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Desde Budapest con parada en Oviedo

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Miércoles 29 de noviembre, 20:00 horas. 25 años de Conciertos del Auditorio de Oviedo: Orquesta de Cámara Franz Liszt, István Várdai (violonchelo y dirección). Obras de B. Bartók, C. P. E. Bach y Mendelssohn.

Oviedo sigue en el mapa de las giras europeas y «La Viena española» tras el inicio zaragozano de la Franz Liszt Chamber Orchestra y antes de San Sebastián, con un programa de los que saben a poco y no solo por la corta duración a pesar de las dos propinas de István Várdai, sino por lo conocido y agradecido de unas obras que todo melómano tiene en su memoria auditiva y hasta puede tararear mentalmente según las va escuchando. Lástima que este último miércoles de noviembre el público no respondiese como en anteriores citas, pero como siempre digo «ellos se lo pierden» aunque algunos me lean para enterarse cómo fue todo.

La tarde arrancaba con la cuerda casi camerística a cargo de la formación húngara, defendiendo su calificativo, bajo la dirección de su concertino desde hace cinco años Péter Tfirst, una leyenda en esta orquesta de Budapest, con las conocidas seis Danzas rumanas de Bartók, de imposible pronunciación pero con excelencia sonora, rítmica, folklórica y la calidad que en las antes llamadas «orquestas del este»  (europeo, claro) tienen asumida y son casi genéticas, más en estos repertorios. Danzas llenas de color, cercanas y con los aires zíngaros donde los violines disfrutan y desprenden alegría desde un sonido limpio en todos los tempi, compacto con dos contrabajos que dieron sustento a una tímbrica impecable de la cuerda, matizada y con pizzicati rotundos pese a ser sólo 25 instrumentistas.

Con la incorporación de una clavecinista (que completó y redondeó el sonido de los húngaros) llegaría el Concierto para violonchelo y orquesta en la mayor de C. P. E. Bach con István Várdai (Pécs, 1985) «armado» del instrumento que perteneciese a Jacqueline du Pré (el ‘Ex du Pré-Harrell’, un Stradivari de 1673) que aún parece estar impregnado del genio de la malograda y recordada chelista inglesa de apellido francés y matrimonio famoso con Daniel Barenboim que tanto ayudaron a convertir la mal llamada música clásica en todo un fenómeno de masas para su época (sin redes sociales ni apenas televisiones), hoy todo un mito tras sufrir una esclerosis con 28 años que la apartaría de la práctica musical y su posterior muerte a los 42.

El solista húngaro afrontó los tres movimientos con un sonido que conmueve en los graves y proyecta los agudos con facilidad, ejerciendo también de director aunque «los Liszt» podría decir que tocan solos este concierto del quinto de los siete hijos que tuvo «mein Gott», genética y música pura para este enorme clavecinista y compositor del periodo galante considerado uno de los fundadores del Clasicismo, quien decía: «Un músico no puede conmover a menos que él mismo se conmueva» como recuerda en las notas al programa Juan Manuel Viana. Y Várdai leyó y sintió este tercero de los conciertos para chelo (entre los más de cincuenta que escribió). Sturm und Drang o Empfindsamer Stil son expresiones en el idioma de Goethe que todos los estudiantes de música hemos tenido que conocer, y este concierto del «Quinto Bach después de dios padre» contiene tanto la tormenta e ímpetu así como el estilo sentimental, éste en el Largo con sordini mesto central de clave perlado, frente a los rápidos extremos más impetuosos que tormentosos, donde el Allegro assai parecía adelantarme en vivo la emisión de «La dársena» de Jesús Trujillo en Radio Clásica, programa con la actualidad musical que cumple 10 años, cuya agenda de conciertos (donde Oviedo está -casi- siempre en ella) utiliza este último movimiento del bellísimo tercero para chelo. Bien el chelista y mejor la orquesta, balanceada al servicio del solista con una tímbrica además del estilo muy cuidado.

Y mentando a «dios Bach» nos dejó el «menuett» de la Suite para chelo nº 2 en re menor, recuerdo de la sangre Bach y magisterio del padre de todas las músicas en todos los instrumentos (incluso los aún no inventados entonces) con que Várdai se/nos deleitó. Aplausos más que merecidos y un guiño a nuestro Gaspar Cassadó (Barcelona, 1897 – Madrid, 1966) con su Capriccio aún más contundente, virtuoso pero también sentido en un homenaje al músico catalán que el chelista húngaro tiene grabado en su repertorio solista.

Con viento (maderas a dos, trompas y trompetas) y timbales se «engordó» la Orquesta Franz Liszt para afrontar una «Italiana» de Mendelssohn que no fue del todo clara ni Vardái la llevó de la mano aunque la calidad de la formación se notó en todos, pero pienso que este repertorio no les va a los húngaros. El Allegro vivace resultó precipitado pese a no abusar del «calificativo», con unos timbales demasiado bravos y dinámicas exageradas confundiéndolas con la agógica, crescendi en los acelerandos, unos rubati algo «traídos por los pelos«. Las indicaciones «moto» del segundo y tercer movimiento tampoco aportaron nada nuevo a una sinfonía tan luminosa como la cuarta del hamburgués afincado en Leipzig, y al menos el Saltarello mostró la capacidad de afrontar el «presto» pero sin claridad en los tutti, falto de balances para disfrutar la calidad de una orquesta que no encontró en el romanticismo la chispa de Bartók ni la elegancia del Bach clásico. Pese a todo la bella sinfonía sigue resonando en mi memoria recordándome el LP rayado precisamente en el Allegro inicial que me obligaba a empujar cuidadosamente la aguja y perderme algunos compases. La llegada del CD con otras versiones no daría estos problemas aunque siga retomando mis viejos vinilos en grabaciones que para mi son históricas.

PROGRAMA:

Béla Bartók (1881-1945)

Danzas populares rumanas, Sz. 56, BB76:

I. Jocul cu bàtă – II. Brăul – III. Pe loc – IV. Buciumeana – V. Poarga romănească – VI. Mărunțel.

Carl Philipp Emanuel Bach (1714-1788)

Concierto para violonchelo y orquesta en la mayor, Wq 172, H. 439:

I. Allegro – II. Largo, mesto – III. Allegro assai.

Felix Mendelssohn (1809-1847)

Sinfonía nº 4 en la mayor, op. 90, «Italiana»:

I. Allegro vivace – II. Andante con moto – III. Con moto moderato – IV- Saltarello. Presto

Historia del lied en Granada

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Martes 4 de julio, 21:30 horas. 72 Festival de Granada, Patio de los Mármoles (Hospital Real), “Universo vocal”: Anna Lucia Richter (mezzosoprano), Ammiel Bushakevitz (zanfona, piano). Licht!. Obras de Wolfenstein, Vogelweide, Bach, Mozart, Schubert, Fanny Mendelssohn, Mendelssohn, Schumann, Wolf, Berg, Reinmann, Rihm, Eisler y Weill. Concierto Homenaje a Victoria de los Ángeles en el centenario de su nacimiento. Fotos propias y de Fermín Rodríguez.

