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Como la noche y el día

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Viernes 2 de diciembre, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo: Abono 3 OSPA, Leticia Moreno (violín), Rossen Milanov (Director). Obras de Mason Bates, Mozart y Dvorak.

Con el título «Tradición y modernidad» y manteniendo la línea de programar estrenos junto a obras señeras del sinfonismo donde no falte un concierto para solista, el patio de butacas del auditorio presentaba un panorama desolador como presagiando cierto descontrol, puede que algo alentado por muchos titulares de la prensa que titulaban cosas como «Música compuesta para instrumentos y tecnología», «La OSPA presenta en Avilés su programa… incorporando a sus filas un ordenador portátil» y demás lindezas que siguen demostrando poca cultura musical unida a un desconocimiento de lo que nos rodea.
Qué dirían hace unos años cuando se usaban magnetófonos, pianos preparados u otros artilugios que acaban convirtiéndose en «cotidiáfonos«. Las notas al programa de Eduardo Garcia Salueña (enlazadas en los compositores) aportan la visión de un musicólogo e intérprete que vive y convive con esta forma de entender la música, actual, abierto a la tradición desde nuestros días sin necesidad de etiquetas. Ojalá el público no tuviese tantos prejuicios al escuchar obras de nuestro tiempo, que podrán gustar o no pero son de ahora. Claro que tampoco Schoenberg, Webern, Nono, Stockhaussen, Luis de Pablo, Tomás Marco y tantos otros menos programados siguen sin contar entre las preferencias de público y programadores que siguen apostando sobre seguro para no perder fidelidad. Lo malo es el futuro, a la vuelta de la esquina, que no parece augurar buenos tiempos para el sinfonismo de siempre, y solo las bandas sonoras encuentran un refugio para ello.

Y todo por el estreno en España (jueves en Avilés y este viernes en Oviedo) de la obra de Mason Bates (1977) The Rise of Exotic Computing (para Sinfonietta y ordenador portátil) compuesta en 2013 que el maestro Milanov presentase ya en Oporto el abril pasado con la Orquesta de la Casa da Música. En mi juventud los vinilos se «pinchaban» pero llegados los CDs y los anglicismos a los que no podemos enfrentarnos, quienes ponían música grabada pasaron a llamarse DJ (disc jockey) y los ordenadores han sustituido el soporte físico para convertirse en herramienta compositiva y fuente sonora, algo que no exime del siempre difícil papel de componer. No es solo usar la máquina, pegar patrones y utilizar melodías de otros, que también es habitual en muchos clubes y discotecas actuales. El conocido DJ Bates domina la escritura orquestal a la que suma secuencias pregrabadas, loops o bucles, con percusiones digitalizadas (impresionante escuchar el taiko), efectos y sonoridades electrónicas (amplificadas y marcando un tempo fijo de aproximadamente 120 pulsos por minuto) que se fusionan con una orquesta donde percusión de placas con piano, además de una plantilla muy bien planteada ajustada utilizando el recurso de la repetición, más que el «minimalismo» tejen unos ambientes de lo más nocturnos, como una fiesta discotequera actual de música «chill out» en el auditorio ovetense convertido por momentos en una lounge (literalmente salón pero desde la acepción de «género de música, una variación, principalmente del jazz, que se conoce desde la década de 1950.

Se caracterizaba por presentar ritmos sensuales y desprovistos de una instrumentación recargada»). Así entiende esta obra el norteamericano y su defensor búlgaro al frente de la OSPA (de nuevo con María Ovín de ayudante de concertino) que defendió la composición sin problemas, ritmo e impulso marcado por la máquina mientras los instrumentos (Sinfonietta en cuanto a obra para gran orquesta) tejían esa ambientación sinfónica mientras el percusionista Francisco Revert iba «lanzando» las dosis recetadas para una partitura actual y fácil de escuchar.

Tras la noche debería llegar el amanecer pero pareció traerlo con resaca ya que la vuelta al clasicismo no solo fue un choque brutal sino una verdadera lástima. El Concierto para violín nº 5 en la mayor, K. 219 (Mozart) traía de nuevo a Leticia Moreno (Madrid, 1985) de solista pero no hubo química ni entendimiento con Milanov en ningún momento. El sonido de su Nicolo Gagliano de 1762 tampoco emergió sobre la orquesta (destemplada por momentos incluso en las trompas), solo pudimos paladearlo un poco en las cadencias, por otra parte poco limpias y más sentidas que ejecutadas, y el Adagio central que era imposible «pasarlo de cocción», pero escucharlo era como hablar «idiomas» contrapuestos entre el intimismo de la madrileña y un romanticismo fuera de lugar en la orquesta, sin controlar dinámicas ni siquiera el propio sentido musical de un concierto «de libro», porque al menos el Rondó: Tempo de Minueto tan «turco» de sabor, podría haber sido un manjar y acabó quemado. El malestar de Leticia Moreno era palpable solo mirándola y aún mayor escuchándola, sufrimiento que nos privó de una propina para dejarnos un paladar menos ácido. Esta visto que ni concertar ni el clasicismo son platos fuertes del búlgaro, algo que vengo comentando hace tiempo.

La OSPA siempre ha interpretado a Dvorak de manera ejemplar, y la Sinfonía nº 7 en re menor, op. 70 no fue una excepción, el día pleno tras la noche y la resaca aunque con pocas horas de sol como corresponde a este diciembre frío de gripes varias. Me preocupa de nuevo el gesto poco preciso del titular, sobre todo cuando los brazos comienzan a dibujar círculos cual bailarín sobre el podio, que no aportan nada salvo cierta inseguridad en las distintas entradas o cambios de compás, pero la partitura del checo es tan clara y perfectamente escrita que todo fluye de manera natural, luces y sombras, noche y día, las dinámicas (que sí busca siempre Milanov) demuestran la calidad de una formación madura. Cuatro movimientos que van de menos a más, tensión en una cuerda presente como nunca pese al poderío de los metales, contenidos y de sonoridad aterciopelada optando por el color más que el calor, puesto directamente en el fuego de los pentagramas. Intervenciones como la flauta de Myra Pearse siguen siendo un placer al oído y sigo preguntándome cómo hubiese sido con maestros como el recordado Mr. Griffiths

Bryn Terfel repasando y reposando ópera

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Miércoles 26 de octubre, 20:00 horas. Oviedo, Inauguración de la temporada «Conciertos del Auditorio«: Bryn Terfel (bajo-barítono), Oviedo Filarmonía, Marzio Conti (director). Obras de Cimarosa, Händel, Mozart, Mascagni, Gounod, Boito, Puccini, Verdi y Wagner.

El galés Bryan Terfel, de quien el periodista de «Ópera Actual» y crítico del «ABC» entre otros medios, Pablo Meléndez-Haddad escribe una bella semblanza en las notas al programa, hacía su presentación en Oviedo con un recital donde repasaría sus papeles y arias preferidas desde el poco habitual barroco hasta «su» Wagner (que ocupó la segunda parte), sin olvidar el Mozart con el que triunfó y todavía sigue en el recuerdo, y por supuesto esos papeles que le van como anillo al dedo: Mefistófeles, Fausto y especialmente Falstaff, con la orquesta ovetense acostrumbrada a estos repertorios junto a su titular, quienes se lucieron en las partes instrumentales, variadas, unificadoras del programa y siempre necesarias en estos recitales de cantantes en solitario que necesitan descansar, sin olvidarnos que resultan mucho más duros que toda una ópera por el cambio de rol y la suma de arias a cuales más exigentes.
Buen inicio orquestal con Cimarosa y la Obertura de II Matrimonio Segreto, nunca mejor lo de templar cuerdas que se lucieron, antes de dejar la formación camerística sumándose el clave de Sergi Bezrodny para afrontar la primera salida de Terfel con un poco transitado Händel de su ópera Berenice, regina d’Egitto, con el aria de Demetrio “Si tra i ceppi”, originalmente para castrato contralto que en la voz del barítono alcanza otros colores y con unas agilidades algo más lentas de las acostumbradas pero con un saber cantar lleno de gusto y veteranía. Punto y seguido con Mozart, una plantilla algo más amplia manteniendo el clave y un aria de concierto de 1791, Io ti lascio, oh cara, addio, K245 (621a), de las pocas escritas originalmente para bajo, porque Terfel es un barítono de graves redondos más que poderosos, agudos llenos de matices con una «media voz» inigualable, y sobre todo un legato y forma de decir el texto increíble, sumándole una escena contagiosa que engancha al público en cada intervención suya.

