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Dos David mejor que uno

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Viernes 1 de junio, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo, Concierto de abono nº 14, OSPA, David Moen (tuba), David Lockington (director). Obras de Samuel Jones y Johannes Brahms.
Siempre es un orgullo que los solistas de la OSPA den un paso al frente y se conviertan en protagonistas, y en el penúltimo de abono nuestro tuba titular estrenaba en Europa el concierto compuesto entre 2004 y 2005 por Samuel Jones (Mississippi, 1935) y estrenado por la Seattle Symphony en 2006.

El Concierto para tuba resultó todo un descubrimiento como obra sinfónica, no ya por el lucimiento del solista, capaz de momentos líricos donde el sonido del «bajo en Fa» tomaba colores de trompa hasta el virtuosismo del último movimiento (Largo-Allegro molto) en perfecto dúo con el flautín (César González, compañero en Candás del propio David) con unos contrastes tímbricos tan bien logrados, sino por la escritura para la orquesta desde un dominio del lenguaje romántico con el tamiz de un compositor de nuestro tiempo. Las notas al programa (enlazadas en los compositores, al inicio de la entrada) escritas por Diana Díaz ayudan a comprender no ya la obra en sí sino todo el trasfondo del tercer movimiento como homenaje sonoro al ingeniero aeronáutico James P. Crowder, con una tuba perfectamente ensamblada con la orquesta más allá de la familia de metales, compañeros habituales de atriles que empastaron a la perfección, siempre bien llevados por el otro David, Lockington que volvió a mostrar un estilo claro, conciso, atento al detalle y conocedor de la orquesta hasta hacerla sonar como si la plantilla fuese la deseada. Destacable toda la interpretación de David Martin Moen que volvió para regalarnos ese Elogio a la música de Schubert tras el esfuerzo físico y musical que el concierto de Jones supuso, agradeciéndole todos el trabajo y estreno para un instrumento que no suele tener el protagonismo de este caluroso inicio de junio.

Aunque quede el último concierto de la temporada, para mí era este viernes el cierre de curso, y nada menos que con la Sinfonía nº en RE M., Op. 73 (Brahms), aún reciente en el oído y una de las obras que han marcado mi memoria de melómano. Precisamente por todo lo que tiene de personal, las exigencias y expectativas reconozco que son altísimas, aunque sabedor del estilo directorial del británico afincado en EE.UU. y la química que ha logrado con la OSPA, la interpretación resultó aseada y adaptada a una orquesta que sigue pidiendo a gritos aumentar la plantilla de cuerda.
Lockington optó por trabajar la textura en los cuatro movimientos y jugar con las dinámicas necesarias que equilibrasen el desajuste para una sinfonía tan densa como la del alemán. Su versión resultó no ya elegante sino serena, sin sobresaltos, equilibrada en tiempos, poco arrebatadora y muy «cantabile», con poso, totalmente distinta de la última del auditorio y complementaria, dos visiones del mismo paisaje sonoro con distintas herramientas pero igual de sinceras, atento a los fraseos más que a la globalidad romántica, contenido pero nunca distante. Como escribe mi querida Diana de esta sinfonía, «es una obra compacta y de una rica inventiva melódica y rítmica… transmite un clima más apacible y luminoso» que la Primera, y así la hizo sonar el ya principal director invitado de la formación asturiana.

El Allegro non troppo se ciñó a la agógica indicada, familias bien ensambladas de las trompas a las maderas y la cuerda siempre incisiva para compensar volúmenes, densidad pero con transparencia. La formación como chelista del maestro británico creo que se notó al sacar de la cuerda grave sonoridades perfectamente empastadas y redondas sin apoderarse nunca del registro en el que se mueven. El Adagio non troppo fue una prueba más de lo indicado, al igual que los pizzicati presentes pero nunca hirientes. El Allegro grazioso, quasi andantino jugó con ese baile tan difícil de encajar por los cambios de ritmo bien solventados por esta orquesta que a lo largo del curso ha ganado en confianza en todas sus secciones (la madera sigue estando impecable), sobre todo cuando se le exige con sabiduría, y el maestro Lockington la ha demostrado. Tras una necesaria afinación total por un calor sofocante unido al duro trabajo de los tres movimientos anteriores, las variaciones del Allegro con spirito nos devolvió la mejor cuerda bien complementada por viento y timbales en la explosión de este movimiento con tintes militares donde Moen hubiera disfrutado, aunque su alumno y amigo, mi tocayo González Merino cumplió igualmente en esa fanfarria que sigue recordándome sonidos de órgano (el de la Iglesia de San Francisco estaba a la misma hora trabajando a dúo con el cornetto).

Buen concierto para una temporada que sin apenas altibajos, nos deja en el horizonte la llegada a esta su casa de Rossen Milanov, y la continuidad de Lockington como principal invitado, con una orquesta ansiosa por seguir alternando el repertorio de siempre junto a estrenos que, cuando tienen calidad, nos hacen disfrutar a todos.

Gene y Fred

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Viernes 25 de mayo, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo, Abono nº 13 OSPA; Dylana Jenson (violín), David Lockington (director). Obras de Ginastera, Lalo, Bernstein y Borodin.

El programa de abono que nos reencontró con uno de mis aspirantes preferidos a la titularidad, y nombrado principal director invitado, giró en torno a las danzas, obras conocidas y popularizadas algunas por Dudamel con «La Bolívar» aunque la madurez de la OSPA consiguió el siempre necesario poso y Lockington es la elegancia británica desde el podio atento a cada detalle. Como se respiraba cierto ambiente cinematográfico en estas músicas de danza, sería como comparar a Gene Kelly con Fred Astaire, los dos grandes pero de estilos y repertorios muy distintos, sin olvidarnos de las parejas de baile que ambos tuvieron, y esta vez la «asturiana» resultó Ginger Rogers en vez de Cyd Charisse.

«Estancia» en Argentina es una finca, algunas mayores que todo Extremadura, por lo que cuando llegas a esta tierra te desean «feliz estadía». Alberto Ginastera escribe su ballet Estancia cuya «Suite» de cuatro Danzas Op. 8a (1941) tienen todos los elementos que las orquestas y público desean: ritmos contagiosos, orquestación poderosa, melodías pegadizas, mezcla de popular y sinfónico, contrastes dinámicos y la rememoranza del escenario donde se desenvuelve la acción:

I. Los trabajadores agrícolas prepara el ritmo trepidante que la orquesta logró desde el ataque bien llevada por el maestro inglés, con un empaste total; II. Danza del trigo trajo dinámicas muy cuidadas y la cuerda «pellizcando» con redondez las intervenciones solistas de la calidad a la que nos tienen acostumbrados Myra y Vasiliev; III. Los peones de hacienda breve y bueno, abanico de timbres en una orquestación de nuestro tiempo, y tras la pausa obligada por la sintonía en anfiteatro del Gran Vals de Tárrega típica de «celulares» y maleducadas de edad (1), la IV. Danza final: Malambo, competencia masculina cual cerviches pamperos en taconeo que hasta los músicos incorporaron como si en la partitura se marcase, enriqueciendo aún más esta visión elegante de estas danzas que todas las secciones disfrutaron, especialmente la percusión que este viernes trabajó a destajo. Destacar la precisión siempre necesaria y aún más en esta obra compleja rítmicamente que la sabia batuta logró.

