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Mieres presenta a pianistas jóvenes

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El próximo sábado 25 a las 20:00 horas tendrá lugar en el Auditorio «Teodoro Cuesta» de Mieres, con entrada libre (hasta completar aforo) la primera Gala Pianística de Mieres. En ella participarán seis jóvenes pianistas que cursan estudios en el CONSMUPA (Conservatorio Superior de Música «Eduardo Martínez Torner»): Hugo Álvarez Lanero, Henry Sebasthian Crespo, Iván Gómez García, Héctor del Río Fernández, Laura Puente Novales, Juan Vicente Stroup más el chelista mierense Aníbal Mortera P. Las obras elegidas figuran en el programa de mano que dejo a continuación, varias y todas ellas de un nivel altísimo de exigencia, pero como rezaba un eslogan para promocionar un coche hace años de este acrónimo que se convertiría en todo un neologismo, son JASP (Jóvenes Aunque Sobradamente Preparados).

Esta iniciativa proviene de un joven pianista venezolano afincado en Mieres que no para de darnos alegrías a todos los aficionados y vecinos de nuestra villa, también del resto de Asturias, pues en poco tiempo ha conseguido despuntar en un mundo tan difícil donde encontrar talento pueda parecer una rareza, pero que nos devuelve la esperanza en una generación joven más allá de lo que muchos creen, y por ello quiero dedicarle esta entrada en mi blog.

Con tan sólo 10 años de edad y un año estudiando el piano, Henry Sebasthian Crespo (Valencia, estado Carabobo, Venezuela – 2003) inicia de forma prodigiosa su carrera artística realizando una gira de conciertos en los cuales interpretando de Mozart el Concierto para piano n° 3 (KV. 40) en re mayor y la Sonata n°16 en do mayor (KV. 545)además de la Bagatella en la menor WoO 59 ‘Fur Elise’ de Beethoven con varias orquestas en su país: Orquesta Sinfónica de la Victoria, Orquesta Sinfónica de Aragua, Orquesta Sinfónica de Puerto Ordaz, culminando en el Teatro «Teresa Carreño» de Caracas bajo la dirección del afamado director de orquesta Christian Vázquez (que recientemente dirigió en Oviedo) y la Orquesta Sinfónica «Teresa Carreño» de Venezuela.

Solo con este inicio, Sebasthian, que toma su segundo nombre nada menos que de «Mein Got Bach» dando una idea del ambiente musical en su casa, siendo además ahijado del famoso Gustavo Dudamel, probablemente el mayor referente de El Sistema, se presenta como uno de los talentos más prominentes y aventajados que han surgido en los últimos tiempos en
Venezuela, convirtiéndose en el único niño venezolano que con tan sólo un año de aprendizaje al piano, realice el montaje de obras complejas para su edad y con la que emprendería dicha gira de conciertos sinfónicos.

A los 13 años su destacado y precoz talento le impulsa a presentarse con un nuevo proyecto artístico y bajo la dirección
de su padre Henry Crespo y la Orquesta Sinfónica de Aragua, interpreta el primer movimiento del Concierto para piano en la menor de Grieg y como obra extra la Fantasía-impromptu op. 66 en do sostenido menor de Chopin.

Henry Sebasthian Crespo inicia sus estudios musicales con el violonchelo en el Sistema de Orquestas Juveniles de Aragua. Su formación pianística comienza a los 9 años bajo la directrices y enseñanza de su padre.
Después, recibe formación técnica con los maestros, Luis Laya y Antonio Abolió, para, posteriormente tener una relación estrecha con el afamado
concertista de piano David Ascanio, que trabaja con él de forma pedagógica y orientadora en su desarrollo artístico.

En nuestro país fue invitado como joven intérprete en el prestigioso Festival Internacional de Piano de Gijón organizado por la maestra Amy Gustafson que incentiva a su padre con ocasión de los sucesos sociales y políticos de su país, con el objetivo de encontrar un mejor destino para la formación pianística de Sebasthian. De esta manera trasladan su residencia a Gijón y posteriormente en Mieres, iniciando su formación académica en el Conservatorio Profesional de Oviedo bajo directrices del maestro Francisco Jaime Pantín, quien le inspira a participar e incursionar debutando en un concurso como solista de piano, y obteniendo el primer premio de Concurso Intercentros Melómano en Asturias.

En la celebración de dicho concurso para jóvenes solistas interpretó los Momentos Musicales 5 y 6 de Franz Schubert y los Estudios opus 25 n° 2 y opus 10 n° 12 de Frederick Chopin en Avilés.
De su trayectoria formativa en España Sebasthian realiza un importante recorrido con obras emblemáticas de los grandes compositores: Schubert, Rachmaninov, J. S. Bach, Mozart, Beethoven, Chopin…
todas orientadas a una experiencia bajo la tutela de Francisco Pantín, con quien concluye su paso por el grado profesional y prosigue el grado
superior en el CONSMUPA de Oviedo bajo las directrices del maestro Manuel Cabo.

La interpretación de la Ballade nº 1 en sol menor op. 23 de Chopin, uno de sus compositores de referencia, le ha hecho merecedor de críticas que resaltan su madurez interpretativa y las cualidades que le caracterizan al comunicar su interpretación al público.
Recientemente ha participado en el 4th Lugano Internacional Music Competición (Suiza) celebrado «on line» en la categoría de piano solista, obteniendo el 1st Prize, otorgándole como recompensa el premio “Career Project”. Los medios de comunicación no solo venezolanos sino asturianos se hicieron eco del galardón y aquí dejo tanto el enlace a la entrevista en la TPA como el recorte del diario El Comercio del 8 de marzo:

Incansable Sebasthian se encuentra preparando su segunda gira de conciertos en Venezuela y paralelamente elabora una gira de recitales en
Asturias donde estará en esta primera gala pianística de Mieres, antes de irse a estudiar a Bruselas a partir del verano, pues la carrera de pianista no se detiene nunca con todo lo que supone de sacrificio familiar y personal, pero con un buen apoyo y asesoramiento que a buen seguro le llevará a alcanzar sus objetivos con un futuro esperanzador, pues facultades y talento los tiene.

El Ateneo Musical de Mieres, siempre abierto a impulsar y proyectar el talento que no siempre sale a la luz pública, cuenta con él para aquellas obras donde se requiera un piano en la plantilla, y también dar a conocer su increíble musicalidad.

Por citar las dos últimas donde ir dándole a conocer en su Mieres de adopción, el 21 de marzo dentro del Día de la Poesía (Homenaje a Efrén Martínez) ambientó al piano el acto celebrado en el Espacio Cultural 19-10 organizado por la Librería La Pilarica, otro referente en Mieres en la difusión y promoción de nuestro patrimonio.

Y apenas un mes atrás, el 26 de abril Henry Sebasthian Crespo abría y cerraba el acto de entrega del III Premio Gastronómico «Saber y sabor» al Bar Restaurante TC28 organizado por Tertulia 17, celebrado en el salón de actos del IES Sánchez Lastra, donde con un piano electrónico, que nunca es igual que uno acústico o aún mejor de cola) deleitó y asombró con dos obras de altura que dejaron maravillados a los asistentes: el Momento musical en si bemol menor, op. 16 nº 1 de Rachmaninov y la Balada nº 1 en sol m, op. 23 de Chopin, dos partituras que sigue trabajando para interiorizarlas y «hacerlas suyas» dado que la interpretación no para y por mucho que se ejecuten, nunca serán iguales.

Mientras prepara la gala del próximo sábado en buena compañía , Sebasthian aún tiene tiempo para organizar este miércoles 21 a las 18:30 horas en la Casa de la Música de Mieres una charla-concierto con dos de sus compañeros del CONSMUPA, amigos y también pianistas, bajo el interesante título «La música de la resiliencia» que bien conoce en su propia vida, y con el subtítulo «El arte de estudiar piano sin morir en el intento», donde los asistentes escucharán de primera mano cómo seguimos en nuestro país sin valorar los estudios musicales aunque hayamos ido mejorando más adagio que presto en ello, aunque precisamente el piano no sea instrumento sinfónico por lo que las oportunidades menores conllevan dar  visibilidad con conciertos como los que Henry Sebasthian está llevando a cabo gracias a una ilusión juvenil y fuerza que no le sobra.

Desde este blog, personalmente sabe que tiene todo mi apoyo, deseándole todo lo mejor a este talento venezolano que la vida le ha traído a nuestro Mieres del Camino para continuar una andadura que espero sea larga y fructífera.

Chequeando checos

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Miércoles 15 de mayo, 20:00 horas. Gijón, Teatro Jovellanos, Concierto n.º 1683 de la Sociedad Filarmónica de Gijón: TRÍO MALATS (Víctor Martínez Soto, violín – Alberto Gorrochategui Blanco, violonchelo – Carlos Galán Lago, piano). Obras de Suk, Dvořák, Rachmáninov y Smetana.

La temporada gijonesa llegaba a su penúltimo concierto con la siempre necesaria «Música de Cámara» , cuyo nombre procede de su origen en las pequeñas salas de los palacios donde se interpretaban estas obras, las llamadas «cámaras» o habitaciones privadas de la nobleza.

