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Mieres celebra la semana internacional de la voz

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Martes 14 de marzo, 20:00 horas. Auditorio «Teodoro Cuesta», Casa de la Cultura, Mieres. Semana Internacional de la voz, «España, fuente de inspiración»: Elisabeth Expósito (soprano) y Omar Navarro (piano). Obras de Á. Émbil, O. Navarro, E. Granados, W. A. Mozart, G. Bizet y G. Rossini. Entrada: 5 €.

Aunque el día mundial de la voz se celebra el 16 de abril, todo los días debemos concienciarnos de su cuidado porque es nuestra principal herramienta de comunicación, y no digo para los muchos profesionales de ella (profesores, locutores, actores, cantantes…), por lo que no es baladí celebrar una semana de la voz en Mieres que esperemos tenga continuidad cada año, buscando todos los aspectos relacionados con un instrumento que cuando se hace musical para a convertirse en arte.
Las fechas para este 2017 coincidían con el periodo vacacional de la Semana Santa, por lo que encontrar huecos en el auditorio mierense se hacía difícil, así que serán estos días donde podamos disfrutar de varios conciertos, como así nos los presentó Elena Pérez-Herrero, una mierense de pro, cantante, profesora y coordinadora de esta semana que desde Haragei, con sede en Oviedo pero extendiéndose por toda España, continúa formando a generaciones de cantantes.

Este primer concierto nos trajo a Elisabeth Expósito y Omar Navarro que prepararon un programa titulado «España, fuente de inspiración» que daría para muchísima música, por lo que la elección se adecuó al repertorio donde no faltaron páginas líricas ni guiños a nuestra tierra, presentando cada obra dándole también ese aspecto didáctico que siempre se agradece.

Anxelinos es una añada o canción de cuna asturiana compuesta por Ángel Émbil Ecenarro (1897-1980), un guipuzcoano de Zumaia afincado en Asturias desde los diez años y asentado en Pola de Siero, quien además de crear escuela y dejarnos obras vocales para distintas formaciones, supo captar nuestro folklore como pocos, dejándonos esta delicia coral en su versión para soprano y piano.

Un placer escuchar obras nuevas, contemporáneas, más en las manos del propio compositor, Omar Navarro (Oviedo, 1983), quien además estrenaba en la versión con acompañamiento de piano Ya toda me entregué y dí,  con texto de Santa Teresa de Jesús que Navarro convierte en un lied donde la voz de Elisabeth y el piano se complementan engrandeciendo desde la música las palabras de la Santa de Ávila.

Granados sigue de celebración porque su música es atemporal, y de sus Goyescas escuchamos el Intermezzo por Omar Navarro, haciéndonos recordar desde el piano la riqueza que en versión orquestal atesora esta joya, y con Elisabeth Expósito La maja y el ruiseñor, también llamadas quejas, casi continuación de las llamadas canciones de salón que tan de moda estuvieron a finales del siglo XIX, nuevo diálogo más que acompañamiento entre soprano y piano para una voz que gana quilates con el tiempo, fraseando estas páginas del catalán, completando este homenaje con la conocida Andaluza, la Danza nº 5.

El bloque final lo pondría la ópera con Sevilla siempre protagonista, desde Mozart con Don Giovanni y las arias «Vedrai, carino, se sei buonino» o «Batti, batti, o bel Masetto» con ingenuidad equívoca, o Las bodas de Fígaro y el «Venite, inginocchiatevi«, recreaciones escénicas de una Expósito que siempre ha elegido bien su repertorio, hasta la famosa «Una voce poco fa» de El Barbero de Sevilla (Rossini) con endiabladas agilidades y mucho sentimiento, sin dejar constancia de la barbaridad que suponen las reducciones orquestales para piano. No podía faltar tratándose de Sevilla la Carmen (Bizet) entre los genios de Salzburgo y Pésaro, con la versión para piano solo de Leopold Godowsky, un verdadero virtuoso para «recrear» los números de Escamillo («Toreador») y Don José («La fleur que tu m’avais jetée»), casi cantadas mentalmente en un ejercicio de vocalización interior tan importante para el estudio.
Recomiendo a quienes puedan acercarse estos días a esta celebración donde la voz tiene Música, con mayúsculas y sin etiquetas, distintos estilos y épocas para disfrutar como en casa.

Planeta Sokolov

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Martes 14 de febrero, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo: Jornadas de Piano «Luis G. Iberni». Grigory Sokolov, piano. Obras de Mozart y Beethoven. Notas al programa de F. Jaime Pantín.

Cada concierto de Sokolov en Oviedo, y van muchos, como en Madrid (20 años de presencia frente a los 25 de estas Jornadas) o en el resto del mundo, es único, irrepetible, con liturgia propia como la luz tenue unido al movimiento de la caja escénica para acercarnos la presencia total, su salida apurada hacia el piano que se convierte en el verdadero protagonista, y arrancar sin más demora ni necesidad de concentración. No importa la tormenta de toses (ya es otra plaga similar a la de los móviles) entre movimientos porque este 14 de febrero era «San Sokolov» y teníamos claro que en el programa habría tres partes: Mozart, Beethoven y «la fiesta». Recordando a Pérez de Arteaga en sus comentarios durante los Conciertos de Año Nuevo antes del esperado Danubio, todos los seguidores del pianista ruso, desde Guinea Papúa hasta Vladivostok, de Ushuaia a Gilleleje o de Pernambuco hasta Pénjamo saben que el concierto no finaliza donde indica el programa. Tras casi tres horas, rondando las once de la noche y «obligándome a posponer» esta entrada (y dejarme muchas cosas en el tintero por la necesidad de dormir y madrugar), con seis propinas que resultaron como siempre otro recital extra donde pasar revista, una vez «despachado» lo previsto, a tantos otros compositores con los que Don Gregorio se deleita con igual placer y magisterio: Schumann, Chopin, Schubert, RameauDebussy.

Con Grigory Lipmanovich Sokolov (San Petersburgo, 18 de abril de 1950) no hay rankings, es único, diría que de otro planeta e incluso galáctico aunque este término tenga hoy en día connotación futbolística. No es el mejor sino directamente Sokolov, y nunca defrauda. Las obras elegidas no pudieron estar mejor comentadas que por un intérprete y docente del piano, que dejo arriba enlazadas, porque en manos del ruso tienen todo el sentido del mundo. Del «sonido Sokolov» habría para una tesis doctoral porque tampoco es de este mundo y su presentación en el programa de mano lo describe mejor que nadie: «La naturaleza única de la música modelada en el instante presente es fundamental para comprender toda la belleza expresiva y la honestidad del arte de Grigory Sokolov. Las interpretaciones poéticas del pianista ruso, que cobran vida con intensidad mística, surgen de un profundo conocimiento de las obras en su vasto repertorio». Parece humanamente imposible que alcance distinto timbre en cada mano, en notas sueltas, el ambiente que flota con el pedal derecho pisado donde se perciben todas con la presencia precisa y preciosa. No es su técnica estratosférica sino magia capaz de transportarnos a la música primigenia. La primera parte comenzaba con la llamada «sonata semplice» que todos los pianistas hemos machacado pero solamente Sokolov hace sonar verdaderamente «fácil» por luminosa, genialmente infantil y además (re)interpretando «la doble barra con los dos puntos» porque nunca es repetición sino el doble de arte sonoro. Las ornamentaciones, apoyaturas, los trinos ornitológicos además de antológicos, el fraseo, las dinámicas, el rubato impecable, la elección de los tiempo… todo lo que uno se pueda imaginar de esta sonata para piano y mucho más, indescriptible. Pero no quería aplausos que rompieran el Mozart preparado, los dos mundos que Jaime Pantín describe y Sokolov hace esencia pianística, el de Salzburgo sonando como el de Bonn, como traduciendo pensamientos o historia, uniendo fantasía y sonata para una interpretación beethoveniana de Mozart. Me pregunto, como algún otro al descanso, si había algo de histrionismo en afrontarlo de esa manera pero no tenemos a los compositores para sacarnos de dudas. Tras escuchar las Köechel 475 y 457 seguidas con toda la congruencia (el profesor Pantín nos recuerda que «constituye una tradición que se ha perpetuado a partir de su publicación simultánea en 1785») y numerología casi masónica puede que así las escuchase el digno sucesor y genio alemán muertos ambos en aquella Viena capital musical para sus homónimas al piano, dando el paso estilístico del Clasicismo al Romanticismo, porque este Mozart sokoloviano resonaría con luces y sombras, tormentas y calma, dos esferas más que mundos o incluso firmamentos. Nunca nos dejará indiferentes porque sus aportaciones serán discutibles pero la música desde el piano parece otra y sigue conmocionándonos: fuerza pasional y delicadeza íntima, el tiempo flexible moldeado con precisión, espiritualidad conmovedora flotando en el ambiente, libertad total en la escritura y la interpretación desde un rigor asombroso…

