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Dichosos Pirineos

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Lunes 4 de mayo, 20:00 horas. Sala de cámara, Auditorio de Oviedo: Primavera barroca. Folies d’Espagne: Ímpetus Conjunto Barroco de Madrid, Delia Agúndez (soprano), Yago Mahúgo (clave y dirección). Obras de: Joseph Bodin de Boismortier, Antonio de Literes, André Campra, Pablo Esteve, José de Nebra, Michel-Richard Delalande, Jean-Baptiste Lully, Miguel Pérez de Zavala y Étienne Moulinié.

Mayo mes de las flores, primavera barroca que con el CNDM y el Ayuntamiento de Oviedo continúa en la capital asturiana (también en León), esta vez con músicos españoles interpretando música «De acá y de allá» como indican las notas al programa, siempre con los Pirineos en el medio, más unión que barrera en unos tiempos donde el intercambio cultural era habitual a pesar de faltarnos una visión europeísta, españolizar y no «afrancesarnos», pero bien venidas sean las ideas y venidas a ambos lados de la frontera.

Obras y autores distintos en calidad, alguna recuperación histórica que siempre se agradece para una música abierta en interpretaciones que es el punto fuerte de un repertorio resucitado que disfruta de su momento dulce, esperando no llegue a empalagar. Sin chovinismos lo español sigue siendo más fresco en textos y músicas, cercanos al oyente normal aunque se agradezcan los franceses, manteniendo esta alternancia y gusto que caracterizó un mediterraneismo más allá de gustos regios, incluso conservando una admiración por nuestro universal Quijote, Quichotte chez la Duchesse con total veneración cervantina, si bien las calificaciones que los galos hacen de sus distintas óperas nos hagan difícil encajar nuestras formas autóctonas. Nuestras tonadillas y zarzuelas barrocas siempre serán digeribles sin tanta etiqueta ni encasillamiento, puede que por un aislamiento geográfico del que las propias partituras nos sacaron cuando los gobernantes tuvieron altura de miras para reconocer lo patrio al mismo nivel, si no más, que lo extraño, y Les Folies de Cardenio (Delalande) son una pequeña muestra.

Esperaba un poco más del conjunto del clavecinista madrileño Yago Mahúgo, ocho músicos con mucho peso en el registro grave (contrabajo, chelo y viola de gamba), cuerda pulsada alternando guitarra (brillante su solo y acompañamiento en Moulinié) y archilaúd, más el toque siempre colorista de una percusión que pese a lo discreta brilló con luz propia.

Bien el concertino Pablo Gutiérrez y la segundo Marta Mayoral, que se marcaron una «giga» mano a mano realmente lucida, notándose el trabajo conjunto en otras formaciones, echando de menos más ornamentaciones al clave de Mahúgo, más pendiente de la dirección y la armonía que del color, incluso unas líneas melódicas más marcadas por parte de todos, limitándose a la técnica casi medieval de sumar y restar efectivos en vez de aprovechar las dinámicas, como mucho algunas contestaciones, olvidando que no hay dos repeticiones iguales en expresión, intención, ornamentación, volúmenes y demás recursos barrocos, si bien se agradeció ese papel «discreto» para acompañar a la soprano cacereña Delia Agúndez,  clasificada como lírico ligera aunque sigo prefiriendo y pensando más en el color, variado en todo lo escuchado durante este programa, de gran expresividad escénica (me gustó su «quento del Prado…«) que convence y dramatiza, voz natural y de buena emisión aunque algo corta en volumen, especialmente en el grave, y como mayor pero la no muy bien trabajada vocalización de los textos que tan importantes son, marcando la propia música.

Difícil se me hacía distinguir el castellano del francés (mejor el italiano de Esteve) olvidando la importancia de las consonantes para toda línea de canto, supongo que todavía en desarrollo y estudio. Con todo este repertorio, algo desigual en calidad, dejó momentos interesantes como ese Confiado jilguerillo («Si de rama en rama») de Literes, que bisó, o los extractos de Le bourgeois gentilhombre (Lully) con escenificación incluida, así como el acompañamiento instrumental en su punto.

Agradables también los Airs de cour (Moulinié) recuperados junto al Pasacaille dite Marizápalos (Zavala), esa música cercana al folklore, nuestra seña de identidad que tan bien aprovecharon al otro lado de la cordillera. Delia Agúndez está en el buen camino en cuanto a este repertorio barroco que tan buenas voces está dando en España, y los detalles se pulen con un trabajo que nunca se acaba.

La labor de Mahúgo como investigador también sigue una ruta abierta por otros intérpretes que compaginan escena y biblioteca para desempolvar y recuperar un patrimonio del que tendríamos para estrenar todas las semanas, si bien compartir programas con los grandes no permiten valorar una calidad latente en ellas. Por supuesto que nuestros Literes y Nebra están en primera línea y no empalidecen junto a Lully (italiano de nacimiento) o Campra, realmente músicos de la llamada «Europa galante«, aunque al interpretarlos las tintas sean distintas y no podamos usar una misma paleta sonora. Al menos podemos presumir de música e intérpretes que pasando los Pirineos llevan nuestra cultura a cimas impensables hace pocos años. Esta primavera barroca es un claro ejemplo y todavía quedan tres conciertos donde las fronteras desaparecen ante la universalidad de compositores e intérpretes. Desde aquí seguiremos contándolo.

Requiem de fuerza

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Domingo 26 de abril, 19:00 horas. Conciertos del Auditorio, Oviedo: Angela Meade (soprano), Marianne Cornetti (mezzo), Vittorio Grigolo (tenor), Carlo Malinverno (bajo), Orfeón Donostiarra (José Antonio Sainz Alfaro, director), Oviedo Filarmonía, Marzio Conti (director). Verdi: Messa da Requiem.

Auténtica despliegue sonoro el derrochado durante este último domingo de abril por todos los músicos intervinientes en el «operístico» réquiem verdiano. Uniendo fuerzas con nuestros vecinos donostiarras más un cuarteto vocal poco conocido pero equilibrado, incluso en color vocal, Marzio Conti volvió a liderar un auténtico espectáculo con el que se siente realmente cómodo, y eso que la partitura del genio de Le Roncole está repleta de momentos íntimos, a capella para coro, para solistas, frente a los más impactantes, debiendo alternar ambos desde un difícil equilibrio.

Pablo Meléndez-Haddad en sus notas al programa comenta al final de las mismas que «tanto la parte orquestal como la vocal -sin olvidar la que recae en los solistas-, posee un tratamiento propio de la madurez del genio verdiano, que no escatima en efectos y deja la puerta abierta a la inventiva del director que relee la obra, ofreciendo posibilidades que van desde la extroversión más pura, teatral y manierista, hasta la introspección propia de una obra religiosa, carácter, este último, por el que optan pocas batutas, ya que esta misa se reclina más en la espiritualidad que en la religión«.

Y quedaba poner el punto medio aunque balanceado hacia la explosión. Porque por ello optó el titular de la Oviedo Filarmonía que algo reforzada pareció olvidarse de los graves, quedando extenuados los contrabajos ante la catarata sonora demostrada por sus compañeros en todas las secciones.

