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Izik-Durko, pianismo de altura

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El canadiense inaugura las jornadas «Luis G. Iberni» con una OFIL madura y compacta que se despidió con «La Quinta» de Chaikovski

Pablo Siana

(Reseña para LNE del viernes 1, con el añadido de los links siempre enriquecedores, tipografía que no siempre la prensa puede adaptar, y fotos de las RRSS)

Último día de octubre y a la memoria de las víctimas de la DANA tras un minuto de silencio arrancaban las Jornadas de piano «Luis G. Iberni» con el ganador del Concurso Internacional de Santander en 2022, el canadiense Jaeden Izik-Durko con la Oviedo Filarmonía, tras su recital en solitario en febrero de este año para la Sociedad Filarmónica de Gijón, y con el regreso al podio del italiano Vincenzo Milletarì (1990), quien ya estuvo dirigiendo la clausura de los Conciertos del Auditorio 2022 con una excelente Gala lírica.

La inauguración del ciclo, que organiza la Fundación Municipal de Cultura y cuenta con la colaboración de LA NUEVA ESPAÑA, ofreció un atractivo programa que comenzaba con el estreno absoluto «…humanidad que viene de las tinieblas, y se esfuerza, incansable, por llegar a la luz…» , obra de Manuel Martínez Burgos encargo de la Asociación Española de Orquesta Sinfónicas en colaboración con la SGAE inspirada en “La Regenta” de Clarín. Obra vistosa y agradecida de escuchar, se inicia con 25 metafóricas campanadas y consiste en tres movimientos sin interrupción, en los que se juega con todas las combinaciones posibles de la tímbrica orquestal.

El Concierto para piano y orquesta en fa sostenido menor, op. 20, de Alexander Scriabin en sus tres movimientos nos permitió corroborar las buenas sensaciones de Izik-Durko junto a una buena concertación del italiano en la primera composición orquestal del ruso, transición entre siglos y armónicamente muy particular. Obra refinada, introspectiva y repleta de impulsos, como así la entendieron los intérpretes: contundente el Allegro, delicado el Andante central y enérgico el Allegro moderato final, pianismo de altura bien respaldado por una OFil clara en todas sus secciones bien llevada por Miletarì y el necesario entendimiento con el solista.

En la segunda parte para enlazar con la mejor Rusia musical, la Sinfonía nº 5 en mi menor, op. 64 de Piotr Ilich Chaikovski, repitiendo que “no hay quinta mala” y siendo una de las grandiosas páginas orquestales que no pueden faltar cada temporada para poner a prueba músicos y público. Último romanticismo, melodismo en estado puro de esta página atormentada expresando el fatal destino. Emociones a flor de piel con unos tempi muy contrastados y extremos, como las dinámicas de Milletarì con una OFil madura y compacta donde brillaron sus solistas pero sobre todo la buena y personal lectura de esta joya sinfónica.

Jueves, 31 de octubre, 20:00 horas. Jornadas de Piano “Luis G. Iberni”, Auditorio Príncipe Felipe de Oviedo. Jaeden Izik-Durko (piano), Oviedo Filarmonía, Vincenzo Milletarì (director). Obras de Martínez Burgos, Scriabin y Tchaikovsky.

Un arranque luminoso de la temporada

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Viernes 11 de octubre, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo, Mahler eterno, Abono I OSPA, Roman Simovic (violín), Pablo Ferrández (cello), Nuno Coelho (director). Obras de Brahms y Mahler.

Este viernes otoñal arrancaba la 34ª temporada de abono de la OSPA y tercera del titular Nuno Coelho (Oporto, 1989) aunque todavía sin cubrir la plaza de concertino que volvía a tener de invitado a Aitor Hevia, más un programa con más conocidos desde hace años en la capital asturiana: el  concertino de la LSO Roman Simovic (1981), colaborador artístico esta temporada, y el chelista madrileño Pablo Ferrández (1991) que junto al director portugués mantuvieron un encuentro previo a las 19:15 en la sala de cámara, donde nos hablaron de lo que supuso el premio del concurso Tchaikovsky, del concierto doble de Brahms que interpretaría posteriormente y muchos le recordamos junto a Anne-Sophie Mutter (grabado para Sony©), el más difícil para él como es el triple de Beethoven, o sus incursiones en el género camerístico (esperando disfrutarle con su hermana Sara), especialmente con Janine Jansons que disfruta siempre, ensayando tres días intensamente antes de cada concierto, buen síntoma de amor y entrega por la música. Finalmente el maestro luso nos recordaría el inicio del Ciclo de Cámara, un concierto mensual que comienza este domingo a las 12:30 precisamente con el Octeto de Schubert donde también estará Simovic junto a siete músicos de la sinfónica asturiana.

Al fin un auditorio casi lleno, con colas para sacar las entradas que retrasaron casi un cuarto de hora el inicio del concierto, y una breve introducción del titular dando la bienvenida a una ilusionante temporada que se ha titulado como «Música para el paraíso», y con dos compositores para testear el buen estado de la OSPA junto al maestro portuense que ya conoce al detalle su orquesta, trabajando duro y comprobando la calidad de esta formación que está en su momento dulce, madura y entregada en unos tiempos no siempre buenos para la sinfónica pero que con su música nos vuelven a hacer olvidar y disfrutar.

Para la primera parte nada menos que el Doble concierto para violín y violonchelo en la menor, op. 102 (1887) de Brahms (1833-1897), su despedida de la música sinfónica que tiene todo el dominio orquestal y el buen gusto camerístico con dos solistas que se entendieron a la perfección y una buena concertación desde el podio. La entrada de Ferrández con su Stradivarius Archinto (1689) en el Allegro inicial llenó de poderío la sala principal, el Ex Nachez (1709) de Simovic no se quedó a la zaga, y la sonoridad orquestal mantuvo en su sitio tanto los planos sonoros como los tempi siempre ajustados por el director portugués. La joya del Andante sonó cual lied, las tres notas (la, re, mi) que van tejiendo y creciendo ese ambiente lírico con dúos solistas encajados y el «arrullo» sinfónico antes del Vivace non troppo más reposado de lo indicado pero igualmente brillante a cargo de todos, con un éxito que obligó a saludar hasta cinco veces pero sin propinas dada la extensión del concierto. Si el chelista madrileño tiene más que asimilado este «Doble de Brahms«, el montenegrino afincado en Londres contagia alegría y buen gusto, empuja a todos y hasta el «duelo de arcos» resultó de una elegancia extrema. Coelho sacó de todas las secciones el colorido ideal así como un sonido consistente, bien empastado y casi el mejor «calentamiento» para la Quinta de Mahler.

Ramón Avello en las notas al programa define la Sinfonía nº 5 en do sostenido menor (1901-1903) de Mahler (1860-1911) como «Síntesis de lo trágico y lo jubiloso: viaje de la oscuridad a la luz o autobiografia a través de la polifónica», música absoluta para esta págiba que como siempre digo «no hay quinta mala», con una plantilla bien reforzada para la ocasión y sin fisuras en ninguna sección. Una sinfonía que marcará el comienzo de una nueva fase creativa con tres partes y cinco movimientos:

  • Trauermarsch. In gemessenem Schritt. Streng. Wie ein Kondukt.
  • Stürmisch bewegt. Mit grösster Vehemenz.
  • Scherzo. Kräftig, Nicht zu schnell.
  • Adagietto. Sehr langsam- Attaca.
  • Rondo-Finale. Allegro-Allegro giocoso. Frisch.

Si los tres primeros suponen la expresión de dolor, los dos últimos alcanzarán la luz vital tras un viaje que comienza en la oscuridad interior. Desde la marcha fúnebre inicial, con un un impecable solo de Maarten van Weverwijk, el maestro Coelho optó por pintar cual Klimt cada color, sacando brillo a los dorados o jugando con una amplia gama de ocres, vientos llenos de matices y una cuerda delineando cada motivo, manteniendo una pulsación pausada para paladear una música intensa. Lo tormentoso del segundo movimiento estuvo lleno de contrastes emocionales y dinámicos, una cuerda tersa, limpia y acoplada, metales redondos y rotundos, maderas cristalinas, percusión ajustada y sobre todo una musicalidad bien entendida y marcada por el director, jugando con el rubato justo y una amplia gama de matices. La alegría del scherzo con aires de vals y «laendler» vienés nos traería el magnífico solo de Javier Molina en un sexteto de trompas que cuajó uno de los mejores sonidos que recuerdo, sumando todo el metal, una cuerda donde una tarima para los contrabajos hubiese reforzado los graves, pero homogéneas todas las secciones, al fin un pizzicato presente y encajado, y con una compenetración con la batuta muy destacable. El «cinematográfico Adagietto» volvió a enamorar como Alma a Gustav, una cuerda sedosa con el arpa de Mirian del Río, manteniendo un tempo giusto que nunca decayó pese a lo melancólico, y ese final luminoso y alegre del Rondó, con ese tutti sinfónico que avanza cual montaña rusa, dejándonos una fuga algo embarullada pero que transmitió la alegría de vivir cerrando este viaje sentimental y musical, una primera y esperanzadora etapa ya con ganas del abono segundo («Arquitectura hecha música») tras la Arabella operística, allá para el 29 de noviembre donde sonará otra Quinta, la de Bruckner en su bicentenario.

Ilusionante temporada

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Este jueves 26 de septiembre a las 12:30 horas se presentaba en el Salón de Te del Teatro Campoamor (al estar aún en obras el Auditorio de Oviedo), la Temporada 2024-25 de los Conciertos del Auditorio y Jornadas de Piano «Luis G. Iberni», una vez pasadas celebraciones como las Bodas de Plata y aún con buenos recuerdos de aniversarios pero mirando siempre al futuro para una temporada que se ha titulado como «de la ilusión» en las palabras de David Álvarez, concejal de Cultura del Ayuntamiento de Oviedo y presidente de la Fundación Municipal de Cultura -FMC-) que abría la rueda de prensa.