Supongo que el descanso era necesario pero podría haberse unido con el «último Mozart» y encontrar la globalidad Sokolov de estas jornadas con el piano protagonista, aún más grandioso en solitario cuando es este ruso quien lo toca. No es ya la conocida escuela rusa en todos los instrumentos, irrepetible porque la historia es otra aunque todavía podamos seguir gozando de sus frutos, sino el «Planeta Sokolov» donde Beethoven siempre brillará cual Venus en otro sistema solar. Las sonatas 27 y 32 también enlazadas, obras de referencia cuya magnitud al unirlas se hace exorbitante, explicando incluso el ideal beethoveniano de las propias anotaciones de la opus 90 y la rareza de solo dos movimientos: «con vitalidad y completo sentimiento y expresividad» para el primero y «no demasiado rápido y cantable» el segundo, textualmente tocado como solo el ruso es capaz, los conflictos interiores con el mejor traductor posible en estos tiempos y corroborado en todo el «programa programático» que unía a los dos residentes vieneses bebiendo de la misma fuente, el mismo idioma y distinto acento perfectamente entendible, los trinos mozartianos elevados a la enésima potencia para firmar ese final de las contradicciones escritas y tocadas, la respuesta a los interrogantes de quien suscribe tras escuchar a Sokolov. Insondable, sin palabras para los simples melómanos y otro concierto histórico en Oviedo, capital del piano.

Claro que en San Valentín y por San Sokolov quedaban regalos para dar y tomar, ninguno de compromiso sino con fondo, comenzando por el Momento Musical nº 1 en Do mayor de Schubert, saboreando cada nota y cada silencio, salva de aplausos y tras pensárselo sentado en el austero taburete el Chopin del Nocturno en Si mayor op. 32 nº 1 cristalino, íntimo, belleza en estado puro, aplausos sinceros y el siguiente nocturno de la serie, op. 32 nº 2 aún más brillante, el piano de salón dentro del Auditorio, el virtuoso sencillo y profundo. Ya se me olvidó la siguiente, creo que Rameau al que el ruso le da aires del padre Soler o Scarlatti evocando un clavecín imposible por la ejecución y sonido magistral inigualable, sin perder la calma en penumbra con el público entregado. Pero todavía quedaba el Schumann amado de la Arabesque en Do mayor, op. 18 que me recordó a otro genial pianista ruso y la Canope, juguete casi acuático del libro segundo de preludios escritos por el francés Debussy, pintura impresionista para cerrar una «tercera parte» impresionante, finalizando en un silencio respetuoso que engrandeció aún más un concierto único para asombro de su repertorio inmenso y su inabarcable e incomparable genialidad, todos agradecidamente atónitos, desde quienes debutaban con Sokolov en escena a los impacientes de pie al lado de la puerta mirando incrédulos el reloj, también a las futuras generaciones de concertistas que abrían los ojos con devoción… a todo un auditorio embrujado por el irrepetible Sokolov.

Programa
Primera parte
W. A. Mozart (1756-1791):
Sonata en do mayor, K. 545:  I. AllegroII. Andante

III. Rondo. Allegretto.

-Fantasía y sonata en do menor, K. 475/457:

Fantasía K. 475 (1785): 
Adagio – Allegro – Andantino – Più allegro – Tempo I.
Sonata K. 457 (1784):  I. Molto allegroII. Adagio

III. Allegro assai.

Segunda parte
L. van Beethoven (1770-1827):
-Sonata nº 27 en mi menor, op. 90
: I. Mit Lebhaftigkeit und durchaus mit Empfindung und Ausdruck
(Con vitalidad y completo sentimiento y expresividad); 
II. Nicht zu geschwind und sehr singbar vorgetragen (No 
demasiado rápido y cantable).
Sonata nº 32 en do menor, op. 111: 
I. Maestoso – Allegro con brio ed appassionato
; II. Arietta: Adagio molto semplice cantabile.

P. D.: Ramón Avello en El Comercio del día 15 de febreroAndrea G. Torres en La Nueva España del día 15 de febrero, y mejor no comentar lo de «tocar de memoria»…

La OSPA Grande con Bayl

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Viernes 16 de diciembre, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo, Abono 4 «Orígenes I»: OSPA, Andreas Weisgerber (clarinete), Benjamin Bayl (director). Obras de Schubert y Mozart.

Cada visita del maestro australiano, afincado en Berlín, Benjamin Bayl (1978), es un placer para mí. Una delicia verle trabajar y cómo hace sonar a nuestra OSPA, desde sus óperas en el foso del Campoamor (Agripina o Bodas) hasta conciertos memorables como el de noviembre de 2011 o marzo de 2013, pero especialmente el de abril de 2014 que como este cuarto de abono de nuevo unía muerte y vida. Obras de dos grandes que murieron jóvenes y compusieron al final de sus cortas vidas joyas musicales en una Viena que respiraba música por todas partes aunque no siempre fuese agradecida con los genios.

Franz Schubert (1797-1828) marcaría la calidad de este cuarto de abono, comenzando con la poco escuchada obertura del «singspiel» Die Verschworenen oder der häusliche Krieg, D. 787 para una formación ideal en número, especialmente si desde el podio se mantiene el equilibrio ideal de dinámicas y planos sonoros sin sacrificar un ápice el discurrir musical. Joaquín Valdeón, autor de las notas al programa que dejo enlazadas también en los autores, analiza a la perfección esta partitura de «Los conjurados o la guerra doméstica» compuesta entre 1822 y 1823 aunque como casi toda su producción, estrenada tras su muerte nada menos que 33 años después en Frankfurt, y de la que el pintor Von Swchwind dijo tras escucharla «¡Qué profusión de talento e instinto dramático». Digna de abrir programa Bayl la afrontó de memoria y preparando a la orquesta para un concierto emotivo que sacaría de ella todas las virtudes que no siempre apreciamos: entendimiento, sonoridad plena, riqueza de matices, balances, presencias y estilo propio para un Schubert al que todavía le seguimos redescubriendo.

