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El equilibrio del trío

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Miércoles 8 de marzo, 20:00 horas. Teatro Jovellanos, Sociedad Filarmónica de Gijón: concierto nº 1663, Trío Yoon / Rochat / Jáuregui. Obras de Debussy, Arensky y Brahms.

Concierto este día 8 con muchas eMes: miércoles, marzo, música, mujeres y maravilloso. Programa de un trío joven y experimentado, exigente y agradecido, con tres obras para tres intérpretes que contagian pasión, lirismo, musicalidad a raudales, todo bien asentado en las tres patas que mantienen un equilibrio asombroso, uniendo tres solistas para compartir y sentir como un solo organismo. Un tres que con un espejo se convierte en ocho, magia numérica y musical.

Soyoun Yoo al violín, Nadège Rochat al chelo y Judith Jáuregui al piano demostraron su buen hacer en el formato camerístico ideal del trío, los extremos del agudo al grave en la cuerda frotada con el sustento completísimo de las 88 teclas desde tres compositores y tres tríos que fueron creciendo en dificultad pero también en entrega para estas tres mujeres músicas que no necesitan fechas para festejar su calidad.

Abría la velada el poco escuchado Trío para piano en sol mayor, CD 5 (1880) de un joven Achile Claude Debussy (1862-1918) que explica perfectamente la musicóloga Andrea García Alcantarilla, como cellista y buena estudiosa de los tríos, en las notas al programa: «Junio de 1880: el cortejo de la baronesa von Meck acaba de llegar a la Villa Oppenheim de Fiesole donde se les unen otros dos jóvenes músicos: el violonchelista Danilchenko y el violinista Pachulski que, junto con Debussy, forman un trío que tocará todas las noches para la familia. Es precisamente en este ambiente en el que el joven Debussy se decide a escribir su Trío en Sol Mayor varios meses antes de empezar las clases de composición». Emulando este trío histórico, el piano dibujaba cristalino el primer Andantino con molto allegro, contestado por el violín limpio, la contestación del cello poderoso, para unir los tres caminos hacia un Scherzo. Intermezzo. Moderato con allegro que sería premonitorio de los otros tríos, un «scherzo» jovial, alegre, chispeante, cómplice, encantador tal y como lo describiría la aristócrata a Tchaikovsky, que se sumaría a esta forma musical. Un Debussy casi autodidacta que posee toda la inspiración melódica para plasmarla en los tres instrumentos, aunque el piano parezca llevar el peso. Dominando la rítmica y la técnica, este segundo movimiento está lleno de guiños que Yoo-Rochat-Jáuregui nos transmitieron desde un encaje perfecto y un equilibrio de planos lleno de matices extremos. El Andante espressivo puso el toque melancólico y elegíaco, recordándonos a Schumann o Dvorak, que las intérpretes en solitario dominan y en trío comparten su bagaje musical. El Finale. Appassionato resultó otro regalo interpretativo de expresión, entendimiento y comunión entre las tres músicas, amplias dinámicas además de pulcritud por un sonido compacto.

El «descubrimiento» del programa sería el Trío para piano nº 1 en re menor, op. 32 (1894) del ruso Antón  Stepanóvich Arensky (1861-1906), melómano en los genes, y discípulo de Rimsky-Korsakov en San Petersburgo, para ser después maestro de Scriabin y Rachmaninov en Moscú, compaginando docencia y composición. Como nexo con el anterior trío del francés, también conocería a a Tchaikovsky, influyendo en su estilo y animándole a esta joya camerística, con otro Scherzo. Allegro molto colocado en el segundo movimiento, un juguete en manos del trío Yoo-Rochat-Jáuregui: complicidad en los fraseos, tempi y silencios, saltarín en cada una de ellas con absoluta limpieza pese a la complicada ejecución; y la Elegía. Adagio en el tercero, un canto fúnebre que un público respetuoso escuchó con emoción en la interpretación de estas tres artistas, una marcha fúnebre desde el piano de la donostiarra para proseguir con sordina los arcos de surcoreana y francosuiza, un adagio femenino pero rotundo, delicado y entregado, música a raudales de tres órganos impulsados por un solo corazón haciendo latir esta maravillosa partitura que comenzaba con un Allegro moderato y acababa con el Finale. Allegro non troppo llenos de vida, de nuevo recordando a Schumann e incluso a Brahms. Sonido pulcro, ejecución intachable e impecable en cada una de ellas, fraseos únicos dotando de toda la riqueza que atesora esta obra de Arensky  transmitiéndonos un romanticismo lleno de complejidad y brillantez con la «tristeza … repentinamente barrida (…) por una ráfaga final del destino» que escribe Andrea García A. De lo más aplaudido del concierto que obligó a salir dos veces a saludar antes del necesario descanso tras esta «rareza» que ya tenemos anotada.