La biografía de Dylana Jenson, esposa de Lockington, es de película cuya banda sonora está escrita para violín. La Sinfonía española, Op. 21 del francés Edouard Lalo es realmente «un concierto para violín y orquesta evitando cadenzas y ejercicios de gran virtuosismo» como comenta Eduardo G. Salueña en las excelentes notas al programa (que están enlazadas al inicio de esta entrada en los nombres de los compositores). La dedicatoria de la obra a Sarasate se nota en los números elegidos (faltó el Intermezzo) por la violinista de origen costarricense, más por la herencia musical del navarro que por fuentes directas del francés de ascendencia española, aunque la habanera sea ya en su época internacional. El sonido de Dylana es cálido, elegante como la dirección y perfecto maridaje musical que la OSPA entendió desde la primera nota del Allegro non troppo, continuando en el Scherzando: Allegro molto con reminiscencias también danzarinas (vals y seguidilla) desde unos rubatos bien conseguidos. El Andante rebosó musicalidad y romanticismo por todas partes, terciopelo sin sensiblerías, para desembocar en el conocido Rondo: Allegro más francés que español pero universal sin perder ese ritmo latente de una obra que Lockington y la OSPA concertaron perfectamente con Jenson.

Nuevo contraste entre siglos para la segunda parte con las danzas como hilo conductor, primero Bernstein y las Danzas sinfónicas de «West Side Story», antídoto para toses (como comentaba un amigo cantante) al resultar muy conocidas, lo que juega siempre a favor, y sobre todo no dar lugar al respiro. Rafa brillando en la batería con todos y cada uno de los números, bien secundado por sus compañeros de percusión, la versión de Lockington volvió a ser elegante, estilizada, de etiqueta frente al chándal, huyendo de sensacionalismos, cuidando el sonido de cada número y con las dinámicas adecuadas en todos ellos, destacando un Mambo muy sinfónico y poderoso, así como el Rumble (Estruendo) de musicalidad nunca ruidosa, y si los metales brillaron con sol, la madera fue sombra perfecta pero la cuerda resultó cual luna llena.

Y si hay danzas sinfónicas poderosas, exigentes para todos pero también agradecidas por lo populares, esas son las Danzas polovtsianas de «El Príncipe Igor» (Borodin). Siempre está bien programar obras del siglo XX sin olvidar la referencia del XIX por todo lo que supone de historia orquestal y bagaje útil para toda formación de nivel que se precie, y la OSPA lleva tiempo ahí. Tras todo lo escuchado anteriormente no había mejor forma de concluir este concierto de danzas que el maestro inglés afincado en EE.UU. supo sacar con brillantez y energía siempre desde una gestualidad clara y concisa. De nuevo todos los solistas pudieron demostrar su excelencia (que es mucha en todos y cada uno de ellos) en las cinco danzas que son más escuchadas que la ópera a la que pertenecen. Arriesgando en tiempos y dinámicas creo que el resultado global fue notable alto sin llegar a sobresaliente, más por lo perentorio de ampliar la sección de cuerda que nos dé el equilibrio perfecto para dinámicas como las que Borodin y tantos otros plantean, aunque la sabiduría desde el podio está precisamente en aminorar el resto. Así pudimos escuchar todo con el volumen correcto sin perder la globalidad ni la importancia de cada nota en su contexto. Examen superado y disfrute total del concierto.

Para concluir nada mejor que lo también comentado con mi admirado tenor amigo al salir del Auditorio: cómo se nota cuándo los compositores también son directores, conocedores del instrumento para el que escriben desde la realidad sonora y no desde la soledad interior. Lockington se queda otra semana en Asturias, y el programa promete…

(1) La teoría que mantengo tiene explicación: la sintonía es de teléfonos móviles ya «antiguos», habituales en personas de edad que realmente pueden necesitarlo pero con los servicios básicos, y el tiempo empleado para apagarlo suele ser femenino al estar «perdido» dentro de su funda a punto o tela, en el fondo de un bolso lleno al que cuesta acceder. También es «de película»…

DidácticOS PAra todos

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Martes 15 y miércoles 16 de mayo, 10:30 y 12:00 h. Auditorio de Oviedo: OSPA didácticos, Óliver Díaz (director). «5 Héroes 5», obras de Beethoven.

Cuatro conciertos para escolares de todo Asturias a doble sesión y con el protagonismo absoluto del genio de Bonn: las oberturas Egmont, Coriolano, Leonora y Fidelio así como el primer movimiento de la Pastoral, todo ilustrado con textos del propio alumnado interpretados por la actriz y pedagoga Ana Hernández que hizo más que de hilo conductor, por momentos alternando palabras y pentagramas, otros presentando las obras, que también sonaron puras, notándose sus estudios musicales así como la excelente capacidad de comunicación, todo ello bajo la batuta del ovetense Óliver Díaz, experto conductor de estas veladas para escolares aunque abriéndose paso en este difícil y competitivo mundo de la dirección orquestal.

La OSPA con Beethoven está en su salsa, no importa el horario matutino, la profesionalidad está por encima de todo (genial la broma de la «trompeta casera» que sonó impecable) y la musicalidad innata, respondiendo siempre a las indicaciones del maestro Díaz, interpretación ceñida al pentagrama con toques de calidad esperados en las intervenciones solistas (todas aplaudidas merecidamente) y sonido compacto, afinado, lleno de dinámicas y silencios tan expresivos como les exigían las obras.

