28/01/2017
Pablo Siana
Asturias, clásica, conciertos, conferencias, música, sinfónica
Ari Rasilainen, Auditorio de Oviedo, Bruckner, conciertos, Edson Zampronha, Jesús Reina, Jesús Torres, música, OSPA, OSPATV, Tchaikovsky
Viernes 27 de enero, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo, Abono 6 OSPA «Arquitectura sonora»: Jesús Reina (violín), Ari Rasilainen (director). Obras de Tchaikovski, Torres y Bruckner.
El profesor y compositor Edson Zampronha, autor de las notas al programa (enlazadas en los autores), nos preparó antes del concierto con una conferencia cercana, emotiva como su propio título «La emoción rompe los límites: la música del alto romanticismo en el final del siglo XIX» donde contagió esa pasión común por tres obras tan distintas pero unidas precisamente por el programa bautizado como arquitectura sonora y resumidas por «el sublime», con referencias filosóficas en cuanto a la subjetividad del oyente desde la oscuridad buscada de la sala hasta el viaje interior que toda escucha supone.

Regresaba nuevamente el finlandés Ari Rasilainen al frente de la OSPA y las obras elegidas nos trajeron buenos recuerdos anteriores de su estilo directorial: una batuta vigorosa, clara y precisa con una mano izquierda completa de gestos variados, atento al equilibrio de dinámicas subrayando siempre la sonoridad puntual tan distinta en las tres partituras, con una orquesta nuevamente reforzada en la cuerda permitiendo recrearse en matices extremos sin perdernos ningún plano. Y es que la calidad también va unida por momentos a la cantidad cuando se controla todo al detalle, algo que los compositores de este sexto de abono iban a permitir.

En pleno cierre de temporada operística carbayona vino muy bien elegir la Polonesa de «Eugene Onegin» (Tchaikovski), tributo local desde lo universal para optar por un aire más rápido del «habitual«, nada bailable y obligando a la cuerda expresiva y técnicamente a darlo todo, mientras la madera y sobre todo los metales, que estarían pletóricos a lo largo de la velada, nos dejaban una versión brillante pero también muy contrastada en volúmenes, claroscuros arquitectónicos que parecían preparar el resto del concierto, también en lo anímico con este explorador de emociones como fue el ruso, jugando Rasilainen con todo el material sonoro llevado a unos extremos siempre controlados.

Jesús Torres (1965), compositor invitado esta temporada (y presente en la sala), es uno de los más destacados de esta generación. Compuso su Concierto para violín y orquesta entre el 26 de agosto y el 29 de diciembre de 2011 por encargo de la Fundación BBVA y está dedicado al violinista Miguel Borrego que lo estrenó el 22/03/12 en el Teatro Monumental de Madrid con la Orquesta Sinfónica de RTVE y Kees Bakels). Analizado en el programa de mano y contado a OSPATV por el propio zaragozano en compañía del solista elegido para este abono, Jesús Reina, este malagueño con recorrido y futuro más que asegurado, afrontó el reto de una obra actual llena de guiños «clásicos» pero sin confrontación con la orquesta, una fusión de lenguajes con especial importancia de la percusión y una plantilla impresionante (3-3-3-3/4-4-3-1/3 Perc. Tim/14-12-10-8-6), para tres movimientos casi unidos en su desarrollo, Dramático, Apasionado y Estremecido, donde Torres construye un universo sonoro agradable desde unas disonancias nunca molestas y buen conocedor de la escritura sinfónica. Obra grandiosa, edificio sonoro que va elevando una partitura muy bien construida donde Rasilainen se mostró un arquitecto solvente y Reina fue perfilando al milímetro esos calificativos de música pura, la delicadeza de un sonido siempre cantabile. Pasajes realmente virtuosos, diálogos potentes con la orquesta en este solista que apuesta por músicas contemporáneas, emergiendo al final de la masa sonora con un pasaje a dobles cuerdas realmente estremecedor, exigentemente lírico para una melodía a dos voces bellísima trazando el remanso tras el poderío de los veinte minutos aproximados de duración.
La propina en línea con lo anterior, música actual con ese aire zíngaro de «violero» recordando sus orígenes populares en los famosos verdiales de su tierra natal en compañía de su padre demostró el buen momento y la musicalidad que atesora este violinista y docente malagueño.

Manteniendo la estructura todavía habitual en muchos conciertos sinfónicos de obertura breve, concierto con solista y una sinfonía histórica, llegaría el esperado y muy programado Bruckner, en cierto modo lógico tras la «moda Mahler» (también presente esta temporada de la OSPA y en Musika-Música del próximo marzo bilbaíno). El universo Bruckner permite disfrutar como pocos del impacto sinfónico siempre del agrado del público, máxime contando con una plantilla para la ocasión y un director que contagió vigor y rigor desde el podio. La Sinfonía nº 3 en re menor (1889), «Sinfonía Wagner» de connotaciones operísticas para seguir con el lirismo arquitectónico del concierto, en la edición del su discípulo Franz Schalk (de las muchas que se han publicado), manteniendo estructura «clásica» engrandece esas lentas melodías dotando de una tensión romántica a esta tercera que la OSPA y Rasilainen fueron construyendo cual catedral sonora neoclásica. Trabajando todas las combinaciones que van dando protagonismo a cada sección, disfrutamos de unos metales que me gusta llamar orgánicos por la referencia bruckneriana en el instrumento rey, no ya el trío de trompetas o de trombones más la tuba, sino un quinteto de trompas en perfecta armonía «cantando un coral» a cuatro voces rebosante de la religiosidad del alemán, en estado de gracia todos ellos (incluyendo el refuerzo «de descanso» que los entendidos comprenderán) y por supuesto una cuerda siempre presente, empastada, de amplia gama expresiva, especialmente en el arranque del segundo movimiento. Buen entendimiento con la batuta que dibujó siempre certera las trazas arquitectónicas de esta tercera potente, vigorosa pero también íntima, casi una reconstrucción (puede que del propio Schalk) del templo sonoro que crece a lo largo de los cuatro movimientos en altura emocional de dibujo sencillo y efectivo por el uso de silencios subyugantes dejando flotar el sonido, y fortísimos contrastantes además de contundentes, especialmente en los graves, y unos pizzicati redondos por lo presentes. Tal vez faltase un poco más de emoción pero nunca claridad en el juego de volúmenes ni sensibilidad en esas melodías infinitas.
Esperamos que el maestro Rasilainen vuelva en un futuro no muy lejano porque su trabajo siempre resulta del agrado de todos, aunque el patio de butacas siga con muchas vacías, perdiéndose conciertos pensados para el respetable.
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23/01/2017
Pablo Siana
Asturias, Bandas de música, conciertos, música, sinfónica
Auditorio de Oviedo, Banda de Música "Ciudad de Oviedo", Boublil, C. M. Schönberg, Christian Brandhofer, conciertos, David Colado, Johan de Meij, Lauridsen, música, Rossini
Domingo 22 de enero, 19:00 horas. Auditorio de Oviedo: Banda de Música «Ciudad de Oviedo», Christian Brandhofer (trombón), David Colado Coronas (director). Obras de Rossini, J. de Meij, M. Lauridsen y A. Boublil-C. M. Schönberg. Entrada libre.
Buena tarde dominical con música de banda, algunas transcripciones que son otra forma de hacer llegar el repertorio sinfónico y coral, pero sobre todo la escrita específicamente para estas formaciones, que en el caso de la banda ovetense sin llegar a sinfónica dio mucho juego con el programa elegido. A falta de notas en el programa, en cada partes, sin descanso, fueron leídas por una de las clarinetes, que sirvieron para conocer un poco más las obras.