Del Donostiarra sólo caben felicitaciones, volviendo a demostrar su excelencia en toda la gama de matices, afinación y presencia. Los fortísimos siempre en su sitio (cada Dies Irae un placer) y presentes pese a una orquesta que nunca quitó «f» de la partitura para aminorar volúmenes (impactando en el Sanctus), y los pianísimos tan delicados y bien pronunciados que nadie pensaría estar ante 90 voces en la escena. La formación de Sáinz Alfaro tiene más que banquillo de repuesto para seguir liderando estos repertorios con el perfecto relevo generacional llevado como sólo ellos llevan haciendo durante muchos lustros. Por echar de menos algunos bajos más, que siguen escaseando en nuestros coros, incluso los norteños, todavía necesarios en número para estas grandes obras sinfónico corales.

De la orquesta en general bien, pese a detalles mejorables como una más escrupulosa afinación en la cuerda (los violonchelos sobre todo), dominada como Conti nos tiene acostumbrados, y aplausos para los refuerzos que necesarios para este Requiem no desentonaron con sus compañeros de atril.

El cuarteto solista ya prometía desde su primera intervención, pese a alguna indecisión puntual, aunque estuvo dominado por el tenor Vittorio Grigolo con un volumen y color realmente asombroso, puede que exagerado en detrimento de sus tres compañeros, con una musicalidad «manierista» dejándonos un Ingemisco bello. Sus contrastes dinámicos agradecidos y una media voz que no pierde uniformidad tímbrica, difícil en estos momentos, pidiendo paso entre los tenores italianos del momento, pienso que fue el triunfador de la noche.

Me encantó la mezzo Marianne Cornetti en todas sus intervenciones, voz bellísima, equilibrada, de graves claros, dicción perfecta, pero sobre todo por su línea de canto puramente verdiana, lirismo en cada solo y dúo, sin diluirse en los cuartetos manteniendo ese nivel de principio a fin.

La soprano Angela Meade tuvo que enfrentarse a la «ingratitud» de una versión tan poderosa que obligó a pequeños tics que pueden deslucir la visión global, con un «vibrato» algo exagerado por momentos aunque una potencia sin perder afinación para aplaudir y un fiato impresionante. Los «pianísimos» detallistas aunque en algún ataque cortados y abusando a veces de un portamento como buscando la nota correcta. El papel más difícil y exigente del cuarteto, hay que alabar su entrega con todos los pros y contras, agradecer el darlo todo con los riesgos asumidos y brillando con luz propia.

Ante los otros tres solistas, el bajo Carlo Malinverno no desentonó pero estuvo un escalón por debajo. Color hermoso en el medio y agudo, volumen algo corto, su canto como en el Tuba mirum o el Confutatis es ideal con menos presencia orquestal, algo que en esta partitura es imposible obviar. En los cuartetos empastó y ayudó a un color homogéneo pero creo que le queda grande para su edad, sabiendo que con los años ganará en empaque. No desentonó en un Requiem difícil de encontrar cuatro voces que no cojeen, primando el resultado global que antiguamente se calificaba como aseado y yo prefiero llamar honesto.

Retomando las notas de Pablo Meléndez-Haddad, «este testamento musical de un agnóstico es un canto al alma humana que ha sobrevivido intacto a más de un siglo de existencia«. Y aunque las toses son peores que en las misas de doce, no ya por la media de edad sino por la total falta de educación cívica, la genialidad operística de Verdi sigue presente incluso en una misa para su difunto amigo Manzoni alcanzando la grandeza y pasión en una ira de Dios musical a más no poder hasta liberarnos con la soprano arropada por coro y orquesta en un hilo de tensión hacia una luz cegadora, no sabemos si eterna, totalmente operística desde el recitativo.

Conti como pez en el agua volvió a anotarse un logro con un compatriota suyo. No será el mejor Requiem de Verdi que haya pasado por el auditorio ovetense pero marchamos con las pilas cargadas ante una inyección sonora que levanta los ánimos aunque la lluvia parezcan lágrimas que no nos abandonan.

Abril en París

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Viernes 24 de abril, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo: Abono 11 OSPA, Eldar Nebolsin (piano), Ramón Tebar (director). Obras de Debussy, Ravel y Liszt.

Tengo en mi particular debe una escapada parisina, la capital francesa que bien vale una misa, una cena, un concierto, una ópera… Al menos con la música también podemos viajar sin movernos de la butaca, y este undécimo de abono repiraba como el título del libro o de la película aunque con argumento propio, casi sin necesidad de referencias para disfrute de la música en estado puro.

El París de Nijinsky y Diáguilev que tan bien nos comentó en la conferencia previa la siempre interesante María Sanhuesa (autora también de las notas al programa que dejo enlazadas en los compositores al inicio) nos sirvió para un primer viaje con Debussy en el vuelo OSPA tripulado por el «comandante» valenciano Ramón Tebar, Preludio a la siesta de un fauno donde la «sobrecargo» flauta de Myra Pearse abría una tarde de altos vuelos.

Si la partitura del francés era difícil de coreografiar y ni siquiera le gustó mucho la puesta en escena del genial y especial bailarín ruso, siendo como recordaba la musicóloga un «preludio» al poema de Mallarmé, la interpretación de la orquesta asturiana con Tebar resultó una delicia para abrir este concierto que mantiene en lo más alto el nivel de nuestra formación. Con una orquestación ideal y siguiendo con las músicas de ballet que tan buenos resultados están dando a la OSPA, la ambientación fue más allá del llamado impresionismo musical. El cuidado por el sonido que buscó el internacional director español tuvo respuesta inmediata por parte de todos los músicos, una cuerda clara y luminosa, incluyendo las arpas, más una madera ideal en texturas que permite pasar de la flauta al oboe como si de instrumento ideal se tratara, arropadas por el cuarteto de trompas y la tenue percusión tan cuidada en posición y hasta tamaño de los platillos. Gusto por el detalle cercano que de lejos permite disfrutar del conjunto, más impresionante que impresionista. Las veladuras y arabescos, los «jaspeados» sonoros a los que hizo referencia la doctora Sanhuesa alcanzaron momentos de una belleza tan arrebatadora como el propio fauno sin interrogantes en cuanto a la certeza de lo escuchado, sueño hecho realidad sonora, apertura ideal para una velada reconfortante.

Sin apenas tiempo para aterrizar, recordaba el París de Gershwin y las reminiscencias del jazz no ya en su famosa Rapsody in blue sino también en el Concierto en Fa, esta vez cambiado por Ravel y su Concierto para piano en sol mayor con mi admirado y querido Eldar Nebolsin de solista que volvía a la capital asturiana. En Debussy ya apreciamos el mimo de Tebar en la búsqueda de sonoridades, pero con el pianista ruso afincado en nuestro país apreciamos colores y texturas, ambientes cercanos en espacio y tiempo, frescura por un concierto que sólo unos pocos como el pianista ruso pueden recrear. Es un placer ver el equilibrio entre solista y orquesta, un balanceo tenue para pasar del protagonismo total a integrarse como un instrumento más en el tejido orquestal que Ravel domina de principio a fin, swing que respira esta obra plenamente actual y Nebolsin recrea desde un trabajo meticuloso de articulación. El Allegramente rítmico, rapsodia vasca, percusiva, juguetona, siempre limpia y exigente para todos como el Presto final de vértigo, dos colosos tímbricos y convincentes, auténticos guardianes de ese remanso del Adagio assai, arrancando Nebolsin en solitario, íntimo, delicado, musicalidad a borbotones, técnica desbordante, sonidos cuidados en cada nota (aunque el Steinway esté algo desajustado y requiera una revisión profunda), emociones a flor de piel que se engrandecieron con el corno inglés de Juan Pedro Romero para deleitarnos con una página bella a más no poder, acunada por una cuerda sedosa, etérea, más francesa y actual que nunca. Impresionante el entendimiento entre podio (también pianista y concertador de primera con larga experiencia operística), solista (de amplia formación también camerística) y orquesta (en un momento dulce donde cada batuta parece descubrir facetas nuevas), escuchándose, disfrutando, compartiendo cada compás, ensimismados por un sonido pulcro, elegante y de ensueño. Partitura en la que se estrenaba Eldar y seguro le dará muchísimas alegrías, más aún que el de «la mano izquierda» porque ha encontrado el momento personal de hacerlo suyo.