La escapada a la capital asturiana este martes de San Isidro, en el primero de los conciertos, la realicé con el alumnado de 2º y 4º de ESO del IES «El Batán», bien preparado durante varias clases previas por mi compañera Conchi Olea y el que suscribe, utilizando el tren como transporte barato y ecológico en busca de la libertad que emanaban las obras elegidas más que la heroicidad, aunque llevamos camino de ello todos los que nos dedicamos en este país a trabajar en y por la escuela pública. Si añadimos que «La Música» tiene especificidades que los políticos nunca entenderán, habiendo sido eliminada de 3º de ESO y esperando aumente el número de alumnos por aula a partir del próximo curso, héroes todos. De las enseñanzas musicales en Escuelas de Música y Conservatorios locales, con recortes municipales cada vez más gordos, de lograr sobrevivir a este oscuro panorama que se avecina, Beethoven tendrá que resucitar e inspirarse en sus amigos músicos y profesores.

El resultado de esta experiencia musical en vivo para jóvenes (los míos entre 13 y 16 años) supongo que fue único, algunos repetían tras el Cuadros del curso pasado, los comentarios siguen llegando y espero se conviertan algunos en los melómanos del siglo XXI. El comportamiento de todos los escolares que llenaron el auditorio fue ejemplar, ¡ya me gustaría que en los abonos hubiese un silencio tan sepulcral y emocionante!. Sólo un voluntario (?) de Protección Civil al que supongo poco aficionado, utilizó para hablar sin miramientos su móvil desde el propio anfiteatro para asombro del alumnado que sabía de la falta de civismo de este adulto ¡aunque estuviese trabajando!. La lección quedó reforzada.

En tiempos difíciles sólo pedir que no falte apoyo a estas actividades de nuestra OSPA, así como las que desde hace años realizan en el Jovellanos gijonés, con más implicación y elaboración de materiales didácticos propios. La propuesta navarra (con parte del gran pedagogo Fernando Palacios) que lleva un tiempo rodando, creo que estuvo bien aunque la «teoría» algo escasa y más enfocados a Secundaria, agradeciendo el envío de información previa a los centros con la que trabajamos duramente antes del acontecimiento que supuso asistir a un concierto de nuestra OSPA, ¡la de todos!.

Gracias.

Color y sentimiento

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Viernes 11 de mayo, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo, Concierto de Abono nº 12 OSPA, Amanda Roocroft (soprano), Kynan Johns (director). Obras de Thomas Adès (1971), Alban Berg (1885-1935) y Gustav Mahler (1860-1911).

Encontrarse un programa donde Mahler sea el más antiguo no es habitual; seguir apostando por estrenos siempre un riesgo que comienza a normalizarse; recuperar un director que dejó buen sabor de boca de agradecer, y traer de nuevo a una soprano británica -cuya «Jenufa» de 2005 es recordada en Oviedo- para poner su arte al servicio de la poesía hecha música ya aventuraba un viernes totalmente distinto al pasado. Y la lírica germana superó con creces a la española gracias a compositores de primera y una orquesta que parecía distinta en una semana. Mejor, creo que en el abono nº 11 nos la cambiaron.

El maestro Johns volvió a agradarme, mandando y haciéndose notar en todo el concierto sin gestos para la galería. El estreno en España de las Danzas de «Empolvando su rostro» (Powder Her Face), la polémica ópera de Thomas Adès, nos devolvió lo mejor de nuestra formación en una especie de trailer americano con mucho regusto porteño (Piazzolla revivido) en esta suite sinfónica de 2007 del propio compositor inglés, pero también deudor del Berg que superaría esta primera escucha. Orquestación rica, rítmicas potentes, melodías encadenadas y muchos guiños cercanos a la farsa, paralelismos con la Lulú que apunta Alex Ross aunque esta vez la voz callase. Curioso escuchar las danzas de esta ópera cuando las dos obras siguientes contarían con la soprano Amanda Roocroft que redondearía una actuación completísima.

Alban Berg sigue provocando en parte del público cierto rechazo, supongo que traducido a toses y comentarios en voz baja, pero las «Siete canciones tempranas o de juventud» (Sieben frühe Lieder) de los años 1905-1908 son de lo más escuchado cien años después aunque bocado para paladares abiertos de espíritu. Los siete poemas elegidos son de por sí joyas literarias y microcosmos expresivos, con orquestaciones sutiles y la soprano recreando melodías imposibles para textos profundos (¡qué distinto todo del Neruda pasado!). Será predisposición o ganas de cerrar pronto la herida, pero desde el primer Nacht con letra de Hauptmann quedé cautivado, teniendo el detalle de dejar las luces de la sala encendidas para poder seguir texto y traducción, si bien contemplar la interpretación de Amanda era suficiente para captar el sentido, «Brillan las luces en la silenciosa noche». Schilflied juncos murmurantes y al pie de la letra: «Y entonces me parece que oigo el dulce sonido de tu voz», la cálida de Roocroft arropada por una orquesta que volvió a brillar y con Kynan Johns sin cortarse en dinámicas, trayéndonos el ruiseñor (Die Nachtigall) a la noche ovetense sin jaula, y «coronado de sueños» (Traumgekrönt) de Rilke, nueva ¿coincidencia? literaria en el lied más sentimental de todos, voz e instrumentos con la cuerda resucitada, letra y música fundidos, «Y entonces llegaste a mi para robarme el alma». Pasión como el rojo vestido de Amanda, destellos de sol otoñal «En la habitación» (Im Zimmer) sin perder sentimientos encadenados de los dos últimos, Liebesode ¡Oda al amor! «proporcionándonos sueños maravillosos» y feliz conclusión en Sommertage, poema que explica todo el sentimiento «Calla ahora la palabra, cuando imagen tras imagen viene hacia tí y te llena por completo». Berg, sus poemas preferidos y la bella voz protagonista sabiamente arropada por una orquesta que resultó amante perfecta.

Desandando el tiempo aunque lo bueno siempre sea atemporal, llegaba Mahler, su tiempo de ahora en esta Sinfonía nº 4 en SOL M., naturaleza pura desde el primer sonido, paleta completa de colores, dinámicas que parecían olvidadas, trazos claros desde la batuta australiana con una lectura poética y ceñida a las indicaciones de cada movimiento. Por fin la orquesta en su esplendor, solistas y coprincipales, todas y cada una de las secciones, delicadas, claras, potentes, redondas, disciplinadas, sobre todo compacta… y sin prisas: «Lento sin apresurar» (Bedächtig, nich eilen), qué difícil concepción inicial para resultar tan fácil escucharla; «En movimiento cómodo, sin precipitación» (In gemächlicher Bewegung), pudiendo paladear todas y cada una de las entretejidas melodías en el plano exacto, solistas impecables, gustándose, transmitiendo, dejándose llevar por gestos claros y precisos, atentos. El éxtasis alcanzado «Con mucha tranquilidad» (Ruhevoll): Poco adagio, Mahler en estado puro, montaña rusa sentimental, doliente y pletórica, cielo e infierno en cada sección, compás a compás, remontando y rematando, ¡qué más pedir!…

Pues Sehr behaglich, «Muy cómodo» y la reaparición de blanco de Doña Amanda cantando «La vida celestial» (Das himmlische Leben), la fuente inagotable mahleriana (auténtico cuerno de juventud «Des Knaben Wunderhonr»), el lied orquestal donde nada está al azar, naturaleza y santoral, que reflejando la traducción de Rafael Banús -autor también de las notas al programa- resultó perfecta conclusión del concierto, nudo en la garganta y lágrimas en mi rostro, voz y sentimiento para Gustavo, «no existe música en la tierra que pueda compararse con la nuestra… Son excelentes músicos de corte… Todo despierta alegría».

