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Los ‘Orígenes’ de Lucía Veintimilla

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Martes 12 de diciembre, 20:00 horas. Teatro Jovellanos, Concierto nº 1674 de la Sociedad Filarmónica de Gijón: Lucía Veintimilla (violín), José Navarro Silberstein (piano). Obras de Jorge Muñiz, Schubert, BrahmsYsaÿe, Granados y Falla.

Penúltima escapada a Gijón para escuchar a la violinista «asturiana» Lucía Veintimilla por quien corre sangre musical desde antes de nacer, quien hubo de cambiar el programa inicialmente previsto por problemas médicos con el pianista Sergey Bezrodny (al que deseamos una pronta recuperación) pero que desde Bruselas pasando por Londres se trajo al boliviano José Navarro Silberstein (La Paz, 1995) que respondió a la perfección junto a la solista y compartiendo protagonismo en las obras a dúo.

Probablemente la premura en armar un nuevo programa nos privó de disfrutar el esperado, aunque sí mantuvo Veintimilla dos obras a solo para abrir cada una de las partes del concierto e incluidas en su CD Origins: works for solo violin (del sello asturiano ARIA classics): Salve Regina (2022) del asturiano residente en EEUU Jorge Muñiz a ella dedicada, y la sonata póstuma del virtuoso Ysaÿe, donde demostró desde su técnica una musicalidad innata, con una interesante obra compuesta en pandemia (explicada en las notas al programa por el musicólogo y crítico Jonathan Mallada) inspirado en el Gregoriano pero lleno de efectos, sonoridades actuales y una transcendencia que intenta reflejar una esperanza tras el Annus horribilis del Covid que ha dejado una buena cantidad de obras nuevas. Del violinista y compositor belga su sonata póstuma en tres movimientos, recientemente descubierta y con el gallego Manuel Quiroga como destinatario de la misma, trajo algún quebradero a la violinista asturiana, pero le imprimió el carácter a cada uno, especialmente en la Canzona central bien «cantada» y el toque jocoso del último.

Con el piano afrontaría dos sonatas de referencia para los estudiantes y que llevadas al concierto suponen un protagonismo compartido con el piano. La de Schubert titulada «Gran Dúo» ya está intrínseco en el propio sobrenombre (aunque publicadas como todas tras su muerte), cuatro movimientos bien contrastados y obra de transición hacia el romanticismo que se refleja en el respeto al genio de Bonn pero con la búsqueda de su propio lenguaje, inspirado como en sus lieder y donde el violín es la voz cantante. De nuevo musicalidad desbordante en Ventimilla aunque con algún traspiés de afinación y algo corta en volumen, tal vez por un piano con la tapa acústica totalmente abierta, pues Navarro se mostró seguro y respetando todos los matices escritos, así como un buen entendimiento con el violín, especialmente en el exigente movimiento final donde encajar los rapidísimos pasajes entre ambos intérpretes.

La primera sonata de Brahms adoleció de los mismos problemas aunque la escritura del alemán permite mayores dinamismos y juegos de tempo, destacando nuevamente en el Adagio pues es en los movimientos lentos donde pudimos saborear de las interpretaciones de Lucía y el buen acompañamiento de José, más conociendo el trasfondo o historia de ese segundo movimiento, casi una marcha fúnebre para su ahijado Félix Schumann.

La segunda parte más centrada con dos de los nuestros: Granados y Falla. Del catalán su Sonata H. 127 y con dos movimientos extremos conservados (el tercero desaparecido y del cuarto sólo unos bosquejos) que sólo suele escucharse el primero aunque el Scherzo es bellísimo con sus arpegios, escalas y hasta toques medievales, enlazando el romanticismo de Brahms con el Fauré de inicios del XX, y más cercano al francés por geografía y buena técnica compositiva donde abundan ya las señas de identidad de Don Enrique con más peso del violín que el piano, algo que así entendieron los intérpretes.

Y de las famosas Siete canciones populares españolas de Manuel de Falla para soprano y piano (la Sociedad Filarmónica de Gijón fue testigo de la gira de estreno de la obra, con el propio Falla al piano y la soprano Aga Lahowska en el concierto que ofrecieron en diciembre de 1917 en el antiguo Teatro Jovellanos), el propio compositor junto a Paul Kochanski prescindiría de la ‘Seguidilla murciana’ para «rehacer» esta Suite populaire espagnole, añadiendo más protagonismo aún al violín y con un piano más presente. Impecable el boliviano y cantando la asturiana de adopción con altibajos, siendo la Nana o la Asturiana donde poder apreciar su expresividad, faltando más encaje y presencia en el resto, aunque de nuevo reseñar la premura en este nuevo programa.

Dos regalos, desde «Liebesleid» de Fritz Kreisler que no podía faltar en estos conciertos de violín y piano, más la sorpresa de escuchar a cuatro manos a Fauré y su Berceuse, primera de la «Dolly Suite», el pequeño homenaje  al francés que no pudimos escuchar pero que siempre se agradece en cualquiera de sus obras camerísticas, y el recuerdo de la profesora de piano de Lucía (y de Jorge Muñiz entre muchos otros), Doña Purita de la Riva (Oviedo, 1933) que a su vez fue discípula del pianista de Sarasate y de Pau Casals, como también recuerda el profesor Mallada.

PROGRAMA

Jorge MUÑIZ (1974): Salve Regina para violín solo
(dedicada a Lucía Veintimilla).

Franz SCHUBERT (1797-1828): Sonata para violín y piano en la mayor «Gran Dúo», D. 574:

I. Allegro moderato – II. Scherzo. Presto – III. Andantino – IV. Allegro vivace.

Johannes BRAHMS (1833-1897)
Sonata para violín y piano en sol mayor nº 1, op.78:

I. Vivace, ma non troppo – II. Adagio – III. Allegro molto moderato.

Eugène YSAŸE (1858-1931): Sonata póstuma para violín solo, op. 27 bis:

I. Molto moderato ma con brio – II. Canzona – Lento e mesto – III. Finale Giocoso.

Enrique GRANADOS (1867-1916): Sonata para violín y piano, H. 127.

Manuel DE FALLA (1876-1946): Suite populaire espagnole
(arreglo para violín de P. Kochanski, de las Siete canciones populares españolas):

I. El paño moruno – II. Nana – III. Canción – IV. Polo – V. Asturiana – VI. Jota.

La viola romántica de Isabel Villanueva

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Miércoles 22 de noviembre, 19:45 horas. Teatro Filarmónica, Sociedad Filarmónica de Oviedo: Concierto 17 del año (2060 de la Sociedad). Isabel Villanueva (viola), Calio Alonso (piano). Obras de Schumann, Schubert, Wagner y Brahms.

Entre Madrid y Zürich camino de Alemania, nuestra violista más internacional, la navarra Isabel Villanueva (Pamplona, 1988) hacía parada en «La Viena Española» junto al pianista granadino Calio Alonso (Baza, 1985) para ofrecernos un programa germánico de puro romanticismo, donde el instrumento de Enrico Catenar (Turín, 1670) cantó lieder sin necesidad de palabras. Las reseñas que acumula la pamplonesa la definen como «artista que arriesga», «artista sensible que sabe sumergirse en lo más profundo de la música» y añadirle la pasión en cada obra que afronta, encabezando el movimiento «Viola Power», interpretando tanto compositores actuales como los llamados clásicos. Un miércoles para seguir llenando de calificativos una biografía que no para de crecer.

Villanueva nunca defrauda, sea camerística o sinfónica, y esta fría tarde del otoño asturiano en su nueva visita a la capital asturiana, debutando en la centenaria sociedad ovetense, nos traería un repertorio con cuatro «tops románticos» germánicos para disfrutar de su sonido hermoso, siempre a caballo entre el violín y el chelo pero con un timbre «más humano» por cercanía en el registro a la voz natural, que además habla en cada pentagrama, transmitiendo una sensación de calma interior, jugando con las tesituras de las obras elegidas.

Con el piano del baezano la primera parte comenzó con Schumann y una de las tres romanzas (para oboe aunque hay versiones para violín, clarinete o esta tarde viola con piano), que se indica como «Nada rápida», abriendo los oídos del Filarmónica en un canto pausado, respirando con largos trazos dialogados junto al piano siempre compañero más que acompañante, para pasar sin pausa a Schubert y su conocida Sonata «‘Arpeggione’, D 821, instrumento «transmutado» a la viola, la calidez del registro propio bien entendida con el piano del bastetano. Tres movimientos para comprobar que la música bien escrita admite versiones, y Villanueva las trata con el respeto al original pero desde la sonoridad ideal de una viola capaz de sonar aterciopelada (impecable el Adagio central) e incisiva, interiorizada y cantarina. Tan solo en los pizzicatti perdió algo de volumen pese al mimo del piano, aunque la tímbrica funcionó y el aliento romántico se mantuvo en los cuatro movimientos si sumamos como primero la romanza, matices amplios en el dúo y aires germanos de salón hoy convertido en teatro.

