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Vidas musicales

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Martes 8 de diciembre, 19:00 horas. Sala de Cámara, Auditorio de Oviedo: Concierto de clausura del XIV Curso «La voz en la música de cámara», homenaje a Manuel Burgueras. Directora artística: Begoña García-Tamargo. Organiza Asociación Cultural «La Castalia». Entrada libre.

Nueva edición de un curso de esta asociación presidida por Santiago Ruiz de la Peña, con profesorado conocido y reconocido para alumnado de distintas procedencias, finalizando con el «necesario» concierto para compartir las enseñanzas adquiridas en un «puente» que para los músicos nunca es festivo, vidas musicales longevas en experiencia e ilusiones, carreras ya avanzadas junto a otras comenzando, muchas en desarrollo y sobre todo mucho amor por la música, comenzando por un merecido homenaje al pianista Manuel Burgueras que sigue al pie del cañón aprendiendo de todo y todos, en activo además de compartir escenario con alumnos y colegas de profesión.

Imposible condensar la amplia biografía del pianista porteño afincado en España en los diez minutos de lectura de la directora del curso, que como bien contestó el homenajeado, es simplemente una trayectoria que comenzó de niño escuchando a Jessye Norman, para enamorarse de este mundo vocal en el que lleva toda una vida donde sigue aprendiendo de todos los que ha tenido al lado, y disfrutando cada vez que se sube a un escenario, algo que se le nota.

Dejo el programa con el orden final del concierto, alumnado y acompañantes, destacando sobre todo el estreno de dos obras, como ya viene siendo habitual en estos cursos:

None of Us (2013) de la compositora madrileña Mercedes Zavala (1963), dedicada a Malcolm Singer en su 60 aniversario y estrenada en Inglaterra, para barítono, clarinete en si bemol y piano, primera vez que se escuchaba en España, contemporánea de escritura con todas las dificultades para los intérpretes, Oscar Castillo, Rosa Fernández y Lelyzaveta Tomchuk, en una clara apuesta por obras de nuestro tiempo que no solo hay la obligación de estudiarlas sino de darlas a conocer al público, pues la parte educativa es para todos, difícil de escuchar sin un recorrido previo al tratarse de una obra llena de registros extremos, disonancias, juegos vocales y un obligado trabajo de cámara por parte del trío.
Mención especial el estreno en Asturias de La leyenda del tiempo (Madrid, 28 de enero de 2012) de mi admirado Guillermo Martínez Vega (1983) sobre textos de Federico García Lorca para cuarteto vocal y piano, encargo del «Cuarteto Vocal Español» formado por miembros del Coro de RTVE, la obra de un compositor que siempre asombra y agrada en toda su amplia producción, culto a la melodía, conocedor de sus recursos esta vez al servicio del cuarteto vocal formado por Ayelén Mose (soprano), Lola Fernández (mezzo), Adrián Begega (tenor), Pedro La Villa (bajo) y el piano de Manuel Burgueras (que también lo estrenó en el Monumental de Madrid), una belleza capaz de brillar para coro pero igualmente impresionante en cámara por su calidad, cercanía, armonías vocales, escritura pianística propia y propicia más allá del acompañamiento, combinando y jugando con voces, timbres y un mimo como sólo Guillermo sabe tratar cada intérprete en sus obras, que siguen aumentando en cantidad y calidad. De nuevo felicitar a la Asociación «La Castalia» por la apuesta de divulgar música actual, y sobre todo a este cuarteto vocal con el maestro Burgueras que la hicieron suya y compartieron con un público entregado a ella, buen termómetro de calidez y cercanía amén de la calidad subrayada.

No quiero dejar de citar otras obras como las Cuatro canciones sefardíes (1965) de Joaquín Rodrigo por Lola Fernández y Manuel Burgueras, una mezzo a la que que hacía años no escuchaba pero que sigue teniendo un registro amplio y potente con una musicalidad que nunca se pierde, la Chanson du printemps, opus 28 (Andreas Johann Lorenz Oechsner) para soprano, violín y piano, María Heres de timbre agradable, potencia y gusto, María Mirto Smith Ayuso perfecto sonido y coprotagonismo más un Alfonso Peñarroya al que seguiremos de cerca como pianista repertorista más que acompañante. También original propuesta la que iniciaba el concierto Tutto che il mondo serra (Bottesini) para soprano, contrabajo y piano con Ana Peinado, Roberto Norniella que luchó por afinar el instrumento virtuoso del compositor y el magisterio de Burgueras con estos alumnos.
Las siempre bellas melodías de Tosti Ideale y L’alba separa dalla luce estuvieron interpretadas por el tenor Gaspar Braña y la pianista Irina Palazhchenko, que no le ayudó mucho, o la hermosísima Élégie, opus 24 de Fauré con el chelo joven de Santiago Ruiz de la Peña Jr. aún inseguro, y el siempre solvente virtuoso del piano Sergey Bezrodny.

El punto final estuvo a cargo de la Capilla Polifónica «Ciudad de Oviedo» dirigida por Pablo Moras, que con el piano del langreano Marcos Suárez cantaron dos números de zarzuela, género en el que participan hace años en el Festival del Campoamor, la «Barcarola» de Los sobrinos del capitán Grant (M. Fernández Caballero) y las «seguidillas» de La verbena de la Paloma (Bretón) dejando en el medio  el villancico Esta noche, caballeros de Benito Lauret, quien potenciara esta agrupación en los años 70, y en cierto modo homenaje siempre merecido por la labor que el cartagenero realizó en nuestra tierra.

Pese a la coincidencia de eventos en el Auditorio, una buena entrada en la sala de cámara sumándose al respaldo de instituciones y empresas para que «La Castalia» siga su labor docente y divulgadora.

Magníficos inconfundibles

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Viernes 4 de diciembre, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo, «Los designios del destino», Abono 3 OSPA, Jean-Efflam Bavouzet (piano), Ari Rasilainen (director). Obras de García Abril, Mozart y Tchaikovsky.
Festividad de Santa Bárbara, patrona de mineros y artilleros en cierto modo conmemorada con este concierto que aunaba obras con sello propio donde no faltó pirotecnia variada y devolvía al podio asturiano al finlandés Ari Rasilainen, con quien la OSPA se nota volcada, gran concertador y esta vez con una segunda parte magnífica.

El turolense Antón García Abril (1933) escribió los Cantos de pleamar (1993) por encargo del CNDM para el IX Festival de Música Contemporánea de Alicante extinto con los tijeretazos, estrenada por la Orquesta Sinfónica de Galicia y dirección de Maximino Zumalave. Hoy nuestra OSPA creo que dejó muy satisfecho al compositor, presente en la sala, atravesando un momento de excelencia en todas sus secciones, esta vez sólo para la cuerda que sigue sonando única, interpretando esta partitura de caracter atonal pero con giros clásicos y acordes reconocibles, de escritura clara explotando el color sin necesidad de buscar técnicas «innecesarias» para expresarse desde el sello inconfundible de un autor que podemos considerar verdadero melodista.
La inspiración marina nos toca de cerca tanto a los asturianos como al director finlandés que llevó la orquestación con verdadero mimo en tímbricas y dinámicas, con ritmos claros y precisos buscando la grandiosidad del cosmos con el mar como reflejo, cuadros de olas otoñales y calma chicha, espuma chispeante como estrellas acuáticas desde la contemplación casi mística que el propio compositor escribe o describe y las notas al programa (enlazadas en los autores al principio) del doctor Alejandro G. Villalibre recogen. Realmente la orquesta tradujo a música las palabras del maestro García Abril: «La plemar poética, colmada de impulsos de plenitud, la pleamar inspirada y litúrgica». Un placer seguir escuchando la música de uno de nuestros compositores vivos abriendo velada, al que Asturias y la OSPA siempre tendrán en su historia musical.