La OFil le daría el primer descanso con Mascagni y ese bellísimo «Intermezzo» de Cavalleria Rusticana que volvió a dejarnos una cuerda aterciopelada y sonoridad compacta, casi íntima antes de sumergirnos en el infierno.
Bryn Terfel preparó dos visiones de ese personaje de Goethe, primero Gounod, “Le Veau d’Or est toujours debout” de su Faust, el gusto francés con la garra galesa, metido de lleno en el personaje que ya quisiéramos haber tenido en el Campoamor, y especialmente el de Boito y su “Son lo spirito che nega” de Mefistofele, el drama italiano puesto en escena por un cantante capaz de ofrecer dos caras de una misma moneda en una transformación de carácter de la que solo los grandes artistas son capaces.
Segundo descanso vocal y nueva intervención de la formación ovetense en una de las páginas que el foso no permite lucir tanto como en el escenario, el increíble orquestador Puccini con el «Intermezzo» de Manon Lescaut para «recuperar» a Gabriel Ureña en el cello maduro, de fraseo totalmente lírico para no perder sabor operístico junto al arpa siempre insustituible de Danuta Wojnar.

La última salida del barítono en esta primera parte nos dejaría una de sus creaciones, Verdi con el aria “Ehi Paggio! L’onore! ladri!” de Falstaff, la barriga hinchada gritando ¡fabada! (después sacaría varias toallas además de la que traía al hombro) y escanciando sidra en vez de vino (o cerveza) pero con una interpretación que sigue siendo referente en todo, cerrar los ojos y ver este testamento verdiano con un personaje shakesperiano donde el Orson Wells de «Campanadas a media noche» venía a mi memoria coloreando el celuloide en grises.
La segunda parte dedicada a Wagner con el que Terfel se ha encaramado en ese Valhalla escarpado con cada uno de los personajes de tres óperas a cual más intrincada musical y actoralmente, con dos oberturas verdianas para apenas tomar aire, de La Forza del Destino, con dinámicas y tempi buscando el ambiente alemán de programa, y sobre todo la Obertura de Nabucco, bien resuelta y plenamente italiana porque del buscado duelo entre contemporáneos no puede haber empate, además de que la OFil lo tiene más en atril que al alemán.

El talento de Bryn Terfel es indudable y con una voz que se proyecta sin problemas en cualquier idioma, incluso silbando afinado, lo que maravilla es su timbre, cómo juega con él para dramatizar, su paleta de matices que para Wagner es irrefutable, tres momentos estelares, Hans Sachs en “Was duftet doch der Flieder”, de Die Meistersinger von Nürnberg (Los maestros cantores de Nürnberg), “O du mein holder Abendstern” de Tannhäuser, y sobre todo la «Canción de la estrella vespertina» como se conoce la “Música del fuego mágico y Adiós de Wotan” de Die Walküre (La Walquiria), con una orquesta que no bajó volúmenes y la técnica del galés pudo emerger sobre ella, Conti despiadado pero Terfel mandando, muchas tablas para unos roles wagnerianos que son referente en su registro y escena. Una lección operística.

Y si el carácter jovial se transmitía en cada página, los regalos tocaron la otra pasión del barítono británico, los musicales con el «Si yo fuera rico» (If I Were a Rich Man) de El violinista en el tejado, l eterno musical con ese personaje soñador con los pies en la tierra que Terfel mejora al Topol cinematográfico, sin prescindir de la parte hablada con poderío emisor para toda la sala, y la canción tradicional galesa «Suo Gan» que todos recordamos por la película de Spielberg El imperio del sol, cantada con ternura y sentimiento casi íntimo bien arropada por la orquesta ovetense que volvió a ser un perfecto ropaje para tantos personajes puestos sobre las tablas por un Bryn Terfel que vuelve a brillar, perfecta inauguración para una temporada donde muchas de las grandes voces líricas del momento desfilarán por el Auditorio. Todo un lujo para nuestra Asturias, patria querida, siempre musical.

La OSPA abre sus puertas

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Viernes 30 de septiembre, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo: «Concierto de puertas abiertas«, OSPA, Rossen Milanov (director). Obras de Weber, Mozart, Beethoven, Grieg, Brahms, Tchaikovsky, Mendelssohn y Chapí. Entrada libre (previa invitación).
Aunque nuestra OSPA ya arrancó la temporada en el foso del Campoamor nada menos que con el estreno en España de Mazeppa, el pistoletazo de salida en el Auditorio sería este último día de septiembre en un concierto gratuito que cambió la primera capital asturiana por la actual, devolviendo a todos los contribuyentes una parte de sus impuestos que, de momento, se lleva la orquesta de todos los asturianos, como el propio Milanov recordó, siendo además el presentador de las obras y compositores de un programa muy llevadero para el público que llenó casi todas las butacas además de agradecer este gesto, disfrutando de principio a fin.

Con la plantilla actual se organizó un concierto con obras conocidas por los aficionados y los músicos que volvieron a mostrar las cualidades de una formación veterana capaz de todo. Cierto que el inicio con la obertura de Oberon (Weber) pudo resultar algo destemplado en cuanto a los balances no del todo correctos perdiéndose presencia de la cuerda por momentos, que tampoco pudo desquitarse en el «Rondó: Allegro», último movimiento de la Pequeña serenata nocturna en sol mayor, K. 525 (Mozart) que hubiera necesitado más compenetración y limpieza aunque la cuerda siga siendo «la niña bonita» de la orquesta.

El «IV. Allegro con brio» de la Sinfonía nº 7 en la mayor, op. 92 (Beethoven) sirvió para encontrar el deseado equilibrio entre las secciones, con empuje rítmico y contrastes «de libro», puede que demasiado impersonal en la interpretación para todo lo que encierra este maravillo último movimiento plagado de grandes matices así como de heroicidad, pero resultó aseada y ya con todos en la temperatura adecuada para afrontar lo siguiente.

De la conocida «Suite nº 1 op. 46» del Peer Gynt (Grieg) se eligieron los dos números iniciales, lentos para poder paladear unas texturas y planos ideales de la formación asturiana: la famosa «Mañana» que hizo brillar la madera, flautas y oboe, más «La muerte de Ase» verdaderamente coral, hasta prescindiendo de la batuta para un Milanov que mece la cuerda alcanzando tímbricas y unos pianísimos «marca de la casa» de lo más emotivos.
La Danza Húngara nº 5 en sol menor (Brahms) suele ser propina de las grandes formaciones para hacer gala del virtuosismo de todas las secciones, y así la planteó el maestro búlgaro con su OSPA, ligera con el rubato en su sitio y dinámicas generosas, con leves desajustes.
De mucha más hondura y aún reciente en foso, Tchaikovsky resulta un talismán para estos intérpretes con mucha genética rusa que parecen darlo todo en sus obras, lo que volvieron a demostrar con la «Polonesa» del Eugene Onegin, claridad en todos los sentidos, brillantez, precisión y pasión que hizo aún más brillante el «Saltarello: Presto» de la Sinfonía «Italiana» de Mendelssohn, ejecución impecable en todos los aspectos, de aire arriesgado pero bien resuelto por nuestra orquesta, solistas seguros, empaste y entendimiento total.