Purgatorio y paraíso en una semana, Amanda ángel femenino, Kynan cual San Jorge y un dragón que no soltó fuego sino color y sentimiento.

Más no puedo pedir. No hay antes ni después, sólo Mahler que nunca me falla…

Más tristeza que amor

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Viernes 4 de mayo, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo, Concierto de Abono nº 11 OSPA, Joshua Hopkins (bartítono), Jayce Ogren (director). Obras de Stravinsky, Lieberson y Tchaikovsky.

La conferencia previa sobre Stravinsky a cargo del compositor y musicólogo Israel López Estelche (autor también de las notas al programa que enlazo en los autores) nos preparó para la primera obra del concierto de abono que nos traería un programa realmente interesante donde la sección de viento fue la protagonista como otras veces la cuerda en solitario.

Las Sinfonías para instrumentos de viento (1920) revisadas por Stravinsky en 1947 y retomando el coral para armonio de su Toumbeau de Claude Debussy, permitió disfrutar de la llamemos «sección organística» del viento que tiene desde hace años un nivel altísimo tanto en las maderas como en los metales, y no defraudaron a pesar de que la dirección del joven Ogren, que volvía por tercera vez, se limitó a lo básico y poco más, pero la musicalidad de los profesores sacó adelante las tres secciones de que consta esta obra escuchada poquísimas veces en vivo.

A la vista del resultado global, lo mejor de la velada resultaría el estreno en España y la primera escucha del barítono Joshua Hopkins cantando cinco sonetos de amor de Pablo Neruda utilizados por Peter Lieberson en Canciones de amor y tristeza, para barítono y orquesta. Sin entrar en la trastienda de la obra, interesantes para comprenderla y bien explicadas en el programa, el peso del texto supera al de las melodías que parecen o quieren brotar de la lectura del mismo. El color de voz de Hopkins y la perfecta dicción castellana (con acento ¿chileno?) cautivó desde el primer verso del soneto XLVI «De las estrellas que admiré», cinco números algo desiguales y monótonos por momentos, con melodías poco pegadizas aunque la instrumentación parecía subrayar los sentimientos del poeta más que el canto. Me gustó el tercero, el soneto LII «Cantas y a sol y a cielo con tu canto…» y los solos de cello a cargo de Atapin que fueron aún más líricos ¿el budismo de Lieberson?, si bien el maestro Ogren no ayudó mucho a ninguno pese a la corrección que no es suficiente. Quedé con ganas de escuchar a Hopkins en otro repertorio porque son los barítonos que me gustan, y en esta primera parte predominó el amor de mi tocayo, con esos tres lánguidos Adiós que cierran el soneto LXXXII «Amor mío, al cerrar esta puerta nocturna».

La tristeza total me sobrevino con la Sinfonía nº 6 en Si m., Op. 74, «Patética» (Tchaikovsky), obra cumbre del ruso que exige atención a todos los detalles desde el arranque pianísimo del Adagio introductorio. La falta de más graves tras el fagot inicial me puso sobre aviso. Los «resonantes clamores» de los que habla François-René Tranchefort en su «Guía de la música sinfónica», así como esa melodía «una de las más abiertamente sentimentales que Chaikovski haya escrito», resultó más bien lastimera. La dirección de Ogren me resultó estudiantil y equivocada, aunque expresase en una entrevista que «para un músico es fundamental tener buen gusto y autoconfianza». Si en un texto subrayamos lo accesorio perdemos la idea, si luego queremos volver atrás queda todo tan resaltado que es ilegible, y utilizando el paralelismo escolar, Jayce se pasó con el rotulador fosforito, además de parecer impasible a la formación que tenía delante. De acuerdo que hubiésemos querido mucha más cuerda, pero con lo que hay su obligación hubiera sido controlar las dinámicas de los metales para equilibrar planos sonoros. Tampoco cuidó la limpieza melódica, algo sucia, ni tampoco la precisión y rigor en los «tutti», siempre desencajados en ese Allegro non troppo que esperaba trágico pero no en esta línea. La majestuosidad se confundió con el «fortissimo», no hubo los contrastes esperados en los tiempos ni siquiera algún detalle que destacase en la ejecución.

Pienso que los músicos se percataron de ello y hubo mejoría en el Allegro con grazia, más por la profesionalidad desde cada atril que por parte del podio, como queriendo tomar las riendas de un caballo desbocado. Pero los profesores deben / tienen que amoldarse al director y los desajustes convertidos en melopea sin sentido volvieron en el Allegro molto vivace cuyo poderío parece agradar a un público que ¡volvió a aplaudir! pero personalmente la dedepción iba en aumento, nada del caracter marcial, pizzicati oscuros y tapados, notas poco claras… Claro que hubo menos toses pero también menos aforo del habitual (¡preocupante esta desbandada de abonados!) aunque cambiando estertores por decenas de paraguas cayéndose arrítmicamente y en los momentos más inoportunos (¡hay guardarropa y hasta la opción de dejarlos directamente en el suelo!). El Adagio lamentoso fue literal, lejos del musical y premonitorio, «el testimonio de la próxima destrucción de sí mismo» que escribe el citado Tranchefort, con las últimas notas imperceptibles del final y un silencio respetuoso exigible siempre antes de bajar los brazos ¿por miedo tras el «patón» del tercero?).

Cuando una obra tan compleja y enorme como la «Patética» no se domina, acaba desbocada y aplastando a todos, desde el director sin mando hasta la orquesta que campó a sus anchas sin ton pero con son, que parece no soportar becarios vengándose a la primera de cambio, incluso del que suscribe, pues hacía mucho tiempo que no salía de escuchar a la OSPA tan cabreado.

Al final triunfó la poesía de Neruda.

P. D. 1: En el Facebook© de la OSPA están las críticas de Diana Díaz, Ramón G. Avello e Eduardo G. Salueña.
 P. D. 2: Crítica de Aurelio M. Seco en «Codalario».

