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Sueños y ensueños

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Viernes 2 de junio, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo, Abono XIV «Nocturnos Sinfónicos»: OSPA, Alessio Bax (piano), Ruth Reinhardt (directora). Obras de Marcos Fernández Barrero, Rachmaninov y Béla Bartók.

La temporada va llegando a su fin y este viernes era el penúltimo de la OSPA, donde el compositor Marcos Fernández Barrero (Barcelona, 1984) tuvo antes del concierto un encuentro informal en la Sala de Cámara junto a la gerente Ana Mateo y unos pocos abonados. El catalán no solo nos contó sus inicios, sus influencias o «mapas sonoros» donde citó entre otros a Ginastera, Dutilleux, también a Ligeti  y John Adams, pues el catálogo del compositor abarca todos los géneros y las mochilas antes de ponerse a escribir siempre están llenas de lo que escuchamos. Por supuesto no es ajeno a otros estilos como la música celta o el pop  de Coldplay sin olvidarse de las bandas sonoras donde John Williams es referencia para todos los que se acercan a la música de cine. Interesante su forma de componer donde la noche, como a casi todos, parece ser su mayor fuente inspiradora (aunque la inspiración debe pillarnos trabajando), y la obra que escucharíamos, en principio la iba a llamar «Dreams» para finalmente titularla Nocturno Sinfónico, ganadora del IX Premio de Composición de AEOS y la Fundación BBVA en 2017, lo que supone que se programe en todas las orquesta de la asociación. Los premios siempre vienen bien por la posibilidad de innovar aunque a veces los encargos supongan estar limitados por el tiempo, pero está claro que la libertad ayuda a una creatividad que parte del piano (su instrumento) y también por otros materiales con los que experimentar, caso de ruidos procesados que luego intentará reflejar en la escritura sinfónica. Así lo comentó: “Cuando escribes libremente, no tienes objetivos claros, y esto es fantástico porque puedes reflexionar y desarrollar tu estilo. Al final, acabas haciendo algo interesante”. De las muchas obras que la OSPA le ha programado y estrenado, en todas se ha sentido a gusto con ella, resaltando que “una de las cosas que más me gusta de la OSPA es su calidad humana. Y también que es una orquesta que se interesa por la música contemporánea”. Preguntado sobre el Nocturno Sinfónico se mostró muy contento con la propia formación asturiana y con la directora Ruth Reinhardt (Saarbrücken,1988) que aportó igualmente sus ideas , siempre bien acogidas por todos, y como se reflejó en la interpretación que el propio compositor remarcó y explicó basarla en tres direcciones: «gesto, melodía y textura».

Llegado el momento de la verdad con la escucha de Nocturno Sinfónico (Londres, 2017). En las notas al programa Jonathan Mallada las titula «La música: el material con que se forjan los sueños», analiza y refleja más palabras del propio compositor: «nadie puede, ni quiere, escaparse del maravilloso acto de soñar, pero lo más fascinante es que en lo sueños todo puede suceder. Nos lo creemos hasta tal punto que a veces es mejor despertar de una pesadilla». Dos partes tituladas Somnolencia y Pesadilla nos dejan que cada uno ponga las imágenes de un duermevela, tan onírico que solo Freud podría explicarlo. Musicalmente Fernández Barrero ha conseguido un estilo propio a base de trabajar las texturas instrumentales y el manejo de ellas como si fuesen «melodías», de amplia gama dinámica y un empuje rítmico que la directora alemana (otra junto a Rakitina bajo la «tutela Dudamel») entendió a la perfección, más que sueños, ensueños, dilatando musicalmente el «tic-tac» con una orquesta en plena forma acabando la temporada. Todas sus secciones empastadas, bien balanceadas para lograr un nuevo éxito de público (nuevamente escaso), saliendo a saludar y recoger el mejor premio: volver a escuchar su obra (el día antes en Gijón) en vivo por una OSPA que siempre ha entendido su música.

Volvía a Asturias en esta era post-pandemia el pianista italiano (aunque afincado en EEUU desde 1994) Alessio Bax (Bari, 1977), hoy con alguna amistad norteamericana a mi lado, para «enfrentarse» nada menos que con el Concierto para piano nº 3 en re menor, op. 30 (1909) de Serguéi Rachmaninov (1873-1943). Desde el primer compás pude adivinar que funcionaría a la perfección y evocándome siempre «el tercero» la película de Shine (1996).

Una OSPA aterciopelada y Ruth Reinhardt precisa antes de la primera entrada del piano en el I. Allegro ma non tanto, sonido preciosista y poderoso del piano con ropaje a medida de la orquesta, balances en su sitio, protagonismos definidos, cadencias llenas del melodismo único en el pianista y compositor ruso que tocaba como pocos y escribía para él desde un prodigio natural, una auténtica «montaña rusa» de emociones y matices extremos bien ejecutados por todos, como completando la primera obra por ese paso de la somnolencia a las pesadillas, dinámicas increíbles y cambios rítmicos bien concertados por una directora de altura, atenta al solista italiano compartiendo la energía y calidez de este primer movimiento, con una orquesta impecable de cuerda inspirada (hoy capitaneada por el concertino nuevamente invitado Michael Brooks), las maderas a su altura, los metales perfectos y disfrutando todos con esta página maravillosa. El  II. Intermezzo (Adagio) iniciado por la cuerda y el oboe me transportarían a un feliz despertar, del sueño al ensueño, Reinhardt preparando el lienzo, el Rachmaninov único llevando la cuerda hasta Bax dibujando arpegios, acordes y melodías con ecos del segundo, los rubati bien encajados y concertados, orquesta casi imperceptible con el solista en unos pianissimi conseguidísimos y marcados por la alemana, respuesta global en sentimientos de «ensueño», tensionando lo justo para no perdernos nada. Y previsible escuchando cómo transcurría este tercero, llegaría el III. Finale: alla breve de vértigo, la vuelta al tema inicial, virtuosismo y vigor en el solista, respuesta de unas trompas al fin mostrando la calidad que atesoran, la cuerda imponente, cohesionada, escuchando al solista, entrando con decisión todos para el clímax esperado con unos reguladores inmensos y un piano potente en este «endiablado tercero» que sonó con toda la grandiosidad posible por parte de solista y orquesta unidos por el talento de una directora que tendremos que seguirle pa pista.

Aplausos para Alessio Bax que nunca defrauda, y tras varias salidas una propina ideal de la gran página orquestal de Falla al piano tras el esfuerzo titánico del «3Rach»: la Danza del Molinero de «El sombrero de tres picos» que sólo un artista mediterráneo y latino puede entender como hizo el italiano.

 

Un concierto con mucho que tocar y dirigir el que afrontó Ruth Reinhardt y tras la potente primera parte llegaría una segunda al mismo nivel con Béla Bartók (1881-1945) y su Concierto para orquesta, Sz. 116, BB 123 (1943), aún fresco en el oído nada menos que con la BBC y Oramo el pasado 22 de abril.  Interpretación soñada la de nuestra OSPA con Reinhardt al mando, enérgica, con las ideas claras, controlando cada uno de los cinco movimientos (I. Introduzione: Andante non troppo – Allegro vivace; II. Giuoco delle coppie: Allegretto scherzando; III. Elegia: Andante non troppo; IV. Intermezzo interrotto: Allegretto; V. Finale: Pesante – Presto) y dejando momentos para la ensoñación, los dúos de maderas y vientos perfectos (juego de parejas), sonoridad compacta, escucha colectiva y una batuta precisa con respuesta inmediata en cada pasaje hasta ese final que sigue sonándome al Cumbachero. Me encanta comprobar la preparación de esta generación joven de batutas que son capaces de defender programas tan complejos como este decimocuarto de abono. En este concierto «póstumo» de Bartók hay mucho que destacar y Reinhardt no pasó nada por alto. En palabras del propio compositor,

«El carácter general de la obra representa, además de lo sarcástico del segundo movimiento, una transición gradual desde lo estelar del primer movimiento y la lúgubre canción de muerte del tercero, a la afirmación de la vida en el último. Estos movimientos, 1º, 3º y 4º son las «secciones grandes» de la obra siendo el segundo y el cuarto los mas ligeros». Dejando fluir a la orquesta con una gestualidad clara, unida al pleno dominio de la partitura, el carácter de cada movimiento sonó con la intención interpretativa de los músicos y las indicaciones de la alemana, curtida en repertorios orquestales exigentes. Visión global de esta página tan excelsa donde poniendo a prueba nuestra OSPA, lució sus mejores galas en cada sección (incluyendo hoy dos arpas), musicalidad por doquier, contrapuntos claros, virtuosismo al servicio de la obra e interpretación perfecta para concluir este primer viernes y una semana en «La Viena Española» que aún rematará este domingo otro concierto para no perderse.

Como finaliza sus notas al programa el musicólogo Jonathan Mallada Álvarez, «Los tres compositores que conforman eta velada nos brindan la posibilidad de disfrutar de la música en compañía de los valores que la han hecho aún más grande: ilusión -en Fernández Barrero-, esfuerzo -en Serguéi Rahmaninov- y compromiso -en Béla Bartók-«.

Tiempos de guerra

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Viernes 26 de mayo, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo, Abono XIII OSPA, Alena Baeva (violín), Anna Rakitina (directora). «Música en tiempos de guerra»: obras de Elena Langer y Prokofiev.