La obertura de La Gazza Ladra (Rossini) es conocida por su utilización tanto en publicidad como en el cine, especialmente en «El honor de los Prizzi» por un grande como el italiano que también se dedicaría a la cocina, un poco el ambiente dominical. Aunque no se tratase de la interpretación sinfónica, este arreglo para banda de música nos acerca fidedignamente los solos de oboe y clarinete para lucimiento de los primeros atriles, disfrutando igualmente de la pareja de cajas y especialmente de los cambios de tiempo bien marcados por un David Colado curtido en todo tipo de formaciones instrumentales que tomaba la batuta en este primer concierto del año, con la intención y sonido tan rossiniano que logró sacar una versión más que correcta.

La obra estrella de la noche fue el T-Bone Concerto de Johan de Meij (Voorburg, 1953), que tiene tanto versión con piano, para brass-band y lógicamente para banda, un concierto para trombón con el solista de la OSPA Christian Brandhofer, organizado tanto en el título como en sus tres movimientos con un juego de palabras curioso, trombone y T-Bone cual formas de preparar este manjar para los carnívoros y melómanos: el primero Rare (Poco hecho), amplio de sonoridades con juegos entre las secciones más un rítmico piano, incluyendo además alguna intervención solista con sordina buscando texturas al oído cual paladar y con unos fraseos realmente hermosos. El Medium (En su punto) es el movimiento central de ritmo ternario muy majestuoso y con un grupo de cámara dentro del tutti para la parte B más rápida antes de volver a la A casi triunfal pero «apianando y ritardando» para un perfecto diálogo bien «cantado» entre solista y banda. El último Well done (Muy hecho) resultó juguetón, movido, equilibrado además de perfectamente ejecutada esta partitura llena de complicidades y complicaciones (el compositor es además de director, trombonista, como David Colado, y bombardino), con una percusión casi siempre subrayando toda la melodía con placas varias (xilófono, glockenspiel…) donde tampoco faltaron las campanas, también variando los tempi a lo largo del segundo tema retomando el vivo en una fiesta multicolor tras este T-bon bien cocinado por un Brandhofer en su salsa. Un placer paladear música compuesta para banda por un músico como el holandés afincado en los EE.UU. (esperemos que Trump no le eche) que domina la tímbrica como nadie y tiene partituras realmente excelentes.

La propina cual postre americano e internacional en un momento feliz del trombonista equiparable al del compositor, Elegy for Mippy II de L. Bernstein.
La segunda parte comenzaría con O magnum Mysterium (Morten Lauridsen, 1943) que mi admirado coro El León de Oro canta como nadie, esta vez arreglado cual coral sin letra ni batuta para realzar esa polifonía tan del maestro de ascendencia danesa subrayada puntualmente por timbales, bombo o platillos que «magnifican el misterio» aún más terminando, en un pianísimo muy logrado tras unos reguladores de lo más trabajados y como si de un coro a boca cerrada se tratase (especialmente los metales). Difícil transcripción la de H. Robert Reynolds pese a ser especialista y conocedor de la música de banda, que de no conocer el original da mucho juego aunque nada puede compararse con la voz humana.

Y otro tanto sucede con el musical Los Miserables (A. Boublil / Claude Michel Schönberg) en arreglo de Marcel Peeters, selección de cinco temas para cerrar concierto con todos los efectivos al mando de Colado que sacó siempre a primer plano las conocidas melodías de este musical veterano de los años 80 llevado también al cine en 2012, para lucimiento de cada sección, especialmente saxos y bombardinos no siempre reconocidos ni tan protagonistas como el resto. Buen sonido e interpretación idónea para los números elegidos bien contrastados que nos transportaron a la gran pantalla.
Bisaron el final de «La Gazza» un poco más movida que al inicio, para no perder el ambiente cinematográfico y gastronómico para una sala que presentó una entrada de comensales que ya quisiéramos para otros eventos.
Volverán más domingos de febrero (12 y 16) y marzo (12 y 16) para completar un trimestre que sigue apostando por la Banda de Música en Oviedo, tocando madera para que no sigan recortando a la ciudad una tradición que es parte de su propia historia.
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21/01/2017
Pablo Siana
Asturias, clásica, conciertos, discos, música, piano, sinfónica
Auditorio de Oviedo, Beethoven, conciertos, Leon McCawley, Manuel López-Gómez, música, OSPA, OSPATV, piano, Ramón G. Avello

Viernes 20 de enero, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo, Abono 5 «Orígenes II», OSPA, Leon McCawley (piano), Manuel López-Gómez (director). Obras de Beethoven.
Más de cincuenta años creciendo con la música de Beethoven y nunca me ha fallado, desde las sonatas pianísticas, solas o con violín, los cuartetos, los conciertos para piano donde el «Emperador» sigue reinando pero sobre todo sus sinfonías que he ido ampliando en todos los formatos disponibles (a excepción del Blu Ray tras el fiasco del Laser Disc). Crecimiento vital y formación perpetua para intérpretes de todo tipo, sin olvidar a melómanos empedernidos e igualmente aficionados recién llegados. Con los años vamos descubriendo nuevos detalles, madurando, probando versiones de todo tipo, desde Karajan y su berlineses en vinilo (o cassete) antes de sus posteriores grabaciones, pasando por Bernstein hasta la integral de Harnoncourt en CD por citar tres de mis referentes en las nueve sinfonías al completo, pugnando por «tener que elegir» una cuando todas las impares se imponen (aunque La Cuarta de Solti daría para una entrada propia), imprescindibles y dependiendo del momento emotivo.
Este frío viernes de enero retomaba mi «normalidad» con un monográfico del sordo genial donde un joven director venezolano de la misma cantera que otros más mediáticos (del que fue asistente), famosos o conocidos se ponía al frente de una OSPA reforzada en la cuerda por ocho jóvenes alumnos del CONSMUPA para interpretar «La séptima» como plato fuerte, un Coriolano para abrir boca y «el tercero de piano» con un inglés que regalaría a Rachmaninov tras una limpia ejecución a la que le faltó el ímpetu juvenil que brilló y dio calor. Beethoven para crecer y seguir manteniendo el espíritu juvenil, casi vampirismo musical de aficionado transmitido desde un escenario que rebosaba ganas e ilusión recompensado por un público agradecido que volvió a llenar unas butacas preocupantemente vacías en el ya fenecido 2016.