En el Concierto para piano nº 17 en sol mayor, K. 453 (1784) de Mozart pudimos escuchar al francés Jean-Efflam Bavouzet que nos dejó una versión clara, limpia, sin excesos dinámicos, bien concertada por el director finlandés con una formación equilibrada y perfecta para un clasicismo que el solista pareció olvidar en sus cadencias, sorprendentes por darles unas armonías y lenguaje impresionista tal vez buscando actualizar a un Mozart que no lo necesita. Puedo entender que a partir de él los compositores decidiesen escribirlas porque la libertad también debemos respetarla. De las muchas cadencias realizadas por los propios pianistas me quedo con la de Andreas Staier por el escrupuloso estilo en este mismo concierto, o la de Gulda, capaz de aparcar su estilo de jazz y respetar el inconfundible sello mozartiano recreando desde la técnica pero sin perder identidad. Bavouzet apostó por lo difícil, pues tras un Allegro bien llevado en líneas generales, su «fermata» me dejó descolocado, no ya por las modulaciones en las que se adentró sino por la rítmica y armonía totalmente ajenas, impactando técnicamente pero cambiando totalmente el color de un concierto brillante. El Andante discurrió en la misma línea, con una orquesta adecuada, maravillosa madera y una dirección en busca de la mejor concertación, no siempre fácil por el discurso francés, alcanzando otra cadencia algo más «contenida» pero nuevamente sorprendente por desarrollo. Es cuestión de gustos, pero coloquialmente no pegaba ni con cola, tal vez una boutade de inspiración impresionista por los acordes y trinos antes de finalizar el movimiento central mozartiano. El Allegretto fue volver a la raíz, recuerdos operísticos con la sencillez melódica en todas las intervenciones, sonidos cristalinos pulsación diáfana en el piano del francés para un discurrir luminoso, trinos, tiempo ajustado y equilibrio con una orquesta asturiana en estado de gracia dirigida por un finlandés.

Al menos la propina de Reflets dans l’eau (Debussy) mantuvo ese algo que las hace inconfundibles, la plasticidad y armonías tan francesas que esta vez sí mantuvieron identidad acorde con la época y estilo, dejándonos el Bazouvet habitual y esperado, pianista de técnica impresionante con sonoridades casi de la pleamar inicial.

En broma siempre digo que «no hay quinta mala» y es que la Sinfonía nº 5 en mi menor, op. 64 (1888) de Chaikovski es una de las más grandes obras orquestales, con una plantilla reforzada en el número exacto para alcanzar toda la inmensidad de una partitura que conmueve en sus cuatro movimientos, «destino» amargo que finalmente alcanza la luz, llevada de memoria por un Rasilainen que la entendió diáfana sacando de todas las secciones y solistas de la OSPA lo mejor.
Hago referencia al refuerzo necesario porque el poderío de los metales con cinco trompas, dos trompetas, tres trombones y tuba más las tres flautas con el  resto de madera a dos exige una cuerda más numerosa, lo que brindó un balance dinámico realmente perfecto para las exigencias de la quinta del ruso. El maestro finlandés arrancó el Andante-Allegro con anima dejando fluir el clarinete aterciopelado de Andreas Weisgerber sin decaer la pulsación antes del fogoso desarrollo siguiente sin excesos para paladear maderas inspiradas y la cuerda asturiana como nunca, buenos balances con los metales poderosos sin tapar protagonismos, incluso los timbales presentes ayudando a la sensación de seguridad global. Difícil encontrar calificativos pero la sensación de sonido compacto y poderoso marcó este primer movimiento lleno de contrastes bien definidos, pizzicati claros, melodías llevadas con decisión sin amaneramientos. El Andante cantabile con alcuna licenza subió el lirismo y buen gusto interpretativo, contrabajos envolviendo una cuerda sedosa ideal para acompañar con esmero el conocido y bellísimo solo de trompa con el alicantino Miguel Ángel Martínez Antolinos pleno de musicalidad y acertado, bien contestado por las demás intervenciones al mismo nivel del solista, verdaderamente «cantable» por un tiempo sereno que permitió emocionarse con este movimiento único donde la melodía triunfa en cada intervención instrumental, todas de altura, calidad y gusto interpretativo. El Vals: Allegro moderato sonó realmente de ballet, acentuaciones adecuadas, tensión en el momento justo, dirección jugosa dejando disfrutar a todas las secciones, recreándose en la cuerda con las pinceladas de madera, equilibrios de secciones para relucir las intervenciones de fagot o flautas, cambios de tempo donde las notas se percibieron limpias en todos los instrumentos. Y qué decir del Finale: Andante maestoso-Allegro vivace, el camino sinuoso de la amargura inicial que alcanza una felicidad impensable en un desarrollo exigente en todos los terrenos musicales con el sello inconfundible del ruso: los cambios de tiempo, la riquísima paleta instrumental, el equilibrio entre las secciones, el ritmo cual motor de alto caballaje, las dinámicas extremas… otra prueba de fuego superada con sobresaliente, las recapitulaciones temáticas en recovecos de riqueza tímbrica y el empuje en ese vertiginoso final, energía pura sin desbocarse, bien encauzada desde una batuta que volvió a triunfar con la OSPA, algo que todos los presentes entendieron aplaudiendo larga y merecidamente, obligando al maestro escandinavo a salir tres veces pese a la duración del concierto. La «temporada plateada» avanza desde lo alto en este inicio de diciembre.

Climatologías musicales

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Viernes 27 de noviembre, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo, Abono 2 OSPA, Ludmil Angelov (piano), Rossen Milanov (director). Obras de Saariaho, Chopin y Sibelius.

Volvía la OSPA a los conciertos de abono tras el paréntesis operístico mozartiano que le ha venido realmente bien, con si titular al frente en un programa de los que le gustan y domina, algo que se percibe en muchos detalles. La estructura del concierto la ya centenaria de colocar en el centro un concierto solista y finalizar con obra sinfónica, en este caso continuación casi del día anterior en el mismo auditorio aunque con otra formación con una obra breve, a veces de estreno, para abrir velada.

También volvían las conferencias previas una hora antes, esta vez con Daniel Moro Vallina, autor de las notas al programa (que dejo enlazadas arriba en los autores), centrando perfectamente, aunque con tecnicismos que no todos los presentes entendieron, las obras a escuchar con el título París-Helsinki: Centro y periferia europea del siglo XIX para un concierto bautizado como «Auroras Boreales I» al enmarcar a Chopin entre dos finlandeses.

Comenzábamos con el estreno en España de Cielo de Invierno (2013) de la compositora Kaija Saariaho (1952), en la línea de otras contemporáneas basada en «texturas espaciadas que evolucionan lentamente desde el sonido individual a la totalidad del espectro armónico» que escribe el conferenciante, o si se quiere, el trabajo del timbre instrumental para crear ambientes o imágenes sonoras que sabiendo corresponde a la segunda parte de una trilogía titulada Orion (2002) y abandona su habitual estilo electrónico para reencontrarse con la orquesta, nos da una idea de música cósmica. Con amplia plantilla donde no faltaba la percusión más piano y celesta (hoy tocados por dos compositores como Omar Majbour Navarro y Guillermo Martínez, puede que por entender mejor la mecánica de estas obras cercanas a su generación), saca sonidos que evocan constelaciones, estrellas, frialdad cósmica vista y sentida desde su país natal, tiempos lentos casi flotantes con los instrumentos utilizando sordinas, registros no habituales y una serie de capas superpuestas que el director búlgaro iba balanceando para pasar de unos planos a otros, sin olvidarse de unas dinámicas extremas (impresionante el pianísimo final) que completan un lenguaje poco personal y más argumental por no llamarlo descriptivo, incluso sin saber nada de la obra. Bien todas las secciones y los refuerzos para seguir apostando por la escucha de obras actuales, puesto que debemos educar el oído como el resto de los sentidos.

