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Con ganas de cantar

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Viernes 5 de noviembre, 20:00 horas. Auditorio «Teodoro Cuesta», Mieres: Encuentros Corales de Santa Cecilia 2021. Orfeón de Mieres (director: Carlos Ruiz de Arcaute), Coral Polifónica Lembranzas de Santa Cruz de Oleiros (director: Salvador Gascón Serra). Entrada libre.

El Covid-19, la pandemia y todo lo que trajo consigo, cambió de golpe nuestras vidas donde la música ha sido siempre necesaria. Si el quehacer diario se volvió duro para todos, las redes sociales no pueden suplir ensayos ni actuaciones aunque las retransmisiones fuesen de ayuda para no asilarnos aún más. Curiosamente el confinamiento ayudó a establecer nuevos contactos gracias a internet, descubrir otras formas de hacer y entender la música… pero nada volverá a ser igual.

Sería imposible contar las cancelaciones de conciertos y lo que supuso la supresión de toda actividad, no digamos la musical y especialmente en los coros, que perdieron las rutinas, el contacto humano y las buenas costumbres. Por eso había verdadera necesidad de volver a cantar aunque las restricciones mandan y la salud es lo primero, manteniéndose todavía precauciones nunca suficientes para frenar el virus mortal.

Mas las ganas pueden con todo y las medidas, relajándose paulatinamente aunque «el bicho», al igual que la gripe, siga entre nosotros, no han impedido que muchas formaciones estén retomado ensayos, los aforos vuelven a su totalidad y las mascarillas siguen presentes (sólo retiradas un momento para la foto oficial), haciendo difícil vocalizar, emitir o simplemente respirar. Pero contra el desaliento, lo que cuenta es poder volver a unirse y celebrar la vida cantando. Como dice el refrán, ¡Quien canta, sus males espanta!

El laureado y centenario Orfeón de Mieres volvía a su casa, organizando los encuentros corales (no solo los «mineros» por San Juan) en el mes de la patrona musical, y el público respondió, como siempre. El invitado coro coruñés acudía de nuevo a la villa de Teodoro Cuesta muy mermado en efectivos, porque todavía hay miedos, pero con la misma ilusión del reencuentro y la devolución de visitas que son la etiqueta entre coros, como bien comentó su presidente Julio Rodríguez Carballido.

Esta vez no toca calibrar o comentar aspectos técnicos, de repertorio, de interpretación, tampoco la constatable falta de ensayos, la crisis de voces en los coros, la cada vez mayor desvinculación de la juventud o el envejecimiento que supone para casi todos los coros, esta vez los «primos» gallego y asturiano. Tampoco escribiré mis impresiones tras el concierto vivido, solamente reflejar la alegría de volver a esta anormalidad, salir de casa y escuchar canciones que resultan terapéuticas. Y poder cantar Asturias Patria Querida todos juntos el mejor hermanamiento que la música coral supone.

Las Variaciones Buchbinder

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Martes 2 de noviembre, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo. Jornadas de Piano “Luis G. Iberni”: Rudolf Buchbinder (piano): THE DIABELLI PROJECT.

Crítica para La Nueva España del jueves 4, con los añadidos de links (siempre enriquecedores), fotos propias y tipografía, cambiando muchos entrecomillados por cursiva que la prensa no suele admitir.
Regresaba al auditorio, tras casi ocho años de su Gershwin en estas jornadas que llevan el nombre de Iberni, el pianista austríaco Rudolf Buchbinder (Chequia, 01 diciembre 1946), una de las leyendas vivas que se presentaba con su personal “Proyecto Diabelli 2020”, obras inspiradas en el Vals en do mayor de Anton Diabelli (1781-1858) con un amplio y original programa de partituras encargadas hace doscientos años por el propio Diabelli (de las 51 una selección de 8), las irrepetibles e impresionantes variaciones de Beethoven, verdadera exploración de nuevos lenguajes y recursos del piano, junto a los encargos del propio Buchbinder a compositores actuales para este original proyecto como Auerbach, Dean, Hosokawa, Jost, Lubman, Manoury, Richter, Shchedrin, Staud, Dun y Widmann. Nueva experiencia pianística con partituras estrenadas recientemente en el Auditorio Nacional de Madrid, arrancando gira precisamente en Oviedo (La Viena del Norte español) prosiguiendo por Barcelona, Hannover y Frankfurt, para colocar de nuevo la capital del Principado en el circuito internacional de los grandes intérpretes.
El vals de Diabelli serviría para unir dos siglos pianísticos y afrontar un nuevo reto en las manos del maestro Buchbinder, once visiones desde nuestro tiempo, estados anímicos variados, lenguajes rompedores y neorrománticos, distintos idiomas perfectamente entendibles al piano, sonoridades muy cuidadas que el intérprete vienés desgranó con su estilo único de limpieza y elegancia, contención y respeto por lo escrito, espontaneidad y autenticidad, más todo el mimo en la búsqueda de un piano actual por el que doscientos años no son nada pues siguen descubriendo el infinito musical de las 88 teclas. Destacable cómo organizó las obras actuales, auténticas “Nuevas variaciones” engarzando estas perlas cultivadas en un collar multicolor, piezas únicas que toman sentido desde la global interpretación de un “Rudi” juvenil y “diabélico” destinatario de varias; no faltaría el cierre cual “coda” con guiño al Año Nuevo en la página del alemán Jörg Widmann (1973) que cerraba estas Variaciones Diabelli del XXI.
Misma entrega y magistral interpretación de la selección realizada por el pianista austríaco del proyecto Vaterländischer Künstlerverein (1824) de Diabelli, donde los virtuosos del momento volcaron su talento y Buchbinder no defraudó. Dos mundos y visiones complementarias, el modelo inicial eligiendo siete más la coda donde destacarían el Liszt joven, la coda vertiginosa de Czerny y especialmente el Schubert que volvería a sonar de propina, compositores heterogéneos, pianistas pedagogos e intérpretes decimonónicos que siguen vivos en nuestros días.
Mención aparte el adelantado a su tiempo, el profético Beethoven reinando en la segunda parte y del que Rudolf Buchbinder sigue siendo referente. Las treinta y tres variaciones del ligero vals “diabélico” con igual espíritu que las iniciales, desgranando cada una de ellas como piezas independientes que fueron uniéndose con los años, exprimiendo los tiempos, vertiginosamente limpios, cálidamente lentos, catálogo compositivo y vital del sordo genial afincado en Viena, el mismo que revisa a Diabelli y Mozart, al “dios Bach” junto a los obligados Clementi y Czerny, pero sobre todo el microcosmos que solo Buchbinder a sus años puede unificar en el universo del piano.
Delicadeza y magisterio en el cuarto Impromptu D899, op. 90 en la bemol mayor de Schubert, propina que será otra galaxia por explorar. Para Buchbiner sólo hay dos músicas: la buena y la mala, pero en sus manos sólo existe la primera opción.