Pero la excelencia vendría en la segunda parte con su Sinfonía nº 9 en do mayor, D. 944 «La Grande», tres años componiéndola y descubierta entre pilas de partituras inéditas por Schumann, estrenada parcialmente en Leipzig por Mendelssohn en 1839 y ya completa en 1850 en Viena. De nuevo Valdeón escribe la génesis e historia de esta novena que en sus clásicos cuatro movimientos supone una verdadera piedra angular del sinfonismo para todas las secciones orquestales. Bayl en busca del «sonido vienés» puro por la tímbrica, no solo por la elección de los instrumentos (trompetas de llaves, flautas de madera o timbales de cobre) sino por la propia disposición (contrabajos tras los violines, violas y chelos permutados, trombones detrás de las trompas), trabajando cada movimiento independiente a la vez que unificador en empuje, tensiones y contrastes. Una maravilla ver esa batuta dibujando las entradas, aplacando con la izquierda cualquier mínimo destello fuera de lugar, dividiendo la cuerda para equilibrar dinámicas y descansar dedos preparando la máxima tensión que permitió escuchar cada sección como una sola. Limpieza en los pasajes, fraseos conjuntados, matices extremos con una tensión única frente al terciopelo deseado. El Andante-Allegro ma non troppo dejó claras las ideas esbozadas en la obertura de la primera parte, con el solo de trompa limpio y «cantabile» antes del desarrollo del primer movimiento tejido cual encaje de bolillos, colorista y vigoroso; el Andante con moto brindó momentos de empaste ideal, pianos con ritmo de marcha y emotividad del oboe bien contestado por toda la madera, pinceladas de timbales broncíneos siempre en su sitio y la cuerda sedosa; el Scherzo: Allegro vivace toda una lección instrumental del mejor sinfonismo equiparable al Beethoven idolatrado e inalcanzable del «pobre Franz», el empuje ternario, las acentuaciones, los crescendos apreciando cada nota, los cambios de aire claramente marcados, y sobre todo el Allegro vivace que derrochó valentía, buen gusto y musicalidad por doquier, heroismo y tributo a los maestros en escritura y ejecución. Es un placer comprobar la calidad y la calidez de la OSPA cuando el maestro Bayl se pone al frente, detallista, enérgicamente sutil y enamorado de la música.

De la maestría de nuestros músicos es buena prueba el papel que se les da como solistas, esta vez el clarinete Andreas Weisgerber que nos deleitó con el Concierto para clarinete en la mayor, K. 622 de Mozart, estrenado el año de su muerte y un testamento equiparable a su trilogía sinfónica final o las últimas óperas. Bayl concerta como nadie, la plantilla resultó ideal para que Weisgerber luciese presencia en la amplia gama dinámica de esta joya, el mismo idioma motívico del Allegro inicial, la ternura casi lírica del conocidísimo Adagio que volvió a ponerme un nudo en la garganta (de la cascada de toses mejor no hablar) más la cascada virtuosamente limpia y plena de musicalidad del Rondó: Allegro, el paso al frente del solista siempre querido e inspirado arropado por sus compañeros, remando en la misma dirección para dejarnos ese clasicismo único del genio de Salzburgo, que como su compañero de programa tendría que morir joven para ser reconocido. Los largos y merecidisímos aplausos a nuestro clarinete alemán desde la creación de la OSPA en 1991 premiaron esta labor de años y la posibilidad de abordar este concierto que no pasará de moda nunca.

La propina resultó un verdadero placer, sumándose a Andreas la trompa de Morató, el fagot de Falcone, la flauta de Myra Pears y el oboe de Ferriol para Requinta Maluca, tercer movimiento de «Belle Epoque in Sud-America«, obra  del brasileño Julio Medaglia que recuerda los felices años 20 con ese aire festivo y por momentos cómico que el clarinete pinta en compañía de sus amigos en un quinteto colorido de lo más agradecido. Al menos la música supone la mejor terapia en momentos de dolor y la muerte triunfa como sonora obra eterna, siempre inspiradora y aún más cuando se unen calidad, excelencia… y amistad. Gracias por este concierto que pone fin a mi año sinfónico. El Mesías del viernes 23 me pillará en tierras malagueñas aunque estaré pensando en él con m querido José Esteban G. Miranda comandando todo el conjunto, también un paso al frente de quien más ha trabajado desde el Coro de la Fundación esta página navideña que no falta en Oviedo con una OSPA para la ocasión.

Como la noche y el día

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Viernes 2 de diciembre, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo: Abono 3 OSPA, Leticia Moreno (violín), Rossen Milanov (Director). Obras de Mason Bates, Mozart y Dvorak.

Con el título «Tradición y modernidad» y manteniendo la línea de programar estrenos junto a obras señeras del sinfonismo donde no falte un concierto para solista, el patio de butacas del auditorio presentaba un panorama desolador como presagiando cierto descontrol, puede que algo alentado por muchos titulares de la prensa que titulaban cosas como «Música compuesta para instrumentos y tecnología», «La OSPA presenta en Avilés su programa… incorporando a sus filas un ordenador portátil» y demás lindezas que siguen demostrando poca cultura musical unida a un desconocimiento de lo que nos rodea.
Qué dirían hace unos años cuando se usaban magnetófonos, pianos preparados u otros artilugios que acaban convirtiéndose en «cotidiáfonos«. Las notas al programa de Eduardo Garcia Salueña (enlazadas en los compositores) aportan la visión de un musicólogo e intérprete que vive y convive con esta forma de entender la música, actual, abierto a la tradición desde nuestros días sin necesidad de etiquetas. Ojalá el público no tuviese tantos prejuicios al escuchar obras de nuestro tiempo, que podrán gustar o no pero son de ahora. Claro que tampoco Schoenberg, Webern, Nono, Stockhaussen, Luis de Pablo, Tomás Marco y tantos otros menos programados siguen sin contar entre las preferencias de público y programadores que siguen apostando sobre seguro para no perder fidelidad. Lo malo es el futuro, a la vuelta de la esquina, que no parece augurar buenos tiempos para el sinfonismo de siempre, y solo las bandas sonoras encuentran un refugio para ello.

Y todo por el estreno en España (jueves en Avilés y este viernes en Oviedo) de la obra de Mason Bates (1977) The Rise of Exotic Computing (para Sinfonietta y ordenador portátil) compuesta en 2013 que el maestro Milanov presentase ya en Oporto el abril pasado con la Orquesta de la Casa da Música. En mi juventud los vinilos se «pinchaban» pero llegados los CDs y los anglicismos a los que no podemos enfrentarnos, quienes ponían música grabada pasaron a llamarse DJ (disc jockey) y los ordenadores han sustituido el soporte físico para convertirse en herramienta compositiva y fuente sonora, algo que no exime del siempre difícil papel de componer. No es solo usar la máquina, pegar patrones y utilizar melodías de otros, que también es habitual en muchos clubes y discotecas actuales. El conocido DJ Bates domina la escritura orquestal a la que suma secuencias pregrabadas, loops o bucles, con percusiones digitalizadas (impresionante escuchar el taiko), efectos y sonoridades electrónicas (amplificadas y marcando un tempo fijo de aproximadamente 120 pulsos por minuto) que se fusionan con una orquesta donde percusión de placas con piano, además de una plantilla muy bien planteada ajustada utilizando el recurso de la repetición, más que el «minimalismo» tejen unos ambientes de lo más nocturnos, como una fiesta discotequera actual de música «chill out» en el auditorio ovetense convertido por momentos en una lounge (literalmente salón pero desde la acepción de «género de música, una variación, principalmente del jazz, que se conoce desde la década de 1950.