Impresionante lección histórica del “lied” alemán en este “Universo vocal” granadino con dos intérpretes de altura: la mezzosoprano Anna Lucia Richter (Köln, 1990) y el pianista Ammiel Bushakevitz (Jerusalén, 1986) que nos deslumbró también con la zanfona.

Siempre comento la lírica como poesía musicada, pues si los textos son importantes, cuando se les ponen melodías y acompañamientos se engrandecen, máxime en esta feliz unión donde la voz declama y comparte el protagonismo con el instrumento que la viste a la moda del momento. El dúo RichterBushakevit nos brindaron un repaso de calidad a las mejores canciones alemanas de la historia, desde el medievo hasta nuestros días, donde no faltaron ni un Bach siempre único que con el piano sigue sonando actual, los clásicos Haydn y Mozart que en la “canción de concierto” son tan brillantes y cercanos como en sus óperas, los hermanos Mendelssohn románticos «de catálogo», incluso la trilogía del lied (Schubert, Schumann y Wolf) pero también Schumann, el paso al expresionismo puro y duro de Berg o Weill más los todavía vivos Reimann o Rhim, continuadores de una tradición tan alemana como el propio género.

Imposible destacar algo concreto porque el recital de este decimocuarto día del Festival de Granada en el Patio de los Mármoles quedará en mi memoria como todo un acontecimiento, la parte vocal con esta mezzo alemana de timbre carnoso, dicción impoluta, proyección pluscuamperfecta, emisión impecable, dramatización perfecta haciendo entender unos textos de por sí verdaderos microrrelatos que con su amplio y homogéneo registro resultaron plenamente creíbles con un color lleno de matices. Sumemos un pianista israelí tan protagonista como la voz que no sólo manejó la zanfona de manera magistral sacando matices increíbles y jugando con los “bordones” o el manubrio empujando la acción cantada, también auténticamente plausible su papel de acompañante (aunque no me guste el término), con todas las obras exigentes y la compenetración exacta en cada página engrandeciendo a la mezzo, revistiéndola del carácter apropiado en cada obra, y sacando del Yamaha CFX de última generación una sonoridad tan luminosa como el título del recital.

Licht!, luz y sombra a lo largo de la poesía cantada, historia que con Wolkenstein pregunta por “el iluminado” o el minnesinger Vogelweide cantando bajo los tilos tal vez berlineses, Anna Lucia Richter y la zanfona de Ammiel Bushakevitz nos transportarían a los auténticos orígenes germanos sobre la pasión por la poesía cantada. Con los textos y traducción proyectados sobre las piedras renacentistas era un placer entender la lengua de Goethe toda la carga poética transmitida por este dúo que enamoraron desde la primera nota.

El maestro Arturo Reverter titula sus notas al programa «Y la luz se hizo» donde desmenuza cada página, y de las dos canciones de “Mein Gott” escribe “en su contención algo escolar, aparecen cortadas por similar patrón. Der lieben Sonne Licht und Pracht, BWV 446, revela una mayor fantasía. O finstre Nacht, BWV 492, discurre lánguidamente a lo largo de una línea muelle y serena”, adivinando el carácter que la mezzo y el pianista imprimieron, Bach siempre eterno con un piano casi organístico y el color vocal ideal para El Cantor.

Más luz y alegría con los clásicos vieneses, Haydn “Lujuria de país” y de canción, más Mozart y la “sensación de la tarde” describiendo casi al momento estos momentos granadinos que voz y piano nos transmitieron. Si “La Richter“ enamoraba, Bushakevitz ayudaba, perfecto entendimiento y sentimiento antes de continuar con otros tres románticos sin olvidarnos de los textos que musicaron, y que dejo al final de esta entrada con el programa íntegro.

La época que le tocó vivir a Schubert no fue justa con él, pero su música le hará eterno. Sus lieder son todo un ejemplo de engrandecer los poemas de sus contemporáneos imaginando aquellas sesiones de salón que se conocen como “schubertiadas” por la feliz unión de las artes y donde la poesía y su música iban de la mano, tal y como Richter con Bushakevitz nos mostraron. Tres canciones que transitarían por el espíritu del vienés, “en el agua para cantar” cristalino por ambos intérpretes, el trágico enano lleno de dolor y otro atardecer porque la luz vespertina tiene magia, y más en Granada con dos artistas que transmitieron todo en cada página.

Los hermanos Mendelssohn no podían faltar en este repaso del lied, el Leipzig romántico con Fanny ahora recuperada y con tanta calidad como Felix, primavera y crepúsculo contrapuestos pero también unidos, voz arropada y subrayada por un piano sin complejos femenino, o el “nuevo amor” masculino con unos textos de los más grandes, incluso los que inspirarían a un Mahler que en este repaso histórico no pudo estar, imposible condensar tanta historia musical.

Una primera parte para comentar al descanso pero aún quedaba la segunda que nos acercaría aún más a una luz casi deslumbrante ya en plena noche granadina.

Schumann y Wolf, dos periodos que escuchados juntos dan continuidad a la poesía alemana y a la escritura lírica, mismos temas con dos técnicas que Richter y Bushakevitz hicieron propias, “cristal de la ventana” por la que escuchar “cantar a la tarde” en Leipzig, o preguntarse “Qué hacer con la alegría” tras un apocalíptico “jinete rojo” que no figuraba en el programa, donde Anna Lucia Richter parecía preparar lo que vendría en el tramo final, simbolismos, metáforas y tragedias, más el piano de Ammiel Bushakevitz dando no ya la confianza necesaria sino todo el dramatismo y ambientación de unas poesías que crecieron con ambos.

Nuevo paso adelante en la historia del lied llegando al expresionismo total de las cuatro canciones de Alban Berg que sólo un dúo tan compenetrado y conocedor de la lengua de Goethe llevada al pentagrama puede interpretar con la fuerza y emoción mostrada, sumándole la última Warm die Lüfte “calentando el aire” y a capella desgarradora, subiendo la temperatura tanto ambiental como emocional antes de los tres más cercanos en el tiempo, manteniendo la misma calidad, intención e intensidad por parte de Richter y Bushakevitz.

Proseguirían textos de luz y hasta de renuncia a ella (Reinmann), “flores marchitas” de Rihm que sonaron bellas y hasta perfumadas, o cantando Eisler desde la meca cinematográfica “Y finalmente” como banda sonora antes del auténtico cabaret berlinés de Kurt Weill con luces de neón o reflectore en los clubes sórdidos que el cine y la música convierten en pequeños templos de culto. Si Ute Lemperer marcó estilo en estos repertorios, tras escuchar a la mezzo Anna Lucia Richter con el piano mágico de Ammiel Bushakevitz la sucesión está garantizada.

“Y la luz se hizo” con el recuerdo y homenaje a nuestra Victoria de los Ángeles en el centenario de su nacimiento, con un regalo a la altura de nuestra soprano internacional, Sommerabend op. 85 nº1 de Brahms, verdadera delicia vocal y auténtico despliegue pianístico tras un paseo histórico por el inigualable lied alemán.

De nuevo la magia y la luz se dieron la mano, y para cerrar el círculo volverían Richter y Bushakevitz al medievo, la zanfona marcando el paso en el escenario mientras la mezzo hacía recorrido real por el “claustro” envolviéndonos con su canto y voz penetrante, cautivadora, luminosa ya cercana la medianoche.

