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Granada bien vale una misa

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Miércoles 26 de junio, 22:00 horas. 73º Festival de Granada. Palacio de Carlos V / Conciertos de Palacio:
Orquesta y Coro Nacionales de España (OCNE), Sarah Wegener (soprano), Wiebke Lehmkuhl (contralto),
Maximilian Schmitt (tenor), Ashley Riches (bajo), David Afkham (director). Beethoven: Missa solemnis, op. 123. Fotos de ©Fermín Rodríguez.

Pocas veces podremos escuchar en vivo esta «Catedral Sonora» que es la Missa solemnis de Beethoven, difícil programarla por el despliegue sinfónico-coral y la exigencia para cada músico, pero parafraseando el tópico de «París bien vale una misa» (Paris vaut bien une messe), originado en una frase probablemente apócrifa atribuida a Enrique de Borbón o de Navarra, hoy Granada también valía esta misa del «sordo genial».

 

Tras el buen sabor de boca que me dejase la ONE el pasado año con la Séptima de Mahler, con esta Misa  nocturna beethoveniana me quedó un regusto amargo pues ni mi ubicación, muy a la derecha, ni las sensaciones que me transmitió el titular David Afkham fueron las mejores para un «obrón» como este que además venía ya rodado del auditorio madrileño.

Como dice la presentación en la web del Festival y en el libro, «No escribió Beethoven muchas obras religiosas, pero entre ellas se cuenta una de las creaciones más majestuosas jamás salidas de su pluma, la Missa solemnis, una partitura que tendría que haber servido para la ceremonia de investidura como arzobispo de Olomouc del archiduque Rodolfo de Austria, hijo del emperador Leopoldo II y aplicado alumno del compositor. Beethoven empezó a trabajar en ella en 1819, pero no llegó a tiempo a la ceremonia prevista, que tuvo lugar en la primavera de 1820, y el estreno se retrasó hasta 1824. Así, la obra acabó por compartir esfuerzos con los que el músico dedicó a sus tres últimas sonatas para piano y a su Novena sinfonía». Hay que resaltar que para todo coro la escritura de Beethoven, tanto esta misa como su Novena, siempre es un «suplicio» ante las tesituras extremas que obligan a gritar más que cantar, y no olvidemos cómo ha ido subiendo el diapasón en el último siglo y medio. Sumemos la ubicación en gradas con las voces muy separadas impidiendo arroparse las cuerdas, para comprender que el Coro Nacional que dirige Miguel Ángel García Cañamero estuvo demasiado presente por momentos, si bien lo pudimos disfrutar más en los momentos pianissimi e incluso a capella cuando David Afkham  pareció entender que Beethoven no es cuestión solo de fuerza (también necesaria) sino de la musicalidad que faltó por momentos. Agradecer el esfuerzo de las sopranos y tenores, echando de menos algo más de presencia en la cuerda de bajos pero mi aplauso por defender como «campeones» este sacrificio coral.

Otro tanto podría decir de la orquesta, compacta, bien equilibrada en plantilla, con Valerie Steenken de concertino (lástima un poco más de volumen en su solo junto al cuarteto vocal), llena de contrastes tímbricos bien asimilados y entendidos por un David Afkham que pareció demasiado condescendiente en esta obra de tanta enjundia, faltando un poco más de «bravura» tanto gestual como interpretativa para una misa que suena a sinfonía.

Y citaré poco a poco  las notas al programa de mi querido Arturo Reverter que titula «Milagrosa arquitectura» pues así debemos entender esta obra de un Beethoven sin complejos y abriendo la puerta a la nueva música: «Es muy probable que Beethoven tuviera pensado, tras el relativo fracaso de la más clásica y pulida Misa en do, escribir un día otra partitura de las mismas características; había dentro de él –creyente a su modo– algo que le impulsaba a cantar las alabanzas de un Dios al que quería y respetaba, aunque su existencia no hubiese transcurrido casi nunca por un camino de rosas precisamente (…). De inmediato surgió en él la necesidad de festejar a su antiguo pupilo -el joven archiduque Rodolfo- y le escribió: «El día en que una gran misa compuesta por mi sea ejecutada en las solemnidades que se lleven a cabo para consagrar a su Real Alteza, será el más feliz de mi vida y Dios me iluminará para que mis débiles fuerzas puedan contribuir a la glorificación de tan solemne día». Aunque entonces sólo tenía escrito el Kyrie, ya suponía todo un reto que tardaría en ejecutarse, siendo San Petersburgo en abril de 1824 antes que en su Viena.

Y el Kyrie marcó el discurrir de una misa con un cuarteto solista bien buscado, bien empastado, con tesituras de colores perfectos para un sonido homogéneo sólo algo menor en el bajo Ashley Riches, de volumen más corto que sus compañeros pero de timbre bello aunque sigo echando de menos los «bajos de verdad». Por gusto, y sin desmerecer ninguna voz, me quedo con la contralto  Wiebke Lehmkuhl capaz de sobreponerse a los tutti sin perder emisión ni musicalidad, el tenor Maximilian Schmitt que por color, volumen y timbre es muy adecuado a este Beethoven maduro, y la soprano  Sarah Wegener igualmente sólida, con proyección suficiente, bien empastada con sus compañeros, y disfrutando mucho más del cuarteto en los momentos «piano» pues en las grandes dinámicas David Afkham no mantuvo los balances deseados ni con los solistas ni tampoco con el coro.

Esta misa solemne la describe muy bien Don Arturo: «Hay una serie de rasgos comunes al Beethoven de última época y que se dan en buena parte a lo largo de esta partitura como integrantes del estilo más auténtico del autor: definición y diferenciación de los caracteres expresivos y técnicos, rudeza, agresiva armonía, originalidad en la construcción de las partes, novedades (verdaderas osadías) de estructura, grandes dificultades de ejecución… Profundizando en los aspectos más propios de la Missa es preciso referirse en seguida a la potente expresividad obtenida tras lo que se adivina una lectura en profundidad del texto litúrgico, un excelente libreto para un Beethoven apasionado y entregado a la loa de su Dios».

La versión de esta «misa nocturna» en Palacio necesitó precisamente más diferenciación expresiva y más agresividad pero sin exagerar unas dinámicas que incluso el coro llegó a sonar por encima de la orquesta,  pero la majestuosidad y grandeza en esta partitura siempre nos dejará la satisfacción de haber «comulgado» tras un acto de contrición, un Agnus Dei dándonos la paz (con tambores de guerra) y pidieno perdón por cualquier pecado, aunque la penitencia del genio de Beethoven se tradujo en rayos y truenos finalizada la ceremonia más profana que religiosa.

PROGRAMA

Ludwig van Beethoven (1770-1827):

Missa solemnis, en re mayor, op. 123 (1819-23):

I. Kyrie – II. Gloria  – III. Credo
–
IV. Sanctus – V. Agnus Dei

ANEXO

Como complemento a las que se incluyen en este concierto granadino, dejo íntegras las notas al programa de mano también del gran Arturo Reverter, correspondientes al «Ciclo Sinfónico 22» celebrado en el Auditorio Nacional de Música, Sala Sinfónica, los días 21, 22 y 23 de junio de 2024 con un análisis pormenorizado de la obra, verdadera guía para volver siempre a misa, incluso para los ateos más convencidos y redimidos por la mísica.

Missa solemnis: entre el grito y la plegaria

Obra caudalosa, difícil, compleja, irregular, aristada, de una celestial inmensidad, la Missa solemnis de Beethoven muestra, dentro de la habitual destemplanza y del variable humor del músico, una estructura compacta, un vigor monumental. Tras el relativo fracaso de la más tradicional y pulida Misa en Do, decidió lanzarse de nuevo a la ventura en un terreno que lo obsesionaba. Había dentro de él –creyente a su modo– algo que le impulsaba a cantar las alabanzas de un Dios al que quería y respetaba, aunque su existencia no hubiese transcurrido casi nunca por un camino de rosas precisamente. La idea tomó cuerpo cuando, a principios del verano de 1818, el compositor se enteró de que el joven archiduque Rodolfo iba a ser nombrado arzobispo de la ciudad morava de Olomouc. Sentía gran aprecio por el aristócrata, alumno y protector suyo y a quien había tenido ya ocasión de dedicar, entre otras cosas, los Conciertos para piano núm. 4 y 5, las Sonatas «Los Adioses», «Hammerklavier» y 32, la Gran fuga, el Trío «Archiduque», la ópera Fidelio y la Sonata núm. 10 para violín. Total, nada. De inmediato surgió en él la necesidad de festejar a su antiguo pupilo.

Todo resquicio semántico está previsto e impulsado en esta Missa desde dentro por una música que se adapta con una fuerza descriptiva fenomenal, que ahonda en significados como hasta el momento no se había hecho y que dimensiona sideralmente la palabra divina. Desde el punto de vista armónico la obra está llena de sorpresas, algunas que pudieran hacer suponer que, al escribir, el músico debió sufrir determinadas equivocaciones, tal es la aspereza, el choque que se produce en ciertos instantes. Las modulaciones se proyectan a veces con una rapidez y de una forma tan inesperada que se antojan ilógicas. 

Cinco son las partes o himnos que configuran, de la manera habitual, la Missa: Kyrie, Gloria, Credo, Sanctus (que incluye el Benedictus, otras veces aparte) y Agnus Dei. El Kyrie posee una escritura sencilla y previsible sobre el papel. Es un típico lied ternario, aunque de construcción amplia y muy pensada. Assai sostenuto que ha de hacerse Mit Andacht, con devoción, como reza en el encabezamiento. El Christe eleison, de valores más breves, contiene una doble fuga y está marcado Andante assai. La recapitulación nos trae un Sol mayor, que finalmente deja paso al Re mayor inicial que alivia la tensión y propicia la plegaria postrera de las voces.

También es Re mayor la tonalidad que inaugura el incontenible comienzo, auténtico estallido de alabanza, del Gloria. Un Allegro vivace monumental. El tema inicial fluye imparablemente. El remanso del Qui tollis posee una angustiosa carga expresiva; es un Larghetto precedido por una hermosa introducción para maderas. Tras el contraste del Quoniam encontramos en el In gloria dei patris acentos haendelianos, aunque también una densidad polifónica propia de Bach. La gigantesca fuga posee una contundencia, una fluidez y una transparencia admirables. Después del Amén, y retomando el turbulento diseño inicial, Beethoven construye un final inesperado, al repetir tal cual la escritura y lanzar a coro a un tourbillon desaforado que canta apremiante, una vez más, la gloria de Dios. Es un efecto de seguro impacto.

