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La música se hizo luz con Guillou

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Sábado 21 de septiembre de 2013, 21:00 horas. Catedral de León: Concierto inaugural del nuevo órgano construído por la Factoría Klais. Organista: Jean Guillou; obras de Cabanilles, Bach, Guillou y Moussorgski.

En la música, como en la vida, paciencia y perseverancia deben regir nuestro devenir aunque conlleva sacrificio, desesperanza, desánimo… y todo compensa si podemos ver realmente conseguido aquéllo por lo que tanto se ha luchado.

El organista Adolfo Gutiérrez Viejo comenzaba hace treinta años la organización de un festival internacional para el instrumento rey en su Pulchra Leonina tal vez inspirado en el Leipzig de Bach y buscando hacer llegar al público la importancia de la música más allá del culto. Claro que el instrumento de Organería Española no era el más adecuado para transmitir un amor compartido por muchos en una sociedad de provincias. Con todo, el festival fue trayendo en el inicio otoñal leonés a los mejores intérpretes, Jean Guillou entre ellos, de un órgano que nunca rendía como deseáramos. La dirección del festival pasaría a otro organista, Samuel Rubio, continuando la ardua labor de conseguir fondos para un órgano nuevo acorde con la Catedral más luminosa y bella de España. Negociaciones que llevarían en 2009 a prometer (la firma después) un instrumento nuevo que se estrenaría en la XXX edición.

Como seguidor del Festival lo fui igualmente de las vicisitudes a través de internet (prensa incluida también en la red dando puntual información) del desmontaje del viejo y adquisición del nuevo órgano fabricado en la factoría Klais en Bonn, con fotos, llegada, montaje, sus primeras notas y ¡al fin pude escuchar en vivo! en la festividad de San Mateo que marcará un nuevo hito para León, la cultura, y especialmente el órgano.

La fiesta comenzó a las cinco de la tarde con un encuentro de las agrupaciones y bandas de la Semana Santa leonesa en la propia plaza, pendones y hasta las dulzainas de la Escuela Municipal de Música. Para horror de los británicos y muchos de los presentes, la cola inicial se fue duplicando, triplicando y no digamos de caraduras que se hacen «los longuis» charlando y poniéndose delante de uno con todo el descaro. Se hablaba de 4.000 personas… lógicamente las autoridades, enchufados y clero tenían otra entrada con invitación y asiento asegurado (1.000 más a la vista de mis cuentas), mientras que al abrirse las puertas a las 20:30 las carreras y codazos para entrar me recordaban todo menos un concierto de órgano.

No hubo control ninguno para el público de a pie y pasé a «acomodarme» en una de las sillas laterales al pie de los tubos de uno de los coros, lo que pudo cambiar mi escucha global aunque no las primeras impresiones. Durante la espera pensé en el dicho «Espectáculo gratis cueste lo que cueste» y cómo no suele resultar, con lo poco que costaría cobrar 2€ (como el programa completo del Festival), ayudar al mantenimiento del instrumento que se estrenaba, y hasta evitar la «vergüenza ajena» que supuso el viaje más la larga cola de pie mientras sonaban tres horas de música procesional que no es lo más reconfortante para mi espíritu en estas fechas.

Toda inauguración y celebración lleva implícitos discursos de agradecimiento y loas, eso sí, sin mencionar costes (dicen que es de mala educación), críticas o aportaciones varias, comenzando por el deán catedralicio Eduardo Prieto, Phillip Klais, bisnieto del fundador de la factoría constructora del nuevo órgano, hablando en un castellano más que aceptable, y cómo no, Samuel Rubio como director del festival totalmente emocionado y con voz entrecortada. Curiosidad que me tocó explicar a mi vecina de localidad, el histórico pago al organero consistente en 300 litros de vino que es lo que llevaría el tubo más largo construído, evidentemente «mermado» en una botella «Magnum» de Palacio de Canedo de las bodegas del berciano «Prada a tope«.

A las 21:26 h arrancaba el concierto del veterano maestro francés Jean Guillou (Angers, 1930), con proyección bien realizada en varias pantallas gigantes repartidas estratégicamente en todo el templo -pero no sincronizada imagen y sonido- con el Tiento de 6º tono (Juan Bautista Cabanilles), todo un detalle abrir con música española. A él se debe la concepción y creación de este órgano (junto al diseño de Paco Chamorro Pascual), que en el tiento no sonó como esperaríamos pero fue tomando vida una sonoridad luminosa como las vidrieras de la catedral. Algún registro gimió pero todo estaba en marcha.

Si bien los dedos y pies del gran organista de San Eustaquio no son los de años atrás, su mente sigue joven y afrontó de memoria el Preludio y Fuga en re mayor, BWV 532 (Bach) que sirvió para hacernos una idea de las posibilidades del nuevo instrumento de acento alemán que acabará hablando cualquier idioma. Obra comprometida para manos y pies, con un preludio exigente en fraseos claros pero en especial la fuga, siendo envidiable el respeto a cada nota pero sobre todo la elección de registros que fue la de un auténtico Maestro, aunque como apuntaba al inicio, mi colocación no era la más adecuada (como ejemplo digamos que era tener descompensado el balance y escuchaba más un canal que otro, pero también tiene la ventaja de apreciar el fraseo siempre complicado de la mano izquierda). Queda aquí la copia no ya del programa sino de la disposición y tubería del órgano de Klais que con Bach alcanzó su doctorado, como era de esperar.

Otro regalo fue el estreno en España de Säya, el pájaro azul (L’Oiseau bleu, Op. 50), inspirado en un tema popular coreano, del propio Guillou, órgano contemporáneo heredero directo de Messiaen que pasó de las sonoridades y armonías barrocas a toda una exhibición de matices y registros para una hermosísima composición cual poema musical degustada en el siempre irrepetible directo, y la segunda interpretada con partitura, fiel incluso a sí mismo. No se podía pedir más al maestro francés, dándolo todo en su obra, instrumento e interpretación.