Sin supersticiones llegaba el decimotercer concierto de abono de la OSPA, de nuevo con poco público que comienza a ser preocupante, con un programa donde los tiempos de guerra están presentes ayer y hoy, mujeres protagonistas desde un conflicto que continúa hace más de un año aunque parezca olvidado como es la invasión rusa de Ucrania: la violinista rusa Alena Baeva (1985) de familia musical como tantas en la antigua Unión Soviética, la propia directora Anna Rakitina (1989) otra moscovita de padre ucraniano y madre rusa, la compositora Elena Langer (1974) de quien nuestra orquesta está estrenando en Europa el Sueño de Leonora, y hasta la propina de la polaca Grażyna Bacewicz, otra nacionalidad donde los conflictos bélicos a lo largo de la historia han marcado una producción artística llena de dolor pero también de esperanza. Programa con «Música en tiempos de guerra» que continúa dividiendo familias y donde el dolor sigue siendo fuente de inspiración.

La compositora británica Elena Langer (Moscú, 8 de diciembre de 1974) está siendo reconocida por sus óperas y en diciembre de 2020 fue seleccionada por el Conservatorio de Nueva Inglaterra para componer  una obra basada en el tema de Leonora de la ópera «Fidelio» en el 250 aniversario de Beethoven. Así surge Leonora ́s dream estrenada en Boston el pasado noviembre de 2022 por la NEC Philharmonia, y que llega a Europa de la mano de la directora invitada Anna Rakitina que se escuchó ayer en Gijón y mañana en Santander. La directora moscovita, segundo premio del prestigioso «Concurso Malko» de Copenhague en 2018,  lo que la ha llevado al frente de casi todas las orquestas europeas y norteamericanas, defendió esta obra de su compatriota con la misma energía que desprende la partitura. Como explica Vera Fouter en las notas al programa y recogiendo palabras de la propia Langer, «…parte de «el aria que Florestán canta desde la mazmorra en el segundo acto de la ópera: “In des Lebens Frühlingstagen” (En la primavera de la vida), que simboliza la victoria sobre la opresión y el coraje de reivindicar la verdad ante el poder. Langer salpicó su obra de referencias a este aria, jugando ingeniosamente con algunos de sus materiales musicales: lo cita al inicio de la obra, alargándolo en el tiempo y lo deja resonar, usando instrumentos de sonoridad aguda combinados con el glockenspiel y el flexatone. Es entonces cuando la música se convierte progresivamente en “un coro imaginario de pájaros cantores».

Obra de nuestro tiempo que bebe de la gran escuela rusa en cuanto a la instrumentación potente con inmenso protagonismo de la percusión, pero dando juego a todas las secciones orquestales sin perder el sello «made in USA» tan presente. Continúan las notas diciendo la compositora que «Quería darle a toda la orquesta su momento, por eso hay muchos solos y pasajes divisi, pero en algunas ocasiones la orquesta toca al unísono, alegre y fuerte». Un homenaje a esta Leonora de nuestro tiempo que no desentonaría para nada con el ruso Prokofiev que completaría el concierto, con una orquesta de plantilla «musculada» que siguió atenta cada gesto claro y preciso de la maestra Rakitina.

La violinista Alena Baeva con el Guarnerius del Gesù «ex William Kroll» de 1738 (préstamo de un mecenas anónimo con la ayuda de J&A Beares) nos dejaría el Concierto para violín nº 1 en re mayor, op. 19 de Sergei Prokofiev (1891-1953) compuesto en el convulso año 1917 que más de cien años después  sigue siendo difícil de digerir. Sería el gran David Oistrakh quien lo definiría como «un paisaje inundado por la luz de sol» pero no es de los más agradecidos para el lucimiento del violín a pesar de su belleza, además «invirtiendo» la forma clásica al colocar el movimiento rápido enmarcado entre dos lentos (I. Andantino
II. Scherzo: Vivacissimo
III. Moderato
). Baeva lo interpretó y sintió como parte de su propia historia, sonoridad suficiente y fraseos muy interiorizados con profundidad expositiva llevando el peso del desarrollo musical en buen entendimiento con una Rakitina que concertó y exprimió cada detalle de este concierto de Prokofiev. Aires románticos en los inicios del siglo XX donde no faltará el elemento grotesco tan propio del compositor contrapuesto al lirismo de la solista, con una orquestación de aires impresionistas. La OSPA volvió a sacar «músculo» desde una cuerda compacta, comandada de nuevo por Aitor Hevia como concertino invitado, junto a madera y arpa brillantes en sus intervenciones. El scherzo central resultó lo más vistoso del concierto por ese sello característico de Prokofiev por contrastar su música llena de sensaciones e intenciones (divertida, traviesa, malévola, ingeniosa, brillante, dolorosa y optimista) que tanto el violín como la orquesta vuelcan, con ese Moderato final de preciosismo instrumental y final tranquilo, la esperanza que nos hicieron llegar desde esta conjunción astur-soviética en tiempos de guerra.

La magia del violín sólo llegaría con el Capricho Polaco (Kaprys Polski) compuesto en 1949 por Grażyna Bacewicz (1909-1969) que Baeva presentó -en inglés- como un canto de paz acorde con la «línea argumental» de este penúltimo de abono, saboreando el sonido redondo y melódico de su Guarnieri en este virtuoso y breve capricho que nos supo a poco.

Llevo varios conciertos donde asevero que «no hay quinta mala» en cuanto a las sinfonías, y este viernes escuchamos la Sinfonía nº 5 en si mayor, op. 100. De la directora rusa, el maestro Andris Nelsons ha dicho tras tenerla de asistente en la Sinfónica de Boston que «es un placer verla dirigir: sus expresiones son poderosas, pero refinadas, y provienen de una profunda musicalidad. Una de sus mayores cualidades, entre otras, es su lado humano; su sensibilidad y su profunda comprensión psicológica de nuestro trabajo», y la OSPA respondió al buen hacer de esta quinta del ruso a cargo de una Rakitina que dejó buen sabor de boca para una sinfonía con muchas aristas en sus movimientos (I. Andante II. Allegro marcato III. Adagio IV. Allegro giocoso). Frente al «juvenil» concierto de violín, esta sinfonía compuesta en 1944 durante la evacuación del compositor durante la Segunda Guerra Mundial, estrenada el 13 de enero de 1945 en Moscú, sería el retorno tras 16 años a la forma sinfónica tradicional del ruso. Sin necesidad de descripciones pero muy personal y llena de distintos estados de ánimo, con un arranque algo inseguro pero poderoso y rítmico del Andante, una percusión verdadero motor de la formación asturiana, sin perder el equilibrio con «el Prokofiev juguetón»; el segundo «scherzo» complejo por los cambios de tímbricas siempre claras aunque a veces cuesta «sujetar los bronces», pero que el podio buscó la oscuridad escrita más que el brillo, todas las secciones bien balanceadas y una cuerda clara, con una colocación (permutando violasy cellos más el uso de tarimas y los trombones con la tuba a la derecha del escenario) que siempre ayuda a diferenciar los planos sonoros. Maderas incisivas y la percusión siempre impulsando al resto; una verdadera balada el Adagio para comprobar la cohesión orquestal exigida por la directora rusa y el final grandioso del Allegro giocoso, tras el dolor de todo el concierto llegaba la esperanza, vida y alegría que Prokofiev escribe magistralmente desde un estilo propio que se interpretó con entrega, rigor y vigor por parte de todos.

Mayo va llegando a su fin y el próximo abono, penúltimo de la temporada, será el próximo viernes 2 de junio con otra mujer en el podio, Ruth Reinhardt, y el pianista italiano Alessio Bax con el tercero de Rachmaninov, Bartok y el Nocturno Sinfónico de Marcos Fernández Barrero que espero atraiga al auditorio el público que este concierto se merece.

La cercana lejanía argentina

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«Argentina Songs». Soledad Cardoso (soprano), Quimey Urquiaga (piano). Ibs classical. ISBN: 8 436597 700405.

Una verdadera «Gala de la canción de cámara argentina» grabada en el granadino Auditorio Manuel de Falla los días 7 al 9 de agosto de 2021, con una excelente toma de sonido de Cheluis Salmerón y la producción de Paco Moya para este sello español que literalmente nos transporta a ese auditorio con tan buenos recuerdos, disco que se publicó el pasado año con dos intérpretes de esa querida tierra hermana: la soprano Soledad Cardoso (Santa Fé, 1975) y la pianista Quimey Urquiaga (Bahía Blanca, La Plata, 1989), que reúnen música y literatura de cinco compositores con obras vocales donde los versos elegidos ya son de por sí maravillosos.

En la llamada «Canción de concierto», la música eleva la literatura a un plano superior, y desde esta misma visión también se comparte el protagonismo entre voz y piano. Si además quienes interpretan estas veintisiete canciones las llevan en sus genes con todo el acento de su tierra, unido a una larga trayectoria profesional, estamos ante un amplísimo repertorio «nuevo» para muchos, entre los que me incluyo, abarcando desde la segunda mitad del siglo XIX hasta la década de los años 60 del siglo pasado, cien años de obras variadas, unas nacidas en torno al Centenario de la Revolución de Mayo junto a otras con la herencia del rico folclore sudamericano que directa o indirectamente subyace en todas y cada una de ellas, pues los músicos llenan sus alforjas de lo cercano que engrandecen al llevarlo a las salas de concierto. Así es el ambiente y emoción que respira este disco.