El toque español y castizo lo puso Chapí con el Preludio de La Revoltosa que hubieron de bisar, gustándome el partido que le sacaron todos (de nuevo el oboe de Ferriol en estado de gracia) a una de nuestras joyas sinfónicas, final con este preludio de una esperanzadora temporada oficial que arrancará el viernes 14 de octubre (un día antes en Gijón) con «Rusia esencial«, nuevamente con Tchaikovsky con los mismos protagonistas para «la patética» y el número uno de piano con Natasha Paremski además de Pasión Cautiva (1997, rev. 2001) de Consuelo Díez Fernández, sin olvidar una esperada «Novena» de Beethoven en el extraordinario de los Premios Princesa de Asturias (20 de octubre), el retorno a este concierto con ensayo abierto al público el día antes.

Lo iremos contando como siempre desde aquí porque esto solo acaba de arrancar y me queda mucho por escuchar.

Ascenso de la viola de Gestido

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Jueves 21 de julio, 20:00 horas. Oviedo, Claustro del Museo Arqueológico: Festival de Verano: Cristina Gestido (viola), Gala Pérez (violín), Ana Nebot (soprano), Luis Parés (piano). Obras de Mozart, Weber, Brahms y Piazzolla. Entrada libre.

En una reciente entrevista para el diario El Mundo, la navarra Isabel Villanueva decía que «a la viola le falta un Paganini o un Paco de Lucía» reivindicando su instrumento y citando referentes del violín o la guitarra flamenca. Cristina Gestido (Oviedo, 1983) toca la viola, un instrumento maduro que parece un violín grande, curiosamente el más humano (aunque «su hermano chelo» se haya apoderado de esa expresión) pero también la guitarra eléctrica además de una reconocida cantautora, siendo más famosa para algunos como la única española en la orquesta que acompañó a Sting o en su vertiente «rockera» en vez de un larguísimo currículo donde Londres sigue siendo su ciudad habitual desde hace más de una década tras un breve paso por nuestra OSPA. Seguimos exportando talento aunque el «Brexit» hará perder mucho capital humano de calidad.

La propia Gestido reconocía hace poco en el digital La Voz de Asturias: «me salgo un poco de la norma de la clásica y un poco de la del rock«, aunque en este nuevo concierto del festival del estío carbayón optó por la primera, rodeándose de amistades para abordar un programa variado y espléndido en el doble sentido de compartir, la escena y la excelencia por las interpretaciones, siendo la anfitriona en esta visita a casa para reencontrarse con compañeros y lugares que la música hace comunes y duraderos.

La violinista Gala Pérez Iñesta (Burgos, 1982) titulada en Oviedo y tan internacional como Gestido, es otra buscadora de nuevos caminos con el Trío Pérez Iñesta, fundado allá por 2002 en Palma de Mallorca y desde 2012 cuarteto con el chelista leonés Luis Zorita, otro músico emigrante e igualmente ligado a Asturias. Y es que la burgalesa no podía faltar a este encuentro con nada mejor que Mozart para hablar un mismo idioma: el Dúo para violín y viola en sol mayor nº1, K. 423, mano a mano puramente vienés de «dos hermanas» que en los tres movimientos (Allegro, Adagio, Rondó: Allegro) parecían comentar historias y experiencias con total naturalidad, sin quitarse la palabra, alternando protagonismo en un diálogo sin más disculpa que la propia música, enorme y exclusiva del austriaco universal, mínimo esfuerzo aparente y máxima entrega de dos amigas, la aguda y la grave como una sola en momentos indescriptibles y sin más compañía.

Ovetense que ejerce de ello, luchadora y con música en vena como la propia capital asturiana, la soprano Ana Nebot compagina docencia y escena, trabajo permanente, viajera con parada «obligada» en París antes de volver a la tierrina, pero sobre todo puro amor por la ópera, a la que pone la sinceridad que dice le falta, desde el programa de la televisión autonómica «Manos a la ópera» traído este jueves en formato reducido y en vivo con el piano de Luis Parés, un ítalo venezolano también de paso por Londres, solvente, seguro, muy reclamado como acompañante y con la propia Gestido a la viola, para contar y cantar Einst träume meiner sel’gen Base, el aria de Ágata perteneciente a «El cazador furtivo» (considerada la primera ópera romántica) de Carl Maria von Weber, registro y color ideal para nuestra cantante en un alemán perfecto, con detalles como girarse para las dos alas del claustro y así escucharla sin cortapisas, escena y voz arropada por dos compañeros en segundo plano enriqueciendo esta aria bellísima que corrobora un momento vocal de madurez donde la elección del repertorio es tan importante o más que la técnica.

Tras estas amigas invitadas, volvería la Gestido protagonista con Parés, la violista para disfrutar casi nueve años después, el sonido maduro y la interpretación viajera que deja poso como la propia vida, primero Brahms y su Sonata para viola y piano en fa menor nº 1 op. 120, página inicialmente compuesta para clarinete pero que con el arco alcanza el color vocal y la tensión en sus cuatro movimientos (1. Allegro appassionato / 2. Andante un poco adagio / 3. Allegretto grazioso / 4. Vivace), romanticismo en los dos instrumentos con el piano tan del hamburgués, casi de lied en esta sonata donde la indicación de los aires sirve de calificativo para lo escuchado, casi cantado en arco, fraseo, presencia e incluso silencio: apasionado, andando lento y tranquilo, gracioso y vivaz, mientras Irene, mi sobrina de nueve años, se enamoraba de esta música que llenaba el claustro que seguía embutida en la lectura (me lo comentaría nada más terminar, con charco de baba por parte de su tío que la traía otro verano más a disfrutar en la capital).

Los habituales del blog conocen mi debilidad por Don Astor Pantaleón, y en 2009 escribía también de Le grand Tango con estos mismos intérpretes en un concierto casi privado celebrado en el defenestrado Centro Cultural CajAstur de Mieres: «totalmente volcados con la obra, el piano consiguió imprimir no sólo el tempo porteño o la dinámica del bandoneón sino convertir el teclado en una orquestina rioplatense tan protagonista como la viola, ya sin ataduras de papel (facilitando la interpretación, de memoria) cantabile y arrastrá si se me permite la expresión, que el tango reinventado por el gran Piazzolla destila en cada nota y que ha dado geniales versiones más con cello que esta de hoy con viola, aunque no por ello menos agradecida ni fantástica, al menos para un servidor que no pudo sino soltar un merecidísimo ¡Bravo! nada más concluirla.
Todo un privilegio asistir a esta sesión casi familiar con un dúo que demostró no sólo profesionalidad sino compenetración y pinceladas de maestría
«. El tiempo nos ha dado hondura, perspectiva y más carga en la mochila del recuerdo, dejando todo lo escrito como entonces pero debiendo añadir que como un tango bien bailado no levanta los pies de la tarima, casi deslizando las suelas sobre ella como el arco de la viola, el hombre guía con maestría el contoneo sensual de la mujer, piano masculino y viola femenina, duelo, suelo y vuelo pero sin despegarse, ascenso sin aire, solo el porteño de mi recordado barrio de La Boca con la banda sonora en vivo de dos artistas.