La explosión de luz y color vino con la transcripción del propio Guillou de los conocidos Cuadros de una exposición (Moussosrgski) que hicieron vibrar todo, cuerpo y alma, auténtico despliegue sonoro que convirtió esta partitura en «Música para una inauguración», todo un museo de registros al que el propio Guillou tiene acostumbrado a sus seguidores, no importa que los dedos, pies o incluso alguna combinación no funcionasen a la perfección. Cada «paseo» era una delicia distinta, un muestrario de la capacidad del tándem órgano-organista, perfecta simbiosis y recreación de la orquestación raveliana. Imposible describir la búsqueda de líneas y colores en el nuevo instrumento catedralicio que resultó todo un éxito al comprobar el perfecto funcionamiento de esta inversión para muchos años.

El remate tenía que ser una improvisación en la que Guillou es uno de los redescubridores y maestro de las nuevas generaciones. Cristóbal Halfter le entregó una breve melodía muy del estilo de ambos, que tras ser expuesta con una registración plenamente acorde al lenguaje del español, deambuló por derroteros actuales en las variaciones siempre buscando climas y clímax sonoros en los cinco teclados más el pedalero. Un incunable que seguro se grabó para la posteridad y partitura autógrafa dedicada que se llevó como presente de un concierto único, o lo que es lo mismo, otro estreno de genio.

A las 22:40 el obispo Julián López Martín tomaba la palabra para agradecer lo escuchado y vivido, recordando a Francisco de Salinas (también el propio Adolfo G. Viejo en el programa del festival:

«El aire se serena
y llena de hermosura y luz no usada
Salinas, cuando suena
la música estremada
por vuestra sabia mano gobernada»

y buscando misma etimología en culto, cultura y agricultura (como amor por la naturaleza) para que el genial Guillou también mostrase su gratitud a todos los que hicieron posible el órgano, pasando uno a uno los maestros organeros para volver a los teclados y regalarnos la Badinerie de Bach seguida de una Victory Song que clausuraba al filo de las once de la noche un acontecimiento vivido en primera persona y no podía ni quería perderme por nada del mundo.

El domingo 22 toma el relevo mi admirado lujanés (¿o luganés?) Adolfo Gutiérrez Viejo que también clausurará este XXX Festival Internacional de Órgano Catedral de León el 20 de octubre en un homenaje a la Asociación de Amigos del Órgano con el siempre inmenso Franck más el estreno de Vitrales sonoros de Don Adolfo en «el esperado», o si se me permite la licencia del nuevo «bicho» (que así llama mi amigo Paolo Zaccheti al del Duomo de Milán).

De bien nacidos es ser agradecidos, y él tiene más que merecido ser protagonista de un acontencimiento que lleva treinta años funcionando.

Y cierre de película

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Viernes 30 de agosto, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo, Festival de Verano «Oviedo es Música». Judith Jáuregui (piano), Oviedo Filarmonía, César Álvarez (director). Obras de Sungji Hong, Beethoven y Tchaikovsky. Entrada butaca: 15,50€ (con gastos de emisión).

Cerramos ciclo y vacaciones veraniegas aunque la música nunca se toma descansos en nuestras vidas, y nada menos que con un concierto de los que salimos felices por lo escuchado y vivido, realmente de película.

Para empezar, un estreno absoluto de la ganadora del IV Concurso Magistralia de Creación Musical para Mujeres Compositoras, la Obertura Operatic Breaches de la surcoreana Sungji Hong (1973). La OvFi sigue creciendo en todas su secciones, y además de la versatilidad para los repertorios suma una madurez que se nota desde hace tiempo, esta vez bajo la batuta de César Álvarez que sacó de la orquesta toda una paleta tímbrica (destacando los solos de marimba y xilófono) y emocional que esconde la partitura de la compositora coreana, una línea que crece y decrece en dinámicas, texturas, rítmicas, en cierto modo música cinematográfica sin imágenes y clímax sinfónico para una plantilla que lo dio todo, interpretación que la autora presente en la sala, también agradeció.

La pianista donostiarra, con una agenda muy completa en estos tiempos, volvía por tercera vez a Oviedo, en esta ocasión con el Concierto nº 1 en do mayor, Op. 15 para piano y orquesta de Beethoven. Da gusto escuchar las obras concertantes cuando hay un total entendimiento entre batuta y solista, arrancando el Allegro con brio sin excesos en «tempo» que permitieron una primera entrada del piano degustando ese estilo aún clásico pero plenamente beethoveniano, con la estructura de solos, orquesta y concertantes en perfecto equilibrio y la cadencia final delicadamente arrebatadora en los dedos de una Judith que rebosa musicalidad. El Largo rezumó dulzura poética y limpieza en todos los intérpretes, con un director siempre pendiente de la solista, lo que siempre ayuda, sonoridades bien trabajadas en el piano siempre bien arropadas por la orquesta, para sin pausa atacar el Rondo Allegro scherzando que marcaría todo el devenir del movimiento final, escuchándose y contestándose todos, ligeros rubati bien resueltos por una batuta atenta y precisa para un acompañamiento que iba más allá, consiguiendo una verdadera concertación para esta interpretación del «primero de Beethoven» que ya apunta lo que culminará con el «Emperador». Excelente versión del triunvirato Jáuregui-Álvarez-OvFi.

Y si la propia pianista tras los agradecimientos nos hablaba de un viaje, también emocional sin duda, nos hizo un regalo de altura y talla interpretativa que tiene grabado en su CD «Para Alicia«, Granada de Albéniz en un acercamiento y homenaje a la gran Alicia de Larrocha, escapada romántica a una página cual ventana abierta a visiones muy personales que Judith Jáuregui compartió con todos nosotros. Nuevo derroche de musicalidad para esta obra que ya ha interiorizado y siempre suena distinta desde su visión.