Todavía quedaba la propina en solitario de Eldar Nebolsin, más Ravel con una Pavana para una infanta difunta para atesorar en la memoria, todo el poso interpretativo de este fenomenal pianista tan cercano y sincero en cada nota, engrandeciendo de mutuo acuerdo partitura e interpretación, una dualidad única desde la naturalidad con la que nos regaló esta música que convirtió Paris en un sueño musical.

Franz Liszt también triunfó en París como virtuoso del piano aunque para este viernes de perfumes franceses fue la Sinfonía Fausto la que sonaría en la segunda parte en la versión sin coros, más alemana de Goethe y Weimar, aunque la OSPA con Tebar nos hizo pensar que eran prescindibles. Obra colosal en instrumentación, dificultades técnicas para todos los atriles, auténtica diablura orquestal en tres movimientos donde literatura y música vuelven a emparejarse aunque la majestuosidad resultase inaprensible por el derroche de intensidades, dramatismos, colores, contrastes… Sin apenas respiro para nadie, solo las siempre inoportunas toses rompieron una unidad buscada por el apasionado director valenciano, de gestualidad ampulosa pero clara, vibrante, marcando todo con energía contagiada a una orquesta que crece como nunca, más de una hora de Fausto, Margarita y Mefistófeles donde todos tuvieron protagonismo, Romero ahora de principal oboe, los metales erguidos en presencia espoleada en el momento justo, percusión precisa y esmerada en ayudar a seguir ampliando paleta sonora, más una cuerda (con arpa) convincente, diabólica, casi al límite, portentosa, vigorosa, cuartetos camerísticos y tutti apoteósicos, cellos fundidos con contrabajos, destacando especialmente María Moros con su solo de viola para enamorar, plantilla convincente por lo convencida para una obra que tardaremos en escuchar precisamente por el esfuerzo, que de nuevo mereció la pena. Se me hace imposible que con tan pocos ensayos (el jueves ya hicieron este programa en Avilés) el resultado final fuese tan alto. Por supuesto que Ramón Tebar capitaneó este «Vuelo OSPA nº 11 y destino París» con muchas horas a sus espaldas y dominando la aeronave, pues las condiciones metereológicamente previstas no eran favorables, en sentido metafórico, mas la respuesta alcanzada seguramente no la esperaría ni el mejor piloto. Personalmente y tras los últimos viajes como pasajero en este avión, yo sí, sin sobresaltos y disfrutando nuevamente de la experiencia. No sé cuándo saldaré mi deuda con la capital francesa, pero mi «Abril en Oviedo» está dando réditos musicales que no pueden menguar. Felicidades a todos.

Sobriedad desde el rigor

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Jueves 23 de abril, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo, Sala de Cámara: Primavera Barroca. La Real Cámara, Emilio Moreno (director). Música francoespañola en la corte de Felipe V (1701-1705). Obras de Juan Bautista Volumier, Henri Desmarets, Charles Desmazures y J. B. Lully.

Cuando la llamada música antigua estaba en sus albores, Emilio Moreno ya buceaba por archivos en busca de obras e impartía magisterio desde el violín barroco, una labor que con los años mantiene y deberíamos agradecerle desde el amor hacia la música hecha desde España, con el apoyo del CNDM y triunfando en todo el mundo. Con La Real Cámara y procedente de León llegaba a Oviedo el violinista Emilio Moreno con una formación joven de cuerda para recrear las músicas que sonaron en la boda del primer Borbón, obras y autores casi desconocidos que también tienen su hueco en la larguísima tradición francesa, probablemente música de consumo sin la calidad de las grandes figuras pero necesarias para comprobar la riqueza que aún queda por descubrir, algo a lo que Don Emilio nos tiene acostumbrados.

Como en la pintura, estos artistas tenían oficio aunque a menudo las temáticas no siempre resulten agradecidas y solamente la genialidad es capaz de convertir en obra maestra un bodegón, un paisaje o incluso la representación de la figura humana. Y quiero hacer este paralelismo pictórico porque también las necesidades y penurias obligaban a prescindir de colores, instrumentos en los músicos, que podrían alcanzar la luminosidad a la que este periodo histórico y artístico nos tiene acostumbrados.

Las obras que La Real Cámara nos dejó fueron más otoñales que primaverales en cuanto a la paleta de colores utilizada, uno o dos violines, una o dos violas, chelo, violón, clave y tiorba o guitarra que de por sí dan «menos juego» que combinados con el viento. Organizadas todas las obras como suites también dan menor empaque por el pequeño formato que favorecía el coleccionismo y la variedad sin entrar en grandes dimensiones.

La Ouverture en re menor (a partir de Proserpina de Lully) de Volumier con nueve números, algunos de muy breve duración, adolecieron de mayor contraste, el violín solo no sobrevolaba al resto donde chelo y contrabajo doblaban dando profundidad pero no gamas dinámicas. Las danzas lentas o los «aires» quedaban algo plomizos pese a una temática diría que pastoral donde la figura humana es decorativa y no protagonista, siendo la Sarabande vite el referente hispano totalmente exportable en aquellos tiempos a toda Europa. La recuperación histórica de todas estas obras tiene el valor de limpiar unos lienzos que no siempre descubren grandes obras, limitándose a valorar la técnica utilizada aunque con atención podamos apreciar pequeños detalles que las hacen merecedoras de contemplarles y escucharlas.

Con el Divertiment para la boda de Felipe V y María Gabriela de Saboya de Desmarets la temática bien podría ser la de un bodegón que nos permite conocer el menú y hasta la vajilla utilizada en este evento celebrado en Barcelona en 1701, también la elección de las once danzas que más que bailables resultarían fondo musical del real banquete nupcial, el primer Borbón español con la italiana Maria Luisa Gabriela de Saboya sin perder el sabor francés de la suite escrita toda en la misma tonalidad, de nuevo referente pictórico que encorseta la expresividad. Casi boceto a sanguina con distintas intensidades para buscar claroscuros pero falto de la vitalidad necesaria, alguna pincelada cercana a un esbozado faisán o mejor urogallo con los Rigaudons, el vino español que alegra el espíritu con los Canaries y bien servido por la formación al completo donde el colorido lo daba la alternancia del asturiano Pablo Zapico con los rasgueos de guitarra supliendo la tiorba. Más equilibrio por los pares de violines y violas sin excesos, menú sobrio servido a temperatura ambiente, cuadro bien armado y enmarcado, equilibrios sin líneas de fuga desde una técnica demostrada por los intérpretes pero con ingredientes que no daban para más. Supongo que el viaje desde Turín de la futura reina con la tormenta en Marsella también dan esa apariencia otoñal en esta primavera barroca.