Y dos «pesos pesados» para a segunda parte, un programa que sonará pronto en Suiza, lieder que  canta la viola de Villanueva compartiendo musicalidad con el piano de Alonso. Primero los Wesendonck Lieder de Wagner, arreglados por la propia Isabel en una tarea donde comunicar esas páginas originales  para voz femenina en una visión diría que didáctica, pues lo camerístico y vocal es fuente básica en la escucha y por supuesto en la interpretación, obligando a «cantar interiormente» los poemas de Mathilde Wesendonck, el único (?) amor platónico del alemán. Mientras Wagner trabajaba en el primer acto de Tristán e Isolda escribe este ciclo de cinco canciones de lo más inspiradas, una música de «transfiguración y consagración supremas» que la viola de Isabel Villanueva y el piano de Calio Alonso entendieron como tal. Arranque dubitativo pero expresivo, planos sonoros amplios ricos, cantos de emociones elevando estas páginas vocales al color y calor instrumental, que en cierto modo recrearán pronto en el Zurich wagneriano el episodio de su «envío a Venecia» por parte de Minna Planner. Melodía pura en Der Engel con un piano matizado; súplica estática en Stehe still!, el inspirador preludio «isoldiano» mejor desnudo de palabras pero vestido con el color de la viola y una orquesta de 88 teclas pidiendo se detenga el tiempo; penas o tormentos del Schmerzen que cantó en todo el registro vocal la viola de Villanueva bien asentada en Alonso; y final del estudio para Tristán, «el olvido de todo, el único recuerdo» que devolvía y compartía protagonismo en este dúo antes de afrontar el final del concierto.

Y para amor platónico el de Brahms hacia Clara Schumann, cerrando el círculo del programa. Otros cinco «lieder» sin necesitar palabras, bellísima la elección e interpretación de todos y cada uno de ellos, el último romántico y gran melodista que se adapta como un guante a esta reinterpretación con la viola y el siempre exigente piano. Comenzaría el dúo con las dos primeras del op. 105, la melodía que atrapa (Wie Melodien zieht es mir) y el sueño tranquilo (Immer leiser wird mein Schlummer), que bisarían al final, canto de tenor más que viola, articulando cada frase en diálogo perfecto con un piano profundo. El alegre y breve «Domingo» (Sonntag), tercero de los cinco op. 47 que la viola sonó aquí a mezzo corpórea con un piano cristalino. Finalizarían con dos de las cuatro op. 43: segunda «La noche de mayo» (Die Mainacht), piano tranquilo sobre el que se dibuja una de las más bellas melodías del «eterno enamorado» en la viola reposada y profunda con agudos contenidos cual voz femenina de soprano, para finalizar con la primera «Del amor eterno» (Von ewiger Liebe), como un cambio de registro de la viola al mejor barítono de lied con piano alemán, un tándem de intensidades y complicidad para una pasión compartida.

Un programa de canciones sin palabras donde se sumaría nuestro Falla con el último Polo de las «Siete Canciones Populares Españolas«, cantando con la viola como «la Berganza» y el piano de Lavilla, otro tándem ideal para cerrar concierto, aunque ante el éxito bisaron el Immer leiser wird mein Schlummer de Brahms.

PROGRAMA

PRIMERA PARTE

R. Schumann (1810-1856): Drei Romanzen, op. 94: «Nicht schnell»

F. Schubert (1797-1828): Sonata «‘Arpeggione’, D 821: I. Allegro moderato; II. Adagio; III, Allegretto

SEGUNDA PARTE

R. Wagner (1813-1883): Wesendonck Lieder *: «Der Engel»; «Stehe still!»; «Im Treibhus» **; «Schmerzen»; «Tráume» **

* Arreglo de Isabel Villanueva – **  – Stude zu Tristan und Isolde

J. Brahms (1833-1897) Fünf Lieder, op. 105: 1. «Wie Melodien zieht es mir»; 2. «Immer leiser wird mein Schlummer»

Fünf Lieder, op. 47: «Sonntag»

Vier Gesánge, op. 43: «Die Mainacht»; «Von ewiger Liebe»

La «siguiente generación» ya pide paso

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Viernes 3 de octubre, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo, NextGen: Concierto final de la Masterclass internacional de dirección de orquesta con Johannes Schlaefli. OSPA, Maximilian von Pfeil (cello). Obras de Verdi, Weber, Elgar, Beethoven, Brahms, Dvórak y Chaikovski. Entrada de butaca: 5 €.

La OSPA ha celebrado a lo largo de esta semana la primera masterclass de dirección con el profesor de la University of Fine Arts en Zurich (ZHdK) Johannes Schlaefli (1957) enfocado para directores profesionales y estudiantes avanzados de dirección, una feliz iniciativa del titular Nuno Coelho, que fuese alumno del afamado maestro. De las 153 candidaturas recibidas (todo un éxito de convocatoria), entre Schlaefli y Coelho optaron por 8 finalistas, cuatro de ellos españoles, que trabajaron una selección de obras elegidas por ambos maestros, trabajándolas con la orquesta durante cinco días y un tiempo de podio de aproximadamente 130 minutos. Además de las sesiones con la orquesta por la mañana, hubo sesiones de retroalimentación y clases grupales por la tarde con Johannes Schlaefli, tal y como nos comentó en el encuentro previo celebrado a las 19:15 en la sala de cámara junto a la gerente de la OSPA Ana Mateo que hizo las labores de entrevistadora, moderadora y traductora.

Las técnicas de dirección y ensayo, así como el análisis de partituras, fueron el eje central de la clase magistral, y todas las sesiones de la orquesta fueron grabadas por un equipo de grabación de video profesional disponibles para todos los participantes, con lo que supuso de ampliación de experiencias antes de llegar a este concierto final, que hasta el miércoles no se decidió qué obras iba a dirigir cada uno, trabajando todos las ocho seleccionadas. Como comentó en la conferencia, a sus alumnos de dirección en Zúrich, y esta vez en Oviedo, les recomienda tener pasión por la música y humildad tras ser preguntado por cómo saber dónde había talento, sumando el trípode que se completa con la «química» entre dos seres como resultan ser una orquesta y su director. Evidentemente con nuestro titular portugués acertó y personalmente le felicité por su «ojo docente» y magisterio musical que la experiencia aporta, y en Asturias lo sabemos, viendo además la trayectoria nacional e internacional emprendida por Nuno Coelho.

El concierto se organizó como un programa especial a la forma clásica: dos oberturas, concierto solista y una «supersinfonía» de cuatro grandes manteniendo los tiempos: Allegro, Adagio, Scherzo y Finale. Sabia elección de obras conocidas por todo aficionado que no cubrió las expectativas de esta nueva apuesta, pues la OSPA imagino el esfuerzo que habrá supuesto ensayar estas obras con ocho visiones tan personales domo los finalistas, más todas las correcciones del Maestro Schlaefli que una vez pasado el ecuador y viendo lo que mejor le iba a cada «alumno», ya se centrarían todos en una sola partitura. Por ello mi primera felicitación a todos los músicos, que sin concertino volvieron a invitar a Jordi Rodríguez Cayuelas y María Ovín de ayudante. Con  obras que todos «tienen en vena» la versatilidad, profesionalidad y cariño con que se adaptaron a los cinco directores y tres directoras es digno de reseñar. Y mención especial al principal de cellos Maximilian von Pfeil como solista en el hermoso y difícil concierto popularizado hace décadas por Jacqueline du Pré junto a su marido Daniel Barenboim, que el alemán bordó siendo la obra estrella para todos, incluyendo a su compatriota y segundo director a quien le correspondieron los dos últimos movimientos.

Dejo a continuación cómo fue el reparto de obras y directores/as, todos trabajando de memoria salvo para el concierto de Elgar como es lógico, experiencia variada en todos, para seguir comentando mis impresiones con las biografías de los ocho que se pueden comprobar en el PDF del programa de mano, añadiendo que esa hoja la cubrimos con nuestro/s «favorito/s» en una urna a la salida del concierto.

Giuseppe Verdi (1813-1901): La fuerza del destino, obertura. Dirigida por el brasileño Richard Octaviano Kogima, músico completo (también pianista y compositor) con las ideas claras como su gesto, preciso y dejándonos un colorido Verdi más sinfónico que operístico.

Carl Maria von Weber (1786-1826):
Oberón, obertura. Dirigida por el cordobés David Fernández Caravaca (1995) musicalmente pasional y de formación «germana», marcando todo con claridad y sin rigidez. Página difícil con la que se desenvolvió sin problemas.

Edward Elgar (1857-1934) Concierto para violonchelo en mi menor, op. 85: Siempre es difícil «concertar» con el solista aunque Maximilian von Pfeil es músico curtido también el atril. Los dos primeros movimientos (I. Adagio moderato; II. Lento – Allegro molto) los llevó el valenciano Adrián Moscardó (1989) con una amplia trayectoria en la dirección que está finalizando en la ESMUC barcelonesa con los maestros Johan Duijck y Salvador Brotons. Se le notó trabajado el concierto aunque hubiese necesitado mejorar los balances de las distintas secciones aunque fuesen claros los tempi y el aire, «mandando» el solista, sabedores que en estos casos el entendimiento con el podio es imprescindible. La OSPA respondió a todas las indicaciones muy disciplinada. Con aplausos que rompieron la necesaria unidad de este maravilloso Elgar, subía para los dos últimos movimientos (III. Adagio; IV. Allegro – Moderato – Allegro ma non troppo – Poco più lento – Adagio) el alemán Jascha von der Goltz, que demostró su magisterio internacional y trayectoria en la batuta. También alumno de Schlaefi se notan las tablas, sin apenas necesitar la partitura, bien en la concertación y el balance, gesto claro para los movimientos más exigentes y agradecidos, excelente transición al largo cuarto tras la impecable cadenza del cello y con amplias dinámicas que engrandecieron y lograron el «trípode» con la conexión y el buen hacer entre todos.