«El comienzo es pomposo y solemne, la instrumentación brilla sobre todo por la fuerza y la majestad» (…) «Múltiples y repentinas transiciones del fortissimo al extremo opuesto nos han parecido de un efecto muy nuevo». Son palabras de Berlioz tras la escucha del Credo, punto neurálgico de la composición en donde Beethoven consigue una milagrosa unidad sin dejar por ello de observar las características y significado de cada una de las secciones. El número se edifica a partir de la tremenda afirmación de apertura. Un fugato, frases líricas de las sopranos, los contrapuntos de la madera, cortos diálogos con los hombres conducen al Adagio que establece el tempo de base del Incarnatus inaugurado por las voces graves en pianissimo que preparan la entrada, sobre notas repetidas del viento, de los solistas. Estamos en Re menor.

El Espíritu Santo aparece sugerido en los revoloteos de la flauta. Los solistas recitan (Adagio espressivo) derivaciones del tema de apertura en el Crucifixus, donde la orquesta «parece describir la Cruz suspendida a lo alto». Una inusual técnica de repetición verbal se utiliza para la palabra Et. El milagro de la Resurrección es anunciado a cappella. El canto de júbilo es marcado por una figura ágil de la cuerda que actúa de soporte a las encaramadas del coro. Un solo de trombón da paso al retorno del tema inicial en medio de características imitaciones. Las mujeres (Confiteor) desarrollan lentamente en pp un pasaje que conduce a la monumental fuga de Et vitam venturi. Ejemplo de cómo Beethoven, en síntesis mágica, podía hacer que la polifonía más intrincada emergiera de la espaciosidad de las armonías más poderosas. El Amén da paso a los solistas que realizan (Allegro con moto) una peroración sobre las dos sílabas e introducen al coro. Ascensión al agudo de la soprano. La madera, contrapunteada por la cuerda, se hace presente en el final. A Berlioz no le agradaba este Amén. No entendía que tras las bellezas anteriores se introdujera «una vociferación fugada» similar.

El Sanctus, en Si menor, es solemne y sombrío, de carácter bien distinto al compuesto por otros autores. Una confesión privada que ha de ser tocada y cantada «con devoción», según prescribe el compositor. Los solistas actúan escalonadamente. La brillantez, nunca excesiva, no llega hasta el Plena sunt coeli y el ternario Osanna con su fugato. Estamos en el ámbito de la tradicional misa vienesa, un respiro para las tensiones que animan toda la obra. Beethoven no prevé la intervención del coro, aunque es frecuente que se recurra a él en detrimento del protagonismo de los cuatro solistas. La belleza más excelsa, la del Beethoven de la «tercera época», se hace presente en el Benedictus, unido sin solución de continuidad al Sanctus mediante un singular preludio orquestal, un sostenuto para flautas, fagotes y cuerda grave que va pasando a través de ricas armonías hasta Sol mayor, en un clima que a Thomas Mann le recordaba al del cuarteto en canon del primer acto de Fidelio.

Y de pronto se hace la luz más íntima y a la vez más cegadora en el compás 111: un Andante molto cantabile e non troppo mosso en 12/8 introduce una de las más bellas melodías que compositor alguno haya escrito para violín, un tema largo, envolvente, cálido, tremendamente efusivo, que aparece discretamente ornado con una pareja de flautas revoloteantes. En seguida las dos voces solistas más graves dan paso a las otras dos y se unen al canto tranquilo y sereno en un canon que desgrana lentamente el texto litúrgico. Vuelve el Osanna antes de que el movimiento se despida con una nueva intervención del obbligato. Después del Sol mayor del Benedictus nos parece chocante el sombrío Sol menor del Agnus Dei. La oscuridad más completa nos envuelve y a ello contribuye también la instrumentación: fagotes, trompas, coro en cuatro partes y voz del bajo solista. Poco a poco, desde los violines, va llegando una especie de consuelo. El tono cambia a Re mayor y el tempo a Allegro vivace y todo se transforma. Es el Dona nobis pacem, que aparece subrayado en la partitura por el propio Beethoven con la expresión Bitte um innern und äussern Frieden («Súplica por la paz interior y exterior»). La atmósfera cambia una vez más inesperadamente y la plegaria es dejada atrás por lo que se ha considerado una aproximación del autor hacia la realidad bélica que le circundaba, algo verdaderamente insólito en una composición de este tipo. Hay un sonido lejano de timbales y trompas. La contralto irrumpe con un solo de carácter angustioso. La imploración, que Beethoven anota ha de ser hecha en principio «tímidamente», es repetida con mayor intensidad por el tenor y la soprano.

Un nuevo coral reelabora el más tranquilo tema del Dona nobis pacem. Cuando todo parece a punto de concluir, la orquesta diseña un fugato en presto que conduce de nuevo a una invocación de paz. La plegaria final, en Re mayor, es interrumpida varias veces por los distantes ecos bélicos. El fin llega súbitamente, en cinco breves compases, dejando la impresión de que algo queda por decir, de que se nos ha escamoteado la real conclusión. Un final en verdad enigmático, espartano por la concisión, pero, quizá, el más adecuado y lógico de una obra que, en cualquier caso, es todo menos retórica, y que aparece encabezada por las palabras antes enunciadas y que queremos repetir: Vom Herzen! Moege es wieder zum Herzen gehen!

Tres mundos de cámara

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Lunes 24 de junio, 22:30 horas.  73º Festival de Granada. Patio de los Arrayanes / Música de cámara: Schumann Quartett, Seong-Jin Cho, piano. Obras de Sánchez-Verdú, Beethoven y Bartók. Fotos de ©Fermín Rodríguez.

Mi noveno día de Festival de nuevo en Los Arrayanes con música de cámara y otra obra del compositor residente esta edición, el Schumann Quartett y sumándose para la segunda parte el pianista Seong-Jin Cho. El Schumann Quartett fundado en Colonia en 2007, toma su nombre de los tres hermanos que lo conforman: los violinistas Erik y Ken más Mark Schumann (chelo), junto a Veit Hertenstein (viola).

Y con algo de retraso por leves incidentes (una indisposición entre el público) el director Antonio Moral lo comunicaría así como el cambio en el orden del programa a petición del cuarteto, por lo que sería Beethoven quien abriría esta agradable primera noche de verano con la acústica acuática increíble pero con un ruido de fondo proveniente de alguna fiesta que la leve brisa que movía el estanque, proyectando los reflejos en la pared, traía para importunar en los pasajes más leves (siempre se cumplen las Leyes de Murphy).

El Cuarteto nº 12 en mi bemol mayor, op. 127, abre la serie de los últimos cuartetos de Beethoven, en los que el sordo genial reescribe los confines del género y sus posibilidades, con unas dificultades técnicas nunca vistas hasta entonces. Escuchaba esta tarde una entrevista con Dudamel a propósito del Fidelio en el Liceu, que probablemente la sordera le aislase para poder volcar su genio compositivo. Este opus 127 es un paso adelante en estilo, recursos y hasta la forma de componer a partir de células mínimas que «los Schumann» fueron desgranando meticulosamente en sus cuatro movimientos. En el caso de los cuartetos parece claro lo importante de mantenerlos en el tiempo y a menudo los lazos familiares son parte del buen funcionamiento (también una fuerte amistad y compromiso con esta formación camerística), como es el caso de los hermanos Schumann más el viola Veit Hertenstein. El Allegro inicial marcó la línea a seguir de grandes contrastes, sonido preciso y entendimiento lógico, una materia sonora compacta en cada uno de los cuatro. El Adagio con la técnica de la variación es el último Beethoven, profundo y buscando sonoridades nada usuales en su época, al igual que la rítmica que empuja todo el tercer movimiento, el inmenso Scherzo con el trío central aumentando una tensión bien transmitida por el Schumann Quartett antes del amable y bello Allegro final, la forma sonata transitada pro Beethoven a lo largo de su producción abriendo la puerta para un nuevo lenguaje.

Totalmente opuesto sería el Cuarteto de cuerda nº 10 «BARZAJ» de José María Sánchez-Verdú, aunque igual de exigente, comenzando por salir al frente enfrentados los dos violines para aprovechar la acústica antes de volver a sentarse mediada la obra. Los pasados días 17 y 18 ya pude ir asimilando la sonoridad y estilo del compositor algecireño, por lo que este «BARZAJ» (2014-15) hasta me sonó «familiar». Nadie mejor que el algecireño para explicar su obra: «articula un contexto que discurre en torno a los límites, a ciertas fronteras y horizontes que son recorridos en este trazo poético entre sonido y pensamiento; al mismo tiempo la obra articula la dimensión espacial como un aspecto de esencial importancia en el desarrollo de la obra: la perspectiva, la percepción del espacio y el sonido, su relieve (tan olvidado hoy día) son elementos integrados en la partitura, que en cierto modo adquiere el contorno y trazado de la caligrafía árabe».

Según iba escuchándola recordaba las notas al programa de Stefano Russomanno tituladas El cuarteto de cuerda y sus confines donde nos cuenta que «El istmo, franja estrecha de tierra que une dos amplios territorios rodeados de agua, es el elemento inspirador del Cuarteto de cuerda nº 10 «BARZAJ» de José María Sánchez-Verdú. Pero el término barzaj (istmo, en árabe) hace también referencia en el Corán al estado intermedio del alma del difunto entre la muerte del cuerpo físico y el juicio final. En ambos casos, asoma la imagen de una línea delgada pero transitable y capaz de conectar dominios distintos, de la misma manera que hacen los contornos de la caligrafía sobre la hoja en blanco», y que en La Alhambra toma más sentido al utilizarse como decoración, en este caso la caligrafía musical fue leída a la perfección por el cuarteto alemán con la misma entrega que hicieron antes con su compatriota, color y silencio combinados dibujando sonidos por momentos agresivos aunque el conjunto siempre mantuvo una presencia bien diferenciada en los cuatro músicos (similar al Trío Arbós de hace una semana en este mismo recinto), incluso en tímbricas muy buscadas, tesituras extremas o los rítmicos golpes de arco transmitiendo inestabilidad. Esperaré el Nosferatu con coro y orquesta del propio compositor el día 11 para ir acercándome un poco más a su obra.

Un descanso necesario para estirar las piernas y levantarse de las incómodas sillas antes de la incorporación del pianista coreano para el Quinteto para piano y cuerdas en do mayor de Bartók. Un derroche por parte de todos, los germanos dominando esta obra de sonoridades brahmsianas sin perder de vista el recuerdo de Liszt (aún en los dedos de Cho) que tiene una carga armónica en sus cuatro movimientos pero funcionando como unidad tanto escrita como interpretativa.