Estas piezas generalmente incluyen un pequeño número de intérpretes, y cada intérprete desempeña un papel único, que este lluvioso miércoles nos traía al Trío Malats, a quienes ya escuchase en la homónima sociedad ovetense en diciembre de 2022, y que con su nombre rinden homenaje al catalán Joaquín Malats (1872-1912), un niño prodigio que además de excelente pianista nos dejó páginas tan conocidas como su Serenata española. Este trío de profesionales y docentes, dos de ellos en Avilés, destacan por su compromiso con la música española delos siglos XX y XXI, aunque esta vez optaron por un programa checo donde no faltarían dos rusos, y que su compañero el chelista Guillermo López Cañal en las notas al programa escribe sobre patria y elegía: «Dos nociones se manifiestan intrínseca y musicalmente (…) la idea de patria, y la segunda —tal vez menos abstracta que la primera— es el sentimiento elegíaco en el arte o en la vida». Sobre el término patria relacionado con la música y los nacionalismos, recomiendo la lectura del libro de José Luis Conde recientemente publicado en la Editorial 1/2 tono, y donde aparecen bien diseccionados los compositores elegidos, especialmente los checos Suk, Dvořák y Smetana, pero también la Rusia del exiliado Rachmaninov. En las partituras interpretadas por el Trío Malats también aparece «la elegía como excusa genérica para crear un orden sonoro con el que evocar afectos universales que datan de la Antigua Grecia», musicalmente pieza de lamento o carácter triste ante la muerte de un ser querido o maestro, las cuatro centradas en la común unión patriótica y de padecer la pérdida.

Para abrir velada y oídos checos, Suk y su Elegía opus 23 (1902), alumno y suegro de Dvořák que lleva como subtítulo «Bajo la influencia del Vyšehrad de Julius Zeyer», originariamente para sexteto de cuerda con arpa y armonio, pero arreglada para trío con piano por el propio Suk, bien interiorizada  e interpretada con complicidad por estos tres músicos, que como todo sustento sobre tres patas, no suele cojear, y esta elegía nos llevó a la ensoñadora Praga con su castillo dominando la capital checa, y al cementerio donde están enterrados Dvořák y Smetana (que cerraría el programa), con una música nostálgica y misteriosa.

Más denso de escucha e interpretación sería el Trío nº 4 Dumky, op. 90 (1891) del maestro Dvořák en seis movimientos, formado en la escuela de órgano de Praga y cuya iglesia de San Simón y San Judas es una maravilla donde una placa recuerda los inicios del probablemente más influyente de los compositores checos. El último de los compuestos para esta formación de trío es no solo elegía sino un viaje compositivo sobre la Dumka, danza folklórica eslava con continuos y abruptos cambios, seis Dumky (el plural de Dumka) que «los Malats» fueron desgranando compartiendo protagonismos y en buena compenetración. Tal vez el sonido del cello quedase algo apagado en algunos concertantes, no así en sus temas (como el primer Lento maestoso), brillando más el violín y con un piano todopoderoso que pasa del empuje rítmico a la rotundidad sonora o la dulzura elegíaca. Trío de contrastes, oscuridad y brillo, tristeza y jovialidad, la «marcha fúnebre» del segundo movimiento, la calma del tercero que arranca con el piano, hasta la inocencia  o melancolía de los otros tres para finalizar en un vibrante Vivace, todos los recursos anímicos y compositivos de Dvořák explotándolos al máximo en sus años de madurez, especialmente en sus tres últimas sinfonías y que en este trío, como en general la música de cámara, sirve de banco de pruebas para las obras «mayores».

Un paso adelante en geografía, cronología y estilo vendría con Rachmaninov para abrir la segunda parte con su Trío elegíaco nº 1 en sol menor (1892), más nostalgia y desarraigo fuera de su patria, de Dresde a los EEUU, el primero de los dos tríos elegíacos, parece que este primero dedicado a su mentor Tchaikovsky que moriría al año siguiente del estreno. Más oscuridad y tristeza, elegía y destierro, melodías que no resuelven, que acongojan y tiñen nuevamente con música, bien sentida por los maestros reflejando todo ese catálogo de combinaciones tímbricas, armónicas, técnicas, exigentes para intérprete y público.

Y retornamos a la Praga del Moldava con el nacionalista checo por excelencia, Smetana (su museo al lado del río es otra visita obligada). Su Trío en sol menor, op. 15 (1855) es otra elegía a la muerte por escarlatina de su hija pequeña, una obra que conmovió a Franz Liszt. El primer movimiento, Moderato assai, comienza con un violín de aires populares pero oscurecidos dentro de la textura del trío, con silencios casi suspiros pasando por los tres intérpretes y tejiendo un ambiente casi opresivo. El Allegro, ma non agitato homofónico exige un perfecto encaje de los pasajes, bien resueltos por «el Malats» para llegar al Finale. Presto vertiginoso, juegos y alternancias rítmicas con un piano de reminiscencias románticas (Smetana admiraba a Chopin y Liszt) pero volverá la marcha elegíaca que finaliza cortante, dolorosa y triunfal.

Un programa oscuro en sentimientos, muertes, homenajes a los seres queridos, recuerdos de la patria y donde mis recuerdos se teñían de gris como el día con unas músicas bien interpretadas pero que no ayudan a salir optimista del teatro.

La propina al menos pondría un poco de serenidad con otro ruso emigrado, Paul Juon (Moscú, 1872 – Vevey-Suiza, 1940) de cuyo Trio-Miniaturen, nos dejarían el primero de los cuatro números, la Rêverie, op.18 nº 3, optando por la versión de piano con violín en vez de clarinete y cello (no viola), aún más sentida para otra página de elegía y patria en noventa minutos de penumbra.

PROGRAMA

Josef SUK (1874 – 1935)

Elegía, op. 23

Antonin DVOŘÁK (1841 – 1904)

Trío nº 4 Dumky, op. 90

I. Lento maestoso — Allegro quasi doppio movimento

II. Poco Adagio — Vivace non troppo

III. Andante — Vivace non troppo

IV. Andante moderato — Allegretto scherzando

V. Allegro — Meno mosso

VI. Lento maestoso — Vivace

Serguéi RACHMÁNINOV (1873 – 1943)

Trío elegíaco nº 1 en sol menor

Bedřich SMETANA (1824 – 1884)

Trío en sol menor, op.15

I. Moderato assai — Più animato

II. Allegro, ma non agitato

III. Finale. Presto

Perianes reparte juego

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Viernes 10 de mayo, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo, Abono XI OSPA: «Mozart y Perianes». Javier Perianes (piano), Cuarteto Quiroga, OSPA. Obras de W. A. Mozart.

El titular de la entrada no es una referencia al juego de mus, en tal caso a la «MÚSica» pero aprovechando que el onubense Javier Perianes (Nerva, 1978) es futbolero y merengue para más señas, no quería perder esta vez las referencias al deporte, al balompié, al trabajo en equipo y al disfrute que supone escucharle, tanto en el encuentro previo al concierto, con más presencia de la habitual, donde su cercanía, humor y buen talante nos preparó a todos para la terapia mozartiana en esta nueva visita a la capital, y además con la compañía de nuestros amigos del Cuarteto Quiroga.

Comentaba el pianista sus inicios en la música como terapia para un niño travieso, nada raro entonces, donde un concierto le atrapó, el apoyo de sus padres, el clarinete que su tía cambió por un piano tras los veranos en La Antilla, los esfuerzos y su eterno agradecimiento para todos sus profesores, desde sor Julia Hierro, la primera y hoy nonagenaria con quien aún habla antes de los conciertos y reza por él desde el asilo, pasando por Ana Guijarro en sus años sevillanos, o Josep Colom, de todos y cada uno con el recuerdo de su permanente magisterio, más el siempre necesario apoyo de su esposa Lidia, que además de pianista conoce como nadie a su pareja.

Le preguntaba «el habitual» de cada encuentro en la Sala de Cámara tres cuartos de hora antes de los conciertos, qué obras habían sido las más difíciles y Perianes no dudó  en contestarle que las actuales, siempre nuevas y distintas porque el directo es irrepetible, incluso cuando graba prefiere hacerlo de un tirón y que sea el ingeniero quien elija la toma buena, sin «corta y pega» porque Javier es además de un excelente pianista es un tipo espontáneo, cercano, «disfrutón», con las ideas claras de quien vive el momento y contagia alegría de vivir con, por y para la música.