Entrando en detalle quiero comenzar por el Concierto para piano nº 3 en do menor, op. 37 (1800-1803) con Leon McCawley de solista (las notas al programa de Ramón Avello están enlazadas en el título de cada obra). De entrada la orquesta quedó «menguada» para ajustar sonoridades en esta pugna dinámica entre unos y otro, con un Manuel López-Gómez atento al detalle, buen concertador y controlando de principio a fin estilo, dinámicas y tempo que pareció contar con una pulsación algo distinta del británico, siempre un instante adelantado en el Allegro con brio plenamente mozartiano, con algún sobresalto en un pedal que pareció buscar precisamente la bruma que se iría disipando a lo largo de los dos movimientos siguientes y tras unos solos donde pudo recrearse. El bellísimo Largo resultó pulcro desde ese solo inicial, con un trabajo sonoro en las notas sueltas cinceladas con una independencia inusitada y una orquesta etérea vistiendo el cristalino devenir pianístico, la transición del Clasicismo al Romanticismo que Beethoven parece conjugar en este tercero estallando en el Rondó: Allegro de firma propia, perfectamente encajado y dialogado, equilibrios sonoros y entendimiento de todos los intérpretes, en un concierto que fue de menos a más aunque no llegó a emocionarme. Se hizo algo de rogar McCawley antes de regalarnos «un Rachmaninov» donde pudo demostrar su sonido y técnica limpia en uno de los últimos románticos del siglo XX.

Pero el Beethoven sinfónico resultó lo mejor porque parece que el dicho «no hay quinto malo» también se aplicó en este abono que sigue rindiendo culto a los orígenes. Coriolano, obertura, op. 62 (1807) presentó una plantilla ideal de cuerda, con los jóvenes refuerzos y algunos que «descansaron» en este programa (aunque también hay maestros que se van jubilando dejando paso a la savia nueva) dando un paso al frente los principales como solistas» para conseguir esa sonoridad completa y una «disposición vienesa» más apropiada que nunca con los contrabajos detrás de los violines primeros, trompas (hoy excelentes) y trompetas (de llave) a pares flanqueando a clarinetes y fagotes, traverso de madera con los oboes más los timbales atrás a la derecha. El trabajo de Manuel López-Gómez (entrevistado en OSPATV) se notó desde el arranque, gesto claro, preciso, pulsión sin decaer en un Allegro con brio literal, explorador del sonido en todos y cada uno de los detalles y secciones con la ventaja de una partitura memorizada que le permitió volcar todo esfuerzo en la interpretación sin perderse ni una nota, ni una entrada, ni un matiz, incluso los silencios resultaron musicales. Ímpetu juvenil y dramatismo (en esa tonalidad tan «intrigante» como do menor) transmitido por una OSPA entregada.

Si la obertura puso las cartas boca arriba de los recursos e ingredientes perfectos, era de esperar que la Sinfonía nº 7 en la mayor, op. 92 (1811-1812) resultase modélica por estilo, color, tiempos ajustados a la propia partitura, de la que afloraron notas a menudo oscurecidas pero que el equilibrio dinámico permitió degustar y disfrutar nuevamente desde la total concentración del director venezolano. Luminoso Poco sostenuto – Vivace con pulsión y matices amplios, protagonismos compartidos, tímbricas deslumbrantes y esa rotundidad de los graves más presentes que nunca (por ubicación, cantidad y calidad) con la limpieza de cada nota en el tiempo más movido. Emocionante el Allegretto, romanticismo sinfónico sin edulcorar, una cuerda que sonó y protagonizó uno de los momentos cumbres de la noche, violas, segundos, cellos y contrabajos hasta los primeros en un crescendo que desemboca en un tutti desgarrador sin perder nunca presencia los dos temas. Y unir el Presto con el Allegro con brio ayudó a una coherencia interpretativa por parte del maestro López-Gómez que fue secundada en todo momento por una OSPA madura, confiada, entregada, dejándonos una expléndida séptima, coloridamente cristalina y sin concesiones a la galería, el empuje que no decae, empuje jovial y juvenil, plenitud orquestal que transmite esta joya sinfónica, musicoterapia que sube los ánimos de intérpretes y el público, y así lo entendió el respetable que disfrutó agradeciendo con largos aplausos obligando al venezolano a salir varias veces.

Esperamos repita visita y tomemos nota de esta batuta porque está llamada a una larga carrera de éxitos.
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08/01/2017
Pablo Siana
clásica, conciertos, música, sinfónica, viajes, zarzuela
Alba Chantar, Chapí, Concierto de Año Nuevo, conciertos, Johann Strauss II, Lehar, Leoncavallo, Manuel Hernández Silva, música, Offenbach, Orquesta Filarmónica de Málaga, Pablo García, Strauss, Suppé, viajes
Lunes 2 de enero de 2017, 19:00 horas. Teatro Cervantes, Málaga: Concierto Extraordinario de Año Nuevo. Alba Chantar (soprano), Pablo García-López (tenor), Orquesta Filarmónica de Málaga, Manuel Hernández Silva (director). Entrada segundo piso: 27 €. Obras de J. Strauss hijo, R. Leoncavallo, F. von Suppé, J. Offenbach, F. Lehár, R. Chapí, G. Giménez, R. Soutullo / J. Vert y J. Strauss padre.

Un director venezolano con la Orquesta Filarmónica de Viena no, con la de Málaga de la que es titular y a la que está exprimiendo musicalmente, haciendo sonar cada vez mejor, con un programa de autores que ha mamado en sus estudios en la capital austríaca y van tomando poso como los buenos vinos con el tiempo, nada que ver con el otro venezolano más mediático que se «desinfló» en el concierto más visto de cada año, al que se le han dedicado montones de críticas, incluso musicales, no todas coincidentes con mi opinión de cierto «miedo escénico» y un desigual concierto que no le quita el mérito a mi admirado Gustavo Dudamel de haber llegado ahí con tan solo 35 años, el más joven de la historia (y lo que todavía le queda por delante) del más famoso y televisivo evento musical en esta semana que se llevó con 92 primaveras al francés Georges Prêtre, el más longevo en dirigirlo (con 85 años) y probablemente el mejor que muchos recordamos de los últimos años estrenando año nuevo. Esta vez no haré crítica aunque mis tuits en vivo (madrugando desde Aguadulce) están ahí para ver la evolución del mismo, y que tristemente en Venezuela solo pudieron disfrutarlo como «regalo de Reyes».