Esta vez Seong-Jin se acopló perfectamente al cuarteto para remar en la misma dirección, escucharse todos, encajar todo lo escrito por el húngaro y dejarnos una interpretación honesta, fiel y potente, sonando como si llevasen años juntos. Siempre me gustan los tempos lentos por lo que suponen de saborear, paladear sin atragantarse, y el Adagio llenó el patio de misterio, como las czardas del último animaron la noche, un piano amplio de dinámicas, rítmico, arropando al cuarteto veterano, dialogando y haciendo vibrar a un público algo apagado, pero que con los elementos del folklore magiar (aunque sea urbanita) siempre ayudan a elevar el ánimo y este quinteto para la ocasión lo logró.

PROGRAMA

-I-

Ludwig van Beethoven (1770-1827):

Cuarteto nº 12 en mi bemol mayor, op. 127 (1823-24):

Maestoso – Allegro

Adagio, ma non troppo e molto cantabile

Scherzando vivace

Finale. Allegro

José María Sánchez-Verdú (1968):

BARZAJ (Cuarteto de cuerdas nº 10) (2014-15)

-II-

Béla Bartók (1881-1945):

Quinteto para piano y cuerdas en do mayor, Sz. 23 (1903-1904, rev. 1920):

Andante

Vivace. Scherzando

Adagio

Poco a poco più vivace

Merecida oportunidad para jóvenes pianistas

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Sábado 25 de mayo, 20:00 horas. Auditorio «Teodoro Cuesta» de Mieres: 1ª Gala Pianística de Mieres. Intérpretes: Juan Vicente Stroup, Iván Gómez García, Laura Puente Novales, Aníbal Mortera Pariente (cello), Hugo Álvarez Lanero, Héctor del Río Fernández y Henry Sebasthian Crespo. Obras de varios compositores. Fotos ©pablosiana.

Una buena entrada en el auditorio mierense para la primera gala de piano organizada por Henry Sebasthian Crespo con diversos apoyos y patrocinios como ya comenté el pasado día 19 en este blog,  donde rodeado de sus compañeros de estudios, todos aún formándose en el CONSMUPA y rondando los veinte años, que tenían esta gran oportunidad de interpretar en público un variado y exigente programa, que además de un permanente examen supone dar visibilidad al esfuerzo y trabajo que no siempre se ve ni aprecia: muchas horas de práctica, estudio, sueño, clases en el conservatorio alternadas con estudios obligatorios de Secundaria y Bachillerato, los incontables sacrificios de sus familias que son el principal apoyo, y muchos sinsabores que, por propia decisión y amor hacia la música, se ven compensados con las actuaciones para el público, esperando proseguir una carrera que está comenzando. Así es la vida de un músico que cuando afronta una trayectoria profesional ya no sabrá qué son vacaciones, fines de semana, ausencia de descanso por el obligado y necesario trabajo con infinitas horas para preparar nuevos repertorios y hacerse un hueco en el difícil mundo de la música, que en España parece serlo aún más, y todos ellos lo saben pero les mueve su juventud y ganas de triunfar.

La artista plástica Paz Mayora Villamil con segundo apellido de pintor que puede tenga algún parentesco lejano, haría las labores de presentación, comenzando con la frase de Franz Listz «La música es un lenguaje poético, para expresar todo lo que, dentro de nosotros mismos, traspasa los horizontes normales, lo que escapa al análisis lógico, lo que se encuentra en las profundidades inaccesibles», antes de ir dando paso a cada uno de los artistas y obras que interpretarían, ayudando a quienes no tenían o podían leer en la penumbra el excelente programa de mano (gracias al Ateneo Musical de Mieres y la Imprenta Álvarez) del que dejo copia aquí.

Tomaría a continuación la palabra el mierense de adopción y organizador de esta gala Henry Sebasthian Crespo, palabras de adulto y contagiando pasión por el piano, agradecimientos por los apoyos y que cerraría una velada de dos horas de excelente música, tras alguna variación mínima en el orden previsto, y una «maratón» en cuyo cartel figuraba el lema «Ideado por los alumnos, para los alumnos y para el público, aportemos en difundir el amor por el arte y la música clásica».

No suelo tomar notas en los conciertos, pero desde mi experiencia docente me dispuse a ir anotando cada actuación para hacérselas llegar como «profesor jubilado» y esta tarde ejerciendo de «tribunal» con todo el respeto y cariño hacia esta generación que pide paso. Desde ellas paso a comentar lo vivido.

El primero en abrir la velada sería Juan Vicente Stroup (Oviedo, 1999) que elegiría a Mompou y sus Variations sur un thème de Chopin,  el lenguaje del catalán adoptando esa forma tan romántica de desarrollar y homenajear páginas de los grandes, en este caso de uno de las figuras del piano como el polaco, siempre reconocible desde su Preludio en la mayor, op. 28 nº 7 en el tema y doce variaciones posteriores que respiraron aires actuales, casi de jazz o banda sonora, difíciles pero que el carbayón afrontó con buena técnica y un sonido muy trabajado navegando por ese engañoso mar en calma lleno de tormentas, cambios de ánimo y adoración de intérprete y compositor por Chopin, que aparece de nuevo en la décima variación (Fantasía-Impromptu op. 66) y además cerraría esta gala, toda ella un homenaje a unas figuras del piano que fueron igualmente virtuosos concertistas y mejores compositores para su instrumento.

El único pertrechado de partitura y algo descentrado en plena época de exámenes finales, sería Iván Gómez García (Avilés, 2004), quien optó por el poliédrico y atormentado Beethoven de su Sonata piano nº 8 en do menor, op. 13 “Patética” aunque obviando el primer movimiento, supongo que para acortar la duración global. Irregular, con muchas dudas y aún en proceso de asimilar la hondura del sordo genial, el de La Villa del Adelantado  tendrá que trabajar aún más la técnica y templar ánimos, pues dentro del conjunto de pianistas, tampoco la obra era de las más complejas para un alumno de su nivel. Supongo que sus maestros le ayudarán en esta tarea para poder incorporar con solvencia al menos las «más famosas» de las sonatas para piano del compositor de Bonn enterrado en Viena.

La música española para piano es auténtica «prueba de fuego» para todo intérprete, y Laura Puente Novales (Bilbao, 2004) optó por los catalanes Granados y Albéniz, recordándome a una paisana suya, que tiene en el primero uno de los preferidos en sus conciertos. Los ocho Valses poéticos del ilerdense fueron de menos a más, sentidos, fraseados, interiorizados, con un sonido muy trabajado al igual que su estudio e profundidad y de buena memoria. Y la Suite Iberia del de Campodrón está considerada como «La biblia del piano» por su dificultad no ya en la interpretación sino en la hondura y madurez que necesita, siendo pocos y ya con edad los pianistas que la han afrontado. La bilbaína eligió la primera de ellas, Evocación, que me sorprendió por su joven madurez veinteañera, reposada, cantabile y con un buen empleo de los pedales, una primera aproximación que apunta a una excelente intérprete de nuestra música.

Jugaban «en casa» y se notó por el apoyo desde el patio de butacas, Aníbal Mortera Pariente (Rioturbio, 2005) y Hugo Álvarez Lanero (La Culquera, Lena, 2001), dúo de chelo y piano, amigos desde su aún cercana la infancia, que llevaron su complicidad en el único dúo del concierto, la Elegía, op. 24 del francés Gabriel Fauré, con Hugo excelente concertador y coprotagonista de esta bella página donde Aníbal mostró un sonido poderoso, rotundo, con los esperables y habituales problemas de afinación en su instrumento pero mostrándose ambos muy expresivos y compenetrados.

Ya en solitario, Hugo Álvarez se enfrentaría a la Ballada n° 2 op. 38 de Chopin, biena memoria para toda ella, dinámicas amplias aunque algo excesivas por momentos pero entendiendo el «arrebato romántico» y algunas dificultades en los complicados pasajes rápidos que solo la práctica conseguirán sortear sin problemas, compensando la interpretación con su musicalidad y expresión que sería uno de los más aplaudidos.

Héctor del Río Fernández (2004) no se amilanó en la elección de sus obras aunque el riesgo le pasaría factura. Si el Albéniz de «Iberia» la he calificado como biblia, la «Suite Española» op. 47 es cual antiguo testamento. De ella Castilla fue árida en sus seguidillas y peligrosa, necesitando repetir el arranque, descentrándose en algunos pasajes con paradas que los fallos no deben obligar sino mantener la tranquilidad y recordar que lo ya tocado no tiene vuelta atrás y la música debe fluir aunque sea con tropiezos. Y probablemente el mayor virtuoso del piano fue el húngaro Franz Liszt, con unas manos (como las de Rachmaninov) que le permitían alcanzar notas imposibles para el común de los mortales. El Étude transcendante nº 1 es mucho más que un «estudio», donde la técnica es muy exigente pero su interiorización y expresión aún son mayores. La ejecución tuvo buen sonido aunque el pedal no siempre ayudó sino que «enturbió» y el vértigo de los múltiples arpegios no es recomendable. También titulado Estudio op. 25 nº 12 en do menor, «Óceano» que Chopin lleva al concierto, es de nuevo complicado extraer del ejercicio la gran capacidad melódica que esconden estas breves e intensas partituras, que incluso en el subtítulo ya parece apuntar los derroteros que toma. El trabajo de limpiar notas y pedales no cesará nunca pero la interpretación estuvo matizada aunque el ímpetu juvenil alcance unos fortissimi cercanos a las «tres efes». Mejor el g ran Vals op. 42 nº 5 en la bemol mayor que hace falta pulir pues la expresión y el tempo fueron correctos, pero el fraseo tendrá que ir estudiándolo mucho más lento para «vocalizar» correctamente e ir poco a poco aligerándolo sin perder esas melodías únicas y «escondidas» del polaco.