Se caracterizaba por presentar ritmos sensuales y desprovistos de una instrumentación recargada»). Así entiende esta obra el norteamericano y su defensor búlgaro al frente de la OSPA (de nuevo con María Ovín de ayudante de concertino) que defendió la composición sin problemas, ritmo e impulso marcado por la máquina mientras los instrumentos (Sinfonietta en cuanto a obra para gran orquesta) tejían esa ambientación sinfónica mientras el percusionista Francisco Revert iba «lanzando» las dosis recetadas para una partitura actual y fácil de escuchar.

Tras la noche debería llegar el amanecer pero pareció traerlo con resaca ya que la vuelta al clasicismo no solo fue un choque brutal sino una verdadera lástima. El Concierto para violín nº 5 en la mayor, K. 219 (Mozart) traía de nuevo a Leticia Moreno (Madrid, 1985) de solista pero no hubo química ni entendimiento con Milanov en ningún momento. El sonido de su Nicolo Gagliano de 1762 tampoco emergió sobre la orquesta (destemplada por momentos incluso en las trompas), solo pudimos paladearlo un poco en las cadencias, por otra parte poco limpias y más sentidas que ejecutadas, y el Adagio central que era imposible «pasarlo de cocción», pero escucharlo era como hablar «idiomas» contrapuestos entre el intimismo de la madrileña y un romanticismo fuera de lugar en la orquesta, sin controlar dinámicas ni siquiera el propio sentido musical de un concierto «de libro», porque al menos el Rondó: Tempo de Minueto tan «turco» de sabor, podría haber sido un manjar y acabó quemado. El malestar de Leticia Moreno era palpable solo mirándola y aún mayor escuchándola, sufrimiento que nos privó de una propina para dejarnos un paladar menos ácido. Esta visto que ni concertar ni el clasicismo son platos fuertes del búlgaro, algo que vengo comentando hace tiempo.

La OSPA siempre ha interpretado a Dvorak de manera ejemplar, y la Sinfonía nº 7 en re menor, op. 70 no fue una excepción, el día pleno tras la noche y la resaca aunque con pocas horas de sol como corresponde a este diciembre frío de gripes varias. Me preocupa de nuevo el gesto poco preciso del titular, sobre todo cuando los brazos comienzan a dibujar círculos cual bailarín sobre el podio, que no aportan nada salvo cierta inseguridad en las distintas entradas o cambios de compás, pero la partitura del checo es tan clara y perfectamente escrita que todo fluye de manera natural, luces y sombras, noche y día, las dinámicas (que sí busca siempre Milanov) demuestran la calidad de una formación madura. Cuatro movimientos que van de menos a más, tensión en una cuerda presente como nunca pese al poderío de los metales, contenidos y de sonoridad aterciopelada optando por el color más que el calor, puesto directamente en el fuego de los pentagramas. Intervenciones como la flauta de Myra Pearse siguen siendo un placer al oído y sigo preguntándome cómo hubiese sido con maestros como el recordado Mr. Griffiths

Bryn Terfel repasando y reposando ópera

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Miércoles 26 de octubre, 20:00 horas. Oviedo, Inauguración de la temporada «Conciertos del Auditorio«: Bryn Terfel (bajo-barítono), Oviedo Filarmonía, Marzio Conti (director). Obras de Cimarosa, Händel, Mozart, Mascagni, Gounod, Boito, Puccini, Verdi y Wagner.

El galés Bryan Terfel, de quien el periodista de «Ópera Actual» y crítico del «ABC» entre otros medios, Pablo Meléndez-Haddad escribe una bella semblanza en las notas al programa, hacía su presentación en Oviedo con un recital donde repasaría sus papeles y arias preferidas desde el poco habitual barroco hasta «su» Wagner (que ocupó la segunda parte), sin olvidar el Mozart con el que triunfó y todavía sigue en el recuerdo, y por supuesto esos papeles que le van como anillo al dedo: Mefistófeles, Fausto y especialmente Falstaff, con la orquesta ovetense acostrumbrada a estos repertorios junto a su titular, quienes se lucieron en las partes instrumentales, variadas, unificadoras del programa y siempre necesarias en estos recitales de cantantes en solitario que necesitan descansar, sin olvidarnos que resultan mucho más duros que toda una ópera por el cambio de rol y la suma de arias a cuales más exigentes.
Buen inicio orquestal con Cimarosa y la Obertura de II Matrimonio Segreto, nunca mejor lo de templar cuerdas que se lucieron, antes de dejar la formación camerística sumándose el clave de Sergi Bezrodny para afrontar la primera salida de Terfel con un poco transitado Händel de su ópera Berenice, regina d’Egitto, con el aria de Demetrio “Si tra i ceppi”, originalmente para castrato contralto que en la voz del barítono alcanza otros colores y con unas agilidades algo más lentas de las acostumbradas pero con un saber cantar lleno de gusto y veteranía. Punto y seguido con Mozart, una plantilla algo más amplia manteniendo el clave y un aria de concierto de 1791, Io ti lascio, oh cara, addio, K245 (621a), de las pocas escritas originalmente para bajo, porque Terfel es un barítono de graves redondos más que poderosos, agudos llenos de matices con una «media voz» inigualable, y sobre todo un legato y forma de decir el texto increíble, sumándole una escena contagiosa que engancha al público en cada intervención suya.

La OFil le daría el primer descanso con Mascagni y ese bellísimo «Intermezzo» de Cavalleria Rusticana que volvió a dejarnos una cuerda aterciopelada y sonoridad compacta, casi íntima antes de sumergirnos en el infierno.
Bryn Terfel preparó dos visiones de ese personaje de Goethe, primero Gounod, “Le Veau d’Or est toujours debout” de su Faust, el gusto francés con la garra galesa, metido de lleno en el personaje que ya quisiéramos haber tenido en el Campoamor, y especialmente el de Boito y su “Son lo spirito che nega” de Mefistofele, el drama italiano puesto en escena por un cantante capaz de ofrecer dos caras de una misma moneda en una transformación de carácter de la que solo los grandes artistas son capaces.
Segundo descanso vocal y nueva intervención de la formación ovetense en una de las páginas que el foso no permite lucir tanto como en el escenario, el increíble orquestador Puccini con el «Intermezzo» de Manon Lescaut para «recuperar» a Gabriel Ureña en el cello maduro, de fraseo totalmente lírico para no perder sabor operístico junto al arpa siempre insustituible de Danuta Wojnar.

La última salida del barítono en esta primera parte nos dejaría una de sus creaciones, Verdi con el aria “Ehi Paggio! L’onore! ladri!” de Falstaff, la barriga hinchada gritando ¡fabada! (después sacaría varias toallas además de la que traía al hombro) y escanciando sidra en vez de vino (o cerveza) pero con una interpretación que sigue siendo referente en todo, cerrar los ojos y ver este testamento verdiano con un personaje shakesperiano donde el Orson Wells de «Campanadas a media noche» venía a mi memoria coloreando el celuloide en grises.
La segunda parte dedicada a Wagner con el que Terfel se ha encaramado en ese Valhalla escarpado con cada uno de los personajes de tres óperas a cual más intrincada musical y actoralmente, con dos oberturas verdianas para apenas tomar aire, de La Forza del Destino, con dinámicas y tempi buscando el ambiente alemán de programa, y sobre todo la Obertura de Nabucco, bien resuelta y plenamente italiana porque del buscado duelo entre contemporáneos no puede haber empate, además de que la OFil lo tiene más en atril que al alemán.