Bertolt Brecht con Kurt Weill escribieron la ópera en tres actos «Ascenso y caída de la ciudad de Mahagonny«, pero antes trabajaron varios números, el Mahagonny-Songspiel también conocido como Das kleine Mahagonny (El pequeño Mahagonny), obra de concierto para voces y pequeña orquesta donde aparece la «Canción de Alabama«, un verdadero regalo de Gestido y sus amistades, cabaret alemán en el trazado gótico del claustro, estilos de entonces y de ahora como rag-time, jazz y contrapunto formal, canción en el común inglés (Alabama Song) dentro del texto alemán de la ópera, y que ha sido interpretada por diversos artistas como The Doors, David Bowie o Marilyn Manson. Porque Cristina también conoce versiones y épocas, escenarios y estilos atemporales donde el vestido arropa el mismo cuerpo haciéndolo parecer distinto, y así con Gala poder tocar como en Mozart y hacer los coros a una Ana nuevamente acertada, pletórica y en su salsa, con Luis de pianista irremplazable, omnipresente sin molestar jamás, que acabó de envolver este presente de Gestido recorriendo el mundo del que todos fuimos partícipes, sin caídas en la ciudad imaginaria de Vetusta, esta vez final con el ascenso de la viola.
Personalmente me despido por vacaciones aunque queda festival por delante, especialmente el martes 2 de agosto donde estarán mis queridos y admirados amigos Lola Casariego y Aurelio Viribay a los que mandaré como es habitual «MUCHO CUCHO» y un abrazo en la distancia, con un programa hermosísimo que no deben perderse los buenos aficionados.

Imparable Laura Mota

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Sábado 25 de junio, 20:30 horas. Gijón, Fundación Museo «Evaristo Valle», Recital de piano: Laura Mota Pello. Obras de Mozart, D. Scarlatti, Soler, Beethoven y Chopin. Entrada: 5 €.

Volvía al «Evaristo Valle» para seguir escuchando a nuestros jóvenes intérpretes, esta vez a la pianista ovetense Laura Mota Pello (28 de Febrero de 2003) a la que sigo hace años, para comprobar su increíble crecimiento no ya físico, hoy toda una jovencita de 13 años recién finalizado 1º de Secundaria todo con sobresalientes de 10, sino el musical de la mano de Francisco Jaime Pantín con un programa duro, exigente, trabajado desde una técnica que es envidiable en los siete años que lleva estudiando piano, y volviendo a impactarnos por su musicalidad, aplomo, fraseo, adaptación a estilos tan diferentes, pedales en su sitio, dinámicas amplias abarcando desde los pianísimos más íntimos a los fortísismos poderosos en un Steinway&Sons de los años cuarenta, agradecido aunque necesitado de algunos ajustes mecánicos, donde cada autor y obra se diferenciaron a la perfección, demostrando nuevamente que la capacidad y posibilidades de Laura Mota son infinitas, esperando encuentre el apoyo institucional (el familiar y profesional siempre está asegurado) que no nos haga perder esta joya del panorama pianístico mundial. Escucharla es algo indescriptible, cierras los ojos absorbido por el fluir mágico y maduro de cada nota y al abrirlos te encuentras con esta joven inconmensurable, enorme al piano y enfrentada al programa que solo puedo comentar a grandes rasgos porque todo lo hace suyo.

La Sonata nº 18, K 576 en re mayor, de W. A. Mozart, la última del genio de Salzburgo con enorme dificultad técnica plagada de pasajes virtuosísticos escoltando un Adagio central hondo resultó de una limpieza asombrosa y difícil elección para abrir un concierto, pero afrontado con la seguridad de la que la pianista ovetense hace siempre gala.
Las dos sonatas de D. Scarlatti interpretadas sin pausa (Sonata K 107 L 474 en fa mayor Sonata K 135 L 224 en mi mayor) impresionantes por agilidad y madurez de toque, casi clavecinísticas por los ataques y ornamentos siempre perfectos con un equilibrio y sonoridades cercanas contraponiendo tiempos parecidos pero diferenciados y delimitados.
También a pares y espíritu de clavecín el Padre Soler, primero la Sonata R 90 en fa sostenido mayor (una de las joyas de la hoy recordada Alicia de Larrocha con quien Laura tiene muchas similitudes) y después el complicadísimo Fandango R 146 en re menor, virtuosismo al servicio de un lenguaje español que se hace universal, sentido como si de una enorme trayectoria vital se tratase por el conocimiento intrínseco de un lenguaje preclásico de inspiración geográfica pero de una frescura incluso en momentos tan complicados técnicamente (el pulgar de la mano derecha martilleando rítmicamente sin perder pulsación alguna, las octavas, cruces de manos y tantos «recovecos» más) dejándonos boquiabiertos ante el despliegue musical de Laura Mota.

Si la primera parte parecía dura, ya no sé cómo calificar la segunda porque me quedaría corto ante el abismo que sin embargo resultó un placer de vuelo planeando nuevamente la música de piano por encima de todo, casi metiéndome en los cuadros de Evaristo Valle para contemplar el prodigio de una pianista de horizontes inabarcables perfectamente orientada y guiada por su maestro Pantín (sin él sería imposible alcanzar este nivel): la Sonata Op. 2 Nº 3 en do mayor de L. V. Beethoven
me recordó al Wilhelm Kempff referente de mis años de conservatorio hace casi medio siglo pero con el «preparatorio» de la primera parte al hacernos sentir el clasicismo de la técnica y el romanticismo del lenguaje inimitable del genio de Bonn. Si los tiempos rápidos resultan poderosos desde la pulcritud, verdadero brío del primero, chispeante el Scherzo o cascada emocional limpia de tempo valiente el Allegro Assai, el Adagio volvió a impresionarme por la hondura del fraseo, veterano y con toda una vida dedicada al piano aunque parezca mentira al ver quién tocaba.
Y no digamos del Chopin elegido para cerrar concierto, primero dos polonesas (de las 23 al menos compuestas por el polaco) de las opus 26, la Polonesa nº 1 en do sostenido menor, vértigo emocional y trasfondo poético de una obra de juventud interpretada desde esta edad infinita de Laura Mota, dos manos que se funden y diluyen en hacer fluir sentimientos únicos, contrapuesta a la nº 2 en mi bemol menor todavía más interiorizada, tocada con la mayor naturalidad haciendo fácil lo inabarcable, midiendo cada compás con total fidelidad a la partitura para revolverla como propia, lo intangible e inexplicable de los grandes intérpretes, esta vez con ¡trece años!, el rubato adecuado, los contrastes de tempo y dinámicas, la fuerza física con la delicadeza en el toque.

Aún quedaba más Chopin: dos estudios del Opus 10 para quitar el hipo, el virtuosismo para trabajar la técnica sin perder de vista las melodías escondidas, el equilibrio de manos y pedales, primero el

Estudio nº 8 en fa mayor y después el conocido como «teclas negras», Estudio nº 5 en sol bemol mayor, sin importar las tonalidades complicadas porque Laura Mota hace fácil lo imposible desde la naturalidad y equívoca inocencia, una madurez asentada en un trabajo increíble y capacidad de sacrificio más unas cualidades innatas que el buen magisterio lleva por el camino ideal alternando con los estudios obligatorios de Secundaria que en este país parecen incompatibles con los musicales aunque los resultados sean tercos y refuercen un maridaje incomprendido por quienes nos gobiernan.
Todo un programa gigantesco interpretado de memoria que cercano a las dos horas todavía nos dejaría más asombrados ante el Allegro de concierto op. 46 (1904) de Granados, conmemoración centenaria y nuevo guiño a la siempre recordada Alicia desde la juventud descarada y descarnada, apoteósica para un público que parecía enloquecer ante el derroche pianísitico de Laura Mota Pello. No olvidar este nombre porque cada actuación suya es todo un acontecimiento irrepetible.