Imaginando la película «Cisne negro» escuché la Suite Op. 20 del conocido ballet «El lago de los cisnes» (Tchaikovsky) en una interpretación para paladear auditivamente de principio a fin y reconocer tanto el excelente trabajo del maestro Álvarez como de todas las secciones orquestales, con una cuerda algo corta en plantilla pero que dio de sí para compensar la masa sonora de metales, y unos solistas de lujo, en especial el concertino Andrei Mijlin con el magistral solo del «paso a dos» que arrancó unos merecidos aplausos en mitad de la suite por su genialidad y arte, así como el protagonismo del oboe Jorge Bronte en las conocidas melodías o la siempre impecable arpa de Danuta Wojnar. Cada uno de los números fueron cuadros perfectamente pintados desde una dirección que dejó su impronta a la formación carbayona. Bien y emocionante el conocido Vals, equilibrado y con identidad propia, las danzas de los cisnes y la española o la Mazurka del acto III, sin olvidar la escena final apoteósica y realmente «agitada» donde como ya apunté, el poderío de percusión y viento no aplastó a una cuerda realmente superando el máximo exigible, logrando una interpretación global y turbulenta realmente de película.

La propina, siempre difícil después de Tchaikovsky como decía el maestro Álvarez, sí resultó cinematográfica pudiendo escuchar el tema principal de «Quemado por el sol» (1994, N. Mikhalkhov) del compositor ruso Edward Artémiev (1937), una delicia de partitura donde pudimos apreciar el talento de Gabriel Ureña al chelo, antes de su «escapada vienesa», con un solo en la línea de sus interpretaciones, melancolía y buen gusto, así como el contrapunto de corno inglés de Javier Pérez, un cierre de película para un verano que es simplemente un punto y seguido musical.

Al final pude saludar de nuevo a «la rubia», siempre a gusto en Oviedo y un placer para los que la seguimos desde sus inicios. Septiembre es sinónimo de inicio de curso y «cuesta» para los bolsillos al pasar por taquilla para un 2013-14 que se augura duro pero de excelencias musicales, esperando seguir contándolas desde aquí y continuar compartiendo impresiones personales.

Cuatro estaciones de nota

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Lunes 17 de junio, 20:00 horas. Teatro Filarmónica de Oviedo: «Le Quatro stagioni». Ignacio Rodríguez Martínez de Aguirre (violín), Orquesta Sinfónica del Conservatorio Profesional de Oviedo, Juan María Cué, director. Alba Calle Valiente (clave), Santiago Bastante Arias (guitarra barroca), Emilio Fernández Rivaya (cello), Iker Sánchez Trueba (contrabajo). Obras de Vivaldi, John Munday y Edson Zampronha.

El curso está tocando a su fin y los alumnos de los conservatorios realizan su examen cada vez que dan un concierto en público. El de este lunes contaba con solistas de lujo y un programa que incluía dos estrenos, uno absoluto, relacionados con el título del programa que en Asturias podríamos dejar solo en otoño e invierno, aunque la música brilló primaveral con la alegría estival transmitida por todos los que se subieron al escenario.

Foto © Pedro Martínez

La carrera de mi querido «Don Ignacio» la comenzó hace años pese a tener solamente dieciséis recién cumplidos, y siempre hago referencia al enorme sacrificio que supone alternar los obligatorios del Bachillerato con los musicales. El apoyo de la familia es tan importante o más que el trabajo diario para soportar las penurias de todo tipo que conlleva, sin olvidar las privaciones para todos. Al menos estar como solista en una obra tan difícil como los conocidos cuatro conciertos vivaldianos de Il cimento dell’a armonia e dell’invenzione son un premio más que merecido además de todo un examen superado «Cum Laude».

Alternando los compuestos por «El cura pelirrojo» se incluyeron otras que mostraron la enorme calidad de esta formación estudiantil con unos solistas aventajados a los que las manos del Maestro Cué llevaron por instantes de auténtica delicia. Programa interpretado como unidad, sin interrupciones, con el estreno absoluto de Otoño del brasileño Edson Zampronha dedicada a la propia orquesta, y el estreno en España de Inverno de este compositor afincado en nuestra tierra.

El Concerto en mi mayor RV 269 «La Primavera» lo afrontó Ignacio Rodríguez con un dominio y técnica al servicio de la conocidísima obra, de sonoridad rotunda y aplomo impresionante, con tempi excelentes para disfrutar de un continuo donde la guitarra barroca de Basante y el clave de Calle dieron el color exacto. La Fantasía «Faire Wether» de John Munday nos dejó a la solista de clave mostrarnos una obra virtuosa y ejecutada con la ornamentación idónea.

Continuó Ignacio Rodríguez con el Concerto en sol menor RV 315 «El Verano», seguridad y musicalidad arropada por una orquesta empastada con el solista y magistral concertación del cangués Juan Mª Cué. Sin titubeos y con una madurez impactante emocionó nuestro solista que hace fácil lo difícil: fraseos limpios, sonoridad rotunda, trinos relampagueantes y claros…

La orquesta estrenaba a continuación Otoño de Zampronha, obra a ella dedicada y compuesta con el conocimiento y oficio de este músico que conjuga el homenaje vivaldiano con su propio lenguaje, cercano desde la contemporaneidad que no olvida nunca las fuentes. Un placer de partitura que la joven orquesta hizo sonar fresca y clásica siempre bien llevada por el músico de Cangas de Onís.

Tras el otoño actual, casi como el climático del exterior, volvía con más fuerza aún el Concerto en fa mayor RV 293 «El Otoño» donde el violín de «Don Ignacio» llenó de luminosidad el teatro con sus compañeros, conjunción con concertino y nuevamente el aplomo envidiable para estos jóvenes músicos. Maravilloso el manejo del arco y un sonido diáfano en cada uno de los tres movimientos, precisión que da la seguridad del trabajo bien hecho y enfocado a la interpretación en vivo de estas obras tan comprometidas.