Comienza sonando el compositor más conocido a este lado del Atlántico, el santafesino Carlos Guastavino (1912-2000) con cuatro canciones de la primera parte de la década de 1940, tres de ellas con textos de la chilena y Premio Nobel de Literatura en 1945 Gabriela Mistral no tan conocidas como otras más popularizadas, pero igual de universales: El vaso, Riqueza y Piececitos poseen la sensibilidad propia de cada poema y la riqueza melódica con que las dota el compositor, uniendo fronteras sudamericanas desde una visión social con los poemas elegidos. La soprano afincada en Barcelona Soledad Cardoso les imprime toda la emoción que con el piano de Quimey Urquiaga en perfecta sintonía nos amplía a los melómanos estas maravillosas canciones con la hondura poética de la escritora chilena, registros graves muy redondos, medios equilibrados y agudos timbrados.

Otro tanto sucede con las siguientes, maravilloso reflejo del auge que en los años 60 alcanzaría este folclore a nivel mundial con distintos solistas y agrupaciones, que Guastavino destila para la voz con el piano, siempre exigente porque comparte el protagonismo en un tándem inseparable. Anhelo (texto de Domingo Zerpa), reposado, respirado, el piano siempre acertado, las Noches de Santa Fé (poesía de Isaac «Guiche» Aizenberg), verdadera delicia de canto a la tierra natal, donde la emoción se hace música en la voz de la soprano argentina con el impecable piano de su compatriota en rítmica conjunción santafesina, y después Mi viña de Chapanay (letra de León Bernarós), que mantienen los ritmos cercanos para muchos, como la cueca de Cuyo en la Mendoza tierra vinícola. La métrica tan rica de los textos que la música realza aún más, la sencillez formal con la carga emocional de Guastavino tanto para la voz, limpia en todo el registro, como para el piano rico en el acompañamiento. Geografía de sentimientos poéticos con los que la música interpretada por estas dos mujeres ahonda en cada estrofa, cadencia de esa lejana y tan cercana tierra.

Desde aquí, todo un descubrimiento de música argentina con distintos compositores. Primero Gilardo Gilardi (San Fernando, 25 mayo de 1889 – Buenos Aires, 16 enero 1963), enmarcado en la llamada «Generación del 80», que escribe su ciclo Trece canciones argentinas sobre textos de Leopoldo Lugones, los cortes 7 al 19 donde cada título ya indica la intención de esa feliz unión literaria y protagonismo compartido entre voz y piano, el «lied argentino» sin complejos, rebosante del sabor desde la tierra hermana. Quiero destacar el interesante el libreto con todas las letras, también traducidas al inglés, con la introducción de la profesora de la Universidad de Buenos Aires Silvina Luz Mansilla, poniéndonos al día con estos artistas que deberíamos conocer un poco a este lado del Atlántico, más siendo la música el mejor medio para ello. De Leopoldo Lugones escribe la docente que fue protagonista de la llamada época de «fervor patriótico por las conmemoraciones de la década de 1910», y los trece poemas proceden de su Romancero (1924). De nuevo los ritmos del altiplano, de Chile a Perú o Bolivia, que mi generación descubriese con los «míticos» Calchakis, Cafrune, Yupanqui, Quilapayún o Chalchaleros, junto a tantos emigrados a Europa (recuerdo igualmente a Inti-Illimani o Claudina y Alberto Gambino entre muchos más) durante aquellos duros años de dictaduras, con paradas en la Madre Patria estrenando democracia o en el París que siempre les acogió con los brazos abiertos. Vidalitas, zambas, chacareras… Gilardi y Lugones nos cuenta la profesora Mansilla que compartieron amistad, aficiones y paseos por el Botánico de la capital porteña. También la propia rítmica que las poesías contienen, Trece lieder estrenados a fines de los años 20 e inicios de los 30 (el quinto y el último) aunque todo el conjunto no se publicaría hasta finales de los 60, qe parece fue la causa de su escasa difusión, y que el dúo Cardoso-Quimey está llevando en sus conciertos. Agradecerles a ambas esta parte de recuperación del ciclo al completo, con títulos tan sugerentes y evocadores («Lied de…») como hermosos al interpretarse: I. Del pájaro y la muerte, piano como lienzo donde plasmar ese pájaro de la soprano; II. De la estrella marina, el Atlántico reposado a dúo; III. Del tesoro escondido y escucharlo para descubrirlo en un diálogo tan bien escrito como interpretado, pleno de ritmo y potencia; IV. Del amor verdadero, lirismo y delicadeza; V. De los ojos amados, remanso en cada frase, tesituras delicadas, dulce enamoramiento musical; X; VI. De las manos amigas al piano delicado vistiendo con perlas un canto que la soprano delinea con agudos limpios como la propia escritura; VII. Del viento y de la fuente, otro remanso para degustar el paralelismo entre voz y piano, fuente y viento cristalinos; VIII. De la boca florida, un ramillete grácil a dúo de reminiscencias goyescas emigradas a la tierra de los gauchos; IX. De la gracia triunfante que derrochan las intérpretes en este noveno «lied»; X. De la ciencia de amar y del buen hacer musical; XI. Del misterio gentil desvelado  musicalmente tras una chopiniana introducción que con ritmo contagioso canta la soprano ya con el aire propio; XII. De la eterna ventura que supone esta penúltima canción del ciclo, y XIII. Del secreto dichoso convertido en música, pausada y sentida por este dúo. Hermoso color vocal de Soledad Cardoso con esa entonación suya de fraseos que realzan cada poema cantando música de su tierra con el piano compatriota y cómplice.

Del mismo Gilardi dos canciones más: la Danza irregular de la famosa Alfonsina Storni, la poetisa fallecida trágicamente en 1938 (cuyo final nos lo describió en 1969 el porteño Félix Luna y musicó a ritmo de zamba otro santafesino, Ariel Ramírez, cantándolo como nadie «La Negra» tucumana), más la Canción de cuna india, una vidala del noroeste argentino con letra de Ana Serrano Redonnet para reponerse del impulso previo, adormecer el ánimo manteniendo el espíritu intimista de este hermoso «arrorró».

Si el disco respira Santa Fé por todas partes, algo que se palpa en cada canción, estas últimas completan este acercamiento al recuperado maestro de San Fernando (provincia de Buenos Aires), que curiosamente firmaba sus partituras con RIP (no sólo que descansaran en paz sino su lema: Resistir, Insistir, Persistir).

El disco prosigue con la compositora Lía Cimaglia Espinosa (Buenos Aires, 30 de agosto 1906 – 1 de noviembre 1998), destacada pianista de quien Arthur Rubinstein dijo una vez que «(…) posee un verdadero temperamento de artista y de pianista; es decir, tiene el fuego sagrado que comunica al auditorio todas sus emociones musicales». Así se refleja en el acompañamiento de las dos composiciones: Balada (con texto de Susana Calandrelli), melodía vocal de largos fraseos bien resueltos y ese ropaje pianístico; después el Botoncito, poema infantil de Gabriela Mistral, un referente para los niños sudamericanos, de los hijos de tantos emigrados como las propias intérpretes, y como alguien escribió, «sólo apta para corazones sensibles». Soledad y Quimey nos acunan y llevan a la infancia con esta nana universal sintiendo y cantando a su tierra desde Cataluña, feliz punto de encuentro de estas dos artistas que parecían predestinadas para hacernos llegar estas melodías de su tierra.

Otros dos «descubrimientos» para quien suscribe: Emilio Antonio Dublanc (La Plata, 1911 – Buenos Aires, 1990), de la llamada «Generación del 39 en Argentina», con Tres canciones de Soledad (y textos de la gualeguaychuense Hortensia Margarita Raffo publicadas en 1950: Por eso, Mi sueño y ¿Por qué?dedicadas a Brígida de López Buchardo, breves y profundas tanto en el canto como en un piano de graves rotundos con la última dejándonos un interrogante abierto que sólo se responde musicalmente.

Y por último el turinés, emigrado como tantos italianos a Argentina, Arturo Luzzatti (1875-1959), que trabajase en el Conservatorio Nacional y dirigiría la orquesta del Teatro Colón -que compuso el famoso «Himno a San Martín«-, cerrando el disco con Coplas (Rafael Jijena Sánchez), aires de Tucumán con paisajes de Catamarca en un compositor que bebió el folklore cual mate musical y el dúo Cardoso-Urquiaga nos dejan todo el sabor de su tierra en ese final por todo lo alto.

Mi gratitud por este documento sonoro que disfrutaré largamente, a ser posible en esa cercana lejanía argentina.

Ya han pasado 32 años

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Viernes 12 de mayo, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo, Abono 11 «El pasado recobrado»: OSPA, Lorenza Borrani (violín y directora). Obras de Mozart, Schnittke, Petrucci y Schubert.

Un 12 de mayo de 1991 asistía al primer concierto de la OSPA, heredera de la OSA (Orquesta Sinfónica de Asturias) y de la anteriormente denominada Orquesta de Cámara de Asturias, «Muñiz Toca», todas por mí disfrutadas, una formación inicialmente camerística y académica (ligada al entonces Conservatorio Provincial de Música y a la Diputación y Fundación Pública «Centro Provincial de Bellas Artes»), que iría creciendo hasta convertirse en la actual orquesta de todos los asturianos en plena madurez. Con un programa titulado El pasado recobrado bien podría servir igualmente para esta onomástica, aunque faltó pedir de regalo que se cubra la plaza de concertino, pues este viernes con escaso público (que sigue preocupando dado que la orquesta y las obras bien merecían más aforo), quedó aún más patente la necesidad de ese puesto tan importante si bien la maestra florentina Lorenza Borrani (1983) hizo un buen doblete.