PROGRAMA

I

Oswald von Wolkenstein (1377-1445)

Wer ist, die da durchleuchtet

Walther von der Vogelweide (c. 1170-1230)

Unter den Linden

Johann Sebastian Bach (1685-1750)

Der lieben Sonne Licht und Pracht, BWV 446 (Texto: Christian Scriver)

O finstre Nacht, BWV 492 (Texto: Georg Friedrich Breithaupt)

Joseph Haydn (1732 – 1809)

Die Landlust , Hob. XXVIa:10 (Texto: Georg Ernst Stahl)

Wolfgang Amadeus Mozart (1756-1791)

Abendempfindung, KV 523 (Texto: Joachim Heinrich Campe)

Franz Schubert (1797-1828)

Auf dem Wasser zu singen, D 774, op. 72 (Texto: Friedrich Leopold Graf zu Stolberg-Stolberg)

Der Zwerg, D 771, op 22/1 (Texto: Matthäus Kasimir von Collin)

Im Abendrot, D 799 (Texto: Karl Lappe)

Fanny Mendelssohn (1805-1847)

Frühling, op. 7/3 (Texto: Joseph von Eichendorff)

Dämmrung senkte sich (Texto: Johann Wolfgang von Goethe)

Felix Mendelssohn Bartholdy (1809 – 1847)

Minnelied, op. 34/1 (Texto de Des Knaben Wunderhorn)

Neue Liebe, op. 19a/4 (Texto: Heinrich Hein)

II

Robert Schumann (1810-1856)

Die Fensterscheibe, op. 107/2 (Texto: Titus Ullrich)

Abendlied, op. 107/6 (Texto: Gottfried Kinkel)

Hugo Wolf (1860-1903)

Wohin mit der Freud? (Texto: Robert Reinick)

Alban Berg (1885 – 1935)

Vier Gesänge, op. 2:

Schlafen, nichts als schlafen (Texto: Christian Friedrich Hebbel)

Schlafend trägt man mich (Texto: Alfred Mombert)

Nun ich der Riesen stärksten überwand (Texto: Alfred Mombert)

Warm die Lüfte (Texto: Alfred Mombert)

Aribert Reimann (1936)

Nach dem Lichtverzicht, de Eingedunkelt – Neun Gedichte nach Paul Celan (Texto: Paul Celan)

Wolfgang Rihm (1952)

Verwelkte Blumen, de Vier späte Gedichte von Friedrich Rückert (Texto: Friedrich Rückert)

Hanns Eisler (1898-1962)

Und endlich, de Hollywood Liederbuch (Texto: Peter Altenberg)

Über den Selbstmord, de Hollywood Liederbuch (Texto: Bertolt Brecht)

Kurt Weill (1900-1950)

Berlin im Licht (Texto: Kurt Weill)

Lars Vogt siempre joven en nuestro recuerdo

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Lunes 13 de marzo, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo, Jornadas de Piano «Luis G. Iberni»: David Fray (piano), Orchestre de Chambre de Paris, Nil Venditti (directora). Obras de Mendelssohn, Mozart y Bizet.

Nuevo concierto de las jornadas ovetenses que se dedicaba a la memoria del pianista y director de esta Orquesta de Cámara de París Lars Vogt, fallecido el 5 de septiembre de 2022 tras una larga enfermedad, y a quien aún recuerdo de su anterior concierto con la Real Philarmonia de Galicia. Programa con «obras de cabecera» contando para esta gira española, que ponía el punto final en «La Viena Española», con el francés David Fray (Tarbes, 1981) al piano y la dirección de la turco ítalo-turca Nil Venditti (Perugia, 1994) que tan buen sabor de boca dejase al frente de la OSPA el pasado mes de noviembre. ¡Qué rápido pasa todo! al menos la música siempre permanece…

Tres páginas de repertorio organizadas como siempre: obertura (Mendelssohn), concierto de piano (Mozart) y sinfonía (esta vez del francés Bizet, verdadera «rareza juvenil» que también disfrutamos en este Auditorio de Oviedo por la OSPA en el aparentemente lejano octubre de 2020 de recuerdos pandémicos), este lunes con la Orquesta de Cámara de París que hace cuatro años nos trajo a Emmanuel Pahud en esos conciertos históricos, partituras que comparten mucho «romanticismo» por la juventud (incluida la directora), vitalidad y precocidad en la composición de las tres obras (Mendelssohn escribió con 21 años la obertura, el concierto de Mozart con la misma edad, y la primera sinfonía de Bizet con sólo 17).

La Obertura «Las Hébridas», op. 26 (1830-32) de Felix Mendelssohn (1809-1847), también conocida como «La gruta del Fingal» está llena del halo romántico entendiédolo como viaje, literario, musical y real como es el caso del compositor alemán tras la visita a la Escocia que tanto recuerda mi Asturias de «ñublu y orpín» cada vez que la escucho, y que la Orquesta de Cámara de París con Venditti traía bien rodada en esta gira española, y la percibí con más luz de la esperada pues la pasión de la directora la llevó a dotar esta música programática con más espuma en las olas rompiendo que los claroscuros propios, brillo orquestal para una formación camerística bien equilibrada en todas sus secciones como bien trabajó con ella el hoy recordado Lars Vogt.

David Fray sería el solista del Concierto para piano n° 9, K271, «Jeunehomme» (I. Allegro – II. Andantino – III. Rondo: Presto) de Wolfgang Amadeus Mozart (1756-1791), que el propio compositor llevó por Manheim y París, y que no siempre encontró el mismo latido desde el podio, cual cierto duelo de egos donde ninguno se impondría, adoleciendo de una concertación más precisa en los finales de las frases, adelantándose unas décimas el piano, pero que nos dejó una versión subyugante por parte del pianista francés, sin el reposo necesario y con mucha introspección.

No hubo la limpieza deseada en los cromatismos ni un pedal más preciso, tampoco excesiva fuerza -sobremanera en la mano izquierda- en este concierto que reúne lo mejor del lenguaje operístico (que el propio Fray reconoce en la entrevista para LNE que dejo a continuación), pero al menos sus pianissimi fueron excelentes y las cadencias lograron acallar toses por lo delicadas e intimistas, especialmente la del segundo movimiento, «cantando» como se espera del genio de Salzburgo. La sincronía resultó mejor en el último Rondo: Presto exigente de «tempi» para todos, con el paréntesis del cambio de aire retomando el deseado latir único que faltó en los anteriores.

Y para demostrar la calidad y calidez pianística, Fray nos regaló el Impromptu nº 3 en sol bemol mayor, D.899 de Schubert (1797-1828) que tiene grabado, otra obra juvenil, de interpretación esta vez bien reposada, buscando la exquisitez del sonido sin más ego que el propio del piano, ya liberado de compartir la misma dirección.