Tras la proyección de un vídeo con un programa que comentaré más adelante, el presidente de la FMC subrayaría de la temporada que “es como un viaje sonoro que invita a cada uno de nosotros a explorar la riqueza y diversidad de la música clásica, un arte que trasciende el tiempo y el espacio». Después tomarían la palabra Juan García-Ovies (responsable de la Fundación EDP en Asturias), Francisco García Alonso (subdirector del diario La Nueva España), los apoyos siempre necesarios de patrocinadores y colaboradores.

Proseguiría Pilar Rubiera (presidenta de la Fundación Musical Ciudad de Oviedo)  que destacaría las citas sinfónicas donde habrá dos estrenos a cargo de Oviedo Filarmonía (OFil) o la presencia de las mujeres tanto en el atril como desde el podio, o los centenarios de Puccini o Bruckner, que finalizaría su intervención con las palabras de Cecilia Bartoli: «La música no cambia el mundo y desgraciadamente no para guerras  pero es una forma de soñar juntos y de ir a otra dimensión aunque sea por un breve espacio de tiempo”.

Foto: desimonvanboxtel

David Álvarez destacaría algunas figuras como la violinista Janine Jansen con el afamado y aclamado Klaus Mäkelä dirigiendo la Real Orquesta del Concertgebouw de Ámsterdam (de las pocas que quedaban por visitar Oviedo), la presencia de la OFil como pilar de los conciertos así como el apoyo que siempre se ha tenido a artistas asturianos de talla internacional. Avanzó la novedad para esta temporada de un programa pedagógico pendiente de cerrar y que se clausurará con un gran musical, reivindicando como ya es casi obligada la etiqueta («hastag») para Oviedo de #capitalidadmusical, con el agradecimiento a todo el equipo de la FMC pasando ya el micrófono a Cosme Marina, director artístico de la Fundación Musical Ciudad de Oviedo y sin olvidarse de Cristóbal Sánchez quien realizó el diseño gráfico de esta temporada.

Foto ©decca by marco_borggreve

Entrando en materia, Cosme Marina hablaría de una temporada “muy diversa, no es un ciclo de piano, no es un ciclo estrictamente de orquestas sinfónicas, no es un ciclo de ópera, pero tiene todo eso y, precisamente, desde su origen tiene ese espíritu de diversidad, de buscar la música desde todos los recovecos y, sobre todo, una ambición de que en Oviedo y en Asturias podamos tener a los grandes músicos de nuestro tiempo a las grandes formaciones sinfónicas. No es tan fácil, porque la competencia no es con las ciudades de nuestro alrededor, al final los grandes artistas y las grandes formaciones se mueven a nivel mundial”. Por tanto un ciclo variado, una de las señas de identidad buscando para tener en Oviedo lo mejor del panorama nacional e internacional, siempre complicado pero fruto de una labor de años y el apoyo del Ayuntamiento de Oviedo. Si la anterior temporada de los 25 años se rondaron los 30 mil espectadores, a los que sumar el resto de oferta ovetense pública y privada (Ópera, Filarmónica de Oviedo, Zarzuela, Festival de Danza, Primavera Barroca, conservatorios, etc.),  logran una personalidad de la capital asturiana marcada por el nexo musical: «Todo esto convierte a Oviedo en la ciudad de España con más asistencia a los espectáculos de música clásica de todo el país en relación con su población». Por esto llevo años diciendo que la capital asturiana es #LaVienaEspañola.

Foto by Stas Levshin

Citando algunos intérpretes tanto asturianos como internacionales, el director Teodor Currentzis con  su MusicAeterna será de lo que destacará entre los aficionados, así como los 80 años de William Christie con Les Arts Florissants en una gira por las principales capitales musicales donde Oviedo sigue estando en ese mapa. Destacable la vuelta del oratorio a Oviedo, esta vez con Jephtha (Haendel) que solo se verá en Madrid y Oviedo.

De las Jornadas de Piano «Luis Gracia Iberni» se puede decir, y sin complejos, que será el mejor ciclo por las figuras programadas, conocidas y nuevas que Marina fue citando: Jaeden Iziz-Dzurko, Yefim Bronfman, los regresos de Leif Ove Andsnes, Arcadi Volodos, Grigory Sokolov (que no puede faltar en Oviedo), Paul Lewis, o dos figuras muy esperadas: Beatrice Rana (con la Orquesta Filarmónica de Radio Francia dirigida por Mikko Franck) y Vikingur Ólafsson, que no dejará indiferente a nadie -doy fe- y  añadirá su nombre a la gran lista de famosos pianistas de los que seguir disfrutando en «La Viena Española».

Photo Simon_fowler ©warner_classics

Sería nuevamente el concejal y melómano David Álvarez quien despediría esta presentación, recordando que los abonos se pondrán a la venta desde este sábado 28 de septiembre, y que los conciertos en sábado, domingo y festivos comenzarán a las 19:00 horas aceptando una de las sugerencias de los habituales, manteniéndose las 20:00 horas por semana.

Personalmente es difícil destacar la excelente oferta (de la que dejo copia), pues hay para todos los gustos y públicos. En el terreno lírico destacar por orden cronológico:

La versión en concierto de Dido y Eneas (Purcell) con el Coro y Orquesta de la Ópera Real de Versalles que inaugurará la temporada el sábado 26 de octubre con Sonya Yoncheva y Ana Vieira Leite (que descubrí con Concerto 1700), una Gala Lírica el jueves 7 de noviembre con Sondra Radvanovsky y Piotr Beczala, junto a OFil y Lucas Macías, un homenaje a Puccini, o el antes citado oratorio de Haendel (Jephtha) con Joyce DiDonato, Michael Spyres e Il Pomo d’Oro el domingo 4 de mayo.

Foto © Rubén Fernández

Con muchas ganas de escuchar el miércoles 20 de noviembre el Requiem en do menor de Cherubini con un tándem que nos da siempre grandes satisfacciones (El León de Oro y OFil), incluyendo además la Sinfonía nº 00 en fa menor de Bruckner, o la «Vivaldiana» de Forma Antiqva el jueves 6 de marzo.

Para el bicentenario del compositor austríaco también sonarán la Sinfonía nº 9 el sábado 29 de marzo con MusiAeterna y Currentzis, y la Sinfonía nº4 el sábado 15 de marzo con el regreso de Francesca Dego (Concierto para violín de Barber) y el estreno de las Vísperas de Jesús Rueda, con la OFil y su titular el maestro Macías, sumándose el de Martínez Burgos Humanidad que viene que tendrá lugar el jueves 31 de octubre junto a «La Quinta» de Tchaikovsky y el Concierto para piano de Scriabin con el último ganador del Concurso de Santander Jaeden Iziz-Dzurko.

Photo © Marco Borggreve (all rights reserved)

Por lo que supone de «concierto estrella» y que me lo tomo casi como regalo de cumpleaños, el lunes 27 de enero llegarán al Auditorio Janine Jansen con Klaus Mäkelä y la Real Orquesta del Concertgebouw de Ámsterdam, puede que de lo más esperado de la temporada por la calidad y fama mundial de estos intérpretes y por supuesto poder celebrar los 80 años de un incombustible William Christie con Les Arts Florissants en su retorno a Oviedo con oberturas, arias y coros de Haendel (Ariodante, Semele…) y Rameau (Les Indes galantes) el sábado 8 de febrero.

Photo © JosepMolina

Y de los inmensos pianistas, además de «los de siempre» bien recibidos en Oviedo, me quedo con la oportunidad de escuchar dos visiones de las últimas sonatas de Beethoven, con dos intérpretes que sigo habitualmente, mi querido Paul Lewis el jueves 20 de marzo (además de Brahms, Larcher o la número 5, la sonata nº32 del Sordo genial) y Vikingur Ólafsson cerrando temporada el miércoles 28 de mayo con las tres últimas.

Foto © Markus Jans

Una temporada ilusionante que sigue apostando por la calidad de los conocidos (está con sus enlaces o links) y los «nuevos nombres» que seguirán poniendo a Oviedo en el mapa, un motor cultural y económico que con la mejora en las comunicaciones con la capital asturiana, a buen seguro traerá más público en esta 26ª Temporada que comenzase con aquellos «Conciertos del Campoamor» y las primeras Jornadas de Piano precisamente en el mismo teatro donde se ha presentado esta. Los precios, tanto en los abonos conjuntos, los diferenciados como las localidades sueltas, siguen siendo competitivos si vemos otros escenarios nacionales… y no digamos internacionales. Prometo ir contándolos desde aquí, siempre que nada me lo impida.

Gambito de dama

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Sábado 7 de septiembre de 2024, 19:00 horas. Teatro Campoamor, Oviedo: LXXVII Temporada de Ópera. Gaetano Donizetti (1797-1848): «Anna Bolena».

(Crítica para Ópera World del domingo 8 de septiembre, con el añadido de los links siempre enriquecedores, tipografía que no siempre se puede adaptar, y fotos propias, de Iván Martínez y de las RRSS)

Excelente apertura de la septuagésimo séptima temporada ovetense con la primera ópera de la llamada «Trilogía de las reinas» de Donizetti, esperando completarla en la próxima. Y eso que «Anna Bolena» solo se ha representado en el Campoamor en 1984 (con Cecilia Gasdia en el rol de la reina inglesa, siéndolo la muy querida Ana María Sánchez en 2000-2001). Esta de 2024 coronaría a Sabina Puértolas, considerada asturiana de adopción hace años, como la figura central de una “partida de ajedrez” de donde tomo mi título del llamado ‘gambito de dama’ por ser una de las aperturas más antiguas del juego de las 64 casillas, eje escénico donde transcurre esta producción propia de la Ópera de Oviedo ideada por Emilio López.