El cierra lo pondría Henry Sebasthian Crespo (Valencia, Venezuela, 2003) con las dos obras que pudimos escucharle hace un mes en el acto del premio Tertulia 17 -uno de los patrocinadores- pero esta vez en el piano Kawai© mierense, que se comportó perfectamente ajustado por Jesús Ángel Arévalo (algún día habrá que homenajear a esta generación de origen castellano que se instaló en nuestra tierra, echó raíces y siguen apoyando la música). La vida obliga a madurar prematuramente, pero el talento unido al duro trabajo también otorgan lo que he llamado «poso», el paso de un vino cosechero a crianza y reserva cuando madura en las mejores condiciones, Y como un buen caldo, Henry Sebasthian alcanza ya el calificativo de reserva, pues lleva desde niño al piano y en sus 21 años lleva diez de experiencia concertística desde su tierra natal, lo que se nota en cuanto se sienta al piano. Llamado «el Chopin de Broadway» el ruso Serguei Rajmáninov emigrado a los EEUU puede ser considerado el último pianista y compositor romántico ya en el siglo XX, y su Momento musical, nº 1 uno de sus homenajes a los predecesores de las 88 teclas. Exigente técnicamente, la música la necesita para sobrevolar toda la carga expresiva del virtuoso ruso y así la afrontó el valenciano de Venezuela, con poso, peso y madurez. Para cerrar el círculo del concierto, de nuevo Chopin y su Ballade nº 1 en sol menor, op. 23, tan distinta a la segunda elegida por Hugo, dos visiones, dos interpretaciones que además siempre son distintas por el mismo intérprete porque ahí reside la magia de cada día, hacerse con la obra, interiorizarla y personalizarla en cada momento. Valiente, arriesgado y poderoso este Chopin de Henry que sigue creciendo con su amado y admirado polaco a base de un trabajo y madurez que ya le ha abierto las puertas del Real Conservatorio de Bruselas (Bélgica), donde será alumno del maestro y concertista Aleksandar Madzar quien le aceptó en su cátedra de piano para los próximos dos cursos.

El propio Henry Sebasthian llamaría a todos los participantes a compartir los aplausos de un público entregado a los jóvenes talentos, más agradecimientos y hasta la entrega de los Diplomas acreditativos de esta gala que irán aumentando el currículo de esta generación que en Mieres pudimos disfrutar y los melómanos presumiremos pronto de haberlos «descubierto».

PROGRAMA:

Juan Vicente Stroup (Oviedo, 1999):

Federico Mompou (1893-1987): Variations sur un thème de Chopin.

Iván Gómez García (Avilés, 2004):

Ludwig van Beethoven (1770-1827): Sonata piano nº 8 en do menor, op. 13 “Patética”.

Laura Puente Nováles (Bilbao, 2004):

Enrique Granados (1867-1916): Valses poéticos.

Isaac Albéniz (1860-1909): I. Evocación (de «Iberia»).

Aníbal Mortera Pariente, violoncello (Rioturbio, 2005) y
Hugo Álvarez Lanero, piano (La Culquera -Lena-, 2001):

Gabriel Fauré (1845-1924): Elegía, op. 24.

Hugo Álvarez Lanero:

Frederic Chopin (1810-1849): Ballada n° 2 op. 38.

Héctor del Río Fernández (2004):

Isaac Álbeniz: Castilla (de la «Suite Española»).

Franz Liszt (1811-1886): Étude transcendante nº 1.

F. Chopin: Estudio op. 25 nº 12, «Óceano»  y Vals op. 42 nº 5.

Henry Sebasthian Crespo (Valencia -Venezuela- 2003):

Serguei Rajmáninov (1873-1943)): Momento musical, nº 1.

F. Chopin: Ballade nº 1 en sol menor, op. 23.

El barómetro gallego

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Viernes 3 de mayo, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo, Abono X OSPA: Orquesta Sinfónica de Galicia (OSG), Zitong Wang (piano), Antony Hermus (director). Obras de Beethoven y Wagner – Henk de Vlieger.

En climatología usamos el barómetro para controlar la presión aunque nos fijamos más en la página metereológica que nos anuncian anticiclones y borrascas, muchas procedentes de nuestra vecina Galicia, y de ella volvía su Sinfónica (OSG) fundada en 1992, casi hermana de nuestra OSPA un año antes y precisamente con Víctor Pablo Pérez en la dirección junto al recordado percusionista Juan Bosco Gutiérrez (fallecido en 2011) de primer gerente en ambas formaciones, volviendo a nuestra su tierra al frente del Archivo de Música de Asturias en 1993 tras pasar ambos por la entonces Orquesta Sinfónica Provincial de Asturias (de 1980 a 1988), germen de la actual.

La OSG devolvía visita y venía con todos sus efectivos para afrontar dos obras totalmente distintas con el holandés Antony Hermus (1973) al frente, responsable del programa que tuvo claros y nubes, momentos de sol junto a verdaderas tormentas que parecen mantener la leyenda de que siempre «chove en Galiza«. La orquesta tiene calidad y plantilla para interpretar cualquier repertorio de los «imprescindibles» como ya pude comprobar hace siete años en Bilbao, y en sus dos anteriores visitas a la capital asturiana en 2022 y 2023, y desde el podio con la expresividad del neerlandés cada una de las secciones respondieron sin problemas a sus indicaciones, aunque el resultado no acompañó.

Para Beethoven la plantilla resultó ideal y la muy galardonada pianista china Zitong Wang (1999) nos dejó un soleado, luminoso, preciso y precioso Concierto para piano y orquesta nº 1 en do mayor, op. 15. Compuesto entre 1795 y 1798, en realidad se trata del primer concierto publicado, siendo el tercer concierto compuesto por el maestro. Así, el número 2 fue compuesto con anterioridad, terminado en marzo de 1795 pero publicado más tarde.

La primera audición conocida de este concierto fue efectuada por el propio Beethoven en Praga en 1798. El piano está acompañado por una orquesta compuesta por flauta, dos oboes, dos clarinetes, dos fagots, dos trompas, dos trompetas, timbales y cuerda, con un estilo que demuestra la asimilación de los compuestos por Mozart y Haydn, aunque con formas armónicas más bruscas que nos muestran la personalidad del compositor de Bonn. Václav Tomásek, otro joven pianista y compositor que escuchó este concierto en la capital checa, escribió: «Admiraba su poderosa y brillante forma de tocar, pero sus frecuentes y atrevidos cambios de una melodía a otra, dejando de lado el desarrollo orgánico y gradual de las ideas, no se me escapaban. Los males de esta naturaleza debilitan frecuentemente sus grandes composiciones, las que surgieron de una concepción demasiado exuberante. El oyente se despierta a menudo bruscamente… Lo singular y original parecía ser su principal objetivo…». Está claro que este «Concierto en Do mayor» fue una obra audaz y desafiante para los músicos acostumbrados a la lógica ordenada que había regido la música durante una generación, con muchos momentos que debieron haber sorprendido a sus contemporáneos y extrañamente caprichosos que siguen pasan desapercibidos para el público moderno. Si se me permite, quiero calificarlo de «Príncipe» porque en él hay muestras de lo que será su quinto «Emperador» y utiliza recursos que encontramos en sus sonatas para piano. La interpretación de la virtuosa china así lo entendió, de sonido claro, limpio, preciso, con una orquesta bien concertada desde el podio, sinfónica verdaderamente y jugando con todas las dinámicas tan del gusto del «sordo genial»: arpegios ascendentes y descendentes, escalas cromáticas, trinos preciosos, unas cadenzas que el propio Beethoven escribía (hasta cinco para este «primero») a diferencia de sus predecesores, y que son casi movimientos sonatísticos dentro del concierto. A destacar la expresividad de Hermus, la entrega de la orquesta escuchando a la solista y encajando perfectamente todos los finales de frase, así como la intervención del clarinete solista Juan Antonio Ferrer Cerveró, casi tan aplaudido como la pianista, tras ese «pegadizo» rondó final vertiginoso y con aire festivo (Allegro scherzando), antes de la borrascas que se avecinaba para la segunda parte.

Tras el «vendaval» beethoveniano, un claro en esta tarde del primer viernes de mayo, Schumann y el número 14 «Zart und singend» de los Davidsbündlertänze, op. 6 donde la pianista china volvió a demostrar no ya su sonido limpio y delicadeza, también una musicalidad que despuntó en el Largo anterior.

De los arreglos, adaptaciones y homenajes a las grandes obras de la historia de la música habría para  un tratado específico. Wagner es probablemente uno de los que nuestras bandas de música más difundieron ya en su tiempo, pues la rotundidad orquestal con la que escribe es perfecta para ese tipo de agrupaciones de viento y percusión. En el repertorio actual de banda, precisamente un holandés como Johan de Meij () es habitual en nuestros días por lo espectacular de su música original o arreglada, y de un paisano suyo, Henk de Vlieger (1953), el director Antony Hermus programó este «Tributo orquestal» a Los Maestros Cantores (2005) de Wagner, que pareció un tornado seguido de esas borrascas que sueltan agua a «calderaos» como decimos en Asturias. Casi una hora de música en once escenas sin pausa y todo un muestrario de la calidad de la OSG para una orquestación digna del alemán (flautín, 2 flautas, 2 oboes, 2 clarinetes, 2 fagotes, 4 trompas, 3 trompetas, 3 trombones con bajo, tuba, timbales, percusión -4 intérpretes-, arpa y cuerda) donde de esa joya wagneriana el tema del preludio es recurrente y efectista, incluso con trompeta solista en uno de los palcos y una trompa fuera del escenario, pero parecía que la tormenta se comería a «El holandés errante» por mucho que el capitán Hermus quisiera llevar el timón con mano firme, en esta obra usando la batuta cual florete sin sangre. Destacar el excelente papel tanto de la madera como de todo el metal, con un quinteto de trompas comandado por Marta Isabella Montes Sanz que sonó wagnerianamente bien.

A falta de notas al programa, del «triturador wagneriano» percusionista y arreglista holandés Henk de Vlieger en su página se cuenta entre otras cosas sobre Die Meistersinger von Nürnberg que ocupa entre los dramas musicales wagnerianos un lugar especial por ser su única ópera “cómica” y el tema no basado en un mito o saga, como los personajes o la trama. Aquí vuelve a un lenguaje predominantemente diatónico y sus momentos más importantes están ambientados simplemente en la tonalidad de do mayor, con otro elemento musical sorprendente como es el brillante contrapunto, la combinación armoniosa de dos o más líneas melódicas aunque la orquestación sea relativamente «pequeña» en comparación con sus otras óperas. Cual sinfonía clásica, Wagner introduce temas y motivos que desarrolla y organiza en estructuras ordenadas, lo hacen muy adecuada su música para conciertos sinfónicos. «Henk de Vlieger ha realizado tres compilaciones sinfónicas de la obra de Wagner en los años 1990: El Anillo, una aventura orquestal, Parsifal, una búsqueda orquestal, y Tristán e Isolda, una pasión orquestal. Para ello, seleccionó los fragmentos más importantes de estas óperas y los colocó en un nuevo contexto sinfónico. Las partes vocales fueron omitidas o (cuando fue necesario) reemplazadas por instrumentos. Para dar a las obras un argumento musical continuo, creó nuevas conexiones entre estos fragmentos, preservando naturalmente los rasgos estilísticos de Wagner. En 2005 añadió este cuarto arreglo: Meistersinger, un tributo orquestal, once fragmentos que forman una suite orquestal de la ópera y fluyen entre sí sin interrupción. Gracias a la coherencia temática, el desarrollo de motivos y la recurrencia de melodías, este arreglo bien podría considerarse como un gran poema sinfónico o incluso como una sinfonía.
Meistersinger, un tributo orquestal, tuvo su primera presentación en Moscú el 29 de septiembre de 2006, dirigida por Eri Klas. El arreglo está dedicado al maestro Edo de Waart»
.