Mucha calidad desde Edimburgo

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Miércoles 25 de mayo, 20:00 horas. Oviedo, Conciertos del Auditorio: Dunedin Consort, Joanne Lunn (soprano), Rowan Hellier (mezzo), Thomas Hobbs (tenor), Lukas Jakobski (bajo), Jonathan Manson (chelo), John Butt (clave y dirección). Obras de C. Ph. E. Bach y W. A. Mozart.
Semana musical sin apenas descanso y penúltimo de los conciertos del auditorio, esta vez un conjunto llegado desde Edimburgo con el maestro Butt al frente que sustituyó al programado inicialmente con el regreso de la violinista Midori y la Fort Worth Symphony Orchestra de Texas bajo la dirección de Miguel Harth-Bedoya que la crisis petrolífera fulminó toda la gira europea. Imagino las enormes dificultades para encontrar una formación de calidad equiparable a la norteamericana pero finalmente todo fructificó y pudimos tener un concierto luminoso y de altura con el Dunedin Consort, ideal en número con instrumentos de época que como otras formaciones van más allá del barroco para adentrarse en el clasicismo, primero el Concierto para violonchelo en la mayor, Wq. 172 de C. Ph. E. Bach con Jonathan Manson de solista con el chelo -aunque también toca la viola de gamba- escoltado nada menos que por Mozart con sus Visperas solemnes de confesor en do mayor, K. 339 y el Réquiem en re menor, K. 626, dos joyas corales para degustar en formato camerístico e histórico (recreando cómo sonarían en su estreno) más que suficientes, con un coro de 16 voces -cuatro por cuerda- donde estaban los excelentes solistas vocales, porque la calidad de todos los músicos permitió saborear un concierto de 95 minutos preparando ya el de clausura del día 2 de junio totalmente opuesto (Berlioz con su Requiem) al de este lluvioso último miércoles de mayo.

Las «Vísperas de Mozart» demostraron la calidad del «consort» en los seis números llevados con el tempo giusto por Butt y con un coro donde los solistas integrados en él fueron desgranando belleza por doquier, especialmente el conocido Laudate Dominum para mayor regocijo de la soprano Joanne Lunn (ya me gustó hace dos años) que a pesar del ruido generado por un desmayo y caída en el anfiteatro no se descentró y pudo dejarnos una de las páginas más escuchadas y geniales de Mozart desde el dominio técnico y la expresión ideal, arropada por «su» coro y la formación escocesa en estado de gracia, sin desmerecer a sus otros compañeros solistas.

Del concierto de chelo compuesto por el segundo de los siete hijos varones del gran Bach, y en cierto modo padre del clasicismo desde el llamado «Estilo galante«, el ensemble reducido a la cuerda y el clave del propio Butt volvió a enamorar con un sonido apropiado al estilo, con un Jonathan Manson dominando este lenguaje desde el conocimiento de la viola da gamba evolucionada al violonchelo igualmente ideal desde los criterios historicistas, tres movimientos académicamente perfectos en escritura e interpretación, sumándose al «grosso» como uno más -lo es en el resto del programa- y gustándose en las partes solistas con presencia sonora por la tímbrica, expresión cantada en los momentos adecuados y especialmente en ese segundo movimiento Largo con sordini, mesto que explora el registro agudo casi de viola con sus compañeros en sonido velado más que amordazado por la sordina, como si versionease un «vidit suum» desde el instrumento más cercano a la voz humana, haciendo casi música coral con toda la cuerda más el clave, complemento de un Mozart de religiosidad cercana y luminosa proveniente de los genes del kantor que Carl Philip Emanuel encarnó con la losa de un apellido marcado por su padre. El Allegro assai pareció la banda sonora ideal de un documental para presentar los criterios del Dunedin Consort más cercano al barroco pero respirando aires clásicos durante todo el concierto.

Y del Requiem mozartiano alegrarme de esta recreación o «reimaginación» sonora para nuestros días, despojada de enfoques románticos y entendida como la partitura incompleta y póstuma del genio de Salzburgo finalizada con respeto en esta nueva edición de David Black a partir de la «versión» de Süssmayer, tratando de mostrar no una nueva edición sino darle mayor claridad al original de Mozart con los «añadidos» del discípulo, muchos detalles que parecían como «oscurecidos» por las versiones posteriores, sobre todo la primera que no mencionaba a Süssmayr y realizada por Breitkopf&Härtel en 1800. La nueva edición de Black que trajeron los escoceses devuelve la partitura al estado inicial de su primera audición (10 de diciembre de 1791) en unos años cruciales que parecen acercarnos desde este «ministerio del tiempo musical» con el Dunedin, tal y como comentan en su web completada con la historia perfectamente comentada por Mª Encina Cortizo en las notas al programa (enlazadas como siempre en los autores). Auténtica revisión llevada al CD por estos mismos intérpretes salvo el bajo y vendiendo varias copias en el propio auditorio de una grabación galardonada con el premio Gramophone pero que el directo siempre hace todavía más irrepetible. Personalmente me resultó luminosa por la elección de los tiempos, una misa de difuntos pensada como propia por Mozart, momentos de congoja como el Dies Irae que el coro contagia junto al Rex Tremendae, el Tuba Mirum esperanzador con Jakobski pugnando con la excepcional trombonista Emily White en fraseo, reconfortantes como el Ofertorio en la alternancia coral y solistas, o el Sanctus más Agnus de «sana envidia vocal» por parte de ese coro de 16 voces inglesas, versión de continuidad entre original y añadido sin fracturas, solistas (Lunn y Hellier de mejor empaste que los caballeros) y coro en «comunión» ideal con una orquesta y órgano siempre en el plano perfecto, alcanzando la Lux Aeterna tranquilizadora tras dudas y arrebatos emocionales sin extremismos pero sentidos por todos.

Salvando distancias temporales, me recordó a la de Savall en 1992 con La Cappella Reial de Catalunya, Le Concert des Nations y un cuarteto solista que bien podríamos permutar con el del Dunedin Consort de hacer realidad los viajes en el tiempo. Interesante también la colocación del coro a la derecha del «ensemble», aportando equilibrios y sonoridades distintas a las habituales, reafirmando calidades y aportaciones del maestro John Butt, una autoridad en la materia que hace práctica la teoría compartiéndola con el público, labor de limpieza que puede cambiar conceptos nunca inamovibles en el terreno musicológico.

Formando pianistas

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Martes 17 de mayo, 20:00 horas. Salón de Actos, Casa de la Música, Mieres: David Sánchez Álvarez (piano). Obras de Mozart, Debussy, Scriabin y R. Schumann.
Organizado por el Conservatorio de Mieres, más la Concejalía de Educación y el Ayuntamiento de Mieres, el joven pianista ovetense David Sánchez se presentaba en Mieres (unos días antes en Llanes) preparando el fin de curso y fogueándose con público variado (profesores, alumnos y aficionados), con un programa difícil en la recta final de sus estudios de interpretación y pedagogía del piano del CONSMUPA tutelado por la profesora Teresa Pérez Hernández.

Con un amplio currículo y una trayectoria tanto de solista como en música de cámara que dejo aquí y en una formación que nunca se acaba, David tiene por delante un futuro prometedor, siendo los conciertos parte de una experiencia necesaria que todos los estudiantes deben afrontar, vencer miedos e inseguridades, sentirse cómodos con un instrumento que nunca es el mismo, esforzando la memoria sin apoyos en la partitura delante, adaptación a las temperaturas de la sala y tantos factores que los concertistas tienen en cuenta en cada salida al escenario.