Luz para los difuntos

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Viernes, 29 de octubre, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo. Noche de difuntos: Orquesta Sinfónica del Principado de Asturias, Rodolfo Barráez (director): Obras de: Saint-Säens, Weber, Liszt, Mussorgsky y Falla. Entrada butaca: 15 €.

Crítica para La Nueva España del domingo 31, con los añadidos de links (siempre enriquecedores), fotos propias y tipografía, cambiando muchos entrecomillados por cursiva que la prensa no suele admitir.

Noches lúgubres de tenorios y lápidas, fiestas religiosas que se vuelven paganas recordando y celebrando a los muertos, efemérides importadas a nuestra ya de por sí rica tradición fúnebre, con la música siempre de banda sonora, como la que puso la OSPA este último viernes de octubre en el auditorio ovetense, versus cementerio excelsamente iluminado para resucitar nuevamente grandes páginas sinfónicas, que al menos, no metieron miedo.

El venezolano Rodolfo Barráez, otra batuta salida de “El Sistema” y debutante con la lección bien aprendida, dirigió las seis obras elegidas para esta noche temática de memoria y académicamente, con la respuesta esperada por parte de la formación asturiana aunque de temperatura algo gélida, como si se contagiasen de un guión que la puesta en escena ayudó a calentar y elevar a espectáculo audiovisual gracias a un equipo comandado por Alejandro Carantoña, con Ruben Rayán, Vicente V. Banciella e Isabel Hargoues, grata sorpresa nocturna.

La Danza Macabra (Saint-Säens) sirvió de lucimiento a Eva Meliskova, hoy concertino, y la necesaria en esta velada Mirian del Río al arpa, con ligeros “traspiés” iniciales del desfile sinfónico al “salir de la tierra”, hasta encajar el tiempo como huesos descoyuntados de los originales “zombies”. La obertura de El cazador furtivo (Weber) apuntó maneras gestuales de Barráez aunque algo desequilibrados los balances de una orquesta con fuerza ganando músculo a los esqueletos iniciales del francés, disparando buena munición y alcance de tiro en todas las secciones.

Lo más atinado de la noche resultó el abate Liszt con sus dos primeros valses del Mefisto. Si en la versión para piano resultan verdaderamente diabólicos, sinfónicamente son todo un catálogo de luces y sombras, las mismas que se iban proyectando como murciélagos y luciérnagas, obras con poso y mucho trasfondo que el venezolano y el tiempo irán madurando para alcanzar la categoría de túmulo sinfónico.

Muy socorrida para ambientar efemérides de difuntos o películas como mi recordada “Fantasía” (1940) de Walt Disney, buscando representar el mal más que el miedo, por lo que resulta más apropiada para una noche de San Juan, aunque igualmente agradecida de escuchar e interpretar por conocida, Una noche en el Monte Pelado (Mussorgsky) orquestada por Rimski-Korsakov, supone un derroche sonoro apto para todos los públicos y celebraciones. El propio compositor ruso llenó de frases su manuscrito haciendo alusión a voces sobrenaturales, aparición de espíritus de las tinieblas, Chernobog o Satanás, y hasta aquelarres de brujas antes del amanecer, escenas del todo goyescas. Las ideas subyacen y brotan cual volcán sinfónico, Barráez, volviendo al cine, fue el aprendiz de brujo lanzando con su varita los conjuros explosivos respondidos por una orquesta con músicos maquillados en esta noche de Walpurgis, con luto riguroso solo roto por las corbatas “de alivio”.