El talento de Bryn Terfel es indudable y con una voz que se proyecta sin problemas en cualquier idioma, incluso silbando afinado, lo que maravilla es su timbre, cómo juega con él para dramatizar, su paleta de matices que para Wagner es irrefutable, tres momentos estelares, Hans Sachs en “Was duftet doch der Flieder”, de Die Meistersinger von Nürnberg (Los maestros cantores de Nürnberg), “O du mein holder Abendstern” de Tannhäuser, y sobre todo la «Canción de la estrella vespertina» como se conoce la “Música del fuego mágico y Adiós de Wotan” de Die Walküre (La Walquiria), con una orquesta que no bajó volúmenes y la técnica del galés pudo emerger sobre ella, Conti despiadado pero Terfel mandando, muchas tablas para unos roles wagnerianos que son referente en su registro y escena. Una lección operística.

Y si el carácter jovial se transmitía en cada página, los regalos tocaron la otra pasión del barítono británico, los musicales con el «Si yo fuera rico» (If I Were a Rich Man) de El violinista en el tejado, l eterno musical con ese personaje soñador con los pies en la tierra que Terfel mejora al Topol cinematográfico, sin prescindir de la parte hablada con poderío emisor para toda la sala, y la canción tradicional galesa «Suo Gan» que todos recordamos por la película de Spielberg El imperio del sol, cantada con ternura y sentimiento casi íntimo bien arropada por la orquesta ovetense que volvió a ser un perfecto ropaje para tantos personajes puestos sobre las tablas por un Bryn Terfel que vuelve a brillar, perfecta inauguración para una temporada donde muchas de las grandes voces líricas del momento desfilarán por el Auditorio. Todo un lujo para nuestra Asturias, patria querida, siempre musical.

La OSPA abre sus puertas

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Viernes 30 de septiembre, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo: «Concierto de puertas abiertas«, OSPA, Rossen Milanov (director). Obras de Weber, Mozart, Beethoven, Grieg, Brahms, Tchaikovsky, Mendelssohn y Chapí. Entrada libre (previa invitación).
Aunque nuestra OSPA ya arrancó la temporada en el foso del Campoamor nada menos que con el estreno en España de Mazeppa, el pistoletazo de salida en el Auditorio sería este último día de septiembre en un concierto gratuito que cambió la primera capital asturiana por la actual, devolviendo a todos los contribuyentes una parte de sus impuestos que, de momento, se lleva la orquesta de todos los asturianos, como el propio Milanov recordó, siendo además el presentador de las obras y compositores de un programa muy llevadero para el público que llenó casi todas las butacas además de agradecer este gesto, disfrutando de principio a fin.

Con la plantilla actual se organizó un concierto con obras conocidas por los aficionados y los músicos que volvieron a mostrar las cualidades de una formación veterana capaz de todo. Cierto que el inicio con la obertura de Oberon (Weber) pudo resultar algo destemplado en cuanto a los balances no del todo correctos perdiéndose presencia de la cuerda por momentos, que tampoco pudo desquitarse en el «Rondó: Allegro», último movimiento de la Pequeña serenata nocturna en sol mayor, K. 525 (Mozart) que hubiera necesitado más compenetración y limpieza aunque la cuerda siga siendo «la niña bonita» de la orquesta.

El «IV. Allegro con brio» de la Sinfonía nº 7 en la mayor, op. 92 (Beethoven) sirvió para encontrar el deseado equilibrio entre las secciones, con empuje rítmico y contrastes «de libro», puede que demasiado impersonal en la interpretación para todo lo que encierra este maravillo último movimiento plagado de grandes matices así como de heroicidad, pero resultó aseada y ya con todos en la temperatura adecuada para afrontar lo siguiente.

De la conocida «Suite nº 1 op. 46» del Peer Gynt (Grieg) se eligieron los dos números iniciales, lentos para poder paladear unas texturas y planos ideales de la formación asturiana: la famosa «Mañana» que hizo brillar la madera, flautas y oboe, más «La muerte de Ase» verdaderamente coral, hasta prescindiendo de la batuta para un Milanov que mece la cuerda alcanzando tímbricas y unos pianísimos «marca de la casa» de lo más emotivos.
La Danza Húngara nº 5 en sol menor (Brahms) suele ser propina de las grandes formaciones para hacer gala del virtuosismo de todas las secciones, y así la planteó el maestro búlgaro con su OSPA, ligera con el rubato en su sitio y dinámicas generosas, con leves desajustes.
De mucha más hondura y aún reciente en foso, Tchaikovsky resulta un talismán para estos intérpretes con mucha genética rusa que parecen darlo todo en sus obras, lo que volvieron a demostrar con la «Polonesa» del Eugene Onegin, claridad en todos los sentidos, brillantez, precisión y pasión que hizo aún más brillante el «Saltarello: Presto» de la Sinfonía «Italiana» de Mendelssohn, ejecución impecable en todos los aspectos, de aire arriesgado pero bien resuelto por nuestra orquesta, solistas seguros, empaste y entendimiento total.

El toque español y castizo lo puso Chapí con el Preludio de La Revoltosa que hubieron de bisar, gustándome el partido que le sacaron todos (de nuevo el oboe de Ferriol en estado de gracia) a una de nuestras joyas sinfónicas, final con este preludio de una esperanzadora temporada oficial que arrancará el viernes 14 de octubre (un día antes en Gijón) con «Rusia esencial«, nuevamente con Tchaikovsky con los mismos protagonistas para «la patética» y el número uno de piano con Natasha Paremski además de Pasión Cautiva (1997, rev. 2001) de Consuelo Díez Fernández, sin olvidar una esperada «Novena» de Beethoven en el extraordinario de los Premios Princesa de Asturias (20 de octubre), el retorno a este concierto con ensayo abierto al público el día antes.

Lo iremos contando como siempre desde aquí porque esto solo acaba de arrancar y me queda mucho por escuchar.

Ascenso de la viola de Gestido

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Jueves 21 de julio, 20:00 horas. Oviedo, Claustro del Museo Arqueológico: Festival de Verano: Cristina Gestido (viola), Gala Pérez (violín), Ana Nebot (soprano), Luis Parés (piano). Obras de Mozart, Weber, Brahms y Piazzolla. Entrada libre.

En una reciente entrevista para el diario El Mundo, la navarra Isabel Villanueva decía que «a la viola le falta un Paganini o un Paco de Lucía» reivindicando su instrumento y citando referentes del violín o la guitarra flamenca. Cristina Gestido (Oviedo, 1983) toca la viola, un instrumento maduro que parece un violín grande, curiosamente el más humano (aunque «su hermano chelo» se haya apoderado de esa expresión) pero también la guitarra eléctrica además de una reconocida cantautora, siendo más famosa para algunos como la única española en la orquesta que acompañó a Sting o en su vertiente «rockera» en vez de un larguísimo currículo donde Londres sigue siendo su ciudad habitual desde hace más de una década tras un breve paso por nuestra OSPA. Seguimos exportando talento aunque el «Brexit» hará perder mucho capital humano de calidad.

La propia Gestido reconocía hace poco en el digital La Voz de Asturias: «me salgo un poco de la norma de la clásica y un poco de la del rock«, aunque en este nuevo concierto del festival del estío carbayón optó por la primera, rodeándose de amistades para abordar un programa variado y espléndido en el doble sentido de compartir, la escena y la excelencia por las interpretaciones, siendo la anfitriona en esta visita a casa para reencontrarse con compañeros y lugares que la música hace comunes y duraderos.