Las obras elegidas todas ellas exigentes, de estilos cercanos en el tiempo de su escritura pero totalmente variadas: el siempre clásico y «traicionero Mozart» de la Fantasía en do menor, KV. 475 que fraseó con limpieza y fuerza, amplios contrastes de volúmenes para una forma extensa con distintos movimientos continuados (Adagio – Allegro – Andantino – Più allegro – Tempo I) que permite condensar muchas técnicas sin perder el inimitable sabor del genio salzburgués; el impresionismo francés de Debussy con los tres números  con dedicatoria de «Pour le piano«, maravillando unos pedales ajustados para crear ambientes sin perder claridad en las manos, un Prélude de potencia, la reposada Sarabande y la enérgica Toccata, cerrando el primer bloque nada menos que el Estudio op. 8 nº 12 de Scriabin, el mago ruso emulando los homónimos de Chopin pero elevado a cotas supremas que requieren un esfuerzo global por parte del intérprete mucho más allá del virtuosismo supuesto.

El romanticismo de Schumann con su poco escuchado Carnaval de Viena (Faschingsschwank aus Wien) op. 26 llenó la segunda parte, cinco números que presentan el lenguaje pianístico del alemán complejo de dedos, dinámicas amplias, expresión extrema que necesita madurez y trabajo para sacar a flote los distintos motivos pero también los detalles nunca accesorios, con rubatos adecuados, ataques seguros, mano izquierda marcada y todo el material que un pianista trabaja desde siempre. Allegro, poderosamente rítmico; Romanze, serenidad para un ambiente interior; Scherzino, juguetón y saltarín, sincopadamente claro y contrastado a la vez que preciso para ambas manos; Intermezzo, virtuosismo de arpegios envolviendo una melodía siempre presente desde la fuerza contenida; y el Finale, enloquecido, brutal de velocidad y expresión, verdadero mazazo físico y psíquico, remate brillante a los cinco movimientos que conforman estos lienzos sonoros de un compositor obsesionado con la técnica pero con profundidad expresiva que el tiempo ayudará a madurar en las manos y talento de David Sánchez Álvarez. Mucha suerte en este fin de curso y ánimo porque el camino es largo, contando con una familia que le apoya así como un profesorado guiándole en la dirección correcta. Más no se puede pedir y sabe que en el Conservatorio de Mieres siempre será bien recibido.

No pueden faltar

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Viernes 6 de mayo, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo: «Cuaderno de viajes I», abono 12 OSPA, Golda Schultz (soprano), Alessandro De Marchi (director). Obras de Haydn, Mozart, Beethoven y Mendelssohn.
Sin descanso y apurando esta temporada de aniversario que ya no se detendrá hasta el próximo mes, volvía la OSPA con un programa de esos que no deben ni pueden faltar, clásicos que mantienen este repertorio básico para intérpretes, músicos y público en general,  pues además de la música de nuestro tiempo (más exigente en cuanto a su escucha) los grandes también son nuestra herencia y siguen llenando las estanterías de tantos melómanos. La orquesta volvió a demostrar su solvencia, calidad y excelente estado de forma en todas las secciones, disfrutando con la interpretación de unas páginas imprescindibles, ideal en plantillas para este duodécimo de abono, llevada por un director italiano que se hizo entender (interesante la entrevista para OSPATV), claro en el gesto, preciso, compenetrado con una formación como la asturiana versátil no solo en repertorio, capaz de amoldarse sin fisuras a las más diversas batutas.

Hoy podríamos hacer esta entrada utilizando los títulos de las obras: La isla deshabitada de un Auditorio sigue perdiendo público, tal vez por el Ah! Pérfido tiempo de una climatología escocesa que haría preguntarse Voy, pero ¿dónde? ¡oh dioses y perdiéndose un concierto completo y agradable.
La obertura de L’isola disabitata, H. Ia:13 (Haydn) con una formación para la ocasión (aunque sin clave) resultó ideal para las muchas cualidades de orquesta y director: dinámicas amplias, lirismo, empaste entre secciones (excelencia en el dúo de trompas), buenos balances además del empaque habitual que en menor número de músicos resalta todavía más la gama de matices que atesoran los integrantes de nuestra orquesta, bien resaltado cada detalle por el italiano De Marchi para esta página operística pero marca del llamado «padre de la sinfonía«, luces y sombras hechas música al más puro «Sturm und Drang«.
Sorpresa agradable la soprano sudafricana Golda Schultz que sin poner la piel de gallina está dotada de una maquinaria perfecta, excelente técnica para afrontar las dos partituras que la trajeron a Asturias, emisión clara, color vocal con cuerpo y homogeneidad en todos los registros sin olviarnos del grave, corriendo sin problemas por la mayor o menor densidad orquestal, cambiando los omnipresentes oboes por los clarinetes tan del gusto de los «vieneses» MozartBeethoven, éste todavía clásico en forma.

El aria Vado, ma dove? Oh Dei!, K. 583 (Mozart), cuya historia figura en las notas al programa de Rafael Banús Irusta (enlazadas al principio con los autores), ya comienza a incluirse en el segundo acto de Le nozze di Figaro, calificadas como «piezas de bravura» que la solista defendió con solvencia y eficacia bien concertada por un De Marchi con la orquesta sonando en el plano idóneo, contestando, acompañando, preparando y completando esta maravillosa partitura del genio de Salzburgo.
Y otra aria de concierto que pocas veces se escucha en ellos, aunque este año fuese la segunda ocasión en este mismo Auditorio, Ah! Pérfido, op. 65 (Beethoven), misma atmósfera vocal y orquestal pero exigente en cuanto a fuerza y extensión en el amplio sentido del término musical, un recitativo exigente y un aria todavía mayor, con la soprano bien anclada en su ejecución a la que le faltó ese punto de emoción para transmitir emociones con todo el mimo orquestal. Las dos arias con textos traducidos por Luis Gago pudimos seguirlas, luces de sala encendidas facilitando su lectura, calidad y calidez en la sudafricana, belleza vocal y una técnica irreprochable que es necesaria para alcanzar la excelencia cuando se le suma entrega y carisma. Difícil aunar ambas cualidades que no siempre han tenido algunos de los grandes intérpretes (no solo voces), y personalmente siempre decantándome por la emoción con menos técnica que no a la inversa, pues las dos están al alcance de unos pocos elegidos.

Las sinfonías de Mendelssohn deberían figurar como «obligadas» en los conciertos, son ideales para pulsar el grado de trabajo y calidades de todas las orquestas con unas plantillas no siempre del tamaño que exigen otros compositores, amables de escuchar y de trabajar, algo que De Marchi con nuestra OSPA volvió a corroborar, un romántico que compone «a la manera clásica» como así lo entendió el director italiano.