La segunda parte cambió la temática y algo más la perspectiva, la composición del cuadro musical aunque siempre con las danzas alternadas bien combinadas. La Suite 6ª en G. Re. Sol, de Pièces de Symphonie dédiées a la Reine d’Espagne (Desmazures) parecieron pintar miniaturas con distintos enfoques, menos ocres que en la primera parte y algo más de color dentro de una luz tenue, músicas de nuevo sobrias por el escaso ornamento, melodías llevaderas bien expuestas y dibujadas, perfiladas con fondo bien resuelto donde el clave de Eduard Martínez pareció ganar presencia, un leve paso al primer plano sin perder la visión de conjunto de cada miniatura. La Gigue Angloise de raíz celta como nuestra gaita asturiana, recordó los cuadros de danzas transmitiendo una alegría tonal y mayores contrastes, presentando ocho cuadros algo desiguales en calidad pero pintados con rigor y conocimiento.

El genio aún más grande por sus compañeros de galería es Lully, la Suite del ballet L’Amour Malade en la reconstrucción de la representación de 1703 también en Barcelona, destaca por sí sola y enamora por temática, brillo y colorido que sólo los maestros pueden alcanzar con los mismos medios que los alumnos dando el toque de distinción. La Real Cámara de nuevo al completo pareció otra formación en los ocho números, contrastes claros, intensidades en ataques, sonoridades más plenas, planos más diferenciados, un Le Carillon limpio, Les Échos sin dudas ni indecisiones en las entradas y bien contestados, la Marche Espagnole con la grandiosidad del compositor que bebe y se inspira no sólo en lo obvio para crear, al igual que la Marche des Turcs que el Clasicismo pondrá de moda, y cómo no, la Chaconne, esta vez paisajes, retratos y naturalezas muertas donde la perdiz rivaliza con la jarra de vino en los distintos rojos, misma tinta pero consistencia distinta, calidades sonoras capaces de transmitir texturas y dinámicas ausentes en el resto de lienzos que conformaron los pentagramas anteriores. Lully capaz de aunar esfuerzos en una formación con instrumentistas conocidos y reconocidos, Emilio Moreno cual konzertmeister en esta corte ovetense sirviendo al final lo mejor del menú, un fin de fiesta «real». Música de enlace regio y plato fuerte tras el aperitivo a modo de «divertimento» en la primera parte.

El regalo volvía a ser español, bisando la Sarabande de Desmarets que esta vez pareció recobrar un brillo ausente en la primera «visión», como si la proximidad de Lully contagiase al maestro de taller al que le dieron la oportunidad de asistir a esta boda real. Las historias que se esconden detrás de cada obra y compositor darían para el paralelismo literario pero esta vez la pintura se casó con la música y el público disfrutó del evento con una excelente entrada.

Smørrebrød y Sushi

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Viernes 17 de abril, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo: Abono 10 OSPA, Akiko Suwanai (violín), Rumon Gamba (director). Obras de Sibelius, Nielsen por partida doble, y Grieg.

Continúa la campaña gastronómico-musical ¿A qué sabe la música? e inspirado en el programa del décimo de abono me vino el título, los «smørrebrød» daneses que son el alimento habitual del mediodía, el típico pan negro de centeno con mantequilla sobre el que servir un pescado ahumado, normalmente salmón pero también arenques, sin olvidar las salsas, aunque admite cualquier ingrediente, y el «sushi» japonés que continúa su conquista occidental abriendo restaurantes donde comer el mal llamado pescado crudo, todo un ritual y sabia elección de productos marinos donde no falta el marisco.

Países nórdicos de los compositores y el Japón de la violinista Suwanai que volvía con nuestra OSPA, el restaurante sonoro donde también repetía de cocinero el director inglés Gamba, que también es habitual en la orquesta de la ciudad danesa de Aalborg y de la sueca Umeå (sede de la Norrlandsoperan de cuya orquesta sinfónica es titular el británico).

Estaba visto que mi ambientación mental tendría la luz del norte, principalmente Dinamarca, tan distinta en cada estación, los latinos del norte que les llaman sus vecinos suecos y noruegos, centro cultural a lo largo de la historia y donde el clima marca cada momento.

Este 2015 coincide con el 150 aniversario de Sibelius y Nielsen, otra buena disculpa para programarlos juntos, y precisamente con los mismos invitados que en Gijón y Oviedo, ya conocidos ambos, sumando al noruego Grieg que también estrenase en Copenhague muchas de sus obras, sin olvidar la tradición teatral nórdica, que por otra parte parecía otro hilo conductor de este concierto.

Sibelius abría boca con el conocido Vals triste y la Escena con grullas, Kuolema, op. 44 en estos dos números que Gamba planteó con el colorido gris del otoño nórdico, pero toda una gama de ellos como de dinámica y agógica realmente interesantes, dando al vals un estado anímico de esperanza, ya conocedor de nuestra orquesta y gozando con la cuerda que vuelve a la garra y sonoridad del más alto nivel. El vals empezaba lentísimo e imperceptible como un despertar que fue animando y contagiando vitalidad, necesaria para comenzar un día con poca luz. En la escena casi wagneriana y «conservadora» como tildan algunos estas obras del finlandés, el maestro inglés también jugó con el gris pero primaveral, que me recuerda más nuestro otoño astur, los destellos de la madera no de cisne sino mejor petirrojo o raitán de mi tierra, tocando suelo firme y no un estanque por el poso alcanzado en las sonoridades, poco etéreas excepto de espíritu. De haber elegido para el programa El Festín de Baltasar Op. 51 y entonces el menú hubiese resultado aún más redondo.

Akiko Suwanai ya no es la jovencita ganadora del Tchaikovsky pero sigue siendo un prodigio, sus visitas a Oviedo en 2009 con Kynan Johns y con Milanov en 2010 y su Stradivarius «Delfín» fueron impactantes (Prokofiev y Tchaikovski) siendo de las pocas que se «atreven» a interpretar el Concierto para violín op. 33 de Nielsen. Dos movimientos pero infinitos recovecos, densidades potentes llenas de exigencias solistas y orquestales no fácilmente digeribles, puede que necesitando acostumbrarnos a estos sabores tan distintos. La emoción de la virtuosa japonesa sólo se transmite cerrando los ojos, esa cultura que casi impide exteriorizar sentimientos pero que escuchándola remueve las tripas, «sushi» en estado puro para un danés que también sabía innovar y todavía parece actual. El Preludio. Largo. Allegro caballeresco puede recordarnos ese verano luminoso, casi cegador donde la noche apenas es un atardecer que no pone el sol, con un inicio vertiginoso y exigente para solista y orquesta, impecable, equilibrada, aterciopelada en todas su secciones, con el Stradivarius emergiendo y dialogando, protagonismo compartido bien entendido y marcado por Gamba. Mientras el Poco adagio. Rondó Allegretto scherzando contrapone el invierno sin luz, frío e íntimo, todo en una partitura como si del primer Tívoli hablásemos, recuerdos de muchas culturas y mucho más que un entretenimiento, con una Suwanai pletórica que sobrevuela con su «Delfín» volúmenes incluso en los pianísimos, un discurrir musical sinuoso en emociones y orquestaciones, denso pero no pesado, trabajoso y agradecido. Las cadencias de la japonesa son un espectáculo de fuegos artificiales en la navidad danesa, luces más que ruido, explosión contenida pero profunda, dobles cuerdas y arco mágico capaz de pensar en dos violines a la vez por la uniformidad de los fraseos, sin olvidar el toque final de fino humor nórdico ante el grueso orquestal empujando el barco por los canales reflejando los palacios decimonónicos en todo su esplendor.

Todo un manjar que no podemos probar a menudo porque perdería el encanto de lo nuevo, y servido con el aderezo de una OSPA arropando un sabor que permanece siempre, bien preparado por un Gamba reconocido maestro concertante. Nielsen más allá de sus sinfonías apostando por platos rompedores hace cien años que aprovechando efemérides volveremos a encontrar en algún menú.