Tras el descanso los siguientes candidatos en una «sinfonía única» donde no podían faltar dos quintas («no hay quinta mala» como siempre digo) en los movimientos extremos, y con tres directoras que no solo demostraron que estamos en el siglo del salto de la mujer al podio por su preparación bien visualizada y modelo para la «next generation»:

Ludwig van Beethoven (1770-1827): Sinfonía nº 5 en do menor, op. 67, I. Allegro con brio. Con decisión, valiente en el tempo y sin apenas respiro en los ataques arrancaba la alemano-colombiana Anna Handler una de las páginas más conocidas del sinfonismo, siempre difícil aportar algo nuevo que en este caso fue la fluidez y el dejar que la música transmita, no siempre marcando todo. Esta directora y pianista formada en Munich es titulada en la afamada Julliard School neoyorquina desde el mes de mayo pasado, y con las ideas muy claras para esta obra, ceñida a en cuanto a las dinámicas escritas pero con el crescendo final donde se notó muy trabajado y con las «masterclass» unidas a la «docilidad» de nuestra orquesta, volvieron a emocionar en esta quinta.

Johannes Brahms (1833-1897): Sinfonía nº 2 en re mayor, op. 73, II. Adagio non troppo, que estuvo en las manos del madrileño-leonés Jorge Yagüe (1996) también formándose en Zúrich con el maestro Schlaefli y trabajando ya con distintas orquestas españolas y europeas. La experiencia se nota en un gesto amplio, expresivo, atento a los matices aunque, como a muchos de sus compañeros en el podio, necesita encontrar el balance adecuado saber «sacar a la luz» los motivos sin perder ningún detalle orquestal, que con tiempo lograrán todos pues hay mucho trabajo previo que tienen hecho.

Antonin Dvorak (1841-1904) Sinfonía nº 9 en mi menor, op. 95 «Del Nuevo Mundo», III. Scherzo. Una de las sorpresas de la noche fue la valenciana Celia Llácer (1994), sin batuta y con toda la energía que este movimiento exige. Matizando sin problemas, dirigiendo con todo el cuerpo y de nuevo siguiendo las clases, con pasión, más que precisión. Se nota que lleva desde niña en el mundo musical y lo transmite nada más subirse a la tarima. Ha dirigido la JOECOM (Joven Orquesta de Colegios Mayores), trabajadora, formada en el Centro Superior Katarina Gurska con Borja Quintas y asistente de grandes maestros no podemos olvidarnos de esta joven que seguro dará mucho juego en los próximos años, demostrando cómo ha cambiado y mejorado el panorama español también en el mundo de la dirección orquestal. La OSPA rindió a tope y con la complicidad que dejó fluir esta maravillosa música fue otra de las triunfadoras del concierto.

Piotr Ilich Chaikovski (1840-1893): Sinfonía nº 5 en mi menor, op. 64, IV. Finale (Andante maestoso – Allegro vivace). Cierre por todo lo alto con la coreana Subin Kim, formada en Alemania. Claridad y precisión fueron sus rasgos aunque el tempi se «cayese» un poco antes del puente. Imposible no entregare en este final de la quinta del ruso, y aunque los metales parecieron desbocarse sin que la maestra los amarrase cortos, hubo convencimiento y pasión en esta interpretación, más brocha que pincel y comprobando que existe un mal generalizado en confundir los crescendi con los acelerando, pero el ímpetu juvenil no tiene nacionalidad y instrumento concreto, en este caso una OSPA que sonó confiada, de nuevo.

Un gran concierto de jóvenes con formato decimonónico en el programa, obras para todos los públicos, incluso para algún despistado que vino «confundido» y marchó feliz, continuar trabajando para formarse (en música nunca se acaba) y el lujo de contar con la OSPA para estas batutas que anotaremos para ver su progreso en el siempre difícil terreno de la dirección orquestal. En Oviedo han tenido una oportunidad para demostrar su valía y aprendizaje permanente con un gran maestro y la mejor orquesta a su servicio.

Excelente iniciativa en apoyo de las jóvenes «nuevas generaciones» (con PPerdón) que repetirán el próximo mes ya con Nuno Coelho al frente y dedicado a la viola con Sandra Ferrández.

Sin riesgo no hay emoción

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Viernes 13 de octubre, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo, Abono 1: OSPA, Javier Perianes (piano), Nuno Coelho (director). Obras de Brahms, Ligeti y Bartók.

Con ilusión arrancaba este viernes al fin otoñal la segunda temporada del director portugués Nuno Coelho al frente de la OSPA y con un encuentro previo 45 minutos antes con el público en la sala de cámara, que como el propio maestro indicó, en compañía de la gerente Ana Mateo, se repetirán antes de cada abono con la presencia de los invitados, solistas y respondiendo a las dudas o aclarando las obras a escuchar, como en el caso de este primero, algo que repetiría al inicio de la segunda parte, una de las tres novedades junto a los conciertos de cámara dominicales a las 12:30 horas, que serán mensuales en esta misma sala donde poder disfrutar de los músicos de nuestra orquesta, y el Concierto de San Xuán el 21 de junio del próximo año donde sonará música de su país con Camané & Trío en el espectáculo «Fado» junto a la dupla OSPA-Coelho donde cada abonado que traiga otro nuevo se le regalarán dos entradas.

Este primer concierto, con escasa presencia de público que comienza a ser precupante, independiente de que en el Campoamor hubiese la función «joven» titulada «Viernes ópera», traía un arriesgado programa tanto por las obras como por la apuesta personal del propio director, contando en la primera parte con Javier Perianes como solista del Concierto para piano y orquesta nº 1 de Brahms (1833-1897). El regreso del onubense como colaborador de la OSPA –que sigue sin concertino, estando hoy el  murciano Jordi Rodríguez y de ayudante Fernando Zorita (no como indicaba el programa de mano, más pequeño y delgado que en temporadas anteriores)- parece no fue suficiente para llenar más butacas, una verdadera lástima porque el excelente momento por el que atraviesa el de Nerva unido al trabajo del maestro de Oporto que ya comienza a notarse en la orquesta, era un motivo más que suficiente.

Con un Maestoso poderoso en la OSPA y algo titubeante el arranque del pianista, las líneas divergentes  con unos pedales no muy claros, fueron confluyendo y caminando paralelas a medida que avanzaba este primer movimiento, casi una sinfonía por escritura y auténtico duelo de titanes que el maestro Coelho concertó a la perfección, manteniendo unas dinámicas muy equilibradas y sacando el mejor Brahms. Pero sería el Adagio la maravilla del programa donde Perianes y la OSPA mostraron una amplísima paleta de matices, pianissimi de cortar el aire con una línea melódica plena y riquísima. Más arriesgado por tempi el último Rondó: Allego non troppo que pese a «caerse alguna nota» no impidió volver a disfrutar del equilibrio dinámico entre piano y orquesta de nuevo con un total dominio de la partitura por parte del director portuense, caídas a tempo, encajes perfectos y llevando este primero de Brahms a buen puerto con todas las aristas que conlleva para los intérpretes pero que el onubense amalgamó desde su amplio bagaje con todas las referencias de Brahms a Mozart, Beethoven o la propia Clara Schumann tan excelentemente retratada en el adagio central. Una lección de piano contundente a cargo de un Perianes que saldría al descanso camino del aeropuerto asturiano para tomar un vuelo a Barcelona (donde interpretará el «Emperador» junto a la Orquesta Sinfónica del Liceu bajo la batuta de Josep Pons) con una agenda de lo más apretada que nos lo traerá de nuevo a Oviedo el 10 de mayo junto al Cuarteo Quiroga.

Aún hubo tiempo para el homenaje de Perianes a la centenaria Alicia de Larrocha con el Notturno de Grieg, el nº 4 de las «Piezas líricas», libro V, op. 54, una perla sentida, delicada, con los claroscuros «marca de la casa» que siempre me han llevado a llamarle «el Sorolla del piano«.

Arriesgada segunda parte magiar, comenzando por San Francisco Polyphony (1973-74) de György Ligeti (1923-2006), aprovechando otro centenario como el del húngaro nacionalizado austriaco, obra escrita para conmemorar el 60º aniversario de la Orquesta Sinfónica de San Francisco estrenada el 18 de enero de 1975 por el entonces titular Seiji Ozawa, con el que Haruki Murakami, Premio Princesa de Asturias de las Letras este año, conversa en su obra Música, sólo música como bien recuerda en las notas al programa Pablo Gallego. Esta obra de Ligeti no  está al alcance de cualquier orquesta ni director pues exige un control absoluto de los registros en cada sección e instrumentos, y el juego polifónico obliga a un permanente balance en el punto exacto, más allá de virtuosismos, silencios y hasta la textura sinfónica, que el húngaro teje como pocos en todas sus obras, tanto camerísticas como sinfónicas, en esa denominada «angustiosa incomodidad» de su escucha. Sin imágenes para esta «otra banda sonora» no utilizada por Kubrick pero que bien podría haberlo hecho, OSPA y Coelho apostaron por el riesgo de la dificultad para emocionar con música del pasado siglo que sigue estando demasiado ausente en el actual y que aplaudo haber programado en este #Ligeti100 del que disfruté y mucho este verano en Granada, con un final para anotar: los músicos y el director «congelados» literalmente tras el final, fotografía musical que perduró para disfrutar también del silencio en una auténtica «Atmóspher» final.