Personalmente resultó lo que los jóvenes llamarían un «truño«, desnudar la obra de arte total wagneriana  (Gesamtkunstwerk) para dejarla solo en lo instrumental hace por momentos pesado este tributo. Para la orquesta es todo un reto y los gallegos cumplieron como jabatos, pero no creo que el maestro Hermus, con ser un buen director, haya acertado en esta elección cuando la materia prima es de calidad, como estropear al cocinar el plato pese a contar con los mejores ingredientes. Puedo entender que quiera promocionar la música de su compatriota, pero este trituro orquestal resultó de climatología borrascosa más que anticiclónica, el frío que viene del norte europeo aunque gallegos junto con asturianos estemos acostumbrados a los aires del Cantábrico o las bajas presiones de las Azores. Este Wagner-Vlieger fue digno de dar nombre, como ahora es habitual, a una DANA con sólo algunos claros en la danza casi «gallega» de ambiente medieval (el número VIII) o el siempre impactante preludio de estos cantores que aparece a lo largo de este desarreglo tormentoso que al menos nos dejó el viaje sinfónico despejado, aunque fuera siguiera «orbayando»…

PROGRAMA

Ludwig Van Beethoven (1770-1827):
Concierto para piano y orquesta nº 1 en domayor, op.15.

I. Allegro con brio – II. Largo – III. Rondo. Allegro scherzando.

Richard Wagner (1813-1883) / Henk De Vlieger (1953): Die Meistersinger (an Orchestral Tribute):

I. Vorspiel I. Sehr mäßsig bewegt

II. Versammlung der Meistersinger

III. Gesang der Lehrbuben

IV. Sachsens Monolog

V. Vorspiel III. Etwas gedehnt

VI. Taufspruch

VII. Zöge der Zönfte

VIII. Tanz der Lehrbuben

IX. Aufzug der Meistersinger

X. Walthers Preislied

XI. Schlußgesang

Suzuki y la elegancia inglesa

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Miércoles 24 de abril, 20:00 horas. Oviedo, 25 años de «Los Conciertos del Auditorio»: Philharmonia Orchestra, Jean-Guihen Queyras (violonchelo), Masaaki Suzuki (director). Obras de Beethoven, Schumann y Dvorak.

Por Oviedo han pasado y continuarán haciéndolo las mejores orquestas del mundo, y este miércoles volvía al Auditorio la londinense Philharmonia Orchestra bajo la dirección de Masaaki Suzuki (Kob, 1954), sustituyendo al previsto Gardiner (apartado de la dirección tras el incidente con el barítono William Thomas del pasado agosto), pues debía suplirle otro maestro de una trayectoria semejante, y el japonés que ha bebido del «dios Bach», podía afrontar sin problemas un concierto bien asentado y equilibrado por las «tres patas», ordenado a la manera tradicional de obertura, concierto con solista y sinfonía, una excelente orquesta con un chelista potente como el francés Jean-Guihen Queyras (Montreal, 1967) y una leyenda al mando.

Con estos mimbres nada podía salir mal y la «Philharmonia» regresaba tras nueve años a nuestro auditorio con la misma elegancia, sonoridad, orden y unas manos sin batuta capaces de brillar en otro concierto para «La Viena Española», parada obligada en esta gira peninsular (Barcelona, Madrid, Oviedo, Valencia y Alicante).

La Obertura «Egmont», op 84 de Beethoven es la mejor forma de calibrar el estado de una orquesta por plantilla, exigencias técnicas y expresividad, como en 2015 lo fue «Coriolano». Intensidad dramática de sonoridad rotunda y un Masaaki Suzuki aún recuperándose de su brazo izquierdo pero transmitiendo la energía necesaria a la orquesta londinense, marcando acentos rotundos sin excesos, con una cuerda donde a partir de los siete contrabajos colocados a la izquierda, tras los primeros violines, en disposición vienesa que ayuda a degustar cada sección bien balanceada, se puede uno imaginar la «pegada». Sonoridad redonda en unas trompas siempre sobresalientes, y unos timbales mandando sin sobresalir. Excelente interpretación beethoveniana con una formación de sonido elegante, claro, de dinámicas siempre controladas por un Suzuki ejerciendo de Maestro, con mayúsculas y músculo esdrújulo.

El Concierto para violonchelo en la menor, op. 129 de Schumann es exigente para el solista pero necesita concertarse en perfecto entendimiento de lo que sigo llamando «las tres patas», y tanto Queyras como Suzuki (que coincidían por vez primera) supieron llevar los tres movimientos sin pausa, fraseando el francés nacido en Canadá siempre con el respeto en los planos de los londinenses, sacándole a su Gioffredo Cappa (1696) un sonido diáfano, profundo en el grave, delicado en los agudos, siempre presente por el mimo orquestal, bien empastado con los chelos detrás suyo y con tarima para mejorar el sonido, e impecable en todos los requerimientos técnicos de la partitura del compositor alemán (bravo el dúo con el chelo principal), una de las imprescindibles en la literatura para chelo y orquesta.

Un éxito enormemente aplaudido por un público que no falla en estas citas, regalándonos un saludo en castellano y el Preludio de la Suite nº 2, BWV 1008 de Bach, casi tributo al «apóstol Suzuki«, impecable, sentido, fraseado con la madurez de los años donde la técnica se pone al servicio de la música, también homenaje al no siempre recordado Pau Casals, de quien guardo igualmente su concierto de Schumann remasterizado en mi discoteca.

La Sinfonía nº 6 en re mayor, op. 60 (1880) del bohemio Dvořak no es de las más programadas (Brahms le aconsejó que la siguiente la «imaginara como bien diferente a esta») frente a las tres últimas, por lo que siempre es un placer escucharla en vivo, recuperando y entendiendo mejor su corpus sinfónico en este año de la música checa, y más con una gran orquesta como la Philharmonia. Fue la primera publicada por Simrock pero es una obra madura en sus cuatro movimientos donde aparecen los recursos bien estudiados  y conocidos por el checo de Beethoven, Schubert o Brahms sin faltar el componente popular de su tierra, como también en su compatriota Smetana. Obra de amplia sonoridad con un lenguaje sencillo, cercano pero con mucho por explorar. Suzuki sacó a la luz la majestuosidad de esta sexta, el crescendo emocional del Allegro non tanto inicial, un apacible y delicado Adagio, la enérgica y bailarina «Furiant» Presto del Scherzo donde el encaje perfecto de todas las secciones, con la cuerda impecable, asombró por la elegancia sonora y la pulcritud de gestos desde el podio del maestro japonés realzando los cambios de ritmo antes del impresionante Finale. Allegro con spirito verdaderamente jubiloso, contrastante, luminoso y grandioso.

Con el auditorio entregado, nada mejor que seguir con Dvořak para regalarnos su Danza Eslava op. 72 nº 2, «Dumka», otra página para degustar el sonido pulcro y elegante de las orquestas británicas a las que el Brexit no afecta pues siguen teniendo material de calidad exportable, con Suzuki al triángulo y dirigiendo con la varilla. Como alguien comentaba en broma al salir, «la orquesta es tan buena que la dirige el del triángulo», y es que el japonés contagia siempre su energía como en este otro concierto para recordar en Oviedo.

PROGRAMA:

PRIMERA PARTE

Ludwig van Beethoven (1770-1827)

Obertura «Egmont», op. 84

Robert Schumann (1810-1856)

Concierto para violonchelo en la menor, op. 129:

I. Nicht zu schnell – II. Langsam – III. Sehr lebhaft

SEGUNDA PARTE

Antonín Dvořák (1841-1904)

Sinfonía nº 6 en re mayor, op. 60:

I. Allegro non tanto – II. Adagio – III. Scherzo – IV. Finale. Allegro con spirito

Mieres universitario y orquestal

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Martes 9 de abril, 20:00 horas. Auditorio «Teodoro Cuesta», Mieres. II Festival Universitario musicUO, Orquesta de la Universidad de Oviedo, Pedro Ordieres (director). Obras de Grieg, B. Orbón y Beethoven.

Mieres es ciudad universitaria y volvía a acoger a la Orquesta de la Universidad de Oviedo fundada por mi añorado Alfonso Ordieres Rivero que fue la primera de su género en España, y actualmente con su hijo Pedro Ordieres en la dirección, una formación joven donde reconocí a algunos integrantes de la Banda Sinfónica del Ateneo de Mieres, todo un orgullo ver el talento y trabajo de unos músicos aún en formación para afrontar un programa de los que «hacen músculo» y son la mejor escuela para ellos.

No hubo la entrada esperada en el auditorio mierense en este segundo festival universitario que está llevando la música por toda la geografía astur entre los meses de marzo y mayo dentro del Proyecto UOterritorio, pero los que allí acudimos pudimos disfrutar de unas obras bien seleccionadas que probablemente para muchos de los presentes era la primera oportunidad de escucharlas en vivo, aplaudiendo cada movimiento (al menos «aguantaron» los dos últimos del genio de Bonn).

Abría concierto la suite primera del Peer Gynt compuesta por el noruego Grieg, cuatro episodios que los universitarios interpretaron con algunos problemas de afinación pero bien llevados por el maestro Ordieres, delicadeza en La mañana, profundidad en La muerte de Äese, rítmica La Danza de Anitra y poderosa En la gruta del rey de la montaña para esta exigente suite que sirvió para comprobar la buena comunicación con el podio en cuanto a expresividad y dinámicas.

Del avilesino Benjamín Orbón interpretaron Dos Danzas asturianas tan reconocibles y bien orquestadas, por el compositor emigrado a Cuba, jugando con la riqueza de las melodías que en las maderas brillaron y la cuerda arropó siempre atenta a las indicaciones del director aunque los balances costó encajarlos, pero una página ya universal que los universitarios tienen hace años en su repertorio.