Todos los melómanos conocen lo que supone el llamado belcanto y Donizetti será uno de los reyes de este estilo compositivo romántico tan exigente para todos: orquesta, coro y voces que transitan por los extremos de sus tesituras y donde las heroínas del compositor bergamasco ‘expiraban bajo una lluvia de trinos, arpegios, escalas, saltos y notas agudas’ como escribe Harold C. Schoenberg en Los grandes compositores. Lo que nadie puede negar es el protagonismo que tienen todos sus personajes, incluyendo la orquesta y coro, con todo tipo de combinaciones más allá de las esperadas arias: dúos, tríos, cuartetos o concertantes, momentos para brillar a lo largo del drama aunque las heroínas sigan reinando. Por ello encontrar un elenco capaz de afrontar estas difíciles partituras es ya de por sí un reto, acertar un triunfo y que todo funcione a la perfección un éxito, por lo que hay que felicitarse en este primer sábado de septiembre, víspera del Día de Asturias, ante una efeméride operística que se recordará mucho tiempo.

El planteamiento de esta partida en el tablero musical resultó equilibrado desde todas las partes, ya desde la gran obertura, esa apertura ‘gambito de dama’ donde el maestro Iván López-Reynoso sacaría de la Oviedo Filarmonía una sonoridad compacta, clara, precisa y segura de esta formación que (le) conoce bien como director principal invitado, apareciendo una antescena con proyecciones e iluminación de Alfonso Malanda que auguraba lo mejor de este primer título en una especie de trailer (“teaser” lo llaman ahora). La aparición del coro de caballeros, peones simbolizando al pueblo tan protagonista de la trama, vestido por Naiara Beistegui moderno en concepto pero totalmente creíble para la época del rey inglés, empastados, sin excesos de movimientos en la escena ideada por Carmen Castañón, preparando la primera gran jugada con la mezzo Maite Beaumont, una Giovanna Seymour inmensa, poderosamente dulce, enamorando como su personaje y jugando como alfil el papel que abría todo un desarrollo de emociones a lo largo de tres horas. El primer pulso con la otra navarra, aquí la soprano y reina Sabina Puértolas demostrando lo bien elegidos ambos colores y voces, como el propio vestuario que Bolena presentaba con una capa bordada en su espalda la ficha de cabeza, una pieza que tomaría cuerpo (como el resto) y daría mucho juego en un duelo al que irían sumándose todas las demás para desarrollar ese juego de Poder y Monarquía como lo planteó Emilio López.

Sin entrar en muchos detalles, al menos destacar que ambas protagonistas nos dejarían el maravilloso dúo “Sul so capo aggravi un Dio” como buena muestra de la altura de sus voces, siendo el debut en el rol regio de nuestra embajadora de la mierensía, una actuación la de Sabina Puértolas, casi omnipresente, donde el esfuerzo físico de su papel es digno de resaltar, técnicamente irreprochable pero aún más su entrega, capacidad dramática jugando con todos los colores de su personaje, buen gusto, musicalidad, en toda una larga partida de movimientos vocales arriesgados, agudos estratosféricos y graves rotundos para convertirla en heroína coronada. Estoy seguro que según vaya rodándola le dará muchas alegrías, pues lo ha interiorizado desde la primera nota, estando vocal y vitalmente preparada para este gran papel.

Prosiguiendo con el orden de aparición en escena, otra voz femenina que triunfó en el papel masculino del músico Smeton fue Marifé Nogales que mantiene un estado vocal impoluto para una trayectoria siempre de calidad, registro grave claro y agudos llenos de ornamentos bien solventados como su rol de arpista (bellísimo sonido e intervención de José Antonio Domené en el foso), mostrando su calidad junto a las damas del coro, más peones necesarios para esta partida operística, sin blancas ni negras, de azules suaves con la misma calidez de sus voces blancas y encaje perfecto desde el inicio de la función, igualmente creciendo en toda ella junto a los hombres ayudados siempre por la colocación en escena y el volumen suficiente en todas las dinámicas, pues el foso mantuvo toda la gama de matices que escribió un joven Donizzetti. El Coro Intermezzo que dirige Pablo Moras sigue siendo sinónimo de calidad en la ópera ovetense.

Siguiente aparición la de Enrico VIII con el bajo italiano Nicola Ulivieri, debutante en Oviedo (sustituyendo esta misma semana a Javier Castañeda que sufriría un proceso catarral severo), reinaría desde su tesitura potente, de empaque y color regio para esta pieza del ajedrez con poco movimiento pero gigantesca implicación. Buen empaste con sus “parternaires” femeninas, volumen suficiente en los tutti para encarnar al rey de las seis esposas capaz de manchar sus manos de sangre y castigar a dos esposas a morir en el patíbulo acusadas de infidelidad.

Dos torres para dos Lores, lord Rochefort y lord Riccardo Percy, el barítono Carlos Daza que gana con los años en cuerpo y alma, junto al tenor John Osborn, aclamado desde su primer aria, una voz que nos recuerda la de nuestros años jóvenes: valiente, amplia, de agudos bien proyectados. Completando el tablero el caballo, Sir Hervey del tenor Moisés Marín que como su papel, daría mucho más juego en el final de la partida.

Dos actos de duraciones similares pero como en el juego del ajedrez darían un primero de desarrollo y el segundo de remate, movimientos vocales para disfrutar con este Donizzeti que pondría toda la carne en el asador, exigente tanto para las piezas protagonistas como los peones, y si la escena, vestuario e iluminación fueron sobrios, elegantes, donde los cuatro prismas van creando cada cuadro y escena siempre apoyados y engrandecidos por las proyecciones, las voces mantuvieron esa elegancia en el canto, la sobriedad sobre las tablas y la entrega de todos. Dando la unidad y confianza desde el foso a la orquesta (también en el final a la banda fuera de escena), el maestro mexicano trabajó a fondo esta «Anna Bolena» para sacar la riqueza tímbrica de cada sección, lucirse los primeros atriles, y ayudando siempre a las voces (nunca olvida su otra faceta de cantante), respirando con ellas, marcando al coro pendiente del encaje perfecto y el equilibrio dinámico, lo que ayudó a redondear esta ópera inaugural de la casi octogenaria temporada carbayona con la buena entrada habitual de las primeras funciones que cuentan con los abonados más veteranos, premiando con largas ovaciones especialmente a la pareja de los enamorados condenados: la Reina Sabina y Lord Osborn.

FICHA:

Sábado 7 de septiembre de 2024, 19:00 horas. Teatro Campoamor, Oviedo: LXXVII Temporada de Ópera. Gaetano Donizetti (1797-1848): «Anna Bolena». Libreto de Felice Romani, inspirado en los dramas “Enrico VIII” de Ippolito Pindemonte (1816), a partir de una obra de Marie-Joseph Chénier (1791), y en “Anna Bolena” de Alessandro Pepoli (1788). Tragedia lírica en dos actos.

Estrenada en el Teatro Carcano de Milán el 26 de diciembre de 1830. Nueva producción de la Ópera de Oviedo.

FICHA TÉCNICA:

Dirección musical: Iván López-Reynoso – Dirección de escena: Emilio López – Dirección de escenografía: Carmen Castañón – Diseño de vestuario: Naiara Beistegui – Diseño de iluminación: Alfonso Malanda – Dirección del coro: Pablo Moras.

REPARTO:

Enrico VIII: Nicola Ulivieri – Anna Bolena: Sabina Puértolas – Giovanna Seymour: Maite Beaumont – Lord Rochefort: Carlos Daza – Lord Riccardo Percy: John Osborn – Smeton: Marifé Nogales – Sir Hervey: Moisés Marín.

Orquesta Oviedo Filarmonía – Coro Titular de la Ópera de Oviedo (Coro Intermezzo).

Cerrando ciclo

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Sábado, 31 de agosto, 20:00 horas. XXVI Atardeceres musicales 2024, Teatro Riera de Villaviciosa. Dúo Wanderer (piano a cuatro manos): Francisco Jaime Pantín y Teresa Pérez Hernández. Obras de Mozart, Schubert, Brahms y Dvořák.

(Reseña para LNE del lunes 2, «Despedida al atardecer en Villaviciosa«, con los añadidos de las fotos más los links siempre enriquecedores, y tipografía que que a menudo la prensa no admite, más un Anexo imprescindible en este concierto)

Terminamos agosto y también el vigésimo sexto ciclo de los Atardeceres Musicales malayos que organiza el Círculo Cultural de Valdediós en la capital del concejo imperial tras el desahucio arzobispal del monasterio, pero posibilitando celebrar estos conciertos en el más adecuado y céntrico Teatro Riera, con un lleno repleto de emociones este último sábado, más allá de la propia música de piano a cuatro manos.

Y es que no solo se cerraba este ciclo veraniego, también el docente de Pantín en un homenaje a las “manos graves” del dúo caminante (Der Wanderer en la lengua de Goethe) que han dedicado toda su vida a formar varias generaciones de pianistas, muchos presentes en el concierto más una gran lista de ausentes que quisieron participar igualmente en el regalo del retrato realizado por Toño Velasco, entregado por su hijo Daniel Jaime al finalizar el mismo para sorpresa de la pareja de maestros, con un discurso que salió del amor filial, la admiración de los discentes y el orgullo de la amistad de tantos años.