No debemos olvidarnos al Georges Bizet (1838-1875) orquestal, y pese a tratarse de una obra académica compuesta en Roma en 1855, esta Sinfonía nº 1 en do mayor (I. Allegro vivo – II. Adagio – III. Allegro Vivace – IV. Finale. Allegro vivace) sonó perfecta con Venditti y «la parisina«, totalmente entregados al impulso y pasión de la perusina con la plantilla perfecta para disfrutar de esta partitura que demuestra la inspiración clásica en Beethoven o Schubert escrita desde el estudio concienzudo y con pinceladas del lenguaje operístico con el que triunfaría en su vuelta a París, mucho más que con sus obras orquestales. Formación bien balanceada, disciplinada, de sonoridad clara y buenos primeros atriles (con maderas y metales a un excelente nivel) dejándonos una vital y juvenil primera sinfonía que la directora presentó en inglés e italiano antes de comenzar.

Y de nuevo el gracejo, simpatía, energía desbordante y pasión que ya exhibiese en su primera visita ovetense, Nil Venditti pidió al público votar Mozart o Rossini, división de opiniones y difícil «decidirse», pero tras el aire operístico de la sinfonía bizetiana, qué mejor propina que la obertura de La scala di seta del cisne de Pésaro, vertiginosamente llevada y contrastada en el tempo para jugar cada silencio con un auditorio totalmente ganado a base de humor, entrega y una orquesta (donde brillaron oboe y flauta) doblegada a la directora turco-italiana que volvió a contagiarnos su alegría desde la personal forma de entender estas músicas.

P.D.: Como curiosidad, llegando al auditorio con tiempo suficiente, me encontré una joven con deportivas y plumífero charlando con su teléfono por videoconferencia en inglés cual alumna de Erasmus esperando entrar al concierto… Mi sorpresa al ver que se trataba de la directora, a quien en broma le pregunté tras esperar a que finalizase su conexión si estaba todo preparado (Are you ready?). Risas y buen recuerdo de su paso anterior dirigiendo la OSPA, con cariño y gratitud.

Clásicos y románticos

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Lunes 13 de febrero, 20:00 horas. Oviedo, Conciertos del Auditorio: Viviane Hagner (violín), Mozarteumorchester Salzburg, Trevor Pinnock (director). Obras de Beethoven, Mendelssohn y Mozart.

No me canso de repetir que la oferta musical de Oviedo la convierte en «La Viena Española», y desde Salzburgo llegaba en su gira por Gerona, Barcelona, Zaragoza, San Sebastián, Madrid, Sevilla, Oviedo y Valladolid la Orquesta del Mozarteum de Salzburgo con el mítico Trevor Pinnock (1946) al frente sin «La Pires» pero con «La Hagner«, no vino la (re)conocida pianista portuguesa a la que tampoco importaría que repitiese, pero sí la violinista muniquesa de fama internacional, volviendo a poner en el mapa la capital asturiana cinco años después.

Vengo escribiendo hace tiempo lo decimonónicos que siguen resultando muchos programas de los conciertos, no ya por el repertorio (donde sigue ausente la música actual) sino por la forma de organizarlos. Claro que viniendo de Salzburgo y manteniendo esa tradición secular, el de este lunes parecía normal mantener el formato de obertura (Beethoven), concierto solista (Mendelssohn) y sinfonía (Mozart). Al menos las excelentes notas al programa de mi admirado musicógrafo Luis Suñén aportan siempre detalles que los melómanos agradecemos.

La orquesta de Salzburgo en formación camerística ideal comenzaría con la Obertura «Coriolano», op. 62 de Ludwig van Beethoven (1770-1827), el misterio y el drama donde los silencios son tan protagonistas  como la propia instrumentación, cuerda transparente como el cristal de Bohemia, madera exquisita como tallada, metales naturales así como los timbales, sonoridad impecable e interpretación perfecta con un Pinnock aún enérgico y vital al que no le pesan los años, y que mantiene su rigor historicista junto al sonido actual: articulaciones enérgicas en el tempo vivo con respuesta perfecta «llevando de la mano» a esta orquesta capaz de rozar la perfección en el directo.

Y la violinista muniquesa, aunque afincada en Berlín, Viviane Hagner (1977) nos maravillaría con el Concierto para violín en mi menor, op. 64 de Felix Mendelssohn (1809-1847), pues si el sonido es limpio y brillante, contar con una orquesta que mima a los solistas, el resultado solo podía ser óptimo. Trevor Pinnock consigue que escuchemos todo lo escrito con las presencias en su punto, dominando las dinámicas para que el violín nunca pierda protagonismo ni volumen, amén de las cadencias donde «La Hagner» sonó perfecta por técnica, con una elegancia y musicalidad extraordinarias. Y de nuevo el respaldo de la orquesta, en número «exacto» para este concierto, «tempi» ideales y el enlace entre I. Allegro molto appassionato y II. Andante – Allegretto non troppo con un fagot aterciopelado, que siempre sonó a gran altura a lo largo del concierto. El último III. Allegro molto vivace remató una interpretación brillante, esplendorosa, clara, con un empaste entre violín y orquesta envidiable de este conocido concierto, bajo el mando del maestro Pinnock siempre preciso y con la respuesta exacta de los músicos, mostrando un envidiable estado de salud.

Como guiño al público español Viviane Hagner nos regalaría el arreglo que Ruggiero Ricci hiciese de la conocida Recuerdos de la Alhambra de Tárrega, diría que mejorando el original para guitarra porque el sentido que la profesora alemana dio a cada frase demostró que el virtuosismo es necesario pero al servicio de la musicalidad todavía más, por lo que no es de extrañar que esta violinista sea llamada por las mejores orquestas y directores mundiales pues su madurez además de larga trayectoria (debutó con 12 años) es su mejor tarjeta de presentación.

No podía faltar en esta orquesta que fundase allá por 1841 Constanze Weber la música de su primer esposo, el genio, Wolfgang Amadeus Mozart (1756-1791). De su amplia producción eligieron para Oviedo la antepenúltima de sus sinfonías, que son casi el puente puerta al romanticismo de la primera parte, aunque sin los oboes. La Sinfonía nº 39 en mi bemol mayor, K 543 la llevó Pinnock con todo el magisterio de su larguísima experiencia, de nuevo apostando por metales y timbales naturales, toda la sección de viento en estado de gracia pero especialmente la cuerda sedosa y homogénea, capaz de volverse pétrea sin resultar demasiado incisiva. El I. Adagio; Allegro sonó cual obertura operística escuchándose todo lo escrito por Mozart con el balance perfecto en todas las secciones y la gama dinámica amplísima que atesora esta primera sinfonía del «trío final». Maravilloso comprobar el respeto por el aire indicado para el II. Andante con moto, difícil encontrar ese punto exacto sin «pasarse de frenada», pero la Mozarteumorchester Salzburg lleva esta música en sus genes y el director inglés sabe dónde incidir sin grandes gestos. Delicado y maravilloso el III. Menuetto e Trio con un dúo clarinete-fagot totalmente mozartiano y las trompas delicadas además de afinadas con la cuerda incisiva fraseando unitariamente desde unos matices perfectos. Del final, IV. Allegro, alegría contagiosa, sonoridad rotunda, magisterio del gran Pinnock marcando cada inflexión y dinámicas lo suficiente para lograr «una 39 de disco» e inigualable directo, el repertorio que dominan y disfrutan, contagiándolo a todos. No podríamos imaginar un ápice de hartazgo en interpretar y escuchar Mozart, pues es imposible.