Y «La Séptima» de Beethoven que está tomando forma con la orquesta universitaria, de plantilla algo reducida pero que ejecutada ya completa -pues están rodándola en los distintos conciertos– nos dejaron una correcta interpretación. Interesantes los tempi elegidos para esta joya sinfónica que está entre mis preferidas. Buen contraste del primer movimiento, el profundo Poco sostenuto antes del Vivace algo lento pero intenso en expresividad. El Allegretto que en mi juventud cantase Mocedades («Cuando tú nazcas» o «Dieron las doce«) tuvo esa profundidad contenida con las melodías bien balanceadas. El Presto más lento de lo esperado aunque comprenda las exigencias de «apretar» la velocidad para poder tocar seguros. Y el último verdaderamente «con brío» para rematar un concierto sinfónico de «los universitarios» hoy comandados por Fernando Zorita de concertino, buenas experiencias para estos músicos que están aprendiendo a hacer música escuchándose y compartiendo tablas en obras de calado incluso para las grandes orquestas profesionales. Si se hace camino al andar, también al tocar.

PROGRAMA:

Edvard Grieg (1843-1907)

Peer Gynt, Suite nº 1, op. 46:

1. La mañana – 2. La muerte de Äese – 3. La Danza de Anitra – 4. En la gruta del rey de la montaña.

Benjamín Orbón (1877-1944)

Dos Danzas Asturianas (1833).

L. V. Beethoven (1770-1827)

Sinfonía nº 7 en la mayor, op. 92:

1. Poco sostenuto – Vivace – 2. Allegretto – 3. Presto – 4. Allegro con brio.

Música para la paz

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Lunes 18 de diciembre, 20:00 horas. S.I.B. Catedral de Oviedo: Universidad de Oviedo, «Concierto de Navidad». Orquesta y Coro de la Universidad de Oviedo. Directores: Pedro Ordieres y Joaquín Valdeón. Obras de Beethoven y Karl Jenkins.

En «La Viena Española» por Navidad no solo se escucha ‘El Mesías’, y la Universidad de Oviedo, con larga trayectoria musical a lo largo de su historia, traía de nuevo a la Sancta Ovetensis su orquesta bajo la dirección de Pedro Ordieres (1979), hijo del siempre recordado Don Alfonso que la fundase y dirigiese desde 1979, más el casi centenario coro con Joaquín Valdeón, también alumno del maestro Alfonso Ordieres, para uno más de los llamados «Concierto de Navidad», volviendo a llenar El Salvador hasta los pasillos y con presencia de familiares, melómanos venidos de distintas partes de Asturias, además de autoridades eclesiásticas, militares, civiles y universitarias con su rector a la cabeza.

Como siempre sucede en la catedral ovetense, su acústica no favorece mucho la música instrumental aunque la vocal haga tener la sensación de escuchar coros inmensos. Pero los dos maestros conocen bien el funcionamiento de sus respectivas formaciones con esta reverberación, así que del recientemente festejado Ludwig van Beethoven (Bonn, 16 de diciembre de 1770 – Viena, 26 de marzo de 1827) la Orquesta Universitaria nos ofrecería «media séptima«, para mi la preferida de las sinfonías del sordo genial. La Sinfonía nº 7 en la mayor, op. 92 es siempre un primor escucharla y para los jóvenes estudiantes (comandados por el geólogo Fernando Zorita de concertino) supongo que más aunque sólo pudiésemos disfrutar los primeros movimientos. Del I. Poco sostenuto – Vivace, bien contrastado con problemas en los metales incluidas las trompas (que los profesionales también tienen), excelentemente matizado y con los timbales mandando -que como suele pasar en estos conciertos se aplaudiría- antes del II. Allegretto que tiene mucho de marcha (y fúnebre algo, aunque esperanzadora), cuerda bien delineada (lástima un solo contrabajo), madera empastada (muy bien el oboe), dinámicas muy trabajadas, balances adecuados a la sonoridad, siempre aguantando los silencios para no mezclar sonidos orquestales, y quedándome con la gana de los otros dos, sobre todo el IV. Allegro con brio que hubiera sido ideal para la formación.

Ya sumándose el Coro Universitario, Joaquín Valdeón volvía a dirigir (como en 2014 y 2015) una selección de la conocida The armed man: a mass for peace de Karl Jenkins (Penclaudd, 17 de febrero de 1944) centrándose en el ordinario -sin Gloria ni Credo que el compositor británico omitió- de los 14 números de que consta, y con una nutrida plantilla vocal, mezcla de veteranía y juventud, junto a una orquesta más robusta donde se agradeció la tuba y el bombo juntos en un lateral, así como la dirección siempre precisa de Joaquín.

Esta vez la acústica ayudó a poder saborear los cuatro números elegidos, y con una orquesta dócil plegada a la dirección clara de Valdeón, que evidentemente domina la obra y estos repertorios contemporáneos. Un Kyrie sentido con la soprano Ana Peinado de solista, un Sanctus poderoso, empastado y con momentos brillantes, el bellísimo Benedictus donde el cello solista de Nina Rivas cantó y emocionó con esa melodía intimista que responde el coro, y el Agnus Dei final en la línea litúrgica católica, con la feliz comunión vocal e instrumental que además de música para la paz también une el deseo de unos tiempos optimistas desde el espíritu joven que estos intérpretes universitarios siempre transmiten. Apenas una hora pero saliendo de El Salvador con la esperanza de un 2024 mejor que el año que ya estamos finalizando.

P. D.: Las historias de estas obras, autores, intérpretes… así como algunas anécdotas y noticas relacionadas con esta entrada, las dejo en distintos links que los lectores habituales ya conocen cómo y dónde acceder, aunque siempre intento escribir para poder leerse todo sin necesidad de «pinchar» o abrir otra «ventana» (además este lunes ha sido gélido). Gracias por llegar hasta aquí, como ponía al final en algunos de mis exámenes universitarios.

 

Sonaron campanas de gloria

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Viernes 24 de noviembre, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo, Conciertos del Auditorio y Jornadas de Piano «Luis G. Iberni»: Noelia Rodiles (piano), El León de Oro -LDO- (Marco A. García de Paz, maestro de coro), Oviedo Filarmonía, Lucas Macías Navarro (director). Obras de Jaëll, Martínez Burgos y Beethoven. Fotos de Beatriz Montes y propias.

Buena inauguración de las Jornadas de Piano del siempre recordado Iberni, con la avilesina Noelia Rodiles protagonista por partida doble y nuestro coro más laureado e internacional los luanquinos del LDO, con el titular de OFil el onubense Lucas Macías «armando» un programa muy interesante donde no faltó una obra de compositora (esta vez la francesa Marie Jaël) como bien anunciase su intención el maestro en cada concierto, un estreno absoluto de Manuel Martínez Burgos, catedrático del Conservatorio Superior de Música del Principado de Asturias (CONSMUPA) de amplísimo curriculum y galardones, para reencontranos con el genio de Bonn en la segunda parte.

Y es que Jaëll fue la primera pianista en interpretar todas las sonatas para piano de Beethoven en París y tras sufrir una tendinitis, realizó estudios sobre fisiología y psicología que posteriormente aplicaría a las técnicas manuales para tocar el piano, creando un método que lleva su nombre por sus investigaciones  que incluían cómo afecta la música a la conexión entre la mente y el cuerpo, así como la forma de aplicar estos conocimientos a la inteligencia y la sensibilidad en la enseñanza de la música. Nacida en 1846, la familia de Marie Trautmann la enviaría a París para recibir la mejor educación posible en su conservatorio. En ese entorno su círculo de amistades se ampliará y conocerá al austríaco Alfred Jaëll –antiguo alumno de Chopin– con quien terminará contrayendo matrimonio en 1866. De su obra titulada Harmonies d’Alsace (1917), Jonathan Mallada escribe en las notas al programa (enlazadas al inicio en obras) que «la compositora se inspiró en los recuerdos de su infancia en Steinseltz, su localidad natal y comuna francesa, situada en el departamento de Bajo Rin en la región de Alsacia (…) bajo el magisterio compositivo de César Franck y Camille Saint-Saëns, con quienes mantendrá una abundante correspondencia epistolar (…) supone un canto de amor hacia su tierra de origen (Alsacia) ante el inminente desenlace de la Primera Guerra Mundial. Compuesta para pequeña orquesta, es una obra llena de lirismo y belleza que evoluciona desde una ligera inquietud y nostalgia –a través de una armonía algo oscurecida– hacia la brillantez de la cuerda, que llega para disipar cualquier mal presagio».  Buen arranque «camerístico» de la OFil con una cuerda que gana enteros cada día, siendo asombrosa la versatilidad de la formación ovetense pasando del foso lírico al escenario del auditorio donde se ha consolidado como orquesta residente de este ciclo. El maestro Macías Navarro siempre de gesto claro y preciso le da a la orquesta la confianza para afrontar repertorios de lo más variado, y esta breve «obertura» prepararía el estreno absoluto con todo el músculo sinfónico y excelentes refuerzos en la cuerda  para completar la plantilla ideal (14-12-10-8-6-4).

Cloches (2023) es un concierto para piano y orquesta lleno de detalles sonoros y tímbricos que Martínez Burgos domina desde una orquestación muy trabajada en todas sus secciones más allá de la percusión. Las notas al programa nos dicen que «es una búsqueda en las posibilidades expresivas de las campanas como un medio sonoro portador de mensajes a largas distancias». En una entrevista para el diario La Nueva España el propio compositor cuenta que refleja el paisaje sonoro que descubrió cuando llegó a Oviedo y le evocaba el de París y Oxford, el mejor cosmopolitismo para estrenarse en «La Viena española». Con Noelia Rodiles de solista, su piano se fundió en resonancias seculares junto a la OFil, en un trabajo meticuloso del maestro Macías, cinco movimientos con guiños a otros grandes orquestadores pero en un lenguaje propio dándole al piano momentos muy virtuosísticos junto a otros que engrandecen la tímbrica sinfónica. El primer movimiento, La vallée des cloches recuerda a Ravel más allá de que Miroirs contenga también unas «campanas», y personalmente me evocó un concierto en St Gallen hace nueve años, conectando todas las iglesias del valle que en el caso de Martínez Burgos hacen referencia a un metafórico valle de campanas que conectaría sinbólicamente toda Europa. El segundo número, La cloche Wamba, nos traslada directamente a la «Sancta Ovetensis» tras un análisis espectral de la campana en activo más antigua de Europa, “Wamba” –fundida en 1219–. El compositor trabaja las sonoridades incluso en un vibráfono cuyas láminas también vibran con dos arcos más allá de toda la percusión que se une a unos metales que calificaría de «broncíneos», utilizando el devenir armónico que vertebrará este movimiento. La recreación será aún más evidente en Grande volée de cloches à Notre-Dame de Paris, movimiento central del concierto con todas las campanas parisinas repicando, el piano sumándose con fuerza y fundiendo timbres grandiosos, incluso «debussyanos» de «Catedral sumergida», resonancias mágicas de sonoridades muy trabajadas y bien llevadas por el maestro onubense con la pianista avilesina verdadera «argamasa sonora» engordando unas texturas muy logradas. Cadenza y Finale cierran este original y exigente concierto, sonando algunos de los temas previos y dando una coherencia a la obra con un final virtuoso en el piano y explosivo a nivel orquestal en una lucha titánica de dinámicas muy actuales. Como escribe Mallada «En síntesis, las campanas sirven para dotar a la obra de un contexto armónico nada tradicional sobre el que se urde un concierto donde se conjugan la consabida dialéctica entre el solista y la orquesta, pero donde el piano trata de integrarse en la sonoridad general de la obra, demostrando el oficio, la originalidad y las facultades compositivas de su autor».