Y es que la violinista Lorenza Borrani haría las veces de solista en el primer concierto de Mozart y ya desde el puesto de concertino, con María Ovín de ayudante, dirigiría el resto del concierto, labor difícil que se logra primero por la elección de unas obras con una orquesta camerística de poco viento (aumentando según el programa que también llevará a Bilbao) y sin percusión, sumando el conocimiento tanto mozartiano como de «la quinta» de Schubert (siempre escribo que no hay quinta mala) por parte de todos, pero pienso que especialmente el trabajo previo -como buena intérprete de música de cámara- en las «nuevas» de Schnittke o Petrucci (con arreglo de Maderna) donde la maestra italiana Borrani hizo sonar casi como quinteto a una orquesta que creció en plantilla mínimamente a lo largo del programa, siempre con la colocación vienesa que favorece esa sonoridad camerística de empaste y escucha común. Un concierto para disfrutar de la cohesión y empaste instrumental, la alegría de los clásicos y la apuesta por recobrar músicas del pasado con la visión actual que ayudan y enriquecen tanto la interpretación como la escucha, siempre con las martirizadoras toses en el momento más inoportuno.

El Concierto nº 1 para violín en si bemol mayor, K. 207 (1773) de W. A. Mozart (1756-1791) lo escribe el genio de Salzburgo cuando era concertino en su ciudad natal. Tes movimientos (Allegro moderato – Adagio – Presto) en los que Borrani no sólo se lució como solista de sonido preciosista, claro y bien balanceado con la orquesta, sino que dejó a las secciones disfrutarlo con ella, optando por tempi bien llevados y sin precipitación. Las trompas y oboes a dos (hoy un inmenso Juan P. Romero de principal) subrayaron la calidad de una cuerda limpia y precisa en el Presto final. Interesantes las cadencias de la italiana (de las obras de Mozart Artur Schnabel decía que «son demasiado fáciles para los niños y demasiado difíciles para los artistas»), especialmente en el bello Adagio central, con el siempre complicado control al ejercer el doble papel de solista y directora para un concierto refrescante, ideal para abrir oído y cohesionar la sonoridad de las melodías siempre «pegadizas» del irrepetible niño prodigio.

Otro «pasado recobrado» llegaría con el ruso Alfred Schnittke (1934-1998) y su Suite en estilo antiguo (1972) en arreglo camerístico de V. Spivakov & V. Milman (1987), incorporándose algo más de cuerda -excepto los dos contrabajos- junto al clave de Sergey Bezrodny. Cinco danzas originales para violín y piano (I. Pastoral; II. Ballet; III. Minueto; IV. Fuga; V. Pantomima), en principio música de cine y homenaje al barroco como bien explica la doctora Gloria Araceli Rodríguez-Lorenzo en sus notas al programa «Más de cien cantos», y que el fundador de Los Virtuosos de Moscú grabó con ellos también en 1991 con el preciosismo de la cuerda y una OSPA capitaneada por la italiana que sonó cercana y compacta, sin olvidar los guiños del compositor para recobrar esos «aires antiguos» y hacerlos nuevos con la misma esencia. Merecido protagonismo del oboe, tanto marcando las entradas como con su sonido plenamente «pastoril», las contestaciones afinadas y muy controladas de las dos trompas bien empastadas con la disposición de «conjunto vienés», dotando de una tímbrica muy equilibrada para esta suite, especialmente en la Fuga o la impactante y punzante Pantomima final, paladeando cada sección de la cuerda y el clave para una interpretación de «Los Virtuosos Asturianos».

En las notas al programa se describe: «Odhecaton (del griego ‘odè’: canto y ‘ècaton’: cien), el nombre del primer libro de música impreso con fines comerciales en Venecia en 1501 por Ottaviano Petrucci, una revolución en la difusión de la música que internacionalizó el estilo franco-flamenco con casi cien canciones polifónicas profanas a tres o cuatro partes de Ockeghem, des Prez, Busnois, Agricola y Obrecht. Este repertorio se convirtió en modelo ‘clásico’ de inspiración para compositores posteriores, que vuelven su mirada a más de cien cantos del pasado». Con ese mismo título de Odehacaton: «suite», el italiano Bruno Maderna (1920-1973) arregla para cuerda y solistas de viento (hoy fagot) trece de ellos rescatados de archivos y bibliotecas, en dos suites que para este concierto sonaron cuatro de esos cantos en distinto orden, para hacerlos cercanos a la par que contemporáneos: I. Obrecht «Rom Peltier», II. Okenghen «Malor me bat», III. Compère «Allins ferons la barbe» y IV. Josquin «Adieu mes amours» donde el lirismo del fagot de Mascarell cantó además de brillar con luz propia y única mientras la cuerda con Borrani al mando revistió de moderna esta música flamenca revisitada. Originalmente escritas con finalidad didáctica para los estudiantes del Conservatorio Benedetto Marcello de Venecia, probablemente en 1950 como parte de los conciertos de fin de curso, este enfoque pedagógico de Maderna vino cual reciclaje para los profesores asturianos con la «coach» italiana de concertino, pues el diálogo entre todos permitió «hacer grupo», equipo, escucharse, sentirse todos protagonistas y volver a disfrutar tanto de esta música siempre bella como de una interpretación global que resultó el mejor entrenamiento («training» suena más actual) para la sinfonía que cerraría este undécimo de abono.

Franz Schubert (1797-1828) es el romántico por excelencia y de su obra no hay suficientes calificativos para una vida tristemente corta. De su corpus sinfónico las primeras sinfonías aún siguen las pautas clásicas de Haydn y Mozart, para ir admirando a Beethoven y abrir paso al llamado «Romanticismo temprano». Al igual que su adorado amigo alemán en la Viena de principios del XIX, la Sinfonía nº 5 en si bemol mayor, D. 485 (1816) suma mi dicho de que «no hay quinta mala» pese a no editarse en vida del malogrado compositor vienés, pero el tiempo la ha convertido en una de las más populares . Los músicos de la OSPA la tiene en el cajón para seguir «recobrando el pasado» a lo largo de estos sus primeros 32 años. Con Borrani de concertino nos dejaron una versión brillante, elegante y vital, con tempi bien ajustados en sus cuatro movimientos (Allegro – Andante con moto – Menuetto: Allegro molto – Allegro vivace), ágiles y muy matizados, perfecto ensamblaje de cuerda y viento nuevamente agradecidos por la disposición clásica que favorece y equilibra la escucha sinfónica. Conocedores todos de lo escrito y cómo hacerlo sonar, el arco y gestualidad de la directora florentina fue más que suficiente para esta quinta luminosa que nos dejó tan buen sabor de boca y donde el pasado siempre está presente dando esperanzas para el futuro.

Qué corra la voz porque se necesita más público en el auditorio, y la ilusión por lo bien hecho habrá que contagiarla o darle más publicidad. «La Viena española» se lo merece, este viernes sólo faltó el Cumpleaños feliz.

Emociones con Gabriela Montero desde Amsterdam

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El canal musical «Mezzo» que cumple 25 años, ha retransmitido este sábado 29 de abril a las 20:30 la grabación en vivo de un concierto en la capital holandesa muy emotivo por la participación de mi querida venezolana Gabriela Montero con la Orquesta del Royal Concertgebouw de Amsterdam bajo la dirección de la lituana Mirga Gražinytė-Tyla, celebrado el pasado día 21, con una toma de sonido y realización perfecta como es de esperar en este canal de pago especializado en «música seria».

La famosa sala de conciertos de la capital holandesa acogía un programa de lo más atractivo que abría la obra De Profundis de Raminta Šerkšnytė (Kaunas, 1975), un canto sinfónico sin palabras donde la cuerda de la Royal Concertgebouw de Amsterdam, casi como un coro instrumental, sonó como lo que es: una de las mejores del momento, labrada a lo largo de años. Si además está al frente Mirga Gražinytė-Tyla (titular desde febrero de 2016 en la City of Birmingham Symphony Orchestra relevando nada menos que a los Rattle, Oramo o Nelsons) nada puede salir mal. La directora lituana tiene un gesto claro y amplio, precisión milimétrica y una carga sentimental que transmite en cada compás. Maravilloso sonido de la cuerda de estos holandeses universales y hermosa partitura la de su compatriota, escritura actual evocadora de los grandes coros bálticos no exenta de espiritualidad y poesía, impactantemente melancólica y evocadora como así la entendió la maestra Mirga de apellido «impronunciable», muy aplaudida junto a la compositora, presente en la sala. A propósito, me encantan las escaleras por la que se accede al escenario y el público también presente en la zona trasera.

Mi admiración por la pianista venezolana viene de lejos y sus directos (atesoro muchos) nunca dejan indiferente a nadie, pues puedes escucharlos dos días seguidos resultando totalmente distintos. El Concierto  n° 1 para piano y orquesta en si bemol menor, op. 23 de Piotr Ilich Tchaikovsky (1840-1893) se lo escuché en Málaga hace siete años y está entre los grandes de su repertorio.

Gabriela Montero ha ido ganando poso interpretativo y manteniendo su entrega pasional en cada obra, la perspectiva vital ya madura que en este concierto volvió a dejarnos. Impresionado por su fuerza y perfecto entendimiento con la joven Mirga dirigiendo la Royal Concertgebouw Orchestra de Amsterdam. La realización nos permitió captar cada detalle, las esperas, la concentración, los fraseos, la digitación, la escucha de todos, y cuando una orquesta suena como la holandesa (ahora Países Bajos), es lógico que el piano solista brille aún más.