El programa íntegro de Mozart comenzaba con el Concierto para piano nº 24 en do menor, K. 491 (1786) en una reducción para cuarteto de cuerda con piano, un cinco muy baloncestístico donde el de Nerva sería como un buen base que tiene memorizadas las jugadas, cuenta con un equipo de estrellas y reparte a diestro y siniestro, con bandejas y asistencias para que los compañeros rematen, generosidad, respeto y dominio del parqué. Este vigésimo cuarto del de Salzburgo nos dejó la feliz conjunción y entendimiento de un quinteto que lleva años jugando juntos, y que en palabras del musicólogo y compositor británico Arthur Hutchings (1906-1989), el mayor especialista del genio austriaco, considera su esfuerzo más sutil: «se trata de una obra oscura y apasionante, hecha más sorprendente por su restricción clásica, y el movimiento final, un conjunto de variaciones, es comúnmente considerado como ‘sublime’ (…)», y al de Nerva, que llevo años denominándole «El Sorolla del piano» por su luminosidad, no quiero olvidarme de las llamadas ‘sombras coloreadas’ tan del gusto impresionista, con todo el juego aportado por el Cuarteto Quiroga y el piano siempre limpio, claro y presente, convirtiendo el concierto orquestal de sonoridades y texturas que lograría la sección de viento del lienzo sinfónico, llevado a una paleta ligera y tenue de acuarela donde no hay posibilidad de corrección, y el quinteto no la necesitó, repartiendo «el base» y esquivando en solitario desde su puesto retrasado que aunaba e integraba este concierto tan vienés, desde el patético Allegro inicial a la luz del Larghetto para volver a los claroscuros del Allegretto final donde no faltarán los toques musicales humorísticos del Mozart en estado puro, pasajes virtuosos y el preciso contrapunto con diálogos motivados y tímbricos en este verdadero equipo de estrellas.

Ya con la plantilla perfecta y la selección OSPA con un equipo donde «Los Quiroga» se integraron a la perfección en la llamemos columna vertebral de la cuerda, y con Cibrán Sierra de concertino en perfecto entendimiento con Perianes, llegaría el Concierto para piano nº 12 en la mayor, K. 385p (414), compuesto a finales de 1782 en la tonalidad que para Mozart era sinónimo de lirismo y serenidad, y en su momento anunciado como que «puede(n) ser interpretados no sólo con un acompañamiento de gran orquesta y vientos, sino también con un quattro, es decir, con dos violines, viola y violonchelo». Fiel por tanto a esta idea de Mozart intentando publicarlos por suscripción, más allá del enfoque utilitario (recordar que los músicos también comen), con Perianes en el centro del campo me recordaría al mejor Iniesta, aunque como merengue tendré que llamarle mejor Luka Modrić por los triunfos del madridista y la veteranía que supone una trayectoria que en el piano es siempre más longeva que en el fútbol.

Más que dirigir o concertar, Perianes desde el piano marca lo necesario para dar confianza al equipo, la «serenidad de la mayor», además de exigir más responsabilidad en cada parcela del campo, y así fluyó la terapia musical de este duodécimo. Aires de serenata, el lirismo que nunca falta, las cadencias -desconozco la autoría -bien encajadas porque los pases van al hueco donde siempre hay la recepción exacta y viceversa, todo el equipo engrasado, disfrutando porque aquí no es necesaria «la épica blanca» sino el disfrute con el toque, escuchándose, vibrando, contagiando energía, vitalidad, todo en una ejecución de Champions, con la plantilla funcionando desde la línea medular –como llaman los periodistas expertos– de la cuerda hasta una madera de lo más mozartiana y unos metales junto a los timbales sin necesidad de «sobar la bola» ni «echar balones fuera», más bien integrándose en esta unidad terapéutica con los ‘amados clarinetes’ desde aquel 1777 en Mannheim, con el Andante para recrearse todos al primer toque, sutiles, compactos, con la posesión justa para mover esta música donde el «mediocampista» lució galones sin necesitar excentricidades.

Y en este espectáculo de los tres conciertos de Mozart tan vieneses, el Concierto para piano nº 21 en do mayor, K. 467 (1785) sin clarinetes pero con el mismo equipo y estructura nos trajo al Perianes en modo Toni Kroos, actual, certero, manejando este bellísimo concierto (que lleva de sobrenombre «Elvira Madigan» por la película que popularizó su segundo movimiento), sin necesidad de partitura, plenamente integrado en su quehacer desde distintos campos y equipos pero con la confianza de jugar en casa, secundado y apoyado, sin miedo escénico ni presión porque el triunfo estaba asegurado y este partido  era para disfrutarlo tanto en el campo como desde la grada. Cibrán un lateral izquierdo que sube la banda, Poggio en el derecho sin dejar pasar nada, más «adelantados» Puchades y Hevia (habitual con la elástica asturiana) en posición de refuerzo central, con una delantera de viento capaz de atacar con sutileza y elegancia, y de sacrificarse «recuperando balones» manteniendo un excelente trabajo de equipo donde Perianes repartió todo el juego que atesora en su cabeza, corazón y dedos. Si el Allegro maestoso hizo gala del calificativo, con perlas al piano, dinámicas de claroscuros y guiños sinfónicos, el famosísimo Andante fue de una hondura capaz de cortar la respiración, abriendo el campo de escucha con una cuerda gustándose mutuamente, y el inmenso Allegro vivace assai atacado sin fisuras, casi diabólico por un feliz alboroto lleno de descaro compositivo e interpretativo, contagioso para toda la selección orquestal, con el Mozart que parecía tener en mente la diversión pianística y los juegos con la orquesta perfectamente dispuesta y capaz de tocar.

El partido se nos hizo corto en el escenario ovetense pero podré recordarlo como otro encuentro de los que hacen afición, con este equipo OSPA de primera al que Mozart siempre le sienta bien, más con los compañeros de este noveno de abono.

El barómetro gallego

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Viernes 3 de mayo, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo, Abono X OSPA: Orquesta Sinfónica de Galicia (OSG), Zitong Wang (piano), Antony Hermus (director). Obras de Beethoven y Wagner Henk de Vlieger.

En climatología usamos el barómetro para controlar la presión aunque nos fijamos más en la página metereológica que nos anuncian anticiclones y borrascas, muchas procedentes de nuestra vecina Galicia, y de ella volvía su Sinfónica (OSG) fundada en 1992, casi hermana de nuestra OSPA un año antes y precisamente con Víctor Pablo Pérez en la dirección junto al recordado percusionista Juan Bosco Gutiérrez (fallecido en 2011) de primer gerente en ambas formaciones, volviendo a nuestra su tierra al frente del Archivo de Música de Asturias en 1993 tras pasar ambos por la entonces Orquesta Sinfónica Provincial de Asturias (de 1980 a 1988), germen de la actual.

La OSG devolvía visita y venía con todos sus efectivos para afrontar dos obras totalmente distintas con el holandés Antony Hermus (1973) al frente, responsable del programa que tuvo claros y nubes, momentos de sol junto a verdaderas tormentas que parecen mantener la leyenda de que siempre «chove en Galiza«. La orquesta tiene calidad y plantilla para interpretar cualquier repertorio de los «imprescindibles» como ya pude comprobar hace siete años en Bilbao, y en sus dos anteriores visitas a la capital asturiana en 2022 y 2023, y desde el podio con la expresividad del neerlandés cada una de las secciones respondieron sin problemas a sus indicaciones, aunque el resultado no acompañó.

Para Beethoven la plantilla resultó ideal y la muy galardonada pianista china Zitong Wang (1999) nos dejó un soleado, luminoso, preciso y precioso Concierto para piano y orquesta nº 1 en do mayor, op. 15. Compuesto entre 1795 y 1798, en realidad se trata del primer concierto publicado, siendo el tercer concierto compuesto por el maestro. Así, el número 2 fue compuesto con anterioridad, terminado en marzo de 1795 pero publicado más tarde.

La primera audición conocida de este concierto fue efectuada por el propio Beethoven en Praga en 1798. El piano está acompañado por una orquesta compuesta por flauta, dos oboes, dos clarinetes, dos fagots, dos trompas, dos trompetas, timbales y cuerda, con un estilo que demuestra la asimilación de los compuestos por Mozart y Haydn, aunque con formas armónicas más bruscas que nos muestran la personalidad del compositor de Bonn. Václav Tomásek, otro joven pianista y compositor que escuchó este concierto en la capital checa, escribió: «Admiraba su poderosa y brillante forma de tocar, pero sus frecuentes y atrevidos cambios de una melodía a otra, dejando de lado el desarrollo orgánico y gradual de las ideas, no se me escapaban. Los males de esta naturaleza debilitan frecuentemente sus grandes composiciones, las que surgieron de una concepción demasiado exuberante. El oyente se despierta a menudo bruscamente… Lo singular y original parecía ser su principal objetivo…». Está claro que este «Concierto en Do mayor» fue una obra audaz y desafiante para los músicos acostumbrados a la lógica ordenada que había regido la música durante una generación, con muchos momentos que debieron haber sorprendido a sus contemporáneos y extrañamente caprichosos que siguen pasan desapercibidos para el público moderno. Si se me permite, quiero calificarlo de «Príncipe» porque en él hay muestras de lo que será su quinto «Emperador» y utiliza recursos que encontramos en sus sonatas para piano. La interpretación de la virtuosa china así lo entendió, de sonido claro, limpio, preciso, con una orquesta bien concertada desde el podio, sinfónica verdaderamente y jugando con todas las dinámicas tan del gusto del «sordo genial»: arpegios ascendentes y descendentes, escalas cromáticas, trinos preciosos, unas cadenzas que el propio Beethoven escribía (hasta cinco para este «primero») a diferencia de sus predecesores, y que son casi movimientos sonatísticos dentro del concierto. A destacar la expresividad de Hermus, la entrega de la orquesta escuchando a la solista y encajando perfectamente todos los finales de frase, así como la intervención del clarinete solista Juan Antonio Ferrer Cerveró, casi tan aplaudido como la pianista, tras ese «pegadizo» rondó final vertiginoso y con aire festivo (Allegro scherzando), antes de la borrascas que se avecinaba para la segunda parte.