Y el Inverno (2007) de Zampronha que escuchábamos en España por primera vez resultó «ad hoc» en este monográfico climatológico que en cierto modo redescubre lecturas ya avanzadas por Forma Antiqva en su homónima, para dar paso al Concerto en fa menor RV 297 «El Invierno», auténtico derroche de juventud por todos, nuevamente destacable la guitarra barroca y sobre todo la maestría solística con bravos entre un público de la misma edad que supone una auténtica inyección de esperanza en tiempos oscuros y difíciles para la cultura, más aún para la música.

Conjunción ideal tras el arduo trabajo de todos, estudiantes sobresalientes de nuestro tiempo con un director que les entiende a la perfección y saca de ellos lo mejor, trabajo en equipo para alcanzar los objetivos propuestos con la belleza iluminando el quehacer individual. Un orgullo recoger lo sembrado que esperamos no disfruten otros, y el bis del tercer movimiento del verano más que una declaración de intenciones climáticas lo tomaremos como la tan necesitada energía solar que carga las constantes vitales y espirituales. Enhorabuena para todos y un «Cum Laude» para Ignacio Rodríguez Martínez de Aguirre que nos seguirá dando muchas alegrías.

Alta cocina sinfónica

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Viernes 24 de mayo, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo, Concierto de Abono 12: OSPA, Stefan Dohr (trompa), David Lockington (director). Obras de Gabriela Lena Frank, Richard Strauss y W. A. Mozart.

Nuestro princpal drector invitado volvía al frente de la orquesta del Principado para cocinar un menú auténticamente magistral por ingredientes, condimentos, entorno, presentación y sobre todo sabor sinfónico de muchas estrellas, tenedores o diapasones…

El menú programado para esta temporada es digno de una carta excelente, apostando por la «nueva cocina» sin olvidar los platos tradicionales. Los cocineros y platos preparados que han desfilado por la carta quedan para el análisis del gourmet profesional, pero la degustación de este duodécimo de abono merece la pena marcarlo como destacado por este cliente habitual.

Estrenar en España una obra como Leyendas: Un paseo andino (2001) de la compositora Gabriela Lena Frank (1972) supongo que sea elección del chef Lockington, pues conoce esa tierra y su(s) música(s) como buen cocinero, siendo capaz sólo con la cuerda de preparar unos entremeses de exquisiteces donde saca o adereza calidades escondidas. Hacer
de seis pequeños números recreaciones culinarias ya indican cómo trabaja este cocinero al que en Oviedo se le aprecia agradeciendo siempre tenerlo como principal invitado. Inspirarse en el folklore andino para crear esta personal suite que transciende del cuarteto de cuerda a la gran orquesta de cuerdas resultó realmente increíble, como si la maitre fuese sacando primeramente los fríos I Toyos o II Tarqueada, para entrar en el diseño del III Himno de Zampoñas y entrar con los calientes: IV Chasqui que por rítmica, desarrollo y visión global resultó muy exigente para todos, extrayendo de la cuerda sonoridades al límite. El auténtico descubrimiento servido casi en cazuela de Pereruela resultó el
V Canto de velorio que transmite ese dolor que tan bien describen las notas al programa de Nerea Barrena de la Rúa (con quien volveré en la segunda parte), con ese cuarteto de solistas de lujo que tenemos en la orquesta: Vasiliev, Atapin, Lev y Corpus, por orden de intervención. Explorando sabores, sonoridades y dinámicas extremas sin olvidar el cuarteto original que crece cuando suenan tutti, y ese último aperitivo
VI Coqueteos con puro olor andino de paladar clásico sin concesiones, nuevamente cocinado, presentado y servido con el «magisterio Lock».

El plato consistente, fuerte, rotundo que llenaría oídos preparados para manjares potentes, fue el Concierto para trompa nº 2 en MIb M (1942) de Richard Strauss con el mejor ingrediente posible: Stefan Dohr, el mejor solista del momento («el rey de su instrumento») con un currículo que se queda «pequeño» nada más escucharle entrar en el I Allegro. El aderezo forma parte del plato y la OSPA preparó con Lockington una versión de referencia, crecidos por la calidad de un trompa que recrea en primera persona la partitura original. El II Andante con moto y el III Rondó: Allegro molto es algo más que colorido en el plato, auténtica delicia al paladar contagiando todo el plato de maestría, pues los dos trompas empastaron con el virtuoso como nunca pensamos, amén del diálogo con el oboe siempre seguro y de musicalidad impecable. Imposible describir cómo suena ese instrumento con el alemán. Moviendo en la boca cada trozo, pudimos disfrutar de sabores preparados con la magia del Maestro Lockington, elegancia desde el podio que sabe preparar platos con cualquier ingrediente, y si es difícil de conseguir lo exprimirá a tope para alargar el placer, como así sucedió con esta «Trompa Strauss». No recuerdo tantos aplausos para un solista en el auditorio (y eso que muchos fueron a cazar «gatos monteses» al Campoamor), y el trompa «D’oro», pues merece españolizar su germano Dohr, nos regaló un Messiaen donde los sonidos que salen de ese corno francés son estratosféricos o galácticos como el título (Los cañones de las estrellas). Nueva salva de aplausos ante un sorbete celestial que sirvió para comentar largamente en el descanso con algunos músicos del mismo instrumento.