Y para rematar emociones, orquestaciones impresionantes, calidades de la mejor Hungría, trabajo minucioso de orquesta y director, así como otra «banda sonora» con imágenes terroríficas tras una primera guerra mundial, de la que seguimos sin aprender nada en estos días, la suite de El mandarín maravilloso, op. 19, Sz. 73 (1918-24) de Béla Bartók (1881-1945), «música infernal», depravación humana tan tristemente actual, caótica en expresión pero perfectamente ordenada a cargo de Coelho y una OSPA musculada de gran plantilla en donde el clarinete de Andreas Weisgerber nos subyugó y sedujo como a los vagabundos del ballet, riesgo asumido por todas las secciones a la misma altura (triples vientos, cuatro percusionistas, celesta y piano), partitura muy trabajada que nos dejó impactados y emocionados con este mandarín maravilloso que nos «robó» el final trágico de la pantomima original.

La próxima semana volverá la OSPA para el llamado «Concierto de los Premios», aunque me conformaré con el ensayo general, pero el programa (Fantasía sobre un tema de Thomas Tallis y Dona nobis pacem de Ralph Vaughan Williams) y el director (Martyn Brabbins) merecerá la pena para seguir comprobando el nivel ya recuperado por la orquesta de todos los asturianos.

El Cosmos concuerda

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Viernes 14 de julio, 21:30 horas. 72 Festival de Granada, Patio de los Mármoles (Hospital Real), “Música de cámara”, #Ligeti100: Cuarteto Cosmos. Obras de Brahms, Tomás Marco y Ligeti. Fotos propias y de Fermín Rodríguez. 

En este Festival de Granada la música de cámara tiene su espacio y en el caso de los cuartetos el programa nos está trayendo de lo mejor en el panorama internacional, este viernes con el Cuarteto Cosmos (2014) catalán y otro homenaje al gran György Ligeti (1923-2006), sin olvidarnos de Tomás Marco (1942), compositor residente esta edición, y Johannes Brahms (1833-1897) en un programa intenso y exigente desde el Patio de los Mármoles en el Hospital Real.

También Schumann está en el aire de estos días, y Brahms se encontró con él en 1853 ya con la idea de componer cuartetos. El Cuarteto nº 2 en la menor, op. 51/2 (1873) es buena forma de comenzar un concierto y el Cuarteto Cosmos ya mostró sus cartas con un sonido homogéneo -tocan con instrumentos construidos exprofeso por el prestigioso luthier barcelonés David Bagué– y en el Allegro ma non troppo las melodías juegan con las combinaciones de los cuatro y una energía que se ve además de escucharse. El Andante moderato mantuvo ese lirismo romántico, heredero de Schubert o Schumann sin faltar la carga dramática con intensidades muy amplias. Con esas alternancias de melodismo y dibujos claros en el cuarteto el breve Quasi Minuetto, moderato, prepararía el ambiente sombrío del Finale. Allegro non assai, con la alternancia o juego de los temas, decidido el primero y más lánguido el segundo, danzables para disfrutar de un violín carnoso y penetrante preparando la creciente agitación del cuarteto, aires zíngaros que con su ritmo contagioso redondearon un buen Brahms con los catalanes.

Tras el descanso, cambio de idioma, de estilo, de colores y sonoridades con tímbricas explorando todos los recursos del cuarteto de cuerda: armónicos, golpes de arco, pizzicati violentos, fraseos de dinámicas bruscas en dos páginas de mi generación, primero el Cuarteto nº 4 «Los desastres de la guerra» (1996) de Tomás Marco, que continúa vigente tal y como estamos comprobando en este Festival. Juan Manuel Viana en sus notas al programa repasa la trayectoria del compositor madrileño en sus composiciones para cuarteto de cuerda: Los desastres de la guerra (…) compuesto en 1996 por encargo del Festival de Santander y estrenado el 24 de agosto de ese año por el Cuarteto Paul Klee en el Santuario de la Bien Aparecida (…) presenta, según su autor, algunos puntos en común con el cuarteto anterior: «Se trata de un material musical rigurosamente objetivo en el que se desarrolla, por aplicación de algunos principios de crecimiento fractal, un sistema de proporciones que confluyen en la creación de una forma autónoma». Como en Los caprichos, Tauromaquia, La nuit de Bordeaux o Tapices y disparates, la alusión a Goya no pretende describir o evocar su pintura sino «asumir algunos de sus planteamientos estéticos y expresivos»”. Si la música de Marco sigue siendo actual, tristemente también las guerras y el dolor que conllevan. Este cuarteto es desgarrador, gris, violento como van desgranando las cuerdas y arcos, sonidos por momentos hirientes, casi una banda sonora de la devastación bélica que Goya ya pintase pero hoy basta con ver las noticias porque esta música sirve para todas ellas. El Cuarteto Cosmos se volcó con una página muy exigente de ejecución e interpretación de la barbarie: empaste y entendimiento total de los catalanes, contrastes extremos entre violín y cello, contestaciones del segundo y la viola, un relato sobrecogedor el de Tomás Marco perfectamente resuelto por unos músicos excelentes.

Y tras una pausa para tomar aire pero con las mismas sensaciones vendría el Cuarteto de cuerdas nº 1 «Metamorfosis nocturnas» (1953-1954) de György Ligeti, a quien el Festival le está homenajeando en el centenario de su nacimiento. El húngaro también sufrió en sus carnes la dictadura magiar y mucha de su música quedó en el cajón como él mismo lo escribió. Obra de juventud con clara inspiración en los cuartetos 3 y 4 de Bartók que sólo conocía por la partitura, aunque escrito en un único movimiento, está dividido en doce secciones breves que van contrastando, casi como en el cuarteto de Marco. El término «Metamorfosis» designa, en palabras del húngaro «una serie de variaciones de carácter atemático, que se desarrolla a partir de un motivo de base. Melódica y armónicamente la pieza descansa sobre el “total cromático”, mientras que desde un punto de vista formal permanece fiel a los criterios del clasicismo vienés: carácter periódico, imitación, despliegue del material motívico, desarrollo, reparto entre los instrumentos de la melodía cortada en frases breves». Si el cuarteto catalán toma el nombre de Cosmos, con esta metamorfósis está claro que es todo un universo de la cuerda, jugando con las palabras, todo concuerda en este Ligeti que desplegó no ya los recursos y sonoridades rompedoras en los años 50, toda la tensión y discurrir “biológico”, nacimiento, desarrollo, madurez, cambios de tamaño, como una clase sonora de la propia evolución vital y recordando que la palabra griega significa “transformación” sin olvidarnos del alemán Kafka. Increíble la partitura de Ligeti y asombrosa la interpretación del Cuarteto Cosmos.

Tras tanta tensión, dramatismos, sonoridades violentas, incisivas, volúmenes extremos de los pianos casi inaudibles a los fortes con los arcos como cuchillas, el mejor regalo vendría de Schubert y el Andante del Cuarteto “Rosamunda” nº 13, en la menor, D804 op. 29. La música de mi generación no se entiende sin escuchar primero a los grandes románticos, y tras el Brahms inicial el círculo se cerraba con Schubert, historias musicales donde el cosmos concuerda.

Y con cuerda aún nos espera el Armida Quartett el día 17, que contaremos desde aquí.

Cuarteto Cosmos:

Helena Satué (violín) – Bernat Prat (violín) – Lara Fernández (viola) – Oriol Prat (violonchelo)

PROGRAMA

Johannes Brahms (1833-1897)

Cuarteto nº 2 en la menor, op. 51/2 (1873)

Allegro ma non troppo – Andante moderato – Quasi Minuetto, moderato / Allegretto vivace – Finale. Allegro non assai

Tomás Marco (1942)

Cuarteto nº 4 «Los desastres de la guerra» (1996)

György Ligeti (1923-2006)

Cuarteto de cuerdas nº 1 «Metamorfosis nocturnas» (1953-1954)

El piano mágico de Seong-Jin Cho

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Domingo 4 de junio, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo, Jornadas de Piano «Luis G. Iberni», concierto de clausura: Seong-Jin Cho (piano). Obras de Brahms, Ravel y Schumann.

Con expectación, aunque el público esta vez no respondió como se merecía, llegaba en gira a «La Viena Española» el pianista surcoreano Seong-Jin Cho (Seúl, 1994) para clausurar estas «jornadas del reencuentro» con un programa verdadero «tour de force» para todo pianista por la magnitud de las obras elegidas, y ciertamente no defraudó. Avalado por muchos premios internacionales, formado en París y residente en Berlín, Seong-Jin hizo del piano una chistera de donde salieron colores, serpentinas y confeti, acuarelas… y hasta los fantasmas de Brahms y Schumann que parecen hacerse quedado impregnados en este auditorio tras una temporada que de nuevo ha puesto el listón muy alto.