Y campanas de gloria en la despedida a la arpista polaca Danuta Wojnar, 40 años en nuestra tierra además de ser fundadora de la OFil desde aquellos tiempos de OSCO, una institución en la música asturiana a quien Noelia Rodiles le entregó su ramo de flores, con palabras de Lucas Macías y la propia principal Danuta que pasa a engrosar el «selecto club de músicos jubilados» en plena madurez.

Para Beethoven Fidelio fue “su hijo más querido” y en cualquier momento su música se hace necesaria. Si la ópera trabajaba los recursos y valores revolucionarios además de «heróicos» que aparecían en la “Tercera”, el obsesivo sordo genial le hacía rehacer constantemente sus manuscritos y tras su crisis depresiva de 1802 a causa de su incipiente sordera, la segunda de las cuatro oberturas para esta ópera,  (Leonora nº 2) encierra todo el dramatismo que Macías y la OFil mostraron sin complejos. Como en el foso para Fidelio pero con la acústica del auditorio de Rafael Beca, pudimos rememorar las mazmorras sevillanas o el aria de Florestán “In des Lebens Frühlingstagen”. Desde el podio fuimos paladeando la lenta y pesante Introducción con unas maderas bien empastadas y realzando los silencios tan importantes en el romanticismo y toda la música. En el allegro la cuerda se defendió limpia lo mismo que en el Presto final con una trompeta natural fuera de escena que anunciará no solo la llegada del emisario real a la prisión sino el ejército coral de leones para la Fantasía con el retorno de la pianista avilesina.

La Fantasia para piano, coro y orquesta, opus 80, dedicada al rey Maximiliano José de Baviera, está concebida en dos partes de longitud desigual: un Adagio (iniciada por una cadenza improvisada del piano solo de 26 compases) y un Finale formado por varias secciones de diferente tempo: allegro, meno allegro, allegro molto, adagio ma non tropo, marcia, allegro, allegretto, presto. Es una marravilosa fantasía libre para piano solo, conjunto de variaciones de la pieza “Seufzer eines Ungeliebten – Gegenliebe” (del propio Beethoven) y como concierto para piano que parece estar experimentando su «Emperador».

El inicio de Rodiles con el aplomo ya mostrado en las «campanas» y la fuerza llena de limpieza en todas sus intervenciones, diálogos con la orquesta que no flojeó en ninguna de sus secciones bien concertado todo por Lucas Macías (y de memoria toda esta segunda parte). El tema desarrollado es otro «banco de pruebas» para la Oda a la Alegría, cambiando a Schiller por el poeta Christoph Kuffner, y la letra traducida además de proyectada en el escenario.

LDO hoy con 45 voces sonó inmenso, en su línea de perfecta afinación, matices extremos y total entrega, destacando los cuatro solistas (las sopranos María Peñalver San Cristóbal y Elena Rosso Valiño, la contralto Andrea Gutiérrez D’Soignie, los tenores Jairo Flórez Gutiérrez y Jesús Fernando Torres Delgado, más el bajo Jesús Gavito Feliz). Cuando el público queda con ganas de volver a escuchar esta fantasía es por las emociones y belleza de una partitura que nunca cansamos de escucharla, con un piano impoluto pasando del protagonismo al diálogo, disfrutando de todas las variaciones en madera y cuerdas solistas, atmósferas preparadas con las «campanas de Burgos» para transitar entre lo lírico, lo majestuoso y el mejor fundido de piano, orquesta y coro con Lucas Macías perfecto maestro bruñidor. «Inmejorable
preludio del universal canto de fraternidad»
(Mallada scribit).

PROGRAMA:

1. Marie Jaëll (Steinseltz -Alsacia-, 17 de agosto de 1846 – París, 4 de febrero de 1925):

Harmonies d’Alsace

2. Manuel Martínez Burgos (Madrid, 1970):

Cloches, concierto para piano y orquesta *:

I. La vallée des cloches – II. La cloche “Wamba” – III. Grande volée de cloches à Notre-Dame de Paris – IV. Cadenza – V. Finale

* Estreno absoluto. Partituras propiedad de Universal Edition A.G.

3. Ludwig van Beethoven (Bonn, 1770-Viena, 1827):

Obertura Leonora nº 2, op. 72

Fantasía para piano, solistas, coro y orquesta en do menor, op. 80 (Fantasía coral)

I. Adagio – II. Finale: Allegro – Allegretto – Allegro molto –
Adagio ma non troppo – Marcia, assai vivace –
Allegro ma non troppo – Presto

Pasión, respeto y admiración

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Viernes 10 de noviembre, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo, Abono 2: El genio de Bonn, OSPA, Roman Simovic (violín y director). Obras de Beethoven.

Cada visita del ucraniano Roman Simovic (1981) a la OSPA es un soplo de aire fresco que contagia no solo magisterio y seguridad, también entrega y pasión musical transmitida a una orquesta entregada esta vez al genio de Bonn pero también al «leader» de la LSO con su violín Stradivarius de 1709 en una auténtica Beethoven Fest para guardar en la memoria de un público por fin más numeroso del habitual que podrá contar lo vivido este viernes en el Auditorio de Oviedo.

Y es que si hay química sobre el escenario se nota en el patio de butacas. La presencia además de Aitor Hevia como concertino y el propio Simovic ejerciendo simultáneamente de solista y director en el Concierto para violín en re mayor, op. 61 del genio de Bonn ya suponía un plus, tal y como nos contaría en el breve encuentro a las 19:15 en la sala de cámara, y digo breve porque evidentemente lo que le esperaba necesitaba ir calentando, aunque la última prueba de sonido estaba aún viviendo en los muros.
Como un auténtico líder Simovic volvió a asombrar por su valentía en los tiempos sin perder nunca el punto exacto de la formación asturiana a la que conoce como pocos y sabe exigirle sabedor de la respuesta exacta. El Allegro ma non troppo ya nos dejó un primer ataque de los timbales con el timbre perfecto y marcando un pulso vital. El sonido que consigue el maestro ucraniano de la cuerda sigue siendo ideal: aterciopelada y tersa, limpia y agresiva cuando se necesita; la madera no se queda atrás, melodías que pasan y pesan con el sustento de los arcos; y hasta los metales suenan más redondos, equilibrados. Los crescendi iluminan y arrebatan. Y las cadencias en el Stradivarius son filigrana pura, jugando con el tempo y los balances perfectos con apenas un movimiento de cabeza o un arco previo al ataque. El Larguetto de orfebrería y emoción, el Beethoven maduro y enamorado como cuenta en las notas al programa Ramón García-Avello, las variaciones bien ornamentadas sonando cristalinas y etéreas sobre una orquesta rendida al director, solista y compañero. Finalmente el Rondó: Allegro resultó una inyección de optimismo, saltarín y con humor británico del que puede presumir tras tantos años en Londres.
Admiración de todos, pasión por la música de «El coloso enamorado y danzarín« y una propina a dúo con Aitor Hevia que pondría el listón en lo más alto, dejándome sin apenas palabras que raudo anoté en mi móvil.
Pero el «non plus ultra» llegaría con la Sinfonía nº 7 en la mayor, op. 92, que además de ser mi preferida,  consiguió emocionarnos a todos. Con los músicos de pie, trompetas y trompas juntas más Simovic en su puesto de «leader» apostó por una séptima arriesgada, pasional y luminosa. Desde un respeto total a lo escrito disfrutamos de una interpretación de alto voltaje donde la OSPA que en el concierto le escuchó con admiración y hasta fervor, no solo mantuvo la atención sino que con Simovic colocado en su puesto de concertino, resultó abducida y plegada al mando en plaza del ucraniano afincado en Londres. Dominador de balances y tempi, la llevaría de nuevo con mínimos gestos entendidos al detalle por cada sección de la orquesta asturiana, mimando una sonoridad clara en cada momento y sacando de la cuerda capitaneada codo con codo con Hevia, lo mejor de esta temporada.
En el Poco sostenuto – Vivace se escuchó todo lo escrito, matices extremos puramente románticos, ataques con bravura, maderas casi pastoriles, el cambio al Vivace impactando por intensidades y contrastes en el punto exacto, metales poderosos pero «sin bravuras» ni arrebatos, la cuerda grave rotunda, dinámicas amplias y pisando el acelerador a fondo dominando con mano y «arco firme» para que nada se escapase y encajara al milímetro. El famoso y hermosísimo Allegretto mantuvo la gama de colores detallistas, cada sección presente y bien balanceada, escuchándose y disfrutando con un tempo luminoso más rápido de lo habitual pero fresco, con el ritmo ostinato latiendo como el corazón de Simovic, minucioso en los fraseos y equilibrios, paladeando los motivos, los reguladores eternos que elevaban las pulsaciones sin aumentar la velocidad «amarrada» por unos timbales precisos y una cuerda preciosa. El Presto valiente, impecable, rompedor, explosivo, el «scherzo» verdaderamente bromista y saltarín, sorpresivo, con los tutti grandiosos, pasionales… Y con esta «descarga en vena» lógicamente el Allegro con brio sería fiel a la indicación del aire más que al metrónomo, estallidos de luz, contrastes, ataques, el empuje vertiginoso sin perder claridad en ningún momento, dinámicas brillantes, acentos marcados con precisión en una montaña rusa donde hasta los silencios sonaron y se respetaron sin nada que los perturbase.
Una OSPA entregada, volcada, disfrutando con Simovic siempre, como uno de ellos para finalizar esta séptima que volviendo a citar las notas «provoca(n) esa bacanal contagiada de alegría», público rendido, músicos también y la sencillez de un grandioso Roman al que con mi chanza pido le pongan un piso en Oviedo y un vuelo directo con Londres, pues con esta calidad y entrega todos mejoramos, crecemos y disfrutamos. Gracias Maestro.