Tras el «vendaval» beethoveniano, un claro en esta tarde del primer viernes de mayo, Schumann y el número 14 «Zart und singend» de los Davidsbündlertänze, op. 6 donde la pianista china volvió a demostrar no ya su sonido limpio y delicadeza, también una musicalidad que despuntó en el Largo anterior.

De los arreglos, adaptaciones y homenajes a las grandes obras de la historia de la música habría para  un tratado específico. Wagner es probablemente uno de los que nuestras bandas de música más difundieron ya en su tiempo, pues la rotundidad orquestal con la que escribe es perfecta para ese tipo de agrupaciones de viento y percusión. En el repertorio actual de banda, precisamente un holandés como Johan de Meij () es habitual en nuestros días por lo espectacular de su música original o arreglada, y de un paisano suyo, Henk de Vlieger (1953), el director Antony Hermus programó este «Tributo orquestal» a Los Maestros Cantores (2005) de Wagner, que pareció un tornado seguido de esas borrascas que sueltan agua a «calderaos» como decimos en Asturias. Casi una hora de música en once escenas sin pausa y todo un muestrario de la calidad de la OSG para una orquestación digna del alemán (flautín, 2 flautas, 2 oboes, 2 clarinetes, 2 fagotes, 4 trompas, 3 trompetas, 3 trombones con bajo, tuba, timbales, percusión -4 intérpretes-, arpa y cuerda) donde de esa joya wagneriana el tema del preludio es recurrente y efectista, incluso con trompeta solista en uno de los palcos y una trompa fuera del escenario, pero parecía que la tormenta se comería a «El holandés errante» por mucho que el capitán Hermus quisiera llevar el timón con mano firme, en esta obra usando la batuta cual florete sin sangre. Destacar el excelente papel tanto de la madera como de todo el metal, con un quinteto de trompas comandado por Marta Isabella Montes Sanz que sonó wagnerianamente bien.

A falta de notas al programa, del «triturador wagneriano» percusionista y arreglista holandés Henk de Vlieger en su página se cuenta entre otras cosas sobre Die Meistersinger von Nürnberg que ocupa entre los dramas musicales wagnerianos un lugar especial por ser su única ópera “cómica” y el tema no basado en un mito o saga, como los personajes o la trama. Aquí vuelve a un lenguaje predominantemente diatónico y sus momentos más importantes están ambientados simplemente en la tonalidad de do mayor, con otro elemento musical sorprendente como es el brillante contrapunto, la combinación armoniosa de dos o más líneas melódicas aunque la orquestación sea relativamente «pequeña» en comparación con sus otras óperas. Cual sinfonía clásica, Wagner introduce temas y motivos que desarrolla y organiza en estructuras ordenadas, lo hacen muy adecuada su música para conciertos sinfónicos. «Henk de Vlieger ha realizado tres compilaciones sinfónicas de la obra de Wagner en los años 1990: El Anillo, una aventura orquestal, Parsifal, una búsqueda orquestal, y Tristán e Isolda, una pasión orquestal. Para ello, seleccionó los fragmentos más importantes de estas óperas y los colocó en un nuevo contexto sinfónico. Las partes vocales fueron omitidas o (cuando fue necesario) reemplazadas por instrumentos. Para dar a las obras un argumento musical continuo, creó nuevas conexiones entre estos fragmentos, preservando naturalmente los rasgos estilísticos de Wagner. En 2005 añadió este cuarto arreglo: Meistersinger, un tributo orquestal, once fragmentos que forman una suite orquestal de la ópera y fluyen entre sí sin interrupción. Gracias a la coherencia temática, el desarrollo de motivos y la recurrencia de melodías, este arreglo bien podría considerarse como un gran poema sinfónico o incluso como una sinfonía.
Meistersinger, un tributo orquestal, tuvo su primera presentación en Moscú el 29 de septiembre de 2006, dirigida por Eri Klas. El arreglo está dedicado al maestro Edo de Waart»
.

Personalmente resultó lo que los jóvenes llamarían un «truño«, desnudar la obra de arte total wagneriana  (Gesamtkunstwerk) para dejarla solo en lo instrumental hace por momentos pesado este tributo. Para la orquesta es todo un reto y los gallegos cumplieron como jabatos, pero no creo que el maestro Hermus, con ser un buen director, haya acertado en esta elección cuando la materia prima es de calidad, como estropear al cocinar el plato pese a contar con los mejores ingredientes. Puedo entender que quiera promocionar la música de su compatriota, pero este trituro orquestal resultó de climatología borrascosa más que anticiclónica, el frío que viene del norte europeo aunque gallegos junto con asturianos estemos acostumbrados a los aires del Cantábrico o las bajas presiones de las Azores. Este Wagner-Vlieger fue digno de dar nombre, como ahora es habitual, a una DANA con sólo algunos claros en la danza casi «gallega» de ambiente medieval (el número VIII) o el siempre impactante preludio de estos cantores que aparece a lo largo de este desarreglo tormentoso que al menos nos dejó el viaje sinfónico despejado, aunque fuera siguiera «orbayando»…

PROGRAMA

Ludwig Van Beethoven (1770-1827):
Concierto para piano y orquesta nº 1 en domayor, op.15.

I. Allegro con brio – II. Largo – III. Rondo. Allegro scherzando.

Richard Wagner (1813-1883) / Henk De Vlieger (1953): Die Meistersinger (an Orchestral Tribute):

I. Vorspiel I. Sehr mäßsig bewegt

II. Versammlung der Meistersinger

III. Gesang der Lehrbuben

IV. Sachsens Monolog

V. Vorspiel III. Etwas gedehnt

VI. Taufspruch

VII. Zöge der Zönfte

VIII. Tanz der Lehrbuben

IX. Aufzug der Meistersinger

X. Walthers Preislied

XI. Schlußgesang

Música para cre(c)er

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Domingo 28 de abrill, 19:00 horas. 25 años de «Los Conciertos del Auditorio», Oviedo: Dinara Alieva (soprano), Ekaterina Semenchuk (mezzo), René Barbera (tenor), Maharram Huseynov (bajo), El León de Oro (LDO), Joven Coro de Andalucía (JCA), Marco A. García de Paz (director de los coros), Oviedo Filarmonía, Lucas Macías (director). Verdi: Messa da Requiem.

Domingo de «misa de siete» en el Auditorio nada menos que con el Requiem de Verdi, con la «liturgia» del que el Padre Sopeña en su libro «El «Requiem» de la música romántica» califica como «terriblemente sombrío, terriblemente pesimista y demasiado autentico, demasiado campesino para buscar la «religiosidad» poética como «consuelo»» por lo que no podemos ni debemos llamar ateo a Don Giuseppe, dejémoslo en agnóstico con esta obra de reflexión y homenaje vital del compositor de Busseto y creo que la más exigente misa de difuntos por el gran despliegue que necesita, otra cita obligada en este ciclo que llega a sus bodas de plata precisamente en el templo de los melómanos asturianos y visitantes.

Con esta magna y magnífica obra verdiana que cumple 150 años y tantas referencias operísticas esconde, es difícil encontrar un conjunto homogéneo de cuatro solistas operísticos, un coro cercano a las 90 voces y una orquesta que la interprete con la calidad exigida, y este último domingo de abril se conjugaron los astros para disfrutar de esta música para creer y para crecer.

Quiero comenzar por una Oviedo Filarmonía que es de lo más versátil en cuanto a los repertorios afrontados en estos 25 años, forjándose principalmente en el foso, lo que la hizo idónea para este Verdi, pero que sobre la escena está dejándonos conciertos para comprobar cómo ha ido mejorando, creciendo y alcanzando su momento álgido en este tiempo, comandada por el maestro Andrei Mijlin, con unos principales en todas las secciones, que además cuando son reforzadas como para este Requiem dominical, consiguen una sonoridad sinfónica compacta. Evidentemente tiene mucho que ver el actual titular, un Lucas Macías que ha dado a la formación ovetense no solo confianza y seguridad, también afrontar repertorios que pocas orquestas de su plantilla pueden interpretar. El trabajo del maestro onubense se está notando, con una memoria prodigiosa que puede prescindir del atril y centrarse en todos los detalles de la obra elegida, y así fue de bien con Verdi.