La parte central nada menos que el Concierto para piano y orquesta nº 1 en mi menor, op. 11 de Chopin a cargo de Ludmil Angelov, compatriota de Milanov por lo que podríamos decir que hablaron el mismo idioma para una escritura donde el protagonista es el solista y la orquesta acompaña con la dificultad del siempre necesario rubato romántico un poco en la línea del canto como también nos contó el doctor Moro en la conferencia. Sonido limpio y cristalino el de Angelov, con la técnica apropiada para Chopin, sin gran sonoridad y bien concertado por Rossen, disfrutando de este concierto que los pianistas de mi generación asociamos al último año de la entonces llamada carrera profesional. Salvo ligeros retrasos de la orquesta en algún final de frase, destacar la «colocación vienesa» que ayudó a ganar en color el papel orquestal de arropar al solista redescubriendo contestaciones del fagot o unas trompas contenidas y bien ensambladas, aunque siempre triunfando el piano en un clima de temperatura otoñal, con un buen comunicador el pianista búlgaro.
Y no podía haber otras propinas que Chopin, en solitario y con la misma limpieza y ligereza del número 1, el Nocturno en do sostenido menor profundo en lectura, más un personal Vals op. 64 nº 2 en la misma tonalidad, donde los juegos de tiempo fueron algo excesivos pero lógicamente buscando aportar algo nuevo para un repertorio que todo melómano conoce de memoria. Un excelente solista Ludmil Angelov en unas obras donde está reconocido como intérprete de referencia, aunque los grandes sigan en activo pese a los años que aún tiene por delante el búlgaro, verano de la Europa central en plena primavera vital.

Los fríos finlandeses los degustamos el jueves como preparándonos para estos climas nórdicos donde la música de Sibelius y otros vecinos parecen dibujar paisajes blancos de nieve, cielos azules intensos con auroras boreales, pero también bosques de apariencia devastadora con un encanto que a los asturianos nos toca de cerca, aunque sea un invierno con mejor temperatura. Finlandia y la segunda sinfonía nos hicieron descubrir una orquesta distinta de la habitual pero «Leyendas» la Suite Lemminkäinen, opus 22 sacó de la OSPA sus mejores cualidades, con Milanov sabedor de todos los recursos y calidades. Cuatro poemas sinfónicos o cuentos, historias de la mitología del frío con aires rusos cercanos y una escritura orquestal bellísima, llena de contrastes entre secciones, con intervenciones solistas que reafirman la calidad de cada atril, cuatro obras con personalidad propia conectadas por la unidad interpretativa desde un clima nunca gélido pero sí tenebroso, muy Mordor astur por emplear una imagen muy nuestra.
Lemminkäinen y las doncellas de la isla, arrancando con las trompas seguras, la madera nostálgica y alegre pero sobre todo la cuerda que nos cautiva, compacta, propia, presente, incisiva y aterciopelada, dinámicas muy trabajadas y manteniendo la pulsión del personaje con todas sus aventuras, melodías con el sello finlandés indescriptible con palabras e inconfundibles al oído, energía y vitalidad.
El cisne de Tuonela, probablemente lo más conocido de esta suite, nos dejó dos solos de corno inglés y cello dignos de unos intérpretes de primera que sintieron e hicieron sentir el ambiente nórdico desde nuestro paisaje y lenguaje asturiano, bien arropados por sus compañeros con un Milanov dejando fluir las melodías.
Lemminkäinen en Tuonela volvió a dejarnos una cuerda increíble, misteriosamente clara, trémolos presentes jugando con intensidades y ataques, la percusión, especialmente el bombo, más todo el viento derrochando protagonismos compartidos que el director búlgaro impulsó con autoridad en busca de la temperatura adecuada, balances dinámicos acertados y tensión mantenida con ritmos cambiantes y tímbricas increíbles.
El regreso de Lemminkäinen es como la reafirmación del paisaje plateado, los veinticinco años de esta OSPA continuadora de una larga tradición sinfónica asturiana que alcanza ahora un momento ideal para afrontar cualquier repertorio aunque Sibelius suene siempre especial en ella, y este regreso del protagonista nos permitió disfrutar de nuevo con todas y cada una de las secciones con un Milanov inspirado, brillo de metales, «pizzicattos» de cuerda punzantes, ritmo vigoroso y alegre reforzado por toda la percusión, píccolos volando a dúo, clarinetes chispeantes, tuba poderosa, trompas empastadas como nunca, la formación al completo y una sensación de trabajo bien hecho que como público agradecemos siempre, con ese final apoteósico que nos levantó el ánimo ¡y las posaderas!. Los siguientes directores invitados tienen ahora la responsabilidad de mantener e incluso superar el nivel actual.

L.A. Finlandia mediterránea

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Jueves 26 de noviembre, 20:00 horas. Oviedo, Conciertos del Auditorio: Francesca Dego (violín), Oviedo Filarmonía, Pedro Halfter Caro (director). Obras de Corigliano y Sibelius.

El cambio de última hora de director tras la «indisposición» del venezolano Matheuz no supuso contratiempos pese a la dificultad del programa sino que todo pareció como reforzado con la llegada del madrileño Pedro Halfter que transmitió seguridad, decisión e ímpetu a los músicos, siempre desde el dominio de las obras (enhorabuena a quien realizase la rápida gestión de encontrar esta perla española para un programa ya decidido), la excelente concertación con la solista y sobre todo con la visión mediterránea de dos estilos tan dispares como el del finlandés Jean Sibelius y el cinematográfico «made in Hollywood» de L. A. (como llaman los americanos a Los Ángeles de un John Corigliano que no desentonó con el nórdico.

La violinista italiana Francesca Dego impactó y convenció desde la afinación previa con un sonido potente, de armónicos capaces de sobreponerse a una masa orquestal poderosa, con una técnica sobresaliente no ya en la mano izquierda sino con un dominio del arco que sacó del violín el verdadero espíritu del título de este concierto para violín y orquesta más su película correspondiente, «El violín rojo» con cuatro movimientos que nos llevan a distintos ambientes en la historia de un instrumento cargado de dramatismo con una escritura actual que no pierde referentes históricos y bien comentado en las notas al programa de Luis Suñén. Todas las secciones de la OFil sonaron convincentes, cómodas, con tensión y relajación en el momento justo, por fin una cuerda homogénea con pegada en el grave, carnosa, realmente jugosa en una partitura complicada de ejecutar por todos que el maestro Halfter llevó realmente bien. Impresionante la Chaconne primigenia y fílmica así como su crecimiento tímbrico, dinámico y rítmico desde un violín subyugante que irá «enrojeciendo» en carácter contagiado a toda la orquesta: percusión ajustada, metales seguros con unas trompas aterciopeladas y una cuerda redonda, más unos solos llenos de pasión y energía compartida. El Pianissimo Scherzo delicado y presente en todas las secciones mostró la calidad de una orquesta necesariamente más contenida alcanzando unas tímbricas etéreas realmente muy logradas, al igual que el violín de la italiana, armónicos claros bien arropados por una cuerda percusiva con los arcos ayudando a crear ese ambiente. El Andante flautando incidiendo en la misma onda positiva, luchando con los paraguas desmayándose con una cuerda este jueves convincente, con garra y rubricando las intervenciones solistas con unos graves que hacían vibrabar las entrañas desde un lirismo cálido pero aguerrido en una montaña rusa de emociones escritas con dinámicas vertiginosas plagadas de «sustos y remansos». Pero sobre todo el epatante Acelerando finale que sacó lo mejor de todos, director, orquesta (sobresaliente para la percusión) y solista, casi una danza macabra explosiva redondeando un concierto de nuestro tiempo estrenado por Joshua Bell en noviembre de 1997 que «la Dego» está haciendo suyo en este su tiempo.

