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Juan Barahona, escultor del piano

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Los pianistas, como los organistas, y a diferencia de otros instrumentistas, salvo casos muy excepcionales que incluso viajan con él o exigen un modelo y marca concreta, nunca pueden enfrentarse ni tocar el mismo instrumento, no hay dos iguales y cada uno resulta un complejo de sonoridades, teclados de distintas sensibilidades, pedales mejor o peor ajustados y todo un mundo incontrolable por parte del músico, así como la propia acústica de cada sala, lo que sumado a un mismo programa que no será nunca el mismo desde la propia interpretación siempre subjetiva (como del público) y propia del músico, nos da toda una amplísima opción y gama. Casi podría decir que el pianista debe domar cada piano tras dominarlo con un trabajo que nunca se acaba.

Mi admirado Juan Andrés Barahona Yépez (París, 1989) lleva desde los seis años dedicado en cuerpo y alma a una carrera de sacrificios solo «soportada» por un amor por el piano y el apoyo pleno de la familia, toda una vida pese a su juventud que no ha hecho sino continuar creciendo. Sus distintos maestros le han educado muy bien pero la materia prima estaba ahí, y en este 2015 parece haber llegado una oportunidad al alcance de muy pocos como es llegar al XVIII Concurso Internacional de Piano de Santander «Paloma O’Shea» y superar la primera selección de entre más de 200 pianistas llegados de todo el mundo. Lo difícil, estar entre los 20 finalistas, ya es todo un premio, aunque los obstáculos siguen y todavía le queda un mes de julio de auténtico infarto. El estudio diario, el esfuerzo titánico de abordar repertorios, el obligarse a tocar en público, grabarse y corregirse desde una autocrítica y autoexigencia impresionantes… pude volver a disfrutar de dos conciertos parecidos y siempre distintos en Gijón y Mieres, con el grueso del programa idéntico en ambos, aquí los dejo escaneados, y añadiendo algunas diferencias. El común denominador sería la fuerza, tanto física como psíquica unida a una sensibilidad desbordante que se traduce en mimar cada detalle, cada sonido, cada silencio, la importancia de la nota anterior, la del momento y la siguiente, incluso el protagonismo de una sola dentro de un acorde, por lo que dudaba adjetivar el trabajo de Barahona entre dom(in)ador de piano o escultor, optando por esta a tenor de lo que intentaré contar con palabras, siempre difícil tras escucharle en vivo.

Sábado 6 de junio, 20:30 horas. Museo Evaristo Valle, Gijón. Obras de Mozart, Albéniz, Ravel, Kurtág y Brahms. Entrada: 10 €.

Martes 9 de junio, 20:00 horas. Salón de Actos, Casa de la Música, Mieres. Obras de Brahms, Ravel, Kurtág y Beethoven.

Sólo con ver las obras seleccionadas podemos hacernos una idea de la dificultad y exigencia física, una auténtica «paliza» la que Juan Barahona se dio en ambos conciertos. Acabar en Gijón y empezar en Mieres con la Sonata para piano nº 2 op. 2 en fa sostenido menor de Brahms no está al alcance de muchos pianistas. Cada uno de los movimientos requieren del intérprete un trabajo técnico en busca de la expresividad extrema en cada compás, frase, movimientos diseñados incluso independientes para intentar alcanzar la globalidad de esa forma sonata que el hamburgués eleva al infinito.

Juan Barahona ahonda con auténtica madurez y experiencia vital esta maravilla de partitura buscando cada detalle desde un trabajo meticuloso, de precisión casi relojera, mejor aún de joyero para pulir todo, un manejo de los pedales asombroso, unos ataques siempre diferenciados, los fraseos personalísimos ajustados al estilo del llamado postromanticismo desde una honestidad digna de admiración. Si acabar con esta sonata es para la extenuación, empezar parece derrochar toda la fuerza en el primer asalto, pero no ya la juventud sino ese trabajo sin descanso prepara para esto y mucho más.

Un universo distinto es Ravel, para mostrar y demostrar la riqueza del piano cuando se domina y una belleza en aquel nuevo lenguaje que ahora sigue siendo actual, escondiendo la escritura sinfónica en el mundo pianístico, la paleta orquestal frente a la inmensidad de grises. De los seis números que conforman «Le Tombeau de Couperin» la elección de dos tan contrastados como el cuarto Rigaudon y sexto Toccata resultaron un torbellino de sensaciones, la fuerza delicada, el dramatismo, los contrastes que consiguen colorear lo aparentemente monócromo, de nuevo esculpiendo cual Miguel Ángel o Rodin desde una auténtica roca alcanzando calidades de seda marmórea, impresionantes al oído que hace de ojos ante esta maravilla pianística, un cuarto de vértigo lleno de humor fino frente a un sexto martilleante y cristalino. No importa la calidad pétrea, en este caso el «Steinway» del museo o el «Yamaha» del conservatorio, cada material nos dio el acabado propio, difícil elección de la obra de arte final, rotundidad gijonesa y brillo mierense.