La violinista Gala Pérez Iñesta (Burgos, 1982) titulada en Oviedo y tan internacional como Gestido, es otra buscadora de nuevos caminos con el Trío Pérez Iñesta, fundado allá por 2002 en Palma de Mallorca y desde 2012 cuarteto con el chelista leonés Luis Zorita, otro músico emigrante e igualmente ligado a Asturias. Y es que la burgalesa no podía faltar a este encuentro con nada mejor que Mozart para hablar un mismo idioma: el Dúo para violín y viola en sol mayor nº1, K. 423, mano a mano puramente vienés de «dos hermanas» que en los tres movimientos (Allegro, Adagio, Rondó: Allegro) parecían comentar historias y experiencias con total naturalidad, sin quitarse la palabra, alternando protagonismo en un diálogo sin más disculpa que la propia música, enorme y exclusiva del austriaco universal, mínimo esfuerzo aparente y máxima entrega de dos amigas, la aguda y la grave como una sola en momentos indescriptibles y sin más compañía.

Ovetense que ejerce de ello, luchadora y con música en vena como la propia capital asturiana, la soprano Ana Nebot compagina docencia y escena, trabajo permanente, viajera con parada «obligada» en París antes de volver a la tierrina, pero sobre todo puro amor por la ópera, a la que pone la sinceridad que dice le falta, desde el programa de la televisión autonómica «Manos a la ópera» traído este jueves en formato reducido y en vivo con el piano de Luis Parés, un ítalo venezolano también de paso por Londres, solvente, seguro, muy reclamado como acompañante y con la propia Gestido a la viola, para contar y cantar Einst träume meiner sel’gen Base, el aria de Ágata perteneciente a «El cazador furtivo» (considerada la primera ópera romántica) de Carl Maria von Weber, registro y color ideal para nuestra cantante en un alemán perfecto, con detalles como girarse para las dos alas del claustro y así escucharla sin cortapisas, escena y voz arropada por dos compañeros en segundo plano enriqueciendo esta aria bellísima que corrobora un momento vocal de madurez donde la elección del repertorio es tan importante o más que la técnica.

Tras estas amigas invitadas, volvería la Gestido protagonista con Parés, la violista para disfrutar casi nueve años después, el sonido maduro y la interpretación viajera que deja poso como la propia vida, primero Brahms y su Sonata para viola y piano en fa menor nº 1 op. 120, página inicialmente compuesta para clarinete pero que con el arco alcanza el color vocal y la tensión en sus cuatro movimientos (1. Allegro appassionato / 2. Andante un poco adagio / 3. Allegretto grazioso / 4. Vivace), romanticismo en los dos instrumentos con el piano tan del hamburgués, casi de lied en esta sonata donde la indicación de los aires sirve de calificativo para lo escuchado, casi cantado en arco, fraseo, presencia e incluso silencio: apasionado, andando lento y tranquilo, gracioso y vivaz, mientras Irene, mi sobrina de nueve años, se enamoraba de esta música que llenaba el claustro que seguía embutida en la lectura (me lo comentaría nada más terminar, con charco de baba por parte de su tío que la traía otro verano más a disfrutar en la capital).

Los habituales del blog conocen mi debilidad por Don Astor Pantaleón, y en 2009 escribía también de Le grand Tango con estos mismos intérpretes en un concierto casi privado celebrado en el defenestrado Centro Cultural CajAstur de Mieres: «totalmente volcados con la obra, el piano consiguió imprimir no sólo el tempo porteño o la dinámica del bandoneón sino convertir el teclado en una orquestina rioplatense tan protagonista como la viola, ya sin ataduras de papel (facilitando la interpretación, de memoria) cantabile y arrastrá si se me permite la expresión, que el tango reinventado por el gran Piazzolla destila en cada nota y que ha dado geniales versiones más con cello que esta de hoy con viola, aunque no por ello menos agradecida ni fantástica, al menos para un servidor que no pudo sino soltar un merecidísimo ¡Bravo! nada más concluirla.
Todo un privilegio asistir a esta sesión casi familiar con un dúo que demostró no sólo profesionalidad sino compenetración y pinceladas de maestría
«. El tiempo nos ha dado hondura, perspectiva y más carga en la mochila del recuerdo, dejando todo lo escrito como entonces pero debiendo añadir que como un tango bien bailado no levanta los pies de la tarima, casi deslizando las suelas sobre ella como el arco de la viola, el hombre guía con maestría el contoneo sensual de la mujer, piano masculino y viola femenina, duelo, suelo y vuelo pero sin despegarse, ascenso sin aire, solo el porteño de mi recordado barrio de La Boca con la banda sonora en vivo de dos artistas.

Bertolt Brecht con Kurt Weill escribieron la ópera en tres actos «Ascenso y caída de la ciudad de Mahagonny«, pero antes trabajaron varios números, el Mahagonny-Songspiel también conocido como Das kleine Mahagonny (El pequeño Mahagonny), obra de concierto para voces y pequeña orquesta donde aparece la «Canción de Alabama«, un verdadero regalo de Gestido y sus amistades, cabaret alemán en el trazado gótico del claustro, estilos de entonces y de ahora como rag-time, jazz y contrapunto formal, canción en el común inglés (Alabama Song) dentro del texto alemán de la ópera, y que ha sido interpretada por diversos artistas como The Doors, David Bowie o Marilyn Manson. Porque Cristina también conoce versiones y épocas, escenarios y estilos atemporales donde el vestido arropa el mismo cuerpo haciéndolo parecer distinto, y así con Gala poder tocar como en Mozart y hacer los coros a una Ana nuevamente acertada, pletórica y en su salsa, con Luis de pianista irremplazable, omnipresente sin molestar jamás, que acabó de envolver este presente de Gestido recorriendo el mundo del que todos fuimos partícipes, sin caídas en la ciudad imaginaria de Vetusta, esta vez final con el ascenso de la viola.
Personalmente me despido por vacaciones aunque queda festival por delante, especialmente el martes 2 de agosto donde estarán mis queridos y admirados amigos Lola Casariego y Aurelio Viribay a los que mandaré como es habitual «MUCHO CUCHO» y un abrazo en la distancia, con un programa hermosísimo que no deben perderse los buenos aficionados.

Imparable Laura Mota

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Sábado 25 de junio, 20:30 horas. Gijón, Fundación Museo «Evaristo Valle», Recital de piano: Laura Mota Pello. Obras de Mozart, D. Scarlatti, Soler, Beethoven y Chopin. Entrada: 5 €.

Volvía al «Evaristo Valle» para seguir escuchando a nuestros jóvenes intérpretes, esta vez a la pianista ovetense Laura Mota Pello (28 de Febrero de 2003) a la que sigo hace años, para comprobar su increíble crecimiento no ya físico, hoy toda una jovencita de 13 años recién finalizado 1º de Secundaria todo con sobresalientes de 10, sino el musical de la mano de Francisco Jaime Pantín con un programa duro, exigente, trabajado desde una técnica que es envidiable en los siete años que lleva estudiando piano, y volviendo a impactarnos por su musicalidad, aplomo, fraseo, adaptación a estilos tan diferentes, pedales en su sitio, dinámicas amplias abarcando desde los pianísimos más íntimos a los fortísismos poderosos en un Steinway&Sons de los años cuarenta, agradecido aunque necesitado de algunos ajustes mecánicos, donde cada autor y obra se diferenciaron a la perfección, demostrando nuevamente que la capacidad y posibilidades de Laura Mota son infinitas, esperando encuentre el apoyo institucional (el familiar y profesional siempre está asegurado) que no nos haga perder esta joya del panorama pianístico mundial. Escucharla es algo indescriptible, cierras los ojos absorbido por el fluir mágico y maduro de cada nota y al abrirlos te encuentras con esta joven inconmensurable, enorme al piano y enfrentada al programa que solo puedo comentar a grandes rasgos porque todo lo hace suyo.