Cuando triunfa la música

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Viernes 20 de abril, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo, Concierto de abono nº 10: OSPA, Cristina Ortiz (piano), Perry So (director). Obras de R. Schumann y A. Bruckner.

Cuando la calidad interpretativa es grande el disfrute musical resulta pleno, primando las obras y sus compositores sobre cualquier otra valoración. Claro que no siempre es así y hoy en día tendemos a recordar tal director o tal pianista independientemente de lo que ejecute, pero en Oviedo últimamente podemos presumir de unos niveles difíciles de conseguir, y este décimo de abono resultó todo un ejemplo del triunfo de la música.

Nuestra OSPA está atravesando su momento álgido -espero se mantenga mucho tiempo- que alcanza sonoridades propias del mayor nivel, sobre todo cuando al frente se pone un conductor (sigo prefiriendo el anglicismo) con las ideas claras de las obras a ejecutar y que además las transmita perfectamente para lograr trascenderlas recreando siempre de forma personal lo que una partitura esconde. Perry So, uno de los aspirantes a la titularidad  alcanzada por Milanov, volvió a demostrar que es un director perfecto en todos los sentidos con el que los músicos se sienten tan a gusto que contagian vitalidad, buen gusto y musicalidad a rabiar.

Foto ©: Marta Barbón / OSPA

El Concierto para piano en La m., Op. 54 (R. Schumann) fue el aperitivo de una velada redonda, con la brasileña Cristina Ortiz de solista (rememorando que fue Clara Schumann quien lo estrenó), afrontando esta maravilla del repertorio pianístico desde una óptica plenamente romántica y consensuada con la batuta china, imprescindible para paladear todos y cada uno de los detalles. El exceso de rubato hace difícil siempre concertar solista y orquesta, pero en el podio había toda la sabiduría para lograr el encaje perfecto desde el arranque decidido del Allegro affettuoso en un «tempo» perfecto y arriesgado, jugando con los planos sonoros en su sitio, compartiendo todas las secciones una misma visión de la obra. El Intermezzo: Andantino grazioso corroboró la línea emprendida de compartir, dialogar, disfrutar todos con esos juegos sonoros llenos de delicadezas y buen gusto, y para rematar el Allegro vivace donde la complicidad se hizo mayor contagiando vitalidad, alegría y excelencia interpretativa. Quiero resaltar la causa del merecidísimo primer aplauso para Andreas Weisgerber porque sus intervenciones junto al piano dejaron más que un diálogo la perfecta comunión melódica entre piano y clarinete, sin desmerecer en nada al resto de solistas, con una orquesta que empastó como nunca con un teclado siempre «obedientes» a la batuta china que consiguió una versión romántica del concierto de Schumann donde la limpieza cristalina de la pianista brasileña puso su técnica al servicio de la obra.

De regalo ese Chopin cuyos Estudios, esta vez el nº 1 del Op. 25, son además de duro trabajo técnico la condensación del romanticismo en blanco y negro del teclado con la elegancia y limpieza de Cristina Ortiz que nuevamente brilló serena más allá de los arpegios en pos de la música.

Como mahleriano confeso Bruckner es el peldaño anterior y la Sinfonía nº 6 en LA M. obra de referencia orquestal con la que disfruto siempre, mucho más en directo. La interpretación del maestro de Hong-Kong la recordaré y espero recuperarla en su momento por Radio Clásica que graba todos los conciertos de abono, aunque su difusión sea otra cosa y no siempre cercana en el tiempo. Nueva apuesta por las sonoridades compactas, potentes cuando así lo exige la partitura, recogidas igualmente, y equilibrios dinámicos bien llevados por todas las secciones donde no sólo la cuerda impacta sino que la madera ha logrado también la excelencia y los metales están a punto, tal vez falte un escalón para un mejor empaste (de color) entre las trompas y el resto de «bronces» que decía Max Valdés, auténtico valedor de una formación que tras su marcha a Puerto Rico acabó de dar el salto de calidad.

La Sexta de Bruckner es como «la prueba del algodón» de toda gran orquesta. El inicial Maestoso mostró por dónde iba a discurrir la interpretación: cuerda segura, agresivamente cálida o cálidamente agresiva compartiendo musicalidad con el viento, tanto metales como maderas, juegos dinámicos excelsos y me atrevo a calificar de religiosidad organísitica como todo el trasfondo de la obra del gran Anton, aún mayor según avanzaba este primer movimiento. Importantes hasta los silencios que también «suenan» (a ellos hace referencia Asier Vallejo Ugarte en las notas al programa) y que el maestro So remarcó, nueva lección para un público que pareció «escarmentar» tras el bochorno anterior.

El Adagio: Muy solemne mantuvo la contención sin perder intención, cuerda de lirismos celestiales pero con «pegada» en los graves y los protagonismos bien llevados en cada intervención solista, plegaria melódica sin fin con emociones contenidas y compartidas.

Continuando el esquema sinfónico al que Bruckner se ciñe, el Scherzo: Moderato – Trío rezumó vitalidad por el tempo elegido y musicalidad en los temas, dinámicas extremas decididamente románticas, con unos metales bien compactos, el contrapunto de las maderas y nuevamente la cuerda subrayando todas las apariciones temáticas ajenas y propias, con unos pizzicatti limpios sumados a los arcos habituales de calidad y color. De lograr el equilibrio nuevamente el maestro Perry delineando a la perfección toda la música que fluía como nuestros ríos, sin remansos, vigorosa y clara. Podríamos haber terminado aquí ante el clímax alcanzado, pero había que esperar el Finale: Agitado, pero no demasiado rápido, tal cual este movimiento balsámico en el inicio cual penitencia tras los excesos sin apenas respiros emotivos para continuar viaje místico y musical. Cerraba los ojos e imaginaba una orquesta alemana pero era asturiana, nuestra OSPA y Perry So llevándola con guante de seda, transmitiendo serenidad y seguridad en una interpretación increíble por la calidad global de principio a fin y cediendo todo el protagonismo a la música, ejecutada desde la honestidad y el convencimiento.

Foto ©: Marta Barbón / OSPA

Nueva alegría y esperanza ante un futuro incierto en lo extramusical, pero como apuntaba nada más salir del concierto, recordaré el triunfo de la música: el Concierto de piano de Schumann y La Sexta de Bruckner gracias al consenso logrado por el joven conductor chino, tan necesario en estos tiempos donde no estaría mal nombrar presidente de la nación a un director de orquesta siempre que «todos nos integremos en la orquesta y su obra común» como bien me contestó Libreoyente.

Gracias.