La segunda parte la ocuparía plenamente Johannes Brahms (1833-1897) con su conocido Trío para piano nº1 en si mayor, op. 8 (1889), punto álgido de este 8M, la forma musical vista en la primera parte incluso con el scherzo al que podría calificar como en los otros dos pero mucho más exigente técnicamente para los tres instrumentos, especialmente el piano, con unísonos encajados milimétricamente, dinámicas asombrosas, engranaje de «tres en uno» verdaderamente digno de admiración para Yoo-Rochat-Jáuregui. Obra juvenil la del hamburgués que revisaría durante años a excepción del scherzo, reflejo del trabajo exigente del compositor alemán ya con su firma inimitable desde el Allegro con brio inicial, con un cello poderoso lleno de claroscuros; el mágico Scherzo rítmico, enérgico, juguetón y saltarín, utilizado en varias películas que me recuerda siempre a Schubert; el Adagio íntimo, misterioso, melódico y pianístico bien contestado por las cuerdas; para concluir con el Finale. Allegro brillante, contrastante, marcial y lleno de fuerza. Una interpretación impecable del trío, de nuevo muy aplaudido que aún volverían para el regalo francés, volviendo al inicio del camino.

Un admirable Maurice Ravel (1875-1937) del que el trío es devoto, y con el que se le sintió feliz y nosotros más, su «Andantino expressivo» del Trio en sol mayor, una delicia del compositor hispano francés en la interpretación con el melódico cello de Rochat, el lirismo violinístico de Yoo y una delicadeza al piano con Jáuregui, verdadero equilibrio y estabilidad de tres pilares con un mismo sentido de musicalidad.

La excelencia del cuarteto

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Miércoles 19 de octubre, 20:00 horas. Teatro Jovellanos, Gijón. Sociedad Filarmónica de Gijón, concierto nº 1654: Cuarteto Quiroga (Aitor Hevia, Cibrán Sierra, Josep Puchades, Helena Poggio). Brahms: Cuartetos de cuerda op. 51, nº 1 y nº 2.

Segundo concierto de la actual temporada gijonesa y recuperando de la pasada a mi admirado Cuarteto Quiroga con un programa que dominan como pocos: los cuartetos opus 51 números 1 y 2 de Brahms (1833-1897), que tienen grabados (Frei Aber Einsam) e interpretados en orden inverso, perfectamente analizados en las notas al programa por Jorge Trillo Valeiro, incluyendo el encuentro con los músicos (Aitor Hevia y Cibrán Sierra) del día anterior, una buena iniciativa de la Sociedad Filarmónica que siempre ayuda a conocer las obras que escucharemos y sus intérpretes.
El Cuarteto Quiroga, galardonado en 2018 con el Premio Nacional de Música en la modalidad de Interpretación, premio concedido por el Ministerio de Cultura y Deporte y cuyo jurado le destacó “por ser uno de los conjuntos de cámara más singulares de la nueva generación” y “por su implicación en la difusión de la música actual, en especial de la creación española”, destacando también “su significativa labor docente y su proyección internacional, que les ha llevado a los principales festivales y salas de conciertos de Europa y América, con proyectos de colaboración con artistas de la talla de Martha Argerich, Javier Perianes, Veronika Hagen o Valentin Erben”, por lo que siempre es un honor y verdadero placer tenerlos en Asturias con quien les unen muchos lazos desde un Llanes lejano y juvenil.
Las dos joyas de los cuartetos camerísticos que interpretaron este miércoles en el Jovellanos, sirven de «excelente disculpa» para conmemorar el 125 aniversario de la muerte del considerado como último de los románticos. Y añado arriba una de las fotos de la propia Web del Quiroga porque nada los describe mejor, (R)evolutions, cuatro cuerdas delicadas que se unen en una para fortalecerse, órganos que funcionan independientes pero se necesitan para dar vida a la música.
Hace cuatro años escribía de ellos: «Un cuarteto de cuerda es un organismo múltiple que funciona con un solo corazón, todo encajado al milímetro y dotado de un alma intangible que surge de la unión de virtuosos en cada instrumento capaces de sentir como uno. No hay muchos cuartetos así, pues a menudo se juntan cuatro músicos, mejores o virtuosos, incluso grandes solistas, pero la diferencia entre el verdadero y el ocasional reside en un trabajo muy duro a base de compartir gustos, dialogar en el amplio sentido del verbo, consentir, ceder para crecer y a fin de cuentas convivir para disfrutar felices«. Ahora sólo cabe añadir que el tiempo ha fortalecido aún más este corazón que rinde tributo a Manuel Quiroga latiendo al ritmo de Brahms.
El Cuarteto de cuerda en la menor, op. 51 nº 2 ocuparía la primera parte, cuatro movimientos para degustar y soñar, matices extremos, consistencia, claridad, musicalidad a raudales y ese aroma «alemán» que bien describía antes de la propina Cibrán Sierra. Allegro non troppo en su justa medida, con ese final que levantó espontáneos aplausos (supongo que también por desconocimiento de parte del público poco conocedor del programa a escuchar); Andante moderato para paladear, con esa «cuerda infinita» de los violines de Hevia y Sierra al chelo de Poggio, siempre en su sitio, pasando por la viola «bisagra» capaz de sonar como ambos e imprescindible en la escritura del hamburgués con un Puchades soberbio; Quasi Minuetto, moderato plenamente  vienés, con ese cambio de tempo que encajan los cuatro como una sola cuerda, cerrando un siglo donde el cuarteto sería mucho más que un banco de pruebas y abriendo nuevos lenguajes que el Quiroga interpreta como nadie; y el Finale. Allegro non assai remataría este segundo de los opus 51 (compuestos simultáneamente a lo largo de 20 años largos), incisivos y aterciopelados, balances ideales que engrandecen lo escrito al escucharlos en vivo desde unas compenetración única y admirable.
Para la segunda parte el Cuarteto de cuerda en la menor, op. 51 nº 1 más tradicional si se me permite el calificativo, académico si se prefiere, igualmente con cuatro movimientos y cercano al Brahms sinfónico que así enfoca el Quiroga. Las iniciales FAE de las notas en alemán, a modo de criptograma utilizando el lema del amigo de Brahms el gran violinista Joseph Joachim Frei aber Einsam (libre pero solitario) que también da título al CD que recoge ambos cuartetos, abren el Allegro, serenidad y poso, equilibrio entre agudos y graves, dinámicas.plenamente románticas, recuerdos de Schubert o Beethoven, juego de caracteres y tonalidades, donde el desarrollo temático tiene más importancia que los motivos, pudiendo apreciarse en cada uno de los integrantes del Quiroga; Romanze. Poco adagio maduro en escritura e interpretación, hondura casi espiritual, cual coral luterano sin palabras para un agnóstico convencido, cuerdas cantando a una; Allegretto molto moderato e comodo donde disfrutar de la tímbrica individual y la sonoridad cuartetística, el «intermezzo» que pese a lo repetitivo nunca es igual, pizzicati completando un dúo de violines sonando como uno de imposibles dobles cuerdas, casi contracantos que permutarán presencias con el pulso natural empujando hacia el Allegro final, sustancioso desde el rotundo inicio con el cuarteto a unísono volviendo a demostrar el único latido e impulso musical, entrega total, respeto a lo escrito y una versión llena de vitalidad en este regreso a nuestra tierra que es la de ellos.
Tras cuatro rosas (tres rojas y una blanca), el agradecimiento y palabras de Cibrán antes de regalarnos In stiller Nacht que también cierra la mencionada grabación, de nuevo la coralidad popular de Brahms transcrita a las cuerdas unidas que cantan a una con el empaste de una canción sin palabras, popular porque es del pueblo y así lo sentimos todos los que pudimos disfrutar del Cuarteto Quiroga. El próximo mes seguirá la música de cámara pero con el quinteto VentArt que espero no perdérmelo y contarlo desde aquí.