La Sonata nº 18, K 576 en re mayor, de W. A. Mozart, la última del genio de Salzburgo con enorme dificultad técnica plagada de pasajes virtuosísticos escoltando un Adagio central hondo resultó de una limpieza asombrosa y difícil elección para abrir un concierto, pero afrontado con la seguridad de la que la pianista ovetense hace siempre gala.
Las dos sonatas de D. Scarlatti interpretadas sin pausa (Sonata K 107 L 474 en fa mayor Sonata K 135 L 224 en mi mayor) impresionantes por agilidad y madurez de toque, casi clavecinísticas por los ataques y ornamentos siempre perfectos con un equilibrio y sonoridades cercanas contraponiendo tiempos parecidos pero diferenciados y delimitados.
También a pares y espíritu de clavecín el Padre Soler, primero la Sonata R 90 en fa sostenido mayor (una de las joyas de la hoy recordada Alicia de Larrocha con quien Laura tiene muchas similitudes) y después el complicadísimo Fandango R 146 en re menor, virtuosismo al servicio de un lenguaje español que se hace universal, sentido como si de una enorme trayectoria vital se tratase por el conocimiento intrínseco de un lenguaje preclásico de inspiración geográfica pero de una frescura incluso en momentos tan complicados técnicamente (el pulgar de la mano derecha martilleando rítmicamente sin perder pulsación alguna, las octavas, cruces de manos y tantos «recovecos» más) dejándonos boquiabiertos ante el despliegue musical de Laura Mota.

Si la primera parte parecía dura, ya no sé cómo calificar la segunda porque me quedaría corto ante el abismo que sin embargo resultó un placer de vuelo planeando nuevamente la música de piano por encima de todo, casi metiéndome en los cuadros de Evaristo Valle para contemplar el prodigio de una pianista de horizontes inabarcables perfectamente orientada y guiada por su maestro Pantín (sin él sería imposible alcanzar este nivel): la Sonata Op. 2 Nº 3 en do mayor de L. V. Beethoven
me recordó al Wilhelm Kempff referente de mis años de conservatorio hace casi medio siglo pero con el «preparatorio» de la primera parte al hacernos sentir el clasicismo de la técnica y el romanticismo del lenguaje inimitable del genio de Bonn. Si los tiempos rápidos resultan poderosos desde la pulcritud, verdadero brío del primero, chispeante el Scherzo o cascada emocional limpia de tempo valiente el Allegro Assai, el Adagio volvió a impresionarme por la hondura del fraseo, veterano y con toda una vida dedicada al piano aunque parezca mentira al ver quién tocaba.
Y no digamos del Chopin elegido para cerrar concierto, primero dos polonesas (de las 23 al menos compuestas por el polaco) de las opus 26, la Polonesa nº 1 en do sostenido menor, vértigo emocional y trasfondo poético de una obra de juventud interpretada desde esta edad infinita de Laura Mota, dos manos que se funden y diluyen en hacer fluir sentimientos únicos, contrapuesta a la nº 2 en mi bemol menor todavía más interiorizada, tocada con la mayor naturalidad haciendo fácil lo inabarcable, midiendo cada compás con total fidelidad a la partitura para revolverla como propia, lo intangible e inexplicable de los grandes intérpretes, esta vez con ¡trece años!, el rubato adecuado, los contrastes de tempo y dinámicas, la fuerza física con la delicadeza en el toque.

Aún quedaba más Chopin: dos estudios del Opus 10 para quitar el hipo, el virtuosismo para trabajar la técnica sin perder de vista las melodías escondidas, el equilibrio de manos y pedales, primero el

Estudio nº 8 en fa mayor y después el conocido como «teclas negras», Estudio nº 5 en sol bemol mayor, sin importar las tonalidades complicadas porque Laura Mota hace fácil lo imposible desde la naturalidad y equívoca inocencia, una madurez asentada en un trabajo increíble y capacidad de sacrificio más unas cualidades innatas que el buen magisterio lleva por el camino ideal alternando con los estudios obligatorios de Secundaria que en este país parecen incompatibles con los musicales aunque los resultados sean tercos y refuercen un maridaje incomprendido por quienes nos gobiernan.
Todo un programa gigantesco interpretado de memoria que cercano a las dos horas todavía nos dejaría más asombrados ante el Allegro de concierto op. 46 (1904) de Granados, conmemoración centenaria y nuevo guiño a la siempre recordada Alicia desde la juventud descarada y descarnada, apoteósica para un público que parecía enloquecer ante el derroche pianísitico de Laura Mota Pello. No olvidar este nombre porque cada actuación suya es todo un acontecimiento irrepetible.

Mucha calidad desde Edimburgo

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Miércoles 25 de mayo, 20:00 horas. Oviedo, Conciertos del Auditorio: Dunedin Consort, Joanne Lunn (soprano), Rowan Hellier (mezzo), Thomas Hobbs (tenor), Lukas Jakobski (bajo), Jonathan Manson (chelo), John Butt (clave y dirección). Obras de C. Ph. E. Bach y W. A. Mozart.
Semana musical sin apenas descanso y penúltimo de los conciertos del auditorio, esta vez un conjunto llegado desde Edimburgo con el maestro Butt al frente que sustituyó al programado inicialmente con el regreso de la violinista Midori y la Fort Worth Symphony Orchestra de Texas bajo la dirección de Miguel Harth-Bedoya que la crisis petrolífera fulminó toda la gira europea. Imagino las enormes dificultades para encontrar una formación de calidad equiparable a la norteamericana pero finalmente todo fructificó y pudimos tener un concierto luminoso y de altura con el Dunedin Consort, ideal en número con instrumentos de época que como otras formaciones van más allá del barroco para adentrarse en el clasicismo, primero el Concierto para violonchelo en la mayor, Wq. 172 de C. Ph. E. Bach con Jonathan Manson de solista con el chelo -aunque también toca la viola de gamba- escoltado nada menos que por Mozart con sus Visperas solemnes de confesor en do mayor, K. 339 y el Réquiem en re menor, K. 626, dos joyas corales para degustar en formato camerístico e histórico (recreando cómo sonarían en su estreno) más que suficientes, con un coro de 16 voces -cuatro por cuerda- donde estaban los excelentes solistas vocales, porque la calidad de todos los músicos permitió saborear un concierto de 95 minutos preparando ya el de clausura del día 2 de junio totalmente opuesto (Berlioz con su Requiem) al de este lluvioso último miércoles de mayo.

Las «Vísperas de Mozart» demostraron la calidad del «consort» en los seis números llevados con el tempo giusto por Butt y con un coro donde los solistas integrados en él fueron desgranando belleza por doquier, especialmente el conocido Laudate Dominum para mayor regocijo de la soprano Joanne Lunn (ya me gustó hace dos años) que a pesar del ruido generado por un desmayo y caída en el anfiteatro no se descentró y pudo dejarnos una de las páginas más escuchadas y geniales de Mozart desde el dominio técnico y la expresión ideal, arropada por «su» coro y la formación escocesa en estado de gracia, sin desmerecer a sus otros compañeros solistas.