Hasta el título del programa era simbólico, «Juntos contemplamos nuestra herencia», la de Paco y Mayte para casi todos los que no quisimos perdernos este homenaje de la mejor forma posible: escuchándoles de nuevo juntos, emocionándonos de principio a fin. El Mozart de su Andante con variaciones en sol mayor, KV 501, limpio, reposado, el sustento de Francisco Jaime y el brillo de Teresa Pérez, la compenetración vital que desemboca en la musical en otra lección de interpretación con poso.

De la Fantasía en fa menor, D 940 de Schubert decir que levantó lágrimas ante la profundidad y expresión demostrada en sus cuatro movimientos, magisterio de dos grandes del piano, literalidad en el aire indicado, expresividad “liederística” con la voz de Teresa y el contrapeso de Paco, el protagonismo compartido donde no sobra ni falta nada, la gestualidad al unísono, el mismo latir y sentir la magia del vienés a cuatro manos, connivencia de pentagramas y convivencias de muchos lustros juntos.

Tras el descanso llegarían tiempos de danzas, primero cuatro húngaras del hamburgués Brahms enterrado en la capital imperial con “V” de Viena, esta vez de Villaviciosa y también de Victoria, organizadas como solo los maestros saben (números 9, 19, 1 y 17) para darles una unidad nunca rota por un público rendido, emocionado y conocedor de todo el programa; después tres eslavas del checo Dvořák (la opus 72 nº 2 y las opus 46 números 6 y 8), un sinfonismo a cuatro manos y un sola alma, sincronismo perfecto con unos rubati al alcance sólo de los grandes, sonoridades rotundas y cristalinas con el equilibrio dinámico del pulso común.

El Dúo Wanderer nació con la vocación de profundizar y difundir el repertorio para piano a cuatro manos, y la conocida «Danza de Anitra» del Peer Gynt de Grieg fue un regalo en la transcripción que de nuevo convirtió el piano en una orquesta reducida con todos los matices y fraseos que Mayte y Paco ejecutan de forma única.

Y aún quedaba el cierre definitivo, de nuevo Dvořák y su Allegro con moto, sexto número de las Legends op. 59 que como en sus danzas eslavas o en el arreglo del noruego, trajeron la orquesta al piano, la música camerística para una conclusión luminosa en este concierto donde debo acabar con Don Antonio Machado:

“Caminante no hay camino
se hace camino al andar.
Al andar se hace camino
y al volver la vista atrás
se ve la senda que nunca
se ha de volver a pisar”.

El profesor Pantín finaliza una larga etapa mirando al frente para proseguir otra haciendo camino al tocar, y con su música seguirá iluminándonos teniendo todo el tiempo para ello.
Enhorabuena y gracias Maestro.

ANEXO:

Notas al Programa

Wolfgang Amadeus Mozart (1756-1791): Andante con variaciones en sol mayor, KV 501.
Entre la riqueza que el género variación conoció durante el período barroco y sus formas específicas- la Chacona, la Pasacaglia o el Ground inglés- que J. S. Bach llevó a máxima expresión con sus monumentales Variaciones Goldberg y el retorno a la magnificencia de la mano de Beethoven -que volvió a recuperar el esplendor de una forma de composición que a partir del romanticismo no cedió en su importancia- el primer clasicismo aparece como una isla en la evolución de una disciplina que tradicionalmente ha aportado a la música occidental muchos de sus momentos cumbres. Tan solo el Andante con variaciones en Fa menor de Haydn, de gran originalidad y poderoso desarrollo estructural, parece escaparse de esa cierta superficialidad en la que el estilo galante, amable y tendente a una brillantez virtuosística convencional, parecía haberse instalado. El genio mozartiano aportó al mundo de la variación numerosos ejemplos de su riqueza de escritura e intensidad expresiva sin llegar a alcanzar los niveles de transcendencia revelados en sus sonatas o en algunas de las obras aisladas para piano. Si hubiera que buscar una excepción, ésta sería, sin duda, las Variaciones KV 501, probablemente sus mejores variaciones compuestas para teclado que, partiendo de un tema original muy sencillo a modo de música popular alcanza cotas de intensa expresión en su cuarta variación en modo menor, cuya austeridad y desnudez parecen despojar la música de cualquier elemento accesorio para presentarla en toda su crudeza cromática y severo contrapunto. La escritura del resto de las variaciones presenta similar belleza y la sutileza articulatoria y ornamental, unida a un considerable vuelo instrumental en el que ambas partes actúan en igualdad de protagonismo, hacen de esta breve pieza una obra maestra.

Franz Schubert (1797-1828): Fantasía en fa menor, D. 940

La Fantasía en fa menor D. 940 es sin duda la obra de referencia en el repertorio de piano a cuatro manos y una de las obras cumbres de su autor, colocándose a la altura de las últimas sonatas para piano compuestas al igual que esta Fantasía en 1828, año de la muerte de Schubert y a su vez momento cumbre de su genialidad creativa. Al igual que ocurre con otras aportaciones schubertianas al género Fantasía– recordemos la Fantasía del Caminante o la Fantasía para violín y piano de 1826– presenta una concepción cíclica que incluye cuatro secciones a modo de movimientos encadenados en el orden de la sonata tradicional, pero sin sus condicionantes formales. El primer movimiento supone un retorno a la constante schubertiana del camino como metáfora de la vida a través de una melodía de belleza sublime con la que contrasta un tema dramático en la misma tonalidad inicial. Este motivo es tratado en forma de canon y se convertirá en el protagonista del fugato final de la obra. El segundo movimiento presenta un tema solemne en su dramatismo quasi barroco, subrayado por trinos y dobles puntillos, al que sirve de contraste una melodía cen- tral de carácter belcantista. El tercer movimiento está constituido por un Scherzo muy desarrollado, de dramatismo implacable y fuerte impulso vital que tan solo cede en el breve Trio central. La última sección presenta dos partes diferenciadas, comenzando por la reexposición del motivo inicial, seguida por una sección fugada a cuatro voces que utiliza como sujeto la segunda idea de la exposición, que se manifiesta en toda su crudeza dramática elevando la tensión al límite de lo paroxístico.

Johannes Brahms (1833-1897): Danzas Húngaras.

Brahms compuso sus 21 Danzas Húngaras en 1869 y 1880. No les asignó número de opus, quizás por no considerarlas piezas estrictamente originales y las estructuró en cuatro cuadernos. La composición se concibió estrictamente para piano a cuatro manos, si bien posteriormente Brahms arregló los dos primeros cuadernos para piano solo y orquestó las danzas no 1, 2 y 10, aunque el resto de las danzas fueron objeto de incontables versiones orquestales, algunas de la mano de A. Dvořák, que las tomó como modelo para sus propias Danzas Eslavas. Como ocurre con Liszt en sus conocidas Rapsodias Húngaras, no existen referencias al auténtico folklore húngaro- tan solo revelado bastante después en virtud de los estudios de Bartok y Kodaly- sino que las referencias temáticas se concretan en la música zíngara, muy popular en la Alemania de finales del siglo XIX. Todas estas danzas están escritas en compás de 2/4 y presentan la habitual alternancia entre movimientos lentos y rápidos, las imitaciones de instrumentos populares como el cimbalón y los violines gitanos, la permanente oposición entre la languidez y el desenfreno y una escritura instrumental plena de color, pasión y brillantez.

Antonín Dvořák (1841-1904): Danzas Eslavas.

Colección de 16 piezas compuestas entre 1878 y 1886 en dos bloques Al igual que las Danzas Húngaras de Brahms, en las que sin duda se inspiran, fueron escritas originalmente para piano a cuatro manos y orquestadas posteriormente a instancias de Fritz Simrok, su editor, popularizándose definitivamente en su versión orquestal. Al contrario que Brahms, Dvorák utiliza melodías propias, tomando del folklore solamente los ritmos de danza. Las danzas del Op. 46 utilizan tan solo ritmos del folklore checo mientras en las danzas de 1886, Dvorak emplea ya ritmos eslavos en general.

La danza Op.72 no 2 es una Dumka, danza moderadamente lenta, siempre en tonalidad menor, y carácter melancólico y soñador que se suele asociar tradicionalmente a las penas de amor. En este caso posee ritmo ternario y muestra un lirismo a flor de piel así como una pasión contenida que por momentos amenaza con desbordarse.

La danza Op.46 no 6 es una Sousedska, danza bohemia de carácter tranquilo y ondulante no exento de solemnidad que en este caso aporta más elegancia y refinamiento que ceremoniosidad, dentro de un entorno de contención que tal solo se desborda en su mismo final.

La danza Op.46 no 8 es un furiant checo, danza rápida y tempestuosa, escrita en compás de 3/4 con numerosas variaciones en su acentuación. Un ritmo de danza que alcanzó importante relevancia en la época biedermeyer y que el propio Schubert utilizó en el Impromptum D.935 no 4. En este caso estamos ante una de las danzas más sinfónicas y un verdadero fin de fiesta pleno de brillantez, colorismo y alegría.

Francisco Jaime Pantín

Matinal de schubertíada granadina

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Sábado 13 de julio, 12:30 horas. 73º Festival de Granada, Crucero del Hospital Real: Música de cámara | #Schubert esencial. Cosmos Quartet, Katja Maderer (soprano). Obras de Schubert y Sánchez-Verdú. Fotos propias y de ©Fermín Rodríguez.