Público entusiasmado con este concierto «esencial» para todos, casi rozando el lleno, sin faltar las toses rítmicas unas, a contratiempo (y destiempo todas), estertores entre los movimientos -que al menos en Mendelssohn no cabían- y mis vecinos traseros comentando todo en voz baja como si estuviesen en su salón, discutiendo por la propina antes del descanso que presumía tener en casa («¡Adagio de Albinoni, si lo sabré yo que la escuché cientos de veces!) y aunque «enseñar al que no sabe» sea una obra de misericordia, mejor callarme). El divertimento de la última propina mostraría ese sonido perfecto en todo, clásicos románticos sonando a Mozart o Martín i Soler, pues el genio de Salzburgo conocía bien al valenciano y nunca sabremos cómo hubiese sido la historia de haber vivido ambos muchos años más.

Una delicia volver a escuchar los dos oboes que retornaron para esta última joya antes de retirarse al merecido descanso, porque aún queda Valladolid para cerrar este «Tour español» con parada obligada en la capital asturiana. Como salimos del concierto con humor, continúo y termino comentando que si Mieres es como Salzburgo (o Caudalburg) al menos por el río separando ciudad y fortaleza, Oviedo es nuestra Viena española.

Literatura musical con ‘Malats’

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Miércoles, 30 de noviembre, 19:45 h. Teatro Filarmónica, concierto 16 de la Sociedad Filarmónica de Oviedo. Trío Malats. Obras de MalatsSuk y Mendelssohn.

Crítica completa para LNE del viernes 2 de diciembre sin problemas de espacio, con los añadidos de links (siempre enriquecedores), fotos propias y tipografía, incluyendo negrita o cambiando algunos entrecomillados por cursiva, que la prensa no suele admitir.

Tarde desapacible y poco público, aunque siempre fiel el abonado de la Sociedad Filarmónica de Oviedo, para finalizar este noviembre invernal desde la mejor escuela de melómanos e intérpretes como es el teatro de la calle Mendizábal, hoy punto de partida de un viaje casi literario por partida triple, donde el Trío Malats, formado por Victor Martínez (violín), Alberto Gorrochategui (chelo) y Carlos Galán (piano) rendían su particular homenaje en los 150 años del nacimiento de Joaquín Malats (1872-1912), compartiendo programa con Josef Suk (1874-1935) y Felix Mendelssohn (1809-1847) en otro aniversario, los 175 de su muerte.

El trío como formación de cámara llenaría los salones románticos hasta los primeros años del pasado siglo, y no faltarían en aquellas pujantes sociedades filarmónicas que hoy luchan por sobrevivir -como las tres asturianas- transportándonos hasta la actualidad en estos reductos musicales. Trío también como género para que los grandes compositores experimentasen con su escritura cual laboratorio sonoro donde el piano conformaba un “sinfonismo a escala reducida” junto a violín y chelo que, además de enriquecer texturas, encontraban la sonoridad buscada antes del paso a las grandes salas de concierto. Los tres compositores elegidos por el Trío Malats son buen ejemplo para interpretar la música de cámara desde distintas épocas y estilos, manteniendo el buen gusto por la escritura “de salón” ejecutada desde la complicidad de tres solistas de altura unidos para latir con un solo corazón en un viaje donde la música no necesita palabras.

La Elegía op. 23 (1902) del checo Suk, alumno de Dvorak, quien influiría enormemente en este género de cámara, sirvió para abrir el concierto, obra en memoria del escritor de novelas y poemas épicos bohemios Julius Zeyer (1841-1901) con esa inspiración literaria expresada por la propia definición de “elegía”: «composición lírica en la que se lamenta la muerte de una persona o cualquier otro acontecimiento infortunado», casi epílogo para el alemán y prólogo del catalán Malats, un niño prodigio que además de excelente pianista, interpretando con 14 años a Beethoven o Mendelssohn, nos dejó páginas tan conocidas como su Serenata española junto a otras menos difundidas, caso del Trío en si bemol mayor, que “El Malats” está ayudando a programar. Tres movimientos con un piano rotundo, lógico en un intérprete como el barcelonés, especialmente en el Allegro; más trabajado el lírico Andante con los tres instrumentos equilibrados en sus intervenciones; más un vertiginoso Vivace final, escritura para virtuosos con aires parisinos de la época estudiantil sin perder el “mediterraneísmo” despojado de folclorismos pero igual de popular y tan catalán en todas las artes de las que la música también bebería.

Palabras mayores la elección de Mendelssohn al que Malats tenía entre sus preferidos y ahora “su trío” interpretaría en la segunda parte: el Trío nº 1 op. 49 en re menor, cuatro movimientos muy exigentes, nuevamente para el piano, donde disfrutar del ambiente que reinaba en la casa del hijo del banquero judío en Leipzig acompañado de otros contemporáneos, romanticismo puro de salón que pide al trío máxima compenetración, demostrada con creces por estos brillantes músicos reunidos en este repertorio que degustamos en la “sala Mendizábal” de este teatro rodeado de mucha arquitectura y literatura -también musical- en cuatro movimientos, primero cual romanza sin palabras, sueños de una noche de verano del segundo, aires escoceses del scherzo o el último esbozo sinfónico escritos por el gran compositor redescubridor del “dios Bach”.

Y la propina del llamado “Brahms ruso” aunque de origen suizo Paul Jon (1872-1940), otro gran compositor de tríos además de sinfonista no lo suficientemente conocido ni difundido, con nuevo tributo a los escritores de “literatura de viajes musicales”, dejándonos una miniatura de ensueño, Rêverie op. 18 nº 3 ampliando las fronteras del Trío Malats en este acercamiento al género de cámara siempre bienvenido para público e intérpretes, rescatando del olvido páginas que nos transportan a salones europeos sin movernos de nuestra butaca en la centenaria sociedad filarmónica ovetense, “La Viena española” en los años 20 ya de este siglo XXI.

Tres de tres

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Miércoles, 30 de noviembre, 19:45 h. Teatro Filarmónica, concierto 16 de la Sociedad Filarmónica de Oviedo. Trío Malats. Obras de MalatsSuk y Mendelssohn.

Reseña para LNE del jueves 1 de diciembre escrita desde el teléfono móvil con los añadidos de links (siempre enriquecedores), fotos propias y tipografía, incluyendo negrita o cambiando algunos entrecomillados por cursiva, que la prensa no suele admitir.

Segundo concierto del penúltimo y frío mes en la centenaria sociedad filarmónica ovetense, el decimosexto del año (diciembre aún nos dejará otros dos más) y una de las pocas oportunidades que se presentan de escuchar en vivo el Trío en si bemol de Joaquín Malats (1872-1912) -coincidiendo con el 150 aniversario de su nacimiento- que lo ofreció precisamente quienes llevan el nombre del compositor catalán, Trío Malats, ofreciendo un programa que incluyó también la Elegía Op. 23 de Josef Suk abriendo concierto, más el siempre admirable Trío nº 1, Op. 49 en re menor de Mendelssohn ocupando toda la segunda mitad.