NOTA: los enlaces (links) en los movimientos de Bruckner son de Rafael Kubelik con la Bavarian Radio Symphony Orchestra.

P. D. 1: Crítica de Javier Neira en LNE. 
P. D. 2: Desaparecida «La Voz de Asturias», Aurelio M. Seco realiza la crítica en su web Codalario.

Disfrutando desde la madurez

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Viernes 13 de abril, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo. Concierto de abono nº 9: OSPA, Patricia Kopatchinskaja (violín), Rossen Gergov (director). Obras de Berthold Goldschmidt, Bernstein y Schubert.

El cabreo al descanso era casi superior al goce de un concierto que resultó redondo desde la Conferencia previa sobre el Schubert desconocido a cargo del pianista y musicólogo mexicano Rogelio Álvarez Meneses (autor de las notas al programa) hasta la última nota de «La Trágica», y escribir en caliente me llevó directo al teléfono. Ahora, más reposado y desde casa intentaré contar el placer de la madurez bien entendida, pues la maleducada de toses, móviles, comentarios en voz baja, aperturas de bolsos rebuscando caramelos y demás colección de ruidos que impiden disfrutar un placer inigualable como es la música en directo, no tiene explicación a estas alturas de mi vida.

Mi admirado Rogelio dejó en el aire interrogantes sobre lo poco programadas o conocidas que resultan, incluso a los melómanos recalcitrantes, muchas obras de los grandes, y Schubert (1) es uno de ellos, resaltando lo arriesgado unido a la excelencia del programa a escuchar, lo que corroboro punto por punto.

El compatriota y tocayo de nuestro fichaje Milanov, Rossen Gergov fue la primera alegría de un viernes pasado por agua haciendo bueno el refrán abrileño del aguas mil. Escuchar por primera vez la Chacona sinfónica (1936) de B. Goldschmidt (1903-1996) en una OSPA tan madura y cohexionada otra delicia para el oído. La sonoridad para esta obra plena ha quedado en los archivos de Radio Clásica esperando la emitan para recrearla desde el Allegro inicial hasta la Giga siendo el Andante sostenuto central de una melancolía total que lució en todas las secciones rotunda, convincente y con una dirección que mostró una mano izquierda soberbia en el amplio sentido de la palabra.

La llegada de «la condesa descalza» sería el cénit del día aunque nuevamente el dicho se cumpliese («Hoy hace un día hermoso… verás como llega álguien y lo jode»). La Kopatchinskaja nunca deja indiferente y en vivo resultó impactante en ese banquete musical que es la Serenata para violín y orquesta de cuerda de Bernstein. Desde el Phaedrus – Pausanias los pelos se me pusieron de punta, con la cuerda asturiana nuevamente preñada de gusto e inspiración (no ya un felicitadísimo Atapin siempre artista, como Vasiliev, sino un Alama de principal exquisito), Miriam al arpa incluída, perfectamente respaldada por la excelencia de una percusión para la que Lenny escribió como nadie (2). Gergov dio una lección de concertar, tratando a la solista como se debe y sacando de la orquesta unas sonoridades nuevas. Claro que Patricia enamora con su violín, el color de cada cuerda, su técnica al servicio de la música más una pasión contagiosa capaz de llevarnos por una montaña rusa de sentimientos. Sustrayéndome al odioso acompañamiento del maduro coro insano, el Erixymathus parecía un clímax imposible de mejorar y faltaba Agathon más esa «borrachera» de Sócrates – Alcibíades sustitutiva del «cigarrilo de después».

Éxtasis tras la pasión y dos propinas increíbles como las chanclas plateadas azotadas en un rincón de la alfombra: el humor hecho arte de Crin, del compositor venezolano actual Jorge Sánchez Chiong (1969), hijo de cubano y china, más un Enescu del que ella saca fuegos artificiales y que un teléfono abortó cual coitus interruptus retomado en segundos para el final de apoteosis compartida. El puro lo fumé bajo el «orbayu» del descanso regodeándome en ese placer mezclado con dolor cual nuevo enamoramiento de La Kopatchinskaja.

Si la primera parte apostó por lo nuevo y menos conocido, la segunda en formación totalmente adaptada al Schubert de la Sinfonía nº 4 en Do m., D. 417 «Trágica» recuperaba ese mundo sinfónico con el que mi generación ha crecido de la siempre adorada Viena capital de la música. El dominio del joven maestro búlgaro se transmitió en los cuatro movimientos a una orquesta madura -todos los solistas dieron lo mejor de ellos- capaz de vestir tejanos y galas con más clase que parte del otro público maduro («trágica» su actitud repetitiva en cada concierto junto a la prisa por abandonar las butacas). Nueva lección de buen gusto interpretativo sólo al alcance de los años de convivencia que toda pareja desea. OSPA y Gergov resultaron envidiables, ímpetu juvenil y poso de sabiduría descubriéndonos cada día la belleza que nunca desaparece cuando sabemos comprenderla.

(1)  Tomo una frase de Rogelio: «si el buen gusto tuviese nombre, sería el de Schubert«.
 (2) Y otra del gran Bernstein: «La música puede dar nombre a lo innombrable y comunicar lo desconocido«.

P. D. 1: Disfrutar con la entrevista de OSPA TV a Patricia, que también enamora cuando habla…

P. D. 2: Crítica de Ramón Avello en la edición papel de El Comercio de Gijón recogida en el Facebook© de la OSPA.

P. D. 3: Genial Pepe Monteserín sobre «Crin» en LNE.

Viernes de Dolor musical

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Viernes 30 de marzo, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo. Concierto extraordinario de Semana Santa. OSPA, Coro de la Fundación Príncipe de Asturias (maestro de coro: José Esteban García Miranda), Nuria Rial (soprano), Marifé Nogales (mezzo), Albert Casals (tenor), David Menéndez (barítono). Director: Howard Griffiths. Obras de Händel y Mozart.

Puede que el 29-M me haya dejado tocado musicalmente, que el listón esté tan alto o bien la costumbre ancestral de escuchar La Pasión Según San Mateo de mi dios Bach en estas fechas, pero este concierto se me hizo realmente como reza la entrada (o nada más salir comentado en el teléfono): «Demasiadas coronas» y no precisamente danesas.

Con la orquesta recortada por y para el programa que ya hicieron el día de la huelga en Gijón, realmente fue el coro que dirige mi querido Pepu el verdadero protagonista, metiéndose como se dice en Asturias una «xatada» de muy señor mío, con desiguales resultados a pesar del enorme trabajo previo tanto con él como con el maestro Griffiths que tan buen sabor de boca me dejó en su anterior visita al podio de la OSPA (el comentario del 6 de noviembre de 2009 es uno de los censurados y enviados a la papelera que espero recuperar). De ella logró un buen «sonido barroco» incluso en la disposición, con un órgano perfecto en manos de Olga Semouchina, aunque acabe soñando con los timbales de Mr. Prentice, y el trío de trompetas (hoy reforzado por Iván Rodríguez) que estuvo perfecto a pesar de una dirección algo cansina para mi gusto.