Penúltima matinal con música de cámara dedicada a Schubert con el Cosmos Quartet y la soprano de Passau Katja Maderer en vez de la inicialmente prevista Katharina Konradi, con una primera parte muy interesante por los arreglos para cuarteto de cuerda de varios lieder de Schubert a cargo de  José María Sánchez-Verdú (1968) y Aribert Reimann (1936-2024) en una interpretación que contó con las traducciones de los poemas proyectadas en los sobretítulos.

El cuarteto catalán lleva diez años juntos y se nota por su complicidad, trabajo profundo de las obras, matices extremos y un sonido cohesionado donde todos saben sus dinámicas y encajan escrupulosamente lo escrito. Los arreglos de los lieder resultaron un plus para los originales, pues la tímbrica es idónea y por momentos, de no ser por los textos, casi podríamos hablar de música litúrgica, que en la voz de Katja Maderer en su lengua natal, engrandeció aún más unos poemas hermosos donde tanto Reimann como Sánchez-Verdú no solo respetan el original, lo miman y hacen crecer, siendo muy aplaudidos por un público variopinto.

Voz bien timbrada la de la soprano alemana, de emisión perfecta y una interpretación bien dramatizada por la expresión tanto musical como facial, bien arropada por «El Cosmos» en seis canciones de la que Luis Gago en su notas al programa tituladas «Canciones sin piano» las desgrana con estas palabras:

Para que la naturaleza te sirva de inspiración hay que embeberse de ella. Es imprescindible renunciar a las comodidades domésticas, echar a andar y detenerte a contemplar cuanto te rodea, una escena familiar en muchos de los cuadros de Caspar David Friedrich, tan recordado este año en el que se conmemora el 250º aniversario de su nacimiento. Los escritores románticos expresaron como pocos las virtudes y los sinsabores que lleva aparejados ese nomadismo constante, esa sensación de extrañamiento en todas partes que te impele a vagar sin rumbo con la sola compañía de arroyos, bosques, árboles, montañas, valles, nubes o, por supuesto, la luna, su más fiel compañera. Goethe presagió ese trasiego poético constante de aquellos Wanderer o errabundos que encontrarían en el caminante de Winterreise de Schubert a su máxima encarnación musical. Por eso no podía faltar en la trilogía de José María Sánchez-Verdú uno de los poemas mayores en lengua alemana: la segunda de las canciones nocturnas que escribió Goethe en cuanto Wanderer él mismo, ocho versos escritos el 6 de septiembre de 1780 en una modesta cabaña situada en la cima del Gickelhahn, la más alta de las colinas en torno a Ilmenau, que Goethe visitó por última vez pocos meses antes de su muerte, el 27 de agosto de 1831. La escribió en una de sus paredes de madera, como si quisiera que perviviera apegada a la naturaleza que la inspiró. El compositor andaluz completa su trilogía con el prodigio poético y musical de Gretchen am Spinnrade, en la que un Schubert adolescente se adentra en la mente perturbada de otra adolescente (la Margarita seducida por Fausto cuya mente gira vertiginosamente al compás de la rueca), y con An den Mond, un poema en el que Goethe defiende «apartarse del mundo» y «vagar en medio de la noche»: sólo así es posible ver con claridad y (re-)encontrarse uno mismo. La luna fue la mayor confidente de los errabundos románticos y es ella la que, desde su atalaya, nos muestra el camino. En sus arreglos para voz y cuarteto de cuerda, Sánchez-Verdú sigue la estela de Aribert Reimann, fallecido hace pocos meses, que practicó este mismo arte de manera pionera con Lieder no sólo de Schubert, sino también de Mendelssohn, Schumann, Liszt o Brahms.

 

En Mignon escuchamos tres canciones cantadas por el personaje homónimo de Wilhelm Meister, una novela formativa en cuyo libro segundo el protagonista encuentra a esta muchacha andrógina en una compañía de circo ambulante. Tan perfectos son sus versos que, al igual que los del Wandrers Nachtlied, atrajeron a todos los grandes liederistas del siglo XIX, Schumann y Wolf incluidos. Reimann, además de compositor, fue un excelente acompañante de cantantes (como Dietrich Fischer-Dieskau y Brigitte Fassbaender: ahí es nada), lo que convierte sus instrumentaciones en auténticos actos interpretativos (en el sentido también de hermenéuticos) del más alto nivel.

Me encantó el calado expresivo de los dos primeros poemas de Goethe pero sobremanera Margarita en la rueca donde el cuarteto de cuerda consigue ese efecto tan complicado en el piano original, demostrando el hondo conocimiento que el músico algecireño (de alma granadina) tiene de la formación, como he venido comprobando a lo largo de este Festival donde es compositor residente. Y del «modelo» a seguir que fue el recientemente fallecido Aribert Reimann, su Mignon nos dejó el feliz encuentro de la soprano alemana y el Cosmos Quartet con una fórmula que está llamada a triunfar en este mundo de la llamada música de cámara que sigue transportándonos a los salones de la Viena imperial.

La segunda parte, como también escribe Luis Gago, estuvo dedicada al Cuarteto «Rosamunde», disfrutando del espíritu schubertiano lleno de amarga alegría, de contradicciones y búsqueda de respuestas para este caminante al que la vida no le sonrió. Sobre su muerte o no por sífilis ya lo comenté a raíz de los encuentros con el doctor Rafael Ortega-Basagoiti, un poco más de luces y sombras para la biografía del malogrado Franz:

 

Para dar también voz en solitario al Cuarteto Cosmos, el concierto se cierra con una obra de Schubert coetánea de Die schöne Müllerin –otro ciclo de canciones protagonizado por un errabundo que acabará quitándose la vida– y del contagio de sífilis del compositor. El Cuarteto D 804 se abre como un Lied con dos compases de pura introducción figurativa que preparan la entrada de la melodía principal, confiada al primer violín, todo ello en un aura de privacidad y de reclusión que poco o nada tienen que ver con el modo en que solían iniciarse los cuartetos desde el Clasicismo. Esta introversión inicial se refuerza con la elección de una música propia –la escrita para el entreacto posterior al Acto III de Rosamunde– como motivo conductor del Andante en do mayor, otra melodía apacible en el característico ritmo dactílico del composito

De regalo sólo podía sonar Schubert con un excelente Scherzo (Prestissimo) del Cuarteto en mi bemol mayor, D 87 op. 125, presentado por Bernart Prat, para poner la alegría final y el buen humor bromístico (con esos rebuznos tan musicales) de esta matinal schubertíada granadina.

PROGRAMA:

 -I-

Franz Schubert (1797-1828) / José María Sánchez-Verdú (1968):

Wandrers Nachtlied, D 768 (Canción nocturna del caminante)

An den Mond, D 259 (A la luna)

Gretchen am Spinnrade, D 118 (Margarita en la rueca)

Textos de Johann Wolfgang von Goethe

(arreglos para soprano y cuarteto de cuerdas, 2024)*

* Estreno absoluto, encargo del Festival de Granada y la Schubertíada Vilabertrán

Franz Schubert / Aribert Reimann (1936-2024):

«Mignon» (transcr. 1995):

Nur wer die Sehnsucht kennt (Sólo quien conoce el anhelo)

Heiß mich nicht reden (No me hagas hablar)

So laßt mich scheinen (Dejadme hasta serlo parecer un ángel)

-II-

Franz Schubert:
Cuarteto nº 13 en la menor «Rosamunde», D 804 (1824)

Allegro ma non troppo / Andante / Menuetto. Allegretto – Trio / Allegro moderato

Cosmos Quartet:

Helena Satué, violín – Bernat Prat, violín – Lara Fernández, viola – Oriol Prat, violonchelo

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Katja Maderer, soprano

Noche 27ª de B y B

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Viernes 12 de julio,  22:00 horas. 73º Festival de Granada, Palacio de Carlos V, Conciertos de Palacio / #Bruckner200. Orquesta Sinfónica de Castilla y León (OSCyL), Elisabeth Leonskaja (piano), Vasily Petrenko (director). Obras de Beethoven y Bruckner. Fotos ©Fermín Rodríguez).

Par mi generación nos quedan pocas leyendas vivas, y la pianista georgiana Elisabeth Leonskaja (1945) es una de ellas. Su eterna juventud y magisterio volvió a escucharse en esta mi vigesimoséptima noche de Festival con su Concierto para piano nº 4 de Beethoven del que ya disfruté en Oviedo hace dos años precisamente con la JONDE y Pablo González, manteniendo el mismo espíritu este cuarto granadino volvió a demostrar que no importan las notas que puedan caerse o perderse sino el transfondo de una interpretación siempre personal, rica, única, madura, que con la OSCyL y Vasily Petrenko (1976) en el podio aún mejoró mis sensaciones.

Lu pianista arrancó este cuarto de Beethoven marcando las líneas maestras de toda esta primera parte, bien arropada y contestada por una orquesta equilibrada, bien en todas sus secciones y con un Petrenko buen concertador, aunque con «la Leonskaja» todo parece fluir de forma natural. Cada ¡cadencia es como una «microsonata» donde recrear los motivos siempre distintos por una luminosidad y presencia muy cuidada, posada y reposada, fraseos que no queremos finalicen ante la hondura expresiva. El Allegro moderato resultó un dechado de romanticismo aplaudido al finalizar; el Andante con moto equilibrando vigor y lirismo con una orquesta delicada siempre en el plano ideal para poder disfrutar del protagonismo pianístico, y sin respiro atacar el Rondo. Vivace que sonó fresco, vibrante, vigoroso en esta juventud eterna con poso, aires casi perdidos que mantienen la esencia de lo que llamo «la vieja escuela».