Para completar un manjar el último plato debe ser ligero como una «lubina Linz con salsa asturvienesa» del siempre genial océano Mozart. La conferencia previa de mi querida Nerea Barrena nos preparó a los pocos que estuvimos a las 19:00 horas en la cata de las llamadas «sinfonías vienesas» sin olvidar todo el proceso de macerado de otro manjar: la Sinfonía nº 36 en DOM, K. 425 «Linz» (1783). Todas las notas al programa son como la carta antes de comer, la conferencia los detalles de una sumiller de primera, y la interpretación de la OSPA con Lockington el redescubrimiento de un plato con nuevas texturas en boca. Supongo que Ne Re estaría compartiendo este menú en el «comedor Príncipe Felipe», con sabores capaces de aligerar la almendra del carbayón dulce con el chocolate vienés. Y es que el Chef David siempre que viene a nuestra tierra saca lo mejor de los músicos de nuestra OSPA, se crecen como la buena fabada, cocinando a fuego lento y seguro, sin ningún aspaviento, mimando el horno igual que los fogones, ollas, sartenes o woks, sea el I Adagio – Allegro spiritoso como base de cuerda bien aliñada por viento, el delicado II Poco adagio con timbales en su punto y musicalidad a rebosar, un III Minueto efervescente sin quemar y el IV Presto final que daba pena tragar de lo bien que sabía, perfecto regusto alegre que reanima el espíritu con una orquesta plena en boca (oído), dejando en la carta de este restaurante tutelado por Milanov un menú irrepetible que nos hace esperar la siguiente cita gastronómica con auténtica gula auditiva.

Alma rusa en Asturias

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Viernes 3 de mayo, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo, Concierto de Abono 11, OSPA, Lilya Zilberstein (piano), Carlos Miguel Prieto (director). Obras de Shchedrin, Rachmaninov y Prokofiev.
Volvía a la tierra de sus antepasados el director mexicano Carlos Miguel Prieto y traía un concierto totalmente ruso, pianista incluida, conocedor de que parte de nuestra orquesta asturiana tiene mucha de su alma en su país, como los tres compositores elegidos y bien explicado en las «Tres visiones de un concierto» de las notas al programa escritas por Carlos García de la Vega.
El estreno en España del Concierto para orquesta nº 1 «Naughty Limericks» (1963) de Rodion Shchedrin (1932) puso de manifiesto no ya el sentido del humor del pianista casado con la gran Maya Plisetskaya sino toda la herencia de su amigo y maestro Shostakovich, con una orquestación claramente circense y divertida («coplillas gamberras» como bien explica mi amigo neoyorquino John Falcone en el canal OSPA TV, también con mucha alma rusa) que el Maestro Prieto llevó con la misma chispa y energía de una partitura que nos arrancó a todos una sonrisa y trajo a mi memoria momentos cinematográficos.

El momento cumbre de la tarde, que dejará huella en todos los presentes, lo trajo la genial Lilya Zilberstein que ha hecho del Concierto para piano nº 3 en Re m., Op 30 (1909) de Rachmaninov un referente para todo melómano, volviendo a contagiar la magia que solamente el directo es capaz de lograr aunque haya quedado registrado por Radio Clásica para atesorar otro día memorable que el propio compositor seguramente ni se hubiera imaginado. La virtuosa rusa «hace Música» de principio a fin, la fortaleza física y mental que exige «el tercero» no mermó en ningún momento toda la belleza de una partitura que tuvo en la OSPA el complemento perfecto bajo las manos de un Prieto volcado y contagiado de este alma rusa hecha arte sonoro, compositor, partitura e intérpretes.

Como si la lejanía de la tierra amada fuese motivo inspirador (obra contemporánea de La Isla de los Muertos), las enormes proporciones y la factura pianística tan cargada, hacen de este concierto uno de los más peligrosos del repertorio (y de nuevo el cine en el recuerdo: «Shine» basada en la vida del niño prodigio David Helfgott), pero que en la interpretación de Zilberstein parecía fluir con total naturalidad. La han dirigido y acompañado los grandes y Oviedo se ha sumado a esta lista. El Allegro non tanto arranca tranquilo para ir brillando en cada modulación y cada crescendo de piano y orquesta en una auténtica montaña rusa de emociones hasta la cadenza endiablada y poderosa como sólo el propio Sergei era capaz de interpretar. La riqueza tímbrica que consigue la pianista rusa es de embriagar, sumándose una paleta orquestal que logró aún más brillo (¡shine!). El Intermezzo retoma la belleza melódica algo contenida con una orquesta densa pero clara, madura, empastada, pletórica, y las variaciones cristalinas del piano antes del tumulto pianístico que encadena con el «Alla breve» Finale. Ritmos protagónicos en todos los intérpretes bien llevados por un Prieto casi ruso, preciso en el gesto, cómplice de todos más la vitalidad centelleante en cada intervención de piano, solistas y tutti sin poder destacar a nadie por la feliz conjunción. La «colocación Milanov» volvió a conseguir un colorido casi de titanio, reconfortante, armónicos con el piano únicos y ese abrazo de los seis contrabajos que mecieron al «3 de Rach«, creciendo en una vorágine musical donde todo el alma musical de Lilya nos contagió y rompiendo en atronadores aplausos con varias salidas a escena, felices de haber asistido a un concierto único.

La Sinfonía nº 5 en SIbM, Op. 100 (1944) de Prokofiev completaría este trío ruso para la tarde asturiana, obra impregnada del sentimiento de victoria que alcanzó a todos los presentes contagiando ese aliento épico desde la batuta de Prieto en una partitura exigente para una plantilla algo reforzada que la crisis impide mantener fija. Si hace apenas una semana pensaba que el listón estaba alto, hoy han subido un pequeño peldaño más por la entrega y calidad de todas y cada una de las secciones de nuestra orquesta de cabecera en Asturias. Cierto que en la formación el ruso parece dominar y cuando se programa la música que han mamado desde siempre hay una transformación, pero debemos reconocer que el acento de esta tierrina nuestra les ha empapado como el «orbayu», creciendo todos cuando desde el podio se les exige desde el conocimiento. Y como «no hay quinta mala», así resultó la versión, alma rusa llevada por un mexicano de origen asturiano para nuestra orquesta internacional. Un Andante solemne y dulce que se transforma con vigor y sonoridad así como nuevamente el humor para una «batalla sinfónica» que dice Tranchefort en su «Guía de la música sinfónica». El Allegro marcato con ostinados agitados transitaron por cada sección de una orquesta rotunda de dinámicas contundentes y asombrosa seguridad que transmiten las percusiones atinadas. La emoción llegó con el Adagio que recuerda el inicio del «Claro de Luna» de Beethoven para lucimiento de una madera siempre lírica cargada de dramatismo para culminar con los trombones hercúleos contrastando texturas que Prokofiev domina como nadie. Y el Allegro giocoso que parecía cerrar con la alegría de flautas y fagots seguido por clarinetes cual bufones antes de cerrar una evolución de caracter coral donde las imitaciones las marcaba el Maestro Prieto con los guiños del que se sabe a gusto y bien querido. Los metales recordarán que «la grandeza épica no es extraña a los frenesíes de la alegría popular», como este inicio de mayo que nos devolvió el sol y el alma rusa a mi Asturias patria querida.