Lo hispano vendría de Don Manuel y su Danza ritual del fuego (Falla), cocinada sin prisas, la magia popular y sabia para vestir amores brujos frustrados, baile escénico de los verdaderos hechiceros de la noche que vistieron, y no disfrazaron, la pureza musical de unas obras populares para festejar los muertos vivientes que son los compositores.

La orquesta responde y funciona, aunque siga sin poner toda la carne en el asador por miedo a quemarla y no dejarla al punto (algo siempre subjetivo), así que será cuestión de encontrar pócimas y conjuros para pedir la receta magistral que nos traiga, al fin, director titular y concertino. El aprendiz Mickey necesitó de Merlín para traer la calma y retomar la normalidad, porque así los calderos y escobas multiplicándose no arruinaron el buen trabajo iniciado.

Muertos muy vivos

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Viernes, 29 de octubre, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo. Noche de difuntos: Orquesta Sinfónica del Principado de Asturias, Rodolfo Barráez (director): Obras de: Saint-Säens, Weber, Liszt, Mussorgsky y Falla. Entrada butaca: 15 €.

Reseña rápida para La Nueva España del sábado 30, con los añadidos de links (siempre enriquecedores), fotos propias y tipografía, cambiando muchos entrecomillados por cursiva que la prensa no suele admitir.

La música resucita los muertos y esta noche de difuntos sinfónicos no necesitó “jalogüin» ni samaín para iluminar de magia el camposanto de Rafael Beca. La Catedral celebrando los vivos mientras los pecadores disfrutamos los resucitados.

A falta de un aprendiz de brujo, el venezolano Barráez, sin libros de conjuros, sacó esqueletos franceses que irían engordando según avanzaba la noche y desde butacas cual lápidas emergió Mefisto del verrugoso converso Liszt, el mundo terrenal de una orquesta ya con músculo tras un cazador que erró el festejo pero no el tiro (para 2022 propongo un Tenorio musical).

El Monte Pelado del ruso escupió lava orquestal cual La Palma carbayona y nunca Falla el fuego purificador final, lento para no quemar e iluminar.

La luz y la escena hicieron que lo mágico resultase y resaltase estos muertos vivientes: excelente trabajo de Alejandro Carantoña en la escena con Ruben Rayán “Merlín” de la iluminación, Vicente V. Banciella diseñando la escenografía más el vestuario de Isabel Hargoues, con Barráez conde de Walpurgis espoleando a unos músicos disfrazados pero concentrados, a la espera de titular, que siguen brillando incluso en noches como ésta.

La excelencia de sumar piano y cuarteto

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Jueves 28 de octubre, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo, Jornadas de Piano Luis G. Iberni. David Kadouch (piano), Cuarteto Quiroga. José Ramón Hevia, in memoriam. Obras de: F. Chopin, Clara Schumann, A. Ginastera y R. Schumann.