Ten piedad y danos la paz

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Miércoles 2 de marzo, 20:00 horas. Teatro Jovellanos, Gijón: Concierto 1646 de la Filarmónica de GijónCantus Missae: El León de Oro, Marco Antonio García de Paz (director). Obras de Rheinberger, Mendelssohn, Brahms y Whitacre.

Un miércoles de ceniza coral con varios monumentos vocales que nuestra formación más internacional y laureada como El León de Oro (LDO) trajeron a la temporada de la filarmónica gijonesa en un Jovellanos que presentaba una entrada excelente con los muchos leónigans llegados a la capital de la Costa Verde. El programa que ya pude disfrutar en Oviedo, fue de nuevo un «Monumento canoro» aunque el título esta vez fuese el de «Cantus Missae» por la misa de Rheinberger, más allá de toda creencia religiosa porque la música une, eleva el espíritu y siempre clama por la paz. Así se entendió por todos los presentes, recordando los momentos tan difíciles en Ucrania y la propia pandemia que sigue entre nosotros obligando a seguir «enfocicaos» tanto los asistentes como los cantantes, mascarillas que no nos impiden demostrar no solo que la cultura es segura sino que la música es la mejor terapia posible y que el LDO canta siempre bien hasta con la boca tapada.
La Misa en Mi bemol Mayor (Cantus Missae), Op. 109 de Josef Rheinberger (1839-1901) abría este emotivo concierto, pensada para gran coro, los 47 componentes sobre el escenario del Jovellanos volvieron a sonar «a capella» con su calidad superlativa, no importan los relevos generacionales porque exprimen cada cuerda al límite, capacidad dinámica, tesituras extremas, con las voces blancas siempre cálidas incluso en los pianísimos, hasta los bajos profundos, más graves siempre de agradecer porque son el verdadero sustento que hace brillar al resto de voces. «Señor ten piedad», sentimientos extramusicales en tiempos de guerra, trascendiendo lo religioso porque necesitamos piedad y amor por el prójimo independientemente de creencias, «hacer todo el bien posible» que escribiese Beethoven, una verdadera ceremonia coral que «los leones» llevaron a cabo bajo el sumo sacerdote Marco. Respetuoso silencio de un público agradecido (bisarían el Kyrie como agradecimiento y dedicado a un ucraniano del coro).
De Felix Mendelssohn (1809-1847) al que este coro conoce y se entrega desde siempre, dos salmos  que siguen siendo joyas vocales, Jauchzet dem Herrn, alle Welt (Salmo 100) y Richte Mich Gott (Salmo 43), casi seña de identidad del LDO, la inspiración en Bach, textos que tenemos traducidos en el siempre excelente programa de mano, hoy firmado por Violeta Rubio, entrega y recogimiento equilibrado, pronunciación alemana perfecta, cantos religiosos en esta «puesta en escena» profana para respigarse por tantas emociones desde el buen cantar.
Transitando por un romanticismo cada vez más necesario para toda formación, escucharíamos el monumental Geistliches Lied, Op. 30 de Johannes Brahms (1833 -1897), con el piano del corista Óscar Camacho hoy situado hacia atrás, para evitar los incómodos trasiegos, pero en línea visual con Marco A. García de Paz y «cantando» desde las 88 teclas, conocedor de las «respiraciones» desde el instrumento y con la ductilidad de su formación, el piano vocal ideal para el mejor Brahms coral.
Y final con Eric Whitacre (1970), el verdadero «romántico» de nuestro tiempo, revolucionario coral para nuestro «coro de oro» que canta como pocos al estadounidense, su When David Heard, más que un capricho de Marco, obra exigente a la que «su coro» llega en el momento ideal para interpretarla, las afinaciones extremas siempre controladas, los matices donde el silencio es más importante que nunca, arte vocal subrayando un sufrimiento que en la partitura está siempre presente, respeto de un público en total comunión con «nuestro león», todo un ejemplo de disciplina y trabajo, los ideales de un coro veterano por el que la mezcla generacional le mantiene como un gran reserva. No nos cansaremos de cada concierto único, irrepetible, con emociones imparables sin perder nunca esa «marca de la casa», polivalencia coral o policoralidad, la importancia de los impresioantes silencios intrínsecos a la propia música, dramatismo, afinación muy cuidada (e impagable), partitura y programa con la necesaria compenetración total de cantantes y director.
Si en la misa nos damos la paz antes del Agnus Dei, hoy musicado por Rheiberger, también pedimos Piedad al Todopoderoso (máximo rector o ente eterno, no importan las creencias ante el dolor) con el Kyrie cual plegaria cantada que se repitió más que de regalo, de sentida súplica coral.