La Sonata para piano en do mayor, KV. 330 de Mozart fue el calentamiento del sábado, claridad expositiva, tres tiempos dibujados al detalle, energías en los extremos y el lirismo del Andante Cantabile central, como preparando el material siguiente del Albéniz casi raveliano en Almería del segundo cuaderno de «Iberia«, partitura que Barahona cantó y contó en grande, con poso e incluso «pellizco» que dicen los puristas del flamenco, la grandeza de lo popular llevado a las salas de concierto y defendiendo con fruición una pequeña parte de nuestra piel de toro, convencido que cuando afronte la totalidad de esa biblia pianística que es la Suite Iberia de Albéniz sorprenderá a más de uno. Ubicarlo antes de Ravel fue todo un acierto en Gijón, y en ambos casos el descanso tras el francés era obligado.

En la búsqueda de estilo propio se necesita poder tocar lo máximo y más variado de un repertorio inabarcable para el piano, algo donde los maestros tienen mucha influencia aunque el alumno aventajado, y Juan Barahona siempre lo ha sido, son quienes dicen la última palabra al sentirlos y poder hacerlos suyos. El rumano «casi húngaro» Giórgy Kurtág (1926) es uno de los compositores más interesantes del pasado siglo y un buscador de sonoridades al piano donde sus «Jatékok» (Juegos), de los que ya lleva ocho volúmenes desde que comenzase con ellos en 1973, casi como herramientas didácticas, un mínimo ejemplo y obra ideal para un pianista como el asturiano de adopción que investiga continuamente en ello, eligiendo dos de ellos por lo que pese a la brevedad, Stop and Go hace un derroche tímbrico incluyendo el propio silencio, tan distinto según mantengas o no el pedal, dependiendo del ataque y levantamiento de cada tecla, incluso el toque justo del pie para jugar con los armónicos que sigan manteniéndose el tiempo necesario, todos los recursos llevados también al Hommage a Schubert donde sutilmente se homenajea al instrumento e intérprete vienés que tanto trabajó y admiró a sus contemporáneos, en Gijón perfecto antes de Brahms y en Mieres preparación incluso del instrumento antes de enfrentarse al siempre complicado Beethoven. Debemos saber que pese a la originalidad del lenguaje de Kurtág, su conocimiento y admiración de toda la música anterior desde Machaut hasta Bach o el propio Beethoven, le llevan a su concepción personal. Si se me permite la comparación, hay que conocer todo el proceso de un artista, por ejemplo pintor, antes de saborear las obras últimas, pensando en nuestro Joan Miró.

Porque si comentaba la barbaridad que supone afrontar estas obras en un concierto, el esfuerzo y exigencia del intérprete me deja sin calificativos, eligiendo la Sonata nº 29 op. 106 en si bemol mayor «Hammerklavier», un auténtico martillo para sacar del más duro mármol una escultura humana donde no hay nada de frío ni inmaterial, casi un pensador por no llegar al David. Frente al micromundo húngaro la inmensidad del genio de Bonn hecha sonata, la más personal y exigente para intérpretes y públicos, cuatro movimientos con vida propia muy profunda, madurez vital llevada al lenguaje extremo de las ochenta y ocho teclas, repaso a la historia desde la novedad, aires de fuga que alzan el vuelo del sentimiento en una carrera desenfrenada que necesita momentos de ternura, el universo de Beethoven que Juan Barahona desgranó nota a nota, transitando con paso seguro y golpes certeros, modelando cada aire, impresionándome el Adagio Sostenuto por la solemnidad, gusto sin prisa, fraseo sonoro y especialmente (será por la cercanía aún en la memoria auditiva) el Largo – Allegro Risoluto, el trabajo ante una mole a la que rebajando con el cuidado de no romper la obra que «esconde» aplicó el cincel del mimo y la fuerza necesaria para alcanzar el cénit.

Extenuación total que en Gijón todavía llevó a lo impensable con el regalo de la paráfrasis de Rigoletto que compusiese el genial y virtuoso Liszt, derroche de facultades físicas y mentales tras un «pedazo de programa» que no solo le mantiene en una forma impresionante de cara a Santander sino que le pone muy alto en el panorama de los pianistas augurándole muchos éxitos. Se ganó una cena para reponer y supongo que una buena sesión de Spa para la necesaria relajación que el trabajo de Titán tuvo en estos dos conciertos. Lo malo es que no hay descanso para los músicos, al menos disfruta con su trabajo y lo comparte con el público. Gracias Juan.