©ShivaKesch

No hace falta leer críticas de los conciertos de esta nueva figura del piano, aunque repita programa, muy preparado lógicamente, para ver que el coreano deslumbra en todas sus apariciones. Dotado de una técnica asombrosa que le permite arrancar del piano todas las sonoridades imaginables adaptadas a cada compositor, solidez interpretativa en un solista que no ha cumplido la treintena aunque lleve desde los 6 años frente al teclado, y parece increíble cómo puede pasar del romanticismo al impresionismo con una facilidad pasmosa. Seong-Jin Cho ya está en la élite de los pianistas de nuestro tiempo, música a borbotones desde una gestualidad tanto digital como corporal que le transforma frente al teclado. Encogido, separado, girado en la banqueta, de pies inquietos pero con un manejo de los pedales impecable, interiorización previa, con una gama de matices increíble desde una aparente fragilidad física sacando fortissimi orquestales y pianissimi íntimos, madurez juvenil de fraseos naturales y naturales, pero sobre todo su sonido bellísimo y tan trabajado que el Steinway© del auditorio sonó como nunca, sin castañeteo en los agudos y con graves poderosos que dotaban cada página de una pátina indescriptible por la mencionada magia del surcoreano.

Las notas al programa de Ramón Avello desgranan las obras de los tres compositores y Cho las convirtió en magia sonora al piano. Sonaría primero Johannes Brahms (1883-1897) y sus líricas e instrospectivas Klavierstücke, op. 76 (1878) que fueron la mejor presentación del surcoreano, eligiendo cuatro de las ocho piezas (I. Capriccio en fa sostenido menor. Un poco agitato; II. Capriccio en si menor. Allegretto non troppo; IV. Intermezzo en si bemol mayor. Allegretto grazioso; V. Capriccio en do sostenido menor. Agitato, ma non troppo presto) donde poder volcar toda su creatividad tanto sonora como interpretativa en estas «piezas para piano» que alternan la emoción apasionada con la meditación y delicadeza. Como explica Avello sobre Brahms, utiliza dos nombres como títulos genéricos, «Capriccio» e «Intermezzo» para dicha diferenciación expresiva, cuatro números mágicos desde la primera dedicatoria a Clara Schumann, «el fantasma del auditorio» que no quiere marcharse, al popular segundo capricho donde se respira aire zíngaro, del interiorizado cuarto donde la gestualidad del surcoreano acompañaba una expresividad germana, hasta rematar con esa lucha entre la tensión violenta y la inestable serenidad de dos manos que sonaban como cuatro, siempre usando una pedalización perfecta para poder escuchar todas y cada una de las notas con la presencia y volumen justos.

Y casi complemento de la primera, la segunda parte dedicada a Robert Schumann (1810-1856) y sus Estudios sinfónicos, op. 13 (1834-1835) donde también incluirá dos de las variaciones póstumas escritas en 1837 (1. Tema. Andante; 2. Variación 1: Un poco più vivo; 3. Variación 2; 4. Étude 3: Vivace; 5. Variación 3; 6. Variación 4; 7. Variación 5; 8. Variación IV de Variaciones póstumas; 7. Variación 6: Allegro molto; 8. Variación 7; 9. Variación V de Variaciones póstumas; 10. Étude 9: Presto possibile; 11. Variación 8; 12. Variación 9; 13. Finale. Allegro brillante). El «piano chistera» volvió a expulsar todo lo que estas páginas esconden, temas velados que aparecen mágicamente, unos bajos «pellizcados» para que la melodía emerja como un ruiseñor de semicorcheas celestiales, otro fantasma como el de Paganini donde el piano es violín y orquesta virtuosa, arpegios y corales organísticos de reflexión mística, la cuarta variación póstuma de un recordado «Carnaval» saliendo de la caja armónica, la séptima variación evocando al «dios Bach» transmutado a las 88 teclas cual orquesta sinfónica donde las secciones están en las blancas y negras que lograban sonar siempre ricas, limpias, atmosféricas, líricas y contundentes, todo en el piano mágico de Cho.

Pero quiero pararme en Maurice Ravel (1875-1937) por lo etéreo, evanescente, rompedor en su momento, más allá del «impresionismo» de Debussy porque como buen orquestador que fue, su paleta instrumental ya se nota en su obra pianística, y ninguna mejor que Miroirs (Espejos)  compuesta entre 1905 y 1906, cada vez más actual cuando se acierta con el sonido, y Seong-Jin Cho fue mago y pintor de timbres todos bellos, variados, ricos, inimaginables en todo el teclado, que personalmente intenté buscar por internet alguna ilustración (como las de mi admirado Jorge Senabre) que completasen lo experimentado tras la interpretación de este «juego de espejos» del hispanofrancés a cargo del surcoreano que estudió en París, más salitre cantábrico que mediterráneo aunque no estaría mal escucharle interpretar a Mompou.

Cinco cuadros de un joven compositor pintados por otro joven pianista, «el intento de captar el alma o la visión de las cosas que vive detrás de las apariencias» en palabras de Ramón Avello, y cinco dedicatorias a los amigos de Ravel integrando en «Los Apaches». Como si de una acuarela se tratase por la ligereza del trazo, mezclando el color sobre el papel, retocando a veces con tinta china, manchas y líneas, así fue creando Seong-Jin cada obra en un personal «promenade» también gestual: I. Noctuelles (Polillas). Trèsléger, como el vuelo hacia la luz en un baile sin danzantes; II. Oiseaux tristes (Pájaros tristes). Trèslent, dedicada a nuestro Ricardo Viñes que estrenaría estos «espejos», aire mediterráneo y melancólico en el París centro artístico de inicios del XX donde el canto del mirlo parecía recordar la Iberia trasmontana; III. Une barque sur l’océan (Una barca en el océano). D’un rythme souple, de nuevo el Cantábrico de trazo ligero, colores dibujados en modo menor para descubrir un oleaje de arpegios pintados al piano; IV. Alborada del gracioso. A ssezvif, lo más español desde la infancia raveliana en Ciboure y San Juan de Luz, la pasión vasca desde un piano guitarrístico, pleno de ritmo, de profundidad sonora tan «ibérica» como la de Albéniz y esperando también un acercamiento de Cho a la «biblia del de Campodrón» porque puede ser todo un acontecimiento; finalmente V. La vallée des cloches (El valle de las campanas). Très len, un piano pleno de tímbricas más allá de las indicaciones de la partitura, la tranquilidad expresiva del surcoreano en otro alarde mágico de sonoridades sutiles, llenas, redondas, que remataron un Ravel más allá de lo esperado.

Y tras Brahms, Ravel y Schumann, aplausos de admiración y respeto obligando a varias salidas del pianista con dos propinas que tiene registradas en su último CD «The Handel Project» editado con el sello amarillo, y engrosando un plantel de jóvenes intérpretes que ya son figuras mundiales.

Un Händel tan sorprendente como el Purcell de Don Gregorio, la vuelta de tuerca por retornar para el piano el universo barroco y la inspiración del hamburgués. Primero el IV. Menuet de la Suite en si bemol mayor, HWV 434 en el arreglo de W. Kempff, uno de mis intérpretes de juventud, y después el IV. Air de la Suite en mi mayor, HWV 430, no ya magia del número 4 que cierra las suites, el propio contraste de dos páginas que el piano de Cho reinterpretó con unas ornamentaciones limpias y precisas, matizadas, sutiles, sin excesos dinámicos y utilizando el piano como tal sin buscar imitaciones clavecinistas, cercano y actual solo al alcance de los magos del piano, y Seong-Jin Cho ya lo es.

Pérdidas inspiradoras

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Domingo 28 de mayo, 20:00 horas. Sala de cámara del Auditorio de Oviedo, CIMCO (2ª edición): Josu de Solaun (piano), Adolfo Gutiérrez Arenas (violonchelo), Jesús Reina (violín), Rumen Cvetkov (viola), Ici Díaz (actriz). «Amor y pérdida»: obras de R. Schumann y Brahms. Entrada: 8 €.

Clara Wieck Schumann (1819-1896) resucitaría esta tarde de domingo en la asturiana Ici Díaz que con las cartas de la pianista y compositora darían el hilo argumental del amor y la pérdida, la unión de dos músicos en su vida, la inspiración de Robert Schumann desde el Leipzig donde arrancaba la narración, hasta el amor eterno de Brahms.

El planteamiento del ciclo ovetense por añadir a la música elementos unificadores se agradece y es plenamente exportable: iluminación, utillaje suficiente y vestuario de época, siendo muy aplaudida la actuación de la actriz afincada en Gijón con un guión bien organizado, que además presentaba cronológicamente las obras interpretadas de forma magistral por dos grandes solistas como Adolfo y Josu que cuando se unen comparten estas obras que tienen plenamente interiorizadas e incluso grabadas para el sello Odradek bajo el título «Loss & Love«, donde aparecen las obras hoy contadas de Robert Schumann (1810-1856).