El Allegro non troppo e molto maestoso arrancó brillante en tempi y fuerza por parte de todos, ganando en intensidad no solo dinámica sino emocional, verdaderamente majestuoso, de sonido contundente en toda la gama tanto solista como orquesta, arpegios perlados, contestaciones impecables y la directora lituana transmitiendo el lirismo de esta joya.

Contrastes excelsos desde la densidad a la calma, el rubato que Montero entiende a la perfección y Gražinytė-Tyla devolvió a una orquesta en estado de gracia. Octavas vertiginosas al piano, pizzicatti y maderas contestando para preparar la primera cadencia «marca de la casa» con esos diálogos casi sinfónicos que escribió el ruso.

Tras la tempestad llega la calma del Andantino semplice, solo simple el calificativo y compleja escritura que presentó una flauta ideal con esa textura única y la escritura de staccatti virtuosos de la venezolana que en televisión aún resultan más mágicos por su ligereza. De nuevo la complicidad entre podio, orquesta y solista con una realización y toma de sonido adecuadas nos permitieron paladear todo el movimiento central.

Quedaba el Allegro con fuoco, toda una fantasía de colores imaginada en un ballet ruso donde los dedos sobre el piano danzaban vertiginosamente y la batuta de la lituana ejecutaba con la respuesta orquestal perfecta en cada atril, encajando todo. Misma entrega global, mismo sentido interpretativo en un virtuosismo maduro donde la música es protagonista total y Gabriela Montero volcó su magia, potencia y lirismo que emocionan como siempre aunque sea desde la distancia.

En los conciertos de la venezolana afincada en Barcelona, aunque su agenda le deje «poco Mediterráneo», no pueden faltar sus improvisaciones, casi tan esperadas como el concierto de solista, y en la capital de los Países Bajos le cantaron una melodía que transformó en una página bachiana como si «Mein Gott» la poseyese para convertir lo popular en clásico desde el paraíso de las 88 teclas. Bravo por Gabriela.

El concierto de Gražinytė-Tyla con la Royal Concertgebouw Orchestra lo cerraría el compositor polaco Mieczyslaw Weinberg ó Wajnberg (Varsovia, 1919 – Moscú, 1996) felizmente recuperado en nuestro tiempo, y de su amplísimo catálogo con 22 sinfonías, la nº 3 en si menor, op. 45 (1949, re. 1959) está grabándose y sonando con cierta frecuencia. Estrenada el 23 de marzo de 1960 tras una amplia revisión tras múltiples circunstancias de todo tipo en Moscú por la Orquesta Sinfónica de la Radio y Televisión de la URSS dirigida por Alexander Gauk.

La interpretación televisada nos deja un registro muy interesante por la visión de la lituana y la orquesta ideal para esta sinfonía. Un Allegro optimista donde lucirse maderas y metales, el furor del maestro Shostakovich contrastado por lo bucólico del final. Muy rítimico el Allegro giocoso sin apenas respiro hasta la coda. El Adagio del tercer movimiento nos devolvió la cuerda sedosa de los holandeses y el fraseo claro de la lituana, melancolía hasta el clímax para devolvernos la esperada calma antes del último Allegro vivace donde gozar de las trompetas y la percusión, toma de sonido perfecta en esta transmisión en alta definición, y un vals que la batuta de Gražinytė-Tyla pareció bailar hasta ese brillante final del compositor «ruso», con mucha música aún por escuchar que la lituana está defendiendo y difundiendo, esperando sea con la calidad de esta tercera nórdica a más no poder.

Una genial tarde de sábado en casa pero disfrutando con estas músicas como si estuviese «in situ», más estando con mi querida Gabriela al piano.

El Verne metálico

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Jueves 16 de marzo, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo, Sala de Cámara: CIMCO – SACO, Les aventures de Monsieur Jules, Spanish Brass, Albert Guinovart (piano). Videocreación: Cristina Busto. Obras de Andrés y Francisco José Valero Castells, y Guinovart. Entrada: 12 €.

La capital asturiana sigue ofreciendo música casi a diario y este jueves unían fuerzas el Ciclo Interdisciplinar de Música de Cámara de Oviedo (CIMCO) y la Semana del Audiovisual Contemporáneo de Oviedo (SACO) con un original programa donde la banda sonora la podíamos poner nosotros aunque en la obra del compositor e intérprete catalán tuvo un complemento algo pobre y «traído por los pelos» del taller de Cristina Busto (Avilés, 1976) a base de sombras animadas junto a proyecciones más sugerentes que descriptivas, pues nada mejor que la música para evocarnos imágenes y más cuando el propio Guinovart presentaría  a pares sus seis inspiraciones en Julio Verne.

El concierto, presentado por el trombonista Inda Bonet Manrique, lo abría una obra de los hermanos Valero Castells titulada Sexteto en tres movimientos (Allegro con spiritoAdagio mestoAllegro deciso) de 1997, obra muy bandística viniendo de músicos valenianos, para quinteto de viento con piano, sonoridades bien logradas en los metales y un piano que complementaba el protagonismo del viento aunque también tuvo sus partes protagonistas que en las manos de Albert Guinovart siempre resultan concertísticas. Ser natural de Silla es sinónimo de músico, la Valencia envidia de todas las bandas que piden ser Patrimonio Inmaterial de la Humanidad, así que el mayor de los hermanos Valero, Paco (1970) se decantaría por el oboe, mientras Andrés (1973) se especializaría nada menos que en otros cuatro, además de continuar unidos para siempre a la música en todas sus facetas, sin olvidar la docencia o la composición por parte de ambos, como este sexteto escrito «a cuatro manos».

Obra exigente para todos, arrancando con un piano muy rítmico sobre el que se va «armando» una polifonía del quinteto de metales que recuerda a bandas sonoras actuales de Lalo Schifrin a Michael Nyman, solos alternados e imágenes «ad libitum»; el movimiento central de carácter épico y cual órgano ecuménico, parte central de piano con halo romántico siempre muy tonal y evocador; se cierra este sexteto con un movimiento muy rítmico lleno de guiños en los metales plagados de semicorcheas y el piano empujando, con una cadenza central reposada, de nuevo para disfrutar la sonoridad individual de los metales sumándose el piano que completa los armónicos de esta última «escena» casi de concierto sinfónico, un piano percusivo y metales fugados en esta obra de nuestro tiempo donde la herencia valenciana, también del Spanish Brass con más de 33 años a sus espaldas, se nota de principio a final. Bien todo el sexteto, aplaudido en cada movimiento, y excelente acústica la de la sala de cámara para esta partitura.

La obra del pianista, docente y compositor Albert Guinovart Mingacho (Barcelona, 1962) «Les aventures de Monsieur Jules» (estrenada en Alzira, 2011) aunque fue un éxito, cayó un poco en el olvido pero tras grabarla en CD ha vuelto a interpretarse y recobrar la vigencia de una obra actual. Como explican las notas al programa: «… seis movimientos para quinteto de metales y piano. Cada uno de los movimientos está inspirado en una de las diferentes novelas del genial escritor francés Jules Verne. Se podría decir que el argumento de la mayoría de estas novelas forma parte del imaginario colectivo, por lo que Guinovart pensó que sería una buena manera el poder crear una música sugerente para cada título, y que podría traer a muchas identificaciones en algunos fragmentos descriptivos por parte de los auditores, sin ningún tipo de aclaración más que el acompañamiento del título. En esta colaboración con SACO, será la artista Cristina Busto la que creará animaciones y video-creaciones para cada movimiento con diferentes técnicas visuales».

Si su faceta «clásica» la descubrí con el CD grabado para Sony© con sus conciertos para piano, sus musicales nos dejan obras de nuestro tiempo, al igual que sus bandas sonoras para el cine y la televisión, por lo que esta suite de seis números para quinteto de metales con piano está inspirada en otras seis novelas del prolífico Julio Verne pero elegidas sin buscar un programa descriptivo sino más bien dejar fluir la imaginación compositiva así como la del público. Buen oficio del catalán quien nos contaría a pares antes de interpretarlas, dejando a la vez un poco de descanso a los labios de estos excelentes intérpretes del Spanish Brass (premio nacional de música 2020): Carlos Benetó Grau (trompeta, flugel), Juanjo Serna Salvador (trompeta, flugel), Manuel Pérez Ortega (trompa), Inda Bonet Manrique (trombón) y Sergio Finca Quirós (tuba), destinatarios de esta obra junto al propio compositor al piano y grabada junto a la primera de hoy más el quinteto de Salvador Brotons, y que además tiene un arreglo sinfónico que estaría bien se programase en Asturias pues la obra es agradecida de escuchar donde se nota de nuevo la formación clásica de Guinovart.

La nota de prensa nos indicaba: «Se podría decir que el argumento de la mayoría de estas novelas forma parte del imaginario colectivo, por lo que Guinovart pensó que sería una buena manera el poder crear una música sugerente para cada título, y que podría traer a muchas identificaciones en algunos fragmentos descriptivos por parte de los auditores, sin ningún tipo de aclaración más que el acompañamiento del título. “La música que he creado es más sugerente que descriptiva en el sentido de poder seguir el argumento de la historia. Son imágenes desatadas y ambientes sugeridos por el recuerdo de estas historias en un adulto que se mete en la piel de un niño cuando descubre aquellas aventuras que le hacen soñar. El resultado creo que es una música muy atractiva a la primera audición para el público porque reconoce lugares comunes, y porque a través del acompañamiento de la imaginación puede disfrutar de momentos expresivos, virtuosísticos, intimistas, cómicos, paródicos o soñadores, a través de los sonidos creados en el escenario por los seis músicos».