El romanticismo gallego

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Viernes 18 de febrero, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo, OSPA abono V: Orquesta Sinfónica de Galicia (OSG), Clara Jumi-Kang (violín), Asier Polo (cello), Juanjo Mena (director). Obras de Brahms y Schumann.

Es habitual entre las formaciones musicales establecer intercambios que no solo vienen bien como proyección propia sino también para pulsar el estado de forma de otras equivalentes. Y así resultó este intercambio Oviedo – La Coruña llegando al auditorio ovetense la OSG con el vitoriano Juanjo Mena a la dirección, muy apreciado por nuestra OSPA y todos los melómanos asturianos, que se presentaba con un programa romántico de los que gustan, ponen a prueba orquestas similares (la gallega un año menos que la asturiana) y si además los solistas son de altura, esta vez la violinista alemana de origen coreano Clara Jumi-Kang y el cellista bilbaíno Asier Polo, otro músico muy querido, el éxito está asegurado aunque el público no acudiese como deberíamos esperar.

El Concierto para violín y violonchelo en la menor, op. 102, “Doble Concierto” de Johannes Brahms (1833-1897) es obra de madurez donde el dominio instrumental está llevado al máximo, no solo en lo orquestal sino en la elección de dos instrumentos solistas que no compiten sino que manteniéndose al mismo nivel, dialogan, se unen y ensamblan con toda la orquesta. Maravillosa y necesaria la complicidad de Jumi-Kang y Polo con sonoridades amplias, siempre bien concertados por un Mena atento, sin excesos gestuales pero perfectamente entendido y atendido por todos. La OSG mostró una plantilla bien equilibrada en todas las secciones, con las proporciones ideales en cuerda que se agradecen para obras como las de este concierto. Tres movimientos (I. Allegro; II. Andante; III. Vivace non troppo) para lucimiento de los solistas, maravilloso ver y escuchar esas cuerdas compactas y aunadas, más una orquesta de dinámicas controladas para no enturbiar un resultado excelente, sobre todo el último movimiento exigente por el tempo que no impidió escuchar todo lo escrito por la llamada «tercera B» alemana.

Y sin perder romanticismo ni esencias, nadie mejor que Robert Schumann (1810-1856) y su Sinfonía nº 4 en re menor, op. 120, el encuentro maduro con un sinfonismo propio, trabajado, rico en texturas y dinámicas, cambios de tempo exigentes en la interpretación, concatenaciones en busca de sonoridades estudiadas que enriquecen la forma romántica por excelencia.

Cuatro movimientos (I. Ziemlich langsam – Lebhaft; II. Romanze: Siemlich langsam; III. Scherzo: Lebhaft; IV. Langsam – Lebhaft) donde la OSG y Mena sacaron «músculo» y mucha calidad, buenas y equilibradas cada una de las secciones, con primeros atriles de calidad desde el concertino Massimo Spadano hasta la cellista Rouslana Prokopenko (por poner en paralelo con los solistas de Brahms), sonido muy cuidado que el maestro vitoriano supo mimar en esta «cuarta» que es segunda, rotunda y convincente de los gallegos. Importante la contención además de los planos sonoros sin excesos pero manteniendo la esencia, con gestos precisos, escucha atenta y una pulsión mantenida sin pausas hasta el final. Buena muestra sinfónica de nuestros primos hermanos que podrán disfrutar del intercambio galaico-astur sin entrar en competiciones pero tomando el pulso a dos orquestas de larga trayectoria que marcan señas de identidad tras treinta años en los que el mundo, también el musical, ha cambiado mucho.

Quintetos históricos: alma, corazón y vida

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Miércoles 9 de febrero, 20:00 horasTeatro Jovellanos, Gijón: Concierto 1645 de la Filarmónica de Gijón. Ensemble 4.70. Obras de Mozart y Brahms.