Escuchaba hace un año a los dos músicos en Radio Clásica hablando de este disco, decir que se habían encontrado dos mudos, y el pianista se pregunta «¿Qué hay que hablar? Si la música dice tanto ya». Las palabras las puso Clara Wieck pero la música las sobrepasó con las obras de Schumann en la interpretación de estos dos enormes músicos como Josu de Solaun (1981) y Adolfo Gutiérrez Arenas (1975), feliz reencuentro de piano y violonchelo que ambos disfrutan y lo transmiten al público, hoy entregado en esta sala ideal para la llamada música de cámara tan necesaria e inspiradora. Si del chelo se dice es el más parecido a la voz, el del «asturiano» respira, canta cada movimiento, frasea como pocos, el sonido es rotundo y delicado, pero con el piano del valenciano el entendimiento es absoluto, la complicidad increíble, la gama dinámica impresionante y el protagonismo compartido una cualidad mayor y sin egos.

Para corroborar todo lo anterior, comenzarían con la Fantasiestücke Op. 73 (1849) compuesta por Schumann en uno de sus momentos más felices en Dresde, «la Florencia del Elba». Todo el amor del dúo por la música en tres movimientos (I. Zart und mit Ausdruck
II. Lebhaft, leicht
III. Rasch und mit Feuer
) que supusieron un verdadero y sentido homenaje a sus padres fallecidos (siempre recordaré al gran Adolfo Gutiérrez Viejo y esta tarde a su madre Lola Arenas, presente y orgullosa de su hijo). La expresión musical del dolor y el amor, el paso de la oscuridad a la luz, las pérdidas irreparables con una interpretación desde lo más hondo de los dos intérpretes, que explican las palabras de ambos en el libreto del CD: «Al mismo tiempo la bendición y energía en forma de amor eterno que nos legaron y que les hace tan inmortales como esta música, porque sólo el verdadero amor puede quitar transcendencia y peso a la muerte».

Otro tanto podría decir del Adagio y Allegro Op. 70 (1849), la hondura del cello y la delicadeza el piano, obra de la que Clara Schumann comentaría: «La pieza es brillante, fresca y apasionada… justo el tipo de pieza que me gusta» y compartimos todos los presentes. Como la primera de las obras, el propio compositor las prepararía para otros instrumentos (clarinete, trompa, viola…), pero está claro que el violonchelo consigue una sonoridad más completa y rotunda, algo en lo que Adolfo G. Arenas despunta siempre. Si el piano va paralelo y respiran juntos, la versión de ambos supuso otra delicadeza.

Y para concluir con el gran romántico alemán, sus Fünf Stücke im Volkston, op. 102 (Cinco Piezas en Estilo Popular (1849) que el dúo tiene muy rodado, lo que se aprecia en cada una de las cinco (I. «Vanitas vanitatum». Mit humor; II. Langsam; III. Nicht schnell, mit viel. Ton zu spielen; IV. Nicht zu rasch; V. Stark und markiert). Lástima la interrupción en la «canción de cuna» segunda, por la salida intempestiva de una espectadora, aunque lo reiniciaron y se mantuvo el clima creado, el amor sobre la pérdida, los aires rítmicos que el piano empujaba llevando «de la mano» el canto del cello. Perfecto colofón a dúo de estas páginas de Schumann de las puedo repetir lo que escribí el pasado verano: «Sonoridades talladas en cada una de ellas, intenciones claras tomando los títulos de referente interpretativo: Mit Humor, canción sin palabras cantada por el cello y contestada al piano, Langsam (lentamente) verdadera delicia de fraseos y equilibrios dinámicos, Nitcht schnell (no rápido) suficiente para degustar las sutilezas de Schumann en ambos instrumentos, Nicht zu rasch (no demasiado rápido) de consistencia tímbrica y resonancias increíbles antes de la quinta Stark und markiert (fuerte bien marcada), contundencia en las teclas y el arco, la precisión con emoción que hace grande el dúo en un mismo idioma».

Y el eterno enamorado de Clara, amor y dolor de Johannes Brahms (1833-1897), pianista, violinista, compositor, amigo, defensor y admirador de los Schumann con los coletazos románticos para una Europa donde lo nacional comenzaba a inspirar tanta música que el hamburgués hizo convivir. Para el Cuarteto con piano nº3 en Do menor, Op. 60 (1875) se sumaron al dúo el violinista malagueño Jesús Reina (1986) y el violista búlgaro Rumen Cvetkov (1979) que dieron el paso en el tiempo y también el poso de este tercero de los cuartetos, suma de calidades para esta pieza de un joven Brahms que la comenzó durante la última enfermedad de Robert Schumann, debatiéndose el de Hamburgo entre la desesperación por su amigo y el amor por Clara, como nos lo contó «Ici Wieck». Ya de mayor confesaría a su editor el paralelismo con el Werther de Goethe (donde un joven se suicida por un amor no correspondido). De los cuatro movimientos (I. Allegro non troppo; II. Scherzo (allegro); III. Andante; IV. Allegro cómodo) los exteriores enmarcan los interiores transmitiendo una especie de inquietud que comienza inmediatamente con las sorprendentes octavas iniciales del piano, siempre poderoso en las manos de Solaun. Brahms emprende sus viajes interiores y compositivos dejando una sensación de algo aún por decidir.

Los movimientos retoman los diversos estados de ánimo que aparecen y desaparecen en el Allegro non troppo inicial.

De las piezas de música de cámara de Brahms, las que incluyen el piano aprovechan la potencia, el registro y el contraste del instrumento con las cuerdas, un trío siempre bien definido y equilibrado por el trío, aunque el piano parecía marcar e indicar cada entrada. En el Scherzo empujaría al conjunto desde el comienzo hasta el enérgico final, enfatizando el espacio más introspectivo del tierno Andante, donde el piano desempeña un papel amable apoyando unas cuerdas cálidas y bien legati junto al uso decorativo del pizzicato. Si el violín toma la iniciativa en el Finale, el Allegro comodo (sólo de calificativo) comienza con un motivo aparentemente sencillo mientras por debajo será el piano quien transmite la energía, con  Brahms aprovechando las posibilidades de intercambio animado con las cuerdas frotadas. El patrón reiterado nos recuerda el motivo que Beethoven usa en su quinta sinfonía (bautizada como «del destino»), otro acto de amor, pérdida inspiradora y respeto hacia el admirado sordo genial. Los pasajes de tema lírico empujan hacia un final  bullicioso e impresionante.

Impresionante interpretación de este cuarteto para la ocasión que levantó al público de sus asientos, con dos bises: el II. Scherzo (allegro) y el III. Andante con el «inicial dúo cello-piano» porque todos estábamos felices, compartiendo amor por esta música, una joya de partitura (elevada por Solaun) y emoción compartida por los cuatro músicos que transmitieron pasión y entendimiento, junto a Ici Díaz completando todo un espectáculo, casi para repetir completo el tercero de los cuartetos de Brahms.

«Cada uno de nosotros tiene un ángel de la guarda que se llama Clara» (J. Brahms).

Mutter sólo hay una

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Lunes 22 de mayo, 20:00 horas. Oviedo, Conciertos del Auditorio: Anne-Sophie Mutter (violín), Maximilian Hornung (violonchelo), Lambert Orkis (piano). Obras deSebastian Currier, Beethoven, Clara Schumann y Brahms.

Para quien desconozca el alemán, «Mutter» significa «madre», y jugando con el dicho español de «Madre sólo hay una«, también única Dame Mutter (Rheinfeldeln, 29 de junio de 1963) a quien siempre es un placer escucharla nuevamente en el siempre irrepetible directo, la niña prodigio que sigue asombrando en su eterna juventud. Si aquel concierto del 12 de octubre de 2011 sigue en mi memoria y en la de tantos melómanos que llenaron el auditorio ovetense hace trece años con la misma OSG del pasado sábado, entonces dirigida por Víctor Pablo Pérez, de nuevo se hizo la magia en este concierto único de «La dama alemana del violín».

Este lunes 22 de mayo, festividad de Santa Rita, nos devolvía a «La Mutter» o ASM (como figura en su web) con el siempre cercano formato de música cámara junto a su pianista de cabecera desde 1988Lambert Orkis (Filadelfia, Pensilvania, 1946), más el cellista Maximilian Hornung (Augsburgo, 1986) para estrenar en España Ghost Trio (Trío fantasma) del estadounidense Sebastian Currier (Huntingdon, Pensilvania, 16 de marzo de 1959), hoy presente en la sala.

Obra encargo de la propia Anne-Sophie Mutter y a ella dedicada en 2018 por ser la máxima valedora de las composiciones del norteamericano desde 1994, y que sería estrenada por ella con el mismo Lambert Orkis y Müller-Schott en el Carnegie Hall neoyorquino la primavera de 2019, llegando en esta gira donde Oviedo sigue siendo «La Viena Española» y parada obligatoria de las grandes figuras mundiales.