El regalo bachiano del tercer movimiento «Andante» de la Sonata nº 2 BWV 1003 trajo la frescura de un scnaps danés espirituoso en vez del esperado sorbete de limón, para devolver al paladar su estado original, en tragos cortos, escuchando las dos voces pausadas, la música pura desde el sonido impecable, perfecto, preciso y limpio antes del festín de la segunda parte. Bravo por Akiko.

El noruego Grieg y su Peer Gynt, suite nº 1 op. 46 resulta más habitual en las cartas musicales, especialmente con la primera, ingredientes conocidos y preparación llevadera, aunque Rumon Gamba le dio el toque romántico de contrastar y jugar con una OSPA colaboradora, aceptando una pizca de sal con la misma naturalidad que los granos de pimienta, cuatro números bien servidos: La mañana luminosa que llena la boca, maderas protagonistas excepcionales siempre; Muerte de Aase profunda que permite recrearse a todos desde el dolor de la cuerda cual lecho final del que emerger, acunado por una dirección atenta a toda emoción, tensiones y sonoridades dramáticas; Danza de Anitra ligera como el gusto salpimentado, juegos rítmicos contenidos, dinámicas jugosas, primeros planos sugerentes percibiendo todo en su punto; y En la gruta del rey de la montaña capaz de aunar un crescendo de matices y tempo con total naturalidad, saboreando todas las secciones que tienen ingredientes de primerísima calidad dando un plato de muchos tenedores por presentación, paladar y digestión. Cuatro platos sin pausa, sin respiro, distintos, equilibrados y sin perder unidad, belleza ni coherencia.

Para acabar de nuevo Nielsen en la mesa y su Aladino: suite op. 34, otro plato poco cocinada al completo (en Oporto probé por primera vez un bocado y aquí no hubo la breve intervención del coro final) que en siete números nos hace viajar a oriente sin movernos de la butaca pero abriendo bien los oídos desde una orquestación completísima con una escritura que potencia todas las familias, recursos aparentemente fáciles pero difíciles de equilibrar en una música teatral como toda la puesta en escena. Gamba apostó por contrastes agridulces, los músicos respondieron y hasta el público disfrutó del espectáculo. Los sabores salen a flote sin problema, metales y percusiones en la Marcha festiva oriental, juguetones flautines, fortísimos impregnados de colorido casi como Bollywood; El sueño de Aladino y Danza de la niebla matinal con regusto del noruego antes de devolvernos el sueño oriental de una cuerda como base para dibujar líneas aéreas de mercados oliendo a flores; Danza hindú delicada en cuerda, sinuosa en la madera, etérea en diseño contrapuesta a la Danza china juguetona, rítmica, equilibrada antes de meternos de lleno en El Mercado de Ispahan, batiburrillo de sabores y contrastes, emociones lejanas con planos superpuestos que el maestro británico llevo de la mano para subir y bajar presencias, enfocar o desenfocar, pasar el foco de atención de un lugar a otro, medias cuerdas frente a maderas, una lección de escucha, dirección e interpretación de lo más lograda; Danza de los prisioneros una vez salvado el aparente caos, ahora con premoniciones orquestales rusas, casi cinematográficas en blanco y negro; y la Danza negra, africana, explosiva y potente para deleite sonoro de todos, maderas y «bronces», percusiones en estado puro, energía transmitida con la vitalidad de Gamba contagiada a una OSPA volcada en este remate musical donde la geografía es lo de menos ante este itinerario musical.

El placer estuvo en cada detalle, los románticos viajaban de muchas formas, no ya físicamente sino con el teatro, la literatura y hasta la cocina, con la música bañándolo todo. Mentalidad abierta para una ruta transitable tras desbrozar el camino, influencias adoptadas y adaptadas en esta suite danzarina, fuerte, casi picante que el maestro cocinó en las proporciones perfectas para saborear cada ingrediente.

Dos invitados para tres autores, cuatro obras como cuatro platos, muchos y buenos ingredientes, cocinero que entiende bien los fogones y restaurante de carta amplia que mantiene expectativas para seguir probando y viajando. La OSPA está servida.

VigoroSO Perry

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Viernes 10 de abril, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo, Abono 9, OSPA, Perry So (director). Obras de Schumann, G. Connesson y Brahms.

Cada visita de Perry So al frente de nuestra orquesta es una inyección de vigor, alegría y magia, contagia vitalidad a cada partitura y conecta a la perfección con los músicos a los que eleva a la máxima categoría insuflando una confianza que siempre da como fruto conciertos plenos.

El programa de este viernes tuvo tres momentos completos y una compleja unidad a pesar de las apariencias. La Obertura, Scherzo y Finale, op. 52 (1841) de Schumann fue casi una sinfonía incompleta, poquísimo escuchada y con todo el estilo plenamente romántico en el que nuestra orquesta brilla casi siempre, más cuando desde el podio se marca todo a la perfección dotando de sonoridades únicas a la formación asturiana. Cada sección rivaliza en calidad con las demás, lo que pone el listón altísimo, con la colocación «vienesa» que para estos repertorios pienso es la idónea. Las cuerdas graves de la Obertura llegan a todos y la rítmica estuvo clara con ese «abrazo» que envuelve todo, más en el Scherzo que con mano firme por parte del maestro So alcanzó ese vigor que parece inundarlo todo. El Finale estuvo tan claramente expuesto en el contrapunto inicial que daba gusto escuchar cómo pasaba de unos a otros hasta la coda homofónica potentísima.

Escuchaba por vez primera Un rayo de luz en la era de la oscuridad (2005) del francés Guillaume Connesson (1970) que tras la conferencia previa de Alejandro G. Villalibre, autor de las notas al programa -enlazadas al inicio en los autores-, pareció más actual aún aunque en «Música y universo: el sonido del espacio» apenas se citó la obra pero sí las relaciones de siempre entre dos mundos desde los astrónomos, físicos filósofos, también músicos, sin olvidar cómo la imagen cinematográfica hace más creíble cualquier género o forma musical que en estado puro y sin ese apoyo podríamos calificar de infumable, pero no es el caso de esta otra «obertura» para una «Trilogía Cósmica«. Si el propio compositor la describe como «música pastoral cósmica» el trabajo tímbrico y la orquestación van más allá de cualquier evocación aunque ayude a una mayor o mejor comprensión de la partitura. Orquesta con percusión abundante y tratamiento muy específico (como en los platos con arco), más arpa, piano, celesta y demás arsenal de viento tan del gusto de los contemporáneos pero tratada con maestría tanto en el desarrollo de las secciones como en la narrativa que Perry So tuvo clara, conocedor de la obra en Los Ángeles. La gradación dinámica hasta el oscuro silencio y posterior destello de luz casi cegadora se consiguió con un trabajo de todos los músicos volcados con una obra madura y cercana en el tiempo, destacando el oboe y el cello pero también el solo de trompa en la parte central y sobre todo el magisterio del director chino. Música agradable y fácil de escuchar sin excesos arbitrarios desde una concepción más allá de las descripciones que siempre ayudan.