Victor Martínez (violín), Alberto Gorrochategui (chelo) y Carlos Galán (piano) forman este Trío Malats uniendo sus carreras individuales con mismo corazón para difundir por todo el mundo el nombre del músico barcelonés, también promocionando obras españolas actuales sin olvidarse de los grandes compositores universales en todo estilo y época con esta agrupación camerística por excelencia, premiada con varios galardones en una carrera muy asentada. Trío de músicos y de obras para disfrutar del género más experimental en la historia.

Suk y su elegía cual prólogo, poesía por la muerte con el amplio sentido de la palabra lírica, cuerdas y piano de salón ambientando este concierto.

Malats mucho más que un homenaje, aires mediterráneos del Allegro, perfume francés de estudiante en el Andante central, más todo el fin de siglo cosmopolita con el Vivace de un trío respetuoso con su “mentor” entregados en feliz entendimiento.

Mendelssohn siempre grande por escritura, exigencia a sus intérpretes, especialmente el piano, romanticismo puro y laboratorio sinfónico a tres, viaje al Leipzig de banqueros y mucha música donde nos llevaron estos tres tríos.

El final de viaje tuvo parada extra con Paul Juon conocido como “el Brahms ruso” concluyendo un largo trayecto para el poco pero agradecido y entendido público de “La Viena española”, necesitado de estas músicas de salón más que de antitusivos.

Y llegó junio

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Viernes 3 de junio, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo, Abono XIII «Clasicismo Romántico»: OSPA, Roman Simovic (violín y director). Obras de Mendelssohn y Beethoven.

Arranca el mes de junio que supone el fin de curso escolar y EBAU, de las temporadas regulares de conciertos y zarzuela en «La Viena española» que cada vez pide el calificativo de #CapitalidadMusical, la llegada del verano y el buen tiempo. por supuesto con lluvia como es costumbre astur y este viernes no falló ni siquiera la tormenta, mes para reflexionar además de hacer evaluación de un 2021-22 donde el Covid todavía sigue entre nosotros, la invasión rusa de Ucrania continúa (y van 100 días), la cesta de la compra se dispara… pero la vida no se detiene, ni la música tampoco. Los buenos estudiantes no dejan las tareas para última hora y este primer viernes la OSPA sacó la mejor nota del curso, a esperas de la «reválida» final.

Ilusionados por la próxima temporada con la llegada de Nuno Coelho como titular y a la espera de acontecimientos entre los que está cubrir la vacante de concertino, en este penúltimo del abono regular de nuestra OSPA volvía invitado como primer atril nuestro  admirado Aitor Hevia, además del regreso por tercera vez en un año de Roman Simovic (1981) desde su doble faceta de violinista y director, con excelente recuerdos de sus anteriores actuaciones de abril y octubre que «a la tercera fue la vencida» aunque con él sea siempre vivo ejemplo del magisterio musical.

Las obras elegidas las podemos catalogar de imprescindibles para todo melómano y estudiante, comenzando con el Concierto para violín en mi menor, op. 64 de Felix Mendelssohn (1809 – 1847) donde el virtuoso ucranio-británico no sólo hizo de solista sino que intentó el control total de una página «obligada» para su instrumento (del que los numerosos alumnos tomaron nota), bien secundado por su homólogo asturiano, al mismo nivel como maestros que son ambos.

En los tres movimientos enlazados casi sin pausa (I. Allegro molto appassionato con la nota tenida del fagot enlazando el II. Andante, y un suspiro antes de atacar el III. Allegretto non troppo – Allegro molto vivace), Simovic  hizo gala de su musicalidad aunque siempre sea difícil aunar esfuerzos como solista y director, pues la posición de espalda no permite ajustar siempre a la perfección las entradas de una orquesta totalmente entregada al concertino de la LSO y el entendimiento con Hevia para aunar esfuerzos e intenciones. Su Stradivarius de 1709 (cedido por el presidente del Bank of America) de sonido aterciopelado pasó del protagonismo al conjunto con total naturalidad, como así lo entendió el «redescubridor de Bach«, de volúmenes siempre adecuados con balances ideales que nos dejaron momentos de una musicalidad supina tanto en el maestro como sus «alumnos», apostando en el último movimiento por un quasi vivace exigente para todos, saltarín y atrevido poniendo a prueba la limpieza de ejecución sobresaliente en todos, así como un sonido compacto cercano al que siempre nos transmiten las orquestas británicas, lo que se agradece al maestro Simovic por el bien de todos.

Si el título del penúltimo de abono era Clasicismo Romántico aunque «servido»casi al revés como Romántico clásico, nada mejor que la propina del Barroco con el Dios Bach, padre de todas las músicas, con su Sarabande de la Partita nº 2 en re menor, BWV 1004 para goce total de escucha, ejecución impecable, fraseos de quitar la respiración e imponiendo desde la elegancia un silencio sepulcral para este regalo de Simovic.

Las sinfonías de Ludwig van Beethoven (1770 – 1827) no pueden faltar en algún programa orquestal, y el 250 aniversario del sordo genial nos privó de alguna más. Al menos volvía la poco escuchada Sinfonía nº 4 en si bemol mayor, op. 60, «emparedada» entre las colosales quinta y Eroica (que escucharemos la próxima semana con Max Valdés también regresando a «su orquesta» para cerrar temporada), y que como bien recuerda Alberto Martín Entrialgo en las notas al programa (enlazadas en obras) estuvo en poder de Mendelssohn que la elegiría para su primer concierto como director en Leipzig el 4 de octubre de 1835.

Con toda la orquesta de pie (salvo lógicamente los cellos) y el propio Simovic de concertino más que de director, de nuevo sorprendería, como en los dos anteriores, apostando por movimientos casi al límite de aire pero bien resueltos por una OSPA a la que se notó feliz, algo que se palpa en las butacas y también en los aplausos comunes arriba y abajo. Esta colocación permitió disfrutar una «Cuarta» con un viento presente y siempre preciso (tanto maderas como metales, hoy las trompetas ubicadas tras las trompas), algunos coprincipales hoy de solistas pero dando la talla en cada intervención, marcando a sus propias secciones, los timbales clásicos precisos y ajustados, sumándose una cuerda al fin equilibrada en efectivos, muy matizada, limpia y homogénea incluso en los movimientos más rápidos (tiempo hacía que no escuchaba semicorcheas tan encajadas), músicos de atril como el propio Roman, escuchándose unos a otros, esforzándose en hacer música juntos, aportando ese plus a obras que no por muy tocadas o escuchadas deben conformarse con el aprobado o «aseado» como suelo calificar algunas interpretaciones.

Maravilloso comprobar el discurrir del I. Adagio – Allegro vivace con una transición brillante hacia el rápido, el increíble II. Adagio, compacto, cantado, volúmenes en claroscuros bien marcados desde el «primer atril de director», melodías en madera de puro lirismo, reposado movimiento para preparar un III. Allegro vivace al borde de lo segundo más que lo primero, autoexigencia global, el espíritu vienés del germano transitando del clasicismo al romanticismo con su propia firma de reguladores asombrosos, y otro tanto para rematar con el IV. Allegro ma non troppo que sí fue «bastante», cual examen final para todos y cada uno de los músicos, sobremanera los violines y el fagot, para alcanzar entre todos la máxima calificación, pues el ejemplo de Simovic se contagió a una OSPA pletórica, feliz, orgullosa y demostrando que la calidad atesorada debe renovarse en cada concierto, solo al alcance de grandes músicos como Roman Simovic que no solo venció a la tercera sino que convenció en este fin de curso vertiginoso.