Alternando levemente el orden, como explicó al inicio la propia Mutter, mejor partir del original antes de la inspiración, por lo que sería Ludwig van Beethoven (1770- 1827) el elegido para comenzar con su Trío en re mayor, op.70, nº 1, para violín, violonchelo y piano, “Geistertrio” (Trío fantasma). Siempre digo que el equilibrio está en el tres, intérpretes y movimientos que Mutter, Orkis y Hornung entendieron sin prisas y sin pausas en feliz conjunción, complicidad, respeto y admiración a parres iguales. El I. Allegro vivace e con brio resultó más brioso que ligero, con diálogos, contestaciones, guiños jocosos del aún joven Ludwig, dinámicas ajustadísimas dejando cada espacio personal para degustar las sonoridades de los tres; el II. Largo assai ed espressivo una delicadeza de musicalidad, Orkis «mandando» siempre desde una discreción que no merece ningún pianista (menos siendo un especialista en la música de cámara), y Mutter con Hornung «coqueteando» musicalmente en unos fraseos perfectos; la tercera pata el equilibrio perfecto el III. Presto, vertiginoso, limpio por todos, unísonos encajados al detalle, balances equilibrados incluso en los pizzicati, para disfrutar del Beethoven inspirado e inspirador antes de la Premiére europea que proseguirá por Valencia, Luxemburgo, Basilea, Berna, Viena, Essen o Londres, entre otras capitales.

A partir del homónimo trío de Beethoven, pero también Schubert, Mendelssohn o Brahms como «fantasmas del pasado», Sebastian Currier escribe nueve movimientos breves, que tanto Andrea García Torres en las notas al programa (Tras el fantasma de Beethoven) como el propio compositor explican. Un trío actual con intérpretes únicos explorando la historia y el legado de esta forma musical reinventada para nuestro tiempo. Alternando números lentos y rápidos, los propios títulos son la mejor descripción y disculpa para que Currier juegue con la mezcla de lenguajes que se mantienen tanto en la memoria como en la inspiración actual, sonidos «americanos» emigrados desde la vieja Europa, la propia historia de compositores e intérpretes, viajes reales e interiores. I. Lyrical, melodías de hoy a trío; II. Energetic vital, casi rompedor; III. Remote de sonidos vistos desde los dos lados del océano; IV. Ghost scherzo verdadera «broma» llena del ímpetu juvenil con el que Orkis lleva el «duelo de arcos»;
V. Expressive y la calma tras esa tormenta fantasmagórica incluso en armónicos estratosféricos; VI. Syncopated de aires bernsteinianos, juegos rítmicos y unísonos encajados como un único instrumento; VII. Mysterious en tímbricas difusas de un trío que redescubre uniones; VIII. Forceful en vorágine llena de fuerza con Mutter y Hornung creando un dúo que Orkis apoya con su presencia imprescindible, y IX. Gentle, elegancia compartida, gentileza sonora e interpretativa en un 3×3 de movimientos y 3 músicos que multiplicaron las tímbricas de un trío más que fantasmal, evocador desde un lenguaje muy cercano. Un éxito en esta primera vez con el propio  Currier subiendo a felicitar su interpretación y ovación de un público a quien su trío encandiló.

Va (re)conociéndose la importancia de Clara Wieck (1819- 1896) recuperando su obra que el amor hacia Robert, reconvirtiéndose en Clara Schumannimpidió fuese mayor. De ella la violinista alemana ha grabado hace poco su injustamente olvidado trío junto al cellista español Pablo Ferrández y el mismo Orkis al piano, y esta vez nos trajo al Principado las tres Romanzas para violín y piano, op. 22 con el dúo de intérpretes perfecto por complicidad, entendimiento de tantos años y amor hacia esta música universal llena del romanticismo que nunca pasa de moda. El sonido de Mutter sigue siendo delicado, hermoso, matizado, y Orkis comparte cada nota más que acompañarla. El I. Andante molto nos dejó ese ensamblaje sonoro y lírico de una música que no necesita palabras porque habla sin ellas evocando al amado Robert con aires zíngaros; delicioso el II. Allegretto: Mit zartem Vortrage, enérgico y aterciopelado porque la alemana respira elegancia y el pianista de Filadelfia es la mejor compañía en este viaje; alternancia de protagonismos y feliz dúo con el III. Leidenschaftlich schnell.

Palabras mayores de otro emigrado a la Viena más musical del siglo XIX y eterno enamorado de Clara será Johannes Brahms (1833- 1897) para una Sonata para violín y piano nº 3 en re menor, op. 108 que Mutter y Orkis grabaron en 2010 para el sello amarillo y la exprimen en cada compás tras un largo trabajo previo antes de llevar las tres al CD y volver a interpretar la tercera trece años después en esta gira donde los años no parecen pasar ni pesar por ellos.

Respeto mutuo y hacia esta maravillosa sonata con un I. Allegro marca del de Hamburgo, el violín cantante, el piano arropando, alternando primeros y segundos planos, diálogos, sentimientos, matices increíbles; el II. Adagio una joya sonora e interpretativa, Mutter inmensa y Orkis rotundamente delicado con ella; aún mejor el III. Un poco presto e con sentimento, con el «tempo giusto» donde escuchar todo lo escrito con la presencia precisa de los dos músicos, esos fraseos del violín con un piano casi órgano, sentimiento romántico antes de la explosión final del IV. Presto agitato, encaje de bolillos para el vértigo compartido, entendida al pie de la letra esa agitación siempre controlada pero maravillosa de escuchar. Ímpetu juvenil que sólo con los años se alcanza desde una técnica al servicio de la mejor música y el sentimiento compartido por ellos.

Ovación de gala más propina del gran y muy querido por la alemana John Williams (1932), de «Cinderella Liberty» el tema Nice To Be Around que grabase en 2019 en Across the stars, con un exquisito arreglo para piano que no sólo demuestra la apuesta de la violinista alemana por la música actual de calidad, sino su magisterio desde el violín engrandeciendo todo lo que interpreta la siempre única Mutter.

Y con el auditorio totalmente entregado, nada menos que la Danza húngara nº 1 en sol menor de Brahms en la transcripción para dúo de Joseph Joachim (cuyo fantasma parece seguir en el auditorio tras el sábado pasado), con una lección de virtuosismo al violín de la alemana más un piano norteamericano explosivo, adaptado y adoptado por «Mamá», rubati encajados, catálogo tímbrico de ambos para otro concierto irrepetible del que Oviedo presumirá, porque «Mutter sólo hay una» y a nosotros nos encontró en el Auditorio.

Calidade romántica

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Sábado 20 de mayo, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo, Abono XII OSPA: «OSG Romántica». Orquesta Sinfónica de Galicia (OSG), Liza Ferschtman (violín), Antonello Manacorda (director). Obras de Brahms y Tchaikovsky.

«Solo la música ilumina, reconcilia y consuela» (carta de Tchaikovsky a la señora Von Meck)

Sábado de aire neerlandés en la Sinfónica de Galicia con un programa romántico de calidad y dos obras de envergadura que todo melómano se sabe de memoria. Intercambio y hermanamiento asturgalaico entre nuestra OSPA y la OSG, fundada por el siempre recordado en el Principado Víctor Pablo Pérez, y que nos permite comprobar el nivel sinfónico de nuestros vecinos, esta vez con dos invitados como la holandesa Liza Ferschtman y el italiano Antonello Manacorda, antes también violinista y ahora un reputado director, tercero de este programa tras Vigo y Coruña, recalando finalmente en Oviedo.

El Concierto para violín y orquesta en re mayor, op. 77 de Johannes Brahms (1833-1897) es no sólo el único sino probablemente el más grande de la literatura solista, el compositor hamburgués instalado en Viena, deudor del de Beethoven pero con el sello inconfundible y sinfónico de este Brahms admirador del sordo de Bonn, sonando ambos el 1 de enero de 1879 en Leipzig con el virtuoso Joseph Joachim (1831-1907) de solista y el propio compositor dirigiendo.

El violín de Liza Ferschtman impactó a un público, más abundante que en anteriores abonos, por su sonido carnoso y dulce, siempre presente en toda la gama dinámica, a lo que ayudó un Manacorda cómplice y conocedor del concierto, mimando siempre a la solista, respeto mutuo y «apretando» cuando  podía a una OSG que brilló en todas sus secciones, con una plantilla similar a la asturiana. Maravillosas las cadencias escritas por Joachim en la interpretación de Ferschtman, matizando, brillando, emocionando, compartiendo sonoridades, buena concertación para esta joya de Brahms a cargo de todos. Los tres movimientos (I. Allegro non troppo; II. Adagio; III. Allegro giocoso, ma non troppo vivace – Poco più presto) llenos de claroscuros tan románticos como el título de este duodécimo de abono, donde el maestro Manacorda desplegó todo su acervo violinístico al servicio del compositor y la intérprete, BrahmsFerschtman. El director italiano de gestos contenidos pero clarísimos, una batuta cual pincel de movimientos amplios, precisos, marcando todo, pero sobremanera su mano izquierda que hacía de la OSG un instrumento en común unión con la solista. Excelentes balances e intervenciones de los músicos principales y maravillosa la entrega de la violinista holandesa con un sonido preciosista, entrega apasionada, fraseos impecables y esas melodías únicas del hamburgués que en Pörtschcach decía «surgen por doquier y debe ponerse cuidado en no pisarlas al caminar», llenas de color y sabor, de «calidade» gallega con sus dos invitados que brillaron y nos hicieron vibrar en el último movimiento.

Ovación de gala para todos, en especial para Liza Ferschtman que nos regalaría el virtuoso Capricho Recitativo y Scherzo op. 6 de Fritz Kreisler (1875-1962), una propina de altos vuelos, joya de lucimiento y «romanticismo vienés» donde el violín reinaba con el esplendor del momento.