Si amanecer el primero de año con los vieneses es obligado para todo melómano, esta vez cambié fecha y ubicación para disfrutar en directo con Manuel Hernández Silva y «su» filarmónica, que además buscó dos voces para enriquecer esa sangre vienesa y mestiza de los compositores elegidos, la rondeña Alba Chantar y el cordobés Pablo García-López, programa que dejo a continuación y del que quiero resaltar algunas cosas en este concierto que volvía a la sede de la que nunca debió marcharse, con entradas agotadas y asistiendo un público entregado desde las primeras notas de la conocida obertura de El murciélago de J. Strauss hijo.

Si las obras instrumentales fueron sacando de la orquesta malagueña matices impensables, con una cuerda algo corta en número pero rica en dinámicas y sonoridad (siempre destacable la concertino Andrea Sestakova), el acompañamiento de las voces tanto en las intervenciones solistas como en los dúos son una delicia, unido a un buen empaste de dos voces con distinto recorrido, el cordobés con una Mattinata vespertina y la malagueña arrancando con el «aria de los pájaros» (la de la muñeca) de Offenbach demasiado exigente para su edad y algo atrevido comenzar con ella por unas agilidades que en frío no lucieron como debería aunque mejoró en el dueto de Sangre vienesa equilibrado y sentido por ambas voces tras haber «calentado» la orquesta con el vals Voces de primavera y la polka rápida Larga vida al magiar donde el magisterio del director venezolano fue más que evidente. Es un placer verle trabajar el «rubato» con la elegancia acostumbrada y contemplar la orquesta aguantar la batuta en esa tercera parte del compás que parece no terminar, con una entrega que evidenció la mejoría que el tiempo logra con su titular desde 2014. Es difícil transmitir tanto a una formación que va «in crescendo» en cada concierto que la escucho, pocos por la distancia, con una disciplina alcanzada con esfuerzo y mano izquierda, implicación total de un titular con la agenda apretada pero que no olvida sus obligaciones con «sus» malagueños. En estos tiempos que corren deberán agradecer este esfuerzo y amor por la música bien hecha.
La segunda parte mantuvo el tipo tanto con oberturas y polkas como en un Léhar a cargo de los solistas, una entregada «Canción de Vilja» por parte de la soprano, rojo pasión esta vez, y especialmente el tenor cordobés con «Dein is mein…» de El país de las sonrisas cantado en un alemán perfecto, con gusto, pasión y una orquesta aterciopelada que nos permitió degustar cada detalle de este aria hermosísima del llamado rey de la opereta vienesa a cargo de Pablo García-López que se incorporaba al día siguiente como el Borsa del Rigoletto que cerrará temporada carbayona.
Comentaba en una de las pausas el maestro Hernández Silva, algo griposo como la mayoría de los presentes, el mestizaje de la Viena de los grandes donde nuestros Chapí o Giménez no desentonarían puesto que la zarzuela es realmente opereta española, más aún, zarzuela vienesa porque todos beben de fuentes populares que elevan al mayor rango sinfónico, como se pudo comprobar con el preludio de La Revoltosa o el intermedio de La boda de Luis Alonso, dos joyas que compartieron programa junto a «La primorosa» Alba Chantar, «Bella enamorada» de El último romántico Pablo García-López, opereta española antes de las dos propinas de sangre vienesa con sabor andaluz a cargo de los Johannes Strauss hijo y padre que volvieron a llevarnos al día primero de este 2017 pero en Málaga el segundo: El bello Danubio azul como me gustaría hubiese sonado (pese al abismo de ambas filarmónicas) y la Marcha Radetzky matizada y con el humor que faltó en su famoso compatriota, porque calidad y calidez deben ir unidas, respeto a la música desde el disfrute compartido.
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05/01/2017
Pablo Siana
Asturias, educación, música, piano, sinfónica, viajes
Ana Nebot, Beatriz Díaz, conciertos, Coro FPA, David Menéndez, El León de Oro, Forma Antiqva, Lola Casariego, Mahler, Mª José Suárez, música, Miguel Ángel Zapater, Pablo González
Como todavía me queda algo de inocencia (serán los años), lo único que les pido a
Los Magos (lo de reyes sigo sin llevarlo bien por esta tendencia mía a
La República) tras los pasados «Años
Mahler» sin lograrlo, es poder escuchar en Asturias la
Octava Sinfonía «De los Mil»
con todas nuestras orquestas (
OSPA,
OvFil, la
Filarmónica de Asturias, la
Universitaria, la
OCAS, nuestros coros (
«El León de Oro», grandes, chicas y peques, igual que el de la
Fundación Príncipe y también la
Escolanía San Salvador…) con nuestros solistas, que tenemos un montón y de primera (
Beatriz Díaz,
Elena Pérez Herrero,
Ana Nebot,
Mª José Suárez,
Lola Casariego,
David Menéndez,
Miguel Ángel Zapater,
Juan Noval-Moro…) en mi querida Asturias.
Mantengo mi ilusión en tener a
Pablo González (que será padre en este 2017) como director de un acontecimiento que me
copió Dudamel, al que le perdono todo… incluso que mi
tocayu quisiese llevarlo hasta Barcelona…
Pablo González y Mahler 
.
Es la ilusión infantil en este día aunque tampoco quiero olvidarme de
Forma Antiqva, para quienes vuelvo a pedir un
Grammy clásico (se lo merecen, sobre todo
los hermanos Zapico, que en el recién acabado 2016
siguieron «a tope» y haciendo historia siempre desde casa
con nuevo disco).
También sigo recordando a mis queridos pianistas con
Carmen Yepes a la cabeza (trabajado duramente desde Madrid) o
Diego Fernández Magdaleno. Mantengo ilusión y pido más composiciones de
Rubén Díez,
Jorge Méndez y del siempre «redescubierto»
Guillermo Martínez, esperanzado de que los llamados gestores culturales se olviden de esta crisis que parece no acabar, y les den mucho trabajo… ¡No más recortes por favor!,
No sé si ya les han escrito pidiendo para mis violinista favoritos
Ignacio Rodríguez y
María Ovín (hoy en la
OSPA), para traerles mucho éxito en suss estudios fuera de Asturias y trabajo en casa, aunque yo me sumo a esos deseos, y de lo
pedido en años pasados faltaron muchas cosas (supongo que por pedigüeño) pero a mi edad no tengo freno, parece que me hizo la boca un diputado.
De mi adorada
Beatriz Díaz ya les escribiré otra carta porque se merece todo lo que traigan y más, sé que Vds. lo saben por ser Magos, aunque 2016 haya sido bueno en lo personal con un Luca que apunta maneras musicales…
Para la
Ópera necesitaría otra carta
de adulto, pero mis papás dicen que ya está bien de pedir… al menos mantener ópera y zarzuela, aunque
suprimir la gala de los
Premios Líricos Campoamor no me haya gustado mucho…
A todos mis amigos músicos repartidos por el mundo les mando siempre «MUCHO
CUCHO®» antes de cada actuación, normalmente de vaca asturiana, y podría escribir una carta más detallada para tantos amigos músicos que tengo repartidos por el mundo (para que luego digan de la «maldición»
ENTRE MÚSICOS TE VEAS).
Mientras tanto espero que la palabra
corrupción vaya apareciendo menos en nuestra cotidianidad y que la crisis se olvide de la MÚSICA y de toda la CULTURA en general, donde «tijeretazo» se escuche menos que «hoja de ruta» ¡lo qué ya es decir!, para este año 17 que acaba de nacer, aunque nuevamente parezcan estar «duros de oreja» (supongo que con los recortes sanitarios no tendrán ni para un
sonotone y la edad no perdone). A propósito, si pudieran parar definitivamente la
Ley Wert donde la música en la educación es algo ínfimo y optativo, entonces tiraría fuegos artificiales… pero ya ven que no está entre las peticiones musicales.
Gracias a Los Magos (de donde vengan y utilizando el transporte que tengan) por seguir llenándonos de esperanza e ilusiones.
20/12/2016
Pablo Siana
Asturias, clásica, conciertos, coros, música, sinfónica
33003 Oviedo, A. Corelli, Ana Peinado, Asturias, conciertos, Coro Universitario de Oviedo, coros, España, Joaquín Valdeón, Laura Rodríguez Armas, Maite de la Cal, música, Orquesta Universitaria de Oviedo, Plaza Feijóo, Vivaldi
Lunes 19 de diciembre, 20:00 horas. Iglesia de Santa María La Real de La Corte, Oviedo. «Concierto de Navidad»: Coro de la Universidad de Oviedo y Orquesta, Ana Mª Peinado (soprano), Maite de la Cal (soprano), Laura Rodríguez Armas (mezzo – contralto), Joaquín Valdeón (director). Obras de Corelli y Vivaldi.
La música siempre ha estado presente en mi Universidad de Oviedo, hace años con una orquesta capitaneada por Alfonso Ordieres Rivero que vuelve a resurgir con su hijo Pedro en apenas mes y medio, y un coro verdadera leyenda y embajador, siempre con los altibajos «obligados» por los cambios generacionales, aunque cual Ave Fénix siempre resurgiendo, mezclando veteranía y savia nueva, con la Navidad como buena disculpa en buen momento, llenando la iglesia de la Plaza de Feijóo con Joaquín Valdeón ejerciendo de factotum tras haber sido también alumno de «Don Alfonso» (el apellido Ordieres es sinónimo de violinista y Maestro).