La «siguiente generación» ya pide paso

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Viernes 3 de octubre, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo, NextGen: Concierto final de la Masterclass internacional de dirección de orquesta con Johannes Schlaefli. OSPA, Maximilian von Pfeil (cello). Obras de Verdi, Weber, Elgar, Beethoven, Brahms, Dvórak y Chaikovski. Entrada de butaca: 5 €.

La OSPA ha celebrado a lo largo de esta semana la primera masterclass de dirección con el profesor de la University of Fine Arts en Zurich (ZHdK) Johannes Schlaefli (1957) enfocado para directores profesionales y estudiantes avanzados de dirección, una feliz iniciativa del titular Nuno Coelho, que fuese alumno del afamado maestro. De las 153 candidaturas recibidas (todo un éxito de convocatoria), entre Schlaefli y Coelho optaron por 8 finalistas, cuatro de ellos españoles, que trabajaron una selección de obras elegidas por ambos maestros, trabajándolas con la orquesta durante cinco días y un tiempo de podio de aproximadamente 130 minutos. Además de las sesiones con la orquesta por la mañana, hubo sesiones de retroalimentación y clases grupales por la tarde con Johannes Schlaefli, tal y como nos comentó en el encuentro previo celebrado a las 19:15 en la sala de cámara junto a la gerente de la OSPA Ana Mateo que hizo las labores de entrevistadora, moderadora y traductora.

Las técnicas de dirección y ensayo, así como el análisis de partituras, fueron el eje central de la clase magistral, y todas las sesiones de la orquesta fueron grabadas por un equipo de grabación de video profesional disponibles para todos los participantes, con lo que supuso de ampliación de experiencias antes de llegar a este concierto final, que hasta el miércoles no se decidió qué obras iba a dirigir cada uno, trabajando todos las ocho seleccionadas. Como comentó en la conferencia, a sus alumnos de dirección en Zúrich, y esta vez en Oviedo, les recomienda tener pasión por la música y humildad tras ser preguntado por cómo saber dónde había talento, sumando el trípode que se completa con la «química» entre dos seres como resultan ser una orquesta y su director. Evidentemente con nuestro titular portugués acertó y personalmente le felicité por su «ojo docente» y magisterio musical que la experiencia aporta, y en Asturias lo sabemos, viendo además la trayectoria nacional e internacional emprendida por Nuno Coelho.

El concierto se organizó como un programa especial a la forma clásica: dos oberturas, concierto solista y una «supersinfonía» de cuatro grandes manteniendo los tiempos: Allegro, Adagio, Scherzo y Finale. Sabia elección de obras conocidas por todo aficionado que no cubrió las expectativas de esta nueva apuesta, pues la OSPA imagino el esfuerzo que habrá supuesto ensayar estas obras con ocho visiones tan personales domo los finalistas, más todas las correcciones del Maestro Schlaefli que una vez pasado el ecuador y viendo lo que mejor le iba a cada «alumno», ya se centrarían todos en una sola partitura. Por ello mi primera felicitación a todos los músicos, que sin concertino volvieron a invitar a Jordi Rodríguez Cayuelas y María Ovín de ayudante. Con  obras que todos «tienen en vena» la versatilidad, profesionalidad y cariño con que se adaptaron a los cinco directores y tres directoras es digno de reseñar. Y mención especial al principal de cellos Maximilian von Pfeil como solista en el hermoso y difícil concierto popularizado hace décadas por Jacqueline du Pré junto a su marido Daniel Barenboim, que el alemán bordó siendo la obra estrella para todos, incluyendo a su compatriota y segundo director a quien le correspondieron los dos últimos movimientos.

Dejo a continuación cómo fue el reparto de obras y directores/as, todos trabajando de memoria salvo para el concierto de Elgar como es lógico, experiencia variada en todos, para seguir comentando mis impresiones con las biografías de los ocho que se pueden comprobar en el PDF del programa de mano, añadiendo que esa hoja la cubrimos con nuestro/s «favorito/s» en una urna a la salida del concierto.

Giuseppe Verdi (1813-1901): La fuerza del destino, obertura. Dirigida por el brasileño Richard Octaviano Kogima, músico completo (también pianista y compositor) con las ideas claras como su gesto, preciso y dejándonos un colorido Verdi más sinfónico que operístico.

Carl Maria von Weber (1786-1826):
Oberón, obertura. Dirigida por el cordobés David Fernández Caravaca (1995) musicalmente pasional y de formación «germana», marcando todo con claridad y sin rigidez. Página difícil con la que se desenvolvió sin problemas.

Edward Elgar (1857-1934) Concierto para violonchelo en mi menor, op. 85: Siempre es difícil «concertar» con el solista aunque Maximilian von Pfeil es músico curtido también el atril. Los dos primeros movimientos (I. Adagio moderato; II. Lento – Allegro molto) los llevó el valenciano Adrián Moscardó (1989) con una amplia trayectoria en la dirección que está finalizando en la ESMUC barcelonesa con los maestros Johan Duijck y Salvador Brotons. Se le notó trabajado el concierto aunque hubiese necesitado mejorar los balances de las distintas secciones aunque fuesen claros los tempi y el aire, «mandando» el solista, sabedores que en estos casos el entendimiento con el podio es imprescindible. La OSPA respondió a todas las indicaciones muy disciplinada. Con aplausos que rompieron la necesaria unidad de este maravilloso Elgar, subía para los dos últimos movimientos (III. Adagio; IV. Allegro – Moderato – Allegro ma non troppo – Poco più lento – Adagio) el alemán Jascha von der Goltz, que demostró su magisterio internacional y trayectoria en la batuta. También alumno de Schlaefi se notan las tablas, sin apenas necesitar la partitura, bien en la concertación y el balance, gesto claro para los movimientos más exigentes y agradecidos, excelente transición al largo cuarto tras la impecable cadenza del cello y con amplias dinámicas que engrandecieron y lograron el «trípode» con la conexión y el buen hacer entre todos.

Tras el descanso los siguientes candidatos en una «sinfonía única» donde no podían faltar dos quintas («no hay quinta mala» como siempre digo) en los movimientos extremos, y con tres directoras que no solo demostraron que estamos en el siglo del salto de la mujer al podio por su preparación bien visualizada y modelo para la «next generation»:

Ludwig van Beethoven (1770-1827): Sinfonía nº 5 en do menor, op. 67, I. Allegro con brio. Con decisión, valiente en el tempo y sin apenas respiro en los ataques arrancaba la alemano-colombiana Anna Handler una de las páginas más conocidas del sinfonismo, siempre difícil aportar algo nuevo que en este caso fue la fluidez y el dejar que la música transmita, no siempre marcando todo. Esta directora y pianista formada en Munich es titulada en la afamada Julliard School neoyorquina desde el mes de mayo pasado, y con las ideas muy claras para esta obra, ceñida a en cuanto a las dinámicas escritas pero con el crescendo final donde se notó muy trabajado y con las «masterclass» unidas a la «docilidad» de nuestra orquesta, volvieron a emocionar en esta quinta.

Johannes Brahms (1833-1897): Sinfonía nº 2 en re mayor, op. 73, II. Adagio non troppo, que estuvo en las manos del madrileño-leonés Jorge Yagüe (1996) también formándose en Zúrich con el maestro Schlaefli y trabajando ya con distintas orquestas españolas y europeas. La experiencia se nota en un gesto amplio, expresivo, atento a los matices aunque, como a muchos de sus compañeros en el podio, necesita encontrar el balance adecuado saber «sacar a la luz» los motivos sin perder ningún detalle orquestal, que con tiempo lograrán todos pues hay mucho trabajo previo que tienen hecho.

Antonin Dvorak (1841-1904) Sinfonía nº 9 en mi menor, op. 95 «Del Nuevo Mundo», III. Scherzo. Una de las sorpresas de la noche fue la valenciana Celia Llácer (1994), sin batuta y con toda la energía que este movimiento exige. Matizando sin problemas, dirigiendo con todo el cuerpo y de nuevo siguiendo las clases, con pasión, más que precisión. Se nota que lleva desde niña en el mundo musical y lo transmite nada más subirse a la tarima. Ha dirigido la JOECOM (Joven Orquesta de Colegios Mayores), trabajadora, formada en el Centro Superior Katarina Gurska con Borja Quintas y asistente de grandes maestros no podemos olvidarnos de esta joven que seguro dará mucho juego en los próximos años, demostrando cómo ha cambiado y mejorado el panorama español también en el mundo de la dirección orquestal. La OSPA rindió a tope y con la complicidad que dejó fluir esta maravillosa música fue otra de las triunfadoras del concierto.

Piotr Ilich Chaikovski (1840-1893): Sinfonía nº 5 en mi menor, op. 64, IV. Finale (Andante maestoso – Allegro vivace). Cierre por todo lo alto con la coreana Subin Kim, formada en Alemania. Claridad y precisión fueron sus rasgos aunque el tempi se «cayese» un poco antes del puente. Imposible no entregare en este final de la quinta del ruso, y aunque los metales parecieron desbocarse sin que la maestra los amarrase cortos, hubo convencimiento y pasión en esta interpretación, más brocha que pincel y comprobando que existe un mal generalizado en confundir los crescendi con los acelerando, pero el ímpetu juvenil no tiene nacionalidad y instrumento concreto, en este caso una OSPA que sonó confiada, de nuevo.

Un gran concierto de jóvenes con formato decimonónico en el programa, obras para todos los públicos, incluso para algún despistado que vino «confundido» y marchó feliz, continuar trabajando para formarse (en música nunca se acaba) y el lujo de contar con la OSPA para estas batutas que anotaremos para ver su progreso en el siempre difícil terreno de la dirección orquestal. En Oviedo han tenido una oportunidad para demostrar su valía y aprendizaje permanente con un gran maestro y la mejor orquesta a su servicio.

Excelente iniciativa en apoyo de las jóvenes «nuevas generaciones» (con PPerdón) que repetirán el próximo mes ya con Nuno Coelho al frente y dedicado a la viola con Sandra Ferrández.

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