Unir dos coros y que suenen empastados, con el mismo color y gama dinámica, afinación perfecta, entrega y pasión sólo es posible con un mismo director, y es el asturiano Marco García de Paz, fundador del LDO hace casi seis lustros y titular del JOA desde 2019, otro músico que ha ido creciendo y creyendo en el mundo coral, actual director del Coro de RTVE (desde hace cuatro años), respetuoso con todas sus formaciones permitiendo que sus cantantes brillen y sobre todo que disfruten. En una obra tan compleja para un coro de estas dimensiones, el «Coro de Marco» sobresalió desde la primera hasta la última nota, pianísimos impecables, fortísimos claros con los tutti orquestales, dicción diáfana y los momentos a capella que mantuvieron el listón tan alto como si un solo coro con años a sus espaldas se tratase.

Y el cuarteto solista otro acierto por el color de las voces, sus amplios registros en tesituras extremas, su buen gusto, lirismo de primera con una musicalidad en todas sus intervenciones que hicieron creer hasta a los ateos, agnósticos musicales que hoy se juntaron para llenar felizmente el auditorio. Cuántas buenas voces hay por el mundo y las antiguas repúblicas soviéticas siguen siendo una cantera única. De Azerbaiyán llegaron a Oviedo la soprano Dinara Alieva (1980) y el bajo Maharram Huseynov (1995) más la mezzo rusa Ekaterina Semenchuk (1976). Finalmente el tenor Joseph Calleja con una afección de laringe a última hora, fue sustituido feliz y satisfactoriamente por el mexicano-estadounidense René Barbera, cuatro voces verdianas que redondearon un Requiem equilibrado, sentido, emocionante y sobresaliente.

Imposible detallar cada número, pues no hay peros que poner. La partitura de esta Messa Da Requiem como bien señala el doctor Fernando Agüeria Cueva en las notas al programa, es una obra «(….) muy exigente en su interpretación. A través de un extenso lienzo sinfónico-coral, G. Verdi utiliza los textos litúrgicos del Requiem aportándoles gran dramatismo y expresividad en delicados equilibrios sonoros. Requiere de cuatro voces solistas con amplio registro y sonoridad, y de un coro y orquesta de grandes proporciones. Está llena de contrastes que acentúan su dramatismo: contraste en las dinámicas, desde el pianísimo apenas perceptible del inicio hasta el fortísimo aterrador del Dies Irae. Contraste en las texturas armónicas y contrapuntísticas con pasajes al unísono, pasajes de texturas trans- parentes con bellas melodías acompañadas por la orquesta como en el Recordare, Ingemisco y Lacrymosa o pasajes de complejos y exquisitos entramados contrapuntísticos como el Kyrie o el Sanctus. Contraste en la tímbrica con una rica paleta de combinaciones instrumentales en diálogos con solistas y coro o efectos de gran teatralidad como la intervención de las trompetas en el Tuba mirum…», y ese colosal despliegue  fue llevado por momentos al paroxismo de los Dies iræ, «el «grito» más dramático, más largo y mejor acabado de toda la obra de Verdi» (vuelvo a citar a Federico Sopeña) pero también al recogimiento de los cuatro solistas o el propio coro. La orquesta ayudó a ese clima de contrastes con tempi casi extremos que  el maestro Lucas Macías sabe hasta donde llegar, matices inmensos y emocionantes con las cuatro trompetas externas (entre las de «Aida» y «Otello») del Tuba mirum igual de presentes que las otra sobre escena, con unos metales protagonistas y «orgánicos», una madera cantando este Verdi operístico y una cuerda limpia, compacta, de matices para degustar sin perderse una nota en los acordes secos o  las figuraciones cromáticas. El coro jugó con los extremos, impecable en los pianissimi de agudos estratosféricos en las sopranos celestiales, en la línea con la que trabaja García de Paz, unos graves suficientes (aunque nunca lo sean en esta misa), y las cuerdas «intermedias» que completan el equilibrio coral. Tanto el Rex tremendæ como el Sanctus fueron una pequeña muestra del buen hacer del coro.

Por resumir un poco de las voces solistas, comienzo por el tenor René Barbera, poderoso y de timbre ideal, con volumen suficiente para sobrevolar «la masa» que pareció empujarle a un Ingemisco cual Radamés perfecto en musicalidad y buen gusto. El fin un bajo joven pero de los que recuerdan años soviéticos por el color y buena línea de canto, Maharram Huseynov bordó el Mors stupebit y nos deleitó con un Confutatis sentido. Ekaterina Semenchuk fue la mezzo perfecta de registro «amaderado» y potencia cual Azucena trovadoresca interpretando su Libert sciptus cual «Miserere», empastando con sus compañeros a la perfección y demostrando un entendimiento y fraseo conjunto con la soprano que en el Agnus Dei fue para «perdonar todos los pecados del mundo» siendo el más «eclesiástico» de los números por sencillez e invitando casi a contestar al pueblo. Y la soprano Dinara Alieva fue el cuarto sustento de estos solistas difíciles de encontrar para este Verdi del Requiem, de agudos bien proyectados, registros extremos manteniendo un color uniforme incluso en los graves rotundos, empaste por fraseos y color ideales tanto con el coro como entre ellos cuatro, con un Libera me, Domine de ponernos la piel de gallina.

Si el resultado fue tan bueno está claro que se debió al trabajo de Lucas Macías concertando este contingente vocal e instrumental, atento a cada detalle, pidiendo y recibiendo, asegurando, templando, gestos precisos para dar confianza, mimando las voces todo lo que se puede en esta Messa da Requiem porque si la orquesta era un «muro sonoro», las voces pudieron compactarlo e incluso saltarlo cuando así lo exige la partitura. Aires operísticos que el maestro conoce al detalle para este Requiem donde pudo contar con el elenco necesario para «liberarnos» o despojarnos de complejos. Música para creer, música para crecer.

PROGRAMA:

Giuseppe Verdi (1813-1901)

MESSA DA REQUIEM

1. Requiem y Kyrie (solistas y coro)

2. Dies iræ

Dies iræ (coro) – Tuba mirum (coro) – Mors stupebit (bajo) – Liber scriptus (mezzosoprano) – Quid sum miser (soprano, mezzosoprano y tenor) – Rex tremendæ (solistas y coro) – Recordare (soprano y mezzosoprano)  -Ingemisco (tenor) – Confutatis (bajo) – Lacrymosa (solistas y coro)- Pie Jesu (solistas y coro)

3. Offertorio (solistas)

4. Sanctus (doble coro)

5. Agnus Dei (soprano y mezzosoprano)

6. Lux æterna (mezzosoprano, tenor y bajo)

7. Libera me, Domine (soprano y coro)

Suzuki y la elegancia inglesa

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Miércoles 24 de abril, 20:00 horas. Oviedo, 25 años de «Los Conciertos del Auditorio»: Philharmonia Orchestra, Jean-Guihen Queyras (violonchelo), Masaaki Suzuki (director). Obras de Beethoven, Schumann y Dvorak.

Por Oviedo han pasado y continuarán haciéndolo las mejores orquestas del mundo, y este miércoles volvía al Auditorio la londinense Philharmonia Orchestra bajo la dirección de Masaaki Suzuki (Kob, 1954), sustituyendo al previsto Gardiner (apartado de la dirección tras el incidente con el barítono William Thomas del pasado agosto), pues debía suplirle otro maestro de una trayectoria semejante, y el japonés que ha bebido del «dios Bach», podía afrontar sin problemas un concierto bien asentado y equilibrado por las «tres patas», ordenado a la manera tradicional de obertura, concierto con solista y sinfonía, una excelente orquesta con un chelista potente como el francés Jean-Guihen Queyras (Montreal, 1967) y una leyenda al mando.

Con estos mimbres nada podía salir mal y la «Philharmonia» regresaba tras nueve años a nuestro auditorio con la misma elegancia, sonoridad, orden y unas manos sin batuta capaces de brillar en otro concierto para «La Viena Española», parada obligada en esta gira peninsular (Barcelona, Madrid, Oviedo, Valencia y Alicante).

La Obertura «Egmont», op 84 de Beethoven es la mejor forma de calibrar el estado de una orquesta por plantilla, exigencias técnicas y expresividad, como en 2015 lo fue «Coriolano». Intensidad dramática de sonoridad rotunda y un Masaaki Suzuki aún recuperándose de su brazo izquierdo pero transmitiendo la energía necesaria a la orquesta londinense, marcando acentos rotundos sin excesos, con una cuerda donde a partir de los siete contrabajos colocados a la izquierda, tras los primeros violines, en disposición vienesa que ayuda a degustar cada sección bien balanceada, se puede uno imaginar la «pegada». Sonoridad redonda en unas trompas siempre sobresalientes, y unos timbales mandando sin sobresalir. Excelente interpretación beethoveniana con una formación de sonido elegante, claro, de dinámicas siempre controladas por un Suzuki ejerciendo de Maestro, con mayúsculas y músculo esdrújulo.

El Concierto para violonchelo en la menor, op. 129 de Schumann es exigente para el solista pero necesita concertarse en perfecto entendimiento de lo que sigo llamando «las tres patas», y tanto Queyras como Suzuki (que coincidían por vez primera) supieron llevar los tres movimientos sin pausa, fraseando el francés nacido en Canadá siempre con el respeto en los planos de los londinenses, sacándole a su Gioffredo Cappa (1696) un sonido diáfano, profundo en el grave, delicado en los agudos, siempre presente por el mimo orquestal, bien empastado con los chelos detrás suyo y con tarima para mejorar el sonido, e impecable en todos los requerimientos técnicos de la partitura del compositor alemán (bravo el dúo con el chelo principal), una de las imprescindibles en la literatura para chelo y orquesta.