Abriendo boca Corelli, poniendo a prueba a una cuerda algo destemplada pero que tiene mucho futuro, con unos primeros atriles que ya apuntan maneras para el Concerto grosso en Sol menor, Op. 6 nº 8, Concierto para la Navidad, tiempos al límite con una reverberación que no ayuda pero apostando por el riesgo. Pasados los primeros nervios todo fue calentando y la batuta clara de Valdeón pareció ponerlo todo en el sitio deseado.
El Coro Universitario tiene el «Gloria de Vivaldi» en su historia, guardando como oro en paño la grabación en Nueva York con Max Bragado que se digitalizó dentro de un doble CD para mantener esos archivos en nuestra memoria. Luis Gutiérrez Arias marcó a una generación coral que incluso le siguió cual «coro de peregrinos», pero el poso permanece y no debe faltar el repertorio a capella junto al sinfónico, esta vez con orquesta «hermana» pero algo desequilibrado tanto en plantilla (el doble de mujeres que hombres) como en edad, lo que siempre merma el conjunto.

Del trío solista apunta maneras Laura Rodríguez, una mezzo que terminará en contralto, pues los años irán haciéndola ganar en volumen y registro pues materia prima la hay. Buen empaste de las sopranos, con Ana Peinado ya conocida por su solvencia y profesionalidad junto a su compañera Maite de la Cal a la que tengo que seguir más de cerca, un trío femenino que lleva muchas óperas en su coro con todo lo que ello supone de «aprendizaje en la sombra» y que Joaquín Valdeón conoce de primera mano.

De nuevo el maestro Valdeón, siempre mimando las voces en cuanto a dinámicas con la orquesta, apostó por tiempos extremos, para mi gusto demasiado ligeros porque hacen perder claridad en las agilidades, tanto vocales como instrumentales (las trompetas sufrieron un poco), así como una acústica que no ayuda a una afinación correcta, si bien a lo largo de este Gloria en Re mayor, RV 589 de Vivaldi todo fue encajando según avanzaba. Los tiempos lentos permitieron disfrutar de solos de oboe y cello dignos de resaltar, con resultado global prometedor aunque la música siempre exija tiempo y muchos ensayos, difícil para los estudiantes y casi milagroso en los veteranos, pero somos conscientes de ello, por lo que sigue siendo un placer recuperar esta navidad universitaria.
10/12/2016
Pablo Siana
Asturias, cine, conciertos, música, sinfónica
cine, conciertos, Jesús Torres, José Ramón Encinar, Mª José Suárez, música, OSPA, OSPATV, Sonia de Munck
Viernes 9 de diciembre, 20:00 horas. Teatro de la Laboral, Gijón. Laboral Cineteca, Concierto extraordinario OSPA, Sonia de Munck (soprano), Mª José Suárez (mezzo), José Ramón Encinar (director). Jesús Torres: «Fausto. Música para la proyección de la película de Friedrich Wilhelm Murnau (1926)» (2008). Entrada: 8 € (más 1 € de gestión, todo desde casa incluyendo la impresión de la misma).
El mal llamado cine mudo siempre tuvo la música como soporte y apoyo, en directo con un piano, un dúo, una agrupación de cámara o una gran formación sinfónica. Grandes partituras orquestales se han escrito para la pantalla desde sus inicios y comienzan a recuperarse desde hace tiempo esas proyecciones con la música en vivo, incluso con nuevas bandas sonoras para películas históricas como ya hemos podido disfrutar en Asturias en repetidas ocasiones.

Y este viernes llegaba a Gijón el Faust. Eine deutsche Volkssage (Fausto. Una leyenda popular alemana) de 1926 del director alemán F. W. Murnau con música de Jesús Torres (Zaragoza, 1965), no la banda sonora sino una música paralela a la proyección, como indica el título de la partitura, superposición de ambos acontecimientos y pensada para complementarse más que subrayar la acción. El dedicatario de la misma, José Ramón Encinar junto a las voces que estrenaron la obra en Madrid, pero esta vez con nuestra OSPA en vez de la ORCAM (merece ver la entrevista en OSPATV) fueron los encargados de un excelente espectáculo sinfónico que nos devuelve lo mejor de la programación asturiana aunque sea fuera de los abonos y de los escenarios habituales, fichando como compositor residente al maño, con todo lo que supone trabajar codo con codo al creador y sus intérpretes.