Premio de composición OSPA 2013

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Viernes 12 de abril, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo: Concierto Extraordinario «Concurso Composición OSPA 2013». OSPARossen Milanov (director). Obras de Marcos Fernández Barrero (1984), Hermes Luaces Feito (1975) y Jorge Ortal Grandal (1969).
El jurado estuvo compuesto por el maestro Milanov, director titular de la OSPA, el compositor Jesús Rueda, la musicóloga María Sanhuesa, más dos músicos de la orquesta asturiana: el concertino Alexander Vasiliev y el fagotista Vicente Mascarell.

Tras la presentación a cargo del violinista segundo coprincipal Pedro Ordieres, se celebró el sorteo para el orden de interpretación de las tres obras finalistas, que paso a la difícil tarea de describir la música según las notas tomadas en la primera escucha, algo que no suelo hacer pero dado el carácter de estreno y la posibilidad de votación popular, tuve el humor de ir reflejando mis impresiones según iba escuchando, dándole un poco de forma para hacerlo más legible. Las tres composiciones utilizaron la misma plantilla orquestal con mayor o menor percusión y de duraciones similares (en torno a los 15 minutos y un poco más escuchada en último lugar) siguiendo las bases del concurso.

Diálogos del tiempo y el espacio (2012) del madrileño Hermes Luaces Feito. El arranque me trajo a la mente un estilo de marcha tipo John Williams buscando el arca perdida jugando con metales y percusiones tanto en la rítmica como en los matices, dando paso a una madera sola contrapuesta con los temple-blocks y pizzicati que redondean un ambiente roto por un crescendo retomando el pulso inicial, sincopado, recuerdos Copland, aparición del vibráfono y nuevo giro hacia el reposo añadiendo la cabaça a la percusión con un viento que hace de colchón antes de cierto oleaje creado con flautas y más percusión (bongos, timbales) siempre jugando con amplios y extremos reguladores. El uso de la trompeta con sordina prepara un largo pasaje donde se manejan tímbricas variadas en percusión, apareciendo el triángulo, cuerda fluctuante, disonancias, trémolos, más juegos dinámicos y una técnica de sustracción en el sentido de ir desapareciendo paulatinamente los instrumenots, texturas y dinámicas con notas tenidas. Lo siguiente siempre en pianos un ostinato del vibráfono y las trompas creando acordes fanfarria para recuperar el pulso y dibujos de motivos melódicos «apagados» contrapuestos al rítmico ostinati de la cuerda que tanto le gustaba a Bernstein, tomando protagonismo la caja y el fagot que irán progresando con la figuración en metales y percusión agitados frente a la calma de los oboes capaces de conseguir un «largo color» con el sustento de la cuerda, pianissimi incluso en la percusión y notas tenidas de los metales, vibráfono, cuerda en pizzicato en continuas sumas y restas de efectivos contraponiendo dinámicas bruscas y rítmicas que concluyen en un decrescendo hasta el punto final.

Trabajo de texturas y dinámicas, del tiempo y espacio musicales que preveían en el propio título desde una orquestación actual capaz de ser danzada o utilizada con imágenes. En mi «quiniela» figuraba en segunda posición aunque no obtuvo mención alguna.

Resonancias para orquesta (2012) del catalán Marcos Fernández Barrero. El inicio disonante y con sordina en cuerda, trompetas y trombones sustentando las intervenciones melódicas de oboes salpicados de marimba tejen una línea que engorda con la tuba dentro del clima opaco muy del gusto de Sostakovich, con pinceladas de flauta y oboe más juegos dinámicos que van alcanzando una densidad sonora en crescendo y súbito mf, acentuados ataques unidos a un acelerando progresivo de la cuerda en ritmo ternario marcado, jugando con la tímbrica en metales muy danzante (Bernstein nuevamente flotaba). La cuerda yace cual sustento para una rítmica clara en metales y maderas que mantienen la pulsación hasta un cambio de tempo y aire que alcanzan la zona central de la composición. Sensación de reposo en dinámicas, gotas en el viento y trémolos acelerantes con trompas y reminiscencias del «Dies Irae» con sordina y sforzandos de la cuerda contestados nuevamente por los metales. El puente pseudomelódico se romperá con la irrupción de viento y cuerda, oboes y flautas a los que se suma la marimba para lograr un ambiente cinematográfico de espectación a cargo de una cuerda con textura húngara o rusa para un final inesperado en decrescendo y «pérdida de efectivos instrumentales».

Se nota una apuesta por llevar a la orquesta la sonoridad del piano añadiendo toda la paleta instrumental en cierto modo «camuflada» y protagonismo de la percusión, con recursos variados en un lenguaje o estilo «cercano» a los años 50 del pasado siglo, especialmente la rítmica típica del lenguaje musical. Personalmente fue mi preferida y coincidí con el jurado.