Un éxito enormemente aplaudido por un público que no falla en estas citas, regalándonos un saludo en castellano y el Preludio de la Suite nº 2, BWV 1008 de Bach, casi tributo al «apóstol Suzuki«, impecable, sentido, fraseado con la madurez de los años donde la técnica se pone al servicio de la música, también homenaje al no siempre recordado Pau Casals, de quien guardo igualmente su concierto de Schumann remasterizado en mi discoteca.

La Sinfonía nº 6 en re mayor, op. 60 (1880) del bohemio Dvořak no es de las más programadas (Brahms le aconsejó que la siguiente la «imaginara como bien diferente a esta») frente a las tres últimas, por lo que siempre es un placer escucharla en vivo, recuperando y entendiendo mejor su corpus sinfónico en este año de la música checa, y más con una gran orquesta como la Philharmonia. Fue la primera publicada por Simrock pero es una obra madura en sus cuatro movimientos donde aparecen los recursos bien estudiados  y conocidos por el checo de Beethoven, Schubert o Brahms sin faltar el componente popular de su tierra, como también en su compatriota Smetana. Obra de amplia sonoridad con un lenguaje sencillo, cercano pero con mucho por explorar. Suzuki sacó a la luz la majestuosidad de esta sexta, el crescendo emocional del Allegro non tanto inicial, un apacible y delicado Adagio, la enérgica y bailarina «Furiant» Presto del Scherzo donde el encaje perfecto de todas las secciones, con la cuerda impecable, asombró por la elegancia sonora y la pulcritud de gestos desde el podio del maestro japonés realzando los cambios de ritmo antes del impresionante Finale. Allegro con spirito verdaderamente jubiloso, contrastante, luminoso y grandioso.

Con el auditorio entregado, nada mejor que seguir con Dvořak para regalarnos su Danza Eslava op. 72 nº 2, «Dumka», otra página para degustar el sonido pulcro y elegante de las orquestas británicas a las que el Brexit no afecta pues siguen teniendo material de calidad exportable, con Suzuki al triángulo y dirigiendo con la varilla. Como alguien comentaba en broma al salir, «la orquesta es tan buena que la dirige el del triángulo», y es que el japonés contagia siempre su energía como en este otro concierto para recordar en Oviedo.

PROGRAMA:

PRIMERA PARTE

Ludwig van Beethoven (1770-1827)

Obertura «Egmont», op. 84

Robert Schumann (1810-1856)

Concierto para violonchelo en la menor, op. 129:

I. Nicht zu schnell – II. Langsam – III. Sehr lebhaft

SEGUNDA PARTE

Antonín Dvořák (1841-1904)

Sinfonía nº 6 en re mayor, op. 60:

I. Allegro non tanto – II. Adagio – III. Scherzo – IV. Finale. Allegro con spirito

Oportunidades necesarias

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Martes 23 de abril, 19:45 horas. Oviedo, Teatro Filarmónica, concierto 2.070 de la Sociedad Filarmónica de Oviedo: Nina Rivas (violonchelo) y Gleb Koroloeff (piano): Obras de C. Schumann, Brahms, Tchaikovsky, Falla, R. Rivas y Piazzolla.

Las sociedades filarmónicas siguen siendo el marco perfecto para que los jóvenes intérpretes tengan las necesarias oportunidades para ir rodándose, darse a conocer y también continuar haciendo de ellas verdaderas «escuelas para futuros melómanos» y un oasis para los de siempre, por lo que seguiremos apoyando a nuestras filarmónicas siempre que podamos.

En el noveno concierto de este año en el teatro de la calle Mendizábal llegaba un dúo de chelo y piano con un programa bien elegido. La ovetense de adopción y sangre venezolana Nina Rivas (Cincinnati, Ohio, 2001) al cello, con el que lleva desde los 7 años, acompañada al piano por el maestro letón Gleb Koroleef optaron, con ligeros cambios en el orden previsto, por una primera parte llamemos académica, con tres románticos donde poder comprobar el alto nivel de los dos intérpretes, y una segunda de aires populares donde «cantar» con el instrumento que dicen más se parece a la voz humana.

De Clara Wieck, pues va siendo hora de retomar su apellido aunque la influencia de Schumann haya sido grande en todos los sentidos, el dúo Rivas-Koroleef nos dejó sus Tres Romanzas opus 22 (originalmente para violín y piano) bien contrapuestas, con un piano que comparte protagonismo con el cello, brillante, bien ajustados ambos aunque por momentos la sonoridad no estuvo lo suficientemente equilibrada, y donde el magisterio del letón se mostró siempre contundente.

Del virtuoso Chaicoski de su Pezzo Capriccioso, op. 62 el dúo nos brindó de nuevo el buen entendimiento y compenetración entre cello y un piano quasi orquestal antes de cerrar con esa inmensidad de sonata que es la primera de Brahms, cerrando el círculo con su amada Clara, para disfrutar de una musicalidad plena en ambos intérpretes aunque el instrumento de Rivas pareció faltarle agudos, algo cortos, frente a los graves más rotundos. Con todo resultó una interpretación de estas obras que ambos han trabajado y se nota.

De las conocidas y versionadas Siete Canciones Populares Españolas de Falla, las de cello y piano transcritas por M. Maréchal son las más cercanas a las originales para voz. Si bien los tempi elegidos, tal vez demasiado rápido el Polo último, ayudan al fraseo del cello, parece claro que quedan por pulir detalles técnicos tales como mejorar la afinación, intentar evitar los excesivos golpes de las cuerdas rebotando en el mástil o el manejo del arco, pero la «ovetense» tiene un buen maestro que irá guiándola por el mejor camino así como probablemente en adquirir un instrumento que se adapte a la expresividad de esta cellista, pues el actual se nota que «no está domado» y lleva su tiempo. A nivel interpretativo remarcar que tampoco se puede abusar de los glissandi pues resta la expresividad original de Falla (en la Nana sobre todo) y es una pena porque los fraseos fueron siempre adecuados, incluso los rubati siempre bien encajados con un piano coprotagonizando estas siete joyas.

De las dos obras de los Rivas venezolanos, Rubén Rivas (Mérida, 1948) y Alejandro Rivas, abuelo y padre de Nina respectivamente, muy interesantes tanto de escritura como el arreglo para este dúo Rivas-Koroloeff, dos momentos muy contrastados de aires caribeños y clara inspiración folclórica, la segunda (San Rafael con Gabán) con un solo de cello cual fermata de concierto, muy exigente por los recursos técnicos empleados, con cambios de tempo y ritmos muy efectistas de habanera o joropo para el dúo y que sirvió de perfecto enlace con la última.

Bien enlazado El Gran Tango de Piazzolla, sin partitura, plenamente interiorizado y donde sí vienen bien los glissandi escritos, con un piano rotundo y bien balanceado con el cello, que resultó lo mejor de este frío día de San Jorge.

PROGRAMA

CLARA SCHUMANN (1819-1896): Tres Romanzas, op. 22:

Andante molto – Allegretto – Leidenschaftlich schnell.

P. I. CHAIKOVSKI (1840-1893): Pezzo Capriccioso, op. 62.

JOHANNES BRAHMS (1833-1897): Sonata nº 1 en Mi menor, op. 38.

MANUEL DE FALLA (1876-1946): Siete Canciones Populares Españolas:

El paño moruno – Seguidilla murciana – Asturiana – Jota – Nana – Canción – Polo.

RUBÉN RIVAS (1948) / ALEJANDRO RIVAS (1968): Arboleda – San Rafael con Gabán.

ASTOR PIAZZOLLA (1921-1992): Le Grand Tango.

Oviedo sigue en los mapas sinfónicos

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Lunes 15 de abril, 20:00 horas. Auditorio Príncipe Felipe de Oviedo, 25 años «Los Conciertos del Auditorio»: María Dueñas (violín), Die Deutsche Kammerphilharmonie Bremen,
Paavo Järvi (director). Obras de Schubert y Bruch.

Oviedo es parada obligada en las giras dentro de los circuitos musicales español y europeo, por lo que no debe extrañar que una orquesta como la de Bremen, bautizada como Dream Team por su director artístico el estonio Paavo Järvi (otra figura de la batuta), recalase en la capital asturiana para iniciar este «tour», a la que seguiré llamando «La Viena española» por su oferta musical. Y mayor alegría el regreso de la joven granadina María Dueñas Fernández (4 de diciembre de 2002) que con la OSPA ya me sorprendiese hace tres años con Sibelius en lo que sería el despegue de una fulgurante y exitosa carrera mundial. Un placer haber escrito sobre aquel concierto y presumir de «adivinar» el gran futuro que tenía por delante. Y en estos tiempos de «influencers» está claro ante el lleno en el auditorio con abundante presencia de gente joven, que la granadina es todo un fenómeno, vendiendo discos y firmándolos al descanso (aunque yo no me moví de la butaca, para evitar el incordio de levantar toda la fila a la vuelta).