El expresionismo como género artístico se concibe en toda la partitura como nueve escenas o números no siempre concidentes con la acción cinematográfica pero igualmente cargadas de emociones y ambientes sonoros desde un lenguaje atemporal con especial protagonismo de la percusión y el piano para una plantilla no muy grande donde además de metales (sin tuba), la madera presenta instrumentos extremos como flautín, clarinete bajo o contrafagot además del corno inglés, todos con intervenciones solistas y un tejido de texturas en la cuerda para ir jugando con una infinita carga de matices sobre el blanco y negro dibujando emociones, efectos avanzados para los años veinte del pasado siglo y la música por momentos contemporánea a la vez que actual, dos obras maestras discurriendo paralelas. La incorporación de la voz femenina hacia el final con la madrileña Sonia de Munck y la asturiana Mª José Suárez en perfecta simbiosis vocal de empaste, color y expresión, sin texto, amplificadas lo justo con una reverberación que ayudaba aún más a ese clima dramático en el amplio sentido de la palabra, las mismas voces que han participado en cada concierto, conforman casi una ópera visual, aportando una dimensión tan celestial como el propio triunfo del amor que ilumina pantalla y espacio sonoro.

Si percusión y viento parecen cargar con el peso, toda la cuerda (hoy con Fernando Zorita de ayudante de concertino) tejió pasajes en un caleidoscopio orgánico de variadas texturas para alcanzar dramatismo, pulsión rítmica, lirismo en los solos de Vasiliev o von Pfeil, guiños melodramáticos sin cargar tintas, dolor y amor en las dosis idóneas, todo con el dominio total de un Encinar que llevó cada fotograma sonoro de la partitura con igual exactitud que los del celuloide, dotándolo de las dinámicas precisas y el ambiente ideal pensado por un Torres que maneja la paleta sinfónica paralela a la de Murnau. Si la película sigue asombrando con la perspectiva de los años y el amor por el séptimo arte que no ha dejado de avanzar, la música no solo camina de la mano sino que puede volar independiente de la imagen aunque con ella alcance el verdadero sentido compositivo.

Las notas al programa de Álvaro Guibert son las preparadas para el estreno madrileño en el Teatro de la Zarzuela que encarga esta partitura, allá por mayo de 2009, y que se ha repetido no demasiadas veces, agradeciendo poder disfrutarla en Gijón, un placer la lectura previa y también la posterior al espectáculo que agradó a todos los presentes, toses siempre evitables, alcanzando el clímax en la explosión de parte de los parches colocados en los palcos laterales del primer piso con el redoble de caja en el escenario mientras el amor de Goethe triunfaba sobre Mefisto, el drama inmortal donde se sigue vendiendo el alma no ya por la eterna juventud sino por cosas mucho más perecederas. Torres ha sabido captar la quintaesencia y atraparla en una partitura para la que Murnau es compañero de este viaje.
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03/12/2016
Pablo Siana
Asturias, clásica, conciertos, música, sinfónica
Auditorio de Oviedo, conciertos, Dvorak, estreno, Leticia Moreno, Mason Bates, música, Mozart, OSPA, Rossen Milanov
Viernes 2 de diciembre, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo: Abono 3 OSPA, Leticia Moreno (violín), Rossen Milanov (Director). Obras de Mason Bates, Mozart y Dvorak.


Con el título «Tradición y modernidad» y manteniendo la línea de programar estrenos junto a obras señeras del sinfonismo donde no falte un concierto para solista, el patio de butacas del auditorio presentaba un panorama desolador como presagiando cierto descontrol, puede que algo alentado por muchos titulares de la prensa que titulaban cosas como «Música compuesta para instrumentos y tecnología», «La OSPA presenta en Avilés su programa… incorporando a sus filas un ordenador portátil» y demás lindezas que siguen demostrando poca cultura musical unida a un desconocimiento de lo que nos rodea.
Qué dirían hace unos años cuando se usaban magnetófonos, pianos preparados u otros artilugios que acaban convirtiéndose en «cotidiáfonos«. Las notas al programa de Eduardo Garcia Salueña (enlazadas en los compositores) aportan la visión de un musicólogo e intérprete que vive y convive con esta forma de entender la música, actual, abierto a la tradición desde nuestros días sin necesidad de etiquetas. Ojalá el público no tuviese tantos prejuicios al escuchar obras de nuestro tiempo, que podrán gustar o no pero son de ahora. Claro que tampoco Schoenberg, Webern, Nono, Stockhaussen, Luis de Pablo, Tomás Marco y tantos otros menos programados siguen sin contar entre las preferencias de público y programadores que siguen apostando sobre seguro para no perder fidelidad. Lo malo es el futuro, a la vuelta de la esquina, que no parece augurar buenos tiempos para el sinfonismo de siempre, y solo las bandas sonoras encuentran un refugio para ello.

Y todo por el estreno en España (jueves en Avilés y este viernes en Oviedo) de la obra de Mason Bates (1977) The Rise of Exotic Computing (para Sinfonietta y ordenador portátil) compuesta en 2013 que el maestro Milanov presentase ya en Oporto el abril pasado con la Orquesta de la Casa da Música. En mi juventud los vinilos se «pinchaban» pero llegados los CDs y los anglicismos a los que no podemos enfrentarnos, quienes ponían música grabada pasaron a llamarse DJ (disc jockey) y los ordenadores han sustituido el soporte físico para convertirse en herramienta compositiva y fuente sonora, algo que no exime del siempre difícil papel de componer. No es solo usar la máquina, pegar patrones y utilizar melodías de otros, que también es habitual en muchos clubes y discotecas actuales. El conocido DJ Bates domina la escritura orquestal a la que suma secuencias pregrabadas, loops o bucles, con percusiones digitalizadas (impresionante escuchar el taiko), efectos y sonoridades electrónicas (amplificadas y marcando un tempo fijo de aproximadamente 120 pulsos por minuto) que se fusionan con una orquesta donde percusión de placas con piano, además de una plantilla muy bien planteada ajustada utilizando el recurso de la repetición, más que el «minimalismo» tejen unos ambientes de lo más nocturnos, como una fiesta discotequera actual de música «chill out» en el auditorio ovetense convertido por momentos en una lounge (literalmente salón pero desde la acepción de «género de música, una variación, principalmente del jazz, que se conoce desde la década de 1950.

Se caracterizaba por presentar ritmos sensuales y desprovistos de una instrumentación recargada»). Así entiende esta obra el norteamericano y su defensor búlgaro al frente de la OSPA (de nuevo con María Ovín de ayudante de concertino) que defendió la composición sin problemas, ritmo e impulso marcado por la máquina mientras los instrumentos (Sinfonietta en cuanto a obra para gran orquesta) tejían esa ambientación sinfónica mientras el percusionista Francisco Revert iba «lanzando» las dosis recetadas para una partitura actual y fácil de escuchar.