La Filarmónica de Gijón, muy activa en las redes sociales, escribe cómo los dos quintetos de este miércoles forman parte de su propia historia: «Podría decirse que «se estrenó con el quinteto de Mozart, que fue interpretado en las sesiones inaugurales de la Filarmonica el 7 de mayo de 1908 (concierto n.°2) con el Quinteto de París; el de Brahms fue interpretado el 23 de diciembre de 1922 (concierto n.°150) junto al de Mozart con el Cuarteto Español y el gran clarinetista Miguel Yuste -quien había estrenado en España el quinteto de Brahms en 1893-». También tiene la buena costumbre, amén de comunicar a sus socios el programa de mano y avisar con antelación de cada concierto, de crear una lista en Spotify© (reciente patrocinador del Barça) con las obras a escuchar, lo que supone la mejor preparación para el público: llevarse la lección aprendida para disfrutar del siempre incomparable e irrepetible directo, sin perder de vista la necesaria pedagogía musical.

Por tanto es de justicia destacar el trabajo del nuevo equipo de la Filarmónica de Gijón, con el doctor Antonio Hedreda al frente, y agradecer que vuelvan a sonar estos dos quintetos con una formación de casa y en casa, el Ensemble 4.70, conjunto de intérpretes vinculado a Kras Klásika, proyecto divulgativo promovido por Enrique Valcarce y David Roldán (hoy de intérprete aunque no pudo evitar unas palabras en el intermedio) que incluye un programa de radio (en el 105
FM Gijón) y la organización de conciertos comentados en todo tipo de espacios bajo el lema “Rebélate, escucha música clásica”.

Formado para esta ocasión por ANTONIO SERRANO, clarinete, ELENA ALBERICIO, violín, CARLOS TAGARRO, violín, DAVID ROLDÁN, viola, y SARA CHORDÁ, violonchelo, estos músicos sobradamente conocidos de todo melómano asturiano, nos dejaron estos dos quintetos con clarinete históricos volviendo a demostrar la vigencia de la llamada «Música de cámara» en esta Asturias que sigue siendo una isla cultural desde tiempos inmemoriales, con la visión de futuro y la calidad que todos ellos atesoran. Buena entrada con público de todas las edades, parte de las adultescentes pateando la locución en asturiano (la globalidad llega también a orillas del Piles) y estudiantes respetuosos de principio a fin (alguno preguntaba al salir por la causa del zapateado).

Los dos quintetos requieren como el bolero «Alma, corazón y vida» en la misma proporción para una interpretación más allá de la asepsia que sobrevoló todo el concierto. Alma la puso Serrano por el importante papel del clarinete en las obras, lo que le perdona un «leve despiste mozartiano» rápidamente «reenganchado» o su continua preocupación por mantener su instrumento en las condiciones idóneas; corazón el cuarteto de cuerda aunque les exigiría una afinación más precisa e ir más allá de lo escrito, como se dice coloquialmente echar toda la carne en el asador precisamente para echar más leña al fuego, ya que no se hubiera quemado reconociendo que «El cuarteto», además de una genial película, exige años de convivencia para mantener un mismo corazón latiendo, algo que en un ensemble puntual se hace imposible por mucha profesionalidad y años de experiencia que tengan sus componentes.

Al menos la vida está en las dos obras elegidas para esta parte de la historia local, un homenaje con pasión hacia un instrumento como el clarinete por el que tanto Mozart pensando en Anton Stadler (1752-1812), como Brahms en Richard Mühlfeld (1856-1907), escribieron estas joyas, bien explicadas en las notas al programa de Mar Fernández, otro «fichaje» de la directiva gijonesa.

El Quinteto para clarinete en La mayor K. 581 de Mozart, contiene melodías que han servido tanto para programas radiofónicos, anuncios y bandas sonoras, especialmente su Larghetto que emparenta con el concierto más cinematográfico del genio de Salzburgo, movimiento donde Serrano Argüelles dejó alma y vida mientras el cuarteto arropó con corazón, «despertando» en el Allegro con variazioni, con más presencia de Albericio. Destacable en todos ellos las dinámicas, especialmente los pianissimi tan difíciles y necesarios para enriquecer y revivir las notas escritas.

Del Quinteto para clarinete y cuarteto de cuerda en Si menor op. 115 de Brahms, comentar nuevamente la implicación de Antonio Serrano, «cantando» y enamorando como a los compositores de este miércolerd, y las partes «solistas» de viola o chelo que, sin entregarse del todo, al menos subieron un poco de temperatura a un corazón con pocas pulsaciones, deteniéndose en ese último compás del Con moto que pareció quitarnos la vida tras dos quintetos con más corazón que alma con la melodía principal que resuena al principio y final, ciclo vital, aunque sigua recordándome parte del estribillo de El ruiseñor de Luis Mariano, quién sabe la razón pero estaba yo muy sesentero.

Gratitud por el esfuerzo que siempre supone el trabajo previo de las obras y subirlas a escena para compartir con un público variado y venido de distintos puntos del Principado como bien comentó David Roldán aunque se olvidase de Mieres donde además no todos somos sportinguistas. Pero «La minera» además de una hamburguesa especial de McCharly, es la autopista que nos comunica con la capital de la Costa Verde por la que transito a menudo como un caminante musical, siempre sonando Radio Clásica que en el viaje de ida me ambientó Noelia Rodiles desde la Fundación March, y la vuelta Capriccio, el Winterreise tan cercano en el tiempo, y llegando a casa precisamente sonaba «Música con alma» (aunque ya tenía elegido el título de esta entrada).

Premio al trabajo

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Martes 1 de febrero, 19:45 horas. Teatro Filarmónica, Oviedo: Concierto 2028 de la Sociedad Filarmónica de Oviedo. Leonardo González (violín), Anna Mirakyan (piano). Obras de Beethoven, Milstein y Brahms.