Por lo tanto seis narraciones musicales interpretadas de dos en dos, que muchos hemos visto en el cine: Veinte mil leguas de viaje submarino, evocador número casi impresionista por las sonoridades bien combinadas de los metales junto al piano, señas de identidad con «tintes rusos»; Michel Strogoff el correo del zar, combinación de aventura, frialdad y épica, cita a la danza y el canto ruso alternando inspiraciones de dinámicas amplias, ritmo y lirismo casi procesional en los metales, con un virtuosismo pianístico digno de las películas mudas con música en vivo.

Norte contra Sur ambientada en la guerra de secesión con un espiritual al trombón que es capaz de ponerle el color del dolor en los esclavos enfrentado al vals «europeo» de los terratenientes casi un Shostakovich para Kubrick con un piano perlado; Viaje al centro de la Tierra intrincado, sorpresivo, metales creando climas misteriosos con la inocencia del piano juvenil que arranca un itinerario ageográfico lleno de vida.

Lo romántico no puede faltar en Guinovart, y la menos conocida El rayo verde cuenta la historia de verlo en pareja que asegura amor eterno, el piano protagonista revestido de sordinas metálicas, hermosa melodía y bellísima interpretación del propio compositor; Finalizaría esta suite con La vuelta al mundo en ochenta días, unas variaciones a partir de la famosa melodía de «Pompa y circunstancia» (Elgar) a cargo de la trompa, como eje vertebrador de la nacionalidad de Phileas Fogg en un itinerario musical donde escuchar los toques de pasodoble torero, la China pentatónica, el arrabalero tango porteño, la bossa brasileña y el swing estadounidense sin necesidad de itinerario concreto y donde al menos hubo acierto por parte de la asturiana Cristina Busto, que nos completó nuestra propia imaginación con las excelentes intervenciones de los cinco metales españoles junto al propio compositor y pianista.

Y el regalo nada mejor que del propio Guinovart, uno de los Quatre Preludis de LLum para trompeta y piano (2013), en versión para quinteto de metales con piano, Luz de mediodía, manteniendo la unidad musical de este concierto camerístico con unos intérpretes de altura y trayectoria internacional que sonaron «de cine».

La luz de la música

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Sábado 11 de marzo, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo, Jornadas de Piano «Luis G. Iberni»: Alice Sara  Ott (piano), Oviedo Filarmonía, Shiyeon Sung (directora). Obras de Augusta Read Thomas, Ravel, Bernstein y Stravinsky.

Sábado gris de orbayu pero con luminoso programa para las Jornadas de Piano «Luis G. Iberni» que colmaron las expectativas con un lleno también de tristes y habituales estertores a los que sumar algún portazo y caída de paraguas, normalmente en los entretiempos pero también «a destiempo» como claros signos de aburrimiento ante obras que para algunos todavía siguen siendo muy «modernas» aunque tengan más años que su propia mala educación.

Cuatro obras exigentes para una Oviedo Filarmonía (OFIL), hoy reforzada con alumnado del CONSMUPA, madura, flexible, capaz de «cambiar el chip» con una facilidad asombrosa, y que hoy lo dieron lo dieron todo bajo la batuta de Shiyeon Sung (Busan, 1975), por momentos tensa pero siempre atenta al detalle, buena concertadora y con un repertorio donde no tuvo respiro. Siempre existen desajustes puntuales y mínimos problemas de afinación rápidamente resueltos, pero está claro que la orquesta ovetense rinde al máximo y las batutas expertas saben hasta dónde «apretar» sin forzar.

El compromiso de programar una compositora en cada concierto subió el listón femenino con la citada directora sucoreana y la pianista germano-japonesa que sería el plato fuerte del concierto. Como un homenaje a Clara Wieck, otra pianista y compositora que renunciaría a su carrera, la neoyorkina Augusta Read Thomas (1964) escribe Clara’s Ascent (2019) para orquesta de cuerda en el 200 aniversario de Clara Schumann, un expresivo juego de tímbricas agudas y graves, como lucha entre sombras y luces desde una aparente simpleza donde las dinámicas son protagonistas para conseguir el colorido que no es melódico. Como escribe el doctor Jonathan Mallada en las notas al programa (enlazadas arriba en obras) «Thomas dota a su pieza de un fuerte componente expresivo a través de la dialéctica que supone contraponer, en una textura liberada, las sonoridades grave y aguda de la cuerda, encarnando este último elemento el alma de Clara. De este modo, a lo largo de los ocho minutos que dura la obra, el oyente asistirá a la victoria de la línea melódica más aguda, dentro de una atmósfera natural y efectista generada por la simplicidad de los medios utilizados y por el manejo del volumen. Clara se impone simbólicamente a las tinieblas representadas por violonchelos contrabajos, rubricando un sentido y respetuoso homenaje a una de las pioneras –en cuanto a su trascendencia– del mundo compositivo femenino».

Un buen inicio para templar la cuerda ovetense que tardó algo en «calentar» pese a los intentos de la maestra Sung por sacar a la luz entre toses esta breve partitura de nuestros días, cellos y contrabajos a pares pero de sonido rotundo, más los violines y violas completando la paleta musical que brillará sobre la oscuridad en este homenaje femenino singular.

Toda la luz musical nos la traería el piano de la esperada Alice Sara Ott (Munich, 1 agosto 1988), fogosa delicadeza, pasión roja y desnudez de pies. El Concierto para piano y orquesta en sol mayor (1932) de Maurice Ravel (1875-1937) tiene todo el colorido norteamericano de referentes en Gerswhin al que conocerá personalmente, pero con la luz cantábrica del compositor hispano francés, Ciboure y la playa de San Juan de Luz con los aires de jazz que llegaban a Europa. Allegramente ya muestra esas influencias del otro lado del océano. Ritmo contagioso, brillo del piano y base orquestal poderosa bajo la batuta de Sung que tardó en encontrar el tempo exacto pero con «Alice in Wonderland» por todo lo que la germano-japonesa aportó desde el piano. Evanescente el Adagio assai con el piano de Ott que emerge desde una sonoridad cristalina llena de esencias melódicas para enlazar con una orquesta aterciopelada, el arpa (Danuta Wojnar) junto al piano dando las pinceladas impresionistas llenas de delicadeza con el toque puntillista del corno inglés (Javier Pérez), antes de afrontar el Presto voluptuoso, pugna luminosa entre solista y orquesta pintada por Sung, deslumbrantes fuegos de virtuosismo iluminando un auditorio que aclamó la interpretación.

Sin perder la atmósfera cosmopolita de todo el concierto y la creada en ese París hoy tan presente, nadie mejor que Erik Satie (1866-1925) y su primera Gnossienne «Lent» que Alice Sara Ott nos susurró en un piano etéreo, lleno de sonidos escondidos, delicado, con unos armónicos que flotaban en el aire por unos dedos que caían sobre las teclas como gotas de agua en sus pies desnudos, «inicio y final, transparencia y opacidad» como lo describe el sello amarillo del que la pianista es artista exclusiva.

Tras el descanso volvían los aires de gran ciudad, la inspiración en el jazz y la danza aumentando la plantilla para interpretar a Leonard Bernstein (1918-1990) y su Fancy free (1944), locura de ritmos metropolitanos y caribeños, el Gerswhin de Lenny que alcanza luz e idioma propio, percusión precisa y piano virtuoso de Sergey Bezrodni completando una plantilla que con Shiyeon Sung contagió toda la fuerza de este ballet ya aplaudido en el cuarto de los siete números de que consta. Toda la riqueza rítmica, sincopada, con las influencias de otros grandes como Copland o Milhaud confluyen en una partitura que Oviedo Filarmonía plasmó cual musical o lienzo cinematográfico en «Pop Art«.

La luz de los dos lados atlánticos y la música de baile que tanto supuso en el pasado siglo cerraría este sábado con Igor Stravinsky (1882-1971) y la suite de 1919 El pájaro de fuego, cinco cuadros sonoros bien contrastrados por la maestra Sung al frente de una OFIL entregada en todas las secciones (bien maderas y metales con soberbio solo de Ayala a la trompa), ritmos (a la altura con toda la percusión más el piano virtuoso), melodías (perfecto de nuevo el corno con el cello de Chordá, y bellísima la de  Schmidt a la flauta con el arpa), y armonías sacando músculo sinfónico, empaste, brillo y ampulosidad final, el auténtico fuego tras un recorrido de cuento o película Disney con música del ruso plasmada en una partitura que sigue siendo un referente orquestal. Como escribe Mallada «Stravinsky confeccionó una partitura que aunase la riqueza orquestal aprendida de su maestro Rimski-Kórsakov, la variedad del folclore tradicional ruso y las vanguardistas armonías de la música francesa».

Otro sábado luminoso y colorido en lo musical que compensa el grisáceo y caluroso día atípico de este marzo que pide primavera en pleno invierno.

Terapéutica y solidaria música española

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Martes 31 de enero, 20:30 horas. Sala de cámara del Auditorio «Príncipe Felipe», Oviedo. Concierto Solidario a beneficio de la AECC (Asociación Española contra el cáncer) de Asturias, y la Asociación Galbán de familias de niños con cáncer del Principado de AsturiasGabriel Ordás (violín), Yelyzaveta Tomchuk (piano). Obras de Sarasate, Falla, Albéniz, Nin, Granados y Ordás. Entrada donativo: 10 €.