Del concierto de chelo compuesto por el segundo de los siete hijos varones del gran Bach, y en cierto modo padre del clasicismo desde el llamado «Estilo galante«, el ensemble reducido a la cuerda y el clave del propio Butt volvió a enamorar con un sonido apropiado al estilo, con un Jonathan Manson dominando este lenguaje desde el conocimiento de la viola da gamba evolucionada al violonchelo igualmente ideal desde los criterios historicistas, tres movimientos académicamente perfectos en escritura e interpretación, sumándose al «grosso» como uno más -lo es en el resto del programa- y gustándose en las partes solistas con presencia sonora por la tímbrica, expresión cantada en los momentos adecuados y especialmente en ese segundo movimiento Largo con sordini, mesto que explora el registro agudo casi de viola con sus compañeros en sonido velado más que amordazado por la sordina, como si versionease un «vidit suum» desde el instrumento más cercano a la voz humana, haciendo casi música coral con toda la cuerda más el clave, complemento de un Mozart de religiosidad cercana y luminosa proveniente de los genes del kantor que Carl Philip Emanuel encarnó con la losa de un apellido marcado por su padre. El Allegro assai pareció la banda sonora ideal de un documental para presentar los criterios del Dunedin Consort más cercano al barroco pero respirando aires clásicos durante todo el concierto.

Y del Requiem mozartiano alegrarme de esta recreación o «reimaginación» sonora para nuestros días, despojada de enfoques románticos y entendida como la partitura incompleta y póstuma del genio de Salzburgo finalizada con respeto en esta nueva edición de David Black a partir de la «versión» de Süssmayer, tratando de mostrar no una nueva edición sino darle mayor claridad al original de Mozart con los «añadidos» del discípulo, muchos detalles que parecían como «oscurecidos» por las versiones posteriores, sobre todo la primera que no mencionaba a Süssmayr y realizada por Breitkopf&Härtel en 1800. La nueva edición de Black que trajeron los escoceses devuelve la partitura al estado inicial de su primera audición (10 de diciembre de 1791) en unos años cruciales que parecen acercarnos desde este «ministerio del tiempo musical» con el Dunedin, tal y como comentan en su web completada con la historia perfectamente comentada por Mª Encina Cortizo en las notas al programa (enlazadas como siempre en los autores). Auténtica revisión llevada al CD por estos mismos intérpretes salvo el bajo y vendiendo varias copias en el propio auditorio de una grabación galardonada con el premio Gramophone pero que el directo siempre hace todavía más irrepetible. Personalmente me resultó luminosa por la elección de los tiempos, una misa de difuntos pensada como propia por Mozart, momentos de congoja como el Dies Irae que el coro contagia junto al Rex Tremendae, el Tuba Mirum esperanzador con Jakobski pugnando con la excepcional trombonista Emily White en fraseo, reconfortantes como el Ofertorio en la alternancia coral y solistas, o el Sanctus más Agnus de «sana envidia vocal» por parte de ese coro de 16 voces inglesas, versión de continuidad entre original y añadido sin fracturas, solistas (Lunn y Hellier de mejor empaste que los caballeros) y coro en «comunión» ideal con una orquesta y órgano siempre en el plano perfecto, alcanzando la Lux Aeterna tranquilizadora tras dudas y arrebatos emocionales sin extremismos pero sentidos por todos.

Salvando distancias temporales, me recordó a la de Savall en 1992 con La Cappella Reial de Catalunya, Le Concert des Nations y un cuarteto solista que bien podríamos permutar con el del Dunedin Consort de hacer realidad los viajes en el tiempo. Interesante también la colocación del coro a la derecha del «ensemble», aportando equilibrios y sonoridades distintas a las habituales, reafirmando calidades y aportaciones del maestro John Butt, una autoridad en la materia que hace práctica la teoría compartiéndola con el público, labor de limpieza que puede cambiar conceptos nunca inamovibles en el terreno musicológico.

Formando pianistas

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Martes 17 de mayo, 20:00 horas. Salón de Actos, Casa de la Música, Mieres: David Sánchez Álvarez (piano). Obras de Mozart, Debussy, Scriabin y R. Schumann.
Organizado por el Conservatorio de Mieres, más la Concejalía de Educación y el Ayuntamiento de Mieres, el joven pianista ovetense David Sánchez se presentaba en Mieres (unos días antes en Llanes) preparando el fin de curso y fogueándose con público variado (profesores, alumnos y aficionados), con un programa difícil en la recta final de sus estudios de interpretación y pedagogía del piano del CONSMUPA tutelado por la profesora Teresa Pérez Hernández.

Con un amplio currículo y una trayectoria tanto de solista como en música de cámara que dejo aquí y en una formación que nunca se acaba, David tiene por delante un futuro prometedor, siendo los conciertos parte de una experiencia necesaria que todos los estudiantes deben afrontar, vencer miedos e inseguridades, sentirse cómodos con un instrumento que nunca es el mismo, esforzando la memoria sin apoyos en la partitura delante, adaptación a las temperaturas de la sala y tantos factores que los concertistas tienen en cuenta en cada salida al escenario.

Las obras elegidas todas ellas exigentes, de estilos cercanos en el tiempo de su escritura pero totalmente variadas: el siempre clásico y «traicionero Mozart» de la Fantasía en do menor, KV. 475 que fraseó con limpieza y fuerza, amplios contrastes de volúmenes para una forma extensa con distintos movimientos continuados (Adagio – Allegro – Andantino – Più allegro – Tempo I) que permite condensar muchas técnicas sin perder el inimitable sabor del genio salzburgués; el impresionismo francés de Debussy con los tres números  con dedicatoria de «Pour le piano«, maravillando unos pedales ajustados para crear ambientes sin perder claridad en las manos, un Prélude de potencia, la reposada Sarabande y la enérgica Toccata, cerrando el primer bloque nada menos que el Estudio op. 8 nº 12 de Scriabin, el mago ruso emulando los homónimos de Chopin pero elevado a cotas supremas que requieren un esfuerzo global por parte del intérprete mucho más allá del virtuosismo supuesto.

El romanticismo de Schumann con su poco escuchado Carnaval de Viena (Faschingsschwank aus Wien) op. 26 llenó la segunda parte, cinco números que presentan el lenguaje pianístico del alemán complejo de dedos, dinámicas amplias, expresión extrema que necesita madurez y trabajo para sacar a flote los distintos motivos pero también los detalles nunca accesorios, con rubatos adecuados, ataques seguros, mano izquierda marcada y todo el material que un pianista trabaja desde siempre. Allegro, poderosamente rítmico; Romanze, serenidad para un ambiente interior; Scherzino, juguetón y saltarín, sincopadamente claro y contrastado a la vez que preciso para ambas manos; Intermezzo, virtuosismo de arpegios envolviendo una melodía siempre presente desde la fuerza contenida; y el Finale, enloquecido, brutal de velocidad y expresión, verdadero mazazo físico y psíquico, remate brillante a los cinco movimientos que conforman estos lienzos sonoros de un compositor obsesionado con la técnica pero con profundidad expresiva que el tiempo ayudará a madurar en las manos y talento de David Sánchez Álvarez. Mucha suerte en este fin de curso y ánimo porque el camino es largo, contando con una familia que le apoya así como un profesorado guiándole en la dirección correcta. Más no se puede pedir y sabe que en el Conservatorio de Mieres siempre será bien recibido.

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