Y dos propinas generosas para acabar de convencer de su dominio técnico al servicio de una musicalidad cálida, mediterránea, la Sonata nº 3 «Balada» de Ysaÿe y el Capricho nº 16 en sol menor, Presto de Paganini con exhibición cargada de sentimiento que me llevé a casa grabado con los otros veintitrés en el CD firmado por la elegante y guapa Francesca Dego, amable con todos los que se acercaron a charlar con ella.

El gran Sibelius (del que mi admirado David Revilla tiene el mejor blog en castellano) enmarcó al norteamericano, abriendo con Finlandia, op. 26 y cerrando con la Sinfonía nº 2 en re mayor, op. 43, con una Oviedo Filarmonía distinta a los últimos conciertos, pletórica en todas las secciones y entregada al magisterio de Pedro Halfter. El arranque del poema sinfónico (sin los coros, lógicamente) ya presentó un sonido compacto, tenso en todas las secciones, que el director y compositor madrileño se encargó de cuidar al detalle, metales sedosos a la vez que presentes jugando con trompas y trompetas más trombones con tuba, timbales protagonistas asegurando la pulsión, cuerda enérgica y limpia desde los contrabajos a los violines, solo algo «escasas» en número las violas pero sin merma de la sonoridad global. Sorpresa positiva escuchar esta obra «puro Sibelius», a la vez cálida como en un deshielo primaveral, ruptura del hielo que aún respira aire ruso pero con anticiclón mediterráneo, latino si se quiere aunque germano por una dirección clara y precisa, pletórica como nunca.

Y la segunda sinfonía que hemos escuchado varias veces en este mismo auditorio (recordando muy bien la que dirigiese a la OSPA mi querido Ari Rasilainen) sonó fresca y homogénea, esperable tras la primera parte, cuatro movimientos con el sello inconfundible y el carisma de un sinfonista como el finlandés, energía y claridad en toda la gama dinámica, Halfter transmitiendo conocimiento con cada gesto en una partitura exigente para todas las secciones de la orquesta hoy reluciente, entregada, convincente de principio a fin. No huyó el maestro de tiempos más serenos, sin renunciar a unos «rubati» bien entendidos como en el segundo movimiento -dejando disfrutar de los solistas-, el Vivacissimo-Lento e suave-attaca demostró que la formación capitalina rinde cuando se la dirige con las ideas claras a pesar del poco tiempo con que el madrileño ha contado, apostando por un final verdaderamente poderoso al servicio de ese Allegro moderato emocionante, música en estado puro. De no saber la trastienda de este concierto hubiésemos pensado que es su titular (creo que no importaría a nadie que lo fuese) por cómo llevó tanto la sinfonía como el resto del concierto. Una alegría tener un español entre las batutas de referencia mundial capaz de desenvolverse tanto en el foso como sobre el escenario, y este jueves volvió a demostrarlo con la OFil. ¡Bravo Maestro!

Respeto por los mayores

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Jueves 12 de noviembre, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo, Jornadas de Piano «Luis G. Iberni»: Stephen Kovacevich (piano). Obras de Berg, Beethoven y Schubert.
Es siempre un placer escuchar a músicos de antes, los que están finalizando su carrera porque representan una generación a la que debemos no ya la admiración por toda una vida dedicada a este noble arte sino porque atesoran algo que sólo da el tiempo aunque resulte de perogrullo: años de experiencia. Como en otros campos, escuchar a nuestros mayores supone aprender no lo que dicen sino cómo lo dicen, porque podrán parecernos abuelos contando sus «batallitas», oídas montones de veces pero ahora escuchándolas, cada vez disfrutándolas más, agradecimiento de que todavía puedan y quieran seguir aportando algo nuevo.

El pianista americano de origen croata Stephen Kovacevich o Stephen Bishop (Los Ángeles, 17 de octubre de 1940) parece estar despidiéndose de una dilatada carrera eligiendo casi su testamento interpretativo en unos conciertos que supongo tendrán una especial carga emotiva (como me contaba al descanso alguien que conoce bien este mundo), con obras pegadas a su propia y larga vida, menuda desde los 11 años y enorme en su carrera, probablemente sin la fuerza juvenil de antaño o con una técnica que está ya en su ocaso, puede que incluso desfasada en nuestros días, como por ejemplo un uso del pedal algo «lento» aunque degustando unas sonoridades casi olvidadas, pero donde un fraseo, una nota repetida con distintas intensidades o simplemente contemplarle tocando el piano sentado tan bajo, como el gran Glenn Gould, es más que suficiente para agradecer este concierto. Siempre se aprende de nuestros mayores a los que les debemos todo el respeto.
Abrir con la Sonata para piano nº 1 (Alban Berg) supone el tributo a los compositores de la época difícil, los entonces contemporáneos que beben aún de las fuentes originales tornándolas al lenguaje del momento, algo que Kovacevich transmitió como devolviéndonos al esfuerzo que suponía interpretar estas sonatas desde el conocimiento de un especialista en los repertorios clásicos y románticos. Aún el blanco y negro pero con la riqueza de esas fotografías consideradas obras de arte.

Como si necesitase un respiro para continuar y retomando el estilo que más domina, su Beethoven, primero dos Bagatelas op. 126 nº 1 y nº 5 (que se cambió a última hora en vez de la nº 6 prevista) sonó plenamente juvenil e íntimo, el recuerdo de adolescencia presente sin buscar más allá que la propia frescura de la partitura, bagatela en el sentido opuesto de la palabra y delicia de escucha.
Lo mejor llegaría con la Sonata para piano nº 31 en la bemol mayor op. 110 (1821) el dominio de la forma en tres movimientos que el genio de Bonn remueve y traspasa emociones, como contraste al primer Berg y cierre de «la sonata» que Beethoven escribe como puente entre pasado y futuro, el propio de Kovacevich, la penúltima de su corpus, las células que reaparecen como manteniendo la vida, interpretación ceñida a la partitura hasta en las indicaciones, la expresividad del moderato bien cantado, la «broma» del allegro molto y sobre todo un adagio en su justo tiempo antes de una fuga que resultó lección magistral bien explicada por Charles Rosen pero mejor tocada por Bishop, sin excesos y mirándose en toda una vida al piano, la misma historia contada con el poso de los años en la que simplemente escuchar cuatro veces la misma nota con distinta intención son el mejor resumen de su Beethoven, «un programa que expresa la inminencia de la muerte y el posterior regreso a la vida», resurrección musical más allá de la vida y la muerte en las manos de un Maestro, con mayúsculas.