“Algunos días no habrá ninguna canción en tu corazón. Canta de todas formas” (Emory Austin). Así reza el inicio de la Web de la Asociación Galbán como bien recordó su presidente Luis Arranz Arlanzón en compañía de su homónima en la AECC de Asturias Yolanda Calero antes de iniciarse el concierto.

Nada mejor que la música como evasión, terapia y siempre solidaria como este último día de enero donde mi admirado Gabriel Ordás (Oviedo, 1999) ofrecía un recital de música española para violín y piano junto a la ucraniana afincada hace años entre nosotros Lisa Tomchuk, solidarios y embajadores de nuestro patrimonio con lo mejor de los compositores hispanos, de ayer y hoy, en obras originales o arregladas por grandes virtuosos (Chistyakov, Kreisler o Kochanski), unos músicos que como el propio artista asturiano conocen la voz y hacen «cantar» su instrumento, el violín que frasea obras vocales (Falla), completa las originales de piano (Granados y Falla) o directamente unen intérprete y compositor para un mayor protagonismo del violín (Sarasate y Ordás) pero siempre con el piano sustentando, dialogando y participando de unas partituras conocidas, populares, españolas y muy sentidas.

Comenzar con tres obras del navarro Pablo Sarasate (1844-1908) ya de por sí es más que un aperitivo potente: Romanza andaluza, Playera y el «endemoniado» Capricho Vasco, que tras el zortziko levantó aplausos antes de finalizarla. Y es que Ordás-Tomchuk llevan tiempo trabajando juntos, se entienden a la perfección y este primer bloque resultó una lección para un dúo compenetrado.

Después vendrían el Tango de Isaac Albéniz (1860-1909) no en el arreglo «habitual» de Kreisler sino del virtuoso ruso nacido en Turmenistán pero afincado hace años como docente en Asturias Lev E. Chistyakov (1942), que enriquece el original al repartir protagonismo entre el dúo además de la tímbrica aportada por el propio violín al original para piano. El cubano-español  Joaquín Nin Castellanos (1879-1949) también se acercó a la música popular y su Murciana (una seguidilla de la «Suite Española«) es un ejemplo de cómo inspirarse en nuestro folclore para llevarlo a la llamada música de concierto, como tantos compositores de su generación hicieron y que las siguientes no han abandono desde otros estilos no necesariamente nacionalistas.

Otro virtuoso del violín como el citado Fritz Kreisler (1875-1962) fue uno de tantos enamorados de la música de esa generación entre siglos, y que arreglaría para su instrumento con piano la Danza española nº5 de Enrique Granados (1867-1916), la popular «Andaluza», en este caso y es opinión personal no tan completa, compleja ni rica como la original para piano, aunque bien interpretada y sentida por el dúo Ordás-Tomchuk, y otra más, la danza de «La vida breve» de Manuel de Falla (1876-1946), violín de virtuoso sobrevolando el piano que sirvió de sustento necesario para disfrutar esta música maravillosa de nuestro gaditano universal fallecido en la Córdoba Argentina. Dos joyas conocidas y enriquecidas por este joven dúo que transformó la sala de cámara del auditorio en un gran salón romántico con estas versiones que en el siglo XIX daban a conocer temas orquestales desde la llamada así, música de salón, para hacer crecer las ansias de ir a la obra original en los teatros, cuna de melómanos pero también rodaje para los intérpretes.

Tras el merecido descanso, una segunda parte completa, enlazando con lo anterior: primero las Tres piezas para violín y piano (2022) del propio Gabriel Ordás, reunificación de distintas versiones antes escritas y defendiendo los tiempos de reciclaje, también el creativo: Esperanza (trío de cuerda), Sentimiento (ópera de cámara) y Danza (chelo y piano), la misma calidad en este formato de dúo que da sonoridades buscadas desde los dos instrumentos con los que el compositor ovetense trabaja cada día.

Las Siete canciones populares españolas de Falla son tan bellas que creo se han hecho arreglos para casi todos los instrumentos, siendo este arreglo de Paweⱦ Kochański uno de los más escuchados para dúo de violín y piano, únicas partituras en las que Ordás no tocó de memoria (y en el orden del programa), supongo que todavía en proceso de trabajo junto a Tomchuck, pues pese a la interpretación «vocal» que me hacía respirar las frases de las letras originales con ellos, el piano nunca es tan completo como en las originales. Salvo la Seguidilla Murciana en arreglo del ya citado Chistyakov, otra visión de la de Nin con el magisterio del compositor gaditano, las sentidas Asturiana o Nana fueron muy sentidas e íntimas frente a la vibrante Jota (que se aplaudió al finalizarla por el virtuosismo de los dos intérpretes), y el siempre complicado -para tocar y cantar- Polo, obras de gran repertorio para este dúo que seguirán trabajando en explorar lo mucho que encierran.

Un buen concierto donde disfrutar del artista Gabriel Ordás, esta vez con el violín, efectivo, estudioso, ejemplo a seguir por la juventud, con el respaldo y complicidad con otra artista como Lisa Tomchuk que continúa ampliando su catálogo en el llamado «piano repertorista», madurando y ganando experiencia en el no siempre reconocido papel cuando no es el solista, acompañando voces, preparando partes líricas, con instrumentistas de todo tipo o formando parte de la orquesta, todo un trabajo sacrificado y hasta camaleónico no siempre recompensado como se debe.

El regalo fue solo desde el piano pero con Gabriel Ordás, excelente violinista, buen pianista y prolífico compositor, dejándonos otra obra suya de un catálogo que no para de crecer. Público heterogéneo llegado al «salón carbayón» para ayudar a luchar contra el cáncer y disfrutar de obras conocidas, también por los melómanos, todos entusiasmados con esta música solidaria que se agradece nunca nos falte.

Jubilosa banda sonora sinfónica

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Viernes 27 de enero, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo, Abono IV OSPA: «Jubiloso Strauss». Roman Simovic (violín), Nuno Coelho (director). Obras de Miklos Rózsa y Richard Strauss.

Este cuarto de abono tenía todo para disfrutar de una sesión casi cinematográfica, una conferencia previa titulada «DE HÉROES Y VILLANOS» a cargo de Eduardo Chávarri, autor de las notas al programa, el regreso, por quinta vez si no falla mi blog, del director y violinista Roman Simovic, que nunca defrauda, colaborador artístico de la OSPA junto a otros más donde también se encuentra el Cuarteto Quiroga del hoy concertino invitado Aitor Hevia, nuevamente con Simovic y esta vez con Fernando Zorita de ayudante, el titular Coelho al frente (que también se pasó a saludar al inicio de la conferencia antes de la prueba acústica) y sobre todo un programa para gran orquesta de aires cinematográficos con los que el director, como el cinematográfico, debe manejar una ingente plantilla de numerosos «extras» y además en una «toma única» que da toda la emoción al directo. El disfrute fue total, casi merecedor de un oscar, pues hasta las propinas resultaron como los «bonus track» de los DVD que ahora disfrutamos los cinéfilos desde la comodidad del sillón aunque nada como la pantalla grande, y así fue este viernes el auditorio.

Interesante lo que nos contó el doctor Chávarri con sus ilustraciones musicadas, primero del húngaro Miklós Rózsa (1907-1995) al que conocemos por el cine tras instalarse en Hollywood, especialmente por «Ben Hur» que fue galardonado varias veces más, y que en «La vida privada de Sherlock Holmes» de 1970 (dirigida por Billy Wilder) se escucha en la banda sonora al protagonista tocando el violín que aparece como compositor, una adaptación para el film de «la Metro» del segundo movimiento de su Concierto para violín, op. 24 (1953)en estructura clásica tripartirta: I. Allegro non troppo ma passionato  – II. Lento cantabile – III. Allegro vivace, con la colaboración, dedicatoria, grabación y estreno del virtuoso Jascha Heifetz. Esta vez Roman Simovic (Montenegro, 1981) con su Stradivarius pienso que mejoró al destinatario porque su violín es mágico, su musicalidad contagiosa (de respigar el II. Lento cantabile), el sonido fluye cómodo y vertiginoso cuando así le exige, la orquesta arropa y escucha (con un clarinete inspirado), química total con ella, de sonoridad plena en el último movimiento, y además compartida con un Nuno Coelho como gritando Acción! en esta «película» majestuosa, así que el concierto del compositor magiar al completo nos permitió disfrutar tanto del músico  afincado en Londres como de los primeros atriles (hoy varios segundos en esta primera parte) para «otra banda sonora», la auténtica música sinfónica del pasado siglo que las grandes orquestas también van incorporando a su repertorio.

El belga Eugène Ysaÿe (1858-1931) es uno de los preferidos de los violinistas por su riqueza melódica y virtuosismo, por lo que Simovic nos dejó tras su Rózsa (para recuperarlo en RNE2 cuando lo emita), no una sino dos propinas de las seis sonatas: el impresionante Prelude, primer movimiento  de la nº 2, «Obsesion», ese inicio bachiano para una auténtica lección en solitario del maestro, y más lujo con la conmovedora primera parte del Lento molto sostenuto de la nº 3 «Ballade», perfecto final de esta primera parte que nos dejaba preparados y listos para afrontar una segunda parte «jubilosa», cinematográfica sin imágenes pero con mucha música.