Las Antífonas de la coronación («Coronation Anthem»), HWV 258-261 de Händel resultaron demasiado «largas» y más navideñas que cuaresmales, una sucesión de obras con el oficio del ya nacionalizado Haendel para la corte británica que parecen variaciones o ejercicios sinfónico-corales sobre el «Aleluya». Las cuatro antífonas o himnos no están pensados para ejecutarse todos juntos, perdiendo parte del sentido a pesar del orden establecido por el director inglés:

Buen arranque sin espectacularidades con Zadok the Priest, HWV 258, coro seguro en las entradas, voces que «corrían» perfectas en los largos melismas, afinados, fugas perfectas pero nuevamente descompensadas en la cuerda de los graves. Tal vez medio coro (ya no pido The Sixteen) hubiese sido suficiente. Continuó un estupendo Let thy hand be Strengthened, HWV 261, orquesta y coro bien llevados por el maestro Griffiths atento al fraseo, y en tercer lugar The King shall rejoice, HWV 259 que a la vista de los aplausos del respetable quería haber finalizado tras tanto «aleluya» anterior, aunque todavía faltaba el My heart is Inditing HWV 260 que hubiese resultado una perla cultivada de no tener todo el collar.

Menos mal que Mozart siempre alegra el oído aunque la Misa en DO M., K. 317 «Coronación» no sea una de las obras cumbres globalmente aunque a los genios les perdonamos todo. Nuestro coro la tiene hace tiempo en el repertorio, lo que se nota por la seguridad en su ejecución, y el cuarteto vocal estuvo aseado, destacando mi querido David Menéndez más allá de localismos que hace tiempo superamos, y sobre todo los catalanes Nuria Rial que nos brindó la joya del Agnus Dei, y Albert Casals siempre seguro, de color vocal perfectamente adecuado al papel, siendo la «pata coja» una Marifé Nogales que apenas pudimos escucharla al faltar más proyección y registro grave corto de volumen, aunque me conste que en escena mejora. Una pena porque al menos hubiese quedado todo más equilibrado, con la media orquesta sin las violas en un concierto donde el programa no ayudó a disfrutar más. Supongo que la crisis obliga a conciertos como el de este Viernes de dDlor…

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Milanov pintor sinfónico

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Viernes 23 de marzo, 20:00 horas. OSPA, Concierto de Abono nº 8: Albena Danailova (violín), Rossen Milanov (director). Obras de Rachmaninov, Bartók y Mussorgsky – Ravel.

La apuesta del director búlgaro como titular de nuestra OSPA se reafirma cada vez y ya es realidad antes incluso de su toma de posesión para la próxima temporada. Este nuevo concierto de abono conectaba el programa directamente con la pintura, como el propio Milanov comenta en la entrevista para OSPA TV y las notas al programa de mi admirada María Sanhuesa Fonseca también reflejan.

El poema sinfónico La isla de los muertos, Op. 29 (Rachmaninov) nos puede remontar no ya al cuadro de Böcklin o la fotografía en blanco y negro con la que el compositor ruso se inspiró -en mi caso la evocación es al San Michele veneciano- sino a todo un catálogo sonoro de intensidades y colores instrumentales que Milanov pinta como nadie, tras lo escuchado en sus anteriores conciertos, y es que más allá del algo manido «Dies Irae» que últimamente parece perseguirnos, el (post)romanticismo y omnipresente tema de la muerte que lleva a Rachmaninov por unos derroteros orquestales llenos de vericuetos y turbulencias sonoras que la sinfónica asturiana pintó con claridad bien delineada por Mister Rossen en una obra maestra de la producción sinfónica, precisamente por la personalidad angustiada del compositor, que la terminará en Dresde hace más de cien años, pero totalmente vigente aunque no muy escuchada. Todas las secciones estuvieron bien desde el arranque en el registro grave de la cuerda, viento y arpa para la evocación de los remos de la barca de Caronte cruzando la laguna Estigia, los colores lúgubres que se tornan brillantes, suaves y apacibles en el Tranquillo central (qué bien el clarinete de Andreas), o ese «órgano de metales» del citado Dies Irae siempre arropado por una cuerda poderosa que logra resaltar el color del resto. Volverían los remos al final sin ápice de mareos tras la marejada tímbrica y toda una paleta dinámica impecable, saboreando la delicada complejidad de esta joya colorista salida del gran Sergei.

Continuando con obras poco escuchadas llegó el Concierto para violín nº 1 Sz. 36 (Bartók) con la extraordinaria violinista búlgara Albena Danailova que afrontaba por primera vez esta obra, como confiesa en su entrevista para el canal televisivo que la OSPA tiene en Internet. Aceptada la invitación de su compatriota, lo que siempre es de agradecer ante una agenda tan repleta como concertino de la Filarmónica de Viena, su interpretación resultó una auténtica delicia desde su inicio sola, continuando los primeros y segundos violines en perfecta fusión cordal, bien concertada por su paisano y entrega total en esta declaración de amor del húngaro hacia la violinista Stefi Geyer, precisamente con una mujer que nos devolvería esta nueva joya -no tan famosa como el segundo-, pero llena en sus dos movimientos de amor hecho música, diría que Romeo y Julieta concertístico sin programa previo, aunque contrastado entre el Andante Sostenuto y el Allegro giocoso que dejó la puerta abierta a un final distinto del real para esta relación imposible. Maravilloso sonido el de la búlgara, delicadeza y desgarro cuando así lo pedía la partitura, escuchando a la orquesta igualmente entregada, plena, todos atentos y pendientes de un desenlace no por conocido igual de arrebatador, nuevas pinceladas de color para la batuta de Milanov y el lienzo sonoro de la OSPA. Aún no han tocado techo y cada concierto supone otro reto, más cuando los solistas aportan tanta calidad como Danailova, haciendo disfrutar a todos.