El auténtico protagonista sería Brahms y su Sinfonía nº 3 en fa mayor, op. 90, nada de «cenicienta» de su hermana Cuarta, capaz de emerger tras su escucha como la libertad orquestal desde la individualidad. Hay buenas versiones para una difícil elección que los melómanos atesoramos: Bernstein con la Filarmónica de Viena, Abbado con la Staatskapelle de Dresde, incluso Haitink y la Chamber Orchestra of Europe, sólo por dejar tres ejemplos distintos e igualmente hermosos (además de los enlazados anteriormente). Al final el maestro chino, pero de formación yanqui, elevaba la partitura ante las largas ovaciones que le obligaron a saludar repetidas ocasiones y compartiendo con los músicos una interpretación magistral. Sinfonía que hace protagonistas a cada uno de los atriles, exigente con todos los solistas y respuesta impecable por parte de ellos. De los metales: trompas seguras como nunca, ensambladas a la perfección, trombones poderosos y precisos, trompetas capaces de claroscuros increíbles. Las maderas en plena competencia por sonar con toda la musicalidad que el genio de Hamburgo pone en sus intervenciones: clarinetes exhultantes, oboes evocadores, flautas levantando vuelo, fagotes como violonchelos en ataques y fraseos. Los timbales contenidos pero presentes y exactos. Pero la cuerda merece un punto y aparte.

No recuerdo una sonoridad tan vigorosa, clara, incisiva, presente como esta vez. El Allegro con brio marcó un antes y un después, el Andante recreó con el viento momentos irrepetibles, el conocido y versioneado Poco allegretto más cantable que nunca y el Allegro final una explosión de júbilo. Los cellos presentes, precisos y preciosos, como nunca, las violas protagonistas pocas veces con un sonido maduro, los contrabajos deleitándonos con cada nota, y los violines un auténtico acierto, contemplando los arcos alternando arriba y abajo para alcanzar el equilibrio dinámico deseado (como explicaba el maestro a OSPA TV), la tensión contrapuesta a la seda, presencia que en Brahms logra esos clímax que nada gustaron en su momento y ahora revolverían a muchos en sus sepulturas. Perry So dominador de la obra de cabo a rabo llevó a la OSPA a la cima sonora, intepretativa, volcados con el ímpetu y vigor joven de ideas claras que dieron como resultado un concierto realmente para grabarlo en nuestra memoria colectiva, intérpretes y público.

Sólo queda mantener el grado de exigencia porque la demostración de gran capacidad que tiene nuestra orquesta no está nunca en entredicho y a este concierto nos referiremos cada vez que bajen un escalón por pequeño que sea. Enhorabuena a todos, el titular tenía que finalizar en So: explendoroSo, fabuloSo, maravilloSo, contagioSO… finalmente vigoroSO Perry.

El Barroco está de moda

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Miércoles 8 de abril, 20:00 horas. Centro Nacional de Difusión Musical, Auditorio Príncipe Felipe, Oviedo – Sala «Luis G. Iberni». Primavera Barroca: Luz mediterránea. Il Pomo D’Oro, Dmitry Sinkovsky (violín y dirección). Obras de D. Scarlatti y A. Vivaldi.

El centro que dirige Antonio Moral, presente entre nosotros, ha vuelto a contar con Oviedo para la «Primavera Barroca» por segundo año, y ante el éxito del primer concierto supongo que seguirá apostando por la capital asturiana, donde el barroco siempre está de moda. Hace precisamente dos años actuaba la gran mezzo Joyce DiDonato en la sala principal con Il Complesso Barocco de Alan Curtis dirigido por el contratenor, violinista y director Dmitry Sinkovsky, que ahora se presenta con otro grupo (en 2011 ya lideró La Voce Strumentale), Il Pomo D’Oro, habitualmente con Ricardo Minasi, en esta mini gira con seis músicos jóvenes que contagian la alegría de lo que interpretan, siempre al servicio de un auténtico «divo» como el ruso que mantiene los tics de entonces pero que transmite desde su violín auténtica energía. La rusa Alfia Bakieva y la italiana Esther Crazzolara son las violinistas que se entienden y suenan como una; Giulio d’Alessio es un viola solvente, capaz de marcarse un solo de timbre hermosísimo; Federico Toffano al chelo y Davide Nava al contrabajo no sólo resultan el sustento del grave que en los unísonos engordan con un empaste único, sino que el continuo junto al clave del ruso Maxim Emelyanychev resulta poderoso y limpio, ornamentaciones presentes en el momento justo más un chelo virtuoso que completan una formación juvenilmente muy cuidadosa con cada partitura.

El programa se centraba en el siempre agradecido Vivaldi y nuestro «adoptado» Domenico Scarlatti en las revisiones, más que arreglos, del inglés Charles Avison (1709-1760), alterando levemente el orden inicial pero no el mismo espíritu de los dos italianos cuyas músicas parecen intercambiables, con los comentarios al programa titulados «Aficionados y virtuosos» que dejo a continuación.

Todo gira en torno a mayor gloria de Sinkovsky quien dejó su sello tanto como violín primero pero sobre todo solista en su Vivaldi RV 246 (que sustituyó al RV 242 previsto) perteneciente a los conciertos «Per Pisendel» que ya escuchásemos en su anterior visita aunque echase en falta un fagot… Sus ornamentos resultan a menudo algo exagerados pero hay que reconocerle una técnica y musicalidad impecables, lo mismo que en el RV 177, si bien Scarlatti – Avison lo resolvió con los mismos medios. A su grupo le tiene bien aleccionado para su forma de entender el barroco, difícil de seguirle por momentos, con velocidades de vértigo o cambios de ritmo bruscos aunque el trabajo conjunto se nota en cada obra.

En la Sinfonía en do mayor para cuerdas del italiano dieron lo mejor de ellos sin su director al frente, demostrando precisamente su excelente formación: dinámicas muy trabajadas y expresivas con unos pianissimi impactantes que cortaron la respiración, fraseos amplios, y sobre todo una sonoridad muy especial que en la sala de cámara resulta cautivadora.

También me agradó la Sonata «al Santo Sepulcro» de Vivaldi precisamente por el continuo juego de contrastes tan barroco y el intimismo de esta bella partitura, aunque sigo pensando que demasiado extremista, pero todo es cuestión de gustos.

Del éxito dan buena prueba las cuatro propinas que pusieron al público de pie, nuevamente para el lucimiento del ruso: un último movimiento del Verano vivaldiano que me recordó el ímpetu de nuestros Forma Antiqva, con todo el virtuosismo esperado del violinista ruso, y no podía Sinkovsky dejar de cantarnos con su registro de contratenor, aunque me sigo quedando con «La DiDonato», un aria («Pianta bella») de Il nascimento dell’Aurora dell’innocenza (eso creí entender) de Albinoni más sentida que bien interpretada, donde la voz no es el violín y las agilidades no corrían todo lo esperado, pero hay que agradecerle el intento y sobre todo disfrutando de su formación que no sólo acompaña sino que viste con lujo las obras, con unos pizzicati casi de laúd sinfónico.

Menos mal que a la cuarta fue la vencida y volvió al violín para bisarnos el último Allegro del «Pisendel» Vivaldi y dejarnos con buen sabor de boca. Todos los pasamos bien porque el barroco es disfrute, inyección de moral, luminoso como la primavera, con un público que también necesita musicoterapia para desconectar de tensiones, algo ideal con conciertos como este primero de un ciclo que se consolida en Oviedo.

P. D.: Crítica en El Arte de la fuga de Javier Sarría Pueyo.

Gergiev primavera wagneriana

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Sábado 21 de marzo, 20:00 horas. Conciertos del Auditorio, Oviedo. Orquesta y solistas del Teatro Mariinski de San Petersburgo, Coro de la FPA, Valery Gergiev (director). Wagner:

La valquiria (acto I): Mikhail Vekua (Siegmund), Mlada Khudoley (Sieglinde), Mikhail Petrenko (Hunding).