Reseña para La Nueva España del miércoles 2, escrita tras el concierto desde el teléfono, con los añadidos de links (siempre enriquecedores), fotos propias y tipografía, cambiando muchos entrecomillados por cursiva que la prensa no suele admitir.
La música de cámara es necesaria en la carrera de todo intérprete y obligada en la formación del público, algo que las centenarias sociedad filarmónicas asturianas, como la ovetense, predican desde sus orígenes, dando cabida a jóvenes valores, caso de este martes con el violinista Leonardo González Tortosa (Madrid 2005), premiado en el pasado Concurso Internacional de Música Villa de Llanes cuya “alma materJosé Ramón Hevia seguramente estaría orgulloso de seguir entre nosotros y corroborar el acierto de un galardón que busca abrir una carrera profesional como la de Leonardo, hoy acompañado de la pianista Anna Mirakyan (Erevan, Armenia 1981), de pulsación potente -que hubiese mejorado el volumen de bajar totalmente la tapa armónica- con un programa de calado, y otro distinto hoy en la Filarmónica de Gijón, igualmente premiando jóvenes talentos como el violinista madrileño.
La Sonata “Primavera” op. 24 de Beethoven, es de las habituales para violín y piano que exigen de ambos una ejecución perfectamente ensamblada con diálogos bien definidos y protagonismo compartido, como así la sintieron Leonardo y Anna (demasiado presente excepto en el lírico Adagio más equilibrado).
Titulada “Paganiniana”, la partitura del virtuoso Nathan Mirónovich Milstein (1903-1992) ya indica el nivel de ella, Leonardo en solitario abordando todas las técnicas en las cuatro cuerdas y arco donde estuvo cómodo, incluso confiado ante las dificultades, buen síntoma para su juventud.
Y Brahms en la segunda parte con su Sonata 2, op. 100, tres movimientos con un piano demasiado presente y el violín algo oscurecido, aunque entregados ambos intérpretes, pasión Mirakyan y sobriedad González.
El concierto como premio al trabajo para un público no muy numeroso ni renovado como todos esperamos, aunque siempre agradecido.

Placeres de Oro

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Sábado 29 de enero, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo: Monumentos canoros, Coro El León de Oro, Óscar Camacho (piano), Marco A. García de Paz (director). Obras de Rheinberger, Mendelssohn, Brahms y Whitacre. Entrada: 12 €.

Como «leónigan» confeso tras casi 25 años siguiéndoles, tengo que confesar no ya mi admiración hacia El León de Oro sino también mi devoción por cada concierto que nos ofrece, pues no me quedan calificativos para este coro que mantiene sus señas de identidad desde los inicios. Con una renovación paulatina, casi imperceptible, una base continuada en cada cuerda y la incorporación de voces nuevas, frescas, el espíritu permanece inalterable. Afinación perfecta, empaste ideal, equilibrio dinámico, repertorios exigentes, rodados desde hacen años y que hacen fáciles, pero sobre todo la disciplina coral necesaria para que sigan funcionando como un ente único, plegado a la voluntad de Marco A. García de Paz que crece con «su coro», elige y recupera a la perfección el repertorio ideal para cada programa, dotándolo de unidad temática y equilibrio para regalarnos conciertos como el de este sábado puramente romántico.

La Misa en Mi bemol Mayor (Cantus Missae), Op. 109 de Josef Rheinberger (1839-1901) pensada para un gran coro, trajo a todos los luanquinos sobre el escenario del auditorio sonando «a capella» con una calidad superlativa, exprimiendo cada cuerda en toda su capacidad dinámica y de tesituras extremas, desde las sopranos agudas que nunca pierden calidez hasta los bajos profundos, sustentos extremos que hacen brillar al resto de voces. Sentimientos musicales que trascienden lo religioso para una verdadera ceremonia coral que cortaba el respetuoso silencio de un público agradecido (bisarían el Kyrie como agradecimiento).

Felix Mendelssohn (1809-1847) es un compositor que este coro conoce de siempre, en el que se siente no ya cómodo sino volcado por la gran intensidad que las partituras entrañan, dejándonos dos salmos verdaderas joyas vocales, Jauchzet dem Herrn, alle Welt (Salmo 100) y Richte Mich Gott (Salmo 43), la inspiración en Bach, el recogimiento equilibrado y la pronunciación alemana perfecta.

No podía faltar en este romanticismo canoro y monumental Geistliches Lied, Op. 30 de Johannes Brahms (1833 -1897), continuador de su compatriota y al piano el corista Óscar Camacho que en esta doble faceta aporta la «respiración» del instrumento y la ductilidad de su formación. Tener la posibilidad del acompañamiento instrumental (orquesta, órgano o en este caso piano), siempre supone un punto más de calidad en un concierto a capella aunque El León de Oro también se ha mostrado en sus obras sinfónicas igual de confortable, pero la ocasión y el programa merecía la pena este nuevo regalo para sus seguidores.