Buen arranque de las Jornadas de Piano «Luis G. Iberni» con el francés David Kadouch (Niza, 1985) al que se sumaría el Cuarteto Quiroga (2003) en plena mayoría de edad para rendir el merecido homenaje a su «inspirador» y apoyo constante, mi querido José Ramón Hevia, siempre en nuestra memoria, padre de Aitor y David, que este jueves se hubiera «quitado el sombrero» orgulloso de este concierto en nuestro auditorio, el mismo que va retomando la (a)normalidad de toses, móviles, objetos caídos, aforos ampliados, programas de mano en papel, descansos y mascarillas varias.
Nada mejor que comenzar escuchando a Frédéric Chopin (1810-1849) y sus tres Nocturnos op. 9, que Kadouch afrontó desde la elegancia e intimidad del primero, la delicadeza nostálgica del famoso segundo y la auténtica explosión romántica del tercero, tres planetas sonoros en un mismo universo que fueron acercándose en ese firmamento pianístico que sigue siendo necesario tanto en las filarmónicas como en los grandes auditorios.
Y reivindicando el papel de las mujeres compositoras, buena idea incluir a Clara Schumann, o mejor Clara Wieck (1819-1896) con el apellido real, quien en sus Variaciones sobre un tema de Robert Schumann, op. 20 no solo domina la obra de su esposo sino que la reelabora como excelente intérprete que fue, con un Kadouch esculpiendo el sonido claro, la digitación limpia y los pedales certeros en unas variaciones que fueron las estrellas del cielo pianístico.
Reubicando el escenario llegaría a continuación el Cuarteto Quiroga (Premio Nacional de Música 2018) con el gran Alberto Ginastera (1916-1983)  y su Cuarteto de cuerda nº 1, op. 20 (1948) demostrando de nuevo la excelencia interpretativa en este repertorio (grabado en su CD Terra) que saca a relucir tanto los recursos de cada instrumento como la necesaria compenetración de sus miembros afrontando esta maravilla del compositor argentino. Es maravilloso comprobar el sonido cuidado, la sonoridad única, el ímpetu y entrega en cada uno de los cuatro movimientos (I. Allegro violento ed agitato II. Vivacissimo
III. Calmo e poetico
IV. Allegramente rustico
) donde todo está encajado al milímetro, pulsión única pese a las dificultades que conlleva por los cambios de compás, ritmos enloquecidos y dinámicas asombrosas que «el Quiroga» lleva a la excelencia. Como escribe Arturo Reverter en las notas al programa (enlazadas al inicio en las obras) de este cuarteto del compositor porteño, «encontramos el espíritu estilizado -un factor folklórico subyacente- que habíamos anotado…» entendido a la perfección por estos cuatro intérpretes únicos (Aitor Hevia, Cibrán Sierra, Josep Puchades y Helena Poggio) que siguen ampliando horizontes en un repertorio ideal.
Y sumar el piano al cuarteto no resulta cinco sino UNO, inmenso, «experimento camerístico» de visión sinfónica como es el Quinteto para piano y cuerda en mi bemol mayor, op. 44 de Robert Schumann (1810-1856). Importante para el Cuarteto Quiroga encontrar pianistas que respiren como ellos, enriqueciendo sonoridades, latido único en esta formación donde la calidad se da por supuesta y la musicalidad es el toque de distinción. David Kadouch encajó a la perfección con el espíritu interpretativo de este Schumann que homenajea a Beethoven, a Schubert e incluso a Mozart, tal y como disecciona Reverter el quinteto para piano y cuerda. Cuatro movimientos (I. Allegro brillante II. In modo d’una marcia. Un poco largamente III. Scherzo: Molto vivace IV. Allegro ma non troppo ) que exploran formas y fondos, momentos líricos y concertísticos de protagonismos compartidos, conjunción y ejecución a cinco sonando en total y certera unidad, con balances cuidadísimos, fraseos impecables y entrega apasionada.
De regalo no podía faltar el Shostakovich al que José Ramón Hevia admiraba y hasta compartía carácter socarrón e incluso humorístico, músicos de largo alcance, dedicación y bonhomía, como recordaba Cibrián Serra en la dedicatoria previa. El irrepetible ruso que tanto Kadouch como «los Quiroga» tienen en sus atriles individuales, esta tarde aunados en feliz encuentro para el Scherzo de su Quinteto en sol menor, op. 57, resposado y repasado,  pero especialmente dedicado y delicado.

Sueños de amor, cariño y pasión

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Miércoles 27 de octubre, 20:00 horas. Gijón, Teatro Jovellanos. Concierto 1639 de la Sociedad Filarmónica de Gijón: «Los históricos de la Filarmónica: Vázquez del Fresno». Cantarinos pa que suañes. Beatriz Díaz (soprano), Luis Vázquez del Fresno (piano y compositor).

Los homenajes deben hacerse siempre en vida, y a ser posible en la tierra natal. La centenaria sociedad gijonesa rendía este último miércoles de octubre el merecido a Luis Vázquez del Fresno (Gijón, 1948) uno de sus socios que además debutó en ella como pianista hace 50 años, apoyado desde los inicios, disfrutando como espectador, triunfando como intérprete y haciéndonos disfrutar a sus fieles seguidores, que con los años terminamos siendo amigos.

La ventaja de cumplir años me permite poder compartir la trayectoria de este músico integral al que admiré en los conciertos que daba en Mieres, entonces también con Filarmónica local, donde como estudiante de piano le admiraba y pude escuchar el estreno de sus Audiogramas (de los que hoy nos regaló  el intermedio segundo) dedicado a su malogrado paisano y compañero Jesús González Alonso, a quien recordaré toda mi vida tras escucharle ganar el Concurso «Casa Viena» del antiguo conservatorio en la calle Rosal de Oviedo durante de mis vacaciones mateínas, y posteriormente también en mi Mieres de Luis Fernández Cabeza, presidente de una Filarmónica a la que aún no se le ha escrito su historia.

Al menos a Luis sus paisanos han dedicado el mejor homenaje posible en su doble faceta de intérprete y compositor, comenzando con su juvenil Yerba, op. 12 sobre temas populares asturianos, diez acuarelas vigentes por frescura, paisanaje desde el ímpetu virtuoso del Vázquez del Fresno enamorado de Debussy y la escuela francesa con los guiños humorísticos y socarrones entre cada número, el amor del Cantábrico  y la historia musical además de genética de sus tíos abuelos Saturnino del Fresno y Baldomero Fernández,  el respeto por el maestro Enrique Truán, el cariño demostrado hacia los destinatarios de todas sus obras y el amor por la vida que en su caso ha estado escrita siempre en los pentagramas. Un placer volver a escuchar la yerba asturiana desde la óptica de Luis Vázquez del Fresno, 50 años que son un soplo en una larga historia.