 

 

 

Ten piedad y danos la paz

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Miércoles 2 de marzo, 20:00 horas. Teatro Jovellanos, Gijón: Concierto 1646 de la Filarmónica de GijónCantus Missae: El León de Oro, Marco Antonio García de Paz (director). Obras de Rheinberger, Mendelssohn, Brahms y Whitacre.

Un miércoles de ceniza coral con varios monumentos vocales que nuestra formación más internacional y laureada como El León de Oro (LDO) trajeron a la temporada de la filarmónica gijonesa en un Jovellanos que presentaba una entrada excelente con los muchos leónigans llegados a la capital de la Costa Verde. El programa que ya pude disfrutar en Oviedo, fue de nuevo un «Monumento canoro» aunque el título esta vez fuese el de «Cantus Missae» por la misa de Rheinberger, más allá de toda creencia religiosa porque la música une, eleva el espíritu y siempre clama por la paz. Así se entendió por todos los presentes, recordando los momentos tan difíciles en Ucrania y la propia pandemia que sigue entre nosotros obligando a seguir «enfocicaos» tanto los asistentes como los cantantes, mascarillas que no nos impiden demostrar no solo que la cultura es segura sino que la música es la mejor terapia posible y que el LDO canta siempre bien hasta con la boca tapada.
La Misa en Mi bemol Mayor (Cantus Missae), Op. 109 de Josef Rheinberger (1839-1901) abría este emotivo concierto, pensada para gran coro, los 47 componentes sobre el escenario del Jovellanos volvieron a sonar «a capella» con su calidad superlativa, no importan los relevos generacionales porque exprimen cada cuerda al límite, capacidad dinámica, tesituras extremas, con las voces blancas siempre cálidas incluso en los pianísimos, hasta los bajos profundos, más graves siempre de agradecer porque son el verdadero sustento que hace brillar al resto de voces. «Señor ten piedad», sentimientos extramusicales en tiempos de guerra, trascendiendo lo religioso porque necesitamos piedad y amor por el prójimo independientemente de creencias, «hacer todo el bien posible» que escribiese Beethoven, una verdadera ceremonia coral que «los leones» llevaron a cabo bajo el sumo sacerdote Marco. Respetuoso silencio de un público agradecido (bisarían el Kyrie como agradecimiento y dedicado a un ucraniano del coro).
De Felix Mendelssohn (1809-1847) al que este coro conoce y se entrega desde siempre, dos salmos  que siguen siendo joyas vocales, Jauchzet dem Herrn, alle Welt (Salmo 100) y Richte Mich Gott (Salmo 43), casi seña de identidad del LDO, la inspiración en Bach, textos que tenemos traducidos en el siempre excelente programa de mano, hoy firmado por Violeta Rubio, entrega y recogimiento equilibrado, pronunciación alemana perfecta, cantos religiosos en esta «puesta en escena» profana para respigarse por tantas emociones desde el buen cantar.
Transitando por un romanticismo cada vez más necesario para toda formación, escucharíamos el monumental Geistliches Lied, Op. 30 de Johannes Brahms (1833 -1897), con el piano del corista Óscar Camacho hoy situado hacia atrás, para evitar los incómodos trasiegos, pero en línea visual con Marco A. García de Paz y «cantando» desde las 88 teclas, conocedor de las «respiraciones» desde el instrumento y con la ductilidad de su formación, el piano vocal ideal para el mejor Brahms coral.
Y final con Eric Whitacre (1970), el verdadero «romántico» de nuestro tiempo, revolucionario coral para nuestro «coro de oro» que canta como pocos al estadounidense, su When David Heard, más que un capricho de Marco, obra exigente a la que «su coro» llega en el momento ideal para interpretarla, las afinaciones extremas siempre controladas, los matices donde el silencio es más importante que nunca, arte vocal subrayando un sufrimiento que en la partitura está siempre presente, respeto de un público en total comunión con «nuestro león», todo un ejemplo de disciplina y trabajo, los ideales de un coro veterano por el que la mezcla generacional le mantiene como un gran reserva. No nos cansaremos de cada concierto único, irrepetible, con emociones imparables sin perder nunca esa «marca de la casa», polivalencia coral o policoralidad, la importancia de los impresioantes silencios intrínsecos a la propia música, dramatismo, afinación muy cuidada (e impagable), partitura y programa con la necesaria compenetración total de cantantes y director.
Si en la misa nos damos la paz antes del Agnus Dei, hoy musicado por Rheiberger, también pedimos Piedad al Todopoderoso (máximo rector o ente eterno, no importan las creencias ante el dolor) con el Kyrie cual plegaria cantada que se repitió más que de regalo, de sentida súplica coral.

Placeres de Oro

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Sábado 29 de enero, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo: Monumentos canoros, Coro El León de Oro, Óscar Camacho (piano), Marco A. García de Paz (director). Obras de Rheinberger, Mendelssohn, Brahms y Whitacre. Entrada: 12 €.

Como «leónigan» confeso tras casi 25 años siguiéndoles, tengo que confesar no ya mi admiración hacia El León de Oro sino también mi devoción por cada concierto que nos ofrece, pues no me quedan calificativos para este coro que mantiene sus señas de identidad desde los inicios. Con una renovación paulatina, casi imperceptible, una base continuada en cada cuerda y la incorporación de voces nuevas, frescas, el espíritu permanece inalterable. Afinación perfecta, empaste ideal, equilibrio dinámico, repertorios exigentes, rodados desde hacen años y que hacen fáciles, pero sobre todo la disciplina coral necesaria para que sigan funcionando como un ente único, plegado a la voluntad de Marco A. García de Paz que crece con «su coro», elige y recupera a la perfección el repertorio ideal para cada programa, dotándolo de unidad temática y equilibrio para regalarnos conciertos como el de este sábado puramente romántico.

La Misa en Mi bemol Mayor (Cantus Missae), Op. 109 de Josef Rheinberger (1839-1901) pensada para un gran coro, trajo a todos los luanquinos sobre el escenario del auditorio sonando «a capella» con una calidad superlativa, exprimiendo cada cuerda en toda su capacidad dinámica y de tesituras extremas, desde las sopranos agudas que nunca pierden calidez hasta los bajos profundos, sustentos extremos que hacen brillar al resto de voces. Sentimientos musicales que trascienden lo religioso para una verdadera ceremonia coral que cortaba el respetuoso silencio de un público agradecido (bisarían el Kyrie como agradecimiento).

Felix Mendelssohn (1809-1847) es un compositor que este coro conoce de siempre, en el que se siente no ya cómodo sino volcado por la gran intensidad que las partituras entrañan, dejándonos dos salmos verdaderas joyas vocales, Jauchzet dem Herrn, alle Welt (Salmo 100) y Richte Mich Gott (Salmo 43), la inspiración en Bach, el recogimiento equilibrado y la pronunciación alemana perfecta.