Juan Barahona: pasión y trabajo infatigable

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Miércoles 22 de enero, 19:45 horas. Teatro Filarmónica, Sociedad Filarmónica de Oviedo, concierto 2 del año (Año 108, 1.901 de la sociedad): Juan Andrés Barahona (piano). Obras de Schubert y Beethoven.

Cuando la música se lleva en los genes y no hay rechazo, solamente puede haber pasión. Juan Andrés Barahona (1989), un pianista asturiano al que «nacieron» en París y ciudadano del mundo como buen músico, no sólo transmite pasión desde el piano (con orquesta de solista o en trío, pero también en solitario como este debut en la centenaria Filarmónica carbayona por la que han pasado enormes talentos a los que se suma ahora Juan) sino que detrás hay todo un ímprobo trabajo, sólo posible precisamente desde la búsqueda de la perfección.

De sólida formación desde sus inicios, siempre destacando por su infatigable deseo de mejorar, continúa sus estudios en el londinense «Royal College of Music«, agradeciéndole esta escapada a casa para ofrecer dos recitales con un programa cargado de dificultad e interpretado desde una madura juventud, aunque en Oviedo el viejo «Steinway» no respondió como el intérprete se merecía, comprendiendo a las figuras que exigen un modelo concreto o incluso viajando con su propio piano. Si el pedal izquierdo cambiaba no ya la dinámica sino el timbre, el central no siempre enganchaba la nota deseada y el derecho no volvía del todo a la posición inicial al soltarlo, el desequilibrio entre los registros graves y agudos resultó un «hándicap» más con el que Juan Barahona tuvo que luchar, saliendo indemne aunque seguramente algo disgustado precisamente por su anhelo de perfección truncado por el propio instrumento que tanto ama, que esta vez no le respondió en un programa que representa «el mayor grado de refinamiento y madurez» de los dos compositores enterrados en Viena.

Los Cuatro impromptus D. 935 de Schubert son, como comentaba en la entrevista de Javier Neira para el periódico LNE esta misma semana (que dejo a continuación), para interpretar hablando desde el corazón, joyas para degustar individualmente -conocidos los centrales en la bemol mayor y si bemol mayor– pero toda una obra iniciática en este último conjunto cuaternario, exigente no ya técnicamente, que lo es, sino interpretativamente por todo lo introspectivo de un compositor como el vienés que en cada impromptu explora sonoridades y emociones, evolucionando como si el joven Barahona hubiese interiorizado todo el dolor de esas composiciones, dándoles la atmósfera propia a cada uno desde tiempos contenidos contrapuestos a pasajes más ligeros y brillantes (especialmente en el tercero) desde un «rubato» siempre ajustado para degustar cada microcosmos y dotarlos de una unidad orgánica en el conjunto.

Y si Schubert «habla desde su propio corazón», la Sonata nº 29 op. 106 en si bemol mayor, «Hammerklavier» (1818) de Beethoven «se dirige a toda la humanidad» desde la inmensidad de una obra gigantesca, compleja, cumbre interpretativa de la que el propio compositor al finalizarla dijo «Ahora ya sé componer», al alcance de pocos pianistas pero que Juan Barahona demostró sin complejos cómo afrontarla desde la fuerza e ímpetu juvenil capaz de todo: enérgico el Allegro, descaradamente fresco el Scherzo: Assai Vivace, profundo lirismo en el Adagio Sostenuto que hasta «domó el Steinway», y arrebatador Largo – Allegro Risoluto completando una interpretación para quitarse el sombrero, lo que el público valoró con una larga y merecida ovación, devuelta nada menos que con dos propinas tras el esfuerzo titánico del recital: la «Siciliana» del Concierto para órgano en re menor de Bach / Vivaldi, y después Margaritas (Daisies para voz y piano) en arreglo del propio Rachmaninov, un compositor con el que Juan me hace disfrutar especialmente.

Como curiosidad constatar el cambio de atuendo en las dos partes: traje negro con camisa blanca en la primera, pero camisa negra sin chaqueta para la segunda, buscando seguramente más comodidad y menos calores para el volcán beethoveniano.

Siempre un placer disfrutar de la música de piano, aún mayor cuando un intérprete afronta un programa tan difícil desde la honestidad y el trabajo sin descanso, pero con una pasión que nos contagió a todos.