El segundo regalo fueron los Cantarinos pa que suañes al completo y encontrando al fin la voz ideal y única, destinataria in mente que la tierra y el destino pusieron en su camino, también en el mío, la soprano Beatriz Díaz que solo ella puede recrear e interpretar como la concibió el compositor, también pianista, el «lied asturiano» que da al piano el mismo protagonismo y a la voz la pureza lírica junto a la raíz autóctona de la tonada. Si en el Avilés «pre-pandemia» los trece poemas de Chemag (José María González Fernández) supusieron un hito, volver a escucharlos en Gijón resultaron el auténtico homenaje para todos. Cantarinos llenos de amor y dolor, de tristeza y melancolía, de sentimiento y esperanza, pero sobre todo de pasión. Cada poema, todos lujosamente encuadernados por «El Sastre de los Libros» para esta ocasión especial, los textos originales y traducidos con el respeto por el buen gusto y el merecido hacia un histórico de la propia Sociedad Filarmónica de Gijón, emanaban la propia lírica que Vázquez del Fresno volcaría en cada página. La voz de Beatriz Díaz engrandecía cada página, microrrelatos cargados del sentimiento preciso con una gama de matices aún mayor que la paleta del mejor pintor musical, pianísimos de cortar la respiración, los momentos de tonada propia cantados con el saber de una estrella operística que también lleva lo asturiano en sus genes, los melismas tan barrocos y belcantísticos que el piano apoya cual gaita de tecla, finales a elegir dependiendo del texto, susurrados o potentes, con entrega hasta la extenuación organizándolos de cuatro en cuatro, alegrías y tristezas, cadeninas y ñubes, auténticos xuguetes de la allerana con el beneplácito total del gijonés, compositor y pianista.

El cierre Marineru que une la mina y el mar, de Bóo a Xixón por autopista musical, retomando la melodía de los primeros Cantarinos pa que suañes cantados y saboreados, no sería aún colofón sino mi deseo de poder llevarlos al disco para herencia de nuevos melómanos e historia musical viva de nuestra tierra.

Si el segundo Audiograma me hizo desandar cincuenta años y desempolvar los programas de entonces, todos a buen recaudo, el estreno de Otoño con Beatriz Díaz resultó la tarta final, poesía de vida, metáfora de hojas caídas y sienes plateadas, el lenguaje propio de Luis Vázquez del Fresno que nuestra soprano universal hizo verbo lírico.

Una tarde con muchas historias, sueños cumplidos, poesía y música en perfecta comunión, amores fraternales y platónicos, elegías con recuerdos, pasión por la vida, amistades que perduran en el tiempo echando raíces que engrosan cada capítulo de un libro aún sin final.

Gracias Luis por tu música, tu amistad y por darnos tantas alegrías a quienes tenemos la suerte de compartirlas contigo. Felicidades por estas Bodas de Oro a las que todavía le quedan muchos años más de fértil creación, esperando seguir contándolos.

Equilibrios sin red

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Viernes 15 de octubre, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo, Seronda II: OSPA, Roman Simovic (director y violín), Milena Simovic (viola). Obras de: Vaughan Williams, Mozart y Prokofiev.

Hay vueltas que se agradecen cuando quedan recuerdos imperecederos. Tener de nuevo a Roman Simovic con la OSPA ha sido una alegría contagiosa para todos, músicos y público que pudimos valorar la sencillez y magisterio de un grande como el violinista afincado en Londres, esta vez acompañado por su mujer y en un concierto «clásico» como bien presentó Alejandro G. Villalibre en la conferencia previa, aún poco publicitada, y que fue más allá de sus notas al programa (enlazadas al inicio con las obras).

Dirigir desde el violín supone sentirse uno más, casi como un concertino (esta vez Elena Rey de nuevo), que comparte la maravillosa labor de hacer música juntos. Tocar de pie (salvo los «obligados» cellos) supone mantener el mismo nivel, sin tarimas, camerístico, con saludos conjuntos sin darse importancia, la grandeza de los grandes que no necesitan oropeles ni escalones pues la talla moral y musical es suficiente. Simovic siempre arriesgando sin red, con obras llenas de equilibrio que hacen comprender lo «clásico» desde su tiempo y como un escalón más, la tradición de la que beber y la modernidad dominando la técnica para así romper y avanzar, tal cual explicaba el doctor González Villalibre. Apliquémoslo al maestro Simovic y a las partituras elegidas.

Comenzar con esa maravillosa Fantasía sobre un tema de Thomas Tallis del británico Ralph Vaughan Williams (1872 – 1958) es tributo al Renacimiento de su tierra llevando la polifonía vocal a una cuerda única, dos orquestas manejadas cual coro por el director no ya solista sino cantor (bravísimo el dúo con Alamá), ubicación perfecta de todos con la acústica ideal, devolviendo las mejores cualidades de esta sección que al fin se sintió entendida desde la igualdad y el magisterio del maestro Simovic. Riqueza de matices, sutiles texturas, la música pura y cercana  que transmite emociones, desde Tallis a Vaughan Williams respirando el mismo aire atlántico de este «coro de arcos» que resultó esta OSPA.