No podía faltar en este romanticismo canoro y monumental Geistliches Lied, Op. 30 de Johannes Brahms (1833 -1897), continuador de su compatriota y al piano el corista Óscar Camacho que en esta doble faceta aporta la «respiración» del instrumento y la ductilidad de su formación. Tener la posibilidad del acompañamiento instrumental (orquesta, órgano o en este caso piano), siempre supone un punto más de calidad en un concierto a capella aunque El León de Oro también se ha mostrado en sus obras sinfónicas igual de confortable, pero la ocasión y el programa merecía la pena este nuevo regalo para sus seguidores.

Y del verdadero revolucionario coral como es Eric Whitacre (1970), este «coro de platino» ha encontrado en el estadounidense un verdadero filón, convirtiéndose casi en embajadores de sus complejas partituras, entre ellas este When David Heard que el propio Marco confesó su capricho en afrontarla hace tiempo y que ahora tenía el instrumento perfecto para interpretarla, como así sucedió. De nuevo la disciplina y el duro trabajo previo tuvo el premio de una versión «marca de la casa», la policoralidad, la importancia del silencio intrínseco a la música, el dramatismo, la afinación extrema, compenetración total, la exploración de la voz sin perder un lenguaje cercano a la historia coral que Whitacre conoce y El León de Oro interpreta como nadie.

Nuevo éxito de «los leones» en una temporada propia que ya de por sí es una heroicidad, con balance escrito del 2021 (gracias Adela) y mucha esperanza para un nuevo año indeciso, todavía cantando con mascarillas, que se olvidan al escucharles, tal es su capacidad y calidad. Gracias por estos monumentales regalos y salud para seguir disfrutando.

P. D.: De las notas al programa del propio Marco A. García de Paz, destacar el inicio: 

««Monumentos canoros” puede parecer un título ambicioso, de hecho, lo es. ¿Se
puede cantar un monumento? ¿Es posible, acaso, construir con un arte que es efímero en el tiempo? Nosotros creemos que sí, y para demostrarlo hemos escogido esta selección de obras, en su mayoría románticas, que hacen honor a la época en que fueron compuestas. Son obras pensadas para grandes coros y un elevado número de voces (no olvidemos que el Romanticismo es la época de la Revolución Coral, el auge de las grandes masas corales lejanas al ámbito profesional, aunque bien cercanas al disfrute). La forma en que están compuestas explota la sonoridad sin resultar nunca estridente, sino sobrecogedoramente bella, como los emplazamientos para las que fueron concebidas. Y es dentro de esa belleza donde esperamos que puedan pararse a disfrutar de este efímero arte con nosotros
».

Pasión juvenil

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Miércoles 19 de enero, 19:45 horas. Teatro Filarmónica, Oviedo: concierto 2027 de la Sociedad Filarmónica de Oviedo. Henar Fernández Clavel (piano). Obras de Beethoven, Bach, Mendelssohn, Chaminade, Saint-Saëns, Albéniz, Turina, Falla, Granados y Lecuona.

Henar Fernández Clavel (Avilés 2006) es una joven de su generación, tal vez «rara avis» entre sus iguales de estudios obligatorios, pero que tiene un don especial para el piano, buen ejemplo de la cantera «del Orbón». Posee una musicalidad innata, personalidad, talento, ingenio, evidentemente muchas horas de estudio y buenos profesores. Gracias a «La Castalia» y el RIDEA ha ofrecido este concierto en la Filarmónica de Oviedo que siempre se ha caracterizado por apoyar las promesas asturianas desde su fundación, y en esta nueva época busca igualmente ir renovando un público necesario para mantener ese escaparate que supone la llamada «música de cámara», antesala pedagógica para dar el salto a las grandes salas de conciertos y teatros de ópera que Oviedo tiene como mejor tarjeta de visita.

Henar Fernández Clavel, a punto de cumplir 16 años en abril, es desparpajo en estado puro, comunicadora que llega al público sin complejos aunque no deba olvidarse del necesario rigor en el estudio de las partituras, la técnica (que nunca termina para poder darlo todo) al servicio de la música.

La pianista avilesina es un torbellino emocional que se aprecia incluso al salir a escena y sentarse al piano, con una madurez poco habitual para su corta edad e incluso con tics de muchos  grandes de las 88 teclas. Pero ese ímpetu puede impedirle el necesario reposo para afrontar las páginas que nos trajo al Filarmónica, obras de estudio y trabajo en el conservatorio que van más allá de los exámenes. Es envidiable el empuje juvenil efervescente y explosivo, demasiado acelerado por momentos que impiden un fraseo más limpio, obligándola a meterse en «demasiados charcos» (cierto es que de los errores también se aprende y ayudan a superarse).

Obras de enjundia ya desde el primer movimiento de la sonata Patética de Beethoven, más «apasionada» a la que eché de menos el siguiente movimiento que frenase un poco sus revoluciones (como en los vinilos de mi época), o esa Fantasía bachiana que deberá tomarse como entrenamiento diario o desayuno musical, mejor a mitad de velocidad para ir «desengrasando dedos» y acelerar un poco cada semana. Las palabras de la romanza de Mendelssohn las puso con la pasión que envolvió todo el concierto, pero los «arabescos» de Cécile Chaminade también requieren respirar hondo. Henar seguramente conoce los «trucos» para alcanzar su deseado virtuosismo más allá del impacto para el gran público, y el dibujo es la base de la pintura. Sus profesores la guiarán por el buen camino y está en él. Totalmente de acuerdo con su versión del Allegro appassionato (Saint-Saëns), fogosa y digna de virtuosos, al que nuevamente pediría rigor y exactitud pese a la dificultad extrema, limpieza en las notas aunque suponga menos carga emotiva y más trabajo duro, cabeza y corazón en la proporción ideal que los años aún desequilibran hacia el segundo.

Tras el merecido y necesario descanso, la parte de música española estuvo bien enfocada y el poso lo darán los años que seguro la llevarán a afrontar estas partituras de forma precisa y clara, porque sentido musical y talento le sobra a la avilesina, con detalles dignos de una intérprete con larga trayectoria que van descubriendo más allá de nuestra tierra. La «orgía» pianística de Turina bañó incluso la propina totalmente «fogosa» de Falla, de agradecer la entrega en cada obra, «añorando» unos tempi más llevaderos en pos del rigor y aplaudiendo el valor de enfrentarse al público. El exceso de velocidad no suele ser buen compañeros de viaje y provoca demasiados accidentes, pero los años la harán más prudente y segura.

Agradeció a todos tras el «aperitivo» beethoveniano el apoyo y oportunidad de «presentarse en sociedad» (especialmente a Begoña G. Tamargo, luchadora y defensora como pocos) sin olvidarse de sus profesores, incluso en el campo del acompañamiento que hoy en día presenta oportunidades de trabajo siempre necesario en el difícil mundo de la música, y especialmente en el de los pianistas. Espero que Henar no se acomode y regocije en exceso con los siempre merecidos premios, pues el día a día no perdona y siempre se encontrará entre el público con «repugnantes exigentes» como el que suscribe (con todo el respeto y cariño hacia mi admirada joven pianista).

Mucho ánimo para Henar Fernández Clavel en una carrera que ya ha comenzado con pasión y entrega, del que desconocemos el destino final, siempre con la esperanza de seguir escuchándola y verla crecer en todos los aspectos.

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