Con la plantilla de cine ya preparada se pudo afrontar a Richard Strauss (1864-1949) al que la OSPA parece regresar puntualmente para ponerse a prueba en todas las secciones y los directores tomar el pulso de la formación asturiana, y tras unas palabras explicativas del maestro portugués, arrancaba el Don Juan TrV156, op. 20, verdaderamente jubiloso, majestuoso y grandioso, heroico por momentos, idílico en otros, casi para una nueva banda sonora con este mito que en estos tiempos está tan mal visto pero que el compositor muniqués enfoca como la búsqueda de su mujer ideal, coincidente con el momento joven en que conoció a su esposa. Como director conocía la orquesta como pocos, y siendo hijo del trompa solista de la ópera de la capital bávara escribió para ellas pasajes que son la verdadera prueba de examen, esta vez la sección asturiana sólo se quedó en «aprobado y rapado» (como decía en mis años de docente) porque en ella se aprecian los errores más que los aciertos. Mejor calificación para el resto de metales, subiendo nota la cuerda homogénea comandada por Hevia, hoy reforzada y necesaria ante la inmensidad del viento, muy brillante la madera y excelente la percusión, todos bien ensamblados por un Nuno Coelho que está recuperando la ilusión y buen hacer de nuestra orquesta «treintañera».

Si a Walt Disney le hubiesen descongelado, estoy convencido que habría rodado una tercera versión de «Fantasía» donde necesariamente Las divertidas travesuras de Till Eulenspiegel, TrV171, op. 28 tendrían su momento, ya todos los solistas en su sitio comenzando por la excelencia del clarinete, hoy Till Weisgerber pero también Eva García, y por supuesto el resto en una chispeante versión llevada al detalle por el maestro portuense, muy atento a las dinámicas y su balance, claro en los cambios de ritmo, apostando por aires para degustar la acción. Cada sección brilló con luz propia, todas las escenas protagonistas y con nota, quedándome de nuevo con una madera hoy inspirada y engordada que hacía más difícil un empaste ideal. El próximo de abono en Oviedo (10 de febrero) seguiremos «revolucionando» con Shostakovich bajo el mando de otro conocido, Ari Rasilainen tras Haydn y su concierto de cello con otra nueva visita (la sexta que tenga controlada desde 2011 en el auditorio ovetense) de Daniel Müller-Schott. Sería buena idea ordenar los programas al revés, para quedarnos con el buen recuerdo de los solistas.

Cuarto concierto de abono muy aplaudido por su vitalidad, calidad y con más asistencia de la habitual, esperando se recupere la afición perdida. Finalmente un consejo para el prócimo: controlar desde taquilla, especialmente on line, las butacas asignadas a los abonados para no ofrecerlas a la venta -es cuestión de «cerrarla» en el ordenador- y así evitar malos tragos a los implicados. Hoy estaban libres las contiguas, pero no quiero pensar lo que sucedería en caso contrario, y más cuando servidor lleva en la misma localidad todos mis años en el Auditorio con la OSPA, incluso en época pandémica de restricciones con las ventas individuales, solo con un breve cese de convivencia tras el que «recuperé mi asiento».

El piano argentino

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Miércoles 25 de enero, 20:00 h. Teatro Jovellanos, concierto 1660 de la Sociedad Filarmónica de Gijón: Franco Broggi (piano). Obras deA. Williams, Fernández Languasco, J. Aguirre, GuastavinoGinastera y Piazzolla.

Volvía a Gijón en este frío enero (se notó en las toses) a los conciertos de su Sociedad Filarmónica para escuchar al joven pianista argentino Franco Broggi (Santa Fé, 1995), de gira por varias ciudades de España y final en París con parada en la capital de la Costa Verde trayéndonos un programa de música escrita por seis compatriotas suyos, compositores del pasado siglo y actuales, de quienes las excelentes notas al programa del doctor Ramón Sobrino son un documento para guardar por su redacción llena no ya de historia bien documentada sino también del conocimiento personal que atesora el catedrático ovetense; también podemos escuchar en Spotify© las listas que para cada concierto nos prepara a los socios una joven directiva que sigue trabajando en la difusión de la música de cámara y apoyo a los jóvenes intérpretes dentro del ciclo patrocinado por la Fundación Alvargonzález.

En su anterior visita a Asturias en octubre de 2019 (que me perdí por estar aún convaleciente), Franco Broggi interpretó junto a la Orquesta Universitaria dirigida por Pedro Ordieres el Concierto Andino para piano solista del organista y compositor hispano-argentino Hugo Fernández Languasco (Paraná, 1944), afincado en Ponferrada, hoy presente en el teatro y del que pudimos disfrutar dentro de sus Evocaciones Líricas el tercer Cuaderno «Martín Fierro» (En el campo – Atardecer – El legado), así titulado por inspirarse en los textos de «El Gaucho Martín Fierro» de José Hernández Pueyrredón.

Tres obras contrapuestas y exigentes para el pianista argentino al que eché de menos un poco más de fuerza en la mano izquierda en los tiempos rápidos, especialmente en la última, para mayor contraste dinámico, aunque su Atardecer resultó íntimo, delicado y con una sonoridad ideal así como los rubatos que sin entrar en «chauvinismos» debemos reconocer que en estas músicas nacionalistas, ser del país ayuda y nuestra propia historia hispana así lo ha corroborado con grandes pianistas españoles que defienden nuestras obras como nadie.

En el caso de Broggi este tercer cuaderno me hace esperar que pueda afrontar los otros dos que el maestro Fernández Languasco ha escrito pues creo que en Franco ha encontrado el intérprete ideal para ellos, recreando las atmósferas de la pampa y el trabajo del gaucho, la familia y la amistad que les une. Al finalizar su interpretación el compositor subió a saludar junto al pianista, siendo muy aplaudido por un público heterogéneo donde la juventud va tomando poco a poco el relevo.

El programa arrancaba con El rancho abandonado op. 32 nº 4 de Alberto Williams (1862-1952)  perteneciente a En la sierra op. 32 (1890) que puso a prueba los agudos del Steinway© sin poder dar todo el colorido que esta partitura tiene, y la mejor forma de comenzar un programa vasto como la propia Argentina por épocas, estilos y danzas. Proseguiría esta primera parte con Julián Aguirre (1868-1924), famoso por otras obras más populares aunque esta vez serían dos al piano, muy rítmicas y sin pausas, la movida Huella op. 49, de nuevo necesitada de más energía en los graves pero bien tocada, y Gato, casi virtuosística con esos ritmos tan contagiosos de nuestros hermanos argentinos, buscando el equilibrio y sonido entre las partes melódicas y las casi guitarrísticas, mucho mejor en la parte central más reposada antes de la repetición.

Argentina tiene dos G en su historia musical, Ginastera y Guastavino, comenzando por éste para cerrar y abrir ambas partes y casi nexo necesario haciendo más comprensivo todo el repertorio pianístico elegido para la ocasión. Su Sonatina en sol menor (I. Allegreto – II. Lento muy expresivo – III. Presto – IV. Las niñas) de Carlos Guastavino (1912-2000) conjuga en el piano el lirismo de sus canciones (la conocida en todas las versiones posibles Se equivocó la paloma o la bellísima La rosa y el sauce por citar solo dos) junto a los ricos ritmos de su tierra (cuencas, zambas, vidalitas, valses, milongas y tantos más) siempre con delicadeza, y así la entendió el pianista santafesino: arpegios limpios de aires románticos en el primer movimiento, el canto criollo sentido del segundo, y el complejo tercero por sus polirritmias y sensación orquestal, desde el conocimiento del lugareño. Y de Santa Fe como Broggi la obra Las niñas originalmente para dos pianos (1948), número inicial de Tres romances argentinos que volvió a dejarnos melodías inconfundibles con ritmo, armonías y rubati tan del gusto de Guastavino, un piano redondo, cercano, juguetón además de bellísimo.

De la otra «G», Alberto Ginastera (1916-1983) su Sonata nº 1 op. 22 (I. Allegro marcato – II. Presto misterioso – III. Adagio molto appassionato – IV. Ruvido ed ostinato) es obra para virtuosos donde Broggi  volcó lo mejor de su aún corta carrera, capaz de integrar folklore con los avances de los años 50 como solo quien conoce el recorrido puede interpretar, poderoso y enérgico en los dos primeros movimientos, con esa politonalidad en ambas manos del Presto al alcance de pocos, el apacible y apasionado por íntimo Adagio para acabar con un cuarto totalmente orquestal (siempre nos recordará Malambo) lleno de polirritmias que no pierden el pulso al más puro estilo Stravinski tamizado por la inspiración de Ginastera.

Y había que terminar con el gran Astor Piazzolla (1921-1992), irrepetible, ya un clásico, rompedor y totalmente actual con su forma de afrontar el llamado «nuevo tango», eligiendo Adiós Nonino (versión para piano) en homenaje a su padre que los que también le perdimos sentimos ese dolor como propio. Interpretación la de Broggi completa, jugando con los dos temas contrastados no ya en velocidad sino en emoción, versión que sin ser la primigenia nos permite sentirla como obra de concierto de total actualidad más que un bailable, reconocible y redondo arrancando un espontáneo y merecido «¡Grande Pibe!» de acento porteño para el santafesino, que nos regalaría el Bailecito de Guastavino, pues no podía ser otro colofón.

Si Ramón Sobrino (también presente acompañando al profesor ya plenamente berciano Fernández Languasco) titulaba sus notas «Pianismo nacionalista argentino», está claro que el concierto de Franco Broggi mantuvo esa globalidad desde las obras al intérprete que seguro comenzará a estar presente en las salas de concierto. Si tienen la posibilidad de conectar con el Canal March escucharán y verán este mismo programa el domingo y el lunes a las 12:00 horas en la Fundación Juan March de Madrid, aunque seguro quedará por una temporada en sus archivos.

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