Todos sabemos que sólo hay un genio, Wolfgang Amadeus Mozart (1756 – 1791), capaz de aunar y romper  desde la forma, sinfonía y concierto que conjugan amores, el de la viola en masculino dialogando con el violín femenino en su Sinfonía concertante para violín y viola en mi bemol mayor, K 364/320d, con  los Simovic, Milena y Roman arropados por una OSPA que sumaba oboes y trompas sin perder sentido camerístico, solistas y directores la pareja, complicidad única de vida y sentido musical, la magia de la convivencia y el latir compartido. Obra amorosa de Mozart hacia la viola con una orquestación que la mima, la envuelve e iguala al violín, sin géneros, dos en uno capaces de arrancar un I. Allegro maestoso contundente y preciso donde la cadenza fue un regalo mayúsculo, la tristeza del II. Andante (el sentimiento de Mozart por la pérdida de su madre) que los Simovic sintieron cual Requiem solista con el «coro sinfónico» nuevamente de solos inmensos, para volverse operístico compitiendo con «La flauta del Campoamor» explosiva del III. Presto, el «más difícil todavía» sin perder compostura desde el mejor equilibrio posible sin miedo a caminar juntos sin caer. La siempre engañosa simplicidad mozartiana que se esconde pidiendo máxima concentración y entrega, la que no les faltó ni a la pareja Simovic, triunfante viola maridada con el violín, ni a la OSPA copartícipe, esta vez sentada, para disfrutar y vivir la música del genio de Salzburgo junto a dos figuras que ejercen de compañeros.

La propina de Händel – Halvorsen, Pasacaglia de variaciones virtuosas para violín y viola resultaron el mejor regalo del corazón Simovic, música a borbotones, sincera, entregada, entendida y disfrutada, alegría de vivir la música y la propia vida. Al menos hicieron olvidar la impertinente tos que rompió el andante mozartiano para hacer reinar el silencio respetuoso desde el que apreciar la calidez de dos solistas con una gama dinámica al alcance de pocos, un virtuosismo impactante y la sonoridad de sus dos instrumentos únicos.

Y más clásicos desde su tiempo, Sergei Prokofiev (1891 – 1953) con el recuerdo y tributo al Haydn simpático, bromista, menos explorado, una misma forma que condensa todo lo anterior con el lenguaje ya innato del ruso, Sinfonía nº1 en re mayor, op. 25 «Clásica» y rompedora cual Meninas velazqueñas vistas por Picasso, reconocibles y actualizadas, cuatro movimientos que pasaron en un suspiro, OSPA en pie con maderas, metales y percusión, Roman Simovic uno más (volvió a por la partitura), tiempos casi literales y duramente exigentes: I. Allegro con brio, para saborear el lenguaje sinfónico bien entendido, II. Larghetto lleno de delicadeza y empaste total, bálsamico, contenido, preparando el III. Gavotte: Non troppo allegro, matices y acentos casi vieneses con la elegancia británica que bien conoce Simovic, dando a los músicos las mínimas indicaciones pues el sentido común emana de la propia ejecución, y por último el vertiginoso IV. Finale: Molto vivace, cuerda limpia, tersa presente, timbales encajados, viento sin aliento, muy vivaz, al pie de la letra en una sinfonía que la OSPA disfrutó con Simovic y éste con ella. En tiempos donde los ensayos son pocos y los conciertos a pares, aprovechar cada minuto para alcanzar esta calidad orquestal solo lo logran grandes músicos que conocen bien el atril y dirigir lo entienden como compartir. Mientras, la formación asturiana se engrandece de un aprendizaje desde la humildad que solo los maestros como Roman Simovic consiguen transmitir y trascender.

Las pocas novedades en tiempos de pandemia, salvo mi cambio de ubicación obligado por la organización del auditorio que impide pagar un abono individual en la zona central, se agradecen: la vuelta de Elena Rey como concertino invitada, química total con director y compañeros, un director además de solista por partida doble, a falta de titular, más la organización clásica del programa con conferencia previa, ansiosos de recuperar una normalidad siempre distinta a la que entendíamos antes del Covid.

Covadonga de puente

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Domingo 10 de octubre, 17:00 horas. Clausura del XIII Ciclo de Conciertos Órganos de Covadonga: Felipe López. Obras de Ximénez, Buxtehude, Bach, Reger, Guilmant y Tournemire.