Elementos vitales (2013) del cubano afincado en Vigo Jorge Ortal Grandal (1969). Un crescendo en la percusión al que se suman metales y madera sustentados por notas tenidas en la cuerda desde un compás de amalgama volvía como recurso recurrente al concierto, esa América de Lenny hasta en la textura lograda por la instrumentación donde aparecen campanas, caja, cuerda en ostinato y una especie de «motivo» que lograrán un sonido redondo sin olvidar las dinámicas a partir de unos cellos y trombón dibujando con el palo de agua que se prolonga en trompeta y trompas desembocando en un crescendo de la cuerda muy rítmica en escalas ascendentes y descendentes que generan la sensación de movimiento. Big Bang y posterior Eclosión metálica que figuran como partes y/o «elementos vitales», trueno percusivo y referencias orientalizantes de oboe y flautas seguidos por trompas siempre arropados por la cuerda y «gotas de la cortinilla» con metálicas densidades utilizadas en la banda sonora de «Memorias de África», juego de cuerda y protagonismo de violines segundos y vioas graves tras crescendos y decrescendos en ritmo cuaternario pasando los metales a intercambiar el sustento tímbrico. Una percusión caribeña o africana que firmaría Barry dará al glockenspiel y la tuba su momento de gloria cayendo en un pianisimo que devuelve la densidad sonora. Un mundo de maderas parece llegar con el breve acelerando y crescendo con un aire vivo en melodía bien escrita para la cuerda, con ritmo más marcado y repetido cual malambo por la caja mientras maderas y trompetas en picados y trémolos dan paso a una «cuerda John Williams«, siempre con el cine protagonista y referente. Se nota el oficio del compositor por la cantidad de recursos que pueden parecer facilones pero muy efectivos. Temple-blocks y metales en distintas octavas y registros, apoyados en una cuerda y apariciones rítmicas siempre dobladas por la percusión parecen preparar el Big Crunch, final casi unísono familiar y acelerando rítmico hacia un bloque que bauticé «Lawrence de Arabia» por lo solemne y piano antes de un crescendo donde la percusión romperá esa calma del desierto o incluso la estepa africana, un clarinete sobre los parches al que se suma el oboe y glissandi de trombones, violas, flauta y el efecto sumativo de los metales que parecen tocar las variaciones sobre el «Canon» de Pachelbel cual fuga final, campanas incluidas, en acumulación tímbrica y dinámica tan del gusto de Ravel en su «Bolero» o Williams en «Superman» por la familia de metales. Como si de una caída trágica la marimba y el pizzicato de los cellos retoman el sentido de canon en un Andante solemne y polirrítmico con relámpagos. Más amalgama y combinación de texturas, redobles en platillos, trompetas con sordina y el gong que acabarán en piano inesperado.

Mucho oficio en una obra «pastiche» en el sentido de mezclar de todo un poco, con orquestación académica, redonda y «populista» en el sentido de más melódica, asequible y digerible al oído no muy entrenado que prefiere referencias y puntos de apoyo antes de esforzarse por probar cosas nuevas. No me equivoqué con este comentario al resultar la obra votada por el público.

Destacar la impecable dirección del maestro Milanov y la entrega de todos los profesores de nuestra OSPA que sacaron de las tres obras probablemente más música de la que estaba escrita, aunque la presencia de los compositores en los ensayos supongo que habrá ayudado a perfilar detalles. Parte del público no esperó a conocer el veredicto y tomando las palabras del director búlgaro a la revista Scherzo del mes pasado, «Hay que conseguir que los nuevos públicos se sientan libres». Al menos su apuesta por dar a conocer obras y compositores nuevos ha tenido su fruto, aunque estemos lejos del ambiente norteamericano en el que tanto ha trabajado nuestro titular.

Una vez conocidos los ganadores del jurado y popular, aplaudimos al premiado Marcos Fernández Barrero sobre el escenario y pudimos volver a escuchar Resonancias para orquesta, que se incluirá en la programación de la próxima temporada. La segunda escucha siempre resulta más enriquecedora para todos y así sonó.

Marcos Fernández Barrero, Premio OSPA

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Este viernes 12 de abril tuvo lugar el Concierto Extraordinario «Concurso Composición OSPA 2013» con Rossen Milanov al frente. Marcos Fernández Barrero (1984), en el centro de la foto, fue el ganador con la obra Resonancias para orquesta (2012) mientras Jorge Ortal Grandal (1969), a la izquierda, con Elementos vitales (2013) se llevó el premio del público que votó tras escuchar las tres obras finalistas, siendo Diálogos del tiempo y el espacio (2012) de Hermes Luaces Feito (1975) la que completaba terna.

OSPA TV entrevista a los tres compositores finalistas

El jurado estuvo compuesto por el maestro Milanov, director titular de la OSPA, el compositor Jesús Rueda, la musicóloga María Sanhuesa, más dos músicos de la orquesta asturiana: el concertino Alexander Vasiliev y el fagotista Vicente Mascarell.

Aunque le dedicaré una entrada más extensa, las tres obras finalistas utilizaron la misma plantilla orquestal con mayor o menor percusión y de duraciones similares (en torno a los 15 minutos y un poco más la preferida del público) siguiendo las bases del concurso.

La obra ganadora para los expertos, Resonancias para orquesta, me resultó «cercana» a los años 50 del pasado siglo con juegos de texturas, dinámicas, cambios de tempo y pinceladas o guiños de Shostakovich a Bernstein en rítmicas de lenguaje musical muy cinematográfico sin olvidar una percusión que parece casi imprescindible en todo autor contemporáneo.

El voto popular optó por Elementos vitales, mucho oficio del cubano afincado en Vigo que construye una obra «pastiche» en el sentido de mezclar de todo un poco, ritmos caribeños, compases de amalgama, John Barry, Maurice Jarre, «Lawrence de Arabia» y «Memorias de África» sin olvidar unas variaciones canónicas Pachelbel o el «Superman» de John Williams, con orquestación académica, redonda y «populista» en el sentido de más melódica, asequible y digerible al oído no muy entrenado que prefiere referencias y puntos de apoyo antes de esforzarse por probar cosas nuevas.