La Sinfonía nº 3 en la menor, op. 56 «Escocesa» (1842) sacó de la orquesta lo mejor de ella en un crecimiento prolongado a lo largo de esta temporada que esperamos alcance el cénit en lo que aún nos espera, y es que no cabe ningún reproche en cuanto a entrega y musicalidad. Cada movimiento supuso un escalón de calidad y emoción, una cuerda dúctil y bien compensada para el Andande con moto-Allegro agitato con los primeros planos de los violines y cellos reondeados por los contrabajos (la tarima ayuda a redondear los graves), la madera siempre segura, unos timbales discretos en presencia pero imprescindibles, y el ímpetu necesario para el cambio de tempo bien llevado por De Marchi, sacando cada dibujo a flote en las distintas secciones, tensión en el punto justo, disfrutando de los clarinetes (hoy Antonio Serrano de solista) y creando ese ambiente sombrío tan parecido al asturiano que la OSPA transmite como nadie. El Scherzo: Assai vivace continuó esa tensión del primer movimiento con apenas espera entre ellos, buscando unidad en el discurso y mantener el ambiente alcanzado, la alegría del motivo en la madera siempre talentosa, el cuarteto de trompas que sigue sonando compacto y mejorando en cada concierto, uniforme, orgánico y en perfecto entendimiento junto a las trompetas, la cuerda brillante y clara, con unas violas y cellos también protagonistas amén del ya comentado sustento de los contrabajos, apostando el director italiano por un aire ligero que permitió disfrutar de todos ellos. Los tiempos lentos son perfectos para saborear la musicalidad de los primeros atriles, siempre seguros y aportando el plus de magisterio y confianza en ellos depositada, dejándonos un Adagio cantabile de belleza inconmensurable, sonoridades claras en los «pizzicati», arcos cantantes a más no poder, armonías completadas por un viento etéreo que pasa al primer plano casi de puntillas pero haciéndose oír, majestuosa serenidad antes del último movimiento Allegro guerriero – Finale maestoso, literalmente guerrero y majestuoso por el impulso desde la batuta, el empuje orquestal, los contrastes rítmicos, el brillo de la cuerda, el arrojo de los timbales, las contestaciones de la madera, la presencia del metal, las calidades en cada detalle sin decaer a lo largo de los compases, reposos mínimos en el tema principal que crece desde la unidad sonora. Una sinfonía «asturiana» comandada por un italiano con las ideas claras bien interpretadas que deja las expectativas muy altas por el programa elegido para el abono 13 del viernes 13 sin supersticiones, segunda etapa de este «Cuaderno de Viajes» para una orquesta sin prisas pero sin pausas en plena madurez de plata que nunca se acaba.

Valores musicales

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Sábado 30 de abril, 20:30 horas. Museo Evaristo Valle, Gijón, «Jóvenes valores de la música»: Ignacio Rodríguez (violín) y Sergey Bezrodny (piano). Obras de Mozart, Dvorak, Brahms y Shchedrín. Entrada: 10 €.

Desde la primera fila del museo, compartiendo vista y concierto con cuatro cuadros de Evaristo Valle (1873-1951) pintados tras su vuelta a Gijón en 1917, cual testigos de cada una de las obras escuchadas por dos artistas unidos en el lenguaje universal, hoy música más pintura, dos generaciones de intérpretes conjugando juventud y madurez en un camino sin fin, el violín de Don Ignacio (1996) sinónimo de juventud y crecimiento desde sus inicios junto al piano de Don Sergey (1957) el virtuoso maduro de larga carrera apoyando siempre a los nuevos valores con la misma profesionalidad y excelencia que a las figuras consagradas, grandeza humana desde la humildad del magisterio, un segundo plano que nunca lo es, y menos ante cuatro partituras exigentes para ambos intérpretes que se convierten en uno porque los compositores así entendieron unas obras cargadas de emociones compartidas, de continuo diálogo y común deseo expresivo desde dos instrumentos complementarios, poderosos y delicados, capaces de emocionar, conmover, transmitir momentos únicos para un concierto en este museo que respira arte por sus cuatro paredes apostando por la música ofreciendo al público «Arte» con mayúsculas interpretado por unos jóvenes necesitados precisamente del apoyo y reconocimiento al duro trabajo que supone la carrera elegida.

Mozart fue un niño prodigio al que su familia apoyó y promocionó para llegar a ser un genio conocido fallecido todavía en la plenitud de la vida. La Sonata en si bemol mayor, KV. 378 está compuesta en Salzburgo en 1779 con solo 23 años pero publicada precisamente en 1781 cuando se instala en Viena para convertirse en un músico independiente, puede que el primero de la historia sin patronos, componiendo para él y viviendo sus mejores años. Así me imagino a Ignacio Rodríguez, estudiando y dando lo mejor de estos años de formación asentando repertorio donde Mozart siempre está presente por la sencillez de su escucha escondida en una diabólica dificultad de ejecución que Sergey Bezrodny hace fácil. Sonata en tres movimientos todavía de estructura académica, clásica, con equilibrio entre los intérpretes sin olvidar el virtuosismo exigido a ambos, muy del gusto de entonces. Allegro moderato vital, con fuerza y diálogo solo posible desde el entendimiento, equilibrio de planos, unidad expositiva, claridad con una amplia gama de matices. Sonoridad carnosa en el violín, intensidad e impulso en un piano brillante. El Andantino sostenuto e cantabile mozartiano a más no poder, esos tiempos casi concertísticos donde el violín es casi orquestal para el piano y cambiar los roles cual un aria operística cantada por el arco, así entendieron este movimiento central lírico y emotivo, cuerda grave discreta y con notas largas para reforzar un piano cristalino, fraseos precisos, ornamentos ligeros que alternarían posteriormente con el violín protagonista y teclado quasi orquestal. El Rondó: Allegro como cierre virtuoso de una sonata para violín y piano corroborando unidad en el discurso pero también en espiritualidad y punto de vista equilibrado de juventud con madurez, arrojo y valentía frente a contención y seguridad, diálogo en sincronía bien intencionada por los dos intérpretes, jugosas dinámicas de sonoridades potentes y brillantes.

Las Cuatro Piezas Románticas, op. 75 B. 150 (Dvořák) originalmente para trío de viola y dos violines como «Miniaturas» y en versión definitiva reescritas poco tiempo después suelen ser más habituales escucharlas con cello, pero el violín consigue el impacto de unas melodías engarzadas con el piano más cercanas e íntimas, desde el Allegro moderato hasta el imaginativo y rítmico Allegro maestoso potente en ambos solistas, cuerdas dobles, arco amplio con el piano martilleando o sobrevolando juguetón en este diálogo del folklore checo, siempre reconocible en Antonin, que finaliza en un agudo luminoso. El Allegro appasionato juega en dos planos con el violín fraseando y el piano en contrapunto lleno de arpegios fusionando tímbricas y matices, expresividad máxima con crescendi en ambos intérpretes sumando la dificultad de dobles cuerdas en octavas manteniendo pasión hasta el increíble Larghetto languideciendo, íntimo, exigente en los ataques casi imperceptibles y un violín doliente acompañado por un piano que prepara los fuertes cual pinceladas de luz en la oscuridad con un final nada habitual en tiempo lento que el dúo entendió como despedida vital, expresividad emocional llevada al límite, casi agonizante de bello dolor hecho música hasta la última e íntima nota en un arco infinito a la espera de liberar pedal pianístico.

Tras un necesario descanso que reajustase equilibrios anímicos, nada menos que la Sonata nº 1 en sol mayor, op. 78 (Regen-sonata) de Brahms, compuesta con 48 años en plena madurez artística, «Sonata de la lluvia» de hondura y bravura, con un Vivace ma non troppo de perlas pianísticas y lirismo violinista, todos los matices de una paleta amplísima, de nuevo el sonido carnoso de Ignacio con el sustento seguro y redondeado de Sergey, aún más personal en el Adagio de protagonismo impecable subrayado por unos arcos inmensos de Ignacio, la belleza melódica e infinita del hamburgués reducida al dúo, compartiendo momentos delicados de amplios registros. El Allegro molto moderato traería el recuerdo del Regenlied opus 59 nº 3 para completar la melancolía musical «reducida» a la música de cámara que Brahms, ajeno a las modas, entendió como nadie y el dúo Rodríguez-Bezrodny transmitieron fidedignamente, apostando por repertorios de envergadura.