La otra despedida nada menos que Schubert y la Sonata para piano nº 21, D. 960, mismos sentimientos, admiración de los dos alemanes en la mejor Viena de la historia, presagios de una muerte joven pero llena de madurez y profundidad, claroscuros que van del intimismo casi de lied en los dos «moderatos» al breve aliento de alegría del Scherzo siempre con «delicatezza», la misma del pianista norteamericano, sin la luz juvenil pero con la profunda senectud de una vida en blanco y negro, hoteles y salas de conciertos, las 88 teclas que destilan vivencias y sabiduría.

Y como cierre del círculo de la vida el regalo de un perpetuo renacimiento, Bach y su «Sarabande» de la Partita nº 4 en re mayor, BWV 828, contada con voz firme y poco aliento, un placer escuchar estas historias al Maestro Kovacevich en este viaje de invierno hacia la perpetuidad del recuerdo.

Exquisito Kavakos

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Sábado 24 de octubre, 20:00 horas. Conciertos del Auditorio, Oviedo: Leonidas Kavakos (violín y dirección), Orquesta de Cámara de Europa (Chamber Orchestra of Europe). Obras de Beethoven.

No se puede tener mejor inicio de temporada que Beethoven con dos de sus obras dirigidas juntas en Viena también por un violinista director como Franz Clement (como recuerda Ramón G. Avello en las notas del programa), esta vez Oviedo con el griego Leonidas Kavakos marcando diferencias como intérprete y aún más a la batuta, al frente de una orquesta verdaderamente excelente (también con españoles en sus filas, la flautista salmantina Clara Andrada de la Calle y el cellista leonés Luis Zorita) que nos dejó a todos con un sabor de boca difícil de olvidar. El trabajo previo se notó en cada movimiento, en cada tiempo, en cada textura, como un orfebre que haya trabajado todos los detalles, lo que nos permitió escuchar notas que están en la partitura pero no siempre salen a la superficie, y una calidad en todas las secciones que permitió disfrutar dos interpretaciones de altura.

El Concierto para violín en re mayor, op. 61 (1806) sirvió para impactarnos del sonido orquestal y solístico, más allá del Stradivarius «Abergavenny« siempre pleno de presencia, con un entendimiento más allá de la propia concertación, y un amplísimo abanico de dinámicas para una formación realmente de cámara aunque rondando los 50 músicos.

Tenía que ser un griego quien nos recordase este Clasicismo con mayúsculas, el que avanza inexorable hacia la libertad, escultura iluminando sombras y oscureciendo luces para no cegarnos y dar vida al mármol o la piedra en un concierto original desde su planteamiento inicial, Allegro ma non troppo sinfónico, pleno, con la colocación y elección instrumental estudiada para conseguir colores únicos, dos trompetas y timbales naturales a la derecha, violines enfrentados y contrabajos tras los primeros. La entrada del solista emocionando por la textura y calidez, la música fluyendo de forma natural en todos, las secciones sonando diferenciadas y uniformes, conduciendo lirismo desde una espontaneidad muy cuidada, Kavakos embriagándonos de música con el «tempo» perfecto y dirigiendo con la naturalidad de saberse entendido en cada momento, con una cadencia para paladear en cada detalle. El Larghetto trajo una cuerda sedosa, aterciopelada, equilibrada con el solista, engarzando sin problemas melodías antes de una nueva «cadenza» que puso la piel de gallina antes de atacar con exactitud germana el Rondó final, precisa la orquesta y precioso el violín, alegría, brillo, comunicación y entendimiento lleno de «rubatos» situados en el momento oportuno, midiendo hasta los calderones y con la velocidad suficiente para dejarnos con la miel en los labios por no tener aún más longitud. Orquesta de colores instrumentales únicos, plegada al ánimo del solista y director griego regalando música por todas partes en este único concierto para violín de Beethoven.

Aplausos y varias salidas para que Kavakos nos regalase la «Gavotte en rondeau» de la Partita nº 3 en mi mayor, BWV1006, un Bach perfecto en todos los sentidos, lección de arco, suavidad en los fraseos, dobles cuerdas con volúmenes diferenciados y siempre música a borbotones. Sólo podía estar Bach en medio de Beethoven.

De la Sinfonía nº 3 en mi bemol mayor, op. 55 «Eroica» (1804) me faltarán palabras para poder explicar la inenarrable versión del músico griego con la COE, pues hubo tanto para resaltar que seguro me olvido algo. La riqueza de la tímbrica fue algo único, las dos trompetas naturales presentes junto al timbalero nunca arrebatando volúmenes, el trío de trompas -que ya en dúo durante el concierto de violín sonaron aterciopeladas- como una sola por el color y orgánica en acordes; los fagotes precisos y preciosos, sonando por momentos a trompa y en el dúo con ella una nueva sorpresa auditiva; la flauta solista llena de registros emocionantes; clarinete cercanos al cello por fraseo y timbre; el oboe de una musicalidad que conmovía, con un Kavakos dejando fluir todo sin prisas, paladeando cada melodía con su carácter especial redescubriendo el «segundo estilo» de Beethoven, creación personal donde la música expresa sentimientos e ideas al igual que director y orquesta. No importa si originalmente estaba dedicada a Bonaparte porque realmente sonó y fue concebida como «heróica».
El Allegro con brio nos dejó una cuerda brillante y limpia en el fraseo, contrabajos y cellos presentes, madera y metales alternando protagonismo, dinámicas exquisitas sin perderse nada.
La Marcia funebre. Adagio assai tuvo el acierto de jugar con unos tiempos tranquilos que daban más esperanza que tortura interior, recordándome el sufrimiento del mejor Delacroix pero esperanzador por un más allá, quién sabe si la orilla del tema central, pletórico y magnánimo antes de volver a la triste realidad, emoción a flor de piel pero siempre contenida.
Del Scherzo. Allegro Vivace otro soplo de aire fresco, concepciones dinámicas y rítmicas que serán la firma del genio de Bonn enterrado en Viena, el sonido clásico evolucionado, rápido pero nada vertiginoso, de nuevo escuchando todo en su sitio, oboe, flautas, cuerda, fagotes, trompas, timbales y trompetas… ¡todo! como sólo las grandes formaciones y batutas pueden alcanzar cuando existe la química del entendimiento y la complacencia y aceptación del trabajo bien hecho.
La apoteosis llegó con el Finale. Allegro molto – Poco Andante – Presto, variaciones para degustar de una orquesta pletórica, madura, equilibrada, tímbricas casi desconocidas, dinámicas extremas capaces de acallar el auditorio, solistas impecables, secciones en sana rivalidad sonora, ritmo contagioso y vital, silencios majestuosos, contención y vigor con un director de gesto adecuado, casi contenido, pero que saca a flote la riqueza de una partitura que sigue siendo necesario escucharla al menos una vez al año porque siempre descubrimos algo nuevo doscientos años después, máxime con músicos como los de este inicio de temporada que ha puesto el listón muy alto y las emociones a tope.

Leonidas Kavakos quedó firmando discos, aunque mañana estarán en Lisboa, joyas todos y público de todas las edades haciendo cola, siendo los jóvenes quienes disfrutaron como los que más porque también saben paladear lo exquisito, precisamente por escaso.