De la Deutsche Kammerphiharmonie de Bremen con la que Paavo Järvi cumple 20 años siendo la única orquesta alemana que dirige en la actualidad, está afrontando todas las sinfonías de Schubert desde 2018 y ahora retoman el proyecto, por lo que estaba claro que las dos primeras iban a ser «especiales» este lunes. Estas sinfonías schubertianas serían con el tiempo muy elogiadas por Antonin Dvorak, que apreciaba la influencia de Haydn y Mozart en ellas, pero también la habilidad individual del joven compositor, que al escribir la segunda sinfonía contaba solamente 17 ó 18 años, lo que muestra un extraordinario y precoz talento. De las siete sinfonías firmadas entre 1813 y 1826 (con tres inacabadas aunque la «famosa» sea la octava), la primera que abría el concierto parece que fue compuesta en el otoño de 1813 y estrenada por la orquesta de su escuela el 28 de octubre, dedicada al director en la fiesta de su cumpleaños. El propio Schubert dirigió la orquesta recibiendo grandes felicitaciones de sus compañeros y maestros en una de las pocas alegrías de su vida. La Kammerphilharmonie de Bremen con una plantilla perfecta y equilibrada tanto en la cuerda, como en los vientos, utilizando trompetas naturales que logran una tímbrica especial, nos interpretaron esta primera de Schubert luminosa en sus cuatro movimientos, Järvi con su habitual  y certero estilo, claro, económico en los medios, marcando lo preciso y con unos tempi y dinámicas de quitar el aire, dejándonos una sinfonía clásica en forma, conocedora del «trío referente» (Haydn, Mozart y Beethoven) respetando todo lo escrito por un romántico hasta en su vida, suerte y muerte, destacando el tercer movimiento (Menuetto. Allegretto – Trio) por la tímbrica y cambios de ritmo que demostraron no solo la calidad de esta orquesta que se nota totalmente entregada al maestro, también la de unos primeros atriles bien compenetrados y donde las trompas siempre aterciopeladas ayudaron a la sonoridad perfecta.

De la segunda sinfonía, considerada como la más alegre de todas, con la misma plantilla que la primera (con una flauta más), aún mantiene la estructura academicista por no llamarla clásica, pero ya con rasgos propios de Schubert experimentando con aires, modulaciones o combinaciones instrumentales, exprimiendo el lirismo caracerístico y con el minueto del tercer movimiento al estilo de la Séptima de su admirado Beethoven (al que llevó a hombros en su funeral), el último clásico y primer romántico, sin olvidarnos de Mendelssohn. El conjunto de esta segunda de Schubert transmite optimismo y energía que parece reflejar una etapa ilusionante (fue compuesta entre el 10 de diciembre de 1814 y el 24 de marzo de 1815, como dejó escrito en el manuscrito), y cuya primera representación pública de que se tiene constancia tuvo lugar en Londres medio siglo después de fallecer su autor, gracias al musicólogo inglés Sir George Grove (1820-1900), apasionado de Schubert que redescubrió en Viena Rosamunda y algunas sinfonías caídas en olvido. La Kammerphilharmonie de Bremen está con Paavo Järvi en el mismo camino de rescatarlas y si la primera fue maravillosa, la segunda de Oviedo resultó impactante, tanto en el primer movimiento que arranca lento antes de atacar con precisión germana el allegro vivace , aplaudido al finalizar por la tensión y emoción acumulada, o el tercero repitiendo el esquema de la primera pero plenamente un scherzo, pero especialmente el último movimiento, Presto, que impulsa y anima a todos para poder disfrutar de una cuerda en estado de gracia, limpia, ligera, de amplísimos matices, secundada por un viento con el que competía en buen gusto, todo un placer comprobar cómo se contestaban ante el gesto mínimo del maestro estonio y la dinámica que pasaba del delicado sonido camerístico a unos poderosos fuertes sinfónicos con pasmosa facilidad y el maestro Järvi cómodo con su orquesta alemana.

Estas dos maravillas de la «Celebración Schubert» fueron las que escoltaron el popular y famoso Concierto para violín y orquesta de Max Bruch, con una María Dueñas espectacular que lo tiene plenamente interiorizado, demostrando una madurez que cerrando los ojos parece interpretada por una virtuosa de amplia carrera. Desde la primera entrada con la cuarta cuerda al aire (sol grave), el sonido del Gagliano fue contundente, siempre mimado por un Järvi al servicio de la solista. Cuánto deben aprender otros «palitos» sobre el respeto en las dinámicas, y el director estonio solamente pedía más volumen en las partes sin la violinista, con una concertación modélica. La granadina sigue logrando un sonido limpio que vuela por encima de la orquesta, pero con un arco que parece flotar sobre las cuerdas en este exigente y virtuoso concierto que tanto gusta a los violinistas y al público, que como mucho recuerda del precoz Bruch su Fantasía Escocesa. Dueñas con la camerística orquesta de Bremen explotó todos los recursos y elementos románticos en este concierto casi fantasía, sin pausas, lucimiento no solo técnico sino expresivo, maduro, con un poso que Paavo Järvi aún subrayó más al frente de su orquesta, impresionando los pianissimi que lograron silencios profundos en el repleto auditorio.

La primera propina de la joven estrella granadina también fue impresionante en un arreglo para violín y cuerda de la hermosa Après un rêve de Fauré, desconozco la autoría que mejora su propia versión con piano, pero tras la primera de Schubert y viendo la calidad de la cuerda de Bremen con Paavo Järvi concertando cada detalle, la expresividad del violín y cómo jugó con las octavas en el tema, primero en unos graves rotundos para levantar el vuelo en los agudos, fue de una delicadeza conmovedora.

Aplausos y varias salidas entre el jolgorio juvenil para dejarnos otra propina sola, de la escuela de Ysaÿè pero escrita por ella, Homage 1770 en su faceta de compositora tras mucho estudio y conocimiento del instrumento, al que verdaderamente hace cantar con el ‘pellizco’ de su tierra adaptado al gran repertorio de siempre, aunque también esté apostando por gente olvidada hasta para mi generación (como el caso del catalán Jordi Cervelló). Recomiendo su Canal de YouTube©, uno de los contactos actuales de una juventud que camina por nuevos derroteros alejados de los de hace años.

Y no quiero olvidarme de la propina final de la Deutsche Kammerphilharmonie Bremen, algo que las orquestas nacionales no suelen dar aunque se sobrepase la «hora mágica» de las 22:00 horas (hay siempre  quienes salen lanzados cual resorte programado) como fue este caso: el Vals triste de Sibelius es una de las obras preferidas de Paavo Järvi con todas sus orquestas, pero está claro que esta alemana tiene un plus para él, llevándola de nuevo a matices extremos y jugando con el compás ternario como sólo los grandes del podio saben y aguantando los brazos para saborear hasta la última nota. Complicidad y música mayúscula para el mejor cierre de este concierto, uno de los más esperados en las bodas de plata del auditorio ovetense, hoy con el aforo completo ¡por algo sería!.

PROGRAMA

PRIMERA PARTE

Franz Schubert (1797-1828):

Sinfonía nº 1 en re mayor, D. 82

I. Adagio — Allegro vivace; II. Andante; III. Menuetto. Allegretto – Trio; IV. Allegro vivace

Max Bruch (1838-1920):

Concierto para violín y orquesta nº 1 en sol menor, op. 26

I. Prelude: Allegro moderato; II. Adagio; III. Finale. Allegro energico

SEGUNDA PARTE

Franz Schubert:

Sinfonía nº 2 en si bemol mayor, D.125

I. Largo — Allegro vivace; II. Andante; III. Menuetto. Allegro vivace – Trio; IV. Presto

Plantilla:

Mieres universitario y orquestal

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Martes 9 de abril, 20:00 horas. Auditorio «Teodoro Cuesta», Mieres. II Festival Universitario musicUO, Orquesta de la Universidad de Oviedo, Pedro Ordieres (director). Obras de Grieg, B. Orbón y Beethoven.

Mieres es ciudad universitaria y volvía a acoger a la Orquesta de la Universidad de Oviedo fundada por mi añorado Alfonso Ordieres Rivero que fue la primera de su género en España, y actualmente con su hijo Pedro Ordieres en la dirección, una formación joven donde reconocí a algunos integrantes de la Banda Sinfónica del Ateneo de Mieres, todo un orgullo ver el talento y trabajo de unos músicos aún en formación para afrontar un programa de los que «hacen músculo» y son la mejor escuela para ellos.

No hubo la entrada esperada en el auditorio mierense en este segundo festival universitario que está llevando la música por toda la geografía astur entre los meses de marzo y mayo dentro del Proyecto UOterritorio, pero los que allí acudimos pudimos disfrutar de unas obras bien seleccionadas que probablemente para muchos de los presentes era la primera oportunidad de escucharlas en vivo, aplaudiendo cada movimiento (al menos «aguantaron» los dos últimos del genio de Bonn).