Y del verdadero revolucionario coral como es Eric Whitacre (1970), este «coro de platino» ha encontrado en el estadounidense un verdadero filón, convirtiéndose casi en embajadores de sus complejas partituras, entre ellas este When David Heard que el propio Marco confesó su capricho en afrontarla hace tiempo y que ahora tenía el instrumento perfecto para interpretarla, como así sucedió. De nuevo la disciplina y el duro trabajo previo tuvo el premio de una versión «marca de la casa», la policoralidad, la importancia del silencio intrínseco a la música, el dramatismo, la afinación extrema, compenetración total, la exploración de la voz sin perder un lenguaje cercano a la historia coral que Whitacre conoce y El León de Oro interpreta como nadie.

Nuevo éxito de «los leones» en una temporada propia que ya de por sí es una heroicidad, con balance escrito del 2021 (gracias Adela) y mucha esperanza para un nuevo año indeciso, todavía cantando con mascarillas, que se olvidan al escucharles, tal es su capacidad y calidad. Gracias por estos monumentales regalos y salud para seguir disfrutando.

P. D.: De las notas al programa del propio Marco A. García de Paz, destacar el inicio: 

««Monumentos canoros” puede parecer un título ambicioso, de hecho, lo es. ¿Se
puede cantar un monumento? ¿Es posible, acaso, construir con un arte que es efímero en el tiempo? Nosotros creemos que sí, y para demostrarlo hemos escogido esta selección de obras, en su mayoría románticas, que hacen honor a la época en que fueron compuestas. Son obras pensadas para grandes coros y un elevado número de voces (no olvidemos que el Romanticismo es la época de la Revolución Coral, el auge de las grandes masas corales lejanas al ámbito profesional, aunque bien cercanas al disfrute). La forma en que están compuestas explota la sonoridad sin resultar nunca estridente, sino sobrecogedoramente bella, como los emplazamientos para las que fueron concebidas. Y es dentro de esa belleza donde esperamos que puedan pararse a disfrutar de este efímero arte con nosotros
».

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Miércoles 15 de diciembre, 20:00 horas. Teatro Jovellanos, Filarmónica de Gijón, concierto 1641: Dmytro Choni (piano). Obras de Debussy, Brahms, Scriabin, Schumann y Rachmaninov.

Volvía en este 2021 a Asturias el joven pianista ucraniano Dmytro Choni, esta vez a Gijón dentro de su temporada de conciertos, en solitario y con público joven, la necesaria renovación, procedente muchos del Conservatorio local que verán en este virtuoso un espejo donde mirarse.

Y no decepcionó en absoluto el último ganador del prestigioso concurso de Santander afrontando un programa variado, sin entrar en épocas, cronologías o estilos puesto que las obras elegidas abarcaron un amplio espectro donde primó la técnica impecable de este prodigio unido a personal interpretación de todas ellas con mayor o menor entrega pero irreprochable su ejecución llena de guiños que presagian la amplia carrera que tiene por delante.

Tras las personales presentaciones de David Roldán al inicio de cada parte, completando un excelente programa de mano con notas de la vicepresidenta de la sociedad Mar Fernández, Chony comenzó su recital con un Debussy abocetado, delicado, de sonoridades ricas antes de las dos rapsodias de Brahms, personalmente lo más acertado por la elección de unos tempi ajustados para poder disfrutar de la rica escritura del alemán unido a unos rubati bien entendidos, siempre con la fidelidad a la partitura desde un enfoque intimista en busca de sonidos amplios de matices, ataques y fraseos muy cercanos. Cerraría Scriabin esa primera parte con su Sonata para piano nº4 en fa sostenido mayor, op. 30, intensa en todos los ámbitos donde parece que la genética musical soviética solo puede ser entendida por pianistas de su entorno o incluso escuela. Está claro que pese a la juventud del ucraniano hay un gran poso y trabajo previo de cada página, y la sonata del ruso es un ejemplo claro de cómo afrontar un repertorio que comienza a ser reconocido e interpretado en este siglo nuestro.

La segunda parte mantuvo el nivel de limpieza y personal acercamiento a dos obras muy distintas pero con igual exigencia interpretativa, primero la Novellette de Schumann que nos trajo un enfoque jovial antes de la Sonata nº2 de Rachmaninov en un alarde de virtuosismo que sin ser lo mejor del compositor ruso, volvió a demostrar la «genética casi necesaria» para afrontar páginas de semejante complejidad. De hecho su volumen creció notablemente y hasta pudimos disfrutar de algún que otro «arrebato» que redondearía un concierto muy personal además de exigente amén de muy trabajado.

Las propinas siguieron la línea de conjugar una técnica apabullante con el sentimiento y madurez de un Chony ya encumbrado que como todo intérprete optó por el artificio en dos obras para su lucimiento: la conocida Soirée de Vienne de Alfred Grünfeld que ya nos regalase en Oviedo, casi aperitivo del más famoso concierto vienés del año, y repitiendo igualmente Rachmaninov, la tercera de sus Daisies, op. 38, nueva demostración de un repertorio bien asentado que esperamos siga creciendo en paralelo al intérprete ucraniano. Alegrías pianísticas sin etiquetas en una temporada donde las 88 teclas estarán muy presentes esperando seguir contándolas desde aquí.

Ángeles y demonios al piano

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Martes 23 de noviembre, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo, Jornadas de PianoBenjamin Grosvenor (piano). Obras de: Brahms, Liszt y Chopin.