Covadonga siempre cita obligada aunque un puente de su homónima virgen mañica no sea la mejor fecha para el respeto que se debe al Real Sitio, su Basílica y la música de órgano. Mejor quedarse en Cangas de Onís donde la mañana reunía quesos, miel y pasacalles de mi banda del Ateneo Musical de Mieres. Cual parque temático que decía una querida amiga presente en el concierto del titular de San Ginés, se hacía difícil concentrarse tanto los fieles como al intérprete que pondría el punto final a un ciclo de larga trayectoria tras trece años.
Desconozco si es la penitencia por el pecado inicial del compositor con apellido de uva dulce cuya batalla quedó en refriega y sin munición apropiada, pese a tener la mejor artillería asturiana, igualmente pecado venial con el ídolo alemán-danés por quien peregrinaría Mein Gott seguro con más devoción que los turistas en busca de la foto, Dietrich sin fuga ni chacona preludio de gula, pues mientras el inicial coral ya profetizaba la partida con alegría, la fuga de «Mi Señor» resultó literal tras un preludio cual verdadero Via Crucis.
Al menos con el compatriota Reger, igualmente enterrado en la ciudad del Kantor, llegaría la absolución, y ya libre de pecado, el organista madrileño se merendó Bolognesa marina del francés Guilmant, una verdadera plegaria meditada de bellos trémolos antes de repicar las campanas parisinas con el natural de Burdeos al final del concierto, bendición mariana de Nuestra Señora en la Cuna de España, más un postre gastronómico-musical digno de Rossini con alegría mozartiana.
El Acitores de la Basílica sonó mejor con acento romántico francés, pues el alemán barroco no alcanzó el auténtico espíritu ni esencia de los dos grandes. Cierto que Felipe López es una autoridad del órgano nacional, al que tampoco faltaron los nervios provocados por un murmullo molesto, mas el «instrumento rey» gestado en Torquemada no perdona, por lo que hasta dar con los registros, el sonido y el equilibrio justo entre teclados y pedal, hubo que esperar el duro camino penitencial germano antes poder ir en paz francesa donde el madrileño sí mostró lo mejor de este intérprete que cerraba el decimotercer (no creo en la superstición) ciclo otoñal donde mi admirado Heinrich Walther puso el listón tan alto que se hizo imposible superar la marca.
PROGRAMA

Nada nuevo en este otoño primaveral

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Viernes 8 de octubre, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo, Seronda I: Jorge Luis Prats (piano), OSPA, Josep Caballé (director). Obras de: Tchaikovsky y Stravinsky.

Otra temporada de la OSPA con pocas novedades en tiempos de pandemia salvo mi cambio de ubicación obligado por la organización del auditorio que impide pagar un abono individual en la zona central, por lo que hasta diciembre estaré en una butaca distinta a la de mis 30 años anteriores (incluyendo el del «cese temporal de convivencia» con el cocinero búlgaro).

Otra temporada sin director titular ni concertino, volvían Josep Caballé Domenech a la batuta, siempre claro y preciso,  más Benjamin Ziervogel, ya casi de plantilla. Programa de rusos que siempre le sientan bien a la OSPA, nada nuevo. Y también regresaba el pianista Jorge Luis Prats, que repetía en el escenario su primero de Tchaikovsky como hace tres años  aunque mejor con la orquesta de todos los asturianos.

Nada nuevo en la programación apostando por lo seguro: concierto y obra sinfónica, perdiéndose la de apertura al no haber descansos y reducir la duración del mismo aunque no haya toques de queda inconstitucionales ni cierres perimetrales, menos aún los restringidos horarios de cierre.

La OSPA mantiene el músculo de la temporada pasada, rodada, empastada, con ganas de directo y director, aunque está claro que cuando hay «mando en plaza» los resultados son buenos. Y el primero de los programas otoñales era apto para disfrutar (casi) todos, especialmente con esa primavera no solo climatológica, donde las cañas sacaron pecho con Igor, la «nueva acústica» de la sala principal (abierta la parte de atrás) continúa dándonos sonoridades más rotundas además de claras, con los metales plenamente engrasados y hasta broncíneos. Los números de la consagración fueron plenamente descriptivos en ánimo y sensaciones, con percusión matemática junto a la cuerda compensada, además de presente.

Importante en todo concierto de piano que exista comunicación total, y así fue con Caballé y Prats que concertaron el primero de Tchaikovsky a la perfección (tras el día anterior en Gijón, como casi siempre), el solista cubano estuvo más comedido que con la Oviedo Filarmonía en sus rubati, igual de poderoso en su pulsación con un pedal a veces exagerado y tempi menos extremos, pero ayudando al encaje correcto de cada entrada o final, más unos balances orquestales muy cuidados por parte del maestro catalán, con un Andantino simple y primoroso antes del Allegro con fuego que Prats mantuvo en su punto sin quemarlo.

Las propinas del pianista cubano afincado en Miami, son casi un programa aparte, como si el concierto fuese para calentar dedos. Perdida la cuenta de las que ofreció, sus esperados y habituales     Lecuona (Siempre está en mi corazón) junto a las danzas de Ignacio Cervantes siguen siendo todo un referente en las manos de Prats: total libertad expresiva, matices explosivos, el ritmo caribeño perlado que ha de llevar en la sangre todo nacido en Camagüey, sumándole el sentido del espectáculo al mejor estilo «made in USA» con esos popurris de su tierra que incluso algunas vecinas de fila tararean en voz baja (nada nuevo). Me quedaré con las ganas de escuchar a Don Jorge Luis más en solitario.