Tras la noche debería llegar el amanecer pero pareció traerlo con resaca ya que la vuelta al clasicismo no solo fue un choque brutal sino una verdadera lástima. El Concierto para violín nº 5 en la mayor, K. 219 (Mozart) traía de nuevo a Leticia Moreno (Madrid, 1985) de solista pero no hubo química ni entendimiento con Milanov en ningún momento. El sonido de su Nicolo Gagliano de 1762 tampoco emergió sobre la orquesta (destemplada por momentos incluso en las trompas), solo pudimos paladearlo un poco en las cadencias, por otra parte poco limpias y más sentidas que ejecutadas, y el Adagio central que era imposible «pasarlo de cocción», pero escucharlo era como hablar «idiomas» contrapuestos entre el intimismo de la madrileña y un romanticismo fuera de lugar en la orquesta, sin controlar dinámicas ni siquiera el propio sentido musical de un concierto «de libro», porque al menos el Rondó: Tempo de Minueto tan «turco» de sabor, podría haber sido un manjar y acabó quemado. El malestar de Leticia Moreno era palpable solo mirándola y aún mayor escuchándola, sufrimiento que nos privó de una propina para dejarnos un paladar menos ácido. Esta visto que ni concertar ni el clasicismo son platos fuertes del búlgaro, algo que vengo comentando hace tiempo.

La OSPA siempre ha interpretado a Dvorak de manera ejemplar, y la Sinfonía nº 7 en re menor, op. 70 no fue una excepción, el día pleno tras la noche y la resaca aunque con pocas horas de sol como corresponde a este diciembre frío de gripes varias. Me preocupa de nuevo el gesto poco preciso del titular, sobre todo cuando los brazos comienzan a dibujar círculos cual bailarín sobre el podio, que no aportan nada salvo cierta inseguridad en las distintas entradas o cambios de compás, pero la partitura del checo es tan clara y perfectamente escrita que todo fluye de manera natural, luces y sombras, noche y día, las dinámicas (que sí busca siempre Milanov) demuestran la calidad de una formación madura. Cuatro movimientos que van de menos a más, tensión en una cuerda presente como nunca pese al poderío de los metales, contenidos y de sonoridad aterciopelada optando por el color más que el calor, puesto directamente en el fuego de los pentagramas. Intervenciones como la flauta de Myra Pearse siguen siendo un placer al oído y sigo preguntándome cómo hubiese sido con maestros como el recordado Mr. Griffiths…
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25/11/2016
Pablo Siana
Asturias, clásica, conciertos, música, piano, sinfónica
Benjamin Grosvenor, Brahms, conciertos, música, Nathalie Stutzmann, Oviedo Filarmonía, piano
Jueves 24 de noviembre, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo, Jornadas de Piano «Luis G. Iberni»: Benjamin Grosvenor (piano), Oviedo Filarmonía (OFil), Nathalie Stutzmann (directora). Obras de Brahms.
Es difícil aportar algo a dos obras tan grabadas y escuchadas como las de este jueves brahmsiano, pero un pianista de talento que dará mucho que hablar, ampliando la nómina de grandes en esta temporada, más una contralto y directora con las ideas muy claras más allá del barroco en el que se ha dado a conocer, sacaron lo mejor de una OFil que cuando hay «mando en plaza» da lo mejor de ella. Lástima que la plantilla en la cuerda grave sea un poco corta porque el resultado global resultó notable en las dos partituras.

El Concierto para piano y orquesta nº1 en re menor, op. 15 resulta complicado para todos, un solista que debe equilibrar sus apariciones en volúmenes y presencia, una concertación ajustada muy pendiente de cada detalle, más una orquesta de dinámicas amplias. Así resultó una interpretación que mantuvo un lenguaje y líneas muy homogéneas para este Brahms de Nathalie Stutzmann donde Benjamin Grosvenor se mostró inmaculado, limpio, presente en sus cadencias, empastado en el conjunto y puede que aún en plena «crianza» aunque llegará a «reserva». El entendimiento con el podio resultó perfecto, con un juego de agógica que resultó el sello de la velada, buscando la máxima expresividad romántica desde los extremos. El Maestoso resultó chocante de entrada por cierta lentitud, respondida por la primera aparición del piano, la mano izquierda cual masa orquestal mientras la derecha dibuja un lirismo exquisito, pero que fue creciendo en intención y emoción por parte de todos, aunque el verdadero refinamiento se alcanzó en el Adagio donde las manos de la directora francesa hicieron cantar a la formación ovetense casi cual «boca cerrada» arrullando un pianismo cristalino donde el empaste tímbrico se alcanzó por la búsqueda de una sonoridad ideal por parte de solista y orquesta, tan solo carente de una profundidad que los años, como al vino, aportarán a este joven talento británico. El Rondo. Allegro ma non troppo pareció ceñirse al tempo sin calificativos, realmente rápido y vibrante aunque en el desarrollo fue conteniéndose para paladear un conjunto donde las dinámicas resultaron bien tratadas sin dar nunca el máximo, dosificadas en pos del romanticismo intrínseco a un Brahms dominador de la orquestación tanto como del piano y su papel en este concierto, como bien comenta en las notas al programa Iván J. Román Busto.

La propina del joven pianista (podría ser de Abram Chasins) nos dejó la misma sensación que con la orquesta, sonido limpio de técnica apabullante y nada aparatosa, elegancia y fraseo contenido en matices pero un buen sabor en boca (y oído) a pesar de las toses siempre inoportunas.

La Sinfonía nº 1 en do menor, op. 68 tras lo mostrado en la primera parte ahondaría en las mismas líneas de una Stutzmann que apuesta por extremos en los tiempos, forzando sin problemas al igual que en las dinámicas buscando un éxtasis parece no llegar nunca, conteniendo emociones al dibujar cada melodía cantabile que los solistas y secciones de la OFil entendieron a la perfección. El arranque Un poco sostenuto parecía casi fúnebre pero fue levantando vuelo con el Allegro – Meno Allegro que resultó luminoso. De nuevo el Andante sostenuto pareció entenderlo Stutzmann como un movimiento coral donde las secciones iban sacando a flote las bien delineadas melodías del hamburgués, con unos «rubati» ajustados aunque suficientes en tensión. Un poco Allegretto e grazioso como una ventana abierta a la esperanza, gesto claro en el podio y respuesta inmediata por parte de los músicos, calentando motores para un final que parece resumir toda la genialidad sinfónica de Brahms en un movimiento de recovecos y cambios de aire (Adagio – Più Andante – Allegro no troppo, ma con brio – Più Allegro), luces y sombras, presencias alternas de las distintas secciones donde los violines sonaron esta tarde presentes y aterciopelados, bien toda la cuerda salvo lo apuntado de necesitar al menos un contrabajo y un par de cellos más que pudiesen equilibrar una tímbrica presente, empastada y poderosa, con unos timbales que dan seguridad y empaque a todo el conjunto donde la madera suele estar bien y los metales sonaron orgánicos en esta orquesta coral como Stutzmann entendió esta Primera de Brahms en un crecimiento global que tiene un cénit único en tensión y emoción, romanticismo en estado puro.