Buenos mimbres

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Jueves 7 de marzo, 20:30 h. Teatro Jovellanos, Gijón. Orquesta Clásica de Asturias, Juan Andrés Barahona (piano), Daniel Sánchez Velasco (director). Obras de Mozart, Fauré y Sánchez Velasco. Entrada: 16€.
Cuarta temporada de una orquesta que «crece año a año en rendimiento, calidad, repertorio, profesionalidad, entrega, emoción y exigencia a una labor bien hecha», como reza en su presentación. Plantilla corta, no estable en muchos atriles, conjugando juventud y veteranía para repertorios de siempre que van abriéndose a obras más cercanas en el tiempo, incluyendo las del propio director que con trabajo concienzudo es capaz de exprimir e incluso adaptar obras para los mimbres que tiene y fabricar un cesto que resulta un éxito. Cinco violines primeros, cuatro segundos, tres violas, tres cellos, un contrabajo y un sexteto de viento formado por oboe, flauta, clarinete, fagot, trompa y trompeta para la segunda parte, cuarteto con dos trompas y dos oboes para la obra que abría velada.
El Concierto para piano y orquesta nº 12, K. 414 (385p) en LA M. de Mozart tuvo como solista al asturiano Juan Andrés Barahona, que volvió a gustarme como en anteriores interpretaciones, obra engañosamente fácil -como todo Mozart- que exige limpieza, fraseos claros, dinámicas amplias, pedales en su sitio y una perfecta concertación. Si bien la orquesta estuvo algo indecisa, diría que temerosa por momentos, la seguridad estuvo de parte del pianista que disfrutó con cada movimiento y sus correspondientes cadencias, cual sonatas en miniatura de diseños mozartianos con todo lo que ello conlleva. El Allegro brillante, poderosamente simple y en tiempo justo con buenos diálogos y solos, escalas cristalinas, legatos dialogados y con discurrir fluido; Andante lleno de lirismo tanto en la cuerda como en el piano con trinos impecables, reposo del guerrero, apoyaturas de musicalidad infinita subrayadas por el viento como un tiempo casi pastoril, alternancias solo – orquesta dialogadas y bien concertadas, cadenza delicada y final para desembocar en el Rondeau. Allegretto perfecto colofón de un concierto que Beethoven pudiera conocer resultando casi romántico en la interpretación de Barahona, cuerda y viento bien compenetrados con el solista, bien concertado desde el podio, optando por el paladeo antes que el virtuosismo, escuchando cada tema y dándole el carácter apropiado. Aplausos merecidos y propina, puede que uno de los Cuentos de la vieja abuela de Prokofiev, que ya me falla la memoria.

Un paso en el tiempo supuso las Masques et Bergamasques Op. 112 de Fauré en arreglo del director, repertorio en el que la orquesta asturiana también disfruta, puede que más exigente y curiosamente mejor llevado, siempre desde el conocimiento que Sánchez Velasco tiene de las obras que prepara al mínimo detalle, bien memorizadas y sabiendo qué quiere y puede sacar de cada sección. El arreglo de la obra no dejó los brillantes colores del título sino sutiles claroscuros, al menos eso irradió la versión del avilesino para «su» orquesta a lo largo de los cuatro movimientos, quedándome con el tercero, Gavotte: Allegro vivo precisamente por las sensaciones transmitidas para una orquesta camerística que no intentó emular la sinfónica sino ofrecer otro punto de vista del mismo cuadro.

El Divertimento nº 1 para orquesta de cámara del propio Daniel Sánchez Velasco (1972), con la misma plantilla de Fauré, es una obra bien tejida en sus tres movimientos contrastados en tempo y estilos, académico por lo tonal pero buscando armonías avanzadas sin perder nunca lo melódico y jugando con las texturas en la orquestación elegida, herencias de Shostakovich o Prokofiev tamizadas por el buen oficio del músico integral que es Daniel. Allegretto – Adagio – Scherzando es la sucesión, logrando los mejores momentos del concierto, con los músicos ya rodados y perfectamente conjuntados, más el viento que la cuerda, siempre en la disposición vienesa por la que el Maestro Daniel apuesta y que en la OSPA parecen estar descubriendo con Milanov.
Como funcionó perfectamente, la primera propina del Vals Triste de Sibelius resultó llena de sutilezas, rubati y empaste más logrado, con unos pianísimos que cortaron la respiración, rematando con La carrasquilla de Guridi que en esta versión orquestal sonó juguetona, «nada vieja» y alegre para volver a casa con el ánimo arriba.

Hay que seguir agradeciendo esfuerzos como el de la OCA con Daniel Sánchez Velasco al frente, escuela para músicos y público como necesario recorrido cultural, muestrario de obras que abarcan épocas y estilos siempre presentes. Oviedo el sábado 9 y Avilés el martes 13 podrán disfrutar de este programa.

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