Nada nuevo los móviles irrumpiendo e interrumpiendo, aunque sí la deseada desaparición de toses que las incómodas mascarillas han ayudado a no percibirse. Supongo no haya bozales para los dichosos teléfonos ni tampoco evitar las caídas de bastones al suelo (no había paraguas).

Con la nueva temporada todos (todas, todes..). tenemos ganas de recuperar aforos (aforas, afores ¡no!), maldita nueva normalidad que nunca será «como antes» y mucho menos ¡nueva!. Ansiosos del directo único y terapéutico. «La esperanza es lo último que se pierde»… (Pandora y papeles) pero de momento nada nuevo. A esperar y seguir contándolo, incluso buscando otras formas, siempre desde aquí como desde 2008.

Programa:

Piotr Ilich Chaikovski
(1840 – 1893)

Concierto para piano nº 1 en si bemol menor, op. 23

 I. Allegro non troppo e molto maestoso
II. Andantino semplice
III. Allegro con fuoco

Igor Stravinsky (1882 – 1971)

La Consagración de la Primavera
(reducción de Jonathan McPhee).

Scaramouche, un francés en Gijón

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Miércoles 6 de octubre, 20:00 horas. Teatro Jovellanos, Sociedad Filarmónica de Gijón, concierto inaugural de la temporada: Forma Antiqva: Les Scaramouches (farsa, sátira, tragedia y comedia en la noche francesa). Música del barroco francés.

Forma Antiqva tiene varios equipos para competir en todas la categorías: sala, liga nacional y Champions. Este miércoles en Gijón trajo su alineación de gala capitaneada por Aarón Zapico con once artistas conocidos, figuras todas seleccionadas por el «boss» que nos hicieron pensar en el próximo derby  asturiano por los colores azul y rojo, pero finalmente resultó la tricolor francesa que sobrevoló todo un espectáculo donde la actriz Ana Villa puso en escena la dramaturgia de Natalia Huarte dando unidad a esta pantomima en la línea esperada de la formación asturiana que nunca defrauda, con ideas siempre originales que podemos disfrutar en cualquier escenario.

Importante amar y armar un programa con un hilo conductor desde el barroco francés, algo que el seleccionador  Zapico ya conoce con otro equipo, tras su último proyecto educativo junto a la OSPA (El Gato con botas), para centrarse de nuevo en el personaje de la Comedia del Arte, Scaramouche. Volver de Gijón por «la minera» escuchando por la radio el Italia-España también marcará esta entrada de lo más futbolísitica, pues los símiles taurinos parecen no sentarles bien a algunos seguidores de este blog.

La salida al terreno de juego, con un público más expectante que nunca, arrancó por la banda con una carrera en solitario del imprescindible mago de la percusión David Mayoral ambientando el primer número de las cuatro partes, francesas hasta en los títulos de cada bloque (a la una, a las dos, a las tres y ¡voilá!) para ir combinando entre todos, dando juego y color en un potente medio del campo con las flautas de Alejandro Villar y Guillermo Peñalver, reforzados con el cello de Ruth Verona (la cuarta Zapico) y el contrabajo de Jorge Muñoz doblando los laterales cual carrileros, la defensa sólida en banda con la viola de José Vélez, y la retaguardia de los tres Zapico con el mayor cual cancerbero ordenando, para dejar una delantera de dos estiletes del violín: Jorge Jiménez y Daniel Pinteño.

Un once internacional en un fluir de combinaciones tímbricas, farsa y sátira de textos delineados por Villa, pasos de la tragedia a la comedia pintada por sutiles triangulaciones arrancando desde atrás, músicos cómodos en cualquier ritmo y diseño en un escenario donde poder pasar del control Lully al «tiki taka» de Corrette, cambios de banda largos sin perder la identidad de conjunto, líneas de juego amplio pero igualmente en corto, que la maestría en cada demarcación alcanzó como equipo de Champions barroco.

Si Lully ponía la tranquilidad, Couperin sería la inspiración hispana, podemos presumir de exportarla, Leclair sería el toque sutil y Marais la esencia. Cuatro tiempos en uno, ataque y defensa balanceados en un equipo que se conoce, jugando y disfrutando, escuchándose, integrados con unos textos que fueron creciendo y cambiando en una Villa camaleónica donde el color de las chaquetas, las gafas de sol trágicas o el autodiálogo fraterno, la plegaria serena o los movimientos sencillos pasando por el palco escénico, nos hacían deambular imaginariamente (sin enfermar) por estancias insondables que la música unía como sólo ella es capaz. Banda sonora del exquisito barroco francés ejecutada con pasión y precisión por un once que enamora.

Triunfo arrollador de Forma Antiqva y excelente arranque de una prometedora temporada gijonesa cuya centenaria Sociedad Filarmónica estrena directiva joven tan ilusionada como nosotros, nos regaló una bolsa de tela con su logo para seguir llenándola de buena música. El próximo concierto será de los «históricos» y con dos grandes intérpretes de casa, que espero seguir contando desde aquí.

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