Crítica para La Nueva España del jueves 25, con los añadidos de links (siempre enriquecedores), fotos propias y tipografía, cambiando muchos entrecomillados por cursiva que la prensa no suele admitir.
Había una vez un alemán, un húngaro y un polaco encerrados en una lámpara con forma de piano a los que un joven genio británico sacó a la luz frotando las teclas con el forro de su chaqueta haciendo magia para que en una misma tarde fría y lluviosa, pasásemos del cielo al infierno con la dosis suficiente para hechizarnos en plena pandemia de virus sin nacionalidad, junto a toses, móviles y paraguas caídos muy nuestros.
Benjamin Grosvenor (1992) volvía después de cinco años al auditorio ovetense, esta vez en solitario, con un programa comprometido y bien planeado que ha llevado en su mini gira española (Las PalmasBarcelona y Oviedo, parada obligada en la capital del piano que escribía ayer en estas mismas páginas): primero los Drei Intermezzi op. 117 de Brahms, un aperitivo delicado donde el dolor emerge al final tras un ambiente íntimo creado desde la pureza y limpieza de sonido, sumada al poso que van dando los años.
Preparación necesaria para la impresionante Sonata en si menor, S. 178 de Franz Liszt, ángeles caídos remontando el vuelo desde una visión pianística que ha llevado al disco pero el directo hace siempre único e irrepetible. Cima compositiva del virtuoso abate magiar, cinco movimientos en continuidad demostrando que el intérprete británico tiene perfectamente interiorizada la fuerza que Liszt vuelca en esta sonata tan especial, auténtico éxtasis sonoro que alterna solemnidades celestiales y agitaciones demoníacas, luz cegadora y fuego extremo en un “Fausostenido” (si se me permite la licencia del fa# con el invocado Fausto), entrega tan explosiva que hubo de “extinguirse” al descanso, siempre necesario tanto para el Steinway© como para el intérprete tras el esfuerzo de este pianista menudo -en apariencia- tornado a “menudo pianista” en su regreso a nuestra tierra.
Misma pócima mágica para la segunda parte: Liszt y una «Berceuse quasi ChopiNana» (última licencia por hoy), pasional en entrega y lírica de visión global, antes de atacar la Sonata nº 3 en si menor, op. 58 del otro mago del piano romántico, Chopin tras Liszt. Una nueva visión de ángeles y demonios sin necesidad de mayores argumentos, que en las manos de Grosvenor fueron capaces de volar cual ángel caído redimido y regresar al Olimpo de Orfeo, reescribir una historia llena de colores pintados sobre el blanco y negro del teclado. Verdadera sonata cuatripartita reflejando la inquietud interior, el debate entre lo contundente y lo delicado, mano de hierro en guante de seda bien entendido, contrapuntos relucientes y derroche expresivo de un piano decimonónico con la visión del siglo XXI, una nueva aproximación del británico fascinado con poner juntos al polaco y al húngaro en un mismo programa, como comentaba en la entrevista para este periódico publicada el mismo día del concierto.
Repertorio imprescindible y de siempre por pianistas de hoy para llegar a un público joven de mañana, que debe conocer estas composiciones maravillosas llenas de sorpresas por descubrir. Y de regalo casi una tercera parte con igual receta, pero latina y del siglo pasado, obras que Benjamin Grosvenor transita habitualmente junto a los españoles: dos de las tres Danzas argentinas op. 2 del porteño Alberto Ginastera planteadas nuevamente como binomio, sensual y brillante, femenino y masculino en tiempos de indefiniciones, primero la Danza de la moza donosa y después la Danza del gaucho matrero. Si la primera vez auguraba a este Grosvenor del 92 un buen vino, la segunda degustamos ya un reserva que seguirá madurando en barrica de piano.

Oviedo capital del piano

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Martes 23 de noviembre, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo, Jornadas de PianoBenjamin Grosvenor (piano). Obras de: Brahms, Liszt y Chopin.

Reseña para La Nueva España del miércoles 24, con los añadidos de links (siempre enriquecedores), fotos propias y tipografía, cambiando muchos entrecomillados por cursiva que la prensa no suele admitir.
Tras Las Palmas y Barcelona, última y obligada parada en Oviedo de la gira que el pianista británico Benjamin Grosvenor ha realizado con un mismo programa plenamente romántico, que hubiera hecho las delicias del recordado Luis G. Iberni, “alma mater” de esta capitalidad ovetense para las 88 teclas desde hace 30 años.
Concierto con delicadezas como los Drei Intermezzi op. 117 de Brahms y la Berceuse de Liszt junto a dos de las más potentes sonatas para piano del siglo XIX: la tercera de Chopin y especialmente la Sonata en si menor de Liszt, repertorio al alcance de muy pocas manos, ahora en las de Grosvenor que volvía tras su visita hace ya cinco años con la Oviedo Filarmonía y N. Stutzmann.
Entonces me pareció un intérprete prometedor con el primer concierto de Brahms, comentando que el tiempo acabaría, convirtiendo como los buenos vinos, en un gran reserva.
Confirmación ovetense del aclamado pianista británico, ya figura mundial, Brahms delicado e íntimo antes del endiablado Liszt capaz de quemar el cielo y congelar el infierno, impactante interpretación que requirió reajustar el piano para volver con la pócima mágica: la “nana” engañosa del abate e incendiarlo con un Chopin fastuoso.
Sigue la pandemia, toses, paraguas y móviles que merecen castigo eterno en el Averno, solo absueltos por el Grosvenor “angelicalmente” poseído para danzar como malditos con el gaucho Ginastera en pareja: moza donosa con furioso matrero.
P. Siana

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