Tras la gloria

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Jueves 22 de octubre, 19:30 horas. Auditorio «Príncipe Felipe» de Oviedo, XXIV Concierto Premios Princesa de Asturias: Misa de Gloria (Puccini, 1858-1924), Ramón Vargas (tenor), David Menéndez (barítono), Coro de la FPA (maestro de coro: José Esteban García Miranda), Oviedo Filarmonía, Marzio Conti (director). Entrada libre con invitación.
Puntualidad británica, protocolo obliga, en «el concierto de Los Premios» presidido por el Rey Felipe VI que comenzó con todos los intérpretes en el escenario escuchando el «Himno Nacional» llevado por el Maestro Conti con marcialidad y contención en su debut en este concierto previo al viernes de la ceremonia de los Premios, antes de comenzar la Misa «del Gloria» para un público no habitual que aplaudió al finalizar el segundo de los cinco números, puede que por el ímpetu mostrado en él. Y es que tras el ensayo del día anterior donde ya había unos tiempos extremos y dinámicas contrapuestas en busca de la mayor expresividad, este jueves «a la gloria«, que resulta principal no ya por el título, se llegó volando más que planeando.

El Coro de la Fundación, que dirige y trabaja muy bien todo el año con su titular, fue el verdadero protagonista, plegado a los designios del director italiano, luchando por mantener el brío, mostrándose más cómodo en los lentos, aunque para los solistas no lo fuese. Pese a mi ubicación en la Sala Polivalente como un componente más de la formación, pude comprobar la presencia siempre clara de las voces así como de la orquesta, de matices definidos y equilibrio entre las secciones, solo algo roto por los metales compensado por el excelente efecto orgánico del Maestoso «Quo niam tu sous», aunque los tuviera a todos de espaldas, buen síntoma de su proyección y acústica, totalmente distinta sin la pared habitual.
Del concierto me quedo dentro del extenso y variado Gloria con su «Laudamus te» más el «Domine deus» homofónicos y matizados por coro y orquesta, verdadero remanso tras el vértigo, elevado a placer con David Menéndez del «Qui tolis» poderoso, medido y cantado con el sentimiento y fraseo necesarios, así como el Allegro fugado por la dificultad del aire elegido por Conti para voces e instrumentistas que respondieron al stress «Cum sancto spiritu«.

En el Credo también hubo momentos para degustar este plato joven del de Lucca, la orquesta en tresillos mientras el coro cantaba «et expatre natum» en un trayecto vital y textual hacia el «lumen de lumine»por la carga tímbrica lograda por Conti preparando el bellísimo «Et incarnatus» bien cantado por Ramón Vargas, timbre ideal para Puccini, más encajado pero no perfecto (de hecho lo debutaba hoy en Oviedo), al que me pareció algo falto de pianos en los agudos, pero de fraseo hermoso con un coro compañero de lujo, y de nuevo David Menéndez «clavando» el «Crucifixus» que me supo a poco por lo bien escrito y mejor cantado, en compañía de un coro arropando y disfrutando a medida que avanzaba este acto de fe tan pucciniano.
Con el Sanctus y Benedictus ya alcanzamos «Pleni sunt coeli et terra», nueva lección del barítono asturiano sobreponiéndose sin problemas a una orquesta en su plano tras aparición regia y comentarios conyugales en el palco, y un «Hosanna» convincente (supongo que sin segundas intenciones). Quedaba el dúo final de los solistas, empastados, unísono antes del último paseo «miserere nobis» no tan impactante como el gloria aunque se buscase la misma desde el final recogido bien marcado por el director italiano.

Punto final hacia las 20:20 h. con «Asturias Patria Querida» sonando sinfónico-coral y popular entonado por todo el «coro trasero», con final italiano al que tendremos que cantárselo más a menudo. Aplausos familiares y salida rápida para la aldea del que suscribe, escapando de tumultos y protocolos.

Ensayo de gloria

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Miércoles 21 de octubre, 20:30 horas. Auditorio de Oviedo, XXIV Concierto Premios Princesa de Asturias, ensayo general: Misa de Gloria (Puccini, 1858-1924), Ramón Vargas (tenor), David Menéndez (barítono), Coro de la FPA (maestro de coro: José Esteban García Miranda), Oviedo Filarmonía, Marzio Conti (director). Entrada libre (con invitación)
Ensayo general para el «concierto de los premios» del jueves a las 19:30 horas al que asisten los actuales reyes (parece que la reina asturiana llegará más tarde, pues estará con Coppola en Gijón) desde que eran príncipes, y ahora la Fundación renombrada «Princesa de Asturias» donde su coro muestra lo mejor de su repertorio sinfónico coral, esta vez debutando la OFil con su titular y una preciosidad de claro sabor operístico como la Misa de Gloria (titulada originalmente «Misa para solistas, cuatro voces y orquesta», 1880) del compositor de Lucca.
De solistas el afamado tenor mexicano Ramón Vargas, que no dio la talla aunque los generales siempre son para encajar más que interpretar, y el barítono asturiano David Menéndez en un momento vocal único y con una trayectoria bien trabajada y asentada en el panorama lírico.

Cinco números con el sello de Puccini para una obra juvenil de apenas una hora de duración donde las voces se mueven en registros medios y graves que dificultan presencias con una nutrida y poderosa orquestación más unos agudos nunca excesivos y bien situados, música al servicio del texto del ordinario de la misa católica.
El maestro Conti optó en este ensayo por dinámicas variadas en todos los intérpretes y agógica casi extrema, tendiendo a unos rubati excesivos que hacían perder pulsación, acelerando en fuertes para frenar los pianos, incluso ritardandi también algo largos, aunque el coro siempre respondió atento al italiano.
El Kyrie arrancó con una cuerda sedosa de graves marcados antes de la entrada del coro casi celestial, con sopranos contenidas en pos de la melodía serena que va contestándose por tenores, bajos y contraltos más el subrayado orquestal antes del «Christe» poderoso en su modulación, casi de requiem dado el carácter marcado por trombones y tuba antes del nuevo «ascenso al cielo», revoloteos pletóricos de esa ondulante melodía.
Contraste total para un Gloria indicado como Allegro ma non troppo despojado del calificativo al buscar un aire casi infantil y demasiado fresco que impidió paladear el texto latino, aunque la orquesta pareció disfutar con este ímpetu casi marcial cual homenaje verdiano de tinte egipcio, deteniendo el vuelo en el «Et in terra», litúrgico en concepción e interpretación, orquestación con reminiscencia de órgano y polifonía clásica de motete elevado a un lenguaje claramente operístico, por lo que esta misa fue tachada de caracter teatral cuando dramatizar consista precisamente en esto, apareciendo el primer solo de tenor «Gratias» cual aria con si bemol incluido y flauta límpida, al que faltó algo de sentimiento y sonido más pulido, menos abierto (puede que por lo comentado de un general), algo que la cuerda sí tuvo presente remarcando los silencios del solista con aromas «bohemios» antes de volver a la gloria coral con un «Qui tollis» para deleite de las voces masculinas contestadas por unas blancas cantando con verdadero mimo y tensión compartida, nuevamente verdiano y marcial de metales presentes manteniendo volúmenes desde el podio, más un «Cum Sancto» impecable, con tensiones bien resueltas para saborear ese fugado final con una orquesta sincopada.
Verdadero acto de fe el Credo aparentemente sencillo pero con recovecos de todos, coro, orquesta y solistas, inicio fortísimo pero de registro grave en el coro, impecable en dinámicas que mantuvo el tipo en todo momento, llegando el solo de tenor sin amoldarse al «Et incarnatus» (el concierto espero sea otra cosa), más buscando encajarlo que sentirlo, agudos tensos y buscando el entendimiento, todo lo contrario del «Crucifixus» del asturiano que resolvió con seguridad y potencia, grave contundente más agudos sostenidos incluso en los pianos, verdadera demostración de buen gusto y musicalidad hasta el los momentos «soto voce» que la orquesta redondeó desde la cuerda, rubricando un excelente número.
El Sanctus et Benedictus devolvió la dulzura sinfónico-coral, escritura con lenguaje propio llena de momentos plenamente luminosos junto a los destellos de oscuridad expresiva, orquesta subyugante en busca de paleta propia, barítono arropado y compartiendo colorido, «Hossana!» que se apaga antes del cierre con el Agnus Dei que nos dejó un dúo solista desequilibrado del lado «visitante» y compensado por los «locales», barítono y coro seguros (manteniendo su «Miserere» afinado) bien apoyados por la orquesta de un Conti enamorado de esta partitura rescatada en 1952 que hacía años no escuchaba en Oviedo.
Ensayo fructífero para todos aunque el concierto siempre es distinto… Mi ubicación será otra pero promete emoción y pasajes para disfrutar.