Aún mas prodigiosa la propina de un Debussy del preludio «Feux d’artifice», más allá del artificio verdadero fuego en un piano brillante, poderoso, enérgico y plenipotenciario del compositor francés en unos dedos ágiles con unas dinámicas sorprendentes.

La OSCyL engrosaría su plantilla para la «Romántica» de Bruckner, otro esencial en esta 73ª edición y los castellanos leoneses desplegaron todas sus armas con un «comandante» Vasily Petrenko dominador de esta Cuarta que nos recuerda la mejor música de cine del pasado siglo, inspiración o plagio de muchos nombres que no pudieron obviar la grandeza orquestal del compositor austriaco. Al menos, y tras el aviso por megafonía, no se aplaudió hasta el final y espero se mantenga esta «tradición» para no romper la unidad de una sinfonía que merece ser escuchada con devoción.

Cada sección de la orquesta pudo lucirse tanto a nivel global como en sus solistas, que en esta sinfonía los metales son «orgánicos» y con presencia siempre en el punto exacto marcado por la mano izquierda de Petrenko, bien contestados por la madera (momentos solistas de flauta y clarinete de talla), timbales mandando siempre exigidos desde el podio, junto a una cuerda tersa y delicada, compacta desde unos graves precisos con chelos y violas «permutados» para conseguir un buen balance tímbrico y dinámico.

Si el «Preludio» del Festival lo viví en Oviedo con la Quinta, escuchamos la Séptima hace apenas un mes y cerraremos el domingo con la Novena, en esta antepenúltima noche la Cuarta con Petrenko y la OSCyL fue otro buen homenaje del bicentenario del nacimiento de Don Anton, un «imprescincible» para entender a sus contemporáneos y admiradores que siguen teniéndole como inspiración y referente. Esta vigesimoséptima noche con Beethoven y Bruckner, B y B en un concierto emitido en vivo por Radio Clásica (supongo mantengan el podcast para volver a disfrutarlo) como la grabación del canal Mezzo© que sigue fielmente el festival granadino la pongo en el lado positivo de la balanza.

Por último dejo las notas al programa de mi admirado musicógrafo Luis Suñén al que siempre es un placer leer, pues nunca dejamos de aprender.

 

«Gran repertorio, repertorio eterno»

«Si algo define la condición de clásica en una obra de arte es la relectura siempre distinta que explica su permanencia a través del tiempo. La personalidad de los protagonistas del programa de hoy hace pensar que ello volverá a cumplirse en esta noche granadina.

Casi dos años y medio –de principios de 1804 a mediados de 1806– le llevó a Beethoven componer su Concierto para piano nº 4 y dos años más verlo impreso, en agosto de 1808, en Viena. Se estrenaría en el Theater an der Wien en diciembre de ese mismo año, con el autor como solista y director, en una sesión que hoy calificaríamos de imposible, pues incluía, además, las sinfonías Quinta y Sexta, el aria Ah perfido!, el Gloria, el Sanctus y el Benedictus de la Misa en do mayor, una improvisación al piano y la Fantasía coral, op. 80. Si atendemos al testimonio de su discípulo Carl Czerny, Beethoven añadió a su Concierto muchas notas que no figuraban en la partitura editada, lo que hace pensar en lo mucho que esa música le motivaba, en cómo se crecía al considerar lo que esta pudiera tener de sorprendente.

Esa sorpresa se produce de un modo muy especial en el arranque de la pieza, en la entrada del piano en solitario –que no es una introducción al uso sino el enunciado del tema principal, con lo que ello tiene de ahorro retórico posterior–, con esos acordes marcados dolce pero también suavemente inquietantes a los que responde con delicadeza un acompañamiento que no acude a la confrontación sino al diálogo. El movimiento es un dechado de elegancia dramática. Quiere decirse que la historia no se desborda a pesar de las iniciales y vehementes respuestas de la orquesta a la propuesta de un piano que llega a la cadenza con la batalla ganada. El Andante con moto es tan breve como intenso, tan sencillo como hondo, con el recurso dramático, de nuevo, de una cadenza que pareciera azuzarlo un poco. Por su parte, el Vivace final, con su obligada cadenza otra vez, es la plena afirmación de una alegría sin disimulo.

Anton Bruckner escribe la primera versión de su Cuarta sinfonía en 1874. Entre 1877 y 1878 la revisa sustancialmente, componiendo un nuevo Scherzo y reescribiendo el Finale al que llama Volkfest – Fiesta popular. En 1880 compone, con muy buen criterio, un Finale diferente y queda así rematada la versión que, tras las ediciones de Robert Haas en 1936 y 1944 y Leopold Nowak en 1953, es la que se interpreta con mayor frecuencia y la que escucharemos esta noche: la Fassung 1878 mit dem Finale von 1880. El 20 de febrero de 1881 la composición es estrenada, con gran éxito, bajo la dirección de Hans Richter. A partir de ahí llegan los intentos de publicación que no se cumplen hasta 1889 en una edición llena de modificaciones realizadas por Ferdinand Löwe a las que el propio Bruckner accedería ante la ocasión de ver, al fin, su obra impresa.

Lo mejor que podemos hacer con el programa “literario” que Bruckner esbozó para su Cuarta Sinfonía –llamada por él mismo “Romántica” como homenaje al Wagner de Lohengrin— es escapar de él, no tener en cuenta que el primer movimiento representa a unos caballeros medievales, el segundo una escena de amor rústica, el tercero una cacería y el cuarto quizá esa fiesta de que hablábamos. Todo eso lo dijo Bruckner porque no tuvo más remedio, para que lo dejaran en paz, a él, que tan débilmente se oponía a la manipulación de su obra. Acerquémonos, mejor, a esta Cuarta como a la gran música pura que es. Su comienzo es para Robert Simpson el más grande desde Beethoven, con su célula germinal a cargo de la trompa y su desarrollo se diría que gigantesco. El Adagio remite en su inicio por los violonchelos al de la sinfonía y presenta un esquema ABA/ABA. En el Scherzo, sorprende la magistral alternancia en la amplia exposición del tema principal entre metales, maderas y cuerdas, mientras el trío posee una suave rusticidad que recuerda al San Antonio de Padua de Des Knaben Wunderhorn de Mahler. El Finale es, una vez más en Bruckner, una suerte de construcción simétrica respecto al primer movimiento, de una grandeza inefable a través de la definitiva entronización del motivo de apertura de la sinfonía».

PROGRAMA

-I-

Ludwig van Beethoven (1770-1827)

Concierto piano y orquesta nº 4 en sol mayor, op. 58 (1805-06):

Allegro moderato

Andante con moto

Rondo. Vivace

-II-

Anton Bruckner (1770-1827)

Sinfonía nº 4 en mi bemol mayor, WAB 104 «Romántica» (1877-80. Ed. Leopold Nowak/Robert Haas)

Bewegt, nicht zu schnell

Andante, quasi Allegretto

Scherzo. Bewegt – Trio: nicht zu schnell

Finale. Bewegt, doch nicht zu schnell

Templando pasiones

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Miércoles 10 de julio, 21:30 horas. 73º Festival de Granada, Patio de los Mármoles (Hospital Real) / Música de cámara | #Schubert esencial: Edith Peña (piano) y Alexei Volodin (piano). Obras de Schubert. Fotos propias y de ©Fermín Rodríguez.

Hay mucha literatura para piano a cuatro manos pero también para dos pianos, y a lo largo de los años he comprobado lo importante que son los lazos afectivos, básicamente hermanos o hermanas pero también parejas, algo que podemos extrapolarlo a dúos de instrumentistas. Compartir vida y profesión puede hacerse difícil y desconozco el proceso de la convivencia diaria, pero tengo claro que ayuda a poder interpretar la música con un mismo latido además de conseguir acuerdos para llegar a entender las obras en la misma dirección y con el mismo sentido que inicialmente puede ser incluso antagónico.

A Schubert en esta edición se le han dedicado varios conciertos como «esencial» y más teniendo a Viena como referente en Granada, y en el caso de su obra a cuatro manos tengo buenos recuerdos con el Dúo Wanderer de mis queridos Mª Teresa Pérez y Francisco Jaime Pantín, por lo que no pude resistir volver a pensar en ellos en esta vigésimo quinta noche  y piano con Edith Peña y Alexei Volodin, pareja sentimental y artística residente en España aunque con actividad o carrera también en solitario son como dos continentes en el mundo del piano: la venezolana pura pasión y el ruso templando ánimos, por lo que ese carácter también se reflejaría en su interpretación. Además la colocación de ambos suele ser Volodin en los graves y pedal mientras Peña lleva los agudos, supongo que la misma dualidad y fisiología vocal. Precisamente esta mañana escuchaba en los «Encuentros con…» al maestro Sir András Schiff comentando lo importante que es «respirar la música» no solo acompañando a cantantes, los instrumentistas de viento también pero a pianistas o violinistas decía que se les olvidaba. Y quedó claro que Peña-Volodin respiran y palpitan juntos.

El concierto comenzaba con la Fantasía para piano a cuatro manos en fa menor, D 940, op. 103, de la que Ana García Urcola en las notas al programa tituladas «Diálogos cómplices en el piano de Schubert» la explica muy bien: «Desde su adolescencia, Schubert consideró que el piano a cuatro manos simbolizaba un diálogo afectivo, un universo de emociones compartidas. Quizá por esta razón escogió este formato para dedicar una nueva partitura a su alumna y amor imposible, Karoline Esterházy. La Fantasía D 940, concebida como una estructura única en cuatro secciones, se abre con un Allegro molto moderato cuyos temas contrastantes dan el tono general: un primer motivo melancólico e inquieto sobre un ritmo punteado y un segundo tema más árido en staccato de intenso dramatismo. Un Largo con motivos de evocación barroca de equívoca solemnidad, al que antecede el Allegro vivace a modo de scherzo en el que las voces dialogan constantemente. Por último, el retorno al Allegro vivace, que incluye una fuga sobre un nuevo sujeto antes de desembocar en la coda». Peña y Volodin tuvieron un difuso equilibrio tanto en la intención como en el fondo, aunque evidentemente hubo el necesario diálogo y emociones compartidas, algo que además el sonido del piano Yamaha© parece destacar más en unos graves poderosos pero con agudos siempre más brillantes, contraste de tesituras vocales y también instrumentales. El hermoso tema, como siempre en Schubert, llevaría todo «el canto» Edith con Alexei respirando con y junto a ella.