Largamente aplaudida por músicos y publico la directora francesa ha demostrado que encasillarse en ciertos repertorios no suele hacer justicia, y su autoridad en la batuta ha sido corroborada con este Brahms ovetense.
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20/11/2016
Pablo Siana
Asturias, clásica, conciertos, música, sinfónica
Auditorio de Oviedo, Bernstein, Boccherini, conciertos, Haydn, Joshua Weilerstein, Ligeti, música, Orquesta de Cámara de Lausanne, Renaud Capuçon, Schumann
Sábado, 19 de noviembre, 20:00 h. Conciertos del Auditorio, Oviedo: OCL (Orquesta de Cámara de Lausanne), Renaud Capuçon (violín), Joshua Weilerstein (director). Obras de F. J. Haydn, L. Bernstein, Ligeti y R. Schumann.

Entendiendo el adjetivo heterodoxo como «disconforme con hábitos o prácticas generalmente admitidos«, el concierto de la Orquesta de Cámara de Lausanne en esta gira europea que recalaba en la capital asturiana dentro de su ciclo, así resultó por autores y obras que compartieron programa, algo habitual en los suizos, por un lado mostrando una versatilidad a prueba de estilos y épocas pero sobremanera teniendo al frente a un joven director preparado y plenamente convencido de hacer sonar compositores vivos (o más cercanos que los llamados «clásicos») en una labor pedagógica necesaria a pesar del disgusto para cierta audiencia constreñida por cierta comodidad auditiva que parece negarse el esfuerzo por catar sabores distintos o al menos de leerse las notas al programa (esta vez a cargo de la asturiana Lorena Jiménez) y no preguntarse qué sucedía en el último movimiento de «la 60 de Haydn«, como subrayando el sobrenombre de la misma.

Porque fue F. J. Haydn y su Sinfonía nº 60 en do mayor, Hob. I/60, «El distraído» la encargada de abrir boca en una plantilla ideal para esta obra que gozó de más fama que la actual, bien llevada por un Weilerstein con las ideas claras en cuanto a planos y dinámicas que los músicos suizos interpretaron a la perfección, detalles como colocar el fagot al lado de los cellos buscando color y dinámicas plenamente clásicas así como el empleo de los timbales «antiguos» (sin pedales) detrás de ellos, si bien las trompetas fueron de pistones (un detalle más visual que acústico) flanqueando con las dos trompas (sabor hispano) a los oboes. El gesto del director en el Prestissimo buscó la complicidad de un público no instruido previamente con toda la carga de humor habitual en «Papá Haydn«.

Cercano en el tiempo y popular aunque no siempre (re)conocido genio de la dirección, composición e intérprete de piano al menos singular, L. Bernstein (1918-1990) compuso su Serenata para violín y orquesta sobre «El Banquete» de Platón (1954) por encargo de la Fundación Koussevitzky (también para el Ligeti de la segunda parte) al músico norteamericano,
dedicada a la memoria de Serge
y Natalie Koussevitzky que contó con el violinista Renaud Capuçon, de nuevo en Oviedo, como solista de esta inusual y original composición para orquesta de cuerda, percusión y solista llena de novedades para su momento que hoy resultan tan «normales» como el Haydn anterior, cinco movimientos verdaderos cantos al amor platónico, verdadero simposio, placer y dolor, intimismo y voluptuosidad hechos música, diálogos complementados donde el Guarneri del Gesù “Panette”(1737) que perteneciese a IsaacStern (el mismo que estrenase esta obra y comprado para Capuçon por la Banca Svizzera Italiana), transitó por todos los estados anímicos, sonoridades y buen gusto desde sus primeras notas solo, esfuerzo y ejercicio interior más que extroversión y sin efectismos aparentes en una lección del maestro bien asumida por su alumno francés desde un perfecto entendimiento con Weilerstein y la OCL, contando con amplia percusión, reforzada para esta obra, funcionando como un reloj suizo, más unos solistas de primera en toda la cuerda (más el arpa), especialmente el diálogo con la chelista inglesa Catherine Marie Tunnell. Siempre de agradecer volver a escuchar a Bernstein en estas obras poco transitadas y tan vigentes como entonces, con la «firma» de Lenny en muchos pasajes más allá del jazz o las músicas judías.

Programar a G. Ligeti (1923-2006) sigue siendo un reto y más sus Ramificaciones para orquesta de cuerda (1968 por la exigencia técnica a una cuerda específica que debe tocar «desafinada» por exigencias del autor. Weilerstein se encargó de avisarnos antes de escucharla leyendo en perfecto español y haciendo gala de su «química con el público» que no intentásemos escuchar la música sino pensarla como un cuadro de Pollock, casi una sinestesia porque Ligeti siempre supone imágenes, personales o ajenas aunque el paralelismo pictórico y cinematográfico resulte más cercano a muchos, si bien Pollock tampoco convenza a quienes no les gusta Ligeti (quien siempre declaró «enemigo de las ideologías en el arte»). Lo dicho de abrir la mente y el oído. La OCL y Weilerstein volvieron a demostrar su calidad y simbiosis para esta partitura complicada que resultó necesaria y complementaria de un concierto «clásicamente heterodoxo» como en principio pensé titularlo.

Y es que cerrando el círculo estaría R. Schumann y su Sinfonía nº 3 en mi bemol mayor op. 97, «Renana» con la orquesta realmente al completo (todos los refuerzos traídos para la ocasión), que nos dejaron una interpretación profunda, limpia, de tiempos bien resueltos, equilibrios a pesar del despliegue de metales con líneas melódicas siempre claras destacando la rotundidad emocional por el empaste alcanzado entre todas las secciones del Nicht schnell y la ligereza brillante del Lebhaft, sonido impoluto, equilibrado (bravo por el cuarteto de trompas con tres españoles), vivo pero sin excesos, paladeando timbres y dinámicas en una versión de ideas precisas que se transmitieron sin dudas desde el podio a la formación suiza en esta última sinfonía (aunque lleve el número tres) del romántico alemán cerrando la forma con la que el padre de la misma abría velada plenamente heterodoxa.

La propina ese Boccherini cinematográfico de la música nocturna de Madrid «traducida» por Weilerstein (a quien se lo rifan muchas orquestas mundiales) como de Oviedo, dejándonos nuevamente a esa cuerda camerística y virtuosa con protagonismo para los «segundos» y un tiempo vivo que permitió a los cellos sonar como uno pese al aire elegido. Tendremos que seguir a este premiado del Concurso Malko en 2009 porque los daneses siempre han tenido buen ojo (quizá oído) para los directores prometedores. Sobre la visión cultural de los regidores mejor no hago leña del árbol caído (espero álguien vea las consecuencias) pero ni conocen la historia ni se preocupan en estudiarla, aunque tampoco calculan la inversión (que no gasto) en publicidad que supone este Oviedo musical, amén del beneficio económico en muchas áreas (la propia donde debemos sumar todo lo referido al ocio como restauración, alojamientos, pequeño comercio, transporte, etc.) porque no suelen ser habituales de los conciertos, las óperas o las galas con entrada gratuita…
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