Un placer escuchar de nuevo una obra de Rodión Shhredrín (1932), esta vez In the style of Albeniz, op. 52 (con varios arreglos, siendo el de violín y piano de 1973), un descubrimiento perfectamente complementario de las obras precedentes desde la visión e inspiración de nuestro pianista más grande admirado por un moscovita con pasaporte español, el espíritu humorístico cautivador tamizado por la herencia rusa y llevado a una partitura actual, vital, agradecida para ambos intérpretes volcados en un ímpetu mezclado con el respeto por este lenguaje propio de acentos inconfundibles, obra de un virtuoso pianista, organista y compositor conocedor de todos los recursos técnicos instrumentales que tal pareciese pensado para nuestro dúo, al que siempre recuerdo como «Conexión Moscú-Oviedo«.

Un triunfo que el público corroboró con largos aplausos además de un ramo de flores para cada uno de ellos entregado por una de las nietas del director de arte de la FundaciónGuillermo Basagoiti García-TuñónAlina Brown García-Tuñón, responsable de la administración y programas educativos, continuadores del legado de Evaristo Valle tras la muerte de su sobrina María Rodríguez del Valle en 1981 cumpliendo su voluntad testamentaria de esta Fundación y Museo gijonés en su finca «La Redonda».

Precisamente en el cumpleaños de Alina, sobrina-nieta del pintor, nada mejor que el regalo tan vienés del «grazioso» Schön Rosmarin (Kreisler) de las «Tres viejas danzas vienesas«, un placer en la interpretación de unos ya relajados Ignacio y Sergey a los que siempre es un placer seguir y escuchar en vivo.

La samba movió a la juventud

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Cuarto año del proyecto LinkUp que la OSPA ha traído desde el Carnegie Hall neoyorkino y su «Weill Music Institute» de la mano de Rossen Milanov hasta el Auditorio de Oviedo, y exportándose después a otras comunidades como Navarra, al igual que en EE.UU. cada vez más estados se suman al mismo e incluso en otros países, un proyecto que hasta ahora lleva tres monográficos, si bien se rehacen y adaptan cada temporada al español, por lo que «La orquesta se mueve» de este 2016 podríamos decir que es la versión 2.0 de un ciclo pensado para alumnado desde Primaria hasta Secundaria, donde he participado con mis alumnos de primer ciclo (1º y 2º ESO) del IES «El Batán» de Mieres desde la primera en 2013.

Tres días (pues los dos previstos se completaron rápidamente nada más abrirse el plazo de inscripción) con doble función matutina a las 10:30 y 12:00 movilizando más de seis mil estudiantes y cuatrocientos profesores de casi 100 institutos y colegios asturianos, con unos materiales de calidad que nos proporcionan para esta fiesta musical. Nosotros acudimos al «estreno» del pasado miércoles 27 de abril en la primera función, siempre una incógnita cómo responderían todos, pero nuevamente la emoción marcó ya la salida en los dos autobuses tras un trimestre largo de trabajo en el aula con todo el repertorio. Si hasta entonces los compañeros comentaban cómo salen del aula cantando de las clases, el día importante había llegado, incluso ensayando con sus flautas para ir calentando.
Auditorio lleno de ilusiones, la orquesta calentando motores, la gran pantalla con pasatiempos musicales y con Gustavo Moral de maestro de ceremonias arrancaba este concierto único donde todos participan de él.

Cuenta atrás y afinación orquestal, seguida de las flautas y con el «vecino equipo habitual» formado por Sonia de Munck (soprano), Elena Ramos Trula (soprano) y Julio Morales (tenor) comenzaba el propio concierto lo que podemos llamar el «Himno LinkUp», el único tema que se repite, Ven a tocar (Thomas Cabaniss). Después vendría el «Can Can» de Orfeo en los infiernos (J. Offenbach) con dos jóvenes bailarinas intentando sumar a Gustavo mientras los diferentes sentidos de «mover» que tiene la música en este programa.

El Danubio Azul de J. Strauss hijo tiene una letra mejorada del primer año, por lo que el alumnado opta por la melodía conocida cantada con Sonia, o directamente en flauta, por las contestaciones instrumentales y sobre compartir todo con la OSPA bajo la dirección de su titular Milanov que optó por un tiempo más lento que el ensayado en el aula con una base solamente de piano, aunque el ritmo ternario la juventud ya lo tiene bien asimilado.

Como hace cuatro años el momento más emotivo es el «Nocturno» del Sueño de una noche de verano (Mendelssohn) transportado para poder interpretarlo con las flautas dulces, dos niveles de dificultad (pues el tercero lo tendrían los excelentes trompas de la OSPA), luces atenuadas y más de mil flautas disfrutando y compartiendo partitura con los profesionales, incluso mandando sobre ellos, porque ¿quién sujeta el ímpetu? Milanov hizo diabluras para hacer posible lo imposible y todo acabó encajando.

La obertura de Las bodas de Fígaro (Mozart) puso a prueba la velocidad en los músicos para un imaginario récord así como el necesario aprendizaje de participar con la escucha. Está bien «engañar» con un minutaje de 4:20 inferior al real y el empuje del animador Gustavo a la cuerda.

Uno de los momentos más esperados por el alumnado es el conocido «Toreador» de Carmen (Bizet) con «Escamillo Morales» nunca tan coreado como aquí. El francés no supone dificultad (aunque los americanos hacen su versión en inglés), la respuesta se convirtió en coprotagonista por el ansia contenida con la obertura operística mozartiana y la chaquetilla pequeña, sin necesidad de montera, acabó cual muleta para «torear» a Gustavo, con las sopranos unidas al coro escoltando a los «primeros espadas» con bellos abanicos.

Pese al arduo trabajo previo de preparación para saber escuchar a Beethoven y su Quinta Sinfonía en do menor, op. 67 (sólo el primer movimiento), está visto que los gustos de los chavales cambian y tras el triunfo hace cuatro años este no fue igual para ellos, pese a la interpretación bien llevada por la OSPA con Milanov, supongo que estar más de cinco minutos parados es algo imposible para esta generación. Seguiremos buscando fórmulas para alcanzar el placer de escuchar en una sociedad más bien «sorda» donde ni siquiera conseguimos dialogar en orden.

Distinto fue el otro tema de Cabaniss, Lejos vuelo con una coreografía muy ensayada en la parte central, uniéndose casi todos a la voz de Sonia quien con todo el «equipo» marcaron igualmente los pasos a un auditorio que daba gusto contemplar en movimiento acompasado con un tema muy actual de orquestación.

Pero el fin de fiesta fue realmente apoteósico, Vaudí y sus percusionistas entraron a ritmo de samba, levantando el jolgorio y contagiando el calor brasileño de Rio de Janeiro en Cidade Maravilhosa (André Filho), sumándose la orquesta y Elena luchando por afinar con todo el auditorio totalmente revolucionado cantando en portugués con la misma facilidad que en francés o español.

Recopilación musical cual trailer recordatorio de cabo a rabo con Gustavo y todos los músicos participando para poner rumbo al «insti» en perfecto orden. Aún quedaba otra función ese miércoles más las cuatro siguientes. De nuevo la música preparando y formando, cultura educativa aunque WERTgonzosamente «olvidada» al relegarla como en mi adolescencia al grupo de «marías» del que han sacado la «Religión» equiparada a «Valores éticos». No suelo ver políticos en los conciertos por lo que tal vez deberíamos organizar un «LinkUp» para ellos y comprobasen que la educación integral no es la que aparece en leyes no consensuadas.

Al menos en Asturias seguimos «conectados» y como este año, «La orquesta se mueve» con el alumnado, volvimos cantando, contentos, una experiencia que no acaba aquí porque hasta junio queda curso, y como se decía en los antiguos campamentos de verano, «esto sigue en vuestras casas».

La esperanza es lo último que se pierde y la música hace más llevadero nuestro quehacer diario. Soy feliz y disfruto dedicándome a lo que me gusta, la docencia y la música, pero las canas no salen solo por los años.

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