Música con aromas

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Viernes 16 de octubre, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo, Abono 1 OSPA, Alexander Vasiliev (violín), Rossen Milanov (director). Obras de Benito Lauret, Prokofiev, Marcos Fernández Barrero y Paul Hindemith.
Comenzó oficialmente nuestra temporada de la orquesta asturiana, la de sus bodas de plata con una conferencia previa al primero de abono, que derivó en tertulia con varios de los presentes, a cargo de la gerente Ana Mateo acompañada por el gestor y crítico musical Cosme Marina recordando los inicios de la OSPA así como sus orígenes, allá por 1939 (si bien ya existía en la Segunda República) con Ángel Muñiz Toca de concertino y posterior director (olvidándonos de Vicente Santimoteo Maderuelo) o Benito Lauret (¿para cuándo su homenaje?), aquella Orquesta de Cámara de Asturias que tanto ayudó a cimentar la posterior Orquesta Sinfónica de Asturias (OSA) con un joven Víctor Pablo Pérez, antes de la constitución profesional de la formación actual en 1991, donde el tándem Inmaculada Quintanal – Max Valdés relanzaron a nivel nacional e internacional la orquesta, verdadera marca Asturias. Interesante tertulia que casi enlazó con el concierto y donde uno de los mayores retos planteados está en la formación del público futuro, enlazando ocio y formación puesto que el proyecto Link Up llegará este curso escolar a su cuarto año, movilizando más de 5.000 escolares de nuestro Principado para actuar con la OSPA cada primavera, todo un ejemplo a seguir que nos ha traído desde la Fundación Kurt Weill del Carnegie Hall neoyorquino el titular actual Rossen Milanov, implicando a docentes, profesores y administraciones. Está por escribirse el libro de estos casi 100 años de historia, donde Oviedo y toda Asturias siempre han tenido en la música su peculiar seña de identidad.

Foto ©OSPA

No se han olvidado los responsables de continuar con la propuesta ¿A qué sabe la música? que aglutina el director y cocinero búlgaro con los más reconocidos colegas gastronómicos, esta vez Luis Alberto Martínez de Casa Fermín, quien comentó desde el escenario antes de arrancar el concierto su propuesta plenamente autóctona, «Otoño», con ingredientes de temporada donde están las castañas o las setas, abriendo todos la caja sorpresa entregada al entrar, que contenía globos azules y amarillos (colores de la bandera asturiana) y en su interior aroma de canela, que al soltarlos impregnaron el auditorio para enmarcar el arranque de las Escenas asturianas (1976) de Benito Lauret Mediato (1929-2005), verdadero regalo que el músico cartagenero nos hizo a nuestra cultura, reflejando como nadie la riqueza del folklore asturiano y elevarla a la categoría de música culta. Melodías con orquestación pletórica y luminosa que no podían faltar en este concierto, obra que muchos de los integrantes han interpretado con distintos directores y formaciones (hay un excelente arreglo para Banda) y tomándolo como nexo universal para sentir todos esta esencia asturiana, Milanov el primero y plenamente integrado, dejándonos una versión alegre, nacionalista (aunque el tiempo va cambiándole el color) y diáfana precisamente como nuestra estación más bella, el otoño.

Alexander Vasiliev es el concertino de la OSPA desde sus inicios, diríamos que la cara visible y casi emblema de la formación, siendo habitual ese paso al frente para actuar como solista, dejando su sitio a la ayudante Eva Meliskova, y esta vez con el Concierto para violín nº 2 en sol menor, op. 63 (1935) de Sergei Prokofiev (1891-1953). Podría escribir tanto del autor como del intérprete puesto que ambos sienten esta música como propia, casi genética, y así nos la hicieron llegar con una plantilla orquestal menos numerosa, diríamos que clásica (sin trombones ni tuba) que ayuda a disfrutar del solista, de presencia compacta en todas sus secciones, manteniendo la colocación vienesa de anteriores temporadas, y que brilló con su concertino en sus tres movimientos, juegos tímbricos combinando emparejamientos agradecidos y técnicas acertadísimas. El Allegro moderato arropado por la cuerda grave mostró el virtuosismo de Vasiliev, pizzicatos bien presentes para completar atmósfera preparando un Andante assai emocionante y casi religioso con coprotagonismo del clarinete en el mismo idioma, antes del Allegro ben marcato contrastante, en cierto modo irónico por lo disonante y rítmico sin perder tensión en ningún momento, bien concertado por Milanov, siempre atento a «su mano izquierda», empujado por una percusión en estado de gracia. Excelente versión que agradó al público obligando a salir en repetidas ocasiones al muy querido Vasiliev que se marcó un Capricho (el opus 1 nº 21) de Paganini como regalo, demostrando que los años solo pesan para bien, como en los vinos, madurez y musicalidad innatas compartidas con todos nosotros.

Estuvo bien la idea de alterar el orden inicial del programa y colocar el estreno de Reflejos (2014) de Marcos Fernández Barrero (Barcelona, 1984), un regalo de cumpleaños a nuestra orquesta, que ya interpretase sus Resonancias…  esta vez inspiradas cual breve apunte sinfónico en las notas del himno asturiano trabajando texturas, tímbricas y orquestación con el lenguaje propio del catalán, y que leyendo las notas al programa (enlazadas arriba en los compositores) de Cosme Marina definen perfectamente la intención y ayudaron a saborear este aire de los Lagos de Covadonga en el auditorio.

Totalmente predispuesto ya el oído para afrontar una composición orquestal inmensa y poco programada como la Sinfonía en mi bemol (1940) de Paul Hindemith (1895-1963), verdadera prueba de fuego para la orquesta y su director por la complejidad de una partitura densa que se notó bien entendida y trabajada en todos los aspectos: dinámica y agógica, tiempos pero sobre todo intención. Sinfonía poco conocida de estilo «neoclásico» pero con la firma del alemán por el carácter melódico y enérgico desde una instrumentación potente (maderas a tres, cuatro trompas, tres trompetas y tres trombones, tuba, timbales, percusión y cuerda), auténtico examen final bien planteado por Milanov, feliz en estos repertorios porque conoce sus efectivos a la perfección y partituras de este estilo las disfruta y se nota. Muy interesante cómo sacó a primer plano la escritura contrapuntística que la orquestación exige. Los cuatro movimientos (Muy vivo, Muy lento, Vivo y Moderado) mantuvieron unidad y estilo, desde el arranque breve de la fanfarria con un viento metal poderoso pero nunca aturdiendo, cuarteto de trompas de sonido redondo más trombones y tuba empastados y uniformes, siguiendo con las maderas siempre cálidas y seguras, más la cuerda dando color y expresión incisiva sin olvidarnos del impulso en la percusión. El movimiento lento, sin exagerar y nada estático, diría que épico como en las películas de romanos, permitió alternar colores y dinámicas muy bien trabajadas, nuevamente «los bronces» redondeando sonoridad, solo impecable de flauta, cuerda subyugante y tensa, constraste anímino antes del Sehr langsam tercero, ritmo en estado puro con intervenciones de todas las secciones manteniendo presencia y tensión, crescendos dibujados al detalle, pulsación precisa, melodías claras bien concertadas, antes del Mässig schnelle Halbe, energía e ímpetu «tumultuoso, casi ardiente» que escribe Marina en las notas, disfrute de cada solista y simbiosis orquestal bien trazada desde el podio, colofón sinfónico a esta primera jornada de una temporada festiva que traerá más sorpresas y regalos. Nuestra OSPA está en forma y deseosa de mantener el nivel demostrado: contundentes, seguros y esperanzados… como sus fieles seguidores, contando en aumentar esta gran familia a lo largo del curso en el que ya estamos inmersos.