Abría concierto la suite primera del Peer Gynt compuesta por el noruego Grieg, cuatro episodios que los universitarios interpretaron con algunos problemas de afinación pero bien llevados por el maestro Ordieres, delicadeza en La mañana, profundidad en La muerte de Äese, rítmica La Danza de Anitra y poderosa En la gruta del rey de la montaña para esta exigente suite que sirvió para comprobar la buena comunicación con el podio en cuanto a expresividad y dinámicas.

Del avilesino Benjamín Orbón interpretaron Dos Danzas asturianas tan reconocibles y bien orquestadas, por el compositor emigrado a Cuba, jugando con la riqueza de las melodías que en las maderas brillaron y la cuerda arropó siempre atenta a las indicaciones del director aunque los balances costó encajarlos, pero una página ya universal que los universitarios tienen hace años en su repertorio.

Y «La Séptima» de Beethoven que está tomando forma con la orquesta universitaria, de plantilla algo reducida pero que ejecutada ya completa -pues están rodándola en los distintos conciertos– nos dejaron una correcta interpretación. Interesantes los tempi elegidos para esta joya sinfónica que está entre mis preferidas. Buen contraste del primer movimiento, el profundo Poco sostenuto antes del Vivace algo lento pero intenso en expresividad. El Allegretto que en mi juventud cantase Mocedades («Cuando tú nazcas» o «Dieron las doce«) tuvo esa profundidad contenida con las melodías bien balanceadas. El Presto más lento de lo esperado aunque comprenda las exigencias de «apretar» la velocidad para poder tocar seguros. Y el último verdaderamente «con brío» para rematar un concierto sinfónico de «los universitarios» hoy comandados por Fernando Zorita de concertino, buenas experiencias para estos músicos que están aprendiendo a hacer música escuchándose y compartiendo tablas en obras de calado incluso para las grandes orquestas profesionales. Si se hace camino al andar, también al tocar.

PROGRAMA:

Edvard Grieg (1843-1907)

Peer Gynt, Suite nº 1, op. 46:

1. La mañana – 2. La muerte de Äese – 3. La Danza de Anitra – 4. En la gruta del rey de la montaña.

Benjamín Orbón (1877-1944)

Dos Danzas Asturianas (1833).

L. V. Beethoven (1770-1827)

Sinfonía nº 7 en la mayor, op. 92:

1. Poco sostenuto – Vivace – 2. Allegretto – 3. Presto – 4. Allegro con brio.

Yulianna Avdeeva: soberbia sobriedad

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Jueves 4 de abril, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo, Jornadas de Piano «Luis G. Iberni»: Yulianna Avdeeva (piano). Obras de Chopin y Liszt.

Volvían las Jornadas de Piano «Luis G. Iberni» con una de las pianistas de nuestro tiempo, la rusa Yulianna Avdeeva (Moscú, 1985) en un programa que el doctor y catedrático de piano del CONSMUPA Fernando Orfila Abadía titula en sus notas al programa como «El apogeo del romanticismo», dos grandes del piano como Chopin y Liszt  de los que la propia pianista comentaba en el diario La Nueva España «dos grandes románticos, fueron amigos y se apoyaron, es un honor tocarlos en Oviedo»,  aunque el honor fue nuestro al poder escuchar a esta artista que desde su niñez de prodigio ha llegado a la madurez interpretativa.

Está claro pese a la globalidad actual, que hay una «Escuela rusa» del piano y la moscovita es un claro ejemplo. Sin apenas tics, sólo el abrocharse la chaqueta para saludar, con esa equívoca apariencia de facilidad en todo lo que toca, de sobriedad gestual sólo rota por alguna mirada perdida al cielo pero con una técnica al servicio de las partituras, afrontó casi dos horas de música honda, sentida, interpretada en el más puro estilo romántico enfrentando dos compositores que tiene asimilados, organizando el concierto de una forma interesantísima.

La primera parte fue Chopin en estado puro y como bien apunta Orfila «presentadas en orden cronológico inverso, de modo que se ofrece una original panorámica de la evolución del lenguaje compositivo de los dos artistas». Avdeeva, que ganó el Concurso de Varsovia en 2010, comenzó con la Polonaise-Fantaisie en la bemol mayor, op. 61 majestuosa y cristalina en su inicio, puliendo cada nota con un uso del pedal refinado, jugando con el silencio como un elemento más, el rubato pefecto y personal, dibujando el ritmo con fuerza en la mano izquierda sin perder el melodismo de la derecha en esta complicada página que con la rusa parecía sencilla, más fantasía que polonesa, y todo interiorizado, sobrio en apariencia pero profundo en el sonido como sería todo el concierto.

La Barcarolle en fa sostenido mayor op. 60, jugando de nuevo sobre «las negras» pero dotándola del carácter acuoso inspirado en las góndolas venecianas y en compás de 12/8 pero elevado a ese piano de salón despojado de convencionalismos académicos. Pudimos sentir el auditorio más cercano, la caja acústica adelantada para estos recitales ayudó a ello, manteniendo tanto la apariencia como el trabajo de cada nota, articulaciones  bien definidas, dinámicas impresionantes atacadas sin esfuerzo aparente, sonoridad siempre limpia, el poso chopiniano que dan los años sin perder la frescura de esta, madurez compositiva e interpretativa.

Con la tonalidad de do sostenido menor, Avdeeva fundió el Preludio y el impresionante Scherzo nº3 dotándolos de unidad y engrandeciéndolos. apostando por un preludio no muy transitado y rico en arpegios que prepararían el misterioso y posterior fogoso «scherzo» lleno de expresión iluminando la oscuridad que parece sintió Chopin aquel otoño mallorquín de 1839 con George Sand, un derroche técnico por parte de la rusa que en la parte «coral» del segundo tema sacó un sonido bellísimo de un Steinway© capaz de escucharse en toda su magnitud gracias a la riqueza de matices y con un público que al menos se dejó embriagar por el piano romántico.

Para terminar esta parte nada mejor que el Andante spianato et Grande Polonaise brilliante, la grandiosidad orquestal en 88 teclas y enfocada a degustar más que a epatar, virtuosismo sobrio en pos de La Música, con mayúsculas y como en el «par anterior» unificando intenciones y emociones, impresionando por la hondura de Yulianna. Mientras cerraba los ojos y recordaba al Rubinstein referente de mis años jóvenes reafirmándome que los rusos han entendido como pocos la música de Chopin, meditación del andante y deslumbrante polonesa que brilló de principio a fin.

La segunda parte y sin pausa entre las tres obras del «Abate Liszt«, igual de romántico que Chopin pero dando un paso más, olvidándonos de tonalidades, nuevas armonías y aún mayor virtuosismo, sonidos trabajados como los propios silencios en una Avdeeva más rotunda y enérgica decantando lo soberbio de su piano por la «menor sobriedad» que en el polaco. No entendamos esta Bagatela lisztiana en su definición de nimiedad o fruslería sino «composición austera, escrita en forma de vals, en la que, mediante el uso de abundantes cromatismos, tritonos y acordes alterados, Liszt parece querer transgredir los límites del sistema tonal, prediciendo la evolución del lenguaje musical en el siglo XX» como la define Orfila. Austeridad interpretativa pero puliendo cada ataque, mimando el pedal, y enlazando con Unstern!- Sinistre, dando una continuidad expresiva donde el virtuosismo es necesario para tanta «mala estrella» que Avdeeva fue desgranando con contundencia, aparentando más tensión sin perder una elegancia innata para esta página áspera, desesperanzadora e igualmente arrebatadora antes de escalar la cima pianística que es la Sonata para piano en si menor. Dramatismo de un poema sinfónico con receta de sonata que el húngaro rompe y la rusa entendió en toda la grandeza, uniendo en una monumental exhibición el espíritu de Liszt. Si Chopin era la elegancia de salón, Liszt sería el poso de la tradición modernizada, y la pianista moscovita el cauce con el que poder entender una misma época con dos visiones que transmitió en una auténtica montaña rusa: luces, sombras, tensión, lirismo, fluyendo con una «soberbia sobriedad» y en la edad perfecta para una vida volcada en el piano.

La propina nos devolvería al Chopin elegante del Vals op. 42 en la bemol mayor, el gran vals en otra exhibición de limpieza, rubato y frescura para devolvernos la luz perdida con Liszt.

PROGRAMA

PRIMERA PARTE

Frédéric CHOPIN (1810-1849)

Polonaise-Fantaisie en la bemol mayor, op. 61

Barcarolle en fa sostenido mayor, op. 60

Prélude en do sostenido menor, op. 45

Scherzo nº 3 en do sostenido menor, op. 39

Andante spianato et Grande Polonaise brilliante, op. 22:

1. Andante spianato. Tranquillo – 2. Grande polonaise brillante

SEGUNDA PARTE

Franz LISZT (1811-1886)

Bagatelle sans tonalité, S. 216a

Unstern!- Sinistre, S. 208

Sonata para piano en si menor, S. 178:

1. Lento assai – Allegro energico  – 2. Andante sostenuto – 3. Allegro energico – Andante sostenuto – Lento assai

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