La segunda parte no dejaba dudas: Cuadros de una exposición en la impresionante orquestación que Ravel hizo de la pianística obra de Mussorgski. El inicial «paseo» tranquilo aventuraba un recorrido sonoro con detenimiento, lejos de esas visitas a galerías o muestras pictóricas donde el público apenas se para como conformándose sólo en haberla visitado. Milanov es el guía perfecto para apreciar todos y cada uno de los detalles que estos diez cuadros esconden, dando vida a cada intervención de los «principales» (titulares o invitados) sin agobios, perfectos, conduciendo a toda la formación por nuevas sendas sonoras, dando lustre a notas otrora oscurecidas y ahora brillantes sin perder la visión de conjunto. Ni siquiera la cascada de metales pudo con una cuerda que de ser más numerosa todavía hubiese dado más empaque a la versión del búlgaro. Cada intervención solista dejó su sello desde la trompeta inicial de Maarten (siempre impecable) hasta El viejo castillo en el saxo alto de Antonio Cánovas Moreno o el Bydlo, esta vez no en tuba sino al bombardino de Christian Brandhofer -que alternó con el trombón- por citar a dos poco habituales, aunque los «Cuadros» nos recordaron la excelencia de todos ellos, sin olvidar unos cascarones realmente únicos (también podemos presumir de percusionistas), una Baba-Yaga bien asentada y esa Puerta de Kiev abierta para un futuro realmente prometedor en manos de Milanov, artífice de los nuevos colores orquestales y la ilusión que transmite, la misma que ha hecho volver al blog los cuadros de mi amigo pintor Jorge Senabre: Música y pintura.

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Centenario de Montsalvatge con «Eroica»

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Viernes 16 de marzo, 20:00 horas. OSPA, Concierto de Abono nº 7: Ana Nebot (soprano), Antoni Ros Marbà (director). Obras de Montsalvatge y Beethoven.

En este año 2012 de aniversarios como el de Debussy sin ir más lejos, España parece que se haya olvidado el centenario de uno de nuestros compositores más internacionales, prolíficos y polifacéticos del siglo XX, que tiene en su haber el Premio Nacional de Música del año 1985: Xavier Montsalvatge (1912-2002), fallecido hace diez años, y del que Asturias con su Orquesta Sinfónica puede presumir de haberse sumado al tributo y homenaje programando su Sinfonía de Réquiem (1985) compuesta por encargo tras el citado galardón del Ministerio de Cultura y estrenada en el II Festival de Música Contemporánea de Alicante por la Orquesta de la Radio de Belgrado con José Luis Temes en la dirección (¡cuánto ha hecho por nuestra música!) y la soprano María Villa el 19 de septiembre de 1986. Bien lo recordó en la conferencia previa al concierto mi admirado Alejandro G. Villalibre, quien también nos ha dejado unas excelentes notas al programa, retazos de un compositor no suficientemente escuchado ni reconocido en nuestra España siempre olvidadiza y a veces ingrata con los suyos.

El concierto trajo como director invitado precisamente a otro catalán que ha realizado creo la única grabación de esta obra, conocedor en profundidad de la misma con amplia trayectoria y currículo en distintas formaciones, habiéndole disfrutado varias veces en Oviedo: Antonio Ros Marbà, que optó también por incorporar en el último número a la soprano ovetense Ana Nebot.

La versión que nos dejó el maestro de L’Hospitalet de Llobregat primó el color sobre el trazo, buscando tal vez el propio espíritu que el compositor expresó para su obra de «sosiego y esperanza», distintos planos sonoros para los seis movimientos sin pausa que exprimieron la paleta orquestal del músico gerundense ya en total madurez donde no parecía querer innovar ni romper sino más bien interiorizar. Algo así pareció transmitirnos Ros Marbà desde el Introitus inicial, placidez del Kyrie, poderío en los bronces para un Dies Irae en la más pura tradición occidental y cinematográfica que Alejandro se encargó de recordarnos antes (yo añadiría incluso a Bergman y «El Séptimo Sello») y el Agnus Dei cual recapitulación tímbrica con dinámicas que sacaban a flote la oración musical plena de luminosidad en Lux Aeterna. Todo un muestrario del intimismo orquestal de Montsalvatge en un «Requiem sin palabras» que finalizaría con las del Libera me entonado desde detrás del palco lateral izquierdo por Ana Nebot «Dales señor el descanso eterno. Amén», perfecto colofón de súplica hecha voz sin perder nunca la esperanza, nuevamente íntimo rezo celestial y recogido (me emocionó la soprano en un pasaje que por breve resulta difícil dar tanto en tan poco) siempre bien «concelebrado» por un Mosén Marbà que hizo con la orquesta lo que deseó, aprovechando un grupo tan formado y cohexionado capaz de superar la probable apatía que una obra como la del catalán puede llegar a provocar en los músicos, consiguiendo con profesionalidad un resultado más que digno.

El ambiente de recogimiento y misa de difuntos pareció continuar con La Tercera de Beethoven más allá de su impresionante Marcha Fúnebre del segundo movimiento. Mantengo mi apoyo de programar en esta dirección, obras de nuestro tiempo con las que nos han ido formando como melómanos y no deben apartarse del directo, aunque todos tengamos nuestra versión preferida y la de Ros Marbà con la OSPA no será una de ellas. Precisamente por escucharla tanto y en interpretaciones de todo tipo sin ahondar en calidades (aún está fresca la última apuesta de Chailly que ya vuelve a sacar comparativas incluso de duraciones), el rumbo tomado por el director catalán no acabó de llenarme, aunque vuelva a reconocer lo dúctil que es nuestra orquesta, capaz de responder a cuando se le exigió, si bien mantengo ese espíritu meditarráneo (casi francés) que venía de la primera parte y contagió la Sinfonía nº 3 en MI b M, Op. 55 «Heroica» (Beethoven), más luminosa que guerrera, contemplativa no exenta de la energía necesaria pero cercana al Mozart de «La 41» por clásica en vez de la rabia contenida romántica. El Allegro con brio estuvo otra vez colorido pero no delineado, esperaba ese «toque germánico» del que adoleció. La sensación de inseguridad en el arranque se repitió en la Marcha fúnebre: Adagio assai, aunque una vez encauzado discurrió con la solemnidad y ritmo de una de las joyas sinfónicas de la historia, con más luces que sombras que brillaron con luz propia en el «breve» Scherzo: Allego vivace donde el trío de trompas se lució junto al oboe de Ferriol. El Finale: Allegro molto-Poco andante-Presto estuvo bien contrastado en todos los aspectos aunque volví a recordar versiones más cercanas a mi gusto (Dudamel me puede y con «La Bolívar» en Bonn les dieron su beneplácito). El resultado final notable aunque mi cuerpo necesitase más agitación interior que contemplación. Supongo que la vuelta de Milanov hará retomar el camino emprendido esta temporada.

P. D.: Crítica de Aurelio M. Seco en LVA y «Codalario» y de Diana Díaz en LNE del lunes 19.

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