Mozart siempre fluye

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Viernes 28 de agosto, 20:00 horas. Festival de Verano Oviedo 2015, Auditorio Príncipe Felipe: Oviedo Filarmonía, Marzio Conti (director). Obras de W. A. Mozart (1756-1791). Entrada libre.

Concierto monográfico de Mozart pudiendo escuchar su primera y última sinfonía en un recorrido diríamos que fluvial, del Salz al Danubio saltando hasta el Támesis con 24 años de distancia: la Sinfonía nº 1 en mi bemol mayor, KV 16 (1764) escrita en el barrio londinense de Chelsea con tan solo 8 años de edad pero ya con su sello inconfundible que será cual marca eterna, terrenal y universal, que se elevará hasta el universo, al planeta de luz de la Sinfonía nº 41 en do mayor, KV 551, “Júpiter” (1788), todo el firmamento sinfónico en apenas una hora de música.

Casi finalizando el festival de verano musical ovetense, la OFil volvió a llenar el auditorio ovetense para disfrutar de un único protagonista para un viaje comandado por su titular Marzio Conti totalmente volcado con su orquesta, ejerciendo de auténtico maestro de ceremonias al comenzar explicando los movimientos que no figuraban en el programa («notas a la traducción» del ruso Mijlin) y la historia del momento que organizaba las sinfonías en tres movimientos, aplaudiendo al finalizar cada uno y animando al público a hacerlo como entonces.

Conti volvió al podio realmente con las pilas cargadas, superados malos tragos anteriores y físicamente recuperado de su espalda, como un verdadero atleta tras la experiencia futbolística del pasado domingo y detallista al máximo, optando por la colocación vienesa (violines enfrentados, cellos y violas enfrente, y tres contrabajos al fondo e izquierda, pero también en la elección de trompetas de llaves o baquetas de madera para los timbales modernos, buscando sonoridades limpias y mostrándose tan conocedor del genio de Salzburgo, dirigiendo de memoria todo el programa, como de su formación, con la que se le nota cada vez más cómodo y feliz, sacándole todo su potencial aún en esta pretemporada (el día 4 de septiembre tomará la batuta el joven mejicano Iván López-Reynoso).

La Sinfonía nº 1 en mi bemol mayor, KV 16 es deudora de las compuestas por los hijos de Bach en el llamado Preclasicismo, especialmente de Carl Philipp y Johann Christian, aún tripartita en movimientos y buscando contrastes en dinámicas que Marzio optó por no llevarlas al extremo, contrastes también en juegos tímbricos que en esta primera están limitados a la cuerda más una sección de viento reducida a oboes y trompas a dos, optando por la forma sonata bien desarrollada y de breve duración. La orquesta fluyó como el río en su nacimiento, Allegro Molto algo retenido en la velocidad como queriendo hacernos disfrutar del elemento cristalino, los motivos claros donde el genio comienza a esbozar su firma única; un radiante y sinuoso Andante que parece tomar un cauce más ancho al adquirir cuerpo orquestal dibujado claramente, sobresaliendo la variada dinámica especialmente los pianísimos (siempre rotos por algún móvil no silenciado) y con pinceladas de una madera confiada y segura más las notas tenidas de las trompas, todo bien delineadas por un Conti que deja brotar la música de este río más que arroyo antes de su desembocadura, diría que a borbotones en el Presto como cascadas en la cuerda, siempre transparente, la espuma de los bronces y sorteando los empinados meandros con mano firme al timón en discurrir por un cauce dominado de memoria donde la nave filarmónica navegó sin sobresaltos.

Magia y verdadero placer saltar al infinito universo, sin respiros, el paso de la infancia viajera con parada en Londres a la imperial Viena de madura juventud, bulliciosa como su hermana ribereña Praga, cosmopolitismo bañado por el río más musical del mundo y segundo más grande de Europa, paso al Mozart pleno que corrobora genialidad y magnitud de esta forma sinfónica por excelencia, la exploración de apenas un cuarto de siglo que es vertiginosa y llevada al máximo, la Sinfonía nº 41 en do mayor, KV 551 «Júpiter» ya de cuatro movimientos, más extensos en duración y plantilla a la que se suman parejas de fagotes y trompetas más los timbales, un río navegable por mayor caudal y longitud, necesitando una embarcación adaptada a las nuevas circunstancias, exigiendo una paleta orquestal sin perder unidad ni identidad, algo que el maestro entendió desde el inicio y nuevamente sin forzar “tempi”, sabedor y conocedor de las dificultades escondidas en el discurrir no siempre plácido de esta partitura, y optando por una singladura serena, sin sobresaltos pero marcando y mandando lo necesario, destacando los grandes claroscuros, unos silencios claros ya desde el Allegro vivace inicial, casi escénico por los paralelismos operísticos, con protagonismo compartido y bien resuelto en cada sección orquestal; el Andante cantabile discurrió entre frondosa vegetación de finos contornos, con el viento favorable y remando a favor de corriente, paisaje bien pintado por la batuta italiana sobre el lienzo orquestal; el Menuetto: Allegretto pareció más un vals vienés que una danza cortesana, opción válida con un marcado ritmo ternario donde la acentuación supone un paso a uno buscando asentar sonoridades; quedaba desembocar con el Molto allegro de genial contrapunto estudiado en los planos exactos para escuchar cada «fugato», el discurrir potente siempre en el cauce sin llegar a desbordar las márgenes, esa música que fluye sin necesidad de añadidos, mínimas señales de Conti para recordar y permitir el caudal exacto antes de su remanso y amplio final en un mar estrellado, sinfonía de paz y luz tras una regata fluvial hasta la suprema divinidad romana que da nombre al quinto planeta del sistema solar, padre de dioses y hombres casi como el propio Mozart, hombre niño en la primera sinfonía, dios humano en la última, sin necesidad de atributos como águila, rayo o cetro.

Y este viernes sólo podía regalarse Mozart, como en Salzburgo o Viena, más jolgorio y vitalidad, verdadera fiesta nupcial con la obertura de Le nozze di Figaro (1786) en similar línea sinfónica, un dominador Conti transmitiendo energía para completar y dar juego a toda plantilla con la incorporación del par de clarinetes más la segunda flauta, caudal sonoro controlado en todo momento y luz nunca cegadora en un concierto alegre además de fresco con la OFil alcanzando su momento ideal para el arranque de temporada.

P.D.: Crítica en LNE del domingo 31 de agosto:

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