble en cada uno de los solistas, tanto física como musicalmente, citándolos en el orden del programa:

Cristina Faus (Soledad) de colores variados y dicción irregular por momentos, con volumen algo desigual según los registros (lógico en una mezzo cantando este papel de soprano dramática), intimismo en sus momentos, lirismo siempre delineando esa esposa y madre con el remordimiento en lucha con su auténtico amor. Milagros Martín (Doña Angustias) inconmensurable, no ya en su línea de canto donde dio una lección, sino actoralmente con un verbo bien proyectado, convincente para la viuda madre y abuela, que en ningún momento fue tapada por una orquesta vigorosa. Fresca y sincera la Rosina de Ruth González, esos «segundos papeles» que son necesariamente exigentes para poder completar una función redonda, al igual que La Tía Emplastos de Aurora Frías, tal vez menos «cantábiles» pero metidas en su papel. El auténtico triunfador y protagonista fue el asturiano Alejandro Roy dibujando un Curro Vargas asociado a su físico y voz, demoledor para cualquier cantante desde su primera aparición en escena, con registros poderosos llenos de matices, un grave contundente, un medio cautivador y un agudo arrebatador, capaz de recrear cada una de las emociones que su personaje exige. Solo, en dúo y sobremanera en los concertantes «tutti» su emisión resultó arrolladora sin perder nunca la seguridad y el convencimiento de este papel que nadie se atreve por sus exigencias. El desgaste es mayor que tres Cavaradossi pero el plus de Roy en casa es casi una marcha extra. Israel Lozano como Timoteo resultó mejor declamado que cantado, en parte por una puesta en escena que en su principal intervención requiere un esfuerzo por subir de espaldas la escalera.

El Don Mariano de Joan Martín-Royo fue desigual pero también convincente actor, si bien el color y empaste con Soledad no fuese de lo que más me emocionó. Parecido el Capitán Velasco de Gerardo Bullón aunque el peso escénico siempre resultó equilibrado y seguro. El segundo triunfador, además con el personaje más exigente desde el punto de vista actoral, fue Luis Álvarez Sastre, el Padre Antonio que además de dar por su aspecto la perfección del papel, cantó con una gama estilística según el momento dramático realmente bella. El Alcalde Airam de Acosta es personaje bien dibujado y con menos peso musical que resolvió con profesionalidad. Del trío de arrieros además de encajar perfectamente con la idea escénica de Vick, simpáticos todos comenzando con Francisco Javier Sánchez Marín, continuando con Sebastiá Peris y rematando con Juan Manuel Padrón un zurdo que también toca la guitarra en vivo, completando la escena un niño (alternando Jorge Correas Pérez y Diego Cortés Alonso). La figuración auténticamente profesional, desde los que representan tres burros humanamente burros, hasta los soldados y costaleros totalmente metidos en sus papeles como las distintas señoritas que por momentos llenaron la escena sin dar sensación de agobio, al contrario, movimiento bien organizado y sabiamente llevado por el ayudante de escena.

Ya que cito la amplia figuración debo hacer un punto aparte con la Capilla Polifónica «Ciudad de Oviedo» que dirige Rubén Díez Fernández. Para Curro el coro es tan protagonista, sino más, que los propios solistas, pues en cada uno de los actos se les exige y mucho a todas las cuerdas, graves y blancas, separadas y  enconjunto, sin olvidar un movimiento sobre las tablas que dominan como si de profesionales se tratase. Salvo un pequeño desajuste en el tercer acto, solventaron las dificultades que la partitura presenta, unida a la puesta en escena que les hizo cantar de espaldas, en movimiento e incluso fuera de escena. Un placer comprobar cómo están comportándose en óperas y zarzuelas alcanzando un nivel muy alto. Muy bien los niños del Coro de la Escuela de Música Divertimento, ángeles y querubines encaramados al fondo pero de emisión clara y afinación exacta.

Sobre el escenario también pudimos disfrutar de la colaboración de varios miembros de la Banda de Música «Ciudad de Oviedo» que además de dar realismo a la procesión del segundo acto, completaron ese escenario que a la vista de los efectivos pareció más grande de lo que realmente es. Los leves problemas de ajustes en el tempo se debieron más a la falta de visión del foso cuando desfilaban que no cuando tocaron situados en la «grada» trasera dentro del escenario.

Aquí tendría que detenerme para hablar de la puesta en escena diseñada por Graham Vick donde luces y sombres se conjugaron a partir de una estética muy de los años 60 en todo (apropiadísimo el vestuario), con la visión que un británico pueda tener de la Semana Santa malagueña, por otra parte nada transguesora. Simbolismos de todo tipo en un escenario redondo móvil que da mucho juego a los elementos sobre él colocados, incluso los que descienden y luego se anclan, dignos de analizar uno a uno como hizo Pablo Viar en la conferencia citada del martes pasado, más otros que fui descubriendo: los globos de colores cúpula de iglesia y verbena primaveral sureña después, las escaleras de tijera, el sofá, la mesa del despacho, el archivador, el olivo, la gran cruz, la tómbola colgante final… incluso la originalidad de utilizar los palcos-bolsas laterales del primer y segundo piso para ubicar en ellos personajes y balconadas de flores, agrandando un escenario que tiene las dimensiones que tiene. Igualmente me pareció genial la irrupción por el patio de butacas de Curro en el baile del tercer acto, sin dejarme una iluminación muy bien diseñada subrayando esos contrastes del libreto capaces de resolver momentos de tensión con los guiños de sainete que equilibran un drama auténticamente de libro y políticamente incorrecto en estos tiempos nuestros donde el dicho «la maté porque era mía» constituye delito y causa prisión inmediata. Auténticas genialidades para una escena pletórica en el amplio sentido de la palabra donde todo funcionó con precisión británica.

Para el final dejo a la Oviedo Filarmonía que en el foso de este «su festival» sonó empastada, equilibrada, comedida para una orquestación realmente impresionante que puede a las voces, pero que el maestro Martín Baeza-Rubio supo mantener en el punto exacto, mimando a todas las voces, marcando cada entrada y dando la confianza y seguridad necesarias para que todo encaje en una obra tan completa como Curro Vargas  que el director de Almansa llevó con mando en plaza tanto en el escenario como bajo él.

Buen cierre para la temporada lírica que tiene el domingo a las 19:00 horas la última función y de propina la Gala Lírica con la soprano Cristina Toledo, ganadora del XIV Concurso Jacinto Guerrero, con la Oviedo Filarmonía y Andrés Salado a la batuta el sabado 28 en este mismo y gran Campoamor, que será protagonista también en el Festival de Verano, aunque lo contaremos otro día.

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