Parsifal (Acto III): Yuri Vorobiev (Gurnemanz), Evgeny Nikitin (Amfortas); Sergei Semishkur (Parsifal), Rosa Sarmiento del Campo (Kundry).

Lleno en el auditorio ovetense de los que se recordarán para afrontar casi tres horas de Wagner en una ciudad operística aunque más verdiana que wagneriana pero con una orquesta de otra galaxia como la del Mariinski con Gergiev sumo sacerdote al frente, más que un reclamo una garantía de calidad. Con distintos cambios en el programa final e inmersos en una gira de las que no dan respiro, con obras y repartos solistas distintos, a Oviedo llegaron para regalarnos un acto primero de Die Walküre que no tuvo desperdicio ni peros desde la obertura que silenció móviles y toses aunque no el aire acondicionado.

El trío vocal elegido resultó convincente, con calidad y timbres plenamente adecuados donde destacaron en orden el poderoso Hunding de Petrenko, con ganas de gustar recuperando por fin la cuerda de bajo auténtico, profundo decíamos hace años, y el Siegmund de Vekua, el típico «helden tenor» wagneriano, que no se achica ante el empuje orquestal, más Khudoley Sieglinde que fue creciendo a medida que avanzaba el acto, convincente, color metálico sin asperezas y un grave manteniendo uniformidad que al inicio quedó tapada por unos matices que en foso hubiesen resultado más adecuados para su volumen en ese registro.

La orquesta de referencia, terciopelo y seda llevada a placer por un Gergiev que domina todo con sus manos (sin «palito» en la primera parte), contenido en ampulosidad y efectivo en el resultado. Cada sección responde a un leve movimiento de dedos el instante antes, los planos siempre claros tanto en los pianos como en los fuertes, solistas impecables y ese sonido ruso que parecía olvidado en estos lares. Esta Valquiria resultó única, cerrando los ojos podíamos descubrir cada cuadro, el vestuario, luces y sombras, hasta olores respirando la primavera de mayo, e incluso la Excalibur germana bautizada como Nothung saliendo del tronco pese a que Vekua estuviese pegado al atril frente a su «hermana» convencida y esperando un acercamiento físico que en escena no llegó. Impresionante primer acto.

El Parsifal bajó un peldaño el nivel de los solistas, voces algo menos «wagnerianas» y más habituales en cualquier repertorio, aunque igualmente aceptables, con un Vorobiev Gurnemanz bien contrapuesto a Semishkur Parsifal, juegos tímbricos de colores en cada papel, tan distintos de la valquiria, y voces graves de las que se cayó en la primera nota un Amfortas con flemas y sin «gratitud en el encuentro», desfinando, parando en seco y pidiendo «sorry» para marchar con un portazo que nos dejó huérfanos aunque la orquesta con Gergiev pareció olvidar el incidente y sacar aún más paleta de texturas para regocijo instrumental.

La primera intervención de los hombres del Coro de la Fundación más que meritoria, sin amilanarse ante el derroche sonoro, respetando los matices y sin recurrir al socorrido aumento de volumen, manteniendo presencia y buen gusto. Especial mención a las voces blancas (incluida la breve pero convincente intervención de Kundry Sarmiento) con un agudo larguísimo y traicionero pero mantenido sin fluctuaciones con un bellísimo sonido empastado con cuerda y madera que redondearon este final de Parsifal sin protagonista, salvo Valery Gergiev, director que pasará a engrosar los nombres que figuran en el hall del Auditorio. El coro que dirige José Esteban García Miranda sigue añadiendo obras y batutas de fama mundial a su historial y afrontando los repertorios sinfónico-corales con total solvencia.

Amén del incidente del «amofortazo» no me gusta la mala educación de parte del público, unos por no respetar los aplausos y marchar como alma que lleva el diablo (aunque fuesen las once de la noche pues ya sabían la duración antes de entrar), otros por un exceso de «clá» que confunden el entusiasmo con la chavacanería, aunque las pasiones se puedan desbocar en conciertos como el de hoy, pero con ser grande tampoco era para tanta confianza con el maestro Gergiev al que no me atrevería a tutear en mi vida.

Se acerca la Semana Santa y las vacaciones, el Coro de la Fundación las preparará con el concierto extraordinario en compañía de la OSPA y Milanov con Un Réquiem Alemán (Brahms) con mi admirada María Espada totalmente distinto al Wagner de hoy, que me perderé con la convicción de otro éxito para este nuevo encuentro en casa. También presumo del Oviedo musical allá donde voy.

P.D.: Tendré que escribir menos tarde porque en la primera escritura nocturna confundí a Parsifal con Amfortas, menos mal que mis lectores están en todo y  me lo han hecho saber. Ventajas de poder corregir y disculpas que aquí quedan constatadas. GRACIAS A TODOS (Tocayu, MiEstrella, Cuquito, Nacho…).

Grandiosa discreción

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Viernes 20 de marzo, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo, Abono 8, OSPA, Asier Polo (violonchelo), Corrado Rovaris (director). Obras de Mozart y Chaikovski.

La musicóloga y chelista Andrea García Alcantarilla, autora de las notas al programa que incluyo como link en los autores del inicio, ofrecía la conferencia previa al concierto con el título «Mozart y Chaikovski: una huida hacia el pasado que inexorablemente culmina en el presente», ella misma reconociendo lo excesivo pero también razonando y explicándonos de forma clara la conexión entre dos autores que parecen (y lo son) tan distintos confluyendo en un gusto hacia las etapas anteriores, Mozart al italiano de la policoralidad veneciana de San Marcos y Chaikovski al rococó del joven Mozart que parecía ver la vida en rosa. Siempre está bien acudir a estas charlas tan ilustrativas que abren aún más los oidos para el concierto posterior porque esa hilo argumental tejería las tres obras a escuchar desde una aparente sencillez, puede que también entendiendo la discreción como virtud, con un director de la vieja escuela como el Maestro Rovaris que sin excesos pero con claridad académica, logró la máxima efectividad en un programa de los que no provocan grandes pasiones pero que son necesarios para todos, músicos y público. En sus anteriores visitas operísticas ya me convenció, pero lo de este viernes corroboró pese a su discreción, que es Maestro con mayúsculas.

El director italiano dispuso a la orquesta, hoy con Eva Meliskova de concertino, de formas distintas para cada obra, un primer ejemplo de cómo debe mimarse el sonido, dejando instantánea prohibida de esa colocación que ayudó siempre a una escucha perfecta de las tres partituras.

Mozart abría velada con su Serenata nº 6 en re mayor, K. 239 «Serenata nocturna» (1776), música de baile, que no molesta, rememorando los efectos buscados entre un cuarteto solista protagonista (con la citada Meliskova, Corpus, Moros y Mijno en estado de gracia) y el «grueso» donde los timbales en el centro ponían el cimiento de esta joya casi de juguete. El Maestro siempre pulcro, adelantándose lo necesario para recordar el matiz exacto, el tiempo que va también «in crescendo», dejando al cuarteto disfrutar y contagiar al resto. Toda una lección de música la Marcha: Maestoso, el imaginativo Minueto y sobre todo el Rondó: Allegretto – Adagio – Allegro dibujado como haría un orfebre sin levantar la mano, contraste barroco hecho clásico por el genio de Salzburgo.