Los cuatro Impromptus para piano solo, D 899, op. 90 se alternaron en solitario ruso y venezolana, constatando nuevamente el carácter diametralmente opuesto de ambos pianistas, el aplomo de Alexei y la premura de Edith, con el Allegro forzando una velocidad que la hizo confundirse e incluso perderse pero manteniendo la pulsación y otro tanto en el inicio del Allegretto, de tempo más ajustado pero haciendo más notorio su ímpetu e imperfecciones técnicas que «arregló» en la repetición. El contraste de pasión y temple que siempre se agradece, pasión caribeña y templanza rusa bien separadas hasta en la elección del orden interpretativo, y de los cuatro Impromptus vuelvo a citar a Ana García Urcola: «Los Impromptus D 899 evidencian una vez más la inventiva infinita de Schubert. El primero arranca como una marcha fúnebre para convertirse en un lied fantasioso, en el que ilumina un tema utilizando recursos armónicos o rítmicos de todo tipo, como esas notas pedales repetidas obsesivamente. El segundo, con forma de scherzo, se apoya en un ritmo constante que busca anclar a esa mano derecha de revoloteo alegre. El episodio central contrastante asemeja a una danza entre pomposa y doliente. En el tercero, casi un nocturno, se instala un clima de beatitud gracias a un acompañamiento uniforme, que sólo se verá parcialmente roto por un tema inquietante en el bajo. Y se cierra el conjunto con un episodio también en forma de scherzo, pero de carácter nostálgico esta vez, en el que cataratas de semicorcheas descienden sobre el bajo, que de pronto tomará el protagonismo con un hermoso tema. El tormentoso periodo central, vertical, rítmico y doliente se resolverá en una vuelta a la primera sección».

Tras una pausa en la primera noche calurosa de todo el festival, volverían las cuatro manos en la misma posición inicial para una segunda parte más intensa: «El Allegro D 947 fue bautizado como Lebensstürme (Tormentas de la vida) por Diabelli cuando lo publicó póstumamente en 1840. Esto indica que probablemente nada tenía que ver con las intenciones de Schubert. Consta de un único movimiento de resonancias completamente orquestales y cuyo vigor rítmico delata un enorme impulso vital. Un tema en dos partes –una de carácter heroico y otra más lírica– vivirá mil y una transformaciones a través de un largo desarrollo como sólo Schubert dominaba», con toda la fuerza y vigor de cuatro manos en el piano, fortes bien contrastada con pianos en verdaderos pasajes sutiles por parte del dúo, nuevamente con los caracteres de uno y otra que están en la propia obra, lírico y heróico felizmente unidos en esta página tan schubertiana y real como la vida misma.

Finalmente para el Divertissement à la hongroise permutaron los intérpretes permutaron posiciones y puedo asegurar que resultó realmente un divertimento hasta en el semblante de ambos, con miradas cómplices disfrutando cada uno de los cuatro movimientos y reflejando el propio momento feliz de Schubert como explica Ana García Urcola: «El Divertissement à la hongroise es producto del feliz verano de 1824 en el país magiar junto a los Esterházy como profesor y componiendo multitud de obras para practicar junto a Karoline. Si bien parece que un tema fue copiado por Schubert tras escuchárselo a una sirvienta en la cocina, el resto de la inspiración húngara provendría de pequeños motivos recogidos durante su estancia y por supuesto, también de su fértil imaginación. De nuevo encontramos una estructura bitemática con un motivo melancólico y otro ligero y feliz tratados con absoluta libertad formal en el Andante, mientras que el Andante con moto es una marcha de evocación popular que va incrementando su fuerza. El tema del Allegretto final es la citada melodía húngara, que funciona a modo de estribillo entre secciones».

En el Andante hubo hasta coordinación corporal, gestual en un caminar «de las manos», con la Marcia: Andante con moto aún fue más evidente el aire de danza con la venezolana marcando bien el paso y el ruso «emulando» los movimientos, auténtica marcha zíngara que tanta música de salón y sinfónica ha inspirado, para finalmente en el Allegretto casi recapitular con Peña pisando fuerte mientras Volodin nos dejaba unas escalas limpias y claras, con los cambios de tempi bien encajados por la pareja, consensuados y vividos con la intensidad necesaria.

Tras hora y media abundante aún quedaban fuerzas para un primer regalo retornando a sus posiciones iniciales, el popular Ave María en un arreglo a 4 manos cruzadas donde la melodía estuvo en la mano derecha del ruso mientras la venezolana ejercería de «arpista» en los agudos del Yamaha©, respiraciones sincronizadas y un fraseo de lo más vocal y sentido.

Estando en Granada no podían olvidarse de un Falla a cuatro manos de quien regalaron una excelente versión por sonoridad, poderío, ritmo y entrega de la famosa danza nº1 de La vida breve. En un concierto del esencial Schubert, nuestro universal Don Manuel puso el equilibrio de caracteres pianísticos.

PROGRAMA

Música para piano a dos y cuatro manos

Franz Schubert (1797-1828)

-I-

Fantasía para piano a cuatro manos en fa menor, D 940, op. 103 (1828):

Allegro molto moderato – Largo – Allegro vivace – Tempo I

Cuatro Impromptus para piano solo, D 899, op. 90 (1827):

Allegro molto moderato – Allegro – Andante mosso – Allegretto

-II-

Allegro en la menor a cuatro manos «Lebenstürme», D 947, op. 144 (1828)

Divertissement à la hongroise, a cuatro manos, D 818 (1824):

Andante – Marcia: Andante con moto – Allegretto

Atlas del piano

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Lunes 8 de julio, 22:30 horas. 73º Festival de Granada, Patio de los Arrayanes | Grandes intérpretes:
Alexandre Kantorow (piano). Obras de Bartók, Liszt y Rajmáninov. Fotos de ©Fermín Rodríguez.

En la mitología griega Atlas, el portador, era un titán de segunda generación al que Zeus condenó a cargar sobre sus hombros la bóveda celeste, pero también describe un libro o colección de mapas. Y en cualquiera de las dos acepciones, el pianista francés Alexandre Kantorow (Clermont-Ferrand, 1997) mostró una colección musical que además soportó sobre sí un peso enorme en un recital sin pausas donde hubo momentos mágicos que parece sólo se dan en La Alhambra y aún más en este patio de Comares donde hasta la alberca proyectaba unas imágenes casi sincronizadas con el piano.

Hace casi dos años tuve la oportunidad de escucharle en Oviedo abrir las Jornadas de Piano «Luis G. Iberni» de la temporada 2022-23 y además escribir tanto la reseña rápida como la crítica posterior para La Nueva España, donde los títulos que ya dan una idea del impacto que me causó este joven virtuoso: El peregrino Kantorow y Kantorow, fuego en el camino, subtitulada por el diario asturiano «Liszt reencarnado», madurez y hondura desde un virtuosismo puesto al servicio de unas páginas al alcance de pocos intérpretes en un solo recital. Para su debut en esta edición del festival granadino en mi vigesimotercera noche no se guardó nada al elegir Bartók, Liszt y Rachmaninov, en el atlas geográfico de Hungría con los dos primeros para pasar página y ofrecernos un mapa mundi del ruso emigrado a los EEUU, pero también ese titán que soporta sobre sus hombros el globo terráqueo o este Atlas pianístico.

Tomando parte de las notas al programa de mi admirado Arturo Reverter que además titula «Pianismo revelador» Kantorow comenzaría con la «Rapsodia, Sz, 26 op. 1 de Béla Bartók, obra primeriza (1904), pero reveladora de un talento extraordinario; el de un músico especialmente conectado con su entorno y sus raíces populares, capaz de desplegar una poética especialmente integradora de todo ello con las más modernas experiencias de la música del siglo XX. La obra, de algo más de 20 minutos de duración se extiende a lo largo de dos partes bien diferenciadas. Comienza exponiendo una melodía no estrófica, Mesto, Adagio, piano, dolce, re menor, y se traslada más tarde, pausadamente, a un Presto, aunque concluye de nuevo lentamente, en re mayor. La forma básica, nos dice Heinrich Lindlar, es la de unas czardas. En 1905 el compositor realizó una transcripción para piano y orquesta, que lleva el mismo número de opus». Una sublimación del folklore magiar llena de fuerza, pasión, magia, contrastada desde unas dinámicas extremas y unos cambios de ritmo casi inalcanzables sin perder nunca la esencia de esas danzas que todas las rapsodias tienen desde la libertad creativa (sirvan de ejemplo las de Liszt -que vendría después- o Brahms) y la libertad interpretativa, pues Kantorow exprimió el sonido del Steinway© hasta los límites, con unos silencios abrumadores.