La segunda parte nos traería al amigo de Brahms e igual de «tardo romántico» y excelente orquestador además de melodista, el ruso Piotr Ilich Chaikovski (1840-1893), bien contado en las notas al programa por Maruxa Baliñas, directora de Mundoclásico. Dentro del mundo sinfónico siempre escribo que «no hay quinta mala», y la Sinfonía nº 5 en mi menor, op. 64 es prueba de ello. Con una super orquesta donde el cálculo de su plantilla nos lo da la presencia de ocho contrabajos (y demás proporciones necesarias para equilibrar las impresionantes dinámicas e instrumentación de esta partitura), la OSG sacó músculo sonoro con la dirección de un apasionado Manacorda atento a todo, jugando bien con los tempi de los cuatro movimientos (I. Ante – Scherzo: Allegro con anima; II. Andante cantabile, con alcuna licenza; III. Valse: Allegro moderato; IV. Andante maestoso – Allegro vivace – Molto meno mosso), luciéndose tanto la cuerda de amplias dinámicas, la madera y unos timbales que empujaron continuamente no siempre reconocidos en su papel. Evidentemente los metales tienen mucho protagonismo y es difícil que no se desboquen, pero comprendo el afán de engrandecer esta quinta que el director italiano no pudo «sujetar los caballos» de estos bronces. Con todo, el famoso además de versionado andante (hasta por Sinatra) permitió lucirse al trompa solista, el vals respiró de nuevo cierto aire vienés y el último movimiento sigue impactando en su escucha a un auditorio que agradece el repertorio de siempre, también por nuestros «primos» gallegos arropados por los músicos de la OSPA en el patio de butacas.

Sábado romántico con más calidad que morriña y una climatología perfecta para ambientar «La Viena española», pues como citaba al comenzar esta entrada, «Solo la música ilumina, reconcilia y consuela».

P.D.: Concierto dedicado a la memoria de las mellizas de La Ería.

Perianes feliz heredero de Larrocha

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Martes 25 de abril, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo, Jornadas de Piano «Luis G. Iberni»: Javier Perianes (piano). «Cruce de caminos», obras de Clara Schumann, Robert Schumann, J. Brahms y Granados. Concierto homenaje a Alicia de Larrocha en el centenario de su nacimiento.

Bajo el título «Cruce de caminos» volvía a Oviedo el onubense Javier Perianes (Nerva, 1978) para homenajear a Alicia de Larrocha (Barcelona 1923-2009) en el centenario de su nacimiento, y puedo decir que feliz heredero de la maestra catalana, pues aunque en el repertorio español destacan sobremanera, está claro que los grandes románticos también son referentes en sus interpretaciones.

Así lo demostró Perianes este martes en un auditorio con abundante presencia de estudiantes de piano que seguro tomaron nota de su magisterio, frente a los que peinamos canas que tuvimos el privilegio de escuchar a ambos, afirmando que también sus caminos se cruzan como reza el texto inicial del programa: «El piano, el genio, la admiración y el afecto fueron ejes de la relación entre el matrimonio Schumann y Brahms (…) Apegos cruzados en el corazón del romanticismo, cristalizados en las series de variaciones que Clara y Brahms componen a partir de la introspectiva y quieta cuarta BunteBlätter opus 99 de Robert Schumann.
Universos de nostalgias, miradas y reflejos. Evocaciones que marcan el camino de Granados al espejo sonoro de Goyescas; “mezcla de amargura y gracejo”, evocación del universo visual de Goya»
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El duro trabajo de años permite al pianista andaluz afrontar con personalidad y creatividad una primera parte romántica bajo el género de la variación en torno a Robert Schumann. Primero de Clara Schumann (1819-1896), de soltera Clara Wieck, cuyas siete Variaciones sobre un tema de Schumann, op. 20 además de un regalo para los 43 años de Robert son una verdadera belleza a partir de Albumblatt I (la cuarta Bunte Blätter, op. 99) de su amado esposo, intrincadas, personales, maduras, llenas de contrastes, los mismos calificativos aplicables a Perianes y con una dificultad que escuchándoselas no lo parecen, dado el dominio del onubense capaz de sonsacar de la gran densidad de la escritura de Clara toda la luz que esconde, como un orfebre que trabaja los detalles o el pintor que perfila con una amplísima gama de color.

Juan Manuel Viana titula sus notas al programa «Del amor y de la muerte: variaciones a seis manos», las de los tres compositores de la primera parte. Tras ClaraRobert Schumann (1810-1856) cuyas Quasi Variazioni: Andantino de Clara Wieck (de la Sonata nº 3 en fa menor, op. 14) son una miniatura de melodismo exquisito tal como la llevó Perianes desde una lectura reflexiva llena de emoción, la intensidad necesaria para dar continuidad a toda la carga musical de este «triunvirato a seis manos». La trayectoria del maestro andaluz ha ido dejando el poso que otorga tanto los conciertos orquestales como la música de cámara, y es ante la soledad del piano donde la madurez encuentra todo su reflejo.

Toda la grandeza y admiración hacia los Schumann de Johannes Brahms (1833-1897) la verterá en sus juveniles Variaciones sobre un tema de Schumann, op. 9, a partir también de las Bunte Blätter, op. 99, esta vez la primera de las «hojas de álbum», dieciséis miniaturas (I. Tema. Ziemlich langsam; II. Variación 1. L’istesso tempo; III. Variación 2. Poco più moto; IV. Variación 3. Tempo di tema; V. Variación 4. Poco più moto; VI. Variación 5. Allegro capriccioso; VII. Variación 6. Allegro; VIII. Variación 7. Andante; IX. Variación 8. Andante (non troppo lento); X. Variación 9. Schnell; XI. Variación 10. Poco Adagio; XII. Variación 11. Un poco più animato; XIII. Variación 12. Allegretto, poco scherzando – Presto; XIV. Variación 13. Non troppo Presto; XV. Variación 14. Andante; XVI. Variación 15. Poco Adagio; XVII. Variación 16. Adagio) de auténtico esfuerzo emocional que Perianes engrandeció, reflejando la doble personalidad homenajeada por el hamburgués de nuevo con el intrincado género de la variación para pasar de la luz a la sombra cual sucesión de lienzos cargados de color, fuerza, melancolía, esperanza, dolor… Contrastes de tempi ajustados a lo escrito con fraseos sentidos, matices inmensos del pp al ff, limpieza extrema, puliendo el sonido utilizando los pedales con total expresividad y pintando de un trazo con la seguridad de ambas manos. Una ejecución plena, madura y cercana a la extenuación por la total entrega de un Javier Perianes pletórico y «jondo» poniendo música al poeta José Hierro.

En este homenaje a la Maestra Larrocha no podía faltar Enrique Granados (1867- 1916), con las Goyescas, op. 11 (Los majos enamorados. Suite para piano) ejecutadas en su integridad y sin pausa ambos cuadernos, algo al alcance de muy pocos intérpretes, uno de ellos el propio Perianes.

Hace tiempo que califiqué al onuberse como «El Sorolla del piano» por la claridad que imprime a sus interpretaciones, especialmente Debussy pero también Falla. Y con estas Goyescas de Granados me reafirmo en esta personal impresión, pues los seis números pintaron al Goya de La lechera de Burdeos por un sonido cercano al impresionismo francés, también por el ambiente del genio de Fuendetodos donde Granados se inspira, el melodismo de la tonadilla sin letra que Perianes canta como nadie, auténticas «veladuras» musicales de aire universalmente hispano. Del Cuaderno 1 (1. Los Requiebros; 2. Coloquio en la reja; 3. El fandango del candil; 4. Quejas, o La maja y el ruiseñor) destacar cómo respira cada «cartón» elevado a cuadro, percepciones únicas, luminosidad y contrastes, dinámicas perfectas adaptadas al sentir de cada título, al ritmo -fandango de calado-, al tiempo con el que juega hasta lo imperceptible. G de Granados, de Goya, de Gracejo y Grandeza, de Genialidad. Donaire y melancolía abocetados con aire francés y pintados con mano firme, sentimientos amorosos, la música temática sin palabras, un verdadero testamento pianístico que Alicia de Larrocha nos dejó para la posteridad y Javier Perianes recoge en nuestro tiempo, pues como el propio Don Enrique decía «Goyescas es una obra de todo tiempo… Estoy convencido de ello». Sin resuello atacaría el Cuaderno 2 (5. El amor y la muerte; 6. Epílogo: Serenata del espectro), sentimiento de balada chopiniana, amor y muerte dramáticos en escritura e interpretación maestra con final fantasmal de piano hecho guitarra con aire atlántico premonitorio de la propia tumba del compositor catalán. Hondura, sentimiento, profundidad desde la madurez en una galería goyesca pintada por nuestro «Sorolla del piano».

Aún quedaría sentimiento para regalar, y de nuevo Brahms cuyo Intermezzo, Op. 118, nº 2 en la mayor nos dejaría la nostalgia común, el amor musical y la esperanza que nunca se pierde, pues el piano de Javier Perianes rezuma siempre optimismo tras un concierto intenso a más no poder.

P.D.: La Viena Española ofrecía también en la Sociedad Filarmónica de Oviedo un concierto de Lucía Veintimilla (violín) y María Cueva (piano).

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