De la tercera en liza, como de las anteriores, espero comentar más detalladamente cada una de ellas. Quede aquí la reseña rápida y a vuelatecla recién llegado a casa.

Lázaro: pasado presente para el futuro

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Miércoles 25 de abril, 20:00 horas. Catedral de Oviedo: Sancta Ovetensis «Esplendor musical en la Catedral de Oviedo». María Espada (soprano), Guillermo Peñalver (traverso), Forma Antiqva; Aarón Zapico (clave y dirección). Obras de Joaquín Lázaro (1746-1786), Telemann y Vivaldi.

Mantener la capacidad de asombro es todo un valor añadido. Viniendo de Forma Antiqva es algo que me está mal acostumbrando, y que la extremeña María Espada siga enamorándome con su voz acabará en adicción.

Pasar en tan poco tiempo de un programa operístico a todo un acontecimiento musical como supone recuperar históricamente -con la siempre envidiable y admirable aportación de una musicóloga como María Sanhuesa– al gran Joaquín Lázaro y (re) estrenar en estos tiempos música que acumulaba polvo, por no decir que dormía en el olvido, uniendo rigor y esplendor precisamente en el marco donde sonó hace más de tres siglos, es motivo de orgullo y satisfacción. Ya va siendo hora de poner en su sitio a nuestros músicos «desconocidos» y sus obras, capaces de compartir sesión con los llamados «grandes» en igualdad de condiciones porque pueden tutear sin miedo a los llamados «famosos» que lo son más por difusión que por calidad en muchos casos. Este proyecto pergeñado desde nuestra tierra con músicos que sólo el paso de los años pondrá en los libros de historia, conjugando rigor y esplendor en malos tiempos para la cultura, parecen querer llevar la contraria apostando nada menos que por la calidad en grado sumo. Escuchar trescientos años después la música que sonaba, realmente esplendorosa, en la Catedral de Oviedo con estos intérpretes predestinados a este «regreso al pasado» desde el presente y con visión de futuro ya es suficiente.

Con los conocimientos actuales plantear que Joaquín Lázaro fue un adelantado a su tiempo al componer una música «clásica» en pleno barroco, presagiando un Mozart aún por llegar ¡y desde Oviedo! cual antecedente vienés, creo sea la primera línea para un estudio musicológico serio todavía pendiente de nuestro Maestro de Capilla.

Desconozco la idea primigenia u origen de colocar a Telemann abriendo las arias de tiple (en el feliz y secular reencuentro soprano) de Lázaro en la Catedral, incluso abriendo boca con un Vivaldi que estos intérpretes ya han «nacionalizado» asturiano desde Granada como si de un bloque musical homogéneo se tratase, pero puedo asegurar que el compositor turolense sonó perfectamente conjuntado, incluso adelantado, a los considerados de primera línea, sólo por desconocimiento ya subsanado al situarlo en el mismo plano. El enfoque interpretativo de Aarón Zapico comandando una formación que le sigue plenamente, es sinónimo de frescura y seriedad en pleno siglo XXI. Las cinco arias que María Espada revivió este día histórico para la música universal, con el perfecto arrope de Forma Antiqva ad hoc en todo, han supuesto completar un vacío del que ni siquiera teníamos conciencia.

Me falta tiempo, aunque sobra perspectiva, para pedir ¡más Lázaro! en la línea del avanzado primero en León y después en Oviedo, esplendor y seriedad en un compositor del que Saldoni cita como autor de piezas de «gusto admirable». Imposible destacar alguna en especial salvo el regalo del bis «soberano Dios» cual cántico astur completo con visión universal.

No se puede pedir más de intérpretes, dirección e investigación musicológica, recogiendo lo sembrado, sin olvidar la organización en una fecha que personalmente nunca olvidaré (dos años de la muerte de mi abuela Lucía Riesgo con 105 años que no eran -ni son- nada) para un retorno al pasado que supuso ¡apostar por el futuro!. La música siempre faro y luz para caminos oscuros, indescriptible con palabras.

Dejo reflejado programa e intérpretes, calidad a raudales para un público que supo responder a un evento local siempre universal de nuestra Vetusta casquiana llenando el templo que devolvió trescientos años en hora y media, pasado hecho presente para el futuro.

A. Vivaldi: Obertura de la Symphonia RV 111a. (Allegro – Andante – Presto)

Joaquín Lázaro (1746-1786): A Eulalia dichosa, aria para tiple, trompas, cuerda y contínuo.

G. P. Telemann: Sinfonía del Concerto Polonoise TWV 51:D3: Adagio – Vivace.

Lázaro: Ven en buena hora, Dios soberano. Aria para tiple, flauta, cuerda y contínuo.

Lázaro: Reparad qué luz clara y peregrina, Recitado y Cavatina para tiple, trompas, flautas, cuerda y contínuo.

G. P. Telemann: Sinfonía del Concerto Polonoise TWV 43:G7: Adagio – Allegro – Largo – Allegro.

Lázaro: El soberano Dios. Recitado y Aria para tiple, trompas, flautas, cuerda y contínuo.

Telemann: Sinfonía del Concerto Polonoise TWV 43:B3: Polonoise – Allegro.

Lázaro: Noche preciosa, clara y divina. Aria para tiple, trompas, flautas, cuerda y contínuo.

INTÉRPRETES

María Espada, soprano.

Guillermo Peñalver, traverso.

FORMA ANTIQVA:

Javier Bonet, trompa I – Miguel Ángel Curiel, trompa II.

Guillermo PeñalverAna López, traversos I y II.

Jorge Jiménez, Pablo Prieto, Judith Verona, violines I.

Miren Zeberio, Cecilia Clares, Javier Gallego, violines II.

Antonio Clares, viola – Ruth Verona, chelo – Vega Montero, contrabajo.

Pablo Zapico, archilaúd – Daniel Zapico, tiorba.

Clave y dirección: Aarón Zapico.

P. D.: Crítica de Javier Neira en LNE del jueves 26.

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