Y ese intrigante silencio llegó sin pausa tras el Bartók que sublima su folclore al Liszt «peregrino de la noche» que entendería su tierra desde una técnica a su medida, aunque ambos son verdaderos «vengadores de pianistas» si se me permite la expresión. Esta conexión danzable entre ambos compositores que también fueron virtuosos del piano, especialmente «el Abate», dieron unidad a esta primera parte, primero con la Chasse Neige, el duodécimo de los llamados «Estudios de ejecución trascendental». El título de esta colección indica que no solo hay que tocar todo lo escrito sino ir más allá de las notas, trascender, y «el Liszt de Kantorow» provocó una catarsis a la que se sumaban los propios reflejos del agua en la arcada donde se sitúan los músicos en los Arrayanes, desde el Andante con moto con unos trinos que parecieron callar todo sonido externo al piano del francés, ni aviones ni perros, ni siquiera toses, una respetuosa escucha para creer lo que Don Arturo escribe de  «sugerir un cielo pesado y macilento y los poderosos cromatismos evocan auténticos remolinos de nieve que oscurecen y difuminan poco a poco el paisaje», el Liszt profundo, soñador, virtuoso, viajero y pintor de las imágenes que Kantorow plasmó.

Manteniendo esa «montaña húngara» de emoción, pasión, entrega, madurez interpretativa de alto rango  del siempre exigente Franz Liszt, Suiza sería el nuevo paisaje perteneciente a los tres libros titulados Años de Peregrinaje, con El valle de Obermann, la gran página del primer cuaderno. Si las dificultades técnicas son asombrosas (escalas, acordes, octavas, y toda la combinación de figuración), sumemos los extremos en matices (fff o ppp) como la vida del propio compositor, «virtuosismo de buena ley» que dice Reverter, conjugando ese volcán con momentos líricos de plena intensidad por parte de Kantorow. Parafraseando la canción de Manuel Alejandro «Que no se rompa la noche» pero sí el silencio contenido tras 40 minutos sin descanso para el intérprete francés.

No hubo pausa, supongo que tan solo un trago de agua y abrir el mapamundi que decía al principio con este titán llamado Alexandre Kantorov arrancando otro «tour de force», esfuerzo físico y anímico que exige Rajmáninov, «el gran ejemplo de compositor tardorromántico heredero a su modo de las grandes líneas y presupuestos establecidos por Chopin, Schumann o, justamente, Liszt, ahormados a unas técnicas y procedimientos no exentos de originalidad». Toda la producción pianística del ruso es magnética para intérpretes y público, y más allá de la forma «sonata» que parece trascender la de periodos anteriores, es un derroche de técnica y armonías rompedoras en su momento. La Sonata nº 1 (contemporánea de la monumental Sinfonía nº 2) tiene tres movimientos donde las melodías tan representativas del ruso están como escondidas en un mar de notas. El Allegro moderato juega con dos temas contrastados en carácter que en la interpretación del francés resultaron inquietantes, tenebrosas pero con la misma luz proyectada desde la alberca central, un desarrollo complejo antes del «sencillo y desolado Lento, que trabaja un tema de muy bella factura melódica. Y lo más flojo se presenta en el Allegro molto, de recorrido bastante desordenado, algo nada raro en el autor». Más que flojo como lo califica mi  querido Arturo, yo lo sentí sereno tras la inquietud inicial antes del impactante, orquestalmente explosivo en las 88 teclas sin perder ese aire de tormento que subyace en esta sonata antes del brillo del cierre con las melodías iniciales soltando el peso llevado a lo largo de un concierto tan intenso como las obras elegidas.

No se hizo de rogar Kantorow y como hechizado por «Los gnomos de La Alhambra», de nuevo el agua y sus juegos de Ravel, sutileza, magia, evanescencia pianística tras tanta tensión acumulada, un verdadero Spa para todos, que aún trajo un segundo regalo también francés, bellísimo, el Saint-Säens de su ópera Sansón y Dalila con el aria «Mon cœur s’ouvre à ta voix» en un arreglo cantado al piano (del que  desconozco la versión) pues así lo sentí escuchando a la mezzo susurrarnos cual Sansones «Mi corazón se abre a tu voz», etéreo, como flotando en esta medianoche acuática para relajar tanta tensión, brillante sonido, fraseo humano, deteniendo el tiempo por momentos para que Alexandre (no) nos revelase el secreto de su fuerza de titán.

PROGRAMA:

Béla Bartók (1881-1945):

Rapsodia, Sz. 26, op. 1 (1904)

Franz Liszt (1811-1886):

Estudio de ejecución trascendental nº 12, «Chasse Neige» (1851)

Vallée d’Obermann, S.160/6 (de Années de pèlerinage, Premier année «Suisse», 1848-55)

Serguéi Rajmáninov (1873-1943):

Sonata nº 1 en re menor, op. 28 (1907):

Allegro moderato – Lento – Allegro molto

Música sin palabras al fortepiano

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Sábado 6 de julio, 12:30 horas. 73º Festival de Granada, Monasterio de San Jerónimo / Cantar y tañer | #Tríptico Haydn. Yago Mahúgo, fortepiano. Las siete últimas palabras de Cristo en la cruz (1787), de Haydn. Fotos de ©Javier Martín Ruiz.

Hacía catorce días que en este mismo monasterio escuchábamos al Cuarteto Quiroga Las siete últimas palabras de Cristo en la cruz, y que en la sesión matinal de mi vigésimo primer día de festival sería al fortepiano de Yago Mahúgo (Madrid, 1976). El propio intérprete las presentaría antes de comenzar, describiendo algunas de las palabras y su plasmación musical pero también del simbolismo del número 7 o del 3.

Antes de nada hay que aplaudir al madrileño Yago Mahúgo y traer su «piano de época», con esta versión para teclado que se ha conservado de la obra, concebida originalmente para un amplio contingente orquestal. Estos arreglos, pactados por Haydn con su editor Artaria, estaban pensados para facilitar la difusión de la música en los ambientes domésticos y de aficionados de todo el continente. Nada se sabe el nombre del arreglista que hizo la versión para teclado, aunque sí que el compositor le dio el visto bueno antes de su publicación. Se conservan copias y reelaboraciones de finales del XVIII en numerosos archivos y palacios así como en conventos femeninos como los de San Pedro de las Dueñas (León), Santa Ana (Ávila) o Las Claras (Sevilla), y la copia utilizada por Mahúgo procede de la Catedral de Salamanca, adonde pudo llegar tras una petición a la Duquesa de Osuna. En una entrevista con Pablo J. Vayón para El Diario de Sevilla, el propio intérprete no sabía si cogió la edición pianística de Artaria o hizo él mismo el arreglo a partir del cuarteto, ciñéndose a la edición del manuscrito salmantino y no la original de Artaria.

En el programa de mano (no disponible en la web del Festival), el doctor Bernardo García-Bernalt (Salamanca, 1960) además de la detallada información sobre la obra, aclara que « (…) este manuscrito introduce algunas modificaciones respecto a la edición de 1787: prácticamente carece de indicaciones dinámicas, se cambian algunos ornamentos, se aligera la textura de algunos pasajes que son especialmente densos en la  edición vienesa o se eliminan algunas octavas (posiblemente para adaptar la obra a la extensión de los teclados disponibles».

El instrumento (Keith Hill, sobre un Anton Walter, 1796) que utiliza el músico madrileño, tiene un sonido de amplias dinámicas, ayudado por la reverberación monacal que nos permitió escuchar desde unos pianissimi delicados hasta fortissimi rotundos, de ahí el nombre de este cordófono con cuerdas golpeadas, pero con las dos palancas manuales (una corda y otra que levanta todos los apagadores, los futuros pedales del piano moderno) no siempre estuvieron acertados. Cierto es que son incómodas de manejar con las rodillas obligando a tener una pequeña tarima para elevar los pies, pero la gama de matices fue excelente así como la elección de los mismos, pues como apuntaba el catedrático salmantino no figuran en el manuscrito utilizado por Mahúgo.

L’introduzione abría paso a las siete sonatas sin apenas espacio entre ellas, solo el necesario para acomodar en el atril las páginas, incluso con algún problema al pasarlas que detuvo la interpretación. En general estuvo impreciso, «pellizcando» notas y una afinación mejorable, incluso hubo de detenerse para ajustar una de las cuerdas. El trabajo con la obra se nota por el esmero en diferenciar cada sonata a nivel agógico (matices y velocidades), y hay una lectura profunda de la obra (que además tiene grabada) que interpretó por vez primera en 2016 en Salamanca, pero esta mañana en San Jerónimo tuvo momentos que sonaron «chapuceros» y pasajes imprecisos, con Il terremoto verdaderamente literal, dudando si buscado o fruto del directo.

Aún nos queda otra versión de Las siete últimas palabras de Cristo en la cruz para el domingo 14 de julio a cargo de la Academia Barroca del Festival de Granada bajo la dirección del asturiano Aarón Zapico, que además estrenará los «SHEBA (Siete estudios para orquesta histórica sobre Die sieben letzten Worte unseres Erlösers am Kreuze de J. Haydn)» escritos en 2018 por el residente Sánchez-Verdú, que sin entrar en comparaciones, de momento me quedaré con el cuarteto de cuerda.

PROGRAMA

Joseph Haydn (1732-1809):

Die sieben letzten Worte unseres Erlösers am Kreuze, HOB.XX:2

(Las siete últimas palabras de Cristo en la cruz, 1787):

L´introduzione

Sonata I «Pater, dimitte illis, quia nesciunt, quid faciunt»

Sonata II «Hodie mecum eris in Paradiso»

Sonata III «Mulier ecce filius tuus»

Sonata IV «Deus meus, Deus meus, utquid dereliquisti me»

Sonata V «Sitio»

Sonata VI «Consummatum est»

Sonata VII «In manus tuas Domine, commendo spiritum meum»

Il terremoto

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