Cada visita de Asier Polo es un placer para el melómano y prueba del nivel que nuestros violonchelistas españoles tienen en un mercado competitivo al máximo donde el toque diferencial lo ponen músicos como el bilbaino. Las Variaciones sobre un tema rococó para violonchelo y orquesta, op. 33 (1876) de Chaikovski son agradecidas para el solista y más aún para la orquesta cuando desde el podio se domina todo el tejido de texturas como volvió a demostrar Rovaris. A partir del Moderato assi, casi Andante – Tema: Moderato semplice la obra va agrandándose en ornamentos que no oscurecen el motivo principal sino que están tan bien escritas para el colega en el Conservatorio de Moscú Fitzenhagen que el violonchelo se hace voz más allá del hermosísimo Andante del que todos hablan. El sonido del Francesco Rugieri (Cremona 1689) en las manos de Polo cautiva en todos los registros, incluyendo unos armónicos estratosféricos, en cada variación, con cada técnica aplicada no ya en las cuerdas sino también en el arco, obra de energía positiva que Asier transmite a todos, sonriente, elegante en el diseño y en la interpretación bien secundada por todos desde Rovaris. Las intervenciones de las maderas todo un ejercicio de color sin perder unidad, contestando y arropando al solista, misma intención en la misma dirección para una ejecución preciosista especialmente en la sexta variación, el «dichoso» Andante colocado en lugar estratégico por belleza más que concepción.

La gratitud mutua vino en forma de propina con una obra de nuestro gran cellista y compositor Gaspar Cassadó, el Preludio – Fantasía de de la «Suite para violonchelo solo» (1926) digna de figurar directamente en el programa y ocupar mayor espacio en este comentario porque pudimos disfrutar de una interpretación íntima, bella, majestuosa, maravillando de nuevo ese arco prolongación del propio Asier Polo. Aperitivo de una obra grande aunque todavía vendría otro regalo, la Bourré de la Suite nº 4 de Bach, un triángulo equilátero, tres compositores para el instrumento más cercano a la voz humana que siempre hace perfectamente entendible el chelista vasco, con tres épocas en una sola visión maestra.

La Sinfonía nº 40 en sol menor, K. 550 de Mozart forma parte de la memoria colectiva no solamente melómana. Perderemos la cuenta de las grabaciones, versiones y directos que atesoramos todos los presentes en el concierto y aún más mis fervientes lectores (gracias siempre), así como ejecuciones a cargo de nuestra orquesta, siempre la misma partitura pero distinta en cada momento. Estoy seguro que el jueves en Gijón fue otra visión del paisaje aunque contase con el mismo pintor y lienzo. Corrado Rovaris optó por la claridad total, la limpieza contagiada a las tres secciones que sonaron como nunca, todos a una, escuchando cada nota en equilibrios y protagonismos marcados en el instante previo por una batuta honesta y delicada, lejos de los estiletes o mandobles de otros, la izquierda puntualmente acertada, la cabeza asintiendo y el cuerpo balanceándose ocasionalmente. El Molto allegro sonó vivaz sin perderse nada, el Andante todo un remanso de belleza, el Minueto: Allegretto de una dramatización musical que daría para una sola lección por los diferentes planos dibujados entre madera y cuerda, para finalizar con el Allegro assai en pulsación mantenida con apenas rubato, todo ello con esta tercera colocación buscando el sonido adecuado a esta sinfonía de la que nuestra conferenciante hizo notar su composición global y central dentro de la llamada trilogía final, siendo «La 40» el gran movimiento central. Me imagino escuchar a continuación la última con estos mismos colores y pintor, OSPA y Rovaris porque la emoción y placer del concierto hubiese alcanzado cotas únicas. Estaremos atentos a la retransmisión por Radio Clásica de esta velada que me ha dejado feliz como hacía tiempo no sentía, puede que compensando mi ausencia vacacional para el Requiem Alemán de Brahms del próximo viernes 27. Aunque lea críticas nunca será igual que el irrepetible y mágico directo.

Más viejo, más canoso pero siempre único Battiato

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Sábado 14 de marzo, 21:00 horas. Auditorio de Oviedo: Franco Battiato ‘Joe Patti’s Experimental Grup’. Entradas: 40€ y 36 €+ 1€ de gestión (compra On Line y recogida en cajero).

A punto de cumplir las siete décadas de edad, más viejo, más canoso pero siempre reinventándose, Joe Patti es Franco Battiato con dos músicos en escena: Pino Pinaxa Pischetola, su ingeniero de sonido manejando una electrónica en vivo impactante, el auténtico alma mater y «orquesta«, más el piano y sintetizadores de Carlo Guiatoli dando las pinceladas de distinción.

Auditorio hasta los topes con edades variadas estando la mía casi en el medio, esperando temas más comerciales de los años 70 y 80 pero arrancando con una música electrónica de total actualidad, mostrándonos al siciliano afincado en Milán Franco Battiato compositor más que cantautor o director de cine, pero siempre un musicazo, el mismo que ganase el premio Stockhausen. Apoyado en un juego de luces que ayudaba a crear ambiente, su voz inimitable parecía la de un trovador galáctico siempre con los auriculares, con sonoros colchones sintetizados, loops, secuencias pregrabadas, toques propios en un teclado y unos «parlati» más que melodías que duraron media hora larga, con aplausos de sus incondicionales valorando la faceta menos famosa con la que nos recordó su carrera inicial dentro del rock progresivo y psicodélico, con grabaciones en los 70 que son reliquias. Los temas de ahora tienen mucho de minimalismo, desarrollando timbres en capas superpuestas e intervenciones puntuales de una voz casi como otro instrumento, independientemente de los textos, siempre muy buscados.

El grueso del concierto lo ocuparían los temas de su última grabación, clasificada como psicodélica y electrónica, con ambientes no ya electrónicos sino también electrizantes, tocando incluso el chillout y con unas letras en italiano que se entienden muy bien, más una amplificación excelente, potente pero nada atronadora. Hay que conocer la biografía del italiano para comprender mejor su música, en parte como con cualquier compositor, con una evolución a lo largo de estos años que no siempre ha gozado de popularidad, conviertiéndose casi en lo que se ha llamado un «músico de culto». Lo cierto es que en Oviedo con su duo volvió a demostrar su enorme talento.

Tras un amago de final a la hora y media, la vuelta a escena trajo la faceta más poderosa en cuanto a las bases electrónicas de Pinaxa y un piano virtuoso de Carlo, «Niente é reale», Nómadas, El animal, Ecos de danzas sufíes y ese final presentado como «vamos a matar la noche», superéxitos como Centro de gravedad permanente que no encuentra ni necesita, o Yo quiero verte danzar sin olvidar nuestro idioma, menos electrónicos y con un desnudo piano más alguna nota pedal sintetizada que nos dejaron al Battiato íntimo, puesto en pie tras estar sentado hora y media, el intelectual, cercano y sobre todo sereno, aclamado por un auditorio puesto en pie cantando La estación de los amores.

Está de gira por nuestra tierra, no le tiene miedo a la muerte y merece la pena transcribir parte de la entrevista a Julián Ruiz para El Mundo del pasado martes día 10: «Realmente, la muerte sé que llama a mi puerta y golpea cada vez con más fuerza. Pero mientras tanto, me deja viajar, actuar en el Palau, vivir la Barceloneta, sentir, amar. Amo todo lo que es vida. La muerte para mí será un abrazo. Soy tibetano, me siento budista y creo en la reencarnación». Franco Battiato es y será una leyenda, viva de momento.

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